“El abogado me entregó una carta en el funeral de mi hermano y me susurró: ‘No confíes en tu nuera’. Lo que descubrí al leerla me heló la sangre.”

Me llamo Rogelio Martínez y el momento en que mi vida se vino abajo comenzó en el panteón, justo mientras enterrábamos a mi hermano.

Era una mañana fría y gris, de esas que te calan hasta los huesos, como si el viento supiera que algo terrible estaba pasando. Mi hermano, Tomás, había muerto en lo que la policía insistía en llamar una “caída accidental”. Pero nada de eso se sentía como un accidente; yo lo conocía mejor que nadie y sabía que algo no cuadraba.

Justo cuando terminó el sepelio, el Licenciado Ramírez, el abogado de toda la vida de Tomás, se me acercó. Se veía más pálido de lo normal, con ojeras profundas, y miraba a todos lados nervioso, como si alguien nos estuviera vigilando entre las lápidas.

—Rogelio —me susurró, casi sin mover los labios—, Tomás te dejó este sobre. Me hizo jurar que lo leerías completamente solo.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. El Licenciado no era hombre de dramas. Se inclinó más hacia mí y apretó mi brazo con fuerza.

—Y no le digas nada a tu hijo —añadió en voz muy baja—, ni a su esposa Cristina. Tu hermano dijo que podrías estar en peligro.

¿Peligro? Esa palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago. El Licenciado me dio una palmada rápida en el hombro y se alejó casi corriendo antes de que pudiera preguntarle qué demonios pasaba.

Pasé el resto de la tarde con el sobre en el saco; sentía que me quemaba. No tuve el valor de abrirlo en el velorio, rodeado de gente, café de olla y condolencias forzadas. Cuando por fin llegué a mi casa, me encerré en mi despacho, pasé el cerrojo y me senté.

Mis manos temblaban. Adentro había una carta manuscrita y una pequeña memoria USB. La letra de Tomás, rápida y afilada, me paralizó.

Desdoblé la hoja y la primera línea casi me detiene el corazón:

“Si estás leyendo esto, Rogelio, significa que me assinaron”.*

Se me fue el aire. Mis ojos volaban sobre el papel mientras Tomás detallaba un fraude millonario en la empresa y una discusión con alguien que yo conocía demasiado bien. Pero fue una frase al final la que se me clavó como un cuchillo: “No confíes en Cristina”.

Mi nuera. La mujer que mi hijo adoraba. La misma mujer que había organizado todo este funeral con lágrimas en los ojos.

Empecé a sudar frío. Conecté la memoria USB a la computadora y le di play al primer video. Lo que vi en esa pantalla cambió para siempre lo que creía saber de mi propia sangre.

Y justo en ese momento, con el corazón a mil por hora, escuché pasos afuera de mi despacho. Lentos. Pesados. Intencionales.

La perilla de la puerta comenzó a girar lentamente…

LA PERSONA DETRÁS DE LA PUERTA NO SABÍA QUE YO YA SABÍA LA VERDAD… ¿O SÍ?

LA TRAICIÓN DE LA SANGRE: PARTE 2

El corazón me retumbaba en los oídos como un tambor de guerra, opacando cualquier otro sonido en la habitación. Pum, pum, pum. Mis ojos saltaban de la pantalla de la computadora, donde la imagen congelada de mi hermano Tomás parecía gritarme desde el más allá, hacia la perilla de la puerta de caoba que seguía girando con esa lentitud exasperante.

Tenía segundos. Quizás menos.

Con manos que parecían de trapo, desconecté la memoria USB. No tuve tiempo de guardarla en la caja fuerte; el sonido del cerrojo cediendo me obligó a actuar por instinto. Me metí el pequeño dispositivo en el calcetín, justo a la altura del tobillo, sintiendo el metal frío contra mi piel. Cerré la laptop de un golpe y me dejé caer en el sillón de cuero, tomando un libro cualquiera que estaba sobre el escritorio. Lo abrí al revés, pero mis ojos no veían las letras. Solo veía la puerta abrirse.

—¿Papá?

La voz no era la de un monstruo. No era la de un as*sino. Era la de Alejandro, mi hijo.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo, pero el alivio duró lo que dura un cerillo encendido en medio de un huracán. Porque detrás de él, asomándose por encima de su hombro con esa expresión de preocupación ensayada que ahora me parecía una máscara de terror, estaba ella. Cristina.

—Rogelio, nos tenías preocupados —dijo ella. Su voz era dulce, melosa, como el atole que se sirve en los velorios, pero ahora me sabía a veneno. Entró a la oficina con paso firme, sus tacones resonando en la madera. Llevaba una bandeja con café y pan—. No has salido en horas. La gente ya se está yendo y preguntan por ti.

Alejandro entró detrás de ella, con los ojos rojos e hinchados. Mi pobre muchacho. Siempre fue noble, de esos hombres que creen que la maldad solo existe en las telenovelas o en las noticias rojas, nunca en su propia sala. Verlo ahí, parado junto a la mujer que, según la carta de mi hermano, era una víbora capaz de morder la mano que le daba de comer, me partió el alma en dos.

—Solo necesitaba un momento, hijo —respondí. Mi voz salió ronca, ajena. Carraspeé—. Tu tío… tú sabes. Todo esto ha sido demasiado rápido.

Cristina dejó la bandeja en el escritorio, justo al lado de mi laptop cerrada. Sus ojos, oscuros y delineados a la perfección a pesar del supuesto luto, escanearon el escritorio. Buscaban algo. Lo supe en ese instante. No miraba el desorden de papeles, ni las fotos familiares; sus pupilas se movían como radares buscando un sobre, un documento, o tal vez, una memoria USB.

—El Licenciado Ramírez se fue muy rápido, ¿verdad? —comentó ella, como quien habla del clima. Me sirvió una taza de café—. Ni siquiera se quedó a comer. ¿Te dejó algún pendiente de la empresa? Ya sabes que con Tomás fuera, hay muchas cosas administrativas que… que preocupan.

Sentí una náusea violenta. Mi hermano ni siquiera estaba frío en su tumba y ella ya estaba hablando de “cosas administrativas”.

—Solo me dio el pésame, Cristina —mentí. La mentira me supo amarga—. Estaba muy afectado. Eran amigos desde la primaria. No todos tienen cabeza para negocios en un día como hoy.

Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Una sonrisa imperceptible, fría y calculadora, curvó la comisura de sus labios.

—Claro, suegro. Tienes razón. Es que Alejandro y yo solo queremos asegurarnos de que no tengas cargas extra. Nosotros podemos encargarnos de todo. ¿Verdad, mi amor?

Alejandro asintió, acercándose para poner una mano en mi hombro. —Sí, papá. Tú descansa. Cristina ha estado revisando los papeles del seguro y del banco para que tú no tengas que lidiar con la burocracia. Ella es muy buena para eso.

«No confíes en Cristina». La frase de Tomás resonó en mi cabeza con la fuerza de un grito.

—Gracias, mijo —le dije, dándole unas palmaditas en la mano, tratando de que no notara que yo estaba temblando—. Pero ahorita no quiero hablar de papeles. Mejor vamos abajo. Hay que despedir a la familia.

Me levanté, sintiendo el USB en mi tobillo como si pesara una tonelada. Cada paso que daba fuera de ese despacho sentía que estaba caminando sobre un campo minado.

La casa estaba llena de ese olor característico de los funerales mexicanos: una mezcla de flores de cempasúchil, cera derretida, tamales de mole y esa humedad triste que deja el llanto. Saludes a tíos que no veía hace años, abracé a primas que lloraban a gritos, y acepté condolencias de socios de Tomás que miraban el reloj, ansiosos por irse.

Pero mis ojos no dejaban de seguir a Cristina.

La veía moverse entre la gente como una anfitriona perfecta. Servía café, consolaba a las viudas, organizaba a las muchachas de servicio. Si yo no hubiera leído esa carta, si no hubiera visto los primeros segundos de ese video, habría pensado: “Qué suerte tiene mi hijo, qué gran mujer”.

Qué ciego había estado. Qué ciegos habíamos estado todos.

Me senté en un rincón de la sala, fingiendo cansancio, pero mis sentidos estaban en alerta máxima. Recordé las palabras de la carta de Tomás: “Fraude millonario”.

Mi hermano y yo habíamos levantado la constructora “Martínez y Asociados” desde abajo. Empezamos cargando bultos de cemento en obras ajenas, comiendo tortas de jamón en las banquetas y soñando con tener nuestra propia camioneta. Cuarenta años de trabajo. Cuarenta años de partirnos el lomo para que a nuestros hijos no les faltara nada. Y ahora, resultaba que esa mujer, que había llegado a nuestras vidas hacía apenas cinco años con su cara bonita y sus modales de universidad privada, estaba desmantelando nuestro legado.

¿Cómo no lo vi?

Cristina era contadora. “Brillante”, decía Alejandro. Cuando se casaron, Tomás le ofreció trabajo en la empresa para llevar las finanzas. “Mejor que quede en familia”, dijo mi hermano en ese entonces. Qué ironía tan cruel.

De repente, vi que Cristina se alejaba hacia el pasillo que llevaba a las recámaras. No iba al baño de visitas. Iba hacia mi despacho.

El pánico me inyectó adrenalina pura. Me levanté, ignorando a mi comadre Lupe que me estaba contando sobre sus nietos, y la seguí a una distancia prudente.

La vi detenerse frente a la puerta de mi oficina. Intentó girar la perilla. Estaba cerrada con llave (yo había tenido la precaución de cerrar al salir). Se quedó parada ahí unos segundos, mirando la madera, y luego sacó su celular.

Me escondí detrás de una maceta grande de helechos en el pasillo.

—No está ahí —la escuché susurrar. Su tono de voz había cambiado radicalmente. Ya no era la nuera dulce; era una voz seca, dura, llena de rabia contenida—. El viejo lo cerró… No, no sé qué le dio Ramírez. Pero se veía nervioso… Sí, ya sé que tenemos poco tiempo… ¡No me grites a mí, imbécil! Si tú hubieras hecho bien el trabajo en la carretera, no estaríamos buscando papeles ahora.

Sentí que las piernas se me doblaban. Me tuve que sostener de la pared para no caer al suelo. “Si tú hubieras hecho bien el trabajo en la carretera”.

Tomás había muerto al caer por un barranco en su camioneta. La policía dijo que había perdido el control en una curva peligrosa, que tal vez se había quedado dormido. Pero esa frase… esa maldita frase confirmaba lo que mi hermano temía. No fue un accidente. Lo sacaron del camino. O le cortaron los frenos.

Lo habían as*sinado. Y mi nuera estaba hablando con el cómplice.

Cristina colgó el teléfono y respiró hondo, componiendo su rostro antes de darse la vuelta. Yo retrocedí rápidamente, metiéndome al baño de visitas antes de que me viera. Cerré la puerta y me miré al espejo. El hombre que me devolvía la mirada parecía haber envejecido diez años en un solo día. Tenía la piel grisácea y los ojos desorbitados.

Me eché agua fría en la cara. Tenía que pensar. Tenía que ser más inteligente que ellos. Si la confrontaba ahora, delante de todos, Alejandro no me creería. Ella le daría la vuelta, diría que estoy loco por el dolor, que estoy senil. Y si sabían que yo tenía las pruebas, mi vida valía menos que un peso falso.

Tenía que ver el resto del video. Necesitaba saber quién era el “imbécil” al otro lado del teléfono. Necesitaba pruebas concretas antes de hablar con la policía, porque en este país, lamentablemente, a veces la policía también tiene precio, y si Cristina tenía acceso a las cuentas de la empresa, tenía poder para comprar silencios.

La noche cayó pesada sobre la casa. Poco a poco, los invitados se fueron y el silencio se apoderó de los pasillos, solo roto por el sonido del viento golpeando las ventanas. Alejandro y Cristina se quedaron a dormir en la casa “para no dejarme solo”. Otra maniobra. Yo sabía que ella quería estar cerca para buscar el sobre.

Les dije que me sentía mal y que me iba a dormir temprano. Me encerré en mi habitación, puse una silla atrancando la puerta (algo que nunca había hecho en mi vida, en mi propia casa) y saqué el USB de mi calcetín.

No usé mi laptop. Tenía miedo de que tuvieran algún programa espía o que Cristina intentara entrar remotamente. Saqué una vieja tablet que tenía guardada en el fondo del clóset, una que usaba para leer noticias y que no estaba conectada a la red de la casa.

Conecté el USB con un adaptador. Mis manos sudaban tanto que tuve que secarlas en mi pantalón. Había tres archivos de video y una carpeta llena de documentos PDF. Abrí el video titulado “Evidencia_1.mp4”.

La imagen era de mala calidad, grabada seguramente con un celular escondido. Reconocí la oficina de Tomás. Él estaba sentado en su escritorio, de espaldas a la cámara, y frente a él estaba Cristina.

—¡No puedes hacerme esto, Tomás! —gritaba ella en el video. Su rostro estaba desfigurado por la ira. Nunca la había visto así—. ¡Ese dinero ya no está! ¡Se invirtió!

—¿Se invirtió? —la voz de mi hermano sonaba cansada, decepcionada—. Se robó, Cristina. Transferiste cinco millones de pesos a una cuenta en las Islas Caimán. Tengo los estados de cuenta. ¿Creíste que soy estúpido? ¿Que porque soy un viejo constructor que apenas terminó la secundaria no sé revisar mis propios libros?

—Tú no entiendes cómo funcionan los negocios modernos —espetó ella, caminando de un lado a otro como una leona enjaulada—. Necesitamos liquidez para los sobornos de los permisos, para…

—¡En esta empresa no damos mordidas! —golpeó Tomás la mesa—. ¡Eso se acabó! Voy a ir a la fiscalía, Cristina. Y le voy a contar todo a Alejandro. Le voy a romper el corazón, pero prefiero que llore a verlo casado con una ladrona.

En el video, Cristina se detuvo en seco. Se inclinó sobre el escritorio, y su voz bajó a un susurro que el micrófono apenas captó, pero que me heló la sangre.

—Si le dices una palabra a tu hijo, o a la policía, te vas a arrepentir. No tienes idea de con quién te estás metiendo, viejo. No estoy sola en esto. Y créeme, un accidente le puede pasar a cualquiera… a ti, o a tu querido hermano Rogelio.

El video se cortó.

Me quedé mirando la pantalla negra, con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Tomás me había protegido. No me lo dijo antes para no ponerme en peligro, y al final, lo mataron por intentar hacer lo correcto. Y ahora me amenazaban a mí también.

Pero lo que más me dolía era Alejandro. ¿Cómo podía dormir él en la habitación de al lado, abrazando a la mujer que mandó m*tar a su padre? ¿Qué clase de monstruo duerme en tu cama sin que te des cuenta?

Abrí la carpeta de documentos. Era peor de lo que imaginaba. No solo eran cinco millones. Había desvío de materiales, facturas falsas de proveedores inexistentes, y ventas de terrenos de la empresa a precios ridículos a empresas fantasma. Estaban desangrando “Martínez y Asociados”. Estaban dejándonos en la ruina.

Y había un nombre que se repetía en los documentos de las empresas fantasma. “Grupo Inmobiliario Varela”.

Varela… Ese apellido me sonaba.

Busqué en mi memoria. Varela. Claro. Héctor Varela. Era el competencia directa de nosotros, un tipo sin escrúpulos que había intentado comprarnos la empresa hace dos años y al que Tomás había corrido de su oficina a gritos.

Cristina estaba trabajando con la competencia. Estaba destruyéndonos desde adentro para entregarnos en bandeja de plata a nuestro peor enemigo.

De repente, escuché un ruido en el pasillo. Pasos muy suaves. Se detuvieron justo frente a la puerta de mi habitación.

Apagué la tablet de inmediato y la metí debajo de la almohada. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración.

La manija de mi puerta giró. Despacio. Muy despacio.

Se topó con el seguro. Luego, un empujón suave. La silla que había puesto hizo un leve rechinido contra el piso de madera.

—¿Papá? —susurró la voz de Cristina desde afuera.

No contesté. Me hice el dormido, aunque mi corazón latía tan fuerte que temía que se escuchara a través de la puerta.

—Rogelio, sé que estás despierto —dijo, y su tono ya no era dulce. Era frío, calculador—. Necesito que me des lo que te dio el abogado. Sé que te dio algo. Alejandro me dijo que te vio guardando algo en el despacho.

Maldición. Alejandro, en su inocencia, le había comentado algo.

—Abre la puerta, Rogelio —insistió ella—. No queremos que esto se ponga feo. Solo dame el sobre y todo sigue igual. Tú te quedas con tu pensión, con tu casa, y todos felices. Alejandro nunca tiene que saber nada. No querrás que tu hijo sufra, ¿verdad?

La amenaza velada me hizo hervir la sangre. Quería levantarme, abrir la puerta y gritarle todas sus verdades. Quería estrangularla con mis propias manos por lo que le hizo a Tomás. Pero sabía que eso era lo que ella esperaba. Una reacción violenta para justificar cualquier cosa que me hicieran después. “El pobre viejo se volvió loco, nos atacó, tuvimos que defendernos”.

Me quedé en silencio.

Escuché un suspiro de frustración al otro lado. —Bien. Como quieras —dijo—. Descansa, suegrito. Mañana será otro día. Y los accidentes pasan en casa todo el tiempo. Una caída en la ducha, una fuga de gas… hay que tener mucho cuidado.

Escuché sus pasos alejarse.

No dormí ni un minuto esa noche. Me quedé sentado en la cama, con la tablet abrazada contra mi pecho y un viejo revólver que Tomás me había regalado hacía años (y que nunca había usado) sobre la mesa de noche.

Cuando amaneció, sabía que tenía que salir de esa casa. Pero no podía irme así nada más. Si me iba, dejaría a Alejandro solo con ella. Y si intentaba llevarme a Alejandro, ella lo impediría o él se negaría.

Tenía un plan. Un plan peligroso, pero era lo único que se me ocurría.

A las 7:00 AM, bajé a la cocina. Cristina ya estaba ahí, impecable, tomando café y revisando su celular. Alejandro no estaba.

—Buenos días, Rogelio —me dijo sin mirarme, con una sonrisa cínica—. ¿Dormiste bien?

—Mejor que nunca —mentí, sirviéndome café con una calma que no sentía—. Fíjate que estuve pensando en lo que dijiste ayer. Sobre los papeles administrativos.

Ella levantó la vista, interesada. Sus ojos brillaron con codicia. —¿Ah, sí?

—Sí. Tienes razón. Ya estoy viejo para esto. Tomás era el cerebro, yo solo soy el que sabe de cemento. Creo que es hora de retirarme y dejar que la nueva generación se encargue.

Cristina dejó su taza en la mesa lentamente. Me analizó como una serpiente a un ratón. —Esa es una decisión muy sabia, Rogelio. Alejandro se pondrá muy feliz.

—Pero hay una condición —dije, acercándome a ella—. El Licenciado Ramírez tiene unos documentos que necesito firmar para cederte el control total. Me citó hoy en su despacho a las 10. Quiero que vengas conmigo.

—¿Yo? —preguntó, desconfiada.

—Claro. Tú eres la que sabe de números. Quiero que revises todo antes de que yo firme. No quiero cometer errores. Además… quiero que Alejandro vea que confiamos el uno en el otro.

Sabía que su ego y su codicia eran sus puntos débiles. La idea de tener el control total de la empresa legalmente, sin tener que matarme y levantar sospechas, era demasiado tentadora.

—Perfecto —sonrió, y esta vez la sonrisa parecía genuina de pura satisfacción—. Le diré a Alejandro.

—No —la detuve—. Alejandro tiene que ir a la obra de Santa Fe, ¿no? Hay problemas con los sindicatos. Mejor que él vaya allá. Esto es cosa de papeleo aburrido. Vamos tú y yo. Así le damos la sorpresa en la cena.

Cristina lo pensó un segundo y luego asintió. —Me parece bien. A las 10 entonces.

Subí a vestirme. Me puse mi mejor traje, el mismo que usé para el funeral de mi hermano. Guardé la memoria USB en el bolsillo interior del saco, junto a mi corazón.

Salimos en mi coche. Yo manejaba. Cristina iba de copiloto, enviando mensajes sin parar, seguramente a su cómplice Varela, diciéndole que había ganado, que el viejo estúpido se había rendido.

Conducir por la ciudad me daba ansiedad. Cada moto que se acercaba me hacía pensar en sicarios. Cada semáforo en rojo me parecía una eternidad. Pero tenía que mantener la calma.

—¿Por qué vamos por aquí? —preguntó Cristina cuando tomé una desviación hacia la zona industrial—. El despacho de Ramírez está en el centro.

—Hay una manifestación en Reforma, Cristina. Está todo cerrado. El Waze me mandó por aquí —mentí con naturalidad.

Ella revisó su teléfono, pero antes de que pudiera verificar el tráfico, aceleré.

No íbamos al despacho del abogado.

Íbamos a la bodega principal de la constructora. El lugar donde “todo comenzó”. Y donde yo sabía que Alejandro estaba en realidad, porque yo mismo le había mandado un mensaje desde el celular de Tomás (que nadie sabía que yo tenía guardado) diciéndole: “Hijo, te necesito en la bodega vieja a las 10. Es urgente. Tu papá está en problemas. No le digas a Cristina”.

Sabía que Alejandro reconocería el número de su padre fallecido y que la curiosidad y el miedo lo harían ir.

Entré al patio de la bodega derrapando un poco. Era un lugar inmenso, lleno de maquinaria pesada, montañas de grava y vigas de acero. Estaba casi vacío a esa hora.

—¿Qué hacemos aquí, Rogelio? —la voz de Cristina subió de tono. Ya no disimulaba su molestia—. ¡El abogado nos espera!

—Hay un cambio de planes —dije, frenando en seco en medio del patio.

Apagué el motor. El silencio de la zona industrial era pesado. A lo lejos, vi la camioneta de Alejandro estacionada. Él estaba parado junto a ella, mirando el celular, confundido. Al ver mi coche, corrió hacia nosotros.

—¡Es Alejandro! —dijo Cristina, sorprendida—. ¿Qué hace él aquí? ¡Me dijiste que iba a Santa Fe! ¿Qué estás tramando, viejo?

Su mano fue instintivamente a su bolso. Yo fui más rápido. Saqué el revólver de la guantera (lo había pasado ahí antes de subir) y la apunté.

—¡Ni se te ocurra sacar el teléfono! —grité. Mis manos temblaban, pero el cañón apuntaba directo a su pecho.

La cara de Cristina se transformó. El miedo y la furia se mezclaron en una máscara grotesca. —¿Estás loco? ¡Baja eso! ¡Alejandro te va a ver!

—¡Eso es exactamente lo que quiero! —le grité.

Alejandro llegó corriendo a la ventana del copiloto y se quedó helado al ver el arma. —¡Papá! ¡¿Qué haces?! ¡Baja el arma! ¡Es Cristina!

—¡Aléjate, Alejandro! —bramé sin dejar de apuntarle a ella—. ¡Esta mujer no es quien tú crees!

—¡Alejandro, ayúdame! —chilló Cristina, poniéndose a llorar al instante, con esas lágrimas de cocodrilo expertas—. ¡Tu papá se volvió loco! ¡Me quiere matar! ¡Dice cosas sin sentido!

Alejandro intentó abrir la puerta del copiloto, pero yo había puesto los seguros. —¡Papá, por favor! ¡Abre la puerta! ¡Estás en shock por lo del tío Tomás, pero esto no es la solución!

—¡Ella mató a Tomás, Alejandro! —grité, y las palabras rasgaron mi garganta—. ¡Ella lo mandó matar! ¡Y nos está robando todo!

—¡Mentira! —gritó Cristina—. ¡Está alucinando! ¡Es la demencia, Alejandro! ¡Sácame de aquí!

Alejandro golpeaba el vidrio, desesperado. —¡Papá, basta! ¡Voy a romper el vidrio! ¡Deja a mi esposa!

Sentí una desesperación infinita. Mi hijo no me creía. El amor lo tenía ciego. Estaba defendiendo a su verdugo.

—¿No me crees? —le dije a Alejandro a través del vidrio, con lágrimas en los ojos—. ¿Crees que estoy loco?

Con la mano izquierda, sin dejar de apuntar el arma, saqué la tablet que tenía preparada en el asiento de atrás. La encendí y le di play al video. Lo pegué contra el vidrio de la ventanilla.

—¡Mira! —grité—. ¡Mírala a ella! ¡Escúchala!

Alejandro se detuvo. Sus ojos se enfocaron en la pantalla. El audio se escuchaba amortiguado a través del cristal, pero era suficiente. Se escuchaba la voz de Tomás. Se escuchaban los gritos de Cristina. “Si le dices una palabra a tu hijo… te vas a arrepentir”. “Un accidente le puede pasar a cualquiera… a ti, o a tu querido hermano Rogelio”.

Vi cómo el color desaparecía del rostro de mi hijo. Vi cómo sus ojos se abrían con horror. Dejó de golpear el vidrio. Retrocedió un paso, tambaleándose, como si le hubieran disparado a él.

Cristina se dio cuenta de que Alejandro estaba viendo el video. Su llanto fingido cesó de golpe. Su rostro se endureció. Se volvió hacia mí con una mirada de odio puro, tan intensa que casi me quema.

—Eres un viejo estúpido —siseó—. Debí matarte anoche mientras dormías.

—¡Alejandro! —grité—. ¡Aléjate de la camioneta!

Pero fue demasiado tarde. Una camioneta negra, blindada, entró a toda velocidad en la bodega, rompiendo la reja de entrada. Llantas rechinando. Hombres armados bajaron antes de que el vehículo se detuviera por completo.

Eran los hombres de Varela. Cristina había logrado enviar su ubicación antes de que yo la encañonara.

—¡Suéltala! —gritó uno de los hombres, apuntando con un rifle de asalto hacia mi coche.

Alejandro estaba en medio, entre mi coche y los sicarios. Estaba paralizado, mirando a Cristina, luego a mí, luego a los hombres armados. Su mundo se había roto en mil pedazos en cuestión de segundos.

—¡Cristina! —gritó Alejandro, con la voz rota—. ¿Qué hiciste?

Ella sonrió, una sonrisa cruel y victoriosa. —Lo que tenía que hacer para salir de este agujero de mediocres, mi amor. Ahora, abre la puerta, Rogelio, o mis amigos van a convertir a tu precioso hijo en coladera.

El cañón del sicario apuntó directamente a la cabeza de Alejandro.

Mi hijo me miró. Había terror en sus ojos, pero también una profunda disculpa. “Perdóname, papá”, pareció decirme con la mirada.

Estaba atrapado. Si no abría, mataban a mi hijo. Si abría, nos mataban a los dos.

Miré el revólver en mi mano. Tenía seis balas. Había cuatro hombres armados afuera. Las matemáticas no daban.

Pero entonces, recordé algo. Estábamos en la bodega vieja. Y justo encima de donde se habían estacionado los sicarios, colgaba una carga de vigas de acero suspendida por la grúa vieja, esa grúa que Tomás siempre decía que “algún día se iba a caer sola”. La palanca de liberación manual de la grúa estaba justo detrás de una columna, a unos cinco metros de mi coche.

Era una locura. Era un suicidio.

—¡Abre la puerta! —gritó el sicario, cargando el arma.

Miré a Alejandro. —¡Al suelo, mijo! ¡Tírate al suelo! —le grité con toda la fuerza de mis pulmones.

Y en lugar de abrir la puerta, abrí la mía y me lancé a correr hacia la columna.

El primer disparo reventó el espejo retrovisor. Cristina gritó.

Todo pasó en cámara lenta. Yo corriendo. Mis rodillas viejas fallando. El sonido de las balas zumbando como abejas furiosas. Alejandro tirándose al piso y cubriéndose la cabeza.

Llegué a la palanca. Sentí un ardor terrible en el hombro izquierdo. Me habían dado. Pero mi mano derecha aferró la palanca oxidada y jaló con todo el peso de mi vida, de mi dolor, de mi furia.

Un estruendo metálico sacudió la tierra. Las cadenas se soltaron. Toneladas de acero cayeron del cielo.

Gritos. El crujido espantoso del metal aplastando metal. Una nube de polvo inmensa nos cubrió a todos.

Me dejé caer sentado, con la espalda contra la columna, agarrándome el hombro sangrante. No se veía nada por el polvo. Había un silencio sepulcral.

—¿Alejandro? —llamé, con la voz débil.

Nadie contestó.

—¿Hijo?

Entonces, entre el polvo que se asentaba, escuché una tos. Y luego, el sonido de la puerta de mi coche abriéndose. Vi una silueta femenina salir de mi auto, caminando entre los escombros, ilesa.

Cristina.

Tenía mi revólver en la mano. Lo había tomado del asiento cuando yo salí corriendo.

Caminó hacia mí, apuntándome a la cabeza. Estaba cubierta de polvo, pero se veía más viva y peligrosa que nunca. Los sicarios estaban aplastados bajo las vigas. Pero ella… ella seguía ahí.

—Buen intento, Rogelio —dijo, quitando el seguro del arma—. Muy cinematográfico. Pero te faltó una viga.

Cerré los ojos, esperando el final. Había fallado. Había perdido a mi hermano, y ahora iba a morir sin poder salvar a mi hijo.

CLIC.

El sonido del martillo golpeando una cámara vacía.

Abrí los ojos. Cristina miró el arma con incredulidad. Volvió a apretar el gatillo. CLIC. CLIC.

Tomás me había regalado ese revólver hacía veinte años. Y siempre me decía: “Nunca la cargues completa, hermano. Deja la primera cámara vacía por seguridad”. Yo, en mi nerviosismo de la mañana, solo había puesto tres balas y me había equivocado al girar el tambor. O tal vez, las balas estaban tan viejas que no detonaron. O quizás, Tomás estaba cuidándome desde arriba.

Cristina me miró con pánico. Tiró el arma y se dio la vuelta para correr.

Pero entonces, una mano salió del polvo y la agarró del tobillo.

Era Alejandro. Estaba en el suelo, con la cara ensangrentada y la ropa desgarrada, pero vivo. Y tenía una mirada que yo nunca le había visto. La mirada de un Martínez.

—¿A dónde vas? —gruñó él.

Cristina cayó al suelo, pataleando. —¡Suéltame! ¡Alejandro, mi amor, me obligaron!

Las sirenas de la policía empezaron a sonar a lo lejos. Esta vez, la verdadera policía. Yo había llamado al 911 en cuanto salimos de la casa, dejando la línea abierta escondida en el asiento trasero. Lo habían escuchado todo.

Me arrastré hasta mi hijo y puse mi mano sobre la suya, que sujetaba a la mujer que nos había traicionado. —Ya terminó, mijo —le dije, llorando—. Ya terminó.

Alejandro me miró, y luego miró a Cristina, que sollozaba pidiendo piedad. Él no la soltó. Apretó más fuerte. —Tú no eres mi amor —le dijo con voz fría—. Tú eres la as*sina de mi padre.

Nos quedamos ahí, entre los escombros y el polvo, padre e hijo, heridos pero vivos, mientras las luces azules y rojas de las patrullas iluminaban la bodega, revelando la magnitud de la tragedia y el inicio de nuestra justicia.

La carta de Tomás tenía razón. No debía confiar en Cristina. Pero Tomás se equivocó en algo: no estaba solo. Tenía a mi hijo. Y juntos, íbamos a recuperar lo que era nuestro.

FIN DE LA PARTE 2

LA TRAICIÓN DE LA SANGRE: PARTE 3

El Peso de la Verdad y la Resurrección de los Martínez

El dolor no es algo que llega de golpe; al principio es frío, como si te hubieran puesto un hielo seco directo sobre la piel. Eso sentí en el hombro mientras las sirenas de las patrullas pintaban de azul y rojo el polvo que flotaba en la bodega. Veía las luces giratorias rebotar contra las vigas de acero, esas mismas vigas que minutos antes habían sido la mano justiciera de mi hermano Tomás desde el más allá.

Me quedé allí, recargado en la columna de concreto, viendo cómo el mundo se movía en cámara lenta. Mi hijo Alejandro seguía sujetando a Cristina, pero ya no con la furia del momento, sino con una especie de resignación muerta, como quien sostiene un saco de basura que sabe que tiene que tirar.

Un oficial de policía, un hombre robusto con bigote espeso y placa brillante, se acercó a nosotros con el arma desenfundada, pero bajándola al ver la escena: los sicarios aplastados bajo toneladas de metal, una mujer llorando en el suelo y dos hombres heridos mirándose el uno al otro.

—¡Unidad médica! —gritó el oficial a su radio—. ¡Tenemos heridos y… varios occisos!

Cristina, al ver a la autoridad, intentó su última jugada. La vi recomponerse, secarse las lágrimas con el dorso de la mano y poner esa cara de víctima que tan bien le había funcionado durante cinco años.

—¡Oficial! ¡Gracias a Dios llegaron! —gritó ella, intentando soltarse del agarre de Alejandro—. ¡Estos hombres están locos! ¡Mi suegro disparó! ¡Mató a esas personas! ¡Me secuestraron!

El oficial la miró con recelo. En México, la policía ha visto de todo, y el instinto de un viejo lobo de mar no se engaña con lágrimas de cocodrilo, especialmente cuando hay una grabación de por medio.

—Silencio, señorita —ordenó el oficial con voz grave—. Ahorita vamos a ver quién es quién.

—¡Tengo la grabación! —alcancé a decir, aunque mi voz salió como un gorgoteo. Sentía la camisa empapada de sangre caliente—. En mi coche… el celular… la llamada al 911… todo está grabado.

Alejandro, mi muchacho, me miró. Tenía el rostro sucio de tierra y aceite, y una herida en la frente que sangraba un poco, pero sus ojos… sus ojos eran los de un hombre que acaba de despertar de un coma de años. Soltó a Cristina con un empujón de desprecio, dejándola caer de rodillas.

—Ella los llamó —dijo Alejandro, señalando a los cuerpos bajo los escombros—. Ella orquestó la muerte de mi padre, Tomás Martínez. Y hoy intentó matarnos a nosotros.

Cristina soltó un alarido, una mezcla de rabia y desesperación, y se lanzó contra Alejandro, intentando arañarle la cara. Los oficiales tuvieron que someterla. Verla ahí, esposada, con las manos en la espalda y la cara contra la grava, gritando obscenidades que harían sonrojar a un carretonero, fue la imagen final de la mujer que creímos que era una dama.

El mundo se me empezó a apagar. El dolor del hombro se convirtió en fuego líquido. Lo último que vi antes de que los paramédicos me subieran a la camilla fue a Alejandro subiendo a la patrulla, no como detenido, sino para acompañarme, sin dejar de mirar hacia donde se llevaban a su esposa.

EL PURGATORIO DE SÁBANAS BLANCAS

Desperté dos días después en una habitación de hospital que olía a cloro y a medicina barata. Tenía la boca seca, como si hubiera masticado arena, y el brazo izquierdo completamente inmovilizado y vendado.

Al abrir los ojos, lo primero que vi fue un crucifijo en la pared y, debajo de él, sentado en una silla de plástico incómoda, estaba Alejandro. Se había quedado dormido con la cabeza recargada en la cama, sujetando mi mano sana. Se veía terrible: barba de tres días, la misma ropa sucia de la bodega y unas ojeras que le llegaban al suelo.

Intenté moverme y solté un gemido. Alejandro despertó de golpe, con ese sobresalto de quien ha estado teniendo pesadillas.

—¿Papá? —su voz se quebró—. ¡Doctor! ¡Ya despertó!

Me dio agua con un popote. El líquido fresco fue como vida pura bajando por mi garganta.

—Tranquilo, mijo —susurré—. Hierba mala nunca muere.

Alejandro se soltó a llorar. No fue un llanto discreto. Fue el llanto de un niño chiquito, de esos que te sacuden el pecho y te quitan el aire. Se abrazó a mi pecho (con cuidado del lado herido) y lloró todo lo que no había llorado en el funeral de Tomás, todo lo que no lloró en la bodega. Lloró la traición, la vergüenza, el miedo y la culpa.

—Perdóname, papá —repetía una y otra vez entre sollozos—. Perdóname por no creerte. Perdóname por meter a esa víbora en nuestra casa. Soy un pendejo. Soy el hombre más estúpido del mundo.

Le acaricié el cabello, sucio y enmarañado. —No eres estúpido, Alejandro. Eres bueno. Y la gente mala se aprovecha de la gente buena porque saben que nosotros no pensamos como ellos. No vemos la maldad porque no la tenemos dentro. Tu tío Tomás… él tampoco lo vio venir.

Pasamos horas hablando en ese cuarto. El Licenciado Ramírez llegó más tarde, con un aspecto mucho mejor que el día del funeral. Traía una carpeta gorda bajo el brazo y una expresión de triunfo sombrío.

—Don Rogelio, me da gusto verlo de vuelta entre los vivos —me dijo, estrechando mi mano sana—. Nos tuvo con el alma en un hilo. La bala pasó limpia, gracias a Dios, no tocó hueso ni arteria principal. Pero perdió mucha sangre.

—¿Y ella? —pregunté. No quería ni decir su nombre.

El Licenciado se sentó y abrió la carpeta. —Cristina está en el Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla. Se le dictó prisión preventiva oficiosa. Los cargos son… extensos. Homicidio calificado en grado de tentativa contra usted y Alejandro, autoría intelectual en el homicidio de Tomás, fraude, administración fraudulenta, lavado de dinero y asociación delictuosa.

—¿Y Varela? —preguntó Alejandro, con la mandíbula tensa.

—Ah, esa es la mejor parte —sonrió el abogado—. La policía cibernética desbloqueó el teléfono de Cristina. Parece que en su arrogancia, nunca borró los chats. Tenían todo planeado. Varela fue detenido ayer en su casa de campo en Valle de Bravo. Estaba haciendo las maletas para irse a Panamá. Cayó redondito.

Sentí un alivio inmenso, pero también una tristeza profunda. Se había hecho justicia, sí, pero el costo había sido altísimo. Mi hermano estaba muerto. La inocencia de mi hijo estaba muerta. Y nuestra empresa, el trabajo de toda una vida, estaba en números rojos.

—¿Qué tan malo es el daño económico? —pregunté, temiendo la respuesta.

El Licenciado suspiró y se quitó los lentes para limpiarlos. —No le voy a mentir, Rogelio. Es grave. Desviaron casi el 40% del capital operativo. Dejaron deudas con proveedores que ni conocíamos. Hay multas pendientes con Hacienda porque falsificaron declaraciones. “Martínez y Asociados” está en terapia intensiva, igual que usted.

Alejandro se levantó de la silla. Caminó hacia la ventana y miró hacia la ciudad. —Vamos a vender mi casa —dijo de repente—. La casa donde vivía con… con ella. No quiero volver a poner un pie ahí. Vale buen dinero. Con eso podemos pagar a los proveedores urgentes y las nóminas de los albañiles.

—Hijo, esa es tu casa… —empecé a decir.

—No, papá. Esa casa está manchada. Y el coche, y las joyas que le compré… todo se vende. Vamos a recuperar la empresa. El tío Tomás no se partió el lomo cuarenta años para que dejemos morir esto. Yo voy a arreglar mi desastre.

Lo miré y, por primera vez en años, vi a Tomás en él. No en la cara, sino en la determinación. El golpe había sido duro, pero había forjado el carácter de mi hijo como el fuego forja el acero.

EL RETORNO A LAS CENIZAS

Salí del hospital una semana después. El regreso a casa fue extraño. La casa se sentía enorme y vacía sin Tomás, y ahora sin la presencia tóxica de Cristina, se sentía aún más silenciosa. Pero era un silencio limpio. Un silencio de paz.

Alejandro se mudó conmigo “temporalmente”, aunque ambos sabíamos que no se iría pronto. Necesitábamos estar juntos. Éramos los últimos dos Martínez.

La primera visita a la constructora fue lo más difícil. Llegué con el brazo en cabestrillo, apoyado en un bastón que en realidad no necesitaba tanto, pero que me daba seguridad.

El patio de maniobras, donde casi morimos, ya estaba limpio. La grúa vieja había sido clausurada por la fiscalía como “arma homicida” (una ironía que a Tomás le hubiera dado risa), pero el resto de la maquinaria estaba parada. No había ruido de camiones, ni gritos de capataces.

Reunimos a todos los trabajadores. Desde los arquitectos e ingenieros hasta los albañiles, los “media cuchara” y los veladores. Eran como cincuenta hombres y mujeres, mirándonos con incertidumbre. Sabían los chismes. Sabían que el patrón había muerto, que hubo balazos, que la nuera estaba en el “bote”. Temían por su chamba.

Me subí a una tarima de madera improvisada. Alejandro se paró a mi lado, firme.

—Buenas tardes a todos —empecé. Mi voz retumbó en la bodega vacía—. Ya saben lo que pasó. No tiene caso andar con rodeos. Nos traicionaron. Nos robaron. Intentaron acabar con esta familia y con esta empresa.

Hubo un murmullo entre la gente. Vi a Don Chuy, el maestro de obras más viejo, quitarse el sombrero y bajar la mirada.

—Pero aquí estamos —continué, alzando la voz—. “Martínez y Asociados” no se formó con dinero sucio ni con tranzas de oficina. Se formó con sudor, con cal y con las manos de muchos de ustedes que llevan aquí años. Mi hermano Tomás… —se me quebró la voz, pero tomé aire y seguí—… mi hermano Tomás daba la vida por este lugar. Y yo no voy a dejar que su legado se pierda.

Alejandro dio un paso adelante. —La situación está cabrona, raza —dijo, usando el lenguaje que ellos entendían, sin las formalidades de oficina—. Nos dejaron casi en ceros. Pero no vamos a cerrar. Vamos a vender activos personales para pagarles sus semanas atrasadas. Nadie se va a quedar sin comer. Lo único que les pido es que nos aguanten vara. Vamos a tener que trabajar el doble para levantarnos. Si alguien se quiere bajar del barco ahorita, se le liquida conforme a la ley y tan amigos como siempre. Pero los que se queden… los que se queden van a ser parte de la nueva historia.

Nadie se movió. El silencio duró unos segundos eternos.

Entonces, Don Chuy levantó su sombrero al aire. —Yo no me voy a ningún lado, patrón Rogelio. Don Tomás me dio chamba cuando nadie me quería por viejo. Yo le sigo hasta donde tope.

—¡Y yo! —gritó un “chalan” joven—. —¡Cuenten conmigo!

Uno a uno, levantaron la mano. No se fue nadie. Ni uno solo. Ese día entendí que la verdadera riqueza de la empresa no estaba en las cuentas bancarias que Cristina había vaciado, sino en la lealtad de esa gente que, a pesar de todo, creía en el apellido Martínez.

Lloré. Lloré frente a mis empleados, sin vergüenza. Y Alejandro me abrazó ahí, frente a todos, sellando un pacto no escrito de que nos íbamos a romper el alma para no fallarles.

EL CARA A CARA CON LA VÍBORA

Meses después, llegó el día de la primera audiencia oral. El Licenciado Ramírez nos advirtió que sería duro. Cristina había contratado a un abogado penalista muy famoso, de esos que cobran en dólares y salen en la televisión defendiendo narcos y políticos corruptos. Seguramente pagado con el dinero que había escondido y que no habíamos podido rastrear.

Entrar a la sala de juicios orales en el Reclusorio fue como bajar al infierno. El ambiente era tenso, frío. Cuando la trajeron, casi no la reconocí. Llevaba el uniforme beige reglamentario. Ya no había maquillaje, ni peinado de salón, ni ropa de diseñador. Se veía más delgada, demacrada, con la piel pálida y el cabello recogido en una cola de caballo mal hecha. Pero sus ojos… sus ojos seguían teniendo ese brillo de maldad pura.

Al vernos sentados en la zona de las víctimas, nos sostuvo la mirada. No bajó la cabeza. No mostró arrepentimiento. Nos miró con odio, como si nosotros fuéramos los culpables de su desgracia.

Su abogado, un tipo bajito y calvo con un traje que costaba más que mi coche, empezó su show. Alegó que la detención fue ilegal, que la grabación del 911 fue manipulada, que yo la había secuestrado y que Varela solo intentaba rescatarla.

—Mi cliente es una víctima de violencia de género —decía el abogado, paseándose por la sala—. Un suegro celoso y un esposo débil que conspiraron para quitarle lo que por derecho le correspondía como socia de la empresa.

Era asqueroso escuchar cómo retorcían la verdad. Alejandro apretaba los puños tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Le puse una mano en la pierna para calmarlo.

—Tranquilo —le susurré—. Deja que hablen. Las pruebas no mienten.

Y así fue. Cuando tocó el turno de la fiscalía, el show se les cayó a pedazos. Presentaron el video de la tablet. Ese donde ella confesaba explícitamente el desfalco y amenazaba a Tomás. El abogado defensor intentó objetar, diciendo que era una grabación ilegal. Pero el juez, un hombre severo que no parecía impresionado por el traje caro del defensor, desestimó la objeción.

—En delitos graves como el homicidio, el interés de la justicia prevalece —dijo el juez—. Reproduscan el video.

Ver la cara de Cristina en la pantalla gigante de la sala, gritándole a Tomás, admitiendo el robo, amenazando con matarnos… fue devastador para su defensa. Pero lo que terminó de hundirla fue el testimonio de Varela.

Sí, el “amor” entre ladrones dura hasta que los atrapan. Héctor Varela, con tal de reducir su condena, había cantado como un canario. Había entregado correos, mensajes de WhatsApp y transferencias bancarias que demostraban que Cristina era el cerebro de toda la operación. Varela declaró que ella lo buscó a él, que ella le ofreció la empresa, y que fue idea de ella “eliminar” a Tomás cuando él descubrió el fraude.

—Ella me dijo: “El viejo estorba. Si lo quitamos, Alejandro es un títere, yo lo manejo. La empresa será nuestra en un mes” —declaró Varela desde el estrado, sin mirar a Cristina.

En ese momento, Cristina perdió la compostura. —¡Maldito traidor! —gritó desde su asiento, poniéndose de pie—. ¡Tú me dijiste que lo harías parecer un accidente! ¡Eres un inútil!

El silencio en la sala fue absoluto. Su propia boca la había condenado. Su abogado se llevó la mano a la cara, sabiendo que el caso estaba perdido. Cristina se dio cuenta de su error. Miró al juez, luego a nosotros. Su máscara se rompió por completo y empezó a llorar, pero ya no era un llanto de manipulación, era un llanto de terror. El terror de saber que pasaría el resto de su juventud tras las rejas.

El juez dictó sentencia tres semanas después. Cincuenta años de prisión para Cristina por homicidio calificado y tentativa de homicidio. Treinta años para Varela por complicidad y asociación delictuosa. Sin derecho a fianza.

Cuando se la llevaban, esposada de pies y manos, pasó cerca de nosotros. Se detuvo un segundo frente a Alejandro. —Te amaba, Alejandro —dijo, con voz temblorosa—. A mi manera… pero te amaba.

Alejandro la miró a los ojos, con una frialdad que me enorgulleció y me asustó al mismo tiempo. —Tú no amas a nadie, Cristina. Tú solo amas el dinero. Espero que disfrutes tu celda. Es lo único que te ganaste a pulso en tu vida.

Ella bajó la mirada y los guardias se la llevaron. No volvimos a verla nunca más.

EL RENACER DE LOS CIMIENTOS

Han pasado dos años desde ese día. La recuperación no fue fácil. Tuvimos que vender terrenos, reducir la operación y trabajar jornadas de 16 horas. Yo, a mis 65 años, volví a ponerme el casco y las botas para supervisar obras, mientras Alejandro se encerraba en la oficina a desenredar la maraña fiscal que nos dejaron.

Hubo meses en los que no sabíamos si íbamos a poder pagar la nómina. Hubo noches en las que Alejandro y yo cenábamos frijoles y tortillas, recordando las épocas de vacas flacas de mi infancia. Pero nunca nos rajamos.

Poco a poco, la reputación de “Martínez y Asociados” se limpió. Los clientes vieron que dábamos la cara, que no huíamos. Y el trabajo empezó a volver. Primero una remodelación pequeña, luego una casa, y hace tres meses, ganamos la licitación para un pequeño centro comercial.

Alejandro cambió mucho. Ya no es el muchacho risueño e ingenuo que era. Se volvió más serio, más cauteloso. Revisa cada contrato tres veces. No confía fácilmente en la gente nueva. A veces me preocupa que se haya vuelto demasiado duro, pero luego lo veo jugar con los hijos de los albañiles en las obras, o lo veo reírse cuando Don Chuy le cuenta un chiste colorado, y sé que mi hijo sigue ahí. Solo que ahora tiene cicatrices, igual que yo.

Hoy es 2 de noviembre. Día de Muertos. Estamos en el panteón, frente a la tumba de Tomás. La hemos llenado de flores de cempasúchil, terciopelo y nubes. Le pusimos su tequila favorito, su pan de muerto y una cajetilla de sus cigarros, aunque siempre le decíamos que dejara de fumar.

El cementerio está lleno de vida, paradójicamente. Hay música de mariachi, olor a copal y familias comiendo sobre las lápidas. El sol de otoño pega suave, sin quemar.

—¿Crees que nos perdonó? —me pregunta Alejandro, limpiando una mancha de polvo de la lápida de su tío.

—¿Perdonarnos de qué? —le digo.

—De no darnos cuenta. De dejarlo solo contra ellos.

Suspiro y miro la foto de Tomás que está en la cruz. Sonríe, con esa sonrisa burlona que tenía. —Tu tío no era hombre de rencores, mijo. Él hizo lo que hizo para protegernos. Si te hubiera dicho la verdad desde el principio, Cristina se habría dado cuenta y quizás nos hubieran matado a los tres antes de que pudiéramos defendernos. Él se sacrificó para darnos una oportunidad.

—Lo extraño un chingo —dice Alejandro, y se le escapa una lágrima solitaria.

—Yo también, mijo. Yo también. Era mi carnal, mi otra mitad.

Me agacho y saco del bolsillo algo que he traído conmigo. Es la memoria USB. La original. La que inició todo. Cavo un pequeño agujero en la tierra, junto a las flores.

—¿Qué haces, papá? —pregunta Alejandro.

—Enterrar esto. Ya sirvió su propósito. Ya se hizo justicia. No quiero tener esto en la casa. Pertenece a Tomás. Fue su última obra, su último proyecto: salvarnos.

Echo la tierra sobre el pequeño dispositivo y lo tapo bien. Me levanto, sacudiéndome las rodillas. Me duele un poco el hombro cuando cambia el clima, un recordatorio permanente de aquel día en la bodega.

—Bueno —digo, palmeando la espalda de mi hijo—. Vámonos. Mañana hay que colar la losa del segundo piso en la obra del centro. Y Don Chuy dice que va a llover, así que hay que llegar temprano.

Alejandro sonríe. Es una sonrisa cansada, pero genuina. —Sí, jefe. Vámonos.

Caminamos hacia la salida del panteón, entre las tumbas y la música. Pasamos junto a familias que lloran y ríen. La vida sigue. En México, la muerte nunca es el final, es solo otra etapa. Tomás se fue, pero nos dejó algo más fuerte que el concreto y el acero: nos dejó la verdad.

Y con la verdad, y con la sangre que nos une, los Martínez seguimos de pie. Porque como decía mi abuelo, y como comprobamos a la mala: “La sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia”. Y nosotros, Alejandro y yo, ahora somos indestructibles.

FIN DE LA PARTE 3

PARTE FINAL: LA TRAICIÓN DE LA SANGRE: EL EPÍLOGO

La Torre de la Lealtad y el Ciclo de la Vida

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero yo digo que eso es mentira de gente que nunca ha tenido una herida de verdad. El tiempo no cura; el tiempo cicatriza. La piel vuelve a crecer, sí, pero queda más dura, más gruesa, y cada vez que cambia el clima o sopla el viento del norte, la cicatriz te recuerda de dónde vienes y lo que te costó seguir de pie.

Mi hombro, ese donde recibí el balazo en la bodega aquella mañana fatídica, se convirtió en mi barómetro personal. Cada vez que iba a llover en la Ciudad de México, sentía un piquete agudo, un recordatorio constante de que la vida es prestada y de que la lealtad se paga, a veces, con sangre.

Han pasado siete años desde que enterramos la memoria USB junto a la tumba de Tomás. Siete años desde que vi a Cristina por última vez, siendo arrastrada por los guardias hacia una vida tras las rejas. Siete años de reconstruirnos, ladrillo a ladrillo, colado tras colado.

I. La Torre Tomás

La recuperación de “Martínez y Asociados” no fue un milagro; fue una guerra de trincheras. Los primeros dos años después del juicio fueron de pura supervivencia. Alejandro y yo vivíamos con el cinturón apretado hasta el último agujero. Vendimos todo lo que olía a lujo. Su casa, su coche deportivo, incluso el reloj de oro que yo le había regalado cuando se graduó. Todo se fue para pagar a los proveedores y la nómina de la gente que no nos abandonó, como Don Chuy.

Pero el trabajo honesto, ese que te deja las manos ásperas y la conciencia tranquila, siempre rinde frutos.

Estábamos parados frente a nuestro proyecto más ambicioso hasta la fecha: “Torre Tomás”. No era un rascacielos de esos de cristal y frialdad que invaden Reforma. No. Era un edificio de departamentos de interés medio en la colonia Narvarte, pero construido con los mejores materiales, sin escatimar en varilla ni rebajar el cemento con arena, como hacían las ratas como Varela.

—Se ve imponente, papá —dijo Alejandro, ajustándose el casco blanco.

Lo miré de reojo. Mi hijo ya no era un muchacho. A sus treinta y tantos, tenía canas prematuras en las sienes y unas líneas de expresión alrededor de los ojos que le daban un aire de autoridad natural. Ya no era el joven ingenuo que se dejó engañar por una cara bonita; ahora era el Ingeniero Martínez, un hombre al que los contratistas respetaban no por su apellido, sino por su palabra.

—Tu tío estaría presumiéndole esto a todo el barrio —contesté, apoyándome en mi bastón. La vejez me había alcanzado de golpe, pero me mantenía erguido—. Diría: “Miren nomás, pinches envidiosos, esto lo hicieron mis muchachos”.

Alejandro soltó una carcajada. Su risa ya no sonaba rota. —¿Ya están listos los papeles de la inauguración?

—Todo en orden —dije—. Y esta vez, los revisé yo, tú y el despacho externo que contratamos. Aquí no se mueve una hoja sin que sepamos de dónde viene el viento.

Esa era nuestra nueva política: confianza, sí, pero auditoría también. La lección de Cristina nos había costado cinco millones de pesos y la vida de mi hermano, y no íbamos a pagar esa colegiatura dos veces.

La “Torre Tomás” tenía una placa de bronce en la entrada. No decía los nombres de los arquitectos ni de los políticos locales. Decía simplemente: “En memoria de Tomás Martínez. Quien construyó cimientos de concreto y lazos de hermandad inquebrantables”.

Ese día, durante la inauguración, vi a Don Chuy. Ya estaba retirado, sus rodillas no le daban para subir andamios, pero le habíamos dado una pensión vitalicia, salida de mi propia bolsa, porque la lealtad no tiene precio. Estaba ahí, con su guayabera de domingo y sus nietos corriendo alrededor. Se acercó a mí con los ojos llorosos.

—Patrón Rogelio… quedó chula la obra.

—Gracias a ustedes, Chuy. Sin la raza que se quedó cuando el barco se hundía, esto sería un terreno baldío.

Nos dimos un abrazo. De esos abrazos de hombres mexicanos que incluyen palmadas fuertes en la espalda para disimular que se nos quiere salir el corazón por los ojos.

II. El Fantasma de Papel

A pesar del éxito, el pasado tiene formas curiosas de tocar a la puerta cuando uno menos lo espera.

Un martes cualquiera, llegó un sobre al despacho. No tenía remitente, solo el sello del sistema penitenciario de la Ciudad de México. Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla.

La secretaria, una muchacha nueva y eficiente que no sabía la historia completa, me lo dejó en el escritorio junto con las facturas de la luz. Cuando vi ese sello, sentí el mismo frío que sentí en el funeral de Tomás. El aire se puso denso. Sabía de quién era.

Cristina llevaba siete años encerrada de una sentencia de cincuenta. Sabíamos, por el Licenciado Ramírez, que había intentado apelar dos veces y que ambas veces la habían mandado al diablo. Varela había muerto hacía un año en una riña dentro del penal; al parecer, le debía dinero a quien no debía. Justicia divina o ley de la selva, llámenlo como quieran.

Tomé el sobre con las manos temblorosas. No de miedo, sino de una rabia vieja que creía dormida. ¿Qué quería? ¿Pedir perdón? ¿Dinero? ¿Amenazar?

En ese momento entró Alejandro. Me vio con el sobre en la mano y su cara se transformó. Reconoció el sello de inmediato. Se quedó parado en el marco de la puerta, pálido.

—¿Es de ella? —preguntó con voz seca.

—Sí.

Alejandro entró a la oficina, cerró la puerta y caminó hacia mí. Extendió la mano. —Dámela, papá.

—No tienes que leerla, mijo. Seguramente son puras mentiras. Veneno.

—Dámela —insistió.

Se la entregué. Alejandro miró el sobre cerrado. Sus dedos acariciaron el papel corriente. Podía ver la tormenta en su cabeza. Esa mujer había sido su esposa, su amor, su mundo, y también el monstruo que destruyó su inocencia.

Hubo un silencio largo, solo roto por el zumbido del aire acondicionado. Alejandro respiró hondo, cerró los ojos un momento, y luego… Caminó hacia la trituradora de papel que teníamos en la esquina.

Sin abrir el sobre. Sin dudar. Metió la carta en la ranura. El sonido mecánico de las cuchillas masticando el papel fue la música más hermosa que había escuchado en años. Zzzzzzt. Y listo. Las palabras de Cristina, sus súplicas o sus maldiciones, se convirtieron en confeti irrelevante.

Alejandro se volvió hacia mí. Tenía los ojos brillantes, pero una sonrisa tranquila. —No me importa lo que tenga que decir. Ya no tiene voz en esta familia. Está muerta para nosotros, papá. Y los muertos que no se honran, se olvidan.

Sentí un orgullo tan grande que casi me explota el pecho. Mi hijo se había liberado. La última cadena que lo ataba a esa “víbora” se había roto en esa trituradora.

—Bien hecho, carnal —le dije, usando la palabra que usaba con Tomás.

Alejandro sonrió. —Vamos a comer, viejo. Se me antojaron unos tacos de carnitas. Yo invito.

III. La Nueva Arquitectura del Corazón

Pero la vida no puede ser solo trabajo y olvidar el pasado. La vida necesita futuro. Y el futuro llegó con un nombre: Sofía.

Alejandro la conoció en la obra de la Torre. Ella era la arquitecta paisajista encargada de las áreas verdes y el “roof garden”. Una mujer menuda, de carácter fuerte, que no se dejaba intimidar por los albañiles y que sabía distinguir entre una petunia y una bugambilia, pero también entre un buen colado y una porquería.

Al principio, Alejandro era distante. “Revisa cada contrato tres veces”, decía yo. Bueno, con las mujeres revisaba diez veces. El miedo a ser engañado otra vez lo tenía paralizado emocionalmente. Pero Sofía tenía algo que Cristina nunca tuvo: transparencia. Si estaba enojada, te lo decía. Si estaba feliz, se reía a carcajadas con la boca abierta. No había máscaras.

Recuerdo un día que fui a supervisar y los vi comiendo tortas sentados en una barda. Sofía tenía manchada la nariz de frijoles y se estaba riendo de algo que dijo Alejandro. Y vi a mi hijo reírse de verdad. No la risa de cortesía, sino esa risa que te nace de la panza.

Esa noche, Alejandro llegó a la casa (sí, seguíamos viviendo juntos, aunque la casa ya nos quedaba grande) con una expresión diferente.

—Papá… invité a salir a Sofía.

Dejé mi periódico y lo miré por encima de mis lentes. —Ya te habías tardado, cabrón. Esa muchacha te mira como si fueras la última Coca-Cola del desierto.

Alejandro se puso rojo. —Tengo miedo, pa. ¿Y si me equivoco otra vez? ¿Y si…?

Me levanté y le puse la mano en el hombro. —Mijo, el miedo es bueno. El miedo te mantiene alerta. Pero no puedes vivir en un búnker. Cristina fue un error, sí. Un error muy caro. Pero no todas las mujeres son ella. Si te cierras al amor por culpa de una mala persona, entonces ella sigue ganando. Ella sigue controlando tu vida desde la cárcel. ¿Vas a dejar que gane?

Alejandro negó con la cabeza. —No. Ya perdió.

—Entonces ve. Y si te rompen el corazón otra vez, pues aquí estoy yo para ayudarte a pegarlo con Kola Loka, como siempre. Pero no dejes de vivir.

Dos años después, hubo boda. No fue en un salón de lujo como la primera vez. No hubo invitados hipócritas de la “alta sociedad” que solo van a criticar. Fue en un jardín en Coyoacán. Hubo mariachis, hubo mole poblano hecho por las tías, hubo tequila del bueno y hubo baile hasta las 3 de la mañana.

Ver a Alejandro bailar el vals con Sofía, ver cómo la miraba con devoción pero también con una madurez serena, fue mi mayor victoria. Más grande que salvar la empresa. Había salvado a mi hijo de la amargura.

Y cuando Sofía bailó conmigo, me susurró al oído: —Gracias por criar a un hombre tan bueno, Don Rogelio. Le prometo que yo sí lo voy a cuidar.

—Lo sé, mija —le dije con la voz entrecortada—. Lo sé. Nomás no le des de comer picante en la noche porque le da agruras, igual que a su padre.

IV. El Relevo Generacional

El tiempo no perdona. A mis 72 años, las piernas ya no me respondían igual. El bastón pasó de ser un apoyo a ser una necesidad absoluta, y luego, una andadera para los días malos. El médico me dijo que mi corazón estaba cansado. “Mucho estrés, Don Rogelio. Necesita bajarle al ritmo”.

Bajarle al ritmo. ¿Cómo se le baja al ritmo cuando uno lleva cincuenta años corriendo? Pero la vida, en su infinita sabiduría, me dio la razón perfecta para sentarme.

Un domingo, Alejandro y Sofía llegaron a la casa con una caja de regalo. —Es para ti, abuelo —dijo Sofía con una sonrisa traviesa.

¿Abuelo? Me quedé helado. Abrí la caja con manos torpes. Adentro había un mameluco pequeñito, de esos amarillos neutrales, y una prueba de embarazo positiva.

Lloré. Lloré como no lloraba desde el día en que creí que iba a morir bajo las vigas. —Va a ser niño —dijo Alejandro, abrazándome—. Y se va a llamar Tomás.

Tomás. El ciclo se cerraba. La sangre de mi hermano, esa que intentaron derramar y borrar, volvía a la tierra en forma de una nueva vida.

El día que nació el pequeño Tomás, sentí que mi misión en esta tierra estaba cumplida. Lo cargué en mis brazos, tan frágil, tan pequeño, pero con un par de pulmones que gritaban con la fuerza de un capataz de obra. Tenía los ojos de Alejandro. Pero tenía la nariz de mi hermano.

Le susurré bajito, para que solo él me escuchara: —Tú no sabes, chamaco, pero llevas el nombre de un héroe. Y tienes un papá que atravesó el infierno para que tú nacieras en el cielo. Vas a ser un hombre de bien. Un Martínez.

V. El Último Atardecer

Hoy, escribo estas líneas desde el despacho de mi casa. Ya no voy a la constructora. Alejandro es el Director General y Sofía lleva el área de diseño. La empresa ha crecido tanto que ya no conozco a todos los empleados por nombre, pero Don Chuy, que todavía vive, va de vez en cuando a dar sus vueltas y me mantiene informado. “El muchacho lo hace bien, patrón”, me dice. Y yo le creo.

Estoy sentado frente a la ventana, viendo cómo el sol se pone sobre la Ciudad de México. El cielo está pintado de naranja y violeta, colores de cempasúchil y terciopelo.

Tengo una copa de tequila en la mano. Un Reserva de la Familia, el que le gustaba a Tomás. Miro hacia atrás y veo el camino recorrido. Veo el dolor, la traición, la sangre. Veo la cara de Cristina tras las rejas, veo la avaricia de Varela. Pero también veo la lealtad. Veo el amor. Veo la resistencia.

La vida en México es así: dura, a veces cruel, pero siempre, siempre hermosa si tienes con quién compartirla. Aquí la muerte no nos asusta porque caminamos con ella del brazo. La celebramos, le hacemos fiestas, nos reímos de ella.

Tomás murió para que nosotros viviéramos. Su sacrificio no fue en vano. La empresa sigue. El apellido sigue. La familia sigue.

Siento un cansancio dulce. No es dolor. Es como cuando terminas de colar una losa después de un día entero bajo el sol y te sientas a tomar una Coca bien fría. Es la satisfacción del deber cumplido.

Escucho la risa de mi nieto Tomás en el jardín de abajo. Tiene tres años y está persiguiendo al perro. Alejandro y Sofía se ríen con él. Ese sonido es mi legado. No el dinero, no los edificios. Esa risa.

Levanto mi copa hacia la foto de mi hermano que tengo en el escritorio. —Salud, carnal —murmuro—. Ya mérito te alcanzo. Ve enfriando las chelas y apartándome un lugar en el dominó. Y no hagas trampa, cabrón, que te conozco.

Doy un trago largo. El tequila quema rico en la garganta. Cierro los ojos. El sol se termina de ocultar, pero no hay oscuridad. Solo hay paz. La pesadilla terminó hace mucho. Ahora, solo queda el sueño eterno de los justos.

Y así, con la certeza de que dejé la casa limpia y los cimientos firmes, me despido. Mi nombre es Rogelio Martínez. Soy constructor. Soy padre. Soy hermano. Y esta fue nuestra historia.

FIN

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Le di un aventón a un anciano empapado bajo la tormenta sin saber que llevaba mi destino en su maletín; a la mañana siguiente, el gerente que juró destruirme terminó esposado frente a todos.

El limpiaparabrisas de mi vieja troca chillaba contra el vidrio, luchando inútilmente contra una de esas tormentas que convierten las carreteras de las afueras en ríos de…

Pensaron que estaba haciendo señas al aire en el panteón, pero cuando supieron a quién le hablaba, todos rompieron en llanto.

—¡No necesitas gritar, ella ya no te escucha! —pensé con rabia mientras veía a una familia discutir a unos metros de mí. El sol de junio caía…

Dos camionetas negras se detuvieron frente a mi vieja casa y pensé que venían a cobrarme una deuda de s*ngre; jamás imaginé que quien bajaría sería la niña que alimenté hace 25 años cuando todos la dejaron a su suerte en el frío.

Me llamo Roberto, pero en las carreteras de Chihuahua todos me decían “El Fantasma”. Estaba sentado en el pórtico de mi casa, esa que se está cayendo…

“Te damos 1 millón de pesos por las claves”: Rechacé su dinero sucio, tocaron a mi familia y les demostré por qué nunca debes amenazar a un papá experto en tecnología.

Eran las 2:00 de la mañana en mi pequeño departamento en la colonia Doctores. Mis ojos ardían de tanto mirar la pantalla, buscando vacantes de empleo que…

¿Alguna vez has sentido que el peso del mundo recae literalmente sobre tus hombros mientras intentas salvar lo que más amas? Esa es mi realidad cada vez que salimos de casa. No caminamos por gusto, caminamos para que ellos sigan respirando. Una foto nuestra se hizo viral sin que nos diéramos cuenta, mostrando nuestra lucha diaria entre banquetas rotas y el humo de los camiones. Dicen que un ángel nos está buscando para cambiarnos la vida con un auto, pero mientras tanto, cada paso que doy duele en el alma. ¿Nos ayudarías a encontrar esa esperanza que tanto nos urge?

El ruido de la avenida se te mete en la cabeza, compitiendo con el único sonido que realmente me importa: el sss-sss-sss rítmico de las válvulas de…

Todos me veían solo como “el de la limpieza”, el señor invisible con el trapeador. No sabían que antes de perder a mi esposa y quedarme solo con mi pequeña Lenita, yo diseñaba algoritmos predictivos. Aquella tarde, con el contrato de defensa más grande de México en juego, no pude soportar ver cómo su soberbia hundía el proyecto. Me acerqué al teclado temblando, no por miedo, sino por la adrenalina de volver a ser yo mismo por un minuto. El ingeniero jefe intentó humillarme, pero cuando la Licenciada Solís vio lo que escribí en la pantalla, el silencio en la sala fue aterr*dor.

El zumbido de los servidores era lo único que se escuchaba por encima de los gritos desesperados del Ingeniero Jasso. Llevaba cinco minutos trapeando el mismo cuadro…

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