Parte 1
La humedad del suelo de mi pequeña choza en las orillas de la Ciudad de México siempre me recordaba que la tierra es lo único que no nos abandona, aunque a veces se trague nuestros sueños. Me llamo Mateo, y hoy, mientras el sol se oculta tras los cerros de smog y lámina, mis manos agrietadas por el trabajo en la construcción acarician un bulto de tela vieja que escondo bajo el piso de tierra.
Recuerdo el día que todo empezó. Fue hace años, cuando mi padre, un hombre que se dejó la espalda en los surcos de los patrones, me entregó sus últimos 5,000 pesos antes de partir de este mundo. “Guárdalos bien, Mateo”, me dijo con voz quebrada. “Dinero ahorrado es dinero ganado. No dejes que nadie te lo quite”. Esas palabras fueron mi ley y mi condena.
En aquel entonces, mi mejor amigo de la infancia, Joaquín, recibió la misma cantidad. Éramos como hermanos, crecimos correteando en los mismos callejones y compartiendo la misma pobreza. Pero esa tarde, mientras yo buscaba el rincón más oscuro de mi cuarto para enterrar mi tesoro, Joaquín tenía una mirada distinta, una chispa que yo confundí con imprudencia.
El ambiente en el barrio siempre ha sido pesado, cargado de un olor a fritanga y gasolina, pero ese día se sentía una tensión especial. Yo me sentía seguro, casi poderoso, con mi “colchoncito” creciendo poco a poco. Cada vez que lograba rescatar unos pesos de mi jornal, los sumaba a ese trapo sucio. Me privaba de un refresco, de unos zapatos nuevos, incluso de una mejor cena para mi esposa, todo por la “seguridad” de ver ese bulto engordar.
“¿Por qué escondes la vida, Mateo?”, me preguntó Joaquín una noche mientras compartíamos una cerveza barata afuera de la tienda. “El dinero es como el agua de los canales: si no corre, se apesta y se seca. Hay que dejarlo fluir para que riegue el campo”. Yo me reí de él. Pensé que su ambición lo llevaría a la ruina. Mientras yo dormía tranquilo sabiendo que mi dinero estaba “seguro”, él me contó que había comprado un par de becerros flacos para llevarlos al pueblo de sus tíos.
“Estás loco, Joaquín”, le dije con soberbia. “Ahora tienes que gastar en pasto, en medicinas, y si se te mueren, te quedas sin nada. Yo, en cambio, no pierdo ni un centavo”. Él solo sonrió, una sonrisa tranquila que años después me quemaría el alma al recordarla. No sabía que en ese momento, mientras yo enterraba mi dinero, también estaba enterrando mi futuro, sin darme cuenta de que el mundo afuera no se detiene y que el hambre de la economía es más voraz que cualquier ladrón.
Parte 2: El Despertar de una Realidad Cruel
Pasaron los años como pasan las tormentas en el valle: dejando huellas profundas y llevándose lo que no está bien amarrado. Yo seguí fiel a mi promesa. Cada peso que sobraba del jornal en la obra, después de estirar el gasto para las tortillas y los frijoles, iba directo al trapo bajo la tierra. Logré juntar 50,000 pesos. Para alguien como yo, eso era una fortuna, o eso creía. Me sentía orgulloso, miraba a Joaquín desde lejos y sentía lástima por él. Lo veía siempre ocupado, lidiando con veterinarios, que si la sequía, que si el precio de la alfalfa… “Pobre Joaquín”, pensaba yo, “su dinero nunca descansa, el mío sí”.
Pero un día, la realidad me dio un golpe más fuerte que cualquier caída en el andamio. Mi hija menor enfermó de los pulmones por el frío que se cuela entre las láminas. Fui a la farmacia con los billetes que con tanto sacrificio había guardado durante diez años. Al llegar, me quedé helado. Las medicinas que antes costaban unos cuantos pesos, ahora valían cientos. El mismo billete de cien que hace años me compraba una despensa digna, hoy apenas me alcanzaba para un litro de aceite y un kilo de huevo.
Mi dinero estaba ahí, completo en número, pero muerto en valor. Era como si los billetes se hubieran encogido bajo la tierra. Mientras tanto, Joaquín ya no tenía dos becerros; tenía una pequeña lechería en las afueras de la ciudad. Sus vacas habían tenido crías, y esas crías más leche. Su dinero no solo se había quedado con él, se había multiplicado como los panes. Entendí, con un nudo en la garganta, que mientras yo protegía mis monedas del polvo, la inflación se las estaba comiendo vivas.
Parte 3: El Peso del Orgullo y la Verdad
El momento más amargo llegó una tarde de domingo. Mi esposa lloraba porque no teníamos para los uniformes nuevos y yo, con las manos temblorosas, desenterré el trapo. Al ver ese montón de papel que ya no servía para darle una vida digna a mi familia, sentí una rabia ciega. Salí corriendo hacia el rancho de Joaquín. Lo encontré bajándose de una camioneta, ayudando a un vecino dándole trabajo.
—¡Me mentiste, Joaquín! —le grité con el trapo en la mano—. ¡Hice lo que mi padre dijo! ¡Ahorré cada centavo! ¿Por qué tú tienes todo y yo no tengo nada si trabajamos lo mismo?
Joaquín me miró con una tristeza que me dolió más que su éxito. No se burló. Se acercó y me puso una mano en el hombro, la mano de un hombre que no solo trabajó con la espalda, sino con la cabeza.
—Mateo, hermano… no te mentí. Tu dinero se quedó sentado esperando que el mundo se detuviera, pero el mundo nunca se para. Tu dinero es como una semilla que nunca plantaste: se quedó en el sobre y terminó por secarse. El mío, aunque me dio miedo, lo eché a la tierra. A veces hubo plaga, a veces sequía, pero al final, la vida da vida. Guardar el dinero por miedo es la forma más segura de perderlo.
En ese momento, frente a mi amigo, apreté el trapo contra mi pecho y lloré. Lloré por los zapatos que no le compré a mi mujer, por las cenas que nos saltamos para “ahorrar” y por los años perdidos cuidando un tesoro que resultó ser ceniza. Tomé la decisión más difícil de mi vida: tragarme mi orgullo, pedirle perdón a la memoria de mi padre y pedirle a Joaquín que me enseñara a empezar de nuevo. Porque el ahorro sin inversión es solo una muerte lenta.