
La neblina bajaba espesa esa noche sobre la carretera libre a la sierra, cubriendo los pinos y mi vieja fonda como un sudario gris. No pasaba ni un alma.
Soy Mateo. La guerra y los años en el ejército me dejaron cicatrices que no se ven, y preferí este silencio. Solo el sonido de la plancha caliente y la respiración de Capitán, mi Pastor Alemán, bajo el mostrador. Él es el único que entiende por qué duermo con un ojo abierto.
Esa tarde, el cansancio me ganó. Mis manos, curtidas y dolidas por el frío, temblaban al sostener el plumón. Escribí en un cartón: “SE BUSCA AYUDA. PAGO DIARIO”. Lo pegué en la ventana empañada, donde apenas se veía con las luces de los tráileres que pasaban zumbando.
Estaba a punto de cerrar, con las sillas ya sobre las mesas, cuando la campana de la puerta sonó. Un sonido débil, casi ahogado por el viento helado.
Capitán levantó la cabeza de golpe. Orejas arriba. Cuerpo tenso.
Una chica estaba parada en el umbral. No tendría más de 25 años. El frío se le metía hasta los huesos, pero no era eso lo que la hacía temblar. Llevaba una chamarra negra barata, demasiado delgada para este clima, y unos tenis llenos de lodo.
—Ya cerramos —dije. Mi voz salió más dura de lo que quería. Es la costumbre. En estos rumbos, uno aprende a no confiar.
Ella tragó saliva. Sus ojos, grandes y oscuros, recorrían el lugar como si buscara salidas de emergencia.
—Lo sé —su voz era un hilo roto—. Solo… vi el letrero.
Capitán salió de su rincón. Normalmente, si alguien entra así a estas horas, él gruñe. Un aviso grave, de esos que te vibran en el pecho. Pero esta vez, no. Se quedó quieto, observándola con esa precisión militar que nunca perdió.
Vi sus manos. Rojas, agrietadas. Y vi algo más: un moretón asomando bajo la manga de su chamarra. Un mapa de v i o l e n c i a que yo conocía demasiado bien. Venía huyendo. De algo. De alguien.
—No busco problemas —dijo ella, dando un paso atrás, lista para correr de nuevo hacia la oscuridad—. Solo necesito chamba. Puedo limpiar, cocinar… lo que sea.
El silencio en la fonda pesaba toneladas. Yo sabía que si la dejaba salir por esa puerta, la noche o los d e m o n i o s que la perseguían se la tragarían viva.
Miré a Capitán. El perro dio dos pasos lentos hacia ella y, para mi sorpresa, se sentó a sus pies, dándole la espalda a la puerta. Montando guardia.
Ella se quedó paralizada.
—El perro no muerde —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. A menos que yo se lo ordene. O a menos que huela el miedo de alguien que no debería estar aquí.
Ella levantó la vista y, por primera vez, vi la desesperación cruda en su rostro.
—Me llamo Lucía —susurró—. Y creo que me vienen siguiendo.
SABÍA QUE MI TRANQUILIDAD SE HABÍA TERMINADO EN ESE INSTANTE, PERO AL VER CÓMO CAPITÁN LA PROTEGÍA, SUPE QUE NO TENÍA OPCIÓN. ¿QUÉ HARÍAS TÚ SI EL PELIGRO LLAMA A TU PUERTA?
PARTE 2
Esa frase, “creo que me vienen siguiendo”, se quedó colgada en el aire, más pesada que la misma neblina que envolvía la fonda. Fue como si alguien hubiera bajado el interruptor de la realidad y de pronto, todo el cansancio que yo sentía en los huesos desapareció, reemplazado por esa electricidad vieja y conocida. Esa adrenalina sucia que te recorre la espina dorsal cuando sabes que el p e l i g r o ya no es una posibilidad, sino una certeza que viene en camino.
No le pregunté quién. No le pregunté por qué. En la sierra, esas preguntas sobran cuando ves el terror en los ojos de alguien.
Me moví rápido. Mis rodillas tronaron, pero ignoré el dolor. Fui directo a la puerta principal. El cerrojo era una barra de hierro oxidado que yo mismo había soldado hace años. Lo deslicé con fuerza. El clack metálico resonó como un disparo en el silencio del comedor vacío. Giré la llave, esa llave que casi nunca usaba porque aquí nunca pasaba nada, y luego bajé la persiana metálica del frente. El ruido fue escandaloso, un estruendo de lámina vieja que hizo que Lucía saltara en su lugar, encogiendo los hombros como si esperara un g o l p e.
—Tranquila —dije, tratando de suavizar mi voz, aunque me salió rasposa, como lija—. Solo estoy asegurando el perímetro. Nadie entra aquí si yo no quiero.
Me di la vuelta para mirarla bien. Ahí estaba, parada en medio de mi local, rodeada de mesas de formica gastada y sillas de plástico de una marca cervecera. Se veía tan fuera de lugar, tan frágil. Capitán seguía a sus pies, una estatua de pelo y músculo, con la mirada fija en la puerta, pero el cuerpo recargado ligeramente contra las piernas de ella. El perro sabía. Siempre sabía.
—Ven —le hice un gesto con la cabeza hacia la barra—. Si te quedas ahí parada te vas a congelar, y no tengo gas para calentar todo el lugar. La cocina es lo único caliente ahorita.
Ella dudó. Sus ojos oscuros escanearon el espacio de nuevo, buscando trampas. Es lo que hace la gente que ha vivido con miedo mucho tiempo: desconfían hasta de la mano que les ofrece agua. Pero luego miró al perro, y algo en la calma de Capitán le dio el valor que le faltaba. Caminó despacio, arrastrando esos tenis llenos de lodo que dejaban huellas marrones sobre mis losetas blancas y quebradas.
No me importó el piso. Ya lo limpiaría luego, si es que sobrevivíamos a la noche.
Entró a la cocina detrás de mí. Es un espacio estrecho, saturado de olores: grasa vieja, cebolla frita, frijoles y café. Para mí huele a hogar, o a lo más cercano que tengo a uno. Para ella, debió oler a refugio.
—Siéntate ahí —le señalé un banco de madera descarapelada cerca de la estufa industrial. Los pilotos estaban encendidos, lanzando un calorcito constante.
Ella se sentó, abrazándose a sí misma. Temblaba violentamente. No era solo frío, era el bajón de la adrenalina. Ese momento en el que tu cuerpo se da cuenta de que sigues vivo y empieza a cobrarte la factura del pánico.
Busqué una taza limpia. No de las de plástico que les doy a los traileros, sino una de cerámica gruesa, de esas de peltre azul que usaba mi abuela. Serví café de olla directo de la garrafa grande que mantengo caliente. El olor a canela y piloncillo llenó el aire denso.
—Tómatelo —se la puse en las manos. Sus dedos estaban tan rígidos que tuve que guiarle las manos para que rodearan la taza—. Despacio. Está hirviendo.
Ella asintió, sin hablar. El vapor le golpeó la cara y vi cómo cerraba los ojos un segundo, inhalando. Una lágrima solitaria se le escapó y rodó por su mejilla sucia, dejando un surco limpio en la mugre del camino.
Capitán entró a la cocina detrás de ella y se echó bajo la mesa de preparación, pero con el hocico apuntando hacia el pasillo que daba al comedor. Sus orejas no dejaban de moverse, como radares girando, captando sonidos que yo ni en mis mejores años podría escuchar.
Me recargué en la barra, cruzando los brazos, dándole espacio pero sin quitarle la vista de encima. Necesitaba evaluarla. Necesitaba saber a qué me estaba enfrentando.
—¿Hace cuánto no comes? —pregunté.
Ella le dio un sorbo al café. Sus labios estaban partidos, pálidos. —No sé… —su voz seguía siendo un susurro—. Dos días, creo. Desde que salí de… desde que me fui.
—Tengo unos frijoles refritos y puedo hacerte unos huevos. O un guisado de puerco que sobró del mediodía. —Lo que sea —dijo, y su estómago rugió en respuesta, un sonido animal que la hizo sonrojarse.
Me di la vuelta y encendí la hornilla. El sonido del gas fluyendo y luego el fwoosh de la flama azul rompió un poco la tensión. Rompí tres huevos en el sartén con manteca. Mientras cocinaba, mi mente trabajaba a mil por hora.
Ella dijo que la seguían. En esta carretera, eso podía significar muchas cosas, y ninguna era buena. Podía ser un marido g o l p e a d o r, de esos borrachos necios que no aceptan un no. Podían ser p o l i c í a s corruptos. O, lo que era más probable y mucho peor en esta zona: gente de los grupos. La “maña”. Si era eso, yo estaba metiéndome en una boca de lobo del tamaño del estado.
Pero miré mis manos mientras volteaba las tortillas. Esas manos habían sostenido f u s i l e s, habían cavado trincheras, habían curado heridas. Ahora solo volteaban tortillas y cobraban cuentas baratas. Quizás, en el fondo, una parte retorcida de mí extrañaba el conflicto. O quizás simplemente soy un viejo tonto que no puede ver a una chiquilla temblando de miedo sin querer hacer algo al respecto.
Le serví el plato. Huevos, frijoles negros, queso fresco y tortillas recién calentadas. Lo puse frente a ella.
Comió con desesperación. Sin modales. Como comen los soldados después de una semana en el monte. Tragaba casi sin masticar. Me dolió verla. Me recordó a los niños que veíamos en las misiones de “paz” hace veinte años, con esa hambre antigua en la mirada.
Esperé a que terminara la mitad del plato antes de hablar de nuevo.
—Lucía —dije su nombre probando cómo sonaba en mi boca. Era un nombre suave para una situación tan dura—. Necesito saber. No todo. No me cuentes tu vida si no quieres. Pero necesito saber quién viene.
Ella detuvo el tenedor a medio camino. La mano le empezó a temblar otra vez. Bajó el cubierto lentamente.
—Es… es mi ex —dijo, mirando el plato—. Pero no es solo él. Es su hermano. Y sus primos.
—¿Son locales? —pregunté, tratando de calcular la logística. Si eran locales, conocían el terreno. Conocían mi fonda.
—No —negó con la cabeza—. Son del norte. Vinieron a hacer tratos por acá. Yo… yo me vine con él pensando que iba a ser diferente. Me prometió el cielo y las estrellas, ya sabe. Lo típico.
Soltó una risa amarga, seca, sin humor. —Pero resultaron ser estrellas de las que te rompen la cara.
Se subió instintivamente la manga de la chamarra. El moretón que yo había visto antes era solo la punta del iceberg. Su muñeca estaba morada, con marcas de dedos claramente impresas en la piel. Alguien la había agarrado con fuerza brutal. Y más arriba, vi cicatrices viejas, de esas quemaduras circulares que dejan los cigarros.
Sentí que la sangre se me calentaba. Una furia fría, controlada. Apreté los puños bajo el delantal.
—Me escapé cuando pararon a echar gasolina en el pueblo de abajo —continuó, hablando rápido ahora, como si al abrir la compuerta no pudiera cerrarla—. Me metí al baño y salí por la ventana de atrás. Corrí hacia el monte. Caminé toda la tarde por la orilla de la carretera, escondiéndome cada vez que pasaba un coche. Pero vi su camioneta. Una Lobo negra. Pasó dos veces, despacito. Me están cazando, señor. Como a un conejo.
—Mateo —la corregí—. Me llamo Mateo.
—Mateo… —dijo mi nombre como si fuera una plegaria—. Si me encuentran, me van a m a t a r. Lo dijeron clarito antes de que nos viniéramos. “De aquí no sales si no es con los pies por delante”.
Respiré hondo. Una Lobo negra. Había visto pasar una camioneta así hace una hora, subiendo hacia la sierra. Probablemente habían llegado hasta el siguiente punto de control y, al no verla, se habían dado la vuelta. Estarían bajando. Barriendo la carretera.
Mi fonda es el único lugar abierto en veinte kilómetros. El único lugar con luz.
—Bien, Lucía. Escúchame —me acerqué a ella, apoyando las manos en la mesa—. Nadie te va a sacar de aquí. Te doy mi palabra.
Ella me miró, queriendo creerme, pero el miedo es un velo difícil de quitar. —Son muchos. Y traen a r m a s. Vi las p i s t o l a s en la guantera.
—Yo también tengo mis trucos —dije, y por primera vez en mucho tiempo, sonreí. Una sonrisa torcida que no llegaba a los ojos—. Y tengo a Capitán.
En ese momento, el perro soltó un gruñido bajo. No fue fuerte, fue como un motor arrancando en lo profundo de su garganta. Se levantó despacio, erizando el pelo del lomo.
El silencio de la noche se rompió.
Primero fue el zumbido de unas llantas grandes sobre la grava del estacionamiento. Luego, el resplandor de unos faros potentes, luces LED blancas que cortaron la neblina y se filtraron por las rendijas de la persiana metálica, iluminando la cocina con rayas de luz fantasmagórica.
Lucía se quedó helada. Dejó caer el tenedor. El ruido metálico pareció un grito. —Son ellos —susurró, con los ojos desorbitados—. ¡Son ellos!
—Shhh —chisté, poniendo un dedo en mis labios.
Me moví rápido. Apagué la luz de la cocina. Nos quedamos en penumbra, solo iluminados por el brillo azul de los pilotos de la estufa y los haces de luz de los faros que barrían el frente del local.
—Vete a la bodega —le ordené en un susurro, señalando una puerta pequeña al fondo de la cocina—. Métete ahí y no hagas ni un ruido. Ni respires fuerte. Capitán, cuida.
El perro dudó. Quería quedarse conmigo, en la línea de fuego. —¡Capitán, cuida! —repetí con voz de mando, señalando a Lucía.
El animal entendió su misión. Empujó suavemente a Lucía con el hocico hacia la bodega. Ella me miró una última vez, con terror absoluto, antes de encerrarse en el cuarto oscuro donde guardo los costales de frijol y las cajas de refresco.
Me quedé solo en la cocina. Capitán se quedó echado frente a la puerta de la bodega, una barrera negra en la oscuridad.
Escuché el motor de la camioneta detenerse justo frente a la entrada. El silencio volvió por unos segundos, solo interrumpido por el golpeteo de la lluvia que empezaba a caer. Luego, el sonido de puertas pesadas abriéndose y cerrándose. Portazos fuertes, arrogantes.
Uno. Dos. Tres.
Tres hombres.
Escuché las botas crujiendo sobre la grava. Pasos lentos. Se tomaron su tiempo. Sabían que, si ella estaba aquí, no tenía a dónde ir.
Caminé hacia el mostrador principal, saliendo de la cocina. No encendí las luces del comedor. Dejé que la oscuridad fuera mi aliada. Me agaché detrás de la barra y busqué con la mano debajo del estante de la caja registradora. Mis dedos rozaron la madera vieja hasta encontrar lo que buscaba.
No era una p i s t o l a. Las leyes en este país son complicadas y yo perdí mis permisos hace mucho por un “incidente” de ira. Pero en la sierra, un hombre tiene que defenderse. Lo que saqué fue un machete de acerro, corto y pesado, de esos que usan los cañeros. La hoja estaba afilada como una navaja de rasurar. Lo mantuve pegado a mi pierna, oculto por el delantal.
Golpearon la persiana metálica. ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—¡Abre! —gritó una voz ronca. Acento norteño, pesado—. ¡Sabemos que hay gente ahí! ¡Vimos el humo de la chimenea!
No contesté. Dejé que el silencio los pusiera nerviosos.
—¡Viejo! —gritó otro—. ¡Se nos ponchó una llanta! ¡Necesitamos ayuda!
Mentira. Clásica táctica. Apelan a tu humanidad para que abras la puerta y te metan el cañón en la boca.
Me acerqué a la puerta, pero me mantuve a un lado, pegado a la pared, fuera de la línea de tiro por si decidían soltar plomo a través de la lámina.
—¡Está cerrado! —grité. Mi voz retumbó en el local vacío. Sonó firme, autoritaria—. ¡Abran paso, no hay servicio!
—¡No queremos tacos, imbécil! —la fachada amable se cayó rápido—. ¡Buscamos a una vieja! ¡Sabemos que vino para acá!
—Aquí no hay viejas —respondí—. Solo yo y mi perro. Y el perro tiene mal genio.
Escuché murmullos afuera. Risas burlonas. —Mira nada más, el ruco se cree bravo —dijo el primero—. Tumba la puerta, Chuy.
Sentí un escalofrío. La persiana era vieja. No aguantaría mucho si le metían la camioneta o si traían herramientas.
—Escúchenme bien, cabrones —dije, bajando el tono, haciéndolo más peligroso—. Soy veterano. Tengo cámaras conectadas directo al puesto militar de abajo. Si tocan esa puerta, en diez minutos tienen a la Guardia Nacional aquí.
Era un blofeo enorme. No tenía cámaras. Y el puesto militar más cercano estaba a una hora, y probablemente ni contestarían el teléfono a estas horas. Pero a veces, la mentira dicha con suficiente convicción pesa más que la verdad.
Hubo un silencio afuera. Dudaban. A estos tipos no les gusta el ruido innecesario. Les gusta operar en la sombra. Enfrentarse al ejército no les convenía por una simple chica.
—No te creo nada, pinche viejo loco —dijo la voz, pero sonaba menos segura.
Entonces, Capitán decidió intervenir. Desde la cocina, soltó un ladrido. No un ladrido normal. Fue un estruendo. Un sonido gutural, salvaje, de un animal que pesa cuarenta kilos y está entrenado para d e s t r o z a r. Y luego otro. Y otro. Se acercó corriendo al mostrador y se lanzó contra la puerta metálica desde adentro. El impacto hizo vibrar toda la estructura.
¡GRRRRRROOOOAAAARRRR!
Los ladridos de un Pastor Alemán enojado resuenan en el pecho. Suenan a muerte.
Escuché pasos retrocediendo en la grava. —¡A la v e r g a, ese perro suena como un oso! —dijo uno de ellos.
—Vámonos —dijo la voz del líder, más bajo pero audible—. Si está aquí, no se va a ir a ningún lado. Vamos a vigilar la carretera. Si sale, la agarramos. Si no sale, regresamos con el soplete y quemamos este cuchitril con todo y viejo.
Esa amenaza me heló la sangre más que el frío de la noche. Fuego.
—Te salvaste por ahorita, abuelo —gritó el de la voz ronca—. Pero cuida a tu perrito. A esos nos gusta hacerlos tacos.
Las puertas de la camioneta se cerraron. El motor rugió. Las luces retrocedieron, giraron y se alejaron carretera abajo, perdiéndose en la neblina.
No me moví hasta que el sonido del motor desapareció por completo. Me quedé pegado a la pared, respirando agitadamente, con el machete apretado en la mano hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Capitán dejó de ladrar, pero se quedó pegado a la puerta, olfateando por la rendija inferior, el pelo del lomo todavía erizado.
—Buen chico —susurré. Mis piernas temblaban un poco ahora. Ya no soy el joven teniente que era antes. Estas cosas me pesan.
Fui a la cocina. Lucía había salido de la bodega y estaba asomada, pálida como un papel. —¿Se fueron? —preguntó.
—Por ahora —dije, guardando el machete—. Pero van a volver. O se van a quedar esperando en la curva.
Me froté la cara con las manos, sintiendo la barba de tres días raspar mis palmas. Estábamos atrapados. Mi fonda, mi refugio, se había convertido en una ratonera.
—¿Qué vamos a hacer? —Lucía estaba al borde del llanto otra vez.
La miré. Vi su juventud, su miedo, y vi la injusticia de todo el asunto. Maldita sea. Yo solo quería vender café y olvidar el mundo. Pero el mundo tiene la mala costumbre de venir a buscarte.
—No nos podemos quedar aquí —dije, tomando una decisión. Miré el reloj de pared. Eran las 2:00 AM—. Tenemos unas horas antes de que amanezca. Con la luz del día es más difícil que nos hagan algo en la carretera, hay más tráfico. Pero no podemos esperar tanto. Si regresan con gasolina…
No terminé la frase. No hacía falta.
—¿Tienes coche? —preguntó ella. —Tengo una carcacha vieja atrás. Una Ford 79. Gasta gasolina como d e m o n i o, pero es puro fierro. Si nos pegan, rebota.
Caminé hacia la parte trasera de la cocina, donde tenía un pequeño catre y mis pocas pertenencias. Saqué una mochila vieja de lona verde oliva. —Empieza a juntar comida —le ordené—. Latas, agua, pan. Todo lo que puedas cargar. Y busca en el cajón de abajo, hay unas linternas y pilas.
—¿A dónde vamos?
Me detuve un momento, sosteniendo mi vieja chamarra militar. La miré a los ojos. —Al único lugar donde no nos van a buscar. Arriba. A la sierra alta. Conozco unas cabañas abandonadas de los talamontes. El camino es imposible para esa camioneta fresa que traen. Pero mi Ford sí sube.
Lucía asintió, secándose las lágrimas con rabia. Se puso en movimiento, sacando latas de atún y botellas de agua con una eficiencia sorprendente. El miedo paraliza, pero la supervivencia moviliza.
Mientras ella empacaba, yo fui a mi “caja fuerte”, una lata de galletas escondida bajo una loseta suelta. Saqué el poco dinero que tenía ahorrado. Unos cuantos miles de pesos. No era mucho, pero era todo.
También saqué algo más. Una foto vieja, arrugada. Éramos mi pelotón y yo, hace veinte años. Todos jóvenes, todos sonriendo, sin saber que la mitad no regresaría. Guardé la foto en mi bolsillo, cerca del corazón. Tal vez esta noche me reuniría con ellos.
—Listo —dijo Lucía. Tenía dos bolsas de plástico llenas de provisiones.
Capitán nos miraba, moviendo la cola despacio. Sabía que nos íbamos. Le puse su correa, una cadena gruesa.
—Escúchame bien —le dije a Lucía, tomándola de los hombros—. Vamos a salir por la puerta de atrás. Vamos a empujar la camioneta hasta la bajada para no encender el motor y que nos escuchen. Va a estar oscuro y va a estar lloviendo. No te separes de mí. Si te digo “al suelo”, te tiras al suelo. Si te digo “corre”, corres y no miras atrás. ¿Entendido?
—Entendido, Mateo.
Salimos a la noche. El frío nos golpeó como una bofetada húmeda. La lluvia había arreciado. Todo era negro, solo sombras sobre sombras. Mi camioneta estaba ahí, cubierta de una lona. La destapé rápido.
—Súbete —susurré.
Ella subió con Capitán. Yo quité el freno de mano y puse la palanca en neutral. La camioneta empezó a moverse lentamente por la inercia de la pendiente. Empujé un poco desde la puerta del conductor y salté adentro.
Rodamos en silencio por la parte trasera del terreno, alejándonos de la carretera principal, adentrándonos en un camino de terracería que apenas se veía entre la maleza. Las llantas crujían sobre las piedras. Cada sonido me parecía una explosión.
Avanzamos unos doscientos metros así, en punto muerto, a oscuras. Cuando estuvimos detrás de una loma que nos tapaba de la carretera, giré la llave.
El motor tosió. Una, dos veces. Por favor, vieja amiga, no me falles ahora. A la tercera, el V8 rugió con vida. Un sonido potente, grave.
Encendí los faros. El camino delante de nosotros era una pesadilla de lodo y piedras, subiendo casi vertical hacia la montaña.
—Agárrate fuerte —le dije a Lucía.
Pisé el acelerador. La camioneta derrapó, las llantas traseras lanzando lodo, hasta que agarraron tracción. Empezamos a subir.
Miré por el retrovisor. Abajo, en la carretera, vi unas luces que se encendían de golpe. Dos haces potentes que giraban violentamente.
—Nos escucharon —dije, sintiendo el estómago apretado.
—¡Vienen! —gritó Lucía, mirando hacia atrás.
Efectivamente. La Lobo negra estaba dando la vuelta en U, quemando llanta sobre el asfalto, y se dirigía hacia la entrada de mi terracería.
—No van a poder subir por aquí —dije, más para convencerme a mí mismo—. Esa cosa es muy baja. Se van a atascar.
Pero no se detuvieron. La camioneta negra entró al camino de tierra, rebotando violentamente. Eran tercos. O estaban muy motivados por el dinero que valía la cabeza de Lucía.
—¡Acelera, Mateo! ¡Acelera!
Metí segunda. Mi vieja Ford saltó sobre una roca. Mi cabeza golpeó contra el techo, pero no solté el volante. El camino se hacía más estrecho, con un barranco a la izquierda y la pared de roca a la derecha. La neblina aquí arriba era un muro blanco.
—No veo nada —gritó Lucía.
—Yo sí —mentí. Manejaba de memoria. Conocía cada curva de este cerro. Aquí venía a cazar venados, aquí venía a olvidar.
Las luces de nuestros perseguidores se acercaban. Eran más rápidos, tenían mejor suspensión. Se estaban comiendo la distancia.
—Nos van a alcanzar —dijo ella, con la voz quebrada.
Miré el camino adelante. Recordé algo. Unos quinientos metros más arriba, había un puente de madera viejo, sobre un arroyo seco. Era estrecho. Apenas cabía un coche.
—Capitán, abajo —ordené. El perro se agazapó en el suelo de la cabina.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lucía, viendo mi expresión.
—Voy a cambiar las reglas del juego.
Llegamos al puente. Las tablas crujieron bajo el peso de la Ford. Pasamos al otro lado. En lugar de seguir subiendo, frené de golpe y giré el volante, cruzando la camioneta en mitad del camino, bloqueando el paso justo después del puente.
—¡Bájate! —grité—. ¡Bájate y corre hacia los árboles!
—¿Y tú?
—¡Haz lo que te digo!
Ella abrió la puerta y saltó al lodo con Capitán. Corrieron hacia el bosque de pinos.
Yo me quedé un segundo más. Busqué en la guantera una botella de mezcal que siempre traía “para el frío”. La destapé y la rocié sobre los asientos, sobre el tablero. Luego rasgué un pedazo de la tapicería vieja.
La Lobo negra apareció en la curva antes del puente. Frenaron al ver mi camioneta bloqueando el camino. Estaban a unos treinta metros.
Se bajaron rápido. Vi las a r m a s brillar con las luces de sus faros. Eran r i f l e s largos. Esto era serio.
—¡Se acabó el camino, viejo estúpido! —gritó uno.
Saqué mi encendedor Zippo. Lo encendí. La flama bailó en la oscuridad.
—Sí —murmuré—. Se acabó el camino.
Dejé caer el encendedor en el asiento del copiloto. El alcohol prendió de inmediato. Una llamarada azul y naranja llenó la cabina. Salté fuera de la camioneta por el lado del conductor, hacia el barranco, rodando por la tierra húmeda.
—¡Está loco! —escuché gritar a uno de ellos.
Me arrastré hacia los árboles donde estaba Lucía. El fuego en mi camioneta creció rápido, alimentado por la tapicería vieja y la gasolina. En segundos, era una antorcha gigante bloqueando el único paso.
Las llamas iluminaban la noche, creando sombras danzantes en los pinos. El calor nos golpeaba la cara incluso a esa distancia.
Vi a los hombres al otro lado del puente. Estaban furiosos, gritando, pateando el suelo. No podían pasar. El fuego era demasiado intenso y el puente de madera empezaba a humear. Si intentaban cruzar a pie, serían blancos fáciles silueteados contra el fuego. Y ellos no sabían si yo estaba a r m a d o hasta los dientes.
—Vámonos —le susurré a Lucía, tomándola del brazo—. Tenemos que subir a pie. Tenemos unas horas de ventaja antes de que encuentren otro camino o el fuego se apague.
Ella me miró, con la cara manchada de hollín y lágrimas, iluminada por el resplandor de mi camioneta ardiendo. Miró el fuego, luego me miró a mí.
—Quemaste tu camioneta… —dijo, incrédula.
—Era eso o que nos quemaran a nosotros —dije, aunque me dolía en el alma. Esa camioneta era lo único de valor que tenía.
Capitán nos empujó con el hocico. Avancen, decía.
Nos internamos en el bosque, subiendo la montaña, dejando atrás el fuego y a los hombres que juraban maldicencias al viento. La noche era larga, y la sierra es traicionera. Esto apenas empezaba. Pero al menos, por esta noche, seguíamos vivos.
Mientras caminábamos, el sonido de la lluvia empezó a mezclarse con el crepitar lejano del fuego. Mi respiración era pesada. Sabía que al amanecer tendríamos frío, hambre y estaríamos siendo perseguidos por profesionales. Pero al sentir el peso de la mano de Lucía aferrada a mi chamarra para no caerse, supe que había hecho lo correcto.
A veces, para salvar algo, tienes que quemarlo todo.
PARTE 3: EL ASCENSO AL INFIERNO VERDE Y LA SOMBRA DEL CAZADOR
La oscuridad de la sierra no es como la oscuridad de la ciudad. En la ciudad, la noche es naranja, contaminada por el alumbrado público y los letreros de neón. Aquí arriba, bajo la copa de los pinos centenarios, la oscuridad tiene peso. Es una entidad física, una boca de lobo que te traga entero y te mastica despacio.
Dejamos atrás el resplandor anaranjado de mi vieja Ford ardiendo. Ese fuego era mi última barricada, mi sacrificio a los dioses de la mala suerte para comprar tiempo. Pero el tiempo, en estas montañas, se mide en latidos del corazón y en el dolor de las rodillas, no en minutos.
—No pares —le dije a Lucía. Mi voz salió entrecortada, una mezcla de fatiga y la necesidad imperiosa de mantener el ritmo.
Ella jadeaba a mi lado. Podía escuchar el silbido agudo de sus pulmones buscando aire en la atmósfera cada vez más delgada y húmeda. La lluvia, que abajo era una molestia, aquí arriba se había convertido en una cortina helada que calaba la ropa en cuestión de segundos. El lodo bajo nuestras botas no era tierra mojada; era una pasta resbaladiza, traicionera, arcilla roja que intentaba agarrarnos los tobillos para tirarnos al barranco.
—No puedo ver nada, Mateo —gimió ella. Se había resbalado por tercera vez en menos de cincuenta metros. Sus manos estaban cubiertas de fango y agujas de pino—. Está demasiado oscuro.
Me detuve un segundo, recargándome en el tronco rugoso de un encino. Capitán se detuvo al instante, pegando su cuerpo caliente a mi pierna izquierda. El perro no jadeaba; respiraba con esa eficiencia rítmica de los depredadores. Sus orejas giraban como antenas parabólicas, filtrando el sonido de la lluvia para detectar cualquier cosa que no fuera viento o agua.
—Toma mi cinturón —le ordené, desabrochando la hebilla de mi pantalón táctico y sacando la correa de lona—. Agárrate de un extremo. Yo te guío. Si te caes, yo te sostengo. Pero si nos separamos, estamos m u e r t o s.
Ella asintió en la penumbra, una sombra temblorosa. Sentí el tirón en la correa cuando se aferró a ella con la fuerza de quien se agarra a la vida misma.
—Vámonos. Capitán, puntea.
El perro se adelantó tres pasos, marcando el sendero invisible entre la maleza. Empezamos a subir de nuevo.
Mi mente, entrenada para compartimentar el dolor y el miedo, empezó a trabajar en automático. Análisis de situación: Estamos a pie, mal equipados para la intemperie extrema, con una civil (Lucía) en estado de shock y tres hostiles armados con r i f l e s de asalto y, probablemente, equipo de visión nocturna si son profesionales. Ventajas: Conozco el terreno. Ellos son de ciudad o del norte desértico; no saben cómo se mueve el sonido en la cañada, no saben qué piedras están sueltas. Y tengo al perro.
Pero la ventaja más grande, y la más triste, era la desesperación. Ellos querían dinero o venganza. Yo quería sobrevivir. Y un hombre que solo quiere vivir es más peligroso que uno que quiere matar.
Pasó una hora. O tal vez dos. El tiempo se distorsionó. El ascenso era brutal. Mis piernas, viejas y castigadas por años de marchas forzadas con mochilas de treinta kilos, empezaron a protestar. El ácido láctico quemaba mis muslos. Pero no podía detenerme. Cada vez que parábamos, el frío se nos metía por las costuras de la ropa, amenazando con hipotermia.
—Mateo… —la voz de Lucía era apenas un hilo—. Necesito… necesito parar un minuto. Voy a vomitar.
Se soltó del cinturón y se dobló sobre sí misma, con las manos en las rodillas, dando arcadas secas. No tenía nada en el estómago más que los huevos que le había dado y el miedo.
Me acerqué y le puse una mano en la espalda. Estaba temblando tan fuerte que sus dientes castañeaban con un ritmo de matraca.
—Respira por la nariz —le dije, suave pero firme—. El aire frío por la boca te revuelve las tripas. Inhala lento, calienta el aire, luego sácalo.
—¿Por qué? —preguntó entre jadeos, levantando la cara manchada de lodo y lágrimas—. ¿Por qué haces esto? Podrías haberme entregado. Te hubieran dado dinero. O te hubieran dejado en paz. Quemaste tu camioneta por una desconocida.
La pregunta me golpeó más fuerte que el viento helado. Me quedé mirando hacia la oscuridad impenetrable del bosque, hacia donde debían estar las cabañas de los talamontes.
—No lo sé, Lucía —mentí. O tal vez era una verdad a medias—. A lo mejor porque estoy cansado de ver cómo los cabrones ganan siempre. A lo mejor porque mi hija tendría tu edad si…
Me callé. No era momento para fantasmas. Ya teníamos suficientes persiguiéndonos con a r m a s de verdad.
—Si qué… —insistió ella, buscando una conexión, algo humano a qué aferrarse en medio de la pesadilla.
—Si no hubiera muerto en un fuego cruzado hace diez años —solté la frase rápido, como quien se arranca una costra—. Daños colaterales, dijeron. “Guerra contra el n a r c o”. Mierda pura.
El silencio que siguió fue denso. Solo el sonido de la lluvia golpeando las hojas. Lucía no dijo nada, pero sentí cómo su postura cambiaba. Ya no era solo una víctima huyendo; ahora entendía que ambos estábamos rotos. Y dos personas rotas, a veces, hacen una estructura más fuerte que una entera.
—Vienen —susurró ella de repente, mirando hacia abajo, hacia el valle.
Miré. A través de los huecos entre los árboles, muy abajo, vi tres puntos de luz blanca bailando. Eran linternas tácticas, potentes, cortando la neblina. Se movían rápido, mucho más rápido de lo que esperaba. Habían cruzado el puente a pie. O tal vez encontraron un vado en el arroyo seco.
—Son tercos —gruñí—. Y tienen buena condición física. No son s i c a r i o s de banqueta.
—¿Nos van a alcanzar?
—No si llegamos a “El Nido” antes que ellos. Vamos. Arriba.
“El Nido” era como los lugareños llamaban al campamento de los talamontes. Un asentamiento ilegal que había sido abandonado hace un par de años después de una redada federal. Estaba ubicado en una meseta natural, protegido por paredes de roca en tres lados. Una fortaleza natural, si sabías cómo usarla.
Retomamos la marcha. El terreno se volvió más empinado, casi vertical. Tuvimos que usar las manos, agarrándonos de raíces expuestas y rocas filosas para impulsarnos. Capitán iba adelante, clavando las garras en la tierra, jalando a veces de mi manga para ayudarme cuando mis botas resbalaban.
El dolor físico se convirtió en un ruido de fondo, una estática constante que aprendes a ignorar. Mi enfoque estaba en el sonido. Crack. Una rama rota atrás. Shhh. El roce de tela sintética contra un arbusto. El enemigo estaba cerrando la brecha.
De repente, el bosque se abrió.
Llegamos a la meseta. La lluvia aquí arriba era menos intensa, convertida en una llovizna fina, casi vaporosa, por el viento que barría la cima. Frente a nosotros, como esqueletos de gigantes olvidados, se alzaban las estructuras.
Eran cuatro cabañas de madera cruda, troncos mal cortados y techos de lámina oxidada que gemían con el viento. Ventanas rotas que parecían cuencas de ojos vacíos mirándonos. Había maquinaria vieja abandonada: el chasis de un camión torton devorado por el óxido, cadenas gruesas tiradas en el suelo como serpientes muertas.
—Parece una película de terror —susurró Lucía, pegándose a mi espalda.
—Es mejor que eso —dije, escaneando el perímetro—. Es una posición defensiva.
Caminé hacia la cabaña más grande, la que estaba pegada a la pared de roca del fondo. Esa era la clave. Solo tenía una entrada frontal y ventanas altas. Difícil de flanquear.
—Adentro —le indiqué a Lucía.
La puerta colgaba de una sola bisagra. La empujé y entramos. El olor a madera podrida, moho y abandono nos golpeó. Saqué mi pequeña linterna de mano, cubriendo el lente con los dedos para dejar salir solo un hilo de luz roja (había cambiado el filtro antes de salir, viejo hábito).
El interior era un desastre. Colchones viejos destripados por las ratas, latas de cerveza oxidadas, grafitis de pandillas locales en las paredes. Pero las paredes eran de tronco grueso. Detendrían una bala de calibre medio.
—Lucía, escucha bien —dije, soltando la mochila en una esquina seca—. No tenemos mucho tiempo. Ellos estarán aquí en veinte minutos, tal vez treinta si se pierden en el último tramo. Necesito que seas mis ojos y mis manos.
Ella asintió. El miedo seguía ahí, pero había algo nuevo en sus ojos: determinación. La chica que había entrado temblando a mi fonda estaba empezando a endurecerse. El fuego templa el acero.
—¿Qué hago?
—Toma esto —le di la linterna—. Alumbra hacia allá, a esa esquina. Busca cualquier cosa que pueda servir. Clavos, alambre, botellas de vidrio, lo que sea. Yo voy a preparar la entrada.
Mientras ella buscaba, yo saqué mi machete. No era un arma de fuego, pero en espacios cerrados, el acero frío es devastador. Me acerqué a la entrada. La puerta no servía. Necesitaba una barricada.
Empecé a arrastrar una vieja mesa de madera maciza hacia el marco de la puerta. Pesaba como un ataúd. Mis músculos gritaban, pero la adrenalina era un analgésico poderoso. Volqué la mesa, creando un muro a la altura de la cintura.
—Encontré esto —dijo Lucía, trayéndome un rollo de alambre de púas oxidado que los talamontes debieron usar para cercar algo, y un montón de botellas de vidrio vacías.
—Perfecto. Rompe las botellas. Queremos los vidrios en el suelo, justo en la entrada, del lado de afuera. Si entran, quiero que pisen cristal antes de pisar suelo firme.
Ella no dudó. Clink, crash, clink. El sonido del vidrio rompiéndose era extrañamente reconfortante. Estábamos construyendo nuestro castillo.
Yo tomé el alambre. Salí agachado a la oscuridad. Fui hacia los árboles que flanqueaban el camino de acceso a la cabaña. A unos treinta centímetros del suelo, tensé el alambre entre dos pinos. Una trampa simple. Si venían corriendo, se llevarían una sorpresa desagradable en las espinillas. Si venían caminando lento, tal vez lo verían, pero los obligaría a detenerse, a mirar abajo. Y cuando miras abajo, no miras al frente.
Regresé a la cabaña. Capitán estaba inquieto, gruñendo bajo hacia la oscuridad del bosque.
—Ya están cerca —dije.
Entré y terminé de acomodar la barricada. Nos sentamos detrás de la mesa volcada. Apagué la linterna. La oscuridad volvió a ser total, salvo por la luz grisácea y lechosa de la luna que intentaba atravesar las nubes de tormenta.
—Mateo —susurró Lucía en la oscuridad—. ¿Crees que salgamos de esta?
Acaricié la cabeza de Capitán. El perro estaba tenso como una cuerda de violín. —No te voy a mentir, Lucía. Las probabilidades son una mierda. Son tres contra uno, y ellos traen a r m a s de fuego. Nosotros tenemos un machete, un perro y mala leche.
—Pero… —su voz tembló.
—Pero —interrumpí—, ellos están en mi terreno. Están cansados, mojados y enojados. Cometen errores. Nosotros solo tenemos que aguantar hasta que amanezca. Con la luz, los campesinos de los valles suben a ver su ganado. Si escuchan tiros o gritos, llaman a la policía rural. Esos s i c a r i o s no quieren testigos. Si aguantamos hasta el amanecer, se irán.
—¿Cuánto falta para el amanecer?
Miré mi reloj de pulsera con manecillas luminiscentes. —Dos horas. Las dos horas más largas de tu vida.
El silencio volvió. Pero esta vez, no duró.
Crujido.
No fue una rama. Fue el sonido inconfundible de una bota resbalando en la grava suelta justo frente al claro de las cabañas.
Capitán soltó un ladrido explosivo que retumbó en las paredes de madera. ¡GUAU! ¡GUAU!
—¡Cállalo! —siseó una voz afuera. Estaba cerca. A menos de veinte metros.
—¡Ahí están! —gritó otra voz. La voz del líder. El ex de Lucía. Su tono destilaba odio puro—. ¡En la cabaña del fondo! ¡Vi al perro!
—¡Lucía! —gritó el hombre—. ¡Sal ahora mismo y te juro que no te haré nada! ¡Solo quiero hablar! ¡Al viejo déjalo ahí, él no me importa!
Lucía se encogió a mi lado, tapándose los oídos. —Miente —susurró—. Miente. Me va a m a t a r.
—Lo sé —le contesté. Me levanté un poco, protegiéndome tras el marco de la ventana rota.
—¡Váyanse a la chingada! —grité con toda la fuerza de mis pulmones—. ¡Ya llamé a la base militar! ¡Están en camino!
Una risa seca resonó afuera. —Viejo mentiroso. Aquí arriba no hay señal de celular. Checamos nuestros teléfonos. Estamos solos tú, yo y la p u t a esa.
Bang.
Un disparo. Un fogonazo en la oscuridad. La bala impactó contra el tronco exterior de la cabaña, haciendo saltar astillas que me golpearon la cara. No fue un tiro de advertencia. Fue un tiro para m a t a r.
—¡Al suelo! —empujé a Lucía contra el piso sucio.
—¡Fuego de cobertura, rodeen la cabaña! —ordenó el líder.
Escuché ráfagas cortas. Tat-tat-tat. Balas atravesando la madera podrida en las partes más delgadas, zumbando sobre nuestras cabezas como avispones furiosos. El ruido era ensordecedor. Capitán ladraba frenético, queriendo salir a morder, pero yo lo sujetaba del collar.
—¡No te muevas! —le grité al perro. Si salía, lo acribillaban.
El tiroteo paró de repente. Estaban recargando o moviéndose.
—¡AHHHH! ¡SU PUTA MADRE!
Un grito de dolor afuera. Alguien había encontrado mi alambre de púas. O tal vez los vidrios.
—¡Me corté! ¡Me corté la pierna con un alambre, jefe!
—¡Cállate y avanza, inútil!
Sonreí en la oscuridad. Uno herido. Quedaban dos operativos al cien por cien. La sangre atrae a los depredadores, y en la sierra, el miedo es contagioso.
—Lucía —le susurré al oído, aprovechando la pausa—. Tienen que acercarse para entrar. Las ventanas son muy altas para trepar rápido. Van a venir por la puerta. Cuando yo te diga, quiero que lances todas las botellas que quedan hacia afuera, por encima de la mesa. Haz ruido, haz caos.
—¿Y tú?
—Yo les voy a dar la bienvenida.
Me moví hacia el lado de la puerta, pegado a la pared, con el machete levantado. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta. Boom, boom, boom.
Escuché pasos corriendo hacia la entrada. Pesados. Confiados. Creían que estábamos acobardados en el suelo.
Una silueta apareció en el marco de la puerta, recortada contra la grisura de la noche. Un hombre grande, con un r i f l e corto en las manos. Intentó saltar la mesa volcada.
—¡Ahora! —grité.
Lucía lanzó una lluvia de botellas y piedras. El hombre se distrajo, cubriéndose la cara instintivamente. Ese segundo fue mi oportunidad.
Me lancé hacia adelante, no con el machete, sino con el cuerpo. Hombro contra pecho. El impacto fue brutal. El hombre, que estaba en equilibrio precario sobre la mesa, cayó hacia atrás, hacia afuera, sobre su espalda.
Caí sobre él. El lodo nos recibió. El r i f l e salió volando a la oscuridad. Él intentó sacar una p i s t o l a de su cinturón. Yo le pisé la muñeca con mi bota militar. Se escuchó un crujido de huesos. Gritó.
Pero no estaba solo. —¡Lo tengo! —gritó otro hombre a mi izquierda.
Me giré justo a tiempo para ver la culata de un a r m a bajando hacia mi cabeza. No pude esquivarla del todo. El golpe me dio en el hombro y me rozó la sien. El mundo se llenó de estrellas blancas. Caí de rodillas, aturdido.
—¡Máataalo! —gritaba el hombre en el suelo, retorciéndose.
El segundo hombre apuntó su a r m a a mi pecho. Pude ver sus ojos inyectados en sangre, su sonrisa cruel. Era el fin. Cerré los ojos, esperando el trueno.
Pero el trueno que llegó no fue de pólvora. Fue de furia animal.
Una mancha negra y café salió disparada desde el interior de la cabaña, volando sobre la barricada como un misil. Capitán.
El perro impactó contra el hombre armado, cerrando las mandíbulas en su antebrazo armado. La fuerza del impacto los tiró a ambos al suelo. El a r m a se disparó al aire, iluminando la escena con un flashazo estroboscópico.
¡GRRRRR! ¡CRACK!
Los gritos del hombre eran inhumanos. Un Pastor Alemán protegiendo a su dueño no muerde para soltar; muerde para neutralizar. Sacudía la cabeza violentamente, destrozando músculo y tendón.
El tercer hombre, el líder, apareció de entre los árboles. Era él. El ex novio. Joven, bien vestido pero lleno de lodo, con una p i s t o l a plateada en la mano. Se veía aterrorizado por la escena: uno de sus hombres con la muñeca rota, el otro siendo devorado por un perro.
Me miró. Levantó el a r m a apuntando a Capitán.
—¡NO! —grité.
Me levanté del lodo, ignorando el mareo, ignorando el dolor en el hombro. Agarré lo primero que encontré en el suelo: una piedra del tamaño de un melón. Y corrí hacia él.
No fue técnica militar. No fue heroísmo. Fue pura desesperación de padre. Nadie toca a mi perro.
El disparo sonó. Sentí un ardor caliente en el costado, como si me hubieran picado con un hierro al rojo vivo. Pero el impulso ya lo llevaba. Me estrellé contra él.
Rodamos por el suelo empapado. La p i s t o l a salió volando. Él era más joven, más fuerte, pero yo tenía veinte años de rabia acumulada. Le metí los dedos en los ojos, le di un cabezazo en la nariz. Sentí cómo el cartílago cedía.
Él me golpeó en la herida del costado. Grité, perdiendo fuerza. Él aprovechó para empujarme y ponerse encima de mí. Sus manos fueron a mi garganta. Apretó.
—¡Muérete, viejo de mierda! —escupió sangre sobre mi cara—. ¡Te voy a m a t a r y luego voy a hacer que ella mire cómo desuello a tu perro!
Mi visión se empezó a poner negra en los bordes. No podía respirar. Veía sus ojos locos, llenos de d r o g a y maldad. Mis manos buscaban algo, lo que fuera, en el lodo. Nada. Solo tierra resbaladiza.
Capitán seguía ocupado con el otro tipo. Estaba solo.
La presión en mi cuello era insoportable. Iba a morir aquí, en el lodo, olvidado.
De repente, una sombra se alzó detrás de él.
¡CLANK!
El sonido de metal contra hueso fue seco, definitivo. Los ojos del hombre se pusieron en blanco. Su agarre se aflojó. Cayó hacia un lado como un costal de papas.
Detrás de él estaba Lucía. Sostenía una barra de hierro oxidado, parte de la maquinaria vieja de los talamontes. Respiraba como un animal acorralado, con los ojos abiertos de par en par, mirando el cuerpo inmóvil de su verdugo.
Me tosí, jalando aire desesperadamente. Me dolía todo. Me toqué el costado; mi mano salió roja, pero no era un chorro arterial. La bala había entrado y salido en la carne blanda, o eso esperaba.
—¿Está m u e r t o? —preguntó ella, temblando, soltando la barra.
Me arrastré hacia el cuerpo. Le tomé el pulso en el cuello. Débil, pero ahí estaba. —No —dije con voz ronca—. Pero no se va a levantar pronto.
Miré a mi alrededor. El hombre del brazo mordido ya no gritaba, solo gemía, acurrucado en posición fetal, con Capitán parado sobre él, gruñendo bajo, con el hocico manchado de rojo. El primero, el de la muñeca rota, había huido hacia el bosque, dejando un rastro de sangre. No volvería. Cobarde.
—Capitán, junto —llamé.
El perro, obediente hasta el final, soltó su presa y vino hacia mí. Me lamió la cara, limpiando el lodo y la sangre. Revisé su cuerpo rápidamente. Estaba bien. Solo sucio.
Empezaba a clarear. El cielo al este, sobre las cumbres de los pinos, se estaba tiñendo de un gris más claro, casi azul. La lluvia había parado.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra una llanta de camión vieja. Lucía se dejó caer a mi lado.
—Lo hiciste —le dije, mirándola.
Ella se miró las manos. Estaban manchadas de óxido y violencia. —No tuve opción.
—Nunca la tenemos —susurré.
El sonido de un motor lejano rompió el silencio de la mañana. Pero no era una camioneta. Era el zumbido característico de un camión pesado. Un camión de carga subiendo por la carretera principal, allá lejos, en el mundo civilizado.
Y luego, más cerca, el sonido de cencerros. Vacas. Los campesinos subían.
—Lucía —dije, haciendo un esfuerzo enorme para ponerme de pie. Me dolía hasta el alma—. Tenemos que atar a estos dos. Y luego tenemos que bajar. Hay un puesto de la policía estatal en el crucero de San Juan, a diez kilómetros por la vereda norte. Ahí no tienen comprados a todos.
Ella me ayudó a levantarme. Me pasó mi brazo por sus hombros, sosteniendo mi peso. Ahora ella era la fuerte.
—¿Qué vas a hacer con tu fonda? —preguntó mientras caminábamos hacia la salida del campamento, dejando atrás a los hombres atados con el mismo alambre que intentaron cruzar.
Miré hacia atrás, hacia donde la neblina cubría mis pasos. —La fonda ya no existe. Mateo el cocinero murió anoche en ese puente quemado.
—¿Y quién eres ahora?
Miré a Capitán, caminando orgulloso delante de nosotros, rey de la montaña. Miré a Lucía, una sobreviviente forjada en una sola noche. Y sentí el peso del machete en mi cinturón y la herida ardiendo en mi costado.
—Ahora soy el que cuida —dije.
Empezamos el descenso. El sol rompió las nubes, lanzando rayos de luz dorada sobre el infierno verde que habíamos sobrevivido. La pesadilla había terminado por hoy, pero la vida… la vida seguía, y por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de ver qué pasaba después.
PARTE FINAL: EL PRECIO DE LA PAZ Y EL RENACER DE LOS ROTOS
El amanecer en la sierra no pide permiso. Simplemente rompe. La luz se filtró entre las ramas de los pinos como agua dorada, tocando el suelo donde la noche anterior solo había lodo y sangre. Para cualquier turista, hubiera sido una postal de “México Mágico”: la neblina levantándose perezosa de las cañadas, el olor a tierra mojada y resina, el canto de los pájaros carpinteros. Pero para nosotros, esa luz era un juez que venía a exponer nuestros pecados y nuestras heridas.
Bajábamos lento. Cada paso era una negociación con el dolor. La herida en mi costado, esa quemadura caliente donde la bala había entrado y salido, palpitaba con el ritmo de mi corazón. Bum-bum-bum. Un recordatorio constante de que la adrenalina se estaba yendo y dejaba paso a la fiebre y al agotamiento.
Lucía iba a mi lado, sosteniéndome. Ya no era la chica temblorosa que había entrado a mi fonda pidiendo ayuda con los ojos desorbitados. Ahora caminaba con la mandíbula apretada, sus manos manchadas de la sangre seca de aquel hombre, pero su agarre era firme. Había cruzado una línea esa noche. La línea que separa a los que esperan ser salvados de los que se salvan a sí mismos.
Capitán iba al frente, como siempre. Aunque cojeaba ligeramente —seguramente un golpe que no vi durante la pelea—, mantenía la cabeza alta, olfateando el viento, asegurándose de que el tercer hombre, el cobarde que huyó con la muñeca rota, no estuviera esperándonos detrás de algún arbusto.
—Mateo —dijo Lucía, rompiendo el silencio que solo interrumpía el crujir de nuestras botas—. Estás pálido. Más de lo normal.
—Es la pérdida de sangre —admití, sin querer hacerme el héroe. Ya no había espacio para eso—. Pero no te preocupes. He perdido más sangre por tonterías peores. Una vez, en Chiapas, me corté con mi propio machete abriendo un coco.
Intenté reír para calmarla, pero salió como una tos seca que me dobló de dolor. Ella paró en seco y me obligó a recargarme en un árbol.
—Déjame ver —ordenó.
Levantó mi camisa de franela, ahora un trapo sucio y pegajoso. Hizo una mueca. No necesitaba un espejo para saber que se veía mal. La carne estaba hinchada, los bordes de la herida ennegrecidos por la pólvora y la mugre.
—Tenemos que limpiarlo o se va a infectar antes de que lleguemos abajo —dijo ella, con una autoridad nueva.
Sacó la botella de agua que nos quedaba en la mochila. Qudaba menos de un cuarto. —Va a arder —me advirtió.
—Hazlo.
El agua fría sobre la herida abierta me hizo ver estrellas. Apreté los dientes hasta que creí que se romperían. Gruñí, un sonido animal que hizo que Capitán se acercara a lamerme la mano. Lucía no dudó. Limpió lo mejor que pudo y luego rasgó un pedazo de su propia blusa, de la parte baja, para hacerme un vendaje compresivo.
—Gracias —murmuré cuando terminó.
—Tú quemaste tu vida por mí anoche —respondió ella, mirándome a los ojos. Había una profundidad en su mirada que no estaba ahí ayer—. Una camioneta y un vendaje no se comparan.
Seguimos bajando. El camino se hacía eterno. Mi mente, esa traicionera, empezó a divagar. Pensé en mi fonda. En la plancha fría, en las mesas vacías. Probablemente, para esta hora, alguien ya habría notado el humo de la camioneta quemada en el puente. La policía rural, o tal vez los curiosos, estarían rodeando el lugar. Mi anonimato, ese manto invisible que había tejido cuidadosamente durante años para esconderme del mundo y de mis propios recuerdos, se había esfumado. Ya no era Mateo, el cocinero ermitaño. Ahora era un incidente. Una carpeta de investigación. Un problema.
Pero al mirar a Lucía, avanzando contra el viento, y a Capitán, mi fiel sombra, supe que el precio había sido justo.
Llegamos a la carretera de terracería cerca de las diez de la mañana. El sol ya estaba alto y castigaba. El calor húmedo de la sierra baja empezaba a levantar el vapor de la lluvia nocturna, creando un baño sauna sofocante.
Fue entonces cuando escuchamos el motor. No era una Lobo negra ni una patrulla. Era el toser asmático de un motor viejo, de carburador.
Una camioneta de redilas, cargada de pacas de alfalfa, apareció en la curva. La manejaba un señor de sombrero, con la piel curtida como el cuero de mis botas. Don Goyo. Lo conocía de vista; a veces paraba en la fonda por un café cuando bajaba a vender su forraje.
Me paré en medio del camino y levanté la mano. Capitán se sentó a mi lado, demasiado cansado para ladrar.
El camión se detuvo con un chillido de frenos que pedían cambio a gritos. Don Goyo se asomó por la ventana, ajustándose los lentes.
—¿Mateo? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¡Virgen Santísima! Parece que te masticó un jaguar y te escupió el diablo. ¿Qué te pasó, hombre?
Miró a Lucía, sucia y con la ropa desgarrada, y luego al perro ensangrentado. Su expresión cambió de curiosidad a alarma. En México, ver gente así en la carretera suele significar una sola cosa: problemas de los gordos. Problemas de los que nadie quiere ser testigo.
Vi la duda en sus ojos. Vi cómo sus manos se apretaron en el volante, calculando si debía acelerar y dejarnos ahí. No podía culparlo. El miedo es el rey de estas tierras.
—Don Goyo —dije, acercándome a la ventanilla. Mi voz era firme, apelando a la decencia básica que aún queda en la gente de campo—. Necesitamos un aventón al crucero de San Juan. Traigo una herida de bala y una chica que necesita protección.
Él tragó saliva. Miró hacia atrás, hacia la carretera vacía. —Mateo… sabes cómo está la cosa. Si te subo y nos para la maña…
—Nadie nos va a parar —mentí, o recé—. Los que nos seguían están amarrados arriba en “El Nido”. Pero necesitamos llegar a la estatal antes de que se desaten o alguien los encuentre.
El viejo granjero suspiró. Se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo canoso. —Súbanse atrás, entre la alfalfa. Tápense con la lona. Y agarren al perro. Si nos paran, ustedes no me conocen y yo no los vi subir.
—Trato hecho.
Subir a la parte trasera de la redilas fue una tortura. Mis músculos se habían enfriado y cada movimiento era una aguja clavándose en mi costado. Lucía y yo nos acomodamos entre las pacas, cubriéndonos con una lona azul que olía a gasolina y paja seca. Capitán se echó sobre mis pies.
El viaje fue una pesadilla de baches y polvo. Cada salto del camión repercutía en mi herida. Cerré los ojos y me concentré en no desmayarme. Sentí la mano de Lucía buscar la mía en la oscuridad bajo la lona. Se la apreté. Era un ancla.
—¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos? —susurró ella.
—Ir con el Comandante Rivas —dije. Había mencionado la policía estatal antes, pero Rivas era el único nombre que me venía a la mente. Un tipo de la vieja escuela. No honesto al cien por cien —nadie lo es con placa y sueldo de hambre—, pero con códigos. Le había invitado un par de comidas gratis en el pasado. Esperaba que eso valiera algo.
El camión se detuvo cuarenta minutos después. Escuché el bullicio de un pueblo: cláxones, música de banda saliendo de alguna tienda, voces.
—Ya llegamos —dijo Don Goyo golpeando la lámina—. Bájense rápido que tengo que descargar.
Saltamos a la calle lateral de San Juan. El pueblo estaba vivo, ajeno a nuestra guerra nocturna. La gente pasaba comprando tortillas, los niños corrían con uniformes escolares. Nos miraban, claro. Éramos espectros. Un hombre sangrando, una mujer rota y un perro de guerra.
Caminamos dos cuadras hasta el módulo de la Policía Estatal. Era un edificio de concreto pintado de azul y blanco, con patrullas estacionadas en batería frente a la entrada.
Entramos. El aire acondicionado estaba a tope, congelando el sudor en mi piel. El oficial de barandilla, un joven con cara de aburrimiento y el celular en la mano, ni siquiera levantó la vista al principio.
—Quiero ver al Comandante Rivas —dije, apoyando las manos en el mostrador para no caerme.
El chico levantó la vista y sus ojos se abrieron como platos al ver la sangre. —¡Ay, cabrón! —soltó el teléfono—. ¿Qué les pasó? ¿Un accidente?
—Intento de homicidio, privación de la libertad y delincuencia organizada —recité los cargos con voz militar—. Avísale a Rivas que el Sargento Mateo está aquí. Y llama a una ambulancia, pero que no se lleven a nadie hasta que yo hable con él.
El chico corrió hacia una oficina trasera. Minutos después, salió Rivas. Un hombre gordo, con bigote de morsa y ojos cansados. Me vio y su expresión se endureció.
—Mateo… me dijeron que te veías mal, pero te ves de la chingada.
—Necesito ayuda, Rivas. Y necesito que sea discreta y rápida.
Le conté todo. La versión resumida. La chica, el ex novio, la persecución, la quema de la camioneta, la pelea en el campamento. Omití la parte donde casi mato al tipo con una piedra, y enfaticé que fue defensa propia.
Rivas escuchó en silencio, jugando con un bolígrafo. Cuando terminé, suspiró largo. —Me estás trayendo un cagadero, Mateo. Esa gente… si son del norte y traen ese equipo, tienen tentáculos largos.
—Están amarrados en El Nido. Dos de ellos. Uno herido de gravedad por el perro , el otro inconsciente por un golpe. El tercero huyó. Tienes la oportunidad de hacer el decomiso del año, Rivas. Camioneta, a r m a s largas, secuestradores. Te puedes colgar la medalla. O puedes dejar que se vayan y rezar para que no regresen a quemar tu pueblo.
El comandante me miró, sopesando el riesgo contra la recompensa. La vanidad y la ambición a veces son más fuertes que el miedo. —¡Martínez! —gritó—. ¡Prepara a dos unidades y avisa a los federales de apoyo! ¡Vamos a subir a la sierra!
Luego se volvió a mí. —Vete a la clínica de la Cruz Verde, está a tres calles. Yo mando a un oficial a que te tome la declaración allá. Y Mateo… si lo que dices no es cierto, te voy a meter al bote yo mismo.
—Es cierto. Y Rivas… cuida al perro. Si alguien intenta tocarlo, te juro que…
—Nadie va a tocar al pinche perro. Vete ya.
La clínica era pequeña, con olor a cloro y alcohol. El doctor, un tipo joven que seguramente estaba haciendo su servicio social, me miró con una mezcla de fascinación y horror.
—La bala no tocó órganos vitales, pero te arrancó un buen pedazo de músculo oblicuo —dijo mientras cosía. No usó anestesia suficiente, o mi cuerpo ya no la procesaba. Cada puntada era un recordatorio de que estaba vivo—. Perdiste mucha sangre. Necesitas transfusión y antibióticos fuertes.
Lucía estaba sentada en una silla de plástico a mi lado, sosteniendo mi mano otra vez. Ya la habían revisado. Deshidratación, contusiones múltiples, shock nervioso. Pero estaba entera. Físicamente, al menos.
—¿Te duele? —preguntó ella, viendo cómo me crispaba.
—Solo cuando me río —bromeé, y esta vez la sonrisa fue genuina.
Nos quedamos en esa clínica dos días. Rivas cumplió su palabra, a medias. Puso un guardia en la puerta, pero sabía que era más para vigilarnos que para protegernos. Las noticias llegaron pronto: habían encontrado a los hombres. El que mordió Capitán había perdido tanta sangre que estaba en coma. El ex novio, el líder, estaba detenido, gritando que era hijo de no sé quién y que nos iba a matar a todos.
El tercer día, Rivas entró a la habitación. Se veía satisfecho. —Ya los trasladaron a la capital. La Fiscalía General de la República atrajo el caso. Parece que tu amiguito el ex novio traía una orden de aprehensión pendiente por lavado de dinero y h o m i c i d i o en Sinaloa. Es un pez gordo.
—¿Y Lucía? —pregunté, sentándome en la cama con esfuerzo.
—Ella es la testigo estrella. Le ofrecieron protección de testigos. Se la quieren llevar a un refugio en otro estado.
Miré a Lucía. Ella estaba parada junto a la ventana, mirando hacia la calle. Se dio la vuelta. —No —dijo.
Rivas parpadeó. —¿Cómo que no? Muchacha, esta gente no perdona. Necesitas desaparecer.
—Ya desaparecí una vez —dijo ella, caminando hacia mi cama. Puso una mano sobre el lomo de Capitán, que dormía a mis pies—. Me fui con él para escapar de mi familia, luego escapé de él para salvar mi vida. Estoy cansada de correr.
—¿Entonces qué piensas hacer? —preguntó el policía, impaciente.
—Me quedo con Mateo —dijo.
El silencio en la habitación fue absoluto. Yo la miré, sorprendido. —Lucía, no tengo nada. Quemé mi camioneta. Mi fonda es una escena del crimen y probablemente ya no sea segura. Soy un viejo soldado con una pensión miserable y un perro bravo. No tengo nada que ofrecerte.
Ella sonrió. Una sonrisa triste pero llena de luz. —Me diste café cuando tenía frío. Me defendiste cuando nadie más lo hizo. Y quemaste tu camioneta para salvarme. Eso es más familia de la que he tenido en toda mi vida. Además… alguien tiene que ayudarte a curar esa herida y a cocinar en lo que sea que hagamos ahora. No creo que sepas hacer otra cosa que huevos revueltos.
Me reí. Me dolió la costilla, pero me reí. —Hago un guisado de puerco muy bueno.
—Eso está por verse.
Rivas nos miró, moviendo la cabeza como si estuviéramos locos. —Bueno, hagan lo que quieran. Pero yo les recomiendo que se vayan de aquí. San Juan está caliente. Y la sierra… la sierra tiene memoria.
—Nos vamos —dije—. Al sur. A la costa. Siempre quise poner un puesto de mariscos. El mar borra las huellas mejor que la tierra.
Salimos de la clínica al día siguiente. No teníamos maletas, solo la ropa que llevábamos puesta (limpia, gracias a la caridad de las enfermeras) y a Capitán.
Caminamos hacia la parada de autobuses. El sol brillaba fuerte. Me sentía ligero, a pesar del dolor. Había perdido todo lo material: mi negocio, mi vehículo, mi refugio en la montaña. Pero mientras caminaba, con mi cojera de veterano, sentí algo que no había sentido desde antes de la guerra.
Esperanza.
Lucía caminaba a mi lado, no detrás. Y Capitán, mi leal Capitán, trotaba alrededor de nosotros, pastoreando a su nueva manada.
Miré mis manos. Seguían siendo las manos de un hombre que sabe matar, que sabe usar un machete y un f u s i l. Pero ahora también eran manos que podían construir algo nuevo.
—¿Mateo? —preguntó Lucía mientras esperábamos el camión.
—¿Mande?
—Gracias.
La abracé de lado, con cuidado. —No me des las gracias, chamaca. Solo asegúrate de que el perro suba al camión. Si el chofer se pone roñoso, ponle tu cara de loca, esa que pusiste cuando le diste el fierrazzo al tipo aquel.
Ella soltó una carcajada. Fue el sonido más bonito que había escuchado en años.
El camión llegó. Un viejo Dina ruidoso que iba para Oaxaca. Subimos. Nos sentamos en la parte de atrás. Capitán se acomodó bajo los asientos, invisible para el mundo pero presente para nosotros.
El motor rugió y el camión empezó a moverse, alejándonos de la sierra, de los fantasmas, del humo y de la sangre.
Miré por la ventana. Los pinos pasaban rápido, convirtiéndose en manchas verdes. Adiós a la oscuridad que pesaba. Adiós a la boca del lobo.
Cerré los ojos y me dejé llevar por el movimiento. No sabía qué nos esperaba en el sur. Tal vez más problemas. Tal vez pobreza. Pero no me importaba. Porque por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo en la trinchera.
Y en México, donde la vida no vale nada y la m u e r t e viaja en camioneta del año, tener a alguien que se la rifa por ti… eso es el verdadero tesoro. Eso es ganar la guerra.
FIN.