
Siempre creí en las viejas leyendas de mi tierra. En México decimos que los perros negros son los guías de las almas en el inframundo. Yo vivía tranquila con esa idea, hasta aquella noche de 1968 en Xochimilco, cuando un perro negro decidió que todavía no era hora de que su dueña cruzara el río.
Me llamo Refugio, aunque todos me decían de cariño “Doña Cuquita”; era una mujer menuda y vivía sola en una chinampa aislada entre los canales. Mi única compañía, mi familia entera, era “Azabache”, un perro de raza incierta, negro como la obsidiana y con ojos que brillaban en la oscuridad del canal.
Hace más de 50 años, Xochimilco no era el sitio de fiesta que es hoy. Era un laberinto de agua y lodo donde la gente vivía del campo. Yo ya pasaba los 70 años y me ganaba la vida vendiendo mis flores en el mercado , siempre con Azabache en la punta de la trajinera, como mi guardián silencioso.
Pero la naturaleza no perdona la edad.
Una noche se soltó una tormenta eléctrica, de esas que hacen que el cielo de la capital se caiga a pedazos, y resbalé mientras intentaba amarrar mi canoa. El trancazo contra la madera me dejó medio *nconsciente y caí al agua fría y pantanosa.
Sentí el pánico helado. En esa época no había celulares, ni luz, y la chinampa más cercana estaba a cientos de metros. Me estaba hundiendo en el lodo, atrapada por el peso de mis propias faldas de lana mojadas. El agua me entraba por la nariz, todo se volvía negro.
Azabache no lo dudó. Saltó al agua conmigo.
Sentí sus patas chapoteando cerca de mí y estiré la mano buscando su pelo, esperando que me jalara. Pero entonces… él se alejó.
En lugar de intentar sacarme, nadó hacia la orilla y lo vi correr lejos de mí. Me dejó sola en la oscuridad. Mientras el agua me cubría la cara, pensé que mi único amigo me había abandonado para salvarse él. ¿Cómo iba a saber yo lo que realmente estaba haciendo?
NADIE IMAGINABA QUE ESE PERRO ESTABA A PUNTO DE HACER ALGO IMPOSIBLE PARA SALVARME LA VIDA!!!
PARTE 2: EL AULLIDO QUE ROMPIÓ LA NOCHE
El Abandono y la Oscuridad
Ahí estaba yo, Refugio, la vieja Cuquita, sintiendo cómo el lodo de Xochimilco me tragaba viva. Cuando vi la cola negra de Azabache desaparecer entre la cortina de lluvia, algo dentro de mí se rompió, más doloroso que el golpe en la cabeza o el frío que me entumía las piernas. “Se fue”, pensé. “El animal sintió la muerte y corrió a salvarse”. No lo culpé. En el campo sabemos que la supervivencia es la única ley que no se quebranta. Pero, ¡ay, Dios mío!, qué soledad tan espantosa se siente cuando uno cree que va a morir abandonado.
El agua no estaba solo fría; estaba helada, negra y espesa. Mis faldas de lana, esas que me había tejido yo misma para aguantar los inviernos en la chinampa, se habían convertido en mi mortaja. Pesaban arrobas. Cada vez que intentaba patalear, el peso me jalaba hacia el fondo, hacia el fango donde se enredan las raíces y los recuerdos de los ahogados.
Me aferré a la raíz de un ahuejote viejo, un árbol que llevaba ahí más años que yo. La corteza rugosa me raspaba las manos, pero era lo único sólido en un mundo que se había vuelto líquido y traicionero. La corriente, alimentada por la tormenta, me golpeaba el pecho, queriéndome arrancar de mi único agarre. Empecé a rezar. No pedía salvarme, fíjate lo que son las cosas; pedía que mi cuerpo no se perdiera, que alguien me encontrara para que me enterraran en tierra santa y no me quedara ahí, hinchada y olvidada, alimento de las carpas y los ajolotes.
Con el paso de los minutos, el frío dejó de doler. Eso es lo peligroso de la hipotermia. Te empieza a dar un sueño dulce, una pesadez en los ojos que te miente, que te dice: “Descansa, Cuquita, suéltate un ratito, nada más cierra los ojos”. La lluvia se mezclaba con mis lágrimas, y empecé a ver cosas. Vi a mi madre, vi mi casa iluminada, escuché música… pero no era música, era el viento aullando entre los carrizales. O al menos eso creía yo.
La Misión de Azabache
Lo que yo no sabía, lo que supe días después por la boca temblorosa de mi compadre Don Goyo, es que Azabache no estaba huyendo. Ese perro, ese “chusco” sin raza ni apellido, estaba librando la batalla más grande de su vida contra la naturaleza misma.
Dicen que cuando salió del agua, no se sacudió como hacen los perros. No perdió tiempo. Corrió. Corrió por los caminos de lodo que se deshacían bajo sus patas. Imagínate la escena: una noche cerrada, sin luna, solo los relámpagos iluminando por segundos los maizales, y una sombra negra volando sobre el fango. Azabache conocía el camino, pero con la tormenta, los senderos de la chinampa se habían borrado. Aun así, su nariz y su corazón lo guiaban.
Llegó a la orilla, lejos, donde empezaban las primeras casas de adobe y madera. Se paró en el borde del canal y soltó un aullido. Los vecinos, gente de campo, supersticiosa y temerosa de Dios, contaron después que aquello no sonaba a perro. “No era un ladrido, Doña Cuquita”, me dijo después la señora Toña persignándose, “se escuchaba como un llanto humano, como si un niño estuviera gritando auxilio desde el infierno”. Un sonido que les erizó la piel a todos los que estaban encerrados en sus casas protegiéndose de la lluvia.
Pero nadie salió. ¿Quién iba a salir con semejante tormenta? ¿Quién iba a arriesgarse por un perro que aullaba a la muerte?
Al ver que sus aullidos no movían los corazones de los hombres, Azabache tomó una decisión. No se iba a rendir. Corrió más, hasta la casa de mi compadre Goyo, el único hombre que alguna vez me había visitado en la chinampa para traerme leña.
La Puerta y el Pantalón
Goyo estaba ya acostado, tapado hasta las orejas con su jorongo, cuando escuchó el estruendo en la puerta. No eran toquidos. Era algo desesperado, violento. Azabache se lanzó contra la madera vieja, rascando con las uñas hasta que las astillas le hicieron sangrar las patas. El ruido era tan fuerte que Goyo pensó que el diablo quería entrar.
—¡Lárgate, animal! —gritó Goyo desde adentro.
Pero Azabache no paró. Ladraba, gruñía, y se lanzaba de cuerpo entero contra la puerta. La madera, hinchada por la humedad y vieja por los años, empezó a ceder ante la furia de aquel perro mediano que esa noche tenía la fuerza de un toro. Rompió la parte baja de la madera en su desesperación.
Cuando Goyo, enojado y con un machete en la mano, abrió la puerta para espantar a la bestia, no tuvo tiempo ni de levantar el brazo. Azabache no lo atacó, no buscaba morder. Lo que hizo fue morderle la valenciana del pantalón de manta. Lo agarró con fuerza, clavando los dientes en la tela, y empezó a tirar hacia afuera, hacia la lluvia, hacia la oscuridad.
Goyo intentó zafarse. “¡Suéltame, perro del demonio!”, le gritaba. Pero si Goyo se detenía o intentaba volver adentro, Azabache le gruñía, un gruñido profundo, de esos que te vibran en el pecho, y volvía a jalar con más fuerza. Fue entonces cuando Goyo vio los ojos del perro. Brillaban con una urgencia que no era animal.
—¿Qué pasa? ¿Es la Cuquita? —preguntó Goyo, sintiendo un hueco en el estómago.
El perro soltó un ladrido seco y corrió unos metros hacia el canal, deteniéndose para ver si el hombre lo seguía. Goyo entendió. Agarró su lámpara de petróleo, se echó un impermeable de plástico encima y salió corriendo detrás de la sombra negra.
El Rescate
Yo ya no sentía las piernas. El agua me llegaba a la barbilla. Me sostenía de las raíces del ahuejote solo por instinto, porque mis dedos estaban engarrotados, como garras de pájaro muerto. La conciencia me iba y venía como las olas del canal. Ya no tenía miedo, solo una inmensa tristeza de irme así, sin despedirme.
De repente, entre el ruido de la lluvia, escuché un chapoteo frenético. Y luego, una luz amarilla y pálida bailando sobre el agua.
—¡Cuquita! ¡Refugio! —gritó la voz de Goyo, quebrada por el viento.
Intenté contestar, pero de mi garganta solo salió un gemido ronco. No tenía voz. Pero no hizo falta. Azabache ya estaba ahí. Se había lanzado al agua otra vez y estaba nadando a mi alrededor, ladrando para marcar mi posición.
Sentí unos brazos fuertes que me agarraban por las axilas. Goyo, bendito sea ese hombre, se había metido al canal sin importarle el lodo ni el frío. Batalló, porque el peso de mi ropa mojada era traicionero, y yo ya era un peso muerto.
—¡No te me vayas, Cuquita, aguanta! —me decía mientras me arrastraba hacia la orilla.
Entre Goyo y el perro, me sacaron. Me acuerdo de la sensación del lodo en mi cara cuando me pusieron en tierra firme. Era el lodo más hermoso del mundo, porque significaba que no me había ahogado. Goyo me envolvió en su impermeable, pero yo no dejaba de temblar. Tenía una hipotermia severa.
Lo último que recuerdo antes de desmayarme del todo fue sentir algo caliente y húmedo en mi mejilla. Era la lengua de Azabache, lamiéndome el lodo de la cara, y su cuerpo mojado acurrucándose contra mi pecho, tratando de darme el calor que a él también le faltaba.
El Pacto de Silencio
Desperté dos días después en mi cama, tapada con cinco cobijas y con un dolor en los pulmones que no me dejaba respirar bien. Goyo y su mujer me habían cuidado, dándome caldos calientes y friegas de alcohol con marihuana para el dolor de huesos.
Pero lo primero que busqué no fue agua, ni comida. —¿Y el perro? —pregunté con un hilo de voz.
Azabache estaba echado a los pies de mi cama. Al escuchar mi voz, levantó las orejas, pero no saltó como solía hacer. Se acercó despacio, cojeando un poco; tenía las patas vendadas donde se había cortado con la puerta. Puso su cabeza en mi mano y suspiró. Ese suspiro fue nuestra conversación más larga. En ese momento, entendí todo. Él me había dado mi segunda vida.
La recuperación fue lenta. Quedé con una tos que me duró meses y el miedo al agua nunca se me quitó del todo. Pero la vida en la chinampa siguió. Sin embargo, algo cambió entre nosotros. Azabache dejó de ser solo un perro. Se convirtió en mi sombra. Si yo iba al mercado, él iba pegado a mi pierna. Si yo dormía, él dormía con un ojo abierto.
Los vecinos venían a verme, no para saber cómo estaba yo, sino para ver al “perro milagroso”. Le traían sobras de carne, huesos, y hasta le acariciaban la cabeza con respeto, cosa rara en el campo donde los perros suelen ser tratados a patadas. “Ese perro tiene alma de cristiano”, decían. Y yo solo asentía, sabiendo que tenía algo más grande que eso.
El Final del Camino
Viví diez años más. Diez años de regalo. Vi cambiar Xochimilco, vi llegar más turistas, vi cómo el mundo se movía mientras nosotros seguíamos en nuestra islita, envejeciendo juntos. El hocico de Azabache se puso blanco, sus ojos se nublaron con cataratas, y ya le costaba subir a la trajinera. Yo también me fui encorvando, y mis pasos se hicieron lentos.
Éramos dos viejos cuidándonos el uno al otro, esperando a ver quién cruzaba primero el río final.
Cuando mi hora llegó, fue tranquila. No hubo tormentas, ni agua fría. Me quedé dormida en mi petate y mi corazón, cansado de latir 80 años, se detuvo. Dicen que Azabache no ladró. Solo se acostó a mi lado y lamió mi mano fría hasta que me encontraron.
Durante el velorio, que fue ahí mismo en la chinampa y luego en la iglesia del pueblo, Azabache no se movió de la entrada. No dejó que nadie lo sacara. Se echó ahí, como una gárgola de piedra negra, viendo pasar a la gente que venía a despedirme. Le ofrecían tacos, agua, pero él volteaba la cara. Se negó a comer.
Yo ya no estaba en mi cuerpo, pero te juro que podía sentir su tristeza. No era la tristeza del que se queda solo; era la tristeza del guardián que ha terminado su turno.
El día del entierro, caminó detrás del ataúd todo el trayecto hasta el panteón. Cuando bajaron mi caja a la tierra, él se acercó y miró hacia abajo, como asegurándose de que yo estuviera bien acomodada.
Tres días después, el panteonero lo encontró.
Azabache estaba echado sobre la tierra fresca de mi tumba. Parecía dormido. Estaba acurrucado, como esa noche en que me salvó del agua, protegiéndome. Pero ya no respiraba. Se había dejado morir de tristeza, o tal vez, simplemente, su alma sabía que su misión en este mundo había terminado al mismo tiempo que la mía.
La Leyenda Vive
Ahora, dicen que en los barrios viejos de Xochimilco, los lancheros todavía cuentan nuestra historia. Se ha convertido en una de esas leyendas que se cuentan con un tequila en la mano.
Dicen que si andas por los canales en una noche de niebla espesa, cuando la luna se esconde, puedes ver una sombra. No es una sombra que asuste. Es la silueta de un perro negro corriendo por la orilla, vigilando el agua, cuidando que nadie más caiga, asegurándose de que todos lleguen a casa.
Porque en el México de antes, y en el de ahora, sabemos que un perro no es solo un animal. Es el guardián que Dios nos manda cuando el camino se pone oscuro. Y mi Azabache, mi perro negro, sigue ahí, cumpliendo su promesa, guiando a las almas o salvando a los vivos, esperando el día en que todos nos volvamos a encontrar en la orilla del otro lado.
Esta es mi verdad. Y aunque ya no tengo voz para contarla, cada vez que un perro ladra en la noche para proteger a su dueño, ahí está un pedacito de la historia de la vieja Cuquita y su perro guardián.
PARTE 3: EL PUENTE DE NIEBLA Y EL RÍO DE LAS NUEVE CORRIENTES
I. La Vida Prestada y el Peso del Milagro
Dicen los viejos de mi pueblo que cuando la muerte te suelta, no es porque se le haya olvidado llevarte, sino porque te está dando tiempo para que arregles la maleta. A mí me dio diez años. Diez años exactos, ni un día más ni un día menos, desde aquella noche de la tormenta en 1968 hasta la madrugada en que finalmente cerré los ojos para siempre. Pero esos diez años no fueron como los setenta anteriores. Fueron años de silencio, de observación y de un entendimiento que ya no necesitaba palabras.
Después del rescate, cuando las aguas bajaron y el lodo se secó en las paredes de mi jacal, la vida en la chinampa cambió. Ya no éramos solo “la vieja Cuquita y su perro”. Nos habíamos convertido en una especie de reliquia viviente para la gente de Xochimilco. Al principio, me daba vergüenza. Yo, que siempre fui una mujer de perfil bajo, de esas que van al mercado, venden sus alcatraces y regresan sin hacer ruido, de pronto me veía señalada por los dedos de los niños y las miradas curiosas de las señoras en la misa de doce.
—Mira, mamá, esa es la señora que el perro sacó del infierno —susurraban.
Y tenían razón, aunque no del todo. Azabache no me sacó del infierno, me sacó de la soledad. Pero el precio de ese milagro fue que Azabache dejó de ser un perro normal. Ustedes saben cómo son los perros de campo: ladran a las bicicletas, corretean gallinas, se pelean por un hueso y mueven la cola por cualquier caricia. Pero mi Azabache cambió. Después de esa noche, se le metió una seriedad en el cuerpo, una gravedad antigua, como si al cruzar la línea entre la vida y la muerte para salvarme, hubiera visto cosas que los animales no deben ver.
Ya no jugaba. Se pasaba las horas echado en el muelle de madera, con las patas delanteras cruzadas, mirando el agua oscura del canal con una intensidad que asustaba. No miraba los lirios, ni los patos. Miraba lo profundo. A veces, ladraba al aire, a la nada, un ladrido seco y corto, como dando una orden a algo invisible que solo él percibía.
Mi compadre Goyo me lo decía mientras nos tomábamos un atole por las tardes: —Ese perro ya no es perro, comadre. Ese animal se “nahualizó”. Trae una carga. Cuídelo mucho, porque el día que usted falte, él no va a aguantar aquí.
Yo asentía, y le soba el lomo a mi negro. Su pelaje, antes suave, se había vuelto áspero, y le empezaron a salir canas en el hocico, hilos de plata sobre la obsidiana. Éramos dos viejos desgastados compartiendo el mismo aire.
II. La Noche de los Lamentos (1972)
Tengo que contarles algo que nunca le dije a nadie, por miedo a que me tildaran de loca, aunque en Xochimilco la locura y la realidad siempre van de la mano. Fue unos cuatro años después del accidente, por ahí de 1972.
Era noviembre, época de Muertos. El cempasúchil ya estaba cortado y el olor a copal impregnaba hasta la niebla de los canales. Yo estaba en la cocina, moliendo nixtamal, cuando Azabache se levantó de golpe. Se le erizó el pelo del lomo, desde la nuca hasta la cola, como una cresta de puercoespín. Empezó a gruñir, pero no hacia la puerta, sino hacia el canal trasero, el que daba a la zona más virgen y tupida de ahuejotes.
El viento se detuvo. Ustedes saben, cuando el viento se para de golpe en el campo, es mala señal. Se hizo un silencio de tumba. Ni los grillos, ni las ranas, nada sonaba. Solo la respiración agitada de mi perro.
—¿Qué traes, negro? —le pregunté, sintiendo ese frío en la nuca que te avisa que no estás solo.
Azabache corrió hacia la orilla y se plantó ahí, firme, con las patas bien abiertas. Entonces lo escuché. Primero fue lejano, como el rechinido de una carreta vieja, pero luego se convirtió en un lamento. No era el “Ay mis hijos” de las películas, no. Era un llanto ahogado, un sollozo de mujer que te cala los huesos, un sonido de pura desesperación líquida que venía flotando sobre el agua.
La niebla se espesó y vi, o creí ver, una silueta blanca deslizándose entre los tules, sin tocar el agua. Iba directo hacia mi chinampa. El miedo me paralizó las piernas igual que la noche en que me caí al agua. Quise correr a cerrar la puerta, pero no pude.
La figura se acercaba. Y entonces, Azabache hizo lo suyo.
No ladró con furia. Soltó un aullido diferente, un sonido gutural, profundo, casi como un canto. Avanzó hacia el agua, metiéndose hasta las patas, y le enseñó los dientes a la niebla. Sus ojos, que de día eran color café, brillaron con una luz verdosa, fosforescente. Se veía enorme, el doble de su tamaño. Era una bestia de sombra retando a un espíritu de luz muerta.
La figura se detuvo a unos metros. El lamento cesó de golpe. Hubo un momento de tensión, donde sentí que el corazón se me salía por la boca. El perro y la aparición se midieron. Y luego, la niebla retrocedió. La figura se disolvió como azúcar en agua caliente, alejándose hacia los canales profundos.
Azabache se quedó ahí, vigilando, hasta que los grillos volvieron a cantar. Cuando regresó a la casa, venía temblando. Se echó a mis pies y durmió dos días seguidos. Ahí confirmé lo que Goyo decía: mi perro ya no solo cuidaba mi cuerpo de los golpes y caídas; estaba cuidando mi alma de las cosas que rondan en la oscuridad. Él era mi barrera contra el espanto.
III. El Desgaste de los Años (1975-1978)
Los años pasaron y la vejez nos cayó encima como una cobija pesada. A mí me empezaron a fallar las rodillas; la humedad del canal me había comido los cartílagos. Caminar se volvió un suplicio. Y Azabache… mi pobre negro empezó a perder la vista. Sus ojos se pusieron lechosos, azules de cataratas, y ya chocaba con las sillas.
Pero desarrollamos un lenguaje de tacto. Yo caminaba arrastrando los pies para que él supiera dónde estaba, y él caminaba pegado a mi pantorrilla derecha para que yo supiera que no me iba a caer. Si yo me sentaba a desgranar maíz, él ponía su cabeza en mi empeine. Éramos un solo organismo. Yo era sus ojos y él era mi fuerza.
Recuerdo una tarde de 1976, llovió mucho, pero no hubo tormenta. Estábamos sentados en el pórtico. Yo le estaba quitando unas garrapatas de las orejas y le dije: —Ay, Azabache, ¿qué vamos a hacer tú y yo? Estamos más para allá que para acá. Ojalá Diosito me lleve a mí primero, porque si te lleva a ti, yo me muero de tristeza al día siguiente. Pero si me lleva a mí… ¿quién te va a dar tu caldo con tortilla?
El perro levantó la cabeza y me lamió la mano. Fue una lofetada de realidad áspera y caliente. Él sabía. Los perros saben cuando la arena del reloj se está acabando.
La gente del pueblo, mis vecinos, a veces venían a ayudarme. Doña Toña me traía comida. —Cuquita, ya véngase a vivir al pueblo, deje la chinampa. Aquí está muy sola —me decían. —No —respondía yo—. Aquí está mi vida. Y aquí está el perro. En el pueblo los atropellan los carros. Aquí él es el rey.
No me moví. Me aferré a mi pedazo de tierra rodeado de agua hasta el final.
IV. El Día del Silencio (1978)
Y llegó el día. No hubo aviso, ni presagios oscuros como aquella noche de la Llorona. Fue una mañana de abril, luminosa y tibia. Amanecí cansada, un cansancio distinto, dulce. Sentía el cuerpo liviano, como si mis huesos se hubieran vuelto de carrizo hueco.
Me costó trabajo levantarme del petate. Azabache estaba ahí, despierto antes que yo, observándome con sus ojos ciegos. No me pidió comida. No se movió. Solo respiraba bajito, esperando.
Me senté en la orilla de la cama y le dije: —Hoy no vamos a abrir el puesto, negro. Hoy vamos a descansar.
Me volví a acostar. Sentí una paz inmensa. Empecé a repasar mi vida, no como una película, sino como sensaciones: el olor de las flores, el sabor del mole, el frío del agua, el calor del sol. Y poco a poco, la luz de la habitación se fue haciendo dorada.
Azabache se subió a la cama. Nunca lo dejaba subir, por las pulgas, pero ese día no me importó. Se acomodó a mi lado, pegando su lomo contra mi costado. Sentí su corazón latir: bum-bum, bum-bum. Ese ritmo fue mi nana.
Cerré los ojos. Dejé de sentir el dolor de las rodillas. Dejé de sentir el hambre. Dejé de sentir el peso de los 80 años. Lo último que sentí en este mundo físico fue el hocico de Azabache recargado en mi hombro y un suspiro largo que soltó, como diciendo: “Ya llegamos, patrona. Ya puedes soltarte”.
Y me solté.
V. El Velorio: La Vista desde el Otro Lado
Lo que pasa después de morir es difícil de explicar con palabras de vivos, pero voy a intentarlo. No hubo túnel ni luz blanca al principio. De repente, estaba yo parada junto a la cama. Me sentía joven, sin dolores. Miré hacia abajo y vi mi cuerpo, ese envoltorio viejo y arrugado que ya no me servía, acostado en el petate. Parecía dormida.
Y vi a Azabache.
El perro no aulló cuando mi corazón se paró. Se quedó ahí, inmóvil, pegado al cuerpo vacío. Yo le hablaba: —Negro, aquí estoy, mírame —le decía, acariciando su cabeza.
Pero mi mano atravesaba su pelo como si yo fuera de humo. Sin embargo, él sentía algo. Levantaba las orejas y olfateaba el aire, buscándome. Podía oler mi alma, pero no podía verme. Eso me partió el corazón más que la propia muerte. La impotencia de no poder decirle que estaba bien.
Cuando los vecinos me encontraron al día siguiente, porque extrañaron que no saliera humo de mi chimenea, tuvieron que batallar para quitar a Azabache. El perro les gruñía, no por agresivo, sino protegiéndome. —Ya, perrito, ya déjala descansar —le decía Goyo llorando—. Vámonos, Azabache.
Finalmente, lo lograron sacar, pero él se quedó en la puerta, echado, con la mirada fija en la nada.
Durante el velorio, yo estuve ahí. Vi las velas, olí las flores, escuché los rosarios. Pero mi atención estaba en él. Azabache no comió. Le ponían tacos, le ponían agua fresca. Nada. Tenía la mirada perdida en ese punto invisible donde yo estaba parada. Era como si estuviéramos conectados por un hilo de plata que se tensaba cada vez más.
—Pobre animal, se va a morir de tristeza —decían las señoras.
Y yo les gritaba sin voz: “¡No se va a morir de tristeza! ¡Se está preparando! ¡Me está esperando!”.
Porque en ese estado, empecé a recordar las viejas historias, las verdades antiguas que mi abuela me contaba. El perro negro. El guía. El cruce. Entendí que yo no podía irme del todo hasta que él viniera conmigo. Yo estaba atrapada en el umbral, y él era la llave.
El día del entierro fue el más duro. Ver cómo bajaban mi cuerpo a la tierra de Xochimilco fue bonito, regresar al origen. Pero ver a Azabache caminar detrás del cortejo, arrastrando las patas, ciego y viejo, fue devastador. Cuando la gente se fue, él se quedó. Se echó sobre el montículo de tierra fresca.
Me senté a su lado, en mi forma espiritual. —Ándale, negro —le susurré—. Ya suelta el cuerpo tú también. Ya estás cansado. Ven conmigo. Aquí no duele nada.
Pasaron tres días. Tres días donde él aguantó lluvia, sol y frío sin moverse de mi tumba. Yo no me aparté de su lado. Le hacía guardia, espantando a los malos espíritus que rondaban el panteón queriendo aprovecharse de su debilidad.
Finalmente, al tercer amanecer, vi cómo su respiración se hacía lenta. Su corazón, ese tambor leal, empezó a fallar. —Eso es, mi niño. Ven —le llamé.
Y entonces sucedió. De su cuerpo viejo y maltrecho, salió él. Pero no el Azabache ciego y artrítico. Salió un Azabache joven, fuerte, con el pelo brillante como espejo y los ojos encendidos de fuego y lealtad.
Se sacudió, miró su cuerpo inerte sobre la tumba, y luego me vio a mí. Me vio de verdad. Ladró, un ladrido alegre, potente. Corrió hacia mí y me llenó la cara de lengüetazos espirituales. Yo lo abracé, y esta vez, sí pude sentirlo. Sólido. Eterno.
—Vámonos, Cuquita —pareció decirme con la mirada—. Ahora sí empieza el viaje.
VI. El Mictlán y el Río Apanohuacalhuia
No subimos al cielo de las nubes y los angelitos tocando arpas. Eso es cuento de curas. Nosotros, los de la tierra, bajamos. Bajamos hacia el Mictlán, el lugar del descanso eterno.
El paisaje cambió. Ya no era Xochimilco. Era una llanura inmensa, de tierra ocre y cielo violeta, llena de vientos que cortaban como obsidiana. Había que caminar mucho. Pero yo no tenía miedo, porque Azabache iba adelante, abriendo camino, ladrándole a las sombras que querían acercarse.
Y llegamos al obstáculo final: el Apanohuacalhuia. El gran río de la muerte.
No se imaginen el canal de Xochimilco. Este era un río inmenso, caudaloso, de aguas turbulentas y oscuras, donde se escuchaban los lamentos de las almas que no tenían perro. Almas que vagaban por la orilla, llorando, porque en vida habían pateado a los animales, o los habían ignorado, y ahora no había nadie para cruzarlos. Estaban atrapados ahí por la eternidad.
Yo me paré en la orilla, sintiendo el respeto que impone ese río. —¿Y ahora? —pregunté.
Azabache me miró. Creció de tamaño. Se volvió enorme, del tamaño de un caballo. Se metió al agua, que se calmó un poco ante su presencia, y volteó a verme. —Súbete —me dijo sin hablar.
Me monté en su lomo. Me agarré de su pelaje negro, que era suave y cálido. Y él empezó a nadar.
Sentí la fuerza de la corriente queriendo arrastrarnos, voces que nos llamaban desde el fondo, remolinos de recuerdos y culpas. Pero Azabache nadaba con una fuerza infinita. Él era el único ser capaz de navegar esas aguas. Por eso dicen que los perros negros son sagrados, porque su color los hace invisibles en la oscuridad del río, y así engañan a los monstruos del agua.
Cruzamos.
Fueron minutos o fueron siglos, no lo sé. Pero llegamos a la otra orilla. Una orilla de paz, donde el sol brillaba con una luz suave de atardecer eterno. Me bajé de su lomo y él volvió a su tamaño normal.
Ahí estaban mis papás. Ahí estaban mis abuelos. Y al fondo, vi un campo infinito, verde y hermoso.
—Gracias, Azabache —le dije, arrodillándome para abrazarlo.
Él movió la cola. Ya no tenía misión. Su trabajo había terminado. Ahora solo nos quedaba descansar. Entramos juntos a ese lugar donde no existe el tiempo, donde siempre hay sol y donde nunca, nunca más, volveríamos a separarnos.
VII. El Legado en la Tierra de los Vivos
Mientras nosotros disfrutábamos de la eternidad, allá arriba, en Xochimilco, la historia seguía viva y creciendo.
Goyo, mi compadre, fue el primero en esparcir la voz. Cuando encontraron al perro muerto sobre mi tumba, Goyo no dejó que lo tiraran a la basura. Con sus propias manos, y pidiendo permiso al cura (que se lo negó, pero él lo hizo de todos modos a escondidas), enterró a Azabache a mis pies, ahí mismo en el panteón, aunque fuera tierra consagrada solo para humanos. —Donde va la patrona, va el guardián —dijo Goyo mientras apisonaba la tierra.
Con los años, la chinampa se cayó, la madera se pudrió y el agua reclamó mi casa. Pero la historia no se hundió. Los lancheros empezaron a contarla a los turistas, a veces cambiándole cosas, poniéndole más crema a sus tacos, diciendo que yo era una bruja o que el perro tenía ojos de fuego. Pero la esencia era la misma.
Empezaron a pasar cosas raras en esa zona del canal. Los lancheros contaban que, en las noches de niebla cerrada, cuando se perdían y no encontraban el camino de regreso al embarcadero, escuchaban un ladrido. Un ladrido seco y claro. Si seguían el sonido, siempre, invariablemente, encontraban la salida segura. —Es el perro de la Cuquita —decían, persignándose con respeto—. Todavía anda chambeando.
Y hubo otros casos. Un niño que se cayó al agua en 1985 y que juró que un perro negro lo empujó hacia la superficie. Una pareja de novios que se peleaban violentamente en una trajinera y vieron a un perro enorme observándolos desde la orilla, lo que hizo que se calmaran del susto.
Se creó una tradición no escrita en Xochimilco. Si ves un perro callejero negro en los embarcaderos, no lo espantas. Le das un pedazo de taco, le das agua. Porque no sabes si es un descendiente de Azabache, o si es el mismo espíritu que viene a ver cómo anda el barrio.
Hasta le hicieron un pequeño altar cerca de donde estaba mi chinampa. No es gran cosa, unas piedras, una cruz de madera y, a veces, la gente le deja collares de perro viejos o juguetes de hule, pidiendo protección para sus mascotas enfermas. Dicen que si tu perro está muy malo y le rezas al “Perro Negro de Xochimilco”, él intercede para que se cure o para que se vaya sin dolor.
VIII. Reflexión Final desde el Mictlán
Han pasado más de cincuenta años desde que dejé el mundo de los vivos. Desde acá, veo cómo México ha cambiado. Hay más ruido, más coches, más prisa. Xochimilco se está secando poco a poco, ahogado por la ciudad monstruosa.
Pero hay cosas que no cambian. Sigo viendo el amor de la gente por sus perros. Veo cómo lloran cuando se les mueren. Veo cómo los buscan cuando se pierden. Y quiero decirles algo a todos los que leen esto, a los que tienen un “Azabache” en casa, sea negro, pinto, de raza o corriente:
No son mascotas. Quítense esa palabra de la cabeza. Son guardianes. Son pedazos de alma con cuatro patas que Dios nos presta para que no nos sintamos tan solos en este universo tan grande. Ellos saben cosas que nosotros hemos olvidado. Saben cuándo estás triste, saben cuándo estás enfermo, y lo más importante, saben el camino a casa, tanto en esta vida como en la otra.
Si tienes a tu perro a tu lado ahorita, tócalo. Siente su calor. Ese calor es la única prueba real de que el amor incondicional existe. Y no tengas miedo de la muerte, de verdad te lo digo. Porque cuando te toque cruzar ese río frío y oscuro, no vas a estar solo. Vas a escuchar un ladrido familiar, vas a ver una cola moviéndose entre la niebla, y vas a saber que tu mejor amigo te estaba esperando para llevarte a casa.
Así como Azabache hizo conmigo. Así como sigue haciendo, corriendo eternamente por las orillas de Xochimilco, cuidando que nadie se quede atrás.
Esta fue mi vida, esta fue mi muerte, y esta es mi leyenda. Soy Refugio, la vieja Cuquita. Y esta noche, desde el otro lado, brindo con un jarrito de barro por todos los perros negros que iluminan la oscuridad.
PARTE 4: EL GUARDIÁN DE LA NIEBLA Y LOS HIJOS DEL OLVIDO
I. La Mirada desde el Mictlán: El Xochimilco que Duele
Desde este lado del río, donde el tiempo no corre con manecillas sino con latidos, sigo observando mi querido Xochimilco. Han pasado más de cuarenta años desde que mi cuerpo se volvió polvo en el panteón de Xilotepec, y aunque dicen que los muertos descansan, la verdad es que algunos nos quedamos velando. No por castigo, sino por amor.
He visto cómo mi hogar ha cambiado. He visto cómo las chinampas, esos jardines flotantes que los aztecas nos regalaron, se han ido llenando de casas de cemento gris, de ruido, de música estrepitosa que espanta a las garzas. He visto cómo el agua, antes verde y llena de vida, se ha puesto negra y espesa por el descuido de los hombres. Los ajolotes, esos pequeños monstruos sagrados que son hermanos de los dioses, se esconden cada vez más profundo, llorando en silencio porque su casa se quema.
Pero también he visto que, en medio de todo ese caos, la necesidad de creer sigue intacta. La gente sigue buscando milagros. Y es ahí donde mi Azabache y yo seguimos teniendo chamba.
Porque la leyenda no se detuvo con nuestra muerte. Al contrario, la muerte fue solo la semilla. Lo que creció después es un árbol de historias que da sombra a todos los que tienen miedo en la oscuridad. Quiero contarte lo que pasó después, no conmigo, sino con los que se quedaron. Quiero contarte sobre “El Milagro de las Velas” y la historia del muchacho incrédulo, para que entiendas que los lazos de lealtad no se rompen ni con la tumba.
II. El Legado de Don Goyo y el Altar de Piedra
Mi compadre Goyo, ese hombre santo que me sacó del agua, vivió hasta los noventa años. Y hasta su último suspiro, se encargó de que nadie olvidara a Azabache.
Goyo era necio, como buen mexicano de campo. Después de enterrar a Azabache a mis pies —un escándalo en el pueblo, porque “¿cómo vas a meter un animal en tierra santa, Goyo?”—, él empezó una tradición. Cada 2 de noviembre, no solo me ponía flores a mí. Le hacía su propio montoncito de cempasúchil al perro. Le ponía un plato de barro con agua fresca y un hueso de res con tuétano, de esos que le gustaban en vida.
La gente lo veía y se burlaba al principio. —Ya está chocheando el viejo Goyo, le reza a un chucho —decían los jóvenes en la cantina.
Pero las burlas se acabaron una noche de 1982.
Hubo una crecida fuerte. Llovió por tres días sin parar y los canales se desbordaron. El agua se metió a las casas, el lodo invadió las salas. Goyo vivía cerca de la orilla. Él contaba, y lo juró ante la Virgen de Guadalupe, que esa noche el agua estaba a punto de tirar la barda de su corral, donde tenía sus gallinas y sus dos puercos, su único patrimonio.
Goyo, viejo y cansado, salió bajo la lluvia con una pala, intentando desviar el agua inútilmente. Se resbaló, cayó de rodillas y se puso a llorar. —¡Ayúdame, Diosito! ¡Ayúdame, comadre Cuquita! —gritó al cielo negro.
Y entonces, lo vio. Dice que, entre la cortina de lluvia, vio a un perro negro parado sobre el borde del canal, justo donde el agua golpeaba con más fuerza. El perro no ladraba. Solo estaba ahí, firme como una estaca de hierro, mirando la corriente. Y, cosa de no creerse, el agua empezó a desviarse. Como si el cuerpo invisible del perro fuera una represa, la corriente se partió en dos y rodeó la casa de Goyo, dejando su corral intacto.
Al día siguiente, cuando bajó el agua, los vecinos fueron a ver cómo estaba el viejo, esperando encontrarlo en la ruina. Encontraron su casa seca. Y en el lodo, justo donde el agua se había desviado, había huellas. Huellas de perro. Pero no huellas normales. Eran enormes, profundas, como si un animal de cien kilos hubiera estado parado ahí toda la noche sosteniendo el río.
Desde ese día, nadie se burló. El altar de Azabache en el panteón siempre tuvo flores frescas. Y la gente empezó a llevarle collares. Si vas hoy al panteón viejo, verás mi tumba. Y verás que en la cruz de madera hay colgados decenas de collares de perro, correas viejas y placas con nombres: “Firulais”, “Bobi”, “Canelo”. Son las ofrendas de la gente que le pide a mi negro que cuide a sus mascotas en el viaje al más allá.
III. La Historia de Beto: El Escéptico (2005)
Pero quiero contarles una historia más reciente, una que vi con mis propios ojos espirituales hace no mucho tiempo. Es la historia de Beto.
Beto era un muchacho de ciudad, de esos que llaman “mirreyes” o fresas, que venía a Xochimilco solo a emborracharse. No respetaba nada. Para él, los canales eran un basurero y las trajineras una pista de baile. Odiaba a los perros callejeros; si se le acercaba uno pidiendo comida, le tiraba una patada o le echaba cerveza encima para reírse con sus amigos.
—¡Quítese, pinche perro sarnoso! —les gritaba.
Ay, mijo. Si supieras que al que pateas es al que te va a juzgar en la entrada del Mictlán.
Una noche de viernes, Beto y sus amigos rentaron una trajinera clandestina, fuera de horario, para seguir la fiesta. Iban muy tomados. La música retumbaba y ellos brincaban de un lado a otro, haciendo que la barca se meciera peligrosamente. El lanchero, un muchacho joven y asustado, les pedía que se calmaran, pero ellos se burlaban.
—¡Cállate, que para eso te pagamos! —le decían.
En un momento de estupidez, a Beto se le ocurrió la “genial” idea de orinar hacia el canal desde la orilla de la trajinera en movimiento. Perdió el equilibrio. Cayó como plomo al agua negra.
Nadie se dio cuenta al principio por el ruido de la música. Beto sabía nadar, sí, en una alberca limpia. Pero el canal es traicionero. Abajo hay lodo, hay plantas acuáticas que son como tentáculos, hay ramas, hay alambres viejos. Beto cayó y sus pies se enredaron en el lirio. Intentó patalear, pero entre más se movía, más se ataba. El agua fría le quitó el aire del susto. Tragó agua podrida.
Se hundió. En la oscuridad del fondo, el pánico lo invadió. Pensó en su mamá. Pensó en lo estúpido que había sido. Sintió que los pulmones le iban a estallar. “Ya me morí”, pensó.
Y en esa oscuridad, sintió algo. Sintió una mordida.
No fue una mordida de ataque. Sintió unos dientes clavándose en la tela de su camisa, en el hombro, con una fuerza brutal. Y luego, un tirón. Un tirón hacia arriba que casi le disloca el brazo.
Beto salió a la superficie tosiendo y boqueando, jalado por una fuerza invisible. Sus amigos, que ya se habían dado cuenta y gritaban histéricos alumbrando con los celulares, vieron algo que los dejó sobrios de golpe.
Vieron a Beto siendo arrastrado hacia la orilla por la corriente… pero junto a él, por un segundo, vieron una cabeza negra. Una cabeza de perro que sobresalía del agua, resoplando. —¡Agárrenlo! —gritó alguien.
Sacaron a Beto, pálido como un papel, temblando, vomitando agua negra. —¡El perro! ¡El perro me sacó! —gritaba Beto, llorando—. ¿Dónde está el perro?
Los amigos se miraron. —Güey, no había ningún perro. Estabas solo.
—¡No! —insistía Beto, tocándose el hombro—. ¡Sentí los dientes! ¡Me jaló!
Cuando lo revisaron, Beto tenía en el hombro, marcados en la piel amoratada, dos colmillos. Pero no sangraba. Eran marcas de presión, como un moretón que formaba la mordida perfecta de un can.
Esa noche, Beto cambió. Dejó la fiesta. Volvió a Xochimilco semanas después, pero de día y solo. Buscó a los viejos lancheros y les preguntó por el perro negro. Le contaron mi historia. Le contaron de Azabache. Beto se fue al panteón, buscó mi tumba y se tiró al suelo a llorar pidiendo perdón. Desde entonces, ese muchacho se dedica a rescatar perros de la calle. Dice que tiene una deuda de vida. Y tiene razón. Mi Azabache le dio una segunda oportunidad, no porque Beto se lo mereciera, sino porque esa es la naturaleza de los perros: salvan incluso a quien los desprecia, esperando que el milagro del amor les cambie el corazón.
IV. El Recuerdo Perdido: La Noche de los Coyotes (1974)
Para que entiendas por qué Azabache tenía ese poder, tengo que contarte algo que pasó mientras vivíamos, algo que se me olvidó decirte antes pero que es clave. Fue en 1974. Yo todavía vivía en la chinampa.
Ese año hubo una plaga de ratas en los canales, y detrás de las ratas, bajaron los coyotes de los cerros. Coyotes hambrientos, flacos, peligrosos. No le tenían miedo a la gente.
Una noche, escuché un alboroto en mi pequeño corral. Yo tenía tres gallinas, mis únicas proveedoras de huevo. Escuché el aleteo desesperado y el cacareo de muerte. Salí con mi lámpara de petróleo y un palo. Vi tres pares de ojos amarillos brillando en la oscuridad. Eran tres coyotes grandes que ya tenían a una de mis gallinas en el hocico.
—¡Lárguense! —les grité, golpeando el suelo con el palo.
Pero no se asustaron. Uno de ellos, el más grande, me enseñó los dientes y avanzó hacia mí. Yo era una vieja sola. Me quedé helada. Sentí que me iba a atacar.
En ese momento, salió Azabache de la casa. Él ya estaba viejo para entonces, ya le dolían las patas. Pero cuando vio que el coyote me amenazaba, se transformó. No ladró. Se lanzó en silencio, como un proyectil negro. Azabache era un perro mediano, mestizo. El coyote era más alto y salvaje. Pero Azabache peleaba por algo que el coyote no tenía: peleaba por su familia.
La pelea fue brutal. Se escuchaban gruñidos, chillidos, golpes de cuerpos contra la tierra. Los otros dos coyotes se unieron al ataque. Eran tres contra uno. —¡Azabache! ¡No! —gritaba yo, aventando piedras, desesperada.
Vi a mi perro caer, vi cómo lo mordían en el cuello, en las patas. Pensé que lo mataban. Pero Azabache se levantó. Con la cara llena de sangre, con una oreja desgarrada, se plantó delante de mí. Soltó un rugido que parecía venir del centro de la tierra y se lanzó directo a la garganta del líder de la manada. Lo mordió y no lo soltó. Lo sacudió hasta que el coyote chilló pidiendo paz.
Los coyotes huyeron. Azabache los persiguió hasta la orilla del canal y se quedó ahí, ladrando a la oscuridad, advirtiéndoles que en esa chinampa vivía el diablo si se metían con su dueña.
Cuando regresó a mí, se derrumbó. Lo cargué como pude, llorando. —Ay, mi negro, mi vida, ¿por qué hiciste eso? Te van a matar.
Lo curé durante semanas. Le cosí las heridas con aguja e hilo de coser ropa, desinfectando con tequila, porque no tenía para el veterinario. Él aguantaba los piquetes sin quejarse, solo me lamía las manos manchadas de su propia sangre. En esos días de fiebre, yo dormí en el suelo con él, abrazándolo para pasarle mi calor. Y le hice una promesa: “Tú diste tu sangre por mí, negro. Yo te doy mi vida entera. Nunca te voy a dejar solo”.
Esa noche de los coyotes selló nuestro pacto. Por eso, cuando yo me morí años después, él no dudó en venirse conmigo. Porque ya habíamos sangrado juntos. Ya éramos carne de la misma carne.
V. La Filosofía del Nahual y el Hilo Negro
A veces me preguntan aquí, en el Mictlán, otras almas que llegan confundidas: —Oiga, Doña Cuquita, ¿por qué los perros nos quieren tanto? ¿Qué les damos nosotros? Si somos malos, les pegamos, los abandonamos en las azoteas…
Y yo les explico lo que aprendí. En el México antiguo, se creía que cada persona nace con un animal espíritu, un “Nahual”. Pero también existe el “Tona”, el animal compañero. Los perros no son de este mundo. Ellos son embajadores. Vienen de un lugar donde el amor no pide condiciones.
Dicen que los humanos estamos atados a nuestras almas gemelas por un “hilo rojo”. Pues bien, yo te digo que estamos atados a nuestros perros por un “hilo negro”, fuerte y resistente como el cuero. Ese hilo no se rompe con la muerte. El perro es el único ser que ha visto a Dios a los ojos y ha decidido quedarse con el Hombre. Piénsalo. Podrían ser libres, podrían ser lobos, podrían vivir en el monte sin obedecer a nadie. Pero eligen quedarse a tus pies, aguantar tus regaños, comer tus sobras, solo por una caricia.
¿Por qué? Porque su misión es cuidar tu alma. Saben que el alma humana es frágil, que se rompe con la soledad, con la tristeza, con el orgullo. Ellos están ahí para lamer las grietas de tu espíritu hasta que sanen.
VI. Carta a los Vivos: No los Olviden
Tú, que estás leyendo esto en tu teléfono, en tu computadora, quizás con prisas, quizás aburrido. Detente un momento. Quiero pedirte algo, de vieja a joven, de muerta a vivo.
He visto desde acá arriba cómo tratan a los perros hoy en día. Veo a muchos que los visten como muñecos, que les compran camas más caras que la mía, y eso está bien, se lo merecen. Pero también veo a los otros. Veo a los perros de azotea, amarrados bajo el sol y la lluvia, ladrando de desesperación porque quieren ver a sus dueños y nadie sube a verlos. Veo a los que echan a la calle cuando crecen y dejan de ser cachorros bonitos. Veo a los que atropellan y ni siquiera se bajan a ver si siguen vivos.
Te lo digo yo, Refugio, que crucé el río de la muerte montada en el lomo de mi perro: Cada lágrima que le provocas a un animal, la vas a tener que beber en el río del infierno. Y cada vez que le das de comer a un callejero, estás comprando tu boleto de entrada al descanso eterno.
No necesitas ser rico para ser un héroe para ellos. Mi Azabache comía tortillas duras y caldo de huesos, y fue el perro más feliz del mundo porque tenía mi amor. No quieren tus lujos. Quieren tu tiempo. Quieren que los mires a los ojos y les digas: “Tú y yo somos equipo”.
Si ves un perro negro en la calle, no te cruces de acera por superstición. No traen mala suerte. Al contrario. Están patrullando. Están buscando a quién salvar. A lo mejor te están buscando a ti. Dale agua. Dale una caricia. Porque no sabes si ese perro es el espíritu de un antiguo guardián que viene a ver si todavía queda humanidad en tu corazón.
VII. El Final Eterno: La Guardia en el Canal
Mi historia ya se ha contado. Ahora, en el Xochimilco espiritual, la noche es eterna y hermosa. La luna siempre está llena y se refleja en el agua como un plato de plata. Aquí tengo mi chinampa otra vez, pero las flores nunca se marchitan. Y aquí está Azabache.
Ya no está viejo. Está fuerte, hermoso, brillante. A veces, cuando la niebla baja en el mundo de los vivos, le digo: —Anda, negro, ve a dar una vuelta. Ve a ver a los muchachos.
Y él cruza el velo. Va y corre por los embarcaderos de Nativitas, de Las Flores, de Cuemanco. Vigila a los borrachos para que no se caigan. Acompaña a las mujeres que caminan solas de regreso a casa para que nadie les haga daño. Ladra a los ladrones para que se alejen.
Y cuando regresa, viene moviendo la cola, contento de haber servido. Se echa a mis pies, suspira, y yo le rasco detrás de las orejas, en ese puntito exacto que le hace mover la pata.
—Buen chico, Azabache. Buen chico.
Nuestra leyenda no es de terror. No somos la Llorona que busca hijos, ni el Charro Negro que busca almas para llevarse al infierno. Nosotros somos la otra cara de la moneda. Somos la esperanza. Somos la prueba de que, si amas lo suficiente, ni la muerte puede separarte de tu manada.
Así que la próxima vez que andes por Xochimilco, o por cualquier lugar oscuro y sientas miedo… escucha bien. Si oyes un ladrido a lo lejos, no temas. Sonríe. Porque significa que Azabache anda cerca. Y si Azabache anda cerca, la vieja Cuquita también te está cuidando.
Buenas noches, hijos míos. Cuiden a sus perros, que ellos son los ángeles que eligieron no tener alas para poder correr a nuestro lado.
PARTE 5: EL ETERNO RETORNO Y EL ÚLTIMO CONSEJO DE LA ABUELA
I. El Tiempo que No Existe y la Memoria que No Muere
Ya merito acabamos, hijos míos. Hemos recorrido juntos el camino del lodo, el miedo del ahogo, el milagro del rescate y el viaje por el río de las nueve corrientes. Ahora, sentada aquí en mi chinampa celestial, donde el sol siempre calienta pero nunca quema, quiero regalarles el último pedazo de esta historia. No es un desenlace de película, porque la muerte no es un final de pantalla negra con letras blancas; es un horizonte que se expande infinitamente.
Desde que cruzamos el Apanohuacalhuia, Azabache y yo entendimos que el tiempo es una mentira que se inventaron los vivos para angustiarse. Acá no hay relojes. No hay prisa. Un suspiro puede durar cien años y un siglo puede pasar en lo que parpadeas. Pero lo que sí existe, y es más fuerte que cualquier ley física, es la Memoria.
Ustedes creen que cuando uno se muere, se desconecta. Que nos vamos a un cielo lejano a tocar el arpa y olvidarnos de si dejaron la estufa prendida. ¡Qué va! Los muertos mexicanos somos metiches por naturaleza. Nos gusta estar al pendiente. Y más si tenemos un perro al lado, porque ellos son nuestro radar.
Azabache se ha vuelto el patriarca de este rincón del Mictlán. No se imaginan la cantidad de perros que llegan a diario. Algunos llegan corriendo, felices, porque tuvieron una vida buena. Pero otros… ay, Dios, otros llegan rotos. Llegan con el espíritu cojo, con marcas de cadenas en el cuello etéreo, con miedo en la mirada. Y es ahí donde mi negro entra en acción.
No les ladra. Se acerca despacio, con esa calma que le dieron los años de cuidarme en la chinampa. Les huele la nariz, les lame la cara y, de alguna manera que no puedo explicar con palabras humanas, les quita el miedo. Les dice: “Ya pasó. Ya nadie te va a pegar. Aquí no hay hambre. Aquí no hay frío. Bienvenido a la manada de la Doña”. Y yo los veo transformarse. Veo cómo recuperan su brillo, cómo vuelven a ser cachorros.
Esa es nuestra eternidad: sanar a los que llegan y cuidar a los que se quedan.
II. La Verdadera Fiesta: El Regreso del 2 de Noviembre
Tengo que contarles cómo se siente el Día de Muertos desde este lado. Ustedes allá abajo se estresan comprando el papel picado, haciendo el mole, poniendo las fotos. Y nosotros acá arriba estamos como niños esperando el recreo.
Cuando se acerca noviembre, el aire en el Mictlán cambia. Empieza a oler a cempasúchil. No es broma. El aroma de la flor naranja es tan potente que rompe las barreras entre los mundos. Es nuestro GPS. Es el faro que nos dice: “Vengan, que la mesa está puesta”.
El primer año que regresamos, en 1979, yo tenía miedo de no encontrar el camino. Pero Azabache me empujó. —Vamos, Cuquita —me decía con sus ojos—. El compadre Goyo nos puso banquete.
Y bajamos. Bajar no es caminar. Es deslizarse por un tobogán de recuerdos y olores. Llegamos a la casa de Goyo. Él ya estaba muy viejo para entonces, pero ahí estaba el altar. Un altar humilde, sobre una mesa de madera coja, pero lleno de amor.
Había una foto mía, una de esas en blanco y negro donde salgo seria porque me daba pena sonreír. Y al lado, había un dibujo mal hecho de un perro negro. Lo había hecho un nieto de Goyo. —Mira, negro, ese eres tú —le dije a Azabache.
Él se puso feliz. Movía la cola tanto que casi tira las velas (sí, podemos mover el fuego si nos concentramos mucho). Pero lo más hermoso fue la comida. Ustedes piensan que comemos físicamente. No. Nosotros comemos la esencia. Cuando Azabache acercó su hocico al plato de barro con agua y al hueso que Goyo le puso, vi cómo absorbía el cariño con el que fue puesto. Se nutrió del amor. Y yo me comí el aroma de los tamales de frijol. Nos llenamos, no la panza, sino el corazón.
Ese día entendí por qué es tan importante que no nos olviden. Cuando alguien pone tu foto en el altar y dice tu nombre, te da fuerza. Te da luz. Pero cuando nadie te recuerda… ah, eso es lo triste. He visto almas que se van apagando, volviéndose sombras grises y transparentes, porque nadie las llama. Por eso, hijos, les pido un favor: Pongan fotos de sus perros en el altar. Ellos también esperan ese día. Ellos también quieren regresar a verlos, a ver si todavía guardan su pelota, a ver si todavía ocupan su lugar en el sillón. No les nieguen esa alegría.
III. El Encuentro con el “Nuevo” Xochimilco
En una de nuestras visitas recientes, Azabache y yo decidimos dar una vuelta larga por los canales, más allá de la casa de los conocidos. Quería ver mi tierra. Y tengo que serles sincera: me dieron ganas de llorar, y eso que los muertos ya no tenemos lágrimas.
Vi el agua sucia. Vi botellas de plástico flotando donde antes había nenúfares. Vi trajineras con bocinas gigantescas tocando reguetón a todo volumen, espantando a los espíritus del agua. Azabache gruñía. No le gustaba el ruido.
Pero entre todo ese desastre, vi destellos de esperanza. Vi a un grupo de jóvenes, de esos que llaman biólogos, metidos en el lodo hasta la cintura, limpiando, cuidando a los ajolotes. Vi a una señora vendiendo elotes que le daba de comer a tres perros callejeros que la rodeaban. Vi a un lanchero contándole a unos turistas gringos la historia de la Llorona con un respeto que me puso la piel chinita.
—Mira, negro —le dije—. Todavía hay gente buena. Todavía hay quien respeta la tierra.
Nos acercamos a los biólogos. Obviamente no nos veían. Pero Azabache se frotó contra las piernas de una muchacha que se veía cansada y triste porque se le había muerto un ajolote. La muchacha se detuvo, miró a su alrededor y se tocó la pierna. —Qué raro —dijo—. Sentí calientito. Como si mi perro estuviera aquí. Y sonrió. Se le quitó la tristeza.
Ese es nuestro trabajo ahora. Ser la esperanza invisible. Recordarles que Xochimilco no es solo un lugar para ir a emborracharse; es un templo sagrado, es el último pulmón de una ciudad que se asfixia. Y necesita guardianes, tanto vivos como muertos.
IV. La Profecía de los Perros Negros
Aquí en el otro lado se saben cosas. Se escuchan los rumores del universo. Y hay una profecía vieja, de los tiempos de mis abuelos aztecas, que quiero compartirles.
Dicen que llegará un día en que el ser humano se sentirá tan solo, tan desconectado de la tierra y de sus hermanos, que olvidará cómo amar. Que las máquinas (esos teléfonos que no sueltan) les robarán el alma poquito a poco. Pero la profecía también dice que los animales son el antídoto.
Que mientras haya un perro moviendo la cola al ver llegar a su humano, la humanidad no estará perdida. Que mientras haya un gato ronroneando en el pecho de un anciano, la soledad no ganará la batalla. Los perros negros, en especial, tienen la misión de absorber la energía pesada. ¿Han notado que a veces su perro se enferma de la nada cuando ustedes están pasando por una crisis muy fuerte? ¿O que se acuestan justo en la parte de su cuerpo que les duele? No es casualidad. Ellos son esponjas de amor. Se llevan tu dolor para que tú puedas seguir caminando. A veces, incluso, dan su vida para pagar tus deudas kármicas.
Así que, por favor, no los traten como juguetes. No los compren para presumirlos en el Instagram. Un perro es un compromiso sagrado con la naturaleza. Es decirle al universo: “Me hago cargo de esta vida, y a cambio, esta vida me enseña a ser humano”.
V. El Puente del Arcoíris vs. El Río de Piedras
He oído que ustedes hablan mucho del “Puente del Arcoíris”. Que dicen que es un prado verde donde todos corren. Y está bonito pensarlo así. Pero la verdad mexicana es más ruda y, para mí, más hermosa.
No es un puente de colores fácil de cruzar. Es un camino de piedras, de agua, de viento. Es un camino de esfuerzo. ¿Y saben por qué? Porque el amor se prueba en la dificultad. Cuando tu perro se muere, él no se va directo al descanso. Se queda un ratito esperándote. Se queda en la orilla del río, sentado, viendo hacia el horizonte por donde tú vas a llegar algún día.
Pueden pasar años. Tú puedes casarte, tener hijos, envejecer. Y él sigue ahí. Paciente. Fiel. No le importa si llegas viejo, arrugado o enfermo. Él te recuerda como eras cuando jugaban a la pelota. Y cuando por fin te ve llegar… ¡Ay, qué fiesta! Ese reencuentro vale más que todas las riquezas del mundo. Verlo correr hacia ti, sentir su choque contra tus piernas, escuchar sus ladridos que ya no son de alerta, sino de pura euforia.
Yo ya tuve mi reencuentro con mis padres. Con Goyo, que llegó hace unos años (y Azabache y yo fuimos a recibirlo con honores, claro que sí). Pero la paz más grande es saber que nunca más, por toda la eternidad, volveré a sentirme sola.
VI. La Despedida de Doña Cuquita
Bueno, mis niños, la vela se está acabando y la niebla empieza a subir. Es hora de que yo me regrese a mi petate celestial y deje que ustedes sigan con su vida loca allá abajo.
Pero antes de irme, quiero dejarles un encargo. Una tarea. No quiero que lean esta historia y digan “qué bonito” y le den like y sigan bajando viendo memes. No. Quiero que esta noche, cuando lleguen a su casa, hagan algo.
Miren a su perro. Pero mírenlo de verdad. No vean al animal que suelta pelo y ladra al cartero. Vean al espíritu antiguo que habita dentro de él. Vean al guardián que duerme con un ojo abierto por si entra el miedo. Vean al único ser en este planeta que los quiere más que a sí mismo.
Abrácenlo. Y si ya no tienen perro, si su “Azabache” ya se les adelantó, no lloren con amargura. Cierren los ojos, pongan la mano en su corazón y llámenlo con el pensamiento. Les juro, por mi madre santa y por mi propia tumba, que van a sentir un calorcito en los pies. Van a sentir un peso en la cama. Porque ellos nunca se van. Solo se vuelven invisibles para que no nos distraigamos, pero siguen caminando a nuestro paso.
Yo soy Refugio. Soy la que se cayó al agua y vivió para contarlo gracias a un perro. Soy la voz de todas las abuelas que les dicen: “Ponte suéter” y “Dale de comer al chucho”. Mi historia termina aquí, en el papel (o en la pantalla), pero mi leyenda sigue allá afuera, en los canales de Xochimilco.
Si alguna vez andan por allá, en una noche de luna, y ven una sombra negra corriendo por la orilla, no se asusten. Salúdenlo. Díganle: “Hola, Azabache. Gracias por cuidarnos”. Y si escuchan un ladrido de vuelta, siéntanse afortunados. Porque han sido bendecidos por el Guardián de la Niebla.
Que Dios me los bendiga, que la Virgen los cubra con su manto, y que nunca, nunca les falte un perro que les mueva la cola cuando lleguen a casa.
FIN