Parte 1
El aire pesado de la Ciudad de México se colaba por mis pulmones, mezclado con el olor a fierro viejo y tamales que flotaba en la esquina de mi colonia. Mi nombre es Mateo, y ese día sentía que el cielo gris de la capital se me venía encima. Acababa de recibir la noticia que tanto temía: “Ya no te necesitamos, muchacho”, me dijo el patrón sin siquiera mirarme a los ojos, mientras me extendía un sobre con apenas unos billetes mugrientos.
Caminé con los hombros caídos, sintiendo el peso de los años de esfuerzo que se esfumaban en un segundo. Mis botas, ya gastadas y con la suela pidiendo piedad, golpeaban el asfalto desigual mientras pensaba en mi jefa, que me esperaba en casa con su tos seca y las medicinas que ya no podía comprar. Me sentía como un águila que nació en un gallinero, alguien que siempre soñó con las alturas pero que el fango de la necesidad mantenía encadenado al suelo.
Me senté en la banqueta, justo frente al mercado, viendo pasar a la gente. Todos parecían llevar su propia cruz, pero yo sentía que la mía era de plomo. El eco de los gritos de los marchantes y el ruido de los peseros me aturdían. “¿Por qué a mí?”, me preguntaba en silencio, con los ojos nublados por una rabia que no sabía a quién dirigir. Estaba cansado de ser el protagonista de una historia de mala suerte, de ser el “pobre Mateo” al que la vida siempre le daba la espalda.
Fue entonces cuando vi algo que me detuvo el corazón. Un anciano, con la ropa más raída que la mía, estaba repartiendo sus últimos pedazos de pan con los perros callejeros, mientras sonreía como si fuera el dueño de todo México. En ese momento, algo dentro de mí se rompió… o quizá, por fin se abrió.
Parte 2: Desarrollo Mateo se acerca al anciano, cuestionando cómo puede estar tan feliz en su miseria. El anciano le cuenta una metáfora sobre un águila que creció creyendo ser un pollo y nunca voló porque “le dijeron que no podía”. Mateo refleja su propia vida: se dio cuenta de que se había rendido antes de luchar. Sin embargo, la tensión aumenta cuando llega a casa y ve que el estado de su madre empeora. La falta de dinero lo desespera, y se ve tentado a hacer algo indebido para conseguir medicina.
Parte 3: Clímax En un momento de máxima desesperación, Mateo corre hacia la farmacia con sus últimos 100 pesos. En la puerta, ve a una niña llorando porque no completa para el jarabe de su hermanito. Mateo enfrenta una decisión brutal: salvar su poco dinero para el futuro o ayudar en el presente. Recordando las palabras del anciano sobre “volar alto”, Mateo le entrega el dinero a la niña. Es un acto de fe pura, renunciando a su propia seguridad por la compasión.
Parte 4: Epílogo Al llegar a casa con las manos vacías, Mateo encuentra a un vecino esperándolo: le ofrece un trabajo honrado y le regala las medicinas que le sobraron de su propio tratamiento. Mateo entiende que cuando uno deja de verse como víctima, la vida empieza a responder. La historia termina con Mateo mirando hacia el horizonte, con la frente en alto, listo para dejar de vivir como un “pollo” y empezar a volar como el águila que siempre fue.