
La lluvia caía sin piedad sobre Paseo de la Reforma, mezclándose con las luces de los autos estancados en el tráfico. A mis 37 años, acababa de cerrar otro trato millonario, de esos que supuestamente te garantizan la felicidad, pero al salir del edificio, el frío en mi pecho no era por el clima.
Me ajusté el abrigo de lana, ese escudo negro hecho a la medida que usaba para protegerme no solo del viento, sino del mundo entero. Estaba a punto de subirme a mi auto blindado cuando la escuché. Una voz tan bajita que casi se pierde entre el ruido de la tormenta y los cláxones.
—Disculpe, señor….
Bajé la mirada. Ahí, parada en la banqueta empapada, había una niña que no debía tener más de cuatro años. Sus rizos estaban pegados a la frente por el agua y sus mejillas ardían en un rojo que gritaba fiebre o frío extremo. Llevaba una chamarra rosa pálido, sucia y desgastada, que le quedaba enorme, y unas botitas que claramente no eran de su talla.
Sus ojos, grandes y oscuros, me miraron con un terror que me paralizó. Temblaba violentamente. Me agaché, sin importarme que mis pantalones italianos tocaran el suelo sucio y mojado.
—¿Estás perdida, pequeña? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
Ella negó con la cabeza, y su labio inferior empezó a temblar aún más, conteniendo el llanto.
—No puedo despertar a mi mamá —susurró. Las palabras me golpearon más fuerte que cualquier crisis financiera. —¿Qué quieres decir? ¿Dónde está?
—En la casa. Traté y traté, pero no abre los ojos. Está tirada en el suelo junto al sofá… Me dio miedo. Ella me dijo: “Si hay una emergencia, busca ayuda”. Nadie me hacía caso, todos pasaban rápido….
Mi mente, entrenada para resolver problemas complejos, cambió de marcha en un segundo. El empresario desapareció; quedó el hombre.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, tomando sus manitas heladas. —Sofía. —Okay, Sofía. Soy Alejandro. Llévame con tu mamá. Ahora.
Ella me apretó la mano con una confianza que no merecía y me guió hacia las calles oscuras, lejos de los edificios de cristal, hacia una realidad que yo había decidido ignorar por años. No sabía lo que encontraríamos al llegar, pero sabía que mi vida acababa de cambiar.
¿PODRÁ UNA NIÑA DE 4 AÑOS SALVAR A SU MADRE Y EL ALMA DE UN DESCONOCIDO?
Aquí tienes la continuación detallada de la historia, narrada en primera persona por Alejandro, con un estilo profundo, descriptivo y totalmente adaptado al contexto mexicano.
PARTE 2: EL ABISMO ENTRE DOS MUNDOS
Sus dedos eran pequeños carámbanos de hielo contra mi palma. Cuando Sofía apretó mi mano, sentí una sacudida eléctrica que no tenía nada que ver con la tormenta que azotaba la Ciudad de México y todo que ver con el despertar de una conciencia que yo había adormecido con whisky caro y sábanas de seda durante la última década.
—Es por aquí, señor —dijo, jalándome con una urgencia que desafiaba sus piernas cortas y temblorosas.
Dejamos atrás la seguridad de la banqueta de Reforma, esa burbuja de concreto pulido y rascacielos que tocan las nubes, para adentrarnos en las calles laterales. A medida que avanzábamos, la ciudad cambiaba de piel. Las luces neón de los corporativos y los hoteles de lujo se desvanecieron, reemplazadas por farolas parpadeantes que zumbaban como insectos moribundos, arrojando una luz amarilla y enferma sobre los charcos de aceite y agua negra.
Mis zapatos italianos, hechos a mano por un artesano en Florencia que cobraba más de lo que una familia promedio gana en un año, chapoteaban ahora en el lodo y la basura acumulada en las alcantarillas tapadas. Sentí cómo el agua fría se filtraba por las costuras, empapando mis calcetines, un recordatorio físico y desagradable de que el dinero no impermeabiliza contra la realidad.
Caminamos durante lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo quince minutos. Nos adentramos en la zona de la colonia Guerrero, o tal vez era la Morelos; en la oscuridad y bajo el diluvio, las fronteras de los barrios bravos se desdibujan. Las fachadas de los edificios aquí no eran de cristal; eran de tezontle viejo, ladrillo descarapelado y portones de metal oxidados llenos de grafitis territoriales.
El viento soplaba con furia, arrastrando bolsas de plástico y olor a garnacha rancia mezclado con la humedad penetrante de las coladeras. Sofía no dejaba de temblar, pero no se detenía. Iba con la cabeza gacha, rompiendo el viento con su cuerpecito frágil, guiando a un gigante inútil hacia su destino. Me quité el abrigo. Ese abrigo de lana negra que costaba una fortuna.
—Toma —le dije, deteniéndola un segundo bajo el toldo roto de una tiendita de abarrotes cerrada con rejas de acero.
Me agaché y la envolví en él. Le quedaba gigantesco, como una capa real arrastrándose por el suelo sucio, pero al menos cubriría sus brazos helados. Ella me miró, y por un segundo, vi su rostro iluminado por un relámpago. Tenía los labios morados.
—Gracias —murmuró, y sus dientes castañearon. —Ya casi llegamos. Es esa vecindad de allá.
Señaló un edificio antiguo, de esos que alguna vez fueron casonas porfirianas y ahora eran multifamiliares que se caían a pedazos, sosteniéndose más por milagro y costumbre que por arquitectura. La entrada era un arco oscuro que parecía una boca de lobo.
Entramos. El ruido de la lluvia cambió, volviéndose un eco sordo y constante que resonaba en el patio central. El lugar olía a jabón Zote, a frijoles quemados y a humedad antigua, ese olor que se mete en los huesos y nunca sale. Había ropa tendida en lazos que cruzaban el patio como telarañas, ahora empapada y triste bajo la tormenta. Un perro callejero, flaco y sarnoso, nos ladró desde una esquina, pero se calló al ver mi tamaño o tal vez al oler el miedo que yo intentaba disimular.
—Vivimos hasta arriba —dijo Sofía, señalando una escalera de concreto con los bordes rotos.
Subir esas escaleras fue un viaje al infierno de mi propia ignorancia. En cada descanso veía triciclos oxidados, altares a la Virgen de Guadalupe con veladoras casi apagadas y puertas cerradas tras las cuales se escuchaban discusiones, televisores a todo volumen o el llanto de algún bebé. Era la banda sonora de la supervivencia, una sinfonía que yo había olvidado que existía desde mi ático insonorizado en Santa Fe.
Llegamos al tercer piso. A Sofía le faltaba el aire. Se detuvo frente a una puerta de madera contrachapada, despintada, con el número “304” escrito con plumón negro sobre un pedazo de cinta adhesiva.
—Aquí es —susurró, y el miedo volvió a sus ojos con una intensidad que me rompió el alma. —Mamá no se ha movido.
Giró la perilla. No estaba cerrada con llave. Eso, en esta ciudad y en este barrio, era un signo de descuido fatal o de una emergencia absoluta. La puerta chirrió al abrirse.
El cuarto era minúsculo. Un solo espacio que servía de cocina, sala y dormitorio. Una bombilla desnuda colgaba del techo, parpadeando por las variaciones de voltaje. Lo primero que vi fue una máquina de coser antigua sobre una mesa plegable, rodeada de montañas de tela, hilos y patrones de vestidos. Era el taller de una guerrera.
Y ahí estaba ella.
Tirada en el suelo de linóleo, entre la mesa y un sofá cama desvencijado.
—¡Mamá! —gritó Sofía, corriendo hacia ella, tropezando con los bajos de mi abrigo.
Me precipité detrás de la niña, el instinto de acción reemplazando al shock. La mujer, Elena —asumí que ese sería su nombre, o tal vez simplemente “mamá” para el universo de Sofía—, yacía boca abajo. Vestía unos jeans desgastados y una camiseta gris. Estaba descalza.
Me arrodillé a su lado, ignorando el dolor en mis rodillas al golpear el suelo duro. Giré su cuerpo con sumo cuidado. Era joven, dolorosamente joven, quizás no más de veinticinco o veintiséis años. Su rostro estaba pálido, con esa palidez cerosa que he visto en las salas de juntas cuando alguien recibe una noticia devastadora, pero esto era físico, era vital. Tenía ojeras profundas, marcadas como moretones bajo sus ojos cerrados, y sus labios estaban secos y agrietados.
—Señor Alejandro, dígale que despierte —me suplicó Sofía, jalándome la manga de la camisa empapada. —¡Dígale que ya no tengo hambre, que no importa la cena, pero que despierte!
Esa frase me golpeó el estómago como un puñetazo. “Ya no tengo hambre”. Dios mío. La niña pensaba que su madre estaba así por el estrés de conseguir comida.
Coloqué dos dedos sobre su cuello, buscando la arteria carótida. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por el terror de no encontrar nada. Cerré los ojos, concentrándome, bloqueando el sonido de la lluvia y los sollozos de Sofía.
Ahí estaba. Un pulso. Pero era débil, errático, como el aleteo de un pájaro herido. Pum… pum……. pum.
—Está viva —dije, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo. —Sofía, tu mamá está viva.
La niña soltó un gemido y se abrazó al cuello de su madre, mojando la camiseta gris con sus lágrimas.
—Pero está muy mal —añadí para mí mismo. Toqué su frente. Estaba ardiendo. Una fiebre brutal. Sudaba frío. Miré alrededor buscando pistas. En la mesa, junto a la máquina de coser, había un vaso de agua vacío y un blíster de pastillas genéricas, paracetamol barato, totalmente vacío. También vi una nota, garabateada con prisa en una servilleta: “Entregar pedido docena vestidos – Jueves sin falta o no hay pago”.
Agotamiento. Infección. Tal vez neumonía. Desnutrición. Era un colapso sistémico provocado por la pobreza y el esfuerzo sobrehumano de mantener a flote a su hija. Esta mujer no había dormido, no había comido bien, y había trabajado hasta que su cuerpo simplemente dijo “basta”.
—Tenemos que irnos. Ya —dije, poniéndome de pie.
Saqué mi celular. Sin señal. Maldita sea, las paredes gruesas de la vecindad bloqueaban todo. No podía llamar a una ambulancia. Y aunque pudiera, ¿cuánto tardarían en entrar a este laberinto en medio de una tormenta? ¿Una hora? ¿Dos? Ella no tenía ese tiempo.
Miré a Sofía.
—Sofía, escúchame bien. Voy a cargar a tu mamá. Tú vas a venir pegada a mí. No te sueltes de mi pantalón, ¿entiendes? Vamos a llevarla a un hospital donde los doctores la van a curar.
—¿En su carro? —preguntó ella, con los ojos muy abiertos.
—En mi carro.
Me agaché y pasé mis brazos por debajo del cuerpo de Elena. Era ligera, demasiado ligera para un adulto. Sentí sus costillas contra mi pecho. La levanté con un gruñido, ajustando su peso. Su cabeza cayó inerte sobre mi hombro, su cabello largo y oscuro rozando mi mejilla. Olía a vainilla barata y a sudor. Olía a dignidad.
—Vamos, Sofía. ¡Ándale! —ordené.
Salimos del departamento. Dejar esa puerta abierta se sentía como abandonar una trinchera, pero no había opción. Bajar las escaleras con una mujer inconsciente en brazos y una niña de cuatro años aferrada a mi pierna fue la prueba física más grande de mi vida. Mis músculos, tonificados en un gimnasio exclusivo de Lomas de Chapultepec, ardían con cada escalón. El miedo a resbalar y caer con ella me hacía sudar más que la lluvia.
Al llegar al patio, la tormenta había empeorado. El cielo se caía a pedazos.
—¡Cúbrete con el abrigo! —le grité a Sofía sobre el estruendo del agua.
Cruzamos el patio bajo el aguacero. Sentí cómo el agua empapaba a Elena, y me maldije por no tener tres manos para cubrirla. Corrí, o al menos intenté correr, hacia la salida de la vecindad y de vuelta a las calles oscuras.
El camino de regreso a donde había dejado mi auto fue una pesadilla borrosa. La gente que se resguardaba en los toldos nos miraba pasar: un hombre de traje empapado cargando a una mujer desmayada, seguido por una niña que parecía un fantasma envuelto en lana negra. Nadie ofreció ayuda. En esta ciudad, meterse en problemas ajenos es un deporte de riesgo que nadie quiere practicar. El miedo paraliza la empatía.
Finalmente, vi las luces traseras de mi sedán alemán. Estaba estacionado en doble fila, con las intermitentes encendidas, brillando como un faro en la niebla.
—¡Rogelio! —grité con lo que me quedaba de voz.
La puerta del conductor se abrió de golpe. Rogelio, mi chofer y escolta desde hacía cinco años, un ex militar de rostro pétreo que rara vez mostraba emoción, salió con un paraguas, pero se detuvo en seco al ver la escena. Sus ojos escanearon la situación en un microsegundo: amenaza o emergencia.
—¡Señor Montes! —exclamó, tirando el paraguas y corriendo hacia nosotros. —¡¿Qué pasó?! ¿Lo asaltaron?
—¡Abre la puerta de atrás! ¡Rápido, carajo! —bramé, ignorando su pregunta.
Rogelio obedeció al instante. Abrió la puerta trasera y me ayudó a acomodar a Elena en los asientos de piel color crema. El contraste era violento: su ropa sucia y mojada manchando la tapicería inmaculada de un auto que costaba más que todo el edificio de donde veníamos.
—Súbete, Sofía —le dije a la niña, empujándola suavemente hacia el interior cálido del vehículo. Ella se trepó, gateando hasta quedar junto a la cabeza de su madre, acariciándole el pelo mojado.
Yo me dejé caer en el asiento del copiloto, cerrando la puerta y aislando el ruido de la tormenta. El silencio del auto blindado fue ensordecedor. Solo se escuchaba mi respiración agitada y el suave zumbido del aire acondicionado.
—¿A dónde, jefe? —preguntó Rogelio, ya al volante, con el motor rugiendo. Me miró por el retrovisor, vi su confusión, pero también su lealtad absoluta.
—Al Hospital Español. O a Médica Sur. Al que lleguemos más rápido. ¡Vuela, Rogelio! ¡Se nos va!
—El tráfico en Reforma está parado, señor. Tendré que meterme por las calles, cortar camino por la Doctores —dijo Rogelio, poniendo la palanca en modo deportivo.
—Haz lo que tengas que hacer. Súbete a la banqueta si es necesario. Pero llévanos ya.
El auto arrancó con un chillido de llantas, la tracción integral luchando contra el asfalto mojado. Rogelio manejaba como el profesional que era, esquivando baches, microbuses y taxis imprudentes. Yo me giré hacia atrás.
Sofía tenía la mano de su madre pegada a su mejilla.
—Mamita, despierta, mira qué bonito carro… huele a limpio… despierta, por favor —susurraba.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí. Una represa que había construido ladrillo a ladrillo desde que mi propio padre me dijo que “los hombres no lloran, los hombres facturan”. Me quité la corbata, que sentía como una soga al cuello, y la tiré al piso.
—Rogelio, prende la calefacción a tope atrás —ordené.
—Sí, señor.
—Y llama al hospital. Diles que vamos en camino. Código rojo, o como sea que le llamen. Diles que soy Alejandro Montes. Que preparen todo.
—Entendido.
Mientras Rogelio hablaba por el manos libres con emergencias, imponiendo autoridad con mi nombre, yo no podía dejar de mirar por el retrovisor a esa niña. Tan pequeña. Tan sola. Y sin embargo, con una fortaleza que avergonzaría a todos mis socios comerciales.
¿Qué hubiera pasado si yo hubiera subido mi ventanilla? ¿Si hubiera ignorado esa vocecita bajo la lluvia? Elena habría muerto en ese piso frío. Sofía se habría quedado sola en una vecindad oscura, esperando un milagro que nunca llegaría. La fragilidad de la vida me golpeó con la fuerza de un tren. Mi éxito, mis cuentas bancarias, mis propiedades… todo pendía de un hilo tan delgado como la respiración entrecortada de esa mujer en el asiento trasero.
—Jefe, dicen que la entrada de urgencias está saturada, que hay lista de espera… —dijo Rogelio, tapando el micrófono del teléfono.
La furia me invadió. Una furia caliente y justa.
—Dames ese teléfono —le arranqué el celular de la mano. —Escúcheme bien, quien quiera que sea. Soy Alejandro Montes, accionista mayoritario de Grupo Vértice. Llevo a una paciente en estado crítico. Si llego ahí y no hay una camilla esperándola en la puerta, voy a comprar ese maldito hospital solo para despedirlo a usted por incompetente. ¿Me entendió? Llego en cinco minutos.
Colgué y aventé el teléfono al tablero.
Rogelio me miró de reojo, con una mezcla de miedo y respeto. Nunca me había visto así. Yo siempre era el hombre de hielo, el negociador calmado. Hoy era un animal acorralado peleando por su manada. Y lo más extraño era que esa mujer y esa niña no eran mi manada. Eran dos extrañas. Pero en ese momento, eran lo único que importaba en el universo.
Llegamos al hospital derrapando. Rogelio cumplió su palabra; se saltó tres semáforos en rojo y se metió en sentido contrario una cuadra para evitar un bloqueo. Al entrar a la rampa de urgencias, ya había un equipo de enfermeros y un médico esperando. Mi amenaza había funcionado. El dinero mueve montañas, y en México, lamentablemente, también decide quién vive y quién muere más rápido.
Abrí la puerta trasera antes de que el auto se detuviera por completo.
—¡Aquí! —grité. —¡Inconsciente, fiebre alta, posible desnutrición severa!
Los paramédicos sacaron a Elena con una eficiencia brutal. La subieron a la camilla. Sofía no la soltaba.
—¡Mamá! ¡No se la lleven! —gritó la niña, entrando en pánico al ver cómo se llevaban a su madre rodeada de extraños con batas blancas.
La agarré antes de que pudiera correr tras la camilla y ser arrollada por el caos de la sala de urgencias. La levanté en brazos. Ella pataleó y me golpeó el pecho con sus puñitos cerrados.
—¡Suéltame! ¡Quiero ir con mi mamá! ¡Déjame!
—Shhh, shhh, Sofía, tranquila —le dije, apretándola contra mí, sintiendo sus sollozos vibrar en mi propio pecho. —Ellos la van a ayudar. No puedes entrar ahí, estorbaríamos. Tienen que trabajar rápido.
—¡Pero está sola! ¡Le da miedo estar sola! —lloraba, inconsolable.
—No está sola. Tú estás aquí. Y yo estoy aquí. Y no nos vamos a ir. Te lo prometo, Sofía. Te lo prometo por mi vida.
Poco a poco, su lucha cesó y se convirtió en un llanto quedo, agotado. Apoyó su cabeza en mi hombro, empapando mi camisa de lágrimas y agua de lluvia. Me quedé allí, parado en medio de la entrada de urgencias, un hombre de negocios multimillonario, sucio, despeinado, sosteniendo a una niña pobre que no conocía, mientras los guardias de seguridad nos miraban con desconfianza hasta que reconocieron la marca de mi reloj o tal vez la arrogancia innata de mi postura.
—Señor Montes —se acercó una enfermera con una tabla de sujetar papeles, visiblemente nerviosa. —Necesitamos… necesitamos los datos de la paciente para el ingreso. Y un depósito de garantía o una tarjeta de crédito.
La miré con una intensidad que la hizo dar un paso atrás.
—No sé su apellido —dije, y la realidad de la situación me pareció absurda. Estaba salvando a una mujer de la que no sabía nada. —Se llama Elena. Póngale “Elena N”.
Saqué mi cartera, empapada, y extraje la tarjeta negra de titanio.
—Tome. Cobre lo que tenga que cobrar. Habitación privada. Los mejores especialistas. Si necesita algo que no tienen aquí, mándelo traer. No escatime en nada.
La enfermera tomó la tarjeta con dedos temblorosos.
—Sí, señor. Por favor, pasen a la sala de espera privada.
Caminé hacia la sala de espera, todavía con Sofía en brazos. Ella se había quedado dormida, o tal vez se había desmayado del agotamiento. Era un bulto pequeño y caliente contra mi cuerpo. Me senté en uno de los sillones de piel sintética. El hospital olía a antiséptico y a café quemado, un olor que siempre asocié con la muerte de mi madre años atrás. Un escalofrío me recorrió la espalda.
Miré a la niña dormida. Su carita estaba sucia, tenía lodo en la mejilla. Con mi pulgar, intenté limpiarle la mancha con una delicadeza que no sabía que poseía.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué iba a pasar cuando Elena despertara? ¿Y si no despertaba?
El tiempo se dilató. Los minutos se convirtieron en horas viscosas y lentas. Rogelio apareció con un café y unos sándwiches de la cafetería.
—Jefe, le traje algo. Y una manta que conseguí para la niña.
—Gracias, Rogelio. Vete a casa. Descansa.
—No, señor. Me quedo. No lo voy a dejar aquí solo. Además… —Rogelio miró a la niña y su voz se suavizó—, quiero saber si la señora la libra.
Asentí. Rogelio era un buen hombre. Mejor que yo, probablemente.
Cubrí a Sofía con la manta. Ella se removió en sueños y murmuró “mamá”.
Pasaron tres horas. El reloj de pared marcaba las 2:00 AM. La lluvia había cesado afuera, pero la tormenta dentro de mi cabeza estaba en su apogeo. Repasé mi vida: las reuniones, los viajes, las mujeres pasajeras que solo buscaban mi estatus, la casa vacía que parecía un museo y no un hogar. Todo eso parecía ceniza comparado con la intensidad de esta noche. Había sentido más miedo, más propósito y más dolor en estas últimas cuatro horas que en los últimos diez años.
Finalmente, la puerta de la zona de quirófanos y terapia intensiva se abrió. Un médico alto, canoso, con cara de cansancio, salió buscando a alguien con la mirada. Se acercó a mí al ver que era el único que parecía esperar noticias de “Elena N”.
Me puse de pie con cuidado de no despertar a Sofía, dejándola recostada en el sillón.
—¿Doctor? Soy Alejandro Montes. ¿Cómo está ella?
El médico suspiró y se quitó los lentes, frotándose el puente de la nariz. Ese gesto me heló la sangre. Lo conocía. Era el gesto de las malas noticias.
—Señor Montes, la paciente llegó en un estado crítico de choque séptico. Tenía una infección renal muy avanzada que se complicó por una neumonía y una desnutrición severa. Su sistema inmunológico estaba por los suelos.
—¿”Estaba”? —pregunté, sintiendo que el piso se abría bajo mis pies. —Hable claro, doctor.
—La estabilizamos. Está viva —dijo, y volví a respirar. —Pero…
—¿Pero qué?
—Entró en coma. Su cuerpo colapsó. Tuvimos que inducir el coma para permitir que los antibióticos y el soporte vital hagan su trabajo sin que su cerebro gaste energía. Las próximas 48 horas son cruciales. Si pasa de esta noche, tiene oportunidad. Si no…
Dejó la frase en el aire. No necesitaba terminarla.
—¿Puedo verla?
—Solo un momento. Está en Terapia Intensiva.
Miré a Sofía, dormida en el sillón. Rogelio, que estaba sentado en una esquina, se levantó.
—Yo la cuido, jefe. Vaya.
Entré a la UCI. El sonido de los monitores cardíacos era el único ruido. Beep… beep… beep. Allí estaba Elena. Conectada a tubos, cables y máquinas que respiraban por ella. Se veía aún más pequeña en esa cama de hospital inmensa. Ya no tenía la ropa sucia; llevaba una bata azul celeste. Su piel estaba casi traslúcida.
Me acerqué a la cama. Sentí una necesidad inmensa de pedirle perdón. Perdón por un mundo que permite que alguien trabaje hasta morir de hambre mientras otros tiran comida. Perdón por haber tardado tanto en llegar. Perdón por ser quien era.
Tomé su mano inerte, que ahora estaba caliente por la fiebre, pero limpia.
—Elena… —susurré, sintiéndome ridículo por hablarle a alguien en coma, pero incapaz de detenerme. —No te conozco. No sé quién eres ni de dónde vienes. Pero tienes que luchar. Tienes una hija allá afuera que cree que eres una superheroína. Ella movió cielo, mar y tierra para traerme aquí. No puedes fallarle ahora. No te atrevas a dejarla sola.
Apreté su mano.
—Yo me voy a encargar de todo. No te preocupes por el dinero, ni por la renta, ni por los vestidos. Me encargaré de Sofía mientras duermes. Pero tienes que despertar. Tienes que despertar porque… porque creo que tú y tu hija acaban de salvarme la vida a mí, y necesito darles las gracias.
Me quedé allí unos minutos más, observando el ritmo hipnótico del respirador artificial. Cuando salí, sentí un peso sobre los hombros que no era físico. Era responsabilidad.
Volví a la sala de espera. Sofía estaba despertando, frotándose los ojos. Al verme, saltó del sillón.
—¿Y mi mamá? ¿Ya despertó?
Me arrodillé frente a ella para estar a su altura. No podía mentirle, pero tampoco podía destruir su esperanza.
—Tu mamá está durmiendo, Sofía. Está muy cansada. Los doctores le dieron una medicina para que duerma mucho y pueda curarse.
—¿Como la Bella Durmiente? —preguntó con inocencia.
Sonreí tristemente.
—Sí, pequeña. Como la Bella Durmiente.
—¿Y quién la va a despertar? ¿Un príncipe?
Negué con la cabeza, tomando sus manitas.
—No, mi amor. Tú. Tú la vas a despertar con tu amor, cuando ella esté lista. Pero por ahora, tenemos que dejarla descansar.
—¿Y yo dónde voy a dormir? —preguntó, mirando alrededor con miedo. —No quiero volver a la casa sola.
—No vas a volver ahí. No hoy.
Me levanté y miré a Rogelio.
—Vamos a mi casa. Prepara el cuarto de huéspedes. Y llama a… no sé, llama a alguien que sepa de niños. Consigue ropa, juguetes, lo que sea necesario para mañana.
—Sí, señor.
Tomé a Sofía de la mano. Salimos del hospital justo cuando el primer rayo de sol del amanecer rompía las nubes grises sobre la Ciudad de México. La tormenta había pasado, pero el suelo seguía mojado. Mi vida anterior, ordenada y perfecta, había sido arrasada por el agua. Ahora tenía un caos entre manos: una mujer en coma, una niña desconocida bajo mi tutela y un corazón que, por primera vez en años, latía con miedo y esperanza al mismo tiempo.
Mientras caminábamos hacia el auto, el celular en mi bolsillo vibró. Era mi socia, seguramente preguntando por qué no había enviado los reportes finales de la fusión. Saqué el teléfono, miré la pantalla y lo apagué.
El negocio podía esperar. La vida no.
Subimos al auto. Sofía se acurrucó en el asiento trasero y cerró los ojos, confiando ciegamente en mí. La miré por el retrovisor una última vez antes de arrancar.
—Descansa, Sofía —susurré. —La pesadilla terminó. O apenas empieza.
No sabía qué pasaría mañana. No sabía si Elena sobreviviría. No sabía cómo cuidar a una niña. Pero mientras conducía por las calles de una ciudad que despertaba, supe que ya no era el mismo Alejandro Montes que había salido de su oficina la noche anterior. Ese hombre había muerto bajo la lluvia, y algo nuevo había nacido en su lugar.
PARTE 3: UN CASTILLO DE CRISTAL Y UNA PROMESA DE MEÑIQUE
El silencio dentro del auto blindado era absoluto, un vacío presurizado que contrastaba violentamente con el caos emocional que acabábamos de dejar atrás en la sala de urgencias. Rogelio conducía con esa suavidad casi clínica que lo caracterizaba, deslizando el sedán alemán por las arterias de concreto de una ciudad que apenas empezaba a desperezarse bajo un cielo color panza de burro.
Miré por la ventana polarizada. La Ciudad de México amanecía gris, lavada por la tormenta de anoche, pero sucia por la realidad de siempre. Pasamos los puentes de Santa Fe, esa zona de la ciudad que parece un espejismo de primer mundo incrustado a la fuerza sobre barrancas de pobreza. Edificios de cristales espejados se alzaban como agujas hipodérmicas inyectando capital al cielo, mientras allá abajo, ocultas por muros verdes y vallas publicitarias, las casas de ladrillo gris se aferraban a la tierra.
Nunca antes me había sentido tan hipócrita al cruzar este código postal.
—Ya casi llegamos, jefe —murmuró Rogelio, rompiendo el silencio. Sus ojos me buscaron en el retrovisor, cargados de una preocupación paternal que no le correspondía a un empleado, pero sí a un cómplice.
Miré a mi lado. Sofía seguía dormida en el asiento de piel, hecha un ovillo. Se veía tan fuera de lugar en ese entorno de lujo estéril como una flor silvestre arrancada de raíz y puesta en un quirófano. La manta que Rogelio había conseguido la cubría casi por completo, pero un piecito descalzo y sucio asomaba por una esquina, manchando levemente la alfombra del piso. En otro momento, ver mi auto impecable sucio de lodo me habría provocado una mueca de disgusto. Hoy, esa mancha de tierra me parecía la única cosa real en todo mi universo.
El auto se detuvo frente a la inmensa reja de acero de “Torre Vértice”, mi fortaleza. Los guardias de seguridad, con sus uniformes tácticos y armas largas, asintieron con respeto al reconocer el vehículo. La reja se abrió con un zumbido eléctrico, permitiéndonos entrar a la burbuja.
—Rogelio —dije en voz baja mientras entrábamos al estacionamiento subterráneo, iluminado como una galería de arte—. No quiero que nadie sepa que está aquí. Ni mi socia, ni el personal administrativo, nadie. Sube por el elevador de servicio si es necesario, aunque no creo que a esta hora haya nadie en el lobby.
—No se preocupe, señor. Subimos por el privado directo al penthouse. Nadie verá nada.
Estacionó el auto en mi cajón reservado, una isla de concreto pulido lejos del resto de los mortales. Apagué el motor emocional que me había mantenido funcionando las últimas seis horas y sentí el agotamiento caer sobre mí como una losa de plomo. Me dolía todo: los brazos por cargar a Elena , las piernas por subir y bajar escaleras de vecindad, pero sobre todo, me dolía el pecho, justo donde se supone que debería estar ese corazón de piedra del que tanto me enorgullecía en los negocios.
—Sofía… —susurré, tocando suavemente su hombro. —Pequeña, ya llegamos.
Ella abrió los ojos de golpe, desorientada. El terror cruzó su mirada por un segundo hasta que me reconoció.
—¿Alejandro? —preguntó, su voz ronca por el llanto y el sueño. El hecho de que me llamara por mi nombre, sin el “señor” que usaba antes, me provocó un nudo en la garganta.
—Sí, soy yo. Vamos arriba. Tienes que descansar en una cama de verdad.
La cargué de nuevo. Se aferró a mi cuello como un koala, escondiendo la cara en mi hombro húmedo. Salimos del auto y caminamos hacia el elevador privado. Rogelio iba detrás, cargando la bolsa con los sándwiches fríos que no nos comimos y la manta.
Cuando las puertas del elevador se cerraron y sentí el tirón de la gravedad impulsándonos hacia el piso 42, Sofía se tensó.
—Se me tapan los oídos —se quejó.
—Abre la boca un poquito, como si fueras a bostezar —le indiqué—. Estamos subiendo muy alto. Casi a las nubes.
—¿Ahí vive Dios? —preguntó con una inocencia que me desarmó.
—No, Sofía. Aquí solo vivo yo. Y a veces creo que Dios ni siquiera voltea a ver este edificio.
El ding suave del elevador anunció nuestra llegada. Las puertas se abrieron directamente al vestíbulo de mi departamento. Entrar ahí fue como cruzar un portal dimensional. De la vecindad olorosa a jabón Zote y frijoles quemados, habíamos pasado a un espacio de 600 metros cuadrados de mármol italiano, arte abstracto y ventanales de piso a techo que mostraban la ciudad a nuestros pies.
Todo era blanco, gris y negro. Minimalista. Frío. Perfecto. Y absolutamente inadecuado para una niña.
Bajé a Sofía. Ella se quedó parada en la entrada, sobre el tapete de bienvenida, temerosa de pisar el suelo inmaculado con sus pies sucios.
—¿Es un museo? —preguntó, mirando una escultura de acero cromado que me había costado lo mismo que un auto deportivo.
—Es mi casa. Bueno, es donde duermo. Pásale, no te quedes ahí.
—Voy a ensuciar —dijo, mirando sus pies.
—¡Al diablo con el piso! —exclamé, tal vez demasiado fuerte, porque ella dio un saltito. Me agaché rápido para suavizar mi tono. —Perdón. Lo que quiero decir es que no importa. El piso se limpia. Tú eres lo importante. Ven.
La tomé de la mano y la guié hacia la sala. Se sentó en la orilla del inmenso sofá de piel blanca, rígida, con las manos en el regazo, como si esperara un regaño. Rogelio dejó las cosas en la barra de la cocina.
—Señor —dijo Rogelio en voz baja—, Doña Matilde llega en una hora, a las 8:00. ¿Quiere que le avise o prefiere que le diga que no venga?
Doña Matilde. Mi ama de llaves. Una mujer oaxaqueña de sesenta años que llevaba trabajando conmigo desde que compré este lugar. Era la eficiencia personificada, silenciosa, invisible. Pero hoy… hoy necesitaba algo más que eficiencia. Necesitaba humanidad.
—Que venga, Rogelio. Que venga y… necesito que vayas a comprar cosas. Ropa para niña talla 4, pijamas, cepillo de dientes, shampoo que no pique en los ojos… no sé, cosas de niñas. Y comida. Comida de verdad, no las cosas orgánicas y raras que tengo en el refrigerador. Compra cereal de colores, leche normal, fruta, pan dulce.
—Entendido, jefe. ¿Algo más?
—Sí. Cancela mi agenda. Toda.
Rogelio alzó una ceja, la única señal de sorpresa que se permitió.
—Tiene la reunión con los inversionistas japoneses a las 11:00, señor. Y la comida con la Licenciada Valeria.
—Cancélalo. Diles que… diles que me estoy muriendo. O que me secuestraron. Me da igual. No voy a ir.
—Les diré que surgió una emergencia personal impostergable.
—Gracias, Rogelio. Eres el único que no ha perdido la cabeza. Ahora vete, descansa un rato y regresa con las cosas.
Cuando Rogelio se fue y el silencio del departamento volvió a cerrarse sobre nosotros, me quedé a solas con Sofía. Ella me miraba con esos ojos grandes y oscuros que parecían contener toda la tristeza del mundo.
—Tengo sed —susurró.
—Claro, claro. Agua.
Fui a la cocina, que parecía más un laboratorio de la NASA que un lugar para cocinar. Abrí el refrigerador de doble puerta. Dentro había botellas de agua mineral francesa, champán, quesos curados y unos tuppers con comida keto que mi chef privado dejaba preparados. Nada que una niña de cuatro años reconociera como consuelo.
Saqué una botella de agua, serví un vaso de cristal (demasiado pesado, demasiado frágil) y se lo llevé. Ella lo tomó con ambas manos y bebió con avidez.
—Gracias.
—Sofía, necesitas un baño. Estás mojada y tienes frío. Y luego vamos a dormir un poco, ¿te parece?
Ella asintió, pero luego frunció el ceño.
—No tengo ropa.
—Ah… cierto. —Me pasé la mano por el pelo, frustrado por mi propia inutilidad. —Te voy a prestar una camiseta mía. Te va a quedar como un vestido de noche, pero estará limpia y seca.
La llevé al baño principal. Si la sala le pareció un museo, el baño le pareció una nave espacial. La tina era un jacuzzi independiente con vista a la ciudad. La regadera tenía más controles que la cabina de un avión.
—Yo no sé usar esto —dijo ella, retrocediendo.
—Yo te ayudo. A ver… —Abrí la llave de la tina. El agua caliente empezó a llenar el espacio, soltando vapor. Busqué jabón. Solo tenía geles de ducha con aroma a sándalo y tabaco, o exfoliantes volcánicos. Maldita sea mi vida de soltero pretencioso. Encontré una barra de jabón neutro al fondo de un cajón. Eso serviría.
—¿Te sabes bañar solita? —pregunté, sintiendo el calor subir a mis mejillas. No sabía cuál era el protocolo aquí. No soy padre. No tengo sobrinos. Soy un hombre que vive entre hojas de cálculo.
—Sí, pero mi mamá siempre me talla la espalda —dijo, y la mención de su madre hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas otra vez.
—Está bien, está bien. Tú puedes hacerlo. Yo me voy a quedar aquí afuera, justo detrás de la puerta, ¿ok? Te voy a dejar la toalla aquí. Si necesitas algo, me gritas. “¡Alejandro!”. Así de fuerte.
—Sí.
Le dejé una de mis camisetas blancas de algodón egipcio y una toalla que era más grande que una sábana matrimonial para ella. Salí y cerré la puerta, recargándome contra ella, escuchando el chapoteo del agua.
Me deslicé hasta sentarme en el suelo del pasillo. Saqué mi celular del bolsillo, ese aparato que había apagado con tanta determinación hace unas horas. Lo encendí.
La pantalla se iluminó como un árbol de navidad epiléptico. 47 llamadas perdidas. 120 mensajes de WhatsApp. 30 correos electrónicos marcados como “URGENTE”.
Valeria. Mi socia. Mi ex-amante ocasional. La mujer con la que había construido Grupo Vértice. Tenía 15 llamadas de ella.
El teléfono vibró en mi mano. Era ella otra vez.
Dudé. Mi instinto comercial, ese reflejo pavloviano de atender el negocio, me gritaba que contestara. Pero luego escuché a Sofía tarareando bajito dentro del baño, una melodía triste y desafinada, probablemente para espantar el miedo.
Contesté.
—¡Alejandro! ¡Por el amor de Dios! —La voz de Valeria taladró mi oído. —¿Dónde carajos estás? Los japoneses ya están preguntando si vamos a enviar el chofer. No has firmado los pre-acuerdos. ¿Te volviste loco? Llevo toda la noche intentando localizarte. Pensé que te habías matado en la carretera con esa lluvia.
—Estoy en casa, Valeria —dije, con una calma que me sorprendió a mí mismo.
—¿En casa? ¿Estás enfermo? Te escuchas raro.
—No estoy enfermo. Estoy… ocupado.
—¿Ocupado? Alejandro, hoy cerramos la fusión más grande del año. Son doscientos millones de dólares. No puedes estar “ocupado”. Necesito que estés en la oficina en una hora, bañado, rasurado y con esa sonrisa de tiburón que convence a cualquiera.
—No voy a ir, Valeria.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio estupefacto.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no voy a ir. Ni hoy, ni probablemente mañana. Tienes poderes notariales. Firma tú. Tú conoces el negocio mejor que nadie. Di que tengo… COVID. O viruela del mono. Invéntate algo. Eres creativa.
—Alejandro, esto no es un juego. ¿Estás borracho? ¿Hay una mujer ahí?
Miré la puerta del baño.
—Hay una niña —dije.
—¿Qué? ¿Una niña? ¿De qué hablas? ¿Eres papá y no sabíamos?
—No, Valeria. Es… es una larga historia. Escúchame bien. No me llames por temas de trabajo hoy. Si el edificio se está incendiando, deja que se queme, tenemos seguro. Hoy tengo que cuidar algo que no se puede reemplazar con una póliza de seguros.
—Alejandro, te vas a arrepentir de esto. Si esos japoneses se levantan de la mesa…
—Que se levanten. Que se vayan a Tokio. Me vale madre, Valeria. Me vale madre el dinero hoy.
Colgué. Sentí una liberación física, como si me hubiera quitado un traje que me apretaba desde hacía años.
En ese momento, la puerta del baño se abrió. Salió una nube de vapor y, en medio de ella, Sofía. Llevaba mi camiseta puesta, que le arrastraba por el suelo como una túnica romana. Tenía el pelo mojado y pegado a la cabeza, y olía a mi jabón y a limpio. Se había remangado las mangas, pero aún así le cubrías las manos.
Se veía ridícula y adorablemente trágica.
—Me queda grande —dijo, levantando los brazos como un espantapájaros.
Me reí. Fue una risa corta, oxidada, que me raspó la garganta. Hacía mucho que no me reía de verdad.
—Te ves muy elegante. Es la última moda en París. Ven, vamos a secarte ese pelo.
La senté en el banquito del tocador y busqué la secadora. Mientras le secaba el cabello con el aire tibio, ella se quedó muy quieta, mirando mi reflejo en el espejo. Yo también me miré. Tenía ojeras, la barba de un día, la camisa arrugada y manchada de lodo y sangre seca (probablemente de Elena). No parecía el CEO de Grupo Vértice. Parecía un náufrago.
—¿Tú eres el jefe de mi mamá? —preguntó Sofía de repente, su voz apenas audible sobre el ruido de la secadora.
Apagué el aparato.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque tienes una casa grandota y carro bonito. Y mi mamá siempre dice que su jefe es muy rico pero muy malo, que le grita si los vestidos no quedan bien. ¿Tú le gritaste?
Sentí un piquete en el corazón. La nota en la servilleta. “Jueves sin falta o no hay pago”.
—No, Sofía. Yo no soy su jefe. Yo… yo solo pasaba por ahí.
—¿Entonces eres un ángel?
—No —solté una risa amarga—. Créeme, soy todo menos un ángel. Soy solo un señor que tuvo suerte de encontrarte.
—Mi abuelita decía que los ángeles a veces se disfrazan de personas feas para que no los reconozcan.
—Oye, ¿me estás diciendo feo? —fingí indignación.
Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, tímida, a la que le faltaba un diente de leche. Pero fue suficiente para iluminar la habitación gris.
—Un poquito. Estás muy despeinado.
Terminé de secarle el pelo. Le hice una trenza torpe, mis dedos grandes luchando con los mechones finos. No quedó perfecta, pero al menos no se le vendría a la cara.
—Tengo hambre —anunció.
Fuimos a la cocina. Justo en ese momento, se escuchó el sonido del elevador de servicio. La puerta se abrió y entró Doña Matilde, cargando sus bolsas de mandado y su actitud de generala doméstica.
Se detuvo en seco al vernos. A mí, hecho un desastre, y a la niña en camiseta gigante sentada en la barra de mármol de 50 mil dólares, balanceando las piernas.
—¡Ave María Purísima! —exclamó Matilde, soltando las bolsas. —¿Qué pasó, niño Alejandro? ¿Lo asaltaron? ¿Quién es esta criatura?
—Buenos días, Mati —dije, usando el diminutivo que ella odiaba pero que toleraba—. Es una larga historia. Ella es Sofía. Es… es nuestra invitada de honor. Y nos estamos muriendo de hambre. ¿Nos puedes hacer unas quesadillas? De esas que haces tú, con masa de verdad, no las porquerías light que me obligas a comer.
Matilde me escaneó con su mirada de rayos X. Vio el lodo en mis pantalones, el cansancio en mis ojos, y luego miró a Sofía. Su expresión se suavizó instantáneamente. El instinto maternal mexicano es una fuerza de la naturaleza.
—Pobrecita, está en los huesos —dijo Matilde, acercándose a Sofía sin miedo. —Hola, mi niña. Soy Matilde. Ahorita mismo te hago un desayuno de campeones. ¿Te gustan los huevitos con jamón? ¿O unos hot cakes?
—Hot cakes —dijo Sofía, y sus ojos brillaron.
—¡Marchando unos hot cakes! Niño Alejandro, valles a bañar, por el amor de Dios. Apesta a perro mojado. Y deme esa ropa, que la voy a quemar o a lavar con cloro, no sé.
Me retiré a mi habitación. Me metí a la regadera. El agua caliente golpeó mi espalda, llevándose la mugre física, pero no la emocional. Cerré los ojos y vi la cara de Elena en la cama del hospital, pálida, intubada. Vi la nota en la mesa. Vi la pobreza aplastante de ese cuarto.
Golpeé la pared de mármol con el puño. Una, dos veces. El dolor físico me ancló.
¿Qué iba a hacer? ¿Qué pasaría si Elena moría? La pregunta flotaba en el vapor del baño. Legalmente, yo no era nadie. Podría llamar al DIF, entregar a Sofía al sistema. Sería lo “correcto”, lo lógico. Lo que haría Alejandro Montes el empresario.
Pero el hombre que había sostenido la mano de una desconocida y le había prometido cuidar a su hija no podía hacer eso.
Salí del baño, me rasuré y me vestí con ropa cómoda: unos jeans y una suéter de cachemira. Nada de trajes hoy.
Cuando regresé a la cocina, la escena me detuvo. Sofía estaba sentada frente a un plato con tres hot cakes en forma de Mickey Mouse (¿cómo diablos hizo Matilde eso?), bañados en miel. Se reía de algo que Matilde le estaba contando mientras batía chocolate caliente.
Se veía… normal. Como una niña normal en una mañana normal.
Pero no lo era. Su madre estaba luchando por respirar a unos kilómetros de aquí.
Me senté a su lado.
—Están ricos —dijo Sofía con la boca llena.
—Me alegro. Come todo lo que quieras.
En ese momento, el interfón de la entrada sonó. Rogelio.
—Jefe, ya subí las cosas. Y… hay una patrulla abajo.
Mi corazón se detuvo.
—¿Una patrulla?
—Sí. Están preguntando por el dueño de un Mercedes negro que ingresó a una paciente en el Hospital Español anoche sin identificarse plenamente. Parece que el hospital reportó el caso al Ministerio Público como posible hecho delictivo. Ya ve, por las lesiones de la señora y la niña. Piensan que usted… que usted tuvo algo que ver.
Claro. Un hombre rico llega con una mujer golpeada por la vida y una niña, paga en efectivo o con tarjeta negra y se va. Parecía trata de personas, o violencia doméstica. La ironía era perfecta. Por primera vez hacía algo bueno y parecía el villano de la película.
—Voy a bajar —dije.
—No, señor. Yo lo arreglo —dijo Rogelio.
—No. Yo bajo. Matilde, quédate con Sofía. No le digas nada. Ponle la televisión, caricaturas, lo que sea. Que no escuche nada.
Bajé al lobby. Dos policías de la Ciudad de México estaban hablando con el jefe de seguridad del edificio. Tenían esa postura de autoridad cansada, con las manos en los chalecos antibalas.
—Buenos días, oficiales. Soy Alejandro Montes. ¿Me buscan?
Uno de los policías, un hombre bajo y moreno con bigote, me miró de arriba abajo. Mi ropa casual lo descolocó un poco. Esperaba un traje.
—Señor Montes. Recibimos un reporte del Hospital Español. Ingresó a una femenina desconocida con lesiones graves y se llevó a una menor de edad sin acreditar parentesco. Tenemos que pedirle que nos acompañe a declarar y… necesitamos ver a la niña para verificar su integridad física.
—La niña está desayunando hot cakes en mi penthouse, oficial. Está perfectamente bien. Mejor que en toda su vida. Y la mujer es mi… empleada. Sufrió un accidente en su casa y yo la auxilié.
—Eso lo determinará el MP, joven. Si no acredita la custodia de la menor, tenemos que llevárnosla al DIF hasta que aparezcan familiares.
El DIF. Un albergue gris, frío, burocrático. Donde Sofía sería un número más. Donde nadie le haría hot cakes con forma de ratón.
Saqué mi cartera. No para sobornarlos. Eso sería estúpido con tantas cámaras. Saqué una tarjeta de presentación de mi abogado, el penalista más temido de México.
—Mire, oficial. Entiendo su trabajo y lo respeto. De verdad. Están protegiendo a la niña. Pero esa niña acaba de vivir el infierno anoche. Su madre está en coma. Si usted se la lleva ahora, la va a romper. Le propongo esto: suban conmigo. Vean a la niña. Vean que está bien, que no tiene ni un rasguño, que está feliz. Tomen mi declaración aquí. Y mientras tanto, llamen a este número. Es el Licenciado Del Valle. Él les explicará que llevarse a esa niña ahorita sería un error administrativo muy costoso para su delegación.
Los policías se miraron. El nombre “Del Valle” pesaba.
—Solo queremos verificar que la niña esté bien, señor —dijo el otro policía, más conciliador.
—Suban. Pero por favor, guarden las armas si es posible. O no las muestren. No quiero asustarla.
Subimos. La tensión en el elevador era palpable. Yo rezaba para que Sofía no llorara, para que no dijera algo que se malinterpretara.
Al entrar, Sofía estaba en la sala, viendo Bob Esponja en la pantalla gigante de 80 pulgadas. Matilde le estaba cepillando el pelo con el cepillo nuevo que Rogelio había traído. Se veía como una princesa.
Los policías se quedaron en el umbral, impresionados por el lujo, pero más por la escena doméstica.
—Sofía —la llamé suavemente.
Ella volteó. Vio a los policías. Se tensó.
—Hola, hija —dijo el policía del bigote, tratando de suavizar su voz ronca. —¿Cómo estás?
Sofía me miró a mí. Yo asentí levemente.
—Bien —dijo ella. —¿Ustedes van a llevarme con mi mamá?
—Ahorita no, mija. Tu mamá está descansando. Solo queríamos ver que este señor te estuviera tratando bien. ¿Te dio de desayunar?
—Sí. Hot cakes. Y me prestó esta camiseta porque mi ropa estaba mojada por la lluvia. Él me salvó.
—¿Te salvó?
—Sí. Del frío. Y cargó a mi mamá porque yo no podía. Él es bueno. Aunque está peinado feo.
El policía soltó una risita nerviosa. Miró a su compañero, luego a mí.
—Parece que está bien, pareja. No hay signos de violencia visible. La niña se ve tranquila.
—Está bien, señor Montes —dijo el oficial—. Pero tiene que presentarse en el MP antes de las 12 para formalizar la declaración. Y necesitamos ubicar a algún familiar de la señora Elena. Si la señora fallece… la situación legal de la niña va a cambiar drásticamente.
—Entendido. Yo me encargo de buscar a la familia.
Los acompañé a la salida. Cuando se fueron, cerré la puerta y me recargué en ella, temblando. Había negociado fusiones de empresas con tiburones de Wall Street, pero nunca había sudado tanto como en estos cinco minutos frente a dos policías municipales.
Regresé a la sala. Sofía seguía viendo la tele, ajena a que casi se la llevan.
Me senté a su lado.
—Alejandro —dijo ella, sin quitar la vista de la esponja amarilla.
—Mande.
—¿Vamos a ir al hospital hoy?
Miré el reloj. Eran las 10:00 AM. El médico había dicho que las primeras 48 horas eran cruciales.
—Sí. Vamos a ir más tarde. Pero primero tenemos que hacer algo importante.
—¿Qué?
—Tenemos que hacer una promesa. —Levanté mi dedo meñique. Ella me miró curiosa. —Dame tu dedito.
Ella entrelazó su dedo meñique con el mío. Su mano era tan pequeña, tan frágil.
—Prometo —empecé yo— que pase lo que pase, no voy a dejar que nada malo te pase. Y prometo que vamos a esperar a tu mamá juntos.
—Lo prometo —dijo ella muy seria. —Prometo que no voy a llorar mucho para que mi mamá no se ponga triste cuando despierte.
—Se vale llorar, Sofía. Los hombres también lloran. —Me limpié una lágrima traicionera que se me escapó. —Y las princesas también.
En ese momento, mi celular volvió a sonar. No era Valeria. Era un número desconocido con lada local.
Contesté, sintiendo un presagio oscuro.
—¿Sí?
—¿Hablo con el familiar de la paciente Elena N, cama 4 de Terapia Intensiva? —era una voz femenina, fría, burocrática.
—Soy yo. Alejandro Montes. ¿Qué pasa?
—Doctor Montes, le habla la jefa de enfermeras. La paciente está presentando actividad convulsiva. Sus signos están cayendo. El doctor solicita su presencia inmediata. Necesitamos autorización para un procedimiento de emergencia o… para la orden de no resucitación si cae en paro, dado que no tenemos historial.
El mundo se detuvo. El castillo de cristal se agrietó.
—Voy para allá —dije con voz de hielo. —Hagan todo. Todo. Si la dejan morir, les juro que cierro ese hospital. Llego en quince minutos.
Colgué.
Miré a Sofía. Ella me miraba, sabiendo intuitivamente que la burbuja se había roto.
—¿Es mi mamá?
No podía mentirle. No ahora.
—Sí, Sofía. Tu mamá nos necesita. Tenemos que ir a echarle porras.
—¿Está peleando con los monstruos?
—Sí. Está peleando una batalla muy dura. Y necesita saber que estamos ahí.
Cargué a Sofía, aún con mi camiseta puesta y unos pants que Rogelio había comprado y dejado en la bolsa. No hubo tiempo de cambiarla. Salimos corriendo hacia el elevador.
Mientras descendíamos, apreté la mano de Sofía. La promesa del meñique pesaba más que cualquier contrato que hubiera firmado en mi vida. Íbamos de regreso al abismo, pero esta vez, yo no iba solo. Y esta vez, tenía algo que perder que valía mucho más que mi fortuna: la esperanza de una niña que me había enseñado a ver la lluvia sin paraguas.
PARTE FINAL: EL DESPERTAR Y LA VERDADERA FORTUNA
El trayecto de regreso al hospital fue una mancha borrosa de asfalto gris y cláxones agresivos. Si en la mañana Rogelio había conducido con suavidad clínica, ahora manejaba el Mercedes como si fuera un tanque de guerra abriéndose paso en una zona de combate. La ciudad de México, indiferente a nuestra tragedia personal, seguía su ritmo frenético de mediodía. Los repartidores de comida en moto zigzagueaban entre los autos, los vendedores ambulantes toreaban el tráfico ofreciendo chicles y cargadores de celular, y yo, encerrado en mi cápsula de lujo, sentía que me faltaba el aire.
Sofía iba sentada en mis piernas. No quiso volver al asiento de al lado. Se aferraba a mi camisa con tal fuerza que sentía sus nudillos clavarse en mi pecho, justo encima de ese corazón que yo juraba tener blindado. Le acariciaba la espalda mecánicamente, repitiéndole un mantra que no sabía si yo mismo creía: “Todo va a estar bien, todo va a estar bien”.
Pero la llamada de la jefa de enfermeras resonaba en mi cabeza como una sentencia. Actividad convulsiva. Signos cayendo.
Al llegar al hospital, no esperé a que Rogelio me abriera la puerta. Bajé con Sofía en brazos, ignorando las miradas de la gente en la sala de espera general, esa gente que lleva horas, días, esperando noticias con un Rosario en la mano y la esperanza en los ojos. Yo me salté la fila. El privilegio del dinero, ese que tanto despreciaba y amaba al mismo tiempo, me abrió las puertas de cristal de la Terapia Intensiva.
—¡Doctor! —grité al entrar al pasillo estéril.
El médico canoso salió de la habitación de Elena. Se veía agotado, con ojeras profundas sobre el cubrebocas azul.
—Señor Montes —dijo, levantando una mano para frenar mi ímpetu—. Cálmese. Necesito que se calme o no puede estar aquí.
—¿Cómo está? —pregunté, sintiendo que Sofía temblaba contra mi cuello.
—Logramos estabilizarla —soltó, y sentí que mis rodillas se convertían en gelatina. —Tuvo una crisis convulsiva severa derivada de la fiebre y el desequilibrio electrolítico. Su cuerpo está luchando con todo lo que tiene, pero está muy débil. El corazón… el corazón se estresó demasiado.
—¿Se va a morir? —La pregunta salió de la boca de Sofía. Una voz pequeñita, aterrorizada, que cortó el aire aséptico del pasillo.
El médico miró a la niña. Sus ojos, endurecidos por años de ver morir gente, se suavizaron. Se agachó, quedando a la altura de las piernas de Sofía que colgaban de mi cintura.
—Tu mami es muy fuerte, pequeña —le dijo con una honestidad brutal pero amable—. Es una guerrera. Pero está en medio de una pelea muy difícil. Estamos haciendo todo para ayudarla a ganar, pero ella necesita descansar mucho.
Me miró a mí y asintió levemente, una señal de código entre adultos que significaba: “Sigue grave, pero ganamos este round”.
—Necesito que firmen los consentimientos para la transfusión y el nuevo esquema de antibióticos —dijo el doctor, tendiéndome una tabla con papeles.
Firmé sin leer. Habría firmado la venta de mi alma al diablo si eso garantizaba que Elena abriera los ojos.
—Alejandro —dijo el doctor, usando mi nombre por primera vez—. No puedes entrar con la niña ahora. Están cambiándole las vías y limpiándola. Es una escena fuerte. Esperen en la sala privada. Yo les aviso en cuanto puedan pasar.
Regresamos a la sala de espera VIP. Ese cuarto pequeño con sillones de piel, una cafetera de cápsulas y revistas de negocios que nadie lee. Me senté y senté a Sofía a mi lado. Ella se quedó mirando la pared blanca, con la mirada perdida.
—¿Tienes hambre? —le pregunté, intentando romper el silencio opresivo.
Ella negó con la cabeza.
—Tengo miedo —susurró.
La abracé. No sabía qué más hacer. En el mundo de los negocios, cuando hay una crisis, convocas a un comité, analizas riesgos, ejecutas un plan. Aquí, frente a la muerte, no hay comité ni estrategia. Solo hay espera. Una espera que te carcome las entrañas.
Pasaron dos horas. El reloj de pared marcaba cada segundo con un tictac que sonaba como martillazos.
De repente, la puerta de la sala se abrió de golpe. No era el médico.
Era Valeria.
Entró como un huracán de alta costura, tacones de aguja repiqueteando en el piso y un aroma a perfume francés que chocaba violentamente con el olor a desinfectante del hospital. Traía su maletín de cuero bajo el brazo y una expresión que mezclaba furia y desconcierto.
—¡Te encontré! —exclamó, señalándome con un dedo perfectamente manicurado. —Alejandro, te juro que si esto es una crisis de la mediana edad, escogiste el peor maldito día de la historia para tenerla.
Sofía se asustó y se escondió detrás de mi brazo. Valeria se detuvo en seco al verla.
—¿Y esta niña? —preguntó, bajando un poco el tono, pero manteniendo la agresividad. —¿Es la que me dijiste por teléfono? Alejandro, ¿qué está pasando? Los japoneses nos dieron una prórroga de tres horas porque les inventé que tuviste un preinfarto. Tienes que venir conmigo ahora mismo.
Me levanté despacio, con cuidado de no mover bruscamente a Sofía. Sentí una calma fría, una claridad absoluta que nunca había experimentado en una sala de juntas.
—Baja la voz, Valeria —dije. No fue una petición, fue una orden. —Estás asustando a Sofía.
—¿Sofía? —Valeria miró a la niña con una mezcla de curiosidad y repulsión, como si fuera un bicho raro. —Alejandro, despierta. Tienes doscientos millones de dólares sobre la mesa. Tu carrera. Nuestro legado. ¿Vas a tirar todo eso por… por jugar al buen samaritano con gente que no conoces?
—Sí —respondí. Simple. Directo.
Valeria parpadeó, incrédula.
—¿Qué?
—Que sí. Me vale madre el trato, Valeria. Me valen madre los japoneses y me valen madre los doscientos millones.
—¡Estás loco! —gritó ella, olvidando el decoro. —¡Te lavaron el cerebro! ¿Quién es esa mujer? ¿Es tu amante? ¿Te está chantajeando? ¡Dímelo y les echo a los abogados encima ahora mismo!
—Es una costurera, Valeria. Una costurera que vive en una vecindad que se está cayendo a pedazos, que trabajó hasta colapsar para darle de comer a esta niña. Y se está muriendo en el cuarto de junto porque su vida vale menos que una de tus bolsas de mano en este maldito sistema.
Me acerqué a ella. Valeria retrocedió un paso, intimidada por la intensidad en mis ojos.
—Anoche, mientras nosotros brindábamos con champaña por cerrar números, ella estaba tirada en un piso frío. Y esta niña… esta niña de cuatro años tuvo más huevos que tú y que yo juntos para salir a la tormenta a buscar ayuda. Así que no, no voy a ir a firmar nada. Me voy a quedar aquí hasta que Elena despierte o hasta que… —se me quebró la voz, pero me recuperé—… hasta que se termine.
Valeria me miró fijamente durante un largo minuto. Vi pasar por sus ojos el cálculo frío, la evaluación de daños. Se dio cuenta de que no estaba negociando. Se dio cuenta de que el Alejandro Montes que ella conocía, el tiburón despiadado, ya no existía.
Suspiró y sacó una carpeta del maletín.
—Sabía que dirías una estupidez así. Por eso traje los papeles aquí.
Me extendió una pluma Montblanc.
—Firma el poder irrevocable. Cédeme el voto del consejo para esta operación. Yo me encargo de los japoneses. Yo cierro el trato. Tú… tú quédate aquí a jugar a la casita. Pero te advierto, Alejandro, si haces esto, no hay vuelta atrás. En el mundo corporativo, esto es un suicidio. Te van a ver como débil.
Tomé la pluma. Firmé los documentos sobre una mesita de revista, sin siquiera leer las cláusulas. Le entregué la carpeta.
—Haz lo que tengas que hacer, Valeria. Quédate con el crédito. Quédate con el bono.
Ella tomó la carpeta. Me miró una última vez, y por un segundo, vi un destello de tristeza en su mirada blindada. Tal vez, muy en el fondo, ella también sentía el vacío de nuestra existencia dorada.
—Espero que valga la pena, Alejandro —dijo.
—Ya lo vale —respondí, mirando a Sofía.
Valeria dio media vuelta y salió, llevándose con ella mi antigua vida. El sonido de sus tacones alejándose fue el sonido de mis cadenas rompiéndose.
Me volví a sentar junto a Sofía. Ella me miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Esa señora estaba enojada? —preguntó.
—Sí, un poquito. Pero ya se fue.
—¿Tú también te vas a ir?
Le tomé la mano y le enseñé mi dedo meñique.
—¿Te acuerdas de la promesa? No me voy a ir a ningún lado.
La tarde cayó y se convirtió en noche. Rogelio nos trajo cenar, pero apenas probamos bocado. El abogado, el Licenciado Del Valle, me llamó para confirmar que el asunto con la policía estaba arreglado; había movido influencias, presentado pruebas médicas y testimonios de que yo actué como buen samaritano. Nadie vendría a llevarse a Sofía al DIF, al menos no por ahora. Una preocupación menos.
A las 9:00 PM, el médico volvió a salir.
—Señor Montes. Ha despertado.
Me puse de pie de un salto, el corazón galopando.
—¿Está consciente?
—Está desorientada, muy débil, pero está consciente. Pregunta por su hija.
Miré a Sofía. Ella ya estaba parada, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—¿Puedo verla? —preguntó la niña.
—Solo cinco minutos. Y tienen que ser muy tranquilos. Nada de gritos, nada de saltar encima de ella.
Cargué a Sofía. Caminamos por el pasillo. El sonido de los monitores se hacía más fuerte. Entramos a la habitación 4.
La luz era tenue. Elena estaba en la cama, con la cabecera ligeramente elevada. Ya no tenía el tubo en la garganta, solo una mascarilla de oxígeno transparente y varias vías intravenosas en los brazos. Se veía terriblemente frágil, como una muñeca de porcelana rota y vuelta a pegar.
Sus ojos se movieron lentamente hacia la puerta. Cuando vieron a Sofía, se llenaron de vida. Intentó levantar la mano, pero no tenía fuerza.
—So… Sofí… —susurró detrás de la mascarilla. Su voz era un hilo de aire rasposo.
—¡Mami! —Sofía quiso lanzarse, pero yo la sostuve firme.
—Despacio, mi amor, despacio —le recordé al oído.
Me acerqué a la cama y bajé a Sofía para que pudiera pararse junto a la cabecera. Ella estiró su manita y tocó la cara de su madre con una delicadeza infinita.
—Mami, aquí estoy. Alejandro me cuidó. Me dio hot cakes de ratón. Y me bañó.
Elena giró la vista hacia mí. Sus ojos oscuros, idénticos a los de su hija, me escrutaron. Había confusión, miedo, pero sobre todo, una gratitud que me desarmó por completo. Intentó decir algo, pero la tos la interrumpió.
Me acerqué un paso.
—No hables, Elena. No te esfuerces —dije suavemente. —Soy Alejandro. Sofía me encontró anoche en la lluvia. Estás en el hospital. Estás a salvo.
Ella me miró, y una lágrima rodó por su sien y se perdió en su cabello enmarañado.
—Gra… cias… —logró articular. —La… niña…
—La niña está perfecta. Ha sido muy valiente. Me ha cuidado más ella a mí que yo a ella.
Elena cerró los ojos un momento, como si el alivio fuera demasiado pesado para soportarlo. Luego volvió a abrirlos y buscó la mano de Sofía. La niña entrelazó sus dedos con los de su madre.
—Te extrañé, mami —lloró Sofía bajito. —Pensé que no ibas a despertar.
—Siempre… vuelvo… —susurró Elena. —Te amo… changuita.
El monitor cardíaco aceleró un poco su ritmo. El médico, que observaba desde la esquina, me hizo una seña.
—Tienen que salir. Necesita dormir.
—Mami, me tengo que ir —dijo Sofía, entendiendo la situación con una madurez que no le correspondía. —Pero Alejandro dice que nos vamos a quedar aquí afuera. No nos vamos a ir. Te lo prometo de meñique.
Elena asintió débilmente y apretó levemente la mano de su hija antes de soltarla.
Salimos de la habitación. En cuanto se cerró la puerta, Sofía se derrumbó. Todo el estrés, todo el miedo que había contenido, salió en un llanto explosivo. Me senté en el suelo del pasillo y la abracé, dejándola llorar todo lo que necesitaba. Yo también lloré. Lloré por Elena, por Sofía, por mi madre que murió sola en un hospital caro mientras yo cerraba un negocio en Nueva York. Lloré porque por primera vez en mi vida, sentía que estaba exactamente donde tenía que estar.
TRES MESES DESPUÉS
La luz del sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales del penthouse, pero esta vez, el lugar no se sentía frío. Había cambiado. El piso de mármol inmaculado ahora tenía un tapete de foami de colores en una esquina, con muñecas y bloques de construcción esparcidos. La escultura abstracta de acero cromado había sido reubicada para dar espacio a un caballete de pintura.
Estaba en la cocina, intentando preparar café, cuando escuché la risa. Esa risa cristalina que se había convertido en mi sonido favorito.
—¡No, no, así no! —decía Sofía. —¡Tienes que ponerle más azul para que sea el cielo!
Me asomé a la sala. Elena estaba sentada frente al caballete, con un pincel en la mano, recuperando la movilidad fina que la enfermedad le había robado temporalmente. Se veía diferente. Había ganado peso, sus mejillas tenían color, y su cabello brillaba. Llevaba un vestido sencillo de algodón que ella misma había diseñado y cosido en la máquina nueva que le instalamos en el cuarto de huéspedes.
—Pero el cielo de la ciudad a veces es gris, Sofía —le explicaba Elena con paciencia.
—¡No! Hoy es azul. ¡Mira! —Sofía señaló la ventana.
Y tenía razón. El cielo sobre la Ciudad de México estaba insultantemente azul, limpio, brillante.
Elena me vio observándolas y sonrió. Una sonrisa completa, sin sombras.
—Buenos días, señor “Me levanto tarde” —bromeó.
—Oye, renuncié a ser CEO para tener horarios flexibles, no para que me hagan bullying en mi propia casa —respondí, acercándome para besar su frente. Luego le di un beso en la cabeza a Sofía.
La recuperación no había sido fácil. Elena pasó tres semanas en el hospital. Hubo días malos, días de fiebre, días de miedo a las secuelas renales. Y luego, el alta. No podía dejar que volvieran a esa vecindad húmeda. No después de saber lo que sabía.
La propuesta fue incómoda al principio. “Vénganse a vivir conmigo. Hay espacio de sobra. Solo hasta que te recuperes”, les dije. Elena, orgullosa como pocas, se negó al principio. No quería caridad. Tuvimos que negociar. Ella aceptó quedarse con la condición de trabajar. Le monté un taller de costura en una de las habitaciones vacías. Empezó arreglando mis trajes, luego haciendo ropa para Sofía, y ahora… bueno, ahora estábamos planeando lanzar su propia línea de ropa en línea. “Diseños Elena”, o algo así. Valeria, irónicamente, había sido la primera en comprarle un vestido cuando vino a visitarnos (y a pedirme consejo sobre los japoneses, porque el negocio siempre llama).
—Llegó esto para ti —dijo Elena, entregándome un sobre color crema.
Lo abrí. Era una invitación. La gala anual de “Empresario del Año”. Mi nombre no estaba en la lista de nominados este año. Estaba el de Valeria.
Sonreí.
—¿Vas a ir? —preguntó Elena, limpiando el pincel.
—No. Tengo una cita mucho más importante.
—¿Ah, sí? ¿Con quién?
—Con dos mujeres hermosas que prometieron llevarme a comer tacos de canasta al parque si terminaba de arreglar el jardín de la terraza.
Sofía saltó de su silla.
—¡Sííí! ¡Tacos! ¡Pero con mucha salsa!
—Tú no comes salsa, Sofía, te picas —dijo Elena.
—Ya soy grande, mamá. Alejandro come salsa y yo quiero ser como él.
Sentí ese piquete en el pecho otra vez. Quiero ser como él.
Miré alrededor. Mi vida anterior, la de los autos blindados y las soledades de lujo, parecía un recuerdo de otra persona. Había perdido mucho dinero en estos meses. Dejé la dirección general de Grupo Vértice, quedándome solo como socio consejero. Mis ingresos bajaron. Vendí el helicóptero. Muchos “amigos” dejaron de llamar cuando supieron que ya no tenía la firma final en los cheques.
Pero gané. Dios, cómo gané.
Gané los domingos de hot cakes. Gané las tardes de tareas escolares. Gané el miedo real a perder a alguien y la alegría inmensa de verla sanar. Gané una familia que no lleva mi sangre, pero que lleva mi alma cosida a la suya con hilo invisible.
Me acerqué al ventanal y miré hacia abajo. Allá, a lo lejos, se veían las calles de la colonia donde todo empezó. Donde una noche de lluvia, una niña me jaló de la mano para salvar a su madre, sin saber que en realidad me estaba rescatando a mí.
Me di cuenta de que la verdadera pobreza no es vivir en una vecindad o no tener para comer, aunque eso es una injusticia terrible que debe cambiar. La verdadera miseria era la que yo vivía: la soledad rodeada de oro. Y la verdadera riqueza… la verdadera riqueza estaba ahí, manchada de pintura azul, riéndose de mis chistes malos y comiendo tacos de canasta.
—Alejandro, ¿en qué piensas? —preguntó Elena, sacándome de mi ensimismamiento. Se había acercado y me puso una mano en el hombro. Su tacto era cálido, real.
La miré a los ojos. Esos ojos que vi cerrados, casi muertos, y que ahora brillaban con esperanza.
—Pensaba en que necesito comprar un paraguas —dije.
—¿Un paraguas? Pero si hay un sol precioso.
—Lo sé. Pero nunca se sabe cuándo puede llover. Y esta vez, quiero estar listo para cubrirnos a los tres.
Elena sonrió y recargó su cabeza en mi hombro. Sofía corrió y se abrazó a nuestras piernas, completando el nudo, cerrando el círculo.
—Abrazo de sándwich —gritó la niña.
Apreté a mi nueva familia contra mí. Y por primera vez en mi vida, me sentí verdaderamente millonario.
FIN.