La encontré casi c*ngelada en medio de la Sierra Tarahumara vestida de seda roja y supe que traerla a mi cabaña desataría una guerra.

El viento cortaba la cara como navaja recién afilada, trayendo consigo ese olor metálico inconfundible que te revuelve el estómago: olor a nieve y a s*ngre fresca.

Me ajusté el cuello de la chamarra de borrego, intentando que el frío no se me metiera hasta los huesos. Mi yegua, la “Prieta”, resopló nerviosa, moviendo las orejas hacia el fondo del barranco. No necesitaba ver el desastre para saber que la paz de mi montaña se había roto.

El silencio de la sierra se sentía golpeado. Bajé con cuidado por el pedregal, las herraduras sonando contra la piedra, hasta que vi lo que quedaba de la carreta destrozada contra las rocas. La lona estaba hecha jirones, aletando con tristeza en el ventarrón.

Había bultos en la nieve. Hombres. Ya no había nada que hacer por ellos; el frío y la emboscada se los habían llevado. Estaba a punto de dar la vuelta, de dejar a los difuntos para el deshielo de primavera, cuando un destello de color me detuvo el corazón.

Era violentamente ajeno a este mundo de grises y blancos. Un rojo profundo, color s*ngre viva.

Me acerqué. Allí, protegida por un eje roto, estaba ella. No llevaba ropa para la sierra, ni para este infierno helado. Llevaba un vestido largo de seda fina, bordado con hilos de oro que brillaban débilmente bajo la luz gris del invierno. Su piel tenía el color del marfil viejo, pálida y peligrosamente fría.

Me quité el guante y toqué su cuello. Hielo. Pero muy al fondo, un pulso débil luchaba por no apagarse. —Aguanta —murmuré, con la voz ronca por la falta de uso.

La envolví en mi abrigo, sintiendo lo ligera que era, como si cargara un pájaro herido. La subí a la silla y apuré a la Prieta. La tormenta venía bajando del norte y la noche se nos echaba encima.

Al llegar a la cabaña, pateé la puerta. El fuego estaba casi extinto. La dejé sobre la piel de oso frente a las brasas y fue ahí, con la luz del fuego, donde vi la realidad. Ella no era de por aquí. Sus zapatos eran zapatillas bordadas, sus manos suaves, su ropa de realeza.

¿Quién era esta mujer y por qué alguien la quería murta con tanta saña como para mtar a sus escoltas y dejarla a los lobos?

De repente, ella tomó una bocanada de aire, un sonido agudo que rompió el silencio. Sus ojos se abrieron, oscuros y aterrados, buscando una salida.

¿QUÉ SECRETOS TRAÍA CONSIGO ESA MUJER DEL VESTIDO ROJO Y QUIÉN VENDRÍA A BUSCARLA?

PARTE 2: LA FIEBRE Y LA ESCARCHA UNA NOCHE LARGA EN LA SIERRA

Sus ojos. Eso fue lo primero que me golpeó, más fuerte que el viento que aullaba allá afuera intentando arrancar el techo de mi cabaña. No eran ojos de alguien que acababa de despertar de un desmayo cualquiera; eran los ojos de un animal acorralado, de un venado lampareado a mitad de la carretera sabiendo que el impacto es inevitable. Eran oscuros, profundos como los pozos de las minas abandonadas que salpican estas montañas, y en ese momento, estaban llenos de un terror absoluto.

Ella intentó incorporarse de golpe, un movimiento violento y desesperado, olvidando o ignorando que segundos antes estaba al borde de la hipotermia. Su cuerpo, aunque frágil bajo las capas de mi abrigo de borrego, se tensó como cuerda de guitarra a punto de reventar.

—¡No! —gritó, pero el sonido salió ahogado, un rasguido seco en su garganta congelada.

Se arrastró hacia atrás sobre la piel de oso, raspando sus talones, buscando alejarse de mí, buscando una pared, una salida, un arma, lo que fuera. Chocó contra la pata de la mesa de pino y se encogió, cubriéndose la cara con las manos temblorosas, esperando un golpe.

Me quedé quieto. Completamente inmóvil. Si algo he aprendido tras años de vivir solo en lo más alto de la Sierra Tarahumara, conviviendo más con coyotes que con cristianos, es que el miedo no se cura con fuerza. El miedo es una bestia que muerde si te acercas demasiado rápido.

Levanté las manos, mostrando las palmas abiertas, callosas y sucias de hollín y nieve, pero vacías.

—Tranquila, muchacha —dije, bajando la voz hasta convertirla en un rumor grave, tratando de sonar como la tierra misma y no como el hombre tosco que soy—. Nadie te va a hacer daño aquí. Estás segura. Soy Joaquín. Me encontré la carreta… allá abajo.

Al mencionar la carreta, ella soltó un sollozo que le sacudió todo el cuerpo. Bajó las manos lentamente y me miró. Su mirada recorrió mi cara, buscando quizás los rasgos de sus agresores, buscando maldad. No sé qué vio en mí. Tal vez vio las arrugas que el sol y la soledad han tallado alrededor de mis ojos. Tal vez vio la barba canosa y descuidada. O tal vez, y esto es lo que espero, vio que en mis ojos no había codicia ni lujuria, sino una cansada resignación.

—¿Dónde…? —preguntó, su voz apenas un hilo. Tiritaba tan fuerte que sus dientes castañeaban haciendo un ruido rítmico, clac-clac-clac, que llenaba el silencio entre los silbidos del viento.

—En mi casa. En la sierra alta —respondí, moviéndome despacio hacia la estufa de leña para no asustarla—. Te saqué de la nieve. Estabas… estabas casi ida.

Me di la vuelta para echarle otro leño al fuego. El ocote prendió rápido, tronando y soltando ese olor a resina que para mí es el olor del hogar, pero que para ella debía ser el olor de un cautiverio desconocido. Puse la olla de peltre azul sobre la hornilla. Tenía que darle algo caliente o el choque térmico la iba a m*tar antes de que amaneciera.

Mientras el agua empezaba a hervir, la observaba de reojo. Seguía arrinconada, abrazándose las rodillas. El abrigo le quedaba enorme, tragándosela entera, pero por debajo asomaba ese condenado vestido rojo. Seda y sangre. Lujo y m*erte. Una combinación que en México conocemos demasiado bien, pero que nunca había visto tan de cerca, tan tangible, en mi propio piso de madera.

—Tienes que beber esto —le dije, sirviendo una infusión de gordolobo y canela en un jarro de barro. Me acerqué, me hinqué a una distancia prudente y dejé el jarro en el suelo, a medio camino entre ella y yo—. Te va a calentar el pecho.

Ella miró el jarro como si contuviera veneno.

—Tómalo —insistí, más firme—. Si no subes la temperatura, el corazón te va a fallar. No te saqué de allá abajo para que te me mueras aquí arriba por terca.

Dudó un segundo, pero el instinto de supervivencia es cabrón. Estiró una mano pálida, con las uñas perfectamente cuidadas aunque sucias de tierra, y tomó el jarro. El calor de la cerámica debió quemarle los dedos entumecidos, pero no lo soltó. Se lo llevó a los labios y bebió con ansia.

El color empezó a volver a sus mejillas, muy levemente. Pero entonces, pasó lo que me temía. Sus ojos se pusieron vidriosos. El temblor cambió; ya no era solo frío, era fiebre. La exposición a la intemperie, el shock, el trauma… el cuerpo cobra factura.

—Me duele… —murmuró, y el jarro se le resbaló de las manos, haciéndose pedazos contra el suelo. El líquido caliente se derramó, humeando.

Ella se desplomó hacia un lado. Me lancé hacia adelante y la atrapé antes de que su cabeza golpeara la madera. Estaba ardiendo. La fiebre había subido de golpe, como una llamarada en pasto seco.

—Maldita sea —gruñí.

La cargué de nuevo hasta la piel de oso, acomodándole un cojín viejo bajo la cabeza. Empezó a delirar. Balbuceaba palabras sin sentido, nombres que yo no conocía, súplicas a santos que seguramente la habían abandonado hacía horas en ese barranco.

—No… por favor, no… el anillo no… —gemía, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Me senté a su lado, impotente. No soy médico. Soy un ranchero que sabe curar caballos y parchar vacas, que sabe coserse sus propias heridas cuando el alambre de púas muerde, pero la fragilidad de esta mujer me rebasaba. Lo único que podía hacer era mantenerla caliente y vigilar.

Me levanté y fui hacia el baúl donde guardo las pocas cosas que me quedan de mi vida anterior. Saqué una cobija gruesa, una de esas de lana de Saltillo que pesan una tonelada pero calientan como un abrazo de madre. Al desdoblarla, el olor a naftalina y recuerdos me golpeó la nariz. Era la cobija de mi hija. De mi Elena.

Me detuve un momento, acariciando la trama del tejido. Hacía diez años que no la usaba. Diez años desde que la fiebre, una muy distinta a la de esta desconocida, se llevó a mi niña porque el doctor del pueblo estaba demasiado lejos y los caminos estaban cerrados por los narcos. La ironía me amargó la boca. Ahora, los caminos estaban cerrados por la nieve, y tenía otra niña muriéndose en mi sala.

Sacudí la cabeza para espantar a los fantasmas. No servía de nada llorar sobre leche derramada. Cubrí a la mujer del vestido rojo con la cobija de mi hija. Verla ahí, tan pequeña bajo el peso de la lana, me hizo sentir una punzada en el pecho, una mezcla de instinto paternal y una rabia vieja, oxidada, que despertaba de su letargo.

La noche se hizo larga. Eterna. El viento no daba tregua. Afuera, la tormenta de nieve se había convertido en una pared blanca que borraba el mundo. Estábamos atrapados. Ella y yo. Y quienquiera que la estuviera buscando.

Me senté en mi vieja mecedora, con el rifle 30-30 cruzado sobre las piernas. No soy un hombre de violencia, o al menos, trato de no serlo ya. Vine a esta montaña para olvidar el ruido de las b*las y los gritos, para vivir en paz con mis animales y mis recuerdos. Pero la violencia tiene una forma curiosa de encontrarte, no importa qué tan alto subas o qué tan lejos corras. Es como la humedad, se filtra por las grietas.

Cada vez que la madera de la cabaña crujía por el frío, mi mano se cerraba sobre el metal frío del rifle. Miraba hacia la puerta, atrancada con una viga de roble. ¿Habrían visto mis huellas? La nieve estaba cayendo fuerte, eso jugaba a mi favor. En una hora, mis rastros bajando al barranco y subiendo con ella habrían desaparecido. Pero los hombres que hacen emboscadas como esa… esos no son aficionados. Esos saben rastrear.

La mujer se agitó en sueños. —Agustín… es una trampa… Agustín… —susurró con angustia.

¿Quién era Agustín? ¿Su esposo? ¿Su padre? ¿El hombre que yacía m*erto allá abajo entre los fierros retorcidos?

Me levanté para ponerle paños de agua fresca en la frente. Al acercarme, noté algo que no había visto en la oscuridad del barranco ni en el caos de la llegada. En su cuello, colgando de una cadena de oro tan fina que parecía un cabello, había un relicario. Se había salido del vestido con el movimiento.

Lo miré, dudando si debía tocarlo. La curiosidad mató al gato, dicen. Pero necesitaba saber a quién tenía en mi casa. Necesitaba saber el tamaño del problema que me había echado encima. Con mucho cuidado, sin tocar su piel, abrí el pequeño óvalo de oro con la punta de mi uña.

Lo que vi me heló la s*ngre más que el invierno allá afuera. No era la foto de un santo. No era la foto de un novio. Era una foto pequeña, en blanco y negro, de un hombre mayor, de bigote recortado y mirada dura. Un hombre que yo había visto en los periódicos viejos que usaba para prender el fuego. Un hombre cuyo apellido pesaba en este país más que el plomo. Un político. O un capo. A veces ya no se sabe la diferencia. Y al lado, una foto de ella, sonriendo, pero con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Cerré el relicario de golpe. Me alejé de ella como si tuviera la peste. —¿En qué lío me metiste, mujer? —le pregunté al aire viciado de la habitación.

Si ella era quien yo creía, o si estaba ligada a esa gente, mi cabaña ya no era un refugio. Era una diana. Un blanco pintado en medio de la nada.

Me fui a la ventana y limpié el vaho del vidrio con la manga. Todo era negro y blanco afuera. La “Prieta” relinchó en el establo contiguo. Los animales saben. Ellos huelen el peligro antes que nosotros.

Pasaron las horas. La madrugada llegó arrastrándose con una luz grisácea y triste. La tormenta había amainado un poco, dejando un silencio sepulcral, de esos que duelen en los oídos. La nieve se acumulaba hasta la mitad de la puerta.

La fiebre de la muchacha había bajado. Su respiración era más regular, menos agónica. Me había quedado dormido en la mecedora, con el cuello torcido y el rifle a punto de caerse. Me despertó el sonido de la leña tronando al consumirse.

Abrí los ojos y la vi. Estaba despierta. Y me estaba mirando. Ya no había pánico ciego en sus ojos. Ahora había cálculo. Inteligencia. Estaba sentada, con la cobija de mi Elena apretada contra el pecho, observándome con la intensidad de un halcón.

—¿Quién eres? —preguntó. Su voz era ronca, pero firme. Una voz acostumbrada a dar órdenes, o al menos, a ser escuchada.

Me froté la cara con las manos, sintiendo la barba rasposa. —Soy el que te salvó la vida —dije, sin rodeos—. Me llamo Joaquín. Estás en el rancho “La Soledad”.

Ella miró alrededor, evaluando la pobreza de mis muebles, las herramientas oxidadas en la pared, el techo bajo. —¿Cuánto tiempo llevo aquí? —Desde anoche. Te encontré en el barranco.

Al mencionar el barranco, su máscara de dureza se agrietó un poco. —Los otros… ¿mi chofer? ¿Los guardias? Negué con la cabeza lentamente. —No quedó nadie, muchacha. Lo siento.

Cerró los ojos un momento y respiró hondo. No lloró. Eso me sorprendió. Esperaba lágrimas, histeria. Pero ella simplemente guardó el dolor en algún lugar muy profundo, en un cajón cerrado con llave dentro de su pecho. Esa frialdad me asustó más que sus gritos de anoche. Una mujer que puede tragar así la m*erte es una mujer peligrosa.

—Tengo que irme —dijo de pronto, intentando ponerse de pie. —No vas a ir a ningún lado —le contesté, sin moverme de la silla—. Tienes las piernas débiles, no tienes ropa, y hay un metro de nieve allá afuera. Además… —hice una pausa, mirándola fijamente—, alguien se tomó muchas molestias para asegurarse de que esa carreta no llegara a su destino. Si sales, te van a encontrar. Y esta vez no van a fallar.

Ella se detuvo a medio levantar, sosteniéndose del brazo del sofá. Me miró con desconfianza. —¿Cómo sé que no eres uno de ellos? Solté una risa seca, sin humor. —Si fuera uno de ellos, ya estarías bajo tierra, no tomando té de canela en mi sala.

Se dejó caer de nuevo en el sofá, derrotada por la lógica y por la debilidad física. —¿Tienes teléfono? ¿Radio? —No hay señal aquí arriba. Y el radio de onda corta se me fregó hace meses. Estamos solos.

La palabra “solos” flotó en el aire, pesada. Ella se miró las manos. —Me van a venir a buscar —dijo, casi para sí misma. —Eso me temo —respondí—. Y por eso necesito saber la verdad. No me vengas con cuentos. Vi el relicario. Sé que no eres una turista perdida. ¿Quién te quiere m*erta? ¿Y por qué traes un vestido de fiesta en medio de la sierra?

Ella apretó el relicario bajo la tela del vestido, un gesto instintivo de protección. —Mi nombre es Isabel —dijo, y el nombre sonó extraño en mi cabaña, demasiado elegante para estas paredes de adobe—. Y ese vestido… ese vestido era para mi boda.

Me quedé helado. Boda. —¿Te ibas a casar aquí? —Me iba a casar en Creel. Una boda “discreta”, dijeron. Una unión de familias. —Escupió las palabras con asco—. Pero yo no quería esa boda. Y al parecer, los enemigos de mi prometido tampoco querían que sucediera. O tal vez… tal vez fue él mismo quien mandó el “accidente”.

—¿Por qué tu propio novio querría mtarte? Isabel me miró directo a los ojos, y vi una oscuridad antigua en ella. —Porque descubrí de dónde viene su dinero, Joaquín. Y descubrí lo que le hizo a la esposa anterior. Yo no estaba huyendo hacia la boda… estaba huyendo de ella. La emboscada… creo que me atrapó en medio de dos fuegos. Los que querían mtarlo a él atacando lo que es “suyo”, y los hombres de él tratando de “recuperarme”.

Me pasé la mano por el pelo. La situación era peor de lo que imaginaba. Tenía en mi casa a la novia fugitiva de algún capo o político corrupto, atrapada en una guerra de bandos. —Si saben que sigues viva… —Vendrán —terminó ella la frase—. Y no dejarán piedra sobre piedra.

Me levanté y fui hacia la cocina. Necesitaba pensar. Necesitaba un trago de tequila, pero me conformé con café negro y amargo. —Mira, Isabel. Yo no quiero problemas. Pero tampoco soy un perro para dejarte tirada. Te vas a quedar aquí hasta que baje la nieve. Luego, te daré mi caballo y te diré cómo llegar al pueblo más cercano por las veredas viejas, donde no te verán. Después de eso, es tu problema.

Ella asintió, agradecida pero tensa. —Gracias. —No me des las gracias todavía. Primero tenemos que sobrevivir a la tormenta. Y a lo que venga después.

Pasamos el resto del día en una calma tensa. Yo me dediqué a asegurar la cabaña. Clavé tablas extra en las ventanas. Revisé cada cartucho de mi rifle. Limpié mi viejo revólver .38 que tenía guardado bajo el colchón. Isabel me observaba en silencio. A pesar de su debilidad, intentó ayudar. Barrió el suelo, acomodó los trastes. Verla moverse por mi casa, con ese vestido rojo arruinado y la camisa de franela encima, era surrealista. Era como ver un fantasma tratando de jugar a la casita.

Al atardecer, la nieve paró. El cielo se despejó, revelando un azul profundo y frío, y luego un manto de estrellas que brillaban como vidrio molido. Pero con el cielo despejado llegó el frío de verdad. Ese frío que congela el aliento antes de salir de la boca.

Preparé algo de cenar. Frijoles refritos con manteca, tortillas hechas a mano (que me quedaron chuecas como siempre) y un poco de carne seca. Comimos en silencio, el único ruido era el crujir de la madera y el viento silbando por las rendijas.

De repente, la “Prieta” relinchó afuera. Un relincho agudo, de miedo. Luego, los perros. Tengo dos mestizos, “Sombra” y “Hueso”, que duermen en el granero. Empezaron a ladrar furiosos, un ladrido de ataque, no de advertencia.

Solté la tortilla. Isabel se puso rígida, los ojos clavados en la puerta. —¿Son ellos? —susurró.

Me llevé el dedo a los labios pidiendo silencio. Apagué la lámpara de petróleo de un soplido, dejando la cabaña en penumbras, solo iluminada por las brasas agonizantes de la chimenea. Agarré el rifle. —Quédate atrás de la chimenea. En el hueco entre la piedra y la pared. Y no salgas, pase lo que pase. ¿Me oyes? No salgas.

Ella asintió y se arrastró hacia el escondite. Me acerqué a la ventana, pegándome a la pared para no ser una silueta visible. Miré por una rendija entre las tablas.

La luna llena iluminaba la nieve como si fuera de día. El paisaje era de una belleza espectral, todo blanco y sombras azules alargadas. Y allí estaban.

No eran lobos. Al borde del bosque, donde los pinos empiezan a cerrarse, había tres siluetas a caballo. Estaban quietos, observando la cabaña. El vapor de los caballos subía al aire. Pude ver el brillo de algo metálico en las manos de uno de ellos. Rastrearon la carreta. Rastrearon a la única sobreviviente.

Mi corazón latía lento y fuerte, retumbando en mis oídos. Pum. Pum. Pum. Conté las b*las en mi mente. Seis en el rifle. Seis en el revólver. Una caja más en el cajón. Tres hombres visibles. Quizás más ocultos en el bosque.

Uno de los jinetes avanzó unos pasos. Llevaba un sombrero tejano negro y un poncho largo. —¡Joaquín! —gritó. Su voz retumbó en el valle, clara y potente—. ¡Sabemos que estás ahí, viejo! ¡Y sabemos que tienes a la “pajarraca”!

Me tensé. Conocían mi nombre. Eso significaba que no eran forasteros cualquiera. Eran gente de la zona, o gente que había hecho su tarea. —¡Entréganos a la mujer y nadie sale lastimado! —continuó el hombre—. ¡Tú sigue con tus vacas y tus penas, y nosotros nos vamos! ¡Es un trato de caballeros!

Miré hacia el rincón oscuro donde estaba Isabel. No podía verla, pero podía escuchar su respiración acelerada. Si la entregaba, la mtarían antes de llegar al primer recodo del camino. O peor. Y yo… yo podría volver a mi soledad, a mi vida vacía, a mi cobardía. Pero entonces recordé el peso de la cobija de mi Elena sobre los hombros de esta mujer. Recordé la sensación de fracaso cuando mi hija murió porque no pude hacer nada. Esta vez podía hacer algo. Esta vez, la merte no iba a entrar a mi casa sin pedir permiso.

Cargué el rifle con un movimiento seco y sonoro. Clac-clac. El sonido debió escucharse afuera, porque los caballos se inquietaron.

—¡Aquí no hay ninguna mujer! —grité de vuelta, mi voz rasposa rompiendo la noche—. ¡Y en esta propiedad no entran coyotes! ¡Lárguense o los saco a plomazos!

El hombre del sombrero negro soltó una carcajada que me heló la sangre. —Ay, Joaquín. Siempre tan necio. Por las malas entonces.

Vi cómo levantaba la mano. Un destello de fuego salió del cañón de su arma. La madera del marco de la ventana estalló a centímetros de mi cara, llenándome los ojos de astillas. Me tiré al suelo. —¡Abajo! —le grité a Isabel, aunque ella ya estaba hecha un ovillo.

El tiroteo comenzó. Las b*las atravesaban las paredes de adobe viejo como si fueran papel, levantando nubes de polvo y tierra dentro de la cabaña. El ruido era ensordecedor. Me arrastré hasta la otra ventana. Apunté hacia una de las siluetas oscuras recortadas contra la nieve. Respiré hondo, buscando esa calma fría que solía tener cuando cazaba venados para comer.

Apreté el gatillo. El culatazo me golpeó el hombro. Afuera, un grito de dolor y un caballo desbocado.

—¡Le diste a “El Tuerto”! —gritó alguien.

Pero eran demasiados. Escuché el sonido de más caballos acercándose. Y luego, un olor que me aterrorizó más que las b*las. Humo. No humo de leña. Humo de gasolina. —¡Quémenlos! —ordenó la voz del líder—. ¡Si no sale la perra, que se tueste ahí adentro!

Vi una antorcha volar por el aire, girando, dejando una estela de fuego naranja contra el cielo nocturno. Aterrizó en el techo de paja y madera seca del porche. El fuego prendió con un rugido voraz.

Miré a Isabel. Ella me miraba desde su rincón, con los ojos llenos de lágrimas y hollín. —Perdóname —susurró.

Me levanté, agachado. —No te mueras todavía —le dije, agarrándola del brazo y levantándola—. Conozco una salida. Pero vamos a tener que correr. Y vamos a tener que m*tar.

La cabaña empezaba a llenarse de humo negro y asfixiante. El calor aumentaba por segundos. Mi santuario, mi hogar, se estaba convirtiendo en una tumba. Pateé la alfombra del centro de la sala, revelando una trampilla de madera que llevaba a la bodega de raíces, un túnel que salía al granero, a unos veinte metros.

—Baja —ordené. —¿Y tú? —Yo les voy a dar una despedida. ¡Baja!

La empujé hacia el hueco oscuro. Ella desapareció en la negrura. Me quedé un segundo más, mirando las fotos de mi familia en la pared, que ahora empezaban a curvarse por el calor. “Lo siento, Elena”, pensé. “Papá va a tener que hacer cosas malas otra vez”.

Me giré hacia la puerta, rifle en mano, mientras el techo empezaba a crujir sobre mi cabeza, listo para colapsar. El fuego iluminaba la habitación con un resplandor infernal, pintando todo de rojo. Rojo como el vestido. Rojo como la s*ngre que estaba a punto de correr sobre la nieve blanca de mi montaña.

Esto apenas comenzaba.

PARTE 3: EL RASTRO DE SANGRE Y LA GARGANTA DEL LOBO

El calor era una bofetada física, un puño de aire hirviendo que me empujó hacia el hueco en el suelo. La madera del techo gimió, un sonido largo y torturado, como el de un animal grande m*riendo, y luego se partió. Una lluvia de chispas y vigas encendidas cayó justo donde yo había estado parado un segundo antes. Me tiré de cabeza al túnel, jalando la tapa de la trampilla sobre nosotros con un golpe seco, dejando afuera el infierno naranja y encerrándonos en la oscuridad absoluta de la tierra.

El silencio fue instantáneo, pero pesado. El rugido del fuego quedó amortiguado, convertido en un retumbar sordo sobre nuestras cabezas. Aquí abajo, el aire olía a humedad, a papas viejas y a moho, un contraste violento con el humo acre que ya me había llenado los pulmones.

—¿Joaquín? —la voz de Isabel era un temblor en la negrura.

—Aquí estoy —susurré, tanteando la pared de tierra compactada hasta encontrar su hombro. Estaba temblando más fuerte que antes—. No hables. El sonido viaja raro por la tierra. Sígueme. Gatea.

El túnel no era alto. Lo había cavado mi abuelo en tiempos de la Revolución, pensando en esconder granos y familia de los federales, y yo lo había mantenido limpio por pura paranoia o costumbre. Ahora, arrastrándome sobre mis codos y rodillas, con el rifle 30-30 raspando contra las raíces que asomaban del techo, agradecí a los fantasmas de mis antepasados por su desconfianza.

Avanzamos como gusanos ciegos. Podía escuchar la respiración agitada de Isabel detrás de mí, el roce de la seda de su vestido arruinado contra la tierra sucia. Cada metro se sentía eterno. Mi rodilla golpeó una piedra afilada y mordí un insulto, tragándome el dolor. No había tiempo para ser débil. Arriba, mi casa, mi vida de los últimos diez años, se estaba convirtiendo en cenizas. Las fotos de Elena, la silla donde me sentaba a ver llover, los pocos libros que leía una y otra vez… todo se lo estaba llevando la lumbre. Pero la rabia que sentía no era caliente; era fría, calculadora, una piedra de hielo en el estómago.

Llegamos al final del túnel. La salida daba al interior del granero viejo, oculta bajo una pila de paja y costales vacíos. Empujé la madera podrida hacia arriba con el hombro, con cuidado, rezando para que no hubiera nadie apostado allí dentro.

Salí primero, con el rifle por delante, los ojos acostumbrándose a la penumbra grisácea del granero. Todo estaba tranquilo, pero cargado de tensión. El olor a humo se filtraba por las rendijas de las tablas, y mis perros, el “Sombra” y el “Hueso”, estaban erizados junto a la puerta principal, gruñendo bajo, con los dientes pelados hacia el exterior.

—Sal —le indiqué a Isabel, ayudándola a subir.

Cuando la vi a la luz tenue que se colaba por las grietas, me dio un vuelco el corazón. Parecía un espectro. El vestido rojo estaba cubierto de tierra negra, su cara manchada de hollín y lágrimas secas, pero sus ojos… sus ojos seguían teniendo ese fuego de supervivencia.

—¿Y ahora qué? —preguntó, limpiándose la nariz con el dorso de la mano.

—Ahora nos volvemos viento —dije, corriendo hacia las caballerizas.

La “Prieta” estaba nerviosa, pateando la puerta de su box, con los ojos blancos de pánico por el olor a humo. Al lado, el “Colorado”, un caballo cuarto de milla viejo pero fuerte que usaba para la carga, resoplaba con fuerza.

—¿Sabes montar? —le pregunté mientras entraba al box de la Prieta, agarrando la silla de montar con movimientos rápidos y automáticos que mis manos conocían de memoria.

—Sí —respondió ella, y no dudé. No era momento de dudas.

—Vas a llevarte a la Prieta. Es más rápida y conoce el terreno. Yo iré en el Colorado.

—No te voy a dejar atrás —dijo ella, con una terquedad que me recordó dolorosamente a mi hija.

—Nadie va a dejar a nadie. Pero si nos separan, tú le sueltas la rienda a la yegua y te agarras fuerte. Ella te llevará hasta el pueblo de San Rafael si la dejas ser. No intentes guiarla, ella sabe bajar.

Cinché la silla con fuerza, la yegua se infló, pero le di un rodillazo en la panza para sacarle el aire y apretar bien. No podíamos permitirnos una silla floja en los barrancos. Saqué al Colorado y le puse la montura de trabajo, la vieja, la que olía a sudor de años.

—Escúchame bien, Isabel —le dije, agarrándola por los hombros antes de subirla—. Cuando abra esa puerta, va a ser el caos. Ellos esperan que salgamos corriendo por el frente de la casa, quemándonos. No esperan que salgamos a caballo por atrás del granero. Pero en cuanto nos vean, van a tirar a m*tar. Pégate al cuello del caballo. Hazte chiquita. Y no mires atrás.

Ella asintió, tragando saliva. La subí de un impulso. Se veía tan frágil allí arriba, envuelta en la cobija de mi Elena, pero sus manos agarraron las riendas con firmeza.

Fui hacia la puerta trasera del granero, la que daba directo al monte, hacia la espesura de los pinos. Estaba trabada con una barra de hierro oxidada.

—Listos… —murmuré, más para mí que para ella.

Miré a los perros. —Sombra, Hueso… ¡Atrás!

Levanté la barra con un quejido del metal y empujé las hojas de madera de par en par. El aire helado de la noche nos golpeó, limpiando el humo de mis pulmones. La nieve brillaba bajo la luna como un campo de diamantes m*rtales. Monté al Colorado de un salto, sentí sus músculos tensarse bajo mis piernas.

—¡Vámonos! —grité, y clavé los talones.

Salimos disparados hacia la noche blanca. Los cascos de los caballos levantaban nubes de nieve en polvo. No habíamos avanzado ni veinte metros cuando escuché el grito a mi izquierda.

—¡Allá van! ¡Por el granero! ¡Están escapando!

Era la voz del tipo del sombrero negro. Inmediatamente, el sonido seco de los disparos rompió el ritmo de los galopes. Pew, pew, crack. Las b*las zumbaban a nuestro alrededor como avispones furiosos. Escuché el impacto sordo de plomo contra la madera del granero detrás de nosotros.

—¡Corre, Isabel! —bramé, arreando al Colorado para ponerme entre ella y los disparos.

Vi a tres jinetes salir de entre las sombras del incendio, espoleando sus caballos para cortarnos el paso. Eran rápidos. Sus monturas eran frescas, no como mis animales que ya tenían el invierno en los huesos. Me giré en la silla, soltando las riendas un segundo para encarar el rifle. El movimiento era peligroso, cualquier tropiezo del caballo y me rompería el cuello, pero no tenía opción. Apunté al bulto más cercano. No buscaba al jinete, es difícil dar a un hombre a galope tendido. Busqué el pecho del caballo. Dios me perdone, amo a los animales, pero era su vida o la de la muchacha.

Apreté el gatillo. El retroceso del 30-30 me golpeó el hombro. El caballo del perseguidor se fue de bruces, hundiéndose en la nieve con un relincho terrible, lanzando a su jinete por el aire como un muñeco de trapo. El hombre rodó por la nieve y no se levantó.

—¡Uno menos, hijos de la chingada! —grité, sintiendo esa adrenalina vieja y oscura inundarme las venas.

Pero los otros dos seguían viniendo, y escuché más gritos desde la casa. No eran tres. Eran al menos cinco o seis. Era una cacería en toda regla. Entramos en la línea de árboles. Las ramas de los pinos, cargadas de nieve, nos golpeaban la cara y el cuerpo, pero también nos daban cobertura. La oscuridad aquí era más densa. El terreno empezó a inclinarse hacia arriba. Estábamos subiendo hacia “La Cresta del Águila”, un sendero estrecho y traicionero que bordeaba el precipicio.

—¡Por aquí! —le indiqué a Isabel, señalando una vereda que apenas se adivinaba entre la maleza.

Los caballos resoplaban, echando vapor por las narices como locomotoras. El Colorado estaba luchando; sentía su respiración rasposa bajo la montura. Era viejo para estos trotes. —Aguanta, viejo amigo, aguanta —le susurré al oído, acariciando su crin enredada.

Detrás, el sonido de la persecución no cesaba. Podía escuchar los gritos de los hombres y el romper de ramas. No se rendían. Eran tercos como mulas y sanguinarios como lobos.

Llegamos a un claro donde la nieve era más profunda, llegándole a los caballos casi hasta las rodillas. Esto nos ralentizaba. De repente, sentí un ardor agudo en el costado izquierdo, justo encima de la cadera. Caliente y húmedo. Me llevé la mano y la sentí pegajosa. Me habían dado. Con la adrenalina no lo había sentido antes, pero ahora el dolor empezaba a palpitar, sordo y constante, como un tambor dentro de mi carne. Apreté los dientes. No era momento de revisar la herida. Si la bala no había tocado hueso ni tripa, podía seguir. Si había tocado algo importante… bueno, iba a m*rir en mi montaña, como siempre pensé que pasaría.

—¿Estás bien? —gritó Isabel, bajando la velocidad de la Prieta al ver que me quedaba un poco atrás.

—¡Sigue! ¡No pares! —le ordené con voz ronca.

El sendero se estrechó. A nuestra derecha, la pared de roca vertical subía hacia el cielo negro. A nuestra izquierda, el vacío. El Barranco del Cobre se abría en toda su majestuosidad y terror, una caída de mil metros hacia la oscuridad absoluta. Si un caballo resbalaba aquí, no dejaríamos ni el recuerdo. El viento en el desfiladero era brutal. Aullaba, empujándonos contra la roca, intentando tirarnos al abismo.

Isabel montaba bien, tenía que admitirlo. A pesar del miedo, a pesar del vestido ridículo y el frío que debía estar calándole los huesos, mantenía a la Prieta firme, con las riendas cortas, el cuerpo inclinado hacia adelante. Pero los perseguidores conocían el oficio. No nos estaban siguiendo por el sendero. Habían tomado un atajo. Vi sus siluetas aparecer en la cresta superior, paralelos a nosotros pero cien metros más arriba.

—¡Nos flanquean! —mascullé.

Empezaron a disparar desde arriba. Las blas picaban la roca a nuestro alrededor, soltando lascas de piedra que nos cortaban la cara. Estábamos en un corredor de la merte, atrapados contra la pared. —¡Abajo! —grité.

Una b*la golpeó el suelo justo enfrente de la Prieta. La yegua se encabritó, relinchando de terror, girando sobre sus patas traseras al borde mismo del precipicio. Las patas traseras resbalaron en el hielo. El corazón se me detuvo. Vi a la yegua luchar por encontrar tracción, las piedras cayendo al vacío bajo sus cascos. Isabel se aferró a la crin, gritando, su cuerpo colgando peligrosamente sobre la nada.

—¡Isabel!

Salté del Colorado sin pensarlo. Aterricé mal sobre mi pierna izquierda, y el dolor de la herida en mi costado estalló como una estrella de fuego, nublándome la vista. Pero me lancé hacia adelante, agarrando la rienda de la Prieta y tirando con todo mi peso hacia la pared de roca, lejos del abismo. Logré estabilizar a la yegua. Isabel estaba pálida como la nieve, los ojos desorbitados.

—Bájate —le dije, jadeando, escupiendo s*ngre (me había mordido la lengua en la caída)—. ¡Bájate rápido!

—¿Qué haces? —preguntó ella, temblando, mientras desmontaba.

—No podemos seguir a caballo por aquí con ellos arriba. Somos blancos fáciles. Los caballos se van. Nosotros seguimos a pie.

Le di una palmada fuerte en la grupa a la Prieta. —¡Vete! ¡A casa, niña, corre! La yegua salió disparada por el sendero, ligera sin jinete. Hice lo mismo con el Colorado. —¡Arre!

Los caballos galoparon hacia adelante, haciendo ruido, levantando nieve. —Ven aquí —agarré a Isabel del brazo y la arrastré hacia una grieta en la roca, una fisura estrecha que apenas se veía detrás de un matorral espinoso cubierto de hielo.

Nos metimos en la grieta justo cuando los hombres de arriba pasaban a galope, disparando hacia los caballos que huían, pensando que todavía íbamos montados. —¡Dales! ¡Que no lleguen al puente! —gritaba uno de ellos.

Nos quedamos apretados en la fisura, pecho con pecho. Podía sentir el corazón de Isabel latiendo contra el mío, rápido como el de un colibrí. Mi costado sangraba, empapando mi camisa y el chaleco de cuero. El calor de la s*ngre era reconfortante de una manera macabra en ese frío polar.

Esperamos a que el sonido de los cascos se alejara. Isabel me miró, y sus ojos bajaron a mi cintura. Vio la mancha oscura que se extendía. —Estás herido —dijo, y su voz cambió. Ya no era la niña asustada. Era una mujer viendo la realidad. Llevó sus manos a mi herida, presionando sin asco.

—Es solo un rasguño —mentí, aunque el dolor me mareaba—. Ha salido y entrado limpiamente. —Mientes —dijo ella—. Estás sangrando mucho. —Tenemos que movernos —insistí, apartando sus manos suavemente—. Se van a dar cuenta de que los caballos van solos en cuanto lleguen al recodo. Van a regresar. Y van a regresar a pie, rastreando.

—¿A dónde vamos? —preguntó, mirando la inmensidad hostil de la sierra. —A la “Mina del Diablo”. Está cerca. Es un laberinto. Si entramos ahí, puedo defender la entrada. Tienen que pasar de uno en uno. Es nuestra única oportunidad.

Empezamos a caminar. O más bien, a tropezar. La nieve nos llegaba a las pantorrillas. Cada paso era una batalla. El viento nos azotaba, burlándose de nuestra miseria. Isabel caminaba a mi lado, y para mi sorpresa, me ofreció su hombro cuando vio que yo flaqueaba. Era fuerte. Más fuerte de lo que aparentaba con sus sedas y sus joyas.

—¿Por qué te ayudan? —le pregunté para mantenerme despierto, para no dejar que el frío y la pérdida de s*ngre me durmieran—. ¿Por qué arriesgar tanto por unos papeles? Ella soltó una risa seca, sin humor, mientras nos abríamos paso entre los pinos enanos.

—No son solo papeles, Joaquín. Son las nóminas. Son las listas de los jueces comprados, de los militares en la nómina, de las rutas de tráfico humano. Agustín… él no es solo un político corrupto. Él es el nexo. Si esas pruebas salen a la luz, cae medio gobierno estatal. Y caen sus socios del cartel. Por eso me quieren m*erta. No es por desamor. Es por negocios.

—¿Y tú? —pregunté, deteniéndome un momento para respirar, apoyado en un tronco—. ¿Tú eras parte de eso? Isabel se detuvo y me miró. La luz de la luna le iluminaba la cara, mostrando la suciedad y la determinación. —Yo era el trofeo, Joaquín. La esposa bonita para las fotos de campaña. La que sonreía y cortaba listones. Vivía en una jaula de oro, ciega y sorda por elección. Hasta que escuché una conversación que no debía. Hasta que vi cómo “desaparecían” a una de las sirvientas que sabía demasiado. Ese día desperté. Y decidí que si me iba a hundir, me los llevaría a todos conmigo. Robé la memoria USB de su caja fuerte y corrí.

Asentí, sintiendo un nuevo respeto por ella. Ya no era la damisela en apuros. Era una guerrera a su manera. Había decidido morder a la mano que la alimentaba porque esa mano estaba podrida de sangre. —Bien —dije—. Entonces vale la pena pelear por ti.

Llegamos a la boca de la mina. Era un agujero negro en la ladera de la montaña, rodeado de vigas podridas y maquinaria oxidada de hace cien años. Parecía las fauces de un monstruo esperando tragar. —Entra —le dije—. Al fondo hay un pozo de ventilación que a veces trae aire tibio de las profundidades. Quédate ahí.

—¿Y tú? —Yo me quedo en la entrada. A recibirlos.

Nos acomodamos tras unos vagones volcados, a unos diez metros de la entrada. Tenía una vista perfecta del sendero de acceso. Preparé el rifle, sacando los cartuchos de la caja y recargando con dedos entumecidos. Mis manos temblaban, y no era solo por el frío. Estaba perdiendo fuerza.

Isabel se sentó a mi lado, rompiendo una tira de su vestido. —Déjame vendarte —ordenó. No preguntó. Levantó mi camisa. El aire helado en la herida me hizo sisear de dolor. Ella apretó la tela contra el agujero con fuerza. —Aprieta ahí —me dijo, poniendo mi mano sobre el vendaje improvisado—. No te mueras ahora, vaquero. Todavía no me has enseñado a llegar al pueblo.

Sonreí débilmente. —Si salimos de esta, te invito un sotol curado en el pueblo. El mejor que hayas probado. —Hecho.

El silencio volvió a caer sobre nosotros. Solo el viento y el goteo lejano de agua dentro de la mina. Pasaron diez minutos. Veinte. Mis párpados pesaban toneladas. La tentación de cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño dulce de la hipotermia era inmensa.

—Ahí vienen —susurró Isabel.

Abrí los ojos de golpe. Sí. Se oían pasos. Crujidos en la nieve. Voces bajas. —Sabemos que están ahí —dijo la voz del hombre del sombrero negro, El Cuervo, ahora mucho más cerca. No gritaba. Hablaba con una calma terrorífica—. Vimos las huellas, Joaquín. Sangre en la nieve. Estás herido, viejo. Se acabó.

Vi sus siluetas aparecer entre los árboles, recortadas contra la nieve. Eran cinco. Avanzaban en abanico, con las armas listas. Apoyé el cañón del rifle sobre el borde oxidado del vagón. Mi visión se desenfocaba por momentos. Tenía que hacer que cada tiro contara.

—Isabel —susurré sin mirarla—. Si entran… corre hacia adentro. Piérdete en los túneles. No dejes que te agarren viva. Sentí su mano apretar mi brazo un segundo. —Juntos —dijo ella.

Tomé aire. El aire frío de la sierra, el aire de mi hogar. —¡Última oportunidad! —gritó El Cuervo—. ¡Salgan con las manos en alto y les prometo una m*erte rápida! —¡Vengan por nosotros si tienen huevos! —les grité, y mi voz sonó más fuerte de lo que me sentía.

El primer disparo de ellos pegó en el vagón, haciendo saltar chispas que me quemaron la cara. Respondí al fuego. Mi b*la dio en el hombro de uno de los hombres, haciéndolo girar y caer. —¡Cuatro! —conté en voz alta.

El tiroteo se desató con furia. La entrada de la mina se convirtió en una galería de tiro. El eco de los disparos dentro de la cueva era ensordecedor, retumbando como truenos encerrados. Me mantuve firme, disparando, recargando, disparando. Sentía cómo la vida se me escapaba por el costado, pero también sentía una claridad extraña. Estaba protegiendo algo que valía la pena. No era solo una mujer. Era la justicia. Era la dignidad.

Uno de ellos intentó correr hacia una roca más cercana. Le disparé y cayó de cara en la nieve. —¡Tres!

Pero entonces, escuché algo que no esperaba. Un sonido sibilante seguido de un golpe seco cerca de nosotros. Algo rodó por el suelo de piedra de la mina, tintineando metálicamente. Miré hacia abajo. Una granada. Una maldita granada de fragmentación, verde oliva, girando lentamente hasta detenerse a dos metros de mis botas.

El tiempo se congeló. Miré a Isabel. Ella miró la granada con horror absoluto. No había tiempo para correr. No había tiempo para cubrirse. Si explotaba ahí, nos haría picadillo a los dos en este espacio cerrado.

Solo había una opción. Una opción estúpida, heroica y final. La opción que un padre toma cuando quiere salvar a su hija. La opción que un hombre toma cuando ya no tiene nada que perder más que su honor.

Miré a Isabel a los ojos una última vez. —Corre —le dije.

Y me lancé sobre la granada.

El mundo se volvió blanco. Un sonido que no fue sonido, sino una presión que me reventó los tímpanos. Un golpe brutal en el pecho, como si un caballo me hubiera pateado con toda su fuerza. Y luego… oscuridad. Pero no la oscuridad de la m*erte. O al menos, no todavía. Porque sentí dolor. Mucho dolor. Y el olor a carne quemada y pólvora. La explosión me había levantado y lanzado hacia atrás, contra la pared de roca. El vagón me había protegido parcialmente de la metralla directa, desviando la onda expansiva, pero el impacto me había dejado sordo, ciego y roto.

Abrí los ojos con dificultad. Todo daba vueltas. Había un pitido agudo en mi cabeza que tapaba todo lo demás. Vi movimiento entre el humo y el polvo. Isabel. No había corrido. Estaba sobre mí, arrastrándome, jalándome por el chaleco con una fuerza que no sabía de dónde sacaba, llorando, gritando cosas que yo no podía oír. Me estaba metiendo más profundo en la mina. Y detrás de ella, en la entrada, entre la nube de polvo levantada por la explosión, vi entrar a las siluetas. El Cuervo, con su sombrero negro intacto, caminando con paso seguro sobre los cuerpos de sus hombres caídos. Sonreía. Traía una pistola plateada en la mano.

Intenté levantar el rifle, pero mis brazos no respondían. Isabel me soltó y se paró frente a mí, escudándome con su cuerpo. Recogió mi viejo revólver .38 del suelo, donde se me había caído. Lo sostuvo con ambas manos, temblando, apuntando al pecho de El Cuervo.

Él se detuvo a unos pasos. Dijo algo. No lo oí, pero leí sus labios. “Se acabó, princesa.”

Isabel amartilló el revólver. Sus labios se movieron también. “Púdrete.”

Y en ese instante, justo cuando el dedo de ella se cerraba sobre el gatillo y el de él hacía lo mismo, un rugido grave, profundo, vino desde las entrañas de la tierra, desde el fondo del túnel detrás de nosotros. No era una bestia. No era un derrumbe natural. Era viento. Una corriente de aire violenta que apagó las pocas brasas de luz. Y con el viento, un olor a gas metano.

La mina estaba viva. Y estaba enojada. El disparo de Isabel rompió el silencio. El fogonazo iluminó la oscuridad por una fracción de segundo. Y esa chispa… esa pequeña chispa en una mina llena de gas acumulado por décadas…

Comprendí lo que iba a pasar un segundo antes que El Cuervo. Vi el terror en sus ojos cuando olió el gas. Cerré los ojos y, con mi último aliento de fuerza, jalé a Isabel al suelo y la cubrí con mi cuerpo roto.

—Perdóname, Elena —pensé.

Y la montaña rugió.

PARTE FINAL: EL SILENCIO DE LA MONTAÑA Y EL AMANECER DE LOS VALIENTES

El mundo no se acabó con un estruendo, sino con un zumbido. Un pitido largo, agudo e interminable que parecía venir de dentro de mi propio cráneo, borrando cualquier otro sonido del universo. No sabía si estaba vivo o muerto, si seguía en la Sierra Tarahumara o si ya estaba rindiendo cuentas ante San Pedro. Todo era negro. Una oscuridad espesa, táctil, que pesaba sobre el pecho como una lápida de granito.

Intenté respirar y el dolor fue la primera confirmación de mi existencia. Sentí como si me hubieran arrancado los pulmones con ganchos de carnicero. El aire que entró en mi cuerpo no era aire; era polvo, era fuego, era el sabor metálico de la destrucción. Tosí, y el espasmo me dobló en dos, despertando cada nervio dañado de mi cuerpo: la herida de bala en el costado, las quemaduras de la explosión, los huesos que sentía crujir con cada movimiento.

—¿Isabel? —Mi voz no salió. Fue apenas un pensamiento rasposo.

Moví la mano derecha. Mis dedos rozaron piedra fría y húmeda. Luego, algo suave. Tela. Seda destrozada. El pánico, más frío que la nieve de afuera, me inyectó una dosis de adrenalina que no sabía que me quedaba. Me arrastré, ignorando el grito de agonía de mi pierna izquierda.

—¡Isabel! —Esta vez sí salió un sonido, un graznido patético en la oscuridad.

Escuché un gemido. Un sonido pequeño, herido, pero vivo. Tanteé en la negrura hasta encontrar su brazo. Estaba tibia. Se movió bajo mi tacto, tosiendo violentamente. —Estoy… estoy aquí —susurró ella, con la voz quebrada por el polvo—. Joaquín… ¿qué pasó?

—La montaña… —dije, escupiendo tierra—. La montaña nos defendió.

Me forcé a sentarme, apoyando la espalda contra la pared de roca. Mis ojos empezaron a adaptarse, o quizás el polvo comenzó a asentarse. Había una luz muy tenue, casi imperceptible, viniendo de algún lugar lejano, quizás del túnel por donde habíamos venido, o lo que quedaba de él.

La entrada de la mina ya no existía. Donde antes había un arco de vigas y luz de luna, ahora había una montaña de escombros. Toneladas de roca habían sellado la boca del lobo, atrapándonos en sus entrañas. El rugido que habíamos escuchado había provocado un derrumbe masivo.

—¿Estamos… enterrados? —preguntó Isabel. Podía sentir su miedo irradiando en la oscuridad, vibrando en el aire viciado.

—Estamos vivos —corregí, tratando de sonar seguro, aunque por dentro sentía que la esperanza se me escurría como agua entre los dedos—. Y mientras estemos vivos, hay pelea.

Busqué en mi chaleco. Mi viejo encendedor Zippo. Mis manos temblaban tanto que me costó tres intentos hacerlo prender. La pequeña llama naranja bailó en la oscuridad, iluminando nuestro encierro. Lo que vi me revolvió el estómago. Estábamos en una burbuja de aire, un espacio pequeño que no había colapsado gracias a los vagones volcados que habían soportado el peso del techo. Pero más allá de nosotros, el caos era absoluto.

Y entonces lo vi. A unos cinco metros, medio enterrado bajo una losa de piedra caliza que debía pesar media tonelada, estaba lo que quedaba de El Cuervo. El hombre del sombrero negro ya no sonreía. Su cuerpo estaba quebrado en un ángulo antinatural. El sombrero, curiosamente, estaba intacto a unos pasos de él, como una burla macabra. Pero él… él todavía se movía. Sus ojos, vidriosos y llenos de polvo, se fijaron en mí. Abrió la boca y brotó un hilo de sangre negra. —Joa… quín… —gorgoteó.

Me arrastré hacia él, con el revólver .38 todavía en la mano de Isabel, que ella había soltado al caer. Lo recogí. Pesaba una tonelada. Me acerqué al hombre que había intentado quemarme vivo en mi propia casa. Al hombre que había cazado a esta muchacha como si fuera un animal. —Te dije que aquí no entraban coyotes —le susurré.

El Cuervo intentó levantar la mano, quizás para pedir piedad, quizás para maldecirme, pero la vida se le escapó en un suspiro largo y gorgoteante. Su cabeza cayó hacia un lado. Sus ojos quedaron fijos en la nada. La pistola plateada brillaba inútilmente bajo los escombros a su lado.

Apagué el encendedor para ahorrar combustible. La oscuridad volvió a tragarnos, pero ahora era diferente. Ya no estábamos siendo cazados. Ahora, el enemigo era el tiempo. El aire. Y la montaña misma.

—Está muerto —le dije a Isabel desde la oscuridad. —¿Y los otros? —preguntó ella. —Enterrados. O huyeron cuando vieron que la mina se venía abajo. No importa. Ya no pueden hacernos daño.

Me arrastré de vuelta a su lado. —Tenemos que movernos, Isabel. —¿A dónde? La entrada está bloqueada. —Te dije que había un pozo de ventilación. Al fondo. Si el derrumbe no llegó hasta allá, es nuestra única salida.

—Estás sangrando mucho —dijo ella, tocando mi costado. El vendaje improvisado estaba empapado y pegajoso. —Es sangre vieja —mentí de nuevo. La verdad es que sentía cómo la vida se me iba goteando, lenta pero segura. El frío me estaba entumeciendo las extremidades, y no era solo el frío de la mina. Era el frío de la pérdida de sangre—. Ayúdame a levantarme.

Nos pusimos de pie. Fue una tortura. Cada centímetro de elevación era un grito de mis músculos desgarrados. Me apoyé en ella, pesadamente. Isabel, la mujer de seda y joyas, se había convertido en una columna de hierro. Me sostuvo sin quejarse, pasando mi brazo sobre sus hombros.

Empezamos a caminar hacia las profundidades de la “Mina del Diablo”. El túnel descendía suavemente. El aire aquí era denso, pesado, con ese olor a gas metano todavía flotando, mezclado ahora con el polvo del derrumbe. Caminábamos cojeando, dos sombras rotas en el vientre de la tierra.

—Cuéntame algo —dije, para mantener la mente despierta, para no dejar que el silencio me ganara—. Cuéntame de dónde eres. De verdad. No la versión de las revistas. Isabel respiraba con dificultad por el esfuerzo de cargarme. —Soy de Sonora —dijo entre jadeos—. Del desierto. Crecí viendo puros cactus y tierra seca. Pensé que casarme con un político sería mi salida, mi forma de ver el mundo. Qué estúpida fui. —No fuiste estúpida —repliqué, arrastrando los pies—. Fuiste joven. Y la juventud tiene derecho a equivocarse. Lo que cuenta es lo que hiciste después. Robar esa memoria USB… eso no lo hace cualquiera. Eso requiere agallas.

—Lo hice por miedo al principio —confesó—. Pero luego… luego recordé a mi nana. A la mujer que me crió. Ella siempre decía: “El que calla otorga”. Y yo ya había otorgado demasiado.

Seguimos avanzando. El túnel se bifurcaba, pero mi memoria, o quizás el instinto de mi abuelo que cavó estos agujeros, me guiaba. —Izquierda —murmuré.

De pronto, las piernas me fallaron. Me resbalé y caí de rodillas, arrastrando a Isabel conmigo. El dolor en el costado fue tan agudo que vi puntos blancos bailando en la oscuridad. —¡Joaquín! —gritó ella, intentando levantarme. —Déjame un momento… solo un momento… —jadeé.

Me quedé ahí, de rodillas, con la frente apoyada en el suelo frío. Cerré los ojos. Y entonces la vi. No estaba oscuro. Había luz de sol. Y en medio de la luz, una niña con trenzas y un vestido de flores. —Papá, ya levántate —me dijo Elena. Se veía sana. Se veía feliz. No tenía la fiebre que se la llevó hace diez años. —Mija… estoy cansado —le dije, o pensé que le dije. —Todavía no llegamos, papá. Tienes que llevarla arriba. Ella no sabe el camino. —Me duele mucho, Elena. —Ya sé. Pero a mí me dolió más dejarte solo. Y ahora no estás solo. Anda.

Sentí una mano en mi hombro. No era la mano pequeña de mi hija. Era la mano de Isabel, sacudiéndome. —Joaquín, por favor. No te duermas. Si te duermes, no te despiertas. Me lo prometiste. Prometiste el sotol.

Abrí los ojos. La visión de Elena se desvaneció, pero me dejó una extraña calidez en el pecho. Una fuerza prestada. —Sí… el sotol —balbuceé—. El mejor del pueblo.

Me obligué a ponerme de pie. Gruñí como un animal herido, usando la pared para impulsarme. —Vamos. Ya falta poco.

Caminamos lo que parecieron horas, aunque quizás fueron solo minutos. El tiempo en la oscuridad es tramposo. El túnel se hacía más estrecho, más antiguo. Las vigas aquí eran troncos de pino sin desbastar, puestos ahí hace un siglo. Goteaba agua del techo, helada, que nos empapaba la ropa y se mezclaba con la sangre y el sudor.

Finalmente, llegamos a una caverna más amplia. El aire aquí era diferente. Más fresco. Había una corriente, una brisa sutil que nos acarició la cara sucia. —¿Lo sientes? —pregunté. —Aire —dijo Isabel, con un tono de esperanza pura.

Levanté el encendedor una vez más. Ahí estaba. Al fondo de la caverna, un pozo vertical tallado en la roca. Era una chimenea de ventilación. Miré hacia arriba. Muy arriba, inalcanzable para la vista, se veía un puntito gris. No era una estrella. Era el cielo nocturno, o quizás el amanecer.

—Ahí está —dije, señalando con mano temblorosa—. La salida.

Nos acercamos. El pozo tenía unas varillas de hierro clavadas en la roca a modo de escalera, pero estaban oxidadas, viejas. Algunas faltaban. Miré la altura. Eran al menos treinta metros de subida vertical. Miré a Isabel. Estaba exhausta, pero sus brazos y piernas estaban sanos. Luego me miré a mí mismo. Mi costado era una masa de dolor pulsante. Mi pierna izquierda apenas respondía. Perdía sangre con cada latido del corazón. Sabía, con la certeza absoluta de los hombres de campo, que yo no iba a subir esa escalera.

—Sube tú primero —le dije a Isabel—. Revisa si las varillas aguantan.

Ella me miró, y en mis ojos vio la verdad que yo intentaba ocultar. —Tú vienes detrás de mí —dijo, con voz firme. —Claro. Tú sube. Yo te sigo. Necesito… necesito tomar aire un minuto antes de empezar.

Isabel dudó. Se acercó a mí y me tomó la cara con las manos. Sus manos estaban heladas, pero su tacto quemaba. —No me mientas, Joaquín. No me salvaste de la nieve, de las balas y de la granada para morirte aquí abajo solo. —Nadie muere solo en la montaña, muchacha. La montaña nos acompaña. —Le sonreí, y sentí la sangre en mis dientes—. Anda. Vete. Tienes que entregar esa memoria. Tienes que hacer que valga la pena.

—No me voy sin ti.

La agarré de los hombros y la sacudí, gastando la poca energía que me quedaba. —¡Escúchame! —mi voz retumbó en la caverna—. Esas varillas están podridas. Si subimos los dos a la vez, se rompen. Si subo yo con este peso muerto que traigo en la pierna, me caigo y te tiro. Tienes que subir tú. Llegar arriba. Buscar ayuda. Traer una cuerda. Es la única forma.

Era mentira. No iba a haber tiempo para traer una cuerda. Pero ella necesitaba creerlo para empezar a subir. Isabel me miró con lágrimas en los ojos, esos ojos oscuros que al principio estaban llenos de terror y ahora estaban llenos de dolor y gratitud. —Prométeme que vas a esperar. —Te espero aquí. No me voy a mover. Te lo juro.

Ella asintió, sorbiendo las lágrimas. Se quitó la cobija de mi Elena que todavía llevaba envuelta como una capa de superhéroe andrajoso, y me la puso sobre los hombros. —Para que no te dé frío mientras vuelvo. —Gracias —susurré, abrazando la lana que olía a mi hija y ahora también a ella.

Isabel se acercó a la escalera. Probó la primera varilla. Aguantó. Probó la segunda. Empezó a subir. La vi ascender, paso a paso, luchando contra la gravedad y el cansancio. El vestido rojo, ahora negro y desgarrado, ondeaba levemente. —¡No mires abajo! —le grité, igual que le había dicho en el barranco. —¡Voy a volver! —gritó ella desde arriba, su voz resonando en el tubo de piedra.

Me dejé caer sentado al pie del pozo. El esfuerzo de mantenerme de pie había terminado. Saqué el revólver y lo puse en mi regazo. Por si acaso algo más vivía en estas cuevas. Por si acaso El Cuervo tenía amigos en el infierno que venían a buscarme. Miré hacia arriba, siguiendo el progreso de Isabel. Era una araña tenaz subiendo por un hilo de esperanza.

El dolor empezó a alejarse. Eso era mala señal, lo sabía. Cuando el dolor se va, es que el cuerpo se rinde. Empecé a sentir sueño. Un sueño dulce, pesado, irresistible. Metí la mano en el bolsillo de mi camisa y saqué el relicario que le había quitado a Isabel, o quizás ella me lo devolvió, ya no recuerdo. No, no era el relicario. Era una foto vieja de Elena que yo siempre traía. Estaba arrugada y manchada de sangre. —Ya voy, mija —le dije a la foto.

Escuché un ruido arriba. Un grito de esfuerzo. Luego, el sonido de piedras cayendo. Una varilla se había soltado. —¡Isabel! —intenté gritar, pero solo salió un susurro. Hubo un momento de silencio aterrador. Luego, el sonido de ella moviéndose de nuevo. —¡Estoy bien! —gritó, aunque su voz sonaba lejana—. ¡Ya casi llego! ¡Veo la salida!

Cerré los ojos. Una paz inmensa me invadió. Ya no sentía el frío. Recordé el día que Elena nació. El día que compré la “Prieta”. El sabor del café en la mañana mirando la niebla sobre el barranco. No había sido una mala vida. Había sido dura, sí. Solitaria al final. Pero había terminado con un propósito. Había salvado algo hermoso y valiente de las garras de los lobos.

—¡Joaquín! —La voz de Isabel venía desde la luz, desde la superficie—. ¡Salí! ¡Estoy afuera! ¡Es de día, Joaquín! ¡El sol está saliendo!

Sonreí. —Qué bueno, mi niña… qué bueno —susurré. El aire en mis pulmones se sentía ligero. —Voy a buscar la cuerda. ¡Aguanta! ¡No te duermas!

Pero la voz se oía cada vez más lejos, como si viniera del otro lado de un río ancho y caudaloso. Sentí que alguien se sentaba a mi lado. No era Isabel. Abrí los ojos una última vez. Elena estaba ahí, sentada en cuclillas, con su vestido de flores limpio y brillante en la oscuridad de la mina. Me extendió la mano. —Vámonos, papá. Mamá nos está esperando con el caldo listo. —Ya voy, mi amor. Ya voy.

Tomé su mano. Y la oscuridad de la mina se convirtió en una luz blanca y cálida, más brillante que la nieve, más cálida que el fuego de la chimenea. Y dejé de tener frío para siempre.

El viento soplaba suave sobre la Sierra Tarahumara, trayendo el olor a pino y tierra mojada. Ya no era el viento aullador del invierno, sino la brisa prometedora de la primavera temprana. La nieve se había derretido en los valles, dejando parches blancos solo en las cumbres más altas y en las sombras profundas de los barrancos.

Una camioneta negra, blindada pero discreta, subía por el camino de terracería que llevaba a las ruinas de lo que fue el rancho “La Soledad”. Isabel conducía. Ya no llevaba el vestido de seda rojo. Llevaba jeans, botas de trabajo y una chamarra de cuero. Su cabello estaba corto, práctico. En sus ojos ya no había miedo, sino una dureza tranquila, la mirada de alguien que ha visto el infierno y ha vuelto caminando.

Llegó a lo que quedaba de la cabaña. Solo quedaban los cimientos de piedra y una chimenea ennegrecida que se alzaba como un dedo acusador hacia el cielo. La naturaleza ya había empezado a reclamar el lugar; hierbas verdes brotaban entre las cenizas.

Isabel se bajó de la camioneta. Abrió la puerta trasera y dos perros saltaron fuera, ladrando con alegría, corriendo a olfatear el terreno familiar. “Sombra” y “Hueso”. Habían sobrevivido al incendio, refugiándose en el bosque, y habían bajado al pueblo días después, flacos y heridos, donde Isabel los había estado esperando mientras se recuperaba en el hospital.

Caminó hacia el granero. Todavía estaba en pie, aunque con agujeros de bala en la madera. Luego, caminó hacia el sendero que llevaba a la mina. La entrada seguía bloqueada por el derrumbe. Nadie había movido las piedras. Era una tumba digna, inviolable.

Isabel se detuvo frente al montón de rocas. Llevaba algo en la mano. Una botella de sotol artesanal, sin etiqueta, con un líquido ámbar que brillaba al sol. Se hincó en la tierra. —Te tardaste en cobrarme la apuesta, vaquero —dijo, con la voz firme, aunque una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

Abrió la botella y derramó un chorro generoso sobre las piedras. El olor dulce y fuerte del alcohol llenó el aire. Luego, tomó un trago largo, sintiendo cómo le quemaba la garganta, un fuego bueno. —Cumplí, Joaquín. —Sacó un periódico doblado de su chamarra y lo puso sobre las rocas—. Agustín está en la cárcel. Él y veinte más. El gobernador renunció. El cartel está peleándose entre ellos como ratas. No se acabó el mal, tú sabes que eso nunca se acaba en este país… pero les dimos un golpe que no van a olvidar. Tu nombre salió en las noticias. Dijeron que eras un héroe. Aunque sé que te hubiera cagado que te dijeran así.

El viento movió las páginas del periódico. El titular decía: “CAE RED DE CORRUPCIÓN TRAS TESTIMONIO DE LA ‘NOVIA DE LA SIERRA'”. Isabel acarició la piedra áspera. —Me quedé con la “Prieta”. Está en un rancho en Sonora, comiendo pasto verde y engordando. Y los perros… bueno, los perros duermen en mi cama ahora. Son unos malcriados.

Se quedó en silencio un rato, escuchando el sonido de la sierra. El canto de un pájaro, el susurro de los pinos. —Gracias —susurró—. Gracias por devolverme la vida. Gracias por enseñarme que no hay que rajarse, aunque la noche sea muy oscura.

Se puso de pie, limpiándose la tierra de las rodillas. —Descansa, Joaquín. Ya hiciste tu trabajo. Ahora me toca a mí seguir.

Silbó a los perros. —¡Sombra! ¡Hueso! ¡Vámonos!

Los perros corrieron hacia ella, moviendo la cola. Isabel se subió a la camioneta. Antes de arrancar, miró por el espejo retrovisor hacia la tumba de piedra. Le pareció ver, por un segundo, la silueta de un hombre robusto con un sombrero desgastado y un rifle al hombro, de pie junto a la chimenea en ruinas, levantando la mano en señal de despedida.

Isabel sonrió. Arrancó el motor y comenzó a bajar la montaña. No iba huyendo. Iba hacia adelante. Porque como le dijo aquel hombre una noche de invierno entre fuego y sangre: nadie sobrevive solo, pero los que sobreviven tienen la obligación de vivir por los que se quedaron.

Y en la Sierra Tarahumara, donde las leyendas se tejen con el viento, dicen que en las noches de tormenta, si escuchas con atención, todavía se oye el galope de un caballo y el disparo de un 30-30, vigilando que ningún coyote entre donde no debe.

FIN.

Related Posts

Ella caminó sola por las calles peligrosas buscando ayuda; lo que encontramos en ese pequeño departamento cambió mi destino para siempre y me devolvió el corazón que creía perdido.

La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de…

Pensé que lo tenía todo con mi empresa y mi penthouse, pero me faltaba el aire hasta que unos ojos llenos de miedo me mostraron que el verdadero éxito es salvar a quien amas.

La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de…

“Señor, mi mamá no despierta…” La súplica de una niña de 4 años bajo la lluvia que me hizo olvidar mis millones y correr hacia una vecindad olvidada para salvar una vida.

La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de…

¡DE SOLDADO DE ÉLITE A GUARDIA DE SEGURIDAD! El momento en que un General se cuadra ante un humilde vigilante frente a los ricos que lo humillaban. ¡No creerás quién era él realmente! 🇲🇽🪖

“Usted no pertenece aquí, señor Anaya. Este evento es para familias que… bueno, que encajan con el prestigio de la Academia”. Las palabras de la directora me…

“Eres solo un número más”, le dijo ella antes de correrlo. Pero cuando un helicóptero de la Marina aterrizó en el patio de la empresa buscando al “Cabo Martínez”, la jefa entendió que había cometido el error más grande de su vida. 🚁🔥

El sonido de mis botas sobre el concreto de la bodega era lo único que se escuchaba, hasta que ella llegó. Verónica Sterling, la “Dama de Hierro”…

“¿Pagarías a un extraño para que sea tu novio en la boda de tu ex? Yo acepté el trato, pero lo que pasó después frente al altar nadie se lo esperaba. ¡La verdad detrás de este CEO te dejará helado!”

El sol de la tarde pegaba fuerte en la terraza de la Condesa. Yo estaba concentrado en las gráficas de mi tableta, cerrando una adquisición millonaria para…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *