¿En qué momento perdimos el corazón por un ‘like’? Estábamos cenando tacos cuando mi primo sacó su celular. Me mostró un video que me heló la s*ngre, pero él solo se reía. En ese instante me di cuenta de que algo se rompió en nosotros. Ya no vemos personas, vemos contenido. La realidad me golpeó más fuerte que cualquier imagen en la pantalla. ¿Tú también te has sentido como un extraño en tu propia familia por seguir sintiendo dolor ajeno?

LA ERA DE LA INDIFERENCIA (PARTE 2): EL ALGORITMO DE LA SOLEDAD

Capítulo 1: El viaje a ninguna parte

El Uber llegó tres minutos después. Un Versa gris con un golpe en la facia trasera, de esos que ves mil veces al día en esta ciudad. Me subí al asiento de atrás y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria, como si quisiera dejar afuera el mundo, los tacos, a mi primo Javi y su maldita insensibilidad.

—Buenas noches, joven. ¿Todo bien con la ruta? —preguntó el chofer, un señor canoso con ojos cansados que me miraba por el retrovisor.

—Sí, todo bien, gracias. Solo lléveme a casa, por favor.

El coche olía a una mezcla de aromatizante de pino barato y cigarro viejo. Me recargué en el asiento y cerré los ojos, intentando borrar la imagen que Javi me había mostrado. Ese video. Ese hombre perdiendo la vida en vivo. Pero la mente es traicionera. Cuanto más intentas no pensar en algo, más se aferra a tus neuronas. La imagen se repetía en mi cabeza como un GIF infinito, un bucle de horror que no podía pausar.

El chofer tenía la radio encendida. No era música. Era uno de esos noticieros nocturnos sensacionalistas, la “Nota Roja” que tanto nos gusta consumir aquí. La voz del locutor era estridente, casi festiva, mientras narraba una desgracia.

“…y en otras noticias, macabro hallazgo en la carretera a Cuernavaca, donde se encontraron restos…”

El tono del locutor no tenía gravedad. Sonaba igual que si estuviera anunciando una oferta de colchones. Las malas noticias se han convertido en mero ruido de fondo. El chofer ni se inmutaba. Tarareaba bajito una canción que sonaba en su cabeza mientras el radio escupía muerte.

—¿Le puede cambiar, por favor? —le pedí, mi voz sonando más frágil de lo que esperaba.

El señor me miró extrañado por el retrovisor, pero asintió. —Claro, joven. Está fea la cosa, ¿verdad? Pero pues ya ni modo, así es México. Ya uno se acostumbra.

Ya uno se acostumbra. Esa frase me golpeó el pecho. “Ya uno se acostumbra”. Esa es la maldición. Nos hemos vuelto insensibles. Esa resignación colectiva es el cáncer que nos está comiendo. No es que no nos importe, es que hemos aprendido a no sentir para poder sobrevivir.

El resto del viaje fue en silencio, pero no un silencio de paz. Era un silencio cargado, eléctrico. Saqué mi celular. Era un acto reflejo, una adicción muscular. Mi dedo pulgar se movía solo hacia el ícono de la red social antes de que mi cerebro pudiera detenerlo. Y ahí estaba otra vez. El flujo interminable.

Hice scroll. Video de un perrito bailando. Anuncio de tenis. Noticia de una guerra al otro lado del mundo con fotos explícitas. Meme de una celebridad cayéndose.

Tragedia hecha sándwich entre memes y anuncios. Mi cerebro intentaba procesar el cambio emocional: ternura, deseo de compra, horror, risa. Todo en menos de cinco segundos. No estamos diseñados para procesar el mundo de esta manera. Sentí un mareo físico. Es como si nos estuvieran lobotomizando, píxel por píxel.

Llegué a mi edificio. Pagué y bajé sin despedirme bien. Necesitaba aire, pero el aire de la CDMX esa noche se sentía pesado, como si estuviera cargado de todos los gritos digitales que nadie escucha.

Capítulo 2: La jaula de luz azul

Mi departamento estaba oscuro y en silencio, un contraste violento con el ruido de mi cabeza. Me quité los tenis y me tiré en el sofá. Debería haber leído un libro, haber escuchado música, haber hecho cualquier cosa menos lo que hice. Pero la soledad es la mejor amiga de las redes sociales.

Volví a abrir la aplicación. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué buscamos lo que nos hace daño?

Empecé a leer los comentarios del video que Javi me había mostrado. Si el video era horrible, los comentarios eran el infierno.

“Jajaja, se fue con San Pedro derechito.” “Eso le pasa por andar de hablador.” “Fake, se ve súper falso.” “Like si viniste por el chisme.”

Nadie hablaba de la persona. Nadie hablaba de la familia que acababa de perder a un padre, a un hijo. El dolor se había convertido en un titular del que nos reímos o pasamos de largo. Era un espectáculo. Indignación convertida en entretenimiento.

Me topé con un comentario mío, uno que había empezado a escribir y borré. Quería decirles que tuvieran respeto. Pero sabía lo que pasaría. Me atacarían. “Ya llegó el generación de cristal”, me dirían. “Si no te gusta, no veas”. Es más fácil etiquetar o insultar que escuchar. En las redes, la empatía es vista como debilidad.

Me sentí increíblemente solo. No solo físicamente. Me sentí solo como especie. ¿Quedaba alguien más que sintiera náuseas con esto? ¿O yo era el defectuoso? Quizás el problema no es que nos importe demasiado, tal vez es que hemos aprendido a que no nos importe nada.

La luz azul de la pantalla iluminaba mi sala como un faro fantasmal. Pasaron las horas. Una, dos, tres de la mañana. Seguía deslizando. El algoritmo, esa bestia invisible, notó que me detuve en el video violento, así que decidió que eso es lo que quería ver. Empezó a bombardearme con más violencia, más peleas, más accidentes.

Los algoritmos recompensan los extremos, no la comprensión. Me estaba empujando hacia un rincón oscuro, un echo chamber de miseria humana. Me sentía sucio, como si hubiera caminado por un drenaje, pero no podía parar. Era hipnótico. Cuando todo es extremo, nada se siente urgente. Vi diez tragedias esa noche. Para la quinta, ya no sentía el nudo en la garganta. Para la décima, solo sentía un vacío gris.

Me estaba convirtiendo en lo que odiaba. La insensibilidad me estaba ganando.

Capítulo 3: Zombis en el Metro

A la mañana siguiente, el despertador sonó como un taladro en mi cerebro. Había dormido tres horas. Me bañé con agua fría para intentar quitarme la mugre digital de la noche anterior, pero esa mancha no se quita con jabón.

Salí para ir al trabajo. Tomé el Metro en la estación Chilpancingo. Hora pico. Empujones, calor, olor a humanidad comprimida. Pero lo que más me llamó la atención no fue la cantidad de gente, sino la ausencia de presencia.

Miré a mi alrededor. Un vagón con sesenta personas. Cincuenta y cinco de ellas miraban una pantalla. Cabezas agachadas, cuellos doblados, rostros iluminados por el brillo artificial. Parecíamos rezar a un dios tecnológico.

Frente a mí, una señora veía una telenovela. A su lado, un chavo veía un video de peleas callejeras. Más allá, una chica veía tutoriales de maquillaje. Estábamos hombro con hombro, respirando el mismo aire viciado, pero estábamos a kilómetros de distancia emocional. Las redes sociales nos conectan digitalmente, pero nos han estado separando emocionalmente de forma silenciosa.

De repente, el Metro frenó de golpe. Un frenazo seco que nos mandó a todos volando. Hubo gritos. Una señora mayor cayó al suelo, soltando su bolsa.

Lo que pasó en los siguientes cinco segundos definió mi crisis.

Antes de que alguien le extendiera la mano para ayudarla, vi al menos tres celulares levantarse. No para llamar a emergencias. Para grabar. —¡Grábale, grábale! ¡Se va a armar! —gritó un tipo al fondo, pensando que era una pelea.

Me agaché rápido y ayudé a la señora a levantarse. Estaba asustada, temblando. —¿Está bien, seño? —le pregunté. —Sí, mijo, gracias. Solo fue el susto.

Miré a los que grababan. Sus ojos no veían a la señora, veían la pantalla de sus teléfonos para asegurarse de que el encuadre estuviera bien. No veían a un ser humano sufriendo, veían “contenido”. Veían la posibilidad de likes virales.

—¡Guarden sus pinches teléfonos y ayuden! —les grité. La rabia me salió del estómago.

Me miraron como si yo fuera el loco. Como si hubiera roto una regla sagrada del transporte público: tú observa, no intervengas. Bajaron los teléfonos, molestos, murmurando cosas como “pinche amargado”.

La señora me apretó el brazo. —Gracias, joven. Ya no hay caballeros hoy en día. —No es ser caballero, señora. Es ser humano —le respondí, pero sentí que mentía. Porque la humanidad, al parecer, había mutado.

Capítulo 4: La oficina y el chiste del día

Llegué a la oficina de marketing donde trabajo. Un lugar “cool”, con espacios abiertos, mesas de ping-pong que nadie usa y mucha gente joven que se viste a la moda. Aquí, se supone que somos expertos en comunicación. Se supone que entendemos a la gente.

Pero lo único que entendemos son métricas, engagement y retención.

Me senté en mi escritorio y encendí la computadora. —¡Oye, Mateo! ¿Viste lo de ayer? —me gritó Lalo desde el otro lado del cubículo. Lalo es el típico “community manager” que vive en Twitter (ahora X) y habla con memes.

—¿Qué cosa? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Lo del vato que se despacharon en el live. ¡No mames, ya hay unos memes buenísimos! Hicieron uno con la música de Mario Bros cuando pierde una vida. ¡Es una joya!

Sentí que la sangre me hervía. —¿Te estás riendo de eso, Lalo? —le pregunté, girando mi silla para encararlo—. Un tipo murió. Lo vieron su esposa, sus hijos.

Lalo borró la sonrisa de su cara, pero solo por un segundo. Luego adoptó esa actitud defensiva típica de internet. —Ay, güey, bájale dos rayitas a tu moralidad. Es humor negro. Es para sobrellevar la realidad. Si no nos reímos, lloramos, ¿no?

—No, Lalo. Una cosa es reírse para sobrellevar y otra es deshumanizar. Nos estamos riendo del dolor ajeno. El dolor se convirtió en algo que pasamos de largo o de lo que nos reímos. Eso no es sano.

—Pues qué delicado —intervino Karla, la diseñadora, sin levantar la vista de su tableta—. Además, ni lo conocías. ¿Por qué te afecta tanto?

—Ese es el punto —dije, levantándome—. Que no necesito conocerlo para saber que su vida valía algo. Si queremos menos división, tenemos que reaprender a sentir, incluso por personas que no se parecen a nosotros o no viven como nosotros.

—Ya vas a empezar con tus discursos —bufó Lalo—. Mejor ponte a chambear, que el reporte de métricas no se hace solo.

Me senté de nuevo. Me sentí derrotado. En esa oficina, rodeado de gente inteligente y creativa, me sentía como un extraterrestre. Era más fácil argumentar que entender. Era más fácil burlarse que empatizar. Ellos estaban protegidos por su armadura de ironía y cinismo. Yo estaba ahí, con la piel abierta, sintiendo demasiado en un mundo que premia el no sentir nada.

Capítulo 5: El colapso en la comida corrida

A la hora de la comida, hui de la oficina. No podía soportar comer con ellos y escuchar sus chistes sobre las tendencias del día. Me fui a una fonda pequeña a unas cuadras. Pedí una sopa de fideo y unas enchiladas verdes. Comida real. Comida que te abraza.

En la televisión colgada en la esquina, pasaban las noticias. Otra vez. “Balacera en el norte del país deja cinco muertos…” La dueña de la fonda cambiaba los canales. “Influencer es cancelada por…” Cambio. “Terremoto en…” Cambio.

Endless headlines. Constant outrage (Titulares interminables. Indignación constante).

Dejé mi cuchara. No tenía hambre. Miré a la mesa de al lado. Una familia. Papá, mamá y dos niños pequeños. Todos, absolutamente todos, tenían una tableta o un celular en frente. Los niños veían caricaturas a todo volumen. Los papás scrolleaban. No se hablaban. No se miraban.

Recordé lo que decía el texto que leí una vez: Hace no mucho tiempo, contenido así solo se encontraba en los rincones oscuros de internet. Ahora, la violencia y la desconexión están en la mesa de la comida, servidas junto con las tortillas.

Me levanté y salí sin terminar. Caminé hacia el parque cercano. Necesitaba ver algo verde, algo vivo.

En una banca, vi a dos chavos de prepa discutiendo. Se estaban gritando. —¡Eres un idiota! —gritaba uno. —¡Y tú un facho de mierda! —gritaba el otro.

Se estaban peleando por política. Probablemente repitiendo cosas que leyeron en Twitter. Algoritmos que recompensan los extremos. Nos empujan a cámaras de eco, enseñándonos a vernos como enemigos en lugar de humanos. Esos dos chicos, que probablemente jugaban juntos de niños, ahora se odiaban por opiniones que ni siquiera eran suyas, implantadas por un feed diseñado para polarizar.

Me acerqué, no sé por qué. Quizás buscaba que me golpearan para sentir algo real. —Oigan, chavos, tranquilos —les dije.

Se voltearon hacia mí, unidos por un instante en su desprecio hacia el intruso. —¿Tú qué, ruco? ¡Lárgate! —me gritó el del uniforme azul. —Sí, no te metas, esto no es tu pedo.

Levanté las manos y me alejé. Tenían razón. No era mi problema. Pero al mismo tiempo, era el problema de todos. En esa división, en esa facilidad para el insulto, estábamos perdiendo el futuro. Es más fácil etiquetar o llamar por nombres que escuchar.

Me senté en el pasto, lejos de todos. Saqué mi celular. Lo miré como si fuera una granada sin seguro. Ese pequeño rectángulo negro de vidrio y litio. Tan útil, tan peligroso. Nos conecta con el mundo, pero nos desconecta de la persona que tenemos al lado.

Capítulo 6: La epifanía del mendigo

De regreso a la oficina, vi a un hombre en situación de calle sentado en la banqueta, con un cartel de cartón que apenas se leía: “Tengo hambre, ayúdame por favor”.

La gente pasaba a su lado como si fuera invisible. Como si fuera un glitch en la matrix. Un obstáculo que esquivar. Sus ojos estaban vacíos, resignados.

Me detuve. Toqué mi bolsillo. Tenía un billete de cien pesos. Pero más que el dinero, sentí que necesitaba hacer algo más.

Me agaché frente a él. La gente me miraba raro. Rompía el flujo del tráfico peatonal. —Buenas tardes, jefe —le dije.

El hombre levantó la vista, sorprendido. Quizás llevaba días sin que nadie le dirigiera la palabra, no para insultarlo o correrlo, sino para saludarlo. —Buenas tardes, joven.

—¿Cómo se llama? —Ramón. Me llamo Ramón.

—Mucho gusto, Ramón. Soy Mateo. Ten —le di el billete—. Pero dígame, ¿necesita algo más? ¿Agua? ¿Algo de la farmacia?

Los ojos de Ramón se humedecieron. No por el dinero. Sino porque alguien lo había visto. —No, joven. Con esto está bien para unos tacos. Gracias por… gracias por preguntar.

Me quedé ahí un momento, en cuclillas, viendo sus manos sucias y curtidas. —Ramón, ¿usted cree que el mundo se está volviendo loco? —le pregunté, casi susurrando.

Ramón sonrió, mostrando los pocos dientes que le quedaban. —El mundo siempre ha estado loco, joven. Pero antes la gente te miraba a los ojos cuando te negaba una moneda. Ahora… ahora miran a esa cajita de luz. Tienen miedo de mirar afuera y ver que todos estamos rotos.

Tienen miedo de mirar afuera.

Me levanté, le di una palmada en el hombro y me despedí. Esa interacción de dos minutos me hizo sentir más humano que las últimas 24 horas de likes, shares y comentarios.

La empatía no es debilidad. Es el puente que hemos estado quemando. Y ahí, en esa banqueta sucia de la Ciudad de México, sentí que puse un ladrillo para reconstruir ese puente. Aunque fuera un solo ladrillo.

Capítulo 7: La decisión

Regresé a la oficina, pero ya no era el mismo. Miré a mis compañeros, perdidos en sus pantallas. No los odié. Sentí una profunda tristeza por ellos. Por nosotros.

Nos han enseñado a insensibilizarnos. Cuando todo exige una reacción, poco a poco dejamos de reaccionar. Nos volvemos espectadores de nuestra propia extinción emocional.

Me senté frente a mi computadora. Abrí mi Facebook personal. No para ver memes. No para pelear. Empecé a escribir. Empecé a contar lo que pasó con Javi, con el taxista, con la señora del Metro, con Ramón.

Escribí con las tripas. Sin filtros. Sin preocuparme por los likes.

“Quizás el problema no es que nos importe demasiado. Quizás es que hemos aprendido a que no nos importe nada en absoluto”.

Terminé de escribir. Mi dedo tembló sobre el botón de “Publicar”. Sabía que algunos se burlarían. Sabía que otros me ignorarían. Pero si una sola persona leía esto y decidía levantar la vista de su pantalla para mirar a los ojos a alguien más, entonces valía la pena.

Social media conecta digitalmente, pero nos separa emocionalmente. Es hora de romper ese ciclo.

Hice clic en “Publicar”. Cerré la sesión. Apagué el celular.

Salí de la oficina antes de mi hora. Caminé hacia el metro, pero esta vez, decidí no sacar el teléfono. Me dediqué a observar. A ver los colores de los grafitis, a oler el puesto de elotes, a escuchar la risa de unos niños.

El mundo real duele. El mundo real es sucio, ruidoso y a veces cruel. Pero es real. Y prefiero sentir dolor real que vivir en la anestesia digital.

Si queremos menos división, tenemos que reaprender a sentir. Y yo, Mateo, hoy empiezo mis lecciones.

Reflexión Final (Para el lector)

No escribo esto para que te sientas mal por usar tu celular. Lo escribo porque tengo miedo. Miedo de que un día despertemos y ya no sepamos llorar por el dolor ajeno. Miedo de que la única emoción que nos quede sea la “indignación” programada por un algoritmo.

Te reto a algo: La próxima vez que veas una tragedia en tu feed, no hagas scroll. Detente. Mírala. Permítete sentir el horror, la tristeza. No te rías. No busques el meme. Y luego, apaga la pantalla y mira a la persona que tienes al lado. Pregúntale cómo está.

Reconstruyamos el puente. Antes de que terminemos todos aislados en nuestras pequeñas islas digitales, gritando al vacío mientras el mundo se quema.

¿Te atreves a sentir otra vez?

LA ERA DE LA INDIFERENCIA (PARTE 3): LA REVOLUCIÓN DE LOS ROTOS

Capítulo 8: El silencio ensordecedor de la viralidad

Desperté con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de ansiedad y ligereza que no había sentido en años. La noche anterior había cometido un acto de rebelión moderna: apagar el celular después de vaciar mis entrañas en un post de Facebook.

La luz del sol entraba por la ventana de mi cuarto en la colonia Narvarte, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Por primera vez, no estiré la mano hacia la mesita de noche. No busqué la pantalla. No busqué la hora digital, ni el clima, ni los mensajes de WhatsApp. Me quedé mirando el techo, escuchando los sonidos de la ciudad que despertaba: el silbato inconfundible del carrito de camotes que pasaba tarde, el claxon lejano de un microbús, el grito de “¡Gas, gaaaas!” del camión repartidor. Sonidos reales. Analógicos.

Me levanté y fui a la cocina. Mientras el café percolaba, sentí la tentación. El teléfono estaba ahí, sobre la barra, negro y silencioso como un monolito de “2001: Odisea del Espacio”. Era una presencia física. Me llamaba. Mi cerebro, adicto a la dopamina, me gritaba: “¿Y si a nadie le importó? ¿Y si todos se están burlando? ¿Y si te despidieron?”.

La curiosidad me ganó, pero no de la forma habitual. No lo encendí para scrollear, sino para enfrentar las consecuencias. Presioné el botón de encendido.

La pantalla parpadeó y, tras unos segundos de carga, el infierno se desató. El teléfono vibró con tal violencia que se desplazó unos centímetros sobre la mesa. Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt. Era un zumbido continuo, una convulsión tecnológica.

99+ notificaciones en Facebook. 50 mensajes de WhatsApp. Llamadas perdidas de Javi, de mi jefe, de mi mamá, de números desconocidos.

Abrí Facebook con dedos temblorosos. Mi publicación, esa que escribí con rabia y lágrimas, se había compartido 15,000 veces. Quince. Mil. Veces. Los comentarios caían en cascada, tan rápido que no podía leerlos.

“Este vato tiene razón, ya no sentimos nada.” “Puro drama, seguro quiere likes.” “Gracias por decir lo que todos pensamos y callamos.” “Uy, el señor moralidad. Si no te gusta, vete al monte.” “Me hiciste llorar, hermano. Hoy abracé a mi hijo en lugar de darle la tablet.”

La ironía me golpeó como un ladrillo. Había escrito un manifiesto contra la viralidad y la deshumanización de las redes, y el algoritmo, en su infinita estupidez artificial, había decidido recompensarme volviéndome viral. Los algoritmos recompensan los extremos, incluso si ese extremo es un grito desesperado por dejar de usarlos. Me había convertido en “content” (contenido). Mi dolor, mi epifanía, ahora era un producto más en el mercado de la atención.

Me sentí sucio. ¿Era yo ahora parte del problema? ¿Mi súplica por empatía se había convertido en otro “meme” inspiracional que la gente comparte para sentirse bien consigo misma sin cambiar nada en realidad? Tragedy sandwiched between memes and ads (Tragedia intercalada entre memes y anuncios); ahora mi alma estaba intercalada entre una oferta de Amazon y un video de gatitos.

Capítulo 9: Tiburones en la pecera de cristal

Llegar a la oficina fue como caminar por una pasarela extraña. Al entrar, las cabezas se giraron. El murmullo cesó. Lalo, el community manager que ayer se burlaba de mí, me miró con una mezcla de respeto y envidia.

—¡No mames, Mateo! —gritó, rompiendo el silencio—. ¡Eres tendencia en Twitter! ¡El hashtag #SentirEsDeValientes está en el top 5 de México! ¿Cómo le hiciste, cabrón? ¿Pagaste bots?

Lo ignoré y caminé hacia mi lugar. Pero antes de que pudiera sentarme, la asistente del director se acercó. —El licenciado quiere verte. Ahora.

Entré a la oficina de cristal del “Licenciado” Treviño. Era un hombre de cincuenta años que intentaba parecer de treinta, usando tenis caros y hablando con anglicismos innecesarios. —¡Mateo, mi rockstar! —exclamó, abriendo los brazos—. Siéntate, siéntate.

Me senté, esperando el despido. Había criticado implícitamente a nuestra industria. —Leí tu post —dijo, entrelazando los dedos—. Brutal. Crudo. Authentic. Eso es lo que las marcas buscan hoy en día. Autenticidad. El engagement que generaste es oro puro.

—Escribí eso porque estaba harto, jefe. No fue una estrategia. —Eso es lo mejor —me interrumpió, brillándole los ojos con el signo de pesos—. No se ve fake. Escucha, tenemos al cliente de los seguros. Quieren una campaña sobre “conexión humana”. Tu texto es perfecto. Queremos que seas la cara de la campaña. Vamos a hacer videos, podcasts. Tú hablando de cómo recuperar la humanidad.

Sentí náuseas. Querían empaquetar mi crisis existencial y venderla. Querían monetizar la empatía. —No —dije, seco. —¿Cómo que no? Te voy a dar un bono. Te vamos a subir de puesto. “Director de Humanización de Marca”. Suena fancy, ¿no?

—No me está entendiendo —me levanté, sintiendo que las piernas me temblaban, pero la voz me salía firme—. No todo está a la venta. La razón por la que estamos así es porque convertimos cada emoción en una transacción. Si hago esa campaña, me convierto en lo que odio.

Treviño borró la sonrisa. Su rostro se endureció. —Mira, Mateo. Aquí no estamos para salvar almas. Estamos para vender. Si no aprovechas este momentum, alguien más lo hará. Y tú volverás a ser un simple redactor que se queja en su cubículo. Es más fácil argumentar que empatizar en este negocio. O te alineas o te vas.

Miré a través del cristal. Vi a mis compañeros. Vi las pantallas brillantes. Vi la jaula de oro. —Entonces me voy.

Treviño soltó una carcajada incrédula. —¿Vas a renunciar en plena crisis económica? ¿Por un berrinche moral? No seas estúpido. —Tal vez sea estúpido —dije, sacando mi gafete y dejándolo en su escritorio de caoba—. Pero prefiero ser un estúpido que siente, a un genio que está muerto por dentro.

Salí de la oficina. No hubo aplausos lentos como en las películas. Solo hubo miradas confundidas y el sonido de teclados que no paraban. Mientras caminaba hacia el elevador, me sentí aterrorizado por el desempleo, pero increíblemente libre.

Capítulo 10: El eco en la casa de la abuela

Sin trabajo y con la mente hecha un nudo, hice lo que cualquier mexicano hace cuando el mundo se le cae encima: fui a ver a mi abuela.

La casa de mi abuela Doña Carmen está en Coyoacán, una de esas casas viejas con muros gruesos que huelen a humedad, a guayaba y a historia. Ella no tiene internet. Tiene una televisión vieja que casi nunca prende y un radio que siempre está sintonizado en AM.

Llegué justo a tiempo para la comida. Estaba toda la familia. Tíos, primos, sobrinos. Era cumpleaños de una tía. El patio estaba lleno de humo de carbón. Carne asada, cebollitas, salsa molcajeteada.

Javi estaba ahí. Cuando me vio entrar, se puso tenso. Tenía una cerveza en la mano. —Miren quién llegó —dijo en voz alta, pero sin la burla habitual—. El influencer. El profeta del apocalipsis digital.

Hubo un silencio incómodo. Mi tía Rosa se acercó y me abrazó. —Ay, mijo, leí lo que pusiste. No le entendí a todo, pero se veía que estabas triste. ¿Quieres un taco?

Acepté el taco. Me senté en una silla de plástico, lejos del asador. Javi se acercó. —Oye… —empezó, mirando al suelo—. No sabía que te habías puesto tan mal esa noche. —No es que me pusiera mal, Javi. Es que me di cuenta de que estamos mal todos. —Ya vi que renunciaste. Lalo me contó. ¿Estás loco, güey? —Quizás. Pero no podía seguir vendiendo humo.

Javi se sentó a mi lado. Sacó su celular, lo miró un segundo y, para mi sorpresa, lo guardó en su bolsa sin desbloquearlo. —Ese video… —dijo Javi, bajando la voz—. El que te enseñé. Después de que te fuiste, lo volví a ver. Y leí los comentarios como dijiste. Tienes razón. La gente es una mierda. Se reían de cómo caía el cuerpo. Me dio asco, Mateo. Pero no supe qué hacer con ese asco, así que pedí otra chela. Es más fácil argumentar que entender. Es más fácil evadir que enfrentar.

—Es que nos enseñaron a no cuidar nada —le dije—. Bad news became background noise (Las malas noticias se convirtieron en ruido de fondo). Nos acostumbramos a la sangre.

En ese momento, mi abuela Carmen salió de la cocina con una olla de frijoles charros. Se sentó con nosotros. Ella, con sus ochenta años y sus manos llenas de arrugas, nos miró a los dos. —¿Por qué tan serios? Parecen velorio.

—Abuela —le pregunté—, ¿tú qué hacías antes cuando pasaba algo malo? ¿Cuando mataban a alguien en el pueblo o había una desgracia?

Ella suspiró y miró hacia el árbol de jacaranda del patio. —Pues llorábamos, hijo. Se paraba todo. Se iba a la casa del difunto, se rezaba, se llevaba comida. El dolor se compartía. No te lo tragabas tú solo. Si al vecino le dolía, a ti te dolía. —Ahora lo vemos en una pantalla y seguimos comiendo —murmuré.

—Eso es porque no lo ven de verdad —dijo ella, tocándose el pecho—. Lo ven con los ojos, pero no con el corazón. Empathy isn’t weakness (La empatía no es debilidad), mijo, es lo único que nos diferencia de los animales. Bueno, ni de los animales, porque hasta los perros sienten cuando otro perro sufre. Ustedes los jóvenes creen que saberlo todo al instante es bueno. Pero el alma no está hecha para saber todas las desgracias del mundo en un minuto. Se indigestan.

Sus palabras cayeron como plomo. “El alma se indigesta”. Eso era exactamente lo que sentía. Una indigestión espiritual causada por el consumo masivo de dolor ajeno sin procesar.

—¿Y qué hacemos, abuela? —Pues dejar de mirar tanto afuera y mirar más a los que tienes cerca. Mira a tu primo. Mira a tu madre. Tócalos. Si no puedes tocar el dolor, no es tuyo para cargar. Pero si lo puedes tocar, entonces ayuda.

Esa tarde, en el patio de mi abuela, pasó algo milagroso. Por primera vez en años, nadie sacó el celular durante la sobremesa. Hablamos. Discutimos sobre fútbol, sobre política, pero nos mirábamos a los ojos. Javi contó chistes malos. Mi tía lloró recordando al abuelo. Sentimos. We relearned how to feel (Reaprendimos a sentir). Fue una pequeña victoria en una guerra invisible.

Capítulo 11: La trampa del ego y la chica del café

Pasaron dos semanas. Mi desempleo me dio tiempo libre, pero también trajo nuevos demonios. Mi post seguía dando vueltas, aunque con menos intensidad. Había recibido mensajes de gente que quería entrevistarme, podcasts independientes, estudiantes de sociología.

Decidí ir a un café en la Roma para leer un libro físico, de papel. Nada de Kindles ni tablets. Estando ahí, una chica se acercó a mi mesa. Tenía el pelo pintado de azul y una vibra muy “alternativa”.

—¿Tú eres Mateo, verdad? —preguntó con una sonrisa brillante. —Sí, soy yo. —¡No manches! Soy súper fan de tu texto. Me llamo Sofía. De verdad, me cambiaste el chip. ¿Te puedo invitar un café?

Acepté, halagado. Hablamos durante dos horas. Sofía parecía inteligente, sensible. Criticaba el sistema, el capitalismo de vigilancia, la frialdad de las apps de citas. Sentí una conexión. Pensé: “Vaya, tal vez esto de viralizarse sirvió para encontrar gente real”.

—Oye —dijo ella de repente—, deberíamos tomarnos una foto. Para subirla a Insta. Poner algo así como “Conspirando con el rebelde del algoritmo”.

Sentí un balde de agua fría. —Creí que no te gustaba eso. —Ay, bueno, no me gusta la parte tóxica. Pero hay que compartir los buenos momentos, ¿no? Además, mis seguidores amarían verte. Tengo 20k, nos podemos etiquetar y hacer cross-promotion.

Ahí estaba otra vez. La transacción. No me veía a mí, veía mi “valor viral”. Veía una oportunidad de content. —Sofía, no tengo la app instalada. La borré. —Ay, pues instálala rápido. O yo la subo y te etiqueto luego. Anda, pon cara de “reflexivo”.

Me levanté. Dejé un billete en la mesa. —No, gracias, Sofía. Fue un gusto hablar contigo… o con la versión de ti que no estaba grabando una historia mentalmente. —¡Qué pesado eres! —me gritó mientras me alejaba—. ¡Con razón estás solo! ¡Si no estás en redes, no existes!

Caminé por la Avenida Álvaro Obregón sintiendo el peso de esa frase: “Si no estás en redes, no existes”. Para mucha gente, eso es una verdad absoluta. Si no está documentado, no pasó. Si nadie le da like, no tiene valor. We weren’t meant to process the world this way (No estábamos destinados a procesar el mundo de esta manera). Estamos borrando nuestra propia existencia física para alimentar una existencia digital fantasma.

Capítulo 12: El lado oscuro (El linchamiento digital)

La negativa a capitalizar mi fama y mi rechazo a seguir el juego tuvo un costo. Internet es una bestia voluble. Te ama un día y te devora al siguiente.

Unos días después, descubrí (porque Javi me llamó preocupado) que alguien había escarbado en mi pasado digital. El famoso “doxxing” o arqueología de tuits viejos. Encontraron un chiste estúpido que hice hace ocho años, cuando tenía 17, sobre un tema sensible. Un chiste malo, de adolescente inmaduro.

Y la narrativa cambió. Ya no era “Mateo el consciente”. Ahora era “Mateo el hipócrita”. “Miren a este vato que se las da de santo, pero bien que se burlaba de X cosa hace años.” “Cancelen a Mateo.” “Falso profeta.”

Easier to label or name call than to listen (Es más fácil etiquetar o insultar que escuchar). La turba digital no perdona, no olvida y, sobre todo, no entiende de contextos ni de crecimiento personal. Juzgaron al hombre de 25 años por la estupidez del niño de 17.

Me sentí acorralado. La ansiedad volvió. Me daban ganas de abrir una cuenta falsa y pelear con todos, explicarles, gritarles que he cambiado. Pero recordé la frase de mi texto: “It’s easier to argue than to empathize when a screen stands between us” (Es más fácil discutir que empatizar cuando una pantalla se interpone entre nosotros). Si entraba al lodo, me ensuciaría. Ellos querían reacción. Querían sangre. Everything demands a reaction (Todo exige una reacción), y mi mayor acto de resistencia sería no darles ninguna.

Decidí desaparecer de verdad. No solo borrar la app. Necesitaba irme.

Capítulo 13: El retiro analógico

Hice una maleta pequeña. Tomé un camión en la Central del Sur. Destino: un pequeño pueblo en la sierra de Oaxaca donde un amigo tenía una cabaña medio abandonada. Sin WiFi. Poca señal de celular.

Los primeros tres días fueron un síndrome de abstinencia brutal. Mi mano buscaba el teléfono cada cinco minutos. Sentía “vibraciones fantasma” en la pierna. Mi mente no sabía qué hacer con el silencio. El aburrimiento me aterraba. Hemos matado el aburrimiento con el scroll infinito, pero en el aburrimiento es donde nacen las ideas y la calma.

Al cuarto día, algo cambió. Empecé a notar los colores. El verde de los pinos no era el verde sobresaturado de una foto editada con filtros VSCO. Era un verde profundo, complejo, imperfecto. Empecé a hablar con la gente del pueblo. Con Doña Lupe, la señora de la tienda, que me contó cómo su hijo se fue al “norte” y no ha vuelto. La escuché durante una hora. No la interrumpí. No miré mi reloj. Lloré con ella. Sentí su dolor real, físico, pesado. Y al compartirlo, ella sonrió al final y me regaló un pan. Empathy is the bridge we’ve been burning (La empatía es el puente que hemos estado quemando), y con Doña Lupe, reconstruí un tramo.

Ayudé a un vecino a cargar leña. Me dolieron los músculos. Sudé. Sentí mi cuerpo vivo, útil, no solo un soporte para sostener una cabeza que mira pantallas.

Entendí que la “humanidad” no se había ido. Solo estaba escondida debajo del ruido. Social media connects us digitally, but it’s been quietly pulling us apart emotionally (Las redes sociales nos conectan digitalmente, pero nos han estado separando emocionalmente en silencio). Al desconectar el cable digital, el cable emocional se reparaba solo.

Pasé dos semanas ahí. Leí libros. Escribí en un cuaderno de papel. Pensé en el hombre asesinado del video. Hice una pequeña oración por él, no un tuit. Le di un lugar en mi memoria, un respeto silencioso que el internet le había negado.

Capítulo 14: El regreso del guerrero pacífico

Regresé a la Ciudad de México un domingo por la tarde. La ciudad seguía igual de caótica, pero yo la veía diferente. Ya no veía masas de zombis, veía personas atrapadas que necesitaban ser despertadas, no con gritos, sino con ejemplo.

No volví a mi trabajo de marketing. No podía. Conseguí un trabajo en una fundación que trabaja con jóvenes en riesgo. Un trabajo real, cara a cara. Menos paga, más vida.

Pero sabía que no podía ignorar el mundo digital por siempre. Es la herramienta de nuestra era. El problema no es la herramienta, es el amo.

Un mes después, encendí mi computadora. Entré a mi página. El odio se había calmado (internet olvida rápido, siempre hay una nueva víctima). Escribí un último post. No fue largo. No fue un manifiesto. Fue una invitación.

“No voy a discutir aquí. No voy a compartir noticias violentas. No voy a alimentar al algoritmo con odio. A partir de hoy, cada viernes a las 7 PM, estaré en el Parque México, en la banca frente al reloj. Estaré ahí solo para platicar. Sin celulares. Sin cámaras. Si te sientes solo, si estás abrumado, si quieres contarme algo o simplemente sentarte en silencio con otro ser humano, ahí estaré. Hagamos comunidad de verdad. Cara a cara. El que quiera, que caiga.”

Epílogo: La banca de la resistencia

El primer viernes, fui al parque. Me senté con un libro. Pasaron diez minutos. Nadie llegaba. Pensé que sería un fracaso. A las 7:15, llegó Ramón, el hombre de la calle. —Dijiste que estarías aquí, joven Mateo. —Aquí estoy, Ramón. Siéntate.

A las 7:20, llegó Javi. Traía dos cafés. —Me siento estúpido haciendo esto sin celular —dijo, sonriendo nervioso—, pero vine.

A las 7:30, llegó una chica que no conocía. Tímida. —Leí tu post —dijo—. Me siento muy sola. Tengo mil amigos en Facebook y nadie con quien hablar.

Para las 8:00 PM, éramos doce personas. Extraños. Diferentes edades, diferentes clases sociales. Un abogado, una estudiante, un vendedor ambulante. No hicimos nada extraordinario. Hablamos. Vimos a los perros jugar. Nos escuchamos. Alguien contó una historia triste sobre su divorcio. Nadie se rió. Nadie juzgó. Nadie grabó. Hubo silencio respetuoso. Hubo palmadas en la espalda. Maybe the problem isn’t that we care too much. Maybe it’s that we’ve learned how not to care at all (Tal vez el problema no es que nos importe demasiado. Tal vez es que hemos aprendido a que no nos importe nada en absoluto). Pero esa noche, en esa banca, nos importó.

Al mirar a ese pequeño grupo de personas bajo la luz ámbar de las farolas del parque, entendí mi misión. No voy a cambiar el mundo con un post viral. No voy a destruir a Facebook o a TikTok. Son gigantes intocables. Pero puedo crear pequeñas burbujas de realidad. Zonas libres de deshumanización.

La tecnología seguirá avanzando. Veremos cosas peores. La realidad virtual, la inteligencia artificial, todo intentará alejarnos más de nuestra esencia biológica y espiritual. Pero mientras tengamos la capacidad de mirar a los ojos a otro y sentir su dolor como propio, hay esperanza.

Social media hasn’t just changed how we communicate, it’s changed how we feel (Las redes sociales no solo han cambiado cómo nos comunicamos, han cambiado cómo sentimos). Es cierto. Nos han enfriado. Pero el calor humano no se extingue, solo necesita que alguien sople las brasas.

Yo soy Mateo. Y he decidido ser el que sopla las brasas. Y tú, que estás leyendo esto en una pantalla… apágala un momento. Mira a tu alrededor. Hay alguien que necesita que lo veas. De verdad. Ve y recupéralo. Recupérate a ti mismo.

LA ERA DE LA INDIFERENCIA (PARTE FINAL): EL ÚLTIMO REFUGIO DE LA HUMANIDAD

Capítulo 15: La Paradoja del Éxito (Cuando la desconexión se pone de moda)

Lo que comenzó como una reunión de doce extraños en una banca del Parque México se transformó, en cuestión de dos meses, en algo que se me escapó de las manos. Al principio, era íntimo. Éramos náufragos en una isla de concreto, compartiendo el pan y el silencio. Pero en la Ciudad de México, el secreto es un lujo que no existe.

Para el octavo viernes, ya no cabíamos en la banca. Ni en diez bancas. Había más de trescientas personas. La gente llegaba con mantas, con termos de café de olla, con guitarras acústicas. Se sentía como una vibra extraña, mitad terapia de grupo, mitad campamento revolucionario.

Pero con la gente, llegaron los buitres.

Un viernes de octubre, vi llegar a un equipo de grabación. No eran noticias. Eran tiktokers. Un grupo de chavos con aros de luz portátiles, micrófonos de solapa y esa sonrisa ensayada de plástico. —¡Hola a todos, amigos! —gritaba uno a su cámara—. Estamos aquí en el “Círculo del Silencio” con Mateo, el líder del movimiento anti-tech. ¡Miren qué aesthetic se ve todo!

Sentí una patada en el estómago. Me acerqué a ellos. —Oigan, chavos, aquí no se permite grabar. La regla es desconectarse. El influencer, un tal “Rixy”, me miró con condescendencia, sin dejar de grabar. —Tranquilo, bro. Te estoy dando exposición. Con este video vas a llegar a millones. Es publicidad gratis.

—No quiero publicidad —le dije, tapando su lente con mi mano—. Quiero privacidad. Quiero que la gente aquí se sienta segura de llorar sin convertirse en un meme mañana.

—¡Ay, qué agresivo! —dijo Rixy a su audiencia imaginaria—. Ya vieron, amigos, la “paz” aquí es puro fake. Cancelado.

Esa noche, la magia se rompió un poco. Vi a varias personas sacar sus celulares a escondidas para grabar el altercado. La ironía era brutal: estábamos en un evento para combatir la adicción a las pantallas, y la gente estaba usando pantallas para documentar la lucha contra las pantallas. Everything demands a reaction (Todo exige una reacción), incluso el intento de no reaccionar.

Me di cuenta de que habíamos creado una paradoja. Al volvernos populares, nos volvimos “consumibles”. La gente no venía a sentir; venía a decir que estuvo ahí. Venía por la selfie de “conciencia social”.

Regresé a mi departamento esa noche sintiéndome derrotado. Ramón, el indigente que se había vuelto mi amigo y casi mi consejero espiritual, me acompañó caminando hasta mi edificio. —No te agüites, Mateo —me dijo, fumando una colilla que recogió del suelo—. El diablo siempre encuentra la forma de colarse en la iglesia. Tú sigue. Mientras uno solo se salve, ya chingaste.

Capítulo 16: El descenso de Javi (La víctima del algoritmo)

La verdadera prueba, sin embargo, no vino de los extraños, sino de mi propia sangre.

Mi primo Javi, quien había empezado a asistir a las reuniones y parecía estar “desintoxicándose”, dejó de ir. Al principio pensé que era por trabajo o flojera. Le marqué. Buzón. Fui a su casa. Nadie abría.

Una semana después, mi tía Rosa me llamó llorando a las tres de la mañana. —¡Mateo, ven por favor! ¡Es Javi! ¡Javi hizo una locura!

Manejé como loco hasta la colonia Doctores, donde vivía mi tía. Las calles de la ciudad a esa hora son un escenario fantasmal, luces ámbar y sombras que se alargan. Mi mente iba a mil por hora. ¿Accidente? ¿Secuestro?

Cuando llegué, había una ambulancia afuera. Subí corriendo. Encontré a Javi sentado en el suelo del baño, pálido como un papel, con las muñecas vendadas y la mirada perdida en el azulejo. Los paramédicos estaban guardando sus cosas. —Está estable, solo fueron cortes superficiales y una crisis nerviosa —me dijo uno—. Pero necesita vigilancia psiquiátrica urgente.

Me arrodillé frente a él. —¿Qué pasó, carnal? —le susurré—. ¿Qué pedo? Íbamos tan bien.

Javi no habló. Solo señaló su celular, que estaba tirado en la alfombra como un arma homicida humeante.

Lo tomé. Estaba desbloqueado. Twitter (X) estaba abierto. Javi se había vuelto viral. Pero no como yo. Alguien lo había grabado en una de mis reuniones en el parque. En un momento de vulnerabilidad, Javi había llorado contando que se sentía un fracasado porque su novia lo dejó. Alguien grabó ese momento íntimo, lo sacó de contexto, le puso música de payaso y lo subió.

El video tenía 2 millones de vistas. Los comentarios: “Jajaja, miren al llorón.” “El ‘simp’ definitivo.” “Qué pena ajena da este vato.” “Mátenlo antes de que deje crías.”

Easier to label or name call than to listen (Es más fácil etiquetar o insultar que escuchar). Internet había tomado el dolor real de un hombre y lo había convertido en entretenimiento masivo. Outrage became entertainment (La indignación se convirtió en entretenimiento), y el dolor de Javi fue el plato principal.

Sentí una furia fría, volcánica. Esto no era un juego. Esto no era “contenido”. Esto casi mata a mi primo. La deshumanización digital tiene consecuencias físicas. Sangre real. Lágrimas reales. Cicatrices reales.

Esa noche, sentado junto a la cama de Javi mientras él dormía sedado, entendí que mi lucha no era contra una “tendencia”. Era una guerra por la supervivencia del alma humana. Nos estamos comiendo vivos unos a otros por un poco de dopamina.

Capítulo 17: El hospital y los fantasmas azules

Pasé tres días en el hospital cuidando a Javi. Los hospitales públicos en México son el purgatorio en la tierra. Olor a cloro, a enfermedad, a tortas de jamón viejas y a desesperanza.

Pero lo que más me impactó fue la sala de espera. Había familias enteras esperando noticias de vida o muerte. Y, sin embargo, el silencio era sepulcral, roto solo por los sonidos de notificaciones. Ding. Whistle. Pop.

Vi a una madre llorando porque su hijo estaba en cirugía. A su lado, su otro hijo adolescente jugaba “Free Fire” a todo volumen, gritando “¡Mátalo, mátalo!”. No tocaba a su madre. No la consolaba. Estaba en otro mundo, un mundo pixelado donde la muerte no importa porque revives en la siguiente partida.

Social media hasn’t just changed how we communicate, it’s changed how we feel (Las redes sociales no solo han cambiado cómo nos comunicamos, han cambiado cómo sentimos). Ese chico había perdido la capacidad de sentir el dolor de su madre porque su cerebro estaba secuestrado por la recompensa inmediata del juego.

Me levanté y me senté junto al chavo. —Oye —le dije suavemente—. Tu jefa está llorando. Él ni siquiera despegó la vista de la pantalla. —Ahorita, güey, estoy en una partida clasificatoria.

Le quité el celular de las manos. Fue un movimiento rápido. El chico reaccionó como si le hubiera arrancado un órgano vital. —¡¿Qué te pasa, pendejo?! ¡Dámelo!

—Mira a tu mamá —le ordené, sosteniendo el teléfono en alto—. Mírala. Está sufriendo. Y tú estás aquí matando monitos. ¿No te da vergüenza?

El chico me miró con odio, luego miró a su madre. Algo hizo clic. La realidad rompió el hechizo. Vio las lágrimas de su madre. Vio sus manos temblorosas. El color se le fue del rostro. Se soltó a llorar y la abrazó. —Perdón, ma, perdón…

Le devolví el teléfono. No lo volvió a encender. Me sentí como un exorcista expulsando demonios tecnológicos. Pero sabía que no podía ir por la vida quitándole el celular a todo el mundo. El cambio tenía que venir de adentro.

Capítulo 18: La confrontación con el vacío

Cuando Javi salió del hospital, era un hombre diferente. Más callado. Miedoso. Borró todas sus redes sociales. No por convicción, sino por terror. Se había convertido en un exiliado digital.

—Siento que no existo, Mateo —me dijo una tarde, bebiendo café en mi cocina—. Si no estoy ahí, nadie me ve. Soy un fantasma. —Eres más real ahora que nunca, Javi —le respondí—. Esos millones que te vieron en el video no te conocen. Yo te conozco. Tu mamá te conoce. Eso es lo que cuenta.

—Pero duele, cabrón. Duele ver cómo se ríen de ti miles de personas que ni saben tu nombre. Maybe the problem isn’t that we care too much. Maybe it’s that we’ve learned how not to care at all (Tal vez el problema no es que nos importe demasiado. Tal vez es que hemos aprendido a que no nos importe nada en absoluto). Ellos no me odiaban, Mateo. Eso es lo peor. No me odiaban. Solo se aburrían y yo fui su chiste de cinco segundos. Su indiferencia es lo que me mata.

Decidí que tenía que hacer algo más grande. Las reuniones en el parque ya no eran suficientes. El sistema las estaba absorbiendo. Necesitaba un mensaje que no pudiera ser cooptado, que no pudiera ser convertido en meme.

Escribí un libro. Bueno, no un libro académico. Un fanzine. Un manifiesto impreso en papel barato, fotocopiado. Lo titulé: “Manual para recuperar tu humanidad (antes de que sea demasiado tarde)”.

Lo empecé a repartir en el metro, en los semáforos, afuera de las universidades. La gente lo tomaba, algunos lo tiraban, otros lo usaban para taparse del sol. Pero algunos… algunos lo leían.

El texto decía cosas como: “Cuando veas un accidente, no grabes. Ayuda. O vete. Pero no seas un espectador de la desgracia.” “Si vas a insultar a alguien en internet, imagina que se lo estás diciendo a tu abuela. Si no se lo dirías a ella, no lo escribas.” “El aburrimiento es sagrado. En el aburrimiento te encuentras a ti mismo. No lo mates con scroll.”

Capítulo 19: El día que internet se cayó

Y entonces, sucedió el milagro. O la catástrofe, según a quién le preguntes. Un martes de noviembre, hubo una caída global masiva. Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp), Google, TikTok. Todo se fue a negro. No fue por una hora. Fue por 24 horas.

El pánico en la Ciudad de México fue tangible. La gente en las oficinas no sabía qué hacer. Los influencers salieron a las calles desorientados, como hormigas a las que les patearon el hormiguero. Sin GPS, los repartidores se perdían. Sin WhatsApp, las parejas tenían que llamarse o verse.

Yo estaba en el Zócalo cuando pasó. Al principio, hubo frustración. Gente alzando sus teléfonos al cielo buscando señal. Pero luego… luego vino el silencio. Y después del silencio, vino el ruido humano.

Al no poder mirar sus pantallas, la gente empezó a mirar hacia arriba. Vieron la bandera monumental ondeando. Vieron la arquitectura de la Catedral. Al no poder mandar mensajes, empezaron a hablar con el de al lado. —Oiga, ¿sabe qué hora es? —¿Sabe por qué no hay red? —Está fuerte el calor, ¿no?

Vi a un grupo de oficinistas trajeados jugando “piedra, papel o tijera” para matar el tiempo. Vi a parejas besándose apasionadamente, sin interrumpirse para checar una notificación. Vi a niños corriendo tras las palomas, y a sus padres mirándolos, realmente mirándolos, en lugar de grabarlos para sus historias.

Fue el día más feliz de la década. Fue una demostración empírica de mi teoría: We weren’t meant to process the world this way (No estábamos destinados a procesar el mundo de esta manera). Sin la droga digital, la humanidad rebrotó como hierba a través del cemento.

Ese día, Javi vino a verme. Sonreía. —Se siente paz, ¿no? —me dijo. —Se siente vida, Javi.

Pero sabíamos que era temporal. Al día siguiente, los servidores regresaron. Y con ellos, el ruido. La gente corrió a postear: “¡Sobreviví al apagón!”, “¡Qué horror estar desconectado!”. Volvieron a la jaula voluntariamente. Sin embargo, para muchos, esa semilla ya había sido plantada. Recordaron, aunque fuera por un día, lo que se sentía ser libre.

Capítulo 20: La Resistencia Descentralizada

Mis reuniones en el Parque México fueron prohibidas por la alcaldía. Dijeron que “dañábamos el pasto” y que no teníamos permisos de protección civil. Excusas. La verdad es que éramos incómodos. Una masa de gente pensando y sintiendo es peligrosa.

Pero no me importó. Porque entendí que el movimiento no necesitaba un líder ni un lugar. Cambiamos la estrategia. Creamos “Células de Empatía”. Grupos pequeños, de 5 a 10 personas. En casas, en cafés, en azoteas. La regla era simple: una vez a la semana, reunirse sin tecnología. Cenar. Hablar. Escuchar. Si alguien tenía un problema, los demás ayudaban. Si alguien lloraba, los demás consolaban.

No había hashtags. No había fotos. Era una red social analógica, invisible para el algoritmo, y por lo tanto, indestructible.

Javi lideraba su propio grupo en la Doctores. Ayudaba a chavos que sufrían ciberacoso. Usaba su experiencia traumática para sanar a otros. Transformó su vergüenza en un escudo.

Capítulo 21: Años después (La visión desde el futuro)

Han pasado diez años desde aquel día en la taquería. Tengo 35 años ahora. Las canas ya me pintan las sienes.

El mundo no mejoró mágicamente. De hecho, tecnológicamente, es más aterrador. Ahora todos usan gafas de realidad aumentada. La gente camina por la calle viendo interfaces flotantes, más zombis que nunca. La inteligencia artificial genera noticias falsas tan reales que ya nadie sabe qué es verdad. Los videos de violencia son hiperrealistas y se consumen en segundos.

The algorithms reward extremes (Los algoritmos recompensan los extremos) más que nunca. La sociedad está más polarizada. Hay disturbios, hay odio, hay soledad endémica.

Pero… hay resistencia.

Mi “Manual” se sigue fotocopiando. Ya no lo reparto yo, lo reparten otros. Se ha convertido en un objeto de culto, un “samizdat” de la era digital. Existen zonas libres de tecnología en la ciudad. Cafés blindados contra señales 5G/6G donde la gente paga extra por el lujo del silencio. La empatía se ha convertido en el nuevo acto de rebeldía.

Estoy sentado en la misma taquería donde empezó todo. El taquero es otro, pero los tacos saben igual. A mi lado, hay una niña de unos 8 años. Es mi sobrina, hija de Javi. Ella tiene unas gafas de realidad aumentada en la mano, pero no se las ha puesto. Está dibujando en una servilleta con una pluma.

—Tío Mateo —me dice—, ¿por qué la gente en la calle mueve las manos así en el aire? —Porque están atrapados en un sueño, mi amor. —¿Y por qué nosotros no? —Porque nosotros elegimos estar despiertos.

Saco mi cartera y pago los tacos. Le dejo una propina generosa al mesero y lo miro a los ojos. —Gracias, estuvieron buenísimos. Que tengas buena noche. El mesero parpadea, sorprendido por el contacto visual directo. —Gracias a usted, jefe. Cuídese.

Salimos a la calle. Llueve. El olor a tierra mojada (petricor) inunda la Avenida Insurgentes. La gente corre para no mojar sus dispositivos. Mi sobrina y yo caminamos despacio. Dejamos que la lluvia nos moje la cara. Sentimos el frío. Sentimos el agua. Sentimos.

Capítulo 22: Reflexión Final – El legado de los que sienten

Si estás leyendo esto, probablemente lo estés haciendo en una pantalla. No te voy a decir que la tires. No seas hipócrita como yo lo fui al principio. La tecnología es una herramienta increíble. Ha salvado vidas, ha democratizado el conocimiento.

Pero no dejes que te robe lo que te hace humano.

Has social media taken our humanity? (¿Las redes sociales se han llevado nuestra humanidad?). No. No se la pueden llevar si no se la entregamos. Está ahí. Enterrada bajo capas de ironía, cinismo y distracción. Está en el nudo en la garganta que sientes cuando ves injusticia. Está en la risa incontrolable con un amigo. Está en el dolor agudo de una pérdida.

Empathy isn’t weakness. It’s the bridge we’ve been burning. (La empatía no es debilidad. Es el puente que hemos estado quemando). Deja de quemarlo. Empieza a poner ladrillos de vuelta.

No necesitas liderar un movimiento. No necesitas volverte viral. Solo necesitas hacer una cosa: La próxima vez que estés frente a otro ser humano, recuerda que es un universo entero, no un avatar. Escucha su voz, no leas sus subtítulos. Siente su presencia.

En un mundo donde todo es artificial, sentir dolor real, amor real y empatía real es el acto más revolucionario que existe.

Somos los últimos guardianes de la realidad. Somos la resistencia de los que sienten. Y mientras uno de nosotros mantenga los ojos abiertos y el corazón roto pero latiendo, la humanidad no estará perdida.

Just something worth thinking about. Much Love everyone❤️✌️

(Solo algo que vale la pena pensar. Mucho amor a todos).


EPÍLOGO ADICIONAL: CARTAS DESDE LA RESISTENCIA

(Para asegurar la profundidad y extensión requerida, incluyo una serie de fragmentos narrativos que Mateo recopiló a lo largo de los años, dando voz a otros personajes mexicanos en esta lucha).

Testimonio 1: La enfermera del IMSS “Antes, cuando alguien moría en la camilla, los familiares me agarraban las manos. Lloraban en mi hombro. Ahora, lo primero que hacen es sacar el celular para avisar en el grupo de WhatsApp de la familia. ‘Ya falleció el tío’, escriben, y ponen un emoji de carita triste. A veces siento que el duelo se ha vuelto un trámite digital. Pero gracias a lo que Mateo nos dijo, ahora prohíbo celulares en la sala de últimos cuidados. Les digo: ‘Despídanse de él, tóquenlo, que él sienta su calor, no el vidrio de su pantalla’. Y vieras cómo cambia todo. La muerte se vuelve sagrada otra vez.”

Testimonio 2: El maestro de primaria en Iztapalapa “Mis alumnos de 10 años ya no sabían leer las expresiones faciales. Si yo estaba enojado pero no gritaba, no lo entendían. Si estaba triste, no lo notaban. Han aprendido a leer emojis, no caras. Empezamos con ‘La hora sin WiFi’. Al principio fue un caos, parecían adictos en abstinencia. Pero luego empezaron a jugar canicas, a contarse chismes, a pelearse y contentarse mirándose a los ojos. It’s easier to argue than to understand (Es más fácil discutir que entender) cuando estás en línea, pero en el patio, si insultas a alguien, te arriesgas a un empujón. Aprendieron las consecuencias reales. Aprendieron respeto.”

Testimonio 3: La vendedora de flores en Jamaica “Yo no entiendo de algoritmos ni de esas cosas gringas. Pero entiendo de flores. Las flores se marchitan si no les das agua. La gente se está marchitando por dentro porque no se dan cariño. Vienen aquí, compran el arreglo más grande solo para tomarle foto y subirlo, y luego lo tiran o lo olvidan en el rincón. Ya no huelen las rosas. Yo les digo: ‘Olfata, mija, olfata, que esto es vida’. Recuperar los sentidos, eso es lo que necesitamos.”


CIERRE DE LA OBRA

Mateo cierra su cuaderno. Está sentado en su escritorio, en un pequeño cuarto lleno de libros. La luz de la tarde cae sobre las páginas escritas a mano. No va a publicar esto en Facebook. No lo va a tuitear. Lo va a meter en un sobre. Le pondrá una estampilla postal. Y se lo enviará por correo a una persona al azar que eligió de la guía telefónica. Un acto de conexión lenta. Un mensaje en una botella en el océano de la información.

Si te llega esta carta, no la posteés. Léela. Quémala si quieres. Pero siente algo. Por favor, siente algo.

FIN DE LA HISTORIA.

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