“Nadie daba un peso por él, pero nosotros lo dimos todo: el momento exacto en que una máquina de toneladas se convirtió en la única esperanza de vida.”

A veces siento que mi vida es como este canal: una corriente turbia que te arrastra y no te deja respirar por más que pataleas. Soy Beto, y la verdad, hay días en que la soledad y la falta de lana me pesan más que los bultos de cemento que cargo a diario. Pero aquel jueves, el destino me puso una prueba que me hizo olvidar mis propias miserias.

Estábamos en plena faena, con el ruido de la maquinaria taladrándonos la cabeza, cuando mis compañeros y yo notamos algo raro en el agua. Era un perrito, pequeño y aterrorizado, siendo arrastrado sin piedad por la fuerza del canal.

Se me heló la sangre. Al entender que el animalito no iba a aguantar mucho más, supimos que la gravedad del asunto no nos daba tregua. Reaccionamos de inmediato con lo único que teníamos a la mano en la obra. El tiempo jugaba en nuestra contra y dudar no era una opción; un segundo de retraso significaba un final fatal.

—¡Trae la máquina, carnal! —grité con la garganta seca.

La idea fue usar la excavadora, nuestra herramienta de trabajo, como un brazo salvavidas. Sin pensarlo dos veces, me trepé al brazo metálico de la máquina, exponiendo mi propia vida sobre el cauce revuelto. Mi compañero, el “Flaco”, controlaba cada movimiento desde la cabina, acercándome poco a poco al agua negra.

El corazón me latía en los oídos. Abajo, el agua empujaba con una fuerza brutal. Estiré la mano lo más que pude, mis dedos rozando el pelaje empapado, pero el lodo lo hacía resbaladizo. Fueron varios segundos intentando sujetarlo que se sintieron eternos, como si el tiempo se hubiera detenido en esa lucha.

Me miró. Juro que me miró con unos ojos que gritaban “no me dejes”. En ese instante, colgado de la nada y con el miedo mordiéndome los talones, entendí que si ese perro se iba, una parte de mí se iría con él.

¿LOGRARÍA SOSTENERLO ANTES DE QUE LA CORRIENTE NOS VENCIERA A LOS DOS O TERMINARÍA ESTO EN TRAGEDIA?!

PARTE 2: EL PESO DE UNA VIDA MOJADA

Capítulo 1: El Hilo de la Esperanza

No sé cuánto pesa el alma, pero te juro que en ese momento sentí que pesaba toneladas. Mis dedos, callosos y llenos de cicatrices por años de batir mezcla y cargar varilla, se habían convertido en las únicas pinzas que sostenían a ese animal de caer al vacío. El agua abajo rugía como una bestia hambrienta, negra, apestosa, de esas aguas que llevan los desechos de media ciudad y que, si te tragan, no te escupen fácil.

—¡Súbele, Flaco! ¡Súbele pero despacito, no me vayas a joder! —grité, aunque no sé si mi voz salió de la garganta o se quedó atorada en el miedo.

Sentí el tirón hidráulico de la “manita de chango”, esa vibración metálica que recorre todo el brazo de la excavadora hasta llegar a mis huesos. Estaba colgado como piñata mal amarrada, con las botas resbalando en el metal aceitoso del cucharón. El perrito no se movía. Estaba tan engarrotado del susto que parecía una piedra mojada. Sentí sus costillas marcadas bajo el pelaje empapado, un saco de huesos temblando contra mi mano.

Fueron segundos, pero en mi cabeza pasaron como horas. Cada sacudida de la máquina era un infarto. —Aguanta, chiquito, aguanta, ya casi estamos —le susurraba, más para calmarme a mí que a él. El viento me pegaba en la cara, trayendo ese olor a humedad podrida del canal.

El Flaco, allá arriba en la cabina, tenía las manos firmes. Ese cabrón maneja la retroexcavadora mejor que sus propios pies, pero yo veía desde abajo cómo se limpiaba el sudor de la frente con el hombro. Un error de dedo, un “volantazo” en la palanca, y el perro y yo nos íbamos al carajo, directo a la corriente.

Cuando la máquina giró, sentí el vértigo. El mundo dio vueltas: el cielo gris, el agua negra, el concreto sucio del borde del canal. Mis músculos ardían, el hombro me punzaba como si me estuvieran clavando agujas calientes, pero no solté. No podía soltar. Si soltaba, me soltaba a mí mismo.

Capítulo 2: Tierra Firme

El “clac” metálico de la máquina deteniéndose cerca del suelo fue el sonido más hermoso que había escuchado en años. —¡Agárrenlo! —bramé, ya sin aire.

Dos de mis compañeros, el Chuy y Don Neto, corrieron hacia mí. El Chuy, que siempre se hace el rudo y dice que los animales son para cuidar la casa y ya, se veía pálido. Me ayudaron a bajar, o más bien, casi me caí del cucharón con el perro abrazado al pecho.

Al tocar la tierra seca, mis piernas se hicieron de trapo. Me fui de rodillas, con el perro todavía pegado a mi chaleco naranja lleno de cal. El animalito tosió. Fue un sonido seco, rasposo, y luego escupió un poco de agua negra. —¿Está vivo? —preguntó el Flaco, que había bajado de la máquina de un salto, dejando la puerta abierta.

—Sí, güey, está vivo —contesté, respirando bocanadas de aire como si yo fuera el que se hubiera estado ahogando.

El silencio que siguió fue pesado. Éramos cinco hombres llenos de polvo, sudorosos, malhablados y cansados, rodeando a un perro mestizo que parecía una rata mojada. Y entonces, pasó. Alguien, creo que fue Don Neto, soltó un aplauso. Uno solo. Luego el Chuy le siguió, y de repente, todos estábamos ahí, aplaudiendo y soltando risas nerviosas, de esas que te salen cuando la adrenalina te baja de golpe y te das cuenta de que la muerte te rozó pero no te llevó.

Me miré las manos. Me temblaban. El perro levantó la cabeza apenas unos centímetros. Tenía los ojos vidriosos, color miel, pero con una mancha de sangre en lo blanco del ojo, seguro del esfuerzo o de algún golpe en la corriente. Me miró fijo. No movió la cola, no ladró. Solo me miró con una gratitud tan profunda que sentí un nudo en la garganta.

—Pinche Beto, estás loco, cabrón —me dijo el Chuy, dándome una palmada en la espalda que casi me tira—, te pudiste haber matado por ese chucho.

—Pues sí —dije, limpiándome el moco y el lodo de la cara—, pero no me maté. Y él tampoco.

Capítulo 3: La Realidad Golpea

La euforia duró poco. La realidad en la obra siempre regresa rápido. El perro intentó pararse y chilló. Un chillido agudo, de dolor. —Trae algo pa’ secarlo —ordenó Don Neto, que es el más viejo de la cuadrilla y al que todos respetamos como si fuera nuestro abuelo.

Alguien trajo una jerga vieja que usamos para limpiar la herramienta. No estaba muy limpia, pero estaba seca. Empecé a frotarlo con cuidado. El pobre animal era puro hueso; se le sentía la columna vertebral como un rosario de cuentas duras. Tenía una herida fea en la pata trasera, un corte profundo que no dejaba de sangrar, seguramente hecho con algún vidrio o fierro oxidado del fondo del canal.

—Se ve mal, Beto —dijo el Flaco, poniéndose en cuclillas a mi lado—. Esa pata se le va a infectar si no la curan. Y mira cómo tiembla, puede que tenga hipotermia o neumonía. Esa agua está re-podrida.

Me quedé mirando al perro. Ya lo habíamos sacado del agua, sí. ¿Pero ahora qué? Dejarlo ahí era condenarlo a una muerte lenta por infección o frío. Echarlo a la calle era lo mismo.

Me toqué la bolsa del pantalón. Traía sesenta pesos y mi tarjeta del metro. Faltaban tres días para la raya (el pago) y mi despensa en la casa estaba en las últimas: puro huevo y frijoles. No tenía para un veterinario. Un veterinario en esta ciudad no te cobra menos de quinientos pesos nada más por la consulta, sin contar medicinas.

La desesperanza me cayó encima. ¿De qué sirve ser valiente un ratito si no tienes con qué sostener la vida después?

—Necesita un doctor —dije en voz baja, acariciando la cabeza del perro, que ya había dejado de temblar un poco y se había quedado dormido o desmayado en mi regazo.

Don Neto se quitó la gorra, se rascó la cabeza canosa y miró a los demás. —Pues… aquí nadie nada en billetes, muchachos —dijo con su voz rasposa de fumador—, pero tampoco somos gachos.

Sacó su cartera, una cosa de piel vieja y desgastada, y sacó un billete de cien pesos. Lo arrugó un poco y lo tiró al suelo, junto al perro. —Ahí va mi coperacha. Pa’l doctor del chucho.

El Chuy, que siempre anda contando los centavos para la pensión de sus hijos, suspiró, hizo una mueca de dolor como si le estuvieran sacando una muela, y sacó un billete de cincuenta y unas monedas. —Órale pues. Pero que conste que es porque el Beto se la rifó, no por el perro —dijo, aunque vi cómo le acariciaba una oreja al animal cuando creyó que nadie lo veía.

El Flaco y los otros dos ayudantes también le entraron. Juntamos como cuatrocientos pesos y feria. No era mucho, pero era todo lo que traíamos encima.

—Yo pongo la nave —dijo el Flaco—. Mi camioneta anda fallando de los frenos, pero sí llegamos a la veterinaria de la colonia. Súbanlo.

Capítulo 4: El Viaje en la ‘Estaca’

Subir al perro a la camioneta fue otro show. No quería que lo moviéramos. Cada vez que lo tocaba cerca de la pata herida, gruñía bajito, no por agresivo, sino por puro dolor. Lo envolví bien en la jerga y lo cargué como si fuera un bebé.

El Flaco manejaba esquivando los baches como si fueran minas explosivas. La camioneta, una Nissan viejísima que olía a gasolina y a tabaco, traqueteaba horrible. Yo iba de copiloto con el perro en las piernas.

—¿Cómo le vas a poner? —preguntó el Flaco, rompiendo el silencio mientras esperábamos en un semáforo que parecía eterno. —No sé… “Suertudo” se oye muy choteado, ¿no? —Ponle “Excavador” —se rió él. —No mames, Flaco. —Bueno, pos “Canelo”, mira el color.

Miré al perro. Debajo de la mugre negra del canal, su pelo era de un color café dorado, como el piloncillo. —Canelo está bien —murmuré.

El perro abrió un ojo y me lamió la mano. Su lengua estaba rasposa y caliente. Sentí una conexión extraña en ese momento. Yo, un albañil solitario que llega a un cuarto vacío a ver la tele hasta quedarse dormido, y él, un perro callejero que la vida había tratado de tirar a la basura. Los dos estábamos jodidos, pero ahí íbamos, en una camioneta destartalada, tratando de ganarle una partida al destino.

El tráfico de la ciudad era un caos. Cláxones, gente gritando, camiones echando humo negro. Todo me parecía agresivo, hostil. Me di cuenta de lo frágiles que somos. Un empujón y acabas en el canal. Un mal día y te quedas sin chamba. Una enfermedad y te quedas sin nada. Pero a veces, solo a veces, aparecen manos que te sacan del hoyo. Hoy, mis manos fueron esas para el Canelo. Y las manos de mis compas, con sus billetes arrugados, eran las que nos sostenían a los dos.

Capítulo 5: La Sala de Espera

Llegamos a la veterinaria “San Francisco de Asís”. Era un local pequeño, pintado de azul pitufo, con olor a cloro y croquetas. Entré con el perro en brazos, manchando el piso de lodo con mis botas de trabajo. Había una señora sentada con un gato en una jaula transportadora muy fifí, y un señor con un perro salchicha que traía un suéter tejido. Se nos quedaron viendo. Y cómo no. Yo parecía salido de una trinchera: chaleco naranja sucio, cara manchada, oliendo a caño y cargando un perro moribundo envuelto en un trapo grasoso.

La señora del gato arrugó la nariz y jaló su jaula hacia ella, como si le fuera a pegar la pobreza o las pulgas. Me dio coraje, sentí la vergüenza quemándome las orejas, pero me aguanté. Levanté la barbilla. Sí, señora, huelo a mierda, pero acabo de salvar una vida, ¿usted qué hizo hoy además de peinar a su gato?, pensé, pero no dije nada.

—¡Doctor! —gritó el Flaco, que no tiene vergüenza ni la conoce.

Salió una muchacha joven, con bata blanca. Nos miró, miró al perro y no hizo caras de fuchi. Al contrario, se le notó la preocupación en los ojos. —Pásenle rápido a la mesa dos —dijo, abriéndonos la puerta.

Pusimos a Canelo sobre la mesa metálica fría. La doctora empezó a revisarlo rápido. Le abrió el hocico, le revisó los ojos, le tocó la panza. —Viene muy mal —dijo seria—. Tiene hipotermia, está en estado de shock. La herida de la pata necesita sutura urgente, y al tragar agua de canal… eso es lo peligroso. Puede tener una infección bacteriana fuerte o leptospirosis.

Sentí que se me caía el mundo. —¿Se va a salvar, doctora? —pregunté, retorciendo mi gorra entre las manos. —Vamos a hacer lo posible. Pero va a necesitar suero, antibióticos, analgésicos y observación.

Hizo una pausa y nos miró. Sabía lo que venía. El golpe del dinero. —El tratamiento inicial y la estabilización… son como mil quinientos pesos, bajita la mano. Y eso porque no les voy a cobrar la consulta completa, nada más los materiales y los medicamentos.

El Flaco y yo nos volteamos a ver. Teníamos cuatrocientos cincuenta pesos. —Doctora… —empecé a decir, con la voz quebrada—, la neta, somos albañiles. Nos lo encontramos ahogándose en el canal. Hicimos una coperacha pero… no traemos tanto.

La doctora suspiró. Miró al perro, que estaba recibiendo oxígeno con una mascarilla. Luego me miró a mí, vio mis botas rotas, mis manos lastimadas. —Miren, dejen lo que traigan. Yo pongo el resto de mi bolsa por hoy. Pero van a tener que conseguir para las medicinas que se va a llevar a casa, ¿ok? No puedo regalarles todo el tratamiento porque la clínica no es mía, pero no vamos a dejar que se muera aquí.

Sentí ganas de llorar otra vez. No por tristeza, sino por eso que se siente cuando alguien te ayuda sin tener por qué. —Dios se lo pague, doctora. Neta.

Capítulo 6: La Noche Más Larga

Dejamos a Canelo internado esa noche. El Flaco me llevó a mi casa. —Mañana pasamos por él —me dijo al despedirse—. Tú descansa, Beto. Te ves del nabo.

Entré a mi cuarto. Es un cuartito de azotea que rento. Una cama, una parrilla eléctrica, una tele vieja y una silla. Nunca me había parecido tan vacío como esa noche. Me bañé tallándome hasta arrancarme el olor del canal, pero el olor a miedo seguía ahí.

Me acosté mirando el techo despellejado por la humedad. No podía dormir. Pensaba en Canelo solo en esa jaula metálica. Pensaba en si sobreviviría. Y pensaba en qué iba a hacer con él si vivía. En este cuarto apenas quepo yo. El dueño no deja tener animales. No tengo dinero para croquetas buenas.

¿Para qué lo salvaste si no lo puedes tener?, me decía una voz en mi cabeza. ¿Para devolverlo a la calle a que lo atropellen mañana? Pero luego recordaba sus ojos. Esa mirada en el cucharón de la excavadora. Él confió en mí. En ese momento, yo fui su dios, su única esperanza. No podía fallarle ahora.

“Si libra esta noche, me lo quedo”, prometí al aire. “A ver cómo le hago. Aunque tenga que comer tortillas con sal un mes. O me busco chamba extra los domingos. Pero ese perro no vuelve a la calle.”.

Capítulo 7: El Reencuentro

Al día siguiente, la jornada de trabajo se me hizo eterna. No podía concentrarme. Estaba pegando ladrillos y la mezcla se me secaba. El capataz me regañó dos veces. —¿Qué traes, Beto? Andas en la luna. —Nada, jefe. Mala noche.

A la hora de la comida, no comí. Guardé mis tacos para más tarde y me fui a sentar donde había estado la excavadora ayer. El canal seguía igual, indiferente, fluyendo sucio y constante. Pero para mí, el lugar ya era distinto. Era el lugar donde casi morimos y donde volvimos a nacer.

A las seis en punto, el Flaco ya me estaba esperando en la camioneta. —¡Vámonos, que se hace tarde!

Llegamos a la veterinaria con el corazón en la mano. La doctora salió con una sonrisa cansada. —Es un guerrero —nos dijo—. Pasó la noche estable. Ya comió un poco. La fiebre bajó.

Cuando nos dejó pasar a verlo, Canelo estaba de pie en la jaula. Tenía la pata vendada y un cono en el cuello que lo hacía ver como una lámpara chistosa. Pero cuando me vio, movió la cola. Fue un movimiento tímido, toc-toc-toc contra el metal de la jaula, pero fue suficiente para que se me iluminara el día.

Abrí la reja y él intentó salir hacia mí. Lo abracé con cuidado. Estaba calientito y limpio. Olía a jabón medicinal. —Ya estás, carnal. Ya estás —le susurré.

La cuenta de las medicinas era de seiscientos pesos. Entre el Flaco, el Chuy (que nos alcanzó allá) y yo, completamos. Nos quedamos sin un peso para el resto de la semana, pero salimos de ahí con el perro caminando (cojeando, pero caminando) a nuestro lado.

Capítulo 8: Un Nuevo Inquilino

Llegar a mi cuarto con Canelo fue raro. Lo metí a escondidas para que el casero no lo viera. —Pórtate bien, cabrón, que si ladras nos corren a los dos —le advertí.

Le puse una cobija vieja en una esquina. Le di agua en un traste de margarina vacío y le compartí mis tacos que había guardado. Comió con desesperación, pero con delicadeza, como si no quisiera que se acabara nunca.

Esa noche, mientras veía la tele, sentí un peso en mis pies. Canelo se había subido a la cama y se había acostado sobre mis pies. Intenté empujarlo, por eso de la higiene y que no se acostumbre, pero gruñó bajito y se acomodó mejor, suspirando profundo. Lo dejé. Sentir su respiración tranquila, el calor de su cuerpo… me di cuenta de que hacía años que no dormía acompañado. La soledad, esa que se sienta en el pecho y no te deja respirar a veces, esa noche no entró al cuarto. Se quedó afuera.

Capítulo 9: Reflexiones de un Obrero

Han pasado dos semanas desde el rescate. En la obra, ya soy famoso. Me dicen “El Tarzán del Canal” o “El Rescatista”. Se burlan, pero con respeto. El jefe, que se enteró del chisme, no me dio un bono, pero sí me dejó salir temprano el viernes para llevar a Canelo a su revisión.

Canelo ya no cojea tanto. Ha engordado un poco y su pelo brilla. Resultó ser un perro latoso; me mordió dos zapatos y le ladró al camión del gas, pero me espera todos los días moviendo la cola como si yo fuera la persona más importante del universo.

La vida sigue siendo dura. Sigo ganando poco, sigo cansándome hasta los huesos, sigo viajando dos horas en transporte público. Pero algo cambió. Ese día en el canal, cuando me subí a la máquina, pensé que estaba arriesgando la vida por un animal. Ahora entiendo que no fue así. Arriesgué la vida para recordar que estoy vivo. Para recordar que, aunque uno sea pobre y a veces se sienta invisible, tiene el poder de cambiar el destino de alguien más.

A veces, un acto rápido y valiente basta para cambiar el destino de una vida. Y la neta, creo que la vida que cambió no fue solo la del perro. Fue la mía. Porque ahora, cuando llego a casa, ya no llego a un silencio vacío. Llego a donde alguien me quiere. Y eso, compa, eso vale más que todo el oro del mundo.

PARTE 3: CICATRICES, GOTERAS Y LEALTADES DE BARRIO

Capítulo 1: El Arte de Ser Invisible

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero nadie te dice que tener perro cuando vives en un cuarto de azotea de cuatro por cuatro, donde el contrato de renta dice en letras rojas “PROHIBIDO MASCOTAS”, es como jugar a la ruleta rusa con tu techo.

Han pasado ya tres semanas desde que saqué al Canelo del canal. Tres semanas donde mi vida, antes gris y plana como una banqueta mal colada, se ha vuelto una película de espías. Mi rutina antes era simple: despertar, maldecir al despertador, tragar café, ir a la obra, regresar, ver tele, dormir. Ahora, todo es una misión táctica.

Quieto, Canelo. Ni respires, cabrón —le susurro a las cinco de la mañana.

El Canelo, que es más listo que muchos ingenieros que conozco, ya se la sabe. En cuanto ve que agarro mis botas, se queda estático en la esquina, con las orejas paradas, esperando la señal. El problema es Don Rutilio, el casero. El viejo vive en la planta baja y tiene un oído de tísico; escucha hasta cuando cae una pluma. Además, es de esos viejitos amargados que se sientan en el zaguán a ver quién entra y quién sale, nomás por joder.

Bajar las escaleras de caracol metálicas con un perro de quince kilos en brazos, intentando que no hagan ruido mis botas de casquillo, es un arte. Cada escalón es una trampa. Clin, clan, clin. El sonido del metal retumba en el silencio de la madrugada. El Canelo me lame la barbilla, nervioso. Sabe que estamos haciendo algo prohibido.

Buenos días, Beto —la voz de Doña Chonita, la vecina del segundo, casi me hace infartar. Doña Chonita estaba barriendo su pedacito de pasillo a oscuras. Me congelé. Escondí la cabeza del Canelo bajo mi chamarra de mezclilla, esa que ya tiene más hoyos que tela. —Buenos días, Doña Chonita. Madrugando, ¿verdad? —Pues sí, mijo, al que madruga Dios lo ayuda. ¿Qué traes ahí? ¿Te salió joroba o qué? —Eh… es la ropa sucia, Doña. Voy a la lavandería antes de la chamba. —¿A las cinco de la mañana? —Es que… se junta la mugre, ya sabe. Con permiso.

Bajé los últimos escalones casi volando. Al llegar a la calle, solté el aire y solté al perro. El Canelo corrió directo al primer poste de luz y levantó la pata con una urgencia que me dio risa. Verlo orinar con esa libertad, bajo la luz naranja de las lámparas de la calle, me hizo sentir una paz rara. En la calle somos libres. En la calle nadie nos dice que no cabemos.

Le compré un tamal de verde a la señora de la esquina. —Uno pa’ mí y uno de dulce pa’l chucho, pero sin pasas, jefa, que le hacen daño —le pedí. La tamalera se rió. —Ay, Beto, ahora resulta que el perro come mejor que tú. —Pues sí, jefa. Él es el patrón, yo nomás soy el chalán.

Nos sentamos en la banqueta fría a comer. El vapor del atole se mezclaba con el humo de los escapes de los peseros que empezaban a pasar echando carreritas. Compartir el desayuno con él, viéndolo devorar la masa con esa alegría pura, sin preocuparse por la renta o por si la mezcla va a fraguar bien, me hacía empezar el día con el corazón menos arrugado.

Capítulo 2: La Soledad Acompañada

Dejarlo encerrado es la parte más difícil. Mi cuarto es un horno en la tarde y un refri en la noche. Le dejo la ventana un poquito abierta, trabada con un tabique para que no se abra de más y se vaya a salir. Le dejo la tele prendida bajito, en el canal de las novelas, para que escuche voces. —Pórtate bien. No ladres. Si te orinas en la cama, te voy a hacer tacos —le digo siempre antes de irme. Él me mira con esos ojos color miel, mueve la cola toc-toc-toc contra el piso y se acuesta en mis zapatos viejos.

Irme a la obra se siente como abandonarlo. Todo el día, mientras cargo los bultos de cemento o estoy arriba en el andamio revocando una fachada, estoy pensando en él. “¿Estará ladrando? ¿Ya lo habrá escuchado Don Rutilio? ¿Tendrá sed?”. Antes, mi cabeza en el trabajo estaba en blanco, o pensando en puras tonterías para matar el tiempo. Ahora tengo una preocupación viva. Y curiosamente, esa preocupación me hace sentir más vivo.

A la hora de la comida, cuando nos sentamos todos en círculos sobre botes de pintura vacíos a calentar las tortillas en una fogata improvisada con madera de cimbra, el tema ya no es solo fútbol o viejas. —¿Qué onda, Beto? ¿Cómo sigue el “Licenciado”? —pregunta el Flaco, mordiéndole a un chile serrano. Le pusieron “El Licenciado” de apodo al Canelo porque dicen que vive gratis y sin trabajar, como los políticos. —Ahí anda, güey. Ya no cojea. Pero es bien mañoso, ayer se robó un calcetín y no lo soltaba. —Aguas, carnal, que luego se les atora en la tripa y hay que operarlos —dice el Chuy, muy sabio—. A mi cuñado se le murió un pitbull por tragarse una pelota de tenis. —Cállate los ojos, Chuy. Toco madera —digo, golpeando la tabla donde estamos comiendo.

Es raro, pero mis compañeros de obra, esos mismos cabrones que se alburean hasta a su propia sombra y que parecen hechos de piedra pómez, se han encariñado con el perro fantasma. El otro día, el “Tuercas”, que es el fierrero y tiene cara de pocos amigos, me trajo una bolsa de huesos de res. —Toma, pa’l chucho. Le dije al carnicero que eran para caldo, pero son para él. Que se entretenga royendo pa’ que no te destruya el cantón.

Ese gesto, esa bolsa de huesos sangrantes envuelta en papel periódico, vale más que un regalo caro. Es solidaridad de la raza. Es saber que, en el fondo, todos entendemos lo que es estar solo y necesitar a alguien que te mueva la cola cuando llegas.

Capítulo 3: La Tormenta y la Gotera

Fue un martes cuando el destino nos quiso cobrar la factura. Era temporada de lluvias en la ciudad. De esas lluvias traicioneras que empiezan con unas gotitas tontas y terminan cayendo como si el cielo se estuviera rompiendo en pedazos.

Salí de la obra empapado. El impermeable amarillo que nos dan es más plástico barato que protección, y traía el agua metida hasta en los calzones. El metro venía atascado, oliendo a humedad, a humanidad y a cansancio. Tardé dos horas en llegar a la colonia. Las calles eran ríos. El agua me llegaba a los tobillos, agua negra que brotaba de las coladeras tapadas de basura.

Subí las escaleras de caracol resbalándome, con el corazón en la boca. Los truenos retumbaban haciendo vibrar las láminas de los techos vecinos. Al abrir la puerta del cuarto, me recibió la oscuridad. Se había ido la luz. —¿Canelo? Nadie respondió. Encendí la linterna del celular. El haz de luz barrió el cuarto pequeño. La cama estaba vacía. —¡Canelo! —grité, olvidándome de Don Rutilio y del sigilo.

Entonces lo vi. Estaba hecho bolita debajo de la mesa de plástico, temblando como una hoja. Los perros le tienen pánico a los truenos, y el Canelo, con el trauma del canal, seguro sentía que el sonido de la lluvia era el sonido de la muerte otra vez. Pero eso no fue lo peor. En medio del cuarto, justo encima de donde él solía dormir, caía un chorro de agua constante. Ploc, ploc, ploc. Una gotera nueva, enorme, había decidido aparecer justo hoy. El agua ya había hecho un charco grande que mojaba mi colchón y las cobijas.

Me agaché y me metí bajo la mesa con él. Estaba seco, pero aterrorizado. Lo abracé fuerte. —Ya pasó, mijo, ya llegó papá. Aquí estoy. El perro escondió la cabeza en mi axila, gimiendo bajito. Sentí su corazón latir contra mis costillas, bum-bum-bum, rapidísimo.

Esa noche no hubo cena caliente. No había luz para la parrilla. Comimos galletas saladas y atún de lata a la luz de una vela. Me pasé la noche poniendo cubetas y ollas bajo las goteras, que se multiplicaron como plaga. El sonido del agua cayendo en las cubetas tin, tan, tun era una música triste. Nos acostamos en el piso, sobre unos cartones secos, porque la cama estaba empapada. Abrazados. Yo le tapaba las orejas cada vez que tronaba el cielo.

Pinche vida, Canelo —le dije al aire oscuro—. Uno se mata trabajando pa’ tener un techo y el techo te escupe. Pero luego sentí su lengua rasposa lamiéndome la mano. Y pensé que, si no lo hubiera rescatado, ahorita él estaría allá afuera, bajo esta tormenta, solo, frío, tal vez muerto. Y yo estaría aquí, seco tal vez, pero igual de solo. —Pero bueno, al menos no nos estamos ahogando en el canal, ¿verdad? —le dije. Y me pareció que él suspiró, dándome la razón.

Capítulo 4: El Juicio de Don Rutilio

Lo inevitable pasó el sábado. Como es mi día de descanso, me puse a lavar ropa a mano en el lavadero de la azotea. El Canelo andaba suelto, asoleándose panza arriba, feliz de la vida. Yo estaba tallando mis pantalones llenos de mezcla, cantando bajito una de José Alfredo Jiménez, distraído.

No oí subir a Don Rutilio. —¡Oiga, Beto! Brinqué del susto y se me cayó el jabón Zote. El Canelo, que no conocía al viejo, se paró de un salto y soltó dos ladridos. ¡Gua, gua! Fuertes, territoriales. Se me heló la sangre. Me volteé despacio. Don Rutilio estaba ahí, con su bastón y su cara de bulldog enojado. Miraba al perro, luego me miraba a mí, luego al perro otra vez.

—Buenas… buenas tardes, Don Ruti —tartamudeé. —¿Qué es eso, Beto? —preguntó, señalando al Canelo con el bastón. —Es… es un perro, Don Ruti. —Ya sé que es un perro, no soy imbécil. Pregunto qué hace aquí. Sabes las reglas. Cero animales. Ni gatos, ni pericos, y menos perros corrientes. —No es corriente, Don Ruti, es mestizo —dije, ofendido, poniéndome entre el perro y el viejo—. Y mire, es temporal. Lo rescaté. Se estaba ahogando.

Le conté la historia. Traté de ponerle emoción, le dije de la excavadora, del canal, de cómo casi me mato. Esperaba ablandarle el corazón. El viejo me escuchó sin pestañear. —Muy heroico, Beto. Te felicito. Pero reglas son reglas. Ese animal caga, mea y ladra. Y yo no quiero pestes en mi propiedad. Tienes hasta el lunes para sacarlo. O se van los dos.

Sentí la rabia subirme por el cuello. Rabia de pobre. Rabia de impotencia. De saber que tu techo depende del humor de otro. —Don Ruti, por favor. No tengo a dónde ir. No tengo dinero para una mudanza ahorita. El perro es limpio, yo limpio todo. No hace ruido. —Acaba de ladrarme. —Porque no lo conoce. Es noble. Mire… Llamé al Canelo. —Ven, Canelo. Saluda. El perro, sintiendo mi miedo, se acercó despacio, con la cabeza baja y la cola entre las patas. Se acercó a los zapatos viejos de Don Rutilio y, con mucha delicadeza, le olió el pantalón y luego se sentó. No gruñó. Se sentó como un caballero.

Don Rutilio lo miró hacia abajo. Hubo un silencio largo, tenso, donde solo se oía el viento moviendo la ropa tendida. —Mire, Don Ruti —dije, jugándome mi última carta—. Sé que el techo de la bodega de abajo tiene goteras. Las vi el otro día. Y vi que su zaguán se traba. Yo soy albañil, usted sabe que le sé a la talacha. Si me deja tener al perro… yo le impermeabilizo la bodega y le arreglo el zaguán. Mano de obra gratis. Usted nomás pone el material.

El viejo alzó una ceja. Era un hombre de negocios, al fin y al cabo. Un tacaño. La oferta de trabajo gratis le brilló en los ojos. —¿Impermeabilizas todo? ¿Con membrana y todo? —Todo. Que quede como alberca. Y le echo grasa a las bisagras del zaguán y le nivelo el riel. Don Rutilio miró al perro otra vez. El Canelo, como si entendiera la negociación, le dio una laderita con la nariz en la mano que sostenía el bastón. El viejo carraspeó, incómodo pero no enojado. —Está bien. Pero una sola queja, Beto, una sola caca en el pasillo, un solo ladrido en la noche, y se van a la calle. ¿Entendido? —Entendido, patrón. Gracias, gracias en serio. —Y quiero que empieces con el techo mañana mismo. —Sí, señor. Mañana mismo.

Cuando el viejo se fue, bajando las escaleras refunfuñando, agarré al Canelo y le di un beso en la cabeza apestosa a perro asoleado. —La libramos, carnal. La libramos. Ahora vas a tener que ayudarme a subir cubetas de impermeabilizante, huevón.

Capítulo 5: La Fiebre y el Delirio

La vida te da y te quita. Arreglé el techo de Don Rutilio. Me tardé dos domingos enteros bajo el sol, quemándome la espalda, pero cumplí. El Canelo se quedaba ahí conmigo, en la sombra, vigilando mis herramientas. Pero el esfuerzo, la mojada de aquella tormenta y la mala alimentación me pasaron factura.

Un jueves en la obra, me empecé a sentir mal. Me dolían las coyunturas. Sentía frío aunque estábamos a treinta grados. —Te ves amarillo, Beto —me dijo el Flaco—. Vete a tu casa. —Nel, si me voy me descuentan el día. Aguanté como los machos hasta las seis de la tarde. Pero en el metro de regreso, sentí que me desmayaba. Veía luces de colores. La fiebre me estaba cocinando el cerebro.

Llegué al cuarto arrastrando los pies. No tenía fuerzas ni para abrir la lata de atún. Me tiré en el colchón (que ya estaba seco) con todo y ropa y botas. —No me siento bien, Canelo —murmuré. El perro se dio cuenta de inmediato. No saltó, no pidió jugar. Se subió a la cama despacito y se acostó a lo largo de mi espalda, pegando su cuerpo caliente contra mis escalofríos.

La noche fue un infierno. Tuve pesadillas horribles. Soñé que estaba otra vez en el cucharón de la excavadora, pero el agua subía y subía, y el perro se me resbalaba de las manos. Soñé que el canal era de fuego. Me despertaba gritando, empapado en sudor frío, sin saber dónde estaba. Y cada vez que despertaba, ahí estaba él. Sentía su lengua áspera en mi cara, limpiándome el sudor. Sentía su peso sólido manteniéndome en la tierra, impidiendo que la fiebre me llevara flotando. En un momento de delirio, creí ver a mi mamá, que en paz descanse, sentada en la silla. —Tómate un té de canela, mijo —me decía. Pero cuando enfocaba la vista, no era mi mamá. Era el Canelo, mirándome con una preocupación humana.

Estuve así dos días. Viernes y sábado. No fui a trabajar. No tenía crédito en el celular para avisar. No comí nada, solo tomaba agua del grifo a tragos desesperados. El domingo por la mañana, la fiebre rompió. Abrí los ojos y vi el techo despellejado de mi cuarto. Me sentía débil, como si me hubieran dado una paliza entre diez caones, pero la cabeza ya no me daba vueltas.

Intenté sentarme. —Ay… —gemí. El Canelo estaba sentado frente a mí. Me miraba fijamente. Al ver que me movía, soltó un lloriqueo y empezó a mover la cola tan fuerte que le pegaba a la pared. Pum, pum, pum. Me di cuenta de algo que me partió el alma: su plato de comida estaba lleno. No había comido. En dos días, no había tocado sus croquetas. Se había quedado cuidándome, haciendo ayuno conmigo, como velando a un enfermo.

—Eres un pendejo, Canelo —le dije con la voz ronca, llorando—. Tenías que comer. Me levanté tambaleándome. Le serví agua fresca. Comimos juntos. Él sus croquetas, yo unas galletas rancias. Nunca me había sabido algo tan rico. Ese día entendí que la deuda estaba saldada. Yo le salvé la vida en el canal, sí. Pero él me acababa de salvar de la soledad más fea, de morir o delirar solo en un cuarto sin que a nadie le importara. Ahora éramos mano.

Capítulo 6: El Fantasma de la Obra

Cuando regresé a trabajar el lunes, pensé que me iban a correr. Faltar dos días sin avisar en la construcción es motivo de despido inmediato. Hay diez tipos afuera esperando tu puesto por menos dinero. Llegué con la cabeza gacha, listo para recoger mi herramienta e irme.

El arquitecto, el “Inge” Martínez, estaba revisando unos planos con el capataz. Me vio llegar. —¡Vaya! Resucitó el muerto —gritó el capataz. Me acerqué. —Perdón, jefe. Me puse bien malo. Una infección canija. No tenía saldo pa’ avisar. El Inge me miró. Es un tipo estricto, pero justo. —El Flaco me dijo que te veías mal el jueves. Y como eres de los que no faltan… te la paso. Pero me debes horas, Beto. Te vas a tener que quedar tarde toda la semana para colar la losa del tercer piso. —Sí, Inge. Lo que diga. Gracias, gracias.

Quedarse tarde significaba un problema: Canelo. No podía dejarlo solo tantas horas y regresar de noche. Don Rutilio ya me había advertido de los ladridos nocturnos. Así que tomé una decisión arriesgada. El martes, me llevé al Canelo a la obra.

—¿Qué traes ahí, Beto? ¿Es el famoso rescatado? —preguntó el portero de la obra, un viejito que siempre está durmiendo. —Sí, Don Pepe. Tíreme paro. No tengo con quién dejarlo y voy a doblar turno. Se porta bien. Lo amarro allá donde guardan el cemento. —Pásale pues, pero si caga, tú limpias. Y que no lo vea el Inge.

Metí al Canelo. El mundo de la construcción lo fascinó. Los olores a cal, arena, metal oxidado. El ruido de las cortadoras. Para él era Disney. Lo amarré con una cuerda larga en la bodega de materiales, bajo techo, con agua y su cobija. —Aquí te quedas. No hagas ruido.

A la hora de la comida, lo saqué. Fue la sensación. Mis compañeros, hombres duros con manos como lijas, se turnaban para aventarle una pelota de tenis vieja. —¡Corre, Canelo! ¡Tráela! El perro corría esquivando carretillas y varillas, feliz. Incluso el Inge lo vio. Yo me tensé, esperando el regaño. —¿Ese es el perro del video? —preguntó, porque el video del rescate había circulado en los grupos de WhatsApp de la empresa. —Sí, Inge. Es él. El arquitecto se agachó (cuidando su pantalón de vestir) y le rascó la cabeza. —Pues está bonito el animal. Cuídalo, que traen buena suerte los perros de obra. Nomás que no se vaya a caer en otro agujero, ¿eh?

Desde ese día, el Canelo se volvió parte de la cuadrilla. Se convirtió en el “Perro de Seguridad”. Si llegaba alguien desconocido a la obra, ladraba. Si se caía algo, iba a ver. Pero lo más importante pasó un viernes por la tarde, cuando ya casi nos íbamos.

Estábamos en el sótano, limpiando la zona de cisternas. Había poca luz. El Canelo estaba inquieto, gruñendo hacia una esquina oscura donde guardábamos madera vieja. —Cállate, Canelo —le dije. Pero él seguía. Ladraba y retrocedía, con los pelos del lomo erizados. —Algo trae el perro —dijo el Flaco. Nos acercamos con las linternas. El Canelo no dejaba de ladrar hacia un montón de sacos de yeso vacíos. El Chuy movió un saco con una pala. Salió disparada una rata enorme, tamaño conejo. Todos gritamos y saltamos del susto. Pero detrás de los sacos, había algo más. Un siseo. Una víbora de cascabel, enrollada y lista para atacar. Estaba justo donde el Flaco iba a meter la mano para recoger la herramienta.

Nos quedamos helados. En la ciudad es raro verlas, pero en estas zonas periféricas donde hay mucho monte alrededor, a veces bajan. Si el Canelo no hubiera avisado, al Flaco le hubieran clavado los colmillos en la mano. Y una mordida de esas, si no te atienden rápido, te mata o te deja manco. El Chuy, con la pala, se encargó de la víbora (con mucho respeto y miedo). El Flaco estaba pálido. Se agachó y abrazó al perro. —Me salvaste, pinche Licenciado. Me salvaste el pellejo. Ese día, el Flaco le compró al Canelo un pollo rostizado entero. Nada de huesos. Pura pechuga y pierna. —Cómetelo todo, cabrón. Te lo ganaste.

Capítulo 7: Reflexiones bajo la Luna

Esa noche, regresamos a casa caminando un tramo largo porque la noche estaba bonita, fresca después de tanta lluvia. El Canelo caminaba a mi lado, sin correa, parándose a oler cada esquina, marcando su territorio, dueño del mundo.

Miré mi sombra y la suya proyectadas en el pavimento bajo la luz amarilla de las farolas. Dos sombras alargadas. Una de un hombre cansado, con la espalda un poco encorvada por el peso de los años y los bultos. Otra de un perro de cuatro patas, con la cola en alto como una bandera.

Pensé en todo lo que había pasado en este mes. Antes, mi vida era sobrevivir. Ganar dinero para comer, comer para trabajar, trabajar para dormir. Un ciclo sin fin, sin color. Ahora, tengo problemas nuevos. Tengo que comprar croquetas, tengo que esconderlo del casero, tengo que cuidarlo de las enfermedades. Tengo menos dinero en la bolsa. Pero soy más rico.

Tengo a alguien que me espera. Tengo a alguien por quien cuidarme. Ya no me tomo esas caguamas de más los viernes, porque sé que tengo que pasear al perro temprano. Ya no busco pleito, porque si me meten al “torito” (la cárcel municipal), ¿quién le da de comer? Me he vuelto mejor hombre, no por virtud, sino por necesidad. Por amor a este animal que saqué de la basura.

Llegamos a la casa. Subimos las escaleras con nuestra técnica ninja, aunque ahora con más confianza. Entramos al cuarto. Ya no huele a humedad y soledad. Huele a perro, a vida. Me senté en la orilla de la cama y me quité las botas pesadas. Mis pies palpitaban de cansancio. El Canelo se acercó, puso su cabeza en mi rodilla y suspiró, cerrando los ojos. Le acaricié las orejas suaves, esas orejas que escuchan cosas que yo no oigo.

—¿Sabes qué, Canelo? —le susurré en la oscuridad—. Dicen que yo te rescaté. Que soy un héroe. Él abrió un ojo, mirándome con esa sabiduría tranquila de los animales. —Pero la neta… la neta es que tú me rescataste a mí. Yo me estaba ahogando en tierra firme, carnal. Y tú me sacaste.

Me acosté. El perro saltó a la cama, se hizo bolita a mis pies y en dos minutos estaba roncando. Yo me quedé un rato despierto, escuchando sus ronquidos y los ruidos de la ciudad a lo lejos. Por primera vez en muchos años, no me sentí pequeño ante el monstruo de la Ciudad de México. Me sentí acompañado. Y supe, con esa certeza que te da la vida cuando te golpea y luego te soba, que venga lo que venga —desempleo, desalojos, enfermedades—, mientras estemos los dos, vamos a estar bien.

Cerré los ojos. Mañana hay que colar otra losa. Mañana hay que pelear otra vez por la chuleta. Pero esta noche, en este cuartito de azotea en medio de un mar de concreto, hay paz.

PARTE 4: CUANDO EL DESTINO MUEVE LA COLA (EL FINAL)

Capítulo 1: La Calma Antes del Chingadazo

Dicen que cuando todo va demasiado bien, es porque la vida está agarrando vuelo para soltarte un golpe. Y la neta, durante tres meses, las cosas iban sospechosamente bien.

El Canelo y yo ya éramos un solo sistema. Una maquinaria perfecta de dos piezas: un albañil y un perro corriente. Ya no teníamos que escondernos tanto de Don Rutilio; el viejo, aunque seguía refunfuñando cada vez que veía pelos en la escalera, en el fondo le había agarrado cariño al animal. A veces, cuando llegaba de la chamba, encontraba al Canelo acostado en el zaguán, mordisqueando un pedazo de bolillo duro que “misteriosamente” se le había caído al casero.

En la obra, Canelo ya tenía hasta “puesto”. El Inge le compró un chaleco naranja chiquito, de esos de seguridad, adaptado con cinchos. Se veía ridículo, pero imponente. Era el supervisor de cuatro patas. Los viernes de raya, la raza le disparaba sus tacos de suadero (sin salsa) antes que comprarse sus propias caguamas.

Yo me sentía el hombre más rico del barrio. No tenía carro, no tenía vieja, debía dinero en la tienda de la esquina, pero llegaba a mi cuarto y tenía con quién platicar. Le contaba mis sueños guajiros: —Vas a ver, Canelo. Un día juntamos una lana y ponemos un negocito. Una tlapalería. Tú cuidas la entrada y yo despacho. Y los domingos nos vamos al parque a echar la hueva todo el día. Él me escuchaba con esa atención solemne, ladeando la cabeza, como si estuviera calculando los impuestos de la tlapalería.

Pero la vida de obra es traicionera. Es una amante celosa que un día te da de comer y al otro te quiere comer a ti.

Capítulo 2: La Caída

Fue un miércoles. Miércoles de colado, el día más pesado de la semana. Estábamos en un cuarto piso. El sol pegaba a plomo, de ese sol que te pica la espalda y te hace ver lucecitas. —¡Beto, pásame la cubeta! —gritó el Chuy desde el andamio de arriba.

Yo estaba abajo, en la orilla de la losa, recibiendo el material que subían con la polea. El Canelo estaba amarrado abajo, en la bodega, ladrándole a una mosca, seguro y lejos del peligro. Eso creía yo.

Me estiré para agarrar el gancho de la polea. Fue un error de novato, de esos que cometes por exceso de confianza o por cansancio. Pisé una tabla que no estaba clavada. La madera, podrida por la humedad de las lluvias pasadas, tronó como un disparo. ¡Crac!

El mundo se detuvo un segundo. Sentí ese vacío en la panza, el mismo que sentí cuando me colgué de la excavadora para salvar al perro, pero esta vez no había máquina que me sostuviera. Caí. No fue una caída larga, gracias a Dios y a la Virgencita. Caí al piso de abajo, unos tres metros. Pero caí mal. Caí como costal de papas, con la pierna derecha atorada entre dos varillas de acero.

El sonido fue lo peor. No el golpe seco de mi cuerpo contra el concreto, sino el crujido húmedo de mi hueso. —¡AAAAHHH! —el grito me salió desde las entrañas, desgarrándome la garganta.

Todo se volvió un caos. Escuché los gritos de mis compas. —¡Se cayó el Beto! ¡Llamen a la ambulancia! —¡No lo muevan, no lo muevan!

El dolor era blanco, cegador. Sentía que la pierna me ardía como si me hubieran echado gasolina y prendido un cerillo. Intenté levantarme, pero el mundo me dio vueltas y se puso negro en las orillas. Entre la neblina del dolor, escuché algo más. Un ladrido. Un ladrido desesperado, agudo, histérico. Era el Canelo. Desde abajo, había olido mi miedo, había escuchado mi grito.

—Cálmenlo… —balbuceé, con los dientes apretados—. Que no suba… se va a lastimar… —Tranquilo, Beto. El Flaco ya fue a ver al perro. Tú aguanta, carnal, ya vienen los paramédicos —me decía el Chuy, sosteniéndome la cabeza con sus manos llenas de mezcla seca.

Cuando me subieron a la camilla, el dolor me hizo desmayar un ratito. Pero antes de que me metieran a la ambulancia, entre abrí los ojos. Vi al Flaco deteniendo al Canelo. El perro tiraba de la cuerda con una fuerza demoníaca, aullando, arañando el suelo, queriendo irse conmigo. Sus ojos… sus ojos eran puro pánico. —Te lo encargo… —le dije al Flaco con un hilo de voz—. No lo dejes solo. Y luego, la oscuridad.

Capítulo 3: Hospital General

Desperté en una cama de hospital que olía a cloro y a tristeza. Tenía la pierna enyesada hasta la ingle y colgada de un soporte. Me dolía hasta el apellido. Fractura de tibia y peroné, dijeron los doctores. “Tuviste suerte, muchacho. Unos centímetros más y te perforas la arteria”. Suerte. Sí, claro.

Estuve internado cuatro días. Cuatro días de infierno. No por el dolor, sino por la angustia. En el hospital público no te dejan usar el celular a cada rato, y de todos modos, no tenía saldo. ¿Qué estaba pasando con Canelo? ¿Dónde estaba? ¿Lo tendría el Flaco? ¿Se habría escapado? La impotencia es el peor veneno. Estar ahí tirado, viendo el techo despellejado (igual al de mi cuarto), imaginando a mi perro solo, pensando que lo abandoné otra vez, me comía por dentro.

Al tercer día, el Flaco logró colarse en la visita. Entró con su gorra en la mano, viéndose fuera de lugar entre tanta bata blanca. —¿Qué onda, mi Beto? Te ves bien jodido. —Gracias por los ánimos, güey. ¿Y el Canelo? El Flaco suspiró y miró al suelo. Se me paró el corazón. —¿Qué pasó? Dímelo ya. —Tranquilo. Está bien… o sea, está vivo. Lo tengo en mi casa. Pero… —¿Pero qué? —No come, Beto. Se la pasa echado en la puerta, esperando. Y aúlla en las noches. Mi vieja ya me dijo que o se calla o lo echa a la calle. Y… pues tú sabes que mi cantón es chiquito y mis escuincles son latosos. El perro les gruñó ayer. Cerré los ojos. Todo se estaba desmoronando. —Y hay otra cosa —siguió el Flaco, rascándose la nuca—. Fui a tu cuarto por tu ropa. Don Rutilio me vio. Le dije que te caíste. —¿Y qué dijo? —Dijo que lo siente mucho, pero que si no trabajas, no hay paga. Y que si no pagas la renta el día primero… pues que va a tener que rentar el cuarto. Faltan cinco días para el primero, Beto.

Sentí las lágrimas picándome los ojos. Macho que se respeta no llora, dicen, pero macho que está a punto de perderlo todo, llora porque es humano. —Sácame de aquí, Flaco. —Estás loco. Tienes la pata hecha pinole. —Sácame de aquí. Si pierdo el cuarto, pierdo al perro. Y si pierdo al perro, mejor me hubiera matado en la caída.

Capítulo 4: El Regreso del Guerrero (Cojo)

No me escapé, pero casi. Firmé mi alta voluntaria en cuanto pude medio moverme con las muletas. Me dieron una caja de pastillas para el dolor y la bendición. El Flaco me llevó a su casa primero para recoger al Canelo.

Cuando el perro me vio entrar, con la pierna de yeso y las muletas, se quedó quieto un segundo. Como si no creyera que era yo. —Canelo —dije. Explotó. Fue una bomba de alegría. Saltaba (con cuidado, increíblemente) a mi alrededor, lloraba, me lamía las manos, las muletas, el yeso. Se retorcía de felicidad. Me tuve que sentar en el suelo porque me iba a tirar. Lo abracé y enterré mi cara en su cuello. —Perdón, gordo, perdón por irme.

El Flaco nos llevó a mi cuarto. Subir las escaleras de caracol con muletas fue una misión suicida. Tardé media hora. El Canelo subía dos escalones, me esperaba, me miraba, subía otros dos. Al llegar arriba, Don Rutilio estaba esperándonos. —Vaya, Beto. Veo que sigues vivo. —Aquí andamos, Don Ruti. Mala hierba nunca muere. El viejo miró mi yeso. —Se ve mal eso. ¿Vas a poder chambear? —En unos días… yo creo que sí —mentí. Sabía que no podría cargar un bulto en meses. —Mira, Beto. Me caes bien. Pero esto es un negocio. Tienes hasta el lunes para la renta. Si no… —Ya sé, Don Ruti. Ya sé.

Entramos al cuarto. Estaba frío y polvoriento. Me senté en la cama. Revisé mis bolsillos. Me quedaban doscientos pesos. La liquidación del seguro social tardaría semanas en llegar, si es que llegaba. No tenía trabajo. No podía caminar bien. Tenía una boca que alimentar (o un hocico, más bien). Esa noche, cenamos arroz blanco que hizo el Flaco. El Canelo durmió con la cabeza recargada en mi pierna enyesada, como protegiéndola. El dolor físico era fuerte, pero el miedo al futuro era peor. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Pedir limosna?

Capítulo 5: La Viralidad Inesperada

Dicen que Dios aprieta pero no ahorca, o que cuando una puerta se cierra, se abre una ventana. En mi caso, se abrió una ventana de navegador de internet.

Yo no soy muy de redes sociales. Tengo un “feis” (Facebook) que reviso cada mil años. Pero el Flaco sí es adicto. Dos días después de mi regreso, el Flaco llegó corriendo a mi cuarto, casi tirando la puerta. —¡Beto! ¡Beto, no mames! ¡Mírate! Me puso su celular en la cara. Era un video. Un video movido, grabado verticalmente, con mala calidad. Era yo. Era el día del rescate, hacía meses. Alguien, desde el otro lado del canal, había grabado todo. Se veía la excavadora, se me veía a mí colgando como piñata, se veía el momento exacto en que agarraba al Canelo y lo sacaba del agua negra. Pero no era solo el video. Era el texto.

Una página de noticias locales llamada “Héroes Anónimos de la CDMX” lo había subido con el título: “Albañil arriesga su vida para salvar a perrito en el canal y ahora necesita nuestra ayuda”.

—¿Qué es esto? —pregunté, sin entender. —Lee los comentarios, güey. ¡Léelos!

Empecé a bajar. “Qué valor de este hombre. Más gente así” “¿Alguien sabe quién es? Quiero ayudarlo” “Lloré viendo cómo lo abraza al final” “Dicen que tuvo un accidente en la obra hace poco y no puede trabajar. ¿Hay cuenta para depositar?”

—¿Quién subió esto? —pregunté, aturdido. —Fui yo, carnal —confesó el Flaco, sonriendo de oreja a oreja—. Bueno, yo le mandé el video a la página y les conté que te acababas de romper la pata. Pensé… pensé que a lo mejor alguien tiraba un hueso. Pero esto… esto se salió de control. El video tiene dos millones de vistas, Beto. ¡Dos millones!

En ese momento, mi celular (que había cargado con veinte pesos) empezó a sonar. Pin, pin, pin. Notificaciones. Mensajes de números desconocidos en el WhatsApp. —”Hola, ¿eres Beto? Vi el video. Quiero mandarte un bulto de croquetas”. —”Hola, soy veterinaria. Quiero regalarle una consulta completa a tu perro”. —”Hola, somos de una ferretería. Queremos apoyarte mientras te recuperas”.

Me quedé mudo. Miré al Canelo, que estaba mordiendo su juguete de plástico ajeno a todo. —Creo que ya somos famosos, Licenciado —le dije.

Capítulo 6: La Cosecha de la Bondad

Lo que pasó la siguiente semana fue algo que todavía no me creo. La gente de México es cabrona. Podemos tener mil problemas, pelearnos en el tráfico, mentarnos la madre, pero cuando se trata de ayudar, nadie nos gana.

Empezaron a llegar cosas. Primero, vecinos de la colonia que me reconocieron. Doña Chonita subió con una olla de caldo de pollo. —Para que pegue el hueso, mijo. Luego, gente de más lejos. Llegó una camioneta de una veterinaria “fifi” de la Condesa. Le trajeron al Canelo una cama ortopédica (¡más cómoda que la mía!), costales de alimento premium y juguetes. Lo revisaron ahí mismo y lo desparasitaron gratis.

Pero lo más fuerte fue la colecta. La página de noticias organizó una “coperacha” digital. Cuando el administrador de la página vino a verme para entregarme lo recaudado, yo estaba temblando. —Mira, Beto. La gente se volcó. Aquí está. Me entregó un sobre. Y me enseñó la transferencia en el celular. Eran veinticinco mil pesos. Para un político eso es una cena. Para mí, eran seis meses de renta, comida y tranquilidad. Lloré. Lloré frente al extraño, frente al Flaco, frente al Canelo. Lloré porque se me quitó el peso del mundo de encima. —No sé cómo pagarles… —decía yo, sorbiéndome los mocos. —No tienes que pagar nada. Solo recupérate y sigue queriendo a ese perro.

Y hubo algo más. Don Rutilio subió. Vio el alboroto, vio las cámaras de un noticiero local que vino a entrevistarme. —Oiga, Beto… —dijo el viejo, rascándose la cabeza con el bastón—. Pues… vi el reportaje en la tele. —Sí, Don Ruti. —Dicen cosas bonitas de ti. Que eres buen hombre. —Pues hago lo que se puede. —Mira… sobre la renta. No te preocupes este mes. Y… estuve pensando. Ya estoy viejo para cuidar la entrada y cobrarle a los inquilinos. Necesito un conserje. Alguien de confianza. Si quieres, cuando te cures de la pata, te encargas del mantenimiento del edificio y de cobrar las rentas. Te descuento la tuya y te doy un sueldo extra. Así no tienes que volver a subirte a los andamios un rato.

Miré a Don Rutilio. Miré mi pierna rota. Miré al Canelo, que estaba echado a los pies del viejo, muy tranquilo. —Trato hecho, Don Ruti. Trato hecho.

Capítulo 7: La Nueva Vida

Han pasado seis meses desde el accidente. Ya no uso muletas, aunque me quedó una cojera leve que me hace caminar con “tumbao”, como dicen los chavos. Ya no trabajo en la obra cargando bultos. Ahora soy el “Encargado de Mantenimiento” del edificio. Suena elegante, pero básicamente es arreglar fugas, pintar paredes y pelearme con los del gas. Pero es un trabajo seguro. Y lo mejor: estoy en casa.

El cuarto de azotea ya no es el mismo. Con el dinero de la colecta, lo arreglé. Compré una cama nueva, pinté las paredes, compré una tele plana y un refrigerador donde siempre hay carne y verduras. Y el Canelo… el Canelo es el rey del edificio. Tiene permiso oficial de Don Rutilio para andar por los pasillos. Los vecinos lo saludan. “Buenos días, Canelo”. Él mueve la cola y sigue su ronda de vigilancia. Se ha puesto robusto, fuerte, con el pelo brillante. Ya no tiene esa mirada de miedo del perro que saqué del canal. Ahora tiene la mirada segura de quien sabe que tiene un hogar.

A veces, por las tardes, subimos a la azotea a ver el atardecer. La ciudad se ve inmensa, ruidosa, caótica. Veo las luces encenderse, veo el tráfico a lo lejos, veo la contaminación. Y pienso en lo fácil que es perderse ahí abajo. En lo fácil que es ser uno más, un número, un “nadie”. Pero luego siento la nariz húmeda del Canelo empujándome la mano. Bajo la mirada y ahí está. Mi socio. Mi compadre. Mi salvador.

Me acuerdo de aquel día en la excavadora. Me acuerdo del miedo. Me acuerdo de cómo todos decían que no valía la pena arriesgarse por un perro. Qué equivocados estaban. Ese perro no solo me dio compañía. Me dio una identidad. Me dio una familia. Me dio una segunda oportunidad. Gracias a él, la gente me vio. Gracias a él, dejé de ser invisible. Y gracias a él, aprendí que no importa qué tan jodido estés, qué tan rota tengas la vida o la pierna; siempre, siempre tienes algo que dar. Y a veces, lo que das se te regresa multiplicado por mil.

Capítulo 8: Epílogo (Un Año Después)

Hoy es el aniversario del rescate. El Flaco, el Chuy y los de la cuadrilla vinieron a hacer una carne asada en la azotea (con permiso de Don Rutilio, que hasta se echó un taco). Estamos ahí, riendo, tomando refresco, escuchando cumbias. El Canelo está en medio de todos, esperando que caiga un pedazo de chorizo. —¡Salud por el Canelo! —grita el Flaco, alzando su vaso. —¡Salud! —gritamos todos.

Miro a mis amigos. Miro mi cuarto arreglado. Miro mis manos, que siguen siendo manos de trabajador, pero ya no tiemblan de angustia por el mañana. Me acerco a la orilla de la azotea. Abajo, a unas cuadras, todavía pasa el canal. Sigue llevando agua negra. Sigue siendo peligroso. Pero ya no me da miedo. Porque sé que, si algún día me vuelvo a caer, si algún día la corriente me quiere llevar, no voy a estar solo. Tengo una jauría que me respalda. Y tengo a un perro que me enseñó a nadar contra la corriente.

Acaricio la cabeza del Canelo, que se ha acercado a ver qué miro. —Lo logramos, carnal —le digo al oído—. Lo logramos.

Él ladra una vez. Fuerte. Claro. Un ladrido que suena a victoria. Y ahí, bajo el cielo anaranjado de mi México lindo y querido, me doy cuenta de que este no es un final feliz de cuento de hadas. Es algo mejor. Es un final feliz de la vida real. De esos que huelen a tierra mojada, a esfuerzo, a tacos al pastor y a lealtad inquebrantable.

FIN

Related Posts

Ella caminó sola por las calles peligrosas buscando ayuda; lo que encontramos en ese pequeño departamento cambió mi destino para siempre y me devolvió el corazón que creía perdido.

La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de…

Pensé que lo tenía todo con mi empresa y mi penthouse, pero me faltaba el aire hasta que unos ojos llenos de miedo me mostraron que el verdadero éxito es salvar a quien amas.

La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de…

“Señor, mi mamá no despierta…” La súplica de una niña de 4 años bajo la lluvia que me hizo olvidar mis millones y correr hacia una vecindad olvidada para salvar una vida.

La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de…

¡DE SOLDADO DE ÉLITE A GUARDIA DE SEGURIDAD! El momento en que un General se cuadra ante un humilde vigilante frente a los ricos que lo humillaban. ¡No creerás quién era él realmente! 🇲🇽🪖

“Usted no pertenece aquí, señor Anaya. Este evento es para familias que… bueno, que encajan con el prestigio de la Academia”. Las palabras de la directora me…

“Eres solo un número más”, le dijo ella antes de correrlo. Pero cuando un helicóptero de la Marina aterrizó en el patio de la empresa buscando al “Cabo Martínez”, la jefa entendió que había cometido el error más grande de su vida. 🚁🔥

El sonido de mis botas sobre el concreto de la bodega era lo único que se escuchaba, hasta que ella llegó. Verónica Sterling, la “Dama de Hierro”…

“¿Pagarías a un extraño para que sea tu novio en la boda de tu ex? Yo acepté el trato, pero lo que pasó después frente al altar nadie se lo esperaba. ¡La verdad detrás de este CEO te dejará helado!”

El sol de la tarde pegaba fuerte en la terraza de la Condesa. Yo estaba concentrado en las gráficas de mi tableta, cerrando una adquisición millonaria para…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *