
El zumbido de los servidores era lo único que se escuchaba por encima de los gritos desesperados del Ingeniero Jasso. Llevaba cinco minutos trapeando el mismo cuadro de loseta en el centro de mando de Tecnologías Mercer, solo para poder escuchar cómo se ahogaban en un vaso de agua.
El contrato de 100 millones de pesos con el gobierno se les escapaba de las manos como arena.
Apreté el palo del trapeador con fuerza. Mis nudillos se pusieron blancos. Para ellos, yo solo era Andrés, el intendente de cuarenta años que vaciaba las papeleras y olía a limpiador de pino. No tenían idea de que, hace una vida, antes de que el cáncer se llevara a mi esposa y me dejara solo con mi pequeña Lenita, yo estaba del otro lado de esa pantalla, publicando papers sobre matemáticas computacionales en la UNAM.
La solución al error que tenían en el código brillaba en mi mente como una canción que no puedes dejar de tararear. Era tan obvia que dolía.
—¡Maldita sea! —gritó Jasso, un tipo con un traje que costaba más que mi sueldo de todo el año, golpeando la mesa—. ¡La IA no reconoce los patrones de angustia!
No pude más. Dejé la cubeta a un lado, el sonido metálico resonó en el silencio tenso de la sala. Caminé hacia la terminal principal.
—Con permiso —dije, mi voz sonó ronca por la falta de uso.
Jasso se giró, mirándome como si fuera un insecto en su plato de comida. —¿Qué haces? Estamos trabajando, chalan. Vete a limpiar los baños del segundo piso.
Ignoré su tono. Me acerqué al teclado con una confianza que creí muerta. Mis dedos, ásperos por el trabajo manual, volaron sobre las teclas. —Están tratando de forzar variables emocionales en una estructura lógica rígida —murmuré, borrando sus intentos fallidos—. Las emociones no son lineales. Necesitan su propia capa de procesamiento.
Añadí tres líneas de código. Un “parche” contextual. Enter.
Las pantallas rojas parpadearon y, una a una, se volvieron verdes. El sistema corrió fluido por primera vez en semanas.
El silencio que siguió fue absoluto. Jasso tenía la boca abierta, su cara roja de ira y vergüenza. —¿Pero qué te pasa, id*ota? —bramó, acercándose a mí amenazante—. ¡Acabas de violar los protocolos de seguridad! ¡Llamen a seguridad, saquen a este gato de aquí!
Estaba a punto de agachar la cabeza, pedir perdón y volver a mi trapeador, cuando una voz helada y autoritaria cortó el aire desde los altavoces del techo.
—Nadie va a sacar a nadie.
Era la Licenciada Solís, la dueña de la empresa. Nadie sabía que estaba observando.
—Jasso, cállese. Y usted, el del uniforme gris…
Mi corazón se detuvo. Pensé en Lenita, en la renta, en que no podía perder este trabajo. Alcé la vista hacia la cámara de seguridad, temblando.
—¿Sí, señora?
—Deje el trapeador. Suba a mi oficina. Ahora.
LO QUE PASÓ EN ESA OFICINA FUE ALGO QUE JAMÁS IMAGINÉ!! 😨🤯
PARTE 2: El Algoritmo del Corazón
El trayecto en el elevador ejecutivo fue el minuto más largo de mi vida. Mientras las puertas de acero pulido se cerraban, dejando atrás el caos de la sala de servidores, sentí cómo el silencio me aplastaba. Ese elevador no olía a sudor ni a café quemado como el de servicio; olía a lavanda y a dinero. Me miré en el reflejo del metal: mis overoles grises tenían una mancha de grasa en la pierna y mis botas de trabajo, aunque limpias, se veían ridículas en ese entorno de caoba y mármol.
«Ya valiste, Andrés», pensé. «Te van a correr por andar de metiche. ¿Qué le vas a decir a Lenita cuando llegues sin chamba?».
Las puertas se abrieron en el piso 25. La recepción era minimalista, todo blanco y gris, tan frío que calaba los huesos. Una asistente con cara de pocos amigos me guio hacia la puerta doble del fondo.
—Pásale, te están esperando —dijo, sin siquiera mirarme a los ojos.
Entré. La oficina de la Licenciada Victoria Solís era más grande que todo mi departamento. Tenía ventanales de piso a techo con una vista panorámica de la Ciudad de México, desde donde los edificios de Reforma parecían juguetes. Ella estaba de espaldas, hablando por teléfono, irradiando una autoridad que daba miedo.
—No me importan las excusas, Ricardo. Quiero resultados. Si ese algoritmo no funciona, el contrato de defensa se va a la basura y tu cabeza con él.
Colgó el teléfono con un golpe seco y se giró. Sus ojos eran como escáneres, analizándome de arriba abajo. No había desprecio en su mirada, solo una curiosidad clínica, como si yo fuera un dato anómalo en su hoja de cálculo.
—Siéntese, Sr. Montes —dijo, señalando una silla de diseño frente a su escritorio.
Me senté en la orilla, con miedo de ensuciar la tela. Ella tomó una tablet y empezó a leer en voz alta, con un tono monótono que me heló la sangre.
—Andrés Montes. 36 años. Empleado de mantenimiento en el turno nocturno desde hace cinco años. Asistencia perfecta. Cero reportes disciplinarios. —Hizo una pausa y me clavó la mirada—. Pero antes de eso… candidato a Doctorado en la UNAM, especializado en matemáticas computacionales y algoritmos predictivos. Dos artículos publicados en revistas internacionales antes de abandonar el programa de golpe.
Sentí un nudo en la garganta. Nadie en la empresa sabía eso. Para todos, yo solo era “el don de la limpieza”.
—¿Pensó que no lo investigaría después de lo que hizo allá abajo? —preguntó, arqueando una ceja.
—No pensé que fuera necesario investigar nada, Licenciada —respondí, tratando de que no me temblara la voz—. Solo noté una desalineación de patrones en el código. Algo que sus ingenieros, con sus sueldos de seis cifras, no vieron en tres semanas.
Ella dejó la tablet sobre el escritorio y se recargó en su silla.
—¿Por qué está limpiando pisos, Sr. Montes? —preguntó, esta vez sin leer, directa al grano—. Con ese cerebro, debería estar liderando equipos, no vaciando sus botes de basura.
Suspiré, bajando la mirada a mis manos callosas.
—La vida da vueltas, señora. Mis circunstancias cambiaron. Necesitaba un horario fijo, seguro social y estabilidad para mi hija. —Hice una pausa, sabiendo lo que venía—. Mi esposa falleció hace cinco años. Me quedé solo con la niña recién nacida. La academia y los doctorados no dan para pañales ni pagan las facturas del hospital cuando se te viene el mundo encima.
—Lo siento por su pérdida —dijo ella. Su tono fue educado, pero distante, como quien da el pésame por compromiso—. Pero tengo una propuesta. Quiero que se una al equipo de desarrollo del Proyecto Aurora como consultor.
Me quedé helado.
—¿Consultor? Licenciada, no tengo título. Dejé la carrera trunca. No tengo credenciales vigentes.
—No me importan los papelitos colgados en la pared, me importan los resultados —interrumpió ella con firmeza—. Lo que hizo hoy salvó una prueba crítica. Quiero ver si fue suerte o si realmente tiene ese talento. Mantendrá su puesto de mantenimiento por ahora, pero sus horas se ajustarán. Le pagaremos un bono extra por su consultoría.
La oferta era tentadora. El dinero extra significaba poder comprarle zapatos nuevos a Lenita, quizás empezar a ahorrar para su universidad. Pero el miedo seguía ahí.
—¿Y el equipo? —pregunté—. El Ingeniero Jasso no me va a querer ahí. Ya vio cómo me trató.
—De Jasso me encargo yo —dijo Solís, levantándose para indicar que la reunión había terminado—. Preséntese hoy a las 2:00 p.m. en la sala de conferencias C. No llegue tarde.
Salí de esa oficina con el corazón a mil por hora. No sabía si había tomado la mejor o la peor decisión de mi vida.
La Doble Vida
Esa tarde, entré a la sala de conferencias C todavía con mi uniforme de conserje. No me dio tiempo de cambiarme y, honestamente, no tenía ropa “de oficina” que no estuviera desgastada. El silencio se hizo pesado en cuanto crucé la puerta.
Había una docena de ingenieros sentados alrededor de la mesa ovalada. Arturo, el Director de Tecnología (CTO), un hombre mayor con canas y mirada amable, me saludó con un asentimiento. Pero Jasso, el líder del proyecto, soltó una risita burlona.
—¿Qué hace este aquí? ¿Se le olvidó sacar la basura de la esquina? —dijo Jasso, mirando a sus colegas para buscar complicidad.
—El Sr. Montes se une a nosotros como consultor —anunció la Licenciada Solís, entrando justo detrás de mí como una ráfaga de aire ártico—. Su intervención de anoche fue clave.
—Con todo respeto, Licenciada —replicó Jasso, ajustándose su corbata de seda—, un golpe de suerte no califica a un conserje para opinar en un proyecto de 100 millones. Es ridículo.
—No creo en la suerte, Jasso. Creo en la eficiencia. Y ahora mismo, el Sr. Montes ha sido más eficiente que todo su departamento junto —respondió ella, cortante.
La reunión comenzó. Me senté en una esquina, con mi libreta de espiral barata, mientras ellos proyectaban gráficos complejos. Hablaban de “reconocimiento de emociones”, pero todo lo que decían sonaba robótico, sin alma. Cuando Arturo preguntó sobre un problema recurrente en la detección de la tristeza, levanté la mano tímidamente.
—El problema no es el reconocimiento —dije, mi voz ganando fuerza—. Es cómo están ponderando las variables. Las emociones humanas no son eventos aislados. Ustedes programaron la IA para buscar “cara triste = tristeza”. Pero la gente se ríe cuando está nerviosa, o llora de felicidad. Necesitan un marco contextual que aprenda de la historia, no solo del momento.
Jasso rodó los ojos. —No vamos a reescribir el código base por la corazonada de un intendente.
—No es una corazonada —insistí, mirándolo fijamente—. Es psicología básica aplicada al aprendizaje automático.
—Estoy de acuerdo con Andrés —intervino Arturo, frotándose la barbilla—. Hemos estado tan enfocados en el “qué” que olvidamos el “por qué”.
Jasso se puso rojo de coraje, pero Solís dio la orden de explorar mi enfoque. Cuando terminó la reunión, Jasso me acorraló en el pasillo.
—No sé a qué estás jugando, “maestro” —me siseó al oído—, pero este es mi proyecto. No voy a dejar que un gato venza mi reputación. Quédate en tu lugar.
—Mi lugar es donde pueda ayudar, ingeniero —le contesté, manteniendo la calma—. Y necesito ese bono tanto como usted necesita que este proyecto no truene.
Durante las siguientes semanas, mi vida se convirtió en una locura. Me levantaba a las 5:30 a.m. para preparar el desayuno de Lenita, peinar su cabello rubio (tan parecido al de su madre que a veces dolía mirarla) y llevarla a la escuela. Luego corría a la oficina para mis horas de consultoría de 9 a 2. Comía un sándwich rápido en mi escritorio, aguantando las miradas despectivas de los aliados de Jasso. Y a las 3:00 p.m., me cambiaba al overol gris y empezaba mi turno de limpieza hasta las 11 de la noche.
Dormía cuatro horas. Comía mal. Vivía a base de café barato del Oxxo. Pero cada vez que veía que mis ecuaciones funcionaban, sentía una chispa de vida que creía extinta. Arturo se convirtió en un aliado, dándome acceso a una estación de trabajo y tratándome como a un igual.
Sin embargo, la culpa me carcomía.
Una tarde, llegué tarde a recoger a Lenita a casa de Doña Mari, la vecina que me la cuidaba.
—Te ves acabado, muchacho —me dijo Doña Mari, entregándome a una Lenita medio dormida—. Trabajas mucho. Esta niña te necesita despierto, no solo presente.
—Lo sé, Doña Mari. Pero es una oportunidad única. Si esto sale bien, podré darle todo lo que se merece.
Caminamos a casa bajo la llovizna. Lenita me agarró de la mano.
—Papi, soñé con mamá otra vez —me dijo con su vocecita inocente—. Estaba en un columpio gigante, llegando hasta las nubes.
Se me estrujó el corazón.
—¿Ah sí, mi amor? ¿Y qué te decía?
—Que no estés triste. Que el conejo de la luna te cuida.
Esa noche, mientras ella dormía abrazada a su conejo de peluche, “Señor Orejas”, me senté en la cocina a revisar los papeles del seguro médico que Solís me había ofrecido si aceptaba el puesto de tiempo completo. Era un salto al vacío. Dejar la seguridad de mi sindicato de limpieza por un contrato de confianza en un mundo de tiburones.
Mi celular vibró. Un mensaje de un número desconocido.
“Están implementando tu marco contextual, pero Jasso está tomando el crédito. Y cuidado, algo huele mal en la última actualización.”. Era Arturo.
El Sabotaje
El martes siguiente, el infierno se desató.
Llegué a la oficina y el ambiente se podía cortar con cuchillo. Era el día de la demostración preliminar para los generales del ejército. Si fallaba, adiós contrato. Adiós bono. Adiós futuro.
Entré a la sala de crisis y vi las pantallas en rojo.
—¡El sistema colapsó! —gritaba Jasso—. ¡Les dije que el marco contextual del conserje era inestable! ¡Tenemos que volver a mi versión original ahora mismo!.
Me acerqué a los monitores. Mis ojos recorrieron las líneas de código a toda velocidad. Algo no cuadraba. La lógica era sólida, pero los puntos de integración estaban… rotos.
—No es el marco —dije en voz alta, interrumpiendo el caos—. Alguien modificó los disparadores emocionales. Los pusieron estáticos en lugar de dinámicos.
Jasso se giró, furioso. —¡Esto es una reunión cerrada, Montes! ¡Lárgate!
—Se queda —dijo la voz de la Licenciada Solís desde la puerta. Entró con paso firme, ignorando a Jasso—. Andrés, ¿qué está pasando?.
—Alguien saboteó la integración —expliqué, señalando el código—. Forzaron al sistema a categorizar las emociones con patrones rígidos. Es exactamente lo que les dije que no hicieran. Esto no fue un error accidental, Licenciada. Fue deliberado.
Arturo, que estaba revisando los logs, asintió con la cabeza, pálido. —Tiene razón. Los cambios se hicieron anoche desde una terminal de administrador.
Todas las miradas cayeron sobre Jasso. Él se puso pálido, pero intentó mantener la compostura. —¡Eso es absurdo! Yo solo intenté estabilizar el código porque su idea era un desastre. Necesitamos presentar el respaldo antiguo.
—El respaldo antiguo ya falló tres veces —dijo Arturo—. Si presentamos eso, perdemos el contrato.
Solís miró el reloj. Faltaban 12 horas para la presentación final ante el Secretario de Defensa.
—Andrés —dijo ella, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo temblar las rodillas—. ¿Puedes arreglarlo?
—Necesito acceso total al código fuente. Y nadie me moleste en cinco horas.
—Arturo, dale lo que pida. Jasso, lárgate de mi vista y reza para que esto funcione, o te juro que no vuelves a trabajar ni en una tienda de abarrotes.
Me quedé solo en la sala de servidores. Mis manos volaban sobre el teclado. Era como tocar una sinfonía, pero en lugar de notas, eran algoritmos. Café tras café. Mis ojos ardían.
A eso de las 8 de la noche, me di cuenta de algo terrible: no había ido por Lenita.
—¡Mierda! —exclamé, buscando mi celular.
—Ya está resuelto —dijo Solís. Estaba parada en la puerta con dos cafés en la mano. Me asustó tanto que casi tiro el teclado—. Mandé a mi asistente a hablar con Doña Mari. Le pagué extra para que se quedara con la niña esta noche y la llevara a la escuela mañana. Le dije que tuviste una emergencia laboral.
Sentí un alivio inmenso, seguido de una punzada de culpa. —Gracias… pero no me gusta dejarla sola. Es mi responsabilidad.
—A veces, la responsabilidad significa hacer lo necesario para asegurar su futuro —dijo ella, entregándome el café. Se sentó en una silla junto a mí, algo impensable para la CEO—. ¿Cómo vas?
—Ya casi. Jasso hizo un desastre, pero la estructura base aguantó. Es… resiliente. Como las personas.
Solís me miró con curiosidad. —¿Por qué te importa tanto esto, Andrés? Podrías haber dejado que Jasso se hundiera.
—Porque no me gusta el desperdicio, Licenciada. Y porque… —dudé un momento— porque sé lo que es que el sistema te falle cuando más lo necesitas. Si esta IA puede ayudar a salvar vidas, a entender mejor el estrés de los soldados, entonces vale la pena la desvelada.
Hubo un silencio cómodo entre nosotros. Por primera vez, no me sentí como su empleado, sino como su igual.
—Llama a tu hija —dijo ella de repente, señalando su teléfono de escritorio—. Dile buenas noches. Sé que es importante para ti.
Llamé. Escuchar la voz de Lenita, emocionada por su “pijamada” con Doña Mari y las galletas que habían hecho, me devolvió el alma al cuerpo. Le conté nuestro cuento de siempre, sobre la nube suave que la cuidaba. Cuando colgué, vi que Solís tenía los ojos brillantes, como si estuviera conteniendo una emoción que no sabía cómo procesar.
—Listo —dije, volviendo al código para romper el momento incómodo—. Compilando ahora.
La Presentación y el Conejo
A la mañana siguiente, me sentía como un zombie. Había dormido una hora en un sofá de la oficina ejecutiva. Solís había mandado traer ropa para mí: un traje azul marino que, sorprendentemente, me quedaba casi perfecto, aunque me sentía disfrazado.
La sala de conferencias estaba llena. Generales con medallas, contratistas del gobierno, la junta directiva. Y Jasso, sentado en la segunda fila, mirándome con odio puro, esperando mi fracaso.
Solís abrió la presentación. —Damas y caballeros, el Proyecto Aurora ha evolucionado. Hoy, el arquitecto principal del nuevo marco contextual, el Sr. Andrés Montes, les hará la demostración.
Caminé hacia el podio. Me sudaban las manos. Nunca había hablado frente a gente tan poderosa. Me sentí pequeño, un impostor. “Soy un conserje”, me repetía mi cerebro. “Vuelve a tu trapeador”.
Pero entonces vi a Arturo asentir desde un rincón. Respiré hondo. Pensé en Lenita.
—Mi hija de seis años tiene un conejo de peluche —empecé, mi voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza—. Se llama Señor Orejas.
El público se movió incómodo. ¿De qué hablaba este tipo?
—Cuando ella está feliz, baila con el conejo. Cuando está triste, lo abraza fuerte contra su pecho. Cuando está enojada, a veces lo avienta lejos, pero corre a recogerlo segundos después pidiendo perdón.
Proyecté la primera diapositiva.
—El conejo es el mismo. El estímulo es idéntico. Pero la respuesta cambia totalmente según el contexto emocional. Hasta ayer, sus sistemas veían “aventar el conejo” como una amenaza hostil. Mi algoritmo entiende que es un grito de frustración que necesita consuelo, no castigo.
Vi cómo los generales se inclinaban hacia adelante, interesados. Empecé a correr la simulación en tiempo real. La IA respondía perfectamente, adaptándose, aprendiendo, “sintiendo”.
Cuando terminó la demo, hubo un silencio de tres segundos. Luego, el General a cargo se puso de pie y empezó a aplaudir. El resto de la sala lo siguió.
—Impresionante recuperación, Licenciada Solís —dijo el General—. Esto es exactamente lo que buscábamos.
Miré a Jasso. Se había escabullido fuera de la sala, derrotado. Habíamos ganado.
Galletas y Robots
Tres semanas después, un sábado lluvioso, estaba en mi pequeño departamento ayudando a Lenita con su proyecto de ciencias: un robot hecho de cajas de cartón con luces LED.
Tocaron a la puerta. Me extrañó, no esperaba a nadie. Al abrir, me quedé de piedra.
Era Victoria Solís. Pero no la “Licenciada”. Llevaba jeans, un suéter azul sencillo y el pelo suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros. Se veía… humana. Hermosa.
—Hola, Andrés. Espero no interrumpir —dijo, un poco nerviosa—. Traje galletas. De esa panadería francesa de la que todos hablan en la oficina.
—Pásale, por favor —dije, haciéndome a un lado, consciente de lo humilde que era mi casa: muebles viejos, juguetes en el suelo, olor a frijoles en la olla.
Lenita corrió a la puerta. —¿Tú eres la jefa de mi papá?
Solís se arrodilló, poniéndose a la altura de mi hija. Algo que nunca la había visto hacer con nadie. —Sí, soy Victoria. Y tú debes ser la famosa Lenita. Tu papá habla mucho de ti.
—Estamos haciendo un robot con sentimientos —le informó Lenita, tomándola de la mano con esa confianza que solo tienen los niños—. ¿Nos ayudas?
Y así, la mujer más poderosa de la industria tecnológica de México terminó sentada en mi mesa de cocina, con pegamento en los dedos, discutiendo con una niña de seis años sobre por qué la luz verde significaba “amor” y no “envidia”.
—El verde es vida, como las plantitas —explicaba Lenita—. El amor hace que todo crezca.
Solís me miró por encima de la cabeza de mi hija. Había una suavidad en sus ojos que me quitó el aliento.
—Creo que ella entiende más de inteligencia emocional que todos mis doctores en ciencias —murmuró.
Más tarde, cuando Lenita se durmió (con el estómago lleno de galletas caras), salimos al pequeño balcón. La lluvia golpeaba los techos de lámina de los vecinos. Le serví café de olla en una taza despostillada.
—¿Por qué sigues dudando en aceptar el puesto de Director, Andrés? —preguntó, mirando las luces de la ciudad—. Te he ofrecido el doble de sueldo, beneficios ejecutivos…
—Me da miedo —confesé—. He construido esta vida alrededor de la seguridad. Mi trabajo de conserje es predecible. Salgo, recojo a mi hija, estamos juntos. Un puesto directivo… demanda todo. No quiero ser un padre ausente. Ya perdió a su mamá. No puede perderme a mí también por culpa de una computadora.
Ella dejó su taza en el barandal.
—He pensado en eso. Y tienes razón. La cultura de “vivir para trabajar” nos está matando. Mira mi vida… tengo dinero, poder, pero llego a una casa vacía. No tengo a nadie que me haga un robot de cartón.
Se giró hacia mí.
—Quiero crear un puesto nuevo. “Director de Integración e Implementación”. Horario fijo de 9 a 5. Estricto. Si te veo en la oficina a las 5:01, te corro. Necesito a alguien que sea el puente entre la teoría y la realidad, y tú eres el único que puede hacerlo. Quiero que tengas tiempo para Lenita. Y… quizás, tiempo para invitarme a cenar tacos de vez en cuando, y no solo galletas francesas.
Me reí, sorprendido. —¿Está creando un puesto solo para que yo tenga vida social?
—Estoy creando un puesto para retener al mejor talento que he encontrado. Y porque… —su voz bajó un tono— porque viéndote con ella, me di cuenta de que me he estado perdiendo lo más importante de la vida.
Sentí una conexión eléctrica. No era solo gratitud. Era algo nuevo, una posibilidad de futuro que no me había atrevido a soñar desde que enterré a mi esposa.
—Acepto —dije—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que la próxima vez, yo invito los esquites. Nada de panaderías finas.
Ella sonrió, una sonrisa genuina que le llegó a los ojos. —Trato hecho.
Epílogo: Tres Meses Después
Estoy en mi nueva oficina en el piso 20. Ya no uso overol, pero tampoco uso corbata; me quedo con mis camisas de botones y mis jeans, y a nadie le importa. A través del cristal, veo a mi equipo trabajando. Jasso ya no está; lo “renunciaron” hace dos meses y ahora hay un ambiente de colaboración real.
Mi celular vibra. Es un mensaje de Victoria:
“Cena esta noche en mi casa. Lenita pidió pizza. No llegues tarde.”.
Sonrío y empiezo a guardar mis cosas. Son las 4:55 p.m. Tengo tiempo perfecto para pasar por la escuela.
Miro el escritorio. Junto a mi reconocimiento de “Empleado del Mes” (una broma interna con Arturo), hay un dibujo enmarcado. Es el último que hizo Lenita.
Bajo un cielo lleno de nubes de colores, hay tres figuras tomadas de la mano. Un hombre alto (yo), una niña pequeña con rizos rubios, y una mujer con el pelo suelto y una sonrisa enorme. Abajo, con letras chuecas de crayón, dice: “Nuestra Familia”.
Guardo el dibujo en mi portafolio. Salgo de la oficina, saludo al nuevo conserje con un apretón de manos y le pregunto por sus hijos. Porque sé que detrás de ese uniforme gris, puede haber un universo entero esperando ser descubierto.
La vida me rompió una vez, es cierto. Pero al igual que mis algoritmos, aprendí que si le das al sistema el contexto correcto —amor, oportunidad y un poco de fe—, siempre puede repararse y volverse mejor de lo que era antes.
Salgo a la calle, respiro el aire contaminado pero hermoso de mi ciudad, y me dirijo a casa. Me están esperando.