
La camioneta llegó tres horas antes del atardecer, levantando una nube de tierra seca que se pegaba a la garganta. Yo, Rogelio, llevaba horas recargado en el poste de la cerca, con el contrato arrugado en la mano sudorosa.
El trato por las 20 hectáreas colindantes había sido sucio, pero necesario. Los hermanos Rosas querían dinero rápido tras la mu*rte de su hermano Tomás. Yo quería la tierra. Pero la cláusula final era una locura: “El comprador asume la responsabilidad total de la viuda, Clementina, quien residirá en la propiedad”.
Me la vendieron como un castigo. Como un mueble roto del que necesitaban deshacerse.
La camioneta se detuvo frente a mí. El conductor, Marcos, el mayor de los cuñados, ni siquiera apagó el motor. Escupió por la ventana con un gesto de desprecio y señaló hacia atrás con la barbilla.
Clementina bajó sola.
No traía la cabeza gacha como yo esperaba. Llevaba un vestido negro desgastado por el sol y el polvo, y el cabello recogido tan fuerte que le estiraba la piel de la cara. Sacó una única maleta de cuero, vieja y remendada.
Se giró hacia mí. Sus ojos no tenían gratitud. Tampoco miedo. Tenían ese brillo duro de quien ya no tiene nada que perder.
—Señor Rogelio —dijo. Su voz era seca, como la tierra bajo nuestras botas—. Soy Clementina. Supongo que ya sabe que soy parte del inventario.
Sentí un nudo en el estómago. No era lástima. Era una advertencia interna.
—Los papeles están firmados —gritó Marcos desde la cabina, acelerando el motor—. La tierra es tuya. La loca es tu problema ahora.
Arrancó el vehículo, dejándonos envueltos en una nube de humo negro y polvo. Clementina no tosió. Se quedó parada, firme como un poste, viéndolos alejarse sin parpadear.
—La casa es chica —dije finalmente, rompiendo el silencio incómodo—. Agarra el cuarto del fondo. Yo no me meto en tus cosas, tú no te metes en las mías.
Ella me miró, y por un segundo, vi algo detrás de esa fachada de hielo.
—Eso me parece perfecto —respondió, y caminó hacia mi casa con la dignidad de una reina entrando a un palacio, aunque solo fuera una choza de adobe.
Esa noche, mientras escuchaba sus pasos al otro lado de la pared delgada, supe que los hermanos Rosas no me habían dado una carga. Me habían dado un misterio peligroso. Y la tormenta apenas comenzaba.
¿QUÉ FUE LO QUE REALMENTE SUCEDIÓ CON SU MARIDO PARA QUE LA ODIARAN TANTO?
PARTE 2: EL SILENCIO QUE GRITABA EN LA COCINA Y LA SOMBRA DE LOS ROSAS
La primera noche con Clementina bajo mi techo no dormí. Me quedé tumbado en mi catre, con los ojos clavados en las vigas del techo, escuchando. La casa era vieja, de esas construcciones de adobe y madera que respiran con el viento, que crujen como si les dolieran los huesos cuando baja la temperatura del desierto. Pero esa noche, los ruidos eran diferentes. No era el viento. Eran sus pasos.
Clementina no se había acostado. La escuchaba caminar de un lado a otro en el cuarto del fondo, ese cuartucho que usaba para guardar monturas viejas y costales de maíz, y que ahora era su único refugio. Sus pasos eran suaves, casi imperceptibles, pero en el silencio absoluto del rancho, resonaban como martillazos en mi conciencia. ¿Qué hacía? ¿Estaba llorando? ¿Estaba planeando cómo largarse? ¿O estaba planeando cómo clavarme un cuchillo mientras dormía, como decían las malas lenguas en el pueblo que había hecho con Tomás?
Mantuve la mano cerca de la vieja pistola calibre .38 que guardaba en el buró. No por miedo a ella, me decía a mí mismo, sino por precaución. Uno nunca sabe qué clase de locura trae la gente que ha sido arrastrada por el dolor.
Sin embargo, el amanecer llegó sin gritos ni sangre. El sol empezó a colarse por la ventana, pintando de naranja el polvo que flotaba en el aire. Me levanté con el cuerpo entumido, con esa pesadez de quien ha velado armas toda la noche. Me calcé las botas, me eché agua fría en la cara y salí hacia la cocina, esperando encontrarme con una mujer deshecha, llorosa o, peor aún, furiosa.
Lo que encontré me detuvo en seco en el marco de la puerta.
La cocina estaba impecable. Los trastes que llevaban días acumulados en el fregadero habían desaparecido. La mesa de madera, que solía tener manchas de café y grasa de semanas, estaba tallada y limpia. Y en el fogón, una olla de barro soltaba un vapor que olía a gloria: café de olla con canela y piloncillo. Junto a ella, un comal caliente y una pila de tortillas recién hechas, infladitas, perfectas.
Clementina estaba de espaldas, torteando la masa con un ritmo hipnótico. Clap, clap, clap. Sus manos se movían con una destreza que solo tienen las mujeres de rancho, esas que aprendieron a cocinar antes que a leer. Llevaba el mismo vestido negro del día anterior, pero se había puesto un delantal que encontró quién sabe dónde.
—Buenos días —dije, carraspeando para quitarme la sorpresa de la garganta.
Ella no se sobresaltó. Terminó de poner la tortilla en el comal antes de girarse. Su rostro seguía siendo esa máscara de piedra, indescifrable, pero sus ojos parecían menos oscuros con la luz de la mañana.
—El café está listo —dijo, señalando la olla con un movimiento de cabeza—. No sabía si le gusta con azúcar, así que no le puse mucha.
Me senté a la mesa, sintiéndome un extraño en mi propia casa. Me sirvió una taza y me puso un plato con frijoles refritos y huevos con salsa de molcajete. Comí en silencio, devorando cada bocado. Tenía años, quizá desde que murió mi madre, que no probaba algo con ese sazón. No era comida de restaurante; era comida de hogar, de esa que calienta el estómago y algo más adentro.
—Cocinas bien —admití, limpiando el plato con un pedazo de tortilla.
—Es lo único que me dejaban hacer en casa de mis suegros —respondió ella, sin mirarme, mientras lavaba los trastes que yo acababa de ensuciar—. Cocinar y callar. Para eso servía la “loca”.
La palabra “loca” salió de su boca con un veneno amargo. Me le quedé viendo.
—¿Por qué te dicen así? —pregunté. Sabía que era terreno peligroso, pero la curiosidad me picaba más que la prudencia.
Clementina detuvo sus manos dentro del agua jabonosa. Se quedó quieta un momento, mirando hacia el ventanuco que daba al campo seco.
—Porque es más fácil decir que estoy loca a admitir que digo la verdad —murmuró, tan bajo que apenas la escuché—. Y porque cuando uno ve al diablo a los ojos y no se muere de miedo, la gente piensa que uno se hizo su amigo.
No dijo más. Se secó las manos y salió al patio, dejándome solo con el sabor del café y una inquietud que empezaba a echar raíces en mi pecho.
Pasaron los días y se estableció una rutina extraña, una especie de danza silenciosa entre los dos. Yo salía temprano a revisar el ganado y las cercas; ella se quedaba en la casa o en el huerto trasero, que había empezado a limpiar de maleza con una furia metódica.
No hablábamos mucho. Frases cortas, funcionales. “¿Falta leña?”, “Voy al pueblo por víveres”, “Cierra bien la puerta”. Pero su presencia llenaba la casa. Ya no era ese cascarón vacío donde yo solo llegaba a dormir. Ahora había olor a comida, ropa tendida al sol, y una sensación de vida que me ponía nervioso.
Lo que me sorprendió no fue su trabajo en la casa, sino lo que pasó al cuarto día.
Yo estaba peleando con la bomba de agua del pozo. Era una máquina vieja y mañosa que decidía fallar siempre que el calor apretaba más. Llevaba dos horas bajo el sol, con las manos llenas de grasa, maldiciendo a todos los santos, cuando sentí una sombra sobre mí.
Clementina estaba parada ahí, con un sombrero de paja que había encontrado en el granero y que le quedaba grande. Me observaba con los brazos cruzados.
—No es el motor —dijo.
Me limpié el sudor de la frente con el antebrazo, irritado.
—¿Ah sí? ¿Y tú qué sabes de bombas, mujer? —le solté, más brusco de lo que pretendía. El machismo de rancho es difícil de sacudir, incluso cuando uno sabe que no debe.
Ella no se ofendió. Se agachó junto a mí, ignorando la grasa y la tierra.
—Tomás… mi difunto esposo… tenía una igual. Se la pasaba arreglándola y nunca quedaba. El problema no es el motor, es la válvula de retención. Se llena de sarro y se pega.
Me quitó la llave inglesa de la mano con suavidad pero con firmeza. Me quedé tan pasmado que la dejé hacer. Con tres movimientos precisos, desmontó la tubería lateral, sacó una pieza llena de cal blanca, la golpeó contra una piedra para limpiarla y la volvió a colocar.
—Préndala ahora —ordenó.
Fui al interruptor y lo accioné. El motor tosió una vez, dos veces, y luego empezó a zumbar con un ritmo constante. El agua comenzó a salir por el tubo, clara y fresca.
Me giré para verla, boquiabierto. Ella se estaba limpiando las manos en el vestido, con esa misma expresión estoica.
—¿Dónde aprendiste eso? —pregunté.
—Uno aprende a fijarse en los detalles cuando nadie le dirige la palabra —dijo—. Además, Tomás era un inútil para las herramientas. Le gustaba más golpear cosas que arreglarlas.
Fue la primera vez que mencionó la violencia de su marido abiertamente. Hubo un silencio pesado, solo roto por el sonido del agua cayendo en el abrevadero.
—Clementina —dije, sintiendo que le debía algo más que un techo—, gracias.
Ella asintió levemente y se dio la media vuelta para regresar a la casa. Pero vi algo en su caminar, una ligera cojera que no había notado antes, o que tal vez ella había estado disimulando muy bien.
Esa tarde decidí ir al pueblo, a San Jacinto. Necesitaba comprar refacciones y, para ser sincero, necesitaba un trago. La tensión de vivir con una mujer que era un misterio andante me estaba pasando factura.
San Jacinto es uno de esos pueblos donde el tiempo parece haberse detenido, pero las lenguas nunca descansan. Entré a la ferretería de Don Chuy, un viejo que sabía la vida y milagros de todos en la comarca.
—Buenas tardes, Don Chuy —saludé.
El viejo me miró por encima de sus lentes, y noté de inmediato el cambio en el ambiente. Los otros dos clientes que estaban ahí callaron y se salieron rápido, murmurando un “con permiso” apresurado.
—Rogelio —dijo Don Chuy, seco—. Ya me contaron que cerraste el trato con los Rosas.
—Así es. Esas 20 hectáreas me hacían falta para el ganado.
—Y también me contaron que te quedaste con el “paquete” —dijo, con una sonrisita burlona que me revolvió el estómago—. Dicen que la viuda ya está instalada en tu casa. ¿Qué tal te ha ido? ¿Ya te despertaste con un alacrán en la bota?
Sentí el calor subirme al cuello.
—Es una mujer trabajadora, Don Chuy. No molesta a nadie.
—Mmm —el viejo escupió en una lata que tenía en el suelo—. Eso decían al principio cuando se casó con Tomás. Que era muy calladita, muy seria. Y mira cómo acabó el pobre Tomás. Dicen que le dio hierbas, Rogelio. Que lo fue secando poco a poco hasta que el corazón le reventó. Esa mujer tiene el mal en la sangre. Su madre era igual, una bruja de allá de la sierra.
Golpeé el mostrador con la palma de la mano, haciendo saltar unos clavos.
—Tomás Rosas se murió de una congestión alcohólica porque se bebía hasta el agua de los floreros, y todo el mundo lo sabe —dije, alzando la voz—. Y si su familia quiere inventar cuentos para no sentir culpa por cómo la trataron, allá ellos. Pero en mi presencia, se respeta.
Don Chuy levantó las manos en señal de paz, pero sus ojos seguían brillando con malicia.
—Tranquilo, hombre. Solo digo lo que se oye. Pero ten cuidado. Los Rosas no le dieron esas tierras baratas por caridad. Se deshicieron de ella porque le tienen miedo. Y Marcos… Marcos anda diciendo que todavía tienen “cuentas pendientes” con ella. Que no creas que por estar en tu rancho ya se salvó.
Salí de la ferretería con la sangre hirviendo. “Cuentas pendientes”. La frase me rondó la cabeza todo el camino de regreso. ¿Qué más podían querer de ella? Le habían quitado la casa, la tierra, la dignidad. La habían botado como basura.
Cuando llegué al rancho, ya estaba oscureciendo. La luz de la cocina estaba encendida. Entré y vi a Clementina sentada a la mesa, remendando una camisa mía que yo había dado por perdida.
—Fui al pueblo —le dije, poniendo una bolsa de pan dulce sobre la mesa.
Ella levantó la vista. Sus ojos escanearon mi cara, buscando señales de lo que había escuchado.
—¿Y qué dicen? —preguntó directamente.
—Pendejadas —respondí, sentándome frente a ella—. Lo de siempre. Que si eres bruja, que si mataste a Tomás.
Ella soltó una risa seca, sin alegría.
—Ojalá fuera bruja —dijo—. Si fuera bruja, Tomás habría sufrido más.
La brutalidad de su honestidad me dejó helado.
—¿Tan malo era?
Clementina dejó la aguja y el hilo. Se subió la manga del brazo izquierdo. Hasta ese momento, siempre había llevado mangas largas, a pesar del calor.
Lo que vi me revolvió las tripas. Su brazo estaba marcado por cicatrices. Algunas viejas, blancas y queloides. Otras más recientes, rojas y feas. Quemaduras de cigarro. Cortes. Marcas que parecían de un fuete.
—Esto era Tomás —dijo, con una voz tan calmada que daba miedo—. Tomás cuando bebía. Tomás cuando perdía dinero en las peleas de gallos. Tomás cuando simplemente se aburría.
Me quedé mirando las marcas, sintiendo una mezcla de furia y vergüenza ajena por ser hombre.
—¿Y su familia? —pregunté—. ¿Marcos? ¿Los otros?
—Ellos sabían —dijo ella, bajándose la manga—. A veces estaban ahí. Se reían. Decían que me tenía que “domar”. Para los Rosas, una mujer es como una yegua. Si no obedece, se le quiebra el espíritu. Y si no se deja quebrar… se le elimina.
—¿Por qué no te fuiste?
—¿A dónde? —me miró a los ojos—. No tengo familia. Mis padres murieron cuando era niña. Tomás me sacó de la miseria para meterme al infierno. Y cuando murió… pensé que se había acabado. Pero no.
Se inclinó hacia adelante, y por primera vez vi miedo real en sus ojos.
—Rogelio, ellos no me odian porque piensan que lo maté. Ellos me odian porque sé dónde Tomás escondía el dinero.
El silencio que siguió a esa declaración fue denso.
—¿Qué dinero? —pregunté en un susurro.
—No era solo agricultura, Rogelio. Usted sabe que en estas tierras no se gana tanto solo con maíz y frijol. Tomás y Marcos… ellos movían cosas. “Carga”, le decían. Pasaban camiones por la noche, por la brecha vieja que cruza el cerro. Tomás se quedaba con una parte, una parte que no reportaba a sus socios, ni a sus hermanos. Él me dijo una noche, borracho, que si algo le pasaba, ese dinero era mi seguro de vida. Pero nunca me dijo dónde estaba exactamente, solo que estaba “en lo que más amaba”.
—¿En lo que más amaba? —repetí—. ¿Se refería a ti?
Ella negó con la cabeza tristemente.
—Tomás no amaba a nadie. Solo amaba esta tierra. Estas 20 hectáreas que usted acaba de comprar.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. De repente, todo tenía sentido. La venta rápida. El precio bajo. La condición de que ella se quedara aquí.
—Me vendieron la tierra para que yo fuera el perro guardián —dije, comprendiendo la trampa—. Y te mandaron aquí porque piensan que tú sabes dónde está el dinero y que tarde o temprano vas a ir a buscarlo.
—Me están vigilando —afirmó ella—. Y ahora lo vigilan a usted también. Están esperando que yo cometa un error, o que usted encuentre el dinero por accidente. Y cuando eso pase…
—Cuando eso pase, vendrán por los dos —terminé la frase.
Me levanté de la mesa y fui a la ventana. La noche afuera era una boca de lobo. Pero a lo lejos, hacia el límite de la propiedad donde empezaban los terrenos de los Rosas, vi un destello. Una luz de linterna o un faro que se encendió y se apagó rápidamente.
Ya no estábamos solos.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Clementina detrás de mí. Su voz ya no sonaba dura, sonaba cansada.
Me giré y la miré. Ya no veía a la “viuda loca”. Veía a una sobreviviente. Y veía a mi socia en una guerra que yo no había pedido, pero que ahora tenía que pelear.
—Lo primero —dije, yendo al mueble donde guardaba las llaves del armero— es asegurarnos de que si vienen a buscar su “herencia”, les cueste sangre sacarla de aquí. Sabes disparar, Clementina?
Ella me miró, y una sonrisa torcida, peligrosa, apareció en sus labios.
—Si le doy a una liebre a cien metros, le doy a un Rosas a diez.
—Bien —dije, sacando una escopeta vieja pero confiable y una caja de cartuchos—. Porque me late que Marcos no va a esperar mucho.
Esa noche, dormimos por turnos. Yo tomé la primera guardia en el porche, con la escopeta en las piernas y el perro, un pastor ganadero llamado “Sombra”, echado a mis pies, con las orejas paradas.
Alrededor de las tres de la mañana, Sombra gruñó. Un sonido bajo, gutural. Me incorporé lentamente.
A lo lejos, el ruido de un motor se acercaba. No venía por el camino principal. Venía campo traviesa, rompiendo el monte. Eran ellos. O al menos, uno de sus mandaderos.
Entré a la casa y sacudí a Clementina suavemente. Ella despertó al instante, con los ojos muy abiertos, sin rastro de sueño.
—Ya están aquí —le susurré.
Ella asintió, tomó el revólver que le había dejado y se pegó a la pared, lejos de las ventanas.
Salí al porche justo cuando una camioneta se detenía frente a la cerca de alambre. Los faros me cegaron por un momento.
—¡Buenas noches, vecino! —gritó una voz arrastrada por el alcohol. Era el menor de los Rosas, Felipe. Un chamaco estúpido y violento que siempre quería demostrar que era tan malo como sus hermanos mayores.
—Aquí no hay paso, Felipe —grité de vuelta, amartillando la escopeta. El sonido clack-clack fue claro en la noche.
—Tranquilo, viejo. Solo venimos a saludar a la cuñada. A ver si ya se acordó de dónde dejó las llaves de la “caja fuerte”.
—Aquí no hay nada de ustedes. Lárgate o te juro por mi madre que te vuelo los sesos.
Hubo una risa desde la camioneta.
—Uy, qué miedo. El viejo Rogelio resultó bravo. Mira, no queremos pedos contigo. Entréganos a la bruja y te dejamos en paz. Es más, te perdonamos la deuda del agua que ni sabías que tenías.
—Clementina se queda —dije, firme.
—Entonces te vas a morir con ella, pendejo.
Vi el brillo de un cañón asomando por la ventana del copiloto. Me tiré al suelo justo cuando el disparo sonó. ¡Bang! La madera del poste del porche estalló en astillas sobre mi cabeza.
Respondí con un escopetazo al aire, solo para asustar. No quería matar a nadie todavía, eso traería a la policía estatal y quién sabe a quién tenían comprados.
—¡La próxima va a la cabina! —rugí.
La camioneta reculó. Felipe gritó insultos, pero el motor rugió en reversa y dieron la vuelta, perdiéndose en la oscuridad.
Me levanté, sacudiéndome el polvo, con el corazón galopando. Clementina salió al porche. No estaba temblando.
—Solo estaban probando —dijo ella, mirando hacia donde se habían ido—. Querían ver si usted me defendería.
—Pues ya vieron que sí.
—Ahora van a regresar con Marcos. Y Marcos no falla los tiros.
Nos quedamos ahí, en la oscuridad, dos náufragos en un mar de tierra seca y peligros.
—Rogelio —dijo ella después de un rato—, hay algo que no le dije.
—¿Más? —suspiré.
—Sí. Sé dónde está el dinero. O al menos, sé dónde buscar.
Me giré hacia ella.
—¿Dónde?
—Tomás dijo “en lo que más amaba”. Y él no amaba la tierra por la tierra misma. Amaba un árbol. Un mezquite viejo que está en la quebrada del norte, justo en el límite. Ahí fue donde mató a su primer venado cuando era niño. Ahí iba a emborracharse solo. Si enterró algo, está debajo de ese árbol.
—La quebrada del norte… —murmuré. Esa zona era difícil, llena de piedras y espinas—. Si vamos allá, estaremos expuestos.
—Tenemos que ir antes que ellos —dijo Clementina—. Si encuentran el dinero, ya no les sirvo viva. Y usted tampoco, porque es testigo.
Tenía razón. Estábamos atrapados. La única salida era hacia adelante.
—Mañana —dije—. Al primer rayo de luz. Vamos a sacar esa maldita herencia y vamos a ver qué hacemos. Si es dinero sucio, no lo quiero.
—No es para usted —dijo ella—. Es para comprar mi libertad. Y tal vez… la suya.
Nos miramos, y en ese momento, bajo la luz de las estrellas, sentí algo que no había sentido en años. No era amor, era complicidad. Era la certeza de que mi vida, tan gris y solitaria hasta ayer, ahora dependía de esta mujer de vestido negro y ojos de fuego.
—Descansa un poco —le dije—. Mañana va a ser un día largo.
Ella asintió y entró a la casa. Yo me quedé afuera, recargando la escopeta. El viento soplaba fuerte, levantando remolinos de polvo. Podía oler la tormenta que se avecinaba, y no me refería al clima.
Los Rosas creían que nos tenían acorralados. Creían que Clementina era débil y que yo era un viejo cansado. Pero no sabían que en el rancho, cuando acorralas a un animal, es cuando más peligroso se vuelve.
Y nosotros estábamos a punto de morder.
Pero lo que íbamos a encontrar bajo ese mezquite viejo no era solo dinero. Era algo mucho peor. Algo que explicaría por qué Tomás Rosas realmente murió, y por qué su propia sangre estaba dispuesta a quemar el mundo con tal de que el secreto no saliera a la luz.
Mientras el sol comenzaba a teñir el horizonte de un rojo sangre, preparé las palas.
PARTE 3: LA TUMBA DEL MEZQUITE Y EL PRECIO DE LA VERDAD
El amanecer en el desierto no es romántico como lo pintan en las películas; es frío, crudo y te cala hasta los huesos antes de que el sol decida salir a quemarte vivo. Eran las cinco de la mañana y el cielo apenas pintaba un gris plomizo sobre la sierra cuando terminamos de cargar la vieja Ford. No llevábamos mucho: dos palas con el mango astillado, un talacho, un garrafón de agua, la escopeta recortada que había sido de mi abuelo, el revólver .38 que Clementina se había fajado a la cintura como si hubiera nacido con él, y una determinación amarga que pesaba más que todo el equipo junto.
Sombra, mi perro, daba vueltas alrededor de la camioneta, inquieto, olfateando el aire. Los animales saben cuando la muerte anda rondando, y esa mañana el aire olía a pólvora quemada y miedo viejo.
—Súbete, Sombra —ordené, palmeando la batea de la camioneta. El perro saltó de un brinco, quedándose en guardia, mirando hacia el camino por donde la noche anterior había huido Felipe Rosas.
Clementina salió de la casa cerrando la puerta con doble llave, aunque sabíamos que si los Rosas regresaban, una chapa de madera no los iba a detener. Llevaba el cabello trenzado, apretado contra el cráneo, y se había amarrado un pañuelo al cuello para el sudor. Me miró, y en esa mirada vi a una mujer que ya había aceptado que ese día podía ser el último.
—¿Está listo, Rogelio? —preguntó, con esa voz rasposa que empezaba a serme familiar.
—Más listo que nunca, o más loco que nunca. No sé cuál de las dos —respondí, escupiendo al suelo—. Súbete. Si le vamos a ganar el tirón a Marcos, tenemos que estar en la quebrada antes de que el sol pegue fuerte.
El motor de la Ford tosió antes de arrancar, vibrando como una licuadora llena de tornillos. Metí primera y la saqué despacio, sin encender los faros para no llamar la atención, guiándome solo por la poca claridad del alba y mi memoria de cada bache y piedra de mi terreno.
El camino hacia la quebrada del norte era una pesadilla de terracería olvidada. Hace años que no subía por ahí. La maleza había reclamado las veredas; los huizaches y los mezquites extendían sus ramas espinosas como dedos de bruja tratando de arañar la pintura de la camioneta. El terreno se volvía cada vez más agreste, lleno de piedras filosas que amenazaban con reventar las llantas resecas.
Clementina iba en silencio, agarrada del tablero con los nudillos blancos por la tensión, pero sin quejarse de los brincos.
—¿Cómo sabes que está ahí? —rompí el silencio, necesitaba hablar para no pensar en que nos estábamos metiendo en la boca del lobo.
Ella tardó en contestar, mirando el paisaje árido pasar por la ventana.
—Porque Tomás era un hombre de hábitos, Rogelio. Y sus hábitos siempre tenían que ver con el dolor o el poder. Ese mezquite del que le hablé… una vez me llevó ahí. No a pasear. Me llevó para enseñarme lo que le hacía a los coyotes que atrapaba robando gallinas. Los colgaba de las ramas para que se secaran al sol. Me dijo: “Mira bien, Cleme. Así terminan los que agarran lo que es mío”.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana.
—Era un maldito animal —mascullé, apretando el volante.
—Era peor —corrigió ella—. Un animal mata por hambre. Tomás mataba porque le hacía sentir grande. Ese árbol es su altar. Si escondió algo que vale la vida, está debajo de esa sombra de muerte.
Llegamos al borde de la quebrada media hora después. El terreno se cortaba abruptamente en un cañón seco, lleno de rocas rodadas y vegetación espinosa. Tuve que dejar la camioneta oculta detrás de un matorral de gobernadora, lo suficientemente alto para tapar la cabina.
—De aquí es a pie —dije, bajando las herramientas—. Y con cuidado. Si Marcos tiene gente vigilando los cerros, somos un blanco fácil.
Bajamos por la ladera con dificultad. Las piedras sueltas resbalaban bajo nuestras botas. El sol empezaba a asomar por encima de las montañas, bañando el cañón con una luz dorada que hacía brillar el polvo. El calor empezó a subir de golpe, como si alguien hubiera abierto la puerta de un horno gigante.
Caminamos unos veinte minutos siguiendo el lecho seco del arroyo hasta que lo vimos.
El mezquite era inmenso, un gigante retorcido y negro que dominaba el paisaje. Sus ramas eran gruesas y nudosas, extendiéndose como brazos deformes hacia el cielo. La corteza estaba vieja y agrietada, y a su alrededor, la tierra estaba pelona, sin hierba, como si el propio árbol hubiera envenenado el suelo.
—Es ese —señaló Clementina. Su voz tembló por primera vez.
Nos acercamos con cautela. Sombra se erizó, gruñendo bajito hacia el árbol, negándose a acercarse a la base del tronco. Eso me dio mala espina. Los perros ven cosas que uno no.
—¿Dónde? —pregunté, dándole una de las palas.
Clementina caminó alrededor del tronco, contando pasos, murmurando algo para sí misma. Se detuvo en el lado que daba hacia el norte, donde las raíces sobresalían de la tierra como venas hinchadas.
—Aquí —dijo, clavando la punta de la pala en la tierra dura—. Tomás siempre decía que el norte es el rumbo de la frialdad. Aquí debe ser.
Empezamos a cavar. La tierra estaba compacta, dura como el concreto. Cada golpe de talacho resonaba en el cañón pum, pum, pum. El sudor empezó a correr por mi espalda y a meterse en mis ojos. Clementina cavaba con una furia que me asustaba. No paraba para respirar. Aventaba la tierra con rabia, gruñendo cada vez que la pala chocaba con una piedra.
—Tranquila, mujer —le dije jadeando, deteniéndome un segundo para secarme la frente—. Te vas a reventar las manos antes de que lleguemos a nada.
—¡No tenemos tiempo, Rogelio! —me gritó, y vi lágrimas de frustración y miedo mezcladas con el polvo en su cara—. ¡Ellos ya vienen! ¡Puedo sentirlos!
Tenía razón. No podíamos darnos el lujo de descansar. Seguimos cavando. Pasaron diez minutos, veinte, una hora. El agujero ya nos llegaba a las rodillas y no había nada más que tierra y raíces muertas.
—¿Estás segura de que es aquí? —pregunté, sintiendo que la desesperanza me empezaba a morder—. A lo mejor Felipe ya se lo llevó. A lo mejor Tomás te mintió.
—¡No! —insistió ella, golpeando el fondo del hoyo con el talacho con todas sus fuerzas—. ¡Está aquí! ¡Tiene que estar aqu…!
¡CLANG!
El sonido metálico detuvo el mundo. No fue el sonido sordo de la piedra. Fue el sonido agudo, resonante, del metal contra metal.
Nos miramos. Clementina se tiró al suelo, escarbando con las manos desnudas como una posesa, ignorando que se estaba rompiendo las uñas. Yo me agaché a ayudarla, sacando puñados de tierra roja.
Poco a poco, apareció. Una caja.
No era una caja fuerte moderna. Era una caja de herramientas industriales, de esas de acero pesado, marca Truper, sellada con soldadura en los bordes y envuelta en varias capas de plástico negro grueso que el tiempo y la humedad apenas habían logrado carcomer. Era pesada como un muerto.
—Ayúdame a sacarla —dijo Clementina.
Entre los dos, haciendo palanca con la pala y jalando hasta que los músculos de la espalda nos crujieron, logramos sacarla del agujero y ponerla sobre la tierra firme.
—¿Cómo la abrimos? —pregunté, viendo que tenía un candado de alta seguridad oxidado, pero lo peor era que la tapa parecía estar sellada con algún pegamento industrial o soldadura casera.
—Con el talacho —dijo ella, retrocediendo un paso—. Rompa el candado.
Levanté el pico con ambas manos, tomé aire y dejé caer el golpe con toda la fuerza que me quedaba. ¡CRACK! El candado aguantó, pero la argolla se dobló. Golpeé de nuevo. Y otra vez. Al tercer golpe, el metal cedió con un chirrido agudo y saltó lejos.
Clementina se arrodilló frente a la caja. Sus manos temblaban tanto que apenas podía agarrar el borde de la tapa. Me miró, buscando valor en mis ojos. Asentí.
Levantó la tapa.
El olor que salió de ahí no fue a dinero viejo, sino a humedad y papel encerrado.
Lo primero que vimos fueron los fajos. Billetes de quinientos pesos y de cincuenta dólares, envueltos en plástico al alto vacío. Eran muchos. Quizá medio millón, quizá más. Dinero suficiente para comprar mi rancho tres veces, o para que Clementina desapareciera en cualquier ciudad del mundo.
Pero ella no tocó el dinero. Apartó los fajos con desprecio, como si fueran basura, buscando algo más en el fondo de la caja.
—Ahí está —susurró.
Debajo del dinero había un libro de contabilidad de pasta dura, color negro, y una bolsa de tela de terciopelo morado, de esas que usan para guardar joyas baratas o reliquias.
Clementina sacó el libro primero. Lo abrió al azar. Sus ojos recorrieron las páginas llenas de la letra apretada y nerviosa de Tomás.
—¿Qué dice? —pregunté, acercándome y mirando por encima de su hombro.
—Fechas… —murmuró ella—. Nombres. Cantidades. “Entrega a comandante Zúñiga: 50 mil”. “Pago por paso de brecha norte: 100 mil”. “Limpieza del terreno en ejido La Joya… dos cuerpos”.
Santo Dios. No era solo contabilidad. Era una confesión. Tomás había anotado cada soborno, cada gramo de droga que pasaba por la propiedad, y cada persona que habían “desaparecido” para mantener el negocio.
—Esto hunde a los Rosas —dije, sintiendo el peso de la realidad—. Con esto, Marcos y Felipe se pudren en la cárcel por el resto de sus vidas. O los matan los mismos narcos a los que servían.
—Espere —dijo Clementina, tomando la bolsa de terciopelo. La abrió y volcó el contenido en su mano.
Cayó un objeto metálico pequeño y pesado. Una medalla de oro, una esclava de bebé grabada y un casquillo de bala percutido.
Clementina ahogó un grito y se llevó la mano a la boca. Su rostro palideció tanto que pensé que se iba a desmayar ahí mismo.
—¿Qué es eso? —pregunté, alarmado.
—La esclava… —dijo con voz estrangulada—. Dice “Jorgito”.
—¿Quién es Jorgito?
Ella levantó la vista, y sus ojos estaban llenos de un horror que iba más allá del miedo físico.
—Jorge… Jorge era el hijo del “Licenciado”. Del jefe de la plaza que controlaba esta zona hace cinco años. El niño desapareció. Se dijo que lo habían secuestrado los contras. Se armó una guerra, Rogelio. Murieron decenas de personas buscando a ese niño. El Licenciado quemó pueblos enteros buscándolo.
Miré el casquillo y la medalla. La comprensión me golpeó como un martillazo en la nuca.
—Tomás y Marcos… —susurré, incrédulo.
—Ellos lo mataron —dijo Clementina, atando cabos a una velocidad vertiginosa—. Lo secuestraron para pedir rescate a espaldas del cartel, algo salió mal, y lo mataron. Se quedaron con el dinero del rescate y culparon a los rivales. Por eso ascendieron tan rápido. Por eso nadie los toca. Porque el Licenciado cree que son sus hombres más leales… pero ellos mataron a su hijo.
—Si el Licenciado ve esto… —empecé a decir.
—Si ve esto, Marcos y toda su familia no solo mueren. Los desuellan vivos.
Ahí estaba. Eso era lo que era “peor que el dinero”. Esa cajita de metal contenía la sentencia de muerte más brutal imaginable para los hermanos Rosas. Por eso estaban tan desesperados. No era por la lana. Era porque su traición maestra estaba enterrada bajo un mezquite.
—Tenemos que irnos —dije, cerrando la caja de golpe—. Ahora mismo. Vamos directo a la guarnición militar o…
El ladrido de Sombra me cortó la frase. No fue un ladrido de advertencia. Fue un ladrido de ataque, seguido inmediatamente por el sonido seco de un disparo y un aullido de dolor que se apagó de golpe.
—¡Sombra! —grité, girándome hacia el borde de la quebrada.
—¡Abajo! —chilló Clementina, jalándome de la camisa.
Nos tiramos detrás del tronco grueso del mezquite justo cuando una lluvia de plomo empezó a picar la tierra a nuestro alrededor. ¡Pum, pum, pum, pum! Las balas levantaban géiseres de polvo rojo y arrancaban astillas de la corteza del árbol.
—¡Ya los tenemos, par de ratas! —la voz de Marcos retumbó desde la parte alta del cañón, amplificada por el eco de las piedras—. ¡Salgan con las manos en alto y a lo mejor les hago el favor de matarlos rápido!
Estábamos atrapados. Ellos tenían la altura. Nosotros solo teníamos un árbol y una caja llena de secretos mortales.
Me arrastré pegado al suelo, agarrando la escopeta. El corazón me latía en la garganta.
—Mataron al perro —dije, y una furia fría, asesina, reemplazó el miedo. Sombra era lo único que yo había amado en los últimos diez años.
—Están arriba, en la cresta —susurró Clementina, sacando el revólver y comprobando el cilindro—. Son al menos tres. Marcos, Felipe y alguien más.
—Si nos quedamos aquí, nos van a rodear —analicé rápido—. El árbol nos cubre del frente, pero si uno de ellos baja por el flanco izquierdo, nos tienen a tiro cruzado.
—La caja —dijo ella—. No podemos dejarles la caja.
—¡Al diablo con la caja, Clementina! ¡Tu vida vale más!
—¡No! —me agarró del brazo con fuerza—. ¡Usted no entiende! ¡Esta es mi única arma! ¡Si ellos la recuperan, yo estoy muerta de todas formas! ¡Prefiero morir peleando que volver a ser su esclava!
Miré sus ojos. Tenía razón. Ya no había vuelta atrás.
—Está bien —gruñí—. Escucha. Yo voy a hacer fuego de supresión hacia la izquierda. Trataré de llamar su atención. Tú agarra la caja y corre hacia esas rocas grandes de allá abajo, donde se estrecha el arroyo. Ahí hay una cueva, o al menos un recoveco donde podemos atrincherarnos.
—¿Y usted?
—Yo te cubro. ¡Corre cuando yo dispare!
Me asomé por el lado derecho del tronco, apunté hacia una silueta con sombrero que se movía entre los matorrales de arriba y solté el primer escopetazo. ¡BOOM!
El retroceso me golpeó el hombro, pero vi con satisfacción cómo la figura se agachaba.
—¡Ahora, corre! —grité.
Clementina agarró la pesada caja con ambas manos contra su pecho y salió disparada hacia las rocas, corriendo agachada, tropezando pero sin soltar su carga.
Las balas empezaron a zumbar como abejas furiosas.
—¡Dale a la vieja! ¡Que no se escape! —gritó Felipe.
Disparé el segundo cartucho hacia donde veía los fogonazos de sus armas. Recargué con manos temblorosas pero rápidas. Clack-clack. Me asomé y solté otro tiro.
Clementina llegó a las rocas y se tiró detrás de una peña grande.
—¡Rogelio! —gritó ella—. ¡Venga!
Me preparé para correr. Pero entonces, sentí un golpe brutal en el muslo, como si me hubieran dado con un bate de béisbol ardiendo. Mi pierna falló y caí de bruces en la tierra.
—¡Ahhh! —grité, agarrándome la pierna. La sangre empezó a manchar mis jeans instantáneamente. Me habían dado.
—¡Le di! ¡Le di al viejo! —celebró Felipe arriba, riendo como un hiena.
—¡Baja y remátalo! —ordenó la voz grave de Marcos.
Traté de levantarme, pero la pierna no me respondía. El dolor era cegador. Vi a Felipe bajando por la ladera, resbalando entre las piedras, con una pistola escuadra en la mano, sonriendo con esa malicia estúpida de quien se cree inmortal.
Estaba a veinte metros. Yo buscaba la escopeta que se me había caído un metro más allá. No la alcanzaba.
—Te dije que te ibas a morir aquí, pendejo —dijo Felipe, levantando el arma para apuntarme a la cabeza.
Cerré los ojos, esperando el final.
¡BANG!
El disparo no vino de Felipe. Vino de las rocas de abajo.
Abrí los ojos y vi a Felipe detenerse en seco. Tenía una expresión de sorpresa estúpida en la cara. Se llevó la mano al pecho, y cuando la retiró, estaba roja. Dio un paso atrás, tambaleándose, y cayó rodando por la ladera como un costal de papas, hasta detenerse a unos metros de mí, con los ojos vidriosos mirando al cielo.
Clementina.
Desde su posición, a cincuenta metros, le había dado en el corazón con el revólver viejo. “Si le doy a una liebre a cien metros, le doy a un Rosas a diez”, había dicho. No mentía.
—¡Felipe! —el grito de Marcos arriba fue desgarrador.
Aproveché la confusión. La adrenalina anestesió el dolor por un segundo. Me arrastré hacia la escopeta, la agarré y luego me arrastré lo más rápido que pude hacia donde estaba Clementina, dejando un rastro de sangre en la tierra.
Las balas de Marcos y sus hombres empezaron a llover con más furia, pero ya sin puntería, disparaban a ciegas por la ira.
Llegué a las rocas y me dejé caer junto a Clementina. Ella estaba pálida, respirando agitadamente, con el revólver humeante en la mano.
—Le di… —murmuró, como si no pudiera creerlo—. Maté a Felipe.
—Le diste —confirmé, apretando los dientes mientras me arrancaba la manga de la camisa para hacerme un torniquete en el muslo—. Me salvaste la vida. Ahora ayúdame con esto o me voy a desangrar aquí mismo.
Ella reaccionó. Guardó el arma y me ayudó a apretar el nudo de tela sobre la herida. Me dolía como el infierno, pero la sangre paró un poco.
—¿Puede caminar? —preguntó.
—Tengo que poder —dije—. Marcos va a bajar con todo lo que tiene. Ya no quiere la caja, ahora quiere venganza.
—La cueva —señaló ella hacia una grieta oscura entre dos paredes de roca caliza, unos metros más adelante—. Esa grieta conecta con las minas viejas del otro lado del cerro. Si logramos entrar ahí, los perdemos en los túneles.
—Vamos.
Me apoyé en su hombro. Ella cargó la caja de metal con el otro brazo, negándose a soltarla. Avanzamos hacia la oscuridad de la grieta mientras los disparos de Marcos rebotaban en las piedras detrás de nosotros.
Entramos en la penumbra fresca de la cueva justo cuando oímos las botas de los hombres de Marcos llegando al fondo del arroyo.
—¡Busquen por todos lados! —bramaba Marcos—. ¡Los quiero vivos! ¡Quiero cortarlos en pedazos yo mismo!
Nos adentramos en la oscuridad. El aire olía a guano de murciélago y humedad antigua. Encendí el mechero que traía en el bolsillo. La llama iluminó un túnel estrecho que bajaba hacia las entrañas de la tierra.
—¿Sabes a dónde va esto? —pregunté, cojeando penosamente.
—No —admitió Clementina—. Pero cualquier lugar es mejor que allá afuera.
Caminamos lo que parecieron horas. El dolor de mi pierna era una punzada constante, un ritmo que marcaba cada paso. Finalmente, llegamos a una cámara más amplia donde el túnel se bifurcaba. Nos dejamos caer al suelo, agotados.
Clementina dejó la caja y se sentó recargada en la pared de roca. Sacó la botella de agua de mi mochila y me dio de beber primero. Luego bebió ella.
—Maté a un hombre —dijo en la oscuridad, iluminada solo por la llama débil del mechero.
—Mataste a un asesino —le corregí—. Fue defensa propia. Y fue justicia.
Ella miró la caja de metal.
—Ahora somos fugitivos, Rogelio. No podemos volver al rancho. No podemos ir a la policía local porque Marcos los tiene comprados. Estamos solos.
—No del todo —dije, tocando la caja con la punta de la bota—. Tenemos esto.
—¿Y qué hacemos con eso? ¿A quién se lo llevamos? Si vamos con el cartel, nos matan por tenerlo. Si vamos con la policía, Marcos se entera antes de que hagamos la denuncia.
Me quedé pensando, mientras el dolor me nublaba la vista. Recordé algo que Don Chuy, el de la ferretería, había mencionado una vez borracho. Hablaba de un periodista en la capital del estado. Un tipo loco que escribía sobre narcos y corrupción y que milagrosamente seguía vivo porque tenía contactos federales.
—Hay una opción —dije—. Pero es peligrosa. Tenemos que salir de la sierra, llegar a la carretera y largarnos a la capital. Tengo un nombre. Un periodista. Si le entregamos esto… si hacemos público que los Rosas mataron al hijo del Licenciado… la guerra que se va a desatar va a ser tan grande que Marcos no tendrá tiempo de buscarnos.
—¿Quiere iniciar una guerra de carteles? —preguntó ella, abriendo los ojos desmesuradamente.
—Quiero sobrevivir, Clementina. Y quiero que esos malditos paguen. Ellos mataron a mi perro. Te trataron como basura. Mataron a ese niño. No merecen piedad. Merecen fuego.
Ella se quedó en silencio un largo rato, acariciando la culata del revólver. Luego, miró la caja, luego a mí, y sus ojos brillaron con una determinación nueva, más dura, más fría.
—Fuego entonces —dijo—. Quemémoslos a todos.
Se levantó y me tendió la mano para ayudarme.
—Pero primero, hay que salir de este agujero. Y Rogelio… gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejarme sola. Por no venderme.
—Tú me salvaste el pellejo allá afuera. Estamos a mano. Ahora, vámonos. Antes de que se me acabe la adrenalina y me desmaye del dolor.
Avanzamos hacia la oscuridad de los túneles, cojeando, sangrando, cargando una caja llena de muerte y dinero, listos para salir al otro lado y prenderle fuego al mundo de los Rosas. No sabíamos si íbamos a vivir para ver el amanecer de mañana, pero de algo estaba seguro: ya no éramos víctimas. Éramos la tormenta que Marcos Rosas nunca vio venir.
Mientras nos adentrábamos en las sombras, juré por la memoria de Sombra y por la tierra de mis padres, que no descansaría hasta ver caer el imperio de sangre de mis vecinos. La cacería apenas comenzaba, pero ahora, los conejos tenían dientes.
PARTE FINAL: EL INFIERNO TIENE MI FIRMA Y EL ECO DE LA LIBERTAD
La oscuridad dentro de la mina no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad pesada, casi líquida, que se te metía por la nariz y te llenaba los pulmones con el sabor metálico del cobre oxidado y el guano de murciélago. Perdí la noción del tiempo casi de inmediato. Mi reloj de pulsera se había roto en la caída o en la arrastrada, y ahí abajo, en las tripas del cerro, el día y la noche eran solo conceptos abstractos que ya no aplicaban para nosotros.
Caminábamos, o mejor dicho, nos arrastrábamos, en un silencio roto solo por el goteo constante de agua filtrada y mi respiración, que sonaba cada vez más como un fuelle roto. La pierna me latía con una violencia propia, como si tuviera un corazón independiente y furioso alojado en la herida de bala. El torniquete improvisado que Clementina me había hecho con la manga de mi camisa estaba empapado, pegajoso y negro bajo la luz intermitente del mechero.
—¿Falta mucho? —pregunté, y mi voz sonó patética, débil, rebotando en las paredes de roca caliza.
Clementina iba adelante, cargando la caja de metal como si fuera un niño pequeño, o una bomba nuclear. Se detuvo y se giró. La llama del encendedor iluminó su rostro desde abajo, creando sombras largas que le daban un aspecto espectral, casi demoníaco, pero sus ojos… sus ojos eran dos carbones encendidos de pura voluntad.
—No se rinda ahora, Rogelio —dijo, y no fue una súplica, fue una orden—. Si se queda aquí, se muere. Y si usted se muere, yo no salgo. Así que mueva las patas.
Esa mujer tenía más agallas en una uña que yo en todo el cuerpo. Me apoyé en la pared fría, sintiendo el sudor helado bajarme por la espalda. La fiebre empezaba a jugar conmigo. Por momentos, veía sombras moverse en los rincones que no eran Clementina. Veía a Sombra, mi perro, corriendo delante de nosotros, moviendo la cola, intacto, sin el agujero de bala que Marcos le había puesto.
—Ahí va Sombra —murmuré, señalando a la nada.
Clementina se detuvo en seco. Regresó hacia mí, me agarró la cara con una mano sucia de tierra y pólvora, y me dio una cachetada suave, pero firme.
—Sombra está muerto, Rogelio —dijo con una crueldad necesaria—. Los Rosas lo mataron. Concéntrese en eso. Concéntrese en el odio. El odio es buena gasolina cuando se acaba la esperanza. Úselo.
Tenía razón. La imagen de mi perro tirado en la tierra roja me inyectó una dosis de adrenalina sucia. Apreté los dientes, ignoré el fuego en mi muslo y seguí cojeando.
Pasaron horas. Tal vez un día entero. El agua se acabó. La sed se volvió una lija en la garganta. Pero entonces, sentimos algo. Una corriente de aire. No el aire viciado y estancado de la mina, sino aire fresco, con olor a hierba nocturna y ozono.
—La salida —susurró Clementina.
Apresuramos el paso tanto como mi pierna lo permitía. Al final del túnel, una maraña de raíces y matorrales bloqueaba una boca de mina derrumbada, pero dejaba un hueco del tamaño de un hombre. Nos arrastramos hacia afuera, raspándonos la piel, hasta caer sobre la tierra húmeda del exterior.
Era de noche otra vez. Habíamos estado bajo tierra más de doce horas. Estábamos del otro lado de la sierra, lejos del rancho, lejos de la quebrada, pero todavía peligrosamente cerca del dominio de los Rosas.
Nos encontrábamos en una ladera que daba a una carretera secundaria, de esas que usan los camioneros para evitar los peajes federales. A lo lejos, se veían las luces de un paradero de tráileres, una “cachimba” solitaria con un letrero de neón que parpadeaba anunciando café y regaderas.
—Tenemos que llegar ahí —dijo Clementina, señalando las luces—. Necesitamos transporte.
—No tengo dinero —admití, tocándome los bolsillos vacíos—. La cartera se quedó en la camioneta.
Clementina palmeó la caja de metal que reposaba a su lado.
—Tenemos medio millón de pesos y cincuenta mil dólares aquí dentro, Rogelio.
—Ese dinero está maldito —repliqué—. Si sacamos un billete de ahí, siento que nos vamos a manchar de sangre las manos.
—Ya tenemos las manos manchadas de sangre —dijo ella, mirando sus propias palmas llenas de tierra y sangre seca de Felipe—. Además, no vamos a gastarlo. Vamos a robar un coche.
Me le quedé viendo, sorprendido una vez más. La viuda sumisa había desaparecido por completo. En su lugar había una fugitiva táctica.
Bajamos la ladera tropezando. El dolor de mi pierna era ya un ruido de fondo, constante y ensordecedor. Cuando llegamos al paradero, nos escondimos detrás de unos contenedores de basura. Había un par de tráileres estacionados y un sedán viejo, un Tsuru despintado que parecía haber visto mejores días. El dueño del Tsuru, un tipo gordo con gorra de béisbol, estaba adentro de la fonda comiendo tacos, dándonos la espalda.
—Ese —señaló Clementina—. Los Tsurus se abren con cualquier cosa.
—¿Sabes puentearlo? —pregunté.
—No. Pero usted sí.
Me arrastré hasta el coche. La puerta del conductor estaba sin seguro; la confianza de la gente en los pueblos a veces juega en su contra. Me metí bajo el volante, saqué mi navaja y pelé los cables con manos temblorosas. La fiebre me hacía ver doble, pero la memoria muscular de años arreglando maquinaria vieja tomó el control. Chispa, chispa, rugido. El motor arrancó.
Clementina saltó al asiento del copiloto con la caja.
—¡Vámonos! —gritó.
El dueño salió de la fonda corriendo, con un taco en la mano, gritando insultos que se perdieron en el viento cuando pisé el acelerador a fondo y las llantas patinaron en la grava.
Conducir con una pierna baleada es una experiencia que no le deseo a nadie. Tenía que usar la pierna izquierda para el embrague y el freno, y la derecha la tenía estirada, inútil. El camino a la capital del estado eran cuatro horas de curvas y rectas infinitas bajo la luz de la luna.
Durante el viaje, Clementina abrió la caja. Sacó un fajo de billetes de quinientos pesos y me lo puso en el tablero.
—Para la gasolina y el médico —dijo—. Cuando lleguemos.
—¿A quién vamos a buscar? —pregunté, tratando de mantener los ojos abiertos. La línea blanca de la carretera empezaba a hipnotizarme.
—Al periodista que dijo. ¿Cómo se llama?
—Javier. Javier Salinas. Le dicen “El Tejón”. Don Chuy decía que paraba en una cantina cerca de la plaza de toros vieja, en el centro. Dice que ahí tiene su “oficina”.
—Esperemos que Don Chuy no sea tan mentiroso como chismoso —murmuró ella.
El silencio volvió al coche, pero ya no era incómodo. Era un silencio compartido. De vez en cuando, ella me miraba, revisaba mi herida sin tocarla, y me pasaba la botella de agua que habíamos rellenado en el baño de la gasolinera donde paramos rápido.
—Rogelio —dijo de pronto, rompiendo la monotonía del motor—. ¿Por qué lo hizo?
—¿Qué cosa?
—Quedarse. Defender el rancho. Defenderme a mí. Podría haberles entregado las llaves, haberme echado a la calle y usted seguiría con su vida tranquila.
Me reí, y me dolió el pecho.
—Mi vida no era tranquila, Clementina. Estaba vacía. Solo tenía tierra y un perro. Y cuando vi cómo te trataban… cuando vi que te tiraron ahí como un perro sarnoso… me acordé de mi madre.
—¿Su madre?
—Mi padre era como Tomás. No narco, pero sí un hijo de la chingada. Le pegaba. La humillaba. Y yo era un niño y no podía hacer nada. Cuando ella murió, me prometí que si alguna vez veía a un hombre tratar así a una mujer, no me iba a quedar callado. Supongo que estaba esperando este momento toda mi vida sin saberlo.
Ella no dijo nada. Solo puso su mano sobre mi hombro y apretó suavemente. Ese toque valía más que todo el dinero que llevábamos en la caja.
Llegamos a la capital al amanecer. La ciudad era un monstruo de concreto y smog que despertaba perezoso. El tráfico, el ruido de los cláxones, la gente corriendo a sus trabajos; todo parecía surrealista después de la soledad del desierto y la violencia de la noche anterior.
Encontramos la cantina “El Último Trago” cerca de la plaza de toros. Estaba cerrada, pero golpeé la cortina metálica hasta que un mesero malencarado nos abrió.
—Buscamos al Tejón —dije, apoyándome en Clementina para no caer.
El mesero nos vio: sucios, con sangre seca, oliendo a mina y a miedo. No hizo preguntas. Señaló una mesa al fondo, donde un hombre de unos cincuenta años, con el cabello largo y canoso y un chaleco de fotógrafo lleno de bolsillos, dormitaba frente a una taza de café y un cenicero lleno.
Nos acercamos. El hombre abrió un ojo.
—Si vienen a cobrarme la renta, no tengo —gruñó.
—No venimos a cobrar —dije, sentándome pesadamente frente a él—. Venimos a darte la exclusiva de tu vida. Y a cambio, queremos protección.
El Tejón se enderezó, mirándonos con curiosidad profesional.
—¿Quiénes son ustedes? Parecen salidos de una película de zombies.
Clementina puso la caja de metal sobre la mesa. El sonido pesado hizo vibrar las tazas.
—Somos los que van a tirar a los hermanos Rosas —dijo ella.
El periodista se rió, una risa cínica de fumador.
—Los Rosas son intocables, mi reina. Son los favoritos del Licenciado. Tienen a la policía estatal en la nómina y al gobernador agarrado de los huevos. Nadie tira a los Rosas.
—El Licenciado no sabe que los Rosas mataron a su hijo —soltó Clementina.
La sonrisa del Tejón se borró instantáneamente. Se quedó helado, con el cigarro a medio camino de la boca. Miró a los lados, paranoico.
—Baja la voz —siseó—. ¿De qué carajos estás hablando? Eso es un mito urbano. Al niño lo mataron los contras.
—No —dije yo—. Lo mataron Marcos y Tomás. Lo secuestraron, se les pasó la mano y lo enterraron bajo un mezquite en mi rancho. Tenemos la prueba.
Clementina abrió la caja. Sacó la medalla, la esclava de “Jorgito” y el libro de contabilidad.
El Tejón tomó la esclava con manos temblorosas. La examinó bajo la luz pobre de la cantina. Luego tomó el libro. Pasó las páginas. Su cara fue cambiando de la incredulidad al terror, y del terror a una excitación periodística frenética.
—Madre santa… —susurró—. Esto es… esto es una bomba nuclear. Si publico esto…
—Si publicas esto, los Rosas son hombres muertos antes del mediodía —terminó Clementina—. El Licenciado no perdona la traición, y menos con la sangre de su hijo.
—Pero necesito pruebas de que son ellos —dijo el Tejón, sudando—. El libro es letra de Tomás, sí, pero…
—Está el casquillo —dijo Clementina—. Y el cuerpo. El cuerpo del niño sigue ahí. En la quebrada del norte, bajo el mezquite grande. Si mandas gente ahora, antes de que Marcos lo mueva…
El Tejón sacó un teléfono celular viejo y empezó a marcar frenéticamente.
—Tengo un contacto en la Federal. Gente de México, no de aquí. Ellos no están con el Licenciado ni con los Rosas. Si les doy la ubicación del cuerpo y les mando fotos de este libro… se arma el desmadre.
Nos miró a los ojos.
—Pero ustedes tienen que desaparecer. Si esto sale, la ciudad se va a convertir en zona de guerra. Los Rosas van a buscar quién filtró esto hasta debajo de las piedras.
—Solo queremos irnos —dije—. Lejos. Al norte. O al sur. Donde sea.
—Les voy a conseguir un contacto para que los saquen —dijo el Tejón, guardando el libro y las joyas en su chaleco—. Pero necesito una hora. Escóndanse en el baño y no salgan.
Esa hora fue la más larga de mi vida. Clementina me limpió la herida con tequila que robamos de la barra y me vendó con servilletas limpias. El dolor era agudo, pero la esperanza anestesiaba un poco.
—¿Crees que funcione? —pregunté.
—Tiene que funcionar —dijo ella—. Marcos es un perro rabioso, pero el Licenciado es el dueño de la perrera. Y el dueño siempre sacrifica al perro que muerde la mano.
A las once de la mañana, el teléfono del Tejón sonó. Contestó, escuchó y colgó con una sonrisa macabra.
—Prendan la televisión —nos gritó desde la barra.
El mesero encendió la vieja tele que colgaba en la esquina. Estaba en el noticiero local. Un reportero estaba transmitiendo en vivo desde un helicóptero.
“…enfrentamiento masivo en la zona serrana de San Jacinto. Fuentes extraoficiales indican que un comando armado de alto poder, presuntamente perteneciente al mismo grupo delictivo que controla la región, ha atacado el rancho de los hermanos Rosas. Se habla de una purga interna. Testigos afirman que la propiedad está en llamas…”
La imagen aérea mostraba columnas de humo negro subiendo al cielo. El rancho de los Rosas, esa fortaleza que parecía inexpugnable, ardía.
—Lo hicieron —susurró Clementina. No había alegría en su voz, solo un alivio profundo, como si hubiera soltado una roca que cargaba desde hacía años.
—El Licenciado no esperó —dijo el Tejón, acercándose a nosotros—. Le mandé las fotos de la esclava y la página del libro a mi contacto, y mi contacto se aseguró de que le llegara al jefe de plaza. La reacción fue inmediata. Dicen que encontraron a Marcos tratando de huir en una avioneta. No llegó a despegar.
—¿Está muerto? —pregunté.
—Peor —dijo el Tejón, encendiendo otro cigarro—. Dicen que se lo llevaron vivo. El Licenciado quiere que le explique personalmente por qué su hijo tenía una bala en la cabeza. No creo que Marcos tenga una muerte rápida.
Sentí un escalofrío. La justicia en este mundo es brutal, salvaje y no tiene nada que ver con los tribunales. Marcos Rosas iba a pagar cada golpe que le dio a Clementina, cada amenaza, y la muerte de mi perro, con un sufrimiento que duraría días.
—Tenga —el Tejón me extendió un papel con una dirección y unas llaves de coche—. Afuera hay un Chevy. No es gran cosa, pero los llevará a la frontera. Vayan a esa dirección en Tijuana. Pregunten por “La Tía”. Ella los cruza. Con el dinero que traen en esa caja, pueden empezar de nuevo en el otro lado.
—Gracias —dije, tomando las llaves.
—No me den las gracias —dijo el periodista, palmeando su chaleco donde guardaba la exclusiva que lo haría famoso o lo mataría—. Ustedes me acaban de dar el Pulitzer. Ahora lárguense antes de que cambie de opinión.
Salimos de la cantina hacia la luz del sol. El aire de la ciudad olía a smog, pero para mí olía a libertad. Nos subimos al Chevy. Clementina iba al volante esta vez; mi pierna ya no daba para más.
Mientras salíamos de la ciudad, vimos convoyes de militares y policías federales entrando a toda velocidad, con las sirenas aullando, yendo hacia la sierra. Iban a recoger los pedazos de lo que quedaba de los Rosas.
Clementina manejó en silencio durante horas. Cuando llegamos a la autopista que iba al norte, se soltó el pelo. Se quitó el pañuelo del cuello y dejó que el viento entrara por la ventana.
—Rogelio —dijo, sin quitar la vista del camino.
—¿Mande?
—¿Qué va a hacer cuando crucemos?
Lo pensé. Mi rancho estaba perdido. Mi perro estaba muerto. Mi vida anterior era un cascarón vacío.
—No sé —admití—. Trabajar. Sobrevivir. ¿Y tú?
Ella me miró de reojo y sonrió. Una sonrisa verdadera, la primera que le veía desde que bajó de aquella camioneta con su maleta vieja.
—Yo voy a comprar una casa. Una casa chiquita, sin rejas. Y voy a plantar un jardín. Y me voy a comprar un perro.
—Suena bien —dije.
—¿Le gustan los jardines, Rogelio?
La pregunta quedó flotando en el aire. No era una propuesta de matrimonio, ni una declaración de amor apasionado de telenovela. Era algo más sólido. Era una invitación a compartir la cicatriz. Éramos dos soldados rotos que habían sobrevivido a la guerra. Y a veces, eso es más fuerte que el amor.
—Me gustan los jardines —respondí, recargando la cabeza en el vidrio—. Y soy bueno cavando la tierra.
Ella estiró la mano y tomó la mía. Sus dedos estaban rasposos, llenos de callos, igual que los míos.
Manejamos hacia el norte, dejando atrás el humo de los Rosas y los fantasmas del pasado. La pierna me dolía, sí, y sabía que cojearía el resto de mi vida. Pero cada punzada me recordaría que estaba vivo. Que le habíamos ganado al diablo en su propio juego.
Dicen que en México la tierra se traga los secretos, pero a veces, solo a veces, la tierra los escupe para hacer justicia. Nosotros fuimos la pala. Nosotros fuimos la tormenta.
Y mientras el atardecer pintaba el desierto de naranja, supe que Sombra, donde quiera que estuviera, estaba moviendo la cola.
FIN.