Parte 1
La noche en la Ciudad de México siempre tiene un sonido particular, pero para Elena, el silencio de su cuarto era lo que más le pesaba. El reloj de pared, un viejo regalo de su abuela, marcaba casi la medianoche. Cada “tic-tac” retumbaba en sus sienes como un recordatorio de que el tiempo se le escurría entre los dedos, como arena fina que no puedes retener.
Caminaba de un lado a otro en su pequeña habitación, apretando el celular contra su pecho. Sus manos estaban heladas, a pesar del bochorno que todavía se sentía en la colonia. Se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Estaba desierta. Solo las luces amarillas de los postes y las sombras largas de los fresnos viejos la acompañaban. Sentía que toda la ciudad dormía tranquila, mientras su vida entera estaba a punto de colapsar al salir el sol.
Tomó aire, ese aire pesado de la capital, y miró la pantalla. Un nombre: Mateo.
No eran amigos íntimos, pero tampoco eran desconocidos. Mateo era de esos hombres que saben escuchar sin interrumpir, de los que no te presionan y mantienen la calma cuando el mundo de los demás se está cayendo a pedazos. Por eso lo llamaba a él, ahora que no tenía respuestas y las fuerzas se le habían acabado.
Su pulgar temblaba sobre el botón de llamar. Por un segundo, pensó en colgar, en rendirse y dejar que el destino la alcanzara. Pero entonces, un recuerdo doloroso cruzó su mente: una promesa impuesta, un miedo que la asfixiaba y una fecha límite de la que no podía escapar.
Presionó el botón. El tono sonó una, dos, tres veces… Justo cuando pensó que él no contestaría, la llamada se conectó.
— ¿Bueno? —La voz de Mateo sonaba ronca por el sueño, pero mantenía esa dulzura natural.
Elena abrió la boca, pero las palabras se quedaron atoradas en su garganta seca. Tragó saliva y lo intentó de nuevo.
— Mateo… perdón por llamar tan tarde.
Hubo un silencio breve del otro lado.
— No te preocupes —dijo él—. ¿Estás bien?
Esa simple pregunta, hecha con tanta sinceridad, rompió algo dentro de ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se obligó a no quebrarse. No podía llorar, no todavía.
— Necesito ayuda —logró decir, con la voz baja y temblorosa.
Mateo se incorporó en su cama, el sueño se le espantó de golpe.
— ¿Qué tipo de ayuda, Elena?
Ella cerró los ojos con fuerza. Este era el momento. Si lo decía, no habría marcha atrás.
— Necesito un esposo para mañana —soltó.
Las palabras cayeron en el silencio de la línea como piedras en un pozo profundo. Pesadas, extrañas, casi irreales. Mateo no respondió de inmediato. Elena podía escuchar su respiración. Se preguntó si pensaría que era una broma de mal gusto. Casi deseaba que lo fuera.
— ¿Para mañana? —preguntó él lentamente.
— Sí —respondió ella—. Ya no tengo más tiempo, Mateo.
— ¿Por qué? —preguntó él, midiendo cada palabra.
— No puedo explicarlo todo ahora —dijo ella rápido—. Por favor, no me preguntes eso ahora. Solo… ayúdame.
Elena se quedó mirando el piso, esperando el rechazo, esperando que él colgara o se riera. Pero Mateo no colgó.
— ¿Estás en peligro? —preguntó él con una seriedad que la estremeció.
Ella dudó.
— No del tipo por el que llamas a la patr*lla —dijo—. Pero se siente igual de peligroso.
Mateo se levantó y caminó hacia su ventana. Afuera, su barrio se veía tranquilo, nada comparado con la tormenta que escuchaba en la voz de Elena.
— Sabes que un matrimonio no es cualquier cosa —dijo él—. No es un remedio rápido.
— Lo sé —susurró Elena—. Pero es la única puerta que me queda abierta.
El silencio regresó. El corazón de Elena latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir. Se sentía desnuda, como si le hubiera entregado todos sus miedos sin ninguna protección. Entonces, Mateo habló de nuevo, con una voz firme pero cargada de una extraña autoridad.
— Si quieres hacer esto —dijo—, entonces vas a tener que venirte a vivir a mi casa ahora mismo.
Elena se quedó helada.
— ¿Qué?
— No voy a aceptar nada a menos que sepa que estás a salvo —continuó Mateo—. Vivir conmigo significa que no habrá mentiras, ni esconderse, ni precipitarse en algo que no entiendes.
Elena se recargó contra la pared. No era la respuesta que esperaba. Pensó que le diría que no, o que buscara a otro. Vivir con él significaba enfrentar la realidad. Significaba dejar de huir.
— Ni siquiera sabes por qué te lo pido —dijo ella.
— No lo sé —respondió Mateo—. Pero sé que no lo pedirías a menos que estuvieras desesperada.
Sus manos empezaron a temblar de nuevo. Una parte de ella quería colgar y desaparecer. Pero otra parte sintió algo parecido al alivio.
— Si voy… —preguntó suavemente—, ¿lo haces por lástima?
— No —dijo Mateo—. Lo hago para que no tomes una decisión de la que te arrepientas el resto de tu vida.
Elena cerró los ojos y, finalmente, las lágrimas rodaron por sus mejillas. No eran de tristeza, sino del peso inmenso que había cargado sola por tanto tiempo.
— Está bien —susurró—. Voy para allá.
Parte 2: El Refugio y la Amenaza (Desarrollo)
Llegué a la casa de Mateo con una maleta pequeña y el alma rota. Eran las dos de la mañana. El taxi me dejó en una calle de la Colonia Santa María la Ribera, donde las casas viejas guardan secretos de siglos. Mateo me recibió con un suéter sencillo y una mirada que no juzgaba.
— Pasa, Elena. Estás a salvo —dijo, y por primera vez en meses, mis pulmones se llenaron de aire de verdad.
La casa olía a café y a jabón de barra. No era un palacio, pero se sentía como una fortaleza. Mateo me instaló en un cuarto pequeño. “Aquí nadie te va a presionar”, me prometió. Pero el descanso no duró mucho. A la mañana siguiente, el sonido de unos n*udillos golpeando la madera me hizo saltar de la silla.
Era Mason, mi primo, el enviado de mi familia para recordarme que yo no era dueña de mi vida. Su sonrisa era fría, de esas que te dan escalofríos.
— Elena, ya deja de jugar. Mañana es el límite. El abuelo ya tiene todo listo y el contrato está firmado. Si no te casas con quien él dice, sabes perfectamente lo que vas a perder. Te vamos a dejar en la calle, sin nombre y sin nada.
Mateo se puso entre Mason y yo. No gritó, no buscó la pel*a, pero su presencia era como un muro de concreto.
— Ella no va a ningún lado si no quiere —dijo Mateo con una calma que enfureció a Mason.
— Tú no te metas, muerto de hambre. No sabes en lo que te estás metiendo. Esto es un asunto de familia, de reglas que tú no entiendes —escupió Mason antes de irse, dejando una amenaza flotando en el aire: “Mañana venimos por ti, Elena. Estés lista o no”.
Me quedé temblando. Miré a Mateo y le dije: — Te estoy arruinando la vida. Ellos no se detienen ante nada. Su mundo es de dinero y control, y nosotros no somos nada para ellos.
Él solo me miró a los ojos, me puso una taza de café en las manos y me contestó: — El miedo es lo único que ellos tienen sobre ti. Mañana vamos a demostrarles que ya no les pertenece.
Parte 3: El Día del Juicio (Clímax)
El amanecer llegó gris, con esa neblina que a veces cubre la CDMX. Mi celular no dejaba de vibrar. Mensajes de mi tía, de mi padre, del abogado. “Es hoy”, decía el último texto. El pánico me cerraba la garganta. Sentía que el destino era una soga que se apretaba más y más.
A mediodía, un carro negro y elegante se estacionó frente a la casa de Mateo. Bajó Mason acompañado de dos hombres mayores, los tíos que siempre habían decidido por mí. Los vecinos se asomaron por las ventanas, los murmullos corrían por la cuadra como pólvora.
Salimos a la puerta. Mateo a mi lado, sin soltar mi mano.
— Es hora, Elena —dijo mi tío con voz de piedra—. Deja de avergonzarnos y sube al coche. Tienes un compromiso que cumplir. Es por el bien de la familia.
Miré el coche, miré a esos hombres que me veían como una mercancía, y luego miré a Mateo. Él no me dijo qué hacer. Solo se quedó ahí, dándome el apoyo que nunca tuve. En ese momento, algo dentro de mí se rompió… o quizá, se unió.
— ¡No voy a ir! —grité, y mi voz retumbó en toda la calle—. No soy un mueble que puedan heredar. No soy una firma en un papel. Si quieren mi libertad, tómenla, pero no me voy a casar por miedo.
— Vas a perderlo todo —amenazó Mason, dando un paso hacia adelante.
Mateo se adelantó, bloqueándole el paso. — Ella ya lo perdió todo el día que ustedes decidieron que no tenía voz. Ahora, váyanse de mi casa antes de que esto se ponga feo. Aquí no tienen poder.
Hubo un silencio eterno. Mason me miró con un odio puro, pero al ver que la gente del barrio empezaba a salir a ver qué pasaba y que yo no iba a ceder, entendió que habían perdido. Se subieron al coche y arrancaron quemando llanta, dejando tras de sí solo el humo y el vacío de una relación rota para siempre.
Me desplomé en los escalones de la entrada. Las lágrimas salieron, pero esta vez eran distintas. Eran lágrimas de un nudo que por fin se desataba. Mateo se agachó y me rodeó con sus brazos.
— Ya pasó, Elena. Ya eres libre.
