
El viento en el Nevado aullaba como si la misma montaña estuviera enojada, tragándose todo a su paso cuando el infierno se desató. El cielo rugía con una furia violenta, de esas que te hacen sentir pequeño, y la cola del helicóptero ya empezaba a arder entre la nieve. Adentro de los fierros retorcidos, vi a una joven con las manos temblando y sangre en la frente, empujando la puerta destrozada, suplicándome a gritos que corriera antes de que el fuego tocara el tanque de gasolina.
Su voz se quebraba por el terror mientras me gritaba que la dejara atrás, que eligiera mi vida sobre la de una extraña atrapada en una máquina rota. Pero yo… yo estaba agotado, con el frío calándome hasta los huesos y cargando el peso de mis propios demonios. Me quedé congelado un instante, sabiendo que una sola decisión en ese momento podía marcarme para siempre.
Ella no esperaba que el helicóptero fallara en el aire, ni estrellarse en la nieve con las llamas lamiéndole los pies. Y definitivamente nunca esperó que un extraño, un hombre común y corriente sin nada que perder, apareciera entre la tormenta para arriesgarlo todo por ella. Yo había subido a la montaña buscando una pequeña caja de madera que mi hija enterró cuando éramos felices. Mi pequeña Sofía ya no estaba, una enfermedad repentina me la arrebató y destrozó mi mundo.
—¡Vete! —me gritaba ella—. ¡Va a explotar!
Ella creía que estaba a segundos de m*rir, creía que nadie vendría por ella. Después de todo, había crecido rodeada de gente que solo quería su apellido, no su corazón. Pero yo recordé las últimas palabras de mi niña, palabras que nunca le había repetido a nadie: “Papá, prométeme que ayudarás a la gente que tenga miedo”.
Ese recuerdo cortó la tormenta más claro que el fuego.
Forcé la puerta dañada con mis manos congeladas que ya sangraban por el metal dentado. La levanté en mis brazos a pesar de sus protestas; temblaba violentamente por el frío y el miedo, y su vestido rojo elegante estaba rasgado y manchado de hollín. Caminé con dificultad por la nieve, medio cargándola y medio arrastrándola lejos de los restos justo cuando una bola de fuego retumbó a nuestras espaldas.
La onda expansiva nos golpeó lo suficientemente fuerte como para tirarnos al suelo. Ella se aferró a mí instintivamente, con la respiración entrecortada.
¿POR QUÉ UN HOMBRE QUE LO PERDIÓ TODO ARRIESGARÍA SU VIDA POR UNA DESCONOCIDA QUE LE GRITABA QUE SE FUERA?
PARTE 2: EL PESO DE LA NIEVE Y LA SANGRE
El zumbido en mis oídos era más fuerte que el viento. Era un pitido agudo, constante, como si alguien hubiera estirado una cuerda de violín dentro de mi cabeza hasta reventarla. Por un momento, no supe si estaba vivo o si el infierno simplemente se veía blanco y helado. Sentí el golpe frío de la nieve contra mi mejilla, áspero, real. Estaba vivo.
Abrí los ojos, pero la blancura era cegadora. Me costó unos segundos enfocar la vista, separar el cielo de la tierra. El olor a turbosina quemada y plástico derretido me golpeó la nariz, una mezcla tóxica que me revolvió el estómago vacío. Me incorporé tosiendo, escupiendo saliva espesa y oscura. A unos veinte metros de nosotros, lo que quedaba del helicóptero era ahora una pira funeraria de metal retorcido. El fuego rugía con una violencia obscena en medio de tanta paz blanca, lanzando columnas de humo negro que el viento despedazaba y arrastraba hacia los picos del Nevado.
—¡Ahhh! —un gemido ahogado a mi lado me trajo de vuelta a la realidad.
Giré la cabeza. La chica. La “niña rica” del vestido rojo. Estaba hecha un ovillo en la nieve, temblando de una forma que no parecía humana. Sus sacudidas eran tan violentas que parecía que estaba teniendo una convulsión. Me arrastré hacia ella, ignorando el dolor punzante en mis rodillas y el ardor en las palmas de mis manos, donde el metal del fuselaje me había arrancado la piel.
—¡Ey! —le grité, pero mi voz sonó lejana, algodonosa por el aturdimiento de la explosión—. ¡Ey, muchacha! ¿Estás herida?
Ella no contestó. Tenía los ojos desorbitados, fijos en el fuego, llenos de ese terror paralizante que he visto en los ojos de los perros callejeros antes de que los atropellen. No me veía a mí, veía la muerte de la que acababa de escapar por un pelo. La tomé de los hombros y la sacudí, tal vez un poco más fuerte de lo necesario.
—¡Mírame! —le ordené, usando ese tono de voz que usaba con los chalanes en la obra cuando se quedaban pasmados—. ¡Mírame, carajo!
Sus ojos, de un color miel claro que contrastaba brutalmente con la suciedad y la sangre seca en su frente, finalmente enfocaron los míos. Hubo un segundo de confusión, y luego, el reconocimiento. Se aferró a mi chamarra vieja con una fuerza desesperada, clavando sus uñas cuidadas en la tela gastada.
—¿Estoy… estoy…? —balbuceó, los dientes castañeteándole tan fuerte que temí que se los rompiera.
—Estás viva —le corté, tajante—. Estamos vivos. Pero si nos quedamos aquí viendo la fogata, nos vamos a morir de frío o nos va a caer otro pedazo de fierro encima. ¿Te puedes levantar?
Ella asintió, aunque no parecía muy convencida. Intentó ponerse de pie, pero sus piernas fallaron. El vestido rojo, una tela fina y elegante que seguramente costaba más de lo que yo ganaba en un año, estaba hecho jirones. No servía para nada aquí arriba. Sus piernas desnudas ya estaban tomando un tono violáceo por el contacto con la nieve.
“Maldita sea”, pensé. “Maldita sea mi suerte y maldita sea mi conciencia”.
Me quité los guantes de trabajo, que estaban chamuscados en las puntas, y toqué su tobillo. Estaba helada. No fría, helada. Como un bloque de hielo sacado del congelador. La hipotermia no era una amenaza lejana; ya nos estaba respirando en la nuca.
—No siento las piernas —susurró ella, y por primera vez, vi lágrimas rodar por sus mejillas, abriendo surcos limpios en el hollín que le cubría la cara.
Suspiré, echando una bocanada de vapor blanco al aire. Miré hacia arriba. El cielo estaba plomizo, una masa gris y pesada que prometía más nieve, más viento, más castigo. Estábamos en medio de la nada, en una de las zonas menos transitadas del Nevado de Toluca, lejos de las lagunas turísticas donde la gente va a tomarse fotos para el Instagram. Aquí solo había piedras, hielo y silencio.
—Agárrate de mi cuello —le dije, dándole la espalda y agachándome un poco.
—¿Qué? —preguntó ella, confundida.
—¡Que te subas! —gruñí, perdiendo la paciencia. El frío me estaba poniendo de mal humor, y el dolor de mis manos empezaba a despertar con furia—. No puedes caminar, y no te voy a dejar aquí tirada para que te conviertas en paleta de hielo. Súbete.
Ella dudó un segundo, tal vez por orgullo, tal vez por miedo a tocar a un hombre como yo, sucio, con barba de tres días y ropa de tianguis. Pero el instinto de supervivencia es más fuerte que cualquier prejuicio de clase. Sintió el calor que emanaba mi espalda y se abalanzó, rodeando mi cuello con sus brazos delgados.
Me incorporé con un gruñido. Pesaba poco, era menuda, pero en la altura, cada kilo se siente como diez. El aire es escaso a los 4000 metros, y mis pulmones, castigados por años de trabajar con cemento y polvo, protestaron de inmediato.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté para distraerla, y para distraerme yo del dolor en la espalda baja. Empecé a caminar, alejándonos del humo, buscando algún refugio natural entre las rocas volcánicas.
—Valentina —dijo ella, con la voz temblorosa cerca de mi oreja—. Valentina… Garza.
Me detuve un microsegundo. Garza. En México, hay apellidos que pesan, apellidos que abren puertas y apellidos que cierran bocas. Garza era uno de esos. Dueños de media industria en el norte, gente que sale en las revistas de sociales y en las noticias de negocios. Gente intocable. Y aquí estaba la heredera, colgada de la espalda de un albañil desempleado, con mocos en la nariz y oliendo a quemado.
—Mucho gusto, Valentina. Soy Mateo —dije, reanudando la marcha. Mis botas se hundían en la nieve hasta los tobillos, haciendo un crujido satisfactorio y agotador a la vez: cras, cras, cras.
—¿Eres… eres del equipo de rescate? —preguntó, con un hilo de esperanza.
Solté una risa seca, sin humor.
—No, niña. No soy rescatista, ni paramédico, ni superhéroe. Soy albañil. Y ahorita, soy tu única oportunidad de no quedarte aquí.
Sentí cómo se tensaba. Probablemente en su mundo, encontrarse a un tipo como yo en un lugar solitario era sinónimo de peligro, de secuestro, de violencia. No la culpaba. Vivimos en un país donde la desconfianza es la primera ley de supervivencia.
—¿Qué hacías aquí? —preguntó, con cautela.
Esa pregunta. La pregunta que no quería contestar. La razón por la que estaba en este maldito congelador gigante en lugar de estar en mi casa, viendo la tele o buscando chamba.
Sentí un nudo en la garganta, más frío que el aire que respiraba.
—Vine a buscar algo —dije, cortante—. Algo que se me perdió.
—¿Con este clima?
—El clima no importa cuando lo que buscas es lo único que te queda —respondí, y mi tono debió ser lo suficientemente duro como para que ella entendiera que debía callarse.
Caminamos —o mejor dicho, caminé cargándola— durante lo que parecieron horas. El viento no daba tregua. Nos golpeaba de costado, lanzando agujas de hielo contra mi cara. Sentía que se me congelaban las pestañas. Valentina, a mi espalda, había dejado de temblar tan violentamente, lo cual no era buena señal. Podía significar que se estaba calentando, o que su cuerpo estaba empezando a apagarse, entrando en esa fase dulce y letal del sueño por congelamiento.
—¡Valentina! —le grité—. ¡Háblame! ¡No te duermas!
—Tengo sueño, Mateo… —murmuró, arrastrando las palabras—. Está calientito aquí…
—¡Ni madres! —me sacudí para despertarla—. ¡Cuéntame algo! ¡Cuéntame de tu papá, el de los millones! ¡Cuéntame por qué venías en ese helicóptero tú sola!
La provocación funcionó. Se removió un poco.
—Iba… iba a mi boda —soltó.
Casi me tropiezo con una raíz oculta bajo la nieve.
—¿A tu boda? ¿En el Nevado?
—No… íbamos a Toluca… al aeropuerto privado… para volar a Los Cabos… —su voz cobraba un poco de fuerza al recordar—. Iba a ver los preparativos. El piloto dijo… dijo que podíamos cortar camino por las montañas… que el clima estaba bien…
—Pues el piloto era un pendejo —dije sin pensarlo—. Con todo respeto para el difunto.
—Era un buen hombre… —dijo ella, y escuché el sollozo—. Tenía tres hijos.
Me callé la boca. En la muerte, todos merecen respeto, incluso los que cometen errores estúpidos que casi nos matan. Pensé en mis propios errores. En las veces que preferí trabajar horas extras en lugar de jugar con Sofía. En las veces que le dije “luego vamos al parque, mija, ahorita papá está cansado”. Y ese “luego” se convirtió en “nunca” cuando el cáncer se la llevó en tres meses. Tres malditos meses. De estar corriendo en la escuela a estar en una cama de hospital, pálida y pequeña, llena de tubos.
La rabia me dio un golpe de adrenalina. Apreté los dientes y aceleré el paso.
—Ya falta poco —mentí. No tenía idea de a dónde íbamos. Solo sabía que necesitábamos bajar, salir de la zona expuesta.
De pronto, vi algo entre la bruma blanca. Una formación rocosa, como una cueva poco profunda, protegida por un saliente de piedra volcánica. No era un hotel de cinco estrellas, pero cortaba el viento.
—Ahí —señalé con la cabeza—. Vamos a descansar ahí.
Llegar hasta las rocas fue una tortura. Mis piernas ardían, mis pulmones silbaban. Cuando finalmente entramos bajo el refugio de piedra, dejé caer a Valentina con cuidado sobre el suelo de tierra seca y fría. Ella se acurrucó de inmediato en posición fetal.
Me dejé caer a su lado, jadeando, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse. Me miré las manos. Los cortes estaban sangrando de nuevo, la sangre se veía brillante y roja contra mi piel morena y sucia. Me dolía todo el cuerpo, pero la mente me trabajaba a mil por hora.
La miré. Estaba azul. Literalmente, sus labios eran morados y su piel tenía ese tono ceroso de los muertos. El vestido rojo era una burla cruel en este clima.
—Valentina —dije, gateando hacia ella—. Tenemos que compartir calor. No hay de otra.
Ella me miró con los ojos entrecerrados, sin fuerzas para protestar o para sentir vergüenza.
Me quité la chamarra gruesa. Debajo traía una sudadera vieja y una playera térmica que ya había visto mejores días. Le puse la chamarra encima a ella, cubriéndola lo mejor que pude, metiendo los bordes bajo su cuerpo para aislarla del suelo. Luego, me acosté a su lado, pegando mi espalda a su pecho, abrazando sus rodillas con las mías. Era la posición de “cucharita”, algo íntimo, algo que solo haces con tu pareja, pero aquí era pura supervivencia biológica.
—Perdón si huelo mal —dije, intentando romper la tensión—. Llevo dos días caminando en el cerro.
Ella no respondió al chiste. En cambio, su mano buscó la mía y la apretó. Su mano estaba tan fría que me quemó.
—Gracias —susurró—. Gracias por no dejarme.
Nos quedamos así, en silencio, mientras la tarde empezaba a caer y la luz gris se volvía negra. El viento seguía aullando afuera, como un lobo hambriento que sabe que su presa está acorralada.
En la oscuridad, los pensamientos vienen más fuertes. No podía dejar de pensar en la caja. La caja de madera de Sofía. Estaba cerca, lo sabía. Según el mapa que dibujamos juntos hace dos años, debía estar cerca de la “Piedra del Águila”, una formación que se parecía a un pájaro. Había visto esa piedra justo antes de escuchar el motor del helicóptero fallar. Estaba a menos de un kilómetro.
Si no hubiera escuchado el estruendo… si no hubiera corrido hacia el humo… ya tendría la caja. Ya tendría sus tesoros: su pulsera de cuentas, su dibujo de nosotros dos, y la carta que escribió para su “yo del futuro”. Esa carta era lo único que me mantenía cuerdo. Necesitaba leerla. Necesitaba saber qué soñaba mi hija antes de que la vida se le acabara.
Y ahora estaba aquí, atorado con una desconocida, perdiendo tiempo, perdiendo luz. Si la tormenta empeoraba, la nieve cubriría todas las referencias. Podría perder la ubicación de la caja para siempre.
—¿En qué piensas? —la voz de Valentina sonó un poco más fuerte. El calor de mi cuerpo estaba funcionando.
—En mi hija —contesté, mirando hacia la oscuridad de la cueva.
—¿Tienes hijos? —preguntó.
—Tenía. Una. Se llamaba Sofía.
Hubo un silencio respetuoso. Ella no dijo “lo siento”, y se lo agradecí. Odio cuando la gente dice “lo siento” como si fuera su culpa o como si esas dos palabras arreglaran algo.
—¿Qué le pasó? —preguntó suavemente.
—Leucemia. Rápido y agresivo. Un día le dolían las piernas, al otro estábamos en oncología, y tres meses después… la enterré.
Sentí cómo Valentina apretaba más mi mano.
—Yo… yo perdí a mi mamá cuando tenía diez años —dijo ella—. Cáncer de mama.
—Entonces sabes lo que es —dije—. Sabes lo que es que la casa se sienta enorme y vacía. Sabes lo que es que la gente te mire con lástima.
—Sí —respondió—. Mi papá… él se refugió en el trabajo. En hacer dinero. Decía que si tenía suficiente dinero, nada malo nos volvería a pasar. Compró seguridad, compró casas, compró… todo. Pero nunca estaba. Me llenaba de regalos, pero nunca estaba.
—El dinero no sirve de nada contra la muerte, niña. Mira dónde estamos. Tu helicóptero de millones de dólares es chatarra, y mi chamarra de quinientos pesos es lo que te está salvando la vida.
Ella soltó una risita débil.
—Tienes razón, Mateo. Tienes toda la razón.
—Por eso subí —confesé, sintiendo la necesidad de sacar lo que traía atorado en el pecho—. Cuando Sofía estaba sana, vinimos aquí. Le encantaba la nieve, aunque nunca la había visto de verdad. Hicimos un picnic cerca de la Piedra del Águila. Ella enterró una caja. “Una cápsula del tiempo”, dijo. Me hizo prometer que vendríamos por ella cuando cumpliera quince años.
Tragué saliva, el nudo en la garganta dolía físicamente.
—Cumpliría quince mañana —dije, con la voz rota—. Mañana es su cumpleaños.
Sentí que Valentina se movía a mi espalda. Se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y me miró a la cara, aunque en la oscuridad apenas veía el brillo de sus ojos.
—¿La caja está cerca? —preguntó.
—Estaba —corregí—. Estaba cerca de donde se estrellaron. Pero con esta nieve… ya debe estar enterrada bajo medio metro de hielo.
—Tenemos que buscarla —dijo ella, con una determinación que me sorprendió.
—Estás loca. Apenas puedes moverte. Si salimos ahí fuera de noche, nos matamos.
—Mañana —insistió—. En cuanto salga el sol. Tú me salvaste la vida, Mateo. No voy a dejar que te vayas sin esa caja. Te lo prometo. Mi papá siempre dice que una Garza siempre paga sus deudas.
Me reí, esta vez con un poco más de calidez.
—Primero preocúpate por no congelarte los pies, Valentina Garza. Luego vemos lo de la caja.
La noche fue larga. Interminable. El frío era un enemigo paciente. Se colaba por las rendijas de la ropa, entumecía los dedos, ralentizaba el pensamiento. No dormí. No podía permitirme dormir. Si me dormía y la temperatura bajaba más, tal vez no despertaríamos. Me dediqué a vigilar la respiración de Valentina, a frotar sus brazos cuando la sentía temblar demasiado, a contar los segundos para mantener la mente ocupada.
Uno, dos, tres… mil… dos mil…
Pensé en mi vida antes de Sofía. Una vida de trabajo duro, de cervezas los sábados, de fútbol los domingos. Una vida simple. Luego llegó ella y todo tuvo color. Y luego se fue, y todo se volvió gris. Hasta hoy. Hoy, el rojo del fuego y el rojo del vestido de Valentina habían roto el gris.
Hacia la madrugada, el viento dejó de aullar. El silencio que siguió fue absoluto, pesado. Me asomé fuera de la cueva. La tormenta había pasado. El cielo estaba despejado, cuajado de estrellas, tantas que mareaba verlas. La luna iluminaba la nieve, haciéndola brillar como polvo de diamantes. Era hermoso y aterrador.
Me volví hacia Valentina. Estaba dormida, respirando rítmicamente. Su cara se veía pálida a la luz de la luna, pero ya no tenía ese tono azul de muerte. Estaba viva.
“Lo lograste, cabrón”, me dije a mí mismo. “La mantuviste viva una noche”.
Pero ahora venía lo difícil. Bajar. Sin equipo, sin comida, sin agua, y con una mujer que no tenía calzado adecuado. Y encima, la tentación de la caja.
Valentina se despertó con un sobresalto cuando la luz del sol empezó a pintar de rosa los picos de las montañas.
—¿Mateo? —llamó, asustada.
—Aquí estoy —dije, frotándome los brazos para entrar en calor—. Ya amaneció. Tenemos que movernos.
Ella se sentó, haciendo una mueca de dolor. Se miró los pies. Tenía los dedos hinchados y rojos.
—No sé si pueda caminar —dijo, mordiéndose el labio.
—Vas a tener que poder —le dije, severo pero amable—. Porque no te puedo cargar todo el camino de bajada. Necesitamos encontrar ayuda.
Me quité la bufanda que llevaba y se la envolví alrededor de los pies, improvisando unas vendas para protegerla un poco de la nieve directa. Rompí las mangas de mi sudadera y hice lo mismo. Quedé en playera térmica, temblando de frío, pero ella necesitaba esas capas más que yo.
—Vamos —le tendí la mano.
Salimos de la cueva. El sol era brillante, pero no calentaba nada. El aire estaba tan frío que dolía respirar. Miré hacia el valle. Todo era blanco. El camino que yo conocía había desaparecido bajo la nevada de anoche.
Y entonces, miré hacia la izquierda. Hacia arriba.
A unos quinientos metros, sobresaliendo apenas entre la nieve acumulada, vi una forma familiar. Una roca que parecía el pico de un águila.
Mi corazón dio un vuelco.
—Es ahí —murmuré.
Valentina siguió mi mirada.
—¿La Piedra del Águila?
—Sí.
Estaba cerca. Tan cerca. Pero estaba en dirección contraria a la bajada. Subir esos quinientos metros en la nieve profunda nos tomaría una hora, tal vez más. Una hora gastando energía que no teníamos. Una hora exponiéndonos más al frío.
Miré a Valentina. Estaba temblando, apoyando apenas los pies. Si la hacía subir, podría colapsar. Si bajábamos directo, tal vez encontraríamos a los guardabosques o señal de celular más rápido.
Era la caja o la chica. Mi pasado o su futuro. La promesa a mi hija de recuperar sus recuerdos, o la promesa a mi hija de “ayudar a la gente que tenga miedo”.
Cerré los ojos un momento, sintiendo el peso del mundo en los hombros. Imaginé a Sofía mirándome, con esa carita seria que ponía cuando me regañaba por decir groserías.
—Vámonos —dije, dándole la espalda a la Piedra del Águila y señalando hacia el valle—. Vamos para abajo.
—Pero… Mateo, la caja —dijo Valentina, deteniéndose—. Está ahí. La viste.
—No importa —dije, con la voz ronca—. Tú importas más. Sofía hubiera querido que te sacara de aquí.
—No —dijo ella, firme. Se soltó de mi brazo.
Me giré, sorprendido. Valentina estaba parada en la nieve, tambaleándose, pero con la barbilla en alto. Había algo en su mirada que había cambiado. Ya no era la niña asustada del helicóptero.
—Tú me salvaste la vida, Mateo. Arriesgaste todo por mí cuando podrías haberte ido. No voy a dejar que renuncies a lo único que te queda de tu hija por mi culpa. Si no vamos por esa caja, no me muevo.
—No digas estupideces —le espeté—. Te vas a morir si subimos.
—Entonces cárgame. O empújame. O grítame como ayer. Pero no vamos a bajar sin esa caja. Es su cumpleaños, Mateo.
Me quedé mirándola, atónito. Una chica millonaria, acostumbrada a la comodidad, desafiándome en medio de la nieve, dispuesta a sufrir más solo para que yo recuperara un recuerdo. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas calientes.
—Eres una necia, Valentina Garza —dije, con una sonrisa temblorosa.
—Soy una Garza —respondió ella, intentando sonreír también, aunque le castañeaban los dientes—. Somos tercos de nacimiento.
Asentí, derrotado y orgulloso a la vez.
—Está bien. Vamos por la maldita caja. Pero si te desmayas, te juro que te arrastro de las greñas hasta el pueblo.
—Trato hecho.
Giramos hacia la pendiente. Hacia la Piedra del Águila. Cada paso era una batalla. La nieve nos llegaba a las rodillas. Yo iba abriendo camino, rompiendo la capa de hielo con mis botas, y ella venía detrás, pisando en mis huellas. La escuchaba jadear, gemir de dolor cada vez que apoyaba los pies, pero no se detuvo. Ni una sola vez pidió parar.
Cuando llegamos a la base de la roca, estábamos exhaustos. Me dejé caer de rodillas, buscando el punto exacto. Mi memoria visual era buena, pero la nieve lo cambiaba todo.
—Era aquí… —murmuré, escarbando con las manos desnudas. La nieve quemaba—. Tiene que ser aquí, justo debajo de la sombra del ala del águila a mediodía.
Escarbé frenéticamente. Valentina se arrodilló a mi lado y empezó a ayudarme, sus manos finas y lastimadas apartando la nieve blanca.
—Vamos, Sofía… —susurré—. Ayúdame, mi amor. ¿Dónde la pusiste?
Pasaron diez minutos. Veinte. Mis dedos ya no sentían nada. La desesperación empezaba a apoderarse de mí. Tal vez me equivoqué de roca. Tal vez alguien más la encontró. Tal vez la tierra se la tragó.
—Mateo… —dijo Valentina.
—¡Espera! ¡Tiene que estar aquí! —seguí cavando, lanzando nieve a los lados como un perro loco.
—¡Mateo! —gritó ella, agarrándome la muñeca.
Me detuve, jadeando, mirándola con furia.
—¿Qué?
Ella señaló un punto un poco más a la derecha, donde la nieve se veía ligeramente hundida.
—Ahí. La tierra se ve diferente.
Me moví hacia allá. Clavé las manos en la nieve, toqué tierra dura y congelada. Y entonces, mis dedos rozaron algo. Algo liso. Algo de madera.
El corazón se me paró.
Tiré con fuerza. La tierra cedió. Y ahí estaba. Una caja de madera simple, de esas que venden en las tiendas de manualidades, barnizada malamente por manos de una niña de doce años. Tenía grabadas las iniciales “S y P” (Sofía y Papá) con un cautín.
La saqué, temblando. La abracé contra mi pecho, ensuciando mi chamarra de tierra y lodo, y rompí a llorar. Lloré como no había llorado en el funeral. Lloré con un aullido ronco, feo, liberando dos años de dolor contenido, de soledad, de rabia.
Sentí los brazos de Valentina rodearme. Me abrazó fuerte, sin importarle la suciedad, sin importarle que yo fuera un desconocido. Lloramos juntos en la nieve, bajo la sombra de una roca con forma de águila.
Cuando me calmé, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano sucia, miré la caja.
—Ábrela —dijo Valentina suavemente.
Con manos torpes, quité el pequeño gancho oxidado. La tapa crujió al abrirse.
Adentro, todo estaba intacto, protegido por una bolsa de plástico ziploc. La pulsera de cuentas de colores. Una piedra brillante que ella decía que era mágica. Una foto nuestra, sonriendo, con el Nevado de fondo hace tres años. Y el sobre. Un sobre azul con mi nombre escrito con su letra redonda y perfecta.
Para mi Papá.
Tomé el sobre. Mis manos temblaban tanto que casi lo tiro.
—Léelo —dijo Valentina—. Es su regalo de cumpleaños para ti.
Abrí el sobre. Saqué la hoja de cuaderno.
“Querido Papá,
Si estás leyendo esto, es porque cumpliste tu promesa y volviste por mí. Yo sé que a veces estás triste porque mamá no está, y porque trabajas mucho para comprarme cosas. Pero quiero que sepas que no necesito cosas. Solo te necesito a ti.
Mi deseo para el futuro es que seas feliz. Que no estés solo. Que encuentres a alguien que te haga reír como yo me río contigo. Y si algo me pasa, no quiero que llores mucho tiempo. Quiero que seas valiente, como cuando espantas a los monstruos de mi cuarto.
Te amo hasta la luna y de regreso a la montaña.
Tu Sofía.”
Leí la carta en voz alta, con la voz quebrándose en cada línea. Cuando terminé, hubo un silencio sagrado.
Valentina se secó una lágrima.
—Ella sabía —dijo—. Ella sabía lo que necesitabas escuchar. “Que no estés solo”.
Miré a Valentina. Sus ojos estaban rojos, su cara sucia, su cabello un desastre. Pero en ese momento, me pareció la persona más valiosa del mundo.
—Gracias —le dije—. Gracias por obligarme a subir.
—Gracias a ti, Mateo. Por salvarme. Creo que… creo que Sofía nos salvó a los dos.
Guardé la carta y la caja en mi mochila, asegurándolas como si fueran el diamante más caro del mundo. Me sentía ligero. Agotado, adolorido, hambriento, pero ligero. El peso que cargaba en el pecho desde hacía dos años se había disuelto un poco.
—Ahora sí —dije, poniéndome de pie y ayudándola a levantarse—. Vámonos a casa.
Pero la montaña no había terminado con nosotros.
Justo cuando dábamos los primeros pasos hacia el descenso, escuchamos un ruido. No era el viento. No era el eco de una avalancha.
Era un motor.
El sonido rítmico, tuc-tuc-tuc-tuc, de aspas cortando el aire.
Valentina miró al cielo, con los ojos iluminados.
—¡Un helicóptero! —gritó, agitando los brazos—. ¡Aquí! ¡AQUÍ!
Era un helicóptero de rescate, rojo y blanco, de los “Relámpagos” del Estado de México. Venía volando bajo, peinando la zona. Seguramente habían visto el humo de ayer o habían rastreado la señal de emergencia del helicóptero de Valentina antes de que se destruyera.
Empezamos a gritar, a saltar (bueno, yo saltaba, ella se sostenía de mí). Me quité la chamarra y la agité en el aire como una bandera desesperada.
El helicóptero dio un giro. Nos habían visto.
Bajaron un poco, pero el terreno era demasiado escarpado para aterrizar. Vimos a un hombre asomarse por la puerta lateral y hacernos señas. Nos lanzaron una canastilla.
—¡Tienes que subir tú primero! —le grité a Valentina sobre el ruido del motor.
—¡No! ¡Tú!
—¡No discutas! —le dije, asegurando el arnés alrededor de su cuerpo lastimado—. ¡Sube, que te curen, y diles que aquí abajo hay un necio esperando!
Ella me miró a los ojos, una mirada profunda, intensa. Se quitó una cadena de oro que llevaba al cuello, con un dije pequeño en forma de corazón, y me la puso en la mano.
—Para que sepas que no te voy a olvidar, Mateo. Te veo abajo.
La vi subir, izada por el cable de acero, balanceándose en el aire frío. La vi entrar a la cabina segura. Suspiré, aliviado. Misión cumplida, Sofía. Ayudé a alguien que tenía miedo.
El cable volvió a bajar por mí. Me aseguré el arnés. Sentí el tirón hacia arriba, dejando la nieve, dejando la Piedra del Águila, dejando el lugar donde mi vida cambió dos veces.
Mientras subía, vi el paisaje del Nevado extendiéndose bajo mis pies. Majestuoso, cruel, hermoso. Apreté la mochila contra mi pecho. Tenía la caja. Tenía la vida. Y tenía una historia que contar.
Pero lo que no sabía, mientras el helicóptero giraba hacia Toluca, era que mi historia con Valentina Garza no terminaba en esa montaña. Apenas estaba empezando. Porque cuando una Garza paga sus deudas, a veces te cambia la vida de formas que ni todo el dinero del mundo puede predecir. Y también, porque hay gente que no estaba feliz de que ella hubiera sobrevivido al “accidente”.
Al entrar al helicóptero, un paramédico me puso una manta térmica y me ofreció oxígeno. Valentina estaba en la camilla de enfrente, con una vía intravenosa ya puesta. Me sonrió débilmente y me levantó el pulgar.
Cerré los ojos, dejándome llevar por el cansancio. Pensé que lo peor había pasado.
Qué equivocado estaba. El frío de la montaña era honesto. El frío de la ciudad, y de la gente que quería ver muerta a Valentina, iba a ser mucho más traicionero.
(Fin de la Parte 2… Continúa en la Parte 3)
PARTE 3: EL FRÍO DE CONCRETO Y LAS HIENAS DE TRAJE
El alivio es una droga extraña. Te hace sentir ligero por un segundo, como si flotaras, y luego te deja caer de golpe contra el suelo de la realidad. Mientras el helicóptero de los “Relámpagos” se elevaba, alejándonos de la nieve y de la Piedra del Águila, sentí que mi alma se partía en dos. Una parte se quedaba allá arriba, en el silencio blanco donde recuperé a mi hija a través de una caja de madera, y la otra parte, la carne maltrecha y congelada, descendía hacia el ruido, hacia ese monstruo de asfalto que llamamos ciudad.
Valentina estaba en la camilla frente a mí. La miré a través del zumbido ensordecedor de los motores y el tuc-tuc-tuc rítmico de las aspas. Ya no era la mujer desafiante que se había plantado en la nieve exigiendo buscar mis recuerdos; ahora se veía pequeña, frágil, envuelta en mantas térmicas plateadas que brillaban como envoltorios de dulce barato. Tenía los ojos cerrados, pero su mano, esa mano fina que me había sujetado con fuerza cuando pensaba que iba a morir, colgaba un poco del borde de la camilla.
El paramédico me revisaba los signos vitales. Me puso una mascarilla de oxígeno que olía a plástico nuevo. Respiré hondo. El aire puro me mareó. Cerré los ojos e intenté no pensar, pero la mente es traicionera. Pensé en el piloto del que Valentina había hablado, ese “buen hombre” con tres hijos. Su cuerpo seguía allá abajo, entre los fierros retorcidos que alguna vez fueron una máquina de millones de dólares. ¿Por qué nosotros sí y él no? Esa es la pregunta que te carcome cuando sobrevives. La culpa del sobreviviente le llaman los psicólogos, pero en mi barrio le decimos simplemente “suerte perra”.
El vuelo fue corto, demasiado corto para procesar dos días de infierno. Cuando la ciudad de Toluca apareció bajo nosotros, gris y plana, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la hipotermia. Allá arriba, el frío era honesto. Te mataba de frente, sin trucos. Aquí abajo, el frío es diferente. Es el frío de la indiferencia, de la burocracia, y como pronto descubriría, el frío de la maldad humana que se esconde detrás de sonrisas y trajes caros.
Aterrizamos en el helipuerto de un hospital privado, uno de esos lugares que parecen hoteles de cinco estrellas donde te cobran hasta por respirar. Apenas los patines del helicóptero tocaron el concreto, se desató el caos. No fue un recibimiento médico normal; fue un asalto.
Un enjambre de gente corrió hacia la aeronave. Médicos con batas impecables, enfermeras, y hombres de traje negro con auriculares en los oídos. Parecían cuervos bajando a comer.
—¡Abran paso! ¡Abran paso! —gritaba alguien.
Abrieron la compuerta y el ruido de la ciudad nos golpeó. Sirenas, cláxones lejanos, gritos. Sacaron la camilla de Valentina con una urgencia que me asustó.
—¡Signos estables, pero presenta hipotermia severa grado dos y posibles fracturas en extremidades inferiores! —gritaba el paramédico de vuelo a un doctor que parecía el jefe, un tipo alto, canoso y con cara de que su tiempo valía oro.
Yo me quedé sentado un momento, desorientado. Nadie me miraba. Nadie corría hacia mí. Yo era el “daño colateral”, el extra en la película de la niña rica. Me desabroché el arnés con dedos torpes y entumecidos y bajé del helicóptero por mi propio pie. Mis rodillas temblaron al tocar el suelo firme. Me dolía todo: la espalda, las manos cortadas por el metal, los pulmones quemados por el aire helado.
—¡Valentina! —grité, intentando seguir la camilla.
Ella abrió los ojos un momento. Me buscó entre la multitud de batas blancas.
—¡Mateo! —su voz fue un hilo débil. Intentó levantar la mano, pero uno de los tipos de traje negro se interpuso.
—Señorita Garza, todo está bien, ya está segura —dijo el tipo, con una voz que sonaba más a orden que a consuelo. Era un armario de dos metros, con lentes oscuros aunque el día estaba nublado. Me miró por encima del hombro y me puso una mano en el pecho, deteniéndome en seco.
—Atrás, amigo. Solo personal autorizado.
—Yo la bajé de la montaña, cabrón —le solté, la rabia subiéndome por la garganta. Mi ropa estaba sucia, rota, olía a humo y sudor rancio, y contrastaba violentamente con su traje impecable—. Vengo con ella.
El tipo me miró de arriba abajo con un desprecio que me dolió más que el viento del Nevado. Vio mis botas de trabajo gastadas, mi pantalón lleno de lodo, mi cara quemada por el sol y la nieve.
—Tú no vienes con nadie. Ella es una Garza. Tú eres… —hizo una pausa, buscando la palabra más educada para llamarme naco— un civil. Los paramédicos te atenderán allá.
Señaló hacia una ambulancia vieja estacionada lejos de la entrada principal, donde seguramente llevaban a los que no tenían seguro de gastos médicos mayores.
Vi cómo metían a Valentina por las puertas automáticas de cristal. Lo último que vi fue el rojo de su vestido rasgado , ese mismo vestido que había sido una burla cruel en la nieve, desapareciendo en el pasillo aséptico y brillante. Se la llevaron. Y con ella, se llevaron la conexión humana que habíamos forjado compartiendo calor en una cueva.
Me quedé ahí, parado en el helipuerto, con el viento de las aspas que se detenían revolviéndome el pelo sucio. Apreté la mochila contra mi pecho. Sentí la forma dura de la caja de madera de Sofía a través de la tela. Eso era lo único que importaba. Tenía la caja. Tenía la promesa cumplida.
Un paramédico joven, no el que venía en el vuelo, se me acercó.
—Señor, necesita revisión. Venga con nosotros.
Me dejé llevar. No tenía fuerzas para pelear. Me subieron a la ambulancia “del pueblo” y me llevaron a la sala de urgencias general, no a la suite presidencial donde seguramente estaba Valentina.
La sala de espera era el purgatorio que todos los mexicanos conocemos. Olor a cloro barato, gente durmiendo en sillas de plástico duro, niños llorando, y una televisión encendida en un canal de noticias que nadie veía. Me sentaron en una camilla en el pasillo porque “no había camas”.
Un doctor joven, con ojeras de mapache y cara de no haber dormido en tres días, me revisó.
—Tienes quemaduras de primer grado por frío en la cara y manos, laceraciones múltiples y deshidratación —dijo, escribiendo rápido en una tabla—. Tuviste suerte, “Mateo”. Unas horas más y perdías los dedos. Te vamos a limpiar las heridas, poner suero y darte el alta. No hay camas para observación.
—Está bien —dije, con la voz ronca—. Solo quiero irme a mi casa.
Mientras una enfermera me limpiaba las manos con una brusquedad eficiente, haciéndome ver las estrellas con el ardor del antiséptico sobre los cortes que me hice abriendo el fuselaje, mi mente no dejaba de dar vueltas.
Recordé las palabras de Valentina en el helicóptero: “Para que sepas que no te voy a olvidar, Mateo”. Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón, con cuidado de que la enfermera no viera, y toqué la cadena de oro con el dije de corazón. El metal estaba tibio. Era oro de verdad, pesado. Seguramente valía más que todos los muebles de mi casa juntos.
—Oiga, enfermera —pregunté, tratando de sonar casual—. La chica que venía conmigo… la del accidente del helicóptero. ¿Sabe cómo está?
La enfermera, una señora robusta con cara de pocos amigos, me miró por encima de sus lentes.
—¿La señorita Garza? Uh, joven. A esa la tienen en el piso 5, en terapia intensiva privada. Cerraron todo el piso. Dicen que llegó la familia y se armó un alboroto. Hay policía y todo.
—¿Policía? —pregunté, alarmado.
—Pues claro. Se cayó un helicóptero, no una bicicleta. Dicen en las noticias que fue falla mecánica, pero… —bajó la voz y se inclinó un poco hacia mí, con ese gusto por el chisme que nos une a todos— uno de los paramédicos del “Relámpagos” dijo que el piloto no reportó fallas hasta que ya se estaban cayendo. Raro, ¿no?
Raro. Esa palabra resonó en mi cabeza como el eco de la explosión.
Terminaron de curarme. Me dieron una receta para analgésicos que probablemente no podría comprar y me dijeron que podía irme. Nadie me ofreció un aventón. Nadie me preguntó si tenía dinero para el pasaje. Salí del hospital con mis botas de trabajo haciendo ruido en el piso encerado, sintiéndome como un intruso en un mundo de blanco inmaculado.
Afuera ya era de noche. El aire de la ciudad estaba contaminado y frío, pero no como en el Nevado. Este frío calaba por la humedad y la tristeza. Me paré en la banqueta, buscando un taxi o un pesero.
De repente, un auto negro, un sedán de lujo con vidrios polarizados, se detuvo frente a la entrada principal. Vi bajar a un hombre. No era joven, tendría unos sesenta años, pero se movía con una energía depredadora. Llevaba un abrigo de lana gris y caminaba rodeado de otros tres tipos de traje, idénticos al que me había detenido en el helipuerto.
Reconocí esa cara. La había visto en los periódicos que a veces usábamos para envolver la comida en la obra. Era Alejandro Garza. El padre. El hombre que creía que el dinero podía comprar seguridad y evitar la muerte.
Me pegué a una columna, tratando de hacerme invisible. Quería ver su reacción. Quería ver si era el padre preocupado o el magnate furioso.
Garza no se detuvo a hablar con los reporteros que ya se agolpaban en la entrada como hienas oliendo sangre. Entró directo, con la mandíbula apretada. Pero hubo un momento, un segundo fugaz antes de cruzar las puertas automáticas, en que se detuvo y miró a uno de sus guardaespaldas. Le dijo algo corto, cortante. El guardaespaldas asintió y se quedó afuera, escaneando el perímetro.
Sus ojos, ocultos tras lentes oscuros en plena noche, pasaron por encima de mí. Me contuve la respiración. No me reconoció, o no le importé. Para ellos, yo era solo otro pobre esperando el camión.
Pero yo sentí algo en las tripas. Ese instinto que desarrollas cuando creces en el barrio, esa alarma interna que te dice “crúzate de calle” cuando ves a alguien sospechoso. Había algo mal. Valentina me había dicho que su padre nunca estaba, que se refugiaba en el trabajo. ¿Por qué ahora llegaba con un ejército? ¿Era protección o era contención?
Me subí a un camión urbano que iba hacia la periferia, hacia mi barrio. El viaje fue una tortura. El traqueteo del camión me sacudía los huesos adoloridos. La gente iba apretada, cansada, oliendo a día laboral. Yo abracé mi mochila.
Llegué a mi casa, una construcción pequeña de obra negra y ladrillo que nunca terminé de aplanar por falta de lana. Abrí la puerta de metal oxidado y el silencio me recibió. Ese silencio que odiaba, el silencio que dejó Sofía. Pero hoy, el silencio se sentía diferente. Hoy traía algo.
Fui directo a la mesa de la cocina. Saqué la caja de madera. La puse bajo la luz amarillenta del foco pelón.
Me senté y, con manos que todavía temblaban un poco por el esfuerzo y la emoción, volví a sacar los tesoros. La pulsera, la piedra mágica, la foto. Y la carta.
Volví a leerla. “Quiero que seas valiente, como cuando espantas a los monstruos de mi cuarto”.
Las lágrimas me picaron los ojos, pero me las aguanté. Sofía me pedía valentía. Y Valentina… Valentina me había salvado la vida al obligarme a subir por esta caja. Le debía la vida. Y una Garza siempre paga sus deudas, pero un hombre de honor también.
Encendí la televisión pequeña que tenía sobre el refrigerador para que el ruido espantara la soledad. Las noticias estaban en pleno apogeo.
“…trágico accidente en el Nevado de Toluca. La heredera del imperio Garza, Valentina Garza, fue rescatada con vida esta tarde. Lamentablemente, el piloto, el Capitán Roberto Méndez, perdió la vida en el siniestro…”
La pantalla mostró una foto del piloto. Era un hombre con cara amable, sonriendo junto a un avión. Luego, pasaron a las imágenes del rescate. Imágenes borrosas tomadas desde lejos. Se veía el helicóptero de rescate, y se veía a dos figuras en la montaña.
“Fuentes no oficiales indican que la joven sobrevivió gracias a la intervención de un lugareño que se encontraba en la zona, aunque su identidad no ha sido confirmada…”
Un lugareño. Así me llamaban. Un fantasma sin nombre.
De pronto, la noticia cambió de tono. El reportero, parado frente al hospital donde yo había estado hacía una hora, puso cara seria.
“Sin embargo, hace unos momentos, la Fiscalía del Estado anunció que abrirá una investigación de oficio. Se han encontrado irregularidades en los registros de mantenimiento de la aeronave. Se especula sobre un posible sabotaje…”
Se me heló la sangre. Sabotaje.
Valentina me había dicho que el piloto aseguró que el clima estaba bien. Y luego, el fuego, la explosión. Si alguien quería matar a Valentina… fallaron. Ella estaba viva.
Y si alguien quiere matar a una persona y falla, ¿qué hace después?
Intenta terminar el trabajo.
Me levanté de la silla de un salto, tirando la silla al suelo. El dolor de las piernas desapareció, reemplazado por una inyección de adrenalina pura.
Valentina estaba sola en ese hospital. Bueno, no sola. Rodeada de “seguridad”. Pero si el sabotaje vino de adentro, si fue alguien cercano a la familia o a la empresa… su padre, sus guardaespaldas… ¿en quién podía confiar?
Ella me había dicho que su padre compró seguridad, pero nunca estaba. ¿Y si esa seguridad era la misma que permitió que el helicóptero cayera?
Miré la caja de Sofía. “Ayudar a la gente que tenga miedo”.
Valentina tenía miedo. Lo vi en sus ojos cuando el helicóptero se quemaba. Y ahora, acostada en una cama de hospital, drogada con analgésicos, era un blanco fácil.
—Maldita sea mi suerte —mascullé, tomando mi chamarra sucia otra vez.
No podía quedarme aquí. No podía sentarme a llorar con los recuerdos de mi hija mientras la chica que me ayudó a recuperarlos estaba en peligro.
Salí de la casa. No tenía coche. No tenía dinero para un taxi de regreso. Pero tenía que ir.
Caminé hasta la avenida principal. Pasó un taxi libre. Lo paré.
—Jefe, no traigo lana —le dije al taxista, un señor mayor con bigote canoso—. Pero le doy esto si me lleva al Hospital Ángeles, de volada.
Saqué la cadena de oro de Valentina. El dije de corazón brilló bajo la luz de la calle.
El taxista la miró, luego me miró a mí, a mi ropa sucia, a mi cara de desesperación.
—Súbete, carnal. Se ve que es de vida o muerte. Y guárdate esa madre, no me pagues con eso. Luego me das para la gasolina si nos volvemos a ver.
En México, a veces te encuentras demonios, pero también te encuentras ángeles manejando Tsurus destartalados.
—Gracias, jefe. Dios se lo pague.
El trayecto al hospital fue una eternidad. Mi mente iba armando escenarios, uno peor que el otro. ¿Cómo iba a entrar? El tipo de seguridad ya me había fichado. No podía entrar por la puerta grande diciendo “vengo a salvar a la princesa”. Me sacarían a patadas o me meterían a la cárcel.
Tenía que ser más listo. Tenía que ser invisible. Como en la obra, cuando no quieres que el arquitecto te vea descansando.
Llegamos. El hospital seguía rodeado de prensa, pero había menos gente. El taxista me dejó en la esquina.
—Suerte, hijo —me dijo.
Me deslicé hacia la parte trasera, donde está la entrada de proveedores y la morgue. Siempre hay movimiento ahí. Camiones de basura, camionetas de lavandería. Me escondí detrás de unos contenedores de basura, aguantando el olor podrido que me recordaba vagamente al olor a quemado de la montaña.
Esperé. El frío de la noche me calaba los huesos a través de la playera térmica rota. Mis manos vendadas latían con fuerza.
Un camión de ropa limpia llegó. El conductor se bajó a hablar con el guardia de la pluma. Aproveché el punto ciego. Me metí debajo del chasis del camión, aguantando la respiración, rezando para que no revisaran abajo. El camión avanzó. Pasamos la pluma.
Estaba adentro.
Me solté y rodé hacia una zona de carga oscura. Entré por una puerta de servicio que habían dejado entreabierta. Pasillos grises, tuberías expuestas. El laberinto de las entrañas del hospital.
Sabía que estaba en el piso 5. Busqué las escaleras de emergencia. Subir cinco pisos con el cuerpo molido fue un castigo divino, pero la imagen de Valentina indefensa me empujaba.
Al llegar al descanso del cuarto piso, me asomé con cuidado. En el descanso del quinto piso había un guardia armado sentado en una silla. Imposible pasar por ahí.
Miré a mi alrededor. Un carrito de limpieza abandonado. Un uniforme de intendencia colgado en un gancho. Me quité mi chamarra sucia y me puse la casaca azul de limpieza. Me quedaba chica, me apretaba en los hombros, pero servía. Agarré un trapeador.
Bajé la cabeza y subí los últimos escalones.
—¡Ey! —gritó el guardia cuando aparecí en el pasillo del quinto piso.
Mi corazón se detuvo.
—¿A dónde vas?
—A limpiar el derrame del 504, jefe —murmuré, sin levantar la vista, imitando el tono sumiso que muchos usan para sobrevivir—. Me mandaron de urgencia.
El guardia me miró aburrido. No vio a Mateo el albañil rescatista. Vio a un “nadie” con un trapeador.
—Pásale rápido. Y no hagas ruido.
Caminé por el pasillo. Era lujoso, con alfombras que amortiguaban mis botas pesadas. Había guardaespaldas cada tres puertas. Leí los nombres en las habitaciones.
502… 503…
-
Ahí estaba. Pero no había nombre en la puerta. Solo dos tipos de traje parados afuera, hablando en voz baja.
—…el patrón está furioso. Dice que cómo es posible que fallara… —decía uno.
—Cállate, güey. Aquí las paredes oyen. Lo importante es que “el asunto” se resuelva esta noche. El médico ya viene para administrarle el “calmante” fuerte.
Me quedé helado, fingiendo limpiar el zoclo del piso. ¿”El asunto”? ¿”Calmante fuerte”?
No estaban protegiéndola. Estaban esperando el momento para terminar lo que el helicóptero no pudo hacer.
Me retiré despacio, con el corazón golpeándome las costillas como un martillo. Necesitaba entrar antes que ese “médico”.
Vi que al final del pasillo había una pequeña sala de estar para visitas. Estaba vacía. Y tenía un balcón. Un balcón que conectaba por fuera con las ventanas de las habitaciones. Era una locura. Estábamos en un quinto piso. Si me resbalaba, me mataba.
Pero ya había sobrevivido al Nevado de Toluca. Un edificio pijo no me iba a detener.
Salí al balcón. El viento de la noche me golpeó. Miré hacia abajo. Las luces de la ciudad parecían un mar de estrellas eléctricas. Me trepé al barandal. La cornisa era estrecha, apenas unos veinte centímetros de concreto.
Avancé pegado a la pared, paso a paso, rezando a todos los santos y a mi Sofía. El frío me entumía los dedos. Si me caía, nadie sabría nunca la verdad.
Llegué a la ventana de la 505. Las cortinas estaban cerradas, pero quedaba una rendija. Miré hacia adentro.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por el monitor de signos vitales que pitaba suavemente. Bip… bip… bip… Un sonido mucho más tranquilo que el pitido en mi cabeza después de la explosión.
Valentina estaba en la cama, inmóvil.
Intenté abrir la ventana. Cerrada. Por supuesto.
Saqué de mi bolsillo mi navaja multiusos, la misma que había usado para todo en la montaña. Busqué el borde del marco de aluminio. Hice palanca. El seguro crujió.
Empujé despacio. La ventana cedió.
Entré como una sombra, cayendo sobre la alfombra suave. El calor de la habitación me golpeó, tan diferente al frío de afuera. Me acerqué a la cama.
—Valentina —susurré.
Ella se movió, inquieta. Tenía la cara pálida, limpia de hollín, pero llena de moretones que no se veían bajo la mugre en la montaña. Abrió los ojos despacio. Estaban vidriosos por la medicación.
—¿Papá? —murmuró.
—No. Soy yo. Mateo.
Sus ojos se abrieron de golpe. El reconocimiento luchó contra la droga.
—¿Mateo? ¿Estás… estás muerto?
—Todavía no. Y tú tampoco. Escúchame bien, Valentina. Tienes que despertar.
Le agarré la mano, esa mano que ya no estaba helada, sino tibia y suave.
—Estás en peligro. Escuché a los guardias. Van a venir a ponerte algo. No puedes dejar que te inyecten nada. ¿Me entiendes?
Ella parpadeó, confundida, asustada.
—¿Qué? Mi papá… mi papá puso seguridad…
—Esos gorilas no te están cuidando, te están vigilando. El accidente no fue accidente, Valentina. Alguien saboteó el helicóptero. Y están encabronados de que sigas viva.
El terror, ese terror paralizante que vi cuando el fuego se acercaba, volvió a sus ojos color miel.
—¿Por qué? —gimió—. ¿Quién?
—No lo sé. Pero no me voy a ir de aquí hasta que estemos seguros.
En ese momento, el pomo de la puerta giró.
Me lancé al suelo, rodando para meterme debajo de la cama. El espacio era estrecho, lleno de cables y mecanismos hidráulicos. Apreté los dientes para no gritar cuando mi hombro golpeado chocó contra el metal.
La puerta se abrió. Entraron pasos. Unos zapatos de vestir, caros, brillantes. Y detrás, los zapatos de los guardias.
—Buenas noches, señorita Garza —dijo una voz melosa, masculina. No era el doctor de urgencias. Era una voz que destilaba falsedad—. Vengo a ponerle su sedante para que descanse mejor. Ha sido un día muy difícil.
Desde mi escondite, vi cómo el hombre se acercaba a la cama. Vi cómo preparaba una jeringa. No la sacó de un carrito médico. La sacó del bolsillo de su saco.
Valentina no hablaba. Podía sentir su miedo vibrando a través del colchón encima de mí.
—No… no quiero… —dijo ella, su voz temblando—. Me duele la cabeza… quiero ver a mi papá.
—Su padre está descansando, querida. Esto le quitará el dolor. Todo el dolor. Para siempre.
El tono final me heló la sangre. “Para siempre”.
No había tiempo para planes. No había tiempo para ser sutil.
Salí de debajo de la cama por el lado contrario, me puse de pie de un salto y, con la navaja todavía en la mano, me abalancé sobre el hombre de la jeringa.
—¡Aléjate de ella, hijo de tu puta madre! —rugí.
El tipo se giró, sorprendido, con los ojos desorbitados. Le di un empujón que lo mandó contra el carrito de las medicinas, tirando bandejas de metal con un estruendo que debió despertar a todo el piso. La jeringa voló de su mano y cayó al suelo, rodando hasta los pies de Valentina.
Los guardias entraron corriendo, desenfundando armas.
Me puse delante de Valentina, escudo humano entre la heredera y las balas.
—¡Si disparan, le dan a ella! —grité, apostando todo a que no se atreverían a hacer un desastre tan obvio.
El supuesto doctor se levantó, arreglándose el saco. Me miró con un odio frío, calculador.
—¿Quién diablos eres tú? —siseó.
—Soy su sombra —respondí, jadeando, sintiendo cómo la sangre me latía en las sienes—. Y se van a tener que pasar por encima de mí.
Valentina se incorporó en la cama, arrancándose la vía intravenosa con un gesto de dolor, la sangre manchando las sábanas blancas.
—¡Es Mateo! —gritó ella, con una fuerza que no sabía de dónde sacaba—. ¡Es el hombre que me salvó! ¡Si lo tocan, juro por la memoria de mi madre que los destruyo a todos!
Hubo un silencio tenso. De esos silencios donde se decide la vida o la muerte. Los guardias dudaron. Una cosa es un “accidente” médico silencioso, y otra muy distinta es ejecutar a un testigo y a la heredera en medio de un escándalo.
El hombre de traje sonrió. Una sonrisa fea, de tiburón.
—Vaya, vaya. El héroe del pueblo. Qué conmovedor.
Dio un paso atrás y levantó las manos, haciéndole una señal a los guardias para que bajaran las armas.
—Parece que la paciente está muy alterada. Volveremos cuando se calme.
Me miró a los ojos, y en esa mirada me prometió una muerte lenta y dolorosa.
—Cuídala bien, albañil. La noche es muy larga. Y en este hospital, a veces la gente se muere de la nada.
Se dio la vuelta y salió, seguido por sus perros de presa. La puerta se cerró con un clic suave.
Me giré hacia Valentina. Estaba temblando, pálida, con sangre goteando de su brazo.
—Mateo… —sollozó.
La abracé. La abracé fuerte, manchando su bata de hospital con mi ropa de intendencia sucia.
—Ya estoy aquí —le dije al oído—. Ya estoy aquí. No estás sola.
Pero mientras la consolaba, miré la jeringa en el suelo. El líquido que contenía brillaba bajo la luz artificial. Sabía que esto no había terminado. Solo habíamos ganado un round. Y ahora, yo también era un blanco.
Había sobrevivido al frío del Nevado, pero no sabía si sobreviviría al frío de esta ciudad. La guerra acababa de empezar. Y lo único que tenía para pelear era una navaja, una caja de recuerdos de mi hija muerta, y una promesa.
Pero a veces, eso es suficiente para incendiar el mundo.
(Fin de la Parte 3… Continúa en la Parte Final)
PARTE FINAL: LA TORMENTA PERFECTA Y EL AMANECER DEL JAGUAR
El sonido del clic de la puerta al cerrarse fue más fuerte que un disparo. Retumbó en las cuatro paredes de la habitación 505, sellando nuestro destino como si fuera la tapa de un ataúd de lujo. Me quedé parado un segundo, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto, mirando la jeringa tirada en la alfombra. El líquido transparente que brillaba en su interior no era medicina; era una sentencia de muerte destilada, la prueba de que el infierno no solo estaba hecho de hielo y nieve en el Nevado de Toluca, sino también de ambición y trajes de seda en la ciudad.
Valentina seguía en la cama, temblando, con la sangre de la vía intravenosa arrancada manchando las sábanas blancas como si fueran pétalos de una flor marchita. Me giré hacia ella. Ya no había tiempo para el miedo, ni para el dolor de mis quemaduras por el frío, ni para el agotamiento que me calaba los huesos. El miedo paraliza, y en mi barrio aprendes rápido que el que se queda quieto, se muere.
—¿Estás conmigo, Valentina? —le pregunté, no con voz dulce, sino con la urgencia de un capataz en medio de un derrumbe.
Ella se limpió las lágrimas con el dorso de la mano sana. Sus ojos color miel, que antes reflejaban el terror puro del fuego en la montaña, ahora tenían un brillo diferente. Era el brillo de la rabia. La rabia de saber que su propia gente, su propio mundo, la quería muerta.
—Estoy contigo, Mateo —respondió, y aunque su voz temblaba, sus palabras eran firmes—. No me voy a morir aquí. No después de lo que pasamos arriba.
Asentí. Me agaché y recogí la jeringa. La guardé en el bolsillo de mi pantalón sucio, junto a la navaja multiusos y la cadena de oro que el taxista no me quiso cobrar. Esa jeringa era nuestra evidencia, nuestra póliza de seguro, si es que lográbamos salir de esta ratonera.
—Escúchame bien —le dije, acercándome a la cama—. Ese tipo, el “doctor” falso, no se va a quedar quieto. Dijo que la noche es larga. Nos van a dar unos minutos para “calmarnos” y luego van a entrar a la fuerza. No podemos estar aquí cuando eso pase.
—Pero no puedo caminar, Mateo —me recordó ella, señalando sus piernas inmóviles bajo las sábanas. La hipotermia y los golpes del accidente la habían dejado casi inválida temporalmente.
Miré alrededor de la habitación. Era una suite de hospital de primer mundo: sillones de piel, televisión de pantalla plana, baño privado. Pero para mí, solo era una jaula de oro. Mis ojos de albañil, acostumbrados a ver las estructuras detrás de las fachadas, empezaron a escanear el lugar buscando debilidades. La ventana por la que entré era una opción suicida para ella; el balcón era estrecho y estábamos en un quinto piso. El pasillo estaba vigilado por los gorilas.
—No vamos a salir caminando —dije, y mi mirada se posó en el baño—. Vamos a salir nadando.
—¿De qué hablas?
Corrí hacia el baño. Saqué el cesto de la basura, que era de metal sólido, y empecé a vaciarlo. Luego, regresé a la habitación y arrastré un sillón pesado contra la puerta. No la detendría por mucho tiempo, pero nos daría unos segundos de aviso si intentaban entrar.
—Valentina, necesito que seas fuerte. Más fuerte que en la montaña —le dije mientras buscaba en los cajones del carrito médico que el falso doctor había tirado. Encontré lo que buscaba: alcohol, gasas y un encendedor que algún enfermero descuidado había dejado olvidado o que usaba para fumar a escondidas en el baño.
—¿Vas a quemar el hospital? —preguntó ella, con los ojos abiertos de par en par.
—No todo. Solo lo suficiente para que el sistema contra incendios haga su chamba.
Fui hacia el detector de humo y los rociadores del techo. En la obra, siempre nos quejamos de lo sensibles que son estos sistemas en los edificios nuevos. Un poco de humo y ¡pum!, se suelta el diluvio. Si lograba activar los aspersores, se activarían las alarmas. Las puertas magnéticas se desbloquearían por seguridad, los elevadores bajarían a la planta baja, y lo más importante: se armaría un caos tremendo. Y en el caos, los invisibles como yo tenemos ventaja.
—Mateo… —Valentina me llamó. Tenía el celular en la mano. El que estaba en la mesa de noche—. No tengo señal. Bloquearon la red.
—Son profesionales —mascullé—. Tienen inhibidores. Por eso tu papá no te ha llamado. Lo tienen aislado o le están contando que estás sedada e incomunicada por “prescripción médica”.
Me subí a una silla, gimiendo por el dolor en mis rodillas maltratadas. Acerqué la llama del encendedor al sensor del rociador.
—Cúbrete la cabeza —le ordené—. Va a llover.
Segundos después, el bulbo de vidrio del rociador estalló con un chasquido seco. Inmediatamente, un chorro de agua negra y apestosa (el agua estancada de las tuberías contraincendios siempre huele a podrido al principio) salió disparada a presión, golpeando el techo y dispersándose en un abanico perfecto.
La alarma comenzó a aullar. Un sonido estridente, WUUU-WUUU-WUUU, acompañado de luces estroboscópicas que empezaron a parpadear en el pasillo.
—¡Ahora! —grité.
Corrí hacia la cama. Valentina se cubría con las sábanas, pero el agua ya estaba empapando todo. La cargué en mis brazos, igual que en el Nevado, ignorando el dolor punzante en mi espalda. Pesaba poco, pero mi cuerpo estaba al límite. La senté en la silla de ruedas que estaba en la esquina de la habitación.
—Sujétate fuerte. Esto va a ser un rodeo.
Quité el sillón de la puerta. Abrí la puerta de golpe.
El pasillo era un manicomio. El agua caía de todos los rociadores del piso, creando una cortina de lluvia artificial que dificultaba la visión. El piso de mármol pulido se había convertido en una pista de patinaje mortal. Médicos, enfermeras y pacientes salían de las habitaciones, gritando, resbalando. El pánico es contagioso, y en un hospital, se propaga más rápido que un virus.
Miré a la derecha. Los dos gorilas que cuidaban la puerta estaban desconcertados, cubriéndose la cabeza con las manos, tratando de hablar por sus radios que seguramente no funcionaban bien con el ruido de la alarma.
—¡Ahí están! —gritó uno de ellos al vernos salir.
—¡Fierro, pariente! —grité yo, empujando la silla de ruedas con toda la fuerza que me quedaba.
No corrí hacia los elevadores. Sabía que se bloquearían. Corrí hacia las escaleras de servicio, las mismas por las que había subido disfrazado de intendente.
El guardia más cercano intentó interceptarnos. Sacó su arma, pero el suelo mojado le jugó una mala pasada. Resbaló cómicamente, cayendo de espaldas con un golpe seco que sonó doloroso. No me detuve a ver si se levantaba. El otro venía detrás, corriendo con más cuidado.
Llegamos a la puerta de las escaleras. La empujé con el hombro. Pesaba una tonelada. Entramos al cubo de la escalera de concreto. Aquí el ruido de la alarma rebotaba en las paredes, amplificándose.
—¡Agárrate! —le grité a Valentina.
No podía bajar la silla de ruedas por los escalones rodando. Tenía que cargarla.
—¡Mateo, déjame aquí! ¡Vete tú! —me gritó ella, repitiendo la misma súplica que en el helicóptero.
—¡Ni madres! —le contesté, usando la misma terquedad que nos había mantenido vivos en la cueva—. ¡Empezamos juntos y terminamos juntos!
La saqué de la silla. La eché a mi espalda, estilo caballito. Mis piernas temblaron violentamente. “Vamos, cabrón”, me dije a mí mismo. “Por Sofía. Por la promesa”. Sentí el peso de la caja de madera en mi mochila presionando contra mi columna, dándome una extraña fuerza. Era como si mi hija me estuviera empujando.
Bajamos un piso. Dos pisos. Mis pulmones ardían. Oía las botas de los guardias golpeando los escalones arriba de nosotros.
—¡Están en la escalera B! —escuché que gritaban.
Al llegar al segundo piso, la puerta de la escalera se abrió de golpe frente a nosotros. Un tipo de seguridad del hospital, no de los mercenarios de traje, nos bloqueó el paso.
—¡Alto ahí! ¿A dónde llevan a la paciente?
—¡Hay fuego arriba, jefe! —mentí, jadeando, con el sudor y el agua de los rociadores mezclándose en mi cara sucia—. ¡La estoy sacando! ¡Ayúdeme!
El guardia dudó. Vio mi uniforme de intendencia empapado, vio a la chica herida. El instinto de ayudar pudo más que el protocolo.
—¡Por aquí, rápido! ¡Usa la salida de emergencia del estacionamiento de médicos!
Nos abrió la puerta. Bendita sea la gente trabajadora que no hace preguntas.
Salimos al estacionamiento del segundo nivel. Estaba oscuro, lleno de coches caros. El aire aquí era frío y olía a gasolina.
—Bájame, Mateo… bájame… —suplicó Valentina.
La dejé en el suelo, apoyada contra un BMW blanco. Me doblé, poniendo las manos en las rodillas, tratando de no vomitar por el esfuerzo.
—Tenemos… tenemos que buscar un coche… —jadeé.
—¡Ahí! —señaló Valentina.
Al fondo del estacionamiento, cerca de la rampa de salida, vi el auto negro. El sedán de lujo con vidrios polarizados que había visto llegar. El auto de Alejandro Garza. Y junto al auto, discutiendo acaloradamente por teléfono, estaba el hombre del abrigo de lana gris. Su padre.
Pero no estaba solo. A su lado estaba el “doctor” falso, el tipo de la voz melosa y la jeringa letal. Ya no traía la bata, solo su traje impecable, aunque ahora estaba mojado por los aspersores. Le apuntaba a Alejandro Garza con una pistola discreta, pegada a las costillas.
Me quedé helado. No era el padre. Nunca fue el padre. Valentina tenía razón al tener miedo, pero se equivocaba de verdugo. Su padre también era una víctima. Lo estaban extorsionando o secuestrando para que firmara, para que cediera, para que el imperio cambiara de manos.
—Es Montemayor… —susurró Valentina, con voz de ultratumba—. Es el socio de papá. El padrino de mi hermano.
—Pues tu padrino es un hijo de la chingada —dije, sacando mi navaja. Era una herramienta ridícula contra una pistola, pero era lo que tenía.
—Mateo, van a matar a mi papá. Si me voy, lo matan. Si me quedo, nos matan a los dos.
Miré la escena. Estaban a unos treinta metros. El tal Montemayor empujaba a Garza hacia el coche. Los gorilas estaban subiendo a los asientos delanteros. Si se iban, se acababa todo. Desaparecerían a Valentina y a su padre, y mañana saldría en las noticias que murieron en un “traslado de emergencia” o un “secuestro fallido”.
Necesitaba una distracción. Algo grande.
Mis ojos se posaron en la caja de fusibles y alarmas del estacionamiento, que estaba en la columna junto a nosotros. Y junto a ella, una manguera de incendios enrollada.
—Valentina, ¿sabes manejar? —le pregunté.
—Tengo las piernas rotas, Mateo.
—Solo necesitas una pierna para acelerar si el coche es automático. ¿Puedes hacerlo?
Ella me miró, y vi nacer en ella a la “Garza” de la que hablaba con orgullo. Apretó la mandíbula.
—Puedo.
—Bien. Voy a armar un desmadre. Cuando yo te diga, te arrastras al asiento del conductor de ese BMW y me atropellas a esos cabrones.
—¿Qué?
—¡Hazlo!
Me moví entre las sombras de los coches, agachado, aprovechando mi invisibilidad de “nadie”. Llegué hasta una camioneta pick-up grande estacionada cerca del sedán de los Garza. Me trepé a la caja.
Montemayor estaba abriendo la puerta trasera para meter a Garza.
—¡Alejandro, firma los papeles digitales ahora y te juro que tu hija no sufre! —le gritaba Montemayor, perdiendo la compostura—. ¡Ya se nos complicó todo con el maldito incendio!
—¡Quiero verla! —gritaba Garza, forcejeando—. ¡No firmo nada hasta ver a Valentina!
—¡Ey, culero! —grité desde la oscuridad.
Montemayor y los gorilas se giraron, buscando la voz.
Salí de las sombras, no con sigilo, sino con la furia de un toro de lidia. En mi mano no llevaba la navaja, sino un extintor que había arrancado de la pared. Le quité el seguro y rocié una nube blanca y espesa de polvo químico directo a la cara de los gorilas.
—¡Aaaah! —gritaron, cegados, tosiendo.
El polvo creó una niebla instantánea. Montemayor disparó a ciegas. ¡Bang! ¡Bang! Las balas impactaron en un coche cercano, haciendo estallar los cristales.
Me lancé contra Montemayor. Lo tacleé a la altura de la cintura, derribándolo sobre el concreto duro. La pistola salió volando, deslizándose bajo un coche.
Empezamos a pelear. Él era más grande, pero yo estaba peleando por mi vida, por Valentina, y por la memoria de Sofía. Le metí un cabezazo en la nariz. Sentí cómo se le rompía el tabique. Él me soltó un puñetazo en las costillas que me sacó el aire, justo donde ya tenía el golpe del accidente.
Rodamos por el suelo. Él intentaba ahorcarme. Sus manos de manicura perfecta apretaban mi cuello con una fuerza sorprendente.
—¡Te voy a matar, pinche indio! —escupió, con la sangre manchándole los dientes.
Mis pulmones pedían oxígeno. Mi visión se nublaba. Estaba perdiendo. El cansancio de dos días sin dormir y las heridas me estaban cobrando factura.
De repente, un motor rugió. Un rugido alemán, potente.
El BMW blanco salió disparado de su cajón. Valentina iba al volante, con la puerta abierta porque no pudo cerrarla, manejando con una sola mano y pisando el acelerador tal vez con el pie roto, gritando de dolor y furia.
El coche nos pasó rozando. Golpeó a uno de los gorilas que intentaba sacar su arma, lanzándolo por el aire como un muñeco de trapo. Luego, Valentina giró el volante y estampó el coche contra el costado del sedán negro, bloqueando la salida y atrapando al otro gorila entre las dos puertas.
El impacto fue brutal. El sonido de metal contra metal retumbó en todo el estacionamiento.
Montemayor se distrajo por el choque. Aproveché ese segundo. Saqué la jeringa de mi bolsillo. La misma jeringa con la que pensaba matar a Valentina. Le quité el tapón con los dientes y se la clavé en el muslo con toda mi fuerza.
—¡Toma tu medicina, cabrón! —grité.
Empujé el émbolo.
Montemayor gritó, soltándome. Se llevó las manos a la pierna, mirando con horror la jeringa vacía clavada en su pantalón de diseñador.
—¿Qué… qué me hiciste? —balbuceó, con los ojos llenos de pánico.
—No sé qué tenga esa madre, pero tú dijiste que quita el dolor para siempre —le respondí, jadeando, arrastrándome lejos de él.
Montemayor intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Cayó de rodillas, luego de cara al suelo. Empezó a convulsionar. El veneno, fuera lo que fuera, era rápido.
Alejandro Garza estaba de pie junto al coche chocado, mirando la escena con shock absoluto. Vio a su socio retorciéndose en el piso. Vio a su hija en el coche destrozado, sangrando pero viva. Y me vio a mí, el “albañil”, tirado en el suelo, sucio, golpeado, pero victorioso.
Las sirenas de la policía se escuchaban ya muy cerca, subiendo por las rampas del estacionamiento. La prensa, atraída por la alarma de incendios y los disparos, seguramente venía detrás.
Me levanté a duras penas y cojeé hacia el BMW. Valentina estaba recargada sobre el volante, llorando.
—Lo hiciste, morra —le dije, tocándole el hombro—. Lo hiciste.
Ella levantó la cara. Me sonrió entre lágrimas.
—Somos un buen equipo, Mateo.
Alejandro Garza corrió hacia nosotros. Abrió la puerta del coche y abrazó a su hija con una desesperación que rompió la imagen del magnate frío. Lloró. Lloró como un padre que acaba de recuperar lo que el dinero no puede comprar.
Luego, se giró hacia mí. Me miró a los ojos. Ya no había desprecio. Había reconocimiento. Había vergüenza.
—Tú… —dijo, con la voz quebrada—. Tú eres el de la montaña.
—Soy Mateo —dije, enderezándome lo más que pude, a pesar del dolor—. Y le sugiero que cambie de equipo de seguridad, Don Alejandro.
En ese momento, las luces azules y rojas de las patrullas inundaron el estacionamiento. Policías tácticos bajaron corriendo, gritando órdenes.
—¡Al suelo! ¡Manos arriba!
Me dejé caer de rodillas. No tenía fuerzas para más. Levanté las manos.
—¡No disparen! —gritó Alejandro Garza, poniéndose entre la policía y yo—. ¡Él le salvó la vida! ¡Él es un héroe!
Bajé la cabeza y cerré los ojos. Sentí la mochila en mi espalda. La caja seguía ahí. Intacta.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
El cementerio municipal de Toluca tiene una vista extraña. Si miras a un lado, ves el caos de la ciudad, los cables de luz, el tráfico. Pero si miras al otro, ves el Nevado, majestuoso, eterno, con su pico blanco tocando el cielo.
Estaba arrodillado frente a la tumba de Sofía. Había limpiado la lápida, quitado la hierba mala y puesto flores frescas. Girasoles. Sus favoritos.
Saqué la caja de madera de mi mochila. Ya no estaba envuelta en plástico. La había barnizado de nuevo, con cuidado, arreglando los rasguños que sufrió en la montaña.
—Aquí está, mi amor —le susurré a la piedra fría—. Volvió contigo.
Abrí la caja y saqué la carta. La leí una vez más, aunque ya me la sabía de memoria. “Quiero que seas valiente… que no estés solo”.
—Fui valiente, Sofi. Te lo juro que fui valiente. Me cagué de miedo, pero fui valiente.
Sentí unos pasos detrás de mí. Suaves, respetuosos. El sonido de un bastón golpeando el cemento. Toc, toc, toc.
Me giré.
Valentina estaba ahí. Llevaba un vestido sencillo, no de gala, y unos zapatos cómodos. Se apoyaba en un bastón elegante porque su pierna todavía no sanaba del todo, pero se veía fuerte. Sana. Viva.
Detrás de ella, a una distancia prudente, estaba un guardaespaldas nuevo. Un tipo con cara de ex-militar serio, que me saludó con un leve asentimiento de cabeza.
—Hola, Mateo —dijo ella, sonriendo. Esa sonrisa que ahora conocía tan bien.
—Hola, Valentina. ¿Qué haces aquí? No es zona para una Garza.
—Vine a visitar a una amiga —dijo, señalando la tumba de Sofía—. Y a ver a mi salvador.
Se acercó y puso una flor blanca sobre la tumba de mi hija.
—Feliz cumpleaños atrasado, Sofía —dijo—. Gracias por prestarme a tu papá un ratito.
Se me hizo un nudo en la garganta. Me puse de pie y me sacudí el polvo de las rodillas. Ya no traía mi ropa de trabajo vieja. Traía unos jeans nuevos y una camisa decente.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—Bien. Mejor. La empresa es un caos, limpiar la basura que dejó Montemayor va a tomar años. Pero mi papá… mi papá cambió. Ahora cena conmigo todas las noches.
—Me da gusto. El dinero no sirve si no tienes con quién gastarlo.
Ella metió la mano en su bolso y sacó un sobre.
—Mateo, sé que dijiste que no querías recompensa. Que rechazaste el cheque que mi papá te mandó. Pero esto no es dinero.
Me tendió el sobre. Lo tomé con desconfianza.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Lo abrí. Eran escrituras. Escrituras de una casa. No una mansión, sino una casa bonita, con jardín, en un barrio tranquilo. Y junto a las escrituras, un documento legal. La creación de la “Fundación Sofía”, dedicada a ayudar a niños con leucemia y a sus familias con gastos médicos.
—Tú vas a dirigir la fundación, Mateo —dijo Valentina, mirándome a los ojos—. Con sueldo, con prestaciones, con todo. Tu trabajo ahora será cumplir la promesa de Sofía todos los días: ayudar a la gente que tenga miedo.
Me quedé mudo. Miré el papel. “Fundación Sofía”.
Las lágrimas, esas que me había aguantado durante meses, empezaron a caer. No de tristeza, sino de una gratitud inmensa, abrumadora.
—No sé qué decir… yo soy albañil, Valentina. No sé dirigir nada.
—Sabes construir, Mateo. Construiste esperanza donde solo había muerte. Eso es todo lo que necesitamos. Además, yo te voy a enseñar lo demás. Tengo una deuda de vida contigo, ¿recuerdas?
Me abrazó. Un abrazo cálido, sincero, de dos sobrevivientes que compartieron el mismo infierno y salieron quemados pero más fuertes.
—Gracias —le susurré.
—No. Gracias a ti.
Nos separamos. El sol empezaba a ponerse detrás del Nevado, pintando la nieve de naranja y rosa, igual que el fuego, pero sin el peligro.
Miré la montaña una última vez. Ya no me daba miedo. Ya no sentía frío.
Había recuperado a mi hija. Había salvado a Valentina. Y, por primera vez en mucho tiempo, me había salvado a mí mismo.
Me guardé la carta de Sofía en el bolsillo, cerca del corazón.
—¿Vamos? —preguntó Valentina.
—Vamos —respondí.
Caminamos hacia la salida del cementerio, el albañil y la heredera, cojeando un poco los dos, pero caminando hacia adelante. El viento sopló suave, moviendo los girasoles en la tumba de mi niña, y juraría que, entre el susurro de las hojas, escuché una risa pequeña y feliz.
FIN.