
Tres golpes secos cortaron el viento como si fueran hachazos. Me quedé paralizada frente a la olla de caldo, viendo cómo el vapor se perdía en el aire helado que se colaba por las rendijas de mi cabaña.
Afuera, la sierra era un infierno blanco. Nadie con juicio sube hasta acá arriba en invierno. Nadie, a menos que esté huyendo o buscando la m*erte.
Bajé la cuchara y agarré la vieja e*copeta de mi papá que colgaba sobre la chimenea. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por ese miedo que se te mete en la panza cuando estás sola en medio de la nada. Me acerqué a la ventana cubierta de escarcha y tallé el vidrio con la manga.
Ahí estaba. Un hombre alto, ancho de hombros, con sombrero de vaquero, sosteniendo un bulto pequeño contra su pecho.
Detrás de él, dos caballos agachaban la cabeza, temblando, a punto de colapsar. Fijé la vista en el bulto: era un niño. Sus labios se veían morados, incluso a través del vidrio sucio.
Mi corazón martillaba contra mis costillas. Los últimos extraños que subieron al cerro se burlaron de mis remiendos y me robaron las gallinas. Pero la voz de mi papá resonó en mi cabeza: “Lupita, la caridad no es opcional cuando el cielo se cae a pedazos”.
Bajé el a*ma y quité la tranca.
La nieve explotó hacia adentro, arremolinándose en mis tobillos. El frío me mordió a través del rebozo. El vaquero levantó la cara; tenía la piel curtida y unos ojos oscuros, llenos de una desesperación que solo un padre conoce.
—Señorita —dijo, con la voz quebrada como tierra seca—. Por favor. Solo… calor.
No pidió comida, ni dinero. Pidió calor.
Me hice a un lado y entraron, arrastrando la furia de la tormenta con ellos. Empujé la puerta para cerrarla y, de golpe, el aullido del viento se convirtió en un rugido sordo.
El silencio entre los tres pesaba más que la nieve mojada.
El hombre se quedó ahí, goteando, con el niño inerte en sus brazos. Se veía peligroso, fuerte, pero estaba arrodillado ante mi chimenea como quien reza ante un altar.
Corrí por la única cobija buena que tenía, la que bordó mi mamá antes de dejarnos, y envolví al chamaco. No tendría más de ocho años. Su ropa era fina, pero estaba destrozada por el camino.
—¿Cuánto llevan cabalgando? —pregunté, sirviendo café aguado.
—Demasiado —murmuró él, sin soltar al niño.
Lo miré bien. Sus botas eran de piel cara, su postura era de patrón, no de peón. Pero sus ojos… sus ojos vigilaban la puerta y la ventana como si el diablo mismo viniera pisándoles los talones.
Estos no eran simples perdidos. Estaban escapando. Y yo acababa de meter el peligro a mi casa.
¿A QUIÉN LE HABÍA ABIERTO LA PUERTA? ¿QUÉ PASARÍA CUANDO LOS QUE LOS PERSEGUÍAN LLEGARAN?
PARTE 2: EL PRECIO DEL SILENCIO Y LA FIEBRE EN LA NIEVE
Me quedé ahí parada, con la espalda pegada a la madera fría de la puerta, sintiendo cómo el corazón me retumbaba en los oídos como si tuviera un tambor de guerra dentro del pecho. El aullido del viento afuera parecía rasguñar las paredes, buscando una grieta por donde meterse de nuevo para terminar lo que había empezado, pero adentro, el único sonido era el crepitar de la leña y la respiración entrecortada de ese hombre.
No bajé la mirada. No podía. Mis ojos iban de sus botas de piel fina, ahora manchadas de lodo y nieve, a la pistola que se le asomaba por debajo de la chaqueta de cuero. En mi pueblo dicen que el hábito no hace al monje, pero las armas sí hacen al sicario, o al menos, al hombre que vive huyendo de la muerte. Y este hombre traía la muerte pegada en la suela de los zapatos.
—El niño —dije, rompiendo el silencio que se sentía más pesado que una lápida—. Acérquelo al fuego, pero no tanto. Si lo calienta de golpe le va a dar un patatús.
El hombre parpadeó, como si saliera de un trance. Sus ojos negros, inyectados de sangre y fatiga, me miraron con una mezcla de gratitud y desconfianza. Asintió levemente y se movió hacia el viejo sillón desvencijado que era el trono de mi papá antes de que el cáncer se lo llevara.
Caminó cojeando un poco. Se notaba que llevaba horas, quizá días, montando a caballo o caminando entre los cerros. Se dejó caer en el sillón y acomodó al chamaco en su regazo. El niño no se movía. Eso me dio un vuelco en el estómago. Ver a un niño quieto es antinatural; los niños son vida, son ruido, son latido. Verlo así, pálido como la cera de una vela y con los labios morados, me hizo olvidar por un segundo el miedo que le tenía al padre.
Dejé la escopeta recargada contra la pared, pero cerca, muy cerca de mi mano derecha. Me acerqué a la estufa de leña, donde la olla de frijoles negros burbujeaba soltando un olor a epazote y comino que, en otras circunstancias, me hubiera abierto el apetito, pero ahora me revolvía las tripas por los nervios.
—Necesita quitarle la ropa mojada —ordené, tratando de que mi voz sonara firme, como la de las matronas del pueblo cuando regañan a los borrachos—. Si se queda con eso puesto, la neumonía se lo va a llevar antes de que amanezca.
El hombre me miró, dudando. Sus brazos se tensaron alrededor del pequeño cuerpo. Era un animal herido protegiendo a su cría.
—No tengo otra ropa —respondió con esa voz rasposa, seca.
—Yo tampoco tengo ropa de niño rico —le contesté, señalando con la barbilla hacia un baúl de madera apolillada en la esquina—. Pero tengo las camisas de franela de mi viejo. Le van a quedar grandes, pero están secas y calientes.
Él no se movió. Seguía evaluándome, calculando si yo era una amenaza o una salvación. En la sierra, la confianza es un lujo que pocos pueden pagar, y él lo sabía. Yo lo sabía.
Suspiré, frustrada y asustada a partes iguales. Fui al baúl, sentí el rechinido de las bisagras oxidadas —ese sonido que me ha acompañado todas las noches de soledad— y saqué una camisa de cuadros rojos, deslavada por los años y el sol, y unos calcetines de lana gruesa que yo misma había tejido el invierno pasado.
Me acerqué a ellos. El hombre se tensó. Su mano derecha se movió instintivamente hacia su cintura, cerca del arma. Me detuve en seco.
—Mire, señor —le dije, mirándolo fijamente a los ojos—. Usted entró a mi casa. Usted pidió ayuda. Si quisiera hacerles daño, los hubiera dejado allá afuera para que se convirtieran en paletas de hielo. Así que baje la guardia o lárguese, porque aquí mando yo.
Fue un momento eterno. El fuego tronó, soltando una chispa que murió en el piso de tierra apisonada. Él soltó el aire, aflojó los hombros y retiró la mano del arma.
—Lo siento —murmuró—. Es la costumbre.
—Malas costumbres tiene —repliqué, extendiéndole la ropa.
Empezó a desvestir al niño con una torpeza que delataba el frío en sus manos y el miedo en su alma. Cuando le quitó la chamarra fina, vi la marca de la ropa: una de esas marcas extranjeras que solo se ven en las revistas que a veces llegan al pueblo envueltas en basura. Debajo, el niño traía una cadenita de oro con una medalla de San Judas Tadeo. “El santo de las causas difíciles”, pensé. Vaya que lo necesitaban.
La piel del niño estaba helada al tacto. Ayudé a ponerle la camisa de mi papá. Le quedaba como una túnica, cubriéndolo hasta las rodillas. Le froté los pies con mis manos callosas para que entrara en calor, sintiendo lo pequeños y frágiles que eran sus huesos.
—Se llama Mateo —dijo el hombre de repente, sin mirarme, con los ojos fijos en el rostro de su hijo.
—Lupita —dije yo, sin dejar de frotar—. Y mi papá, el dueño de esta camisa, era Don Chuy. Era un hombre bueno. Esta camisa tiene buena vibra.
El hombre asintió, tragando saliva. Vi cómo una lágrima se le atoraba en la garganta, luchando por no salir. Los hombres de campo, y los hombres de poder, rara vez lloran. Pero el dolor de un hijo rompe cualquier represa.
—¿Tienen hambre? —pregunté, poniéndome de pie para poner distancia entre su dolor y el mío. No quería encariñarme. No quería saber sus nombres. Porque saber nombres hace que las cosas duelan más cuando todo se va al carajo.
—Un poco —mintió. Le rugían las tripas.
Serví dos platos de frijoles y calenté unas tortillas en el comal. No tenía queso, ni crema, ni carne. Solo frijoles, chile de árbol y tortillas hechas a mano. Puse los platos en la mesita de madera que cojeaba de una pata.
—Coma —le dije—. Al niño hay que darle solo el caldito primero, a cucharadas, para que no lo vomite.
El hombre, que ahora sabía que era el padre de Mateo, se sentó. Comió con una voracidad que intentaba disimular con modales de mesa que no encajaban en mi cocina. Usaba la tortilla como cuchara, pero con una elegancia extraña.
—Gracias —dijo después de limpiar el plato—. Son los mejores frijoles que he probado.
—El hambre es la mejor salsa —dije seca, sirviéndole más café de olla con canela—. Ahora dígame, ¿quién los viene siguiendo?
Se quedó quieto, con la taza a medio camino de la boca. La luz del quinqué proyectaba sombras largas en su cara, marcando las ojeras profundas y la barba de tres días.
—Nadie que usted quiera conocer, Lupita.
—Pues ya los conocí, ¿no? —le contesté, cruzándome de brazos—. Si vienen detrás de usted, y usted está aquí, entonces vienen hacia mi casa. Tengo derecho a saber si me van a tumbar la puerta a plomazos antes de que salga el sol.
Dejó la taza en la mesa con un golpe suave. Se pasó la mano por el pelo, despeinándose el cabello negro y lacio.
—No saben que estamos aquí. La tormenta borró nuestras huellas hace kilómetros. Perdimos los caballos hace un rato, los solté para que buscaran refugio y para despistar. Creen que seguimos hacia la frontera norte, por la carretera vieja. Nadie pensaría que subiríamos al Pico del Águila en plena nevada.
—Solo un loco o un desesperado —murmuré.
—Ambos —admitió él—. Soy ambos.
Se levantó y fue a ver al niño. Mateo empezaba a tener un poco de color en las mejillas, pero respiraba con un silbido leve.
—Tiene fiebre —dijo el hombre, tocándole la frente.
—Es normal. El cuerpo está peleando contra el frío. Tengo unas hierbas para el té, gordolobo y bugambilia. Voy a prepararle algo.
Mientras yo buscaba los frascos de hierbas en la alacena, sentía su mirada en mi espalda. Una mirada pesada, analítica.
—¿Vive sola aquí? —preguntó.
La pregunta me erizó la piel. Era la pregunta peligrosa. La pregunta que precede a las malas intenciones. Me giré despacio, tomando el cuchillo cebollero que usaba para picar verdura y dejándolo visible sobre la mesa, como quien no quiere la cosa.
—Sola no —dije firme—. Vivo con Dios y con la memoria de mi papá. Y tengo vecinos a dos kilómetros que escuchan cualquier tiro. Y sé usar la escopeta mejor que muchos hombres.
Él levantó las manos en señal de paz, con una media sonrisa triste.
—No quise ofender, ni amenazar. Solo… me sorprende. Es un lugar muy duro para una mujer sola.
—La necesidad hace callo, señor. Y la soledad es más segura que la compañía de cierta gente.
Preparé el té en silencio. El olor dulce de la bugambilia llenó la cocina, peleando con el olor a humo. Le di el té al niño con una cuchara, poco a poco. Mateo abrió los ojos un momento. Tenía los ojos del mismo color que su padre, negros profundos, pero llenos de miedo infantil.
—¿Papá? —gimió bajito.
—Aquí estoy, mijo. Aquí estoy. Ya estás a salvo —le susurró el hombre, besándole la frente sudorosa.
Ver eso me ablandó el corazón, maldita sea. No quería, pero lo hizo. Me recordó las veces que mi papá me cuidaba cuando me daba fiebre tifoidea, cómo se quedaba despierto toda la noche poniéndome trapos mojados en la frente.
—Duerma un rato —le dije al hombre—. Yo hago la primera guardia.
—No puedo dormir.
—Tiene que hacerlo. Si esos hombres llegan, lo necesito despierto y con puntería, no cayéndose de sueño. Yo vigilo. Conozco los sonidos de la sierra. Sé diferenciar cuando se rompe una rama por el peso de la nieve o por el paso de una bota.
El hombre dudó, pero el cansancio lo estaba venciendo. Se acomodó en el suelo, junto al sillón donde dormía Mateo, usando su chaqueta de almohada.
—Me llamo Julián —dijo antes de cerrar los ojos—. Y si salimos de esta, Lupita, le juro por lo más sagrado que no le va a faltar nada nunca más.
—Guárdese sus promesas para cuando estemos vivos mañana —le contesté, sentándome junto a la ventana con la escopeta en las piernas.
Las horas pasaron lentas, como melaza fría. La tormenta no cedía. El viento golpeaba la cabaña como si quisiera arrancarla de los cimientos. Yo rezaba el rosario en mi mente, contando las cuentas con los dedos, pidiéndole a la Virgen que la nieve tapara todo rastro, que los lobos (los de cuatro patas y los de dos) se perdieran en la blancura.
Miré a Julián durmiendo. Aun dormido, tenía el ceño fruncido. Se veía que era un hombre de dinero. Las manos, aunque fuertes, no tenían los callos del trabajo duro de campo. Eran manos de firmar papeles, de manejar volantes forrados en piel, de contar billetes. ¿Qué hacía un hombre así en mi jacal? ¿Qué lío tan grande traía encima para arriesgar la vida de su hijo en la sierra?
Cerca de las tres de la mañana, el viento amainó un poco. El silencio que siguió fue peor que el ruido. Era un silencio sordo, blanco. Me levanté para echarle más leña al fuego. El crujido de la madera despertó a Julián de un salto. Ya tenía la pistola en la mano antes de abrir los ojos completamente.
—Tranquilo, soy yo —susurré.
Bajó el arma, respirando agitado.
—¿Escuchó algo?
—No. Solo el silencio. La tormenta está parando.
—Eso es malo —dijo él, frotándose la cara—. Si para de nevar, pueden moverse. Pueden rastrear.
Se levantó y se acercó a la ventana, parándose a mi lado pero sin tocar el vidrio para no empañarlo más. Miramos hacia afuera. La luna llena intentaba salir entre las nubes, iluminando el paisaje. Todo era azul y plata, hermoso y mortal. La nieve nos llegaba casi a la mitad de la puerta.
De repente, a lo lejos, abajo en el valle, vi algo. Unas luces. Pequeñas, como luciérnagas, pero moviéndose en fila.
—Julián —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba.
Él siguió mi mirada. Se puso rígido como una piedra.
—Son ellos.
—¿Quiénes son? —exigí saber, agarrándolo del brazo—. Ya no me puede ocultar nada. Si van a matarme, quiero saber por qué.
Julián se giró hacia mí. Su cara estaba pálida bajo la luz de la luna.
—Soy dueño de las tierras que colindan con el río, abajo en el valle. Un grupo… un grupo delictivo quería comprarlas para mover sus “mercancías”. Me negué. Fui a denunciar. Fue un error. La policía estaba comprada. Intentaron secuestrar a Mateo saliendo del colegio ayer. Logré sacarlo, pero mataron a mi esposa en el tiroteo.
Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. Su esposa. La madre de ese niño que dormía ajeno a todo en mi sillón.
—Lo siento tanto… —murmuré.
—No hay tiempo para sentirlo —dijo él, su voz endureciéndose, volviéndose acero—. Quieren las tierras y me quieren muerto para que no hable. Y quieren al niño para asegurarse de que firme los papeles antes de meterme un tiro.
Las luces en el valle se movían lento, subiendo por el camino de terracería que llevaba hacia mi cabaña. Eran camionetas. Camionetas 4×4, de esas monstruosas que no se detienen ante nada.
—¿Cuánto tardarán en subir? —preguntó él.
Calculé mentalmente. El camino estaba lleno de nieve, lodo y piedras.
—Con este clima… una hora, tal vez hora y media si traen cadenas en las llantas. Si no, tendrán que subir a pie y tardarán tres horas.
—Tenemos que irnos —dijo Julián, mirando a Mateo.
—¡Estás loco! —le espeté—. ¿A dónde vas a ir? Afuera estamos a diez grados bajo cero. El niño apenas está recuperando el calor. Si lo sacas ahora, se muere en el camino. Además, a pie te van a alcanzar. Tienen camionetas, tienen radios, seguro traen drones térmicos.
—¿Entonces qué hacemos? ¿Esperar a que nos maten aquí como ratas?
—No —dije, y una calma extraña me invadió. Era la calma de mi papá cuando cazaba venados. La calma de saber que no tienes opción—. Esta es mi casa. Conozco este cerro mejor que la palma de mi mano. Ellos traen tecnología y armas largas, pero nosotros tenemos el terreno.
Fui al baúl de nuevo y saqué una caja de cartuchos para la escopeta. Eran viejos, pero la pólvora seca no traiciona.
—¿Sabe disparar eso? —me preguntó Julián, señalando la vieja escopeta de un solo tiro.
—Desde los diez años. Le vuelo la cabeza a una serpiente a veinte metros.
—Bien. Yo traigo dos cargadores llenos para la 9mm y uno extra en el bolsillo. Son cuarenta y cinco tiros. No es suficiente para un ejército.
—No necesitamos matarlos a todos —dije, mi mente trabajando a mil por hora diseñando un plan—. Solo necesitamos aguantar hasta que amanezca y baje mi compadre Don Beto con sus hijos a revisar el ganado. Si escuchan tiros, vendrán. Y los hijos de Don Beto son ex militares.
Julián me miró con una mezcla de admiración y miedo.
—Lupita, te estoy metiendo en una guerra que no es tuya.
—Desde que cruzó esa puerta, es mía. En México, cuando tocan a uno, tocan a todos. Y más si hay un niño de por medio.
Empezamos a prepararnos. Apagué el quinqué para no ser un blanco fácil. Movimos la mesa pesada de roble para bloquear la puerta. Puse el colchón de mi cama contra la ventana para amortiguar las balas.
Mateo se despertó con el ruido. Nos miró con los ojos muy abiertos, sintiendo la tensión en el aire como electricidad estática.
—¿Papá? ¿Vienen los hombres malos?
Julián se arrodilló frente a él y le tomó la cara con las manos.
—Escúchame bien, campeón. Vamos a jugar a las escondidas, como en la casa. Te vas a meter debajo de la cama de Lupita, hasta el fondo, detrás de las cajas. Y te vas a tapar los oídos muy fuerte. Y pase lo que pase, escuches lo que escuches, no sales hasta que yo te diga o hasta que Lupita te diga. ¿Entendido?
—Tengo miedo —susurró el niño, temblando.
—Yo también, mi amor. Pero el miedo nos mantiene despiertos. Sé valiente. Hazlo por mamá.
El niño asintió, con lágrimas rodando por sus mejillas sucias, y corrió a esconderse debajo de la cama. Ver eso me rompió el alma en mil pedazos, pero también me encendió una furia que me quemaba las venas. Nadie tiene derecho a hacerle eso a una criatura. Nadie.
Me posicioné en una rendija que había entre las tablas de la pared lateral, desde donde tenía vista al camino. Julián se puso junto a la ventana bloqueada, mirando por un hueco pequeño.
El tiempo se estiró. Cada minuto era una hora. Escuchaba el latido de mi propio corazón, pum, pum, pum, marcando el ritmo de la espera.
Entonces, el sonido cambió. Ya no era el viento. Era el rugido de motores forzados, patinando en el lodo y la nieve. Estaban cerca.
—Ahí vienen —susurré.
Vi las luces de los faros cortando la oscuridad. Eran tres camionetas. Negras, enormes, blindadas. Se detuvieron a unos cien metros de la cabaña, donde el camino se hacía demasiado estrecho.
Se abrieron las puertas. Bajaron hombres. Muchos. Conté seis, siete, ocho. Todos armados. Todos vestidos de negro, con equipo táctico. No eran simples pandilleros; eran profesionales.
Uno de ellos, un hombre bajito y robusto que parecía ser el líder, dio una orden con la mano. Se desplegaron en abanico, rodeando la casa.
—Saben lo que hacen —dijo Julián, cargando la pistola. El sonido metálico del cerrojo fue seco y definitivo.
—Espera —le dije—. Deja que se acerquen más. La escopeta no tiene alcance largo. Necesito que estén en el patio.
El líder sacó un megáfono. Su voz, amplificada y distorsionada, rompió la paz de la montaña.
—¡Señor Julián Moncada! ¡Sabemos que está ahí dentro! ¡Salga con las manos en alto y entréguenos al niño! ¡No queremos lastimar a nadie más, solo queremos lo que es nuestro!
Julián me miró. Tenía el sudor frío perlado en la frente.
—Mienten —dijo—. En cuanto salga, nos matan.
—¡Tiene dos minutos! —gritó el hombre del megáfono—. ¡O prendemos fuego a la cabaña con ustedes adentro!
Esa amenaza me heló la sangre. Fuego. En una cabaña de madera vieja y seca. Sería una tumba en cuestión de minutos.
—No podemos quedarnos aquí —dije—. Si tiran bombas molotov o bengalas, estamos muertos.
Miré hacia la parte trasera de la casa. Había una puerta pequeña que daba al corral de las gallinas, y de ahí, una barranca empinada llena de matorrales y piedras que bajaba hacia el río. Era peligroso bajar por ahí de día, de noche y con nieve era suicida. Pero quedarse era muerte segura.
—Julián —susurré—. Hay una salida trasera. Da a la barranca. Es casi una caída libre, pero si logramos llegar al bosque de pinos, podemos escondernos.
—¿Y Mateo?
—Lo amarramos a tu espalda con el rebozo. Yo los cubro desde aquí para distraerlos.
—¡No! No te voy a dejar aquí sola.
—¡No seas terco, chingao! —le grité en susurro—. Tú eres el objetivo. Si tú corres, ellos te siguen. Yo conozco el terreno. Puedo flanquearlos y alcanzarlos abajo. ¡Vete!
En ese momento, el primer disparo rompió la ventana. El vidrio estalló hacia adentro, lloviendo cristales sobre el colchón. Mateo gritó desde abajo de la cama.
—¡Al suelo! —gritó Julián, disparando dos veces a ciegas hacia afuera.
La balacera se desató. Las balas atravesaban la madera podrida como si fuera papel. Me tiré al piso, arrastrándome hacia la cama para sacar a Mateo. El niño estaba hecho una bola, tapándose los oídos, gritando en silencio.
—¡Vámonos, vámonos! —le dije a Julián, arrastrándonos hacia la puerta trasera.
Julián cargó a Mateo. Yo abrí la puerta trasera con una patada. El aire helado nos golpeó la cara.
—¡Corran! —les grité—. ¡Hacia los pinos, no paren!
Julián me miró una última vez. Una mirada que decía “perdón” y “gracias” y “adiós” al mismo tiempo. Se dio la vuelta y se lanzó hacia la oscuridad de la barranca con su hijo en brazos.
Yo me quedé en el marco de la puerta. Respiré hondo, sintiendo el olor a pólvora y a pino. Levanté la escopeta de mi papá. Apunté hacia la esquina de la casa donde vi asomarse la sombra de uno de los hombres.
—¡Aquí estoy, cabrones! —grité con todas mis fuerzas, disparando.
El culatazo me golpeó el hombro, un dolor familiar y reconfortante. El hombre cayó gritando.
Pero entonces, escuché el sonido que más temía. El siseo de algo volando por el aire, seguido de un golpe sordo en el techo de paja y madera. Y luego, el crepitar furioso. Fuego.
El techo se prendió en segundos. El humo negro empezó a llenar la habitación. Tosí, los ojos me ardían. Tenía que salir.
Corrí hacia la barranca, siguiendo los pasos de Julián. Me resbalé en la nieve, rodando varios metros, golpeándome contra las piedras. Me detuve agarrándome de una raíz saliente.
Miré hacia arriba. Mi casa, mi hogar, el lugar donde nací y donde murió mi papá, era una antorcha gigante iluminando la noche. Las siluetas de los hombres armados se recortaban contra el fuego, buscándonos.
—¡Se fueron por la barranca! —gritó uno.
Las linternas empezaron a barrer la pendiente. Una luz me pasó rozando. Me pegué a la tierra, sintiendo el lodo congelado en la cara.
Tenía que llegar con Julián y Mateo. Tenía que guiarlos. Sin mí, se perderían o se caerían por los desfiladeros.
Me levanté agachada y empecé a descender, ignorando el dolor en las rodillas y el frío que ya no sentía por la adrenalina. Abajo, en la oscuridad del bosque, escuché el llanto ahogado de Mateo.
Estaban vivos. Pero los lobos venían bajando detrás de nosotros. Y la noche apenas empezaba.
Me arrastré entre los matorrales espinosos, sintiendo cómo las espinas me rasgaban la ropa y la piel, pero no me importaba. Solo pensaba en llegar a ellos. Cuando los alcancé, estaban agazapados detrás de una roca grande cubierta de musgo y nieve. Julián tenía la pistola apuntando hacia arriba, hacia las luces que descendían como ojos de demonios buscándonos.
—¿Estás bien? —me preguntó, su voz era un hilo de angustia.
—Viva, que es ganancia —jadeé, escupiendo tierra—. Pero quemaron mi casa. Quemaron todo lo que tenía.
Julián me miró a los ojos, y en medio de esa oscuridad, vi una promesa más fuerte que la anterior.
—Si salimos de esta, Lupita, te construiré un castillo si quieres. Pero ahora, sácanos de aquí.
Asentí. Me limpié las lágrimas de rabia con el dorso de la mano sucia de hollín.
—Síganme. Hay una cueva vieja cerca del río, donde los cristeros se escondían antes. Nadie conoce la entrada más que los viejos, y los viejos ya se murieron todos menos yo.
Empezamos a caminar, tropezando, cayendo, levantándonos. El frío era un enemigo invisible que nos iba robando las fuerzas paso a paso. Mateo ya no lloraba, estaba en ese estado de shock donde el cuerpo solo existe. Julián lo cargaba, tropezando de cansancio, pero sin soltarlo jamás.
De repente, un zumbido sobre nuestras cabezas. Nos tiramos al suelo.
—¿Qué fue eso? —preguntó Julián.
—Un dron —dije, reconociendo el sonido que había escuchado alguna vez cuando los ingenieros vinieron a medir el monte—. Nos están cazando con tecnología. Tienen cámaras térmicas. Si nos quedamos quietos, nos ven. Si corremos, nos ven.
—El río —dijo Julián—. El agua fría disimula el calor corporal. Lo vi en una película.
—¡Eso es en las películas! —le regañé—. Si nos metemos al río con este frío, nos da hipotermia en dos minutos. Morimos igual.
—Entonces barro —dijo él—. Cúbrete de lodo frío. Todo el cuerpo.
Parecía una locura, pero era una locura con lógica desesperada. Nos embarramos de lodo helado y nieve sucia la cara, el cuello, las manos. El frío era insoportable, sentía que la piel se me quemaba con el hielo.
Seguimos avanzando, pegados a las rocas. El zumbido del dron pasó de largo. Funcionó. O tuvimos suerte.
Llegamos a la entrada de la cueva una hora después. Estaba oculta detrás de una cascada que en invierno se congelaba parcialmente, creando una cortina de hielo y agua. Nos metimos, empapándonos aún más.
Adentro estaba seco, pero oscuro como boca de lobo. Saqué un encendedor que siempre traía en la bolsa del pantalón. La flama pequeña iluminó las paredes de piedra caliza.
—Al fondo —dije—. Al fondo hay una salida de aire natural, pero es muy estrecha.
Nos sentamos en el suelo de tierra seca, temblando incontrolablemente. Nuestros dientes castañeaban tanto que no podíamos hablar. Julián abrazó a Mateo y me jaló a mí hacia el abrazo.
—Calor corporal —dijo tartamudeando—. Es la única forma.
Ahí estábamos. Una campesina pobre, un millonario perseguido y un niño heredero de un imperio, hechos una bola humana de lodo y miedo en el corazón de la montaña.
Pasaron horas. El sol debió haber salido afuera, pero adentro seguía siendo de noche. Escuchábamos a veces gritos lejanos, disparos al aire, el zumbido del dron. Nos buscaban. No se iban a ir.
—Lupita —susurró Julián, cuando el temblor de su cuerpo había disminuido un poco—. Si me encuentran… si me matan… prométeme que tomarás a Mateo y huirás. Tú conoces la sierra. Tú puedes salvarlo.
Lo miré. Sus ojos estaban rojos, cansados, pero llenos de amor por su hijo.
—Nadie va a morir hoy, patrón —le dije, usando la palabra que tanto odiaba pero que ahora sonaba a respeto—. Mi compadre Beto sube a las seis de la mañana a revisar las vacas cerca del río. Debe estar por pasar. Si escucha ruido…
En ese momento, un sonido retumbó afuera. No era un disparo. Era un claxon. Un claxon de camión ganadero. Fuerte, desafinado, maravilloso.
—¡Es Beto! —grité, olvidando la precaución.
Corrí hacia la entrada de la cueva, asomándome con cuidado por la cortina de hielo.
Abajo, en el camino que bordeaba el río, vi el camión de redilas rojo de Don Beto. Pero no estaba solo. Detrás de él venían dos camionetas de la Guardia Nacional.
—¡Julián! —grité, regresando—. ¡La Guardia! ¡Está la Guardia Nacional con mi compadre!
Julián se levantó, pero su cara no era de alivio total.
—La Guardia también puede estar comprada, Lupita. En este país nunca se sabe.
Era verdad. La duda nos paralizó un segundo. ¿Salíamos a pedir ayuda y nos arriesgábamos a que nos entregaran? ¿O nos quedábamos a morir de frío y hambre en la cueva?
Mateo se movió en brazos de su padre.
—Tengo hambre… y me duele la panza… —gimió.
Eso decidió todo.
—Vamos —dijo Julián—. Prefiero morir peleando afuera que ver a mi hijo apagarse aquí adentro.
Salimos de la cueva. El sol de la mañana nos cegó por un momento. La nieve brillaba tanto que dolía.
Empezamos a bajar hacia el camino, agitando los brazos.
—¡Beto! ¡Compadre! —grité con la voz ronca.
El camión se detuvo. Los soldados bajaron de las camionetas apuntando sus rifles hacia nosotros.
—¡Alto ahí! —gritaron.
Nos detuvimos. Levantamos las manos. Julián puso a Mateo en el suelo, protegiéndolo con su cuerpo.
—¡Soy Julián Moncada! —gritó—. ¡Estoy secuestrado! ¡Pido protección federal!
Hubo un momento de tensión. Los soldados se miraron. El capitán a cargo, un hombre moreno con bigote, bajó el arma lentamente.
—¿Moncada? ¿El empresario que reportaron desaparecido en la capital?
—¡El mismo! —respondió Julián—. ¡Y estos hombres me están persiguiendo!
Señaló hacia la cima del cerro, donde aún se veía el humo negro de mi casa quemada.
El capitán habló por radio. Momentos después, hizo una seña.
—Bajen. Están seguros.
Corrimos hacia ellos. Cuando llegamos, las piernas me fallaron y caí de rodillas en la nieve. Don Beto corrió hacia mí.
—¡Lupita! ¡Virgen Santísima! Vimos el humo, pensamos que te habías quemado con la leña. ¿Quiénes son estos? ¿Qué pasó?
—Me quemaron la casa, compadre… —lloré, abrazándome a sus botas de trabajo—. Me lo quitaron todo.
Julián se acercó. Me puso una mano en el hombro.
—No todo, Lupita. No todo.
Los soldados nos subieron a las camionetas. Nos dieron mantas térmicas y agua. Mientras nos alejábamos, vi por la ventana trasera cómo mi cerro, mi hogar, se hacía pequeño. Vi las camionetas negras de los sicarios huir por la brecha contraria al ver al ejército.
Habíamos ganado. Por ahora.
Me llevaron a la ciudad, a un hospital para revisarnos. Julián no se separó de mí ni un momento, a pesar de que los doctores y abogados intentaban alejarlo.
Dos días después, estaba yo sentada en una cama de hospital limpia, con ropa prestada que olía a jabón floral, viendo las noticias en la tele colgada en la pared. “Empresario Julián Moncada rescatado en la sierra. Cae red de corrupción que intentaba asesinarlo”.
La puerta se abrió. Entró Julián. Estaba rasurado, bañado, con ropa nueva. Volvía a ser el patrón. El hombre inalcanzable. Me sentí pequeña, sucia, fuera de lugar.
Pero entonces, detrás de él entró Mateo. Corrió hacia mí y se trepó a la cama para abrazarme.
—¡Lupita! ¡Dice mi papá que vamos a ir a una casa nueva! ¡Y que tú vienes con nosotros!
Miré a Julián. Él sonreía, con esa misma mirada agradecida que tuvo cuando le di los frijoles, pero ahora sin el miedo.
—Se lo prometí, Lupita —dijo, sacando un sobre de su saco—. Aquí están las escrituras de una casa en la ciudad, a mi nombre, pero es suya si la quiere. Y un trabajo. Necesito a alguien de confianza que cuide a Mateo. Alguien que tenga el valor de enfrentarse a un ejército por él. Y no conozco a nadie más valiente que usted.
Tomé el sobre. Mis manos temblaban, igual que cuando agarré la escopeta aquella noche.
—Yo soy de monte, señor Julián. La ciudad me asfixia.
—La casa tiene un jardín enorme. Y está cerca del monte. Y… la necesitamos. Mateo la necesita. Yo la necesito.
Miré al niño, que me veía con ojos de esperanza. Pensé en mi casa quemada. En mi soledad. En los años hablando sola con las paredes.
—Está bien —dije, secándome una lágrima—. Pero con una condición.
—La que quiera.
—Que en esa casa grande, siempre haya frijoles de la olla y café con canela. Y que nadie me diga que no puedo tener mi escopeta guardada en el armario.
Julián soltó una carcajada, la primera vez que lo veía reír de verdad.
—Trato hecho, Lupita. Trato hecho.
Y así fue como la peor tormenta de mi vida me trajo la familia que nunca pensé tener. Perdí mi casa de madera, sí, pero gané un hogar de verdad. Y aprendí que a veces, cuando abres la puerta al miedo, también dejas entrar al destino.
PARTE 3: LA JAULA DE CRISTAL Y LOS LOBOS CON CORBATA
Dicen que uno nunca sabe lo que pesa el aire hasta que cambia de altura. Yo, que nací y crecí donde el aire es delgado y huele a pino y tierra mojada, sentí que me asfixiaba en cuanto la camioneta blindada de Julián cruzó los límites de la ciudad. No era falta de oxígeno, era sobra de todo lo demás: sobra de ruido, sobra de gente, sobra de miedo disfrazado de prisa.
Dejar el hospital fue raro. Me sentía como un animal salvaje que han curado y que ahora llevan en una jaula de oro a un zoológico. Julián iba a mi lado en el asiento de atrás de esa camioneta que parecía nave espacial, con asientos de piel que olían a nuevo y a dinero. Mateo iba dormido en sus piernas, aferrado a mi rebozo chamuscado como si fuera su única ancla a la vida. Ese rebozo, que olía a humo y a miseria, era lo único que me quedaba de mi vida anterior, aparte de la escopeta que Julián, cumpliendo su palabra de hombre, había mandado limpiar y guardar en el maletero.
—¿Estás bien, Lupita? —me preguntó Julián. Su voz sonaba diferente aquí abajo. En la sierra, su voz era la de un hombre desesperado; aquí, en la ciudad, recuperaba ese tono de mando, de patrón, aunque sus ojos seguían buscándome con esa gratitud que me ponía nerviosa.
—Nomás mareada, patrón —mentí. No estaba mareada, estaba aterrada. Miraba por la ventana polarizada y veía los edificios enormes, grises y fríos, tapando el sol. Me sentí pequeña, más pequeña que cuando los sicarios rodearon mi cabaña. Allá arriba yo sabía dónde esconderme; aquí, entre tanto concreto, no veía ni una sola rendija por donde escapar si las cosas se ponían feas.
El viaje fue largo. Cruzamos avenidas donde los coches se amontonaban como hormigas rabiosas. Julián iba hablando por teléfono, usando palabras que yo no entendía: “activos”, “fideicomisos”, “protocolos de seguridad nivel cinco”. Se le notaba la tensión en la mandíbula. Aunque ya no estábamos corriendo por la nieve, la cacería no había terminado. Solo había cambiado de escenario.
Cuando por fin llegamos a lo que él llamaba “casa”, se me cayeron los calzones al piso del asombro. No era una casa. En mi pueblo, la presidencia municipal es el edificio más grande y se ve chiquito comparado con esto. Era una mansión en una zona exclusiva, rodeada de muros tan altos que parecían de penal, con cámaras de seguridad que giraban como ojos de buitre vigilando cada movimiento.
Un portón de hierro negro se abrió lento, pesado. Entramos. Había jardines, sí, como él prometió, pero no eran jardines de verdad. El pasto estaba recortado tan parejo que parecía alfombra plástica, y los árboles estaban puestos en filas perfectas, como soldados. No había ni una hoja fuera de lugar. “Aquí hasta la naturaleza obedece al dinero”, pensé con un sabor amargo en la boca.
Al bajar de la camioneta, el aire acondicionado de la casa nos golpeó. Olía a lavanda artificial y a cera para pisos. Un ejército de gente nos esperaba en la entrada. Mujeres con uniformes grises y delantales blancos, hombres con trajes negros y audífonos en el oído.
—Bienvenido a casa, señor Moncada —dijo una mujer mayor, parada al frente de todos. Tenía el pelo gris restirado en un chongo tan apretado que le jalaba los ojos, y una cara de que había chupado limón hacía veinte años y no se le había quitado el gesto.
—Gracias, Elvira —dijo Julián, cargando a Mateo que seguía medio dormido—. Preparen la habitación de invitados del ala este. La mejor que tengamos. Y traigan comida caliente, pero casera, nada de cosas raras. Caldo, frijoles, tortillas.
La tal Elvira me barrió con la mirada. Fue un escaneo rápido, de arriba a abajo, deteniéndose en mis botas de trabajo llenas de lodo seco, mis pantalones de mezclilla remendados (que me habían conseguido en el hospital) y mi rebozo quemado. Sus ojos no mostraron asco, que hubiera sido más honesto; mostraron algo peor: indiferencia. Para ella, yo era una mancha en su piso inmaculado.
—Señor —dijo ella con una voz que sonaba a lija fina—, ¿la… visita se quedará mucho tiempo? Lo digo para informar a seguridad sobre el pase de personal.
Julián se detuvo en seco. Se giró despacio y la miró con esos ojos negros que habían visto la muerte hacía dos días.
—Lupita no es visita, Elvira. Y mucho menos es personal. Lupita es familia. Y se va a quedar el tiempo que se le dé su regalada gana. Y si alguien la mira mal, o le hace un desaire, se va de esta casa antes de que toque el suelo su liquidación. ¿Quedó claro?
El silencio que siguió fue sepulcral. Los otros empleados bajaron la cabeza. Elvira se puso pálida, apretó los labios hasta que desaparecieron y asintió rígidamente.
—Cristalino, señor.
Julián me puso una mano en la espalda, suave pero firme, guiándome hacia adentro.
—No te achicopales, Lupita. Aquí tú mandas tanto como yo.
Entré a ese palacio con el corazón en un puño. Los techos eran altísimos, con candelabros que brillaban más que las estrellas en una noche despejada. Mis botas hacían un ruido seco, tack, tack, tack, sobre el mármol blanco. Sentía que ensuciaba todo nomás con respirar.
Me llevaron a mi habitación. “Habitación”, dijeron. Eso era más grande que toda mi cabaña quemada. Tenía una cama donde cabían cuatro personas, cortinas de terciopelo, y un baño con una tina que parecía alberca.
—Descansa —me dijo Julián—. Mañana hablamos de todo. Ahorita necesitas dormir sin tener un ojo abierto.
Cerró la puerta y me dejó sola.
Me quedé parada en medio de ese lujo insultante. Me acerqué a la cama y toqué la cobija. Era suave, sedosa. Me senté. El colchón se hundió como si fuera de nube. Demasiado blando. Demasiado perfecto.
Me quité las botas. Me dolían los pies, pero más me dolía el alma. Me acosté, pero no pude cerrar los ojos. El silencio de la casa era diferente al del monte. En el monte, el silencio está vivo: oyes grillos, el viento, un coyote lejano. Aquí, el silencio era muerto. Era el silencio del aislamiento. De las ventanas dobles que no dejan entrar ni el ruido del tráfico.
Pasé una hora dando vueltas en esa cama gigante. Me sentía indefensa. Si alguien entraba, me hundiría tanto en el colchón que no podría reaccionar.
“Chale con las costumbres”, me dije a mí misma.
Me levanté, jalé una de las cobijas pesadas y me tiré al suelo, en un rincón, con la espalda pegada a la pared y vista directa a la puerta. Ahí, sobre el piso duro y frío, mi cuerpo reconoció la seguridad. Ahí sí pude cerrar los ojos, aunque mi mano derecha seguía buscando instintivamente la culata de una escopeta que ya no estaba ahí.
A la mañana siguiente, me despertó el sol colándose por las cortinas. Me levanté rápido, avergonzada de haber dormido en el piso, y tendí todo para que no se dieran cuenta de mi “nacadéz”, como seguro diría la Elvira esa.
Salí al pasillo. La casa era un laberinto. Me guié por el olor a café. Llegué a un comedor que tenía una mesa tan larga que tenías que gritar para que te escucharan del otro lado.
Julián y Mateo ya estaban ahí. Mateo, al verme, saltó de su silla y corrió a abrazarme las piernas.
—¡Lupita! —gritó. Ya no tenía fiebre, y sus mejillas tenían color. Se veía como un niño normal, no como el bulto moribundo que llegó a mi puerta.
—Quihubo, mijo. ¿Cómo amaneciste?
—Bien, pero tuve pesadillas —me confesó bajito, para que su papá no oyera—. Soñé con el fuego.
Le acaricié el pelo, sintiendo esa punzada de cariño que ya no podía negar.
—Es normal, mi amor. El susto tarda en salir del cuerpo. Pero aquí no hay fuego. Aquí hay puro mármol frío.
Me senté a la mesa. Me pusieron enfrente un plato con fruta picada que parecía obra de arte, y al lado, tres tenedores y dos cuchillos diferentes. Me les quedé viendo como si fueran jeroglíficos. En mi casa había cucharas de peltre y ya.
Julián notó mi duda. Sin decir nada, agarró el tenedor más grande, pinchó un pedazo de melón y se lo comió de un bocado, rompiendo toda etiqueta. Me guiñó un ojo.
—Provecho —dijo.
Entendí el gesto. Agarré el primer tenedor que vi y comí. La fruta estaba dulce, pero me sabía a culpa. ¿Cuánta gente en mi pueblo no comería en una semana lo que costaba este desayuno?
De repente, entró uno de los hombres de seguridad. Se acercó a Julián y le susurró algo al oído. La cara de Julián cambió. Se le borró la sonrisa y volvió la máscara de acero.
—Lupita, tengo que salir a la oficina. Hay… asuntos legales que arreglar sobre lo que pasó. La empresa es un caos.
—¿Es seguro? —pregunté, dejando el tenedor.
—Voy con escolta doble. La Guardia Nacional sigue investigando, así que los “malos” están escondidos debajo de las piedras por ahora. Pero necesito pedirte un favor.
—Diga.
—Quédate con Mateo. No quiero que salga. No quiero que vaya al colegio todavía. Quiero que esté contigo. Eres la única persona en la que confío que no está en mi nómina por interés.
—No se preocupe, patrón. De aquí no se mueve y a este chamaco no se le acerca ni una mosca sin mi permiso.
Julián se fue, y me quedé sola en esa fortaleza con el niño y con el ejército de sirvientes que me miraban como si yo fuera un bicho raro que se coló en la fiesta.
El día pasó lento. Intenté jugar con Mateo en su cuarto, que estaba lleno de juguetes carísimos: videojuegos, robots, coches eléctricos. Pero el niño no quería jugar con nada de eso. Estaba inquieto, mirando las ventanas, asustándose con cualquier ruido fuerte.
—Lupita, ¿verdad que los hombres malos saben dónde vivimos? —me preguntó de repente, mientras estábamos sentados en el suelo armando un rompecabezas.
La pregunta me heló la sangre. Los niños no son tontos. Huelen el miedo.
—Saben dónde vive tu papá, mijo. Pero esta casa es fuerte.
—Mi casa anterior también era fuerte y entraron —dijo él con una lógica aplastante.
Tenía razón. Las paredes no protegen; protege la astucia.
—Ven acá —le dije—. ¿Sabes qué hacíamos en el rancho cuando alguien tenía “susto” o “espanto”?
Él negó con la cabeza.
—Les hacíamos una limpia. Para sacarles el miedo del cuerpo y que se les olvidaran las cosas feas. ¿Quieres que te haga una?
—¿Duele?
—No, tontito. Se siente bonito. Pero necesito cosas.
Bajé a la cocina con Mateo pegado a mi falda. La cocina era industrial, llena de acero inoxidable. Elvira estaba ahí, supervisando a dos cocineras.
—Necesito un huevo rojo, un vaso con agua, una ramita de ruda o de pirul, y alcohol —dije firme.ando me planté frente a ella.
Elvira levantó una ceja, esa ceja que parecía pintada con marcador permanente.
—Aquí no hacemos brujería, señora Lupita. Esto es una casa católica y decente.
Me le acerqué un paso. Olía a perfume caro, pero por debajo olía a amargura.
—Mire, doña estirada. El niño tiene miedo. El niño no duerme. Y si un huevo y unas ramas le van a dar paz, usted va a ir a conseguirlos aunque tenga que poner el huevo usted misma. ¿Me entendió o se lo explico como le expliqué a los sicarios que no eran bienvenidos en mi casa?
Las cocineras ahogaron una risita. Elvira se puso roja del coraje, pero la mención de los sicarios la frenó. Sabía que yo venía de la violencia, y a la gente “decente” le da pavor la gente que no tiene nada que perder.
—Dénle lo que pide —masculló, y salió taconeando de la cocina.
Conseguí las cosas. Me llevé a Mateo al jardín, lejos de las miradas juzgonas. Lo senté en una banca bajo un árbol (el único que se veía medio natural). Empecé a pasarle el huevo por el cuerpo, rezando los mismos padres nuestros que rezaba mi abuela.
—Saca el frío, saca el miedo, saca el mal aire —murmuraba yo—. Vete susto, vete sombra.
Mateo cerró los ojos. Su respiración, que había estado agitada todo el día, se calmó. Cuando terminé, rompí el huevo en el vaso con agua. La yema salió con formas raras, como picos y nubes.
—¿Ves eso? —le dije, mostrándole el vaso—. Ahí está el miedo. Ya salió. Ya está en el agua.
Mateo miró el vaso con fascinación.
—¿Ya no está dentro de mí?
—Ni una gota. Ahora tíralo al drenaje y jálale. Que se vaya con las ratas, que es donde pertenece.
Hicimos eso. Y por primera vez en tres días, Mateo sonrió de verdad. Una sonrisa chimuela y honesta. En ese momento supe que mi trabajo ahí no era solo cuidarlo de las balas, sino cuidarlo de los recuerdos.
Pero la paz dura poco en casa del pobre, y menos en casa del rico perseguido.
A los tres días, Julián llegó temprano. Traía unas bolsas de tiendas departamentales que se veían más caras que todo mi pueblo junto.
—Lupita, te traje algo. No puedes andar siempre con la ropa prestada del hospital. Mañana tenemos una cena. Aquí, en la casa. Vienen mis socios y… gente de seguridad privada para rediseñar la estrategia. Quiero que estés presente.
Abrió las bolsas. Vestidos. Vestidos de seda, blusas de encaje, zapatos de tacón fino.
Me le quedé viendo a la ropa como si fueran disfraces de payaso.
—Patrón, con todo respeto… yo no me pongo eso.
—¿Por qué no? Es ropa bonita. Es de diseñador.
—Será de quien sea, pero no es mía. Yo no soy una señora de las Lomas, Julián. Si me pongo eso, voy a parecer tamal mal amarrado. Además… —hice una pausa, buscando las palabras—, si pasa algo, yo no puedo correr ni pelear con tacones de aguja.
Julián suspiró, pasándose la mano por el pelo.
—Lupita, estás a salvo aquí. Deja de pensar en pelear.
—El león cree que todos son de su condición, y el venado que sobrevive nunca deja de oler el aire, patrón. Usted cree que esto ya acabó porque salió en las noticias. Yo creo que esto no acaba hasta que los que dieron la orden estén bajo tierra o tras las rejas. Y mientras tanto, yo necesito mis botas.
Julián me miró largo rato. Luego, sonrió de medio lado.
—Tienes razón. Perdón. Quise… quise convertirte en algo que no eres para que encajaras, pero tú no necesitas encajar. Necesitas ser tú.
Cerró las bolsas de ropa fina.
—Vamos —dijo.
—¿A dónde?
—A comprarte lo que tú quieras. Botas, mezclilla, camisas de franela si eso te gusta. Pero que sean nuevas. Que no tengan agujeros ni huelan a humo.
Salimos en la camioneta otra vez. Fuimos a un centro comercial enorme. Me sentía observada. La gente me miraba raro por andar caminando junto a un hombre que parecía modelo de revista. “¿Será su sirvienta?”, “¿Será su obra de caridad?”, decían sus ojos. Me valió madre.
Entramos a una tienda de cosas vaqueras y de trabajo. Ahí sí me sentí en mi charco. Me probé unas botas de piel legítima, resistentes, con suela antiderrapante. Me compré unos jeans gruesos, de esos que aguantan zarzas y caídas, y unas camisas de cuadros, pero de tela buena, suavecita. También me compré un cinturón de cuero ancho.
Cuando salíamos del centro comercial, ya anocheciendo, pasó.
Íbamos caminando hacia el estacionamiento subterráneo. El lugar estaba medio vacío, con esa luz blanca y zumbadora de los tubos fluorescentes. Mis sentidos, que siempre andan al cien, captaron algo.
Un motor. Pero no un motor arrancando para salir. Un motor en ralentí, esperando.
Me detuve. Agarré a Julián del brazo, clavándole los dedos.
—Pérate —le susurré.
—¿Qué pasa?
—Esa camioneta negra de allá. La Suburban. Tiene los vidrios abajo un centímetro. Y no ha prendido las luces aunque el motor está andando.
Julián miró. Sus escoltas, que iban unos pasos atrás, también se tensaron.
—Alfa 1, revisen el perímetro —ordenó Julián por su radio personal.
En ese segundo, la puerta trasera de la Suburban se abrió de golpe. Un tipo bajó. No traía armas largas, pero traía una cámara con un lente enorme. Un paparazzi.
Los escoltas se le fueron encima antes de que pudiera dar dos pasos. El tipo gritaba “¡Prensa, prensa!”.
Julián soltó el aire que tenía contenido.
—Malditos buitres —dijo—. Solo quieren la foto del “viudo millonario y su misteriosa salvadora”.
Pero yo no me relajé. Porque mientras los escoltas se distraían con el fotógrafo, vi otra cosa. En el retrovisor de un coche estacionado dos filas atrás, vi un reflejo.
Alguien nos miraba desde un sedán gris, discreto, aburrido. Un coche que nadie voltearía a ver. El hombre al volante tenía una gorra calada hasta los ojos y estaba hablando por celular, pero sus ojos estaban clavados en nosotros. Y esa mirada… esa mirada la conocía. No era mirada de reportero curioso. Era mirada de halcón marcando a la presa.
El sedán arrancó despacio y se alejó hacia la salida opuesta, perdiéndose en la rampa.
—Lupita, vámonos. Es solo un fotógrafo —insistió Julián, jalándome.
—No fue el fotógrafo el que me preocupó, patrón —le dije en voz baja, subiéndome a la blindada—. Fue el que usó al fotógrafo de carnada para ver cuántos escoltas trae y cómo reaccionan.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que nos están midiendo, Julián. Nos están estudiando. El ataque en la sierra fue a lo bruto, a la fuerza. El próximo no va a ser así. El próximo va a ser aquí, en su terreno, con inteligencia.
Julián se quedó callado todo el camino de regreso. Miraba por la ventana, pero ya no veía sus edificios ni sus negocios. Veía las sombras. Por fin, estaba entendiendo.
Al llegar a la mansión, la sensación de “fortaleza” se había desvanecido. Ahora las paredes altas me parecían una trampa. Si entraban, no tendríamos a dónde correr.
Esa noche, después de acostar a Mateo (que durmió tranquilo gracias a la limpia y al cansancio), bajé al despacho de Julián. Estaba tomando un whisky, mirando los papeles de las escrituras de la casa que me había prometido.
—No las quiero —le dije desde la puerta.
Él levantó la vista, sorprendido.
—¿Qué? Pero si es tu patrimonio. Es para que tengas algo tuyo.
—No quiero una casa en otra colonia para irme a vivir sola y esperar a que lleguen por mí para sacarme información sobre usted o el niño. Y tampoco quiero ser la “nana” que se queda viendo la tele mientras usted trabaja.
Entré y me planté frente a su escritorio de caoba.
—Quiero el trabajo, sí. Pero quiero redefinir el puesto.
—¿A qué te refieres?
—Usted tiene muchos hombres con audífonos y trajes negros afuera. Son buenos, sí. Pero son citadinos. Piensan en protocolos, en formaciones diamante, en asegurar el perímetro. Piensan como policías.
—¿Y tú cómo piensas?
—Yo pienso como presa que aprendió a ser cazador. Yo huelo lo que ellos no huelen. Yo veo lo que ellos ignoran.
Puse mis manos callosas sobre el escritorio.
—Quiero ser la sombra de Mateo. No su nana. Su sombra. Quiero entrenar con sus hombres, quiero saber usar las armas modernas que traen, no solo mi escopeta vieja. Quiero conocer las rutas, las salidas, las cámaras. Y quiero que esa tal Elvira deje de fregarme la existencia, porque si tengo que estar cuidando mi espalda de la servidumbre, no puedo cuidar la de su hijo.
Julián dejó el vaso de whisky. Se puso de pie. Me sacaba una cabeza de altura, pero en ese momento nos miramos de igual a igual.
—¿Me estás pidiendo que te haga jefa de seguridad interna de mi hijo? ¿A ti, que apenas sabes leer bien y escribir?
—Le estoy pidiendo que me deje hacer lo que mejor sé hacer: sobrevivir. Usted tiene lana para contratar a ex militares, sí. Pero esos trabajan por sueldo. Si la cosa se pone fea de verdad, si les ofrecen más dinero del otro lado, lo van a traicionar. Yo no.
—¿Por qué tú no? —me preguntó, y su voz se suavizó, buscando la verdad en mis ojos.
—Porque usted y ese niño me dieron frijoles cuando yo tenía hambre, y me dieron un techo cuando me quemaron el mío. Y porque en la sierra, la lealtad no se compra, se siembra. Y usted ya sembró.
Hubo un silencio largo. Solo se oía el tictac de un reloj antiguo.
Julián extendió la mano.
—Trato hecho, Lupita. Mañana mismo hablo con el jefe de escoltas. Vas a aprender todo lo que necesitas. Y sobre Elvira… déjamelo a mí.
Le estreché la mano. Su mano estaba caliente y fuerte.
—Ah, y otra cosa, patrón —añadí, ya saliendo.
—¿Qué?
—La escopeta se queda en mi cuarto. Debajo de la cama. Por si las moscas.
Julián soltó una risa breve, cansada pero genuina.
—Buenas noches, Lupita.
—Buenas noches, patrón. Que descanse… si puede.
Subí las escaleras de mármol. Mis botas nuevas hacían un sonido diferente ahora. Ya no era el sonido de alguien ajeno, de una invitada incómoda. Era el sonido de alguien que patrulla.
Me asomé al cuarto de Mateo antes de irme al mío. Dormía plácidamente. Me persigné.
La ciudad afuera rugía como una bestia de mil cabezas. Los lobos con corbata y camionetas blindadas estaban ahí, planeando, calculando. Pero no sabían una cosa. No sabían que se habían traído del monte algo más peligroso que la nieve. Se habían traído a una mujer que ya no tenía nada que perder, y una mujer así es el arma más peligrosa del mundo.
Me fui a mi cuarto. Esta vez no dormí en el suelo. Me acosté en la cama gigante, puse la almohada bien alta, y coloqué el cuchillo cebollero que me había robado de la cocina en la mesita de noche.
“Vengan cuando quieran, cabrones”, pensé, cerrando los ojos. “Aquí los espero”.
La verdadera guerra apenas empezaba. Y yo, Lupita, la del cerro quemado, estaba lista para ser la generala de esta batalla silenciosa.
PARTE FINAL: LA SANGRE EN EL MÁRMOL Y LA PATRONA DEL SILENCIO
Han pasado seis meses desde que bajé del cerro con las manos vacías y el alma llena de humo. Seis meses suenan a poco tiempo para la gente de ciudad, que vive con el reloj pegado a la muñeca y la vida medida en quincenas, pero para mí, Lupita, la que antes medía el tiempo por las cosechas y las lluvias, estos seis meses han sido una vida entera.
Me he convertido en algo que ni yo misma reconozco cuando me miro en los espejos gigantes de los pasillos de esta mansión. Ya no soy la mujer asustada que dormía en el piso. Ahora camino por esta casa como si fuera mía, o mejor dicho, como si yo fuera el perro guardián que mea las esquinas para marcar su territorio. Y vaya que he marcado mi territorio.
Mi transformación no fue fácil. Los primeros días de “entrenamiento” con el equipo de seguridad de Julián fueron un infierno. El jefe de escoltas, un tipo llamado Riquelme, ex militar, cuadrado como un ladrillo y con menos cerebro que uno, se burlaba de mí. Decía que una “gata de monte” no tenía nada que hacer entre profesionales tácticos.
—Mire, doña —me dijo el primer día en el campo de tiro privado que Julián tiene en el sótano—, esto no es espantar coyotes con piedras. Aquí usamos Glock 19, calibre 9 milímetros. ¿Sabe siquiera quitarle el seguro sin volarse un dedo?
Me le quedé viendo con esa calma que solo te da haber visto la muerte a los ojos. Agarré la pistola de la mesa. Pesaba menos que mi vieja escopeta, se sentía como juguete de plástico en mis manos callosas. Sin dejar de mirarlo a los ojos, cargué, quité el seguro, y solté cinco tiros al blanco de papel a quince metros.
Pum, pum, pum, pum, pum.
Uno en la cabeza, dos en el pecho, dos en la ingle.
—En el monte —le dije, dejando el arma humeante en la mesa mientras el humo de la pólvora nos rodeaba—, aprendemos que si le das en la cabeza, se muere. Si le das en el corazón, se muere. Pero si le das en los huevos, se cae y grita, y mientras grita, los otros se asustan. Eso es táctica psicológica, ¿no, Riquelme?
Desde ese día, nadie volvió a llamarme “gata”. Me empezaron a decir “La Doña”. Y Julián, que había visto todo desde el vidrio blindado de la sala de observación, solo sonrió. Él sabía que su inversión estaba valiendo cada centavo.
Pero la verdadera amenaza no estaba en el campo de tiro, ni en las calles donde ahora nos movíamos con tres camionetas y hombres armados hasta los dientes. La amenaza, como yo bien le había dicho a Julián esa noche en su despacho, estaba en el silencio. En lo que no se ve.
La vida con Mateo se volvió mi ancla. Ese niño se me metió bajo la piel como una garrapata dulce. Yo era su sombra. Lo llevaba al colegio privado, donde las mamás me miraban con horror por mis botas vaqueras y mi cinturón de hebilla ancha, pero nadie se atrevía a decirme nada porque mi mirada les dejaba claro que si se acercaban a menos de dos metros, les iba a arrancar las extensiones de pelo.
Mateo dejó de tener pesadillas. Le enseñé a chiflar como los pájaros, le enseñé a caminar sin hacer ruido, pisando primero con la punta y luego con el talón. Le enseñé que el miedo no es malo, que el miedo es el aviso de que estás vivo y de que tienes que ponerte trucha.
—Lupita —me dijo una tarde mientras hacíamos la tarea en la cocina (porque yo me negaba a comer en el comedor principal si Julián no estaba)—, ¿tú crees que mi mamá me ve desde el cielo?
Esa pregunta me partió el alma. Dejé de pelar los chícharos y lo miré.
—Claro que sí, mijo. Las mamás tienen vista de águila, incluso desde allá arriba. Y te aseguro que ella fue la que mandó la tormenta de nieve para que tu papá tocara mi puerta. Nada es casualidad.
Pero la paz es traicionera. Te hace confiar. Te hace bajar la guardia. Y eso fue lo que casi nos mata.
Julián estaba a punto de cerrar el trato que había iniciado todo este desmadre. La venta de las tierras en el valle, pero no a los narcos, sino al gobierno federal para una reserva ecológica. Era su forma de vengarse, de asegurarse de que esos malditos nunca tocaran el suelo por el que murió su esposa. Pero eso también significaba que los “lobos con corbata” estaban acorralados. Y un animal acorralado tira la mordida más fuerte antes de morir.
El evento final era una cena de gala en la mansión. Julián insistió. Quería demostrar que no tenía miedo, que su casa era impenetrable. Riquelme llenó el lugar de guardias. Había detectores de metal en la entrada, perros entrenados en el jardín, francotiradores en el techo. Parecía la Casa Blanca.
—Todo está cubierto, Doña Lupita —me dijo Riquelme esa noche, ajustándose el auricular—. No entra ni el aire sin que lo sepamos.
Yo traía un vestido negro, sencillo, que Julián me había obligado a comprar. “Para que te camufles entre los invitados”, me dijo. Pero debajo de la falda, en una funda pegada a mi muslo, traía la 9mm. Y en mi bota derecha, mi fiel cuchillo cebollero, afilado como navaja de rasurar. No me sentía cómoda. El aire olía raro. Olía a traición.
La fiesta estaba en su apogeo. Había políticos, empresarios, gente que brindaba con copas de cristal que costaban más que mi vida entera. Yo estaba en una esquina, con la espalda pegada a la pared, escaneando. Mateo estaba arriba, en su cuarto, supuestamente seguro con dos guardias en la puerta.
Pero algo no me cuadraba.
Vi a Elvira, el ama de llaves. Andaba nerviosa, sudando frío, a pesar del aire acondicionado que tenían a todo lo que daba. Llevaba una bandeja con canapés, pero le temblaban las manos. Se acercó a uno de los meseros, un tipo nuevo que yo no había visto en los registros de personal. Intercambiaron una mirada. Una mirada rápida, culpable.
Mi instinto gritó.
Dejé mi posición y caminé hacia la cocina. El pasillo de servicio estaba vacío, demasiado vacío. Debería haber un guardia ahí. No estaba.
Entré a la cocina. Elvira estaba ahí, llorando en silencio frente al fregadero.
—¿Qué hiciste? —le pregunté. Mi voz salió baja, ronca, peligrosa.
Elvira dio un brinco y tiró la bandeja. El ruido de la plata contra el piso sonó como un disparo.
—¡Me obligaron! —chilló, cayendo de rodillas—. ¡Tienen a mi hija! ¡Dijeron que si no dejaba la puerta de servicio desbloqueada y apagaba las cámaras del ala oeste por diez minutos, la matarían!
Sentí un frío helado en la espalda. El ala oeste. La escalera de servicio que sube directo… al cuarto de Mateo.
—¡Maldita sea! —grité.
No perdí tiempo con ella. Saqué la pistola y corrí. Corrí como nunca había corrido en el monte. Me quité los tacones mientras corría y los aventé lejos, siguiendo descalza sobre el mármol frío.
—¡Código Rojo! —grité por el radio que traía oculto en el escote—. ¡Intrusos en el ala oeste! ¡Van por el niño! ¡Riquelme, mueve el culo!
Pero el radio solo me devolvió estática. Inhibidores. Estaban usando tecnología para bloquearnos. Estábamos solos.
Subí las escaleras de servicio de dos en dos. El corazón me retumbaba en los oídos. Al llegar al pasillo de arriba, vi la escena que temía.
Los dos guardias de la puerta estaban en el suelo, con charcos de sangre oscura creciendo debajo de sus cabezas. Silenciadores. Profesionales.
La puerta del cuarto de Mateo estaba abierta.
Entré con el arma por delante, barriendo la habitación. Vacía. La ventana estaba abierta. Una cuerda colgaba hacia el jardín trasero, la zona ciega de las cámaras que Elvira había apagado.
Me asomé. Abajo, tres sombras corrían hacia la barda perimetral llevando un bulto pequeño. Mateo.
No lo pensé. No había tiempo de bajar por las escaleras. Me trepé al marco de la ventana, agarré la cuerda que ellos mismos habían usado y me deslicé. La fricción me quemó las manos, pero ni lo sentí.
Aterricé en el pasto y rodé. Me levanté y corrí hacia ellos. Eran rápidos, pero llevaban peso. Yo llevaba la furia de mil demonios.
—¡Suéltenlo! —grité, disparando al aire para que se detuvieran. Sabía que no debía dispararles directo por riesgo a darle al niño, pero tenía que asustarlos.
Se detuvieron. Uno de ellos, el más grande, se giró. Traía gafas de visión nocturna y un rifle de asalto. Apuntó.
Me tiré al suelo justo cuando la ráfaga de balas cortó las ramas del árbol detrás de mí. El sonido de los disparos rompió la música de la fiesta. Ahora sí, el caos había empezado.
Rodé hacia un arbusto de rosales. Las espinas se me clavaron en los brazos y la cara, pero era mejor que una bala.
—¡Ya te vi, perra! —gritó el hombre—. ¡Sal y te mato rápido!
Eran tres. Uno tenía a Mateo, que pataleaba y gritaba amordazado. Los otros dos me buscaban.
Estaba en desventaja. Pistola contra rifles. Oscuridad contra visión nocturna. Pero ellos estaban en el jardín. En mi jardín. Bueno, en el jardín de Julián, pero yo me había pasado horas estudiándolo, sabiendo dónde estaba cada aspersor, cada estatua, cada sombra.
Busqué una piedra en el suelo. La encontré. La aventé lejos, hacia la derecha, contra una maceta de barro. Crack.
Los dos tiradores se giraron hacia el ruido, disparando.
Aproveché ese segundo. Me levanté y disparé al que estaba más cerca. Dos tiros al pecho. Cayó seco. El chaleco antibalas lo paró, pero el impacto le sacó el aire. Corrí hacia él antes de que se recuperara y le metí una patada en la cara con toda la fuerza de mi pierna de campo. Crujido de nariz rota. Ese ya no se levanta.
El otro se giró hacia mí. Me apuntó.
Click.
Se le encasquilló el rifle. Dios es grande y a veces le gusta la comedia.
El tipo tiró el rifle y sacó un cuchillo táctico. Se me vino encima. Era rápido, entrenado en artes marciales o alguna de esas cosas que enseñan en el ejército. Me lanzó un tajo al cuello. Me hice para atrás, pero la punta me rozó la clavícula. Sentí el ardor caliente de la sangre.
—Vas a valer madre, india —me escupió.
—India tu abuela —le contesté, sacando mi cuchillo cebollero de la bota.
Era una danza mortal. Él tiraba golpes técnicos, yo tiraba navajazos de barrio, de supervivencia. Él buscaba puntos vitales, yo buscaba hacer daño donde cayera.
Me lanzó una patada. La esquivé y me metí en su guardia. Le clavé el cuchillo en el muslo, profundo, y giré la muñeca. Aulló de dolor. Aproveché su grito para darle un cabezazo en la nariz. Cayó de rodillas. Lo rematé con un golpe de la cacha de la pistola en la nuca. Luces fuera.
Quedaba uno. El que tenía a Mateo.
Estaba ya cerca de la barda. Al ver caer a sus compañeros, soltó al niño para poder trepar el muro y escapar. Mateo cayó al pasto.
—¡Mateo, al suelo! —le grité con la voz quebrada.
El niño, obedeciendo el entrenamiento de meses, se hizo bolita en el suelo, pegado a la tierra.
El hombre estaba ya arriba de la barda. Podría haberlo dejado ir. Podría haber corrido a abrazar a Mateo y dar gracias a Dios. Pero algo dentro de mí, esa parte fría y dura que nació la noche de la tormenta, dijo “no”.
Si lo dejo ir, volverán. Si lo dejo ir, nunca dormiremos tranquilos.
Levanté la 9mm. Respiré hondo. El mundo se detuvo. El ruido de las sirenas que se acercaban, los gritos de los invitados en la casa, el llanto de Mateo… todo desapareció. Solo existía la silueta negra contra la luna.
—Nadie toca a mi familia —susurré.
Apreté el gatillo.
Un solo tiro. Una distancia de treinta metros.
El hombre se arqueó hacia atrás y cayó del otro lado de la barda como un costal de papas. Silencio.
Bajé el arma. Las piernas me temblaban tanto que casi me caigo. Corrí hacia Mateo. Él se levantó y corrió hacia mí. Chocamos con fuerza. Lo abracé tan fuerte que pensé que lo iba a romper, pero él se aferró a mi cuello llorando.
—¡Lupita! ¡Sabía que vendrías! ¡Sabía!
—Siempre, mi amor. Siempre. Aunque tenga que salir del infierno, siempre voy a venir por ti.
En ese momento, las luces de la casa se encendieron completas. Los reflectores del jardín nos iluminaron. Riquelme y sus hombres llegaron corriendo, tarde, como siempre. Julián venía con ellos, desgreñado, sin saco, con una pistola en la mano y la cara desencajada por el terror.
Al vernos ahí, en medio del pasto, yo sangrando del cuello y cubierta de tierra, y Mateo a salvo en mis brazos, Julián soltó el arma y cayó de rodillas. Lloró. Lloró como un niño, sin importarle que sus socios millonarios lo vieran desde la terraza.
Esa noche no se durmió. La casa se llenó de policías, federales, paramédicos. Se llevaron a Elvira esposada; no dejaba de pedir perdón, pero yo ni la miré. La traición se paga caro, y la cobardía más.
A mí me curaron la herida del cuello en la misma sala de la casa. Julián no dejó que me llevaran al hospital.
—Ella se queda aquí —ordenó—. Y nadie entra a esta sala si no lo aprueba ella.
Cuando por fin se fue el último policía, ya amanecía. El cielo se estaba pintando de morado y naranja, igual que aquel día en la sierra después de la tormenta.
Julián se sentó frente a mí en el sillón de piel blanca, que ahora tenía una mancha de mi sangre. Me ofreció un vaso de tequila.
—Tómatelo. Te va a quitar el dolor.
Lo tomé de un trago. El fuego me bajó por la garganta y se instaló en el estómago, reconfortante.
—Lupita… —empezó a decir, pero se le quebró la voz.
—No diga nada, patrón. No hace falta.
—Sí hace falta. Hoy salvaste mi vida entera. No tengo cómo pagarte. Todo lo que tengo es tuyo. La casa, el dinero… pídeme lo que quieras.
Lo miré. Miré esa casa lujosa que seguía pareciéndome una jaula, aunque ahora era una jaula donde yo tenía las llaves. Miré mis manos, raspadas y sucias. Miré hacia la ventana, donde Mateo dormía en el sofá cercano, exhausto.
—No quiero su dinero, Julián. Y la casa ya me la ofreció y ya le dije que no la quiero a mi nombre.
—Entonces, ¿qué? ¿Qué quieres?
Pensé un momento. Pensé en mi cabaña quemada, en la soledad del monte, en el frío que calaba los huesos. Y luego pensé en el calor de los bracitos de Mateo alrededor de mi cuello. Pensé en la mirada de respeto de los guardias cuando pasé junto a ellos con el niño en brazos. Pensé en que, por primera vez en mi vida, no era “la hija de don Chuy” ni “la pobrecita Lupita”. Era yo. Era la protectora.
—Quiero ser socia —dije.
Julián parpadeó, confundido.
—¿Socia? ¿De la empresa?
—No, de la empresa no, eso de los números me da dolor de cabeza. Quiero ser socia de la seguridad. Quiero que Riquelme se vaya, o que trabaje para mí. Quiero armar mi propio equipo. Gente de confianza, gente de pueblo que sepa lo que es el hambre y la lealtad, no mercenarios de ciudad. Quiero convertir esta casa y a su familia en algo intocable de verdad.
Julián me miró con asombro, y luego, una sonrisa lenta se le dibujó en la cara. Una sonrisa de admiración pura.
—¿Quieres ser la jefa de seguridad de Grupo Moncada?
—Quiero ser la que decide quién entra y quién sale. Quiero ser la que cuida la puerta. Porque ya vi que sus muros altos no sirven de nada si el que abre el portón es un traidor.
Julián levantó su vaso.
—Trato hecho. A partir de hoy, Riquelme te reporta a ti. Y tienes presupuesto ilimitado para contratar a quien tú quieras. Tráete a tus primos del norte, a tus vecinos de la sierra, a quien tú digas.
Chocamos los vasos.
—Salud, socia.
—Salud, patrón.
Los meses siguientes fueron de mucho trabajo. Despedí a la mitad del personal. Me traje a dos de los hijos de Don Beto, mis vecinos de la sierra, esos que sí saben tirar y no preguntan tanto. Cambiamos las cámaras, cambiamos las cerraduras. La mansión dejó de oler a lavanda artificial y empezó a oler un poco más a café de olla y a cuero limpio.
Mateo creció. Ya no era el niño asustadizo. Se volvió fuerte, seguro. Iba a la escuela con la cabeza en alto, sabiendo que su “tía Lupita” (como empezó a decirme) estaba siempre vigilando, invisible pero presente.
Un día, años después, estábamos en el jardín. Mateo ya era un adolescente, alto como su padre. Yo estaba sentada en la banca, limpiando mi vieja escopeta, esa que nunca dejé de tener bajo la cama a pesar de tener acceso a las mejores armas del mundo.
Julián salió a la terraza. Tenía canas en las sienes, pero se veía tranquilo. Esa tranquilidad que solo se compra con sangre y lealtad.
—¿Te arrepientes, Lupita? —me preguntó, mirando el atardecer—. ¿De haber bajado del cerro?
Dejé el trapo con aceite y miré alrededor. Vi los muros que antes me asfixiaban y que ahora eran mi muralla. Vi al muchacho jugando con el perro. Vi la vida que habíamos construido sobre las cenizas de la tragedia.
Recordé mi cabaña, el viento aullando, la soledad infinita. Y luego sentí el peso de la pistola en mi cintura y la paz en mi corazón.
—No, patrón —le contesté, cerrando la escopeta con un golpe seco—. En el cerro yo solo sobrevivía. Aquí, vivo. Y mientras yo respire, en esta casa no vuelve a entrar el frío.
Me puse de pie, me acomodé el sombrero que ahora usaba en lugar del rebozo, y caminé hacia la entrada para hacer mi ronda nocturna.
Los lobos siguen ahí afuera, lo sé. A veces los veo rondando en sus coches caros, buscando una grieta. Pero ya no tienen hambre de nosotros. Ahora tienen miedo. Porque saben que en esta casa de cristal ya no viven ovejas.
Aquí vive una loba. Y esta loba no perdona.
Así termina mi historia, o al menos esta parte. Porque la vida da muchas vueltas, pero mientras tenga balas y a mi gente, que venga lo que quiera. Yo, Lupita, aquí los espero.
FIN.