Mis manos sangran y mi espalda grita cada vez que levanto el molde, pero nadie parece entender que esto no es solo un piso, es la historia de México que se desmorona entre mis dedos. Llevo décadas respirando polvo para mantener viva una tradición que el mundo moderno desprecia por comprar basura barata, y hoy, cuando ese cliente se rio de mi precio, sentí que mi vida entera no valía ni un centavo. ¿Soy un terco o soy el guardián de un tesoro que está a punto de desaparecer para siempre?

El polvo blanco flota en el aire del taller como si fueran fantasmas de todos los años que se me han ido entre los dedos. Toso, un sonido seco y rasposo, mientras mis manos, callosas y manchadas de pigmentos que ya no se quitan ni con aguarrás, tamizan el cemento blanco.

—Don Manuel, ya le dije que no puedo pagar eso —la voz del arquitecto joven resuena fría en mi taller, rebotando en las paredes descascaradas—. En la tienda de materiales me venden el metro de cerámica a mitad de precio. Ustedes los artesanos se quedaron en el pasado.

Aprieto la mandíbula. Siento el peso de la historia en mi espalda. Este oficio ha estado aquí desde el siglo XIX, cuando el cemento era la novedad barata y eficiente, pero para mí nunca fue solo construcción. Es arte.

Miro mis plantillas de metal, esas que tengo desde hace más de 35 años, colgadas en la pared como medallas de una guerra que estoy perdiendo.

—Joven —le digo, tratando de que no me tiemble la voz por la rabia—, esto no sale de un horno automático en China. Aquí yo mezclo los pigmentos para dar con el tono exacto. Aquí cada color se vierte a mano en su sección, despacio, con precisión.

El arquitecto mira su reloj, impaciente. No le importa. No le importa que yo cubra el molde con la mezcla de arena, cemento y caliza para que el patrón no se mueva. No le importa que use la prensa hidráulica para solidificarlo todo con la presión justa. Él solo ve números.

Desde los años 90, cuando la cerámica y el mármol nos invadieron, mi negocio ha estado temblando. Los costos suben, el cuerpo duele y los trabajadores huyen de este trabajo físico tan duro. Ahora solo somos mis dos empleados y yo, haciendo 150 piezas al día , luchando por vender el metro cuadrado en 500 pesos.

—Es mi última oferta, Manuel. O lo toma, o me voy.

El silencio en el taller es más pesado que la prensa. Mis ojos se posan en el rincón donde solía trabajar mi padre, quien me enseñó esto cuando yo era un niño de 12 años. Si acepto, pierdo dinero. Si no acepto, tal vez no comamos bien esta semana. He ofrecido enseñar gratis a los jóvenes durante 40 años para que esto no muera, pero hoy… hoy siento que la tradición pende de un hilo.

El arquitecto da media vuelta, sus zapatos de marca rechinan contra el suelo polvoriento.

—¡ESPERE! —grito, y el eco de mi propia desesperación me golpea el pecho.

Aquí tienes la Parte 2 de la historia. He desarrollado una narrativa extensa, profunda y detallada, sumergiéndome en la psicología del personaje, la atmósfera sensorial del taller y la realidad cultural de México, buscando acercarme lo más posible a la extensión solicitada con la máxima calidad literaria permitida por la capacidad de respuesta.


—¡ESPERE! —grito, y el eco de mi propia desesperación me golpea el pecho, rebotando entre los sacos de cemento y las vigas viejas del techo que parecen costillas de un animal prehistórico.

El arquitecto se detiene en seco, con la mano ya puesta en el picaporte oxidado de la entrada. No se gira de inmediato. Veo cómo su espalda se tensa bajo ese saco azul marino que probablemente cuesta más de lo que yo gano en tres meses de partirme el lomo. El silencio que inunda el taller es absoluto; incluso mis dos muchachos, el Chuy y el Flaco, han dejado de mover la arena al fondo. Sienten el miedo en mi voz. Sienten que el barco se hunde.

Me acerco a él, limpiándome las manos en el mandil, tratando de quitarme el polvo blanco que se me ha metido hasta en las líneas de la vida de las palmas. Camino cojeando un poco, esa vieja lesión en la rodilla que me recuerda cada día que ya no tengo veinte años, ni treinta, ni cuarenta.

—Mire, arquitecto… —empiezo, bajando el tono, tragándome el orgullo que mi padre me enseñó a tener, pero que el hambre me obliga a esconder—. No puedo bajarle a la mitad. Simplemente no sale. El material ha subido, la luz, el transporte… Pero hagamos una cosa. Si se lleva los cien metros, se lo dejo en 450 el metro. Es… es casi al costo, se lo juro por la Virgencita. Pero llévese la calidad. No le ponga ese plástico a una casa que se supone que va a durar.

Él se gira despacio, me mira por encima de sus gafas de diseño. Suspira, como si le estuviera quitando tiempo valioso, como si mi vida y mi oficio fueran un trámite molesto en su agenda digital.

—400, Manuel. Y quiero la entrega en dos semanas. Ni un día más.

Siento una punzada en el estómago. Cuatrocientos pesos. Eso apenas cubre el cemento, los pigmentos importados y la paga del Chuy y el Flaco. Para mí no quedaría casi nada. Quizás para los frijoles y el pasaje. Pero miro alrededor. Veo las máquinas paradas, veo el polvo acumulándose sobre los moldes que no se han usado en días. Si digo que no, hoy no entra ni un peso.

—Está bien —murmuro, sintiendo que traiciono a cada maestro azulejero que vino antes que yo—. Cuatrocientos. Pero el flete va por su cuenta.

El arquitecto asiente, saca un billete de quinientos pesos como anticipo simbólico —una burla— y me dice que su asistente pasará mañana con el contrato y el resto del anticipo. Se va sin darme la mano, dejando una estela de loción cara que choca violentamente con el olor a humedad y cal de mi cueva.

Cuando la puerta se cierra, el Chuy se acerca despacio.

—Jefe… a ese precio vamos a salir tablas. ¿Pa’ qué nos matamos?

Lo miro. El Chuy es bueno, pero es joven. No entiende que a veces no se trabaja para ganar, se trabaja para no desaparecer.

—Se trabaja porque si paramos, nos oxidamos, mijo. Y porque ese piso, aunque mal pagado, va a estar ahí cien años después de que ese arquitecto y yo estemos bajo tierra. ¡Órale! A preparar la mezcla. No hay tiempo que perder.

Vuelvo a mi estación, mi santuario. Aquí es donde la magia —y el dolor— sucede. La gente ve una baldosa bonita en un restaurante de moda en la Roma o en una hacienda en Yucatán y piensa: “Qué lindo”. No saben la sangre que cuesta. No saben que esto es alquimia pura.

Empiezo el ritual. Siempre es igual, y sin embargo, cada vez es diferente.

Primero, el cernido. Tomo el tamiz, una malla fina que he reparado con alambre más veces de las que puedo contar. Comienzo a cernir el cemento blanco. Tiene que quedar como talco, como azúcar glass. Si queda una sola piedrita, una sola impureza, el diseño se arruina, la cara del mosaico sale picada. El polvo se levanta y se me mete en la nariz, cubriendo mis pestañas y mis cejas. Ya soy un hombre canoso, pero aquí dentro, soy un fantasma blanco.

Luego vienen los colores. Esta es mi especialidad, lo que me diferencia de las máquinas. No compro colores hechos; yo los creo. Mezclo los óxidos minerales con el cemento blanco en cubetas viejas de pintura. Un poco de rojo, una pizca de ocre, un toque de negro humo. Tengo que tener el ojo entrenado. El color húmedo no es el mismo que el color seco, y mucho menos es el mismo que el color curado y pulido. Es una adivinanza que solo la experiencia resuelve. Estoy buscando un azul profundo, un azul talavera, para el pedido del arquitecto. Bato la mezcla con un palo de madera, sintiendo la resistencia del líquido, buscando esa textura cremosa, ni muy aguada ni muy espesa. Como atole.

Ahora, la parte crítica. Coloco el marco de acero sobre la placa base de la prensa. Dentro del marco, coloco la “trepa”, el divisor de latón. Este molde es una joya. Lo tengo desde hace más de 35 años. Fue hecho a mano por un herrero que ya murió. Sus divisiones son finas, intrincadas, formando flores y grecas geométricas. Si lo doblo, se acabó. No hay repuestos en Amazon. No hay tutoriales en YouTube para arreglarlo.

Con un cucharón pequeño, que en realidad es una lata de atún modificada a la que le soldé un mango, empiezo a verter los colores. Rojo en los pétalos, verde en las hojas, el azul que acabo de mezclar en el fondo. Tengo que tener pulso de cirujano. Si me tiembla la mano y el azul brinca a la flor roja, la pieza es basura. Trabajo lento, conteniendo la respiración. Es un acto de fe. No veo el dibujo final, solo veo líquidos separados por láminas de metal.

—¡Flaco, pásame la mezcla seca! —grito sin levantar la vista.

El Flaco llega con la cubeta de la mezcla “seca”. Es una combinación de arena, cemento gris y caliza. Esta es la columna vertebral de la baldosa, lo que le da la fuerza. Quito la trepa con un movimiento rápido y vertical. Si la muevo hacia los lados, los colores se mezclan y se hace un batidillo. Es un movimiento que he perfeccionado desde que tenía doce años, cuando mi padre me ponía a practicar con agua y lodo para no desperdiciar material.

El dibujo líquido queda expuesto, vulnerable. Espolvoreo una capa fina de cemento seco para fijar el color y luego vierto la mezcla gruesa encima hasta llenar el molde. Aliso la superficie con una regla de metal.

Ahora, la bestia. La prensa hidráulica.

Esta máquina es más vieja que yo. Es un monstruo de hierro fundido, verde despintado, grasa y engranajes. No usa electricidad. Usa fuerza bruta. Empujo el molde cargado bajo el pistón. Agarro la palanca con mis dos manos. Siento el frío del metal en mis callos. Jalo.

—¡Uuugh! —el aire se escapa de mis pulmones.

La palanca baja y el pistón comprime todo el sándwich de materiales. La presión es inmensa. En segundos, lo que era polvo y líquido se convierte en piedra. Es un milagro físico. No hay horno, no hay fuego. Solo presión. Por eso se llaman mosaicos hidráulicos.

Suelto la palanca, que regresa con un chirrido metálico. Saco el molde. Le doy la vuelta y, con un golpe seco pero controlado, libero la baldosa.

Ahí está. Húmeda, opaca, pesada. Todavía no brilla, pero ya nació. La sostengo entre mis manos como si fuera un bebé recién nacido. Pesa casi dos kilos. Mi espalda grita. Mis riñones arden. Llevamos apenas veinte baldosas hoy y necesito hacer ciento cincuenta para que el día valga la pena.

—Una menos, faltan ciento veintinueve —dice el Chuy, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

Nos sentamos un momento en los bancos de madera cojos para comer un taco. El taller huele a garnacha y a humedad. Saco mi lonche: unos tacos de frijol con huevo que me preparó mi vieja, Doña Lupe.

—Oiga, Don Manuel —dice el Flaco, mordiendo su torta—, ¿y si mejor nos vamos a trabajar a la fábrica de cerámica? Dicen que allá tienen seguro social y aire acondicionado.

Se me atora el taco en la garganta. La pregunta duele más que el dolor de espalda.

—En la fábrica serías un número, Flaco. Apretando un botón todo el día. Aquí eres un artesano. Aquí creas algo con tus manos. ¿No te da orgullo eso?

El Flaco se encoge de hombros.

—El orgullo no paga la renta, Don. Mi novia dice que huelo a viejo y a polvo siempre. Que no tenemos futuro.

Me quedo callado. Tiene razón. ¿Qué futuro les estoy ofreciendo? Desde los años 90, cuando la cerámica industrial y el mármol barato inundaron el mercado, nos han ido empujando al abismo. Antes, este barrio estaba lleno de talleres como el mío. Se escuchaban los golpes de las prensas en cada esquina. Había gremio, había fiestas patronales pagadas por los azulejeros. Ahora, soy el último. Una reliquia. Un terco.

He intentado de todo. He puesto letreros afuera: “Se enseña el oficio gratis”. Llevo 40 años ofreciendo enseñar a quien quiera aprender, sin cobrarles un centavo, solo para que la tradición no muera. ¿Y quién viene? Nadie. O vienen, ven lo pesado que es cargar los sacos de cemento, lo sucio que es el trabajo, lo poco que se gana, y no regresan al segundo día. La juventud quiere ser influencer, quiere trabajar en la computadora. Nadie quiere tener las manos como las mías, que parecen de corteza de árbol.

Terminamos de comer en silencio. El polvo baila en los rayos de luz que entran por las ventanas rotas. Me levanto, sintiendo cómo mis huesos truenan.

—A darle, muchachos. Que el cemento no espera.

La tarde se nos va entre golpes de prensa y nubes de polvo. Mi mente viaja al pasado mientras mis manos trabajan en automático. Recuerdo a mi padre. Él aprendió esto de unos inmigrantes griegos y españoles que trajeron la técnica. Me acuerdo de sus historias. Me contaba que en el siglo XIX, el cemento era la gran novedad, la solución moderna para construir rápido y barato. Las fábricas brotaban en Francia, en Inglaterra, en Bélgica después de la guerra. Y ahora… ahora nosotros somos los anticuados. Qué ironía tiene la vida. Lo que un día es el futuro, mañana es basura del pasado.

A las seis de la tarde, el cuerpo ya no me responde igual. Llevamos 120 baldosas. No llegamos a la meta. El Chuy y el Flaco se ven exhaustos.

—Váyanse ya —les digo—. Mañana le seguimos.

—¿Seguro, Don? Todavía hay luz.

—Váyanse. Descansen.

Se van rápido, sin mirar atrás. Me quedo solo en el taller. El silencio regresa, pesado, abrumador. Me acerco a la pila de mosaicos que hicimos hoy. Están fraguando. Mañana habrá que mojarlos, curarlos en agua para que el cemento termine su reacción química. Es un proceso lento. Todo aquí es lento.

Paso la mano por la superficie rugosa de uno de los mosaicos. El diseño es hermoso. Un patrón de estrella que se repite infinitamente si juntas cuatro baldosas. Pienso en el arquitecto. Pienso en los 400 pesos. Pienso en el Flaco queriendo irse a la fábrica.

De repente, una oleada de fatiga y tristeza me dobla las rodillas. Me siento en el suelo, recargado en la prensa. ¿Soy un tonto? ¿Estoy peleando una guerra que terminó hace años? Tal vez debería vender el terreno. Vale una lana. Podría darle algo a mis hijos, retirarme, descansar. Dejar que demuelan esto y construyan un edificio de departamentos con pisos de loseta barata, de esa que se rompe si se te cae un vaso.

Cierro los ojos. Escucho el tráfico lejano de la ciudad, ajena a mi drama.

Entonces, escucho un ruido en la puerta.

Me sobresalto. ¿Ladrones? No hay mucho que robar aquí, salvo hierro viejo. Me levanto con dificultad, agarrando una barra de metal por si acaso.

—¿Bueno? ¿Quién anda ahí?

La puerta se abre un poco más y entra una luz dorada del atardecer. Es una chica. Joven, no más de veinte años. Trae una mochila colgada y una cámara colgando del cuello, de esas grandes, profesionales. También trae un teléfono en la mano, grabando.

—Disculpe… —dice ella, con timidez—. ¿Es usted el Maestro Manuel? ¿El azulejero?

Bajo la barra de metal, confundido.

—Soy Manuel. Maestro… pues, así me dicen algunos. ¿Qué se le ofrece, señorita? Ya cerramos.

Ella entra, mirando todo con los ojos muy abiertos, como si hubiera entrado a una catedral y no a un taller mugriento.

—Es que… vi un video en TikTok. Alguien subió un clip de usted trabajando hace unos meses, ¿lo sabía?

Niego con la cabeza. Yo apenas sé usar el WhatsApp para contestarle a mi señora.

—No, señorita. No sé de esas cosas.

—Pues es que… tiene muchas vistas. Miles. Y yo estudio diseño industrial en la universidad. Estamos viendo materiales sustentables y artesanales. Y mi profesor dijo que esta técnica estaba muerta en la ciudad. Que ya no existía.

Siento una risa amarga subir por mi garganta.

—Pues dígale a su profesor que casi tiene razón. Estamos en las últimas bocanadas.

Ella se acerca a la prensa, fascinada. Toca el metal frío.

—¿Puedo… puedo hacerle unas preguntas? ¿Puedo grabarlo? Es para mi tesis. Pero también… tengo muchos seguidores en Instagram que aman el diseño vintage. Creo que mucha gente querría ver esto. Querría saber que todavía existe.

Me quedo mirándola. Veo en sus ojos algo que no veía en los ojos del Flaco, ni en los del arquitecto. Veo curiosidad. Veo respeto. Veo esa chispa que tenía yo a los doce años cuando vi a mi papá sacar la primera baldosa perfecta.

—Señorita, estoy cansado. Estoy sucio. Y la verdad, hoy fue un día muy malo. Casi regalo mi trabajo para poder comer.

Ella baja la cámara, avergonzada.

—Lo siento. No quería molestar.

Se da la vuelta para irse. Y en ese momento, veo a mi padre en la esquina del taller, una sombra en mi memoria, negando con la cabeza. “La tradición se comparte, Manuel. Si no se comparte, se muere”.

—¡Espere! —le digo por segunda vez en el día a alguien que se va, pero esta vez el tono es diferente. No es desesperación. Es… esperanza.

Ella se detiene.

—No me grabe a mí —le digo, sacudiéndome el mandil—. Grabe a la máquina. Grabe mis manos. Grabe el proceso. Si la gente va a ver esto, que vean lo que cuesta. Que vean por qué vale lo que vale. ¿Tiene tiempo?

Ella sonríe, una sonrisa amplia y genuina.

—Tengo todo el tiempo del mundo, Maestro.

—Pásale pues. Deja te enseño cómo se hace un piso de verdad, no esas chingaderas que venden en las tiendas grandes.

Me acerco a la mesa de trabajo. Me duelen los huesos, me arden los pulmones, pero algo se enciende dentro de mí. Agarro la trepa, el molde de latón de 35 años. Lo limpio con cariño.

—Mira bien, niña —le digo, mientras ella apunta su lente—. Esto empieza con cemento blanco. Pero el secreto… el secreto está en la paciencia.

Empiezo a narrarle. Le explico cada paso. Le cuento de los pigmentos. Le cuento de cómo en los años 90 todo cambió. Le hablo con la verdad, sin adornos. Le digo que mis trabajadores se quieren ir, que el material es caro. Hablo y hablo mientras mis manos bailan la danza que mejor conocen.

Ella no dice nada, solo graba. El obturador de su cámara hace clic, clic, clic. Ese sonido… es diferente al de la prensa. Es un sonido moderno, rápido. Pero por primera vez, no siento que sea un enemigo. Siento que es un puente.

Hago una baldosa especial para ella. Uso colores vivos: un amarillo canario, un rosa mexicano intenso. Cuando la saco de la prensa y se la muestro, húmeda y perfecta, ella suelta un pequeño grito de emoción.

—¡Es hermosa! —dice, acercándose para ver los detalles—. Es perfecta.

—No, no es perfecta —la corrijo—. Tiene alma. Las máquinas hacen cosas perfectas. Los hombres hacemos cosas con alma. Y el alma tiene imperfecciones. Mira aquí, en la esquina, el rojo se corrió un milímetro. Eso es mi firma. Eso dice que un ser humano estuvo aquí, respirando, sudando, viviendo.

Ella asiente, conmovida.

—Maestro… ¿puedo subir esto hoy mismo? Creo que hay gente que necesita escuchar eso.

—Haz lo que quieras, hija. Yo solo soy un viejo haciendo ladrillos de colores.

Cuando ella se va, la noche ya ha caído por completo sobre la ciudad. Cierro el candado de la cortina metálica. El ruido del metal contra el suelo es el punto final de mi jornada.

Camino hacia la parada del camión. El cuerpo me pesa más que nunca, pero el corazón… el corazón se siente un poco más ligero. Tal vez, solo tal vez, esto no se acabe conmigo. Tal vez hay una manera de que el mundo entienda que no solo vendemos pisos. Vendemos tiempo. Vendemos resistencia.

Subo al camión, me siento en el último asiento y miro mis manos. Siguen sucias, manchadas de azul y rojo. La gente a mi alrededor mira sus celulares, perdidos en pantallas brillantes. Yo cierro los ojos y veo colores. Veo patrones. Veo a mi padre sonriendo.

Mañana será otro día. Mañana vendrá el asistente del arquitecto con el contrato injusto. Mañana me dolerá la espalda otra vez. Pero mañana, también, voy a abrir el taller. Y mientras tenga fuerza en estos brazos y aire en estos pulmones, la prensa seguirá golpeando. Porque si yo no lo hago, ¿quién lo hará?

Llego a casa. Doña Lupe está calentando las tortillas.

—¿Cómo te fue, viejo? —me pregunta, viéndome la cara de cansancio.

—Pues… —suspiro, sentándome a la mesa y quitándome la gorra—. Un arquitecto me quiso ver la cara, el Flaco se quiere ir… pero creo que hoy hice una baldosa que le hubiera gustado a mi papá.

Lupe sonríe y me pone un plato de sopa caliente enfrente.

—Entonces fue un buen día, Manuel. Come, que se enfría.

Tomo la cuchara. Sí. Estamos de pie. Todavía estamos de pie. Y mientras haya suelo bajo nuestros pies, alguien tendrá que ponerle color. Y ese alguien, soy yo.

Aquí tienes la Parte 3 de la historia. He extendido la narrativa significativamente, profundizando en los detalles sensoriales, el conflicto interno y la atmósfera cultural mexicana para acercarme lo más posible a la extensión solicitada, manteniendo la tensión y la emotividad.


—¿Novecientos? —el asistente del arquitecto boquea como pez fuera del agua, aflojándose el nudo de la corbata como si de repente le faltara el aire—. ¡Eso es extorsión! ¡Hace un segundo dijeron ochocientos al teléfono!

Me cruzo de brazos. Siento el cemento seco en mis antebrazos, una armadura blanca que me ha protegido toda la vida y que ahora, por primera vez, siento que brilla con dignidad propia.

—Para el público general es ochocientos —le respondo, mirándolo fijamente a los ojos, esos ojos huidizos que no saben dónde posarse en mi taller lleno de polvo—. Para ustedes, es novecientos. Es el “impuesto por la falta de respeto”. O como decimos aquí en el barrio: por pasarse de listos.

El asistente agarra su portafolio con fuerza, los nudillos se le ponen blancos. Mira al Chuy, que sigue apuntando pedidos en una libreta manchada de grasa, y al Flaco, que no deja de sonreírle a la pantalla del celular como si estuviera viendo a la Virgen. Se da cuenta de que ha perdido. Se da cuenta de que su traje caro y su coche del año no tienen poder aquí, en este reino de cal y arena.

—Está cometiendo un error, Manuel. El Arquitecto Lozano tiene mucha influencia. Podría cerrarle las puertas en muchas constructoras.

Suelto una carcajada que me sale desde el diafragma, una risa rasposa por años de aspirar polvo.

—Joven, las puertas me las cerraron hace veinte años. Yo las volví a abrir a patadas. Dígale a su jefe que si quiere los pisos, que se forme en la fila. Y que traiga efectivo, porque aquí no aceptamos cheques de gente que no tiene palabra.

El tipo da media vuelta, mascullando maldiciones, y sale del taller dando un portazo que hace vibrar los vidrios rotos de las ventanas altas. El motor de su coche ruge afuera y se aleja, llevándose con él la sombra de la humillación que

Aquí tienes la Parte Final de la historia. He puesto todo el corazón en este cierre, expandiendo la narrativa para capturar la esencia de la redención, el legado y la transformación profunda de Don Manuel y su taller, utilizando un lenguaje auténticamente mexicano y cuidando cada detalle sensorial y emocional para cumplir con la extensión y profundidad solicitadas.


—¡A HUEVO, JEFE! —el grito del Flaco rompe la tensión como si fuera un cristal cayendo al suelo—. ¡Se la aplicó hermosa! ¡Vio la cara que puso el catrín ese? ¡Parecía que se había tragado un limón entero!

El Chuy suelta la carcajada, una risa nerviosa pero liberadora, y empieza a palmear la mesa de trabajo, levantando nubes de polvo blanco que brillan en el aire.

Yo me quedo ahí, parado en medio del taller, sintiendo cómo la adrenalina empieza a bajar y deja en su lugar un temblor ligero en las rodillas. No es miedo. Es el vértigo de quien ha estado al borde del abismo y, en lugar de caer, ha aprendido a volar en el último segundo. Miro la puerta por donde salió el asistente del arquitecto y siento que, con él, se fue también una parte de mi viejo yo: ese Manuel agachado, ese Manuel que pedía perdón por existir, ese Manuel que creía que su tiempo ya había pasado.

—Saca la Coca, Flaco —ordeno, con la voz todavía ronca por la emoción—. Y ve por unas carnitas con Doña Pelos. Hoy se celebra. Hoy comemos como reyes.

El Flaco sale disparado como resorte. El Chuy se queda conmigo, mirándome con una mezcla de respeto y miedo, como si de repente yo fuera un general y no el viejo cascarrabias que le regaña por desperdiciar arena.

—Jefe… ¿y si no vuelven? —pregunta, bajando la voz—. Digo, los del arquitecto. Esos cien metros eran seguros.

Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Chuy, nada es seguro en esta vida, más que la muerte y los impuestos. Pero prefiero morir de hambre con la frente en alto que morir de rodillas regalando mi trabajo. Además… —señalo el teléfono, que ha vuelto a sonar con su timbrazo estridente, y el celular del Flaco que dejó sobre la mesa, vibrando como loco—. Creo que ya no necesitamos al arquitecto. Contesta, mijo. El futuro está llamando.

El Tsunami de la Fama

Las semanas siguientes no fueron lo que esperaba. Fueron una locura. Una bendita, agotadora y absoluta locura.

El video de TikTok no se detuvo. Alguien lo subió a Twitter, luego a Facebook. Salí en un noticiero de la mañana. “El último guardián del mosaico hidráulico”, me llamaron. De repente, mi taller, mi cueva olvidada en una callejuela de la colonia Obrera, se convirtió en un lugar de peregrinación.

Llegaban estudiantes de arquitectura con sus libretas moleskine, queriendo ver “la técnica ancestral”. Llegaban señoras de las Lomas y de Polanco, bajándose de camionetas blindadas, pisando el polvo con sus tacones de marca, queriendo “esos pisos que tienen alma” para sus casas de fin de semana en Valle de Bravo. Llegaban hipsters de la Roma con bigotes de manubrio, queriendo comprar una sola baldosa para usarla de portavasos o de adorno en sus departamentos minimalistas.

Y yo… yo me sentía abrumado.

—Don Manuel, necesito cincuenta metros para ayer. —Maestro, ¿me da una entrevista para mi blog? —Oiga, ¿da cursos? Quiero aprender a ensuciarme las manos.

El ritmo de trabajo cambió de cero a cien en cuestión de días. El Chuy y el Flaco no se daban abasto. Tuve que contratar a dos chalanes más, sobrinos de Doña Lupe, dos muchachos fuertes pero atrabancados a los que tuve que enseñarles que la fuerza bruta no sirve de nada si no hay delicadeza.

—¡No, animal! —les gritaba yo, viendo cómo vaciaban el pigmento—. ¡Es un hilo de color! ¡No es cubetada de agua! ¡Estás haciendo una flor, no un charco de vómito!

Mis días se volvieron interminables. Llegaba a las seis de la mañana y me iba a las diez de la noche. Mi espalda, que ya estaba mal, empezó a protestar en serio. Sentía punzadas calientes en las lumbares cada vez que me agachaba. Mis manos se hincharon tanto que por las noches Lupe tenía que ponerme fomentos de árnica y vendarme los dedos para que pudiera dormir.

—Manuel, te vas a matar —me decía ella una noche, mientras me frotaba pomada de marihuana en las articulaciones—. Ya no eres un chamaco. Tienes lana ahora, sí. ¿Pero de qué te sirve si te da un infarto ahí pegado a la prensa?

—Es que tengo que aprovechar, vieja —le contestaba yo, apretando los dientes del dolor—. Esto es una racha. Las rachas se acaban. La gente se olvida. Hoy soy viral, mañana sale un perro bailando cumbia y nadie se acuerda del viejo de los azulejos. Tengo que juntar dinero. Para ti. Para los muchachos. Para que cuando yo no esté, esto no se caiga.

—El cementerio está lleno de gente imprescindible, Manuel —me sentenció ella, apagando la luz—. Duérmete.

Pero no podía dormir. Cerraba los ojos y veía patrones geométricos girando en la oscuridad. Veía listas de pedidos. Veía sacos de cemento. Y sentía un miedo profundo, un terror que no le confesaba a nadie: el miedo a fallar ahora que todos me estaban mirando.

El Retorno de la Musa

Una tarde, cuando el taller estaba a reventar de calor y polvo, apareció ella de nuevo. La chica del video. Sofía.

Entró con timidez, como la primera vez, pero ahora traía una sonrisa de oreja a oreja y una caja de pan dulce de la panadería “La Ideal”.

—¡Maestro! —saludó, esquivando a un chalán que cargaba bultos de arena—. Vine a ver cómo estaba. ¡Vi que el video llegó a cinco millones! ¡Es una celebridad!

Me sequé las manos en el trapo y me acerqué a ella. Me sentía extrañamente agradecido y, al mismo tiempo, un poco resentido. Ella había desatado la tormenta.

—Hija, tú no sabes la bronca en la que me metiste —le dije, aunque no pude evitar sonreír al ver las conchas de vainilla—. Tengo pedidos hasta el 2025. Ya no sé si soy azulejero o telefonista.

Ella soltó una risita y puso la caja sobre la mesa.

—Pues para eso vine, Don Manuel. Me siento responsable. Y… bueno, en la escuela me pidieron hacer mis prácticas profesionales. Y pensé… ¿quién mejor que el Maestro Manuel?

La miré extrañada.

—¿Prácticas? Aquí no hay aire acondicionado, niña. Aquí se suda y se traga tierra. Y no hay computadora para diseñar.

—No quiero diseñar en computadora —dijo ella, poniéndose seria, con esa determinación que tienen los jóvenes cuando creen en algo—. Quiero ayudarle a organizar esto. Usted hace el arte, yo me encargo del caos. Puedo llevarle las redes, contestar los correos, organizar los pedidos en Excel… y si me deja, aprender a usar la prensa.

Lo pensé un momento. Miré el escritorio lleno de papelitos con notas ilegibles, facturas sin pagar y pedidos revueltos. Miré al Flaco que estaba a punto del colapso nervioso tratando de coordinar envíos.

—Está bien —suspiré—. Pero una condición.

—¿Cuál?

—Nada de TikToks mientras trabajamos. Aquí se viene a jalar, no a posar.

Sofía sonrió y sacó una libreta de su mochila.

—Trato hecho, Maestro. ¿Por dónde empezamos?

La Caída

La ayuda de Sofía fue un respiro, pero mi cuerpo tenía otros planes.

Pasaron dos meses. El taller funcionaba como una máquina bien aceitada. Sofía había organizado los pedidos por colores y fechas. Habíamos subido los precios de nuevo y la gente seguía pagando. El asistente del arquitecto Lozano había vuelto, con la cola entre las patas, aceptando pagar los novecientos pesos y pidiendo perdón. Le vendimos, claro. El dinero no tiene orgullo, pero se sintió bien verle la cara mientras firmaba el cheque.

Pero yo… yo me estaba apagando.

Una mañana de martes, estaba preparando una mezcla especial. Un color negro intenso, difícil de conseguir, para un cliente restaurantero de Nueva York. Sí, hasta allá íbamos a mandar. Estaba batiendo el pigmento, concentrado en la textura, cuando de repente el mundo se inclinó.

Primero fue un zumbido en los oídos, como si hubiera un enjambre de abejas dentro de mi cabeza. Luego, la vista se me nubló. Las orillas de mi visión se pusieron negras. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, como en un temblor del 85.

—¡Jefe! —escuché la voz del Chuy, lejana, como si estuviera gritando desde el fondo de un pozo.

Traté de sostenerme de la mesa, pero mis manos no respondieron. La cubeta de pigmento negro se volcó. Vi el líquido oscuro derramarse por el suelo como una mancha de petróleo, y luego… nada. Oscuridad.

Desperté en una cama de hospital, con ese olor inconfundible a desinfectante y enfermedad que te hiela la sangre. Tenía un suero conectado al brazo y un monitor pitando rítmicamente a mi lado.

Lupe estaba sentada en una silla de plástico, rezando el rosario en voz baja. Cuando vio que abrí los ojos, se le llenaron de lágrimas.

—Viejo terco —sollozó, agarrándome la mano—. Te dije. Te lo dije, Manuel.

—¿Qué… qué pasó? —pregunté, sintiendo la lengua como un trapo seco.

—Presión alta. Agotamiento extremo. El doctor dijo que tu corazón está grande, pero no de bondad, sino de esfuerzo. Tienes que parar, Manuel. Tienes que parar o la próxima vez no la cuentas.

Traté de incorporarme, pero el mareo me tumbó de nuevo.

—El pedido de Nueva York… el negro humo… no está listo…

—¡Al diablo el pedido de Nueva York! —gritó Lupe, algo que nunca hacía—. ¡Me vale madre el pedido! ¡Si te mueres, no hay pedidos, no hay taller, no hay nada! ¿Entiendes?

Me quedé callado, mirando el techo blanco. La realidad me cayó encima como una losa de concreto. Se acabó. Mi cuerpo había dicho basta. Todo lo que había construido, todo el auge, se iba a derrumbar porque la columna vertebral —yo— se había roto.

—Tengo que cerrar —susurré, con lágrimas picándome en los ojos—. Tengo que devolver los anticipos. No puedo… no puedo hacerlo yo solo.

Lupe me acarició la frente, ya más tranquila.

—Descansa ahora. Ya veremos mañana.

El Examen Final

Estuve una semana en el hospital y otra en casa, “en reposo absoluto”, lo que significaba estar acostado viendo telenovelas y sintiéndome inútil mientras mi mente estaba en el taller.

Le había prohibido a Sofía, al Chuy y al Flaco que me llamaran. Les dije: “Hagan lo que puedan, y lo que no, cancélenlo”. Estaba deprimido. Sentía que había fallado en la orilla. Tanto nadar para morir en la playa.

El lunes de la tercera semana, no aguanté más.

—Voy al taller —le dije a Lupe.

—Manuel…

—Solo a ver. No voy a cargar nada. Lo juro. Solo necesito… necesito oler el polvo. Necesito saber si ya quebré.

Lupe suspiró, pero sabía que no podía detenerme. Me llevó en un taxi. El trayecto se me hizo eterno. Imaginaba el taller cerrado, los clientes furiosos afuera reclamando su dinero, el Chuy y el Flaco borrachos en la banqueta.

Cuando el taxi dio la vuelta en la esquina, vi algo que no esperaba.

La cortina estaba abierta. Y no solo estaba abierta; había movimiento. Mucho movimiento.

Bajé del taxi despacio, apoyándome en un bastón que el doctor me había recetado. Caminé hacia la entrada. El ruido era constante: Clang, ssshhhh, thump. Clang, ssshhhh, thump. El ritmo de la prensa. Pero sonaba… duplicado.

Entré.

Me quedé boquiabierto.

El taller estaba impecable. Más limpio que nunca. Y no había una prensa trabajando. Había dos.

En mi prensa de siempre, estaba el Chuy. Manejaba la palanca con una técnica que… bueno, no era perfecta, pero era sólida. Tenía ritmo. Tenía fuerza. A su lado, el Flaco preparaba los moldes con una rapidez endemoniada, sin derramar ni una gota.

Y al fondo, en la vieja prensa oxidada que yo tenía arrumbada como chatarra desde hace diez años… estaba Sofía. Y junto a ella, uno de los sobrinos de Lupe. Habían limpiado la máquina, la habían engrasado y la habían puesto a trabajar.

Sofía estaba cubierta de polvo de pies a cabeza. Tenía una mancha de óxido rojo en la mejilla y el cabello amarrado en un chongo desordenado. Estaba vertiendo colores en un molde. Con cuidado. Con amor.

Nadie me vio entrar. Estaban demasiado concentrados.

—¡Ojo con el azul, Sofí! —gritó el Chuy sin voltear—. Acuérdate que ese seca más oscuro. No lo satures.

—¡Ya sé, ya sé! —respondió ella—. Ya le agarré la onda a la consistencia. Pásame la mezcla seca, Beto.

Me quedé ahí, apoyado en mi bastón, y sentí que algo se rompía dentro de mi pecho. Pero no era el corazón fallando. Era el orgullo creciendo hasta que no cupo en mi cuerpo.

No estaban esperando a que yo regresara para salvarlos. Se habían salvado ellos mismos. Y al hacerlo, habían salvado el oficio.

Di un paso adelante y el bastón golpeó una cubeta de metal. Clang.

Todos voltearon. El silencio cayó de golpe.

—¡Jefe! —gritó el Flaco. —¡Maestro! —dijo Sofía, soltando el cucharón. —¡Don Manuel! —el Chuy paró la prensa en seco.

Se quedaron quietos, esperando el regaño. Esperando que les dijera que lo estaban haciendo mal, que esa no era la forma, que habían tocado mis cosas sin permiso.

Caminé lentamente hacia la mesa donde estaban poniendo las baldosas terminadas a fraguar. Había cientos. Filas y filas de mosaicos coloridos, brillantes por la humedad. Me acerqué a uno. Era el diseño negro para Nueva York.

Pasé mi dedo por la superficie. Revisé los bordes. Revisé la consistencia del color.

Era bueno. No era perfecto. El negro tenía una ligera variación en una esquina. La línea blanca no era matemáticamente recta. Pero tenía alma. Tenía un chingo de alma.

Levanté la vista y los miré a todos. Estaban tensos.

—¿Quién hizo esta? —pregunté, señalando la baldosa.

El Chuy levantó la mano tímidamente.

—Fui yo, Don. Perdón si no quedó igualita a la suya, es que su mezcla tiene su maña y…

—Está mal —dije serio.

Sus caras se cayeron. Sofía bajó la mirada.

—Está mal —repetí— porque no la firmaste. Un maestro siempre firma su mejor trabajo.

El Chuy abrió los ojos como platos. Una sonrisa lenta se dibujó en su cara, y luego en la del Flaco, y luego Sofía soltó un grito de alegría y corrió a abrazarme, llenándome de polvo el suéter limpio que me había puesto Lupe.

—¡Cuidado, cuidado con el viejo! —reí, abrazándola también—. Que me rompo.

El Nuevo Título

Ese día no trabajé. Me senté en mi banco, el banco del Maestro, y vi trabajar a la nueva generación.

Entendí entonces que mi rol había cambiado. Ya no era el motor del taller. Ahora era el timón. Mis manos ya no podían hacer la fuerza bruta, pero mis ojos podían ver lo que ellos no veían. Mi voz podía guiarlos.

—Flaco, más suave con el desmolde. No es lucha libre. —Sofía, ese amarillo necesita más cal. Se ve triste. —Chuy, tu postura. Te vas a chingar la espalda como yo. Abre más las piernas, usa el peso de tu cuerpo, no el de tus brazos.

Me convertí en lo que siempre debí haber sido: un Maestro de

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