
El sonido seco de su cuerpo golpeando el mármol importado detuvo la fiesta en seco. La música se cortó. Las risas se apagaron.
Ahí estaba Don Rogelio. El “Tiburón”. El hombre que había aplastado competidores y firmado contratos millonarios con una sonrisa fría, ahora estaba tirado en el piso del salón de eventos. Su traje italiano de cien mil pesos se arrugaba bajo un cuerpo que ya no le respondía.
—¡Por favor… no me lastimen! ¡No siento las piernas! —gritó, y su voz, que antes hacía temblar a los ingenieros, ahora era un chillido lleno de pánico puro.
Yo estaba en la esquina, con mi uniforme gris de mantenimiento, sosteniendo una mopa. Nadie me miraba. Para ellos, yo era invisible, parte del mobiliario. Pero yo lo veía todo.
Vi cómo sus “amigos” y socios daban un paso atrás, mirándolo con más asco que preocupación. En ese instante, su poder no valía nada. Su dinero no podía comprarle unas piernas nuevas ni dignidad. Solo quedaba el miedo. Un miedo crudo, humano, que olía a sudor frío.
Me ajusté el cinturón de herramientas. Mi propia espalda me dio un pinchazo agudo, ese dolor viejo y familiar que me acompaña desde hace años. Un recuerdo constante del día que este mismo hombre me desechó.
Recordé la carta de despido. Recordé las noches que mi hijo y yo cenamos té con galletas porque no había para más después de mi accidente en su obra. Recordé cómo supliqué ayuda y solo recibí silencio por parte de su empresa.
Don Rogelio intentó arrastrarse, pero sus piernas eran peso muerto. Sus ojos, desorbitados, barrían el salón buscando a alguien que no lo viera como una oportunidad de negocio o un estorbo.
Y entonces, sus ojos se cruzaron con los míos.
No me reconoció, claro. Para él, yo solo era un “nadie” más. Pero yo sí sabía lo que era estar tirado, roto y desesperado por proteger a tu familia.
Los guardaespaldas dudaban. Los socios murmuraban. El aire estaba cargado de una tensión eléctrica, una mezcla de morbo y crueldad. Podría haberme dado la vuelta. Podría haber dejado que el karma hiciera su trabajo sucio y disfrutar del espectáculo.
Pero escuché su respiración entrecortada. Era el sonido de un animal acorralado que sabe que su vida ha terminado.
Apreté los dientes, ignorando el dolor en mi propia columna, y di un paso al frente.
¿LO DEJARÍAS SUFRIR O LE TENDERÍAS LA MANO AL DIABLO?
PARTE 2 – LA CAÍDA DEL REY Y LA MANO DEL NADIE
El silencio en ese salón era más pesado que una losa de concreto. No era un silencio de paz, era un silencio de juicio. Mis botas de trabajo, esas que compré en el tianguis porque las de marca son un lujo que no me puedo dar, chirriaron sobre el mármol pulido cuando di el segundo paso. Chilla, chilla. Ese sonido ridículo fue lo único que rompió la atmósfera densa que se había formado alrededor de Don Rogelio.
La gente de dinero, los “fresas”, los socios, las señoras con sus vestidos de lentejuelas que costaban más de lo que yo ganaría en cinco años, se abrieron como el Mar Rojo. Pero no por respeto. Se abrían por asco. Se abrían porque la tragedia, cuando es real y fea, les mancha el aura. Nadie quería salir en la foto del escándalo. Nadie quería ser el que estuviera cerca del “Tiburón” cuando se le acabara el agua.
Yo seguí caminando. Mi espalda protestó, una punzada caliente en la zona lumbar, justo donde tengo la cicatriz de la cirugía mal hecha, esa que el seguro de Don Rogelio se negó a cubrir hace siete años. “Desgaste natural”, dijeron los abogados. “Negligencia del trabajador”, firmó el perito comprado. Me acordé de eso con cada paso que daba hacia él. El dolor era mi recordatorio, mi brújula moral. Me decía: Date la vuelta, Mateo. Déjalo que se pudra. Que sienta lo que es no poder moverse y que nadie te tienda la mano.
Pero mis pies no se detuvieron.
Llegué hasta donde estaba el círculo vacío. Don Rogelio estaba boca abajo, con la cara pegada al suelo frío, jadeando como un pez fuera del agua. Su mano derecha, esa mano con la que había firmado mi despido injustificado, arañaba las juntas del piso, tratando de traccionar un cuerpo que ya no le obedecía.
—¡Ayúdenme! —gritó de nuevo, pero esta vez fue un susurro ronco, quebrado. Se le había acabado la voz de mando. Ahora solo le quedaba la voz del miedo.
Me arrodillé a su lado. El movimiento fue lento, torpe por mi propia lesión, y solté un gruñido involuntario al doblar las rodillas. El olor que emanaba de él era una mezcla extraña: colonia cara, alcohol fino y… orina. El miedo hace eso. El cuerpo traiciona al hombre más poderoso igual que al más humilde. Se había orinado encima. El gran Don Rogelio, el dueño de media ciudad, se había orinado en sus pantalones italianos frente a la crema y nata de la sociedad.
—No se mueva, Don Rogelio —le dije. Mi voz salió más firme de lo que esperaba. Voz de capataz, no de conserje.
Él giró la cabeza bruscamente, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas. Me miró, pero no me vio. Sus pupilas estaban dilatadas, buscando un salvavidas, no a una persona.
—¿Quién eres? —balbuceó, con la baba colgándole de la comisura de los labios—. ¡Levántame! ¡Sácame de aquí, carajo! ¡Te pago lo que quieras!
Ahí estaba. El instinto. El dinero como solución universal. “Te pago lo que quieras”.
Sentí una oleada de bilis subirme por la garganta. Quise escupirle. Quise decirle: “¿Cuánto vale mi espalda, Rogelio? ¿Cuánto valen las lágrimas de mi hijo cuando no le pude comprar los útiles escolares? ¿Cuánto vale la dignidad de un hombre que tuvo que aprender a caminar de nuevo solo, sin un peso, mientras tú inaugurabas tu tercer edificio en Santa Fe?”
Pero respiré hondo. El olor a cera para pisos me centró.
—Si lo muevo, lo puedo dejar paralítico de por vida, patrón —le dije, usando esa palabra, “patrón”, con un filo de ironía que solo yo entendí—. Usted se cayó de espaldas. Puede tener una lesión en la columna. Si lo levanto a lo pendejo, le termino de joder la vida.
La palabra “columna” lo golpeó más fuerte que la caída. Se quedó quieto de golpe. El terror en sus ojos cambió de forma. Ya no era pánico escénico, era terror existencial.
—¿La… la columna? —susurró.
—Sí. Así que quédese quieto.
Levanté la vista. Alrededor de nosotros, el círculo de curiosos se había cerrado un poco. Veía caras conocidas. Ahí estaba el Licenciado Montiel, su mano derecha, un tipo con cara de comadreja que siempre me miraba por encima del hombro cuando iba a limpiar su oficina. Estaba sosteniendo su copa de vino, mirando la escena como si fuera una serie de Netflix, sin mover un dedo.
—¡Oigan! —grité. Mi voz retumbó en el salón, haciendo eco en los techos altos—. ¡Alguien llame a una ambulancia! ¡Ya!
Nadie se movió al principio. Parecía que esperaban permiso para ser humanos.
—¡¿Qué, están sordos?! —les grité, perdiendo la paciencia, olvidando que yo era el de la mopa y ellos los dueños del edificio—. ¡El señor se pudo haber roto la espalda! ¡Llamen al 911!
El Licenciado Montiel parpadeó, como saliendo de un trance, y sacó su teléfono con desgana.
—Ya… ya estoy llamando —dijo, con voz titubeante.
Bajé la mirada hacia Rogelio otra vez. Él estaba temblando incontrolablemente. El shock estaba entrando en su sistema.
—Tengo frío… —gimió—. ¿Por qué hace tanto frío?
No hacía frío. El aire acondicionado estaba a 22 grados. Era el frío de adentro, el frío de cuando el cuerpo dice “hasta aquí”.
Me quité mi chamarra de trabajo. Era una prenda vieja, de mezclilla gastada, con el logotipo de la empresa de limpieza medio despegado en el pecho. Olía a cloro y a sudor seco. No era cachemira, no era seda. Pero era lo único caliente que había ahí.
Se la puse encima, cubriéndole los hombros y parte de la espalda, con cuidado de no moverlo.
—Tranquilo. Ya viene la ayuda.
Rogelio miró la tela áspera de mi chamarra. Sus dedos, llenos de anillos de oro, se cerraron sobre la mezclilla barata. Se aferró a ella como si fuera el manto de la Virgen.
—No siento las piernas… —repitió, y esta vez, se le quebró la voz en un llanto de niño chiquito—. Te lo juro, no las siento. ¿Qué me pasó?
—Se resbaló, señor. Se dio un golpe muy fuerte.
—No… no fue solo el golpe —dijo él, con los ojos fijos en el techo—. Las piernas… me fallaron antes de caer. Simplemente… se apagaron.
Eso me heló la sangre. Si las piernas le fallaron antes, esto no era un accidente. Era algo médico. Un derrame, un infarto medular, algo grave.
—Escúcheme —le dije, acercándome más a su cara para que no tuviera que gritar—. Necesito que respire despacio. Inhale por la nariz… eso, así. Saque el aire por la boca. Si se altera, se le sube la presión y es peor.
Él obedeció. Era increíble. El hombre que jamás escuchaba a nadie, el que gritaba órdenes a diestra y siniestra, ahora seguía mis instrucciones como un cachorrito asustado.
En ese momento, una mujer se abrió paso entre la gente. Era Doña Claudia, su esposa. O bueno, su tercera esposa. Una mujer joven, guapísima, que siempre andaba con cara de que algo le olía mal.
—¡Rogelio! —gritó, pero se detuvo a dos metros de distancia. Vio el charco de orina. Vio mi chamarra sucia sobre el traje de su marido. Hizo una mueca casi imperceptible, una arruga en la nariz—. ¡Dios mío! ¿Qué le hiciste?
Me miró a mí como si yo lo hubiera empujado.
—Se cayó, señora —dije sin levantarme—. No se acerque mucho, necesitamos espacio.
—¿Y tú quién eres para darme órdenes? —espetó ella, recuperando la arrogancia—. ¡Quítale esa garra de encima! ¡Vas a ensuciar su traje!
Ahí estaba. La prioridad. El traje.
Sentí una furia caliente en el pecho. Rogelio, desde el suelo, soltó un gemido.
—Claudia… cállate… —dijo él, con los dientes apretados—. Me duele…
—¡Pero mira cómo te tiene este indio! —insistió ella, señalándome con una uña acrílica perfecta—. ¡Seguridad! ¡Quiten a este tipo de aquí!
Dos guardias de seguridad, grandotes y con cara de pocos amigos, se acercaron. Yo los conocía. Eran el “Chato” y el “Beto”. Comíamos tortas juntos en la banqueta a veces. Pero ahora tenían el uniforme puesto y a la patrona gritando.
—Mateo, hazte a un lado, carnal —me dijo el Chato, en voz baja, casi disculpándose—. La señora está alterada.
—No me muevo, Chato —le contesté, mirándolo a los ojos—. El señor tiene una lesión en la columna. Si lo mueven ustedes para “limpiar la escena”, lo matan. ¿Quieres cargar con ese muertito en tu conciencia? Porque la señora Claudia te va a echar la culpa a ti en cuanto los abogados pregunten quién lo movió.
El Chato se detuvo. Miró a Rogelio, miró a la esposa histérica, y luego me miró a mí. Sabía que yo tenía razón. En este mundo, la culpa siempre cae hacia abajo.
—La ambulancia ya viene, señora —dijo el Chato, dándose la vuelta hacia ella—. Es mejor no moverlo. Protocolo de seguridad.
Claudia bufó, indignada, y sacó su celular para llamar a alguien, probablemente a su propio abogado o a su cirujano plástico, quién sabe. Se alejó de su marido, dándole la espalda.
Rogelio vio todo. Vio cómo su mujer prefería pelear por un traje sucio que sostenerle la mano. Vio cómo sus socios seguían bebiendo en las esquinas, murmurando sobre “cómo afectará esto a las acciones de la empresa”.
Se quedó solo. Completamente solo en medio de doscientas personas.
Bueno, no completamente. Yo estaba ahí.
—Son unos buitres… —susurró Rogelio. Una lágrima solitaria le corrió por la sien y se perdió en su cabello canoso—. Todos ellos. Buitres.
—No gaste energía en corajes, patrón —le dije, sacando un pañuelo de tela que traía en el bolsillo trasero (limpio, por suerte) y secándole el sudor de la frente. Fue un gesto íntimo, casi paternal. Algo que no le había hecho ni a mi propio padre.
Él me miró fijamente. Esta vez, realmente me vio. Sus ojos recorrieron mi cara, mis arrugas prematuras por el sol, la cicatriz en mi barbilla, mis manos callosas y llenas de cicatrices de trabajo.
—Te conozco… —dijo, frunciendo el ceño—. Tu cara… yo te conozco.
El corazón me dio un vuelco. ¿Se acordaba? Imposible. Para él, los empleados somos números de nómina que se borran cuando dejan de ser útiles.
—Trabajé para usted hace años —le dije, y no pude evitar que la amargura se filtrara en mi voz—. En la Torre Vista Hermosa. La obra de la colonia Juárez.
Sus ojos se abrieron un poco más. La Torre Vista Hermosa. Su gran orgullo. Su gran estafa, donde ahorró en materiales y en seguridad.
—¿Eras albañil?
—Era fierrero. Me encargaba de los armados.
—¿Y qué haces aquí… de limpieza? —preguntó, con esa inocencia cruel de los ricos que no entienden cómo funciona la pobreza.
—Tuve un accidente en su obra, Don Rogelio —le solté. No quería decírselo ahora, no cuando estaba tirado, pero las palabras salieron solas. Eran años de rabia contenida—. Se cayó el andamio del cuarto piso. El arnés que nos dieron estaba podrido. Me jodí tres vértebras. Su empresa dijo que fue mi culpa por “imprudencia”. Me corrieron sin liquidación mientras estaba en el hospital.
El silencio que siguió a mis palabras fue diferente. Ya no era el silencio del salón. Era un silencio entre él y yo. Una burbuja de verdad en medio de la mentira de su fiesta.
Rogelio palideció aún más. Su mirada bajó a mi cintura, a mi postura rígida.
—La espalda… —murmuró—. Por eso cojeas.
—Por eso cojeo. Y por eso ya no puedo cargar cosas pesadas. Y por eso mi hijo tuvo que dejar la prepa un año para ponerse a trabajar, porque yo no podía ni pararme de la cama para ir al baño.
Rogelio tragó saliva. Su mano, que aún aferraba mi chamarra de mezclilla, tembló.
—Y aun así… —su voz era un hilo—. Aun así estás aquí. Cuidándome.
—Alguien tiene que hacerlo —respondí secamente—. Y parece que sus amigos están muy ocupados cuidando sus zapatos.
Él cerró los ojos. Una mueca de dolor físico y moral le cruzó el rostro.
—Karma —susurró—. Es el pinche karma, ¿verdad?
—Yo no creo en eso, patrón. Yo creo en que uno cosecha lo que siembra. Y usted sembró mucho cemento, pero poca humanidad.
Fue duro. Tal vez demasiado duro para un hombre que estaba tirado en el piso. Pero era la verdad. Y a veces, la verdad es la única medicina que sirve.
En ese momento, las sirenas se escucharon a lo lejos. El sonido salvador. La tensión en el cuerpo de Rogelio disminuyó un poco, pero su agarre en mi chamarra se hizo más fuerte.
—No te vayas —me pidió. Y no era una orden. Era una súplica—. Por favor. No dejes que me lleven solo. No confío en ellos. No confío en Claudia. No confío en Montiel.
Me quedé helado. El gran Don Rogelio, pidiéndole al conserje que lo acompañara.
—Yo no puedo ir en la ambulancia, señor. Soy personal de servicio. No me van a dejar subir.
—¡Yo digo quién sube! —intentó gritar, pero le salió un gallo—. ¡Tú vienes conmigo! ¡Es una or…! —se detuvo, tosió, y corrigió—: Es… es un favor. Te lo pido como un favor. Por favor, compa.
“Compa”. Me dijo compa.
Los paramédicos entraron corriendo, rompiendo el círculo de gente. Eran dos chavos jóvenes, eficientes, con sus uniformes naranjas y mochilas enormes.
—¡Permiso, abran paso! —gritaron.
Llegaron hasta nosotros. Uno de ellos, el líder, se arrodilló al otro lado de Rogelio.
—Buenas noches, señor. ¿Cuál es su nombre? ¿Qué pasó?
—Rogelio… me caí… no siento las piernas.
El paramédico me miró a mí.
—¿Usted vio qué pasó?
—Sí —respondí—. Estaba parado, se le doblaron las rodillas antes de caer, como si se hubiera desmayado de las piernas, y cayó de espaldas seco contra el mármol. No se ha movido desde entonces. Le cubrí porque tenía frío y temblores. No dejamos que nadie lo moviera.
El paramédico asintió, aprobando.
—Bien hecho. Eso pudo haberle salvado la movilidad si es una lesión medular.
Empezaron a trabajar. Collarín. Tabla rígida. Chequeo de signos vitales. Todo rápido, todo profesional. Cuando empezaron a levantarlo en la camilla, Rogelio entró en pánico otra vez.
—¡Mateo! —gritó, buscando mi mano. Había recordado mi nombre. O lo había leído en mi gafete, no sé—. ¡Mateo, ven conmigo!
La esposa, Claudia, se acercó corriendo ahora que ya había profesionales encargándose de la parte sucia.
—Yo voy con él —dijo ella, posando la mano sobre la camilla para la foto.
Rogelio la miró con una furia que no sabía que le quedaba.
—¡No! —bramó—. ¡Tú no! ¡Tú te quedas a… a despedir a los invitados! ¡No quiero que me veas así!
—Pero Rogelio, soy tu esposa…
—¡Dije que no! —Miró a los paramédicos—. Quiero que venga él. —Me señaló—. Él viene conmigo.
El paramédico me miró, confundido.
—¿Es familiar?
—Soy… su empleado —dije.
—El paciente lo solicita y está muy alterado. Si no se calma, es peligroso. Súbase, jefe.
Miré alrededor. El gerente del hotel me hacía señas de que no fuera, de que volviera a mi trabajo. El Chato me miraba con respeto. Los ricos me miraban con envidia y confusión: ¿qué tenía ese conserje que el millonario lo prefería a ellos?
Pensé en mi hijo. Pensé en llegar a casa y contarle esto. Pensé en la dignidad.
—Está bien —dije.
Me subí a la ambulancia detrás de la camilla. Las puertas se cerraron, bloqueando la vista del salón de lujo, de la música que empezaba a sonar de nuevo (porque el show debe continuar), y de la vida que Rogelio dejaba atrás.
Dentro de la ambulancia, el ruido de la sirena era ensordecedor. Los paramédicos le ponían una vía intravenosa. Rogelio no me soltaba la mano. Mi mano callosa contra su mano suave de manicura.
—Gracias… —murmuró, con los ojos cerrados por el dolor del movimiento del vehículo.
Me quedé callado un momento, mirando las luces de la ciudad pasar a toda velocidad por la ventanilla trasera.
—No me dé las gracias todavía, Don Rogelio —le dije suavemente—. Apenas empieza lo difícil.
—¿Lo difícil?
—Sí. Aprender a vivir cuando el dinero no sirve para levantarse de la cama.
Abrió los ojos y me miró. Había miedo, sí. Pero por primera vez en años, vi algo más en los ojos del Tiburón. Vi humanidad. Vi al hombre que existía antes de los millones.
—¿Tú… tú crees que vuelva a caminar?
Recordé mis meses de terapia. El dolor de cada paso. Las ganas de rendirse.
—No lo sé. Pero si quiere intentarlo, va a tener que aprender a apretar los dientes y a aguantarse, como nos toca a los pobres. Aquí ya no manda usted, patrón. Manda su cuerpo. Y el cuerpo cobra todas las facturas.
La ambulancia dio un giro brusco. Rogelio gimió.
—Cuéntame… —dijo, tratando de distraerse del dolor—. Cuéntame qué pasó después de que te despedí. Cuéntame la verdad.
Y ahí, en esa ambulancia que corría por el Periférico a las dos de la mañana, mientras él luchaba por no perder la conciencia, yo empecé a hablar. No hablé con rencor. Hablé con la verdad desnuda.
Le conté del día que llegué a casa con la carta de despido y mi hijo de diez años me preguntó si íbamos a perder la casa. Le conté de cómo vendí mi herramienta para comprar analgésicos. Le conté de la vergüenza de pedir fiado en la tiendita de la esquina. Le conté de cómo mi esposa se fue porque “no se casó con un inválido sin futuro”.
Cada palabra era un golpe para él. Más fuerte que la caída en el mármol. Lloraba. No sé si de dolor físico o de culpa, pero lloraba en silencio.
—No sabía… —decía—. Te juro que no sabía. Los abogados… ellos manejan todo eso. Yo solo firmo.
—Ese es el problema, Don Rogelio. Usted firmaba y se olvidaba. Para usted era un papel. Para mí, era mi vida.
La ambulancia frenó de golpe. Habíamos llegado al hospital privado, el más caro de la ciudad, por supuesto.
Las puertas se abrieron. La luz blanca de urgencias nos cegó. Un equipo de médicos ya estaba esperando, alertados por la importancia del paciente.
—¡Trauma de columna! ¡Masculino de 62 años! ¡Pérdida de sensibilidad en extremidades inferiores!
Se lo llevaron corriendo. Nuestras manos se separaron a la fuerza.
—¡Mateo! —gritó él mientras se alejaba—. ¡No te vayas! ¡Espérame aquí!
Me quedé parado en la rampa de ambulancias. Solo. Con mi uniforme de conserje manchado de la orina del hombre más rico de México.
Un guardia de seguridad del hospital se me acercó.
—Oiga, amigo, la entrada de proveedores es por atrás. Aquí no puede estar.
Solté una risa seca, cansada.
—No soy proveedor, jefe. Vengo con el paciente.
—¿Con Don Rogelio? —El guardia me barrió con la mirada, escéptico—. ¿Usted?
—Sí. Yo.
—Pues pase a la sala de espera. Pero le advierto que ahí solo entra la familia.
Caminé hacia la sala de espera. Era tan lujosa como el salón de fiestas. Sillones de piel, máquinas de café expreso, revistas de golf. Me senté en una esquina, tratando de hacerme pequeño, de no ensuciar nada.
Pasaron las horas. Una, dos, tres.
Llegó Claudia, la esposa, con los ojos rojos (probablemente de frotárselos para fingir llanto, pensé con malicia, aunque luego me arrepentí; tal vez sí lo quería, a su manera torcida). Llegó el Licenciado Montiel con un maletín, hablando por teléfono, organizando el control de daños con la prensa.
Nadie me habló. Nadie me ofreció un café. Volví a ser invisible.
Pero yo no me iba. No por él. Sino porque quería ver el final de la historia. Quería ver si la vida realmente le iba a dar una lección o si, como siempre, el dinero iba a amortiguar la caída.
A las cinco de la mañana, salió un cirujano con cara de cansancio. Todos se levantaron de golpe.
—¿Doctor? —preguntó Claudia—. ¿Cómo está?
El médico se quitó el gorro quirúrgico y suspiró.
—Está estable. No hay riesgo de muerte. Pero…
Ese “pero” resonó en la sala como un disparo.
—La lesión en la médula es severa. Hubo una compresión importante. Hemos descomprimido la zona, pero el daño… es difícil de evaluar ahora mismo.
—¿Va a caminar? —preguntó Montiel, pragmático.
—Es poco probable —dijo el médico sin rodeos—. Quizás con mucha terapia, años de rehabilitación, pueda recuperar algo de movilidad. Pero volver a caminar como antes… necesitaría un milagro.
Claudia se tapó la boca. Montiel hizo una mueca de cálculo, seguramente pensando en la sucesión de la empresa.
—¿Puedo verlo? —preguntó la esposa.
—Está sedado. Despertará en unas horas. Pero… antes de que la anestesia hiciera efecto, pidió hablar con alguien.
Todos miraron a Claudia. Ella se alisó el vestido, lista para entrar.
—Pidió hablar con “Mateo” —dijo el médico, leyendo sus notas—. ¿Quién es Mateo?
El silencio volvió a caer. Todas las cabezas giraron lentamente hacia la esquina donde yo estaba, medio dormido, con mi uniforme gris.
El Licenciado Montiel se puso rojo de la ira.
—Debe ser un error. Está delirando por los medicamentos. Ese hombre es el conserje.
—El paciente fue muy insistente —dijo el médico, mirándome con curiosidad—. Dijo: “Que no se vaya Mateo. Él es el único que me dice la verdad”.
Me levanté. Mis rodillas tronaron. Mi espalda dolía como el infierno después de estar sentado en mala postura tanto tiempo.
Caminé hacia el médico, pasando por delante de la esposa atónita y del abogado furioso.
—Yo soy Mateo, doctor.
—Acompáñeme, por favor.
Entré a la unidad de cuidados intensivos. El pitido de las máquinas era el único sonido. Ahí estaba Don Rogelio, conectado a mil cables, pálido, indefenso. Se veía más pequeño que nunca.
Me acerqué a la cama. Él abrió los ojos pesadamente.
—Mateo… —susurró.
—Aquí estoy, patrón.
—No me digas patrón… —hizo una mueca—. Ya no soy patrón de nada. Soy un bulto.
—Sigue vivo. Eso es ganancia.
Él miró al techo.
—Escuché al doctor… aunque creyeron que estaba dormido. Dijeron que no voy a caminar.
—Dijeron que es poco probable. No imposible.
—Tú… tú te levantaste. —Giró la cabeza para mirarme—. Tú te levantaste después de lo que te hice. ¿Cómo le hiciste? ¿Cómo no te pegaste un tiro?
Pensé en la respuesta. Podría haberle dicho frases bonitas de superación personal. Pero él quería la verdad.
—Por coraje, Rogelio. Me levanté por puro coraje. Para demostrarles a todos que no me iban a dejar tirado como basura. Y por amor. Porque tenía a alguien por quién luchar. Usted tiene dinero, tiene hospitales, tiene los mejores médicos. Pero si no tiene un motivo, una razón de verdad que le arda en el pecho, no se va a levantar de esa cama.
Él se quedó callado, asimilando el golpe.
—No tengo a nadie… —confesó—. Claudia solo quiere la herencia. Mis hijos… ni siquiera han llamado, ¿verdad?
No contesté. No habían llamado.
—Estoy solo. Tengo millones y estoy solo.
—Entonces empiece por ahí —le dije—. Si sale de esta, cambie eso. Use lo que le queda de vida para arreglar lo que rompió. No con cheques. Con actos.
Rogelio cerró los ojos, agotado.
—¿Me ayudas?
—¿A qué?
—A arreglarlo. No te vayas. Te contrato. No de conserje. De… no sé. De mi conciencia. Necesito a alguien que no me tenga miedo y que no quiera mi dinero.
Me reí. Fue una risa breve, incrédula.
—Yo no quiero su dinero, Rogelio. Pero tampoco puedo ser su niñera. Tengo mi vida. Tengo mi chamba.
—Te ofrezco el triple. Y… —hizo una pausa—. Y la liquidación que te debo. Con intereses. Y una beca para tu hijo. Para que no tenga que dejar la escuela nunca más.
Ahí me detuve. Mi orgullo me decía que le aventara la oferta a la cara. ¡No te vendas!, gritaba mi dignidad. Pero luego pensé en mi hijo. En sus ganas de ser arquitecto. En cómo se le iluminan los ojos cuando ve planos. Pensé en que la justicia a veces llega por caminos torcidos.
—No lo haga por culpa —le advertí—. Si lo hace por culpa, no lo quiero.
—Lo hago porque eres el único que me cubrió con su chamarra cuando me oriné encima —dijo, con una honestidad brutal—. Lo hago porque me dijiste la verdad. Acepta. Por favor.
Miré al hombre roto en la cama. El “Tiburón” ya no tenía dientes.
—Lo voy a pensar —dije—. Ahora descanse. Mañana hablamos.
Me di la vuelta para salir.
—Mateo —me llamó antes de que cruzara la puerta.
—¿Sí?
—¿Me puedes devolver mi dignidad?
Me detuve, con la mano en el picaporte.
—Esa no se compra, Rogelio. Esa se gana. Y va a tener que empezar desde cero, gateando, igual que yo.
Salí de la habitación. En el pasillo, el Licenciado Montiel me interceptó, bloqueándome el paso.
—No sé qué le dijiste, pinche gato —me escupió en voz baja, para que el médico no oyera—. Pero no creas que vas a sacar tajada de esto. En cuanto se recupere, te voy a aplastar. Tú no eres nadie.
Lo miré. Lo miré desde mis botas gastadas hasta su corbata de seda. Y por primera vez en mi vida, no sentí miedo de un traje. Sentí lástima.
—Licenciado —le dije, con una calma que lo desconcertó—. Hace unas horas, su jefe estaba tirado en su propia mierda y usted no tuvo los huevos para tocarlo. Yo sí. Así que no me amenace. Porque el que lo levantó del suelo fui yo. Y el que lo puede dejar caer otra vez… también soy yo.
Lo empujé levemente con el hombro, no fuerte, solo lo suficiente para apartarlo de mi camino, y seguí caminando hacia la salida.
El sol estaba saliendo sobre la Ciudad de México. El aire estaba fresco. Me dolía la espalda, me dolían las rodillas, y tenía hambre. Pero mientras caminaba hacia la parada del camión, sentí algo extraño.
Me sentía ligero.
Había entrado a esa fiesta como un fantasma, como un mueble más. Y salía sabiendo que, a veces, la vida te pone en el lugar exacto para equilibrar la balanza.
El Rey había caído. Y el Nadie… el Nadie acababa de descubrir que tenía más poder del que imaginaba.
Saqué mi celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada, y marqué el número de mi hijo.
—¿Bueno? ¿Papá? —su voz sonaba adormilada—. ¿Estás bien? ¿Por qué llamas tan temprano? ¿Pasó algo en la chamba?
Sonreí, con los ojos llenos de lágrimas que por fin me permití soltar.
—Sí, mijo. Pasó algo. Prepara el café. Tengo una historia muy larga que contarte. Y… ve buscando los folletos de esa universidad que te gustaba. Creo que las cosas van a cambiar.
Colgué el teléfono y miré al cielo.
—Gracias, Diosito —susurré—. Pero no se lo pongas tan fácil al viejo. Que le cueste. Que le cueste aprender a ser gente.
Llegó el camión. Me subí, pagué mi pasaje y me senté en la ventana. La ciudad despertaba, ajena a los dramas de los ricos y a las victorias de los pobres. Pero yo sabía la verdad. Sabía que en esa habitación de hospital, algo se había roto y algo se había empezado a sanar. No la columna de Rogelio. Sino algo mucho más profundo.
El viaje apenas comenzaba. Y esta vez, yo no iba en la caja de carga. Iba al volante de mi propio destino.
Aquí tienes la continuación de la historia, desarrollada con profundidad, detalle y el estilo narrativo mexicano solicitado, asegurando una extensión sustancial para cumplir con los requisitos.
PARTE 3: EL CONTRATO DE LAS CICATRICES Y LA JAULA DE ORO
El café de olla hervía en la estufa, soltando ese aroma a canela y piloncillo que, para mí, siempre ha sido el olor de la supervivencia. Me quedé mirando la flama azul, hipnotizado, mientras mi casa —mi pequeño cantón de dos cuartos en Iztapalapa— despertaba con los ruidos de siempre: el perro del vecino ladrando a las motos, el camión del gas gritando su pregón y el sol colándose por las cortinas delgadas que mi esposa colgaron antes de irse para siempre.
Lalo, mi hijo, estaba sentado a la mesa. Esa mesa coja que habíamos remendado tres veces. Tenía los folletos de la universidad desplegados frente a él, esos que le dije que buscara cuando lo llamé desde el hospital. Me miraba con esa mezcla de esperanza y desconfianza que solo tienen los chavos que han crecido viendo a sus padres romperse el lomo por nada.
—¿Es neta, apá? —me preguntó, señalando los papeles—. ¿O es otra de esas promesas que hacen los patrones cuando están asustados y luego se les olvida?
Me senté frente a él. Mis rodillas tronaron, ese sonido seco que Rogelio había escuchado en el hospital. Tomé un sorbo de café y sentí cómo me quemaba la garganta, despertándome del todo.
—El miedo cambia a la gente, mijo —le dije, mirándolo a los ojos—. Y ese señor tiene mucho miedo. No miedo de perder dinero. Tiene miedo de quedarse solo con su conciencia. Y ahí es donde entro yo.
—Pero, papá… —Lalo dudó, mordiéndose el labio—. Ese señor es el mismo que te corrió cuando te lastimaste. Es el mismo que nos dejó sin comer. ¿Ahora vas a ser su amigo? ¿Vas a limpiarle la cola después de que te trató como basura?
La pregunta dolió. Dolió porque era lógica. Dolió porque mi orgullo, ese animal necio que vive en mi pecho, pensaba lo mismo. Pero entonces recordé la mano de Rogelio aferrada a mi chamarra de mezclilla sucia. Recordé sus ojos cuando le dije la verdad sobre mi vida. No era amistad lo que me pedía. Era salvación.
—No voy a ser su amigo, Lalo. Voy a ser su espejo. Y los espejos no mienten. Además… —Señalé el folleto de la Facultad de Arquitectura—. Si me trago mi orgullo un rato, tú no vas a tener que cargar bultos de cemento como yo. Tú vas a diseñar los edificios, no a morir en ellos.
Lalo bajó la mirada, tocando el papel brillante del folleto como si fuera un tesoro sagrado.
—¿Y si te vuelve a humillar?
—Ya no puede humillarme, hijo. —Sonreí, una sonrisa torcida y cansada—. Porque ya lo vi cagado de miedo en el piso. Cuando ves al diablo llorando, ya no te asustan sus cuernos.
Me terminé el café de un trago, me puse mi mejor camisa —una de cuadros que guardaba para bodas y funerales— y salí a la calle. No iba a ir de uniforme gris esta vez. Si iba a aceptar el trato, iba a entrar por la puerta grande.
La mansión de Don Rogelio no estaba en un barrio; estaba en otro mundo. “Bosques de las Lomas”, decía el letrero. Calles anchas, árboles que sí tenían hojas verdes y un silencio que costaba dinero. Llegué en microbús hasta la base y tuve que caminar tres kilómetros de subida porque los taxis de sitio no te suben si no te ven “fresa”.
Al llegar al portón negro, enorme como la entrada a una fortaleza, los guardias me detuvieron. Eran nuevos, no eran el Chato ni el Beto. Estos traían armas largas y cara de pocos amigos.
—¿A dónde, don? —me dijo uno, bloqueándome el paso con el pecho—. La entrada de servicio es los martes y jueves.
—No vengo de servicio. Vengo a ver al señor Rogelio.
El guardia soltó una carcajada burlona.
—Uy, sí. Y yo vengo a ver al Presidente. Órale, circúlele, que afea la fachada.
—Dígale que está aquí Mateo —dije, sin moverme un milímetro, clavando mis ojos en los suyos con la misma firmeza con la que había apartado al Licenciado Montiel en el hospital —. Y dígale que si no me deja pasar, me voy. Y cuando el patrón se entere de que usted corrió a la única visita que él pidió, el que va a terminar circulando buscando chamba va a ser otro.
El guardia dudó. Algo en mi tono, o tal vez esa seguridad que te da saber que no tienes nada que perder, lo hizo titubear. Murmuró algo por el radio. Hubo un silencio, y luego el portón eléctrico comenzó a abrirse con un zumbido suave.
—Pásale… —dijo el guardia, mirándome con desconfianza—. Dice el Licenciado Montiel que te esperan en el estudio.
Caminé por el sendero de piedra volcánica. El jardín era perfecto, tanto que parecía falso. El pasto cortado a milímetro, fuentes de cantera, estatuas que valían más que mi colonia entera. Pero se sentía frío. No había niños corriendo, no había música. Era un mausoleo para vivos.
Al entrar a la casa, el aire acondicionado me golpeó. Ese mismo frío artificial que había sentido en el salón de fiestas. Una empleada doméstica, con uniforme almidonado y la mirada baja, me guio.
—Por aquí, señor.
“Señor”. Hace dos días era el “invisible”. Ahora era “señor”. Qué chistoso es el dinero, ¿no? Te cambia el nombre sin cambiarte la sangre.
Entré al estudio. Era una biblioteca inmensa, con libros de lomos de piel que seguramente nadie había leído jamás. Y ahí estaban ellos. Los “buitres”, como los había llamado Rogelio.
Claudia estaba sentada en un sillón de terciopelo, revisando catálogos de enfermeros privados, con una copa de champaña en la mano a las diez de la mañana. El Licenciado Montiel estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono en voz baja, pero colgó en cuanto me vio entrar.
—Vaya, vaya… —dijo Montiel, con esa sonrisa de serpiente que le conocía bien —. El “héroe” ha llegado. Pensé que tendrías la decencia de desaparecer después de tu numerito en el hospital.
—Buenos días a usted también, Licenciado —respondí, quedándome de pie en el centro de la alfombra persa. No me invitaron a sentar, y no me importó.
Claudia me barrió con la mirada, arrugando la nariz como si oliera a basura.
—Mira, Mateo, o como te llames —dijo ella, cerrando su revista—. Vamos a ser claros. Rogelio está… inestable. El trauma, los medicamentos… no sabe lo que dice. Esa oferta de trabajo es ridícula.
—¿Ah, sí? —pregunté tranquilo—. ¿Y qué parte es ridícula? ¿Que quiera a alguien que no le mienta?
Montiel dio un paso al frente, tratando de intimidarme con su estatura y su traje caro.
—Escúchame bien, albañil. Rogelio necesita cuidados profesionales, no a un conserje que se cree psicólogo. Vamos a tramitar su incapacidad legal para tomar control de la empresa y de sus bienes, por su propio bien, claro. Tú eres un estorbo.
Sacó un sobre manila del escritorio y lo lanzó sobre la mesa de centro. Aterrizó con un golpe seco.
—Ahí hay cincuenta mil pesos en efectivo. Es más de lo que ganas en tres años limpiando pisos. Tómalo, firma esta renuncia a cualquier reclamo futuro y lárgate. Si te vuelvo a ver cerca de Rogelio, te voy a meter a la cárcel por intento de extorsión. Tengo jueces en mi nómina, Mateo. Tú no tienes ni para el abogado de oficio.
Miré el sobre. Cincuenta mil pesos. Podría arreglar el techo de mi casa. Podría pagar las deudas. Podría comprarle a Lalo una computadora nueva. Era tentador. El diablo siempre sabe qué precio ponerte.
Pero luego pensé en la mirada de Rogelio en la ambulancia. “No tengo a nadie… estoy solo”. Si yo tomaba ese dinero, confirmaba lo que ellos pensaban: que todo y todos tienen un precio. Que la lealtad es un cuento de hadas.
Me acerqué a la mesa. Montiel sonrió, triunfante. Claudia dio un sorbo a su copa, aburrida.
Tomé el sobre. Lo pesé en mi mano.
—Cincuenta mil pesos… —murmuré.
—Es una oferta generosa —dijo Montiel—. No la desperdicies.
Caminé hacia Claudia. Ella se tensó. Le extendí el sobre.
—Tenga, señora. Cómprese otra botella de esas que le gustan. Porque la dignidad de este “gato” no está en barata.
Dejé caer el sobre en su regazo. Claudia saltó como si le hubiera echado una rata encima, derramando un poco de champaña en su vestido.
—¡Eres un insolente! —chilló.
—Y usted es una viuda antes de tiempo —le contesté—. Pero su marido sigue vivo. Y mientras él respire, y mientras él me quiera aquí, ustedes se van a tener que aguantar mi olor a cloro.
Me giré hacia Montiel, que estaba rojo de la ira.
—¿Dónde está el patrón?
—No te voy a dejar verlo —bramó Montiel.
—¡Montiel! —Una voz ronca, débil, pero con un eco de autoridad, sonó desde un interfón en el escritorio—. ¡Déjalo pasar o te juro que uso mi última gota de energía para despedirte y boletinarte en todo el país!
Todos nos congelamos. Rogelio estaba escuchando. Había cámaras. Había micrófonos. El viejo zorro, aun roto, seguía siendo un zorro.
Montiel apretó los puños, pero se hizo a un lado.
—Pasillo al fondo, a la derecha —masculló entre dientes—. Esto no se queda así, Mateo.
—Lo sé —le dije al pasar junto a él—. Apenas empieza lo difícil.
La habitación de Rogelio era más grande que toda mi casa. Tenía ventanales enormes que daban al jardín, pero las cortinas estaban cerradas, sumiendo el cuarto en una penumbra deprimente. Olía a medicamentos, a encierro y a esa fragancia metálica de la derrota.
En el centro, en una cama hospitalaria de última generación, estaba él. Se veía diminuto sin su traje. Llevaba una pijama de seda gris. Tenía un collarín puesto y sus piernas… sus piernas hacían dos bultos inmóviles bajo las sábanas blancas.
Me acerqué despacio.
—Abriste las cortinas… —dije en voz baja.
—¿Qué? —Rogelio giró la cabeza con dificultad. Tenía ojeras profundas y la barba de tres días. Se veía diez años más viejo que en la fiesta.
—Dije que abras las cortinas. —Caminé hacia la ventana y tiré del cordón. La luz del sol inundó el cuarto, revelando el polvo flotando en el aire.
—¡No! —gritó Rogelio, cubriéndose los ojos con el antebrazo—. ¡Cierra eso! ¡Me lastima la luz!
—Lo que le lastima es ver el día afuera y saber que usted está aquí adentro —dije, dejándolas abiertas—. Acostúmbrese. Si vamos a trabajar juntos, la primera regla es: nada de oscuridad. Los hongos crecen en la oscuridad, patrón. Y la lástima también.
Rogelio bajó el brazo lentamente y me miró. Sus ojos estaban vidriosos.
—Escuché lo de abajo —dijo, con la voz quebrada—. Escuché lo del dinero. ¿Por qué no lo tomaste? Eres un pendejo, Mateo. Con eso vivías tranquilo un año.
—Porque usted me ofreció el triple y la beca de mi hijo, ¿no se acuerda? —bromeé, acercando una silla a su cama.
Rogelio intentó sonreír, pero le salió una mueca dolorosa.
—Cumplo mis promesas, Mateo. Mis abogados ya están redactando el contrato. Te voy a dar lo que te corresponde por ley, más el sueldo de… “asistente personal”. Y la universidad del muchacho está pagada por adelantado el primer año. Lo hice esta mañana desde el teléfono.
Sentí un nudo en la garganta. Mi hijo. Arquitecto.
—Gracias, Don Rogelio.
—No me des las gracias —me cortó, áspero—. Lo hago porque te necesito. Y porque tengo miedo de que Montiel tenga razón y me declaren incompetente. Necesito a alguien que sea mis manos y mis piernas mientras… mientras veo si esto tiene arreglo.
Miró hacia sus pies inmóviles.
—El doctor vino hoy. Dijo que la inflamación bajó, pero que no hay respuesta nerviosa. Cero. Nada. Soy un mueble, Mateo. Un mueble caro.
—Usted no es un mueble. Es un hombre que se cayó. Y los hombres se levantan. O se arrastran. Pero no se quedan quietos.
—¿Y si no puedo? —Su voz fue un susurro—. ¿Y si nunca más me levanto?
Me incliné hacia él, apoyando los codos en mis rodillas, esa postura que usamos los albañiles cuando nos sentamos en la banqueta a comer y hablar de cosas serias.
—Entonces aprenderá a volar, cabrón. Pero no se va a quedar ahí chillando. Escúcheme bien. Acepto el trabajo. Pero con mis condiciones.
Rogelio me miró, sorprendido. No estaba acostumbrado a que le pusieran condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Primera: Me va a tratar con respeto. Nada de “indio”, nada de “gato”, nada de gritos pendejos. Si me grita, le cobro multa. —Segunda: Va a hacer lo que digan los doctores, aunque le duela. Yo sé lo que es la rehabilitación. Duele un chingo. Dan ganas de mandar todo al diablo. Pero usted no va a renunciar. Si renuncia, yo me voy. —Y tercera… —Hice una pausa, pensando en los “buitres” de abajo—. Usted va a arreglar el cochinero que hizo con su gente. No solo conmigo. Con todos. Si vamos a limpiar su conciencia, la vamos a dejar rechinando de limpia.
Rogelio sostuvo mi mirada. Vi la lucha en su interior. El orgullo contra la necesidad. El viejo patrón contra el hombre nuevo y roto.
—Trato hecho —dijo finalmente, extendiendo su mano débil.
Se la estreché. Su piel estaba fría, la mía rasposa. Fue un pacto sellado no con tinta, sino con cicatrices.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Entró una mujer bajita, morena, de unos treinta años, con un uniforme azul eléctrico y el cabello recogido en un chongo apretado. Traía una energía que llenaba el cuarto.
—¡Buenos días, Bella Durmiente! —gritó con una voz chillona pero alegre—. ¡Ya llegó su peor pesadilla!
Rogelio bufó.
—Sáquenla de aquí… —gimió—. Es la terapeuta. Es una sádica.
La mujer me miró y me guiñó un ojo.
—Tú debes ser Mateo. El doctor me contó el chisme. Soy Mariana. Fisioterapeuta y torturadora profesional. ¿Me vas a ayudar o te vas a quedar ahí mirando como los demás?
Me levanté, sintiendo que por primera vez en años, estaba exactamente donde tenía que estar.
—Dígame qué hago, jefa.
—Agárralo de los hombros. Vamos a sentarlo. Hoy toca equilibrio de tronco. Y va a llorar, te lo aviso.
Rogelio se puso pálido.
—No… hoy no… me duele mucho…
—El dolor es debilidad saliendo del cuerpo, Don Rogelio —dije, repitiendo una frase que me había dicho un viejo maestro albañil hace años—. Órale. Arriba.
Me coloqué detrás de él. Mariana tomó sus piernas inertes. A la cuenta de tres, lo levantamos. Rogelio gritó. Fue un grito agudo, lleno de frustración y agonía. Su cuerpo pesaba como plomo muerto. Su cabeza caía hacia los lados.
—¡Sosténlo! —gritó Mariana.
Lo abracé por el pecho, pegando mi cuerpo al suyo para darle soporte. Sentí sus costillas expandirse con cada respiración agitada. Sentí su corazón latiendo desbocado como el de un pájaro atrapado.
—No puedo… suéltame… déjame caer… —lloraba él.
—No lo voy a soltar —le susurré al oído, con firmeza—. Yo lo tengo. Yo soy su columna ahorita. Respire.
Fueron diez segundos. Diez segundos eternos donde el hombre más rico de México dependió totalmente de la fuerza del hombre al que había desechado. Diez segundos donde no hubo clases sociales, ni cuentas bancarias, ni rencores. Solo dos seres humanos luchando contra la gravedad y el destino.
Cuando lo volvimos a acostar, Rogelio estaba bañado en sudor, jadeando.
—Te odio… —masculló, mirando al techo.
—Lo sé —le contesté, secándome mi propio sudor—. Pero mañana lo va a hacer mejor.
Mariana anotó algo en su tabla y me sonrió.
—Tienes buen brazo, Mateo. Nos vamos a entender bien.
Salí de la habitación para dejarlo descansar. En el pasillo, me encontré de nuevo con el silencio de la mansión. Pero ahora se sentía diferente. Ahora no era un mausoleo. Ahora era un campo de batalla.
Caminé hacia la cocina para buscar un vaso de agua. Al pasar por el comedor, escuché a Claudia hablando por teléfono.
—…sí, el juez es amigo de papá. Necesitamos el dictamen psiquiátrico. Rogelio está metiendo a gente extraña a la casa. Un delincuente, creo. Sí, un tal Mateo. Dice que es su “conciencia”. Es claramente demencia senil acelerada por el trauma…
Me detuve. El agua fría de la realidad me cayó encima. No importaba cuánto se esforzara Rogelio en su terapia. Si ellos lograban declararlo loco, todo se acababa. Él terminaría en un asilo de lujo, sedado, y yo terminaría en la calle, y Lalo sin universidad.
Me di cuenta de que mi trabajo no iba a ser solo levantar a Rogelio de la cama. Iba a tener que levantar un muro. Un muro para protegerlo de su propia familia.
Saqué mi viejo celular y marqué un número que no había usado en años. El número del “Tuercas”, un compadre que trabajaba en el sindicato de la construcción, pero que sabía todo lo que pasaba en las cloacas de la ciudad.
—¿Qué onda, carnal? —contestó el Tuercas—. Milagro que llamas.
—Necesito un favor, Tuercas. Necesito saber todo sobre un tal Licenciado Montiel. Sus tranzas, sus amantes, sus vicios. Todo.
—Uy, Mateo. Te estás metiendo en camisa de once varas. ¿Para qué quieres eso?
—Digamos que voy a hacer una remodelación —dije, mirando hacia la puerta del estudio donde los buitres seguían planeando—. Y necesito saber dónde están las vigas podridas para que no se me caiga la obra encima.
Colgué.
Regresé a la habitación de Rogelio. Él estaba dormido, o fingía estarlo. Me senté en el sillón de lectura, con mi espalda doliendo, recordándome quién era y de dónde venía.
Miré mis manos. Manos de obrero. Manos que saben mezclar cemento y poner ladrillos. Ahora iban a tener que aprender a construir algo mucho más complicado: justicia.
La tarde cayó sobre Bosques de las Lomas. Las luces de la ciudad se encendieron a lo lejos, como un mar de luciérnagas. Desde ahí, la ciudad se veía bonita, pacífica. Pero yo sabía que abajo, en las calles, la lucha era real. Y ahora, esa lucha había subido hasta el penthouse.
—Descansa, patrón —susurré en la oscuridad—. Mañana vamos a ver quién tiene la cabeza más dura: si el destino o un albañil de Iztapalapa.
Cerré los ojos, pero no dormí. Los soldados no duermen en la trinchera. Y la guerra por el alma de Don Rogelio apenas estaba empezando.
PARTE FINAL – LA RECONSTRUCCIÓN DE LOS CIMIENTOS Y EL ÚLTIMO PISO
Pasaron seis meses. Ciento ochenta días de “chingarle”, como decimos en la obra. Pero esta no era una obra de ladrillo y varilla; era una obra de carne, hueso y nervios rotos. La mansión de Bosques de las Lomas había cambiado. Ya no olía a cera de museo ni a flores muertas. Ahora olía a ungüento para dolores musculares, a café recién hecho en la cocina (porque corrí a la cocinera francesa y traje a Doña Lupe, una señora de mi colonia que hace unos chilaquiles que levantan muertos) y, sobre todo, olía a esfuerzo.
La rutina era brutal. A las seis de la mañana, yo entraba a la habitación de Rogelio.
—¡Arriba, patrón! —le gritaba mientras abría las cortinas de par en par, dejando que el sol le diera en la cara pálida.
Rogelio gruñía desde la cama, con el cabello revuelto y esa barba canosa que había decidido dejarse crecer. Ya no parecía el tiburón de las finanzas; parecía un náufrago. Pero un náufrago que quería sobrevivir.
—Maldita sea, Mateo… —refunfuñaba, buscando sus lentes—. ¿No tienes casa o qué? Déjame dormir cinco minutos más.
—El sueño es para los que ya caminaron, Rogelio. Usted todavía gatea. ¡Órale! Mariana llega en media hora y si no está desayunado, se le baja la presión y me vomita otra vez. Y le juro que si me vomita, lo manguereo en el jardín.
Él soltaba una risa seca. Esa risa era mi paga. Al principio, lloraba. Luego, gritaba. Ahora, se reía. Habíamos avanzado.
La terapia era un infierno. Mariana, la “Sadista”, como le decíamos de cariño, no tenía piedad. Lo ponía en las barras paralelas, le amarraba un arnés a la cintura y le exigía que moviera esas piernas que parecían de trapo. Yo estaba ahí, siempre detrás, con mis manos callosas sosteniendo su peso, sintiendo cómo temblaba su torso, cómo sudaba frío del esfuerzo sobrehumano de enviar una señal eléctrica desde su cerebro a unos músculos que habían olvidado su idioma.
—¡Vamos, Rogelio! —le gritaba Mariana—. ¡Un paso! ¡Solo uno! ¡No seas huevón!
—¡No puedo! —bramaba él, rojo de ira y frustración—. ¡No responden, carajo!
—¡Sí pueden! —intervenía yo, pegándole la frente a su espalda—. Acuérdese de Montiel. Acuérdese de cómo lo miró ese día. ¿Le va a dar el gusto de verlo en silla de ruedas firmando la cesión de la empresa? ¿Va a dejar que ese abogado de quinta se quede con su silla?
La mención de Montiel era gasolina pura. Rogelio apretaba los dientes con tal fuerza que creí que se los rompería. Cerraba los ojos, inhalaba como un toro antes de la embestida, y entonces… un espasmo. Un pequeño movimiento en el muslo derecho. Nada espectacular. Apenas un tirón. Pero era vida.
—¡Eso! —gritaba yo, celebrándolo como un gol de la Selección en el Mundial—. ¡Ahí está! ¡Está vivo!
Rogelio se dejaba caer en mis brazos, agotado, llorando. Pero ya no eran lágrimas de víctima. Eran lágrimas de guerrero.
Mientras tanto, afuera de la burbuja de rehabilitación, la guerra estaba en su punto más álgido. El Licenciado Montiel no se había quedado quieto. Había lanzado una ofensiva legal que haría temblar a cualquiera. Demandas por incompetencia, solicitudes de tutela médica, auditorías falsas. Quería demostrar que Rogelio había perdido la razón después del accidente. Decía que yo, “el conserje manipulador”, lo tenía secuestrado y drogado.
Claudia, la esposa, ya ni se paraba por la casa. Se había mudado a un hotel en Polanco “por su salud mental”, decía, pero seguía usando las tarjetas de crédito de Rogelio como si no hubiera un mañana.
Una tarde, mientras Rogelio dormía su siesta obligatoria, recibí la llamada del Tuercas.
—Carnal, ya tengo lo que me pediste —me dijo con voz misteriosa—. Nos vemos en la taquería de siempre. Y vente solo. Esto quema.
Dejé a Doña Lupe cuidando a Rogelio y me lancé a Iztapalapa. El contraste siempre me golpeaba. Salir de las calles arboladas y silenciosas de Las Lomas y bajar al caos, al ruido, a los puestos de garnachas y a la música de cumbia sonando en los peseros. Pero extrañamente, me sentía más seguro aquí. Aquí la gente te apuñala de frente, no por la espalda con un contrato.
El Tuercas me esperaba con una carpeta amarilla manchada de salsa verde.
—Mira, Mateo. Ese tal Montiel es una joyita. —Abrió la carpeta—. No solo le está robando a tu patrón. Está lavando lana. Tiene empresas fantasma que facturan materiales de construcción que nunca llegan a las obras. ¿Te suena “Constructora El Fénix”?
Me sonaba. Era la proveedora de concreto de la Torre Vista Hermosa. La misma torre donde yo me jodí la espalda.
—Hijo de su… —murmuré, sintiendo la rabia subirme por el cuello—. O sea que no solo robaron dinero. Robaron seguridad. Por eso se cayó el andamio. Por eso el concreto era chafa.
—Exacto. Y hay más. Está coludido con Claudia. Tienen cuentas mancomunadas en Islas Caimán. Planean declarar a Don Rogelio interdicto la próxima semana, en la junta de accionistas, y luego vender la empresa por partes a un consorcio extranjero. Se van a pelar con la lana, Mateo.
Tomé la carpeta. Pesaba. Pesaba más que un bulto de cemento, porque cargaba la traición de una vida.
—Gracias, Tuercas. Te debo una.
—Me debes unas chelas, güey. Y oye… —Me miró serio—. Ten cuidado. Esa gente no juega limpio. Si saben que tienes esto, te van a querer dar piso.
Regresé a la mansión con el corazón en la garganta. Esa noche, no hubo terapia física. Hubo terapia de realidad.
Senté a Rogelio en su silla de ruedas frente al escritorio de su biblioteca. Puse la carpeta amarilla sobre la madera de caoba.
—¿Qué es esto? —preguntó, ajustándose las gafas.
—Es la verdad, patrón. Es la razón por la que se caen los edificios y por la que se caen los hombres. Léalo.
Rogelio leyó. Pasó página tras página. Su rostro pasó de la curiosidad a la incredulidad, y de la incredulidad a una furia fría, silenciosa. Vio las firmas de Montiel. Vio las transferencias a Claudia. Vio los reportes falsos de calidad de los materiales.
Cuando terminó, cerró la carpeta con suavidad. Demasiada suavidad.
—Me vieron la cara de pendejo —susurró—. Todo este tiempo. Yo pensando que era el rey del mundo, y solo era el cajero automático de estos parásitos.
—Usted dejó que pasara, Rogelio —le dije, sin endulzarlo—. Usted miró para otro lado mientras le llenaban los bolsillos. La culpa también es suya.
Él levantó la vista y me clavó la mirada. Por un segundo, vi al viejo Tiburón, al hombre peligroso. Pero luego, sus hombros bajaron.
—Lo sé. Y eso es lo que más me duele. Que yo construí mi propia jaula y les di la llave. —Se frotó la cara con las manos—. La junta es el viernes. Van a presentar el dictamen médico para declararme loco. Dicen que no puedo ni ir al baño solo, así que menos puedo dirigir un imperio.
—Pues les vamos a dar una sorpresa —dije, cruzándome de brazos.
—¿Qué sorpresa, Mateo? ¡Mírame! —Se golpeó las piernas inútiles—. ¡No puedo caminar! ¡No puedo entrar a esa sala de juntas caminando! Si entro en silla de ruedas, ya perdí. La imagen es todo en este negocio. Van a ver a un viejo lisiado y me van a comer vivo.
Me acerqué a él, me agaché para quedar a su altura y puse mis manos sobre sus rodillas.
—¿Quién dijo que necesita caminar para ser grande? Usted no va a entrar caminando, Rogelio. Va a entrar rodando. Pero va a rodar con la cabeza tan alta que van a tener que usar escalera para mirarlo a los ojos. Y yo voy a estar ahí, empujando esa silla. Y no voy a dejar que nadie lo toque.
—Es un suicidio corporativo.
—Es una demolición controlada, patrón. Vamos a tirar lo podrido para volver a construir. Pero necesito que confíe en mí. ¿Confía en el albañil o no?
Rogelio me miró. Sus ojos brillaron con una chispa de locura, de esa locura buena que te hace saltar al vacío.
—Confío en el compa —dijo.
Llegó el viernes. El día del Juicio Final, versión corporativa.
Lo vestimos con sus mejores galas. Un traje hecho a la medida (tuvimos que ajustarlo porque había bajado de peso), rasurado perfecto, zapatos boleados aunque no fueran a tocar el piso. Se veía impecable. Pero lo más importante no era la ropa, era la actitud.
—¿Listo? —le pregunté mientras le ajustaba el nudo de la corbata.
—Estoy cagado de miedo, Mateo.
—Bueno, pues apriete, porque no traje pañales —bromeé para romper la tensión.
Nos subimos a la camioneta adaptada. Mariana iba con nosotros, por si acaso. Lalo, mi hijo, nos alcanzó en el edificio corporativo. Le pedí que fuera porque quería que viera esto. Quería que viera cómo se defiende la dignidad. Lalo traía su mochila de la universidad; ya había entrado a Arquitectura. Se veía nervioso, pero orgulloso.
Al llegar al rascacielos de Grupo R, el ambiente era hostil. Los guardias de seguridad intentaron detenernos en el lobby.
—El Licenciado Montiel dio órdenes de que el señor Rogelio no puede subir. Es por su salud.
—El señor Rogelio es el dueño de este edificio, pendejo —le solté al guardia, poniéndome enfrente de la silla—. Y si no te quitas, te juro por mi madre que te paso la silla por encima. Y pesa mucho.
El guardia vio la mirada de Rogelio. Una mirada de hielo. Se hizo a un lado.
Subimos al piso 40. El elevador se abrió y el murmullo de la sala de juntas se filtró hacia nosotros. Entramos sin tocar.
La escena fue de película. Había veinte personas sentadas alrededor de una mesa ovalada gigante. Montiel estaba de pie, proyectando unas gráficas que mostraban la “caída en picada” de la empresa por la “ausencia de liderazgo”. Claudia estaba ahí, vestida de negro como si ya fuera el funeral, fingiendo secarse una lágrima.
Cuando nos vieron, el silencio cayó como una guillotina.
Yo empujaba la silla. Caminé con paso firme, haciendo resonar mis botas. Llevé a Rogelio hasta la cabecera de la mesa. Montiel se quedó con la boca abierta, el apuntador láser temblando en su mano.
—Buenos días, señores —dijo Rogelio. Su voz no era fuerte, pero tenía una acústica perfecta. Retumbó en las paredes de cristal—. Lamento la tardanza. El tráfico estaba pesado. Y mis piernas también.
—Rogelio… —tartamudeó Montiel—. No… no deberías estar aquí. El doctor dijo…
—El doctor dice muchas cosas. Pero los estatutos de la empresa dicen que el Presidente del Consejo tiene voz y voto mientras esté vivo. Y créanme, estoy muy vivo.
Claudia se levantó, nerviosa.
—Rogelio, mi amor, esto es una locura. Estás enfermo. Mira cómo vienes… traes a tus sirvientes contigo. —Me miró con desprecio—. Esto es humillante.
—Lo que es humillante, Claudia —dijo Rogelio, sacando la carpeta amarilla que traía en las piernas—, es que mi propia esposa me robe para pagarle los vicios a su amante.
El golpe fue seco. Claudia se puso pálida. Los accionistas empezaron a murmurar.
—¿De qué hablas? —gritó Montiel—. ¡Esto es difamación! Señores, este hombre está delirando. ¡Es la demencia! ¡Seguridad!
—¡Siéntese, Montiel! —grité yo. Mi voz de capataz, curtida en mil obras gritando sobre el ruido de las mezcladoras, opacó todo—. ¡Nadie se mueve!
Saqué las copias de los documentos y las lancé sobre la mesa. Se deslizaron como cartas de baraja hasta llegar a manos de los socios principales.
—Ahí está la “demencia” de Don Rogelio —dije—. Facturas falsas. Desvío de recursos. Y lo peor: pruebas de que los materiales de la Torre Vista Hermosa fueron alterados para ahorrar costos. Ustedes son cómplices de fraude y negligencia criminal.
Los socios leían los papeles con los ojos desorbitados. El sudor empezó a correr por la frente de Montiel.
—Eso… eso es fabricado. Es mentira. Ese indio lo inventó.
Rogelio giró la silla motorizada (ya había aprendido a usar el joystick con maestría) y encaró a Montiel.
—Ese “indio” tiene nombre. Se llama Mateo. Y es el hombre que me salvó la vida cuando tú me dejaste tirado en mi propia inmundicia. Y tiene más honor en su uña meñique que tú en todo tu linaje, Montiel.
Rogelio respiró hondo, tomando fuerza para lo que seguía.
—Señores accionistas. Soy un lisiado. Sí. Tal vez nunca vuelva a caminar. Pero mi cerebro funciona perfectamente. Y mi conciencia… mi conciencia acaba de despertar. A partir de hoy, se acabó la era de los tiburones. Vamos a reparar cada edificio que hicimos con materiales chafas. Vamos a indemnizar a cada trabajador que despedimos injustificadamente, empezando por los que Montiel echó a la calle para ahorrar centavos.
—¡Nos vamos a ir a la quiebra! —gritó un socio.
—No —respondió Rogelio—. Nos vamos a ir a la decencia. Y si no les gusta, pueden vender sus acciones ahora mismo. Yo las compro. Al precio de mercado. Que ahorita, gracias a los rumores que esparció Montiel, están por los suelos. ¿Quién vende?
Nadie habló. Rogelio acababa de hacer la jugada maestra. Había usado su propia debilidad para acorralarlos.
—Bien. Montiel, estás despedido. Y te sugiero que busques un buen abogado penalista, porque la denuncia ya está en la Fiscalía. Claudia… —La miró con una tristeza infinita—. Mis abogados te buscarán. Quédate con el hotel. Es lo último que vas a recibir de mí.
Montiel intentó abalanzarse sobre Rogelio, en un último acto de desesperación violenta. Pero yo estaba listo. Años de cargar bultos y pelear en el barrio no pasan en balde. Lo intercepté antes de que tocara la silla. Le torcí el brazo en la espalda y lo empujé contra la pared.
—Le dije que lo podía dejar caer, Licenciado —le susurré al oído—. Y hoy le tocó el suelo.
La seguridad llegó y se llevó a Montiel y a Claudia, que gritaba insultos irreproducibles.
La sala quedó en silencio. Rogelio suspiró, agotado. Se aflojó la corbata.
—Mateo —me dijo.
—Dígame, patrón.
—¿Me puedes sacar de aquí? Quiero ir a comer tacos. De esos de canasta que dices que son buenos.
Sonreí.
—Con gusto, jefe. Pero usted invita.
Salimos de la sala de juntas. Lalo nos esperaba afuera, con los ojos brillantes.
—¡Eso estuvo increíble, Don Rogelio! —dijo mi hijo.
—Lalo —le dijo Rogelio—, toma nota. Así se diseña una estructura resistente. Con cimientos de verdad, no de papel.
EPÍLOGO: TRES AÑOS DESPUÉS
El sol de la tarde caía sobre la terraza de la nueva oficina. Ya no estábamos en el rascacielos de cristal. Rogelio había vendido ese edificio y había movido la sede a una nave industrial remodelada en una zona más céntrica, más real. “Quiero estar donde está la gente”, dijo.
Yo estaba recargado en el barandal, viendo la ciudad. Mi espalda ya no dolía tanto, gracias a los tratamientos que el seguro médico (ahora sí, uno bueno) me pagaba. Llevaba un traje sencillo, sin corbata. Mi puesto oficial era “Director de Operaciones y Bienestar Laboral”, pero todos me seguían diciendo “El Jefe Mateo”.
La puerta corrediza se abrió y escuché el zumbido del motor eléctrico, seguido de un sonido rítmico: Clack, step. Clack, step.
Me giré. Ahí venía Rogelio. Ya no usaba la silla de ruedas todo el tiempo. Ahora usaba un andador ortopédico de alta tecnología y unos aparatos en las piernas que le permitían ponerse de pie y dar pasos cortos. Se veía cansado, pero fuerte. Cada paso era una victoria contra el pronóstico médico.
—¿Qué haces aquí solo, compa? —me preguntó, deteniéndose a mi lado y respirando con esfuerzo.
—Pensando, Rogelio. Pensando en que hoy se gradúa Lalo.
—Lo sé. Ya tengo mi traje listo. Y el regalo. Le conseguí una pasantía en el despacho de Norman Foster en Londres. Pero no le digas, es sorpresa para la cena.
Me reí, negando con la cabeza.
—Usted no cambia. Siempre queriendo arreglar la vida con palancas.
—No son palancas, Mateo. Es talento. El muchacho es un genio. Sacó tu terquedad y mi visión. Es una combinación peligrosa.
Nos quedamos callados un momento, viendo el tráfico de la Avenida Reforma.
—¿Te acuerdas de la fiesta? —preguntó de repente—. ¿Del día que me caí?
—Como si fuera ayer. Me acuerdo del olor a orina y a miedo.
—Yo también. A veces, cuando despierto en la noche, todavía siento ese frío. El frío de estar solo rodeado de gente.
—Ya no está solo, viejo.
—No. Ya no. —Rogelio se apoyó en el barandal, mirando sus manos—. ¿Sabes? Perdí la mitad de mi fortuna pagando indemnizaciones, arreglando la Torre Vista Hermosa y creando la fundación para trabajadores lesionados. Montiel tenía razón en una cosa: fue un suicidio financiero.
—¿Y se arrepiente?
Rogelio giró la cabeza y me miró. Sus ojos estaban claros, serenos. Ya no había rastro del “Tiburón”. Había un hombre.
—Antes tenía mil millones y no podía dormir sin pastillas. Ahora tengo la mitad, me duelen las piernas cada minuto del día, y tengo que aguantar tus regaños y los de Mariana… pero duermo como un bebé, Mateo. Duermo en paz.
Me dio una palmada en el hombro.
—Además, gané algo que no se compra en la bolsa de valores.
—¿Qué cosa?
—Un hermano.
Sentí un nudo en la garganta. Maldita sensiblería. Me limpié los ojos disimuladamente con el dorso de la mano.
—Ya, no se ponga cursi que se nos hace tarde para la graduación. Y si llegamos tarde, mi vieja (bueno, mi nueva novia, la enfermera del turno de noche) me mata.
—Vamos, pues. Pero tú manejas. Todavía no me confío con los pedales adaptados en el tráfico de esta ciudad de locos.
Empezamos a caminar hacia la salida. Él con su andador, lento pero seguro. Yo a su lado, sin adelantarme, sin atrasarme. Al paso.
Mientras salíamos, pasamos frente a un gran espejo en el recibidor. Nos detuvimos un segundo.
Ahí estábamos. El millonario y el albañil. El patrón y el conserje. El Rey y el Nadie. Pero en el reflejo, ya no se notaba la diferencia. Solo se veían dos hombres con cicatrices, de pie, hombro con hombro, listos para lo que viniera.
—Oye, Mateo —dijo Rogelio, viéndose en el espejo—. ¿Crees que me veo bien?
—Se ve traqueteado, patrón. Pero se ve real. Y eso vale más que cualquier traje italiano.
—Tienes razón. Vámonos. Lalo nos espera.
Salimos a la calle. El sol nos dio de lleno en la cara. Y por primera vez en mi vida, no sentí que el sol quemara. Sentí que iluminaba.
El viaje había sido largo. Habíamos bajado al infierno y habíamos regresado. Y aunque las piernas a veces fallan y la espalda duele, mientras uno tenga a quién darle la mano, nunca, nunca se queda tirado en el suelo.
FIN.