ELLAS ESTABAN A PUNTO DE M*RIR CONGELADAS: Mi caballo ya no podía más, pero una promesa me obligó a seguir hasta el límite de mis fuerzas El viento cortaba como navaja y la nieve borraba cualquier rastro de esperanza. Llevaba horas cabalgando a ciegas, guiado solo por un instinto que gritaba que no me detuviera. Cuando finalmente vi esa sombra bajo el árbol, el corazón se me detuvo. No era solo un rescate; era una lucha contra el reloj y contra la naturaleza misma. Lo que pasó después desafió toda lógica y nos puso a prueba como nunca imaginé.

El viento aullaba como si la misma Llorona anduviera suelta entre los pinos. Nunca, en mis treinta años viviendo en la Sierra, había sentido un frío que mordiera con tanta rabia.

—¡Vamos, Prieto, no te me rajes! —le grité a mi caballo, aunque el rugido de la tormenta se tragaba mi voz.

La nieve no caía; golpeaba. Era una pared blanca y sólida que me quemaba la cara y me llenaba los ojos de lágrimas heladas. Mis manos, aferradas a las riendas, ya no las sentía mías. Pero no podía dar media vuelta. Me había llegado el rumor de que María, una mujer rarámuri, y su pequeña hija no habían bajado al pueblo y la tormenta las había atrapado allá arriba.

En el rancho me dijeron: “Mateo, es un su*cidio subir ahorita”. Pero cuando alguien necesita ayuda en el monte, uno no pregunta, uno va.

De repente, entre el remolino blanco, vi una sombra. Un bulto oscuro que no pertenecía al paisaje.

El corazón me dio un vuelco. Me bajé del caballo, hundiéndome hasta las rodillas en la nieve, y corrí como pude hacia ellas.

Ahí estaban.

María estaba recargada contra un pino viejo, con el pelo congelado y la mirada perdida en la nada. No se movía. En sus brazos, apretaba un bulto pequeño envuelto en rebozos.

—¡María! —la sacudí, pero su piel estaba fría como el hielo.

Ella apenas abrió los ojos. No tenía color en la cara. Con manos temblorosas, aparté el rebozo para ver a la niña. Dios mío… la huerquita tenía los labios morados y temblaba con una violencia que me asustó más que la tormenta. Estaba ardiendo en fiebre.

—Mi niña… se congela… —susurró María, con un hilo de voz que apenas escuché.

Sabía que si nos quedábamos ahí cinco minutos más, los tres íbamos a m*rir. Cargué a la niña pegada a mi pecho para darle mi calor y ayudé a María a subir al caballo, aunque ella apenas podía sostenerse.

El regreso fue un infierno. Mi caballo resbalaba, agotado. Mis piernas ardían. Cada paso sentía que iba a ser el último. La nieve nos cubría y la cabaña de refugio parecía un sueño imposible.

Estaba a punto de caer, de dejarme vencer por el cansancio, cuando vi una línea recta entre los árboles. Un techo.

¿LOGRARÍAMOS LLEGAR O LA SIERRA NOS RECLAMARÍA ANTES DE CRUZAR LA PUERTA?

PARTE 2: EL ALIENTO DEL DIABLO Y LA LUZ DE UN OCOTE

Ese techo que vi entre la bruma no era una alucinación, pero llegar a él se sintió como arrastrarse sobre vidrios rotos. Eran apenas unos cincuenta metros, quizás menos, pero en la Sierra, cuando la nieve te llega a la cintura y el viento te empuja con la fuerza de un toro bravo, cincuenta metros son una eternidad.

—¡Jálale, Prieto! ¡Jálale, cabrón! —le grité al caballo. El pobre animal resoplaba, soltando nubes de vapor que se congelaban al instante. Sus patas traseras temblaban. Sabía que él también estaba al límite. Si se desplomaba ahí, no tendría forma de cargar a María y a la niña.

La cabaña era una estructura vieja, de esas que levantaron los abuelos cuando la madera se cortaba a hacha y se acomodaba a puro pulso. Estaba medio enterrada por la nevada. La puerta parecía una boca cerrada negándose a hablar.

Me dejé caer del caballo. Mis piernas no reaccionaron al tocar el suelo; eran dos troncos inservibles. Caí de rodillas, hundido en la nieve, y el dolor agudo del golpe me recordó que todavía estaba vivo. Gateé hasta la puerta. Estaba atrancada por el hielo acumulado en el umbral.

—¡Ábrete, chingao! —grité, golpeando la madera con el hombro.

Una, dos, tres veces. A la cuarta, la madera crujió y cedió, revelando una oscuridad absoluta y un olor a encierro, a polvo y a tiempo detenido.

Regresé por ellas. Bajar a María fue lo más difícil. Estaba rígida. No rígida por la tensión, sino esa rigidez que precede a la muerte. Pesaba el doble de lo que debería. La arrastré hacia el interior, dejándola sobre las tablas del suelo. Luego volví por la niña. El bulto en los brazos de María se había soltado un poco. Tomé a la pequeña. Estaba tan ligera… demasiado ligera. Sentí un hueco en el estómago.

Metí a Prieto como pude en el pequeño cobertizo lateral que usábamos para guardar leña. No era un establo, pero al menos tenía tres paredes y techo. Le quité la silla con manos torpes, mis dedos parecían salchichas congeladas que no obedecían a mi cerebro.

—Perdóname, amigo —le susurré al oído, frotando su morro helado—. Aguanta. Si salimos de esta, te doy vacaciones de por vida.

Entré a la cabaña y cerré la puerta, atrancándola con una vieja silla. El silencio adentro era ensordecedor, solo roto por el aullido del viento afuera que arañaba las paredes buscando entrar.

Estábamos a salvo de la ventisca, pero no del frío. La temperatura adentro era casi igual que afuera, solo que sin el viento. Era una tumba de madera.

Tenía que hacer fuego. Si no hacía fuego en los próximos diez minutos, todo el esfuerzo, todo el dolor, no habría servido de nada. Nos moriríamos ahí mismo, los tres, convertidos en estatuas de hielo para que alguien nos encontrara en primavera.

Busqué a tientas en la oscuridad hasta dar con la chimenea de piedra. Mis manos temblaban tanto que tiré la caja de cerillos dos veces.

—Cálmate, Mateo. Cálmate o se mueren —me dije en voz alta. Mi voz sonó extraña, rasposa.

Encontré unos trozos de ocote viejo en un rincón. El ocote es la sangre del pino, resina pura que arde hasta debajo del agua si hace falta. Hice una pequeña pirámide, rezando un Padre Nuestro entre dientes, no por devoción, sino por costumbre, por esa necesidad mexicana de invocar a lo divino cuando lo humano ya no alcanza.

El primer cerillo se rompió. El segundo se apagó antes de tocar la madera. Me quedaban tres.

Me quité los guantes con los dientes. La piel de mis manos estaba azulada, insensible. Froté mis manos una contra la otra, tratando de generar una chispa de calor, de vida. Tomé el tercer cerillo. Lo rasqué con cuidado, protegiendo la flama con mi cuerpo entero, como si fuera el alma de mi madre.

La llama prendió. Naranja. Azul. Hermosa.

Toqué el ocote. La resina chisporroteó y soltó un humo negro y aromático. El fuego empezó a lamer la madera. Soplé suavemente, alimentándolo, rogándole. Cuando las primeras lenguas de fuego iluminaron la estancia, me giré hacia ellas.

La escena me golpeó más fuerte que el viento.

María estaba tirada donde la dejé, con los ojos abiertos pero vidriosos, mirando al techo sin ver nada. La niña, a su lado, parecía una muñeca de trapo abandonada.

Las arrastré cerca del fuego, pero no demasiado. Sabía que el calor repentino podía ser peligroso, podía reventarles la piel o pararles el corazón.

—María, mírame —le dije, frotando sus brazos con fuerza—. ¡María!

No reaccionaba. Su respiración era tan superficial que tuve que poner mi oreja en su pecho para asegurarme de que el corazón seguía latiendo. Pum… silencio… pum… silencio. Lento. Terriblemente lento.

Me quité mi chamarra, que estaba húmeda por fuera pero seca por dentro, y las cubrí. Busqué en la cabaña. Había un baúl viejo. Adentro encontré unas cobijas de lana apolilladas, rasposas, pero secas. Olían a naftalina y a recuerdos olvidados. Las eché encima de ellas.

La niña… la huerquita me preocupaba más. Tenía la “muerte dulce” encima. Esa etapa de la hipotermia donde ya no tiemblas, donde el cuerpo se rinde y te da sueño. Si se dormía del todo, no despertaba.

La tomé en mis brazos. Estaba helada. Me desabroché la camisa y la pegué a mi piel, piel con piel, para pasarle mi calor corporal. Era como abrazar un bloque de hielo. Sentí el frío de su cuerpecito invadiendo mis costados, queriendo apagar mi propio calor.

—No te me vas a ir, chamaca —le susurré, meciéndola frente a la fogata—. No te me vas a ir. Tu mamá no te cargó por toda la sierra para que te quedes aquí.

Pasaron las horas. O quizás fueron minutos. El tiempo en la montaña se distorsiona cuando tienes miedo. El fuego crepitaba, luchando contra la humedad de la chimenea. El humo se acumulaba en el techo, creando una atmósfera densa.

De pronto, María soltó un gemido. Un sonido gutural, profundo.

—¿María? —pregunté, sin soltar a la niña.

Ella giró la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros, profundos como pozos, se encontraron con los míos. Había confusión, pánico, y luego, reconocimiento.

—Kuira… (Hola/Buen día en rarámuri, aunque era de noche, era un saludo a la vida) —susurró. Intentó levantarse, pero sus músculos no respondían.

—Quieta. Estás a salvo. Estamos en la cabaña del Viejo Anselmo, en el paso del Coyote.

—Mi… hija… —Su voz se quebró.

—Aquí está. La tengo aquí. Está calientita.

María intentó estirar la mano, pero sus dedos estaban engarrotados, blancos como la cera. Me fijé bien en sus manos. Las puntas de los dedos tenían ese color negruzco que me daba pavor. Congelación. Si salíamos de esta, tal vez perdería algún dedo, pero conservaría la vida.

—Tiene… fiebre… —dijo ella, con lágrimas escurriendo por sus mejillas sucias de tierra y nieve.

—Lo sé. Pero ya paró de temblar. Eso es malo y bueno. Necesito que despiertes bien, María. Necesito que me ayudes a mantener el fuego. Yo no puedo solo.

La noche se hizo eterna. El viento afuera no daba tregua. Parecía que la montaña estaba enojada con nosotros por habernos atrevido a sobrevivir. Escuchaba golpes en el techo, ramas cayendo, quizás piedras rodando.

En un momento, el cansancio me golpeó. Mis párpados pesaban toneladas. Era tentador cerrar los ojos, solo un ratito. El calor del fuego era hipnótico.

¡No!, me grité mentalmente. Si te duermes, se apaga el fuego. Si se apaga el fuego, se mueren.

Me levanté, con la niña aún en un brazo, y busqué más madera. Solo quedaban unos cuantos leños secos. El resto estaba afuera, bajo la nieve.

Miré a mi alrededor. Había una silla vieja de pino. Sin dudarlo, la tomé y la estrellé contra el suelo. Una, dos veces, hasta que se hizo astillas.

—¿Qué haces? —murmuró María, que ya estaba un poco más consciente, sentada, frotándose las piernas.

—Alimentar al diablo para que no nos coma el frío —le contesté, aventando una pata de la silla al fuego. La madera barnizada prendió rápido, soltando un olor químico, pero dando un calor intenso.

La niña se movió. Fue un movimiento pequeño, un espasmo. Y luego, tosió. Una tos seca, fea.

—Mamá… —gimió.

María se arrastró hacia mí y me quitó a la niña. La abrazó llorando.

—Gracias… gracias… —repetía en su español roto.

—No me des las gracias todavía. Falta mucho para el amanecer.

Me senté frente a ellas, vigilando el fuego como un perro guardián. Saqué una petaca de tequila que siempre llevaba en la montura para emergencias. Le di un trago largo. El líquido quemó mi garganta y se sintió como gloria bendita en el estómago. Le ofrecí a María. Ella negó con la cabeza al principio, pero luego aceptó. Tomó un sorbo pequeño y tosió.

—Te va a ayudar a calentar la sangre —le dije.

Nos quedamos en silencio un buen rato. Solo el crujir de la madera y el viento. Entonces, María empezó a hablar. No me hablaba a mí, le hablaba al fuego, o a los espíritus de la sierra.

—Nos corrieron… —dijo bajito.

—¿Quién?

—Los hombres malos. Los que llegan en camionetas grandes. Dijeron que la tierra ya no era nuestra. Que si no nos íbamos, quemarían la casa con nosotras adentro.

Sentí una rabia caliente subirme por el cuello, más caliente que el tequila. Los taladores, los narcos, los “sin ley” que infestaban la Sierra. Por eso estaban cruzando la montaña en plena tormenta. No huían del clima, huían de bestias de dos patas.

—Por eso subimos —continuó ella—. Queríamos llegar a Creel, con mi hermana. Pero la nieve… la nieve llegó muy rápido. Onorúame (Dios) estaba enojado.

—Dios no estaba enojado, María. Es el tiempo, que es caprichoso. Y los hombres, que son malditos.

Me levanté para echar más madera. Me dolía todo el cuerpo. Sentía punzadas en los dedos de los pies. Probablemente tenía principios de congelación yo también, pero no quería revisarme. Si veía mis dedos negros, me iba a romper mentalmente, y necesitaba estar entero.

De repente, un golpe seco en la puerta nos hizo saltar a los dos. No fue el viento. Fue un golpe sólido. Como un puño.

María abrazó a la niña con fuerza, sus ojos llenos de terror. —Nos siguieron… —susurró.

Me quedé paralizado. ¿Era posible? ¿Alguien más estaría loco para salir en esta tormenta solo para cazar a una mujer y una niña? En esta sierra, todo es posible.

Agarré el viejo machete oxidado que Anselmo siempre dejaba junto a la chimenea. Me acerqué a la puerta, conteniendo la respiración.

Otro golpe. Y un resoplido.

Bajé el machete y solté el aire.

—Es Prieto —dije, sintiendo que las piernas me flaqueaban del alivio—. Se debió soltar. Quiere entrar.

Quité la tranca y abrí un poco. Efectivamente, mi caballo estaba ahí, con la nieve cubriéndole el lomo, empujando con la cabeza. El cobertizo no había sido suficiente. No podía dejarlo fuera. Pero no cabía adentro.

—Lo siento, compadre —le dije, saliendo un momento. El frío me abofeteó de nuevo. Lo guié hacia el lado de la cabaña donde la chimenea calentaba la pared exterior. Le puse encima una lona vieja que encontré tirada. Era lo único que podía hacer.

Regresé adentro temblando incontrolablemente. Me costó diez minutos dejar de castañetear los dientes.

La madrugada fue la prueba más dura. La leña se acababa. Quemamos la otra silla. Quemamos una repisa. Quemamos hasta unos periódicos viejos del año 1998 que servían de aislante en una ventana.

La niña, que se llamaba Rosi según me dijo María, despertó un par de veces pidiendo agua. Derretimos nieve en una lata vieja y le dimos de beber. Tenía fiebre alta, deliraba hablando de “los perros negros”.

Yo sentía que la cabeza se me iba. Empecé a ver sombras en las esquinas de la cabaña. Veía a mi abuelo sentado en la esquina, fumando su cigarro de hoja, mirándome con decepción. “¿Te vas a dejar morir, Mateo? ¿Tan blandito te saliste?”, me decía su fantasma. —No me estoy muriendo, viejo necio —le contesté en voz alta. María me miró raro, pero no dijo nada. En la Sierra, uno se acostumbra a que la gente hable con los que ya no están.

Hacia las cinco de la mañana, el viento dejó de aullar. El silencio que siguió fue tan pesado que dolía en los oídos. Me arrastré hacia la ventana pequeña, limpiando la escarcha del vidrio con la manga.

Una luz gris, pálida y lechosa, empezaba a filtrar entre los árboles. Había dejado de nevar. El paisaje era irreconocible. Todo era blanco, suave, ondulado. Los caminos habían desaparecido. Los barrancos estaban disimulados por trampas de nieve.

—Ya amaneció —dije.

María levantó la vista. Tenía ojeras profundas, pero estaba viva. La niña dormía, y su respiración, aunque agitada, era rítmica. Ya no tenía ese temblor mortal.

—¿Podemos irnos? —preguntó ella.

Negué con la cabeza. —No. Ahorita es cuando es más peligroso. La nieve está blanda. Si salimos, nos hundimos. Y el sol… el sol te quema los ojos si no tienes cuidado. Tenemos que esperar a que pase alguien o a que la nieve se asiente un poco. Además, Prieto no va a poder con los tres en nieve profunda.

Pero estábamos vivos. Esa certeza me golpeó de repente, provocándome una risa nerviosa, casi histérica. Le ganamos a la montaña. Le robamos una noche a la muerte.

Busqué en mis bolsillos y saqué un pedazo de carne seca que traía envuelto en un pañuelo. Estaba dura como piedra. La partí con el machete y le di la mitad a María. —Coman. Necesitan fuerza.

Masticamos en silencio. El sabor salado de la carne seca fue el mejor desayuno de mi vida.

Entonces, escuchamos algo. Lejos. El zumbido de un motor. ¿Una camioneta? Imposible. Ninguna camioneta sube hasta acá con esta nieve. El sonido se hizo más fuerte. Un “taca-taca-taca” rítmico que venía del cielo.

—Un helicóptero —dije, poniéndome de pie de un salto, ignorando el dolor en mis rodillas.

Salí de la cabaña tropezando. El aire de la mañana era tan frío que quemaba los pulmones, pero el cielo estaba despejándose, mostrando un azul insultantemente brillante. Ahí estaba. Un pájaro de metal blanco y rojo, volando bajo sobre el cañón. Era Protección Civil o tal vez del gobierno del Estado.

—¡Aquí! ¡Aquí estamos! —grité, agitando los brazos como un loco, aunque sabía que no me oían.

Me quité la chamarra roja, aunque me congelara, y empecé a moverla en círculos sobre mi cabeza. El contraste del rojo contra la nieve blanca tenía que verse. —¡Mírenme, cabrones! ¡Aquí abajo!

El helicóptero pasó de largo. Sentí que el alma se me caía a los pies. —No… no se vayan…

Pero entonces, el aparato hizo un giro amplio, lento, elegante. Volvió hacia nosotros. Vi a un hombre asomarse por la puerta lateral. Nos habían visto.

Entré corriendo a la cabaña. —¡María! ¡Ya vienen! ¡Nos vieron!

Ella abrazó a Rosi y por primera vez en toda la noche, sonrió. Una sonrisa chimuela, cansada, pero luminosa. —Mateterad, Mateo. Mateterad (Gracias).

Cuando el helicóptero aterrizó en un claro cercano, levantando una tormenta de nieve en polvo, supe que la historia no terminaba ahí. Sabía que los problemas de María no se acababan con el frío; los hombres malos seguían allá abajo. Pero eso era problema para mañana.

Hoy, la Sierra nos había perdonado. Y mientras subía a María al helicóptero y veía a los paramédicos envolver a la niña en mantas térmicas plateadas, me prometí algo. No iba a dejar que las quemaran. Si la montaña no pudo con ellas, ningún narco de poca monta iba a poder tampoco. Mateo tenía una nueva misión. Y yo soy hombre de palabra.

PARTE 3: ENTRE LOBOS CON PIEL DE OVEJA Y EL JURAMENTO DE SANGRE

El zumbido del helicóptero no era un sonido; era una vibración maldita que me sacudía hasta los huesos, compitiendo con el temblor que todavía traía yo en el cuerpo por el frío de la sierra. Miraba por la ventanilla redonda, viendo cómo el manto blanco, ese infierno hermoso que casi nos traga, se hacía chiquito. Allá abajo, entre los pinos que parecían palillos de dientes, se quedaba mi caballo. Se quedaba el Prieto. Sentí un nudo en la garganta más doloroso que el aire helado que habíamos respirado toda la noche. Ese animal me había salvado la vida, había aguantado la tormenta empujando con el pecho, y yo lo había dejado amarrado junto a una chimenea humeante con apenas una lona vieja encima.

—Va a estar bien, compa —me gritó uno de los paramédicos, un chavalo güero que no tendría más de veinticinco años. Me tuvo que gritar porque el ruido del motor era ensordecedor—. ¡Los caballos de aquí son de madera! ¡Aguantan vara!

Asentí, no porque le creyera, sino porque no tenía fuerzas para discutir. Además, mi atención se desvió hacia la camilla donde iban María y Rosi. Las habían envuelto en esas sábanas térmicas que parecían papel aluminio de cocina, brillantes y espaciales. La niña, Rosi, tenía una mascarilla de oxígeno que le cubría media carita. Se veía tan frágil, tan pequeña entre tanto aparato y cable, que me dio miedo tocarla y romperla. María tenía los ojos cerrados, pero su mano, esa mano de piel curtida y uñas rotas por el trabajo duro, aferraba la orilla de la camilla con una fuerza que desmentía su estado. Estaba viva. Por puro milagro y por pura terquedad de madre, estaba viva.

El vuelo fue corto, pero se sintió eterno. Aterrizamos en una losa de concreto en las afueras de Creel. El cambio fue brutal. De la soledad absoluta de la cabaña del Viejo Anselmo, donde el silencio pesaba toneladas, pasamos al caos organizado de la civilización. Había ambulancias esperando, torretas girando, gente corriendo.

—¡Masculino, 35 años, hipotermia grado dos, posible congelación en extremidades! —gritaba alguien refiriéndose a mí mientras me bajaban casi a empujones.

—¡Yo puedo caminar, chingao! —protesté, intentando zafarme. Mis piernas, que en la cabaña se sentían como troncos inservibles, ahora hormigueaban con un dolor punzante, como si mil agujas calientes me estuvieran picando desde adentro.

—No se haga el valiente, señor —me regañó una enfermera robusta con cara de pocos amigos—. Si camina ahora, se puede dañar los tejidos. Siéntese ahí.

Me sentaron en una silla de ruedas. Me sentí ridículo. Yo, Mateo, que había cargado leña, domado potros y sobrevivido a la peor nevada de la década, ahora era empujado por una mujer bajita hacia un hospital que olía a alcohol y a desgracia ajena.

Perdí de vista a María y a la niña. Se las llevaron por un pasillo largo, lleno de luces fluorescentes que lastimaban los ojos acostumbrados a la penumbra de la fogata de ocote.

—¡Oiga! ¡Oiga! —le grité al camillero—. ¿A dónde las llevan? ¡Vienen conmigo!

—Van a urgencias pediátricas y a terapia intensiva, jefe. Usted va a valoración general. No se preocupe, aquí las cuidamos.

“Aquí las cuidamos”. Esa frase me retumbó en la cabeza. ¿Quiénes eran “ellos”? ¿Sabían que a María la venían cazando? ¿Sabían que los hombres malos, esos que llegan en camionetas grandes y queman casas, las querían muertas? La paranoia, fría y pegajosa, empezó a subirme por la espalda, reemplazando al frío de la nieve.

Me metieron en un cubículo separado por cortinas azules. Me quitaron las botas. Fue un suplicio. Cuando la enfermera jaló el cuero húmedo, sentí que me arrancaba la piel. Mis pies estaban pálidos, cerosos, con manchas moradas en los dedos.

—Mmm —hizo la doctora que llegó después, una mujer joven con ojeras profundas—. Tuviste suerte, vaquero. No hay necrosis profunda, pero te va a doler como el diablo cuando empiece a circular la sangre bien.

—Deme un tequila y se me pasa —bromeé, tratando de sonar entero, acordándome de la petaca que nos había dado calor en la madrugada.

La doctora ni sonrió. —Te voy a poner suero caliente y analgésicos. Y te vas a quedar en observación 24 horas.

—No puedo —dije, intentando levantarme—. Tengo que ver a la señora. A la Rarámuri. Veníamos juntos.

—Ella está delicada. Y la niña tiene neumonía. No puedes verlas ahorita. Descansa.

Me inyectaron algo en el suero y el mundo se me puso borroso. El cansancio de la noche anterior, el esfuerzo de haber roto sillas y quemado repisas para mantener la llama viva, me cayó encima de golpe. Me quedé dormido, pero no fue un sueño reparador. Fue un sueño lleno de sombras, de aullidos de viento y de golpes en la puerta que sonaban como puños cerrados.

Desperté con la boca seca y un dolor sordo en las manos y los pies. Miré el reloj de pared: habían pasado seis horas. Ya era de tarde. Por la ventana del hospital se veía el cielo gris otra vez; la tregua del sol había terminado y seguramente estaba nevando de nuevo en la sierra.

Me arranqué la vía del suero. Sangró un poco, pero me chupé la herida y busqué mis botas. Estaban tiradas en una esquina, secas pero tiesas. Me las puse gruñendo del dolor. Cada paso era un recordatorio de la caminata en la nieve, pero tenía que moverme. Mi instinto me gritaba que algo andaba mal.

Salí al pasillo. Nadie me detuvo. Los hospitales públicos en México son un mar de gente; si caminas con seguridad, nadie te pregunta nada. Pregunté en el mostrador por María.

—¿Apellidos? —preguntó la recepcionista sin levantar la vista del celular.

Me quedé helado. No sabía sus apellidos. En la cabaña, entre la vida y la muerte, no nos habíamos presentado formalmente. Solo éramos María, Mateo y la pequeña Rosi.

—Es una mujer Tarahumara. La trajeron en helicóptero en la mañana. Con una niña.

La mujer levantó la vista, masticando chicle. —Ah, las de la sierra. Están en el cuarto 304. Pero tienen visita, no puede pasar.

—¿Visita? —El corazón se me paró—. ¿Qué visita? Si me dijo que no tenía a nadie aquí, que iba con su hermana pero no llegó.

—Pues ahí entraron unos señores. Dijeron que eran sus tíos.

“Tíos”. Los hombres malos. Los que las corrieron de sus tierras.

No esperé el elevador. Corrí por las escaleras, ignorando el fuego en mis plantas de los pies. Subí los tres pisos de dos en dos. Mi mente iba a mil por hora. Si eran ellos, si los habían encontrado tan rápido, significaba que tenían ojos en todos lados. Significaba que el rescate no había sido el final, sino apenas el comienzo de otra cacería.

Llegué al tercer piso. El pasillo estaba medio vacío. Al fondo, afuera de la 304, había dos tipos parados. No llevaban batas, ni uniformes. Llevaban chamarras de cuero, botas picudas y sombreros tejanos demasiado limpios. Uno de ellos estaba recargado en la pared, jugando con un palillo en la boca. El otro hablaba por radio.

Me detuve en seco tras una columna. Observé. No tenían pinta de familiares preocupados. Tenían esa postura arrogante de los que se saben dueños de la plaza. De los que traen “charola” o, peor aún, de los que no necesitan charola porque traen armas.

—Ya está listo el traslado, patrón —decía el del radio—. Sí, dicen que la van a mover a Chihuahua capital para “mejores cuidados”. Sí, en la ambulancia nuestra. Simón. No, la india no dice nada, está medio sedada.

Sentí la sangre hervir. Se las querían llevar. “Traslado”. Esa era la palabra clave para desaparecer gente. Las sacarían de ahí con papeles falsos o amenazando a los doctores, las subirían a una ambulancia patito y jamás volveríamos a saber de María y Rosi. Sus tierras quedarían libres para la tala o la siembra.

No traía armas. Mi machete oxidado se había quedado en la cabaña. Mi navaja me la habían quitado al ingresarme. Solo tenía mis manos, que todavía dolían, y la rabia acumulada de ver cómo querían aplastar a alguien que ya había sufrido demasiado.

Pensé rápido. Si me les iba encima a los golpes, me mataban ahí mismo o me detenía la policía del hospital, y ellos aprovecharían el alboroto para llevárselas. Necesitaba ser más listo. Necesitaba ser más “zorro” que “lobo”.

Me di la media vuelta y bajé al primer piso. Busqué un teléfono público de monedas (todavía quedaba uno, milagrosamente). Marqué el número del único hombre en el que confiaba en ese pueblo maldito: el Padre Goyo.

Goyo no era un cura normal. Era un jesuita viejo, de esos que llevan cuarenta años en la Tarahumara, que hablan rarámuri mejor que español y que han recibido más amenazas de muerte que confesiones.

—¿Bueno? —contestó su voz rasposa.

—Padre, soy Mateo. El del rancho Los Álamos. Necesito un paro, pero de los grandes. De vida o muerte.

—¿Mateo? Te hacían muerto en la nevada. Dicen que dejaste el caballo solo.

—El Prieto está bien, o eso espero. Padre, escuche. Estoy en el Regional. Tengo a la mujer y a la niña que rescatamos. Pero está “la maña” arriba. Se las quieren llevar.

El silencio al otro lado de la línea fue breve. —Voy para allá. No hagas estupideces, Mateo. ¿Cuántos son?

—Dos en la puerta. No sé si hay más adentro o afuera.

—Dame diez minutos. Voy con la Guardia Nacional. El Comandante Treviño me debe un favor desde que escondí a su sobrino.

Colgué. Diez minutos. En diez minutos podían pasar muchas cosas.

Subí de nuevo. Me escondí en la sala de espera, agarrando un periódico viejo para taparme la cara. Desde ahí podía ver el pasillo.

La puerta de la 304 se abrió. Salió un médico, pálido como el papel, sudando. El tipo del palillo lo agarró del brazo. —¿Entonces qué, doc? ¿Ya firmó el alta voluntaria?

—Oiga, es que… la niña está muy grave. No se la pueden llevar así. Necesita oxígeno.

—Nosotros traemos tanque en la camioneta. Usted firme y no la haga de pedo, si no quiere que le hagamos una visita a su consultorio privado. ¿Entendió?

El médico asintió, temblando. Era un hombre bueno, se le veía en los ojos, pero el miedo es cabrón. El miedo dobla a cualquiera.

No podía esperar a Goyo. Me levanté. Me acomodé el sombrero que había recuperado de mis cosas. Caminé hacia ellos con el paso pesado, haciendo sonar las botas en el linóleo.

—¡Buenas tardes, caballeros! —dije con voz fuerte, resonante.

Los dos tipos se giraron. El del palillo me miró de arriba abajo, evaluando si era amenaza o estorbo. —¿Qué quieres, compa? Circúlale.

—Vengo por mi mujer —mentí, plantándome frente a ellos. Medía un poco más que el del palillo, y usé eso a mi favor—. María. Me dijeron que ya la puedo ver.

Los tipos intercambiaron miradas. —Aquí no hay ninguna mujer tuya. Es nuestra prima. Y ya nos la llevamos.

—Ah, caray. —Solté una risa seca—. Pues qué familia tan grande tiene mi María, que nunca me habló de unos primos tan… citadinos.

El del radio dio un paso al frente, llevándose la mano a la cintura, debajo de la chamarra. Ahí estaba el bulto. Una escuadra. —Mira, vaquero. No te busques problemas. Lárgate a cuidar tus vacas. Esta asunto no es contigo.

—El asunto es conmigo desde que la saqué de la nieve —dije, bajando la voz, poniéndome serio—. Desde que casi nos morimos congelados allá arriba. Así que si se la quieren llevar, va a tener que ser pasando sobre mí. Y les aviso una cosa: soy de rancho. Nosotros no llamamos a la policía, nosotros arreglamos las cosas y luego enterramos lo que sobra.

Era un blofeo. Un blofeo monumental. Yo estaba desarmado y medio tullido. Pero en México, a veces la actitud mata más que las balas. Dudaron. Solo un segundo, pero dudaron.

—¿Quién te crees que eres, pendejo? —escupió el del palillo, pero no sacó el arma. Estábamos en un hospital. Había cámaras. Había testigos.

En ese momento, las puertas del elevador se abrieron con un tintineo alegre. Salió el Padre Goyo, con su sotana desgastada y sus botas de trabajo. Y detrás de él, cuatro elementos de la Guardia Nacional con armas largas y caras de aburrimiento táctico.

—¡Buenas tardes, hijos míos! —bramó el Padre Goyo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. ¿Qué es este alboroto en la casa de sanación?

Los sicarios —porque eso eran— se tensaron. Vieron los rifles de la Guardia. Vieron al cura. Vieron que su operación discreta se había ido al diablo.

El del radio murmuró algo por el aparato y le hizo una seña a su compañero. —Nos equivocamos de cuarto, oficial —dijo, levantando las manos en un gesto de inocencia burlona—. Buscábamos a la tía Juana. Con permiso.

Pasaron a mi lado, rozándome el hombro. —Te vi la cara, vaquero —me susurró el del palillo—. Cuídate la espalda en el monte. La sierra es muy grande y los accidentes pasan.

—También pasan en la ciudad —le contesté sin voltear a verlo.

Se fueron. Desaparecieron por las escaleras de emergencia.

El Comandante de la Guardia se acercó, masticando un palillo igual que el sicario. —Padre, ¿estos eran los angelitos?

—Esos meros. Gracias, Treviño. Pero no van a dejar de joder. Solo ganamos tiempo.

Entré al cuarto. María estaba despierta. Tenía los ojos desorbitados de miedo. Había escuchado todo. Rosi dormía en la cama de al lado, conectada a un monitor que hacía “bip, bip, bip”.

—Mateo… —María estiró la mano.

La tomé. Estaba caliente ahora. Viva. —Tranquila. Ya se fueron.

—Van a volver —dijo ella, y no era una pregunta. Era una sentencia—. Ellos quieren el papel. El papel de la tierra. Lo tengo cosido en el refajo de la niña. Por eso no la soltaba.

Me quedé helado. No solo cargaba a su hija; cargaba la herencia de sus ancestros, el título de propiedad que esos buitres necesitaban para legalizar su robo. —¿Por eso las cazaban? ¿Por un papel?

—Hay litio —susurró—. Dicen que abajo de los pinos hay piedra que vale más que el oro.

Maldita sea. Litio. La nueva fiebre. Por eso la insistencia. No eran talamontes comunes; esto era crimen organizado de alto nivel.

El Padre Goyo entró, cerrando la puerta tras de sí. —Mateo, tenemos un problema. Treviño dice que no puede poner custodia permanente. No tiene hombres. Y esos tipos van a esperar a que salga la Guardia para volver. O van a interceptar la ambulancia si la trasladamos.

Miré a María. Miré a la niña. Miré mis manos, todavía rojas por el frío de ayer. Recordé la promesa que me hice cuando vi el helicóptero bajar. “No voy a dejar que las quemaran”.

—No vamos a esperar a la ambulancia —dije.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó el Padre.

—Sacarlas. Ahorita.

—Estás loco. La niña tiene neumonía.

—Si se queda aquí, la matan. Si me la llevo, tiene un chance. Yo conozco lugares donde las camionetas no entran. Donde el GPS no agarra señal. Donde el diablo no se mete porque le da miedo perderse.

—¿A dónde? —quiso saber el cura.

—Al Cañón del Cobre profundo. A la casa de mi tía Chona, la curandera. Ella sabe de hierbas para el pulmón mejor que estos doctores. Y su rancho es una fortaleza natural.

El Padre Goyo se pasó la mano por el pelo canoso. Suspiró. —Es una locura. Pero es la única locura que tenemos. Yo distraigo a los médicos y a la administración. Tú saca la camioneta de la parroquia. Está en el estacionamiento trasero. Las llaves están bajo el tapete.

—¿Y usted, Padre?

—Yo me quedo a rezar… y a dar explicaciones. Anda, vete. Antes de que cambien de turno los de la entrada.

Cargar a Rosi fue como volver a la noche anterior. La envolví en cobijas del hospital. Desconecté los monitores, que empezaron a chillar como locos. —¡Vámonos, María! —le dije, ayudándola a levantarse. Ella gimió de dolor, pero se puso de pie. Esas mujeres están hechas de roble.

Salimos por la puerta de servicio de la cocina, esquivando a un cocinero que nos gritó algo sobre el reglamento. El aire de la calle me golpeó la cara. Estaba nevando otra vez. Copos gordos y lentos.

La camioneta del Padre era una pick-up vieja, despintada, pero el motor rugió a la primera. Subí a María y a la niña atrás, cubriéndolas con lonas para que parecieran bultos de carga. Arranqué quemando llanta.

Mientras salíamos de Creel, miré por el retrovisor. Una camioneta negra, Suburban, con vidrios polarizados, estaba parada en la esquina del hospital. Las luces se encendieron. Nos habían visto.

—Agárrate, María —grité hacia atrás—. ¡Que ahora sí vamos a ver de qué cuero salen más correas!

Aceleré hacia la carretera que bajaba a la barranca. El camino era curvas cerradas, precipicios de mil metros y asfalto congelado. Terreno mortal para el que no conoce. Pero yo conocía cada bache.

—¿Nos siguen? —preguntó María, asomando la cabeza.

Miré el espejo. Dos faros potentes se acercaban rápido. —Sí. Pero no saben a dónde vamos.

Me metí la mano al bolsillo de la camisa. Ahí traía los tres cerillos que me habían sobrado en la cabaña. Los toqué como si fueran un amuleto. Habíamos vencido al frío. Habíamos vencido a la montaña. Ahora teníamos que vencer a los monstruos.

Giré el volante bruscamente hacia un camino de terracería, apagando las luces de la camioneta para desaparecer en la oscuridad. El vehículo saltó violentamente. La caza había comenzado de nuevo, pero esta vez, yo no era la presa asustada. Ahora estaba en mi terreno. Y en mi terreno, hasta las piedras muerden.

PARTE FINAL: LA SANGRE DEL BARRANCO Y EL NUEVO AMANECER

Apagar las luces de la camioneta en medio de una bajada de la Sierra Tarahumara no es de valientes, es de suicidas. Pero esa noche, con la muerte pisándonos los talones en forma de una Suburban negra blindada, la oscuridad era la única amiga que me quedaba.

La vieja pick-up del Padre Goyo crujió como si le dolieran los huesos cuando las llantas delanteras mordieron la grava suelta de la brecha. El motor, aunque viejo, tenía ese aguante de las máquinas de antes, puro fierro y terquedad. Atrás, escuché el golpe seco de los cuerpos de María y Rosi chocando contra la lámina cuando di el volantazo.

—¡Perdónenme! —grité hacia la cabina trasera, aunque sabía que el rugido del viento se llevaba mis palabras.

Miré por el retrovisor. Los faros de la Suburban cortaban la noche como espadas láser, barriendo los pinos, buscando su presa. Se habían detenido un segundo en el entronque de la carretera asfaltada, confundidos por mi maniobra. Ese segundo fue oro molido.

Mi corazón no latía, galopaba. Conocía este camino, la “Brecha del Zorro”, pero hacía años que no la bajaba y menos a ciegas. Era un camino de talamontes viejos, lleno de zanjas que podrían tragarse una llanta entera y escupir el eje. Mis manos, todavía entumecidas por el frío que se me había metido en el alma el día anterior, se aferraban al volante con una fuerza que me hacía doler los nudillos.

—A la izquierda, Mateo, a la izquierda aquí estaba el peñasco… —me susurraba a mí mismo, invocando la memoria de cuando subía por aquí con mi abuelo a buscar ganado perdido.

Sentí la vibración en el suelo antes de escuchar el motor de ellos. Ya venían. Y venían rápido. Esas camionetas modernas tienen tracción en las cuatro ruedas y suspensión inteligente; la troca del Padre solo tenía fe y amortiguadores vencidos.

—¡No se levanten! —les grité a las mujeres—. ¡Hágance bolita!

La brecha se estrechaba. A mi derecha, la pared de roca sólida; a mi izquierda, el abismo. Un vacío negro que bajaba quinientos metros hasta el primer descanso del cañón. Si calculaba mal diez centímetros, ahí quedábamos.

De pronto, una luz intensa inundó la cabina. Me habían alcanzado. Los faros de halógeno se reflejaron en mis espejos, cegándome.

—¡Párate, hijo de la chingada! —escuché que gritaban por un altavoz.

Sentí un golpe en la defensa trasera. Metálico, brutal. Nos estaban embistiendo. La camioneta del Padre se sacudió violentamente, coleando hacia el precipicio. Giré el volante en contra, peleando con la física, sintiendo cómo las llantas traseras patinaban en el aire por una fracción de segundo que duró una eternidad.

—¡Padre Nuestro que estás en los cielos…! —empecé a rezar, pero la oración se me atoró cuando otro golpe nos aventó hacia adelante.

Querían sacarnos del camino. No querían el papel, no querían a la niña; en ese momento, la adrenalina de la caza los había dominado. Querían vernos caer.

Vi una bifurcación adelante. Apenas una sombra más densa en la oscuridad. El camino principal seguía recto, ancho pero predecible. El de la derecha era un camino de cabras, una subida empinada hacia una mesa de piedra que usábamos de mirador.

Era una trampa. O para ellos, o para mí.

Pisé el freno a fondo y jalé el freno de mano al mismo tiempo, girando el volante con todo el peso de mi cuerpo. La camioneta derrapó, levantando una nube de polvo y piedras. Entré al camino de cabras.

La Suburban no pudo frenar a tiempo. La vi pasar de largo por el camino principal, sus luces iluminando la nada mientras intentaban detener la inercia de tres toneladas de acero blindado. Escuché el rechinar de llantas, el olor a hule quemado llenando el aire nocturno.

Subí unos cincuenta metros y apagué el motor. Silencio. Solo mi respiración entrecortada y el llanto bajito de Rosi en el asiento de atrás.

—¿Están bien? —susurré.

—Sí… —contestó María. Su voz sonaba firme, increíblemente firme—. La niña se golpeó la cabeza, pero está despierta.

Miré hacia abajo. La Suburban estaba dando la vuelta en un punto ancho del camino, maniobrando para regresar. No se iban a rendir. Eran lobos, y los lobos no dejan ir la carne una vez que la han olido.

Toqué el bolsillo de mi camisa. Los tres cerillos. Los saqué. Eran de madera, de esos corrientes con la cabeza roja. Tenía un plan. Un plan estúpido, peligroso, desesperado.

—María —dije, bajando la voz lo más que pude—. Necesito que te pases al volante.

—No sé manejar troca de palanca —dijo ella rápido.

—No tienes que manejarla. Solo tienes que quitar el freno de mano si yo te grito. ¿Entiendes? Solo jalas esta palanca y pisas el freno de pie para que no se vaya para atrás.

Ella asintió en la oscuridad. Sus ojos brillaban como los de un gato montés. Se pasó al frente, con la niña en brazos. El calor de sus cuerpos llenó la cabina delantera, un contraste con el frío de la muerte que rondaba afuera.

Me bajé de la camioneta. El aire era helado, pero ya no sentía frío. Sentía fuego. Caminé hacia la orilla del camino de cabras. Abajo, la Suburban venía de regreso, lenta, buscando huellas.

El terreno estaba lleno de pastizal seco, de ese que prende con solo mirarlo feo, y matorrales de huizache llenos de aceite natural. Era una bomba de tiempo esperando una chispa.

Esperé. El vehículo negro se detuvo justo debajo de donde yo estaba, a unos veinte metros de distancia vertical. Se bajó el tipo del palillo, el copiloto. Lo vi iluminado por las luces de la camioneta. Tenía una linterna potente en una mano y la pistola en la otra.

—¡Vaquero! —gritó—. ¡Sabemos que estás ahí arriba! ¡No tienes salida! ¡Entréganos a la india y te dejamos ir!

—¡Vengan por ellas! —les grité, mi voz rebotando en las paredes del cañón.

El tipo apuntó su linterna hacia mí. Me cubrí los ojos. —¡Ahí está! —gritó.

Sonaron disparos. Pum, pum, pum. Las balas picaron la piedra cerca de mis pies, soltando esquirlas que me rasguñaron las botas. Me agaché detrás de una roca.

Saqué los cerillos. Mis manos temblaban, pero no de miedo, sino de una precisión asesina. Junté un puño de pasto seco. Rasqué el primer cerillo. Se rompió. Maldita sea. Quedaban dos.

—¡Súbanse, vamos a rodearlo! —gritó el de abajo.

Rasqué el segundo. Prendió. Acerqué la flama al pasto. El fuego agarró de inmediato, hambriento, crepitando con alegría. Lo aventé hacia abajo, hacia la ladera que caía directo sobre el camino donde estaba la Suburban. Luego prendí otro manojo y lo aventé más a la derecha.

El viento de la sierra, ese mismo viento que casi nos mata el día anterior, ahora fue mi aliado. Sopló fuerte, avivando las llamas, empujándolas hacia abajo como una ola dorada y roja. El huizache prendió con un rugido.

—¡Fuego! —gritó alguien abajo.

En segundos, lo que era una ladera oscura se convirtió en un muro de llamas que separaba el camino de ellos del mío. El humo empezó a bajar, denso y asfixiante. La Suburban tuvo que retroceder. El fuego les estaba lamiendo las llantas.

—¡Vámonos, María! —me subí a la camioneta de un salto—. ¡Ahora!

Arranqué la troca. No necesité luces. El resplandor del incendio iluminaba todo con un tono naranja apocalíptico. Salimos disparados hacia arriba, hacia la meseta, para luego buscar la bajada real hacia el fondo del barranco.

Atrás, vi cómo las luces de la Suburban retrocedían desesperadas. No podían pasar el fuego. Se tendrían que dar la vuelta y rodear todo el cerro, lo que les tomaría al menos dos horas. Dos horas de ventaja. Era todo lo que necesitábamos.

El descenso al fondo del Cañón del Cobre es como un viaje al centro de la tierra. Empiezas en un bosque alpino, con pinos y encinos, respirando aire delgado y frío. Pero conforme bajas, kilómetro tras kilómetro de curvas interminables, el paisaje cambia. El aire se vuelve denso, pesado. Empieza a oler a tierra mojada, a frutas tropicales, a río.

Pasamos de los cero grados a los veinticinco en cuestión de horas. María iba en silencio, agarrando a la niña. Rosi había dejado de toser tanto, tal vez por la bajada de altitud, tal vez por el calorcito.

—¿Cómo sabías que el fuego no subiría hacia nosotros? —preguntó María de repente, rompiendo un silencio de una hora.

—No lo sabía —confesé, sin quitar la vista del camino pedregoso—. Pero mi abuelo decía que el fuego le tiene respeto al que no le tiene miedo.

María soltó una risita nerviosa. —Tu abuelo estaba loco.

—Sí. De familia.

Llegamos al vado del río Urique cuando el cielo empezaba a pintarse de ese azul marino que anuncia el amanecer. El agua corría oscura y fuerte. Cruzamos con el agua llegándole a las puertas de la camioneta, el motor tosiendo pero sin apagarse.

El rancho de la Tía Chona no aparecía en los mapas. Estaba metido en una rinconada donde el río hacía una curva, protegido por paredes de roca roja de trescientos metros de alto. Era un vergel. Había árboles de mango, de aguacate, de papaya. Y una casita de adobe encalada, brillando bajo la luz de la luna menguante.

Los perros empezaron a ladrar antes de que llegáramos. Perros flacos, orejones, de esos que no dejan que se acerque ni un espíritu chocarrero. Se encendió una luz en el porche.

Salió Chona. No era la abuelita tierna de los cuentos. Era una mujer de setenta años, alta, seca como un palo, con el pelo blanco trenzado hasta la cintura y un rifle 22 recargado en el hombro.

—¡Quién vive! —gritó con una voz que hizo eco en el cañón.

—¡Soy yo, tía! ¡Mateo! —bajé la ventanilla y saqué la mano.

Bajó el rifle, pero no sonrió. —¿Qué traes ahí, muchacho? Traes un alboroto pegado en la cola. Se siente la mala vibra desde que cruzaron el río.

—Traigo gente herida, tía. Y gente mala detrás.

—Pues métanse. La gente mala rebota en mi cerca, pero la herida no espera.

Bajamos a las mujeres. Tía Chona ni siquiera me saludó a mí; se fue directo a Rosi. Le tocó la frente, le levantó los párpados, le olió el aliento. —Trae el pulmón cargado. Y el susto atorado en la garganta. Pásenla al cuarto de curar. Rápido.

Lo que pasó las siguientes horas fue una mezcla de medicina y magia. O tal vez es lo mismo y nosotros los de ciudad somos los que le ponemos etiquetas diferentes para entender. Chona preparó infusiones que olían a menta, a eucalipto y a cosas que no reconocí. Untó el pecho de la niña con un ungüento de grasa de coyote y hierbas calientes. Puso a hervir agua con piedras de río.

María, a pesar de su agotamiento, no se despegó de su hija. Chona la miró y le dijo en rarámuri algo que hizo que María bajara los hombros y soltara el aire. —Le dije que aquí la tierra la conoce —me tradujo Chona sin mirarme, mientras machacaba unas hojas en un molcajete—. Que aquí nadie le va a pedir papeles.

Yo me quedé en el porche, vigilando el camino. Tenía el rifle de Chona en las piernas. El sol empezó a salir. Ver amanecer en el fondo del barranco es algo que te cambia la vida. La luz no llega de golpe; va bajando por las paredes de roca, pintándolas de dorado, de naranja, de rojo sangre, hasta que toca el río y todo explota en brillo.

Mis manos ya no dolían tanto. El calor del trópico me estaba descongelando los huesos. Pero sentía una tristeza profunda. Pensaba en el Prieto, allá arriba, solo. Pensaba en mi vida solitaria en el rancho, cuidando vacas ajenas, emborrachándome los sábados para olvidar que no tenía a nadie. Y miraba a esas dos mujeres adentro, luchando por la vida con una dignidad que yo envidiaba.

Hacia el mediodía, escuchamos el ruido. No era una camioneta. Era el zumbido lejano de un motor aéreo. Me tensé. Agarré el rifle. ¿Helicóptero de ellos?

Pero el sonido era diferente. Más ligero. Una avioneta. Pasó volando alto, siguiendo el curso del río. Era una Cessna blanca y azul. Hizo un alabeo sobre el rancho y siguió de largo.

—Es el correo —dijo Chona, saliendo al porche secándose las manos en el delantal—. O los gringos turistas. Ya no hay peligro por aire, muchacho. Los narcos no vuelan avionetas tan bajo aquí, hay muchos cables de tirolesa ahora.

Me senté en el suelo, recargando la espalda en la pared de adobe. —¿Cómo está la niña?

—La fiebre rompió. Está sudando. Eso es bueno. Va a vivir.

Cerré los ojos. Sentí una lágrima escurrirme por la mejilla, caliente. —Gracias, tía.

—No me des las gracias. Mejor dime qué vas a hacer. Porque esos cabrones no van a dejar de buscar el papel.

Saqué el tema que me había estado rondando la cabeza. —María dice que hay litio. Que por eso las quieren.

Chona escupió al suelo con desprecio. —El nuevo oro del diablo. Sí, se rumora. Han estado comprando ejidos a la mala, amenazando gente. Pero la tierra de María es comunidad indígena. No se puede vender así nomás. Necesitan que ellas firmen una cesión de derechos o que…

—O que desaparezcan —terminé la frase.

—Exacto. Mientras ellas vivan, y tengan ese título original, esas tierras son intocables legalmente. Si las matan, declaran la tierra abandonada y el gobierno la expropia para dársela a las mineras. Así funciona el negocio.

Me levanté. Me dolía todo el cuerpo, pero sentía una claridad mental que no había tenido en años. —No van a desaparecer.

—¿Ah no? ¿Y tú qué vas a hacer, Mateo? Eres un vaquero, no un ejército.

—No, pero conozco a gente. Conozco al Padre Goyo. Conozco a los periodistas de Chihuahua que siempre andan buscando nota. Y conozco el camino de regreso.

—¿Te vas a regresar?

—Tengo que ir por mi caballo. Y tengo que ir a la fiscalía.

—Te van a matar antes de que llegues a la banqueta.

—No si hago suficiente ruido.

Pasamos tres días en el fondo del barranco. Tres días donde aprendí a conocer a María. No era una mujer de muchas palabras, pero su mirada lo decía todo. Me contó de su esposo, que lo mataron hace dos años por defender el bosque. Me contó de cómo Rosi quería ser maestra. Me enseñó a decir “Te quiero” en rarámuri: Ni nímale. Aunque no me lo dijo a mí, se lo decía a la niña. A mí me decía Korima, que es más profundo. Es compartir. Es la ley de la vida: lo que es mío es tuyo porque somos hermanos en la desgracia.

Rosi se recuperó. Era una niña fuerte, como su madre. Al tercer día ya andaba persiguiendo a las gallinas de Chona y comiendo mangos hasta quedar embarrada de amarillo hasta las orejas.

Al cuarto día, decidí subir. No podía quedarme escondido para siempre. Y ellas tampoco.

—Me voy —le dije a María mientras ella desgranaba maíz en el patio.

Ella detuvo sus manos. —Te van a cazar.

—Voy a hacer una llamada primero. Con el radio de onda corta de mi tía. Voy a hablar con un compadre que trabaja en el periódico “El Heraldo”. Le voy a contar todo. Nombres, placas de la camioneta, lo del litio. Si me pasa algo, la historia sale mañana en primera plana. Eso es mi seguro de vida.

—¿Y nosotras?

—Ustedes se quedan aquí hasta que el Padre Goyo diga que es seguro. Aquí nadie entra sin que Chona lo vea desde tres kilómetros antes.

María se levantó. Se acercó a mí. Era bajita, me llegaba al pecho. Olía a humo de leña y a jabón de pasta. Metió la mano en su falda y sacó algo envuelto en un trapo sucio. El papel. El título de propiedad. Un pergamino viejo, amarillento, con sellos reales de la época de la colonia española y resellos del gobierno revolucionario.

—Ten —me dijo, extendiéndolo.

—No, María. Eso es tuyo. Es la vida de tu hija.

—Si me lo quedo y me encuentran, me lo quitan y nos matan. Si tú te lo llevas… tú eres zorro. Tú sabes esconder cosas. Guárdalo donde nadie lo encuentre. Si un día es seguro… nos lo das. Si nos morimos… es tuyo.

Sentí el peso de ese papel en mi mano. Pesaba más que la niña. Pesaba más que el plomo. Era la historia de un pueblo entero resistiendo quinientos años de abusos. Lo tomé.

—Te juro por mi madre que este papel nadie lo toca —le dije, mirándola a los ojos.

—Lo sé. —Ella hizo algo que no esperaba. Me tomó la mano, esa mano mía llena de callos y cicatrices, y se la puso en la frente por un segundo. Un gesto de respeto absoluto—. Ve con Dios, Mateo.

El ascenso fue solitario, pero no triste. Subí en la camioneta del Padre, despacio. Llegué a Creel de noche. Fui directo a la parroquia. El Padre Goyo estaba cenando unos frijoles. Casi se atraganta cuando me vio entrar, sucio, barbón, pero vivo.

—¡Muchacho del demonio! —me abrazó—. ¡Los de la maña están volteando el pueblo buscándote! Quemaron tu cabaña en el rancho Los Álamos.

Sentí un piquete en el corazón, pero se pasó rápido. Eran tablas y láminas. Se podían reponer. —¿Y el Prieto? —pregunté, con el miedo en la garganta.

—Está en el corral de atrás. La Guardia Nacional subió por él cuando bajó la nieve. Está flaco, pero vivo.

Salí al patio trasero. Ahí estaba. Mi caballo negro. Me olió y relinchó suavemente. Lo abracé del cuello, hundiendo mi cara en sus crines ásperas. Olía a bestia, a sudor, a casa. —Te dije que te daba vacaciones, cabrón —le susurré, llorando por primera vez desde que empezó todo esto—. Pero me vas a tener que aguantar un rato más.

Esa misma noche, el reportaje salió en internet. Mi amigo periodista no se esperó al papel impreso. “TERROR EN LA SIERRA: EL LITIO Y LA CACERÍA DE UNA FAMILIA RARÁMURI”. La nota se hizo viral en horas. Mencionar el litio atrajo la atención de la prensa nacional e internacional. De repente, Creel se llenó de reporteros, de activistas, de observadores de derechos humanos. Las camionetas blindadas desaparecieron como cucarachas cuando prendes la luz de la cocina.

Los tipos del hospital… nunca supe sus nombres. Seguramente los movieron a otra plaza o los “enfriaron” sus propios jefes por hacer tanto ruido.

Un mes después, regresé al cañón. Esta vez no iba huyendo. Iba en una caravana con el Padre Goyo, dos camionetas de una ONG suiza y un grupo de abogados agrarios de la Ciudad de México. Bajamos por ellas.

Cuando llegamos al rancho de Chona, Rosi corrió hacia mí y se me colgó de la pierna. —¡Mateo! ¡Mateo!

María salió detrás, con un vestido nuevo, de colores brillantes, naranjas y rosas. Le entregué el paquete envuelto en plástico que había llevado pegado a mi cuerpo todo ese mes. —Aquí está —le dije—. Tu tierra es tuya. Y ahora hay un chingo de abogados gringos y chilangos que se van a pelear gratis para que nadie te la quite.

Ella tomó el papel. Sonrió. —Mateterad ba, Mateo. (Muchas gracias).

No hubo beso de película. No hubo romance forzado. Hubo algo mejor: respeto. Yo regresé a mi rancho quemado. Lo levanté de nuevo, tabla por tabla. Pero algo cambió. Ya no soy solo el vaquero que cuida vacas ajenas. Ahora, cuando miro hacia la sierra nevada, no veo un enemigo. Veo un templo. Y sé que, mientras yo tenga aire en los pulmones y mi caballo tenga fuerza en las patas, nadie va a tocar a los míos. Porque ahora sé que “los míos” no son solo los de mi sangre. Son los que la montaña pone en mi camino.

A veces, en las noches de viento, cuando el frío aprieta y me tomo un tequila solo frente a la chimenea, saco el cerillo quemado que guardé de aquella noche. Lo miro y recuerdo que, incluso en la oscuridad más perra, una sola chispa basta para quemar el miedo.

Y con eso me basta para dormir tranquilo.

FIN.

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