
El director miró mis botas llenas de lodo seco y tuvo el descaro de pedirle una disculpa a los estudiantes por mi “aspecto desaliñado”. No sabía que, en los siguientes minutos, yo iba a cambiar el destino de uno de esos muchachos para siempre.
Me llamo José. Tengo 68 años y he estado peleando contra la tierra seca del norte desde antes de tener edad para manejar. No tengo perfil de LinkedIn. No tengo un fondo de retiro manejado por un tipo en un rascacielos de Santa Fe. Tengo 100 hectáreas, una hipoteca que heredé de mi padre y unas manos que no han estado verdaderamente limpias desde 1974.
Durante cincuenta años, he sacado becerros bajo el aguanieve mientras el resto del mundo dormía calientito. He apostado mi vida entera al clima, rezándole a la Virgen por lluvia mientras veía mi maíz convertirse en papel café bajo un sol que quema la piel y el alma.
Pero, al parecer, eso no era lo suficientemente “profesional” para el Día de Carreras en la prepa de mi nieta, Maya. Ella me rogó que fuera. Yo intenté decir que no. Sabía lo que me esperaba.
Y así fue. Cuando entré al auditorio, yo era el prietito en el arroz.
A mi izquierda estaba un abogado corporativo con un traje que costaba más que mi primera camioneta. A mi derecha, un desarrollador de software hablando de “optimizar sinergias” y trabajar desde cafeterías caras. Los estudiantes estaban ahí sentados, con los ojos vidriosos, aterrorizados por sus exámenes de admisión y ahogándose en la presión de entrar a universidades que sus papás no pueden pagar.
Cuando el orientador vocacional me presentó, soltó una risita nerviosa y apretada.
—Y finalmente… este es Don José. Él trabaja en… agricultura.
Lo dijo como si yo tuviera una enfermedad contagiosa. Caminé hacia el micrófono. No traía diapositivas de PowerPoint. Solo levanté mis manos. Están gruesas, llenas de cicatrices y manchadas de una grasa y tierra que ningún jabón va a quitar jamás.
—Nunca me he sentado en una sala de conferencias —les dije con mi voz rasposa por el polvo—. No sé qué es la “sinergia”. Pero sé que cuando los estantes del supermercado se vacían, ustedes no se pueden comer un diploma.
El salón se quedó en un silencio sepulcral.
—Les han dicho que si no van a la universidad, han fracasado —continué, mirando las filas de adolescentes—. Pero este país no funciona con correos electrónicos. Funciona sobre las espaldas de gente que no tiene miedo a sudar.
Señalé al abogado. “Él crea papeles”. Me señalé a mí mismo. “Yo creo comida. Y cuando llega la crisis y los camiones dejan de rodar, los papeles no van a alimentar a sus hijos. Mi maíz sí”.
Vi a los maestros moverse incómodos en sus sillas. No me importó.
Cuando sonó la campana, la mayoría de los chicos corrió a sus celulares. Pero un muchacho se quedó atrás. Estaba flaco, con la capucha de la sudadera jalada hasta la barbilla, pateando el suelo con sus tenis desgastados.
—Mi papá es mecánico —murmuró, sin atreverse a mirarme a los ojos—. Llega a casa oliendo a gasolina y grasa todos los días. Mis maestros me dicen que soy lo bastante inteligente para “escapar” de esa vida. Dicen que estudie para no terminar como él.
Mi corazón se rompió justo ahí, en medio de ese gimnasio escolar. Bajé del escenario y puse mi mano pesada en su hombro. Él se tensó. Lo que le dije a continuación, hizo que su madre me buscara llorando días después en la ferretería…
¿QUÉ LE DIJE AL MUCHACHO PARA QUE CAMBIARA SU VERGÜENZA POR ORGULLO?
EL ORGULLO EN LA GRASA: PARTE 2
Por José, agricultor.
Sentí cómo sus músculos se tensaron bajo mi mano, duros como piedra, como un animalito acorralado que espera el golpe. El muchacho no estaba acostumbrado a que una mano adulta se posara en su hombro para dar consuelo; estaba acostumbrado a que lo hicieran para detenerlo, para regañarlo o para señalarle lo que estaba haciendo mal.
—Hijo —le dije, y mi voz salió más suave de lo que esperaba, perdiendo la carraspera del discurso, volviéndose la voz de un abuelo, no la de un orador—. Mírame. Por favor, mírame.
El chico levantó la vista lentamente. Tenía los ojos rojos, enmarcados por ojeras que ningún niño de diecisiete años debería tener. Eran los ojos de alguien que ya se siente derrotado antes de que la carrera haya empezado.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Carlos —respondió, apenas un susurro que casi se pierde con el rechinar de los tenis de otros estudiantes que salían corriendo del gimnasio, riendo, ignorando el drama silencioso que ocurría en la duela.
—Carlos —repetí, saboreando el nombre, dándole peso—. Me dijiste que tu papá es mecánico. Que llega oliendo a gasolina. Que tus maestros te dicen que tienes que “escapar” de eso. ¿Es cierto?
El chico asintió, mordiéndose el labio inferior, aguantando las ganas de llorar.
—Dicen que si soy listo… no tengo que ensuciarme —soltó al fin, con la rabia contenida de mil regaños—. Dicen que mi papá se rompe la espalda porque no tuvo opciones. Que yo sí las tengo. Que ser como él es… fracasar.
Sentí una punzada en el estómago, más dolorosa que la úlcera que me molesta cuando no llueve. Esa mentira. Esa maldita mentira repetida en cada salón de clases, en cada comercial de televisión, en cada cena familiar donde el tío presumido habla de sus inversiones.
Me acerqué un poco más, ignorando al director que nos miraba desde lejos con impaciencia, seguramente queriendo cerrar el gimnasio para irse a comer.
—Déjame hacerte una pregunta, Carlos. Y quiero que seas honesto conmigo. Imagina que vas en la carretera, digamos, en la federal rumbo a la ciudad. Llevas a tu mamá en una ambulancia. Dios no lo quiera, pero imagina que es una emergencia real. Su vida depende de llegar al hospital en treinta minutos.
Carlos me miraba fijo, atrapado en la imagen.
—De repente —continué, moviendo mis manos llenas de callos para ilustrar el momento—, el motor de esa ambulancia revienta. Sale humo. Se detiene en medio de la nada. El chofer no sabe qué hacer. El paramédico sabe de medicina, pero no sabe por qué la máquina dejó de rugir. Tu mamá se está muriendo ahí atrás.
Hice una pausa, dejando que el silencio pesara entre nosotros.
—En ese momento, Carlos, cuando la muerte está tocando la ventana… ¿quién es la persona más importante del mundo? ¿Es el arquitecto que diseñó el hospital a cincuenta kilómetros? ¿Es el abogado que redactó el seguro de la ambulancia? ¿Es el programador que hizo la aplicación del GPS?
Carlos negó con la cabeza lentamente, sus ojos muy abiertos.
—No —dijo.
—Exacto —dije con firmeza, apretando suavemente su hombro—. En ese momento, rezarías a todos los santos para que pasara alguien que supiera distinguir una manguera rota de un fusible quemado. Rezarías por alguien que no tuviera miedo de meter las manos en el motor caliente, quemarse la piel y llenarse de grasa para arrancar esa máquina. Rezarías por tu papá.
Vi cómo la respiración del muchacho se agitaba.
—Tu papá —continué, bajando la voz a un tono confidencial, de hombre a hombre— no es un fracasado, mijo. Tu papá es un mago. Él mantiene este mundo girando. Él es la diferencia entre que la gente llegue a su casa o se quede tirada en la oscuridad. Él repara lo que el mundo rompe.
Carlos bajó la mirada hacia sus propios tenis, pero ya no con vergüenza. Estaba procesando algo, reescribiendo la historia que le habían contado toda su vida.
—No dejes que nadie, nunca, te diga que su vida es algo de lo que tienes que huir —le dije, y sentí que se me quebraba la voz—. Es algo que tienes que honrar. Porque el día que el mundo se caiga a pedazos, los que tienen las manos limpias van a correr a esconderse detrás de los que tenemos las manos sucias.
Los ojos del chico se llenaron de lágrimas, pero esta vez no las escondió. Se pasó la manga de la sudadera por la cara, asintió una vez, fuerte, decidido, y se irguió.
—Gracias… Don José —dijo.
Y vi el cambio. Fue físico. Su columna se enderezó. Sus hombros, que habían estado encorvados hacia adelante protegiendo su pecho, se abrieron. Parecía haber crecido cinco centímetros en un segundo. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Ya no arrastraba los pies. Caminaba con propósito.
Yo me quedé ahí parado unos segundos, viendo cómo su figura se recortaba contra la luz de la puerta de salida. El director se acercó, checando su reloj.
—Interesante charla, José —dijo con ese tono condescendiente, como quien felicita a un niño por un dibujo feo—. Bueno, gracias por venir. La salida es por allá.
No le contesté. Tomé mi sombrero, me lo calé hasta las cejas y salí al estacionamiento.
Mi vieja camioneta, una Ford del 98 que ha visto más cosechas que cambios de aceite, estaba estacionada entre un BMW y un Tesla. Parecía un dinosaurio herido entre naves espaciales. Me subí, y el olor familiar a polvo, tabaco viejo y aceite de motor me recibió como un abrazo.
Arranqué el motor. Tosió, rugió y finalmente se estabilizó. Ese sonido era música para mí. Era el sonido de la realidad.
El camino de regreso al rancho fue largo. Manejé en silencio, sin prender el radio. Mi mente no dejaba de dar vueltas. ¿Había hecho bien? ¿O solo le había dado falsas esperanzas a un chico que, al final del día, seguiría siendo juzgado por un sistema que valora más un título en papel que la habilidad de construir una casa?
Llegué a mis tierras cuando el sol ya estaba bajando, pintando el cielo de ese naranja quemado que solo se ve en el campo mexicano. Bajé de la camioneta y mis botas se hundieron en la tierra. Mi tierra.
Durante los siguientes días, la vida siguió su curso brutal e indiferente. El campo no espera a que resuelvas tus crisis existenciales. Las vacas tienen que comer, los canales de riego tienen que revisarse, y la plaga no toma vacaciones.
Volví a mi rutina. Levantarme a las 4:30 de la mañana, tomar un café negro y fuerte que levantaría a un muerto, y salir a pelear. Me dolía la espalda más de lo normal. Quizás era el estrés de la escuela, o quizás simplemente eran los años cobrando la factura.
Mientras arreglaba una cerca en el lindero norte, martillando grapas en postes de mezquite viejo, pensaba en el abogado de traje caro. Pensaba en cómo me miró. No con odio, sino con lástima. Esa lástima que te hace sentir pequeño. “¿Pobre diablo”, habrá pensado, “se mató trabajando y no tiene nada que mostrar”?
Miré mis hectáreas. No eran “nada”. Eran vida. Pero la duda es como la hierba mala; si la dejas, se extiende. ¿Y si tenían razón? ¿Y si yo era solo un viejo terco aferrado a un pasado que ya no existe?
Pasó una semana. El incidente en la escuela se fue borrando, reemplazado por la urgencia de una bomba de agua que falló en el pozo tres.
Ayer, tuve que ir al pueblo. Necesitaba fluido hidráulico para el tractor y unos empaques que ya no daban más. Entré a la ferretería “El Tornillo”, un lugar donde el aire huele a metal frío y aserrín, un olor que me tranquiliza más que cualquier incienso.
Estaba en el pasillo tres, comparando precios de aceites, contando los pesos en mi mente porque la cosecha pasada no pagó tan bien como esperábamos. Estaba absorto, con los lentes de lectura en la punta de la nariz, cuando sentí que alguien me agarraba del brazo con fuerza.
Me giré, listo para defenderme o para saludar a algún compadre, pero me encontré con una mujer. Bajita, morena, con el cabello recogido en una coleta apresurada y un delantal puesto, como si hubiera salido corriendo de la cocina o del trabajo.
—Usted es el agricultor, ¿verdad? —me preguntó. Su voz temblaba.
Me tensé. Lo primero que pensé fue: “Ya vino a reclamarme”. Quizás el muchacho llegó a casa, se peleó con sus papás, dejó la escuela, y ahora es mi culpa. Me preparé para el regaño. Me preparé para que me dijera que yo no tenía derecho a darle consejos a su hijo, que yo era un viejo ignorante que no sabía nada del futuro.
—Sí, señora, soy yo —dije, enderezándome, listo para recibir el golpe—. ¿Pasó algo?
Ella no dijo nada al principio. Solo me miró y sus ojos se llenaron de agua. Empezó a llorar ahí mismo, en medio del pasillo de herramientas, rodeada de llaves inglesas y martillos.
—Señora… —intenté decir, buscando un pañuelo en mi bolsillo, pero solo traía un trapo con grasa.
—Soy la mamá de Carlos —soltó ella entre sollozos—. El chico que se quedó a hablar con usted en la prepa.
Sentí un frío en la espalda.
—¿Está bien el muchacho? —pregunté rápido.
Ella asintió frenéticamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—No… no me entiende. Usted no sabe lo que ha sido nuestra casa estos años. —Tomó aire, tratando de calmarse—. Mi esposo, Beto, es el mejor mecánico del pueblo. Se ha partido el lomo treinta años para que a nuestros hijos no les falte nada. Pero Carlos… Carlos se avergonzaba de él.
La mujer me agarró del antebrazo con ambas manos, como si necesitara sostenerse.
—Le prohibió a su papá ir a recogerlo a la escuela en la camioneta del taller porque “estaba vieja y sucia”. Cuando Beto llegaba a cenar con el overol puesto, Carlos ni siquiera lo miraba. Se encerraba en su cuarto. Mi esposo… mi esposo se sentía como basura en su propia casa. Me decía: “Vieja, a lo mejor fallé. A lo mejor soy una vergüenza”.
Se me hizo un nudo en la garganta. Conocía ese sentimiento. El sentimiento de que tu sacrificio no vale nada a los ojos de los que más amas.
—Pero antier… —la voz de la mujer se rompió, pero sonrió entre las lágrimas—. Antier Carlos llegó de la escuela diferente. No dijo nada, solo tiró la mochila y se fue directo al taller, atrás de la casa. Beto estaba abajo de una Cheyenne, batallando con la transmisión.
Escuché con atención, imaginando la escena. El taller oscuro, el olor a grasa, el padre cansado.iro
—Carlos se metió abajo de la camioneta con él —dijo la mujer—. Beto pensó que venía a pedir dinero. Pero Carlos le dijo: “Papá, enséñame cómo funciona esto. Enséñame qué está roto”.
Sentí que se me erizaba la piel de los brazos.
—Beto no se lo creía —continuó ella—. Pensó que era una broma. Pero Carlos agarró la lámpara y se puso a ayudarle. Estuvieron ahí hasta las once de la noche. Cenaron tacos ahí mismo, con las manos sucias de grasa.
Ella me miró directo a los ojos, y vi una gratitud tan inmensa que me sentí indigno.
—Es la primera vez en diez años que veo a mi marido caminar con la cabeza en alto —dijo—. Ayer me dijo: “El chamaco quiere aprender, vieja. Dice que quiere ser ingeniero mecánico, pero que primero quiere saber usar las manos antes que los libros”.
Nos quedamos ahí parados, en silencio. La gente pasaba por el pasillo, mirándonos raro. Un viejo granjero y una ama de casa llorando entre tornillos. Pero no me importó.
—Gracias —me susurró—. Usted le devolvió a mi hijo a su padre. Y le devolvió el orgullo a mi esposo.
Salí de la ferretería flotando. No recuerdo si compré el fluido hidráulico. Creo que no. Me subí a mi camioneta y me quedé sentado un buen rato, mirando el volante desgastado por mis propias manos.
Miré mis manos. Esas manos que el director de la escuela había mirado con asco. Esas manos que no saben usar una computadora, pero que saben hacer parir a una vaca, sembrar una hectárea y arreglar un motor con alambre y fe.
Y entonces lo entendí. Entendí que hemos cometido un error terrible en este país. Un error imperdonable.
Nos hemos tragado el cuento de que el “progreso” significa sentarse detrás de un escritorio. Hemos convencido a una generación entera de que trabajar con las manos es un premio de consolación para los que “no les dio la cabeza” para estudiar.
Hemos humillado a los plomeros, a los albañiles, a los electricistas, a los traileros, a los campesinos. Los hemos hecho sentir pequeños, invisibles, sucios. Hemos permitido que universidades vendan títulos como si fueran boletos al cielo, endeudando a los jóvenes por años, para que salgan a un mundo que no necesita más licenciados en teorías abstractas, sino gente que sepa hacer cosas reales.
Pero aquí está la verdad, la dura y rasposa verdad, tan real como la tierra bajo mis uñas:
Puedes tener todos los CEOs, influencers, consultores y analistas de datos que quieras. Puedes llenar estadios con ellos. Pero si nadie siembra la semilla, si nadie suelda la tubería, si nadie levanta la pared, si nadie maneja el camión a las 3 de la mañana… la civilización colapsa en tres días.
Tres días. Eso es lo que duraríamos sin los “sucios”.
Sin agua potable porque se rompió el tubo y no hay quien lo arregle. Sin luz porque cayó un poste y no hay linieros. Sin comida porque la cosecha se pudrió en el campo. Sin casas, sin caminos, sin nada.
El mundo digital, el mundo de las pantallas y las nubes de datos, es un lujo que se sostiene sobre los hombros de hombres y mujeres que huelen a sudor, a tierra y a grasa.
Así que esto va para cada joven que está leyendo esto en su celular, quizás sintiéndose presionado, quizás sintiendo que no encaja en el molde de la “universidad o fracaso”:
Si te gusta construir. Si te gusta arreglar. Si te gusta ver cómo algo que estaba roto vuelve a funcionar gracias a tus manos. Si te gusta el olor a madera cortada, a tierra mojada, a metal soldado…
No dejes que te engañen. No dejes que te hagan sentir menos.
Te necesitamos. Dios sabe que te necesitamos.
No hay vergüenza en llegar a casa cansado físicamente. Hay una dignidad sagrada en el dolor muscular que viene de haber creado algo tangible. Hay una paz profunda en saber que, si todo se va al diablo mañana, tú sabes cómo sobrevivir, tú sabes cómo cultivar, tú sabes cómo construir refugio.
Hay honor en la tierra. Hay gloria en la grasa. Hay nobleza en el sudor.
Y un día, cuando el mundo de papel se rompa, cuando las señales de internet fallen y los trajes caros no sirvan para nada, la gente va a levantar la vista buscando a alguien que sepa qué hacer. Y nos van a buscar a nosotros.
Van a buscarte a ti.
Cuando llegué al rancho esa tarde, el sol ya se había metido. Bajé de la camioneta. Fui al granero, acaricié el cofre del tractor viejo y sonreí.
“Todavía servimos, viejo”, le dije a la máquina. “Todavía movemos al mundo”.
Mañana, a las 4:30 AM, estaré de pie otra vez. Mis botas estarán llenas de lodo. Mis manos estarán sucias. Y nunca, nunca más, pediré disculpas por ello.
¿Tú qué opinas? ¿Crees que ya es hora de dejar de mirar por encima del hombro a los que hacen el trabajo duro?
Si estás de acuerdo conmigo, si respetas a los que se ensucian las manos para que otros las tengan limpias, comparte esto. Que llegue a todos los rincones. Que llegue a ese muchacho que cree que no vale. Que llegue a ese padre que llega avergonzado a su casa.
Levantemos la cabeza, raza. El mundo es nuestro.
CUANDO EL SILICIO FALLA Y EL DIÉSEL MANDA: PARTE 3
Por José, agricultor.
Pensé que ahí acabaría la historia. De verdad lo pensé. Un viejo da un discurso, un muchacho endereza el camino, una madre llora de gratitud en una ferretería y todos volvemos a nuestras vidas. Así suelen ser las cosas en los pueblos: un chisme dura tres días y al cuarto ya nadie se acuerda porque la milpa no espera y las vacas no comen recuerdos.
Pero el destino, o Dios, o la tierra misma, tiene una forma curiosa de acomodar las calabazas en el camino del carro. Lo que no sabía es que esa semilla que planté en el gimnasio de la escuela no solo iba a germinar en Carlos. Iba a sacudir los cimientos de todo nuestro pueblo, San Gabriel del Valle.
Han pasado seis meses desde aquel día. El verano nos golpeó con una sequía de esas que hacen que la tierra se abra como piel vieja, y luego, de golpe, llegaron las aguas de septiembre, traicioneras y violentas. Pero antes de que el cielo se cayera sobre nosotros, el conflicto empezó en la tierra. O mejor dicho, en las oficinas de gobierno.
I. LA AMENAZA DEL “PROGRESO”
Todo comenzó un martes. Yo estaba en el taller de Beto, el papá de Carlos. Desde aquel incidente, me había hecho costumbre pasar a saludar. Ya no iba solo por refacciones; iba por el gusto de ver. De ver a padre e hijo.
Era una estampa digna de pintarse. Beto, un hombre bajo, robusto, con los brazos tatuados de grasa y cicatrices de soldadura, estaba inclinado sobre el motor de un tractor John Deere desvielado. A su lado, Carlos, que ya no era el muchacho encorvado de la sudadera, sostenía la lámpara y pasaba las herramientas antes de que su papá las pidiera. Hablaban un idioma propio, un dialecto de gruñidos, nombres de llaves y diagnósticos mecánicos.
—Pásame la de media, mijo. La estriada. —No va a entrar, ‘apá. El múltiple estorba. Mejor con el dado largo y la extensión. —A ver… —Beto probaba—. Tienes razón, cabrón. Tienes razón.
Beto sonreía. Una sonrisa chimuela y sucia, pero la sonrisa más feliz que he visto. Me vieron llegar y Beto se limpió las manos en un trapo que estaba más sucio que él.
—¡Don José! —gritó—. ¡Pásale, pásale! Justo íbamos a echar un taco. La patrona mandó guisado de chicharrón en salsa verde.
Nos sentamos en botes de pintura vacíos volteados al revés, usando el banco de trabajo como mesa. Mientras comíamos tortillas hechas a mano, noté que Beto estaba preocupado. Masticaba lento, mirando hacia la calle.
—¿Qué trae, compadre? —le pregunté—. El taco está bueno, pero su cara está agria.
Beto suspiró y soltó la tortilla.
—Es la escuela, Don José. La técnica. Donde va el muchacho. —¿Qué pasó? ¿Carlos se metió en broncas? —pregunté, mirando al chico. —No, yo no —dijo Carlos, con la boca llena—. Es el director. Y el consejo municipal. Quieren cerrar el taller.
Sentí que el chicharrón se me atoraba en el pecho.
—¿Cómo que cerrar el taller?
—Así como lo oye —dijo Beto, con amargura—. Tuvieron una junta. Dicen que el taller de mecánica y soldadura es “obsoleto”. Que “afea” la imagen de la institución. Quieren tirar las galeras del fondo, vender la herramienta vieja y construir un… ¿cómo le dijeron, mijo? —Un “Hub de Innovación Digital y Co-Working” —dijo Carlos, rodando los ojos.
Solté una carcajada que no tenía nada de gracia.
—¿Un qué? —Un salón con pufs de colores, aire acondicionado, macetas bonitas y muchas computadoras —explicó Carlos—. Dicen que ahí vamos a aprender a ser “emprendedores digitales”. Que el futuro es el código, la nube, el blockchain y no sé qué tanta madre.
—El tal Licenciado Morales está detrás de esto —dijo Beto, apretando el puño—. El mismo que estaba en el día de carreras con usted. Convenció al alcalde de que si el pueblo quiere “inversión extranjera”, tenemos que dejar de parecer un pueblo de rancheros y parecer un “Smart City”.
La sangre me hirvió. No era solo el insulto a nuestro trabajo. Era la estupidez. Estaban a punto de desmantelar el único lugar donde chicos como Carlos encontraban su vocación, para poner un lugar de fantasía donde aprenderían a hacer cosas que no sirven cuando se te poncha la llanta en la sierra.
—Van a votar el proyecto este viernes en el ayuntamiento —dijo Beto—. Y pues… ya sabe. Los de corbata siempre ganan. Nosotros qué vamos a decir. Yo apenas terminé la primaria, Don José. Yo no sé hablar bonito.
Miré a Carlos. Miré sus manos, que ya empezaban a tener sus propios callos. Miré a Beto, un hombre que mantenía a su familia y a medio pueblo rodando.
—No —dije, golpeando el banco de trabajo—. Esta vez no van a ganar tan fácil.
II. LA REBELIÓN DE LAS BOTAS SUCIAS
El viernes, el salón de cabildos del ayuntamiento estaba a reventar. Normalmente, a estas juntas solo van los viejitos a quejarse de los baches o los vecinos peleoneros por los linderos. Pero esa noche, el aire estaba denso.
De un lado de la sala, sentados en las primeras filas, estaban “ellos”. El alcalde, con su guayabera inmaculada. El director de la prepa. Y el Licenciado Morales, el abogado del traje caro, que revisaba su tablet con una sonrisa de suficiencia. Detrás de ellos, un grupo de consultores jóvenes, oliendo a loción cara, con sus laptops listas para proyectar gráficas de colores.
Del otro lado, estábamos “nosotros”.
No fui solo. Durante tres días, me dediqué a visitar a cada hombre y mujer de oficio en San Gabriel. Fui con Doña Chuy, la que hace los mejores tamales y tiene un negocio que alimenta a tres generaciones. Fui con “El Tuercas”, el mejor soldador del estado. Fui con los albañiles que estaban levantando la nueva clínica. Fui con los ganaderos.
Llegamos en tropel. No nos pusimos trajes. Fuimos con nuestra ropa de trabajo. El salón olía a mezcla, a ganado, a diésel, a masa y a sudor seco. Cuando entramos, el silencio se hizo pesado. El Licenciado Morales arrugó la nariz, visiblemente molesto por la “invasión”.
La presentación comenzó. Morales se paró al frente, proyectando diapositivas llenas de palabras en inglés.
—Ciudadanos de San Gabriel —dijo con su voz melosa—, el mundo está cambiando. La economía agraria es cosa del pasado. Si queremos que nuestros hijos compitan en el mercado global, necesitamos soltar el martillo y agarrar el mouse. Este “Hub de Innovación” pondrá a nuestro pueblo en el mapa. Atraeremos nómadas digitales. Crearemos apps. Dejaremos de ser un pueblo de paso para ser un destino tecnológico.
Habló de “retorno de inversión”, de “escalabilidad”, de “mindset”. Los regidores asentían, hipnotizados por las palabras bonitas.
—Por eso —concluyó—, propongo la demolición inmediata del área de talleres vocacionales, que genera gastos y suciedad, para dar paso al futuro.
Hubo aplausos tímidos de su grupo. El alcalde tomó el micrófono.
—¿Alguien tiene alguna objeción antes de proceder a la votación?
Me levanté. Mis rodillas tronaron, un recordatorio de mis 68 años de “economía agraria”. Me quité el sombrero.
—Yo tengo algo que decir —dije. Mi voz retumbó sin necesidad de micrófono.
El alcalde suspiró. —Don José. Sea breve, por favor. Tenemos catering esperando.
Caminé hacia el frente. No miré al alcalde. Me giré hacia la gente. Hacia los padres de familia que estaban ahí, indecisos.
—El Licenciado dice que el futuro es digital —comencé—. Y a lo mejor tiene razón. A lo mejor allá, en las grandes ciudades de cristal, se puede vivir de “likes” y de “nubes”. Pero aquí, en San Gabriel, cuando llueve, el lodo es real. Cuando se va la luz, la oscuridad es real.
Señalé la pantalla de proyección.
—Esa gráfica se ve muy bonita. Pero yo les pregunto: ¿Esa gráfica va a venir a destapar el drenaje cuando se sature? ¿Esa “app” va a venir a soldar el techo de su casa cuando el viento lo arranque?
El Licenciado Morales se puso de pie, interrumpiéndome.
—Don José, con todo respeto, usted está siendo romántico y anacrónico. Nadie dice que esos oficios no existan, pero no son el motor de crecimiento. Son servicios básicos. Queremos que nuestros hijos sean arquitectos de software, no chalanes. Queremos que trabajen con la mente, no que se rompan la espalda como usted.
Hubo un murmullo. El golpe fue bajo.
—Romperse la espalda no es deshonra, Licenciado —respondí, sintiendo el calor en la cara—. Deshonra es olvidar quién te da de tragar. Usted habla de “innovación”. Yo hablo de supervivencia. Usted quiere quitar el taller donde los muchachos aprenden a usar las manos para darles un cuarto con aire acondicionado para que sueñen despiertos. ¿Y qué va a pasar cuando la realidad golpee?
—La realidad es digital, señor —dijo Morales con arrogancia—. La automatización lo va a hacer todo. En diez años, los tractores se manejarán solos. Sus conocimientos serán piezas de museo.
—A lo mejor —dije, mirándolo a los ojos—. Pero mientras ese día llega, si su carro “inteligente” se queda tirado en la carretera a las dos de la mañana, usted no va a llamar a un programador en Silicon Valley. Va a llamar a Beto.
Señalé a Beto, que estaba al fondo, con los brazos cruzados.
—Y si Beto no sabe arreglarlo porque cerramos la escuela donde aprendió… entonces, Licenciado, usted se va a quedar tirado.
El alcalde golpeó el mazo. —Suficiente. Procedamos a la votación.
Votaron. Por supuesto que votaron. La “modernidad” es una droga muy fuerte y los políticos son adictos a cortar listones de cosas brillantes. Ganaron por mayoría. El taller se iba a cerrar en un mes.
Salimos del ayuntamiento derrotados. Beto pateó una piedra con rabia. —Ya valió, Don José. Ya valió madre. Carlos estaba callado, con la mirada perdida. —No se agüiten —les dije, aunque yo también sentía el peso del fracaso—. La vida da vueltas.
Y vaya que dio vueltas. La vuelta llegó 48 horas después, con nombre de huracán.
III. EL JUICIO DEL CIELO
Los meteorólogos lo llamaron “Tormenta Tropical Esteban”. Nosotros le dijimos “El Diluvio”.
Empezó el domingo por la tarde. El cielo se puso de un color morado enfermizo, como un moretón gigante. El aire se detuvo. Los pájaros dejaron de cantar. Y luego, el cielo se rompió.
No fue lluvia. Fue como si el océano se hubiera mudado al cielo y decidiera caerse de golpe. En cuatro horas, cayó lo que llueve en todo un año.
San Gabriel del Valle está en una cuenca. Tenemos un sistema de presas y canales que, supuestamente, controla todo. Hace dos años, el gobierno actualizó el sistema. Pusieron compuertas automatizadas, sensores remotos, todo controlado por un sistema centralizado conectado a internet. “Infraestructura Inteligente”, le llamaron.
A las 10 de la noche, se fue la luz.
No fue un apagón normal. Fue total. Los rayos tumbaron las líneas de alta tensión que bajan de la sierra. El pueblo quedó en tinieblas absolutas, solo iluminado por los relámpagos que rajaban la noche.
Yo estaba en mi rancho, poniendo costales de arena en la entrada de la casa, cuando sonó mi radio de onda corta. La red celular se había caído hacía una hora.
—¿Don José? ¿Me copia? —Era la voz de Beto, distorsionada por la estática. —Te copio, Beto. ¿Cómo está el pueblo? —¡Está cabrón, Don José! ¡El río se está saliendo! ¡El agua ya llegó a la plaza!
—¿Y las compuertas? —grité al radio—. ¿Por qué no abren las compuertas del desagüe?
—¡Ese es el pedo! —gritó Beto—. ¡El sistema “inteligente” se murió! Sin luz y sin internet, las compuertas se bloquearon en posición de cerrado. ¡Los servidores no responden! ¡El alcalde está histérico! Dicen que el agua va a subir dos metros si no abren el canal principal en la próxima hora.
Sentí un escalofrío. Si el canal no abría, la parte baja del pueblo, donde vive la gente más humilde, desaparecería bajo el lodo.
—¿Dónde estás, Beto? —Voy para la presa con Carlos y el Tuercas. Vamos a ver si podemos abrirlas manual. —Voy para allá. Espérenme en el crucero. Voy en el tractor, la camioneta no va a pasar.
Subí a mi viejo John Deere 4440. Es un tractor de 1982. No tiene computadora. No tiene chips. Tiene pistones del tamaño de cubetas y fuerza bruta. Arrancó a la primera, rugiendo como una bestia despertada.
El camino al pueblo era una pesadilla. Árboles caídos, postes echando chispas en el agua, carros modernos flotando como barquitos de papel, con sus alarmas sonando inútilmente.
Llegué al crucero. Ahí estaban Beto y Carlos en su camioneta levantada, y detrás de ellos, una caravana improvisada. Eran los “sucios”. Los albañiles, los plomeros, los herreros. Hombres con impermeables amarillos, con barretas, con cadenas, con plantas de luz a gasolina.
—¡Vámonos! —gritó Beto.
Avanzamos hacia la presa. El agua nos llegaba a media llanta del tractor.
Cuando llegamos a la casa de máquinas de la presa, era un caos. Había patrullas de policía con las luces girando. Y ahí estaba el alcalde, empapado, gritándole a un muchacho joven que tenía una laptop abierta bajo un paraguas.
—¡Reinicia el sistema! ¡Haz algo! —¡No puedo, señor alcalde! —gritaba el muchacho, aterrorizado—. ¡No hay señal! ¡El servidor no conecta! ¡El sistema de respaldo necesita un código que está en la nube!
Y ahí estaba también el Licenciado Morales. Su traje caro estaba arruinado, lleno de lodo hasta las rodillas. Estaba pálido, temblando de frío y de miedo. Su coche deportivo estaba inundado a cien metros de ahí.
Bajé del tractor. Beto, Carlos y el Tuercas bajaron conmigo. Caminamos hacia ellos. Parecíamos un ejército de sombras.
—Señor alcalde —dije.
El alcalde se giró. Tenía los ojos desorbitados. —¡José! ¡José, esto es un desastre! ¡La tecnología falló! ¡Vamos a perder el pueblo!
—La tecnología no falló —dije, gritando para hacerme oír sobre la tormenta—. Falló su dependencia en ella. Hágase a un lado.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Morales, con voz chillona—. Esas compuertas pesan veinte toneladas. Son hidráulicas. Se necesita el software para activar los pistones.
Beto se adelantó. Llevaba una llave Stillson gigante al hombro como si fuera un bate de béisbol.
—Licenciado —dijo Beto, con una calma aterradora—, la hidráulica es hidráulica. Si no jala con la computadora, jala con huevos. Carlos, trae la cortadora. Tuercas, prepara la planta de soldar. Don José, necesito la toma de fuerza de su tractor.
—¿Qué van a hacer? —repitió Morales, incrédulo.
—Vamos a hacer un bypass —dijo Carlos. El muchacho se veía transformado. Tenía lodo en la cara, el pelo pegado a la frente, pero sus ojos brillaban con una intensidad feroz—. Vamos a cortar las líneas de control electrónico y vamos a conectar la bomba hidráulica manual directo a la toma de fuerza del tractor de Don José. Vamos a forzar la apertura.
—¡Eso anulará la garantía! —gritó Morales—. ¡Van a romper el sistema!
Beto soltó una carcajada seca. —¡Ahorita no me importa su garantía, me importa que mi casa no se inunde! ¡Muévanse!
Lo que pasó en las siguientes dos horas fue lo más hermoso y brutal que he visto en mi vida.
No hubo “sinergia”. No hubo “brainstorming”. Hubo acción pura y dura.
El Tuercas cortó la reja de acero de seguridad con el soplete, haciendo volar chispas que siseaban al caer en el agua. Carlos se metió en el pozo de las válvulas, con el agua al pecho, buscando las líneas de presión. Yo posicioné el tractor de espaldas a la caseta, mientras los albañiles hacían una barrera humana y con costales para desviar el agua que intentaba entrar a donde trabajaba Carlos.
—¡Listo, papá! —gritó Carlos desde el agujero—. ¡Ya conecté la flecha!
—¡Don José! —me gritó Beto—. ¡Dele revoluciones! ¡Despacio, que no patine!
Aceleré el tractor. El motor diésel rugió, escupiendo humo negro al cielo tormentoso. Sentí la resistencia en la palanca. Estábamos moviendo toneladas de acero oxidado contra la presión de millones de litros de agua.
El metal crujió. Un sonido agudo, como un lamento.
—¡Más potencia! —gritó el Tuercas.
Le metí todo el acelerador. El tractor empezó a temblar. Las llantas traseras querían patinar en el lodo, pero aguantaron.
Y entonces, sucedió.
Un estruendo sordo, profundo, que se sintió en el suelo más que oírse. La compuerta número uno empezó a levantarse. Centímetro a centímetro.
El agua, liberada, salió disparada con una furia inmensa hacia el canal de desagüe, lejos del pueblo.
—¡Está abriendo! —gritó alguien.
Los policías empezaron a vitorear.
Pero no habíamos terminado. Faltaban dos compuertas más.
Repetimos la operación. Estábamos agotados. Mis brazos temblaban en el volante. Carlos estaba azul de frío, temblando incontrolablemente, pero no se salía del pozo.
Cuando fuimos por la tercera compuerta, algo falló. Un perno del acople improvisado se rompió. La flecha cardán empezó a dar latigazos locos.
—¡Cuidado! —gritó Beto, empujando al Licenciado Morales, que se había acercado demasiado a mirar. Beto lo salvó de que le arrancaran la cabeza, recibiendo él un golpe en el brazo que lo tiró al suelo.
—¡Papá! —gritó Carlos.
Beto se levantó, agarrándose el brazo. —¡Estoy bien! ¡No paren! ¡Tuercas, suéldalo ahí mismo! ¡En caliente!
—¡Es peligroso, está mojado! —gritó el Tuercas. —¡Hazlo!
El Tuercas soldó bajo la lluvia, cubierto por una lona que sostenía el mismo Licenciado Morales, quien, por primera vez en su vida, estaba siendo útil, sosteniendo el plástico con terror y asombro en los ojos.
Soldaron la pieza. Aceleré de nuevo. La tercera compuerta se abrió.
El nivel del agua en la presa empezó a bajar visiblemente. El pueblo estaba a salvo.
Apagué el tractor. El silencio que siguió fue solo roto por la lluvia, que ahora parecía menos agresiva, y por el rugido del agua escapando por el canal.
Bajé de la cabina. Mis piernas casi no me sostenían.
Nos juntamos todos bajo el techo de la caseta de máquinas. Estábamos cubiertos de grasa, aceite hidráulico, lodo y hollín. Olíamos a infierno.
El alcalde se acercó a nosotros. Estaba llorando. —Gracias… gracias…
El Licenciado Morales estaba en una esquina, temblando. Su traje Armani era un trapo sucio. Miraba sus manos, que estaban manchadas de grasa por haber ayudado con la lona. Luego miró a Carlos.
Carlos estaba abrazado a su papá. Beto tenía el brazo lastimado, pero sonreía.
—Lo hicimos, mijo —decía Beto—. Lo hicimos.
Morales caminó lentamente hacia ellos. Se detuvo frente a Beto.
—Señor… —empezó Morales, y se le quebró la voz. Carraspeó—. Beto. Usted… usted me salvó la vida hace un rato. Y salvó al pueblo.
Beto se encogió de hombros. —Es la chamba, Licenciado. Alguien tiene que hacerla.
Morales negó con la cabeza. —No. No es solo “chamba”. Yo… yo fui un estúpido. Un arrogante. Pensé que el mundo se podía controlar desde una pantalla. Pensé que ustedes eran el pasado.
Morales extendió su mano. Una mano de oficina, suave, que ahora estaba temblando. —Perdón. Perdón por todo.
Beto miró la mano. Luego miró su propia mano, negra de aceite y tierra. —Me va a ensuciar, Licenciado.
—Es un honor —dijo Morales—. Por favor.
Beto le estrechó la mano. Y ahí, bajo la lluvia, con el olor a ozono y diésel, se firmó un tratado de paz más importante que cualquier documento legal.
IV. EL DÍA DESPUÉS DE MAÑANA
A la mañana siguiente, salió el sol. Un sol brillante, limpio, que iluminaba el desastre.
El pueblo estaba lleno de lodo, ramas y basura, pero las casas estaban en pie. No hubo inundación mayor.
Lo curioso fue lo que pasó en las calles. No hubo brigadas de gobierno con chalecos limpios dirigiendo el tráfico.
Hubo una movilización espontánea de la “Raza de Bronce”.
Los dueños de las pick-ups 4×4, esas que los ecologistas de ciudad critican por gastar mucha gasolina, estaban sacando los coches compactos atrapados en el lodo. Los carpinteros estaban cortando los árboles caídos que bloqueaban las calles. Los electricistas, y no la compañía de luz, estaban revisando casa por casa para ver si era seguro reconectar.
Y al frente de un grupo de jóvenes, estaba Carlos.
El muchacho lideraba a una cuadrilla de sus compañeros de la escuela. Sí, los mismos que querían ser “influencers”. Carlos les enseñaba cómo usar una pala, cómo hacer palanca, cómo limpiar una bujía mojada. Los chicos, con sus tenis Jordan llenos de barro, trabajaban y reían. Por primera vez, se veían vivos. Se veían útiles.
Fui al ayuntamiento una semana después. Había sesión extraordinaria.
El tema del “Hub de Innovación Digital” se canceló.
En su lugar, el Licenciado Morales (que ahora traía unas botas de trabajo, aunque se le veían raras) propuso una nueva iniciativa: “Centro de Tecnologías Aplicadas y Oficios Esenciales”.
—No podemos vivir en el pasado —dijo Morales en su discurso, pero esta vez con humildad—, pero tampoco podemos sobrevivir sin las bases. Nuestros jóvenes aprenderán computación, sí. Pero también aprenderán mecánica, electricidad, agricultura y construcción. Aprenderán a programar el robot, pero también aprenderán a arreglarlo cuando se rompa.
El presupuesto para el taller de Beto se duplicó. Compraron soldadoras nuevas, tornos computarizados y, lo más importante, mantuvieron a los maestros viejos.
V. REFLEXIÓN FINAL: MANOS DE ORO
Hoy estoy sentado en el porche de mi casa. Ya es tarde. El sol se está poniendo sobre el maíz, que, gracias a la lluvia y al drenaje a tiempo, se salvó y está más verde que nunca.
Miro mis manos. Están viejas. Los nudillos me duelen cuando cambia el clima. Tienen manchas de la edad y cicatrices de alambre de púas de hace cuarenta años.
Mucha gente ve estas manos y ve “falta de educación”. Ven pobreza. Ven a alguien que “no pudo ser más”.
Pero yo veo otra cosa.
Veo las manos que construyeron la casa donde duermen mis nietos. Veo las manos que han sacado comida de la tierra muerta para alimentar a miles de desconocidos. Veo las manos que, junto con las de Beto y Carlos, detuvieron una inundación y salvaron un pueblo.
Vivimos en un mundo que adora lo etéreo. Adoramos la señal invisible de Wi-Fi, el dinero invisible en el banco, la fama invisible en internet. Y está bien. El progreso es bueno.
Pero nunca olviden esto: Lo invisible se sostiene sobre lo visible. Lo suave descansa sobre lo duro.
Detrás de cada pantalla brillante, hay un minero que sacó el litio, un camionero que lo transportó, un obrero que lo ensambló y un electricista que conectó la corriente para que tú pudieras cargarla.
Somos los cimientos. Y los cimientos no se ven, están bajo tierra, sucios, oscuros, soportando todo el peso. Pero si los cimientos se quiebran, el castillo se cae.
Ayer vi a Carlos. Iba manejando la camioneta del taller, con el brazo por fuera de la ventana. Llevaba a su novia al lado. Se veía orgulloso. Se veía hombre.
Me saludó con la mano al pasar. No me dijo nada, no hacía falta.
Así que, si estás leyendo esto, y eres de los que se ensucian las manos: Levanta la cara.
No eres el pasado. Eres el seguro de vida de la humanidad. Eres el plan B de Dios cuando todo lo demás falla.
Y para los que tienen las manos limpias: No nos miren con lástima. Mírennos con respeto. Porque el día que se les apague la pantalla, el día que el coche no arranque, el día que la tubería reviente… van a necesitar unas manos como las mías.
Y ahí estaremos. Porque eso hacemos. Arreglamos el mundo.
Gracias por leerme. Soy José. Soy agricultor. Y estoy orgulloso.
LA COSECHA DE LOS HOMBRES DE HIERRO: EL FINAL
Por José, agricultor.
El silencio que sigue a una tormenta es engañoso. Uno piensa que es paz, pero en realidad es una pausa. Es el momento en que la tierra toma aire antes de exigirnos el pago por haber sobrevivido.
San Gabriel del Valle no amaneció igual después de “La Noche de las Compuertas”. El sol salió, sí, un sol pálido y tímido que se reflejaba en los charcos de lodo que cubrían la plaza principal. Pero la luz era diferente. Ya no iluminaba un pueblo dividido entre los de “corbata” y los de “overol”. Iluminaba un campo de batalla donde todos, sin excepción, tenían barro en las pestañas.
Han pasado seis meses desde aquella noche en la presa. Seis meses que se han sentido como seis años. Y si voy a contarles el final de esta historia, tengo que contárselos bien. No con prisas, como quien cuenta un chisme, sino con calma, como quien desgrana una mazorca para guardar la mejor semilla.
Porque lo que pasó después no fue solo limpiar el lodo. Fue limpiar el alma de un pueblo entero.
CAPÍTULO I: EL TEQUILA Y LA VERGÜENZA
La semana siguiente a la inundación fue una cosa de locos. El gobierno estatal mandó despensas, claro. Llegaron camiones con logotipos grandes y políticos con camisas blancas planchaditas para tomarse la foto entregando una caja de leche y dos bolsas de arroz.
Pero la verdadera reconstrucción no salió de esas cajas.
Recuerdo el tercer día. Yo estaba en la plaza, ayudando a quitar un árbol de pirul que el viento había tumbado sobre el kiosco. Estaba sudando, con la motosierra en la mano, cuando vi llegar al Licenciado Morales.
Pero no era el Morales de antes.
Llegó en un coche sedán modesto, no en su deportivo. Se bajó. Traía unos jeans nuevos, de esos que se ven tiesos porque nunca se han lavado, y unas botas de trabajo que le quedaban grandes. Se veía ridículo, para ser honesto. Caminaba como espinado.
Se acercó a donde estábamos Beto, el Tuercas y yo. Nosotros dejamos de trabajar y lo miramos. El Tuercas escupió al suelo, desconfiado.
—Buenos días, señores —dijo Morales. No nos miró a los ojos al principio. Miraba sus guantes de carnaza, que estaban impolutos, amarillos brillantes.
—Buenos días, Licenciado —respondí yo, secándome la frente—. ¿Viene a supervisar?
Morales negó con la cabeza. Se puso rojo. —No, Don José. Vengo… vengo a jalar.
Beto soltó una risotada que resonó en toda la plaza. —¿A jalar? ¿Usted? No me chingue, Licenciado. Se va a romper una uña y nos va a demandar.
Hubo risas entre los albañiles que estaban cerca. Morales apretó la mandíbula. Por un momento, vi al viejo abogado arrogante querer salir, querer humillarnos con su vocabulario. Pero se tragó el orgullo. Lo vi tragar saliva, un trago amargo.
—Miren —dijo Morales, levantando la vista—. Sé que fui un pendejo. Sé que los desprecié. Pero mi casa sigue en pie gracias a que ustedes abrieron esa compuerta. Mi familia está viva gracias a ustedes. No puedo pagarles con dinero porque sé que me lo van a aventar en la cara. Así que… díganme qué cargo.
El silencio se hizo espeso. Beto me miró. Yo asentí levemente.
—Órale pues —dijo Beto, con una sonrisa maliciosa—. ¿Ve esos escombros de allá? Es la barda de la escuela que se cayó. Hay que cargar la piedra al camión. A pura mano, porque la retroexcavadora está ocupada en el río.
—Va —dijo Morales.
Y lo hizo. Les juro por la memoria de mi madre que lo hizo.
Durante ocho horas, el Licenciado cargó piedras. Al principio lo hacía con energía, queriendo demostrar. A las dos horas, jadeaba como perro atropellado. A las cuatro horas, sus guantes nuevos ya estaban negros y se había roto la camisa. A las seis horas, le temblaban las piernas.
Nadie le ayudó. Era su penitencia.
Cuando el sol empezó a bajar, Morales dejó caer la última piedra. Se sentó en la banqueta, totalmente destruido. Tenía sangre en los nudillos y la cara llena de polvo.
Beto se acercó a él. Llevaba dos cervezas frías en la mano. Se sentó a su lado, en la banqueta sucia.
—Tenga, Licenciado —le dijo Beto, extendiéndole una lata—. Se la ganó.
Morales tomó la cerveza con mano temblorosa. La abrió y le dio un trago largo, cerrando los ojos. —Sabe a gloria —susurró Morales—. Nunca me había sabido así una cerveza.
—Es el sabor del trabajo, compadre —le dijo Beto, dándole una palmada en la espalda que casi lo tira—. La cerveza de oficina sabe a estrés. La cerveza de obra sabe a premio.
Ese día, el Licenciado Morales dejó de ser “el Licenciado” y se convirtió, simplemente, en Raúl. No aprendió a soldar de la noche a la mañana, ni se volvió mecánico, pero aprendió algo más importante: aprendió cuánto pesa una piedra. Y cuando sabes cuánto pesa una piedra, nunca vuelves a mirar igual al hombre que construye el muro.
CAPÍTULO II: EL RENACIMIENTO DEL TALLER
Mientras el pueblo se levantaba, algo mágico pasaba en la escuela técnica.
La propuesta de Raúl Morales de crear el “Centro de Tecnologías Aplicadas y Oficios Esenciales” no se quedó en papel. Con el dinero que iban a gastar en los pufs de colores y las pantallas gigantes, compraron tornos, fresadoras, scanners automotrices y, lo más importante: contrataron a los viejos maestros jubilados.
Fui a la inauguración hace un mes.
Lo que vi me llenó los ojos de lágrimas. El taller ya no era ese lugar oscuro y sucio donde mandaban a los “burros”. Ahora era una nave industrial amplia, bien iluminada.
De un lado, había computadoras de diseño CAD. Del otro, motores V8 desarmados.
Y en medio de todo eso, estaba Carlos.
Mi muchacho. El chico que se escondía en su capucha. Ahora llevaba un uniforme azul marino, limpio pero con manchas de honor. Estaba rodeado de tres chicos de primer ingreso.
Me acerqué a escuchar.
—Miren —les decía Carlos, sosteniendo una biela—. La computadora les va a decir que esta pieza tiene una tolerancia de tres micras. Eso está bien. Pero la computadora no siente. Ustedes tienen que aprender a tocar el metal. Tienen que sentir si hay rebasas. Tienen que escuchar si el metal canta o si llora cuando lo golpean.
—¿El metal canta? —preguntó uno de los chicos, escéptico.
Carlos sonrió. Agarró una llave inglesa y golpeó suavemente el bloque del motor. Tin, tin, tin. Un sonido claro, brillante. Luego, golpeó una pieza que estaba fisurada sobre la mesa. Toc, toc. Un sonido sordo, muerto.
—¿Escuchan? —dijo Carlos—. Este está sano. Este está herido. Ningún software les va a decir eso tan rápido como su propio oído. Eso es el oficio. Eso es lo que nos hace diferentes a las máquinas.
Me quedé ahí, recargado en el marco de la puerta, viéndolo. Beto se acercó a mi lado. Se había puesto su mejor camisa de domingo y se había echado tanta vaselina en el pelo que brillaba más que los coches.
—Lo hizo bien, ¿verdad Don José? —me preguntó, con la voz quebrada. —Lo hizo mejor que bien, Beto. Lo hizo excelente.
Carlos nos vio. Dejó a los alumnos y vino hacia nosotros. Caminaba derecho. Sus manos eran fuertes. Me dio un apretón de manos que sentí hasta el codo.
—Don José —me dijo—. Gracias por venir. —No me lo perdería, hijo. Oye, me dicen que rechazaste la beca para la universidad en la capital.
Carlos asintió. —Sí. Me ofrecieron irme a estudiar Ingeniería en Sistemas. Pero… decidí quedarme. Voy a estudiar Ingeniería Mecánica en la tecnológica regional, aquí cerca. Y voy a trabajar en el taller con mi papá por las tardes.
—¿Por qué? —le pregunté, haciéndome el que no sabía, aunque ya sabía la respuesta.
Carlos miró el taller. Miró a los chicos aprendiendo. Miró las chispas de una soldadora al fondo. —Porque aquí hago falta, Don José. Allá fuera soy un número más en una base de datos. Aquí… aquí soy el que hace que las cosas funcionen. Además… —sonrió y miró a su papá—, alguien tiene que enseñarle al viejo a usar el scanner nuevo porque nomás no le halla.
Beto le dio un zape cariñoso en la nuca. —¡Respeta a tus mayores, escuincle! Yo arreglaba carburadores con los ojos cerrados cuando tú todavía te hacías en el pañal.
Se rieron. Y en esa risa estaba la sanación de dos generaciones.
CAPÍTULO III: EL RELOJ DEL PUEBLO
Pero la historia no estaría completa sin contarles sobre el Reloj.
En la torre de la iglesia de San Gabriel hay un reloj mecánico enorme, traído de Alemania en 1920. Había estado detenido desde 1995. Nadie sabía arreglarlo. Las piezas estaban oxidadas, los engranajes trabados. Se había convertido en un nido de palomas y en un símbolo de nuestra decadencia: un pueblo detenido en el tiempo.
Para celebrar la recuperación del pueblo, el alcalde (que también aprendió su lección y ahora camina más por las calles y menos por las alfombras) propuso un reto: Echar a andar el reloj para la Fiesta Patronal.
Contrataron a un relojero experto de la Ciudad de México. El tipo vino, vio la maquinaria, cobró sus viáticos y dijo: “Imposible. Hay que fabricar piezas que ya no existen. Necesitan una fundición industrial. Mejor compren uno digital y pónganlo encima”.
Se fue.
Entonces, la “Raza” se juntó. Fue una noche de viernes en la cantina. Estábamos ahí, platicando.
—¿Qué tan difícil puede ser? —dijo el Tuercas, ya con tres tequilas encima—. Son fierros. Los fierros se entienden con otros fierros.
—El problema son los engranajes de bronce —dijo Beto—. Están carcomidos. Necesitamos precisión de relojero, no de herrero.
Y ahí fue donde entró la “Sinergia” real. No la de las diapositivas.
Carlos levantó la mano. —Podemos hacerlo —dijo—. En el taller nuevo tenemos la impresora 3D y el torno de control numérico. Si escaneamos las piezas rotas, la computadora puede rediseñar el diente faltante. Y luego…
—Luego yo lo torneo en bronce —interrumpió el Tuercas—. A la antigüita. Usamos el molde de plástico para sacar la medida, pero el trabajo lo hago yo a mano.
—Y yo hago los ajustes de contrapeso —dijo Beto—. Es como balancear un cigüeñal, nomás que vertical.
Se formó el “Comité del Tiempo”. Durante dos meses, esa torre de iglesia fue el corazón del pueblo. Veías subir a los chavos de la prepa con sus laptops y sus escáneres láser. Y veías bajar a los viejos herreros con sus limas y sus vernier.
Discutían. Se peleaban. —¡El diseño dice que son 45 grados! —gritaba un estudiante. —¡Pues el metal dice que si le doy 45 se rompe, hay que darle 47 por la fricción! —gritaba el maestro tornero.
Y aprendían. Los jóvenes aprendieron que el metal se dilata con el calor y que la teoría no siempre cuadra con la realidad. Los viejos aprendieron que la computadora podía ver cosas invisibles al ojo humano y ahorrarles semanas de prueba y error.
Fue hermoso. Fue la unión de lo viejo y lo nuevo. Fue el México que soñamos.
La noche antes de la fiesta, subimos a instalar la rueda de escape principal. Pesaba ochenta kilos de bronce brillante.
Raúl (el ex-Licenciado Morales) estaba ahí, pasándonos los tornillos y limpiando la grasa. Ya no le importaba ensuciarse.
Colocamos la pieza. Beto ajustó el péndulo. —Dale, Carlos —dijo Beto.
Carlos empujó el péndulo gigante. Tick… Tock… Tick… Tock…
El sonido fue como el latido de un corazón gigante que volvía a la vida después de un paro cardíaco. La maquinaria empezó a girar. Lenta, majestuosa, inexorable.
Abajo, en la plaza, la gente empezó a aplaudir. Las campanas sonaron, no porque las tocaran, sino porque el mecanismo las activó. Dieron las doce de la noche.
Lloramos. Hombres viejos, duros como el mezquite, llorando porque un reloj volvió a andar. Porque nos dimos cuenta de que nosotros tampoco estábamos rotos. Solo necesitábamos un poco de mantenimiento y un poco de fe.
CAPÍTULO IV: LA ÚLTIMA COSECHA
Y ahora, llego al final. A mi final.
Tengo 69 años ya. El invierno pasado fue duro para mis huesos. La humedad de la inundación se me metió en las rodillas y hay mañanas en las que me cuesta enderezarme.
Mi nieta Maya vino a verme ayer. Ya va a terminar la prepa. Estábamos sentados en el porche, viendo el atardecer sobre las milpas que ya están listas para la pizca. El cielo estaba pintado de naranja y violeta, colores que ningún pintor, por más bueno que sea, puede copiar.
—Abuelo —me dijo Maya, recargando su cabeza en mi hombro—. ¿Te vas a retirar pronto?
Miré mis manos. Tiemblan un poco ahora. —No lo sé, mija. La tierra es celosa. Si la dejas, se muere. Y si me voy… ¿qué hago?
—Podrías viajar —dijo ella—. Podrías descansar.
Sonreí. —El descanso es para cuando uno está bajo tierra, mi vida. Mientras estemos arriba, hay que hacer surco.
Ella me tomó la mano. Sus manos son suaves, pero ya no son manos de princesa inútil. Ha estado ayudando en el huerto. Tiene tierra bajo las uñas. Eso me da paz.
—Abuelo… escribí un ensayo sobre ti para mi clase de literatura —me confesó. —¿Ah sí? ¿Y qué pusiste? ¿Que soy un viejo gruñón que habla con los tractores?
Ella se rio. —No. Puse que eres un Guardián. —¿Guardián de qué? —De la realidad.
Me quedé callado, procesando esas palabras.
—La maestra dijo que vivimos en un mundo de fantasía —continuó Maya—. Que todo es virtual. El dinero, los amigos, la diversión. Pero que personas como tú, como Beto, como Carlos… ustedes guardan la realidad. Ustedes nos recuerdan que comemos cosas que crecen del suelo, que vivimos en casas hechas de piedra, que el agua moja y el fuego quema. Que sin ustedes, nos perderíamos en un sueño.
Sentí un nudo en la garganta. Esa niña, que hace un año me rogaba que no fuera a su escuela para no avergonzarla, ahora me veía como un héroe.
—Saqué diez —dijo ella, orgullosa. —Te mereces un once —le dije, besando su frente.
CAPÍTULO V: EL MANIFIESTO DE LAS MANOS SUCIAS
Así que aquí estoy, escribiendo las últimas líneas de esta historia en un cuaderno viejo, con un lápiz que he tenido que afilar tres veces con mi navaja.
Quiero dejarles un mensaje. No a mi generación, nosotros ya vamos de salida. Sino a los que vienen. A ti, que tienes 15, 20, 30 años.
Nos han vendido una mentira muy grande. Nos han dicho que el éxito es no ensuciarse. Que el éxito es estar en una oficina climatizada, mandando correos y ganando dinero moviendo cifras en una pantalla.
Y no me malinterpreten. Necesitamos abogados, necesitamos contadores, necesitamos programadores. El mundo avanza.
Pero el éxito también es ver una hilera de maíz recto y saber que tú la sembraste. El éxito es escuchar un motor que estaba muerto rugir de nuevo gracias a tus manos. El éxito es ver una pared perfectamente nivelada y saber que esa pared protegerá a una familia del frío durante cincuenta años. El éxito es hacer pan. Es soldar acero. Es instalar un cable. Es curar un animal.
No dejen que nadie les diga que esos trabajos son “de segunda”. No dejen que les digan que son para los que “no pudieron estudiar”. Se necesita más inteligencia para diagnosticar un ruido en una transmisión que para hacer una hoja de cálculo. Se necesita más arte para hacer que la tierra produzca que para diseñar un logotipo.
Vivimos tiempos frágiles. El mundo se está volviendo complicado. Las cadenas de suministro se rompen. El clima cambia. La tecnología falla.
Y cuando eso pase… cuando la “nube” se evapore… lo único que nos va a quedar es lo que podamos hacer con estas dos herramientas que Dios nos puso al final de los brazos.
Si tienes la inquietud de crear, de construir, de reparar… hazlo. Aprende a usar la computadora, sí. Pero aprende también a usar el martillo. Aprende inglés, sí. Pero aprende también el lenguaje de la lluvia y de la siembra. Sé un “anfibio”. Muévete bien en el mundo digital, pero ten tus raíces bien plantadas en el mundo real.
Porque el mundo real siempre gana. La gravedad no se negocia. El hambre no se quita con likes. El frío no se quita con vistas.
Se necesita gente valiente. Gente dispuesta a tener cicatrices. Gente dispuesta a oler a esfuerzo al final del día.
Ayer, pasé por el cementerio. Fui a ver la tumba de mi padre. En su lápida no dice “Aquí yace un hombre rico”. Ni “Aquí yace un hombre famoso”. Dice: “Aquí descansa José I, quien amó la tierra y sirvió a su gente”.
Eso es todo lo que quiero. Cuando me toque irme, quiero irme con las botas puestas. Quiero irme sabiendo que dejé el mundo un poquito mejor, un poquito más arreglado, un poquito más sembrado de lo que lo encontré.
Quiero que mis manos estén sucias cuando llegue ante San Pedro. Y cuando él me pregunte: “¿Qué hiciste allá abajo, José?” Yo le voy a mostrar mis callos. Le voy a mostrar la grasa bajo mis uñas y la tierra en mis arrugas. Y le voy a decir: “Yo construí. Yo sembré. Yo arreglé. Yo cuidé”.
Y estoy seguro de que San Pedro, que fue pescador y tenía las manos curtidas por la sal y las redes, me va a sonreír, me va a abrir la reja y me va a decir: “Pásale, colega. Aquí también hacen falta manos como las tuyas”.
FIN.