
Me llamo Santiago. Tengo 32 años y las manos llenas de callos por trabajar una tierra que, por mucho tiempo, solo me dio deudas y silencio.
Cuando mi viejo f*lleció hace cinco años, me dejó 600 hectáreas de monte en la Sierra y una cuenta pendiente que hubiera quebrado a cualquiera. Pagué cada centavo, peso sobre peso, sacrificando mi vida entera. Me gané el respeto de la gente del pueblo, allá abajo en el valle, pero el respeto no te calienta el café en la mañana ni se sienta a platicar contigo en la cena.
Mi única familia era “El Pinto”, un Border Collie que me regaló un cura de paso cuando apenas era una bola de pelos. Ese perro no es normal; siente las tormentas antes de que truenen y halla becerros perdidos donde yo ya me había rendido. Nunca, escúchenme bien, nunca me había desobedecido. Hasta esa mañana.
El viento soplaba frío, con ese olor a pino y lluvia lejana que cala los huesos. Íbamos bordeando el arroyo seco cuando El Pinto se frenó en seco.
El pelo del lomo se le erizó. Se quedó viendo fijamente hacia unos matorrales de huizache y hierba mala.
—¡Vámonos, Pinto! —le chiflé, jalando las riendas de mi yegua.
Nada. El perro parecía de piedra. Ni un músculo movía.
Me bajé del caballo, sintiendo esa punzada rara en el pecho que te avisa cuando algo no cuadra. Mis botas tronaban las hojas secas mientras me acercaba.
—¿Qué traes, amigo? —le puse la mano en la cabeza, pero ni me volteó a ver. Su mirada estaba clavada en la maleza.
Empujé las ramas espinosas con cuidado, rasgándome la chamarra. Y entonces, el corazón se me detuvo un segundo para luego latir a mil por hora.
Ahí, tirada contra un tronco podrido, había una mujer.
Su vestido, que alguna vez debió ser bonito, estaba lleno de lodo y roto de la orilla. Tenía el cabello enmarañado cayéndole sobre la cara y una maleta vieja tirada a un lado, con sus pocas cosas regadas en la tierra húmeda.
Me hinqué de golpe. Estaba pálida, flaca, como si llevara días sin comer.
—¿Señorita? —susurré, con miedo de asustarla o, peor, de que no respondiera.
Abrió los ojos. Eran verdes, como el monte después de llover, pero estaban llenos de pánico. Se encogió hacia atrás, protegiéndose con las manos temblorosas, como si esperara un g*lpe.
—Agua… por favor —su voz fue apenas un hilo de aire.
Le acerqué mi cantimplora. Bebió con desesperación, sus manos frías tocando las mías. Al terminar, me miró y vi una soledad tan profunda como la mía reflejada en sus ojos. Noté su tobillo, hinchado al doble de su tamaño normal. Estaba atrapada.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —le pregunté.
—Desde ayer… mi caballo se asustó y me dejó… traté de caminar al pueblo, pero… —señaló su pie y se le quebró la voz.
Le tendí la mano. Ella dudó. Me miró como si estuviera decidiendo si confiar en mí era m*rtal o su única salvación.
EN ESE MOMENTO, EL PINTO SE ACERCÓ Y LE LAMIO LA MANO CON UNA TERNURA QUE YO HABÍA OLVIDADO QUE EXISTÍA. ¿PODRÍA ESTA DESCONOCIDA SER LA PIEZA QUE FALTABA EN ESTE RANCHO OLVIDADO?
PART 2: EL PESO DE LA TORMENTA Y EL SILENCIO ROTO
No sé cuánto tiempo nos quedamos así, congelados en esa fracción de segundo donde el mundo deja de girar. Ella me miraba con esos ojos verdes llenos de lágrimas contenidas y yo, un hombre de monte que se cree hecho de piedra, sentía que las piernas me temblaban más que cuando me enfrenté a los acreedores de mi padre. El Pinto, mi perro, había roto el hielo lamiéndole la mano, y ese gesto tan simple, tan puro, fue lo que me dio el valor para moverme.
—No se mueva bruscamente, oiga —le dije, tratando de suavizar mi voz, que por falta de uso sonaba rasposa, como grava arrastrada por el río—. Ese tobillo se ve mal. Necesitamos sacarla de aquí antes de que caiga la noche. La Sierra no perdona a nadie cuando baja el sol, y menos con este frío que ya se siente en los huesos.
Ella asintió, apretando los labios para no soltar un gemido. Se notaba que era valiente, o que el miedo la había paralizado tanto que ya no sentía el dolor de la misma manera. Me quité la chamarra de mezclilla, esa que tiene el borrego por dentro y que me ha acompañado en mil batallas, y se la puse sobre los hombros. Al hacerlo, rocé su piel y estaba helada, fría como el mármol de una tumba.
—Gracias —susurró. Se aferró a la chamarra como si fuera un salvavidas en medio del océano. El olor a perfume caro que desprendía, aunque mezclado con lodo y sudor, golpeó mi nariz. Ese olor no pertenecía a este lugar. Aquí huele a pino, a tierra mojada, a estiércol y a trabajo duro. Ella olía a ciudad, a oficinas cerradas, a otra vida.
Miré a mi yegua, “La Muñeca”. Es un animal noble, pero nervioso con los extraños. —Mire, señorita… ¿cuál es su gracia? Digo, ¿cómo se llama? —pregunté, mientras evaluaba la mejor manera de subirla sin lastimarla más. —Marina —contestó, bajando la mirada hacia sus manos sucias. —Mucho gusto, Marina. Yo soy Santiago. Y este metiche que le cayó bien es El Pinto. Ahora escúcheme bien: no voy a mentirle, esto va a doler. Tengo que subirla a la yegua. Usted no puede caminar ni un metro más, y yo no puedo dejarla aquí. ¿Confía en mí?
Ella levantó la vista. Me escrutó. Buscaba maldad, buscaba segundas intenciones. Es la mirada de quien ha sido lastimada antes, la mirada de un animal acorralado que espera el golpe final. Pero algo en mi cara, quizás el cansancio, quizás la honestidad de mis manos abiertas, la convenció. —Confío —dijo, aunque su voz temblaba.
Lo que siguió fue una maniobra torpe y dolorosa. Me agaché junto a ella. Tuve que pasar mi brazo por debajo de sus rodillas y el otro por su espalda. Al levantarla, soltó un grito ahogado que se clavó en mi pecho como una espina. Pesaba muy poco, demasiado poco. Era como cargar un pájaro con el ala rota. La acerqué a la yegua, hablándole suave al animal: “Quieta, Muñeca, quieta, chula”.
Con un esfuerzo que me tensó hasta el último músculo de la espalda, logré sentarla en la silla de montar. Ella se dobló sobre el cuello del caballo, jadeando, con la cara perlada de sudor frío por el dolor del movimiento. Su tobillo derecho colgaba inerte, hinchado de una forma grotesca, morado como una ciruela a punto de reventar.
Recogí su maleta del suelo. Era de cuero, vieja pero fina, pesada. ¿Qué cargaba ahí? ¿Qué es tan importante como para arrastrarlo por el monte hasta casi morir? La amarré como pude a la parte trasera de la montura.
—Sosténgase fuerte de la cabeza de la silla —le ordené, tomando las riendas—. Yo iré caminando y guiando a la Muñeca. El Pinto nos cuidará la espalda.
El camino de regreso al rancho fue un calvario lento. El cielo, que ya estaba gris, decidió que era el momento perfecto para llorar. Empezó a llover, primero unas gotas gordas y dispersas, y luego una llovizna constante, terca, de esas que empapan hasta el alma.
Yo caminaba delante, jalando a la yegua, resbalando a veces en el lodo que se formaba rápidamente. Cada vez que el caballo daba un paso en falso o pisaba una piedra, escuchaba un sollozo ahogado de Marina a mis espaldas. Me daban ganas de cargarla yo mismo para evitarle el zarandeo, pero sabía que con el terreno así, los dos terminaríamos en el suelo.
—Ya falta poco —le mentí un par de veces. Faltaban kilómetros. El rancho “La Esperanza” (vaya ironía de nombre para un lugar tan solo) estaba lejos del arroyo seco.
Mientras caminábamos, el silencio entre nosotros era denso, solo roto por la lluvia y el jadeo del perro. Mi mente, sin embargo, era un hervidero. ¿Qué hacía yo con una mujer herida en mi casa? Yo no sé de medicinas, yo sé de curar pezuñas de vaca y de inyectar ganado. Vivo solo. Mi casa es un desastre de hombre soltero: platos en el fregadero, ropa en la silla, polvo en los rincones donde la escoba nunca llega. La vergüenza me empezó a quemar las orejas. ¿Qué iba a pensar ella? Aunque, viéndola bien, medio desmayada sobre el caballo, creo que la limpieza de mi cocina era la menor de sus preocupaciones.
Llegamos al casco del rancho cuando la tarde ya se rendía ante la noche. Las luces del porche no estaban encendidas porque, claro, no había nadie para prenderlas. Solo la silueta oscura de la casa se recortaba contra el cielo tormentoso.
—Llegamos —anuncié, deteniendo a la Muñeca frente a la entrada principal.
Marina no respondió. Me alarmé. Solté las riendas y corrí a su lado. Estaba casi inconsciente, tiritando violentamente. La fiebre había empezado a hacer su trabajo.
—¡Marina! —la llamé, sacudiéndola un poco del hombro sano. Abrió los ojos, pero su mirada estaba vidriosa, perdida. —Hace frío… —balbuceó.
No lo pensé dos veces. Esta vez no hubo ceremonias ni preguntas. La tomé en mis brazos y la bajé del caballo. Sentí su cuerpo ardiendo a pesar de la ropa mojada. Patée la puerta de la entrada (la chapa siempre se atora) y entré con ella en brazos al recibidor oscuro.
El Pinto entró detrás de nosotros, sacudiéndose el agua y llenando el piso de lodo, pero ni siquiera tuve cabeza para regañarlo. Llevé a Marina directo a mi habitación. Era el único cuarto con la cama tendida y sábanas medio limpias; el cuarto de huéspedes se había convertido en un almacén de sillas rotas y cajas de papeles viejos desde que murió mi papá.
La deposité con cuidado sobre el edredón. Ella se acurrucó instintivamente, buscando calor.
Ahora venía la parte difícil. Tenía que quitarle esa ropa mojada o le daría una neumonía, y tenía que revisar ese tobillo. Me sentí un intruso, un violador de su intimidad. Mis manos, acostumbradas a la rudeza del alambre de púas y el hacha, temblaban al intentar desabotonar la chamarra que yo mismo le había prestado.
—Marina… oiga, necesito que me ayude un poco —le dije, mi voz sonando estúpidamente nerviosa en la penumbra del cuarto. Encendí la lámpara de la mesa de noche. La luz amarilla iluminó su rostro pálido, sus labios casi azules. Era hermosa, de una manera trágica y dolorosa que me recordaba a las Vírgenes de las iglesias antiguas.
Con los ojos cerrados, ella asintió. Hice lo que pude, respetando su pudor al máximo, cerrando los ojos o mirando a la pared mientras ella, con movimientos torpes y dolorosos, se deshacía de lo más mojado. Le traje una de mis camisas de franela, una gigante de cuadros rojos. Le quedaba como un vestido de noche, enorme, cubriéndola hasta las rodillas.
Luego, me enfoqué en el pie. El zapato, un botín de piel fina, estaba encajado en la hinchazón. No iba a salir por las buenas. Fui a la cocina y regresé con mi navaja, esa que siempre llevo al cinto y que mantengo afilada como bisturí. —Voy a tener que cortar el zapato —le avisé. —Házlo —dijo ella, apretando los dientes y agarrando las sábanas con los puños cerrados.
Corté el cuero con cuidado quirúrgico. Al liberar el pie, el alivio en su rostro fue evidente, seguido de una mueca de horror al ver el estado de su tobillo. Estaba deforme. No soy médico, pero he visto suficientes huesos rotos en animales para saber que eso no era un simple esguince.
—No está expuesta la fractura, eso es bueno —dije, tratando de sonar profesional—. Pero hay que inmovilizarlo.
Fui por el botiquín de primeros auxilios del rancho. Alcohol, vendas, pomada para golpes de caballo (que es mejor que cualquier cosa de farmacia humana) y unas tablillas de madera que uso para injertar árboles. Mientras le limpiaba el pie con alcohol, ella soltó un gemido largo y agudo. El Pinto, que estaba echado a los pies de la cama, levantó la cabeza y soltó un gemido empático, mirándome como diciendo: “Cuidado, bruto, que la lastimas”.
—Perdón, perdón… ya casi acabo —murmuraba yo, sudando la gota gorda. Me sentía más torpe que nunca. Mis manos grandes parecían garras de oso tratando de arreglar un reloj suizo. Pero lo hice. Entablillé el tobillo, lo vendé firme pero sin cortar la circulación, y le puse almohadas debajo para mantenerlo elevado.
Después, fui a la cocina. Necesitaba que comiera algo caliente. Encendí la estufa vieja y puse agua para un café de olla, con canela y piloncillo, como le gustaba a mi mamá. Calenté un caldo de pollo que me había sobrado del día anterior. Mientras el aroma a canela llenaba la casa, desplazando el olor a humedad y soledad, me recargué en la barra de la cocina y suspiré.
Miré mis manos. Todavía tenían un poco de lodo y sangre seca de los rasguños de los huizaches. ¿En qué lío me había metido? Una mujer desconocida, una maleta misteriosa, un caballo perdido. En los pueblos chicos como este, los chismes vuelan más rápido que el viento. Si alguien se enteraba que tenía a una mujer aquí, las lenguas empezarían a afilarse. Pero no podía llevarla al pueblo ahora, el camino con lluvia se pone intransitable para la camioneta vieja que tengo, y el doctor del pueblo es un borracho que a estas horas ya no atiende ni al teléfono.
Regresé al cuarto con una charola. Marina estaba despierta, mirando el techo con una expresión vacía. —Tómese esto —le dije, ayudándola a incorporarse. Le puse la taza de café en las manos. El vapor le dio en la cara y vi cómo sus hombros se relajaban un poco. —Gracias, Santiago —dijo mi nombre por primera vez con claridad. Sonó extraño en esta casa donde nadie me llama, donde solo escucho el eco de mis propias botas.
Comió poco, pero el color volvió un poco a sus mejillas. Luego, el cansancio y, supongo, el shock emocional, la vencieron. Se quedó profundamente dormida.
Yo no dormí. Acerqué una silla vieja de madera junto a la cama. El Pinto se echó a mis pies. Me quedé ahí, velando su sueño, escuchando su respiración irregular. Cada vez que ella se movía o gemía en sueños, yo me tensaba, listo para… no sé, ¿para defenderla? ¿De qué? ¿De sus pesadillas?
Afuera, la tormenta se desató con furia. Los truenos retumbaban en la sierra y los relámpagos iluminaban el cuarto por breves instantes, revelando el rostro de Marina en blanco y negro, como una fotografía antigua. En uno de esos destellos, vi la maleta en el rincón. La curiosidad me picaba las manos. ¿Qué había ahí? ¿Dinero? ¿Cartas de amor? ¿Un arma?
Pero mi padre me enseñó una cosa: un hombre se mide por su respeto a lo ajeno. Esa maleta era su vida, y yo no tenía derecho a hurgar en ella, por más que la intriga me estuviera matando.
Me puse a pensar en mi vida. Cinco años solo. Cinco años pagando deudas, levantando cercas, peleando con la sequía, con las plagas, con el banco. Cinco años sin que nadie me preguntara “¿cómo te fue hoy?”. Había tenido novias, claro, muchachas del pueblo, pero nada serio. Mi vida era el rancho. El rancho era una amante celosa que exigía todo mi tiempo y energía. Y ahora, de la nada, el destino me tiraba a esta mujer a los pies. ¿Era una prueba? ¿Un castigo? ¿O un regalo?
Cerca de las tres de la mañana, la fiebre le subió. Empezó a delirar. —No… no me pegues… ya me voy… te lo juro que ya me voy… —murmuraba, moviendo la cabeza de un lado a otro en la almohada, sudando a mares.
Se me heló la sangre. “No me pegues”. Esas palabras me dieron ganas de golpear la pared. Alguien le había hecho daño. Alguien había roto algo dentro de ella mucho antes de que se rompiera el tobillo en el monte. Tomé un trapo, lo mojé en agua fría de la palangana que había traído y se lo puse en la frente. —Shhh, tranquila, Marina. Aquí nadie te va a tocar. Estás segura. Estás en La Esperanza —le susurraba, acariciando su cabello enmarañado. Nunca he sido bueno con las palabras, pero en ese momento, me salieron del alma.
Ella agarró mi mano con una fuerza sorprendente. Sus uñas se clavaron en mi piel. No me soltó. Y así pasé el resto de la noche, con la mano atrapada por una desconocida aterrorizada, sentado en una silla dura, escuchando la lluvia y sintiendo, por primera vez en años, que mi vida tenía un propósito distinto a simplemente sobrevivir.
Cuando amaneció, la lluvia había parado. Un rayo de sol tímido se colaba por la cortina y le daba directo en la cara. Me desperté con el cuello torcido y la espalda hecha pedazos. Me había quedado dormido en la silla.
Miré a la cama. Marina estaba despierta. Me miraba. Sus ojos verdes ya no tenían pánico, tenían… curiosidad. Y algo de vergüenza. Soltó mi mano rápidamente, como si quemara. —Buenos días —dije, carraspeando para aclararme la garganta. —Buenos días… Santiago —contestó ella. Su voz estaba ronca—. ¿Dormiste ahí toda la noche?
Me encogí de hombros, restándole importancia. —Alguien tenía que vigilar que la fiebre no se la llevara. ¿Cómo se siente? —Como si me hubiera atropellado un camión —intentó sonreír, pero fue una mueca—. Me duele todo. Pero… estoy viva. Gracias a ti.
Me levanté, estirándome. Mis articulaciones tronaron como madera seca. —Gracias al Pinto. Él la encontró. Yo solo fui el transporte. Voy a hacer desayuno. ¿Le gustan los huevos con machaca? Es lo único que sé hacer bien. Bueno, eso y quemar el pan.
Ella soltó una risita suave, un sonido corto y musical que pareció iluminar el cuarto lúgubre más que el sol de la ventana. —Me encanta la machaca —dijo.
Salí a la cocina con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Mientras batía los huevos, no podía dejar de pensar en lo que había dicho en sueños. “¿No me pegues?”. La rabia me volvía a subir.
Regresé con el desayuno. Le había acomodado una mesita en la cama. Comimos en silencio unos minutos, un silencio diferente al de ayer. Menos tenso. Más… cómplice.
—Santiago… —empezó ella, dejando el tenedor en el plato—. Sé que tienes preguntas. Sé que es raro encontrar a una mujer con maleta en medio de la nada. —Tengo muchas preguntas, Marina. Pero mi viejo decía que cada quien carga su costal y sabe lo que pesa. Usted me contará cuando quiera, y si no quiere, pues no cuenta nada. Aquí en el rancho no somos de pedir explicaciones.
Ella me miró con una intensidad que me hizo bajar la vista al plato. —Me iba a casar —soltó de golpe. Levanté la cabeza. —¿Te ibas? —En dos semanas. Con un hombre… importante. Un hombre con mucho dinero y mucho poder en la capital. Mi familia estaba feliz. Decían que me había sacado la lotería. Hizo una pausa, sus dedos jugueteaban nerviosos con la orilla de la sábana. —Pero él… él cree que es dueño de las cosas. Y de las personas. Cuando se enoja… —se tocó instintivamente el brazo, donde la manga de mi camisa cubría su piel—. Cuando se enoja, se transforma. Yo no quería ser otra de sus posesiones. No quería ser un trofeo golpeado en una mansión de oro. Así que agarré lo que pude, tomé el primer autobús al norte, me bajé en el pueblo y… pensé que podía cruzar la sierra para llegar con una tía que vive en el otro estado. Pagué por un caballo, un guía me estafó y me dejó a la mitad del camino con el animal… y el resto ya lo sabes. El caballo se asustó con una víbora y me tiró.
La historia tenía sentido. Y al mismo tiempo, sentía que faltaban pedazos. Pero el miedo en sus ojos era real. Las marcas invisibles estaban ahí. —Pues aquí ese hombre no tiene poder —le dije, y mi voz salió grave, casi como una promesa de guerra—. Aquí en la Sierra mandan el clima y Dios, y a veces ni Dios se acuerda de nosotros. Pero nadie entra a mi rancho sin mi permiso.
Ella me miró con gratitud, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. —No quiero causarte problemas, Santiago. En cuanto pueda caminar… —En cuanto pueda caminar, veremos. Por ahora, usted no se mueve de esa cama. El tobillo necesita reposo absoluto. Y yo necesito a alguien que me diga si la machaca me quedó salada, porque el Pinto se come todo sin quejarse y no es buen crítico gastronómico.
Los días siguientes fueron una rutina extraña y maravillosa. Mi vida solitaria se llenó de una presencia femenina que lo cambiaba todo. Me levantaba antes del amanecer para hacer las faenas del campo, revisaba el ganado, reparaba cercas, pero durante todo el día, mi mente estaba en la casa. “Tengo que volver temprano”, pensaba. “Tengo que ver si Marina necesita algo”.
A mediodía, regresaba a la casa. Ella, desde la cama, o a veces sentada en un sillón que moví a su cuarto, me platicaba cosas. Me hablaba de libros que yo nunca había leído, de música que nunca había escuchado, de lugares en la ciudad que sonaban a otro planeta. Y yo le hablaba del campo. Le enseñé a distinguir el canto del cenzontle del de la calandria. Le conté cómo se sabe si va a llover por la forma en que vuelan las golondrinas.
Hubo un momento, creo que fue al cuarto día. Yo estaba sentado en el borde de la cama, cambiándole el vendaje. La hinchazón había bajado mucho y el moretón estaba cambiando de negro a amarillo verdoso. Al terminar, levanté la vista y la encontré mirándome fijamente. No dijo nada. Solo extendió la mano y me tocó la cara. Sus dedos eran suaves, finos, rozando mi barba de tres días y la piel curtida de mi mejilla. —Tienes ojos tristes, Santiago —susurró—. Pero son los ojos más buenos que he visto en mi vida.
Me quedé paralizado. El contacto de su mano era eléctrico. Sentí un nudo en la garganta. Quería inclinarme, quería abrazarla, quería decirle que mis ojos ya no estaban tan tristes desde que ella había llegado. Pero el miedo me frenó. El miedo a ser solo un refugio temporal, un momento de paso en su vida. Ella era una mujer de ciudad, culta, fina. Yo soy un ranchero con deudas y las manos sucias.
Me levanté bruscamente, asustándola un poco. —Voy… voy a traer leña. Va a enfriar en la noche —dije, y salí del cuarto casi huyendo.
Afuera, recargado en el poste del porche, respiré el aire frío de la noche para calmarme. El Pinto se sentó a mi lado, recargando su cabeza en mi pierna. —¿Qué estamos haciendo, amigo? —le pregunté al perro—. Nos estamos metiendo en camisa de once varas. Ella se va a ir. Tiene que irse. Y cuando se vaya, esta casa se va a sentir más grande y más vacía que nunca.
Pero el destino, o la vida, o lo que sea que mueve los hilos de este mundo loco, tenía otros planes.
A la semana, Marina ya podía usar unas muletas improvisadas que le fabriqué. Empezó a salir a la cocina, a la sala. Empezó a tomar control. De repente, la casa estaba limpia. Había flores silvestres en un frasco de mermelada sobre la mesa. La ropa ya no estaba amontonada. Incluso la comida sabía mejor, porque ella me dirigía desde la silla: “Ponle más orégano”, “bájale a la flama”.
Nos convertimos en un equipo extraño. El ranchero y la fugitiva.
Pero la realidad siempre te alcanza, tarde o temprano.
Fue un martes. Había bajado al pueblo por provisiones y medicina para una vaca. Estaba en la tienda de abarrotes, cargando costales de harina, cuando vi el cartel pegado en el poste de luz, justo afuera.
Era una foto borrosa, pero inconfundible. “SE BUSCA. DESAPARECIDA”. Había una foto de Marina. Pero no decía Marina. Decía “Valeria”. Y abajo, un número de teléfono y un nombre de contacto. Y una recompensa. Una recompensa grande, en dólares.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Arranqué el papel con rabia, lo arrugué en mi puño y me lo metí al bolsillo. Miré a todos lados, paranoico. ¿Alguien más lo había visto? El dueño de la tienda me saludó: —¿Qué pasó, Santiago? ¿Todo bien? Te ves pálido. —Todo bien, Don Beto. Solo… me cayó mal el desayuno.
Manejé de regreso al rancho volando, la camioneta derrapando en las curvas de terracería. Mi cabeza daba vueltas. Me había mentido en el nombre. ¿En qué más me había mentido? ¿Era una criminal? No, imposible. Esos ojos no mienten. Pero… “Se busca”. ¿Quién la busca? ¿El novio golpeador? ¿O la policía?
Llegué al rancho y entré azotando la puerta. Marina estaba en la cocina, tarareando una canción mientras cortaba unas verduras sentada. Se sobresaltó al verme entrar así. —¡Santiago! Me asustaste. ¿Qué pasa?
Saqué el papel arrugado de mi bolsillo y lo puse sobre la mesa, alisándolo con la palma de la mano. —¿Quién es Valeria? —pregunté, mi voz temblando de una mezcla de ira y miedo a perderla.
Ella se quedó helada. El cuchillo cayó de su mano y golpeó la mesa con un ruido seco. Su rostro perdió todo el color que había ganado en estos días. Se acercó a la mesa, cojeando, y miró el papel. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. —Santiago… te lo puedo explicar. —Me dijiste Marina. Me dijiste que huías de un novio. ¿Qué es esto de la recompensa? ¿Quién te busca con tanto dinero? ¿Te robaste algo? ¿Hiciste algo? —¡No! —gritó ella, y se dejó caer en la silla, cubriéndose la cara con las manos—. No robé nada. Bueno, sí… me robé a mí misma. Ese hombre… el que puso el cartel… no es solo mi prometido. Es… es el hijo del Gobernador. Y esa recompensa no es para quien me encuentre viva y sana. Es para quien me entregue. Él no quiere que vuelva. Quiere que vuelva para darme una lección. Si vuelvo, Santiago… si vuelvo, me va a matar.
El silencio que siguió fue sepulcral. Hijo del Gobernador. Poder. Política. Corrupción. Me estaba enfrentando a fuerzas que podían aplastar mi rancho y mi vida con un chasquido de dedos. Miré a la mujer temblando en mi cocina. Miré al perro, que se había puesto entre ella y yo, protegiéndola. Miré mi casa, mis cosas.
Si la entregaba, me daban el dinero. Podría pagar las deudas que aún quedaban, comprar maquinaria nueva, arreglar la casa. Sería el fin de mis problemas económicos. Y sería el fin de mi alma.
Me acerqué a ella. Ella se encogió, esperando el rechazo, esperando que la corriera. En lugar de eso, tomé el papel de la mesa. Saqué mi encendedor del bolsillo. —Santiago… ¿qué haces? —preguntó ella, mirándome con los ojos muy abiertos. Prendí fuego a una esquina del papel. Vimos juntos cómo la cara de “Valeria” y la promesa de dinero se convertían en ceniza negra y humo.
—Aquí no vive ninguna Valeria —dije con firmeza—. Aquí vive Marina. Y Marina está bajo mi protección.
Ella se levantó, ignorando el dolor del tobillo, y se lanzó a mis brazos. Me abrazó con una desesperación que me rompió por dentro. La envolví con mis brazos fuertes, hundiendo mi cara en su cabello. Olía a leña y a jabón de lavandería, mi jabón. Ya olía a rancho. Ya olía a mi hogar.
—Gracias… gracias… —sollozaba contra mi pecho. —No llores —le susurré, acariciando su espalda—. Pero tenemos que ser listos. Si pusieron carteles en el pueblo, pronto vendrán a preguntar. Nadie sube a la Sierra si no tiene a qué, pero si ofrecen dinero, algún vivales querrá investigar.
Esa noche, no dormí en la silla. Me senté en el porche con mi rifle viejo sobre las rodillas y el Pinto a mi lado, vigilando el camino de entrada. La luna iluminaba el sendero de tierra. Sabía que mi vida tranquila se había acabado. Sabía que se avecinaba una tormenta peor que la lluvia, una tormenta de hombres y violencia.
Pero al mirar hacia la ventana iluminada donde Marina dormía, supe que valía la pena. Por primera vez en mi vida, tenía algo que defender que no fuera tierra y vacas. Tenía a alguien. Y por mi madre que está en el cielo, que no iba a dejar que nadie se la llevara.
El sonido de un motor a lo lejos me hizo tensar el cuerpo. Eran las dos de la mañana. Nadie anda por aquí a estas horas. El Pinto se puso de pie, el pelo del lomo erizado, y soltó un gruñido bajo, profundo, amenazante.
Me levanté, corté cartucho al rifle. El sonido metálico resonó en la noche silenciosa. —Métete a la casa, Pinto —ordené en voz baja. El perro no se movió. Se quedó a mi lado, listo para pelear. —Está bien, amigo. Juntos entonces.
Las luces de unos faros aparecieron en la curva de abajo. Eran dos camionetas. Grandes. Negras. No eran del pueblo. El corazón me latía en la garganta, pero mis manos estaban firmes. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire frío de la sierra, mi sierra.
Miré hacia atrás, a la puerta de la casa. “Pase lo que pase”, pensé, “esta noche Santiago el ranchero deja de existir. Hoy nace otro hombre”.
Las camionetas se detuvieron frente a la tranca del rancho, a unos cien metros. Apagaron las luces. Silencio total. Esperaban. O estaban preparando algo.
Levanté el rifle. No iba a disparar todavía, pero quería que supieran que aquí había alguien despierto. Y entonces, la puerta de la casa se abrió a mis espaldas. —Santiago… —era la voz de Marina. —¡Métete! —le grité sin voltear—. ¡Apaga la luz y escóndete en el sótano!
—No —dijo ella. Sus pasos cojeantes se acercaron hasta que estuvo a mi lado en el porche. Traía mi otra escopeta en las manos. La que usaba mi papá. No sabía que ella supiera usar armas. —No te voy a dejar solo en esto —dijo, y vi en sus ojos verdes un fuego nuevo. Ya no había miedo. Había determinación. La misma determinación que la hizo huir de una jaula de oro.
Nos quedamos los dos ahí, hombro con hombro, un hombre y una mujer contra el mundo, mientras las sombras allá abajo en el camino empezaban a moverse.
Lo que sea que viniera, nos encontraría de pie.
PART 3: SANGRE EN LA TIERRA Y EL AULLIDO DEL MONTE
El silencio que siguió a mi grito de advertencia pesaba más que el plomo. Las dos camionetas negras, enormes bestias de metal que desentonaban brutalmente con la paz de mi rancho, permanecían inmóviles frente a la tranca. Los motores estaban apagados, pero el calor que emanaban hacía vibrar el aire helado de la madrugada. Yo sentía el peso del rifle en mis manos, ese viejo Winchester 30-30 que mi abuelo compró hace décadas, y a mi lado, sentía la presencia eléctrica de Marina.
Ella no temblaba. O al menos, no como antes. Sostenía la escopeta de mi padre, una calibre 12 de doble cañón, con una familiaridad que me erizó la piel. No la sostenía como un objeto extraño, sino como una extensión de sus brazos. Sus ojos verdes, que días atrás estaban inundados de pánico, ahora reflejaban la luz de la luna con un brillo duro, cristalino, como el hielo que se forma en los abrevaderos en enero. El Pinto, mi fiel compañero, estaba tenso como cuerda de violín, con los dientes pelados y un gruñido sordo vibrando en su garganta, listo para saltar al cuello del diablo si yo se lo ordenaba.
—Santiago —susurró ella sin dejar de mirar al frente—. No van a dialogar. Esos hombres no son policías. Son “Los Chacales”. La guardia personal de la familia. Si están aquí, es para limpiar el desastre, no para negociar.
—Pues aquí van a topar con pared —le contesté entre dientes, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bombear por mis venas, borrando el cansancio y el dolor de espalda—. En La Esperanza nadie entra sin invitación, y menos a estas horas.
De pronto, la puerta del conductor de la primera camioneta se abrió lentamente. Un hombre bajó. No parecía un matón cualquiera. Vestía un traje oscuro, sin corbata, y unas botas vaqueras de piel de avestruz que brillaban incluso en la penumbra. Caminó con calma hasta la tranca, recargándose en ella con una arrogancia que me hizo hervir la sangre. Encendió un cigarro, y la pequeña llama iluminó un rostro marcado por cicatrices de acné y una sonrisa torcida.
—¡Buenas noches, ranchero! —gritó el hombre. Su voz era rasposa, potente, acostumbrada a dar órdenes—. Perdón por la hora, pero traemos prisa. Creemos que tienes algo que no es tuyo.
Apreté el guardamano del rifle hasta que mis nudillos se pusieron blancos. —Aquí lo único que tengo es mi ganado, mi tierra y un perro que muerde muy fuerte —respondí, mi voz retumbando en el valle—. Y ninguno está en venta ni se regala. Así que, si no quieren que se los lleve la chingada, mejor den media vuelta y regresen a su agujero.
El hombre soltó una carcajada seca, sin alegría. Tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con la bota. —Mira, compa. No nos hagamos pendejos. Sabemos que la morra está ahí. La “Valeria”. O Marina, o como te haya dicho que se llama. El patrón la quiere de vuelta. Nos la entregas, te damos el maletín que traemos en la cajuela con cincuenta mil dólares, y aquí no pasó nada. Te compras vacas nuevas, arreglas tu casucha y te consigues una mujer que no te traiga una sentencia de muerte pegada en la frente. ¿Cómo ves?
Miré de reojo a Marina. Ella no se movió, pero vi cómo su mandíbula se tensaba. Cincuenta mil dólares. Con eso pagaba lo que restaba de la hipoteca y me sobraba para vivir tranquilo diez años. Pero luego miré sus manos, aferradas a la escopeta, y recordé lo que murmuraba en sus pesadillas: “No me pegues”. Recordé la forma en que corté su zapato para liberar ese tobillo destrozado. No había dinero en el mundo que lavara la mancha de entregarla a esos carniceros.
—La mujer se queda —dije, y al pronunciar esas palabras, sentí que sellaba mi destino—. Y ustedes tienen cinco segundos para largarse antes de que empiece a llover plomo.
El hombre del traje suspiró, como si estuviera decepcionado de mi estupidez. Levantó la mano derecha y chasqueó los dedos. —Lástima, ranchero. Iba a ser dinero fácil. Ahora va a ser por las malas. ¡A darle, muchachos!
El infierno se desató en un instante.
Las puertas de las camionetas se abrieron de golpe y bajaron cuatro hombres más, todos armados con rifles de asalto, armas largas y negras que hacían ver a mi viejo Winchester como un juguete. No esperaron. El primer rafagueo rompió el silencio de la noche y las balas zumbaron sobre nuestras cabezas, astillando la madera del porche y reventando el vidrio de la ventana de la sala.
—¡Abajo! —grité, empujando a Marina hacia el suelo.
Nos arrastramos hacia el interior de la casa mientras la lluvia de balas convertía la fachada en un colador. El ruido era ensordecedor. El Pinto ladraba furioso, corriendo de un lado a otro, confundido por el estruendo pero sin huir.
—¡Al fondo! ¡A la cocina! —le ordené a Marina. La cocina tenía paredes de adobe grueso, más resistentes que la madera del frente.
Llegamos arrastrándonos. La casa, mi refugio, se estaba desmoronando a mi alrededor. Cuadros que habían estado colgados desde que era niño caían al suelo, estallando en pedazos. La lámpara del techo se balanceaba violentamente.
—¿Tienes munición? —me preguntó Marina, respirando agitadamente pero con la mirada clara. —Tengo dos cajas en el mueble de la entrada, pero no puedo llegar ahí —dije, maldiciendo mi falta de previsión—. Tengo seis tiros en el rifle y otros diez en el cinturón. ¿Y tú? —Dos cartuchos en la escopeta. No vi más.
Estábamos jodidos. Cinco hombres armados con armas automáticas contra un ranchero y una fugitiva con armas de cacería. Pero yo tenía una ventaja: conocía cada rincón, cada tabla floja y cada sombra de “La Esperanza”.
—Escúchame bien —le dije, acercándome a su cara—. No podemos quedarnos aquí. Nos van a rodear y nos van a quemar vivos si no salimos. Tenemos que llegar a la parte trasera, salir por el lavadero y correr hacia el monte. El arroyo seco está cerca. Si llegamos a la línea de los árboles, tenemos oportunidad.
—Pero mi tobillo… —dijo ella, mirando su pie vendado. Aunque ya podía apoyarlo, correr era otra historia. —Yo te ayudo. Te cargas en mí. Pero tenemos que movernos ya.
En ese momento, escuchamos botas pesadas subiendo los escalones del porche. Ya estaban en la entrada. —¡Sal, Santiago! ¡No lo hagas más difícil! —gritó la voz del líder.
Me asomé por el borde del marco de la puerta de la cocina. Vi una sombra recortada en la entrada principal, avanzando con el arma en alto. Respiré hondo, apunté con el Winchester y disparé. El estruendo del disparo en el espacio cerrado fue brutal. La sombra cayó hacia atrás con un grito de dolor. Le había dado en el hombro o en el pecho, no estaba seguro, pero había frenado su avance.
—¡Le dieron a “El Tuerto”! —gritó alguien afuera—. ¡Maten al hijo de perra!
Las balas empezaron a atravesar las paredes de madera como si fueran papel. Nos pegamos al suelo, cubriéndonos la cabeza. El polvo de yeso y madera nos caía encima como nieve sucia.
—¡Vámonos! —le grité a Marina.
La levanté y pasé su brazo por mis hombros. Salimos por la puerta trasera que da al patio de servicio. La noche afuera estaba helada, pero el calor del miedo nos mantenía sudando. El Pinto salió con nosotros, pegado a mi pierna.
—¡Ahí van! —escuché un grito a mi izquierda.
Uno de los hombres había rodeado la casa. Estaba a unos veinte metros, cerca del granero. Levantó su arma. No tuve tiempo de apuntar. Pero Marina sí. Con un movimiento fluido, se separó de mí, apoyó el peso en su pierna sana, levantó la escopeta calibre 12 y soltó un disparo. El fogonazo iluminó el patio por una fracción de segundo. El hombre salió volando hacia atrás, golpeado por la fuerza de los perdigones. No se levantó.
—¡Dios mío! —exclamó ella, bajando el arma, temblando por el retroceso. —¡No pienses, corre! —la jalé de nuevo.
Corrimos hacia la oscuridad del monte. Cada paso era una tortura para ella, podía sentir sus gemidos ahogados cada vez que su pie tocado el suelo irregular, pero no se detuvo. La adrenalina es una medicina poderosa. Nos metimos entre los matorrales de huizache y mezquite, las espinas rasgándonos la ropa y la piel, pero no nos importaba. Necesitábamos distancia.
Detrás de nosotros, escuchaba los gritos de los hombres reagrupándose. —¡Se fueron al monte! ¡Traigan las lámparas! ¡Suelten a los perros!
¿Perros? Se me heló la sangre. Si traían perros de rastreo, estábamos en serios problemas. El Pinto era bueno, pero era un perro pastor, no un perro de pelea.
Avanzamos tropezando en la oscuridad. El terreno subía. Estábamos entrando en las faldas de la Sierra. Mis pulmones ardían por el esfuerzo y el aire frío. Marina pesaba cada vez más en mi hombro. —Santiago… no puedo… no puedo más —jadeó ella, deteniéndose junto a un tronco caído. —Sí puedes. Tienes que poder. Si nos paran, nos matan. A mí me matan y a ti… te va a ir peor.
A lo lejos, vi los haces de luz de las linternas tácticas barriendo la maleza. Eran tres luces. Más la del líder, si es que no lo había matado. Venían rápido. Conocía un lugar. Una vieja cueva de coyotes, un socavón natural cerca del peñasco “El Vigilante”, a un kilómetro de subida. Era nuestra única opción.
—Súbete a mi espalda —le dije, agachándome. —Te voy a matar del peso, Santiago. —Más peso cargo cuando llevo costales de alimento. ¡Súbete!
Ella se subió a mi espalda, pasando sus brazos por mi cuello y sus piernas por mi cintura. Me levanté, sintiendo el esfuerzo en mis rodillas, y empecé a subir la pendiente. El Pinto iba adelante, olfateando el camino, guiándonos con ese instinto sobrenatural que tenía.
La subida fue un calvario. El corazón me golpeaba las costillas como si quisiera salirse. El sudor me corría por la frente, metiéndose en los ojos. Pero no paré. Pensaba en mi padre, en cómo defendió esta tierra de la sequía. Pensaba en Marina, en sus ojos verdes, en cómo había llenado de luz mi casa vacía en solo una semana. No iba a dejar que se la llevaran.
Llegamos al peñasco. La entrada de la cueva estaba oculta por unos matorrales densos. Me dejé caer de rodillas y entramos a rastras. Era un hueco pequeño, apenas cabíamos los dos sentados, pero estaba seco y protegido del viento. El Pinto se acomodó en la entrada, haciendo guardia.
Desde nuestra posición, podíamos ver hacia abajo. Las luces de las linternas se movían por donde habíamos pasado. Se acercaban. —Están siguiendo el rastro de sangre —susurró Marina—. Me raspé con una rama hace rato… debo haber dejado gotas.
Maldición. Me toqué el bolsillo buscando más cartuchos. Me quedaban cuatro balas. Marina tenía un cartucho más en la escopeta. Cinco tiros. Y eran al menos tres hombres bien armados, tal vez cuatro.
—Santiago —me dijo ella en la oscuridad. Sentí su mano buscar la mía. Estaba helada—. Si nos encuentran… no dejes que me lleven. Por favor. Prométeme que no dejarás que me lleven viva.
Su petición me golpeó más fuerte que cualquier bala. Me giré para verla, aunque apenas distinguía sus facciones en la oscuridad de la cueva. —No digas eso. Vamos a salir de esta. —Promételo —insistió, apretando mi mano—. Sé de lo que es capaz ese hombre. Prefiero morir aquí, contigo, en tu tierra, que volver a ese infierno.
Tragué saliva. El nudo en mi garganta era insoportable. —Te lo prometo —mentí, o tal vez dije la verdad. No lo sabía. Solo sabía que defendería su vida con mis dientes si se me acababan las balas.
Abajo, las luces se detuvieron. —¡Acá hay sangre! —gritó una voz—. ¡Subieron hacia las piedras!
Estaban a unos doscientos metros. Iban a llegar en diez minutos. Tenía que pensar. Tenía que usar el terreno. Este era mi patio trasero. Yo jugaba a las escondidas aquí cuando era niño. Sabía algo que ellos no. Arriba del peñasco, había una acumulación de rocas sueltas, un deslave antiguo que se había quedado atorado por unos troncos secos. Si lograba subir y soltar esos troncos…
—Quédate aquí —le dije a Marina, soltando su mano. —¿A dónde vas? ¡No me dejes! —No te dejo. Voy a prepararles una sorpresa. Pinto, ¡cuídala! —le ordené al perro. El animal me miró y se recostó sobre las piernas de ella, gruñendo suavemente.
Salí de la cueva agachado, moviéndome como una sombra entre las sombras. Trepé por la pared de piedra del peñasco. Mis dedos se aferraban a las grietas, mis botas buscaban apoyo en salientes mínimas. Si me resbalaba, caería directo hacia donde venían ellos. Llegué a la cima del peñasco. Ahí estaban. Las rocas grandes, piedras de río de cincuenta o cien kilos, amontonadas detrás de dos troncos de encino viejos y podridos.
Miré hacia abajo. Las tres linternas venían en fila india, subiendo por el sendero estrecho, justo debajo de mí. —¡Salgan, ratas! —gritaba uno—. ¡Ya no tienen a dónde ir!
Esperé. El corazón me latía en los oídos. Tenía que ser el momento exacto. Cuando el primero de los hombres estuvo justo debajo de la vertical del derrumbe, empujé con todas mis fuerzas. Mis botas resbalaron en la tierra. Empujé el tronco con el hombro, gritando por el esfuerzo. —¡AHHH! ¡CRAACK! La madera podrida cedió. El sonido fue aterrador. Primero un crujido, luego un estruendo sordo que se convirtió en un rugido de la tierra. Toneladas de roca se precipitaron montaña abajo.
—¡CUIDADO! —escuché gritar a uno de los hombres. Pero era tarde. La avalancha de piedras se los tragó. El ruido de las rocas golpeando contra otras rocas, mezclado con gritos de terror, llenó la noche. El polvo se levantó como una nube asfixiante.
Me quedé pegado a la roca, respirando polvo, esperando que el ruido cesara. Silencio. Un silencio absoluto, más aterrador que los disparos. Luego, un gemido. —Ayuda… mi pierna…
Bajé con cuidado, deslizándome por un costado del derrumbe. Llegué al sendero. Era un desastre. Dos de los hombres estaban sepultados o medio sepultados. Las linternas estaban rotas o apuntando al cielo inútilmente. El tercero, el que había gritado, estaba tratando de sacar su pierna de debajo de una roca enorme. Su rifle estaba lejos, fuera de su alcance.
Me acerqué a él, apuntándole con el Winchester. Me miró con ojos desorbitados por el dolor y el polvo. —No… no me mates… solo sigo órdenes… Era un muchacho. No tendría más de veinticinco años. Un chamaco estúpido jugando a ser sicario por unos pesos.
—¿Cuántos más vienen? —le pregunté con voz fría. —Nadie… solo nosotros… y el jefe… el jefe se quedó en la troca… está herido…
Lo miré con desprecio. Podría haberlo matado ahí mismo. Nadie me juzgaría. Ellos vinieron a mi casa a matarnos. Pero miré sus manos, manos de trabajador, tal vez un campesino que tomó el camino equivocado por necesidad. Le di un culatazo en la cabeza con el rifle. Cayó inconsciente. —Duérmete un rato —murmuré.
Regresé a la cueva. Marina estaba en la entrada, con la escopeta apuntando hacia mí hasta que me reconoció. —¡Santiago! Escuché el derrumbe… pensé que… —Ya pasó. Están fuera de combate.
Entramos de nuevo a la cueva, pero esta vez no para escondernos, sino para descansar un momento. Me senté junto a ella. El subidón de adrenalina estaba bajando y ahora sentía el dolor en cada músculo. Mis manos temblaban incontrolablemente. Marina dejó la escopeta a un lado y me abrazó. Me abrazó fuerte, hundiendo su cara en mi pecho sucio de tierra y pólvora. —Me salvaste… otra vez —lloró en silencio. Le acaricié el cabello, sintiendo su calor. —Todavía no terminamos, Marina. El jefe sigue vivo allá abajo. Y si no regresan, van a mandar a más. El hijo del Gobernador no se va a quedar tranquilo.
—Lo sé —dijo ella, separándose un poco para mirarme a los ojos—. Pero ahora saben que no soy una presa fácil. Y que no estoy sola. —No, no estás sola.
Nos quedamos en silencio unos minutos, recuperando el aliento. El Pinto nos lamía las manos, limpiando el polvo. —Santiago… —dijo ella de repente, con un tono serio—. Esa maleta. La que traje. —No importa la maleta, Marina. —Sí importa. Tienes que saber por qué me buscan con tanta saña. No es solo por obsesión. No es solo porque lo dejé. Hizo una pausa, tomando aire. —En esa maleta no hay ropa, Santiago. Bueno, hay poca. Lo que hay en el fondo falso… son discos duros. Y documentos. Me quedé helado. —¿Qué tipo de documentos? —Pruebas. Pruebas de los negocios del Gobernador con el Cártel. Pruebas de lavado de dinero, de tratas… de todo. Grabé conversaciones. Copié archivos de su computadora mientras él dormía borracho. Tengo lo suficiente en esa maleta para hundir a su familia entera y meterlos a la cárcel por cien años.
Me recargué en la pared de piedra, procesando la información. Ahora todo tenía sentido. La recompensa exagerada. El equipo de asalto. No buscaban a una mujer despechada. Buscaban su propia supervivencia. Marina no era una fugitiva cualquiera; era una bomba de tiempo caminando.
—Híjole, Marina… —solté un suspiro largo—. Sí que te gusta meterte en problemas grandes. —Lo hice porque no podía seguir viendo tanta maldad y no hacer nada. Pero ahora… ahora te arrastré a ti a esto. Perdóname.
Le tomé la cara con mis dos manos, obligándola a mirarme. —Escúchame. Mi papá murió debiendo dinero, pero nunca debió honor. Me enseñó que uno hace lo correcto, aunque le tiemblen las piernas. Tú hiciste lo correcto. Y yo voy a hacer lo correcto defendiéndote. Esa información… ¿alguien más sabe que la tienes? —Nadie. Iba a llevársela a un periodista en la frontera, un contacto de mi tía.
Miré hacia la entrada de la cueva. El cielo empezaba a clarear. El amanecer llegaba con sus tonos violetas y naranjas sobre la Sierra Madre. —Pues entonces tenemos un plan —dije, sintiendo una nueva determinación—. No vamos a huir como ratas. Vamos a llevar esa maleta a donde tiene que llegar. Pero primero, tenemos que salir de aquí.
Bajamos del peñasco con las primeras luces del día. El escenario era brutal. Las rocas habían aplastado el camino. Los hombres atrapados ya no se movían. Pasamos de largo, tapándole los ojos a Marina para que no viera la sangre.
Llegamos al rancho con el sol en la espalda. La casa estaba hecha un desastre, llena de agujeros, con los vidrios rotos. Mi hogar. Mi sacrificio de cinco años. Me dolió en el alma verla así, ultrajada. La camioneta del líder seguía ahí, con la puerta abierta. El cuerpo de “El Tuerto” no estaba en la entrada, se había arrastrado o alguien se lo había llevado. Nos acercamos con precaución. No había nadie. El líder herido debió haber huido en la otra camioneta al escuchar el derrumbe y ver que sus hombres no regresaban. Cobarde.
Entramos a la casa rápido. —Recoge la maleta y lo indispensable —le dije a Marina—. Comida, agua, ropa caliente. No podemos quedarnos. Van a volver con un ejército. —¿A dónde vamos? —Al norte. A la frontera. Tengo una camioneta vieja, la “Loba”, escondida en el granero de atrás, la que uso para ir al monte cuando llueve mucho. Esa no la han visto.
Mientras ella empacaba frenéticamente, yo fui a mi cuarto. Saqué una caja fuerte del piso del armario. Ahí tenía los ahorros de toda mi vida, poco dinero, pero suficiente para gasolina y comida. También saqué una pistola Colt .45 que era de mi abuelo y más municiones para el rifle.
Salí al porche y miré mi tierra por última vez. Los campos dorados, los cerros verdes, el aire limpio. —Voy a volver —juré en voz baja—. Y cuando vuelva, voy a limpiar todo esto.
Subimos a la “Loba”. El Pinto saltó a la caja de atrás, ladrando emocionado, ajeno a la gravedad del asunto. Marina se sentó a mi lado, con la maleta en sus piernas, apretándola contra su pecho. Arradiqué el motor. Tosió un par de veces, pero rugió con vida. Fiel como siempre.
Salimos del rancho, no por el camino principal, sino por una brecha trasera que cortaba camino hacia la carretera federal, lejos de las miradas del pueblo. Mientras nos alejábamos, vi por el retrovisor cómo “La Esperanza” se hacía pequeña hasta desaparecer tras una curva. Sentí un vacío en el estómago, pero al mirar a Marina, vi que ella también me miraba. Me puso una mano en el hombro y apretó suavemente.
—Estamos juntos en esto, Santiago —dijo. —Hasta el final, Marina. Hasta el final.
Conduje hacia el norte, hacia el horizonte infinito, dejando atrás mi vida de ranchero solitario para convertirme en fugitivo, guardián y, quizás, en el hombre que derribaría a un gobierno corrupto. La carretera se abría frente a nosotros como una promesa peligrosa. Sabía que nos buscarían. Sabía que pondrían mi cara en los noticieros. Sabía que nos cazarían como animales.
Pero también sabía algo más: yo era de la Sierra. Y en la Sierra, el coyote no atrapa al lobo si el lobo conoce el camino. Pisé el acelerador. La cacería había comenzado, pero ellos no sabían que la presa tenía colmillos.
—Pon algo de música —le dije a Marina, intentando aligerar el ambiente pesado. Ella encendió la radio vieja. Entre la estática, empezó a sonar un corrido norteño, acordeones y bajo sexto cantando historias de valientes y traiciones. Nos miramos y, por primera vez en toda la noche, sonreímos de verdad. Una sonrisa nerviosa, loca, pero viva.
El viaje apenas empezaba. Y la leyenda de Santiago y la mujer de los ojos verdes apenas se estaba escribiendo en el polvo del desierto.
PART FINAL: EL JUICIO DEL DESIERTO Y EL RENACER DE LA ESPERANZA
Los kilómetros en el norte de México no se miden en distancia, se miden en suspiros y en el desgaste de las llantas sobre el asfalto hirviendo. La “Loba”, mi vieja camioneta Ford del 79, rugía con un esfuerzo que me dolía en el alma, devorando la carretera federal mientras el sol de mediodía caía a plomo sobre el cofre despintado.
Llevábamos diez horas manejando sin parar, evitando las autopistas de cuota donde las cámaras y los federales seguramente ya tenían nuestras fotos pegadas en las casetas. Nos movíamos por las libres, por esos caminos olvidados de Dios que serpentean entre cerros pelones y pueblos fantasma donde solo quedan los viejos y los recuerdos.
Marina iba dormida, o eso fingía. Su cabeza rebotaba suavemente contra el vidrio de la ventana con cada bache, abrazada a esa maldita maleta como si fuera un bebé recién nacido. El Pinto, mi fiel escudero, roncaba en el asiento de atrás, con las patas llenas de polvo y espinas, soñando quizás con conejos que no explotan ni disparan balas.
Yo no podía dormir. La adrenalina se había convertido en una cafeína rancia que me mantenía los ojos abiertos como platos, escaneando el horizonte. Cada espejo retrovisor era una amenaza. Cada camioneta que se acercaba por detrás me hacía apretar el volante hasta que los nudillos me dolían. En la radio, entre la estática de las estaciones rancheras, escuchamos el primer boletín.
“…se busca a Santiago M., peligroso sujeto armado, presunto responsable de la desaparición de la socialité Valeria G. y del homicidio de tres agentes de seguridad privada en la Sierra Madre. Se advierte que el sujeto es inestable y extremadamente violento…”
Apagué la radio de un golpe, sintiendo cómo la bilis me subía a la garganta. —Así que ahora soy un secuestrador y asesino —murmuré, con una risa amarga que no me llegó a los ojos.
Marina se movió. No estaba dormida. —Van a decir lo que sea para que la gente te tenga miedo y te entregue —dijo suavemente, sin abrir los ojos—. Es su narrativa, Santiago. Ellos controlan la verdad. Hasta que entreguemos lo que hay en esta maleta.
—¿Y si no llegamos? —la pregunta salió de mi boca antes de que pudiera frenarla. El pesimismo del ranchero, ese que sabe que la cosecha se puede perder un día antes de la pisca, me invadió.
Ella se enderezó, se acomodó el cabello que ya no tenía el brillo de salón, sino el polvo del camino, y me miró. —Vamos a llegar. Porque no tenemos otra opción. Y porque tú eres el hombre más terco que he conocido.
Sonreí a medias. Tenía razón. La terquedad es la única virtud que nos sobra a los del norte.
La “Loba” empezó a toser. Un tosido metálico, feo, seguido de un tironeo que me hizo perder velocidad. —No, no, no… ahora no, chula, no me hagas esto —le rogué al tablero de la camioneta. La aguja de la temperatura estaba clavada en el rojo, más allá del límite, casi rompiendo el cristal. Vapor blanco empezó a salir por los costados del cofre. —Mierda —golpeé el volante.
Tuve que orillarme. Estábamos en medio de la nada, en ese tramo desértico entre Durango y Chihuahua donde el silencio te zumba en los oídos. El sol estaba en su punto más alto, un ojo de fuego que calcina la piel. Bajé de la camioneta. El calor del asfalto me atravesó las suelas de las botas. Abrí el cofre con un trapo para no quemarme. Una nube de vapor me golpeó la cara, oliendo a anticongelante dulce y aceite quemado.
—¿Qué es? —preguntó Marina, bajando con dificultad, apoyándose en el bastón improvisado que le había hecho. —Se rompió una manguera del radiador. Vieja y reseca. No aguantó la presión.
Miré a mi alrededor. Desierto. Mezquites, gobernadora y polvo. No había una refaccionaria en cien kilómetros a la redonda. El Pinto bajó y se puso a orinar en un arbusto seco, despreocupado. —¿Podemos arreglarlo? —preguntó ella, con esa fe ciega que empezaba a pesarme. —Pues… no traigo mangueras de repuesto. Pero un ranchero que no sabe improvisar se muere de hambre.
Busqué en la caja de herramientas, esa caja de metal oxidada que siempre bailaba en la parte trasera. Saqué cinta de aislar, un pedazo de cámara de llanta de bicicleta que guardaba por si acaso, y unos cinchos de plástico. —Necesito agua. Toda la que traigamos. —Solo tenemos dos galones para beber, Santiago. Si los usas y nos quedamos tirados… —Si no los uso, nos quedamos tirados de todos modos y nos van a encontrar. Prefiero morir de sed intentando llegar que morir con la garganta llena de plomo aquí parados.
Marina asintió y sacó los garrafones. Me quemé las manos tres veces. Corté la parte rota de la manguera con mi navaja, hice un empalme con el hule de la cámara, lo forré con toda la cinta de aislar que tenía y lo apreté con los cinchos y un pedazo de alambre de púas que corté de una cerca vieja al lado de la carretera. Rellené el radiador con nuestra agua potable. Dejé solo medio litro para nosotros.
—Arranca —le dije a la camioneta, cerrando el cofre con suavidad, como si acariciara a un caballo nervioso. Giró la llave. El motor tosió, protestó, pero arrancó. La temperatura bajó un poco. —Vámonos —dije, limpiándome la grasa y el sudor de la frente con la manga—. Pero tenemos que ir despacio. Si la forzamos, revienta el parche.
Manejamos a sesenta kilómetros por hora. Era desesperante. Los tráileres nos rebasaban haciéndonos temblar con la turbulencia. La tarde empezó a caer, pintando el desierto de morado y sangre. El hambre nos empezaba a morder el estómago. No habíamos comido nada sólido en veinticuatro horas, solo unas galletas saladas que encontré en la guantera.
—Hay un paradero de camioneros más adelante —dije, recordando mis viajes de juventud—. “El Oasis de Pedro”. Venden burritos y café. Pero es arriesgado. —Tenemos que comer y echar gasolina, Santiago. Si nos desmayamos, no servimos de nada. Yo bajo. —No. Tú sales en la tele, o van a sacar tu foto. Yo bajo. Me pongo la gorra y agacho la cabeza. Tú quédate cubriendo al Pinto y la maleta con la cobija vieja.
Llegamos al paradero ya de noche. Las luces de neón parpadeaban, zumbando como moscas eléctricas. Había varios tráileres estacionados y un par de camionetas de la policía federal. Se me heló la sangre. Estacioné la “Loba” en la parte más oscura, detrás de un camión de doble remolque. —Si no regreso en diez minutos… —empecé a decir, sacando la Colt .45 y dejándosela en el asiento. —Regresa —me interrumpió ella, agarrándome del brazo con fuerza—. No te atrevas a no regresar.
Me puse mi sombrero calado hasta las cejas y bajé. Caminé hacia la tiendita tratando de imitar el paso cansado de un trailero viejo. El aire olía a diésel y a fritanga. Adentro, dos policías tomaban café en la barra, riéndose de un chiste. Pasé detrás de ellos, conteniendo la respiración. Sentí sus miradas en mi nuca, pero no se detuvieron en mí. Era solo otro paisano sucio.
Compré gasolina en un bidón, tres burritos de asado, dos cafés negros y agua. Pagué con billetes arrugados, sin mirar al cajero a los ojos. Al salir, choque de frente con un hombre que entraba. —Perdón —masculle. El hombre se detuvo. Llevaba botas de piel de víbora y una hebilla grande. Me miró fijamente. —Oiga… yo a usted lo conozco —dijo, entrecerrando los ojos.
El tiempo se detuvo. Mi mano derecha bajó instintivamente hacia mi cintura, aunque había dejado la pistola en la camioneta. Solo tenía mi navaja. —Me confunde, compa. Tengo cara de muchos —dije, intentando seguir caminando. Me agarró del brazo. —No… espérese. Usted es el del rancho. El que salió en las noticias. El mentado Santiago.
No lo pensé. Fue el instinto de supervivencia puro. Le solté un cabezazo en la nariz. El crujido del cartílago sonó como una rama seca. El hombre gritó y se llevó las manos a la cara, chorreando sangre. —¡Hey! —gritaron los policías desde adentro.
Corrí. Corrí como nunca había corrido, con los burritos y el bidón de gasolina golpeándome las piernas. —¡Arranca, Marina! ¡Arranca! —grité antes de llegar a la camioneta. El motor de la “Loba” rugió justo cuando abrí la puerta y me lancé al interior. Marina pisó el acelerador a fondo, haciendo chillar las llantas traseras.
—¡Nos vieron! —jadeé, mientras la camioneta salía disparada hacia la carretera. Miré por el retrovisor. Las luces azules y rojas de la patrulla se encendieron. La sirena aulló en la noche. —¡Nos siguen! —gritó Marina, con la voz llena de pánico pero las manos firmes en el volante. —Dale duro, Marina. No pares.
La persecución fue una pesadilla borrosa. La patrulla era más rápida, mucho más rápida que mi vieja camioneta remendada. Se acercaban. Veía los destellos de sus luces iluminando la cabina. —¡Nos van a alcanzar! —dijo ella. —No en el asfalto. ¡Gira ahí! —señalé una entrada de tierra, apenas visible, que se metía al monte. —¡Estás loco! ¡Vamos a volcar! —¡Hazlo!
Marina giró el volante violentamente. La “Loba” derrapó, levantando una nube de polvo y piedras, y entró en la brecha saltando como cabra loca. La suspensión crujió como si fuera a partirse en dos. La patrulla intentó seguirnos, pero esos coches bajos no están hechos para el monte. Vi por el espejo cómo frenaban bruscamente para no destrozar el cárter.
Nos adentramos en la oscuridad, rebotando, golpeándonos la cabeza contra el techo. El Pinto ladraba, rebotando en el asiento trasero. Manejamos así durante una hora, a ciegas, guiándonos solo por la intuición y el miedo, hasta que estuvimos seguros de que nadie nos seguía. Detuvimos la camioneta en un claro rodeado de cactus gigantes, bajo un cielo tan estrellado que te hacía sentir pequeño e insignificante.
El motor se apagó. El silencio regresó, pero ahora era un silencio cómplice. Nos quedamos ahí, respirando agitadamente. —¿Estás bien? —le pregunté. Marina se echó a reír. Una risa nerviosa, catártica, que se convirtió en llanto en segundos. La abracé. Ahí, en medio del desierto, con olor a gasolina y burritos fríos, nos abrazamos como si fuéramos los últimos dos seres humanos en la tierra.
—Pensé que nos agarraban —sollozó ella contra mi camisa. —A nosotros no nos agarra nadie, chula. Somos de hule.
Comimos en silencio, compartiendo la comida con el Pinto. El sabor del asado rojo frío me supo a gloria. Esa noche no manejamos más. La camioneta necesitaba enfriarse y nosotros también. Hicimos una fogata pequeña, escondida en un hoyo en la tierra para que no se viera la luz. Marina se sentó junto a mí, envuelta en la cobija. El resplandor del fuego le iluminaba la cara, suavizando las líneas de tensión.
—Santiago… —dijo, rompiendo el silencio—. Si logramos entregar esto… ¿qué vas a hacer? Miré las brasas. —Regresar. Tengo que reconstruir la casa. Tengo que ver si mis vacas siguen vivas. —¿Y ya? ¿Volver a ser el ranchero solitario? La miré. Sus ojos verdes me atrapaban más que cualquier lazo de charro. —No sé si pueda volver a ser el mismo. Algo cambió. Tú cambiaste algo aquí adentro —me toqué el pecho—. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer, “Valeria”?
Ella sonrió tristemente. —Valeria murió en esa cueva. Marina… Marina no sabe a dónde ir. Mi familia me dio la espalda. Mis amigos eran amigos del dinero y del poder. No tengo nada, Santiago. Solo esta maleta que vale una sentencia de muerte o una revolución.
Me acerqué a ella. Le tomé la mano, esa mano fina que ahora tenía tierra bajo las uñas y callos incipientes por agarrar la escopeta. —La Esperanza es grande —dije, con la voz ronca—. La casa está agujerada, sí, pero el techo aguanta. Y hace falta quien cocine mejor que yo, porque ya viste que solo quemo los huevos. Y al Pinto… al Pinto le caes mejor que yo.
Ella me miró, y vi en sus ojos una chispa de esperanza, de esa esperanza real que no se compra. Se inclinó y me besó. Fue un beso con sabor a polvo, a café y a miedo, pero fue el beso más dulce de mi vida. Fue un contrato sellado sin abogados, un pacto de sangre y alma bajo la luna del desierto.
Dormimos un par de horas, abrazados en la cabina de la camioneta. Al amanecer, el último tramo. La frontera.
Llegamos a Ciudad Juárez al mediodía. La ciudad era un monstruo de concreto y polvo, vibrando con esa energía tensa de los lugares donde chocan dos mundos. El contacto era en una vieja fábrica textil abandonada, pegada al Río Bravo. “Zona de nadie”, le decían. El periodista, un tal Roberto, nos había mandado las coordenadas por un teléfono desechable que Marina tenía en la maleta.
Estacioné la “Loba” entre unos muros derruidos llenos de grafiti. —Prepara la escopeta —le dije a Marina—. Y no te separes de mí. Bajamos. El calor era sofocante. El viento levantaba remolinos de basura. Caminamos hacia la nave principal.
Ahí estaba. Un hombre flaco, con lentes y chaleco de fotógrafo, fumando nerviosamente junto a un sedán gris. Roberto. —¿Los traen? —preguntó sin saludar, mirando a todos lados. —Aquí están —Marina levantó la maleta.
Roberto suspiró aliviado. —Dámelos. Tengo que subir esto a la nube y mandarlo a la redacción en el D.F. y en Nueva York antes de que nos maten. Mi equipo está transmitiendo en vivo en diez minutos.
Le entregamos la maleta. Sentí que me quitaban una tonelada de encima. Pero la paz duró poco. El sonido de motores rugiendo interrumpió el momento. No eran patrullas. Eran Suburbans blindadas. Tres de ellas. Cerraron la entrada de la fábrica.
—¡Es una trampa! —gritó Roberto, corriendo hacia su coche. —¡No! —lo detuve—. ¡Si te subes te matan! ¡Adentro de la fábrica!
Corrimos hacia el interior de la nave industrial. Las camionetas frenaron y hombres armados bajaron. Pero esta vez no eran matones cualquiera. Al frente iba él. Lo reconocí por las fotos que Marina me había enseñado. “El Junior”. El hijo del Gobernador. Iba vestido impecable, con chaleco antibalas sobre la camisa de seda. Traía un rifle de asalto dorado. Ridículo. Y letal.
—¡Valeria, mi amor! —su voz retumbó en el eco de la fábrica vacía—. ¡Qué manera de hacerme correr! ¡Sal y entrégame esa maleta y te prometo que tu muerte será rápida! ¡Al ranchero se lo vamos a dar a los perros!
Nos escondimos detrás de unas máquinas oxidadas de telar. —Tiene rodeado el lugar —susurré—. Roberto, ¿tienes señal aquí? —Sí, traigo un módem satelital en la mochila. —Conecta esa madre y sube la información. ¡Ya! Nosotros los entretenemos.
Marina cargó la escopeta. Le quedaba un cartucho. Yo tenía tres balas en la Colt y dos en el Winchester. El Pinto estaba a mi lado, gruñendo bajito. —Santiago —dijo Marina, con lágrimas en los ojos—. Si entran… —No van a entrar fácil.
Empezaron a disparar. Las balas rebotaban en las máquinas, sacando chispas. El ruido era infernal. Yo respondí con el Winchester. Disparé con cuidado. Un hombre cayó. —¡Están armados! —gritó El Junior—. ¡Granadas! ¡Echen gas!
Lanzaron latas de gas lacrimógeno. El humo blanco empezó a llenar la nave. Nos ardían los ojos, tosíamos. —¡Roberto! —grité entre la tos—. ¿Ya está? —¡Falta el 10%! —gritó el periodista, tecleando frenéticamente en su laptop, agazapado en el suelo.
El Junior perdió la paciencia. —¡Entren! ¡Maten a todos!
Vi las siluetas avanzar entre el humo. Eran demasiados. Miré a Marina. Tenía los ojos rojos por el gas, pero me miraba con amor. —Te amo, Santiago. —Y yo a ti, Marina.
Se me ocurrieron una locura. La última locura. Había un tanque de propano viejo cerca de la entrada, conectado a una tubería. No sabía si tenía gas, pero valía la pena intentar. —¡Pinto! —señalé a uno de los hombres que flanqueaba por la derecha—. ¡Ataca!
El perro salió disparado como un misil blanco y negro entre el humo. El hombre no lo vio venir. El Pinto se le fue a la garganta. El hombre gritó y disparó al aire, cayendo al suelo. Aproveché la distracción. Corrí hacia el tanque, exponiéndome. —¡Ahí está el ranchero! —gritó El Junior.
Las balas zumbaron a mi alrededor. Una me rozó el brazo, quemando como fuego. Otra me dio en la pierna, haciéndome caer. Pero desde el suelo, apunté con la Colt al tanque de propano oxidado. —¡Por la Esperanza! —grité. Apreté el gatillo.
¡BOOM!
El tanque sí tenía gas residual. No fue una explosión nuclear, pero fue suficiente. Una bola de fuego azul y naranja barrió la entrada, tumbando a los hombres de adelante y creando una barrera de fuego entre ellos y nosotros. El Junior salió volando, chamuscado.
—¡Está subido! —gritó Roberto—. ¡Está en la red! ¡Ya es público!
En ese momento, las sirenas. Pero no sirenas de policía local. Sirenas distintas. Helicópteros. —¡Ejército! —gritó alguien afuera—. ¡Es la Marina! ¡Están aquí!
Al parecer, Roberto no solo había contactado a su redacción. Había contactado a las fuerzas federales reales, las que venían desde la capital a limpiar el cochinero. El tiroteo afuera fue breve pero intenso. Los hombres del Junior, desorientados por la explosión y el ataque sorpresa, se rindieron o cayeron.
Yo estaba tirado en el suelo, sangrando de la pierna. El Pinto regresó a mi lado, cojeando un poco, pero moviendo la cola. Marina corrió hacia mí, ignorando el fuego que se extinguía. —¡Santiago! ¡Santiago! —se tiró al suelo, presionando mi herida con su bufanda. —Estoy bien… solo es un agujero más… —intenté sonreír, pero el mundo se me empezaba a poner borroso.
Vi a soldados entrar, con uniformes de camuflaje y cascos. Apuntaban, pero luego bajaron las armas al vernos. Roberto les gritaba que éramos las víctimas, que éramos los testigos protegidos. Vi cómo sacaban a El Junior esposado, gritando amenazas que ya nadie escuchaba. Su imperio de miedo se había derrumbado por culpa de un perro, una mujer valiente y un ranchero necio.
Cerré los ojos, sintiendo la mano de Marina en mi cara. —Descansa, vaquero —escuché su voz lejos—. Ya se acabó.
EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS
El atardecer en la Sierra Madre es algo que no se puede explicar, se tiene que vivir. El cielo se pinta de un naranja tan intenso que parece que el mundo está ardiendo, pero sin quemar.
Estoy sentado en el porche de “La Esperanza”. La madera nueva de los barandales todavía huele a pino fresco y barniz. Me costó trabajo, y mucho dinero de la recompensa que, irónicamente, el gobierno federal nos dio por “colaboración ciudadana”, pero la casa está mejor que nunca.
La pierna me duele cuando va a llover, una punzada constante que me recuerda que sigo vivo. Camino con un bastón elegante que Marina me compró en la ciudad, aunque ella dice que lo uso para hacerme el interesante.
Miro hacia el potrero. Las vacas están gordas. Llovió mucho este año. El pasto está verde, alto, jugoso. El Pinto está echado a mis pies, más gordo y más flojo que antes. Ya se jubiló de las aventuras. Ahora su única preocupación es espantar a las moscas y recibir caricias.
La puerta de la casa se abre. El olor a pan recién horneado y café de olla inunda el porche, mezclándose con el olor a tierra mojada. Marina sale. Ya no se ve como la mujer asustada de la ciudad, ni como la fugitiva desesperada. Trae botas vaqueras, jeans y una camisa de cuadros amarrada a la cintura. El sol le ha dorado la piel y le ha puesto pecas en la nariz. Se ve más hermosa que el día que la encontré.
—Ya está la cena, don Santiago —dice, sonriendo con esa luz que ilumina todo el valle. Trae dos tazas de café. Me da una y se sienta en mis piernas, sin importarle que el vecino chismoso (que vive a tres cerros de distancia) nos pueda ver con binoculares.
—¿En qué piensas? —me pregunta, recargando su cabeza en mi hombro. —En que mi papá tenía razón en una cosa y se equivocó en otra. —¿Ah sí? —Sí. Tenía razón en que la tierra es lo único que vale la pena. Pero se equivocó cuando dijo que uno nace y muere solo.
Ella me besa la mejilla. —¿Te arrepientes? —pregunta—. ¿De todo lo que pasamos? Miro la cicatriz en mi pierna. Miro al Pinto. Miro el horizonte donde el sol se esconde. —Ni un segundo, Marina. Ni un maldito segundo.
El escándalo político fue enorme. El Gobernador cayó, su hijo está en una prisión de máxima seguridad y nosotros… nosotros somos una leyenda local que la gente cuenta en las cantinas. Dicen que somos los que vencieron al diablo. Pero aquí, en el rancho, solo somos Santiago y Marina. Dos almas rotas que se encontraron en el peor momento para construir el mejor destino.
El viento sopla suave, moviendo los encinos. El aullido de un coyote se escucha lejos, en el monte. El Pinto levanta una oreja, pero no se mueve. Sabe que aquí, en nuestro territorio, estamos seguros.
Tomo un sorbo de café. Sabe a canela, a piloncillo y a victoria. —Mañana hay que vacunar a los becerros —digo. —Mañana —responde ella—. Hoy solo mira el atardecer.
Y así nos quedamos, viendo cómo la noche cubre nuestra tierra, sabiendo que, por fin, después de la tormenta, la verdadera esperanza ha echado raíces para quedarse.
FIN.