
El sol de mediodía me calaba en los ojos, obligándome a entrecerrarlos mientras el aire caliente me traía ese inconfundible olor a diésel y tierra seca.
Caminaba hacia la pluma de entrada de la Zona Militar, apretando mi credencial de elector con mis dedos temblorosos, ahora callosos de tanto tallar pisos ajenos.
Habían pasado siete meses desde que el ejército me entregó un ataúd sellado que no me dejaron abrir.
Siete largos meses desde que Beto, el ambicioso de mi cuñado, me sacó a la calle con mis bolsas de basura, gritando frente a los vecinos que yo era una arrimada sin derecho a mi propia casa.
—Identifíquese —me ordenó el nuevo guardia.
Su voz áspera me detuvo el corazón en seco.
Era una cadencia cansada, pero la conocía mejor que mis propios pensamientos.
Al entregarle el plástico, su mano enguantada rozó la mía de forma errática, y noté que evitaba hacer contacto visual.
En México, cuando un militar no te mira a los ojos, es porque lo que trae en la boca pesa más que el plomo.
El soldado apretó su fusil contra el pecho.
Fue en ese microsegundo que la vi.
Justo ahí, debajo de la manga de su camisola de combate, asomaba una cicatriz en forma de media luna.
Un relieve blanquecino en la muñeca izquierda.
Mi respiración se cortó por completo.
Yo misma había cosido esa herida hace años con aguja e hilo en el pueblo, limpiando la s*ngre después de que se accidentara con un machete viejo en la milpa.
El pavimento pareció inclinarse bajo mis pies gastados.
Alcé la vista, y por un instante, sus ojos se cruzaron con los míos.
No era la mirada vacía de un soldado desconocido.
Era la mirada aterrada de un hombre viendo a un fantasma.
Era el hombre por el que había llorado hasta secarme el alma en un cuartito de azotea que huele a humedad.
—¿Javier? —susurré, sintiendo que cometía una blasfemia en medio de la base militar.
Él tragó saliva, sus nudillos blancos aferrados al arma, sabiendo que yo acababa de descubrir la mentira más grande de mi vida.