
Me llamo Rosaura Cárdenas y viajaba completamente sola. La tormenta cayó sin aviso sobre la sierra de Chihuahua, como caen las peores desgracias en esta vida: de golpe y sin pedir permiso.
Yo iba dentro de una diligencia, aferrándome con las uñas al asiento para no salir volando mientras el viento bramaba allá afuera como un animal hambriento. El cochero, un viejo seco y amargado llamado Pascual, frenó en seco.
Nunca abrió la puerta. Solo gritó desde afuera, con la voz ronca apagada por el hielo del vidrio:
—Hasta aquí llego, señorita.
Empujé la puerta y el viento me dio una bofetada de agujas heladas que me cortó la respiración.
—¿Cómo que hasta aquí? ¡No puede dejarme aquí botada! —le grité, sintiendo cómo el pánico me apretaba la garganta.
—Los caballos no pasan esos ventisqueros. Tendrá que seguir a pie —dijo él, encogiéndose de hombros sin una sola gota de piedad. Me señaló la cerca que llevaba al rancho de Santiago Rentería y soltó su sentencia: “Si se detiene, se c*ngela”.
Y así sin más, se largó y desapareció entre la blancura.
Me quedé sola en medio de la nada, con una maletita ridícula, un abrigo viejo que no servía para el norte y nueve miserables pesos cosidos en el fondo de mi bolsa. Nueve pesos era lo único que me separaba del hambre, de mrir en la calle, o de terminar vendiéndome en un burdel. Ya lo había perdido todo: mi madre mrió de cólera, mi padre por una infección, y me habían corrido de la fábrica.
Estaba ahí porque había contestado a un anuncio de un viudo que buscaba esposa por conveniencia; no ofrecía amor, solo techo y respeto. Y yo necesitaba sobrevivir.
Empecé a caminar. Contaba mis propios pasos en la nieve para no enloquecer: uno, dos, tres… recordando a mi padre que decía que el frío solo espera a que te rindas. El frío te qema la piel, te duerme los huesos. Tropecé y caí de rodillas, soltando mi maleta. Por un segundo, quise cerrar los ojos y dejarme ir. Nadie iba a llorar mi merte.
Pero me levanté por pura necedad y seguí. De pronto, vi una cerca y la sombra de una cabaña. Me arrastré hasta la puerta y tiré de la manija, pero no cedía. Empecé a golpear la madera rústica con mis puños insensibles.
—¡Auxilio! ¡Por favor! ¡No quiero m*rir aquí! —grité con mis últimas fuerzas.
Mis piernas fallaron y me desplomé en la nieve. Entonces, escuché una voz grave desde arriba.
PARTE 2: EL PACTO BAJO EL TECHO DE MADERA
El calor de la chimenea no solo me quemaba la piel; sentía que me estaba lamiendo el alma. Santiago me había soltado en un sillón orejero que olía a tabaco viejo y a ese aroma agridulce del cuero curtido. Mis manos, que hace diez minutos eran dos pedazos de carne muerta y morada, empezaron a hormiguear. Era un dolor p*nche, de esos que te dan ganas de gritar pero no tienes fuerza ni para abrir la boca.
Él no decía nada. Se movía por la habitación con la seguridad de un animal que conoce cada centímetro de su cueva. Lo vi acercarse con una cobija de lana gruesa, de esas pesadas que te hunden en el asiento.
—Tómese esto, no me vaya a colgar los tenis aquí apenas llegando —dijo con esa voz de trueno que parecía retumbar en las paredes. Me extendió una taza de peltre con un té negro que soltaba un vapor bendito.
—Gracias… —alcancé a balbucear. Mi voz sonaba como si hubiera tragado vidrios.
—No me agradezca nada, Rosaura. Usted pagó su pasaje y yo puse un anuncio. Esto es un trato, no una caridad —me soltó sin mirarme a los ojos, mientras atizaba el fuego con un fierro.
Me quedé callada. El silencio en esa casa era denso, como la nieve que seguía amontonándose afuera. Me fijé en sus manos: eran grandes, llenas de cicatrices, manos que habían peleado con la tierra y con las bestias. Me dio un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. ¿En qué m*erda me había metido? Había cruzado medio país para casarme con un hombre que parecía tener el corazón de piedra.
—Mire, Santiago —le dije, haciendo un esfuerzo por enderezarme—, yo no vine aquí buscando que me mantengan por mi linda cara. Sé que el anuncio decía “sin ilusiones románticas”, y créame que después de lo que he pasado, lo que menos quiero es que me anden recitando poesías. Pero tampoco soy un animal de carga.
Él se detuvo. Dejó el atizador y se giró lentamente. Sus ojos grises brillaron con la luz de las brasas. Me barrió de arriba abajo, como si estuviera tasando a una yegua en la feria.
—Me gusta que sea brava —murmuró—. La gente de aquí es de mecha corta y corazón duro. Si no fuera así, la sierra ya nos hubiera tragado a todos. Mañana hablamos de lo que le toca hacer. Por ahora, duerma. Esa recámara de ahí era de… —se detuvo, y una sombra de dolor le cruzó la cara—… era de mi esposa. Ahí tiene ropa seca. Úsela, no me sirve de nada guardada en un baúl.
Se dio la vuelta y salió hacia la cocina sin esperar respuesta. Me quedé ahí, temblando, rodeada por el fantasma de una mujer que ya no estaba y el silencio de un hombre que parecía estar m*erto por dentro.
A la mañana siguiente, el frío seguía calando hasta los pnches huesos, pero el sol ya se asomaba por los picos de la sierra, pintando todo de un blanco que te dejaba ciega. Me levanté con el cuerpo molido, como si me hubieran dado una pliza, pero me puse un vestido de lana que encontré en el baúl. Me quedaba un poco grande, pero olía a lavanda vieja, un olor que no pegaba nada con la rudeza de Santiago.
Bajé y lo encontré en la cocina, tomando café negro y comiendo una tortilla con frijoles. Ni buenos días me dio.
—Andele, desayune rápido. Tenemos que ir a los corrales. Una de las yeguas está mal y no sé si pase de hoy —dijo levantándose de un salto.
Lo seguí. El viento me cortó la cara en cuanto salimos, pero apreté los dientes. Llegamos a un establo grande, donde el olor a estiércol y heno me golpeó los recuerdos. Ahí estaba el animal, un potro oscuro que respiraba con dificultad y mantenía la pata delantera levantada, temblando.
Santiago se acercó y trató de tocarlo, pero el potro relinchó de dolor y casi le acomoda una patada en el pecho.
—¡Quieto, cabrón! —le gritó Santiago, frustrado—. Maldita sea, es el mejor que tengo para la venta de marzo. Si se me muere, se me va media ganancia.
Me acerqué despacio. He visto a mi padre hacer esto mil veces. Los animales no son malos, solo tienen miedo del dolor.
—Déjeme ver —dije, apartando a Santiago con el hombro.
—¿Usted qué va a saber? Quítese, no quiero que la lastime.
—¡Que me deje ver, p*nche terco! —le grité. Él se quedó mudo de la sorpresa.
Me arrodillé en la paja. Le hablé al oído al potro, con una voz suave que ni yo sabía que tenía. Poco a poco, el animal dejó de temblar. Le pasé la mano por el cuello hasta llegar a la pata. Estaba caliente, ardiendo de fiebre.
—Es un absceso —dije sin levantar la vista—. Se encajó algo y se le infectó hasta el hueso. Si no lo abrimos ahorita, la infección le va a subir por la sangre y mañana va a amanecer tieso.
Santiago se rascó la cabeza, incrédulo.
—¿Y usted cómo sabe tanto?
—Mi padre era veterinario del ejército. Yo era su sombra. Aprendí a coser carne antes que a bordar pañuelos —me levanté y lo miré fijo—. Traiga mi maleta. Ahí tengo las herramientas de mi viejo.
Santiago fue por la maleta y volvió corriendo. Yo ya tenía las mangas del vestido arremangadas. Saqué el bisturí de plata, un poco gastado pero con un filo que daba miedo.
—Necesito que lo agarre fuerte de la cabeza. Si se mueve, puedo cortarle un tendón y entonces sí, ya no va a servir ni para jalar un carro —le ordené.
Él me obedeció sin chistar. Por primera vez, vi respeto en sus ojos. Hice la incisión. El p*nche pus saltó, un olor fétido llenó el aire, pero no me moví. Limpié, drené y apliqué una mezcla de hierbas que mi padre siempre usaba. El potro soltó un suspiro de alivio que nos salpicó la cara.
Cuando terminé, estaba sudando a pesar del frío. Santiago me miraba como si fuera un aparecido.
—Usted no es una mujer común, Rosaura —dijo, limpiándose una mancha de sangre de la mejilla.
—Se lo dije en la carta, Santiago. No vine a ser un adorno. Vine a trabajar.
Esa misma tarde, mientras lavábamos las herramientas en la cocina, llegó el primer problema. Escuchamos el galope de varios caballos acercándose al patio. Santiago se puso tenso de inmediato. Alcanzó el rifle que tenía detrás de la puerta.
—Quédese adentro —me dijo en un susurro.
—Ni m*adres. Yo también vivo aquí ahora.
Salimos los dos. En el patio había tres hombres bien montados. El que iba al frente era un tipo con un traje impecable, botas de piel de cocodrilo y un sombrero que costaba más que todo el rancho de Santiago. Tenía una sonrisa de esas que te dan ganas de lavarte las manos después de saludarlos.
—Santiago, amigo mío —dijo el hombre con una voz melosa que me revolvió el estómago.
—Usted y yo no somos amigos, Claudio Burgoa —respondió Santiago, apuntando el rifle al suelo pero con el dedo en el gatillo—. ¿A qué vino?
—Supe que te llegó mercancía nueva del sur —dijo Claudio, mirándome con una desfachatez que me hizo hervir la sangre—. Vaya, Santiago, para ser un trato de negocios, te conseguiste una pieza muy fina.
Sentí que se me subía lo Cárdenas a la cabeza. Di un paso al frente, ignorando la mano de Santiago que trataba de detenerme.
—¿Mercancía? Mire, señor… como se llame. Si cree que puede venir aquí a faltarme al respeto, está muy equivocado. Mi nombre es Rosaura Cárdenas, y si no tiene nada importante que decir sobre caballos o tierras, puede irse mucho a la ching*da con todo y sus botas de lujo.
Claudio se quedó callado un segundo, y luego soltó una carcajada que resonó en toda la sierra.
—¡Híjole! Tiene garras la gatita. Me gusta. Pero no vine por ella, Santiago. Vine a recordarte que el plazo del banco vence en dos semanas. Tres mil pesos. Y supe que tu cuñado en el banco ya no está de humor para prórrogas.
Santiago apretó los dientes tanto que se le marcaron los músculos de la mandíbula.
—Tengo el dinero, Burgoa. No necesito sus recordatorios.
—¿Ah, sí? —Claudio sonrió con malicia—. Pues espero que tu yegua Lucera para bien, porque si no vendes esos potros, este rancho va a pasar a mis manos por una m*seria. El ferrocarril va a pasar por aquí, Santiago. Estas tierras valen oro, y yo no dejo que el oro se quede en manos de gente que no sabe manejarlo.
Se dio la vuelta y espoleó a su caballo, levantando una nube de nieve y polvo. Se alejó riendo, dejando un rastro de odio en el aire.
Santiago se quedó mirando hacia el camino, con los hombros caídos. El rifle le pesaba en la mano.
—¿Es cierto? —le pregunté bajito—. ¿Le debemos tanto dinero?
Él suspiró y me miró con una tristeza que me partió el alma.
—Ese b*stardo tiene comprada a media provincia. Si no pagamos, nos echa a patadas. Y yo… yo no tengo a dónde ir, Rosaura. Este rancho es lo único que me queda de mi padre, de mi hijo que no nació… de todo.
Le puse una mano en el brazo. Estaba duro como una roca.
—No nos va a quitar nada, Santiago. Somos socios, ¿no? Pues los socios se cuidan la espalda. Usted sabe de caballos y yo sé curarlos. Vamos a sacar esto adelante, aunque se nos vaya la vida en ello.
Él me tomó la mano. No fue un gesto de amor, fue un pacto. Un pacto de sangre y sudor bajo el cielo gris de Chihuahua.
—Mañana mismo empezamos —dijo con voz firme—. Vamos a demostrarle a ese p*nche Burgoa que aquí no se rinde nadie.
Pero lo que no sabíamos era que Claudio Burgoa no jugaba limpio. Esa noche, mientras dormíamos, el cielo se tiñó de un rojo que no era el del amanecer. Un olor a quemado entró por mi ventana.
—¡Santiago! ¡El granero! —grité, saltando de la cama.
Cuando salimos, las llamas ya lamían el techo de madera donde estaban los potros recién curados. El fuego bailaba con el viento, y entre las sombras, me pareció ver la silueta de un hombre huyendo a caballo.
La guerra apenas comenzaba, y yo solo tenía nueve pesos y una maleta de veterinario para pelearla. Pero si Burgoa creía que me iba a asustar, es que no conocía a una mujer que ya no tiene nada que perder.
—¡Los caballos, Santiago! ¡Saca a los caballos! —le grité mientras me amarraba un pañuelo mojado en la cara.
Él no lo pensó dos veces. Se lanzó hacia el humo, desapareciendo en esa bca de lobo llena de chispas. Yo lo seguí, ignorando el calor que me chamuscaba el pelo. Adentro era un pnche infierno. Los animales relinchaban de pánico, golpeando las maderas de sus corrales.
—¡Aquí, Lucera! —escuché a Santiago gritar entre la humareda.
Logramos sacar a tres, guiándolos con mantas sobre los ojos. Cuando salí por última vez, el techo se vino abajo con un estruendo que me hizo caer al suelo. Me quedé ahí, tosiendo, con los pulmones ardiendo y la cara negra de hollín.
Santiago se acercó a mí, tambaleándose. Tenía la camisa quemada y los brazos llenos de ampollas. Se dejó caer a mi lado y nos quedamos mirando cómo las llamas terminaban de devorar nuestro futuro.
—Se acabó, Rosaura —murmuró con la voz rota—. Sin el granero y con los caballos heridos… Burgoa ganó.
Me limpié la m*erda de la cara con el dorso de la mano y lo miré con toda la furia que tenía guardada.
—¿Se acabó? ¿Usted cree que yo vine desde Puebla para ver cómo un pnche ricachón nos quema la casa y nos quedamos cruzados de brazos? ¡Ni madres, Santiago Rentería! Mañana mismo voy a empezar a cobrar cada favor que hagamos en esta sierra. Si ese tipo quiere guerra, la va a tener. Porque yo no me sé rendir, y usted tampoco.
Él me miró entre el humo, y por primera vez en toda la noche, vi una chispa de esperanza peleando contra la derrota en sus ojos grises.
—Usted es mucha mujer para este rancho, Rosaura.
—No diga p*ndejadas y ayúdeme a levantarme. Tenemos mucho trabajo que hacer.
El sol empezó a salir sobre las cenizas, pero esta vez, el fuego no estaba en el granero, estaba dentro de mí. Y Claudio Burgoa iba a aprender que con una Cárdenas no se juega.
PARTE 3: LAS CENIZAS, EL RELOJ Y LA DEUDA QUE NOS AHORCABA
El amanecer nos encontró sentados en la tierra helada, cubiertos de hollín, sudor y desesperación. El granero ya no era un edificio; era un esqueleto de madera negra que humeaba contra el cielo gris de Chihuahua. El olor… Dios mío, el olor a carne asada y pelo quemado es algo que se te mete por la nariz y se te queda a vivir en el estómago para siempre.
Cuatro caballos. Cuatro animales inocentes habían m*erto calcinados porque no pudimos sacarlos a tiempo.
Santiago tenía la cabeza entre las manos. Sus hombros anchos temblaban en silencio. No estaba llorando; los hombres como él no lloran con lágrimas, lloran con rabia pura que les envenena la s*ngre. Yo tenía las manos llenas de ampollas por jalar las riendas ardientes y me ardía la garganta cada vez que respiraba.
Me levanté despacio, sintiendo que los huesos me crujían. Caminé hacia los restos del establo. Mis botas pisaban madera crujiente y ceniza caliente.
—No te acerques, Rosaura —dijo Santiago con voz ronca, sin levantar la vista—. Todavía hay brasas. Te vas a quemar.
—Tengo que ver —le respondí, tosiendo—. Alguien hizo esto, Santiago. El fuego no saltó solo en medio de una tormenta de nieve.
Empecé a patear los escombros cerca de donde había estado la puerta principal. El humo me hacía lagrimear, pero mi terquedad era más grande. Moví un pedazo de viga carbonizada con la punta de la bota y vi algo que brillaba entre la ceniza gris.
Me agaché, ignorando el calor que me q*emaba las yemas de los dedos, y lo recogí.
Era un reloj de bolsillo. De plata maciza. El cristal estaba estrellado y la cadena medio derretida, pero en la tapa trasera había dos letras grabadas con letras cursivas, muy finas, muy elegantes.
- B.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Apreté el reloj ardiente en mi puño hasta que el dolor me hizo soltar un quejido. Caminé de regreso hacia Santiago y se lo tiré a los pies. El metal hizo un sonido sordo al chocar contra la tierra endurecida.
Santiago levantó la vista, miró el reloj y luego me miró a mí. Sus ojos grises, que siempre parecían tan fríos, ahora eran puro fuego.
—Claudio Burgoa —susurré, sintiendo que el nudo en mi garganta se apretaba—. Fue él. Ese infeliz mandó a q*emar nuestro granero.
Santiago tomó el reloj. Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza con la que lo apretó. Se levantó de golpe, la vena del cuello le latía a mil por hora.
—Voy a mtarlo —gruñó, dándose la vuelta hacia la casa—. ¡Voy a sacar el rifle y le voy a volar la cbeza a ese b*stardo!
Corrí y me puse frente a él, empujándolo del pecho con mis dos manos. Estaba duro como una pared de piedra.
—¡No seas idota, Santiago! —le grité en la cara—. ¡Eso es exactamente lo que él quiere! Si vas y le haces algo, te van a meter a la cárcel o te van a clgar. Él tiene dinero, tiene influencias, y tú solo tienes un rancho en ruinas.
—¡Me q*emó a mis animales, Rosaura! —rugió él, agarrándome por los brazos. Su agarre era doloroso, pero no me encogí—. ¡Me está quitando lo que es mío! ¿Qué quieres que haga? ¿Que me siente a rezar?
—¡Quiero que uses la cabeza! —le contesté, sosteniéndole la mirada hasta que él parpadeó y aflojó la presión de sus manos—. Si vamos a la policía con este reloj, van a decir que él lo perdió cuando vino de visita. Lo sabes. Aquí la justicia tiene precio y nosotros no tenemos ni un peso partido por la mitad.
Santiago soltó un suspiro tembloroso, como si de repente le cayera todo el peso del mundo encima. Se pasó una mano llena de tizne por la cara.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó, sonando por primera vez como un hombre derrotado.
—Vamos a ir al banco —le dije, ajustándome el abrigo sucio—. Vamos a hablar con el gerente. Si Burgoa quiere jugar sucio, nosotros vamos a jugar de frente.
El pueblo de San Jerónimo estaba a dos horas en carreta. El viento helado del invierno nos cortaba los labios durante todo el camino. Íbamos en silencio. Santiago manejaba las riendas con la mirada perdida en el horizonte, y yo iba a su lado, abrazando mi maletín de veterinaria como si fuera un escudo.
Cuando entramos a la sucursal del banco, la gente nos miró de arriba abajo. Éramos un desastre: olíamos a humo, teníamos la ropa sucia y la cara manchada. Los cajeros, bien peinados y con trajes limpios, torcieron la boca con asco.
—Venimos a ver a Arturo Valdez —exigió Santiago, apoyando sus grandes manos sobre el mostrador de caoba.
El cajero, un muchachito pálido y asustadizo, tragó saliva. —El señor Valdez está ocupado, Don Santiago. No puede…
—Dígale que salga o entro yo a sacarlo de las greñas —soltó Santiago con una voz tan baja y amenazante que el muchacho casi se tropieza al correr hacia la oficina del fondo.
Un minuto después, salió Arturo Valdez. Era un hombre regordete, con bigote engominado y unos lentes redonditos. Era el cuñado de Claudio Burgoa. Nos miró con una sonrisa falsa, de esas que no llegan a los ojos.
—Santiago, amigo. Qué facha traes. Pásenle a mi oficina, por favor, no hagan un escándalo aquí afuera —dijo, abriendo la puerta.
Entramos. La oficina olía a puro caro y a perfume francés. Todo lo que nosotros no éramos.
—¿A qué debo el honor? —preguntó Arturo, sentándose detrás de su enorme escritorio, cruzando las manos sobre su estómago.
—Sabes perfectamente a qué vengo, Arturo —dijo Santiago, plantándose frente a él sin sentarse—. Vengo a decirte que anoche hubo un incendio en mi rancho. Perdí el granero grande y cuatro potros.
Arturo fingió sorpresa, llevándose una mano al pecho. —¡Qué barbaridad, Santiago! Lo lamento muchísimo. Una verdadera tragedia.
—No te hagas el p*ndejo conmigo —le espetó Santiago—. Tu cuñadito Burgoa estuvo ahí. Dejó esto.
Santiago arrojó el reloj chamuscado sobre el escritorio. Arturo lo miró, palideció un poco, pero rápidamente recuperó su postura arrogante.
—Yo no sé nada de las pertenencias de mi cuñado, Santiago. Pero ya que tocas el tema de las pérdidas… me temo que esto cambia nuestra situación.
—¿De qué hablas? —preguntó Santiago, frunciendo el ceño.
Arturo sacó una carpeta del cajón y la abrió con calma desesperante. —Tu préstamo, Santiago. Los tres mil pesos que te dimos hace seis meses. Como bien sabes, la garantía de ese préstamo eran tus instalaciones y tu lote de potros de primera. Al haberte quedado sin el granero y con bajas en tu ganado… el banco considera que tu capacidad de pago se ha visto severamente comprometida.
Sentí que la s*ngre se me congelaba. Me adelanté un paso. —¿Y eso qué significa, señor Valdez? —intervine, con la voz temblando de puro coraje.
Arturo me miró con desdén. —Significa, señorita… eh…
—Señora Rentería —lo corté, mintiendo con los dientes apretados para que me tomara en serio. Santiago me miró de reojo, sorprendido, pero no dijo nada.
—Significa, señora —continuó Arturo con tono burlón—, que el banco está ejecutando la cláusula de riesgo. Tienen exactamente setenta y dos horas para liquidar la totalidad de la deuda. Los tres mil pesos, más los intereses moratorios. Si el viernes a mediodía el dinero no está en este escritorio, el banco tomará posesión legal del Rancho Rentería.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan pesado que me costaba respirar.
—¡Eso es un r*bo! —estallé, golpeando el escritorio—. ¡No pueden hacer eso! ¡El plazo vence en dos semanas!
—Las políticas del banco no las discuto con mujeres que huelen a establo —respondió Arturo, poniéndose de pie—. Lo siento mucho, Santiago. Tráeme el dinero o empaca tus cosas. Es todo.
Santiago no dijo nada. Agarró el reloj de la mesa, se dio la vuelta y salió por la puerta. Lo seguí casi corriendo.
Cuando llegamos de regreso al rancho, ya era de noche. Hacía un frío que partía los labios, pero el frío real lo traíamos por dentro.
Entramos a la cocina. Santiago encendió la lámpara de petróleo. Sus manos temblaban. Sacó una botella de mezcal de la alacena y se sirvió un vaso lleno. Se lo tomó de un solo trago, cerrando los ojos.
—Tres mil pesos… —murmuró, sirviéndose otro—. Ni vendiendo todo lo que nos queda en pie llegamos a eso en tres días. Burgoa nos ahorcó. Nos dejó en la p*ta calle, Rosaura.
Yo me quedé parada en el marco de la puerta, mirándolo. Había viajado kilómetros, había aguantado hambre, frío, el abandono del chofer, casi me m*ero en la nieve, todo para encontrar un techo. Y ahora, este hombre gigante y rudo se estaba rindiendo frente a mis ojos.
No lo iba a permitir.
Caminé hacia la mesa de madera tallada. Agarré mi bolso de tela, el mismo que traía desde Puebla. Metí la mano, agarré el forro roto y tiré con fuerza. La tela se desgarró con un ruido seco.
Saqué las monedas que tenía escondidas y las dejé caer sobre la mesa. Sonaron como campanadas en el silencio de la cocina.
—Nueve pesos —dije, mirándolo a los ojos—. Era todo lo que tenía en el mundo cuando me encontraste tirada en la nieve.
Luego, metí la mano en la bolsa de mi delantal y saqué los billetes y monedas que había ganado curando a los animales de los vecinos durante estas semanas. Los puse junto a los nueve pesos.
—Y aquí hay ciento cuarenta pesos más. Es mi trabajo. Es mi sudor.
Santiago miró el dinero y luego me miró a mí, frunciendo el ceño. —¿Qué haces, Rosaura? Guarda eso. Es tuyo. Te dije que si esto no funcionaba, yo te daba para tu pasaje. Llévate tus ahorros y vete de aquí. Vete antes de que el banco venga a sacarnos a patadas.
—¡No me voy a ir a ningún lado! —le grité, golpeando la mesa. La botella de mezcal tembló—. ¡Yo no soy de las que salen corriendo cuando la puerta se cierra, Santiago!
Él suspiró, pasándose las manos por la cara, derrotado. —Rosaura, no lo entiendes. Aprecio lo que haces, de verdad. Pero con ciento cuarenta y nueve pesos no hacemos ni cosquillas. Burgoa nos va a aplastar. Yo lo perdí todo.
—¡Nosotros no hemos perdido nada hasta que dejemos de pelear! —me acerqué a él, quedando a centímetros de su cara—. Tú pediste una esposa por conveniencia. Pediste una socia. Pues aquí estoy. No estoy dando limosna, Santiago. Estoy invirtiendo en nuestra sociedad.
Él bajó la mirada hacia el dinero y luego la subió lentamente hacia mí. Había un brillo nuevo en sus ojos grises, una mezcla de asombro y algo más profundo que no supe nombrar.
Extendió su mano, gruesa, áspera, llena de cicatrices y quemaduras recientes.
—No te merezco, Rosaura Cárdenas —dijo con la voz ronca.
Yo tomé su mano. Sentí su calor, su fuerza. —No vine aquí buscando merecer a nadie. Vine a sobrevivir. Socios, entonces. De verdad.
—Socios, de verdad —repitió él, apretando mi mano.
A la mañana siguiente, me levanté antes de que el sol saliera. Me puse el abrigo, agarré mi maleta de veterinaria y ensillé a ‘Rayo’, uno de los caballos más rápidos que nos quedaban.
—¿A dónde vas? —me preguntó Santiago, saliendo del establo con una pala en la mano.
—A cobrar deudas —le contesté, subiendo a la silla de montar—. En esta sierra hay mucha gente que me debe favores. Gente rica, gente pobre. Les he salvado vacas, potros, perros. Es hora de que paguen. Tú quédate aquí y junta a los caballos que vas a vender. Voy a regresar con dinero, te lo juro.
No esperé su respuesta. Clavé los talones y salí a galope tendido.
Mi primera parada fue el rancho de Don Tomás Briseño. Un hombre rudo, de bigote espeso y manos callosas, dueño de la mitad de las cabezas de ganado del norte. Semanas atrás, yo había pasado toda una madrugada codo a codo con él, metida hasta el hombro en las entrañas de su mejor yegua para sacarle un tapón del intestino que la estaba m*tando de cólico.
Cuando llegué, Tomás estaba en el corral. Se sorprendió al verme llegar sola y tan temprano.
—¡Doctora! —me gritó, quitándose el sombrero—. ¿A qué debemos el milagro? ¿Pasa algo en el rancho de Rentería? Se supo lo del incendio.
Me bajé del caballo de un salto. Fui directo al grano; no tenía tiempo para cortesías.
—Don Tomás. Vengo a pedirle un favor. Más bien, vengo a cobrarle uno.
Él se puso serio. Cruzó los brazos sobre su pecho ancho. —Usted dirá, doctora. Le debo la vida de mi yegua y la cría que trae adentro. Yo soy hombre de palabra.
—El banco nos quiere quitar el rancho. Burgoa está detrás de todo. Nos dio setenta y dos horas para pagar tres mil pesos. Santiago va a vender algunos caballos, pero no nos alcanza. Necesito que me adelante el pago de los próximos seis meses de consultas para todo su ganado. Y necesito que, si tiene algún caballo que quiera comprarle a Santiago, me lo pague hoy mismo, por adelantado.
Tomás Briseño me miró fijo durante un largo minuto. El viento soplaba levantando polvo a nuestro alrededor. Pensé que me iba a mandar al d*ablo. Que nadie en su sano juicio soltaría tanto dinero por una promesa de una mujer forastera.
Pero entonces, Tomás escupió a un lado, asintió y caminó hacia su casa. —Espéreme aquí, doctora. Voy a abrir la caja fuerte. Burgoa es un infeliz víbora que nos ha querido tragar a todos. Si ayudar a Rentería sirve para darle una patada en el trasero a ese c*brón, cuente con mi dinero.
Salí del rancho de Tomás con cuatrocientos pesos en efectivo y dos pagarés firmados.
El corazón me latía a mil por hora. Seguí cabalgando. Fui a la hacienda de la viuda Martínez. Le curé a sus perros cazadores de una sarna que nadie más pudo quitarles. Me pagó cincuenta pesos. Fui al pueblo viejo y hablé con el carnicero, con el dueño de la tienda de raya, con cada persona que había visto mis manos manchadas de s*ngre y lodo salvando a sus animales.
No pedía caridad. Les explicaba la situación de frente, mirándolos a los ojos. Les decía: “Si usted confía en mi trabajo, páguemelo hoy. Si dejamos que Burgoa se quede con el rancho Rentería, él será el dueño de todo, y los va a exprimir a ustedes también.”
Cerca del atardecer, mi bolsa de lona pesaba. Tenía billetes arrugados, monedas de plata, y hasta una bolsa de pepitas de oro pequeñas que un minero me dio por salvar a su mula de carga.
Iba por el camino de terracería, cansada, con la espalda adolorida y la garganta seca, cuando vi que el camino estaba bloqueado.
Eran tres jinetes. En medio de ellos, con su maldito traje impecable y su sonrisa ladeada, estaba Claudio Burgoa.
Frené a Rayo bruscamente. El caballo relinchó, sintiendo mi tensión. Los hombres de Burgoa se acercaron lentamente, cerrándome el paso.
—Buenas tardes, señorita Cárdenas —dijo Burgoa, quitándose el sombrero con una lentitud que me dio asco—. O debería decir… la limosnera de la sierra. Supe que andas de puerta en puerta mendigando centavos para salvar al p*ndejo de Santiago.
Apreté las riendas. El miedo me punzaba el estómago, pero no iba a dejar que me viera temblar.
—No estoy mendigando, Burgoa. Estoy cobrando mi trabajo. Algo que un parásito como usted, que solo roba y quema a escondidas, nunca entendería.
La sonrisa de Burgoa desapareció. Sus ojos se volvieron dos rendijas oscuras. Acercó su caballo al mío hasta que nuestras rodillas casi se rozaron. Olía a colonia cara y a maldad.
—Eres muy valiente para ser una mujer que no tiene dónde caer muerta —susurró, con voz venenosa—. Te voy a dar un consejo de buena fe, Rosaura. Toma ese dinerito que juntaste, vete a la estación del tren y lárgate a Puebla. Santiago es un caso perdido. Es un m*ldito perdedor.
—Santiago es cien veces más hombre que usted.
Burgoa soltó una carcajada seca, sin humor. —¿Tú crees que lo conoces? ¿Crees que ese amor de salvadora que le tienes lo va a cambiar? Déjame decirte algo que tu querido Santiago seguro no te contó.
Se inclinó hacia mí. Sentí su aliento en mi cara. —¿Sabes cómo m*rió Inés, su primera esposa?
Me quedé quieta. El frío me caló hasta los huesos. —Mrió en el parto —dije con voz firme—. Y el niño nació merto.
—Claro, esa es la versión bonita —Burgoa sonrió, relamiéndose los labios—. Inés empezó a sngrar tres días antes del parto. Todos le dijimos a Santiago que la bajara al pueblo, que trajera a un doctor de Chihuahua. Pero él dijo que no. Que costaba mucho dinero. Que las mujeres de la sierra parían solas. La dejó dsangrarse en esa cama, Rosaura. Por codo. Por estúpido. La dejó m*rir a ella y a su propio hijo.
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. El aire se me escapó de los pulmones. Mi mente voló a la habitación vacía en el rancho, al baúl cerrado, a la tristeza infinita en los ojos de Santiago.
—Mientes… —susurré.
—Pregúntale a quien quieras en el pueblo —Burgoa se enderezó en su silla de montar—. Santiago Rentería solo cuida lo que le deja dinero. Los caballos. Las vacas. Tú eres solo un empleado más barato que le limpia la m*erda de los corrales. Si te quedas, vas a terminar exactamente igual que Inés: bajo tierra, sola y olvidada.
—¡Lárgate! —le grité, sacando la fusta y dándole un golpe seco al cuello de su caballo. El animal reparó, haciendo que Burgoa casi perdiera el equilibrio.
—¡Estúpida! —gritó él, acomodándose el sombrero—. ¡El viernes al mediodía los quiero fuera de mi propiedad! ¡A los dos!
Pateé a Rayo y pasé por en medio de sus hombres a todo galope. No miré atrás. Las lágrimas me nublaban la vista, no sabía si por el viento helado o por el veneno que Burgoa acababa de inyectarme en la cabeza.
¿Sería verdad? ¿Santiago había dejado mrir a su esposa por no pagar un médico?* Cuando llegué al rancho, ya era noche cerrada. Santiago estaba en la cocina, contando un fajo de billetes en la mesa. Al escucharme entrar, levantó la vista. Tenía ojeras marcadas, pero había una pequeña chispa de esperanza en su cara.
—Rosaura. Qué bueno que llegas. Vendí tres de los potros a los ganaderos del sur. Me dieron buen precio. Tengo mil pesos aquí. ¿Cómo te fue a ti?
Caminé lentamente hacia la mesa, sintiendo mis piernas pesadas. El eco de las palabras de Burgoa me taladraba los oídos. Miré a Santiago. Miré sus manos grandes, su rostro curtido. Quería gritarle, quería preguntarle por Inés, quería exigirle la verdad.
Pero miré la urgencia en sus ojos. No era el momento de pelear por fantasmas del pasado. Teníamos una guerra en el presente.
Vacié mi bolsa sobre la mesa. Billetes, monedas, oro. —Aquí hay ochocientos pesos —dije, con la voz apagada.
Santiago abrió los ojos de par en par. Empezó a acomodar el dinero, sumando, contando rápido, moviendo los labios. De pronto, sus manos se detuvieron.
El silencio en la cocina se volvió sofocante.
—Mil… más ochocientos… —murmuró, y vi cómo la chispa de esperanza en sus ojos se apagaba, tragada por la misma oscuridad de siempre—. Mil ochocientos.
Levantó la vista. Me miró con una desesperación que me partió el alma en dos.
—Nos faltan mil doscientos pesos, Rosaura. Mil doscientos p*nches pesos.
Me dejé caer en una silla, agarrándome la cabeza. Habíamos hecho lo imposible. Habíamos vaciado nuestros ahorros, cobrado favores, vendido los mejores animales… y aún así, el banco y Burgoa nos tenían con la soga al cuello.
—Todavía tenemos mañana —dije, tratando de sonar fuerte, aunque mi voz se quebraba—. Puedo ir a los ranchos del este. Allá no me conocen, pero puedo ofrecer…
—No, Rosaura —me interrumpió Santiago, con un tono cortante y frío que me asustó—. Ya fue suficiente. Hiciste lo que pudiste. Hicimos lo que pudimos.
Se levantó de la mesa y caminó hacia la ventana, mirando hacia los corrales en la oscuridad.
—Solo queda una opción —dijo, sin voltear a verme.
Sentí un escalofrío. Sabía perfectamente a qué se refería. —No —dije, poniéndome de pie de golpe—. No, Santiago. Ni lo pienses.
Él se dio la vuelta. Su rostro era una máscara de piedra. —Burgoa me ofreció mil quinientos pesos por ella hace un mes. Si mando a Pascual a decirle que acepto el trato, nos da el dinero mañana a primera hora. Pagamos al banco y nos quitamos a ese infeliz de encima.
—¡Estamos hablando de Lucera! —le grité, sintiendo que la furia me quemaba la garganta—. ¡Es tu mejor yegua! ¡Y está preñada a punto de parir! Si se la das a ese monstruo, la va a cruzar hasta m*tarla, o peor, le va a hacer daño solo para castigarte.
—¡Es un p*nche animal, Rosaura! —rugió él, golpeando la pared con el puño—. ¡Es un animal a cambio de mi tierra, a cambio de la casa donde duermes, a cambio de nuestra vida! ¿Crees que me gusta? ¡La crié desde que era una potranca! Pero no voy a dejar que me corran de mi propio rancho por sentimentalismos de porquería.
—¡No es sentimentalismo, es decencia! —le grité, acercándome a él, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Ya perdimos el granero, ya perdimos cuatro caballos por c*lpa de ese tipo! Si le entregamos a Lucera, le estamos entregando nuestra dignidad. Burgoa va a saber que nos tiene a sus pies. Hoy es Lucera, mañana será otra cosa. ¡Te va a quitar el alma a pedazos!
Santiago me agarró por los hombros. Me sacudió un poco, sus ojos grises clavados en los míos, inyectados en s*ngre por la desesperación.
—¡Dime de dónde crajos saco mil doscientos pesos antes del viernes, Rosaura! ¡Dímelo! Si tienes un milagro escondido en esa bolsa tuya, saca la mldita plata ahora. Si no la tienes… mañana a primera hora, Lucera se va al rancho de Burgoa. Es mi última palabra.
Me soltó bruscamente y salió de la cocina, azotando la puerta tan fuerte que los platos en la alacena temblaron.
Me quedé sola, de pie en medio de la cocina, con el montón de dinero insuficiente sobre la mesa. Me tapé la cara con las manos y por primera vez desde que la tormenta me abandonó en la nieve, me puse a llorar. Lloré de impotencia, de rabia, de miedo. Lloré porque Burgoa tenía razón: el dinero siempre ganaba.
Y lloré porque, a pesar de todo el veneno, a pesar de la duda sobre cómo m*rió su primera esposa, me dolía en el alma ver a Santiago Rentería rendirse.
Me sequé las lágrimas con las mangas del vestido. Apagué la lámpara de petróleo. Todo estaba oscuro y en silencio. Pero de pronto, escuché un ruido que venía de afuera.
Un ruido ahogado. Un relincho desesperado.
Corrí hacia la ventana, pegué la cara al cristal helado y afiné la vista hacia los corrales.
Era Lucera. Estaba tirada en el suelo, pateando la tierra, bañada en sudor bajo la luz de la luna.
El parto había comenzado. Y por los gritos de la bestia, supe al instante que algo andaba terriblemente mal.
PARTE FINAL: EL MILAGRO DE LUCERA Y LA DEUDA SALDADA CON SANGRE
Salí corriendo de la cocina sin importarme el frío que me cortaba la cara como navajas. El viento aullaba, pero los gritos de Lucera eran más fuertes. Era un sonido desgarrador, el lamento de una madre que siente que la vida se le escapa junto con la criatura que lleva en las entrañas.
Santiago venía detrás de mí, cargando una lámpara de queroseno que apenas iluminaba la oscuridad del patio. Cuando llegamos al corral, la escena me heló la s*ngre más que la propia nevada.
Lucera estaba echada de lado sobre la tierra congelada. Sus ojos, normalmente dóciles y oscuros, estaban desorbitados, blancos por el pánico. Su respiración era una locomotora rota. Estaba empapada en un sudor espeso y espumoso.
Me tiré de rodillas a su lado, hundiendo mis manos en el lodo helado.
—¡Tráeme agua caliente, cuerdas limpias y jabón! —le grité a Santiago, sin voltear a verlo—. ¡Rápido, por el amor de Dios, que se nos va!
Él no dudó un segundo. Salió disparado hacia la casa. Yo me quedé a solas con la bestia. Le acaricié el cuello, hablándole bajito, tratando de transmitirle una calma que yo no sentía.
—Tranquila, mi niña, tranquila… aquí estoy. No te voy a dejar m*rir sola —le susurraba, mientras palpaba su vientre hinchado y duro como una piedra.
Algo andaba muy mal. Ya debería haber asomado al menos una pezuña, pero no había nada. Lucera empujaba con todas las fuerzas que le quedaban; sus músculos se tensaban hasta temblar violentamente, y luego soltaba un quejido agudo y caía exhausta, rindiéndose un poco más cada vez.
Santiago regresó corriendo, derramando la mitad del agua caliente en la nieve. Traía unas cuerdas de henequén y una toalla vieja.
—¿Qué pasa, Rosaura? ¿Por qué no sale? —preguntó, arrodillándose frente a mí, con el terror pintado en la cara.
Me quité el abrigo de golpe, sin importarme que el viento helado me golpeara el pecho. Me arremangué el vestido hasta los hombros. Metí las manos en el cubo de agua caliente, frotándolas con jabón de lejía hasta que me ardieron.
—Viene atravesado —dije, con la voz temblando por la adrenalina—. La bolsa ya se rompió, pero el potrillo tiene las patas dobladas hacia atrás. Está encajado en el canal de parto. Si no lo giro, se van a m*rir los dos en menos de una hora.
Santiago se pasó las manos por el pelo, desesperado. —¿Y cómo c*rajos lo giras? ¡Es un animal de seiscientos kilos!
—Con mis manos. Y con tu fuerza —le respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. Necesito que te pongas detrás de su cabeza. Cuando yo te diga, le vas a hablar fuerte, la vas a mantener en el suelo para que no me patee. Yo voy a meter el brazo. Tengo que encontrar las patas del potrillo, amarrarlas con la cuerda, y cuando yo dé la orden… vas a jalar. Vas a jalar como si tu propia vida dependiera de ello. ¿Me oíste?
Él asintió, tragando saliva. Se movió hacia la cabeza de Lucera y le puso sus manos pesadas sobre el cuello, sujetándola con firmeza pero con cariño.
Respiré hondo. El aire frío me quemó los pulmones. Era ahora o nunca.
Aproveché un momento entre contracciones y metí mi brazo derecho en el interior de la yegua. El calor me envolvió, pero no era un calor reconfortante; era fiebre, s*ngre y tejido inflamado. Lucera gritó, un sonido que me partió el tímpano, y trató de levantarse.
—¡Sujétala, Santiago! ¡No dejes que se pare o me rompe el brazo! —grité, apretando los dientes por el dolor. Las paredes del útero de la yegua se contraían sobre mi brazo, apretándome con una fuerza brutal, como si quisieran triturarme los huesos.
—¡La tengo, la tengo! —rugió él, usando todo el peso de su cuerpo para mantener a la bestia en el piso.
Cerré los ojos para concentrarme solo en el tacto. Estaba a ciegas. Mis dedos resbalaban en el líquido amniótico y la s*ngre. Busqué desesperadamente. Sentí una oreja, luego el hocico suave del potrillo. Estaba vivo, pero no se movía. Seguí bajando, ignorando el calambre que me subía por el hombro. Por fin, toqué la articulación de una rodilla.
—¡Encontré una pata! —jadeé, con la frente perlada de sudor—. Pásame la cuerda con el nudo corredizo.
Con la mano izquierda agarré la cuerda, y con una maniobra torpe y dolorosa dentro del útero, logré enlazar el casco del potrillo. Apreté el nudo ciegamente.
Luego, busqué la otra. El dolor en mi brazo derecho era insoportable. Sentía que se me iba a dislocar el hombro cada vez que Lucera tenía una contracción.
—Ya no… ya no puedo más, Santiago… —sollocé, sintiendo que me desmayaba.
—¡No te rindas ahora, Rosaura! —me gritó él, con una ferocidad que me hizo abrir los ojos de golpe—. ¡Mírate, m*ldita sea! ¡Has aguantado todo en esta vida! ¡No dejes que esto te gane! ¡Sálvala!
Sus palabras fueron como un latigazo. Apreté la mandíbula hasta que me dolió la cabeza. Hundí el brazo un poco más, ignorando el dolor agónico. Mis dedos rozaron la segunda pezuña. La enlacé.
—¡Ya están! —grité, sacando el brazo, bañado en s*ngre hasta el hombro—. ¡Toma las cuerdas!
Santiago soltó la cabeza de la yegua, agarró los dos extremos de la cuerda gruesa y se plantó firmemente en la tierra con las piernas separadas.
—Cuando vuelva a pujar, jalas hacia abajo y hacia ti. ¿Listo? —le indiqué, poniéndome a un lado para guiar el hocico del potrillo con mis manos resbaladizas.
Lucera tomó aire, sus costillas se expandieron, y luego soltó un quejido gutural. Su cuerpo entero se tensó.
—¡Ahorita, Santiago! ¡Jala! —grité a todo pulmón.
Santiago tiró de las cuerdas con un rugido que hizo eco en las montañas. Los músculos de su espalda y sus brazos amenazaban con romperle la camisa. Sus botas resbalaban en el lodo.
No salió.
El potrillo estaba atorado en los huesos de la pelvis de la madre.
Lucera dejó caer la cabeza, agotada. Sus ojos empezaron a perder brillo.
—Se nos va, Rosaura… la estoy perdiendo —dijo Santiago, con la voz quebrada, aflojando las cuerdas—. Es inútil. Hay que dejarla descansar. Que m*era en paz.
Me levanté del lodo, caminé hacia él y le di una bofetada con mi mano manchada de s*ngre que sonó como un disparo en la noche fría.
Él me miró, perplejo.
—¡Tú me dijiste que no me rindiera! —le grité en la cara, con lágrimas calientes escurriéndome por las mejillas—. ¡Pues tú tampoco te vas a rendir, cbrón! ¡Agarrá esas pnches cuerdas y jala hasta que te sangren las manos! ¡A la cuenta de tres!
Santiago parpadeó, sacudió la cabeza y volvió a aferrar las cuerdas. Esta vez envolvió la soga alrededor de sus muñecas para no soltarlas.
Lucera hizo un último esfuerzo, un movimiento débil y desesperado por sobrevivir.
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡JALA!
Santiago tiró con una fuerza sobrehumana. Yo metí las manos en el canal y giré la cabeza del potrillo al mismo tiempo. Hubo un sonido asqueroso de succión, un desgarre sordo, y de pronto, una avalancha de líquido, s*ngre y tejido nos cayó encima.
El potrillo salió disparado hacia afuera, cayendo pesadamente sobre el heno húmedo.
Santiago soltó las cuerdas y cayó de espaldas en el lodo, jadeando como loco.
Yo me tiré sobre el potrillo. Estaba envuelto en una membrana gruesa y no se movía. No respiraba.
Con los dedos temblorosos, le rompí la bolsa de la cara. Le limpié el hocico lleno de moco y flemas con el dobladillo de mi vestido.
—¡Respira, chiquito, respira! —le rogaba, dándole palmadas fuertes en las costillas—. ¡No te atrevas a m*rirte después de todo esto!
Agarré un puñado de paja y empecé a frotarlo con fuerza por todo el cuerpo para estimularle la circulación. Nada. Estaba inerte y frío.
El pánico me invadió. Habíamos llegado tarde.
Me acerqué a su oreja, pegué mi boca a su nariz, le tapé un orificio y soplé aire en sus pulmones con todas mis fuerzas. Una. Dos. Tres veces. Luego le di un golpe seco en el pecho.
El milagro ocurrió.
El cuerpecito oscuro dio un brinco. El potrillo abrió la boca y soltó un bufido fuerte, tosiendo líquido, y luego empezó a jalar aire con desesperación. Sus pulmones se inflaron. Estaba vivo.
Caí sentada sobre mis talones, temblando de pies a cabeza, cubierta de s*ngre, fluidos y lodo.
Detrás de mí, Lucera levantó la cabeza débilmente y soltó un relincho suave llamando a su cría. El potrillo movió las orejas.
Santiago se arrastró por el piso hasta llegar a nosotros. Miró al animal respirando, miró a Lucera lamiendo a su cría, y luego me miró a mí. Estaba llorando sin vergüenza. Me abrazó de golpe, hundiendo su cara en mi cuello ensangrentado.
—Lo lograste, Rosaura… lo salvaste —sollozaba en mi hombro.
Yo le devolví el abrazo, aferrándome a su camisa sucia. Por un momento, solo fuimos dos seres humanos rotos, abrazados bajo el cielo oscuro, celebrando que la m*erte no nos había ganado esa noche.
Pero entonces, el frío de la realidad me golpeó. Las palabras de Burgoa volvieron a hacer eco en mi mente.
Me separé de él bruscamente. El aire de la madrugada ya empezaba a aclarar el horizonte, pintándolo de un morado triste.
—Dime la verdad, Santiago —le exigí, mirándolo fijo con mis ojos inyectados en s*ngre—. Y dímela ahora mismo, mirándome a la cara. ¿Dejaste que tu esposa Inés se desangrara por no pagar a un doctor? ¿Es cierto lo que dice Burgoa?
Santiago se quedó paralizado. Su rostro pasó de la euforia al terror puro en un segundo. Bajó la mirada hacia sus manos manchadas.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó en un susurro apenas audible.
—¡Me lo dijo Burgoa esta tarde en el camino! —le grité, sintiendo que la rabia me devolvía las fuerzas para ponerme de pie—. ¡Me dijo que no quisiste gastar tu mldito dinero en llevarla al pueblo y la dejaste mrir! ¡Dime que es mentira, Santiago! ¡Dímelo porque si es verdad, agarro mis cosas ahorita mismo y me largo a pie por donde vine!
Él se levantó lentamente. Parecía que había envejecido diez años en un instante.
—No… no fue por el dinero —dijo, con la voz rota, mirándome con un dolor tan crudo que casi aparto la mirada—. Fue por la tormenta.
Se llevó las manos a la cabeza, tirando de su propio pelo como si quisiera arrancarse los recuerdos.
—Fue hace tres años. Empezó a llover a cántaros. Una tromba que no se había visto en décadas. Inés… ella empezó a s*ngrar. Yo la subí a la carreta. Manejé como un loco en medio del aguacero, los relámpagos nos caían al lado. Llegamos al río Grande.
Se detuvo y soltó un sollozo seco que le desgarró la garganta.
—El puente se había caído, Rosaura. El río estaba furioso, arrastrando vacas, árboles enteros. Fui al rancho de Burgoa, estaba más cerca que el pueblo. Le rogué de rodillas que mandara a uno de sus peones por el atajo del cerro para buscar al doctor. Le ofrecí mi rancho, mis caballos, todo lo que tenía.
Santiago me miró a los ojos, y vi un odio infinito y una tristeza insondable.
—Burgoa se rió en mi cara. Dijo que no iba a arriesgar a sus mulas por la mujercita de un ranchero pobre. Me cerró la puerta. Yo regresé a la carreta. Inés ya estaba blanca… me pidió que salvara al bebé. Yo… Dios me perdone, Rosaura… yo traté de abrirla con un cuchillo de cocina para sacar al niño, pero no supe cómo hacerlo. La sngre salía a borbotones. Se me mrieron los dos ahí, en mis brazos, en medio del lodo y la lluvia, mientras Burgoa tomaba coñac en su casa caliente.
El silencio cayó sobre nosotros como una lápida.
Me tapé la boca con ambas manos. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero esta vez eran lágrimas de un dolor profundo y compartido. Había dudado de él. Había dejado que ese monstruo metiera su veneno en mi cabeza.
Me acerqué a Santiago. Le tomé el rostro entre mis manos sucias.
—Perdóname —le susurré—. Perdóname por dudar de ti.
Él cerró los ojos, apoyando su frente contra la mía.
—Burgoa ha querido quitarme todo desde entonces. Y ahora, mañana por la mañana, tendré que entregarle a Lucera y a este potrillo para pagarle al banco. Él ganó, Rosaura. Al final, siempre ganan los malos.
Me separé de él. Sentí cómo una furia caliente, casi sobrenatural, me recorría las venas. Miré al potrillo, que ahora intentaba ponerse de pie sobre sus patitas temblorosas, apoyándose en la yegua que acabábamos de arrancar de las garras de la m*erte.
Apreté los puños.
—¿Crees que acabo de dejarme la vida en este corral sacando a este animal para que tú vayas a dárselo en bandeja de plata a ese asesino? —le dije, con un tono de voz tan frío y afilado que Santiago abrió los ojos de par en par.
—Nos faltan mil doscientos pesos, Rosaura. El banco abre a las nueve. Nos van a quitar la tierra.
—Ve preparando a la yegua y ensilla a Rayo —le ordené, dándome la vuelta hacia la casa—. Y pon a hervir café. Voy a necesitar estar despierta.
—¿Qué vas a hacer? —me gritó por la espalda.
—Voy a cobrar las deudas que me faltan. Y te juro por la memoria de mi padre que no regreso sin ese dinero.
No me bañé. No me cambié el vestido manchado de s*ngre seca, lodo y fluidos de parto. Solo me lavé la cara y las manos en el lavadero de piedra, me puse el abrigo y me subí al caballo cuando el sol apenas pintaba el cielo de naranja.
El aire estaba tan frío que la respiración de Rayo parecía humo de chimenea.
Solo tenía tres horas antes de que el maldito banco abriera y ejecutara la hipoteca.
Mi primera parada fue en el campamento maderero de la montaña. Había curado a todos sus bueyes de carga de una infección en las pezuñas hace un mes. Cuando llegué, los leñadores me miraron como si fuera un fantasma. Yo parecía una loca salida del infierno.
El capataz, un hombre gigante llamado Filemón, salió de su tienda. —¡Santa Virgen, doctora! ¿Qué le pasó? ¿La asaltaron en el camino?
—Me pasó la vida, Don Filemón —contesté, sin bajarme del caballo—. Escúcheme bien. El banco me va a quitar el rancho Rentería hoy al mediodía si no pago mil doscientos pesos. Usted me debe doscientos por los bueyes. Los necesito ahora.
Filemón se rascó la barba. —Mire, jefa, no dudo que se los ganara, pero los dueños del aserradero no nos pagan hasta el quince. No tengo ni un peso aquí.
Saqué el bisturí de mi maletín. El filo brilló a la luz del amanecer. Lo clavé en el poste de madera de la tienda del capataz con un golpe seco.
—Si yo pierdo el rancho, yo me largo de esta sierra, Filemón. Y la próxima vez que a sus bueyes les dé fiebre o se les rompa una pata, no habrá nadie que los cure. Sus animales se van a pudrir aquí arriba. Yo sé que ustedes tienen una caja chica escondida. Tráigala.
Filemón tragó saliva, mirando mi ropa cubierta de s*ngre. Se metió a la tienda y salió con una caja de lata. Me contó doscientos cincuenta pesos en monedas de plata. —Para que vea que los madereros somos agradecidos —gruñó.
—Gracias —dije, guardando el dinero y arrancando el bisturí de la madera.
Aceleré el paso.
Fui al pueblo vecino, directamente a la parroquia. Eran las ocho de la mañana. El Padre Anselmo estaba barriendo el atrio. Yo había pasado tres días seguidos salvando a las mulas de la iglesia de una epidemia de garrapatas venenosas.
Frené a Rayo casi pisándole los pies al cura.
—¡Padre Anselmo! Vengo a cobrarle.
El padrecito casi se infarta al ver mi aspecto. Se persignó rápidamente. —Hija mía, ¿qué facha es esa? ¡Pareces poseída! La iglesia sobrevive de la caridad, no podemos…
—La iglesia sobrevive de los diezmos, Padre, y usted sabe bien que el diezmo de Don Tomás se lo pagaron ayer —lo corté, dura como el granito—. No me venga con cuentos. O me paga los trescientos pesos de mis honorarios médicos por sus mulas, o ahorita mismo me paro en medio de la plaza y le digo a todas las beatas del pueblo que usted prefiere que el diablo (porque Burgoa es el mismísimo diablo) se quede con el rancho de un hombre honesto, antes que pagar sus deudas terrenales.
El Padre se puso rojo como un tomate. Miró a los lados, aterrado del escándalo. —¡Chist! ¡Cállate, mujer, por el amor de Dios! Ven a la sacristía.
Salí de ahí con trecientos pesos en oro de las limosnas.
Faltaban seiscientos cincuenta pesos.
Eran las nueve y media. Fui al mercado del pueblo de San Jerónimo. Me bajé del caballo y caminé por los pasillos llenos de gente. Me miraban con asco y miedo. Apestaba a establo, a s*ngre y a sudor frío.
Me paré frente al local del carnicero, frente al vendedor de granos, frente a la señora de las telas. A todos ellos les había curado a sus perros, gatos o caballos de carga.
No hablé. Solo extendí la mano.
Uno a uno, bajando la cabeza por la vergüenza de verme así, destruida pero en pie, empezaron a sacar dinero de sus delantales y cajas registradoras.
—Tome, doctora, lo de la vaca pinta… —decía uno. —Esto es por salvarle el ojo al perro de mi chamaco… —decía otro.
Guardé cada billete arrugado, cada moneda de cobre en mi bolsa de lona.
Eran las once de la mañana cuando conté el dinero sentada en una banqueta de piedra.
Tenía mil ciento ochenta pesos.
Me faltaban veinte m*lditos pesos. Veinte pesos de los mil doscientos. Veinte pesos para salvarlo todo.
Me agarré la cabeza desesperada. Busqué en mis bolsillos, en el forro de mi abrigo. Nada.
De repente, una mano pequeña y arrugada me tocó el hombro. Levanté la vista. Era Doña Remedios, la anciana que vendía tamales en la esquina de la plaza. Semanas atrás, le había entablillado la pata a su burro viejo de gratis porque no tenía con qué pagarme.
La viejita me miró con ojos llenos de compasión, sacó un pañuelo anudado de su escote y lo desenredó. Había cinco monedas de plata y algunos cobres.
—Son mis ahorros para el entierro, mija —dijo con voz temblorosa—. Llévatelos. Ese Burgoa nos tiene a todos con la bota en el cuello. Ve y dale en su madre a ese d*sgraciado.
Tomé el dinero, le besé las manos arrugadas a la anciana y me trepé a Rayo.
Eran las once cuarenta y cinco.
Galoppé por la calle principal del pueblo, esquivando carretas y gente. El banco estaba a dos cuadras.
El interior del banco estaba en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de un reloj de péndulo que marcaba las once cincuenta y cinco de la mañana.
Arturo Valdez estaba sentado en su escritorio, firmando papeles. Frente a él, Claudio Burgoa fumaba un puro, con los pies cruzados sobre la mesa de caoba. Parecían dos buitres esperando que el cuerpo dejara de moverse.
—Ya no van a venir, Arturo —dijo Burgoa, soltando el humo con arrogancia—. Rentería es un cobarde. Ve preparando la orden de desalojo y la factura de la yegua. Esa bestia me la llevo hoy mismo.
En ese momento, las puertas de roble del banco se abrieron de una patada.
El estruendo hizo saltar a los cajeros y a un par de clientes asustados.
Entré yo.
La imagen debió ser aterradora. Estaba cubierta de lodo seco, mi cabello estaba enmarañado, mi abrigo desgarrado, y mis manos y la falda de mi vestido estaban manchados de s*ngre oscura del parto.
Caminé directamente hacia la oficina de Arturo, dejando un rastro de tierra en la alfombra fina del banco. Los guardias se quedaron pasmados, sin atreverse a detenerme.
Pateé la puerta de la oficina. Burgoa bajó los pies del escritorio de golpe, soltando el puro. Arturo se puso de pie, pálido como un fantasma.
—¡¿Qué significa esto?! ¡Guardias, saquen a esta pordiosera loca de aquí! —chilló Arturo.
Caminé hasta el escritorio, ignorándolo por completo. Levanté mi bolsa de lona pesada y la volqué con furia sobre los papeles de Arturo.
Billetes arrugados, monedas de plata, pepitas de oro, cobres y pagarés cayeron como una cascada sucia y hermosa sobre el escritorio de caoba.
—Ahí tiene sus p*nches tres mil pesos de deuda, más sus mil doscientos de recargos —dije, con la voz ronca pero firme como el acero.
Miré a Burgoa a los ojos. Su rostro elegante estaba desfigurado por el shock y la ira.
—El préstamo —dije pausadamente, saboreando cada letra—. Está pagado.
Arturo miró el dinero, temblando. —Esto… esto hay que contarlo, yo no sé si esté completo…
—¡Cuéntelo, pedazo de infeliz! —le grité, golpeando la mesa y asustándolo tanto que dio un salto hacia atrás—. ¡Cuéntelo peso por peso! Y cuando termine, quiero las escrituras del Rancho Rentería en mi mano, selladas y canceladas.
Burgoa se puso de pie, rojo de furia, con las venas del cuello palpitando. Se acercó a mí, amenazante.
—No sé a quién le robaste esto, mldita gata, pero no va a servir de nada. ¡Te voy a hundir a ti y a ese estúpido! ¡Les voy a comprar hasta el aire que respiran y luego los voy a echar a la calle como a los perros que son! Te voy a qemar lo poco que te queda…
Sin parpadear, metí la mano en mi abrigo y saqué el reloj de bolsillo quemado que había encontrado en las cenizas del granero. Lo dejé caer sobre el montón de monedas de oro.
El silencio que siguió fue absoluto. Burgoa miró el reloj y su color rojo se volvió de un blanco cenizo.
Me acerqué a él, tanto que nuestras narices casi se tocaron. Ya no le tenía miedo. Ya no era la mujer asustada que temblaba en la nieve. Era Rosaura Cárdenas, y acababa de ganarme mi lugar en el mundo.
—Escúchame muy bien, Claudio Burgoa —le susurré con voz venenosa—. Sé que usted tiene tratos con los inversionistas americanos del ferrocarril. Tratitos muy delicados y de mucho dinero. Sé que el gobernador está involucrado. A esos señores ricos y finos no les gustan los escándalos.
Señalé el reloj. —Y si usted vuelve a pisar un centímetro de las tierras de Santiago, si le falta un solo pelo a uno de nuestros caballos, o si me entero de que nos miró feo en la calle… agarró este reloj con sus iniciales, junto con cuatro testigos de la sierra que vieron cómo el fuego empezó misteriosamente en mi granero, y me voy directo a los periódicos de la capital y a la oficina del jefe político.
Le sostuve la mirada y esbocé una sonrisa fría. —Voy a hacer tanto ruido, que el ferrocarril va a desviar su ruta solo para no pisar su m*ldita tierra. Lo voy a dejar en la ruina, Burgoa. Así que agárrese a su cuñado y lárguese de mi vista antes de que le rompa la cara aquí mismo.
Burgoa no dijo ni una palabra. Tragó saliva, dio media vuelta, empujó a un guardia que estorbaba en la puerta y salió del banco caminando rápido, casi corriendo.
Me quedé ahí parada hasta que Arturo, temblando como hoja de papel, me entregó los documentos sellados del banco.
—Estamos… estamos a mano, señora Rentería —tartamudeó.
Agarré los papeles, los guardé en mi abrigo y salí a la calle.
Cuando me subí a Rayo, sentí que las fuerzas por fin me abandonaban. El viaje de regreso al rancho fue lento. Sentía que flotaba.
Llegué al patio al atardecer.
Santiago estaba sentado en el porche, con el rifle sobre las rodillas, mirando hacia el camino. Cuando me vio llegar, se levantó de un salto. Tiró el rifle y corrió hacia mí.
Antes de que pudiera decir nada, saqué los papeles del banco y se los puse en el pecho.
—El rancho es tuyo, Santiago. Ya no le debemos a nadie.
Él miró el papel sellado. Sus manos grandes temblaban violentamente. Luego, levantó la mirada hacia mí. Estaba destruida, sucia, apestosa, con ojeras oscuras y la s*ngre seca en las manos.
Pero él no me miró con asco. Me miró como si estuviera viendo un milagro descender del cielo.
Levantó las manos y me tomó el rostro suavemente, manchando mi piel con el tizne de las cenizas que él mismo aún traía en las manos por haber estado limpiando el desastre del granero.
—Rosaura… —susurró, con la voz cargada de una emoción que nunca le había escuchado.
Me limpió una lágrima seca con el pulgar. —Te amo, Rosaura Cárdenas —dijo, claro y fuerte en medio del silencio del rancho—. Y quiero que escuches bien por qué. No te amo porque fuiste al pueblo y pagaste la deuda. No te amo porque salvaste mi rancho o por agradecimiento.
Se acercó más, hasta que nuestras frentes se tocaron. —Te amo porque jamás te rendiste. Porque cuando yo estaba tirado en el piso, derrotado como un cobarde, tú me levantaste a cachetadas. Porque me miraste como a un hombre y no como a un salvador. Porque me enseñaste lo que significa tener a un socio, a una compañera que camina a tu lado en el mismo lodo.
Yo sentí que un calor me subía por el pecho, un calor que por primera vez en mi vida no dolía, sino que curaba. Le sonreí con lágrimas frescas resbalando por mis mejillas.
—Y yo te amo a ti, Santiago Rentería —le contesté, poniendo mis manos sobre las suyas—. Porque fuiste el primero que no me vio como a una víctima. Porque me ofreciste una elección, una herramienta, y no una jaula de oro.
Nos besamos ahí, en medio del patio frío, oliendo a s*ngre, a humo y a sudor. Fue un beso rudo, desesperado, lleno de promesas reales y no de cuentos de hadas. Fue el sello de nuestro pacto.
Las cosas cambiaron rápido después de ese día.
Mi amenaza no fue farol. Tres meses después, se filtraron rumores de los malos negocios de Burgoa y su intento de q*emar tierras vecinas para forzar ventas. Los inversionistas del ferrocarril se asustaron del escándalo y movieron la ruta veinte kilómetros al este.
Sin ese dinero, Burgoa no pudo sostener su estilo de vida. Sus acreedores lo devoraron vivo. Perdió su hacienda, sus caballos y hasta su estúpido sombrero. Dicen que huyó al sur en medio de la noche para que no lo metieran a la cárcel por deudas. La sierra, que todo lo ve y todo lo cobra, se encargó de hacer justicia.
Nosotros, en cambio, florecimos de las cenizas.
Tres semanas después de salvar el rancho, nos volvimos a casar. Esta vez no hubo un contrato frío sobre una mesa de cocina. Nos casamos en la capilla del Padre Anselmo, que no nos cobró ni un centavo, rodeados de toda la gente del pueblo a la que le había salvado a sus animales. Llevaba un vestido sencillo de manta y Santiago traía un traje prestado que le quedaba apretado de la espalda. No prometimos amor de novelas, prometimos trabajo, lealtad y no rendirnos nunca.
Con los años, el Rancho Rentería se convirtió en el más próspero del norte. Construimos un granero nuevo, más grande y fuerte. Yo abrí la primera clínica veterinaria en regla de toda la provincia, y me dediqué a enseñarle el oficio a las chamacas del pueblo que, como yo, no querían depender de un marido para comer.
Tuvimos tres hijos, todos tercos como mulas y fuertes como robles, y el rancho se llenó del ruido de niños y de relinchos de caballos sanos.
Pero el orgullo de nuestro rancho siempre fue la cría de Lucera. El potrillo que salvamos esa noche terrible creció para ser el semental más imponente de toda Chihuahua. Era negro como la noche que nació, fuerte, indomable y hermoso.
Le pusimos el único nombre que le quedaba bien: Esperanza.
Hoy, muchos años después, ya con canas en el pelo y la espalda un poco cansada de tanto trabajo, a veces me siento en el porche con Santiago a tomar café mientras vemos a nuestros nietos correr entre los corrales.
A veces llega gente de la capital o del otro lado de la frontera, ven el rancho inmenso, la clínica, los caballos finos, y me preguntan asombrados cómo le hicimos, cómo empezó este gran imperio ganadero.
Yo le doy un trago a mi café, miro las montañas de la sierra que alguna vez intentaron m*tarme de frío, sonrío recordando a esa muchacha asustada bajando de la diligencia, y siempre les contesto lo mismo:
—Empezó con nueve pesos rotos en la bolsa, una tormenta de nieve que parecía el fin del mundo… y con un hombre rudo que, en vez de quererme salvar, tuvo los tamaños para tratarme como su igual.
Porque la suerte no existe en el norte. La suerte es para los que no quieren sudar. Todo lo demás es pura valentía, aferrarte a lo tuyo con uñas y dientes… y escoger, todos los m*lditos días de tu vida, seguir caminando aunque te congeles en el intento.
[FIN DE LA HISTORIA]