24 HORAS SIN AGUA Y AL BORDE DEL ABISMO: EL ERROR QUE JAMÁS OLVIDARÉ

—¡No mires abajo, Chuy! ¡Por lo que más quieras, no mires! —le grité, pero el viento se llevaba mis palabras.

Estábamos colgados de una escalera oxidada, clavada en la pura roca, a más de dos mil metros de altura. Mis manos sudaban frío

 y cada paso resonaba como una sentencia. Se suponía que esto iba a ser una aventura, un reto divertido para el canal: “24 horas en la cima”. Pero nadie te dice lo que se siente cuando el aire se vuelve tan delgado que te quema los pulmones, o cuando te das cuenta de que un resbalón significa… bueno, ya saben.

—Tengo miedo, güey. De verdad, ya no puedo —gimió Chuy, aferrándose a los barrotes con los nudillos blancos. Él le tiene pavor a las alturas (y a los pepinillos, curiosamente), pero esto ya no era un chiste. Sus piernas temblaban tanto que hacían vibrar la estructura.

—¡Sigue moviéndote! —insistió Cristian desde abajo, tratando de sonar valiente, aunque yo sabía que él también estaba contando sus oraciones.

Llevábamos horas subiendo. Mis piernas se sentían como plomo y gelatina al mismo tiempo. Lo peor no era el cansancio, sino la estupidez de nuestra misión. ¿Saben qué traíamos en la mochila? No era equipo de rescate, ni suficiente agua. No. Estábamos subiendo porque a alguien se le ocurrió la “brillante” idea de pedir una pizza a la cima de la montaña. Sí, una maldita pizza.

De pronto, Chuy se detuvo en seco a mitad de la escalera. —¡Me voy a caer! —gritó, y vi cómo uno de sus pies resbalaba al vacío.

El corazón se me subió a la garganta. El sol empezaba a caer y con él, la temperatura. Estábamos agotados, deshidratados y empezando a perder la cabeza por la falta de oxígeno. Y lo peor estaba por venir: nos habíamos acabado el agua hace una hora y todavía faltaba lo más difícil.

Miré hacia arriba, hacia esa cumbre cubierta de nubes que parecía burlarse de nosotros. ¿En qué momento una broma se convirtió en una lucha por sobrevivir?

¿LOGRAREMOS BAJAR DE AQUÍ O ESTA SERÁ NUESTRA ÚLTIMA GRABACIÓN?!

LA ODISEA EN EL PICO DEL DIABLO: PARTE 2

CAPÍTULO 1: LA ESCALERA HACIA LA NADA

No sé si alguna vez han sentido que el alma se les escapa por los pies, pero eso es exactamente lo que sentí cuando vi la octava escalera. Sí, la octava . Ya no eran simples peldaños de metal; para mí, en ese estado de agotamiento mental y físico, parecían los dientes de una bestia gigante esperando masticarnos si dábamos un paso en falso.

—Ya terminé con las escaleras —dijo Chuy, con la voz quebrada, mirando la estructura oxidada que colgaba sobre el abismo. Tenía los ojos desorbitados, como si acabara de ver un fantasma—. Terminé con las escaleras donde si te caes, te mueres .

Lo miré y quise reírme, pero no tenía aire en los pulmones. La altitud nos estaba pegando duro. Estábamos a casi dos mil metros de altura y cada respiración se sentía incompleta, como si el aire fuera una sopa aguada que no te alimenta .

—Imagínate al tipo que construyó esto —le dije, tratando de distraerlo mientras aseguraba mi agarre en la roca fría—. Probablemente pensó: “¿Deberíamos hacer esto un poco más seguro?”. Y el otro vato le contestó: “Nel, así está chido” .

Chuy no se rio. Estaba pálido. Su miedo a las alturas no era un juego, y yo, en mi afán de grabar el mejor video de la historia, lo había arrastrado al infierno. Literalmente, él lo dijo unos minutos antes: “Esto es el infierno” .

Empezamos a subir. El metal crujía bajo nuestro peso. El viento a esta altura ya no silbaba; rugía. Era un sonido constante, agresivo, que te golpeaba los oídos y te hacía perder el equilibrio. Miré hacia abajo por un segundo, un error de novato. El mundo allá abajo se veía diminuto, ridículo. Los árboles eran manchas verdes y los autos ni se veían. Si me soltaba, no iba a haber rescate, no iba a haber segunda toma. Iba a ser una caída libre hacia los titulares de las noticias de la tarde.

—¿Este sendero nunca termina? —preguntó alguien detrás de mí, creo que fue Cristian, pero el viento distorsionaba las voces .

—No, güey —respondí, jalando mi cuerpo hacia arriba con los brazos temblando—. Simplemente sigue y sigue, y luego llegamos al espacio .

Era broma, pero se sentía real. Mis piernas ya no respondían igual. Llevábamos horas caminando. Horas. Al principio, todo era risas y chistes sobre “Bob Esponja” y los pioneros montando rocas , pero ahora, el cansancio era un parásito que se comía nuestra voluntad.

Cuando por fin superamos esa sección de escaleras mortales, llegamos a una cresta. Pensé que habíamos llegado, que la tortura había terminado. Pero la montaña tenía un chiste cruel preparado para nosotros.

—¿De quién fue esta idea? —preguntó Chuy, tirado en el suelo, jadeando como pez fuera del agua .

—Tuya —le mentí, o tal vez fue mía, ya ni sabía. El cerebro no me funcionaba bien por la falta de oxígeno.

Señaló hacia el horizonte. —Esa montaña de allá… —dijo, apuntando a un pico que se veía obscenamente lejos y alto—. Esa es en la que vamos a acampar. Porque queríamos esa pendiente pronunciada .

Se me cayó el alma al suelo. Lo que estábamos viendo no era solo otra subida. Teníamos que bajar la montaña en la que estábamos, cruzar un valle, y luego subir la otra bestia.

—Literalmente tenemos que descender esta montaña y subir a esa —dije, sintiendo cómo la desesperanza me llenaba la boca con un sabor amargo—. Esto es literalmente una caminata de cuatro horas más .

Cuatro horas. Con el sol bajando. Con las piernas hechas puré. Y lo peor de todo: sin saber lo que nos esperaba con el agua.

CAPÍTULO 2: LA CRISIS DE LA SEQUÍA Y EL PEDIDO IMPOSIBLE

El camino hacia la segunda cima fue una tortura silenciosa. El paisaje era hermoso, sí. Nubes rozando nuestros hombros, un cielo azul profundo que se oscurecía lentamente . Pero la belleza no se come y la belleza no se bebe.

Y hablando de beber… cometimos el error más estúpido, el error de novato que te enseñan a no cometer en el primer día de los Boy Scouts.

—Chuy… —dije, sacudiendo mi botella. Estaba vacía. Completamente seca. Miré a Cristian, nuestro supuesto experto, el “Boy Scout” del grupo . —¿Cuánta agua nos queda?

La cara de Cristian lo dijo todo antes de que abriera la boca. —Cometimos un pequeño “oopsie” —dijo, intentando suavizar la tragedia con palabras infantiles .

—¿Un “oopsie”? —repetí, sintiendo cómo la garganta se me cerraba—. Estamos a kilómetros de la civilización, Cristian.

—Bebimos mucha agua en la subida —admitió, encogiéndose de hombros—. Y ahora estamos algo cortos .

Me giré hacia Chuy. Él tenía la culpa escrita en la frente. —Chuy, literalmente vaciaste una botella de agua entera en el camino —le reclamé. No estaba enojado, estaba aterrado .

—¿Desperdiciaste una botella entera? —preguntó Cristian, incrédulo .

—Vamos a morir de deshidratación —dije, y no era una hipérbole. Sin agua, en la montaña, con el esfuerzo físico que estábamos haciendo, el cuerpo colapsa rápido. Los calambres empiezan, luego la confusión, y al final, simplemente te apagas .

—Podría intentar encontrar algo de agua que podamos hervir —sugirió Cristian, tratando de redimirse.

—¡Estamos en la cima de una montaña, güey! —le grité—. ¿De dónde vas a sacar agua? ¿De las nubes?

—Charcos —dijo él, muy seguro.

—Estamos a una milla sobre el nivel del mar —le recordé, sarcástico—. No necesitamos el mar .

La tensión en el grupo era palpable. El hambre también empezaba a hacer estragos. Mi estómago rugía más fuerte que el viento. Y entonces, en medio de esa desesperación, con la muerte por deshidratación acechando, mi cerebro capitalista y adicto al contenido tuvo una idea ridícula. Una idea tan estúpida que podría funcionar.

Saqué mi celular. Milagrosamente, tenía una raya de señal. —Tengo hambre. Alguien pida una pizza —dije, como si estuviéramos en la sala de mi casa viendo una película un viernes por la noche .

Todos me miraron como si me hubiera vuelto loco por la falta de oxígeno. —¿Pizza? —preguntó Chuy, con un brillo de esperanza en los ojos.

—Ya estoy llamando —dije, marcando el número de Domino’s. Puse el altavoz. El tono de llamada sonaba surrealista en medio de la naturaleza salvaje.

—¿Domino’s? —contestó una voz al otro lado. —Sí, ¿podemos pedir una pizza? —pregunté, casual—. ¿Grande de queso? —¿Seguro, de queso? —preguntó el empleado, probablemente acostumbrado a pedidos raros, pero no a este nivel de rareza. —Sí, queso —confirmé. Di las coordenadas lo mejor que pude. “Estamos en la cima de la montaña. Sí, la montaña grande. No, no hay calle. Solo sube” .

Colgué. Nos miramos. —¿Quién hace esto? —preguntó alguien, rompiendo la cuarta pared de nuestra propia estupidez—. ¿Quién pide pizza en un viaje de campamento? Se supone que comamos smores .

—No necesitas pizza en un campamento, cantas canciones de fogata —dije, burlándome de mí mismo. Pero en el fondo, rezaba para que esa pizza llegara. Me imaginaba el queso derretido, la masa caliente… era el único pensamiento que me mantenía en pie.

—¿Voy a hacer esto el resto de mi vida? —pensé en voz alta, cuestionando mis decisiones vitales—. Quiero hacer esculturas de hielo en Viena, no pelear con mapaches por una pizza sin ingredientes .

Pero el problema del agua seguía ahí. La pizza (si es que llegaba) sería muy salada. Necesitábamos líquido. —Hay un manantial a una milla en esa dirección —dijo Cristian, señalando hacia abajo, hacia la espesura del bosque .

—Entonces vamos a enviar un equipo de operaciones especiales —dije, señalando a Cristian y al camarógrafo—. Ustedes vayan por agua. Nosotros… bueno, nosotros nos quedaremos aquí intentando no morir.

—Mientras ellos hacen eso, yo, Chuy y algunos otros nos vamos a enfocar en ser idiotas y obtener contenido —declaré. Era nuestra especialidad .

—¡Idiotas a la de tres! —gritamos al unísono, chocando las manos—. ¡Uno, dos, tres… IDIOTAS! .

Y así, el grupo se dividió. Cristian se fue a buscar la fuente de la vida, y nosotros nos quedamos con la misión de montar el campamento. Spoiler: fue un desastre.

CAPÍTULO 3: LA INUTILIDAD DE LOS HOMBRE DE CIUDAD

Ver a Chuy y a mí intentando sobrevivir sin Cristian fue como ver a dos bebés intentando pilotar un avión. Cristian era el que sabía de nudos, de fuego, de… bueno, de todo lo útil. Nosotros solo sabíamos hacer videos y comer papas fritas.

—Entonces, se fueron a buscar agua. Tenemos que preparar todo para cuando vuelvan —dije, tratando de sonar como un líder—. Tenemos que armar la parrilla. Así, cuando tengamos agua, podremos asar cosas .

Miramos la caja de la parrilla portátil. Parecía tecnología alienígena. —¿Qué hacemos? —preguntó Chuy, con las manos en las caderas, luciendo perdido. —Chuy, no necesitamos a Cristian para todo. Podemos hacer esto —le aseguré, aunque no me lo creía ni yo .

Sacamos las piezas. Eran fierros fríos y confusos. —¿Dónde ponemos la parrilla? —pregunté. —Bueno, voy a empezar poniendo esto aquí abajo —dijo Chuy, colocando un pedazo de cartón sobre la hierba seca—, para no quemar el pasto .

Lo miré fijamente. —¿Pusiste cartón… para poner fuego encima de él? —Sí. —Creo que si Cristian estuviera aquí, diría que eso no es inteligente —dije. Era la receta perfecta para incendiar toda la montaña y salir en las noticias internacionales como los pirómanos más tontos de México .

Cambiamos de estrategia. Encontramos una roca plana. —¡A la roca! —ordené—. ¡La parrilla va en la roca! .

Logramos, de alguna manera milagrosa, armar la estructura metálica sobre la piedra. Pero entonces llegó el siguiente desafío: el fuego. —Traje el Propel —dijo Chuy, sosteniendo una botella de agua saborizada. —¿Propel? —le pregunté, confundido—. ¿Qué hacemos con el Propel? ¿Cómo prendemos la parrilla con eso? .

Estábamos perdidos. Teníamos cerillos, pero el viento era nuestro enemigo. Cada vez que encendía uno, el aire de la montaña lo apagaba de un soplido burlón. —¡Tienes que ser más rápido! —le gritaba a Chuy mientras él intentaba proteger la llama con su cuerpo .

—¡Ni siquiera estoy intentando, realmente estoy tratando de hacer esto! —gritó él, frustrado.

Después de lo que parecieron horas y veinte cerillos desperdiciados, una pequeña llama prendió en el carbón. —¡Ahí está! ¡Sí! —gritamos, celebrando como si hubiéramos descubierto la electricidad . —¿Ves? ¡No necesitamos a Cristian! —exclamé victorioso.

Pero la victoria duró poco. Teníamos fuego, sí. Pero no teníamos comida cocinable ni agua todavía. Y el sol… el sol se estaba yendo.

CAPÍTULO 4: EL HÉROE DE LA PIZZA Y LA MISIÓN DEL AGUA

Mientras nosotros jugábamos a ser cavernícolas, dos historias paralelas y heroicas estaban sucediendo.

Primero, Cristian. El tipo bajó la montaña, cruzando terrenos donde un tobillo torcido significaba la muerte. —¡El agua siempre baja por la montaña, así que iremos hacia abajo! —había dicho él, con esa lógica implacable de supervivencia .

En su camino, encontró un animal muerto. —Hey, animal muerto. Buena señal, eso significa que hay agua cerca —dijo. Su optimismo era enfermizo .

Después de caminar una milla, lo encontraron. Un tubo negro saliendo de la roca. No parecía natural, parecía algo puesto ahí por una civilización antigua o por un fontanero muy aventurero. —¡Lo encontramos! —gritó Cristian a la cámara. —¿Es potable? —preguntó el camarógrafo. —Solo hay una forma de saberlo.

Cristian, sin pensarlo dos veces, se arrodilló y bebió del flujo. —No quiero contraer disentería, pero sabe bastante limpia —dijo, saboreando el líquido como si fuera el vino más fino—. Sabe como un bebedero, de hecho . —¿Vamos a cagar nuestros cerebros esta noche? —preguntó el camarógrafo. —Probablemente .

Llenaron todas las botellas que pudieron. La misión había sido un éxito. Habían salvado nuestras vidas.

Mientras tanto, en algún lugar más abajo de la montaña, un héroe anónimo luchaba su propia batalla. Mike, el repartidor de pizza.

Llevaba el uniforme de Domino’s, la gorra bien puesta y la caja térmica en la mano. —Aquí Mike, creo que estoy a mitad de camino —dijo a su propia cámara, jadeando—. No hay señal de mi entrega. Hay gente enojada arriba .

El tipo estaba subiendo la misma montaña que nosotros. Escaleras, rocas, viento. Todo por una entrega. —Ya han pasado cuatro horas… la vista es genial —admitió, mirando el paisaje—. Saben, en Domino’s nos aseguramos de que cada cliente tenga su pizza en 30 minutos o menos. Esto no son 30 minutos, pero creo que entenderán .

Su determinación era de otro planeta. —No sé quién pidió esta pizza, pero sé que voy a encontrarlos y les voy a dar esta pizza, aunque sea lo último que haga .

Ese hombre merecía una estatua en la cima.

CAPÍTULO 5: LA NOCHE CAE Y EL HAMBRE APRIETA

De vuelta en el campamento, la situación se estaba poniendo tensa. Las nubes nos habían tragado. Literalmente. Estábamos dentro de una nube. La visibilidad bajó, la humedad subió y el frío se volvió cortante.

—Literalmente, por si no me creían, estamos a 6,000 pies en el aire —le dije a la cámara, mostrando el vacío blanco detrás de mí—. Hay nubes en nuestro campamento. El aire es tan delgado que a veces tienes que respirar súper profundo o te sientes mareado .

Cristian y el equipo del agua aún no regresaban. Y la luz se estaba yendo rápido. —El contenido se ha convertido en “volver al campamento antes de que oscurezca” porque no tenemos linternas en una montaña —dije, sintiendo el pánico real de quedarnos atrapados en la oscuridad total . —Así es como morimos —murmuró Chuy .

Vimos a lo lejos unas figuras subiendo. Eran ellos. Pero iban lento. Garrett, el camarógrafo que traía la mochila con el agua, se veía exhausto. —Van muy lento. No tenemos mucho tiempo antes de que oscurezca. No quiero caerme de la montaña —dije, evaluando las opciones crueles de la supervivencia—. Creo que tenemos que decidir si corremos… —¿Y qué? ¿Matamos a Garrett y seguimos? —bromeó alguien, pero la risa fue nerviosa .

Finalmente, llegaron. Hubo abrazos. Hubo tragos largos de agua que sabían a gloria. —¡Encontramos agua! Editores, pongan confeti o algo. Desearía que no fuera tan anticlimático —dije, bebiendo de la botella rellena .

Ahora teníamos agua y teníamos fuego. Pero seguíamos teniendo hambre. Y la pizza… bueno, la pizza era un sueño lejano.

—¿Qué hacemos ahora que tenemos fuego? —pregunté. —¿Qué haría Cristian con el fuego? —se preguntó Chuy. —Cocinar comida. —¿Cómo hacemos eso? —Conseguir comida. —Cocinarla .

Era una conversación de besugos. Pero entonces recordamos algo crucial. La mochila de Cristian. —¿Cómo consigue comida Cristian normalmente? —Encuentras su mochila —dijo Chuy con una sonrisa maliciosa. —¿Vamos a saquear la mochila de Cristian? —pregunté. —Sí. —¡A su mochila! .

Corrimos hacia el equipo de Cristian como mapaches hambrientos. Chuy se metió de cabeza en la maleta. Hubo ruidos de forcejeo, como si estuviera peleando con algo vivo ahí dentro. —¡Tengo comida! —gritó saliendo triunfante. —Espera… ¿SpaghettiOs? —pregunté, viendo la lata roja en su mano . —Güey, tuve que luchar con un oso por esto —dijo Chuy, agitado, inventando historias . —Okay, Chuy dijo “no me voy a morir de hambre esta noche” y simplemente corrió ahí dentro —narré para la cámara—. Y 30 minutos después sale con… no sé, ¿de dónde sacaste esto? —Solo dije que luché con un oso por ello —insistió él .

Pusimos la lata en el fuego. Ni siquiera teníamos olla. Directo al fuego. —Espera, tenemos que abrirla —dije. —Oh, ¿tenemos que abrirla? —Chuy estaba listo para explotar la lata. —Sí, te tengo —dije, tomando la lata. Tenía una anilla de “abre fácil”. Gracias a la ingeniería moderna. —¡Tiene una tapa que se abre! No necesitamos a Cristian —dije, sintiéndome un genio de nuevo .

Mientras los SpaghettiOs burbujeaban en la lata, calientes y oliendo a tomate industrial y salvación, miré a mi alrededor. Estábamos sucios, cansados, con frío, comiendo pasta de lata en la cima de una montaña en medio de la nada.

—Esto no estaba en la orientación para nada —reflexioné—. Se suponía que este era un trabajo respetable de nueve a cinco. ¿En qué se convirtió esto? En una misión porque alguien necesita su pizza .

—Está bastante caliente —dijo Chuy, usando un calcetín sucio (sí, un calcetín) para sacar la lata del fuego .

—¿Por qué no haces algo tú? —me reclamó Chuy mientras yo esperaba mi turno para comer. —¿Qué quieres decir? —Yo cociné la comida, yo encontré la comida. —Yo puse la parrilla ahí —me defendí débilmente. —Yo armé la parrilla —contraatacó él. —Oh, güey, te estás convirtiendo en Cristian —le dije, horrorizado. —Tú te estás convirtiendo en mí —respondió él.

El insulto dolió más que el frío. —Ja, tengo el riel de seguridad puesto. Correa de seguridad —dije, mostrando mi arnés para probar que era responsable. —¿Qué dijiste, Cristian? —se burló él. —Bien, bien. Solo voy a comerme toda la comida —dije, arrebatándole la lata .

CAPÍTULO 6: LA LLEGADA DEL PIZZERO (EL MILAGRO)

Justo cuando estábamos raspando el fondo de la lata de SpaghettiOs con cucharas de plástico sucias, escuchamos algo. No era el viento. No era un oso.

Eran pasos pesados y una respiración agitada. Nos giramos hacia el sendero oscuro. Una luz de linterna rompió la negrura.

Y ahí apareció. Como un ángel descendiendo del cielo (o más bien, subiendo del infierno). Mike. El repartidor de pizza.

Estaba bañado en sudor, con la cara roja, pero mantenía esa caja de pizza nivelada como si llevara la corona de la Reina de Inglaterra.

—¡NO MANCHES! —gritamos todos a la vez, levantándonos de un salto. El cansancio desapareció instantáneamente.

—¡Entrega para… Jimmy! —gritó Mike, con la voz quebrada por el esfuerzo pero llena de orgullo profesional .

Corrí hacia él y casi lo abrazo. —¡No puedo creer que subieras! —le dije, tomando la caja. Estaba tibia. ¡Todavía estaba tibia! —El servicio es lo primero —dijo Mike, secándose el sudor de la frente—. Pero la propina tiene que ser buena, jefe.

—Hermano, te voy a dar la propina de tu vida —le prometí.

Abrimos la caja. El olor a queso y pepperoni (aunque pedimos queso, a estas alturas cualquier cosa era un manjar) llenó el aire de la montaña, opacando el olor a humedad y calcetín sucio.

—¡Pizza! —gritó Chuy, con lágrimas en los ojos.

Nos sentamos alrededor del fuego, comiendo rebanadas de pizza Domino’s a 6,000 pies de altura. El viento soplaba, la noche era cerrada y peligrosa, y todavía teníamos que sobrevivir hasta el amanecer para completar las 24 horas.

Pero en ese momento, con la boca llena de queso y rodeado de mis amigos idiotas y un repartidor heroico, me di cuenta de algo. Esto era estúpido. Era peligroso. Era absurdo.

Pero era la mejor pizza que había probado en mi vida.

—Bueno —dije, limpiándome la salsa de la boca—, ahora solo falta ver cómo dormimos en esta tienda que armamos mal sin que el viento nos lleve volando al vacío.

Chuy me miró, con un pedazo de pizza colgando de la boca. —¿Te imaginas si se nos olvidó pedir refresco?

Todos nos reímos. Una risa maníaca, cansada, de altura. La noche apenas comenzaba. Y la montaña todavía tenía un par de sorpresas más para nosotros antes de dejarnos bajar.

Pero esa… esa es historia para cuando salga el sol.

LA ODISEA EN EL PICO DEL DIABLO: PARTE 3

CAPÍTULO 7: EL SILENCIO DESPUÉS DEL FESTÍN

Cuando Mike, nuestro héroe de la pizza, desapareció en la oscuridad del sendero, llevándose consigo la única conexión tangible que teníamos con el mundo civilizado, un silencio pesado cayó sobre el campamento. Era ese tipo de silencio que no es realmente silencio; estaba lleno del rugido constante del viento golpeando las rocas y el zumbido en nuestros oídos provocado por la altitud. La caja de pizza, ahora vacía y con solo unas manchas de grasa solidificada por el frío, yacía en el suelo como un monumento a nuestra estupidez y a nuestra suerte.

Nos quedamos mirando las brasas moribundas de nuestro fuego improvisado. La euforia de la comida caliente duró lo que dura un suspiro. En cuanto el último pedazo de masa bajó por mi esófago, la realidad nos golpeó de nuevo con la fuerza de un camión de carga: estábamos atrapados en la cima de una montaña, a oscuras, a temperaturas que congelarían a un pingüino, y todavía teníamos que pasar la noche.

—Oigan… —rompió el silencio Chuy, frotándose los brazos—. ¿Sienten eso? —¿Qué? ¿El arrepentimiento de nuestras decisiones de vida? —pregunté, acomodándome el gorro que apenas me protegía las orejas. —No, güey. El frío. Se puso cabrón de repente.

Tenía razón. El sol nos había abandonado por completo y, con él, cualquier rastro de calidez. Estábamos a 6,000 pies de altura . Aquí arriba, la atmósfera es tan delgada que no retiene el calor. Era como estar dentro de un refrigerador gigante que alguien dejó abierto por accidente.

—Necesitamos entrar a las tiendas —dijo Cristian, que, a pesar de ser el “Boy Scout” del grupo , se veía tan miserable como nosotros. Sus labios empezaban a tomar un tono morado que no combinaba nada bien con su tez pálida.

Miré hacia las bolsas de lona que contenían nuestras “casas” para la noche. Ni siquiera las habíamos sacado. Habíamos estado tan obsesionados con el agua, el fuego y la pizza, que olvidamos el detalle más básico de acampar: tener un lugar donde dormir antes de que no puedas ver ni tu propia mano frente a tu cara.

—Bueno, equipo —dije, levantándome y sintiendo cómo mis rodillas crujían como madera vieja—, hora de la construcción. Si no armamos esto en diez minutos, vamos a terminar durmiendo abrazados a una roca. Y la roca no abraza de vuelta.

CAPÍTULO 8: INGENIERÍA FALLIDA Y EL DRAMA DE LAS VARILLAS

Si pensaban que subir la montaña fue difícil, intenten armar una tienda de campaña moderna con instrucciones en chino (o eso parecían), con viento de 40 kilómetros por hora, sin luz y con las manos entumecidas.

—A ver, Chuy, agarra esa punta —ordené, iluminando el desastre con la linterna de mi celular, que por cierto, estaba al 15% de batería. —¿Cuál punta? —gritó él, luchando contra una lona que aleteaba violentamente como si quisiera salir volando y abandonarnos—. ¡Todo son puntas! ¡Esto parece un paracaídas!

—¡La varilla, güey! ¡Mete la varilla en el agujero! —le gritó Cristian desde el otro lado, donde él y el camarógrafo intentaban armar la suya.

—¡No encuentro el agujero! —respondió Chuy, desesperado—. ¡Hay demasiada tela! —Eso dijo ella —murmuré por instinto, aunque estaba demasiado cansado para reírme de mi propio chiste.

La situación era tragicómica. Chuy parecía estar peleando cuerpo a cuerpo con un fantasma de poliéster. Se enredaba, se caía, maldecía. —¡No sé cómo armar una tienda de campaña! —confesó finalmente, tirando las varillas al suelo con frustración . —¡Es instintivo, animal! —le recriminé, aunque yo tampoco tenía idea de qué iba dónde—. ¡Es como un Lego, pero de tela y dolor!

El viento sopló más fuerte, y la tienda de Chuy, que apenas estaba sostenida por una estaca mal puesta, se infló como un globo. —¡Se va! ¡Se va! —gritó Chuy, lanzándose en plancha sobre la tienda para evitar que saliera volando hacia el precipicio.

Me quedé mirándolo, aplastando la tela contra el suelo rocoso, con la cara llena de tierra. —Ahí hay una roca —le señalé, inútilmente, mientras él escupía polvo . —Gracias, Memo. Gran observación. “Ahí hay una roca”. Escribe un libro.

Nos tomó cuarenta minutos. Cuarenta minutos de gritos, dedos machucados y peleas matrimoniales entre hombres adultos. Pero, milagrosamente, logramos levantar algo que se parecía a una tienda de campaña. Estaba chueca, una de las paredes colapsaba hacia adentro y estoy 90% seguro de que nos sobraron piezas importantes, pero se mantenía en pie.

—Se ve… acogedora —mentí, mirando la estructura deforme. —Se ve como una bolsa de basura gigante que tuvo un accidente —corrigió Chuy.

CAPÍTULO 9: LA PROPUESTA INDECENTE (POR EL BIEN DEL FANFIC)

El frío ahora era insoportable. Mis dientes castañeteaban con tal fuerza que temía romperme una muela. Nos dimos cuenta de otro error fatal en nuestra planificación: las tiendas eran pequeñas. Muy pequeñas. Y nosotros no éramos hobbits.

Miré a Chuy. Él me miró a mí. Había una tensión extraña en el aire, nacida de la necesidad de supervivencia térmica.

—Chuy… —empecé, rompiendo el hielo (literalmente, había escarcha en mi chamarra)—. ¿Quieres compartir tienda? Él me miró con desconfianza. —¿Por qué? —Piénsalo, güey. Hacemos cucharita. Nos acurrucamos para el “fan fiction” —bromeé, tratando de vender la idea como contenido para las redes, pero en el fondo solo quería robarle su calor corporal .

—¿Me estás diciendo que armemos la tienda y durmamos juntos? —preguntó, levantando una ceja. —Es por los fans, Chuy. Ellos quieren ver drama. Quieren ver romance. Quieren ver… supervivencia —insistí—. Además, si duermo solo me voy a congelar y mi cadáver no va a generar muchas vistas.

—¿Me estás tirando la onda? —se rio él, nervioso. —¿Me estás rechazando? —le devolví la pregunta, fingiendo estar ofendido . —Sí. Definitivamente sí. Prefiero morir congelado con mi dignidad intacta.

—¡Bien! —exclamé, dándome la vuelta dramáticamente—. ¡Entonces muere solo! ¡Pero cuando se te caigan los dedos de los pies por congelación, no vengas llorando a mi tienda!

Al final, la distribución fue un caos. Cristian y el camarógrafo se metieron en una. Chuy, por alguna razón, terminó con el equipo de sonido en otra. Y yo… bueno, yo terminé compartiendo espacio con Garrett, que roncaba como un tractor descompuesto.

Pero antes de dormir, el camarógrafo principal nos llamó. —Oigan, necesito una toma final para el vlog del día. Algo emocional. Algo íntimo. Me acerqué a Chuy, que estaba intentando meterse en su sleeping bag sin quitarse las botas. —A ver, júntense —dijo el camarógrafo.

Me pegué a Chuy. Estábamos tan cerca que podía oler los SpaghettiOs en su aliento. —¿Esto satisface sus fan fictions, chicos? —pregunté a la cámara, poniendo mi mejor cara de “estamos sufriendo pero nos amamos” . —Tengo una toma hermosa —dijo el camarógrafo, riéndose—. La cara de Memo y el trasero de Chuy, muy juntos .

—Excelente —dije, apartándome—. Arte puro. Ahora, si me disculpan, voy a intentar entrar en coma inducido por el cansancio.

CAPÍTULO 10: LA NOCHE ETERNA

Entrar en la tienda no fue el alivio que esperaba. El suelo no era plano. Estábamos en una montaña, por el amor de Dios. El piso era un rompecabezas de rocas afiladas que se clavaban en mi espalda a través de la delgada tela del suelo y el sleeping bag barato.

Me acosté, intentando encontrar una posición en la que ninguna vértebra estuviera en riesgo de fractura. Era imposible. —Esto es el infierno —susurré a la oscuridad .

Cerré los ojos, esperando que el sueño llegara rápido. Pero la mente es traicionera a 6,000 pies. El insomnio de altura es real. Tu cuerpo está tan estresado por la falta de oxígeno que se olvida de cómo relajarse. Mi corazón latía rápido, pum-pum-pum, resonando en mis oídos.

Pasó una hora. Luego dos. Escuchaba cada sonido del exterior. El viento aullaba como “La Llorona” buscando a sus hijos perdidos. De vez en cuando, una roca caía rodando por la ladera, y mi cerebro, en estado de alerta máxima, lo interpretaba como un oso pardo escalando para venir a comerse nuestras sobras de pizza… y a nosotros de postre.

—¿Estás despierto? —susurró una voz desde la oscuridad de la tienda. Era Garrett. —No, estoy practicando para mi funeral. Cállate y duerme. —Tengo que hacer pipí —confesó.

Suspiré, un sonido largo y doloroso. —Pues ve. —Hay osos afuera, Memo. Lo dijiste tú. —Dije que podría haber osos. Y si tienes que ir, ve. Si te come un oso, grita fuerte para que me dé tiempo de prender la cámara. El contenido es primero.

Garrett no salió. Se quedó ahí, sufriendo en silencio. Y yo con él. Empecé a pensar en mi vida. En las decisiones que me llevaron a este punto. ¿Por qué hacemos esto? ¿Por fama? ¿Por dinero? ¿Por qué no pude tener un trabajo normal, de esos donde te sientas en una oficina con aire acondicionado y tu mayor problema es que se acabó el café?

“Quiero hacer esculturas de hielo en Viena”, pensé, recordando mi lamento anterior . Esa frase resonaba en mi cabeza. Viena sonaba bien. Viena era plana. Viena tenía pasteles y camas suaves. Aquí solo tenía rocas y a Garrett aguantándose las ganas de orinar.

De repente, escuché un ruido en la tienda de al lado. —¡AHHH! Era el grito de Chuy. Me incorporé de golpe, golpeándome la cabeza con la lámpara que colgaba del techo de la tienda. —¿Qué pasó? —grité. —¡Algo me tocó el pie! —chilló Chuy. —¡Es tu otro pie, idiota! —le respondió Cristian.

Me volví a acostar, frotándome la frente. —Dios, dame paciencia —recé—. O dame un helicóptero. Lo que sea más barato.

La noche se estiró como un chicle infinito. Cada vez que lograba dormitar, una ráfaga de viento sacudía la tienda con tanta violencia que pensaba que íbamos a salir volando al estilo del Mago de Oz. “Memo y Toto ya no están en Kansas”, pensé. No, estábamos en la cima de una maldita montaña en Carolina del Norte, y la bruja del oeste era la hipotermia.

En algún momento de la madrugada, empecé a alucinar. Juraría que vi luces flotando fuera de la tienda. ¿Ovnis? ¿Espíritus de la montaña? ¿El repartidor de pizza que volvió porque se le olvidó el ticket? No, probablemente eran mis neuronas muriendo una por una por la falta de oxígeno.

—Memo… —susurró Garrett otra vez. —¿Qué? —Creo que ya no tengo que hacer pipí. —Eso es malo, güey. O te deshidrataste o te orinaste encima. —No quiero revisar. —Mejor no revises. Buenas noches.

CAPÍTULO 11: EL AMANECER DE LOS MUERTOS VIVIENTES

Cuando la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por la tela de la tienda, me sentí como si hubiera peleado 12 rounds con el Canelo Álvarez. Todo me dolía. El cuello, la espalda, las piernas. Mis ojos ardían.

Abrí el cierre de la tienda. El sonido de la cremallera rasgando el silencio fue ensordecedor. Saqué la cabeza. El aire frío de la mañana me golpeó la cara, despertándome de golpe.

Y entonces lo vi.

—No manches… —susurré.

La vista era espectacular. Estábamos por encima de las nubes. Un mar blanco y esponjoso se extendía hasta el horizonte, y el sol empezaba a asomar, tiñendo todo de naranja, rosa y dorado. Los picos de las otras montañas emergían como islas en ese océano de vapor.

—Jake, puedes ver todo… —dije, hablando con nadie en particular, tal vez con el recuerdo de Jake . —Cuanto más subimos, mejor se ve —me dije a mí mismo, citando una verdad universal de la montaña. Era obvio, pero en ese momento se sentía profundo .

Poco a poco, los demás empezaron a salir de sus capullos de miseria. Chuy salió gateando, con el cabello parado en todas direcciones y los ojos hinchados. —¿Sobrevivimos? —preguntó, con voz ronca. —Apenas —le respondí.

Cristian salió estirándose, haciendo sonar cada hueso de su cuerpo. —Buenos días, princesas. ¿Quién tiene hambre? —Si dices “pizza”, te empujo por el barranco —amenazó Chuy. —No, quedan SpaghettiOs fríos. —Paso.

Nos quedamos ahí parados, un grupo de hombres sucios, malolientes y agotados, mirando el amanecer más hermoso que habíamos visto jamás. Había algo poético en ello. Todo el dolor, el miedo, la estupidez… tal vez valía la pena por estos cinco minutos de gloria visual.

—Estamos literalmente en la cima —dije, girando en círculos para ver los 360 grados de panorama—. ¿Qué? ¿Cómo es esto posible? .

Pero la poesía duró poco. Mi vejiga me recordó que era humana. Y mi estómago me recordó que la pizza de anoche ya era historia antigua.

—Bueno, foto para el Instagram y vámonos —dijo Chuy, siempre pragmático—. Ya quiero bajar. Quiero un baño real. Quiero un inodoro que no sea un arbusto.

—Espera —dije—. Todavía tenemos que grabar el final. Tenemos que cerrar esto con dignidad.

Nos agrupamos frente a la cámara. —¡Buenos días! —gritamos, fingiendo una energía que no teníamos—. ¡Sobrevivimos la noche a 6,000 pies! ¡Sin morir! ¡Sin ser comidos por osos! —Y sin dormir —añadió Chuy por lo bajo.

—Ha sido un viaje —empecé mi monólogo final—. Hemos aprendido mucho. Aprendimos que Chuy le tiene miedo a los pepinillos y a las alturas. Aprendimos que Cristian puede encontrar agua en un cadáver de animal. Y aprendimos que Domino’s llega a cualquier parte si eres lo suficientemente terco.

—Y aprendimos que no sabemos armar tiendas de campaña —agregó Cristian.

—Sí, eso también. Pero miren esto —señalé el paisaje—. Estamos vivos. Y eso es lo que cuenta.

CAPÍTULO 12: EL DESCENSO INFERNAL

La gente piensa que subir es la parte difícil. Están equivocados. Subir cansa los pulmones, pero bajar… bajar destruye las rodillas.

Levantamos el campamento. Dejamos el lugar tal como lo encontramos (menos la grasa de pizza, que tratamos de limpiar, y nuestras lágrimas de frustración). Cargamos las mochilas. Ahora se sentían más pesadas, aunque llevábamos menos comida y agua. Era el peso del cansancio acumulado.

—Tenemos que bajar esta montaña… y luego caminar todo el valle hasta el auto —dije, mirando el sendero que descendía abruptamente . —Mis piernas ya no las siento —se quejó Chuy—. Soy como un muñeco de trapo.

El descenso fue brutal. Cada paso hacia abajo era un impacto seco en las articulaciones. —¡Ay! —gritó Chuy al resbalar en una piedra suelta. —¡Cuidado! —le agarré del brazo—. Si te caes aquí, vas a rodar hasta el estacionamiento, y no de la manera divertida.

—Tengo mal equilibrio, recuérdalo —lloriqueó él—. Escalar cosas es difícil para mí. ¡Soy malo en todo! . —No eres malo en todo, Chuy —le consoló Cristian—. Eres muy bueno quejándote. Tienes un don natural.

Seguimos bajando. Pasamos de nuevo por las escaleras de la muerte. Ahora, bajarlas de cara al vacío era aún peor que subirlas. —No mires abajo, no mires abajo —repetía yo como un mantra.

—Oigan, ¿se acuerdan de cuando empezamos y estábamos limpios y felices? —preguntó Garrett detrás de la cámara. —No —respondimos todos al unísono. Esa versión de nosotros murió en la montaña. Ahora éramos hombres de las cavernas.

A mitad del camino, nos encontramos con unos excursionistas que subían. Iban frescos, con ropa limpia, oliendo a jabón y esperanza. —¡Buenos días! —nos saludaron alegres. Nosotros les respondimos con gruñidos ininteligibles. Nos veíamos como sobrevivientes de un apocalipsis zombie. Debieron pensar que veníamos de la guerra. —¿Falta mucho para la cima? —preguntó uno de ellos. —No vayas —le dijo Chuy, con la mirada perdida de un veterano de Vietnam—. Solo hay dolor allá arriba. Dolor y viento. El excursionista se rio, pensando que era broma. Pobre iluso.

El agua se nos acabó de nuevo. La sed volvió. —¿Creen que haya otro tubo mágico con agua de manantial? —preguntó Cristian. —No tientes a la suerte —le dije—. Solo sigue caminando. Visualiza una Coca-Cola bien fría. Con hielos. Sudando el vaso. —¡Cállate! —gritó Chuy—. ¡Eso es tortura psicológica!

CAPÍTULO 13: TIERRA FIRME Y LA PROMESA ROTA

Finalmente, después de lo que parecieron horas eternas, el terreno se niveló. Los árboles se hicieron más grandes. El suelo dejó de ser roca pura y se convirtió en tierra y hojas. Estábamos abajo.

Al ver el auto en el estacionamiento, sentí una emoción casi religiosa. Era una máquina hermosa, brillante, capaz de llevarnos a un lugar con aire acondicionado y comida rápida. —¡Tierra firme! —gritó Chuy, tirándose al suelo y besando el asfalto del estacionamiento (lo cual fue asqueroso, pero entendí el sentimiento).

Nos quitamos las mochilas. La sensación de ligereza fue instantánea, como si pudiera flotar. —Lo hicimos —dijo Cristian, chocando el puño conmigo. —Lo hicimos —respondí—. Y tengo video. Va a ser épico.

Subimos al auto. El olor a humanidad concentrada era potente, pero no nos importaba. —Conductor —dijo Chuy, recostándose en el asiento trasero—, llévanos al restaurante más grasoso que encuentres. Quiero una hamburguesa del tamaño de mi cabeza.

Mientras el auto arrancaba y la montaña quedaba atrás en el espejo retrovisor, la miré una última vez. Se veía majestuosa, imponente, tranquila. No parecía el lugar que casi nos mata de frío y cansancio hace unas horas. —¿Saben qué? —dije, rompiendo el silencio cómodo del auto. —¿Qué? —No estuvo tan mal. Chuy me lanzó una botella de agua vacía a la cabeza. —Estás enfermo, Memo. Estás enfermo de la cabeza. —Tal vez —me reí—. Pero el video va a tener millones de vistas. —Más te vale —dijo él, cerrando los ojos—. Más te vale.

Y así terminó nuestra aventura. Sobrevivimos al Pico del Diablo, a la falta de agua, a las escaleras mortales y a nuestra propia incompetencia. Aprendí que la naturaleza es hermosa pero indiferente, que la pizza sabe mejor cuando te cuesta la vida conseguirla, y que la verdadera amistad se forja compartiendo una tienda de campaña mal armada a temperaturas bajo cero.

Ahora, si me disculpan, voy a dormir por tres días seguidos. Y no, no quiero ver una escalera nunca más en mi vida.

LA ODISEA EN EL PICO DEL DIABLO: PARTE 4 (EL FINAL ÉPICO)

CAPÍTULO 13: LA CRUDA DE ALTURA Y EL ENGAÑO DEL AMANECER

Decir que amanecimos “cansados” sería el eufemismo del año. Sería como decir que el Titanic tuvo “un pequeño problema de humedad”. Cuando el sol terminó de salir y la adrenalina de ver el paisaje espectacular se disipó, la realidad de nuestros cuerpos nos golpeó con la fuerza de un tren de carga sin frenos.

Me intenté levantar de la roca donde me había sentado para la foto final y mis rodillas hicieron un sonido que se pareció mucho a romper una rama seca. —¡Ay, su p*ta madre! —grité, agarrándome los muslos. —¿Qué pasó? —preguntó Chuy, quien todavía estaba en posición fetal sobre su sleeping bag, negándose a aceptar que el día había comenzado. —Mis piernas, güey. No responden. Es como si me hubieran cambiado los músculos por alambre de púas oxidado.

Era la famosa “cruda de altura”. No habíamos tomado ni una gota de alcohol (ojalá), pero la deshidratación, la falta de oxígeno durante la noche y el esfuerzo físico extremo nos habían dejado en un estado zombie. Tenía la boca pastosa, como si hubiera masticado algodón, y un dolor de cabeza punzante justo detrás de los ojos, de esos que te hacen ver lucecitas.

Cristian, nuestro supuesto Boy Scout, no estaba mucho mejor. Estaba intentando doblar su tienda de campaña, pero sus manos temblaban tanto por el frío y la debilidad que parecía que estaba intentando desactivar una bomba. —No puedo… no tengo fuerza en los dedos —balbuceó, frustrado—. Esta varilla se atoró.

—Déjala ahí —dijo Chuy, con la voz amortiguada por la almohada—. Que se la queden los osos. Es su herencia. —No podemos dejar basura, animal —le regañé, aunque la idea de abandonar todo el equipo y bajar rodando sonaba tentadora—. Si dejamos esto aquí, nos “funan” en Twitter. Imagínate el titular: “Youtubers millonarios contaminan reserva natural con tiendas de campaña baratas”. No, gracias.

Nos tomó una hora entera desmontar el campamento. Una tarea que debería haber tomado quince minutos se convirtió en una operación quirúrgica de agonía lenta. Cada vez que me agachaba a recoger una estaca, sentía que la sangre se me iba a la cabeza y me mareaba.

—Oigan —dijo Garrett, el camarógrafo, sosteniendo su cámara con una mano y sobandose la espalda con la otra—. ¿Ya checaron cuánta agua nos queda?

El silencio que siguió a esa pregunta fue más frío que el viento de la montaña. Revisamos las botellas. Las que habíamos llenado en el “tubo mágico” la noche anterior ya estaban vacías o a la mitad. Habíamos bebido mucho durante la cena de pizza por la sed que traía la sal del pepperoni.

—Tenemos… —evalué las existencias—, tal vez medio litro entre los cuatro. —¿Medio litro? —repitió Chuy, con los ojos desorbitados—. ¿Para bajar todo el camino? —Sí. Así que nadie hable a menos que sea necesario. Ahorren saliva. Si quieren llorar, aguántense, porque las lágrimas son agua y no podemos desperdiciarla.

CAPÍTULO 14: EL DESCENSO ES EL VERDADERO INFIERNO

Hay un dicho en el alpinismo que dice: “Subir es opcional, bajar es obligatorio”. Y yo añadiría: “Subir cansa los pulmones, pero bajar destruye el alma y las rodillas”.

Cuando empezamos el descenso, me di cuenta de que mi bravuconada de la noche anterior (“ya quiero bajar”) había sido una estupidez. Bajar una montaña empinada, llena de rocas sueltas y raíces traicioneras, con las piernas temblando de fatiga, es mil veces más peligroso que subirla.

—¡Cuidado con la grava! —grité, un segundo demasiado tarde. Chuy resbaló. Fue como ver una película en cámara lenta. Su bota derecha perdió tracción, su cuerpo se inclinó hacia atrás, sus brazos aletearon buscando equilibrio donde solo había aire, y ¡PUM! Cayó de sentón sobre una roca puntiaguda.

—¡AHHHHHHH! —el grito de Chuy resonó en todo el valle, espantando seguramente a cualquier pájaro en cinco kilómetros a la redonda. Corrimos hacia él (o más bien, cojeamos rápido). —¿Estás bien? ¿Qué te rompiste? Chuy tenía la cara roja de dolor y se agarraba el coxis. —Mi trasero… creo que me rompí el trasero, güey. Ya no tengo nalgas. Se me sumieron.

—A ver, levántate despacio —le ayudó Cristian. Chuy se puso de pie, haciendo muecas. —Duele. Duele mucho. —Bienvenido al club —le dije, sin mucha compasión porque yo también me estaba muriendo—. Si puedes caminar, seguimos. Si no puedes, te tendremos que rodar como un tronco cuesta abajo.

Seguimos avanzando. La gravedad, que normalmente es tu amiga, aquí era una enemiga cruel. Cada paso hacia abajo era un impacto seco en las rodillas. Crack, crack, crack. Sentía que mis meniscos estaban gritando pidiendo un abogado para demandarme por abuso laboral.

Y luego… llegamos a ellas de nuevo. Las escaleras .

Si subirlas fue aterrador, bajarlas era una pesadilla diseñada por un arquitecto sádico. Cuando subes, miras la roca frente a ti. Cuando bajas, tienes que mirar al vacío para ver dónde poner el pie. Tienes que mirar el abismo a los ojos y decirle: “Hoy no, compadre”.

—No puedo —dijo Chuy, parándose en seco al borde de la escalera número ocho, esa que colgaba sobre la nada absoluta. —Tienes que poder, Chuy. No hay elevador. —Me voy a caer. Tengo las piernas como gelatina. Si me suelto, me mato. —Pues no te sueltes —le dije, una lógica impecable—. Mira, yo voy primero. Tú sígueme. No mires el paisaje, mira mis talones. Concéntrate en mis botas sucias. Esas botas son tu dios ahora.

Empecé a bajar. El metal estaba frío y resbaladizo por el rocío de la mañana. Me aferré a los barrotes con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. —Uno… dos… tres… —contaba en voz alta para marcar el ritmo. Chuy venía detrás, respirando tan fuerte que parecía una locomotora de vapor a punto de explotar. —¡Ay, diosito! ¡Ay, nanita! —murmuraba él en cada escalón.

De repente, una ráfaga de viento lateral nos golpeó. La escalera se movió. Sí, se movió. Unos milímetros, tal vez, pero se sintió como un terremoto. —¡ESTÁ TEMBLANDO! —gritó Chuy, paralizándose a mitad de camino. —¡No está temblando, es el viento! ¡Muévete! —le grité desde abajo, tratando de sonar autoritario para que el pánico no lo congelara. Si se quedaba ahí, tendríamos que llamar a un helicóptero, y eso arruinaría el presupuesto del video (y mi orgullo).

—¡No me puedo mover! —lloriqueaba él. —Chuy, escucha bien lo que te voy a decir —le dije, usando mi voz de “jefe serio”—. Si no bajas en los próximos diez segundos, voy a subir y te voy a empujar. Y te juro que duele menos bajar por la escalera que bajar volando.

La amenaza funcionó (o tal vez fue el miedo a quedarse solo). Chuy reanudó el descenso, temblando como un chihuahua en invierno, pero bajó. Cuando sus pies tocaron suelo firme (o lo que pasaba por firme en esa montaña), se tiró al piso y besó la roca. —Nunca más. Nunca, nunca más. Si me quieres llevar a algún lado, que sea a la playa. A nivel del mar. Donde la arena no te mate.

CAPÍTULO 15: PERDIDOS EN LA NIEBLA (EL MOMENTO DE PÁNICO REAL)

Creímos que lo peor había pasado, pero la montaña tenía un último truco bajo la manga. A medida que descendíamos, entramos en la capa de nubes que habíamos visto desde arriba. La visibilidad se redujo a unos cinco metros. Todo se volvió gris, húmedo y silencioso. El sendero, que arriba estaba bien marcado con diamantes azules en los árboles , empezó a desvanecerse entre la maleza.

—Oigan… —dijo Cristian, deteniéndose—. ¿Hace cuánto vieron la última marca azul? Nos miramos. Nadie sabía. —Seguro está más adelante —dije, tratando de no sonar preocupado. Caminamos diez minutos más. Nada. Solo árboles, rocas y niebla. —Creo que nos salimos del camino —dijo Garrett, bajando la cámara—. Esto no se ve como el camino por el que subimos.

El pánico es contagioso. Empieza como una pequeña duda en el estómago y sube rápido hasta la garganta. —No mames, no estamos perdidos —dijo Chuy, con la risa nerviosa de quien sabe que sí están perdidos—. Solo es un atajo. —No hay atajos en la montaña, Chuy —le cortó Cristian—. O es el camino o es el barranco.

Sacamos los celulares. “Sin servicio”. La clásica película de terror. —Estamos fritos —sentenció Chuy—. Aquí nos vamos a quedar. Vamos a tener que comernos a Garrett para sobrevivir. —¿Por qué a mí? —protestó Garrett. —Porque eres el que tiene más carne, güey. Es selección natural.

—¡Cállense! —ordené—. Nadie se va a comer a nadie todavía. Vamos a usar la lógica. El agua baja, ¿recuerdan? Si seguimos bajando, eventualmente llegaremos a algo. Un río, una carretera o el infierno, pero llegaremos a algo.

Decidimos retroceder. Subir un poco para intentar encontrar la última marca. Fue desmoralizante. Tener que subir cuando tus piernas ya no dan más es una tortura china. Fueron veinte minutos de angustia pura. Veinte minutos donde mi mente empezó a redactar mi testamento mentalmente: “Le dejo mi canal de YouTube a mi gato, y mis deudas a Chuy”.

De pronto, entre la niebla, vimos algo azul. Un pequeño diamante clavado en un pino viejo. —¡Ahí está! —gritó Cristian, señalando como si hubiera visto a la Virgen de Guadalupe. —¡ALABADO SEA EL DIAMANTE AZUL! —gritó Chuy, corriendo hacia el árbol y abrazándolo.

Habíamos recuperado el camino, pero el susto nos quitó la poca energía que nos quedaba. Nos bebimos el último trago de agua para celebrar. Ahora sí, estábamos secos. Secos y a dos horas del auto.

CAPÍTULO 16: LA TIERRA PROMETIDA Y EL OLOR A HUMANIDAD

Las siguientes dos horas son borrosas en mi memoria. Recuerdo dolor. Recuerdo el sonido monótono de mis botas golpeando la tierra. Recuerdo a Chuy cantando canciones de Juan Gabriel para espantar a los osos (o para espantar su propio miedo).

Pero entonces, el sonido del viento cambió. Se mezcló con otro sonido. Un sonido lejano, mecánico, hermoso. Motores. Coches pasando por una carretera.

—¿Escuchan eso? —pregunté, deteniéndome. —Son ángeles —dijo Chuy. —No, güey. Es un camión. Es civilización.

Aceleramos el paso. El dolor desapareció por un segundo, reemplazado por la esperanza. Los árboles se abrieron y ahí estaba: el estacionamiento. No era el Jardín del Edén, era un pedazo de asfalto agrietado con unos cuantos coches sucios, pero para nosotros era la Tierra Prometida.

Vimos nuestra camioneta. Estaba ahí, esperándonos, fiel como un perro. —¡Ahí está la nena! —gritó Chuy, y juro que vi una lágrima correr por su mejilla sucia de tierra y hollín. Corrimos (o cojeamos rápido) los últimos metros. Llegar al coche fue un ritual religioso. Tocamos la chapa fría. Abrimos las puertas.

El olor del interior del coche, esa mezcla de “olor a nuevo” (aunque ya no era nueva) y aromatizante de pino, nos golpeó. Nos dejamos caer en los asientos. Asientos de esponja. Suaves. Mullidos. Que no eran rocas. —Oh, Dios mío —gimió Cristian, reclinando su asiento hasta atrás—. Esto es mejor que el sexo. —Confirmo —dijo Chuy—. Mi espalda acaba de tener un orgasmo.

Nos quedamos ahí, en silencio, con el motor apagado, por diez minutos. Solo respirando. Procesando que estábamos vivos. Que no habíamos muerto en la montaña. Que no nos había comido un oso ni nos habíamos caído de una escalera oxidada.

—¿Saben qué huele mal? —dijo Garrett de repente. Olimos el aire. —Somos nosotros —dijo Chuy—. Olemos a muerto. A sudor de miedo, a humo de leña, a SpaghettiOs y a calcetín húmedo. Era verdad. Éramos una bomba biológica. Pero no nos importaba.

—Arranca esta cosa —le dije a Cristian, que tenía las llaves—. Llévame a donde haya comida de verdad. No pizza. No latas. Comida. Quiero tacos. Quiero tortas. Quiero colesterol.

CAPÍTULO 17: EL FESTÍN DE LOS SOBREVIVIENTES Y LA PARADA EN EL OXXO

El camino de regreso fue silencioso al principio. Estábamos demasiado cansados para hablar. Pero a medida que la calefacción del coche nos descongelaba los huesos, el hambre despertó con una furia vikinga.

Paramos en la primera gasolinera que encontramos. Parecía un oasis en el desierto. Entramos como una horda de bárbaros. La cajera, una señora mayor con lentes, nos miró con una mezcla de miedo y asco. Probablemente pensó que éramos vagabundos o criminales prófugos.

—Buenas tardes —dije, tratando de sonar civilizado a pesar de tener tierra hasta en las pestañas—. Necesitamos… todo. Empezamos a agarrar cosas. Bolsas de papas, galletas, chocolates, botellas de agua de dos litros, jugos, refrescos. Chuy agarró tres hot dogs de esos que dan vueltas en la máquina y que probablemente llevan ahí desde 1999. —¿Te vas a comer eso? —le pregunté—. Te va a dar diarrea explosiva. —Me vale —respondió él, dándole un mordisco salvaje—. Es carne. O algo parecido. Es caliente y es mío.

Pagamos una cuenta ridículamente alta para ser una gasolinera y nos sentamos en la banqueta, afuera, junto a la bomba de aire. Comimos como si no hubiera un mañana. El azúcar y la grasa entraron en nuestro torrente sanguíneo y, poco a poco, volvimos a sentirnos humanos.

—Oye, Memo —dijo Chuy, con la boca llena de galletas—. ¿Crees que el video quede chido? Me quedé pensando. Repasé mentalmente lo que habíamos grabado. El miedo genuino en la escalera. La estupidez de la parrilla. La llegada épica de Mike con la pizza. El amanecer. —Sí, güey —sonreí—. Va a ser una joya. Va a romper el internet.

CAPÍTULO 18: LOS DÍAS DESPUÉS (EL DOLOR Y LA EDICIÓN)

Llegar a casa fue el final de la aventura física, pero el comienzo de la tortura muscular. Al día siguiente, no me podía mover. Literalmente. Intenté bajarme de la cama y mis piernas dijeron “no”. Tenía lo que llamamos “piernas de Jimmy” (por mi nombre en inglés, ya saben), pero elevado a la décima potencia. Caminaba como un vaquero de 90 años que acaba de montar un toro mecánico por tres días seguidos.

Chuy me mandó un mensaje de voz: “Güey, no voy a ir a trabajar hoy. Ni mañana. Ni pasado. Estoy incapacitado. Me duele hasta el pelo. Si me necesitas, estoy en la bañera llorando.”

Pero el show debe continuar. Me arrastré hasta la sala de edición. Teníamos terabytes de material. Horas y horas de nosotros caminando, quejándonos y sufriendo. El proceso de edición es donde se construye la verdadera historia. Teníamos que tomar todo ese sufrimiento y convertirlo en 15 minutos de entretenimiento puro.

—Mira esa cara —le dije a mi editor, señalando un frame donde Chuy está a punto de llorar en la escalera—. Hazle zoom. Ponle música dramática. De esa de violines tristes. —¿No es muy cruel? —preguntó el editor. —Es oro puro. La gente tiene que sentir su miedo.

Y luego estaba Mike. El repartidor de pizza. Al revisar el material, me di cuenta de que él era el verdadero MVP (Jugador Más Valioso). —Tenemos que hacerle un homenaje a este tipo —decidí—. No solo le vamos a dar la propina, vamos a hacerlo famoso.

Editamos la secuencia de su llegada como si fuera una película de acción. Cámara lenta, música épica, destellos de luz. Mike subiendo la montaña con la caja de Domino’s se convirtió en el clímax emocional del video.

Pasamos tres días sin dormir, cortando, pegando, ajustando el audio. Quería que el video transmitiera no solo la diversión, sino la dificultad real. Quería que la gente entendiera que, aunque hacemos tonterías, nos tomamos muy en serio el entretenimiento.

CAPÍTULO 19: EL LANZAMIENTO Y LA REFLEXIÓN FINAL

Finalmente, llegó el día. El video estaba listo. Título: “SOBREVIVÍ 24 HORAS EN LA CIMA DE UNA MONTAÑA MALA” (O algo así de clickbait, ya saben cómo funciona esto). Miniatura: Mi cara gritando, Chuy colgando de un dedo (photushopeado, obvio) y una pizza gigante de fondo.

Le di clic a “Publicar”. Y esperé.

Los primeros diez minutos son cruciales. Es cuando sabes si el algoritmo te ama o te odia. 10,000 vistas. 50,000 vistas. 100,000 vistas en una hora.

Los comentarios empezaron a llover. “¡No manches, Chuy casi se muere!” “¿Quién pide pizza en una montaña? Son unos genios jajaja” “Mike el pizzero merece un aumento” “Se ve súper peligroso, yo ni loco hago eso”

Me recliné en mi silla, viendo cómo los números subían y subían. Sentí una satisfacción profunda. No por la fama (bueno, un poco sí), sino por haber completado el reto. Habíamos tomado una idea estúpida (“vamos a acampar arriba”) y la convertimos en una historia de superación, amistad y carbohidratos.

Pero más allá de las vistas, me quedé pensando en algo que pasó allá arriba. Hubo un momento, justo antes de dormir, cuando todos estábamos callados, sufriendo por el frío. En ese momento, no había cámaras. No había personajes. Solo éramos cuatro amigos cuidándonos las espaldas. Cristian compartiendo su agua, Chuy intentando hacernos reír a pesar de su miedo, Garrett aguantando la cámara sin quejarse.

Esa montaña nos rompió físicamente, pero nos unió más. Nos recordó que somos pequeños. Que la naturaleza es inmensa e indiferente a nuestros planes de contenido. Y que, a veces, las mejores experiencias son las que más te cuestan.

Le escribí a Chuy: “¡El video es un éxito, perro! Ya eres famoso por miedoso.” Me contestó al instante: “Genial. Ahora deposítame mi parte para pagar mi terapia y el masaje de glúteos que necesito.”

Sonreí. —Bueno —me dije a mí mismo, cerrando la laptop—. ¿Qué sigue?

Miré el mapa en mi pared. Había muchos lugares. Islas desiertas. Desiertos abrasadores. Ciudades abandonadas. La cosquilla de la aventura volvió. El dolor de las piernas ya se estaba olvidando (la memoria selectiva es maravillosa).

—Creo que la próxima vez… —murmuré, con una idea formándose en mi cabeza—… la próxima vez deberíamos intentar cruzar un desierto en bicicleta. O pasar 24 horas en una casa embrujada. O tal vez… solo tal vez… enterrarnos vivos.

Sí, eso suena bien.

Pero por ahora, voy a pedir otra pizza. Esta vez, a mi casa. A nivel del suelo. Con extra queso. Y le voy a abrir la puerta al repartidor con una sonrisa y una propina enorme, porque ahora sé lo que cuesta llevar felicidad en una caja de cartón.

Gracias por acompañarnos en esta locura. Si algo aprendí, es que la vida es una escalada constante. A veces hay escaleras oxidadas, a veces te quedas sin agua, y a veces tienes que comer SpaghettiOs fríos. Pero si tienes buenos amigos y un poco de locura, la vista desde la cima siempre vale la pena.

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