Parte 1
El sol caía pesadamente sobre los techos de lámina y concreto de una colonia popular en la CDMX. Yo, Mateo, me encontraba sentado en la banqueta, viendo pasar los camiones que escupían humo negro mientras mi mente volaba a mil kilómetros por hora. A mis 19 años, todos decían que era el más “picudo” del barrio. Tenía ideas para todo: negocios de tacos con recetas secretas, aplicaciones para el celular, planes para ser un gran ingeniero o quizás un político que por fin ayudara a la gente.
“Mateo, deberías hacer algo con todo eso que traes en la cabeza”, me decía mi jefa mientras torteaba en la cocina, con el sudor corriéndole por la frente. Yo solo le contestaba con una sonrisa confiada: “Hay tiempo, amá. Apenas voy empezando”. Pero el tiempo en la ciudad es traicionero; se escurre entre los dedos como el agua de los baches después de la lluvia.
Veía a mis amigos, chavos que apenas terminaron la secundaria, siguiendo los consejos que yo mismo les daba. A Beto le dije que pusiera su taller de celulares y ya tenía local. A Luis le sugerí que se metiera de lleno a la construcción y ya era cabo. Y yo… yo seguía aquí, en la misma banqueta, con los mismos tenis desgastados, soñando con diez destinos diferentes pero sin dar un solo paso en ninguna dirección.
Esa tarde, el aire se sentía distinto, cargado de una humedad opresiva. Recibí la noticia de que Beto iba a abrir su segunda sucursal. Un hueco amargo se me instaló en el estómago. ¿Por qué ellos sí y yo no? Yo era el de las ideas, yo era el “inteligente”. La frustración me quemaba por dentro como un trago de mezcal barato. Sentía que la vida me estaba jugando chueco, que el destino se burlaba de mis sueños de grandeza mientras me hundía en la inercia de las tardes grises de la capital. No sabía que ese sentimiento de derrota era apenas el comienzo de una lección que me rompería el alma para poder volver a armarla.
Parte 2: Desarrollo (Acción ascendente)
Los días pasaron y la envidia se convirtió en una piedra en mi zapato. Ver a los demás progresar mientras yo seguía “planeando” me quitaba el sueño. Una noche, después de ver a mi jefa contar las monedas para completar lo del gas, no aguanté más. Fui a buscar al Profe de la prepa, un señor sabio que siempre me tuvo fe. “Mateo”, me dijo con su voz cansada, “tú eres como un hombre parado en el cruce de caminos de una carretera en Oaxaca; te quedas viendo lo bonito de cada ruta, pero no caminas ninguna. Así se te va a ir la vida, hijo”.
Él me consiguió una cita con Don Aurelio, un empresario que empezó desde abajo, vendiendo chatarra en los tianguis y terminó con una cadena de joyerías. Al llegar a su oficina, me sentí pequeño. Le conté mis sueños, mis miedos y mi frustración. Él me escuchó en silencio, cruzando sus manos curtidas. “Tienes dos enfermedades, muchacho”, sentenció. “Eres flojo de espíritu y tienes la mente de un mono saltando de rama en rama. Quieres todo, pero no agarras nada”.
Me dolió, pero era la verdad. Desesperado, le pedí una oportunidad. Él sonrió de medio lado y sacó de un cajón un reloj de arena de madera vieja. “Te voy a ayudar. Te daré contactos, dinero y mi guía. Pero antes, debes decirme una sola cosa: ¿Qué quieres ser? Tienes exactamente una hora para decidirte por una sola meta clara. Si el último grano de arena cae y no has elegido, te vas de aquí sin nada”.
Parte 3: Clímax
Don Aurelio salió de la oficina y me dejó solo con el silencio y el shhh de la arena cayendo. Al principio pensé: “Esto es pan comido”. Cerré los ojos y empecé a imaginar. ¿Empresario de tecnología? Sí, eso deja lana. Pero espera, un restaurante de lujo en Polanco suena mejor. O tal vez médico, para que mi amá esté orgullosa. No, mejor ingeniero para construir puentes.
Me perdí en mis propias fantasías. Me vi a mí mismo con trajes caros, bajando de una camioneta negra, siendo el orgullo de mi barrio. En mi mente ya era exitoso, ya tenía el dinero, ya era alguien. Me olvidé del mundo real. De pronto, un golpe en la puerta me trajo de vuelta. Don Aurelio entró y miró el reloj.
¡Madre mía! Solo quedaban unos cuantos granos. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. El pánico me cerró la garganta. —¿Y bien, Mateo? ¿Qué elegiste? —preguntó con voz de trueno. —Yo… yo quiero ser… ¡quiero ser joyero! No, espere, ¡dueño de una constructora! O tal vez… —Me quedé mudo. El último grano de arena cayó. El silencio en la habitación era sepulcral. —Se acabó, Mateo. En sesenta minutos no pudiste tomar una decisión. Te perdiste en tus sueños mientras la realidad se te escapaba. Tu tiempo se terminó.
Sentí que el piso se abría. Lágrimas calientes me quemaron los ojos. Le supliqué, le pedí un minuto más, una segunda oportunidad, pero Don Aurelio negó con la cabeza. “La vida no da segundos chances cuando el tiempo ya se fue, m*nso. Esta arena que cayó es tu juventud, son tus oportunidades que no volverán”.