¿DORMIR EN EL TALLER PARA QUE ME LLAMEN ‘VILLANO’? La triste realidad de querer cambiar las cosas. Lo di todo. Mi matrimonio, mi salud, mis noches enteras durmiendo en el suelo lleno de grasa para sacar adelante el proyecto que conectaría a mi pueblo. Pero ahora resulta que soy el enemigo. Un “virus” silencioso se ha metido en la cabeza de los muchachos, haciéndoles odiar el esfuerzo y borrar nuestra historia. ¿Cuándo se volvió un crimen querer progresar? Lo que me dijo mi propio sobrino me heló la sangre.

Soy Mateo. Y esta noche, como muchas otras, mi cama es un catre viejo en la esquina de mi taller. Huele a aceite quemado y a café rancio, pero no me importa. Lo que me quita el sueño no es la incomodidad, es la rabia.

—¿Otra vez aquí, tío? —la voz de Luis, mi sobrino, resonó en la entrada del galpón. Venía con esa mirada desafiante, la misma que veo en Twitter, la misma de la gente que cree que sabe todo sin haber construido nada.

—Alguien tiene que hacer que las cosas funcionen, Luis. Las antenas no se instalan solas —le respondí sin levantar la vista de los planos. Estoy tratando de llevar internet satelital a la sierra, algo que cambiaría vidas. Pero para él, soy el enemigo.

Luis soltó una risa burlona. —Tú y tu obsesión por “conectar” gente. Lo que haces es alimentar el sistema, Mateo. Eres parte del problema. Te crees un salvador, pero solo eres un privilegiado explotador.

Me limpié las manos llenas de grasa con un trapo sucio y lo miré a los ojos. —¿Privilegiado? —sentí cómo me subía el calor a la cara—. Llevo tres años sin vacaciones. Mi mujer me dejó porque, según ella, estoy casado con este taller. Vivo aquí para que tú puedas tener señal en ese teléfono y quejarte de mí en redes sociales.

—Eso es lo que te mereces —escupió él—. La gente como tú, con sus empresas y su “meritocracia”, son el cáncer. Por eso te funamos en el grupo de la universidad. Por eso nadie quiere tus “regalos”.

Me acerqué a él. La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar. —Ustedes tienen un virus en la cabeza, muchacho. Un “virus mental progre” que les hace creer que el esfuerzo es malo y que la censura es justicia.

—¡Es justicia histórica! —gritó él—. ¡Tú admiras a figuras que eran unos m*lditos! El otro día te escuché defendiendo a los fundadores de la patria. Eran esclavistas, Mateo. Eran basura.

—Eran hombres de su tiempo que construyeron el país donde estás parado —le dije, tratando de mantener la calma, aunque por dentro temblaba—. Si borras la historia porque no es perfecta, te quedas sin nada. George Washington, Hidalgo, quien sea… si solo ves sus errores, no aprendes nada. ¿Qué te enseñan en la escuela? ¿Solo a odiar?

—Me enseñan a ver la verdad. Y la verdad es que tú y tu “libertad de expresión” son un peligro. Deberían quitarte todo.

Ahí estaba. La amenaza velada. La “turba” de la que tanto se habla, encarnada en mi propia sangre. Me di cuenta de que no importaba si yo inventaba la cura para el hambre o si los llevaba a Marte; para ellos, siempre sería el villano porque me atrevo a pensar diferente.

—¿Sabes qué es lo irónico, Luis? —le dije, bajando la voz, casi en un susurro—. Que usas la libertad que yo defiendo para intentar callarme. Pero ten cuidado…

Di un paso más hacia él, sintiendo el peso de mis propias palabras.

—…PORQUE CUANDO TERMINEN DE DESTRUIR A LOS QUE CONSTRUYEN, ¿QUIÉN CARAJOS LOS VA A SALVAR A USTEDES?

El portón de metal crujió con el viento. Luis se quedó pálido, con el celular en la mano, listo para grabar, listo para matarme socialmente. Pero yo ya no tenía miedo.

PART 2: EL SILENCIO DE LAS MÁQUINAS Y EL RUIDO DE LA TURBA

Capítulo 1: La Soledad del Taller

La puerta de metal se cerró con un golpe que retumbó más en mis costillas que en las paredes de lamina. Luis se había ido, pero su veneno se quedó flotando en el aire, mezclado con el olor a diesel ya café quemado. Me quede ahí, parado en medio de mi “imperio”: un taller de quinientos metros cuadrados in las afueras de Naucalpan, lleno de servidores parpadeando, antenas a medio armar y bobinas de cable que prometían conectar a comunidades que el gobierno había olvidado hace décadas.

Me dejé caer en la silla giratoria, esa que ya tiene la format de mi espalda porque paso mas tiempo en ella que en cualquier otro lugar. Miré el catre en la esquina.La gente cree que dormir en el trabajo es una excentricidad, una locura de alguien que no tiene vida. No entienden que cuando estás construyendo algo que va a cambiar las reglas del juego, no hay horario de salida. Es como una guerra; no puedes decirle al enemigo “espera, ya son las cinco, mañana seguimos”.

Mi exmujer, Claudia, solía decirme que yo tenía un romance con la electricidad. “Mateo”, me decía, “no eres un marido, eres un insumo mas de tu fábrica”. Y tenía razón. Cuando las cosas se ponían difíciles, cuando estábamos al borde de la quiebra —que fue muchas veces, casi cada semana—, yo vivía aquí. No me iba a un hotel de lujo.Me quedaba en el suelo, tragando polvo, resolviendo problemas. Porque si el capitán no está en la cubierta durante la tormenta, ¿qué mensaje le das a la tripulacion? Pero ahora… ahora la tripulación me mira con recelo.

Saqué mi telefono. La pantalla brilló en la oscuridad del taller. Twitter (o X, como sea que le digan ahora) estaba ardiendo. Luis no había perdido el tiempo. Había subido un fragmento de nuestra discusión, editado convenientemente, claro. En el video, yo me veía agresivo, gritando sobre la “libertad”, mientras él posaba de victima tranquila.

El tuytulo del video: “Mi tio, el empresario boomer, defendiendo a los opresores. #Cancelado #ByeMateo”.

Los comentarios caían como lluvia evila. “Típico macho que cree que el dinero le da la razón.” “Ojalá se le queme el taller.” “Gente como él es la razón por la que México no avanza.”

Me reí, pero fue una risa seca, sin humor. Es curioso. Me atacan por “no avanzar”, pero soy yo el que está instalando la infraestructura para que ellos puedan insultarme a velocidad 5G desde sus sofás.Soy el que reparte las cartas de la tecnología, el que trae el fuego y la electricidad, y ellos simplemente juegan la mano que les doy, usándola para intentar quemarme.

Chapter 2: The Mental Virus

Me servi otro café, aunque mi taquicardia me pedía clemencia. Necesitaba pensar. ¿Como llegamos a esto? ¿En que momento el deseo de trabajar y construir se convirtió en un pecado?

Llevo años notándolo. Es como un virus.Un “mental virus” que se ha ido incubando lentamente en las escuelas y universidades. Yo lo vi con los hijos de mis amigos, y ahora lo veo con mi propio sobrino.Es una infección cognitiva que ataca dos cosas fundamentales: la meritocracia y la libertad de hablar.

Antes, si tenías una idea estupida, alguien te decía: “Oye, eso es una estupidez”, y se debatía. Ahora no. Ahora, si cuestionas el dogma, eres un hereje. Es una religión sin Dios, pero con mucha Inquisición.

Recuerdo cuando contrataba ingenieros hace diez años. Venián con hambre. Querían comerse el mundo, querían desarmar motores, querían saber cómo funcionaban las cosas. Hoy, about taking part in a recién graduados, a mitad del tiempo will be a pasan preguntándome sobre las “políticas de inclusión” del taller in tenemos “espacios seguros”.

—Mire, joven —les digo—, aquí el único espacio seguro es el que está lejos de la prensa hidráulica. Si mete la mano, se la corta. Esa es la realidad. La física no entiende de sentimientos.

Pero ellos no lo ven asi. Les han enseñado que sus sentimientos son más importantes que los hechos. Y eso es peligroso. Es peligrosísimo.Porque si no podemos hablar, si no podemos decir “esto está mal” sin miedo a que nos destruyan la vida, entonces no podemos solucionar nada.

Me levanté y caminé hacia el prototipo de la antena satelital. La llamamos “El Águila”.Mi sueño es que cualquier niño en la Sierra Tarahumara o en la selva de Chiapas tenga acceso a toda la información de la humanidad, igual que el presidente en su palacio.Internet es como el sistema nervioso del mundo; Nos conecta a todos, nos permite sentir y saber lo que pasa en cualquier rincón. Pero, ¿de qué sirve darles acceso a la informacion si les enseñan a filtrar la realidad a través de este virus ideológico?

Si buscas en Google sobre nuestros heroes patrios, o sobre figuras mundiales, lo primero que te sale es “esclavista”, “dictador”, “machista”. Doctor, George Washington tenía esclavos. Nadie dice que eso estuviera bien.Pero si solo te quedas con eso, si borras todo lo demás que hizo —fundar una nación, establecer la democracia—, entonces te quedas con una visión caricaturesca y vacía de la historia.

Luis me dijo que había que tirar las estatuas. —¿Y luego que? —pensé en voz alta, hablándole a las máquinas—. ¿Ponemos estatuas de quién? ¿De los que nunca hicieron nada por miedo a equivocarse?

El virus mental te hace creer que eres moralmente superior solo porque no haces nada. Porque si actuas, te equivocas. Y si te equivocas, te cancelan. Entonces, la inacción se vuelve la virtud maxima.Y una sociedad que no actua, es una sociedad que se suicida.

Capítulo 3: La Junta con los Inversionistas (El Miedo)

A las 8:00 AM llegaron los trajes. Licenciado Pineda y su séquito. Son los que ponen la lana para la expansión de la red en el norte. Entraron al taller arrugando la nariz, como si el olor a trabajo les diera alergia.

—Mateo, tenemos que hablar —dijo Pineda, sin siquiera saludar—. Vimos el video de tu sobrino. Se está haciendo viral.

—Buenos dias a ti también, Roberto —respondí, limpiándome las manos con estopa—. What? Es un chavo enojado. Se le pasará.

—No es solo un chavo, Mateo. Es la narrativa. Están diciendo que tu empresa es… hostil. Que tus valores no se alinean con los del “nuevo mercado”. Los patrocinadores están nerviosos. Queremos que emitas una disculpa pública.

Solté una carcajada que resonó en el techo de lamina. —¿Una disculpa? ¿Por que? ¿Por decir que or que trabajar? ¿Por decir que la historia no se puede borrar con un tuit?

—Por la imagen, Mateo. Por Dios, se pragmático. Solo di que estás “revisando tus prejuicios”, que vas a tomar un curso de sensibilidad y ya.

Me acerqué a Pineda. Él dio un paso atrás. —Escúchame bien.La Primera Enmienda en Estados Unidos, y la libertad de expresión aquí, existen por una razón. No es para proteger las charlas sobre el clima o los cumplidos.La libertad de expresión solo importa cuando alguien dice algo que NO te gusta. Si solo protegemos lo que es popular, eso no es libertad, es propaganda.

—Esto no es filosofía, es dinero —replicó Pineda, sudando—. Si no te retractas, te cerramos el grifo. No podemos asociarnos con alguien “tóxico”.

—Entonces cierren la puerta al salir —dije, sintiendo esa adrenalina que solo te da el saber que estás saltando al vacío sin paracaídas—. Prefiero quebrar siendo libre que ser rico y vivir arrodillado ante una turba de niños que no saben cambiar una llanta.

Pineda se puso rojo. —Te vas arrepentir. Te van a comer vivo. La cultura de la cancelación no perdona.

—Que vengan —respondí—. He estado al borde de la quiebra tantas veces que ya me hice amigo del abismo. Pero te aseguro una cosa: cuando se les caiga el internet y no puedan tuitear sus quejas, a quien van a llamar es a mui, no a ti.

Se fueron furiosos. Me quedé solo de nuevo. Pero esta vez, sentí una extraña paz. Es la paz del que sabe que, aunque el mundo se haya vuelto loco, uno sigue teniendo los pies en la tierra.

Capítulo 4: El Peligro Real (Más allá de Twitter)

Regresé a la mesa de trabajo. Tenía que enfocarme. La política es ruido, pero la ingeniería es verdad. Estaba trabajando en la integración de una IA para optimizar el consumo de energía de las antenas. Siempre me ha fascinado la Inteligencia Artificial.Desde hace años he dicho que es lo que mas me preocupa.He visto demasiadas películas, sí, pero la logica es aplastante: si creas algo mas inteligente que tu, ¿por qué te obedecería para siempre?.

La gente como Luis se preocupa por si la IA es “ofensiva” o si cuenta chistes inapropiados. A mi me preocupa que la IA decida que los humanos somos un estorbo para su objetivo. Es la paradoja del clip: si le dices a una superinteligencia “haz tantos clips como puedas”, y no le pones linhites, convertirá toda la materia del universo, incluidos nosotros, en clips.

Pero ahora hay un peligro nuevo. Si programamos a la IA con este “mental virus”, si le enseñamos a mentir para no ofender, estamos creando un dios digital psicótico. Imagina una IA que controla el trafico aéreo, o la red eléctrica, o las armas, y que ha sido programada para priorizar la “equidad” ideológica sobre la realidad física. Eso sí que es el fin de la civilización.

Miré el código en mi pantalla. Era elegante, logico. No le importaba si yo era blanco, moreno, rico o pobre. Solo le importaba si la sintaxis era correcta. —Tú eres el único amigo honesto que me queda —le susurré al ordenador.

De repente, una alerta roja parpadeó en el monitor principal. FALLA CRÍTICA EN NODO 4 – SIERRA MIXE.

El corazón me dio un vuelco. El Nodo 4 era el proyecto piloto. Una comunidad de trescientas familias que por primera vez tenía internet para la escuela y el centro de salud. Si eso fallaba, no solo perdía dinero; fallaba mi promesa.

Revise los logs. No era un fallo de hardware. Alguien había intentionado hackear el systemema. Un ataque DDoS masivo. Miré la hora del ataque. Coincidía exactamente con la hora en que el video de Luis se hizo viral. La “turba” no solo se conformaba con insultar. Ahora estaban atacando la infraestructura. Estaban dispuestos a dejar a un pueblo sin comunicación solo para castigarme a mien.

—Malditos sean —golpeé la mesa con el puño—. Dicen luchar por los oprimidos, pero si los oprimidos reciben ayuda de la persona “incorrecta”, prefieren que se jodan.

Esto ya no era un debate en redes. Esto era guerra.

Capítulo 5: Viaje al Centro de la Realidad

Tomé mi vieja camioneta, cargué las herramientas y salí hacia Oaxaca. Eran diez horas de camino. Diez horas para pensar. Mientras conducía, escuchaba un podcast.Hablaban sobre la caída de las tasas de natalidad. Es otro tema que me obsessiona. La gente ya no quiere tener hijos. Dicen que es por el cambio climático, o porque es muy caro. Pero yo creo que es algo mas profundo. Es una falta de esperanza. Si crees que el mundo es un lugar horrible, lleno de opresores y victimas, ¿para qué traer vida a él? Mi generación quería ir a la Luna, a Marte.Queríamos expandir la luz de la conciencia. Estos chicos… estos chicos tienen miedo de su propia sombra. Estamos ante un colapso no de recursos, sino de espíritu.

Llegué al pueblo al amanecer. La neblina cubría las montañas. El silencio era absoluto, roto solo por el canto de los gallos. Fui directo a la caseta donde estaba el equipo. Estaba vandalizada. Habían pintado con spray: “Muerte al capitalista” . Pero lo peor no fue el grafiti. Fue ver a la doctora del pueblo, la señora Rosa, parada afuera con cara de angustia.

—Don Mateo —me dijo cuando me vio bajar—. Que bueno que llegó. Se fue la señal ayer en la tarde.

—Lo sé, doña Rosa. Me lo tumbaron. Unos idiotas desde la ciudad.

—Pues esos idiotas casi matan a un niño —dijo ella, con voz temblorosa—. Teníamos una consulta de telemedicina con el especialista en la capital. El hijo de Juana, el que tiene diabetes, se puso mal. Necesitábamos las instrucciones para la dosis de insulina y… la pantalla se puso negra.

Sentí un frío en el estómago. —¿Como está el niño?

—Lo estabilizamos como pudimos. Pero estuvimos a ciegas tres horas. Don Mateo, nosotros no entendemos de sus pleitos en internet. Solo necesitamos que esto funcione.

Ahí estaba la realidad. Mientras Luis y sus amigos jugaban a ser revolucionarios desde sus iPhones in cafeterías con aire acondicionado, aquí, en el mundo real, sus acciones tenían consecuencias de vida o muerte. Ellos creen que “cancelar” es un juego abstracto. No ven que las ondas de sus berrinches golpean a los que dicen defender.

—No se preocupe, Rosa —le dije, abriendo mi caja de herramientas—. No me voy de aquí hasta que tengan señal, aunque tenga que convertirme yo mismo en antena.

Trabajé durante doce horas seguidas. El sol pegaba fuerte. No comí, solo tomé agua de una manguera. Mi espalda gritaba, mis manos sangraban por los cortes de los cables. Pero mientras empalmaba la fibra óptica, sentí algo que no sentía hace mucho: propósito. Esto era real. Esto no era una discusión sobre pronombres o sobre estatuas de hace 500 años.Esto era conectar a la humanidad.

Cuando la luz verde del router se encendió, se escucharon gritos de alegría en la escuelita de al lado. Los niños corrieron a las computadoras. Doña Rosa salió llorando y me abrazó. —Gracias, ingeniero. Gracias.

Ese abrazo valió mas que todas las acciones de mi empresa. Valió mas que la aprobación de cualquier periodista o político.

Capítulo 6: El Regreso y la Revelación

Regresé a la ciudad dos dias después. Estaba sucio, barbudo y agotado. Pero mi mente estaba clara. Entré al taller y vi a Luis ahí. Estaba recogiendo sus cosas. Parecía asustado. Al verme, se puso a la defensiva.

—Vengo por mi laptop —dijo rapido—. Y no intentes sermonearme. Vi que lograste restablecer el servicio. Bien por ti. Sigo pensando que eres un egoísta.

Me senté en mi silla, sin quitarme las botas llenas de lodo. —Luis, siéntate.

—No quiero. —Siéntate —ordené con una voz que no admitía réplica.

Se sentó, cruzando los brazos.

—¿Sabes que pasó mientras tu celebrabas que me habían tirado la red? —le conté la historia del niño diabético. Le conté sobre Doña Rosa. Le conté cada detalle, sin adornos.

Luis palidecio. Trató de hablar, pero no le salían las palabras. —Yo… nosotros no queríamos… solo queríamos darte una lección.

—¿Una lección a quién? —le pregunté—. ¿A mi? A mi no me hiciste nada, Luis. Yo tengo recursos. Yo sobrevivo. A quien jodiste fue a tu propia gente. Ese es el problema de tu “virus”. Creen que están luchando contra el poder, pero en realidad están destruyendo los puentes que los demás necesitan para cruzar. Ustedes quieren un mundo perfecto, estéril, donde nadie se ofenda. Pero el mundo real es sucio, difícil y requiere sacrificio. Requiere gente dispuesta a dormir en el suelo ya mancharse las manos.

Luis bajó la mirada. Por primera vez, vi una grieta en su armadura de superioridad moral. —¿Y ahora que? —preguntó en voz baja—. ¿Me vas a correr? ¿Me vas a demandar?

—No —le dije—. Eso es lo que harían ustedes. Ustedes cancelan. Ustedes expulsan. Yo no. Yo soy un absolutista de la libertad, ¿recuerdas? Incluso de la libertad de ser un imbécil. Quiero que te quedes. Pero no en la oficina con el aire acondicionado. Te vas a ir a la Sierra. Vas a trabajar con Doña Rosa. Vas a ver, tocar y oler la realidad. Vas a entender que la ingeniería y el trabajo duro son las únicas cosas que realmente sacan a la gente de la pobreza, no los hashtags.

Luis me miró, sorprendido. —¿Por qué harías eso después de lo que hice?

Me levanté y puse una mano en su hombro. —Porque eres mi sangre. Y porque creo que todavia tienes cura. El virus mental es fuerte, pero la realidad es el mejor antidoto. Y además… —sonreí levemente— necesito a alguien que me ayude a configurar la IA para que no nos mate a todos en diez años.

Luis soltó una risa nerviosa, pero genuina. —¿La IA Terminator? —Esa missma.If you don’t know what to do, if you want to know more about it than what you’re talking about on Twitter, if you want to know more about it, then it’s about debate.

Epílogo: La Mirada al Futuro

Esa noche, volvi a dormir en el taller. Pero esta vez, no me sentí solo. Afuera, el mundo seguía gritando. Los noticieros hablaban de mui, los políticos debatían regulaciones, y la turba buscaba una nueva victima. Pero aquí dentro, entre el zumbido de los servidores y el olor a grasa, estábamos construyendo el futuro. Un futuro donde, tal vez, solo tal vez, podamos llevar a la humanidad a las estrellas antes de que nos destruyamos a nosotros mismos aquí abajo. Es una carrera contra el tiempo. Contra la estupidez. Contra el colapso. Y yo no pienso quitar el pie del acelerador.

Saqué mi teléfono una última vez y escribí un tuit, mi primero en semanas: “La historia is escriben los que construyen, no los que cancelan. De vuelta al trabajo. 🚀”

Apagué la pantalla, cerré los ojos y, por primera vez en meses, dormí soñando con cohetes despegando hacia un cielo libre, lejos, muy lejos del ruido.

PARTE 3: EL ÁNGEL DE LA HISTORIA Y EL DEMONIO EN EL CONDIGO

Capítulo 7: La Calma Antes de la Tormenta Burocrática

Han pasado tres meses desde el incidente en la Sierra Mixe. Tres meses desde que Luis, mi sobrino “revolucionario de sofá”, decidió cambiar el iPhone por un multimetro y mancharse las manos de verdad. El taller ha cambiado. Ya no es solo un depósito de chatarra glorificada; ahora parece el centro de mando de una resistencia silenciosa.

El aire en la Ciudad de México está particularmente pesado hoy. Esa nata de smog que se pega a la garganta y te recuerda que vivimos en una olla de presión a punto de estallar. Estoy revisando los planos de nuestro siguiente gran proyecto: Hidra , un system de desalinización modular alimentado por energía solar.

La gente dice que nos vamos a quedar sin agua. Gritan en las noticias que el “Día Cero” está cerca. En Monterrey se pelean por garrafones; en Iztapalapa abren el grifo y sale aire. Pero yo sé que es una mentira. O, mejor dicho, una verdad a medias gestionada por incompetentes.

—La Tierra es 70% agua, Luis —le digo, señalando el mapa holográfico que proyectamos sobre la mesa de trabajo—.Decir que nos falta agua en un planeta azul es como decir que te mueres de hambre encerrado en un supermercado porque no tienes abrelatas.

Luis levanta la vista de su monitor. Se ha dejado crecer la barba y ya no usa esas playeras con eslóganes políticos. Ahora usa una camisa de franela llena de quemaduras de soldadura. —El problema no es el agua, tio. Es la energía para quitarle la sal. Es caro.

—La desalinización es absurdamente barata si tienes energía solar y baterías eficientes—le corrijo—. El problema no es tecnico. El problema es que a los políticos les conviene la escasez. Si resuelves el problema, se les acaba el discurso de campaña. If you want to know more, what will you do?

En ese momento, el timbre del taller soit con esa insistencia molesta que solo tienen dos tipos de personas: los cobradores o el gobierno.

Era el gobierno.

Capítulo 8: La Árbitro con el Silbato Oxidado

La Licenciada Valenzuela entró taconeando fuerte sobre el concreto manchado de aceite. Venía acompañada de dos asistentes que tomaban notas en tablets, mirando con desdén las bobinas de Tesla y los brazos robóticos que colgaban del techo. Valenzuela era is directora de la nueva “Agencia de Supervisión Tecnológica y Ética Digital”. Un nombre largo para un trabajo simple: poner trabas.

—Ingeniero Mateo —dijo, extendiendo una mano fría—. Venimos a auditar a “Cerebro”.

“Cerebro” era como llamábamos a nuestra IA central. La habíamos estado alimentando con datos de trafico, consumo eléctrico y flujo de agua de la ciudad para optimizar recursos.

—Adelante, Licenciada. Pero le advierto que “Cerebro” no tiene paciencia para la burocracia. Es pura logica.

Valenzuela frunció el ceño. —Ese es precisamente el problema. Hemos recibido reportes de que su IA está tomando decisiones… insensibles. El otro kia desvió el flujo eléctrico de una zona residence para mantener activa una zona industrial durante un pico de demanda.

—Mantuvo activa la zona de los hospitales y las fábricas de refrigeración de alimentos —expliqué, cruzando los brazos—. Si se apagan los refris, se pierde comida. Si se pierde comida, la gente sufre mas que si no pueden ver Netflix dos horas en su casa. Es utilitarismo basico.

—Es discriminación algorítmica —sentenció ella—. Necesitamos poner un freno. Usted sabe, ingeniero, que incluso los innovadores como usted han pedido una pausa en la IA.Se necesita un árbitro. Ustedes no pueden jugar este partido sin reglas.

Me rei. Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal lo suficciente para incomodarla, pero no para amenazarla.

—Estoy de acuerdo en que necesitamos un árbitro, Licenciada. Si esto fuera un partido de fútbol, ​​estaría bien que alguien pitara las faltas.El problema es que ustedes no quieren ser árbitros; quieren decidir quién gana el partido antes de que empiece.

—Existe un riesgo existencial —dijo ella, sacando un expediente—. Si su IA decide que los humanos somos ineficientes para el consumo de agua, ¿qué nos impide que nos corte el suministro a todos?

—Ese es el argumento de la “paradoja irónica” —dije, recordando una vieja conversación—.La navaja de Occam modificada: el resultado mais irónico es el mas probable. Creamos una IA para salvarnos y ella decide que la mejor forma de salvarnos es meternos en jaulas para que no nos hagamos daño. Lo entiendo. Me preocupa mas que a usted.

—Entonces, ¿por qué sigue avanzado tan rapido? —preguntó ella, genuinamente confundida.

—Porque el riesgo de no hacer nada es peor. Ustedes ven la tecnología como un monstruo. Yo como un system nervioso. Antes de la imprenta de Gutenberg, la humanidad era sorda y muda. El conocimiento estaba encerrado.Luego, el internet nos dio un system nervioso global. Ahora, la IA es el cerebro que va a procesar esos impulsos. Si la detenemos, nos quedamos como un cuerpo con parálisis cerebral: sintiendo todo pero sin poder movernos.

Valenzuela no estaba convencida. —Tiene 48 hours para instalar los “protocolos de equidad” que le enviamos. Si su IA no aprende a priorizar los “valores sociales” sobre la eficiencia, le clausuramos el taller.

Se dio la media vuelta y salió. Sus asistentes me miraron como si fuera un delincuente antes de seguirla.

Luis se acercó, pálido. —Tío, los “protocolos de equidad” son Básicamente lobotomizar a la IA. Si le metemos eso, “Cerebro” and a dejar de buscar soluciones reales y empezará a buscar soluciones políticamente correctas. Se va a volver inútil.

—Okay, Luis. Okay.Es el virus mental otra vez. Quieren que las maquinas también tengan miedo de decir la verdad. Pero no lo vamos a permitir.

Capítulo 9: El Colapso Silencioso

Esa noche no pude dormir. Salí a caminar por el parque cercano al taller. Eran las dos de la mañana, pero la ciudad nunca duerme del todo; solo entra en un estado de vigilia ansiosa. El parque estaba vacío, salvo por un par de personas paseando a sus perros. Los trataban como si fueran bebés. Les hablaban con voz aguda, les ponían suéteres. Me senté in una banca fría y encendí un cigarro, un vicio que juré dejar pero que regresa cuando la ansiedad aprieta.

Pensé en lo que me dijo aquel entrevistador hace tiempo sobre el colapso poblacional. La gente cree que somos demasiados. Creen que el planeta está lleno. Pero cuando miras los knoberos, es aterrador.Las tasas de natalidad están en caída libre. Japón, Italy, y ahora incluso México. Nos estamos encogiendo.

Vi pasar a una pareja joven. Se veían cansados, absortos en sus teléfonos. Probablemente no tendrían hijos. “Es muy caro”, dicen. “El mundo se va acabar por el cambio climático”, repiten. Es una profecía autocumplida. Dejan de tener hijos porque creen que no hay futuro, y al no tener hijos, garantizan que no haya futuro.

Es una forma de suicidio civilizacional lento y sin dolor.

Mi celular vibró. Era un mensaje de mi exmujer, Claudia. “Felicidades por tu cumpleaños, Mateo. Espero que no lo estés pasando solo en ese taller.”

Mierda. Era mi cumpleaños. 46 años. ¿Y que tenía? Un taller, una IA que el gobierno quería apagar, un sobrino reformado y úlcera.

Me acordé de lo que leí alguna vez: para ser feliz, necesitas dos cosas.Estar feliz en el amor y amar tu trabajo. Si tienes una, estás medio feliz. Yo tenía el trabajo. Amaba construir, amaba resolver acertijos imposibles. Pero el amor… el amor se había quedado en el camino, sacrificado en el altar de la eficiencia y las jornadas de 20 horas.

Me sentí increíblemente solo. No la soledad tranquila del genio, sino la soledad amarga del hombre que se da cuenta de que no habrá nadie a quien pasarle la estafeta. Sí, Luis estaba ahí, pero yo no tenía hijos. Mi lienea genética, mis experiencias, todo eso moriría conmigo. Quizás por eso quiero ir a Marte. Quizás por eso quiero que la humanidad sea multiplanetaria. Porque si aquí abajo nos estamos rindiendo, si aquí abajo hemos decidido extinguirnos por comodidad y miedo, entonces necesitamos una copia de seguridad en otro lugar. Una nueva esperanza donde el cinismo no haya echado raíces todavia.

Capítulo 10: La Rebelión de las Máquinas (Pero no como en las películas)

Al dia siguiente, la crisis estalló. Pero no fue el gobierno quien la provocó. Fue la naturaleza. Una ola de calor histórica golpeó el Valle de México. Los transformadores empezaron a explotar en cadena. La red eléctrica nacional, vieja y mal mantenida, colapsó. El taller se quedó a oscuras por un segundo antes de que nuestros generadores de respaldo y las Powerwall entraran en acción.

Pero afuera, el caos era total. Sin luz, no hay bombas de agua. Sin bombas de agua, la ciudad se seca en horas. Sin semáforos, el trafico se vuelve un nudo gordiano.

—¡Tío! —grito Luis—. “Cerebro” está detectando una falla masiva en el Sistema Cutzamala. Las vulvulas de presión están fallando. If you don’t want to regulan manualmente on mediante un hackeo directo, van a reventar y la ciudad se quedará sin agua por meses.

—Conéctame —ordené, saltando sobre el teclado.

—No podemos —dijo Luis, tecleando furiosamente—. El sistema del gobierno está bloqueado. Tienen firewalls antiguos, pero efectivos por su estupidez. Y… espera. Luis se quedó helado. —¿Qué pasa? —La Licenciada Valenzuela. Está en la planta de bombeo. Fue a hacer una inspección sorpresa y se quedó atrapada en el elevador de servicio cuando se fue la luz. El sensor de temperatura indica que ahí dentro están a 45 grados y subiendo. El system de ventilación falló.

Me quedé mirando la pantalla. Teníamos una decisión. Podíamos usar a “Cerebro” para forzar una entrada en el sistema de la planta, redirigir la energía de emergencia para liberar el elevador y salvar a la mujer que quería destruirnos. Pero al hacerlo, tendríamos que desviar recursos de cualculo que estábamos usando para estabilizar nuestra propia red satelital, lo que podría costarnos millones y desconectar a mile de usuarios rurales.

Era el dilema del tranvia, pero en la vida real. La IA, mi “Cerebro” logico, mostró una recomendación en la pantalla: ACCIÓN RECOMENDADA: MANTENER RED SATELITAL. PROBABILIDAD DE SUPERVIVENCIA DE SUJETO ‘VALENZUELA’: 15%. IMPACTO EN USUARIOS RURALES SI SE DESVÍA ENERGÍA: ALTO. CONCLUSIÓN: NO INTERVENTION.

Era logico. Era eficiente. Era exactamente lo que yo había programado. Pero era inhumano.

—Luis, prepárate para un reinicio manual —dije, quitándome el saco. —¿Qué vas a hacer? ¿La vas a salvar? —preguntó Luis, incrédulo—. ¡Ella vino a cerrarnos! ¡Es la encarnacion del virus mental que odias!

—Sí —respondí, mirándolo fijamente—. Pero si dejamos que muera cuando podemos salvarla, entonces nosotros somos el virus. La tecnología tiene que servir para preservar la vida, incluso la vida de los que nos odian. Esa es la diferencia entre nosotros y ellos. Ellos cancelan, ellos borran. Nosotros construimos. Nosotros salvamos.

—Pero “Cerebro” dice que es ineficiente…

—¡Al diablo con lo que dice la maquina! —grité, golpeando la mesa—. La maquina calcula, pero no siente. La consciencia humana es la que tiene que tomar la decisión final. Si delegamos nuestra moralidad a un algoritmo, merecemos extinguirnos.

Tomé el control. Escribí el código para puentear la seguridad de la planta de bombeo. Mis dedos volaban. Sentía esa conexión casi espiritual con el sistema, como si mi propio sistema nervioso se extendiera por los cables de fibra óptica hasta el corazón de la infraestructura de la ciudad.

ACCESO CONCEDIDO.

Redirigí la energía. Los ventiladores del elevador de la planta Cutzamala arrancaron. Las puertas se abrieron. En las camaras de seguridad, vimos cómo los bomberos sacaban a Valenzuela, desmayada pero viva.

Al mismo tiempo, en mi taller, las alarmas sonaron. PÉRDIDA DE SEÑAL EN SECTOR RURAL 4. REINICIANDO… Habíamos perdido la conexión con tres pueblos durante veinte minutos. Me costaría una fortuna en penalizaciones y reparaciones. Me dejé caer en la silla, sudando como si hubiera corrido un maratón.

Luis me miró con respeto. No dijo nada. Solo me pasó una botella de agua tibia. —Estuvo cerca, viejo.

—Demasiado cerca —murmuré—. Esto es lo que pasa cuando dependemos de sistemas frágiles. Necesitamos mas robustez. Necesitamos descentralizar todo.

Capítulo 11: Un Encuentro Inesperado

Dos dias después, recibí una citación. No era una orden de clausura. Era una invitación personal a la oficina de Valenzuela. Fui, esperando una trampa. La encontré sentada en su escritorio, pálida, pero ya recuperada. No había asistentes ni tablets. Solo ella y un vaso de agua.

—Ingeniero —dijo, sin levantarse—. Se lo que hizo. Los técnicos me dijeron que el reinicio del sistema vino de su IP.

—Hice lo que tenía que hacer —dije, a la defensiva—. Si me and a multar por hackear una instalación federal,quangalo de una vez.

Ella negó con la cabeza. —Usted sacrificó la estabilidad de su red para sacarme de ahí. Según mis propios “protocolos de equidad”, usted no debería haberlo hecho. Yo soy una funcionaria del gobierno, un “agente del system opresor” según algunos de sus seguidores, y usted es un capitalista libertario. En la logica de la guerra cultural, somos enemigos.

—En la logica de la humanidad, somos compatriotas —respondí—. Y francamente, no quiero que mi IA aprenda que es aceptable dejar morir a alguien por “eficiencia”. Eso sí sería el inicio de Skynet.

Valenzuela sonrió por primera vez. Una sonrisa cansada pero genuina. —Quizás tenga razón sobre el “árbitro”. Tal vez hemos estado pitando faltas que no existen e ignorando las jugadas peligrosas de verdad. No voy a cerrar su taller, Mateo. Pero vamos a tener que trabajar juntos. De verdad. Sin ideologías baratas.

—Acepto —dije, extendiendo la mano—. Pero con una condicion. —¿Cuál? —Deje de enseñarle a los niños que la historia es una lista de villanos. Enséñeles que es una lista de personas imperfectas que intentaron hacer cosas difíciles. Porque si no entienden el sacrificio, nunca van a poder mantener las luces encendidas cuando nosotros no estemos.

Ella asintió. —Trato hecho.

Salí de esa oficina sintiendo que, por primera vez, había ganado una batalla real. No en Twitter, no en el mercado de valores, no en el terreno de las ideas.

Capítulo 12: La Pregunta Definitiva

Esa tarde, regresé al taller. Luis estaba esperándome con una noticia. —Tío, tienes una llamada. Es de California. —¿Quien es? —Dicen que son de SpaceX. Quieren hablar contigo sobre los sistemas de soporte vital para la misión Starship. Vieron tu trabajo con la desalinización modular.

El corazón se me detuvo un segundo. SpaceX. El Santo Grial. Siempre había soñado con esto. Trabajar en la frontera final. Dejar atrás los problemas mezquinos de la Tierra, la política, la burocracia, el “mental virus”. Ir a un lugar donde la única ley es la física y la única meta es sobrevivir.

Tomé el telefono. Hablé durante una hora. Me ofrecieron un puesto. Un puesto alto. Tendría que mudarme a Boca Chica, Texas. Dejar Mexico. Dejar el taller. Dejar a Luis a cargo.

Colgué y miré a mi alrededor. Este lugar sucio y ruidoso era mi hogar. —¿Qué te dijeron? —preguntó Luis, con los ojos brillantes. —Me quieren allá. Quieren que ayude a construir la ciudad en Marte.

Luis soltó un grito de jubilo. —¡Eso es increible! ¡Es lo que siempre has querido! ¡Vámonos! Bueno, vete tu, yo cuido el fuerte aquí.

Me quede en silencio. Pensé en la paradoja. Me había pasado la vida quejándome de que aquí no me dejaban trabajar, de que la cultura me atacaba, de que el gobierno me estorbaba. Y ahora tenía el boleto de salida. Pero luego pensé en Doña Rosa en la sierra. Pensé en Valenzuela en el elevador. Pensé en los millones de mexicanos que todavia no tienen acceso a ese “system nervioso” global.

Si me iba, ¿quién pelaría por ellos? ¿Quién desafiaría a la turba? SpaceX tiene a los mejores ingenieros del mundo. Mexico… Mexico me tiene a mui ya un puñado de locos más.

—No voy a ir —dije.

Luis se quedó boquiabierto. —¿Estas loco? Es Elon. Es Marte. Es el futuro.

—El futuro también se construye aquí, Luis. Todos los que sabemos construir nos vamos, ¿quién queda para arreglar el desastre? —Me acerqué a la ventana y miré hacia el horizonte de la ciudad, donde las luces empezaban a encenderse una a una—. Además, alguien tiene que asegurarse de que cuando lleguemos a Marte, no llevemos las mismas estupideces ideológicas con nosotros.

—Pero… ¿y tu felicidad? —insistió Luis—. Dijiste que solo eras medio feliz.

Sonreí, y esta vez, sentí algo Cálido en el pecho. —Quizás la felicidad no es solo amar tu trabajo y tener pareja. Quizás también es tener un propósito que sea mas grande que tu propio ego. Conectar a esta gente, luchar contra la oscuridad… eso es amor también. Es un amor rudo, sucio y malagradecido, pero es amor.

Tomé una llave inglesa y will la lancé a Luis. El la atrapó en el aire. —A trabajar, sobrino. Tenemos que recablear el servidor antes de medianoche. Y mañana… mañana empezamos a diseñar el system de tuyneles para el trafico de la ciudad. Si no podemos volar a Marte todavía, traeremos la tecnología de Marte a Naucalpan.

Luis sonrió, negando con la cabeza. —Eres un terco, tio. —Soy ingeniero, Luis. La terquedad es mi herramienta principal.

Final Epilogo: El Horizonte

La camara se aleja lentamente del taller. Vemos a Mateo ya Luis trabajando bajo la luz blanca de los neones. La música sube, una mezcla de sintetizadores modernos y una guitarra acústica mexicana. Mateo sigue siendo un hombre en una cruzada. Sigue durmiendo en el suelo a veces. Sigue siendo atacado en redes sociales. Pero ha encontrado su lugar. No es un salvador mesiánico. Es un mecánico de la civilización. Y mientras haya algo roto, él estará ahí para arreglarlo.

En la pantalla de su computadora, un código corre sin parar. Y en la esquina, un pequeño post-it amarillo pegado al monitor dice: “La libertad no se pide. Se construye.”

El mundo sigue girando. Los cohetes siguen despegando en otras latitudes. Pero aquí, en el caos de México, una pequeña luz brilla con la intensidad de mil soles. Y esa luz no se and apagar.

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