La niña ciega que confundió al “demonio” con un ángel: Lo que hizo este motociclista temido cuando ella tocó su brazo te hará llorar. Una madre colapsó en una gasolinera y su hija, guiada solo por el sonido, se aferró al hombre más peligroso del condado pidiendo ayuda. Nadie esperaba la reacción de “El Oso”.

—¡No respira bien! ¡Por favor, ayúdame! —el grito desgarrador rompió el silencio incómodo que habíamos provocado al entrar.

Yo soy Mateo, pero en las carreteras de Sonora todos me conocen como “El Oso”. Mido casi dos metros, peso 120 kilos de puro músculo y cicatrices, y cuando entro a un lugar, la gente suele dejar de hablar y bajar la mirada.

Esa tarde paramos en una gasolinera vieja sobre la carretera. El calor del asfalto quemaba a través de las suelas de las botas. Éramos cincuenta motocicletas rugiendo al unísono, un sonido que suele asustar a cualquiera. Entramos por refrescos, con nuestras botas pesadas y el tintineo de las cadenas, apropiándonos del lugar.

De repente, sentí algo pequeño aferrarse a mi brazo. Unas manos diminutas apretaban mi cuero con una fuerza desesperada.

Bajé la mirada. Era una niña. Sus ojos no enfocaban nada; miraban a través de mí, perdidos en la oscuridad. Un bastón blanco yacía en el suelo.

—Señor, por favor… mi mamá. Es diabética. Su respiración cambió.

Mis muchachos, “Los Jinetes”, se quedaron de piedra. El aire en la tienda se volvió espeso, tenso. Nadie me toca sin permiso. Nadie. El “Rocket”, mi mano derecha, estaba listo para intervenir, pensando que era una falta de respeto.

Pero entonces miré hacia donde apuntaba la niña. Una mujer yacía en el suelo, pálida, con la piel grisácea y sudorosa.

La niña sacudió mi brazo de nuevo, llorando. No le importaba quién era yo, ni que oliera a gasolina y pino, ni que mi voz sonara como piedras trituradas. Solo sabía que yo estaba ahí.

—Puedo escucharlo en su pecho… se está apagando —sollozó ella.

Mis instintos del ejército, enterrados bajo años de carretera y mala fama, se activaron de golpe. No vi a una extraña; vi una emergencia.

Me arrodillé, rompiendo la imagen del motociclista intocable.

—¡Es un choque de azúcar! —grité con una autoridad que hizo temblar los vidrios—. ¡Rocket, trae jugo de naranja, AHORA! ¡Cadenas, llama al 911!.

La niña no me soltó. Se pegó a mi chaleco, temblando como una hoja. —¿Se va a poner bien? —preguntó, con la voz rota.

La miré. Por primera vez en años, no vi miedo en los ojos de alguien que me hablaba. Vi esperanza. Y supe que no podía fallarle.

¿CÓMO TERMINÓ EL DÍA QUE 50 MOTOCICLISTAS LLORARON POR UNA PROMESA?

PARTE 2: LA PROMESA DEL OSO

El tiempo tiene una forma extraña de comportarse cuando la vida de alguien pende de un hilo. A veces vuela, desapareciendo entre los dedos como arena del desierto de Sonora, y otras veces se detiene, pesado y sofocante, como el aire antes de una tormenta eléctrica. En ese momento, en el suelo sucio de aquella tienda de conveniencia, con el zumbido de los refrigeradores como única banda sonora y el olor a limpiador barato mezclado con mi propio sudor, el tiempo se congeló.

Rocket regresó corriendo, casi derrapando con sus botas de ingeniero sobre el piso de linóleo. En sus manos traía una botella de jugo de naranja y unos sobres de azúcar que había arrancado del mostrador del café con la delicadeza de un oso pardo.

—¡Toma, Capo! —gritó, pasándome el envase.

Mis manos, que suelen ser firmes para sostener el manubrio de mi Harley a 140 kilómetros por hora o para desarmar un rifle en la oscuridad, temblaron ligeramente. No por miedo a la m*erte, eso es algo con lo que bailo a diario, sino por miedo a fallarle a la pequeña que seguía aferrada a mi brazo izquierdo como si yo fuera su única ancla en un mar embravecido.

—Escúchame bien, pequeña —le dije a la niña, bajando la voz para intentar sonar menos como el motor de un camión y más como… bueno, como un ser humano—. Necesito que me sueltes un segundo. Solo un segundo. Necesito mis dos manos para ayudar a tu mamá.

Ella dudó. Sus deditos se pusieron blancos por la presión sobre mi chaleco de cuero. Sus ojos, nublados y sin dirección, buscaron mi rostro guiados por el sonido de mi voz.

—No te vayas —suplicó. Fue un susurro, pero golpeó más fuerte que cualquier puñetazo que haya recibido en una pelea de bar.

—No me voy a ir —prometí, y sentí el peso de esas palabras sellarse en mi pecho—. Soy “El Oso”. Y los osos protegen a su manada. Ahora suelta.

Ella obedeció. Sentí el frío en mi brazo donde antes estaba su calor.

Con la ayuda de Cadenas, que había regresado después de gritarle a la operadora del 911, levantamos ligeramente la cabeza de la mujer. Estaba empapada en un sudor frío, pegajoso. Su respiración era superficial, errática. “Hipoglucemia severa”, pensé. Mi entrenamiento como médico de combate, una vida que dejé atrás hace veinte años pero que nunca me abandonó del todo, tomó el control.

—Ábrele la boca, con cuidado, no dejes que muerda —ordené.

Rocket, un tipo que ha estado en prisión y tiene tatuajes que asustarían al mismísimo d*ablo, sostuvo la mandíbula de la mujer con una ternura que nadie creería si no lo estuviera viendo. Vertí un poco de jugo en la tapa y dejé caer unas gotas bajo su lengua, cuidando que no se ahogara. Luego, rasgué los sobres de azúcar y froté los cristales dulces contra sus encías.

—Vamos, madre… vamos —murmuré—. Tienes que volver. Tu niña te necesita. No me hagas quedar mal frente a ella.

Los minutos pasaban. El calor del desierto exterior se colaba cada vez que alguien abría la puerta de cristal para ver el espectáculo. Un grupo de turistas gringos miraba desde afuera, con sus teléfonos en alto, grabando. Seguramente pensaban que estábamos asaltando a la mujer, o peor. No me importaba. Que grabaran. Que el mundo viera lo que quisiera. Yo solo veía el pecho de la mujer subir y bajar.

—¿Está despertando? —preguntó la niña. Había vuelto a encontrar mi brazo y ahora acariciaba el parche de mi club: una calavera con dos pistolas cruzadas. Ella no sabía lo que significaba. Para ella, era solo textura. Hilos bordados sobre cuero viejo.

—Todavía no, mija. Pero su pulso está un poco más fuerte —mentí a medias. El pulso seguía siendo un aleteo débil, pero necesitaba darle algo a lo que aferrarse.

A lo lejos, el sonido que todos esperábamos: la sirena. Pero no sonaba cerca. En estas carreteras olvidadas de Dios, una ambulancia puede tardar cuarenta minutos. Cuarenta minutos es una eternidad. Es la diferencia entre un susto y un funeral.

—No van a llegar a tiempo —dijo Cadenas, mirándome con gravedad—. El tráfico en la federal está parado por el accidente del kilómetro 20.

Maldije por lo bajo. Miré a la mujer. Su color no mejoraba lo suficiente. Necesitaba glucosa intravenosa, y la necesitaba ya.

Tomé una decisión. Una de esas decisiones que hacen que mi sargento instructor se retuerza en su tumba, pero que hacen que mi madre, donde quiera que esté, sonría.

—No vamos a esperar —dije, poniéndome de pie. Mi rodillas crujieron. Levanté a la mujer en mis brazos como si fuera una pluma. Pesaba menos que mi equipaje de viaje—. Rocket, prepara la camioneta de apoyo. Cadenas, quiero a los cincuenta en formación de escolta. Vamos a abrirnos paso hasta el Hospital General de Hermosillo.

—¡Jefe, eso es a treinta kilómetros! —exclamó uno de los prospectos nuevos.

—Pues más vale que hagamos que parezcan cinco —gruñí.

Miré a la niña. Ella estaba parada ahí, con su bastón blanco, desorientada por el movimiento repentino.

—¿Vienes conmigo? —le pregunté.

Ella asintió frenéticamente. —No puedo ver dónde está mi mamá.

—Yo seré tus ojos hoy —le dije, y con un movimiento suave, la levanté con mi brazo libre, sentándola en mi cadera como solía hacer con mi hija… antes de que la vida me la arrebatara. Pero esa es una historia para otra botella de tequila.

Salimos de la tienda. El sol nos golpeó como un martillo. El calor era tan intenso que el aire trémulo sobre el asfalto hacía que el horizonte pareciera líquido.

—¡Súbanla a la “Bestia”! —grité, refiriéndome a la Ford F-150 negra que nos seguía con las herramientas y refacciones.

Acomodamos a la madre en el asiento trasero. Rocket conduciría. Yo me subiría atrás con ellas. No pensaba dejarlas solas.

—¡Escuchen bien, cabrones! —le grité a mi tropa. Cincuenta hombres barbudos, sudorosos y peligrosos me miraron—. ¡Nadie se queda atrás, y nadie se nos cruza! Quiero formación de diamante. Bloqueen las intersecciones. Si un semáforo está en rojo, lo ignoran. Si un policía nos quiere parar, no se detienen hasta llegar a urgencias. ¿Entendido?

—¡SÍ, PRESI! —rugieron al unísono. El sonido de cincuenta motores V-twin arrancando al mismo tiempo hizo vibrar el suelo. Era el sonido de la guerra, pero esta vez, era una guerra contra la m*erte.

Subí a la camioneta con la niña. Ella se sentó junto a su madre, tomando su mano inerte. Yo me senté frente a ellas.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, mientras la camioneta arrancaba, chirriando llantas, escoltada por un mar de cromo y ruido.

—Lucía —dijo ella, con la voz temblorosa—. Mi mamá se llama Elena.

—Mucho gusto, Lucía. Yo soy Mateo.

—Los hombres de afuera te dijeron “Oso” —dijo ella, ladeando la cabeza como si intentara descifrar un acertijo auditivo.

—Sí, bueno… es un apodo.

—¿Eres un oso de verdad? —preguntó con una inocencia que me rompió el corazón.

Me miré las manos. Manos manchadas de grasa, cicatrices de cuchillos, nudillos rotos. Miré mi reflejo en el retrovisor: una bestia barbuda.

—A veces —admití—. A veces soy un oso. Pero los osos pueden ser suaves si quieren.

La caravana salió a la carretera. Era un espectáculo digno de ver. Cincuenta motociclistas ocupando ambos carriles, obligando a los autos a apartarse. Cadenas y dos más iban al frente, zigzagueando, haciendo señales a los conductores para que se orillaran. Éramos una marea de cuero negro partiendo el tráfico como Moisés partió el Mar Rojo.

Miré a Elena. Seguía inconsciente. Le tomé el pulso de nuevo. —Aguanta, Elena. Aguanta —susurré.

Lucía extendió su mano y tocó mi rodilla. —Señor Oso, ¿tienes miedo?

La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Miedo? Yo no sentía miedo desde Fallujah. O eso me decía a mí mismo.

—No, Lucía. No tengo miedo.

—Yo sí —confesó ella, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla sucia—. Tengo miedo de que se apague. Ella es mi luz. Si ella se va, me quedo a oscuras para siempre.

Sentí un nudo en la garganta tan grande que apenas podía respirar. Esa niña, que vivía en una oscuridad física permanente, veía a su madre como su luz. La ironía y la belleza de eso me golpearon fuerte.

—Ella no se va a apagar —dije con una ferocidad que me sorprendió—. No mientras yo esté aquí. Te lo juro por mi vida.

El viaje fue una borrosidad de velocidad y adrenalina. Pasamos patrullas de la Guardia Nacional que, al ver la emergencia y la determinación en nuestra formación, en lugar de detenernos, encendieron sus torretas y se unieron a la escolta. Fue algo surrealista. Los “Savage Riders”, el club más temido del estado, escoltados por la ley para salvar a una madre soltera.

Llegamos al hospital derrapando. Mis hombres bloquearon la entrada de urgencias, bajándose de las motos antes de que se detuvieran por completo.

Bajé de la camioneta con Elena en brazos. Lucía se agarró de mi cinturón.

Entramos por las puertas automáticas como un huracán. —¡MÉDICO! ¡NECESITO UN MÉDICO AHORA! —mi voz retumbó en la sala de espera llena de gente.

El silencio se hizo instantáneo. La gente nos miraba con terror. Un gigante cargando un cuerpo, seguido por una niña ciega y una docena de motociclistas sucios. Debíamos parecer una pesadilla.

Una enfermera joven, valiente, corrió hacia nosotros con una camilla. —¡Póngala aquí! ¿Qué tiene?

—Diabética. Choque hipoglucémico. Inconsciente por unos 20 minutos. Le dimos azúcar sublingual pero no reacciona completamente —recité el parte médico con precisión militar.

La enfermera me miró, sorprendida por mi terminología técnica, pero no perdió tiempo. —¡A reanimación, rápido!

Se llevaron a Elena. Lucía intentó correr tras la camilla, pero tropezó. La atrapé antes de que cayera.

—No puedes entrar ahí, pequeña. Los doctores tienen que trabajar.

—¡Quiero ir con ella! ¡Mami! —gritó, y su desesperación resonó en las paredes blancas y asépticas.

Me arrodillé frente a ella, ignorando el dolor en mis viejas articulaciones. —Lucía, escúchame. Tienes que ser fuerte ahora. Tu mamá está en buenas manos. Nosotros vamos a esperar aquí.

La guié hacia las sillas de plástico duro de la sala de espera. Me senté y la puse a mi lado. Ella se acurrucó contra mí, enterrando su cara en mi costado. Olía a polvo de carretera y a miedo infantil.

La sala de espera era un microcosmos de tragedias mexicanas. Había un anciano con una toalla llena de s*ngre en la mano, una mujer llorando en el teléfono, un joven con la mirada perdida. Y ahora, nosotros. Cincuenta motociclistas llenando el pasillo, parados en silencio, con los cascos bajo el brazo como si fueran caballeros medievales velando armas.

La gente nos miraba con desconfianza. Una señora abrazó su bolsa con fuerza cuando Rocket pasó cerca para ir al baño. Él lo notó, y vi la tristeza en sus ojos. Estamos acostumbrados, pero no deja de doler. Somos los “malos” de la película para todos ellos.

Pasó una hora. Luego dos. El administrador del hospital, un hombre bajo con traje barato y cara de pocos amigos, se acercó a nosotros. Miró mi chaleco, mis botas sucias, y luego a la niña.

—Disculpen —dijo con voz nasal—. No pueden estar todos aquí. Es un hospital, no un estacionamiento de trailers. Y necesitamos ver los papeles del seguro de la paciente. Si no tiene seguro, requerimos un depósito de diez mil pesos para continuar con el tratamiento intensivo.

Sentí cómo la ira subía por mi cuello, caliente y roja. —¿Está usted diciéndome que si no pagamos, la dejan morir?

—No, no… la estabilizamos, pero para el ingreso y los medicamentos especiales… son las políticas —balbuceó, retrocediendo un paso ante mi mirada.

Lucía levantó la cabeza. —No tenemos dinero —susurró—. Mamá dijo que apenas teníamos para la gasolina.

Miré al administrador. Luego me levanté y me giré hacia mis hombres. —¡Muchachos! —grité—. ¡Vacien los bolsillos!

No hubo ni una sola pregunta. Ni una duda. Cincuenta manos se metieron en cincuenta bolsillos de cuero y mezclilla. Billetes arrugados de quinientos, monedas, dólares que guardábamos de los viajes a la frontera. Todo empezó a caer en el casco que Rocket sostenía al revés.

El sonido del dinero cayendo fue la única música en la sala. Rocket se acercó al administrador y le puso el casco lleno de dinero en el pecho. Pesaba. Había mucho más de diez mil pesos ahí. Había dinero de la renta, dinero para refacciones, dinero de cervezas.

—Aquí está su “política” —gruñí—. Ahora, lárguese y asegúrese de que tenga la mejor atención o le juro que este hospital va a tener muy mala publicidad.

El hombre asintió, pálido, y corrió hacia la caja.

Volví a sentarme. Lucía buscó mi mano. Sus dedos recorrieron mis callos, mis cicatrices, los tatuajes que tengo en los nudillos que dicen “VIDA” y “LOKA”.

—Eres bueno, Oso —dijo ella.

—No, Lucía. No lo soy. He hecho cosas malas. Muchas cosas malas.

—Mi abuela decía que no importa cómo empieza el corrido, sino cómo termina —dijo ella con una sabiduría que no pertenecía a una niña de ocho años—. Hoy eres mi héroe.

Cerré los ojos. Héroe. Hacía mucho que nadie usaba esa palabra conmigo sin sarcasmo.

Finalmente, la puerta de urgencias se abrió. Salió un doctor, buscando con la mirada. —¿Familiares de Elena Rosas?

Me levanté de un salto, llevándome a Lucía conmigo. —Aquí. Somos nosotros.

El doctor nos miró, confundido por la multitud de motociclistas, pero asintió. —Ya está estable. Fue un episodio muy grave, casi entra en coma, pero la trajeros justo a tiempo. La glucosa ya subió. Está despierta y pregunta por su hija.

Un suspiro colectivo recorrió la sala. Vi a tipos duros, que han cargado ataúdes de hermanos caídos sin derramar una lágrima, limpiarse los ojos disimuladamente.

—¿Puedo verla? —preguntó Lucía.

—Solo un momento. Y solo uno de ustedes puede acompañarla —dijo el doctor.

Lucía no soltó mi mano. —Él viene conmigo.

El doctor me miró. Yo asentí. —No voy a tocar nada, doc. Solo la voy a llevar.

Caminamos por el pasillo. El olor a alcohol y enfermedad me trajo recuerdos que prefería olvidar, pero me concentré en la manita de Lucía.

Entramos en el cubículo. Elena estaba en la cama, conectada a sueros, pálida pero viva. —¡Mami! —gritó Lucía, y soltó mi mano para correr hacia la voz de su madre. Chocó suavemente con la cama y comenzó a palpar hasta encontrar la cara de Elena.

—Mi amor… aquí estoy, mi vida —Elena lloraba, besando las manos de su hija—. Perdóname, perdóname por asustarte.

Me quedé en la puerta, sintiéndome como un intruso en un momento sagrado. Me quité el pañuelo de la cabeza y lo estrujé entre mis manos. Era hora de irse. Mi trabajo estaba hecho. El “demonio” había hecho de ángel y ahora debía volver a las sombras antes de que la luz lo quemara.

Di un paso atrás, intentando salir sin hacer ruido. —Espere —la voz de Elena me detuvo.

Me giré. Ella me miraba. Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero había una claridad en ellos que me atravesó. Me vio. Realmente me vio. Vio el chaleco sucio, la barba desaliñada, el tamaño intimidante. Y no parpadeó.

—Lucía me dijo… me dijo que un oso la salvó —susurró ella—. Gracias. Gracias por devolverme a mi hija. Gracias por no dejarme tirada como basura en esa tienda.

Tragué saliva. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de una llanta. —No tiene nada que agradecer, señora. Cualquiera lo hubiera hecho.

—No —dijo ella firmemente—. Cualquiera hubiera pasado de largo. Cualquiera hubiera llamado al 911 y se hubiera ido. Usted se quedó. Usted… ustedes pagaron. La enfermera me lo dijo.

—Nosotros cuidamos a los nuestros —dije, mi voz sonando ronca.

—Ahora usted es de los nuestros también —dijo ella.

Lucía se giró hacia donde estaba mi voz. Extendió su mano hacia la nada. —Oso, ven.

Me acerqué lentamente. Ella encontró mi mano y la jaló hacia su cara. Puso mi palma enorme y áspera contra su mejilla suave. —No eres un monstruo —dijo, como si hubiera estado leyendo mis pensamientos más oscuros—. Eres suave.

En ese momento, algo se rompió dentro de mí. El muro que había construido durante veinte años, ladrillo a ladrillo, con violencia, decepciones y soledad, se derrumbó. Una lágrima, caliente y traicionera, escapó de mi ojo y se perdió en mi barba.

—Tengo que irme, Lucía —logré decir con la voz quebrada—. Mis muchachos me esperan.

—¿Volverás? —preguntó.

Miré a Elena. Ella asintió, con una sonrisa cansada pero genuina. —Siempre hay un lugar en nuestra mesa para un oso —dijo la madre.

—Tal vez —dije—. Tal vez cuando ande por estos rumbos.

Salí del cubículo casi corriendo. Necesitaba aire. Necesitaba el ruido del motor para tapar el ruido de mis propios sentimientos.

En la sala de espera, mis hombres se pusieron firmes cuando me vieron salir. —¿Todo bien, Jefe? —preguntó Rocket.

Me puse los lentes oscuros para que no vieran mis ojos rojos. Me ajusté el chaleco. Volví a ser “El Oso”. O al menos, eso intenté.

—Todo bien —dije, golpeando el hombro de Rocket—. Vámonos. Tenemos carretera por delante.

Salimos al estacionamiento. La tarde caía sobre Hermosillo, pintando el cielo de naranja y morado, colores de moretones y fuego. Subí a mi moto. El motor rugió, fiel y potente. Pero mientras aceleraba para salir del hospital, no pude evitar mirar por el retrovisor una última vez.

No había nadie en la ventana. Pero sentí que algo había cambiado. Ya no era solo un motociclista forajido vagando sin rumbo. Ahora tenía una historia que no era de v*olencia. Tenía una promesa.

Mientras el viento golpeaba mi cara, secando el rastro de aquella lágrima solitaria, pensé en lo irónica que es la vida. Una niña que no podía ver, fue la única que vio quién soy realmente.

Rodamos hacia el atardecer, cincuenta bestias de metal y un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que su corazón latía por algo más que solo bombear s*ngre.

Pero la carretera es celosa. Y el destino es un bromista cruel. Justo cuando pensaba que el día había terminado con un final feliz, mi teléfono vibró en el soporte del manubrio.

Era un número desconocido. Contesté por el intercomunicador del casco.

—¿Bueno?

—¿Mateo “El Oso” Vargas? —una voz distorsionada, metálica.

—Él habla. ¿Quién es?

—Hiciste una buena obra hoy, Mateo. Muy conmovedor. Pero te olvidaste de algo.

—¿De qué hablas?

—Esa niña… Lucía. No es quien tú crees. Y su madre tampoco. Te metiste en un juego que no entiendes, Oso. Acabas de salvar a la pieza clave de un rompecabezas que llevamos años buscando.

Sentí un frío helado recorrer mi espina dorsal, más frío que la m*erte misma. —¿Quién eres? —gruñí.

—Digamos que somos los que apagaron la luz de los ojos de esa niña. Y ahora que sabemos dónde están… vamos por ellas. Gracias por pagar la cuenta del hospital, nos facilitaste el rastreo.

La llamada se cortó.

Frené en seco en medio de la carretera. El chirrido de cincuenta motos frenando detrás de mí fue ensordecedor. Rocket se emparejó a mi lado, asustado por mi maniobra. —¿Qué pasa, Jefe? ¿La moto falló?

Me quité el casco. Mi cara debía ser un poema de terror y furia, porque Rocket retrocedió. Miré hacia atrás, hacia el hospital que ya se veía pequeño en la distancia.

—No —dije, y mi voz sonó como el trueno antes del huracán—. Dimos la vuelta. AHORA.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque la guerra no ha terminado —saqué mi pistola del compartimento secreto de la moto y corté cartucho—. Apenas acaba de empezar.

Nadie cuestionó. Nadie preguntó. En un movimiento sincronizado que solo años de rodar juntos pueden lograr, cincuenta motocicletas dieron una vuelta en U en plena carretera federal, bloqueando el tráfico, levantando polvo y rugiendo como demonios.

No iba a permitir que nadie tocara a esa niña. No otra vez. No bajo mi guardia.

Si querían oscuridad, yo les iba a llevar el infierno entero.

PARTE 3: LA CACERÍA EN EL ASFALTO

El sonido de cincuenta motores V-twin rugiendo al unísono en sentido contrario por una carretera federal no es solo ruido; es una declaración de guerra. Es una vibración que te sacude los dientes y te revuelve las tripas. El viento nos golpeaba de frente, furioso, como si la misma naturaleza quisiera detenernos, pero la adrenalina que corría por mis venas era combustible de alto octanaje.

—¡Formación de lanza! —grité por el intercomunicador, mi voz compitiendo con el estruendo del aire—. ¡Rocket, Cadenas, flanqueen por la izquierda! ¡Mudo, lleva a los novatos a la retaguardia y bloqueen el paso a cualquier vehículo civil! ¡Nadie pasa hasta que yo lo diga!

—¡Cofiado, Presi! —respondió Rocket. Su voz sonaba tensa. Él sabía lo que significaba dar la vuelta. Sabía que no íbamos a una fiesta. Íbamos directo a la boca del lobo.

Miré el velocímetro. Ciento cuarenta. Ciento cincuenta. La aguja temblaba, empujando el límite de mi vieja Harley. El asfalto pasaba bajo mis botas como un río gris y borroso. En mi mente, solo había una imagen: la oscuridad de los ojos de Lucía. Esas cuencas que no veían la luz pero que habían visto mi alma. Y la voz metálica del teléfono… “Apagamos la luz de sus ojos”.

La rabia me cegó por un segundo, más peligrosa que cualquier curva cerrada. Apreté los puños sobre el manubrio hasta que los nudillos se me pusieron blancos bajo los guantes de cuero. Si tocaban un solo pelo de esa niña, si se atrevían a respirar el mismo aire que ella, yo mismo me encargaría de que suplicaran por el infierno.

El hospital apareció en el horizonte, una estructura blanca y estéril que ahora me parecía una fortaleza bajo asedio. A medida que nos acercábamos, vi lo que temía. No eran patrullas. No era la policía local.

Eran tres camionetas Suburban negras, blindadas, estacionadas en la rampa de urgencias de manera agresiva, bloqueando la salida. Hombres vestidos de negro, tácticos, sin insignias, se movían con precisión militar alrededor de la entrada. No eran pandilleros de esquina. Eran profesionales. Sicarios de alto nivel o paramilitares.

—¡Atención todos! —ladré—. ¡No disparen a menos que nos disparen! ¡Hay civiles! ¡Usen las cadenas, usen los cascos, usen los puños! ¡Quiero caos! ¡Quiero que piensen que el d*ablo bajó a la tierra!

—¡A la orden! —el grito de guerra de los “Savage Riders” rompió la tarde.

Llegamos derrapando, quemando llanta, creando una cortina de humo blanco que olía a caucho quemado y violencia inminente. La entrada de los motociclistas fue un tsunami de metal. Mis hombres no se detuvieron a estacionarse. Lanzaron las motos contra las camionetas blindadas, bloqueándolas, golpeando las carrocerías con las botas.

Uno de los hombres de negro, un tipo alto con un auricular en el oído, se giró sorprendido. Llevaba una subametralladora corta colgada al pecho. Antes de que pudiera levantarla, Cadenas saltó de su moto en movimiento.

Fue una maniobra suicida y hermosa. La moto de Cadenas se estrelló contra la defensa de la Suburban, y él voló por el aire como un misil humano, tacleando al hombre armado. Ambos cayeron al suelo en una maraña de golpes.

—¡Rocket, conmigo! —grité, saltando de mi moto antes de que se detuviera por completo. La dejé caer sobre su costado, el metal raspando el concreto con un chirrido agónico.

Corrí hacia las puertas automáticas. Estaban trabadas. Alguien las había bloqueado desde adentro. A través del cristal, vi el caos en la sala de espera. La gente gritaba, tirada en el suelo. Dos hombres armados mantenían a los civiles agachados mientras un tercer hombre arrastraba a una enfermera por el pelo hacia el pasillo de los cubículos.

—¡Abran paso! —rugí.

Rocket, que es una montaña de músculo igual que yo pero con menos paciencia, no esperó. Sacó una llave inglesa enorme de su cinturón y golpeó el vidrio templado. El cristal estalló en mil pedazos como una lluvia de diamantes falsos.

Entramos sobre los cristales rotos. El sonido de nuestras botas pesadas resonó en el silencio aterrorizado de la sala.

El tipo que tenía a la enfermera se giró. Llevaba pasamontañas. Levantó una pistola.

No lo pensé. No dudé. Mi mano derecha se movió con la memoria muscular de mil batallas. Saqué mi revólver .44 Magnum, un cañón de mano que me regaló un viejo amigo en Sinaloa, y disparé.

El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado. La bala golpeó el hombro del sicario, haciéndolo girar como un trompo y soltar el arma. La enfermera cayó al suelo y gateó lejos, llorando.

—¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo! —gritó Rocket, cubriendo mi flanco con una escopeta recortada que había sacado de quién sabe dónde.

Avancé por el pasillo, ignorando al hombre herido que gemía en el piso. Mi objetivo era el cubículo 4.

—¡Elena! ¡Lucía! —grité.

Al llegar al pasillo de internamiento, me topé con otro hombre. Este era más grande. Llevaba chaleco táctico. Estaba intentando patear la puerta del cubículo donde había dejado a las mujeres.

—¡Oye, pendejo! —le grité.

El hombre se giró. Tenía una cicatriz que le cruzaba el labio. Sonrió. No tenía miedo. Sacó un cuchillo de combate, una hoja negra y serrada diseñada para destripar.

—Llegas tarde, Oso —dijo con voz rasposa—. La orden ya está dada.

Se lanzó hacia mí. Era rápido, mucho más rápido de lo que su tamaño sugería. Esquivé la primera estocada, sintiendo el aire frío de la hoja pasar a milímetros de mi cuello. Solté el revólver; a esa distancia era inútil y peligroso. Esto iba a ser personal. Mano a mano.

Me lanzó un golpe al estómago. Lo bloqueé con el antebrazo, sintiendo el impacto en el hueso, y contraataqué con un cabezazo directo a su nariz. Sentí el crujido del cartílago rompiéndose contra mi frente. La s*ngre brotó, manchando mi cara y la suya.

Él retrocedió, aturdido, pero volvió a atacar, esta vez tirando cortes ciegos. Uno me alcanzó en el brazo izquierdo, cortando el cuero del chaleco y mordiendo mi piel. El dolor fue agudo, caliente, pero lo usé. Convertí el dolor en fuerza.

Atrapé su muñeca con mi mano derecha, apretando hasta que sentí los tendones crujir. Con la izquierda, lo agarré del cuello del chaleco táctico y lo embestí contra la pared. Una, dos, tres veces. El yeso se rompió. Su cabeza rebotó. El cuchillo cayó al suelo.

—¡Nadie toca a mi familia! —gruñí en su cara, escupiéndole s*ngre y saliva.

Lo dejé caer, inconsciente. Pateé la puerta del cubículo. —¡Elena!

La escena que encontré me heló la s*ngre. Elena estaba acorralada en una esquina de la habitación, sosteniendo un portasueros metálico como si fuera una lanza. Detrás de ella, hecha una bolita en el suelo, estaba Lucía, tapándose los oídos y gritando en silencio. Frente a ellas, la ventana estaba rota. Había cristales por todas partes. Alguien había intentado entrar por ahí, pero Elena lo había repelido.

—¡Mateo! —gritó ella al verme, soltando el portasueros y colapsando de alivio—. ¡Volviste!

—Te dije que los osos protegen a su manada —dije, respirando con dificultad. Me acerqué a Lucía. La levanté del suelo. Estaba temblando tan fuerte que sus dientes castañeaban.

—¡Ya estoy aquí, pequeña! ¡Ya estoy aquí! —le susurré al oído, abrazándola contra mi pecho manchado de s*ngre y sudor.

Ella se aferró a mí, enterrando sus dedos en mi barba. —¡Oí los disparos! ¡Oí los gritos! —sollozó.

—Ya pasó. Nos vamos. Ahora.

Rocket apareció en la puerta. Tenía un corte en la ceja y respiraba agitado. —Presi, tenemos que movernos. La policía estatal viene en camino y esos cabrones de las camionetas están pidiendo refuerzos por radio. Escuché “Código Rojo”. Esto se va a poner muy feo en cinco minutos.

—¡Saca la camioneta por la parte trasera! —ordené—. ¡Rompe la cerca si es necesario! ¡Mudo, Cadenas y el resto, cúbrannos la retirada! ¡Quiero una escolta cerrada hasta “El Taller”!

—¡Entendido!

Cargué a Lucía con un brazo y agarré a Elena con el otro. —No me sueltes, Elena. Corre como si el d*ablo te persiguiera, porque así es.

Salimos al pasillo. El caos era total. Mis hombres se peleaban a puñetazos con los sicarios restantes. Vi a “El Gato”, uno de mis mejores mecánicos, golpear a un tipo con un extintor. Vi sillas volando. Vi la anarquía en su estado más puro. Pero era una anarquía controlada, diseñada para una sola cosa: sacarnos de ahí.

Corrimos hacia la salida de servicio. La puerta de metal cedió ante una patada de Rocket. El aire fresco de la noche nos golpeó. Olía a desierto y a peligro.

La “Bestia”, nuestra Ford F-150, estaba esperando con el motor encendido. “Sombrita”, el prospecto más joven, estaba al volante, pálido como un papel. —¡Súbanlas! —grité.

Metí a Elena y a Lucía en el asiento trasero. —¡Agáchense y no levanten la cabeza pase lo que pase!

Me giré para subir a mi moto, pero Rocket me detuvo. —¡Tu moto está tirada en la entrada principal, jefe! ¡No hay tiempo! ¡Súbete a la batea!

Maldije. Odiaba dejar mi Harley, era como dejar un brazo atrás, pero la vida de la niña valía más que todo el cromo del mundo. Salté a la parte trasera de la camioneta pickup. Rocket subió de copiloto.

—¡Písale, chamaco! ¡Vámonos! —golpeé el techo de la cabina.

La camioneta aceleró, las llantas traseras patinando en la grava antes de agarrar tracción. Salimos disparados por la calle trasera del hospital. Detrás de nosotros, el rugido de las motos restantes nos siguió. Veinte, treinta, cuarenta motos. Algunos se habían quedado atrás para distraer o porque estaban heridos. Me dolió el alma, pero el protocolo era claro: la misión primero.

Salimos a la carretera abierta. La noche ya había caído por completo sobre Sonora. El cielo estaba negro, sin luna, solo las estrellas brillando indiferentes a nuestra tragedia.

—¡Tenemos compañía! —gritó Rocket asomándose por la ventana y señalando hacia atrás.

Dos de las Suburban habían logrado salir del bloqueo y nos perseguían. Sus luces LED blancas y potentes nos cegaban. Eran rápidas. Más rápidas que nuestras motos viejas.

—¡Están acercándose! —grité desde la batea. El viento me azotaba la cara. Me sentía expuesto, vulnerable, pero vivo.

Vi cómo una de las camionetas embestía a uno de mis hombres. Era “Tornillo”. Su moto tambaleó y salió disparada hacia la cuneta, rodando en una nube de polvo. —¡NO! —grité.

La ira se convirtió en hielo. Saqué mi revólver de nuevo. Me quedaban cuatro balas. —¡Acércate, maldito! ¡Acércate un poco más! —murmuré, apuntando a las llantas de la camioneta líder.

El vehículo se acercó, intentando golpear la defensa trasera de la “Bestia”. Vi al copiloto de la Suburban sacar un rifle de asalto por la ventana.

—¡ABAJO! —le grité a Rocket y a Sombrita, aunque no podían oírme bien.

El rafagueo comenzó. Rat-tat-tat-tat. Las balas golpearon el metal de la batea a mi alrededor, sacando chispas. Una reventó el vidrio trasero de la cabina, justo encima de donde iban Elena y Lucía. Escuché sus gritos a través del agujero.

—¡Ya basta!

Me levanté, estabilizando mis pies en la camioneta que saltaba por los baches. Respiré hondo. El mundo se ralentizó. Apunté. No a las llantas. Al conductor. El parabrisas de la Suburban brilló con el reflejo de mis propios disparos. Uno. Fallo. Dos. Fallo. Tres. Impacto.

Vi la telaraña formarse en el cristal del lado del conductor. La camioneta dio un volantazo brusco hacia la izquierda, perdió el control y comenzó a dar vueltas de campana en el asfalto, convirtiéndose en una bola de metal retorcido y chispas.

La segunda camioneta frenó en seco para evitar chocar con los restos de la primera.

—¡Eso es! —grité, levantando el puño al aire. Mis hombres vitorearon, levantando sus puños mientras aceleraban.

Pero no canté victoria. Sabía que esto era solo el primer round. Habíamos ganado la batalla, pero la guerra apenas comenzaba. Y lo peor de todo, no sabía por qué estábamos peleando.

Condujimos durante una hora más, adentrándonos en el desierto, lejos de las carreteras principales, usando caminos de tierra que solo los coyotes y los narcos conocen. Finalmente, llegamos a “El Taller”.

No es un taller real. Es un complejo de bodegas abandonadas en medio de la nada que usamos como casa de seguridad. Tiene muros altos, generadores propios y suficiente armamento para invadir un país pequeño.

La camioneta entró y el portón de acero se cerró detrás de nosotros con un sonido definitivo. Clang.

Bajé de la batea. Mis piernas temblaban un poco. La adrenalina estaba bajando y el dolor de los golpes y el corte en mi brazo empezaba a despertar. Fui a la puerta trasera de la cabina y la abrí. Elena y Lucía estaban abrazadas, cubiertas de vidrios rotos del medallón trasero, pero parecían ilesas.

—Ya estamos seguros —dije, extendiendo mi mano.

Elena salió primero. Estaba pálida, temblando, pero sus ojos tenían fuego. Luego saqué a Lucía. —¿Se fueron los monstruos? —preguntó ella.

—Sí, pequeña. Los monstruos se quedaron atrás. Aquí solo hay máquinas y aceite.

Entramos a la bodega principal. La luz amarilla de las lámparas colgantes iluminaba el espacio lleno de herramientas, motos desarmadas y un sofá viejo de piel. Rocket trajo un botiquín de primeros auxilios y una botella de tequila. Lo esencial.

—Siéntense —les dije a las dos mujeres.

Rocket comenzó a curarme el brazo. El alcohol ardió como el demonio al tocar la herida abierta, pero no hice ni una mueca. Bebí un trago largo de la botella. Mis hombres comenzaron a llegar, entrando uno a uno, sucios, golpeados, pero vivos. Conté las cabezas. Faltaban tres. Tornillo, El Gato y un novato. Sentí un peso en el pecho. Tres hermanos caídos por una guerra que no era nuestra.

Me giré hacia Elena. Ella estaba limpiándole la cara a Lucía con un trapo húmedo. El silencio en la bodega era pesado. Cincuenta hombres esperaban una explicación. Yo esperaba una explicación.

—Elena —dije. Mi voz resonó en el hangar—. Tres de mis hombres no llegaron. Mis hermanos están probablemente detenidos o m*ertos en esa carretera. Destrocé mi moto. Somos fugitivos de la ley y de quien sea que eran esos tipos de negro.

Ella levantó la vista. No lloraba. —Lo siento —dijo—. Lo siento mucho.

—No quiero que lo sientas —dije, acercándome a ella, mi sombra proyectándose sobre ellas como una torre—. Quiero la verdad. ¿Quiénes eran? ¿Por qué dijeron que ellos apagaron la luz de los ojos de tu hija? ¿Y por qué un simple motociclista acaba de matar a hombres que parecían fuerzas especiales por ustedes?

Elena suspiró. Miró a Lucía, que jugaba con el cierre de su suéter, ajena a la gravedad de la conversación pero atenta a cada vibración. —Lucía, tápate los oídos un momento, mi amor. Canta esa canción que te gusta.

La niña obedeció, empezando a tararear una melodía suave, meciéndose.

Elena me miró a los ojos. —Mi esposo… el padre de Lucía… no murió en un accidente de auto como le dije a ella. Él era periodista. Un periodista de investigación en Culiacán.

Un murmullo recorrió a los motociclistas. Periodista en Culiacán. Eso es una sentencia de m*erte. —Siguió el rastro del dinero —continuó Elena, su voz ganando fuerza—. Descubrió una red de trata. No de drogas. De niños. Una red que involucra a políticos, empresarios… y gente muy poderosa de “La Organización”.

—¿La Organización? —preguntó Rocket.

—Así se llaman. No tienen nombre de cartel. Son invisibles. Elena tragó saliva. —Encontraron sus archivos. Fueron a nuestra casa hace dos años. Mataron a mi esposo frente a nosotras. A Lucía… —su voz se quebró, las lágrimas finalmente brotaron—. A Lucía la obligaron a ver. Y luego… uno de ellos dijo que ella había visto demasiado. Le echaron un químico en la cara. Ácido industrial.

Un jadeo colectivo llenó la sala. Sentí que el piso se movía bajo mis pies. Miré a la niña, tarareando su canción, con sus ojos nublados. Ácido. No fue enfermedad. No fue nacimiento. Fue crueldad humana pura y destilada. Sentí una náusea violenta. Y luego, una ira tan fría y absoluta que me asustó.

—Logramos escapar porque los vecinos salieron al oír los gritos —dijo Elena, limpiándose las lágrimas con furia—. Llevamos dos años corriendo. Cambiando de nombre. De ciudad en ciudad. Pero siempre nos encuentran. Tienen ojos en todas partes. En la policía, en los hospitales… El ataque de hoy… fue mi culpa. Dejé de darle su insulina para ahorrar dinero para el camión, y me desmayé. Al ir al hospital, al registrar mi nombre real… activé la alerta.

Ella se puso de pie y me enfrentó. Era pequeña, frágil, pero en ese momento parecía más grande que cualquiera de nosotros. —Sé que han perdido mucho hoy. Sé que no nos deben nada. Si quieren que nos vayamos, nos iremos. Caminaremos hacia el desierto. No pondré a más gente en peligro.

Hubo un silencio largo. Solo se oía el zumbido de las lámparas y el tarareo suave de Lucía. Mis hombres me miraron. Esperaban la orden del Presidente. El código del club dice que no nos metemos en problemas ajenos. Que cuidamos el negocio y a la familia. Pero, ¿qué es la familia?

Miré a Rocket. Él asintió levemente, tocando la culata de su escopeta. Miré a Cadenas, que se estaba vendando la cabeza, y me levantó el pulgar. Miré a Lucía.

Caminé hacia ella y le quité suavemente las manos de los oídos. Ella dejó de cantar. —¿Ya terminaron de hablar de cosas tristes? —preguntó.

Me arrodillé frente a ella. Tomé sus manitas pequeñas entre mis zarpas gigantes. —Sí, Lucía. Ya terminamos.

Me giré hacia Elena, pero hablé para todos mis hombres. —Hace años, juré proteger este país y fallé. Luego juré proteger a mi propia familia y fallé. Hoy… hoy no voy a fallar.

Me puse de pie y miré a mis cincuenta bastardos (bueno, cuarenta y siete). —Escuchen bien. A partir de este momento, Elena y Lucía Rosas están bajo la protección absoluta de los Savage Riders. Son propiedad del club. Si alguien las mira mal, responde ante mí. Si el viento las despeina, el viento tiene problemas conmigo.

—¡A HUEVO! —gritaron mis hermanos. El sonido fue atronador. No era un grito de fiesta. Era un juramento de s*ngre.

—Elena —le dije—. No van a caminar a ninguna parte. Esta es su casa ahora. Y esos hijos de p*ta de “La Organización”… acaban de cometer el peor error de su miserable existencia.

—¿Por qué? —preguntó ella, atónita—. ¿Por qué harían esto por unas desconocidas?

Me ajusté el chaleco, sintiendo el dolor del corte en mi brazo como un recordatorio de que estaba vivo. —Porque ellos te quitaron la vista, Lucía —dije, mirando a la niña—. Pero nosotros vamos a ser tu visión nocturna. Vamos a ser tus colmillos y tus garras.

Saqué mi teléfono, el mismo donde había recibido la amenaza. Marqué el número de la última llamada recibida. Todos se callaron. Sonó una vez. Dos veces.

—¿Bueno? —la voz metálica contestó. Se oía sorprendido.

—Escúchame bien, pedazo de estiércol —dije con una calma terrorífica—. Soy Mateo Vargas. El Oso. Tienen a tres de mis hombres. Los quiero de vuelta antes del amanecer. Vivos.

—¿O qué, motociclista? ¿Vas a venir a llorar? Ya sabemos dónde estás. Vas a morir, tú y la niña.

Solté una carcajada seca, sin humor. —No, güey. No entiendes. Yo no estoy encerrado aquí con ustedes. Ustedes están encerrados en este mundo conmigo. Si no veo a mis hombres al amanecer, voy a quemar su organización hasta los cimientos. Voy a buscar a cada uno de sus jefes, a sus políticos, a sus socios, y los voy a cazar. Uno por uno.

—Estás loco. No sabes con quién te metes.

—Y tú no sabes lo que hace un oso cuando le tocan a la cría. Nos vemos en el infierno.

Colgué el teléfono y lo lancé contra la pared, haciéndolo pedazos.

Me giré hacia mi tropa. —¡Preparen las armas! ¡Sombrita, abre la armería pesada! ¡Quiero patrullas en el perímetro! ¡Nadie duerme esta noche!

Mientras el caos organizado de la preparación para la guerra comenzaba a mi alrededor, Lucía se acercó a mí. Tiró de mi pantalón. —Señor Oso —dijo.

—Dime, Lucía.

—¿Ahora eres mi papá?

La pregunta me golpeó más fuerte que cualquier bala. Me quedé congelado. Miré a Elena, que me miraba con una mezcla de esperanza y miedo. Me agaché de nuevo. —No puedo reemplazar a tu papá, Lucía. Él fue un héroe. Yo solo soy un motociclista viejo y mañoso. Pero… puedo ser tu tío. Tu tío Oso. El más malo y el más grande de todos. ¿Trato?

Ella sonrió. Una sonrisa chimuela y radiante que iluminó esa bodega oscura mejor que cualquier reflector. —Trato, Tío Oso.

Me levanté. Sentí una fuerza nueva. Una fuerza antigua. La noche era larga. El enemigo era poderoso. Nos superaban en número, en dinero y en armas. Pero ellos peleaban por dinero. Nosotros peleábamos por una niña ciega que acababa de llamarme familia.

Pobre de ellos. No tenían ni la menor oportunidad.

Fui hacia la mesa donde Rocket había desplegado un mapa de la región sobre una mancha de aceite. —¿Cuál es el plan, Jefe? —preguntó, cargando cartuchos en su escopeta.

Miré el mapa. Miré la carretera. Miré la ubicación de la ciudad. —El plan es simple, Rocket —dije, sacando mi cuchillo y clavándolo en el mapa, justo en el centro de la ciudad—. Vamos a dejar de correr. Vamos a cazar. Mañana, los Savage Riders van a la guerra.

PARTE FINAL: LA LEY DE LA SELVA Y EL ABRAZO DEL OSO

El amanecer en el desierto de Sonora no pide permiso; irrumpe. El cielo pasa de un negro tinta a un violeta amoratado, como la piel después de una golpiza, antes de estallar en un naranja que quema las retinas. Pero esa mañana, dentro de “El Taller”, nadie miraba el cielo.

Estábamos ocupados preparándonos para morir, o mejor dicho, para asegurarnos de que los otros murieran primero.

El ambiente olía a grasa de armas, café quemado y testosterona rancia. Rocket había desplegado el arsenal sobre las mesas de trabajo. No éramos un ejército regular, éramos una guerrilla de asfalto. Teníamos escopetas recortadas, revólveres viejos pero confiables, un par de AR-15 que habíamos “confiscado” a unos narcos menores hace años, y cadenas. Muchas cadenas. A veces, el metal frío golpeando hueso es más efectivo que una bala; el miedo que provoca el sonido de una cadena girando en el aire rompe la moral antes de romper la piel.

Me acerqué a Elena. Estaba sentada en el viejo sofá de cuero, cosiendo un parche en el chaleco de Sombrita, el chico que conducía la camioneta. Sus manos, antes temblorosas, ahora se movían con una precisión quirúrgica.

—No tienes que hacer esto —le dije, mi voz sonando como grava en una mezcladora.

Ella no levantó la vista. —Ustedes van a sangrar por nosotras. Lo menos que puedo hacer es asegurarme de que sus chalecos no se caigan a pedazos. Además… —hizo una pausa y mordió el hilo—, me ayuda a no pensar.

Lucía dormía a su lado, hecha una bolita, con mi chamarra de repuesto como cobija. Se veía tan pequeña, tan frágil. La mancha de las quemaduras químicas en su rostro era un mapa del dolor que “La Organización” había trazado en su vida. Sentí esa ira fría volver a subir por mi pecho. No era solo furia; era un deber sagrado.

—¿Estás listo, Presi? —Rocket apareció a mi lado. Se había pintado la cara con grasa de motor, líneas negras bajo los ojos como un guerrero azteca posmoderno.

—¿Localizaron la señal? —pregunté.

—Sí. El “hacker” que conoce Cadenas rastreó la llamada. No están en la ciudad. Tienen un rancho a cuarenta kilómetros, cerca de la sierra. Se llama “La Fortaleza”. Muy original, ¿no?

—La originalidad no importa cuando tienes muros de tres metros —gruñí—. ¿Y los muchachos?

—Están ansiosos. Quieren recuperar a Tornillo y al Gato. Dicen que si no volvemos con ellos, no volvemos nadie.

Asentí. Esa era la ley. —Reúne a todos. Vamos a tener una última charla antes de rodar.

Cincuenta hombres (bueno, cuarenta y siete, descontando a los capturados) formaron un círculo alrededor de mí. Eran mecánicos, exconvictos, albañiles, tipos que la sociedad había escupido. Pero en ese momento, eran los caballeros de la mesa redonda, y su Rey Arturo era un oso gordo y lleno de cicatrices.

—Escuchen —dije, y el silencio fue total—. No voy a mentirles. Lo que vamos a hacer hoy es una locura. Vamos a atacar una propiedad privada defendida por mercenarios profesionales. Ellos tienen mejor equipo, tienen chalecos antibalas de kevlar y tienen la ventaja del terreno.

Miré a cada uno a los ojos. —Pero ellos pelean por un cheque. Pelean porque tienen miedo de sus jefes. Nosotros peleamos por algo que ellos no pueden comprar. Peleamos por la familia. Peleamos por esos tres hermanos que están amarrados en algún sótano esperando que lleguemos. Y peleamos… —señalé a Lucía que dormía— por ella. Por la inocencia que intentaron destruir. Hoy no somos motociclistas. Hoy somos el maldito juicio final. ¿Entendido?

—¡A HUEVO! —el rugido hizo temblar las láminas del techo.

—¡Súbanse a las máquinas! —ordené—. ¡Formación de ataque! ¡Rocket, tú vas en la camioneta con Elena y Lucía! ¡Se quedan en la retaguardia hasta que yo dé la señal de “limpio”!

—¡Ni madres, Oso! —protestó Elena, levantándose de un salto—. Yo voy con ustedes. Sé usar una pistola. Mi esposo me enseñó antes de… antes de todo.

La miré. Vi la determinación en sus ojos. No era una damisela en apuros; era una madre leona. —Está bien. Pero te quedas en la camioneta cubriendo la espalda. Si alguien se acerca a Lucía, lo llenas de plomo.

—Hecho.

Salimos de “El Taller” justo cuando el sol rompía el horizonte. El convoy era una bestia de mil patas. El ruido era ensordecedor, una sinfonía de pistones y escapes abiertos que anunciaba nuestra llegada a kilómetros de distancia. Pero esta vez no queríamos sigilo. Queríamos que supieran que veníamos. Queríamos que sintieran el miedo en sus huesos antes de que vieran nuestras caras.

El trayecto hacia la sierra fue tenso. La carretera se convirtió en terracería, levantando nubes de polvo que nos cubrían como fantasmas. Mi mente repasaba el plan. No podíamos entrar por la puerta principal; sería un suicidio.

—Cadenas —hablé por el radio—, ¿listo con el “regalito”?

—Listo, Presi. La vieja pipa de gas está cargada y lista para detonar.

Ese era nuestro as bajo la manga. Habíamos modificado un viejo camión cisterna pequeño que usábamos para el taller. Lo habíamos llenado con una mezcla de combustible y fertilizante. No era nuclear, pero abriría cualquier puerta.

Llegamos a las inmediaciones de “La Fortaleza”. Era una hacienda amurallada en medio de la nada, rodeada de cactus y matorrales. Había torres de vigilancia.

—¡Apaguen motores! —ordené.

El silencio cayó de golpe. Nos bajamos de las motos a un kilómetro de distancia, ocultos tras una loma. —Cadenas, es tu turno.

Cadenas se subió al camión bomba. Se santiguó. —Si no los veo del otro lado, brinden con un tequila por mí.

—Deja de hablar y conduce, cabrón —le dije, golpeando la puerta del camión.

Cadenas arrancó y aceleró hacia el portón principal de la hacienda. Nosotros esperamos, agazapados, con las armas listas. Vimos el camión ganar velocidad. Desde las torres empezaron a disparar. Vimos los impactos en el parabrisas blindado improvisadamente. —¡Vamos, Cadenas, salta! —murmuré, apretando los dientes.

A cincuenta metros del portón, la puerta del conductor se abrió y Cadenas rodó hacia el matorral. El camión siguió, un misil imparable de acero y óxido.

El impacto fue glorioso. La explosión sacudió el suelo bajo mis pies. Una bola de fuego naranja y negra se elevó al cielo, devorando el portón de acero y parte del muro perimetral. La onda expansiva nos despeinó.

—¡AHORA! ¡AL ATAQUE! —grité.

Cincuenta hombres corrimos hacia la brecha humeante, gritando como demonios. Entramos entre el humo y las llamas. Los mercenarios estaban aturdidos, tosiendo, cegados por el polvo. Fue una masacre. No hubo táctica militar, solo brutalidad callejera. Mis hombres usaban las escopetas a quemarropa. Vi a “El Mudo” golpear a un sicario con una llave Stillson en la cabeza, el sonido fue como partir una sandía.

—¡Busquen a los prisioneros! —ladré, disparando mi Magnum a un tipo que nos disparaba desde un balcón. Cayó, atravesando el barandal de madera.

Nos abrimos paso hacia la casa principal. El patio interior era un campo de batalla. Los sicarios, recuperados de la sorpresa, empezaron a organizarse. El fuego cruzado era intenso. Las balas zumbaban como avispones enojados.

Sentí un golpe en el hombro, como un martillazo caliente. Me habían dado. Pero la adrenalina es una droga poderosa; ni siquiera miré. Seguí avanzando, disparando, recargando, avanzando.

—¡En el sótano! —gritó uno de los mercenarios antes de caer abatido por Rocket—. ¡Los tienen en el sótano!

Pateé la puerta de caoba tallada de la entrada principal. Entramos al vestíbulo. Mármol, candelabros de cristal, obras de arte. Todo manchado ahora con sangre y casquillos. Al fondo, una escalera descendente.

—Rocket, Sombrita, conmigo. Los demás, ¡aseguren el perímetro y cubran la entrada!

Bajamos las escaleras. Estaba oscuro y olía a humedad y a miedo. Al final del pasillo, una puerta de acero. Estaba cerrada. —Rocket —dije.

Rocket no necesitó instrucciones. Disparó a la cerradura con la escopeta. BAM. La puerta cedió.

Entramos. Ahí estaban. Tornillo, El Gato y el novato. Colgaban de las muñecas, golpeados, con las caras hinchadas, pero vivos. —¡Jefe! —gimió Tornillo—. ¡Sabía que vendrías!

—Cállate y déjate desatar —dije, cortando las cuerdas con mi cuchillo.

—¡Cuidado, Oso! —gritó El Gato.

Me giré justo a tiempo. De las sombras emergió una figura. No era un sicario. Era un hombre de traje, impecable, con zapatos italianos que costaban más que mi moto. Sostenía una pistola dorada con silenciador. Pero no estaba solo. Tenía a Elena.

—Suelta el arma, animal —dijo el hombre con una voz suave, educada—. O la señora aquí presente se muere antes de que toque el suelo.

Me quedé helado. ¿Cómo demonios la había agarrado? Se suponía que estaba en la camioneta. Elena me miró. Tenía un golpe en el pómulo y sangre en el labio. —Lo siento, Mateo —dijo—. Intentaron flanquearnos por atrás. Fui a ayudar a Sombrita y…

—Cállate —le ordenó el hombre, apretando el cañón contra su sien—. Así que tú eres “El Oso”. He oído hablar de ti. Un bruto con complejo de salvador.

—Y tú debes ser el jefe —dije, bajando lentamente mi revólver—. El cobarde que manda matar niños y se esconde detrás de sus muros.

El hombre sonrió. —Soy un hombre de negocios, Mateo. La niña es un cabo suelto. Un pasivo en mi balance general. Y tú… tú eres una molestia que voy a liquidar ahora mismo.

—Suéltala —gruñí—. El problema es conmigo. Déjala ir y nos matamos tú y yo, como hombres. Si es que sabes lo que es eso.

El hombre rió. —¿Honor? ¿En el siglo XXI? Qué tierno. No, Mateo. Voy a matarla a ella, luego a tus amigos, y al final a ti. Y luego iré por la niña ciega y terminaré lo que empecé.

Vi los ojos de Elena. No había miedo. Había una súplica silenciosa: Salva a Lucía.

El tiempo se detuvo. Mi revólver estaba apuntando al suelo. Él tenía la ventaja. Pero él cometió un error. El error que cometen todos los hombres poderosos que nunca han peleado por su vida en el barro. Me subestimó. Y subestimó a Elena.

Elena me hizo un gesto casi imperceptible. Un parpadeo. Y luego, se dejó caer. No intentó luchar. Simplemente, dejó que su peso muerto cayera hacia abajo, jalando el brazo del hombre. Fue una fracción de segundo. La pistola del hombre se desvió hacia arriba por la sorpresa del movimiento.

Fue todo lo que necesité. Levanté mi Magnum. No apunté a la cabeza; era un blanco pequeño y Elena estaba cerca. Apunté al centro de masa. Al pecho cubierto por ese traje caro.

¡BANG!

El disparo fue un trueno en el sótano. El hombre salió volando hacia atrás como si lo hubiera pateado una mula. La bala de punta hueca le destrozó el pecho. Cayó sobre una mesa llena de herramientas de tortura, arrastrándola consigo. La pistola dorada cayó lejos.

Elena se arrastró por el suelo, tosiendo. Me acerqué al hombre. Todavía respiraba, gorgoteando sangre. Me miró con ojos vidriosos, llenos de incredulidad. —Te dije… —murmuré, agachándome para que fuera lo último que viera— que los osos protegen a su manada.

Sus ojos se apagaron. Se acabó. La cabeza de la serpiente había sido cortada.

Ayudé a Elena a levantarse. La abracé con fuerza, manchándola de mi propia sangre, pero no nos importó. —¿Estás bien? —le pregunté. —Estoy viva —dijo ella—. Gracias a ti.

Desatamos a los muchachos. Estaban débiles, pero podían caminar. Subimos las escaleras apoyándonos unos a otros. Al salir al patio, el tiroteo había cesado. Mis hombres estaban de pie sobre los cuerpos de los mercenarios o vigilando a los pocos que se habían rendido. El humo se disipaba bajo el sol de la mañana.

—¡Jefe! —gritó Cadenas, corriendo hacia nosotros. Estaba chamuscado y cojeaba, pero sonreía—. ¡Lo logramos! ¡La Fortaleza cayó!

—Recojan a los heridos —ordené, aunque mi voz temblaba por el cansancio—. Vámonos a casa.

Caminamos hacia la salida. La “Bestia” entró al patio, conducida por un Sombrita eufórico. Y ahí, en el asiento del copiloto, estaba Lucía. Bajó de la camioneta a tientas, guiándose por el sonido de nuestras voces.

—¿Tío Oso? —llamó.

Me acerqué a ella. Me dolía todo el cuerpo. Tenía un balazo en el hombro, cortes, moretones. Pero cuando ella tocó mi mano, el dolor desapareció. —Aquí estoy, Lucía.

—¿Se acabaron los monstruos? —preguntó.

Miré alrededor. A la destrucción, a los cuerpos, a la sangre. Luego miré a mis hombres, mis “Savage Riders”, ayudándose unos a otros, vendándose, compartiendo agua. —Sí, mija —le dije, levantándola en brazos a pesar del dolor de mi hombro—. Los monstruos malos se acabaron. Ahora solo quedan los monstruos buenos.

Ella apoyó su cabeza en mi hombro. —Te quiero, Tío Oso.

Cerré los ojos y dejé que una lágrima limpiara el polvo de mi cara. —Y yo a ti, cachorra. Y yo a ti.

EPÍLOGO: TRES MESES DESPUÉS

El bar de los Savage Riders nunca ha sido un lugar familiar. Huele a cerveza rancia, a tabaco y a problemas. Pero últimamente, las cosas han cambiado un poco.

Estoy detrás de la barra, limpiando un vaso. Mi brazo ya sanó, aunque la cicatriz quedó fea, una más para la colección. Rocket está en la mesa de billar, perdiendo dinero contra El Gato, que ya está recuperado de la tortura, aunque camina un poco chueco.

La puerta se abre y entra el sol de la tarde. Entra Elena. Ya no se ve como la mujer asustada que encontré en la gasolinera. Lleva jeans, botas y una playera negra que dice “Savage Riders Support”. Trabaja con nosotros ahora, llevando la contabilidad del taller. Resulta que es mucho más lista con los números que cualquiera de nosotros. Puso orden en nuestras finanzas y ahora el club tiene dinero legal. Quién lo diría.

Y detrás de ella, entra Lucía. Pero Lucía ya no lleva su bastón blanco simple. Lleva uno negro, con calcomanías de llamas. Y lleva un chaleco de cuero pequeño, hecho a la medida. En la espalda no tiene la calavera completa, porque todavía es una niña, pero tiene un parche que dice “PROTEGIDA”.

Camina directo hacia la barra, contando los pasos. —Veinte pasos desde la puerta hasta la barra —dice con orgullo—. Hola, Oso.

—Hola, pequeña —le sirvo un jugo de naranja en un vaso de plástico—. ¿Cómo te fue en la escuela?

Sí, va a la escuela. Una escuela especial para niños ciegos que pagamos entre todos. Fue caro, pero verla aprender Braille y moverse con confianza vale cada centavo.

—Bien. Hoy aprendí sobre los animales —dice, tomando su jugo—. Aprendí que los osos hibernan en invierno.

—Así es.

—¿Tú vas a hibernar? —pregunta preocupada.

Me río. El sonido retumba en mi pecho. —No, Lucía. Yo no puedo dormir. Tengo mucho trabajo cuidando que nadie se pase de listo contigo.

Ella sonríe. Esa sonrisa que ilumina el lugar. De repente, se escucha el rugido de una moto afuera. Es un prospecto nuevo. Entra al bar, mirando con miedo a todos lados. Se acerca a la barra.

—Busco a… a El Oso —balbucea.

—Lo tienes enfrente —digo, cruzándome de brazos.

El chico traga saliva. —Quiero… quiero unirme al club. Escuché lo que hicieron en La Fortaleza. Escuché que acabaron con La Organización. Quiero ser parte de eso.

Lo miro de arriba abajo. Veo a un chico buscando pertenencia, buscando familia. Como yo hace treinta años. Miro a Elena, que me sonríe desde la mesa de billar. Miro a mis hombres. Y miro a Lucía, que está jugando con los hielos de su jugo, segura, feliz, sin miedo.

—No somos héroes, chico —le digo—. Somos salvajes. Somos sucios, ruidosos y peligrosos.

—Lo sé —dice él—. Pero protegen a los suyos.

Suspiro. Saco una solicitud manchada de aceite de debajo de la barra. —Empiezas limpiando los baños. Si aguantas una semana, hablamos.

El chico sonríe como si le hubiera dado las llaves del cielo. —¡Gracias! ¡Gracias, Oso!

Se va corriendo a buscar una escoba.

Lucía deja su vaso. —Eres un buen papá, Oso —dice de la nada.

Me congelo. Ya habíamos tenido esa conversación sobre ser “tío”, pero ella es terca. Me inclino sobre la barra y le beso la frente. —Y tú eres una buena hija, Lucía.

Salgo de la barra y camino hacia la puerta. Miro la carretera que se extiende hacia el horizonte, caliente y vibrante. La vida es extraña. Hace unos meses, yo era un hombre esperando morir en alguna curva. Ahora, tengo una razón para vivir. Tengo una manada que cuidar. Y tengo una promesa que cumplir.

El viejo Mateo Vargas murió en esa gasolinera el día que una niña ciega le tocó el brazo. Ahora solo queda El Oso. Y El Oso siempre está listo para la guerra, para que ellas puedan vivir en paz.

Me pongo mis lentes oscuros. El sol brilla fuerte, pero ya no me molesta. Porque al final, incluso en la oscuridad más profunda, siempre puedes encontrar algo de luz si tienes el valor de pelear por ella.

Doy media vuelta y grito: —¡Rocket! ¡Pon esa música que le gusta a la niña!

Y mientras las guitarras de rock clásico llenan el aire y Lucía empieza a bailar torpemente en medio del bar, rodeada de asesinos reformados que aplauden al ritmo, sé que estoy exactamente donde debo estar.

En casa.

FIN

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Le di un aventón a un anciano empapado bajo la tormenta sin saber que llevaba mi destino en su maletín; a la mañana siguiente, el gerente que juró destruirme terminó esposado frente a todos.

El limpiaparabrisas de mi vieja troca chillaba contra el vidrio, luchando inútilmente contra una de esas tormentas que convierten las carreteras de las afueras en ríos de…

Pensaron que estaba haciendo señas al aire en el panteón, pero cuando supieron a quién le hablaba, todos rompieron en llanto.

—¡No necesitas gritar, ella ya no te escucha! —pensé con rabia mientras veía a una familia discutir a unos metros de mí. El sol de junio caía…

Dos camionetas negras se detuvieron frente a mi vieja casa y pensé que venían a cobrarme una deuda de s*ngre; jamás imaginé que quien bajaría sería la niña que alimenté hace 25 años cuando todos la dejaron a su suerte en el frío.

Me llamo Roberto, pero en las carreteras de Chihuahua todos me decían “El Fantasma”. Estaba sentado en el pórtico de mi casa, esa que se está cayendo…

“Te damos 1 millón de pesos por las claves”: Rechacé su dinero sucio, tocaron a mi familia y les demostré por qué nunca debes amenazar a un papá experto en tecnología.

Eran las 2:00 de la mañana en mi pequeño departamento en la colonia Doctores. Mis ojos ardían de tanto mirar la pantalla, buscando vacantes de empleo que…

¿Alguna vez has sentido que el peso del mundo recae literalmente sobre tus hombros mientras intentas salvar lo que más amas? Esa es mi realidad cada vez que salimos de casa. No caminamos por gusto, caminamos para que ellos sigan respirando. Una foto nuestra se hizo viral sin que nos diéramos cuenta, mostrando nuestra lucha diaria entre banquetas rotas y el humo de los camiones. Dicen que un ángel nos está buscando para cambiarnos la vida con un auto, pero mientras tanto, cada paso que doy duele en el alma. ¿Nos ayudarías a encontrar esa esperanza que tanto nos urge?

El ruido de la avenida se te mete en la cabeza, compitiendo con el único sonido que realmente me importa: el sss-sss-sss rítmico de las válvulas de…

Todos me veían solo como “el de la limpieza”, el señor invisible con el trapeador. No sabían que antes de perder a mi esposa y quedarme solo con mi pequeña Lenita, yo diseñaba algoritmos predictivos. Aquella tarde, con el contrato de defensa más grande de México en juego, no pude soportar ver cómo su soberbia hundía el proyecto. Me acerqué al teclado temblando, no por miedo, sino por la adrenalina de volver a ser yo mismo por un minuto. El ingeniero jefe intentó humillarme, pero cuando la Licenciada Solís vio lo que escribí en la pantalla, el silencio en la sala fue aterr*dor.

El zumbido de los servidores era lo único que se escuchaba por encima de los gritos desesperados del Ingeniero Jasso. Llevaba cinco minutos trapeando el mismo cuadro…

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