
El viento de la Sierra Tarahumara cortaba como navaja esa tarde de octubre. Desde mi caballo, la vi. Una mujer sola, arrastrando un tronco de pino cuesta arriba, luchando contra la gravedad y el lodo.
Cualquier otro se hubiera rendido hace horas. Pero ella no.
Bajé por la ladera hasta donde tenía su construcción a medias. Era un jacal triste, apenas unas paredes levantadas, sin techo, rodeado de herramientas viejas y un techo de lona que aleteaba con fuerza. Al escuchar los cascos de mi caballo, se enderezó de golpe.
No corrió. No pidió ayuda. Se quedó parada, respirando con dificultad, con la barbilla en alto y las manos apretando la cuerda como si fuera su única arma.
—Buenas tardes —dije, desmontando—. Es mucha casa para una sola persona.
—No necesito caridad de extraños —me soltó. Su voz era firme, pero sus botas estaban hundidas en la tierra helada.
Miré las paredes inestables. —Ese techo no va a aguantar. Viene una tormenta fuerte, quizás en dos semanas, o antes. Se le va a caer encima.
—Me las arreglaré.
La miré, pero la miré de verdad. Fue entonces cuando vi la cicatriz. Una marca vieja y pálida que le cruzaba desde la sien izquierda hasta la mandíbula, rompiendo la simetría de su rostro curtido por el sol. Ella notó mi mirada y sus hombros se tensaron, esperando el insulto, el rechazo de siempre.
—Quemaduras —adiviné.
Ella bajó la vista, avergonzada. —No soy bonita —susurró, con ese tono defensivo de quien lo ha repetido mil veces para que no le duela tanto.
La miré directo a los ojos, sin parpadear.
—Está bien —le dije, y lo decía en serio—. Necesito gente honesta, no lujosa. Aquí en la sierra, el invierno m*ta primero a la gente bonita.
Ella parpadeó. Algo cambió en su rostro. ¿Sorpresa? ¿Desconfianza? —¿Por qué me ayudaría? —preguntó—. El pueblo dice que estoy maldita.
—Porque estoy harto de mentirosos y de vestidos bonitos que no sirven para nada —tomé su martillo y probé el peso; el mango estaba envuelto en trapos para adaptarse a una mano pequeña—. ¿Tiene clavos?
Dudó un segundo, luego asintió hacia una caja de madera. —Puedo pagar con trabajo. Cocino. Remiendo ropa.
—Trato hecho.
Me llamo Jacinto Montes. Y no sabía que al bajar de ese caballo, estaba a punto de desafiar a todo un pueblo y a mis propios fantasmas por una mujer que todos creían rota.
PERO LA TORMENTA NO ERA LO ÚNICO QUE SE ACERCABA A NOSOTROS… ¿QUÉ PASARÍA CUANDO EL PUEBLO DESCUBRIERA QUE ME QUEDÉ CON ELLA?
PARTE 2: LA SOMBRA DE LOS PINOS Y EL PESO DEL “QUÉ DIRÁN”
El sonido del martillo golpeando el clavo resonó en el valle como un disparo seco, espantando a un par de cuervos que nos observaban desde las ramas altas de un ocote viejo. Me enderecé, sintiendo cómo las vértebras de mi espalda tronaban una por una, recordándome que ya no tenía veinte años y que el frío de la sierra no perdonaba ni a los santos ni a los pecadores.
Clara seguía ahí parada, sosteniendo la caja de clavos con las manos enrojecidas por la helada. No se había movido ni un centímetro desde que cerramos el trato, como si temiera que, al parpadear, yo desapareciera junto con mi caballo y mi promesa de ayudarla.
—No se quede ahí pasmada, mujer —le dije, intentando que mi voz sonara más práctica que regañona—. Si vamos a ganarle a la noche, necesito que me pase esos tablones de allá. Los de pino, los que no están podridos.
Ella reaccionó como si despertara de un trance. Dejó la caja en el suelo con cuidado, casi con reverencia, y corrió hacia la pila de madera. La vi luchar con un tablón pesado. Sus brazos eran delgados, fibrosos, se le marcaban los tendones con el esfuerzo, pero no emitió ni un gemido. Había fuerza en ella, una fuerza rabiosa, de esas que nacen cuando la vida te ha dado tantos golpes que ya solo te queda la terquedad para seguir respirando.
Mientras clavaba las primeras vigas para asegurar lo que quedaba de la estructura, no pude evitar observarla de reojo. La cicatriz. Esa línea pálida y tortuosa que le partía la cara. En el pueblo, abajo en el valle, la gente hablaba. Decían que era la marca del diablo, que su marido se había vuelto loco por culpa de su brujería y que por eso la había marcado antes de morir en aquel incendio. Chismes de viejas argüenderas y hombres borrachos en la cantina. Yo nunca les hice caso, pero tampoco había tenido motivo para acercarme a ella. Hasta hoy.
El sol comenzó a caer detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un morado oscuro, casi n*gro, típico de los inviernos en Chihuahua. El viento, ese que llaman “el norte”, comenzó a silbar entre las rendijas de las paredes mal hechas del jacal.
—Ya no se ve nada —anuncié, bajando el martillo—. Si sigo clavando a oscuras, voy a terminar clavándome un dedo y ahí sí que no le voy a servir de nada.
Clara asintió, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. La mezcla de tierra y sudor le manchaba la piel, pero sus ojos brillaban con una intensidad que no había visto antes. —Tengo café —dijo, su voz seguía siendo un susurro rasposo—. Y frijoles. No es mucho, pero… usted dijo que el trato incluía comida.
Me bajé del techo improvisado de un salto, sintiendo el impacto en las rodillas. —El café suena a gloria bendita.
Entramos en lo que ella llamaba su hogar. Era un espacio reducido, con piso de tierra apisonada. En una esquina, un fogón de piedras mal acomodadas luchaba por mantener una llama viva. No había muebles, solo un petate enrollado en un rincón y un par de cajas de madera que servían de sillas y mesa. La pobreza se respiraba ahí, rancia y húmeda, pero estaba todo escrupulosamente limpio.
Me senté en una de las cajas, estirando las piernas hacia el fuego. Clara se movía con agilidad, avivando la lumbre, poniendo el comal, calentando unas tortillas que seguramente había hecho en la mañana. La observé mientras trabajaba. Trataba de ocultar su lado izquierdo, el de la cicatriz, dándome siempre el perfil derecho. Era una danza triste y ensayada: girar la cabeza, bajar el mentón, cubrirse con el rebozo.
—No tiene que esconderse conmigo —solté de repente. El silencio se había vuelto pesado y yo nunca fui bueno para quedarme callado cuando algo me incomodaba.
Ella se congeló con la cuchara de palo en la mano. No volteó. —La gente se asusta —dijo, mirando al fuego. —Yo no soy gente —contesté, sacando mi tabaco para liar un cigarro—. Soy Jacinto. Y he visto cosas peores que una cicatriz. He visto hombres destrozados por osos, he visto lo que hace la sequía con el ganado, he visto la cara de la traición en mi propia familia. Una marca en la piel no es nada comparada con las marcas que uno trae por dentro, esas que no se ven pero que pudren el alma.
Ella sirvió el café en un jarro de barro despostillado y me lo tendió. Sus dedos rozaron los míos por un instante. Estaban helados. —¿Por qué está solo, Don Jacinto? —preguntó, sentándose en el suelo, al otro lado del fuego, manteniendo la distancia. —Porque la soledad es más fiel que cualquier mujer que haya conocido —dije con amargura, dándole un sorbo al café. Estaba cargado, negro, dulce con piloncillo. Justo como lo hacía mi madre—. Y porque mi mujer, que en paz descanse, se llevó la mitad de mi vida cuando se fue hace cinco años. Desde entonces, el pueblo y yo no nos llevamos bien. Ellos querían que me volviera a casar rápido, con alguna viuda “decente”, para que no anduviera de amargado. Pero yo prefiero a mis caballos.
—A mí me dicen “La Maldita” —confesó ella, rompiendo un pedazo de tortilla—. Dicen que todo lo que toco se seca o se muere.
La miré fijamente a través del humo de mi cigarro y del vapor del café. —Pues este café está muy bueno y no me he mu*rto todavía —dije, y por primera vez en toda la tarde, vi un asomo de sonrisa en sus labios. Fue algo fugaz, casi imperceptible, pero estuvo ahí.
Esa noche, decidí no volver a mi rancho. Estaba demasiado lejos y el camino era traicionero con la oscuridad. Le dije que dormiría afuera, junto a la entrada, envuelto en mi sarape y bajo la lona. Ella intentó protestar, ofreciéndome el interior, pero me negué. No por desprecio, sino por respeto. En un pueblo chico, el infierno es grande, y si alguien pasaba y me veía durmiendo adentro con ella, la reputación que le quedaba terminaría de hacerse cenizas.
Me acosté sobre la tierra dura, con mi rifle a un lado y el sombrero sobre la cara. El viento aullaba, golpeando la lona como si quisiera arrancarla. Pero entre el silbido del aire, escuché algo más. Adentro del jacal, Clara estaba llorando. Un llanto ahogado, silencioso, de quien ha aguantado demasiado tiempo haciéndose la fuerte. Me dieron ganas de entrar y decirle que todo iba a estar bien, pero me quedé quieto. A veces, uno necesita llorar solo para vaciarse del veneno.
A la mañana siguiente, el sol salió pálido y frío, iluminando la escarcha que cubría los pastizales. Me levanté con el cuerpo entumido, sacudiéndome la escarcha del sarape. Clara ya estaba despierta. El olor a leña quemada y tortillas impregnaba el aire.
Cuando salió, vi que tenía los ojos hinchados, pero la mirada era clara. —Buenos días, Don Jacinto. —Buenos días. Hoy tenemos que ir al pueblo —anuncié sin preámbulos—. Necesitamos láminas para el techo. Esa lona no va a aguantar ni un suspiro más, y la madera que tiene aquí no alcanza.
El pánico cruzó su rostro. —Yo… yo no bajo al pueblo si no es necesario. No tengo dinero para láminas. —Yo pago. Lo anota en mi cuenta —dije, caminando hacia mi caballo—. Y usted viene conmigo porque necesito que escoja lo que falta. Además, si voy a arreglar esto, lo voy a hacer bien. No hago porquerías.
—No puedo —retrocedió un paso, llevándose la mano a la cicatriz. —Mire, Clara —era la primera vez que la llamaba por su nombre—. Usted hizo un trato. Dijo que pagaría con trabajo. Su trabajo hoy es ayudarme a cargar el material. Súbase al caballo. O camine. Pero vamos a ir.
El viaje hacia San Juanito fue tenso. Ella caminaba unos pasos atrás de mi caballo, con la cabeza gacha, envuelta en su rebozo negro como si fuera una armadura. Yo iba despacio, al paso, vigilando el camino. Sentía su miedo como si fuera una corriente eléctrica en el aire.
Al llegar a la calle principal, el cambio en el ambiente fue inmediato. Las risas de los niños se detuvieron. Las mujeres que barrían las banquetas se quedaron quietas, apoyadas en sus escobas, murmurando detrás de sus manos. Sentí las miradas clavarse en nosotros. Miradas de juicio, de asco, de curiosidad morbosa.
—Mira nomás —escuché decir a Doña Gertrudis, la dueña de la panadería, una mujer con la lengua más afilada que un cuchillo carnicero—, ahí va la Maldita. Y va con Jacinto Montes. ¿Será que el viudo ya perdió la razón?
—Dicen que esa mujer tiene pacto con el Chamuco —respondió otra voz—. Mira cómo lleva la cara. Es la marca del pecado, te lo digo yo.
Clara se encogió, haciéndose lo más pequeña posible. Me detuve en seco y giré el caballo, encarando a las mujeres en la banqueta. El animal, sintiendo mi enojo, resopló y golpeó el suelo con la pezuña, haciendo que las viejas dieran un salto atrás.
—Buenos días, señoras —dije con voz potente, que resonó en toda la calle—. ¿Se les ofrece algo? ¿O nomás están oreado la lengua a ver si se les seca el veneno?
Doña Gertrudis se puso roja como un tomate. —¡Ay, Don Jacinto! Qué modos… nomás decíamos… —Lo que tengan que decir, díganlo de frente. Y si no tienen nada bueno que decir, mejor pónganse a rezar, que buena falta les hace —escupí al suelo y le hice una seña a Clara—. Camine, ande.
Llegamos a la ferretería de Don Anselmo. El viejo estaba detrás del mostrador, contando monedas. Al vernos entrar, su cara se agrió. —Jacinto —saludó seco, ignorando por completo a Clara. —Anselmo. Necesito diez láminas de zinc, tres kilos de clavos de dos pulgadas y dos rollos de alambre recocido. Y también dame un rollo de hule n*gro, del grueso.
El viejo Anselmo se rascó la calva, mirándome con desaprobación. —¿Pa’ qué tanto material, Jacinto? ¿Vas a ampliar el rancho? —No. Es para el jacal de la señora —señalé a Clara con un movimiento de cabeza.
El silencio que siguió fue denso. Anselmo dejó de contar monedas y miró a Clara con desprecio descarado. —Yo no le vendo a ella. Trae mala suerte. La última vez que entró aquí, se me agrió la leche de la venta del día. —Te estoy comprando yo, Anselmo. Con mi dinero. —Es para ella. Es lo mismo. No quiero que mi negocio se sale. Vayan a buscar a otro lado.
Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza. Di un paso adelante, apoyando las manos sobre el mostrador de madera vieja. Me acerqué tanto que pude oler el aliento a tabaco rancio del viejo. —Escúchame bien, viejo testarudo. Llevo comprándote material veinte años. Nunca te he quedado a deber un centavo. Si no me vendes esas láminas ahorita mismo, no solo no vuelvo a comprarte nada, sino que voy a ir a decirle a todos los ganaderos de la asociación que Anselmo vende herramientas oxidadas y que cobra de más. Y tú sabes que a mí me escuchan.
Anselmo palideció. Sabía que yo no hablaba por hablar. En la sierra, la palabra de un hombre vale más que un contrato firmado, y mi palabra pesaba. —Está bien, está bien, no te enojes, Jacinto —refunfuñó, dándose la vuelta para buscar el pedido—. Nomás digo lo que la gente dice… no es cosa mía personal.
—Pues guárdate lo que la gente dice en el bolsillo de atrás —le contesté.
Mientras cargábamos las láminas en la carreta que renté para el regreso, Clara se me acercó. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no las dejaba caer. —Nadie nunca… nadie me había defendido así —murmuró, tocando el borde frío de una lámina. —No me agradezca —dije brusco, amarrando la carga—. La injusticia me da agruras. Y ese viejo es un imbécil.
El camino de regreso fue más silencioso, pero era un silencio diferente. Ya no había tanta tensión, sino una especie de complicidad incómoda. Al llegar al jacal, descargamos todo. El cielo estaba completamente gris. Las nubes bajas rozaban las copas de los pinos.
—Se viene la nieve —dije, mirando hacia el norte—. Huele a nieve.
Esa tarde trabajamos como poseídos. Yo subido en las vigas, colocando las láminas, y ella pasándome los clavos, el martillo, sosteniendo la escalera. Trabajamos hasta que mis manos estaban tan entumidas que apenas podía sostener el martillo. Pero logramos cerrar el techo justo cuando los primeros copos empezaron a caer, lentos y silenciosos, como plumas blancas.
—¡Adentro! —grité, bajando de un salto.
Entramos al jacal y cerramos la puerta improvisada que habíamos reforzado con tablas viejas. El cambio fue inmediato. Ya no entraba el viento helado. El techo de lámina nos protegía. Encendimos el fogón y el calor comenzó a acumularse. Por primera vez, eso parecía una casa y no una ruina.
Clara se sentó junto al fuego, frotándose los brazos. La luz de las llamas bailaba en su rostro, haciendo que la cicatriz pareciera moverse, cambiar de forma. —¿Quiere saber cómo me la hice? —preguntó de repente. Su voz sonó fuerte en el pequeño espacio, compitiendo con el sonido del viento afuera.
Me quité el sombrero y me senté frente a ella. —Solo si usted quiere contarlo.
Ella respiró hondo, cerrando los ojos un momento. —Mi esposo… él era un hombre bueno al principio. O eso creía yo. Pero el alcohol lo transformó. Se volvió celoso, paranoico. Decía que yo lo miraba mal, que coqueteaba con los peones, que yo era demasiado bonita para un hombre como él y que seguro lo iba a dejar. Hizo una pausa, tragando saliva. Yo me quedé quieto, escuchando el crujir de la leña.
—Esa noche llegó borracho, más de lo normal. Gritaba que si no podía ser solo de él, no sería de nadie. Rompió la lámpara de petróleo contra la pared. El fuego se prendió rápido… las cortinas, la cama. Yo intenté salir, pero él me agarró. Tenía un hierro… el hierro de marcar becerros. Lo había metido al fuego de la chimenea antes de que yo me diera cuenta. Se tocó la mejilla con suavidad, reviviendo el dolor. —Me dijo: “Te voy a quitar lo bonita para que nadie más te quiera ver”. Y me lo puso en la cara. El dolor… Don Jacinto, el dolor fue tan grande que ni siquiera pude gritar. Me desmayé. Desperté en el hospital tres días después. Él se había quedado adentro. Se quemó con la casa. Dicen que fue justicia divina, pero el pueblo… el pueblo dice que yo lo provoqué, que yo lo volví loco, que soy una bruja que sobrevivió al fuego cuando él no pudo.
Un silencio sepulcral llenó el jacal. Afuera, la nieve comenzaba a acumularse, pero adentro, el aire estaba cargado de una tragedia antigua y dolorosa. Sentí una opresión en el pecho, una mezcla de rabia y de una tristeza infinita por esa mujer que tenía enfrente.
—Él estaba equivocado —dije con voz ronca. Ella levantó la vista, sorprendida. —¿Qué? —Dijo que le iba a quitar lo bonita para que nadie la quisiera ver. Se equivocó. Porque lo que él veía no era belleza, era posesión. Y usted… —me incliné un poco hacia adelante, mirándola a los ojos, ignorando la cicatriz, viendo el alma que había detrás— usted tiene una belleza que el fuego no puede quemar. La belleza de quien se levanta, de quien carga troncos cuesta arriba, de quien cocina para un extraño aunque tenga miedo. Eso, Clara, eso es lo que vale.
Clara me miró y, por primera vez, vi caer una lágrima por su mejilla marcada. No la de la vergüenza, sino la del alivio. —Gracias, Jacinto —susurró. Ya no era “Don Jacinto”. Era Jacinto.
En ese momento, un golpe brutal sacudió la puerta. —¡Abran! —gritó una voz de hombre afuera, apenas audible sobre el viento—. ¡Sabemos que estás ahí, bruja!
Me puse de pie de un salto, agarrando el rifle Winchester que tenía recargado en la pared. Clara se llevó las manos a la boca, sus ojos se llenaron de terror absoluto. —Son ellos… son los hermanos de él. Los García. Juraron que me sacarían de aquí.
—Nadie la va a sacar de aquí mientras yo respire —dije, cortando cartucho. El sonido metálico del rifle cargándose fue una promesa letal.
Abrí la puerta de una patada. El viento y la nieve entraron de golpe, cegándome por un segundo. Afuera, tres siluetas a caballo se recortaban contra la blancura de la noche. Llevaban antorchas que chisporroteaban con la nieve, y se veían borrachos, peligrosos.
—¿Qué quieren? —grité, apuntando el cañón al pecho del que estaba en el centro.
—Haste a un lado, viejo —bramó el jinete—. Venimos por la p*ta que mató a nuestro hermano. Esa tierra es de nuestra familia. Ella no tiene derecho a estar aquí.
—Esta tierra es ejidal y ella tiene los papeles —respondí, manteniéndome firme aunque el frío me calaba hasta los huesos—. Y si dan un paso más, van a conocer al diablo antes de tiempo.
—No te metas en pleitos ajenos, Jacinto. Te vas a morir por defender a un monstruo. —Prefiero morir defendiendo a un “monstruo” que vivir siendo una basura cobarde como ustedes, que vienen tres contra una mujer sola en medio de la noche. ¡Lárguense!
El hombre del centro hizo ademán de sacar una pistola de su cinto. No lo pensé. Disparé. La bala pegó en la antorcha que llevaba en la mano, haciéndola volar en pedazos. El caballo se encabritó, relinchando de pánico, y tiró al jinete sobre la nieve. Los otros dos caballos se asustaron y comenzaron a retroceder.
—¡El próximo va a la cabeza! —advertí, recargando el arma en un segundo—. ¡Y no me tiembla la mano!
El hombre en el suelo se levantó a trompicones, sobandose el brazo. —¡Estás loco, Montes! ¡Te vamos a denunciar! —¡Denuncien lo que quieran! ¡Pero si vuelven a poner un pie en este cerro, no van a bajar caminando! ¡Váyanse!
Los hombres, viendo que no estaba jugando y que la ventaja de la intimidación se había perdido, giraron sus caballos. El que había caído montó a duras penas, lanzando maldiciones al aire, y se perdieron en la oscuridad y la nieve montaña abajo.
Me quedé en la puerta unos minutos más, con el rifle listo, asegurándome de que no regresaran. El corazón me latía con fuerza, no por miedo, sino por esa adrenalina vieja que creía olvidada. La adrenalina de proteger lo que es justo.
Cuando cerré la puerta y me giré, Clara estaba de pie en medio del cuarto. No estaba temblando. Estaba mirándome. Había una luz nueva en su mirada. Ya no era la mujer acorralada que había encontrado arrastrando un tronco.
—¿Se fueron? —preguntó. —Por ahora —dije, dejando el rifle en su lugar—. Pero van a volver. Los cobardes siempre vuelven cuando se les pasa el susto. Y cuando vuelvan, vamos a estar listos.
Me acerqué al fuego para calentarme las manos. Clara se acercó también. Se paró a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. —Usted se jugó la vida por mí —dijo suavemente. —Le dije que necesitaba gente honesta. Y usted es lo más honesto que me he encontrado en años. No voy a dejar que unos perros rabiosos la lastimen.
Ella extendió la mano y, con una delicadeza infinita, tocó mi brazo. Su tacto fue como una quemadura, pero de las buenas. De esas que cauterizan heridas. —Tengo miedo, Jacinto. Pero… me siento menos sola. —El miedo es bueno, Clara. Nos mantiene vivos. Y en cuanto a la soledad… —la miré, y por primera vez en cinco años, sentí que el invierno dentro de mí empezaba a ceder un poco— creo que esa también se va a tener que ir a buscar a otro lado.
Esa noche, la tormenta azotó la sierra con una furia bíblica. La nieve cubrió los caminos, aislándonos del mundo, del pueblo, de los chismes y de los enemigos. Pero adentro del jacal, bajo el techo de lámina que habíamos clavado juntos, había calor. Había café. Y había dos personas rotas que, sin darse cuenta, estaban empezando a juntar sus pedazos.
Pero yo sabía que esto apenas comenzaba. Los García no se quedarían tranquilos. Y el pueblo… el pueblo no perdona a quien desafía sus reglas. La primavera estaba lejos, y el invierno en la Tarahumara es largo y cruel. Pero al ver a Clara dormir sentada junto al fuego, con el rostro relajado y la cicatriz iluminada por las brasas, supe que valía la pena cada b*la, cada clavo y cada gota de sudor.
Porque a veces, para encontrar a una mujer real, uno tiene que estar dispuesto a perderse en la tormenta.
Al día siguiente, la nieve nos llegaba a las rodillas. Abrir la puerta fue una odisea. El mundo era un lienzo blanco, cegador y silencioso. —Estamos atrapados —dijo Clara, mirando la inmensidad blanca. —No atrapados —corregí, respirando el aire puro y helado—. Protegidos. Nadie sube con esta nieve. Tenemos días de paz. Y tenemos mucho trabajo. Esas paredes necesitan refuerzo por dentro, y vi que sabe tejer lana. Mis calcetines tienen más agujeros que tela.
Ella sonrió. Una sonrisa completa, que le llegó a los ojos y suavizó la rigidez de su cicatriz. —Le tejeré unos nuevos. Los mejores que haya tenido.
Pasaron tres días. Tres días de encierro forzoso donde la convivencia se volvió rutina. Aprendí que Clara tarareaba canciones viejas mientras cocinaba. Aprendí que le tenía miedo a los truenos pero amaba ver caer la nieve. Ella aprendió que yo roncaba cuando estaba muy cansado y que me gustaba el café hirviendo. Nos contamos historias. Le hablé de mi esposa, de cómo murió de una fiebre repentina que los médicos del pueblo no supieron curar. Ella me contó de su infancia, antes del matrimonio, cuando soñaba con ser maestra rural.
—Todavía puede serlo —le dije una noche, mientras tallaba un pedazo de madera para hacer un mango nuevo a su cuchillo. —¿Quién va a querer una maestra con esta cara? Los niños se asustarían. —Los niños ven más claro que los adultos. Si usted les enseña con cariño, no verán la cicatriz. Verán a la maestra Clara.
Ella se quedó pensativa, acariciando la lana que estaba hilando. —Tal vez… algún día.
Pero la paz es frágil en la sierra. Al cuarto día, el sol salió con fuerza y la nieve comenzó a derretirse, convirtiendo los caminos en ríos de lodo. Y con el deshielo, llegó la visita que yo temía, pero no la que esperaba.
No fueron los García. Fue el cura del pueblo. El Padre Tomás. Llegó en su mula, resbalando y persignándose cada dos pasos. Cuando lo vi llegar, salí a recibirlo. Clara se quedó en el umbral, temerosa.
—Buenos días, Padre. ¿A qué debemos el honor? —pregunté, sin bajar la guardia. El cura, un hombre mayor, cansado y con la sotana manchada de barro, me miró con preocupación genuina. —Jacinto… hijo. Vengo a avisarte. Las cosas abajo están feas. —¿Qué tan feas? —Los García han estado alborotando a la gente. Dicen que tú y Clara están viviendo en pecado, que ella te embrujó. Han convencido a muchos de que la tormenta tan fuerte fue castigo de Dios por tener a la “Maldita” aquí arriba. Quieren venir en grupo. Dicen que van a quemar el jacal para purificar la tierra.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el clima. —Son una bola de ignorantes. —Son una turba, Jacinto. Y una turba con miedo y odio es peligrosa. Vengo a pedirte que te la lleves. Sácala de aquí. Llévala a la ciudad, a Chihuahua, donde nadie la conozca. Si se quedan, va a correr sangre.
Miré hacia atrás, hacia Clara. Ella había escuchado todo. Estaba pálida, apoyada en el marco de la puerta. —No me voy a ir —dijo ella, con una voz que temblaba pero no se rompía—. Ya corrí toda mi vida. Ya me escondí suficiente. Esta es mi casa. Aquí puse mi sudor. Si quieren quemarla, tendrán que quemarme con ella otra vez.
El cura negó con la cabeza, triste. —Hija, no seas terca… —No es terquedad, Padre —intervine yo, parándome al lado de Clara y poniendo una mano en su hombro—. Es dignidad. Y usted debería estar predicando sobre la caridad y el amor al prójimo allá abajo, en lugar de venir a decirnos que huyamos. ¿Dónde está Dios en ese pueblo que quiere linchar a una mujer inocente?
El Padre Tomás bajó la vista, avergonzado. —Yo… yo hago lo que puedo, Jacinto. Pero el miedo es poderoso. —Pues dígales que suban —dije, sintiendo una calma terrible asentarse en mi estómago—. Dígales que aquí los espero. Pero dígales también que el Jacinto que conocían, el viudo tranquilo que iba a misa los domingos, se murió en esta tormenta. El hombre que está aquí ahora no va a dudar en defender lo que es suyo.
—¿Suyo? —preguntó el cura, mirándonos a los dos. Miré a Clara. Miré su cicatriz, sus manos trabajadoras, sus ojos llenos de miedo y valentía. —Sí, Padre. Mío. Porque la familia no es solo la sangre. Familia es quien se queda contigo cuando se cae el cielo. Y ella es mi familia ahora.
El cura suspiró, se persignó y montó su mula. —Que Dios los proteja, porque yo ya no puedo.
Lo vimos bajar la cuesta hasta perderse entre los pinos. El silencio volvió a reinar, pero ahora estaba cargado de una amenaza inminente. —¿Por qué dijo eso? —me preguntó Clara, mirándome—. ¿Lo de que soy su familia? —Porque es la verdad —le contesté—. Y porque ya me cansé de estar solo. ¿Y usted?
Ella se acercó y, con un movimiento lento, me rodeó la cintura con sus brazos, recargando su cabeza en mi pecho. Fue un abrazo torpe, lleno de capas de ropa y de miedos pasados, pero fue el abrazo más cálido que había sentido en años. —Yo también me cansé, Jacinto.
Acaricié su cabello, áspero y oliendo a humo. —Pues entonces, vamos a prepararnos. Si quieren guerra, les daremos guerra. Pero este jacal no se cae. Y usted no se va.
La segunda parte de nuestra historia estaba por escribirse no con tinta, sino con pólvora y resistencia. El pueblo de San Juanito estaba a punto de aprender que hay cicatrices que no debilitan, sino que blindan el alma. Y que no hay nada más peligroso en la Sierra Tarahumara que un hombre y una mujer que ya no tienen nada que perder, excepto el uno al otro.
PARTE 3: LA PÓLVORA, LA SANGRE Y EL JUICIO DEL FUEGO
El eco de los cascos de la mula del Padre Tomás se desvaneció mucho antes de que el polvo se asentara en el camino, pero el peso de sus palabras se quedó flotando en el aire, más denso que la neblina que baja por la barranca en las mañanas de enero. “Van a correr sangre”, había dicho el cura. Y yo, que he visto más sangre de la que un hombre debería ver en dos vidas, sabía que no era una amenaza vacía. Era una profecía.
Me quedé parado en el umbral, mirando hacia el camino que serpenteaba hacia el pueblo, ese sendero de tierra roja que ahora se sentía como la garganta abierta de una bestia esperando tragarnos. Clara seguía detrás de mí, su respiración era lo único que rompía el silencio sepulcral de la sierra. No necesitaba voltear para saber que estaba asustada; el miedo tiene un olor, una acidez metálica que se te pega en el paladar, y ese olor estaba llenando el jacal.
—Jacinto —murmuró ella. No preguntó qué íbamos a hacer. No preguntó si íbamos a morir. Solo dijo mi nombre como si fuera el último clavo ardiendo al que podía aferrarse.
Me giré despacio, cerrando la puerta con el pasador de hierro que yo mismo había forjado años atrás en la fragua del rancho. El clac metálico sonó definitivo. —Vamos a hacer inventario, Clara —dije, tratando de que mi voz sonara como la de un general y no como la de un hombre que sabe que lo superan cien a uno—. Saque todo lo que tengamos que pueda cortar, golpear o quemar.
Nos movimos con una urgencia silenciosa. La luz del día se estaba yendo rápido, y la oscuridad sería nuestra aliada o nuestra tumba, dependiendo de qué tan listos estuviéramos. Puse el Winchester sobre la mesa de madera bruta. Era un modelo 94, viejo pero fiel, con la culata desgastada por el roce de mi mejilla y el cañón azulado por el tiempo. Saqué la caja de cartuchos del bolsillo de mi chamarra. Los conté, alineándolos sobre la mesa como soldados de plomo.
Uno, dos, tres… catorce. Catorce balas. Catorce oportunidades para defender nuestra vida. Y luego estaba la pistola, un revólver .38 que había pertenecido a mi abuelo, con seis tiros en el cilindro y cuatro más sueltos en un cajón. Veinticuatro disparos en total.
—¿Cuántos cree que vengan? —preguntó Clara. Estaba poniendo sobre la mesa el cuchillo de cocina, el machete que usamos para desramar y un hacha pequeña. Sus manos temblaban, pero sus ojos estaban secos. —Los García son tres —calculé, frotándome la barba que ya me picaba por el sudor frío—. Pero si el cura tiene razón y alborotaron al pueblo… podrían ser diez, veinte. La gente es borrega, Clara. Uno grita “fuego” y todos corren por la gasolina sin preguntar qué se quema.
Ella se quedó mirando las balas. —No nos alcanza —dijo, con una lógica fría y aterradora. —No necesitamos matrlos a todos —respondí, tomando el rifle y comenzando a limpiarlo con un trapo aceitado. El olor a aceite de armas siempre me tranquilizaba, me recordaba a mi padre—. Solo necesitamos quebrarles la voluntad. El miedo es contagioso, más que el valor. Si tumbamos a los líderes, si hacemos que los primeros que crucen la línea se arrepientan de haber nacido, los demás correrán. La gente del pueblo no son assinos, Clara. Son ignorantes asustados. Pero los García… esos sí son coyotes. A esos hay que tirarles a m*tar.
Pasamos la siguiente hora fortificando nuestra pequeña fortaleza. No teníamos mucho, pero en la sierra uno aprende a usar lo que tiene. Clavamos tablones cruzados en la única ventana, dejando apenas una rendija para poder mirar y disparar. Movimos las cajas pesadas contra la puerta para trabarla desde adentro. Clara, con una fuerza que no parecía caber en su cuerpo menudo, me ayudó a arrastrar un tronco viejo que teníamos para leña y lo atoramos en la base de la entrada.
—Si logran romper la puerta, tendrán que trepar sobre esto —dije, secándome el sudor—. Y mientras trepan, son blancos fáciles.
Cuando terminamos, el sol ya se había ocultado detrás de los picos de la Sierra Madre. El frío regresó con venganza, colándose por las rendijas que no habíamos podido tapar, pero el fogón mantenía el centro del jacal en una calidez tensa.
—Venga acá —le dije a Clara, haciéndole una seña para que se acercara a la mesa. Tomé el revólver .38. Pesaba en la mano, un peso de muerte y responsabilidad. —¿Alguna vez ha disparado un arma? Ella negó con la cabeza. —No. Mi esposo… él tenía escopeta, pero nunca me dejó tocarla. Decía que las armas no son para las mujeres.
—Su esposo era un imbécil en muchas cosas, y en esta también —le puse el revólver en la mano. Ella lo sostuvo con torpeza, como si fuera una víbora que pudiera morderla—. Escúcheme bien, porque no vamos a tener tiempo de repasar esto cuando empiecen los gritos.
Me puse detrás de ella, ajustando su postura. —Separe las piernas. Así. Plántese bien en el suelo, como si fuera un pino. Agarre el arma con las dos manos. No, así no, se va a lastimar los dedos con el retroceso. Así. Eso es. Sentí su cuerpo tenso contra el mío, vibrando como una cuerda de guitarra a punto de romperse. —Esto no es un juguete, Clara. Cuando jale el gatillo, va a patear. Va a sonar como si el mundo se partiera. No cierre los ojos. Si cierra los ojos, no le da a nada. Mire a donde quiere pegar. Respire hondo, suelte la mitad del aire y apriete suave. No de jalón. Suave.
Ella asintió, concentrada, mirando la puerta cerrada. —¿A quién le disparo? —preguntó, y la frialdad de la pregunta me hizo sentir un escalofrío de respeto. No preguntaba si debía disparar, sino a quién. —Si entran… al que tenga más cerca —le dije, y me dolió tener que decirle eso a una mujer que ya había sufrido tanto—. Al pecho. Es el blanco más grande. No trate de darles en la cabeza, eso es de películas. Al bulto. Y si se le acaban las balas, o si el arma se traba… —señalé el machete afilado sobre la mesa— usa eso. Y no dude. Si duda, nos mueren.
La noche cayó por completo. Una oscuridad espesa, sin luna, de esas que en la sierra te hacen sentir que eres la única persona viva en el universo. Apagamos la lámpara de petróleo para no ser un blanco fácil y para que nuestros ojos se acostumbraran a la penumbra. Solo el resplandor rojo de las brasas del fogón iluminaba tenuemente el interior, pintando sombras largas y danzantes en las paredes de madera.
La espera. Maldita sea la espera. Es peor que los balazos. En el tiroteo todo es rápido, es instinto, es ruido y furia. Pero la espera te da tiempo de pensar. Te da tiempo de recordar todo lo que has perdido y todo lo que te falta por perder.
Nos sentamos en el suelo, recargados contra la pared opuesta a la puerta, con las armas en el regazo. Clara preparó café, y el aroma amargo y caliente fue un pequeño consuelo en medio de la tensión.
—Jacinto —susurró ella después de un largo silencio. —Dígame. —Si… si nos pasa algo… quiero que sepa que estos días, aquí con usted… han sido los únicos días de mi vida en los que me he sentido persona. No una cosa. No una maldición. Persona.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el café. —No nos va a pasar nada —mentí, o tal vez era una promesa a Dios—. Pero quiero que sepa usted también, Clara, que yo ya estaba mu*rto antes de encontrarla en ese cerro. Caminaba, comía, respiraba, pero estaba hueco. Usted me devolvió las ganas de pelear. Y un hombre que tiene por qué pelear es muy difícil de matar.
El viento aulló afuera, y por un segundo, ambos nos tensamos, pensando que eran gritos. Pero solo era el monte. El monte que respira. Pasaron las horas. Quizás era medianoche, quizás más tarde. El tiempo se vuelve chicloso cuando esperas la muerte.
Y entonces, lo escuchamos. Primero fue el ladrido de los perros a lo lejos, abajo en el valle. Luego, el sonido de un motor esforzándose, tal vez una camioneta vieja subiendo por la brecha hasta donde el lodo lo permitiera. Y finalmente, voces. Voces humanas, distorsionadas por la distancia y el alcohol.
Me levanté despacio, sintiendo cómo mis rodillas crujían. —Ya vienen —dije. Mi voz sonó tranquila, ajena a mi cuerpo que estaba en alerta máxima. Clara se levantó también, aferrando el revólver con los nudillos blancos. —Estoy lista.
Me acerqué a la rendija de la ventana. Al principio no vi nada, solo negrura. Pero luego, aparecieron. Luces. Antorchas. Eran puntos naranjas que se movían entre los árboles como luciérnagas demoníacas. No eran tres. Eran más. Conté seis, ocho… tal vez doce luces.
—Son muchos —murmuré. —¿Qué hacemos? —Esperar a que entren en rango. No voy a gastar plomo al aire.
Las luces se detuvieron al borde del claro, a unos cincuenta metros del jacal. Podía ver las siluetas de los caballos y de gente a pie. Escuché el sonido de botellas chocando. Estaban armándose de valor con aguardiente.
—¡Montes! —gritó una voz que reconocí de inmediato. Era Rogelio García, el mayor de los hermanos. Su voz era rasposa y destilaba odio—. ¡Sabemos que estás ahí, viejo traidor! ¡Sal y entrega a la bruja, y a lo mejor te dejamos vivir!
Miré a Clara. Ella estaba pegada a la pared, respirando rápido, pero no lloraba. —No conteste —le susurré—. Que no sepan dónde estamos adentro.
—¡No seas cobarde, Jacinto! —gritó otro, tal vez uno de sus peones—. ¡Esa mujer está maldita! ¡Desde que llegó se nos enfermaron las vacas! ¡Es bruja!
—¡Quémenlos! —gritó una voz de mujer, y eso me heló la sangre. Era Doña Gertrudis. Hasta las mujeres del pueblo habían subido. El veneno de los chismes había calado hondo.
—¡Tienen tres minutos para salir! —bramó Rogelio—. ¡Si no salen, prendemos fuego al jacal con ustedes adentro!
Me acomodé el rifle en el hombro, apuntando a través de la rendija. Busqué la silueta más grande, la que gritaba más fuerte. Rogelio. Tenía una antorcha en una mano y una pistola en la otra. Estaba parado arrogantemente, creyendo que el número lo protegía.
—Clara —dije sin voltear—. Si prenden fuego, vamos a tener que salir. El humo nos ahogaría antes de que nos quememos. Si yo doy la orden, usted corre hacia los árboles de atrás, hacia la barranca. Yo los distraigo. —¡No! —siseó ella—. Yo no me voy sin usted. —¡No es momento de discutir! —¡Pues no discuta! ¡Dije que no me voy!
En ese momento, una piedra voló desde la multitud y golpeó el techo de lámina con un estruendo que pareció un trueno. Fue la señal. —¡Ahora! —gritó Rogelio.
Vi cómo tres hombres corrían hacia el jacal con antorchas encendidas. Iban a tirar fuego contra las paredes de madera. No esperé más. Respiré hondo, contuve el aire y apreté el gatillo.
¡BAM!
El disparo rompió la noche. No le di a Rogelio. Le di al suelo, justo delante de los pies de los hombres que corrían. La tierra estalló, lanzando lodo y piedras a sus piernas. Se detuvieron en seco, soltando maldiciones y tropezando entre ellos.
—¡El próximo no va al suelo! —grité con toda la fuerza de mis pulmones, recargando el rifle en un movimiento fluido—. ¡Lárguense a sus casas si quieren volver a ver a sus hijos!
Hubo un momento de duda en la turba. Las antorchas vacilaron. La gente del pueblo no esperaba balazos de verdad. Pensaban que íbamos a salir llorando a pedir perdón. Pero los García no iban a dejar que el miedo les ganara tan fácil.
—¡No tiene tantas balas! —gritó Rogelio, escondiéndose detrás de un pino—. ¡Son dos pelagatos! ¡Ataquen! ¡Disparen!
Y el infierno se desató. Varios disparos sonaron desde el bosque. Las balas silbaron alrededor del jacal. Una atravesó la madera podrida de la pared y se incrustó en el poste donde colgábamos las ollas, haciendo un ruido sordo. Clara soltó un grito ahogado y se tiró al suelo.
—¡Abajo! —grité, agachándome. Me moví hacia otra rendija. Tenía que mantenerlos a raya. Vi un fogonazo de pistola cerca de la pila de madera. Apunté y disparé. Escuché un grito de dolor. —¡Me dio! ¡Me dio en la pierna! —lloriqueó alguien.
—¡Uno menos! —mascullé. Quedaban trece balas.
El olor a pólvora llenó el cuarto, mezclándose con el olor a miedo y humo. —¡Fuego! —gritaron afuera. Alguien lanzó algo. Una botella con trapo encendido. Una bomba molotov casera. Golpeó la pared exterior, justo al lado de la puerta. Escuché el crepitar de las llamas lamiendo la madera seca.
—¡Están quemando la entrada! —gritó Clara, mirando cómo el humo empezaba a colarse por debajo de la puerta. —¡Maldita sea! —Dejé el rifle un segundo y agarré la cubeta de agua que teníamos para lavar. Me acerqué a la puerta, arriesgándome a que una bala atravesara la madera, y lancé el agua contra las tablas calientes. Hubo un siseo furioso de vapor, pero el fuego bajó.
—¡No tengo más agua! —le grité a Clara. —¡Tierra! —respondió ella. Empezó a rascar el piso de tierra del jacal con las manos, juntando puñados—. ¡Use tierra!
Volví a la ventana. Estaban avanzando otra vez. Se sentían valientes porque no disparábamos rápido. Vi a uno de los hermanos García, Felipe, corriendo hacia el lado ciego de la casa, llevando un bulto de paja encendida. Quería prenderle fuego a la parte trasera, donde no teníamos ventana.
—¡Clara! —la llamé—. ¡Van por atrás! ¡Necesito que haga ruido! —¿Qué? —¡Dispare por la rendija de enfrente! ¡Manténgalos ocupados! ¡Yo voy a abrir un agujero atrás!
Clara se arrastró hasta la ventana principal. Levantó el revólver con ambas manos, temblando como una hoja al viento, pero con la mandíbula apretada. ¡BANG! El disparo salió salvaje, hacia las copas de los árboles, pero el ruido y el fogonazo hicieron que la turba se tirara al suelo otra vez. ¡BANG! Disparó otra vez.
Yo agarré el hacha. Corrí a la pared trasera. Sabía que había una tabla floja, una que había quedado mal clavada. Le di un golpe seco con el contrafilo del hacha. La madera crujió y se astilló. Otro golpe. Se abrió un boquete del tamaño de un melón. Justo a tiempo. Felipe García estaba ahí, a punto de pegar la paja ardiendo contra la base de la pared. Me vio a través del agujero. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. No lo pensé. Saqué el cañón del Winchester por el hueco. El cañón estaba a medio metro de su cara.
—Tira eso o te vuelo la cabeza —gruñí. Felipe se quedó paralizado. El miedo puro le lavó la borrachera de golpe. —Jacinto… no… —¡Tíralo! Dejó caer la paja encendida al suelo y levantó las manos. —¡Vete! ¡Y diles que el próximo que se acerque no va a tener tanta suerte!
Felipe salió corriendo, tropezando con sus propias botas, gritando: —¡Están locos! ¡Tienen armas por todos lados!
Volví con Clara. Ella estaba recargando el revólver con dedos torpes. Había disparado cuatro veces. —Lo hizo bien —le dije, poniéndole una mano en el hombro—. Muy bien. —¿Se van? —preguntó, con la esperanza rompiéndosele en la voz. Miré por la rendija. No. No se iban. Rogelio estaba furioso, golpeando a sus hombres para que se levantaran. —¡Son dos viejos inútiles! —gritaba—. ¡No dejen que les ganen! ¡Vamos todos juntos! ¡A la de tres!
Esta vez era en serio. Iban a cargar todos a la vez. No podría detenerlos a todos. Si llegaban a la puerta y al tronco que la bloqueaba, entrarían. Y si entraban, nos matarían a golpes o a machetazos. Miré a Clara. Ella me miró a mí. En sus ojos ya no había pánico, solo una tristeza profunda y una aceptación silenciosa. —Jacinto —dijo—. Gracias. —Todavía no me agradezca.
Me quité el sombrero y lo tiré al suelo. —Escúcheme, Clara. Cuando carguen, voy a salir. —¡¿Qué?! —gritó ella—. ¡Lo van a m*tar! —Tengo dinamita —mentí. Tenía que mentirle para que me dejara hacer lo que iba a hacer—. Tengo un cartucho de dinamita que guardé de la mina. Voy a salir y amenazarlos. Si creen que voy a volarnos a todos, correrán. —¡No tiene dinamita! —ella sabía. Era lista—. ¡Solo quiere que lo maten a usted para que a mí me dejen! —¡Si entran nos matan a los dos! —la agarré por los hombros y la sacudí suavemente—. ¡Es la única oportunidad! Usted cúbrame desde aquí.
—¡Uno! —gritó Rogelio afuera. —¡Dos!
No había tiempo. Me giré hacia la puerta, quité el tronco con un esfuerzo sobrehumano que me hizo ver estrellas, y quité el pasador. —¡Tres!
Abrí la puerta de una patada y salí a la noche, con el rifle en la mano y un grito salvaje en la garganta. —¡Vengan por mí, cabrones!
La escena se congeló. La turba venía corriendo, a unos veinte metros. Al verme salir, tan desafiante, tan lleno de furia suicida, frenaron por instinto. Me paré en medio del pequeño claro frente al jacal, iluminado por el fuego de la paja que Felipe había tirado y que ahora ardía inofensivamente en la nieve derretida.
—¡Aquí estoy, Rogelio! —grité, buscándolo—. ¡Aquí está el hombre que quieres m*tar! ¡Pero te juro por la tumba de mi madre que antes de que mi cuerpo toque el suelo, tú vas a tener un agujero en medio de la frente!
Levanté el rifle y le apunté directo al pecho. Él estaba a descubierto. No tenía dónde esconderse. El silencio cayó sobre la montaña. Nadie se movía. Solo el crepitar del fuego. Rogelio sudaba. Veía en mi cara que no estaba blofeando. Veía que yo ya había aceptado mi muerte, y eso me hacía más peligroso que cualquier ejército.
—Baja el arma, Jacinto —dijo Rogelio, con la voz temblorosa—. Somos muchos. —No me importa —dije calmado—. Yo me voy al infierno hoy. Pero tú te vienes conmigo de la mano, compadre.
La gente del pueblo empezó a murmurar. Empezaron a retroceder. Una cosa es linchar a una bruja indefensa; otra muy distinta es enfrentarse a un hombre dispuesto a morir matando. —Yo no le entro —dijo un hombre desde atrás, soltando su palo—. Esto ya se pasó. —Yo tampoco —dijo otro—. Vámonos.
—¡Quietos! —chilló Rogelio—. ¡Son cobardes!
Y entonces, sucedió. Clara salió del jacal. No salió escondiéndose. No salió llorando. Salió caminando erguida, con el revólver en la mano y la cabeza en alto. El fuego iluminaba su cara, iluminaba la cicatriz brutal que la cruzaba. Pero en ese momento, la cicatriz no parecía una marca de vergüenza. Parecía una pintura de guerra.
Se paró a mi lado. Hombro con hombro. —Si se lo llevan a él —dijo Clara, con una voz que retumbó en el silencio—, se me llevan a mí también. Y les juro, por Dios santísimo, que yo ya sobreviví al fuego del infierno una vez. Ustedes no me asustan.
Miró a las mujeres del pueblo, a Doña Gertrudis. —Usted, Gertrudis. Usted que me vendía pan duro y me escupía cuando salía. ¿Quiere m*tarme? Venga. Aquí estoy. Pero mireme a los ojos cuando lo haga.
Gertrudis bajó la mirada, incapaz de sostener la vista de la mujer que había atormentado. La vergüenza, más poderosa que el odio, comenzó a extenderse entre la multitud. —Esto no está bien —murmuró alguien—. Vámonos.
Rogelio, viendo que perdía el control, levantó su pistola desesperado. —¡Pues yo sí los mato! —gritó.
Pero antes de que pudiera disparar, un sonido nuevo llenó el aire. Un sonido grave, rítmico, profundo. Bong… Bong… Bong… Eran las campanas de la iglesia del pueblo, abajo en el valle. Estaban tocando a rebato. El toque de emergencia. Y luego, vimos luces. No antorchas desordenadas, sino faros. Faros de camionetas de la policía estatal subiendo por la carretera principal a lo lejos.
—¡La policía! —gritó alguien—. ¡Vienen los estatales!
El Padre Tomás no se había ido a dormir. Había bajado al pueblo vecino y había llamado a la ley. El pánico cambió de bando. La turba se disolvió como sal en agua. —¡Vámonos! ¡Nos van a agarrar! La gente corrió hacia la oscuridad, hacia sus caballos, hacia el monte. Rogelio se quedó solo un segundo más, mirándonos con un odio infinito. —Esto no se acaba, Montes —escupió—. Algún día vas a tener que dormir. —Y tú algún día vas a tener que morir, Rogelio —le contesté sin bajar el rifle—. Y espero estar ahí para verlo.
Giró sobre sus talones y corrió hacia la oscuridad. En un minuto, el claro estaba vacío. Solo quedaban las antorchas tiradas en el suelo, consumiéndose lentamente.
Bajé el rifle. Mis brazos pesaban mil toneladas. Mis piernas temblaban tanto que sentí que me iba a caer. Me giré hacia Clara. Ella seguía apuntando con el revólver a la oscuridad, con los ojos muy abiertos, sin parpadear. —Ya se fueron, Clara —le dije suavemente, quitándole el arma de las manos con cuidado—. Ya pasó.
Ella soltó el aire de golpe, como si hubiera estado aguantando la respiración durante horas. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas al lodo y la nieve. Me arrodillé junto a ella y la abracé. No fue un abrazo romántico. Fue un abrazo de sobrevivientes, de náufragos que acaban de llegar a la orilla. Ella se aferró a mi chamarra y soltó un sollozo seco, desgarrador, y luego otro, y otro, hasta que estuvo llorando a gritos contra mi pecho, sacando todo el miedo, toda la rabia, todos los años de silencio.
La dejé llorar. Le acaricié el pelo sucio de hollín y tierra. —Ya pasó —repetía yo, aunque sabía que no era del todo cierto. La policía llegaría en un rato. Habría preguntas. Habría denuncias. Rogelio no se quedaría quieto. El pueblo seguiría murmurando. Pero esa noche, en ese pedazo de cerro olvidado por Dios, habíamos ganado.
Nos quedamos así un largo rato, hasta que el frío nos obligó a movernos. Entramos al jacal. Estaba lleno de humo, con agujeros de bala en las paredes y olor a pólvora. Pero seguía en pie. Clara se sentó en una de las cajas, limpiándose la cara con el rebozo. Me miró, y a pesar del cansancio, a pesar del terror, había algo nuevo en su rostro. Un brillo de orgullo.
—Jacinto —dijo—. ¿Vio cómo corrió ese infeliz cuando le apunté? Sonreí, una sonrisa cansada pero genuina. —Lo vi, Clara. Corrió como coyote escaldado. —Creo… creo que nunca había sentido tanto miedo y tanta fuerza al mismo tiempo. —Eso es estar vivo, mujer. Eso es vivir de verdad.
Me levanté para poner más leña al fuego. Mis manos aún temblaban un poco. —Mañana va a ser un día largo —dije—. Tenemos que arreglar esa pared. Y tenemos que ir a declarar con la policía. Y probablemente tendremos que bajar al pueblo con la frente en alto para que vean que no nos rompimos. —Iremos —dijo ella firmemente—. Iremos juntos.
Miré por la ventana rota hacia el este. El cielo empezaba a clarear, un gris pálido que prometía la llegada del sol. La tormenta de nieve había pasado, y la tormenta de hombres también, por ahora. Me senté frente a ella y tomé sus manos entre las mías. Estaban rasposas, sucias, maltratadas. Eran las manos más hermosas que había visto en mi vida.
—Clara —le dije—. Hace unos días le dije que buscaba una mujer real. Ella me sostuvo la mirada, sin esconder la cicatriz. —¿Y bien? —Pues creo que me quedé corto. Encontré una guerrera.
El sol salió sobre la Sierra Tarahumara, iluminando un jacal baleado y dos figuras sentadas junto al fuego. No sabíamos qué traería el futuro. No sabíamos si los García volverían o si el pueblo nos perdonaría algún día por ser diferentes. Pero mientras el calor del sol empezaba a derretir la nieve en el techo de lámina, supe una cosa con certeza absoluta: ya no era un viejo viudo esperando la muerte. Y ella ya no era “La Maldita”. Éramos Jacinto y Clara. Y si el mundo quería tumbarnos, iba a tener que esforzarse mucho más que esto. Porque las raíces que crecen entre las piedras son las más difíciles de arrancar.
Me serví lo que quedaba del café frío, brindé al aire hacia donde había huido Rogelio y pensé: Regresa cuando quieras, cabrón. Aquí te esperamos.
PARTE FINAL: LA CICATRIZ QUE FLORECIÓ EN LA NIEVE
El azul y rojo de las torretas de la policía rebotaba contra los pinos como si fuera una fiesta de pueblo, pero el aire olía a todo menos a celebración. Olía a pólvora quemada, a madera mojada y a ese sudor rancio que suelta el cuerpo cuando la adrenalina se convierte en agotamiento.
Bajé el rifle, pero no lo solté. La desconfianza es un animal viejo que no se duerme fácil, y menos cuando ves bajar de las patrullas a hombres uniformados que a veces son más bandidos que los que uno tiene enfrente.
—¡Bajen las armas! —gritó el comandante, un tipo gordo con bigote de morsa que se ajustaba el cinturón con dificultad—. ¡Ya estuvo suave de balazos por hoy!
Miré a Clara. Ella seguía de rodillas en la nieve, pero ya no lloraba. Tenía la mirada fija en las camionetas, vacía, como si su alma se hubiera ido a dar una vuelta para no ver el desastre. Me acerqué a ella despacio, le quité el revólver de la mano —tenía los dedos agarrotados, duros como garra de águila— y lo guardé en mi cinto.
—Tranquila —le susurré—. Ya llegaron los buitres a limpiar la carnicería.
Caminé hacia el comandante con las manos en alto, pero con el Winchester colgado al hombro, apuntando al cielo. —Buenas noches, Comandante Rivas —dije. Lo conocía de vista. Era de esos policías que cobran por mirar para otro lado, pero que se hacen los valientes cuando ya pasó el peligro.
—Jacinto Montes —dijo él, escupiendo a un lado—. Me imaginaba que eras tú el del alboroto. El Padre Tomás nos bajó de la cama con el cuento de que estaban m*tando gente aquí arriba.
—Casi —le contesté seco—. Si hubieran tardado diez minutos más, en lugar de venir a detener gente, hubieran venido a recoger carbón y huesos.
Los oficiales se desplegaron por el claro, alumbrando con lámparas potentes. Iluminaron los casquillos percutidos, la paja quemada, el boquete en la pared trasera del jacal. Uno de ellos silbó al ver los destrozos. —Se dieron con todo, ¿eh? —comentó un oficial joven. —Nos defendimos —dijo Clara. Su voz salió ronca, pero se puso de pie. Se sacudió la nieve de la falda y caminó hasta ponerse a mi lado. La luz de las linternas le pegó de lleno en la cara, en la cicatriz. El oficial joven hizo una mueca y apartó la vista. Clara no se inmutó. Ya no bajaba la cabeza.
—Tienen que acompañarnos a la delegación —dijo Rivas, poniéndose serio—. Hay denuncias cruzadas. Los García dicen que ustedes los emboscaron. Que secuestraste a la mujer.
Solté una carcajada amarga que me raspó la garganta. —¿Secuestro? ¿Vio usted los agujeros de bala en mi puerta, Comandante? ¿Vio las bombas molotov? Si eso es un secuestro, entonces yo soy el Papa.
—Eso lo explica ante el Ministerio Público, Jacinto. Súbanse. Y dame las armas.
Entregar el rifle fue como entregar un brazo. Sentí una indefensión terrible al ver cómo lo metían en la cajuela de la patrulla. Pero no tenía opción. Si me resistía ahora, perderíamos la poca ventaja moral que teníamos.
El viaje al pueblo fue silencioso. Clara iba pegada a mí en el asiento trasero, tiritando de frío, aunque la calefacción de la patrulla estaba encendida. Le pasé mi brazo por los hombros y ella recargó la cabeza. No dijimos nada, pero en ese silencio nos dijimos todo. Éramos cómplices. Éramos sobrevivientes.
Llegamos a la delegación de San Juanito al amanecer. El pueblo estaba despertando, pero las noticias vuelan más rápido que la luz en los pueblos chicos. Había gente afuera. Curiosos. Argüenderos. Cuando bajamos de la patrulla, sentí las miradas. Pero esta vez, algo había cambiado. Ya no era solo desprecio. Había asombro. Había miedo.
Adentro, en la oficina del Ministerio Público, estaban los García. Rogelio tenía una venda mal puesta en la cabeza —seguramente se había golpeado al huir— y Felipe tenía la cara tiznada y una expresión de perro apaleado. Al vernos entrar, Rogelio se levantó de golpe.
—¡Ahí están! —gritó, señalándonos con un dedo tembloroso—. ¡As*sinos! ¡Casi nos matan!
Me planté frente a él. No me importó estar en una oficina de gobierno. No me importó el secretario escribiendo en su máquina. Me acerqué hasta que nuestras narices casi se tocaron. Yo olía a humo y a sudor viejo; él olía a alcohol barato y a miedo reciente.
—Cállate el hocico, Rogelio —le dije en voz baja, pero con un tono que hizo que el secretario dejara de escribir—. Agradece que tienes lengua para gritar. Si por mí fuera, estarías enfriándote en el cerro.
—¡Me está amenazando! —chilló Rogelio, mirando al Comandante Rivas—. ¡Escuchó eso!
El agente del Ministerio Público, un licenciado joven que venía de la capital y que se notaba que odiaba estar en la sierra, golpeó el escritorio. —¡Silencio! Esto no es cantina. Siéntense todos.
El interrogatorio fue largo y tedioso. Preguntas estúpidas. Papeles. Burocracia. Rogelio intentó por todos los medios voltear la tortilla. Dijo que habían ido a “rescatar” a Clara de mis garras, que yo la tenía drogada, que yo había disparado primero.
Pero entonces, sucedió algo que nadie esperaba. La puerta se abrió y entró el Padre Tomás. Y no venía solo. Detrás de él venía Anselmo, el ferretero. Y detrás de Anselmo, venía la viuda de Don Chon, una anciana que vivía cerca del camino al monte.
—Licenciado —dijo el Padre Tomás con su voz grave—. Vengo a dar testimonio. Rogelio palideció. —Padre, esto no es asunto de la iglesia…
—Es asunto de la verdad, hijo —lo cortó el cura—. Y la verdad es que anoche vinieron a mi iglesia tres de tus peones a confesarme que los obligaste a subir al cerro con antorchas. Me dijeron que la orden era quemar el jacal con ellos adentro.
El silencio en la sala fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido de una mosca golpeando el vidrio de la ventana.
Anselmo, el ferretero que días antes nos había despreciado, se quitó la gorra y carraspeó, nervioso. —Y yo… yo vengo a decir que Jacinto me compró láminas y material de construcción. Pagó al contado. Un hombre que secuestra no se pone a arreglar el techo, licenciado. Y… bueno, los García me deben dinero de hace tres meses. Son mala paga y mala gente.
Miré a Anselmo, sorprendido. El viejo me sostuvo la mirada un segundo y asintió levemente. Era su forma de pedir perdón, o tal vez, su forma de ponerse del lado del ganador. En la sierra, la lealtad cambia con el viento, pero cuando cambia, es firme.
El licenciado miró los papeles, miró a Rogelio sudando frío, y luego nos miró a nosotros. A Clara, con su cicatriz y su dignidad intacta. A mí, viejo y cansado pero entero. —Parece que aquí hubo un intento de allanamiento y agresión —dijo el licenciado, cerrando la carpeta—. Señor García, si usted insiste en la demanda, voy a tener que abrir una investigación por intento de homicidio calificado en grado de tentativa, con la agravante de pandillerismo. Y con el testimonio del Padre, lo veo a usted pasando una larga temporada en la cárcel de Chihuahua.
Rogelio apretó los dientes hasta que le rechinaron. Sabía que había perdido. En el pueblo podía mandar, pero contra la iglesia y la ley escrita, su dinero de cacique de rancho pequeño no alcanzaba. —Retiro los cargos —masculló. —¿Qué dijo? —preguntó el licenciado. —¡Que retiro los malditos cargos! —gritó, levantándose y tirando la silla—. ¡Vámonos!
Los García salieron de la oficina como alma que lleva el diablo. Al pasar junto a mí, Rogelio se detuvo un segundo. Sus ojos inyectados en sangre me prometieron venganza, pero yo le sonreí. Una sonrisa tranquila. La sonrisa del que sabe que el perro ladra porque no puede morder.
Cuando salimos de la delegación, el sol ya estaba alto. La luz era cegadora. El Padre Tomás nos esperaba afuera. —Gracias, Padre —dije, estrechando su mano. —No me agradezcas, Jacinto. Solo hice lo que debía haber hecho hace mucho: cuidar a mis ovejas de los lobos. Se volvió hacia Clara y, por primera vez, le hizo la señal de la cruz en la frente, tocando la cicatriz sin asco. —Vayan con Dios, hija. Y perdonen a este pueblo, si pueden. La ignorancia es una enfermedad que tarda en curarse.
Regresar al jacal fue una peregrinación. No teníamos caballo ni carreta, así que caminamos cuesta arriba. Pero el camino se sentía diferente. Ya no era una huida. Era un regreso. Al llegar, vimos el desastre con la luz del día. La puerta estaba astillada, había manchas negras de hollín en las paredes, el suelo estaba revuelto por las pisadas y los caballos. Pero el jacal seguía ahí. El techo que habíamos puesto juntos brillaba bajo el sol.
—Hay mucho que arreglar —dijo Clara, evaluando los daños. —Tenemos tiempo —contesté—. Todo el tiempo del mundo.
Los días siguientes se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. El invierno apretó con fuerza, como si quisiera probarnos una última vez. Cayeron nevadas que cubrieron el jacal hasta la mitad de las paredes. El viento aullaba como un demonio buscando entrar. Pero adentro, el mundo había cambiado.
Ya no éramos dos extraños compartiendo un techo por necesidad. Nos convertimos en un engranaje perfecto. Yo salía a cazar conejos o a cortar leña; ella convertía lo poco que traía en banquetes. Aprendí a distinguir sus silencios: el silencio de cuando estaba cansada, el de cuando estaba triste recordando el pasado, y el nuevo silencio, el de cuando estaba en paz.
Ella aprendió a curarme los dolores de la reuma con hierbas y compresas calientes. Aprendió a usar el rifle, no con miedo, sino con respeto. “Para los coyotes de cuatro patas y para los de dos”, decía ella, y yo reía.
Una tarde de enero, mientras yo tallaba madera frente al fuego, ella se sentó a mi lado. Estaba tejiendo una cobija con lana que habíamos comprado en el pueblo (porque ahora bajábamos juntos, y nadie se atrevía a decirnos nada). —Jacinto —dijo sin levantar la vista—. ¿Usted cree que soy fea?
Dejé la navaja y el trozo de pino. La miré. La cicatriz seguía ahí, roja y blanca, cruzando su mejilla. Pero ya no veía la cicatriz. Veía los ojos que me habían mirado con valentía mientras le apuntaba a una turba. Veía la boca que a veces sonreía cuando yo contaba un chiste malo. —Clara —le dije, tomando su mano—. Usted es como la sierra. La sierra está llena de barrancas, de piedras chuecas, de árboles torcidos por el viento. Si usted busca un jardín de ciudad, bien recortadito y sin espinas, pues la sierra es fea. Pero para el que sabe ver… para el que sabe que esa barranca guarda el agua, y que ese árbol torcido da la mejor sombra… la sierra es lo más hermoso de la creación.
Ella levantó la vista. Tenía los ojos aguados. —Nadie me había dicho algo así. —Pues ya era hora de que alguien se lo dijera.
Se inclinó hacia mí y me besó. Fue un beso casto, rápido, con sabor a café y a miedo de ser rechazado. Pero yo no me quité. Le devolví el beso, despacio, con la paciencia de los años. Y en ese beso, se terminaron de romper los últimos pedazos de soledad que me quedaban dentro.
Pero la vida no es un cuento de hadas, y el mal no desaparece solo porque uno se enamora. La primavera llegó derritiendo la nieve y trayendo el lodo. Y con la primavera, llegó el último coletazo de la bestia.
Fue un martes. Yo había bajado al pueblo solo para comprar semillas. Quería sembrar maíz y frijol en la ladera sur. Clara se quedó en el jacal, preparando queso. Al regresar, sentí algo raro en el aire. Los pájaros estaban callados. Mi caballo se puso nervioso antes de llegar a la curva que daba vista a la casa. Espoleé al animal. —¡Arre!
Al llegar al claro, el corazón se me detuvo. La puerta estaba abierta. No había fuego, gracias a Dios. Pero había un caballo ajeno amarrado al poste. Un caballo negro que conocía bien.
Salté de la montura con el rifle en la mano y corrí hacia la entrada. —¡Clara!
Entré tropezando. La escena que vi se me grabó a fuego. Rogelio García estaba ahí. Pero no estaba atacando. Estaba de rodillas en el centro del cuarto, llorando como un niño. Y Clara… Clara estaba de pie frente a él, con el machete en la mano, tranquila, impasible.
—¿Qué pasó? —pregunté, sin bajar el arma, apuntando a la cabeza de Rogelio.
Clara no me miró. No quitaba la vista del hombre arrodillado. —Vino borracho —dijo ella, con una voz fría como el granizo—. Entró empujando la puerta. Traía una pistola. Quería… quería terminar lo que empezó su hermano. Dijo que me iba a marcar el otro lado de la cara.
Sentí una furia negra subirme por el pecho. —Lo mato. Ahora sí lo mato.
—No —dijo Clara. —¿Cómo que no? ¡Vino a matarte! —Míralo, Jacinto. Míralo bien.
Miré a Rogelio. Estaba deshecho. Olía a vómito y a orines. La pistola estaba tirada en una esquina, lejos de él. —Intentó pegarme —siguió Clara—. Pero estaba tan borracho que se tropezó con sus propios pies. Se cayó sobre el fogón. Se quemó la mano. Y cuando vio el machete en mi mano… se puso a llorar. Me pidió perdón. Dijo que su mujer lo dejó. Que el banco le quitó las tierras. Que todo el pueblo se ríe de él porque una mujer y un viejo lo derrotaron.
Rogelio levantó la cara. Estaba patético. Moco y lágrimas mezclados en la barba. —Mátame, Montes —balbuceó—. Ya no tengo nada. Mátame y acaba con esto.
Bajé el rifle lentamente. Ver a tu enemigo derrotado es dulce, pero ver a tu enemigo convertido en una piltrafa humana es… decepcionante. Y triste. —No voy a gastar una bala en ti, Rogelio —le dije—. No vales ni el plomo.
Clara se acercó a él. Levantó el machete y Rogelio se encogió, esperando el golpe. Pero ella solo usó la punta para levantarle la barbilla. —Podría matarte —le dijo ella suavemente—. Podría cortarte el cuello como a un marrano y tirarte a la barranca, y nadie te buscaría. Pero no lo voy a hacer. ¿Sabes por qué?
Rogelio negó con la cabeza, temblando. —Porque eso es lo que haría mi esposo. Eso es lo que harías tú. Y yo no soy como ustedes. Yo soy Clara. Y esta es mi casa. Y tú no eres nadie aquí.
Clara bajó el machete y señaló la puerta. —Lárgate. Y si te vuelvo a ver cerca de aquí, no te voy a matar. Te voy a amarrar y te voy a llevar arrastrando hasta la plaza del pueblo para que todos vean lo poco hombre que eres.
Rogelio se levantó a duras penas. No dijo nada. No nos miró. Agarró su mano quemada contra el pecho y salió tambaleándose. Lo vimos montar su caballo con dificultad y perderse en el camino, encorvado, derrotado por algo peor que las balas: por su propia miseria.
Cuando se fue, Clara soltó el machete. Cayó al suelo con un ruido metálico. Me acerqué a ella y la abracé. Ella se recargó en mí, agotada. —Se acabó —dijo. —Sí —le contesté, besándole el pelo—. Ahora sí se acabó. El odio necesita fuerza para mantenerse vivo, Clara. Y a ese hombre ya no le queda fuerza. Se secó por dentro.
La primavera explotó en la sierra después de eso. El campo se llenó de flores silvestres, moradas y amarillas, que crecían entre las piedras. Sembramos el maíz. Arreglamos los corrales. Compré un par de vacas flacas que Clara engordó con paciencia y cariños.
El pueblo de San Juanito también cambió, a su manera. No es que nos hicieran fiesta cuando bajábamos, pero el saludo ya era obligatorio. “Buenos días, Don Jacinto. Buenos días, Doña Clara”. Doña Gertrudis, la panadera, un día nos regaló unas conchas recién horneadas. “Pa’l café”, dijo, sin mirarnos a los ojos. Clara las aceptó con una sonrisa y un “Gracias”. Ella tenía un corazón más grande que el mío; yo todavía tenía ganas de decirle un par de cosas a la vieja, pero por Clara, me callaba.
Un domingo, fuimos a misa. No porque fuéramos muy santos, sino porque Clara quería. Entramos cuando la iglesia ya estaba llena. Hubo un murmullo, cabezas que se giraban. Pero caminamos por el pasillo central, con la frente en alto. Yo con mi sombrero en la mano, ella con su rebozo colorido y su cicatriz descubierta. Nos sentamos en la tercera banca. El Padre Tomás nos vio desde el altar y sonrió. —Bienvenidos —dijo—. La casa de Dios es grande y caben todos.
Al salir, nos quedamos un rato en el atrio. El sol calentaba rico. —Jacinto —me dijo Clara, mirando hacia la montaña, hacia donde estaba nuestro hogar—. ¿Se arrepiente? —¿De qué? —De haber bajado del caballo ese día. De haberse echado al pueblo encima por una desconocida.
Me ajusté el sombrero y miré sus ojos negros, profundos y vivos. —Mire, mujer. Yo tenía una vida tranquila. Aburrida. Gris. Esperaba la muerte sentado en mi porche. Usted llegó y trajo tormentas, balazos, incendios y problemas. Hice una pausa dramática. Ella me miró preocupada. —Y es lo mejor que me ha pasado en la perra vida —terminé, sonriendo—. No me arrepiento ni de un segundo. Bueno, tal vez me arrepiento de no haberle dado un culatazo a Rogelio cuando tuve la oportunidad, pero de lo demás, nada.
Ella soltó una carcajada, una risa limpia que hizo voltear a varios. —Viejo necio. —Vieja terca.
Nos tomamos del brazo y caminamos hacia la camioneta vieja que me había comprado hacía poco. La historia de “La Maldita” y el viudo loco se convirtió en leyenda en la Sierra Tarahumara. Con los años, la gente le puso más salsa a los tacos. Decían que habíamos matado a cincuenta hombres, que yo tenía pacto con el diablo y que Clara podía detener las balas con la mirada.
Pero la verdad era mucho más simple. Y mucho más bonita. La verdad era que dos personas rotas se encontraron en medio de la nada y decidieron que no se iban a dejar romper más. La verdad era el olor a café de olla en las mañanas, el calor de los cuerpos bajo las cobijas en invierno, y la paz de saber que, pase lo que pase, no estás solo.
Y la cicatriz… la cicatriz siguió ahí. Nunca se borró. Pero dejó de ser una marca de vergüenza para convertirse en un mapa. Un mapa que contaba la historia de cómo se sobrevive al fuego para encontrar, al final del camino, un lugar donde el frío no cala y donde el amor, por increíble que parezca, florece más fuerte entre las piedras y la nieve.
Esa es mi historia. Soy Jacinto Montes. Y si alguna vez pasan por la Sierra y ven un jacal bien puesto, con humo saliendo de la chimenea y un par de viejos sentados afuera viendo atardecer, lleguen a saludar. El café siempre está caliente. Pero eso sí… toquen la puerta con respeto. Porque en esta casa, no nos gustan los cobardes, y todavía tengo el Winchester bien aceitado detrás de la puerta.
Pero si vienen con bien, pásenle. Aquí nadie es maldito. Aquí, simplemente, somos reales. Y eso, amigos míos, vale más que todo el oro del mundo.
FIN.