
El asfalto de Paseo de la Reforma parecía vibrar bajo mis zapatos italianos de veinte mil pesos. El ruido de los cláxones y el murmullo de la ciudad se convirtieron en un zumbido lejano, opacado únicamente por el sonido de mi propio corazón queriendo salirse de mi pecho.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, como si alguien me hubiera dado un puñetazo seco en la boca del estómago. A mi lado, Leticia, mi actual pareja y modelo de portada, no paraba de hablar sobre su próximo desfile de moda y lo insoportable que era el calor de la ciudad, pero su perfume, una fragancia francesa excesivamente cara, de repente me pareció asfixiante.
—Héctor, ¿me estás escuchando? O sea, te juro que el tráfico está fatal —decía ella, abanicándose con una mano perfectamente manicurada.
Pero yo no podía contestar. Mis pies se habían quedado pegados al cemento.
A unos pocos metros, cruzando la avenida, estaba Mariana. La mujer que había dejado atrás hace tres años, convencido de que su sencillez y su amor por el arte eran incompatibles con el éxito billonario que yo perseguía.
Empujaba una carriola doble. Se le notaba el cansancio en los hombros, empujando con una fuerza que demostraba fatiga, pero también una dignidad que yo había perdido hacía mucho tiempo. Me detuve en seco en medio de la banqueta, ignorando el jalón de brazo de Leticia, que casi se tropieza con sus propios tacones de aguja por mi culpa.
—¡Héctor! ¿Qué te pasa? —chilló Leticia, indignada.
No pude apartar la mirada. Mis ojos se clavaron en las dos caritas que se asomaban desde la cubierta de la carriola. Un escalofrío me recorrió la espalda completa. Esos bebés… tenían el mismo cabello castaño ondulado y la misma barbilla partida que yo veía cada mañana en el espejo al rasurarme.
La culpa, la nostalgia y una duda paralizante empezaron a corroer todas mis certezas de hombre exitoso. Mariana aún no me había visto; estaba concentrada en esquivar a los peatones apresurados y proteger a los niños.
—¡Héctor! ¡Es de pésimo gusto quedarse parado así! ¿A quién ves? ¿A esa mujer toda desarreglada? —dijo Leticia con voz fuerte, llamando la atención de la gente.
Sentí una ola de ira hacia Leticia que nunca antes había experimentado. Me solté de su brazo con brusquedad, dejándola con la boca abierta en plena calle.
—¡Cállate, Leticia! —le grité, y empecé a caminar hacia el paso de cebra, aunque el semáforo ya estaba en rojo para mí.
Los coches empezaron a tocar el claxon. Un taxista me gritó: “¡Fíjate, pende*o!”, pero yo no escuchaba nada. Solo necesitaba llegar a Mariana. Necesitaba saber.
Corrí, ignorando el sudor que empezaba a mojar mi camisa de seda. Al alcanzarla, sujeté suavemente el mango de la carriola, obligándola a detenerse. Mariana se giró. Sus ojos se encontraron con los míos y el tiempo se detuvo.
No hubo sonrisa. No hubo saludo. Su expresión pasó del cansancio a un terror helado, seguido de un dolor profundo que me atravesó como una flecha.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella con voz firme, aunque sus ojos estaban cristalosos.
Bajé la mirada hacia los dos niños. Me miraban con curiosidad. Tenían mis ojos. Verdes, intensos, llenos de vida.
—¿Son mis hijos? —pregunté en un susurro, sintiendo que mi mundo se venía abajo.
Mariana soltó una risa amarga, llena de dolor.
—Son hijos del hombre que me abandonó cuando más lo necesitaba —respondió secamente—. Y en su acta de nacimiento no hay padre, porque el hombre que yo amaba m*rió el día que nació el millonario.
EN ESE MOMENTO, LETICIA NOS ALCANZÓ GRITANDO Y LO QUE MARIANA SACÓ DE SU BOLSO PARA CALLARNOS A TODOS FUE DEVASTADOR…
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI DESCUBRIERAS QUE TIENES DOS HIJOS QUE NO CONOCÍAS?
Parte 2: El Precio del Silencio y el Camino a la Redención
El claxon de un taxi impaciente rompió el silencio sepulcral que se había instalado entre Mariana y yo, pero ni siquiera parpadeé. El mundo a nuestro alrededor, esa ajetreada esquina de la Ciudad de México con su ruido infernal, sus vendedores ambulantes y el olor a smog mezclado con tacos de canasta, parecía haberse desvanecido. Solo existían esos dos pares de ojos verdes —mis ojos— mirándome desde la carriola, y la mirada de acero de la mujer que alguna vez fue mi todo.
—¿M*erto? —repetí, la palabra sabiendo a ceniza en mi boca—. Mariana, estoy aquí. Estoy vivo. Soy yo, Héctor.
—No —respondió ella, y su voz no tembló, lo cual me dolió más que si me hubiera gritado—. El Héctor que yo conocía, el que soñaba con construir un futuro honesto, el que se comía una torta conmigo en la banqueta riéndose de la vida… ese hombre no existe. Tú eres solo un extraño con un traje muy caro y el alma muy vacía.
Fue entonces cuando la realidad, en forma de un huracán llamado Leticia, nos golpeó.
—¡Héctor! —el grito de mi novia resonó agudo y cargado de veneno—. ¡¿Me vas a explicar qué demonios haces hablando con esta… pordiosera?! ¡Llevo cinco minutos gritándote! ¡La gente nos está mirando!
Leticia llegó a nuestro lado, su rostro, usualmente perfecto y maquillado para las cámaras, estaba contorsionado por una furia clasista que nunca le había visto tan de cerca. Miró la carriola con un desprecio absoluto, como si los niños fueran algún tipo de plaga urbana.
—¿Es por esto? —dijo Leticia, señalando a Mariana con su uña acrílica—. ¿Me estás haciendo pasar este ridículo por una madre soltera que seguramente quiere sacarte dinero? Por favor, Héctor, dile que se vaya o llamo a seguridad.
La crueldad en sus palabras fue el detonante. Algo se rompió dentro de mí. Miré a Leticia y, por primera vez en tres años, vi la verdad. No vi a la mujer sofisticada que presentaba en las galas de caridad; vi un reflejo grotesco de en lo que yo mismo me había convertido: superficial, cruel, vacío.
Sentí una oleada de ira, pero no contra Mariana, sino contra la farsa que era mi vida.
—Cállate, Leticia —dije, mi voz saliendo grave y oscura.
Ella parpadeó, sorprendida. —¿Perdón? ¿Qué me dijiste?
—Dije que te calles —alcé la voz, girándome hacia ella—. Y no vuelvas a hablarles así. Ni a ella, ni a los niños.
—¡Tú no me hablas así! —chilló ella, indignada—. ¡Soy tu prometida! ¡Soy la imagen de tu empresa! ¡Estás destruyendo todo por… por esto!
—Se acabó, Leticia —la corté en seco, sintiendo un peso enorme levantarse de mis hombros—. Todo esto… tú, yo, las cenas, las fotos… se acabó. Vete. Agarra un taxi y vete. No quiero verte.
Leticia se quedó boquiabierta, su cara pasando del rojo furia al pálido de la humillación. La gente alrededor, los oficinistas que habían salido a fumar y las señoras que pasaban, empezaron a murmurar. Humillada y furiosa, Leticia lanzó una última amenaza: —¡Te vas a arrepentir, Héctor! ¡Vas a volver arrastrándote cuando te des cuenta de que cambiaste un diamante por basura!.
Dio media vuelta y se alejó taconeando furiosamente, perdiéndose entre la multitud. Ni siquiera la miré irse. Mi atención regresó de inmediato a lo único que importaba.
Mariana me observaba con una expresión indescifrable. No había gratitud en su rostro por haberla defendido, solo una mezcla de incredulidad y cautela.
—Mariana… —empecé, dando un paso hacia ella—. Necesitamos hablar. Por favor. Si son mis hijos, tengo derecho a saber. Tengo derecho a…
—¿Derecho? —me interrumpió, soltando una risa seca que me heló la sangre—. ¿Hablas de derechos, Héctor? ¿Dónde estaban tus derechos cuando Teo tuvo fiebre de 40 grados y yo no tenía para el doctor? ¿Dónde estaban tus derechos cuando tuve que vender el anillo que me dio mi abuela para comprar leche? ¿Dónde estabas tú?
Cada pregunta era un latigazo. —No lo sabía… Te juro que si hubiera sabido del embarazo, jamás me habría ido.
—¡No sabías porque no quisiste saber! —estalló ella, y por primera vez vi lágrimas en sus ojos—. ¡Te llamé, Héctor! ¡Te escribí cartas! ¡Fui a tu oficina y tu secretaria me sacó como si fuera una delincuente! ¡Bloqueaste mi número!. Trataste nuestro amor como un contrato desechable que ya no te servía.
Me quedé mudo. Los recuerdos me golpearon. Hace tres años, en mi carrera ciega hacia el primer millón, había dado órdenes estrictas: “No quiero distracciones. Nadie del pasado. Filtra todo”. Había borrado a Mariana no solo de mi teléfono, sino de mi vida, convencido de que ella era el ancla que me impedía volar. Qué estúpido fui.
Mariana tomó el manubrio de la carriola. —No tienes nada que hacer aquí, Héctor. Regresa a tu torre de cristal. Mis hijos, Teo y Lucas, no necesitan un cajero automático. Necesitan un padre, y tú dejaste claro hace mucho que no tienes lo que se necesita para serlo.
Empezó a caminar, alejándose de mí. Pero esta vez, mis pies no se quedaron pegados al suelo. No podía dejarla ir. No otra vez.
La seguí. No me atreví a caminar a su lado, así que mantuve una distancia respetuosa, caminando unos pasos detrás de ella como un perro callejero que espera una sobra de compasión. Caminamos cuadras enteras, alejándonos de la zona financiera de Reforma y adentrándonos en las calles más viejas y desgastadas del centro.
El contraste era brutal. Dejé atrás los rascacielos de vidrio y acero para entrar en un barrio de vecindades antiguas, donde la pintura se descarapelaba y los cables de luz colgaban como telarañas negras sobre las calles. Finalmente, se detuvo frente a un edificio viejo, de esos que sobrevivieron al terremoto de milagro.
Antes de meter la llave en la reja oxidada, se giró.