Entré a la habitación equivocada del hospital y encontré a una mujer m*ribunda que llevaba 23 días sin una sola visita; lo que su exesposo le hizo me hirvió la sangre.

Soy Mateo, ingeniero de software, y odio los hospitales. El olor a antiséptico y el sonido de las máquinas me ponen los pelos de punta. Pero ese 14 de marzo, el destino me jugó una broma que cambió mi existencia.

Mi mamá acababa de tener una cirugía de cadera. Yo iba tarde, estresado, cargando un ramo de girasoles y un globo ridículo. La enfermera me dijo cuarto 412, pero en mi prisa, mi mente registró otro número.

Abrí la puerta de la 512 de golpe, sin tocar.

—¡Sorpresa! —empecé a decir, pero las palabras se me atoraron en la garganta.

La mujer en la cama no era mi madre. Era joven, quizás de mi edad, pero estaba terriblemente pálida, tan delgada que sus huesos se marcaban a través de la bata del IMSS. Estaba conectada a más tubos de los que podía contar.

El cuarto estaba vacío. Frío. Sin fotos, sin cartas, sin vida. Solo el “bip-bip” de las máquinas gritando soledad.

Ella giró la cabeza lentamente. Sus ojos grises parecían haber visto m*rir toda la esperanza del mundo. Me sonrió, una sonrisa pequeña y dolorosa que me partió el alma.

—Debes tener el cuarto equivocado —me dijo con una voz que apenas era un hilo—. Pero gracias por las flores. Nadie me ha traído flores en mucho, mucho tiempo.

Me quedé congelado. Sentí que el pecho se me abría.

—¿No… no tienes visitas hoy? —pregunté, sintiéndome un estúpido.

Negó con la cabeza.

—Nadie ha venido en 23 días. Los he contado. Mi familia ya no está. Y mis amigos… creo que ver a alguien m*rir es demasiado difícil para la mayoría.

Se le quebró la voz. Me miró y soltó la bomba que me dejaría helado.

—Mi esposo se fue hace 6 meses. Me dejó una nota y las deudas médicas. Dijo que se casó conmigo, no con mi c*ncer.

LO QUE HICE CON ESOS GIRASOLES Y LA PROMESA QUE LE HICE A UNA DESCONOCIDA ESE DÍA ES ALGO QUE MUCHOS LLAMAN LOCURA, PERO YO LO LLAMO DESTINO. ¿QUÉ PASÓ AL DÍA SIGUIENTE?

PART 2: LA PROMESA DE LOS GIRASOLES Y EL PRIMER ADIÓS QUE NO FUE EL ÚLTIMO

Esa frase se quedó flotando en el aire viciado de la habitación 512, pesada como una losa de concreto: “Dijo que se casó conmigo, no con mi cáncer”. Sentí cómo la sangre se me iba a los talones y, al mismo tiempo, un calor rabioso me subía por el cuello. No soy un tipo violento, neta, soy un ingeniero, mi vida son códigos y pantallas, pero en ese preciso instante, si hubiera tenido al tal exesposo enfrente, juro por mi madre santa que no respondo de mí.

Ella bajó la mirada, avergonzada, como si la culpa fuera suya. Como si tener células rebeldes en el cuerpo fuera un pecado por el cual merecía ser desechada como basura. Sus manos, flacas y llenas de moretones por las vías intravenosas, jugaban nerviosamente con la sábana áspera del IMSS.

—Perdón —susurró, rompiendo el silencio incómodo—. No debí decirte eso. Ni te conozco. Seguro tienes prisa. Tu mamá te espera.

Ahí estaba yo, parado como un idiota con un ramo de girasoles gigantes y un globo metálico que decía “Recupérate Pronto” rebotando contra el techo bajo. La lógica dictaba que diera media vuelta. “Disculpa, que te mejores”, y salir corriendo a la 412, donde mi jefa seguramente ya estaba preguntando por mí. Eso hubiera hecho cualquier persona normal. Eso hubiera hecho el Mateo de hace cinco minutos.

Pero no pude. Mis pies parecían clavados al piso de linóleo desgastado.

Miré los girasoles. Eran hermosos, vibrantes, una explosión de amarillo en medio de toda esa grisura clínica. Mi mamá ama los girasoles, pero mi mamá tenía a mis tías, a mi papá que llegaría más tarde, a mis hermanos que vendrían el fin de semana. Mi mamá tenía un ejército.

Esta mujer no tenía nada. Ni a nadie.

—No tengo prisa —mentí. Mi voz salió más firme de lo que me sentía—. Y creo que… creo que el destino sí sabe lo que hace, aunque a veces se equivoque de número de cuarto.

Caminé hacia la cama. El sonido de mis zapatos resonó demasiado fuerte en el silencio. Ella me miró con esos ojos grises, grandes y asustados, como los de un gato callejero que espera una patada y no una caricia.

Extendí el ramo.

—Toma —le dije, sintiéndome torpe—. Estos girasoles no querían ir a la 412. Te juro que pesaban más cuando iba para allá. Creo que sabían que aquí hacían más falta.

Ella parpadeó, incrédula. Sus labios temblaron.

—No puedo aceptarlos… son para tu mamá. —Mi mamá se va a enojar más si sabe que dejé a una dama sin flores —improvisé, rogando internamente que mi jefa nunca se enterara de esto—. Además, el globo dice “Recupérate pronto”. Técnicamente, sirve para cualquier paciente.

Soltó una risita. Fue un sonido breve, rasposo, como si su garganta no estuviera acostumbrada a reír, pero iluminó su cara de una forma que me dejó pendejo por un segundo. Extendió sus manos temblorosas y tomó el ramo. Lo acercó a su nariz y aspiró profundo, cerrando los ojos. Por un momento, las máquinas, el olor a desinfectante barato y la tristeza de las paredes despintadas desaparecieron. Solo estaba ella y el amarillo intenso de las flores.

—Huelen a sol —murmuró, y una lágrima solitaria se le escapó, recorriendo su mejilla pálida hasta perderse en la almohada—. Gracias… ¿cómo te llamas?

—Mateo —respondí, jalando la única silla de plástico que había en el cuarto. Me senté sin pedir permiso.

—Soy Sofía —dijo ella, abriendo los ojos de nuevo. Ahora brillaban, ya no por la fiebre o el dolor, sino por la emoción.

—Mucho gusto, Sofía.

Hubo otro silencio, pero este ya no era pesado. Era un silencio de curiosidad. De repente, la realidad me golpeó. Mi madre.

—Oye, Sofía —dije, rascándome la nuca—. Tengo que ir a ver a mi jefa. Está en el piso de abajo, la acaban de operar. Si no voy, capaz que se para de la cama y viene a buscarme con todo y suero.

La sombra de la soledad volvió a cruzar su rostro, rápido, como una nube tapando el sol. Asintió, tratando de mantener la compostura, pero vi cómo sus dedos apretaban el tallo de los girasoles con fuerza, como si fueran su única ancla a la tierra.

—Claro, vete. No te preocupes. Gracias por las flores, de verdad. Es lo más bonito que me ha pasado en… bueno, en 23 días.

Me levanté. Sentí un nudo en la garganta. Caminé hacia la puerta. Puse la mano en la perilla fría. Podía irme. Podía salir, cerrar ese capítulo, ir con mi mamá, contarle la anécdota chistosa de la chica del cuarto equivocado y seguir con mi vida.

Pero giré la cabeza.

Sofía estaba mirando los girasoles como si fueran un tesoro, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Se veía tan pequeña en esa cama enorme.

—Voy a volver —solté.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿Qué? —Que voy a volver. Nomás checo que mi mamá esté bien, que no esté regañando a las enfermeras, y subo. ¿Te gustan los tamales? Digo, no sé si te dejen comer, pero puedo meter uno de contrabando. O un atole.

Me miró fijamente, escaneando mi cara, buscando la mentira, la lástima, la burla.

—¿Por qué harías eso? —preguntó, con una franqueza que dolía—. No me conoces. Me estoy muriendo, Mateo. No soy una compañía divertida.

—Porque nadie debería contar 23 días sin visitas —dije, y esa fue la verdad más pura que había dicho en años—. Y porque ahora tengo curiosidad de saber qué más te gusta aparte de los girasoles. Espérame. No te duermas.

Salí del cuarto antes de que pudiera arrepentirme.

El pasillo me pareció eterno. Bajé las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndome a mil por hora. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba loco? Yo soy ingeniero, carajo. Yo resuelvo problemas lógicos. Si A entonces B. Esto no tenía lógica. Esto era un caos emocional. Involucrarme con una paciente terminal, una desconocida abandonada… era la receta perfecta para un desastre emocional.

Llegué a la 412.

—¡Mijo! ¡Hasta que apareces! —Mi mamá estaba ahí, un poco grogui por la anestesia, pero con ese radar materno intacto—. ¿Dónde te metiste? Tu papá dijo que ya venías subiendo hace media hora.

—Perdón, má —le di un beso en la frente, sintiendo el sudor frío en mi espalda—. Se me complicó el estacionamiento, ya sabes cómo es esto, un desmadre.

Ella entrecerró los ojos. —¿Y las flores? Tú nunca llegas con las manos vacías.

Tragué saliva. —Ah… es que… las dejé en el coche. Se me olvidaron con las prisas. Ahorita bajo por ellas. —Ay, Mateo, qué cabeza la tuya. Bueno, siéntate, cuéntame. ¿Ya comiste? Te ves pálido.

Me quedé con ella una hora. Una hora eterna. Escuchaba a mi mamá hablar de la operación, de la tía Chonita que llamó, de que la comida del hospital sabía a cartón. Yo asentía, sonreía, le agarraba la mano, pero mi mente estaba un piso arriba, en la 512. Me preguntaba si Sofía seguía despierta. Si pensaba que yo era otro más que prometía y no cumplía. Si el marido desgraciado ese le había dejado alguna otra nota.

La ansiedad me estaba comiendo vivo. Miraba el reloj cada dos minutos.

—Bueno, má —dije finalmente, poniéndome de pie de un salto—. Voy a… voy a mover el coche. Creo que lo dejé en doble fila y no quiero que me lo lleve la grúa. Ahorita regreso. —Pero si acabas de llegar… —Es rápido, má. Te traigo una gelatina o algo.

Salí disparado. No fui al coche. Fui a la cafetería, compré un café aguado y unas galletas marías, y subí corriendo las escaleras. Me sentía como un adolescente escapándose de clases para ver a la novia, pero con una dosis de angustia existencial que no le deseo a nadie.

Llegué a la puerta de la 512. Me detuve para recuperar el aliento. Me alisé la camisa. Toqué suavemente.

—Pase —se escuchó una voz débil.

Entré.

Sofía seguía en la misma posición, pero el ramo de girasoles estaba ahora en un vaso de plástico con agua, improvisado sobre la mesita de noche. Al verme entrar, sus ojos se abrieron como platos.

—Volviste —dijo, en un susurro. —Te dije que volvería. Soy hombre de palabra. Aunque lamento informarte que los tamales se acabaron, nomás conseguí galletas marías y un café que sabe a agua de calcetín.

Ella sonrió. Esta vez la sonrisa fue más amplia, mostrando unos dientes perfectos.

—El agua de calcetín es mi favorita —bromeó.

Me senté de nuevo. Y ahí empezó todo.

Las siguientes tres horas fueron las más extrañas y profundas de mi vida. Sofía tenía 28 años. Era diseñadora gráfica. Le gustaba el rock en español, odiaba el cilantro (“sabe a jabón”, decía, y tuvimos un debate acalorado de diez minutos sobre eso), y su sueño frustrado era ir a ver las auroras boreales.

Hablaba con dificultad, pausado, tomando aire cada pocas frases. Yo notaba el dolor en sus gestos, cómo fruncía el ceño de repente, cómo se agarraba el estómago. Pero ella no se quejaba. Parecía que tenía tanta necesidad de hablar, de ser escuchada, que el dolor pasaba a segundo plano.

Poco a poco, la conversación giró hacia el elefante en la habitación.

—Luis… mi ex —dijo el nombre con asco, pero también con una tristeza infinita—. Estuvimos casados tres años. Pensé que era el amor de mi vida. Cuando me diagnosticaron, al principio, se portó bien. Iba a las quimios, me agarraba la mano. Pero conforme me fui poniendo “fea”… —hizo comillas con los dedos, mirándose el cuerpo demacrado—… él se fue alejando.

—No estás fea, Sofía —la interrumpí. Y no lo decía por quedar bien. Había una belleza en ella, una resistencia feroz que la hacía magnética.

Ella negó con la cabeza. —Empezó a llegar tarde. A tener “viajes de negocios”. Y un día, regresé del hospital después de una sesión horrible, vomitando, sintiéndome morir… y el departamento estaba medio vacío. Se había llevado la tele, la consola, sus cosas. Y en la mesa, esa nota. Un post-it amarillo, Mateo. Un maldito post-it.

Sentí que me hervía la sangre otra vez. Cerré los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.

—”No me casé para ser enfermero. Me casé contigo, no con tu cáncer. Que te mejores”. Eso decía. Y me dejó las facturas del hospital privado donde me atendía antes. Por eso terminé aquí, en el IMSS. Perdí el seguro de gastos médicos cuando él canceló la póliza familiar. Perdí todo.

Hubo un silencio sepulcral. Solo el bip-bip del monitor cardiaco, marcando el ritmo de una injusticia que no me cabía en la cabeza.

—Qué poco hombre —mascullé—. Qué miserable.

—Lo peor no es el dinero —dijo ella, mirando al techo, conteniendo las lágrimas—. Lo peor es que me hizo creer que yo tenía la culpa. Que por enfermarme, arruiné su vida. Que soy una carga. Y aquí estoy, sola, demostrando que tenía razón. Soy una carga que nadie quiere visitar.

Me acerqué impulsivamente y le tomé la mano. Estaba fría como el hielo.

—Escúchame bien, Sofía —le dije, mirándola directo a los ojos, con una intensidad que no sabía que tenía—. Tú no eres una carga. Eres una guerrera. Y ese tipo es un cobarde que no merece ni un segundo de tus pensamientos. Y sobre lo de estar sola… eso se acabó.

Ella me miró, vulnerable, con esa capa de defensa empezando a resquebrajarse.

—No puedes prometer eso, Mateo. Tienes tu vida. Mañana te vas a despertar, vas a ir a tu trabajo, vas a pensar en “la chica loca del hospital” y se te va a pasar. Está bien. No pasa nada. El momento fue bonito.

—Mañana es sábado —respondí—. No trabajo. Y tengo que venir a ver a mi mamá. Así que te vas a tener que aguantar mi cara otro rato. ¿Qué te traigo de desayunar? ¿Chilaquiles? ¿Verdes o rojos?

Se le escapó una risa entre llanto. —No puedo comer picante… —Bueno, te traigo unos molletes. O fruta picada. Lo que sea. Pero voy a venir.

En ese momento, entró una enfermera. Una señora robusta, con cara de pocos amigos, que al vernos frunció el ceño.

—Ya se acabó la hora de visitas, joven. Y usted, señorita Sofía, necesita descansar, tiene los signos vitales muy alterados.

Me levanté a regañadientes. —Ya me voy.

Miré a Sofía. Ella no me soltaba la mano. Tenía miedo. Miedo a que la noche se la tragara, miedo a que al soltarme, yo desapareciera como un sueño febril.

—Descansa —le dije suavemente—. Mañana a las 9 estoy aquí. Te lo prometo.

Soltó mi mano lentamente. Sus dedos se deslizaron por mi palma hasta separarse. Sentí el vacío inmediato.

—Gracias, Mateo —susurró.

Salí del cuarto. La enfermera me cerró la puerta en las narices.

Caminé hacia la salida del hospital como un zombi. La ciudad de México de noche era un caos de luces rojas y cláxones, pero yo no escuchaba nada. Me subí a mi coche, un sedán gris que olía a aromatizante de pino, y me quedé ahí sentado, agarrando el volante, mirando hacia la nada.

De repente, golpeé el volante. Una, dos, tres veces. —¡Hijo de su perra madre! —grité, liberando la furia que traía atorada contra el tal Luis.

Arranqué el coche y manejé a casa. No puse música. Mi cabeza era un torbellino. ¿En qué me había metido? ¿Y si se moría mañana? ¿Y si yo me encariñaba y ella se iba? ¿Por qué me importaba tanto? Apenas la conocía.

Pero cada vez que cerraba los ojos, veía su sonrisa al oler los girasoles. Veía la soledad brutal de ese cuarto 512.

Llegué a mi departamento. Vivo solo, rodeado de gadgets, consolas de videojuegos y muebles de Ikea. Todo me pareció de repente tan superficial. Tan vacío. Me acosté en la cama, mirando el techo. No podía dormir.

Agarré mi celular. Busqué en Google: “Etapas del cáncer terminal”, “Cómo ayudar a alguien en quimioterapia”, “Derechos de los pacientes abandonados”. Leí hasta que me ardieron los ojos. Leí historias de horror y de milagros.

A las 3 de la mañana, tomé una decisión. No iba a ser solo una visita. No iba a ser “el chico que le dio flores una vez”. Si el destino me había empujado a esa puerta equivocada, era por algo. Yo no creo en dios, pero creo en la causalidad. Y esto no era casualidad.

Me desperté (o más bien, me levanté, porque no dormí) a las 7 AM. Me bañé, me rasuré. Fui al mercado que se pone cerca de mi casa.

—Señora, deme la fruta más fresca que tenga. Papaya, melón, todo picadito. Y un jugo de naranja, pero natural, sin hielo. —¡Uy joven, hoy anda muy saludable! —me dijo la marchanta. —Es para… una amiga. Está enfermita.

Llegué al hospital a las 8:45. Traía la fruta, unas revistas de diseño que encontré en un puesto (viejas, pero interesantes), y una tablet mía que ya no usaba, cargada con películas y música.

Entré al hospital saludando a los guardias como si fuera dueño del lugar. Subí al quinto piso. Mi corazón iba a estallar. ¿Y si ella ya no estaba? ¿Y si había fallecido en la noche? El pánico me heló la sangre.

Aceleré el paso. Llegué a la 512. La puerta estaba entreabierta.

Me asomé con miedo.

Ahí estaba. Dormida. Se veía aún más pálida bajo la luz de la mañana. Pero respiraba. Su pecho subía y bajaba rítmicamente. Los girasoles seguían ahí, en el vaso de plástico, vigilantes.

Entré de puntitas. Puse las cosas en la mesa con cuidado para no hacer ruido. Me senté en la silla y me quedé mirándola. Me di cuenta de detalles que ayer no vi por el shock. Tenía unas pecas muy finas en la nariz. Sus pestañas eran larguísimas. A pesar de la enfermedad que la consumía, había una serenidad en su rostro dormido.

De repente, abrió los ojos. Se despertó sobresaltada, desorientada. Me vio y parpadeó varias veces, como si no creyera lo que veía.

—Dijiste a las 9 —murmuró con voz ronca, mirando el reloj de pared que marcaba las 8:55. —Llegué temprano. El tráfico estaba leve —mentí. En sábado el tráfico nunca está leve.

Una lágrima rodó por su sien, perdiéndose en el cabello corto. —Pensé que no vendrías. Pensé que lo había soñado. —Te traje fruta. Y revistas. Y una tablet con Netflix, aunque el wi-fi de aquí apesta, pero le descargué unas pelis.

Ella intentó incorporarse, pero hizo una mueca de dolor intenso. Se llevó la mano al costado y soltó un gemido ahogado.

—¿Estás bien? —me levanté de golpe—. ¿Llamo a la enfermera? —No, no… —respiró agitada—. Es normal. Es el… dolor de la mañana. Pásame el agua, por favor.

Le di el agua y la ayudé a beber. Mis manos rozaron su piel afiebrada. Me sentí inútil. ¿De qué servían mis revistas y mi fruta contra ese dolor?

Cuando se calmó un poco, me miró con una seriedad nueva. —Mateo, tienes que saber algo. Los doctores dicen que… bueno, no me dan mucho tiempo. El tratamiento no está funcionando como esperaban. Estoy muy débil para otra ronda fuerte de quimio.

Sentí un golpe en el estómago. —¿Cuánto tiempo? —No saben. Semanas. Tal vez meses si tengo suerte. O días si no.

El silencio volvió a caer sobre nosotros, pesado y asfixiante.

—¿Por qué te quedas? —insistió ella—. En serio, Mateo. Vete. Ahórrate esto. Verme deteriorarme no va a ser bonito. Vas a sufrir a lo menso por alguien que acabas de conocer.

Me agaché para quedar a la altura de sus ojos.

—Mira, Sofía. Yo soy ingeniero. Me gustan las cosas que se pueden arreglar. Sé que no puedo arreglar esto —señalé su cuerpo, los tubos—. Sé que no soy doctor. Pero hay algo que sí puedo arreglar.

—¿Qué? —preguntó con un hilo de voz.

—Puedo arreglar que estés sola. Eso sí está en mis manos. A la chingada con el tiempo que quede, sea un día o sean cien años. No vas a estar sola ni un minuto más. Esa nota que te dejó el imbécil de tu ex… la vamos a quemar. Y vamos a llenar este cuarto de cosas. De vida.

Ella me miró, temblando. Y luego se rompió. Empezó a llorar, pero no era el llanto silencioso de ayer. Era un llanto a gritos, un desahogo brutal de meses de abandono, de miedo, de rabia contenida.

La abracé. Me subí a la orilla de la cama, con cuidado de los tubos, y la abracé. Sentí sus huesos frágiles contra mi pecho. Sentí cómo mojaba mi camisa con sus lágrimas. Le acaricié la espalda, diciéndole que todo iba a estar bien, aunque sabía que era una mentira piadosa. Todo iba a estar mal, pero al menos, íbamos a estar mal juntos.

Cuando se calmó, hipando, se separó un poco y me miró. Tenía los ojos hinchados y rojos.

—Gracias —dijo—. Nadie me había abrazado así desde… ni me acuerdo. —Acostúmbrate. Soy muy encimoso.

Pasamos el resto de la mañana viendo una película en la tablet, compartiendo un audífono cada uno. Mi mamá me mandó mensaje preguntando si iba a ir. Le dije que sí, que al rato bajaba. Estaba viviendo una doble vida en el mismo hospital: abajo, el hijo preocupado pero optimista; arriba, el compañero de una moribunda, descubriendo un tipo de amor que no sabía que existía. No era romántico, no todavía. Era humano. Era una conexión visceral ante el abismo.

Al mediodía, llegó el doctor. Un tipo canoso, cansado. —Buenos días, Sofía. Veo que tenemos visita. Me miró interrogante.

—Soy su… —dudé un segundo. ¿Amigo? ¿Novio? ¿Conocido?—. Soy su prometido —solté.

Sofía me miró con los ojos desorbitados. El doctor levantó una ceja. —Ah, no sabía. En el expediente dice que es divorciada y el contacto de emergencia no contesta. —Sí, bueno, es reciente. Y yo me haré cargo de todo a partir de ahora. Póngame a mí como contacto. Mateo Ramírez.

Di mis datos mientras Sofía me miraba, muda. Cuando el doctor salió, ella me dio un golpe suave en el brazo. —¿Prometido? ¿Estás loco? ¡Te van a pedir papeles o algo! —Nah, en México nadie pide papeles para las visitas si te ves lo suficientemente seguro. Además, “novio” sonaba muy informal y “amigo” no me da autoridad para regañar a las enfermeras si no te traen tus medicinas a tiempo.

Ella se rio, negando con la cabeza. —Estás completamente loco, Mateo. —Puede ser. Pero tú te estás riendo. Y ayer no te reías. Así que mi locura funciona.

Ese fin de semana fue el inicio de nuestra extraña rutina. Me convertí en un experto en esquivar enfermeras, en contrabandear comida, en dormir en sillas incómodas. Conocí sus miedos: morir ahogada, que nadie fuera a su funeral, que se olvidaran de ella. Ella conoció los míos: fallarle a mi familia, quedarme estancado, la soledad.

El domingo en la tarde, antes de irme porque tenía que trabajar el lunes, me agarró la mano con fuerza.

—Mateo. —¿Mande? —Tengo miedo de esta noche. Siento que… siento que me voy a poner mal. —No digas eso. Estás estable. —Lo siento aquí —se tocó el pecho—. Prométeme que si me pasa algo… no vas a dejar que me echen a la fosa común. Mi ex se llevó los papeles del panteón de mis abuelos. No tengo dónde caer muerta, literalmente.

Se me hizo un nudo en la garganta. —No va a pasar nada, Sofía. Pero te lo prometo. Si pasa algo, yo me encargo. Te vas a ir con dignidad. Te vas a ir rodeada de girasoles. Pero no va a pasar hoy.

Le di un beso en la frente. Un beso largo. —Te veo mañana saliendo de la chamba.

Salí del hospital con el corazón oprimido. Esa noche, mi teléfono sonó a las 3:00 AM. Era un número desconocido.

Contesté, con el pánico cerrándome la garganta. —¿Bueno? —¿Señor Mateo Ramírez? —Sí, soy yo. —Hablamos del Hospital General. La paciente Sofía… tuvo una crisis respiratoria severa. La estamos pasando a terapia intensiva. Necesitamos que venga.

El teléfono se me resbaló de la mano. Sentí que el mundo se detenía. Me vestí en treinta segundos. Salí disparado, pasándome los altos, rezando a ese dios en el que no creía.

“No te vayas, Sofía. No te vayas todavía. Apenas te encontré. No me hagas esto”.

Llegué al hospital derrapando. Corrí hacia el elevador, pero estaba tardando mucho, así que subí los cinco pisos por las escaleras, sintiendo que los pulmones me ardían.

Llegué a la sala de espera de terapia intensiva. El doctor canoso estaba ahí. Su cara lo decía todo.

Me detuve en seco. —¿Dígame que está bien? —pregunté, jadeando.

El doctor suspiró y se quitó los lentes. —Logramos estabilizarla, pero fue muy grave, Mateo. Su cuerpo está llegando al límite. Si pasa esta noche, será un milagro. Puede entrar a verla, pero solo cinco minutos. Está inconsciente.

Entré a la UCI. El sonido ahí era diferente. Más tecnológico, más urgente. Sofía estaba entubada. Se veía tan frágil que parecía que si la tocaba se iba a romper. Ya no había sonrisa. Ya no había luz en sus ojos grises porque estaban cerrados.

Me acerqué y le susurré al oído, esperando que, en algún lugar de esa oscuridad, me escuchara.

—Aquí estoy, Sofía. No estás sola. Soy Mateo. Tu prometido falso. Tu loco de los girasoles. No te atrevas a dejarme así. Todavía me debes la revancha de la discusión del cilantro. Aguanta, por favor. Aguanta.

Me quedé ahí, sosteniendo su mano inerte, mientras las máquinas pitaban, marcando los segundos de una cuenta regresiva que yo me negaba a aceptar. No sabía que esa noche, en esa sala fría, estaba a punto de hacer el pacto más grande de mi vida. Un pacto que desafiaría a la muerte misma.

PART 3: EL PACTO CON LA MUERTE Y LA BODA MÁS TRISTE Y FELIZ DEL MUNDO

Los cinco minutos que el doctor me dio se sintieron como cinco segundos y, al mismo tiempo, como cinco siglos. Ahí estaba yo, Mateo, el ingeniero que creía que la vida era una serie de algoritmos predecibles, sosteniendo la mano de una mujer cuyo algoritmo estaba a punto de colapsar.

El sonido de la Unidad de Cuidados Intensivos es algo que nunca se te quita de la cabeza. No es el silencio; el silencio sería paz. Es un zumbido constante, una orquesta mecánica de respiradores, monitores cardiacos y bombas de infusión que trabajan incansablemente para bombear vida a cuerpos que ya se quieren rendir. Es el sonido de la lucha tecnológica contra la naturaleza.

Miré a Sofía. Con ese tubo metido en la garganta, con los ojos cerrados y la piel translúcida, ya no parecía la chica rebelde que odiaba el cilantro. Parecía un ángel roto. Una muñeca de porcelana que alguien había tirado al piso y que yo estaba tratando de pegar con saliva y desesperación.

—No te puedes ir —le susurré, pegando mi frente a su mano fría—. No así. No siendo la “pobrecita abandonada”. Me niego, carajo. Me niego a que ese sea el final de tu historia.

Sentí una opresión en el pecho tan fuerte que pensé que yo también iba a necesitar un monitor cardiaco. La impotencia es el peor sentimiento que puede experimentar un hombre. Nos enseñan a arreglar cosas. Se descompone el coche, lo llevas al taller. Se cae el servidor, reinicias el sistema. ¿Se apaga una vida? No hay comando de “ctrl+z”.

Fue ahí, en esa madrugada gélida de lunes, rodeado de enfermeras que caminaban con pasos silenciosos y miradas de lástima, donde hice el pacto. No soy religioso. Mi madre prende veladoras a San Judas y yo siempre le digo que es contaminación ambiental. Pero esa noche miré al techo, a las luces fluorescentes que zumbaban, y hablé con quien fuera que estuviera a cargo de este desmadre llamado universo.

“Si la dejas quedarse…”, pensé con una fuerza que me hizo temblar, “si me das tiempo, aunque sea poco, te juro que le cambio el final a este cuento. Te juro que ella no se va a ir sola. Te juro que se va a ir amada. Si la salvas esta noche, yo me caso con ella”.

Lo pensé y, al momento de pensarlo, supe que no era una negociación. Era una sentencia. Una promesa escrita en piedra.

—Joven, se acabó el tiempo —dijo una enfermera. No era la gruñona del piso 5, era una más joven, con cara de cansancio crónico.

—Un minuto más —supliqué—. Por favor. Solo para decirle adiós por si… por si acaso.

Ella asintió levemente y se dio la vuelta, dándome privacidad.

Me acerqué a su oído, esquivando los cables. —Sofía —le dije, con la voz quebrada—. Escúchame donde quiera que estés soñando ahorita. No te sueltes. Agárrate de mi voz. Agárrate de los girasoles. Si despiertas, te prometo la mejor aventura de tu vida. Te prometo que borramos al imbécil de Luis de tu memoria. Pero tienes que despertar, chingada madre. Tienes que despertar.

Le di un beso en la mano, justo encima de donde tenía el catéter, y salí de la UCI arrastrando los pies.

No me fui a casa. No podía. Mi departamento, con su silencio y sus comodidades, me parecía un insulto. Me senté en la sala de espera, en esas sillas de metal unidas que están diseñadas por alguien que odia la columna vertebral humana.

Pasaron las horas. Las 4:00 AM, la hora del diablo, cuando dicen que más gente muere. Las 5:00 AM, cuando el frío se mete hasta los huesos. Las 6:00 AM, cuando empieza el ajetreo del cambio de turno. Yo seguía ahí, con la cabeza entre las manos, repasando cada palabra que habíamos cruzado. ¿Estaba loco? Sí. ¿Me importaba? No. En 48 horas, esa mujer me había hecho sentir más vivo que en 30 años de existencia gris.

A las 7:30 AM, salió el doctor canoso. Se veía fatal, con ojeras profundas y la bata arrugada. Me puse de pie de un salto, sintiendo que las rodillas me fallaban.

—¿Doctor?

Él me miró y, por primera vez, esbozó una media sonrisa cansada. —Es una necia, tu prometida.

El aire regresó a mis pulmones de golpe. —¿Está viva? —Está viva. Pasó la noche. Sus niveles de oxigenación subieron hace una hora. Todavía está delicada, Mateo, muy delicada. Pero el peligro inminente de muerte por insuficiencia respiratoria ya pasó por ahora. Vamos a intentar extubarla al mediodía si sigue así.

Me dejé caer en la silla y me tapé la cara para llorar. Lloré como un niño, sin vergüenza, moco tendido y todo. Lloré de alivio, de miedo, de cansancio.

—Gracias, doc. Gracias, gracias, gracias. —No me des las gracias a mí —dijo él, dándome una palmada en el hombro—. Agradécele a ella que tiene unas ganas de vivir que no se explican con su cuadro clínico. Y vete a lavar la cara, pareces mapache.

Fui al baño del hospital. Me eché agua helada en la cara. Me miré al espejo. Tenía los ojos inyectados de sangre, la barba crecida y el cabello hecho un nido de pájaros. Pero había una determinación en mi mirada que no reconocía.

“Cumple tu palabra, cabrón”, me dije a mi reflejo. “Hiciste un pacto”.

Subí a ver a mi mamá primero. Necesitaba “resetear” mi cerebro con algo de normalidad antes de enfrentar lo que venía.

—¡Mateo! —mi madre ya estaba desayunando gelatina y papaya—. ¡Qué cara traes, hijo! ¿Te fuiste de fiesta o qué? Te dije que vinieras ayer y no llegaste. Tu padre estuvo aquí y preguntó por ti.

—Perdón, má —le di un beso—. Tuve… tuve mucho trabajo. Una emergencia en el servidor. —Ay, esos servidores tuyos. Deberías buscarte una novia, hijo, no una computadora. Alguien que te cuide. —En eso ando, má. En eso ando.

Casi me río de la ironía. Si ella supiera.

Al mediodía, me dejaron volver a entrar a la UCI. Ya la habían extubado. Estaba despierta, aunque sus párpados pesaban toneladas. Cuando me vio, intentó sonreír, pero solo le salió una mueca. Tenía la garganta irritada por el tubo.

—Hola —le dije suavemente, tomando su mano de nuevo. —Ho… la… —su voz era un rasguido, como lija sobre madera—. Sigues… aquí. —Te dije que era encimoso. No te vas a librar de mí tan fácil. ¿Cómo te sientes? —Como si… me hubiera atropellado… un tráiler… y luego hubiera metido reversa.

Me reí. Ella también, aunque le dolió.

—Sofía —me puse serio—. Me asustaste mucho. Pensé que te perdía. Ella me miró con esos ojos grises que ahora tenían un brillo de gratitud. —Escuché… tu voz —susurró—. En la oscuridad. Dijiste… algo de una aventura. Y que el cilantro apesta. —Lo sostengo ante un notario. El cilantro apesta.

Pasaron dos días más en la UCI antes de que la bajaran a piso. Fueron dos días donde prácticamente viví en el hospital. Pedí vacaciones en el trabajo. “Asuntos familiares graves”, le dije a mi jefe. No mentía.

Cuando la regresaron a la habitación 512, sentí que volvíamos a casa. Era absurdo llamar “casa” a un cuarto de hospital del seguro social, pero ahí estaba nuestra pequeña burbuja. Puse los girasoles nuevos que había comprado (porque los otros ya se habían marchitado) y pegué en la pared unas fotos de auroras boreales que imprimí en una papelería cercana.

—Para que visualices —le dije.

Esa tarde, mientras ella comía un poco de caldo de pollo (que juró que sabía a agua de trapeador), llegó una trabajadora social. Una mujer bajita, con lentes gruesos y una carpeta llena de papeles.

—Buenas tardes. ¿Familiares de Sofía Méndez? —Yo —dije rápido. —¿Parentesco? —Prometido.

La mujer me miró por encima de sus lentes. —Joven, legalmente “prometido” no existe. Necesitamos un familiar directo para autorizar ciertos procedimientos que vienen y para ver el tema de… bueno, la eventual disposición de los restos, dado que el pronóstico es reservado. El exesposo, el señor Luis, figura todavía como el responsable legal en el sistema antiguo, pero no logramos contactarlo.

Sofía se puso tensa. El miedo volvió a sus ojos. El miedo a ser un cuerpo sin dueño. Un número en una bolsa.

—Él no va a venir —dijo Sofía con voz temblorosa—. Me abandonó. No tengo a nadie más.

La trabajadora social suspiró, cerrando su carpeta. —Miren, entiendo la situación sentimental, pero la burocracia es fría. Si ella fallece, y perdón que sea tan directa, pero tengo que serlo… si ella fallece y no hay un cónyuge o familiar consanguíneo que reclame el cuerpo, se va a la fosa común después de cierto tiempo. Y para los trámites del seguro, pensiones, o cualquier cosa que haya quedado, usted —me señaló— no tiene voz ni voto.

Sentí la rabia subirme otra vez, pero la controlé. Miré a Sofía. Estaba llorando en silencio, mirando hacia la ventana. La dignidad que le quedaba estaba siendo aplastada por el papeleo.

—Gracias, licenciada —le dije a la mujer—. Entendemos. Denos un momento.

Cuando la mujer salió, me levanté y cerré la puerta con seguro. Me di la vuelta y miré a Sofía.

—No llores —le ordené, no con dureza, sino con firmeza. —Es que es verdad, Mateo. Soy basura administrativa. Ni siquiera puedo morirme tranquila. Luis se llevó los papeles del panteón. Me voy a ir a la fosa común, con desconocidos. —No te vas a ir a la fosa común. —¿Y tú qué vas a hacer? ¿Robarte mi cuerpo? Te van a meter a la cárcel. —No. Voy a hacer algo mejor.

Metí la mano a mi bolsillo. No tenía un anillo. No había tenido tiempo ni dinero para comprar uno decente. Pero tenía algo que había guardado desde la secundaria, una estupidez que cargaba en mi llavero como amuleto de buena suerte: una tuerca de acero inoxidable de mi primer proyecto de robótica. La quité del llavero.

Me acerqué a la cama. Me arrodillé. El piso estaba frío y olía a cloro.

—Sofía Méndez —dije. El corazón me latía tan fuerte que me dolía la garganta.

Ella me miró, confundida, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. —¿Qué haces? Levántate, el piso está sucio.

—Cállate y escúchame. Hicimos un trato tácito, pero ahora lo voy a hacer formal. No tengo un anillo de diamantes, y la verdad, creo que los diamantes son una estafa de marketing. Pero tengo esta tuerca. Es de acero. No se oxida. Aguanta presión. Aguanta calor. Es lo más resistente que tengo.

Ella abrió la boca, sorprendida.

—Cásate conmigo —solté.

El silencio que siguió fue absoluto. —¿Qué? —su voz fue un hilo. —Cásate conmigo. Aquí. Ahora. Bueno, lo más pronto posible. Mañana. —Mateo… estás loco. No puedes casarte conmigo por lástima. Eso es peor que lo que hizo Luis. —¿Lástima? —Me levanté, un poco ofendido—. ¿Crees que hago esto por lástima? Mírame. No he dormido en tres días. Me he peleado con enfermeras. Le he mentido a mi madre. Me gasté mi quincena en girasoles. No es lástima, Sofía. Es egoísmo. —¿Egoísmo? —Sí. Porque quiero ser yo quien te tome la mano cuando tengas miedo. Porque quiero ser yo quien tenga el derecho legal de partirle la cara a quien te trate mal. Porque quiero que cuando digan tu nombre, digan “Sofía, la esposa de Mateo”, y no “Sofía, la abandonada”. Y porque… —bajé la voz— porque en estos días me has enseñado más de la vida que nadie en treinta años. Me estoy enamorando de ti, mujer. Y me vale madres si tenemos un día, una semana o un mes. Quiero que ese tiempo sea nuestro. Legal y espiritualmente nuestro.

Ella se quedó mirándome. Sus ojos grises me escaneaban, buscando la mentira. Pero no la encontraron, porque no la había.

—Te vas a convertir en viudo muy rápido, Mateo —dijo, y su voz se quebró. —Será un honor ser tu viudo. Pero primero quiero ser tu esposo.

Extendió su mano, temblando. Deslicé la tuerca en su dedo anular. Le quedaba grande, pero no importaba. Brillaba bajo la luz fluorescente mejor que cualquier joya de Tiffany’s.

—Sí —dijo ella, llorando y riendo al mismo tiempo—. Sí, acepto, pinche loco.

Nos abrazamos. Fue un abrazo desesperado, lleno de cables y tubos, pero fue perfecto.

Ahora venía la parte difícil: la “misión imposible” de organizar una boda en un hospital público de México en menos de 24 horas.

Salí del cuarto con una misión. Necesitaba aliados. Fui a la estación de enfermeras. Ahí estaba “La Jefa”, la enfermera robusta y gruñona del primer día, cuyo nombre supe que era Carmela.

—Jefa Carmela —le dije, apoyándome en el mostrador. —¿Qué quiere ahora, joven? Ya le dije que no puede meter comida chatarra. —Necesito un favor. Un favor enorme. Un “paro” de vida o muerte. —¿Qué pasó? —Me voy a casar. —Ah, felicidades. ¿Y eso qué? Váyase a su casa a celebrar. —No. Me voy a casar aquí. En la 512. Mañana. Con Sofía.

Carmela dejó de escribir. Levantó la vista y me miró fijamente. Vio mi desesperación, mi locura y mi amor. Suspiró profundamente, ese suspiro de quien ha visto todo en un hospital y pensaba que ya nada la sorprendería.

—¿Está hablando en serio? La paciente está terminal. —Por eso mismo. No tenemos tiempo. Necesito que me ayude a que no nos corran. Necesito traer un juez del registro civil. Necesito… necesito que sea bonito.

Carmela me miró unos segundos más, y luego, una sonrisita cómplice apareció en su rostro severo. —Ay, mijo. Los hombres como usted ya no se fabrican. Está bien. Yo me encargo de distraer al supervisor de turno. Y conozco a un juez del registro civil que le debe un favor a mi cuñado por una cirugía de vesícula que le adelantamos. Déjame ver si lo convenzo de venir. Pero tú te encargas de los papeles y de los testigos.

—¡Gracias, Carmela! ¡La amo! —¡Ey, respete! Váyase a mover, que el tiempo corre.

El resto del día fue un torbellino. Tuve que salir a buscar mi acta de nacimiento y la de Sofía (que afortunadamente su casera, una señora amable que contacté por teléfono, tenía guardada en una copia). Tuve que convencer a dos camilleros de ser testigos a cambio de unos refrescos y tortas.

Pero faltaba lo más difícil. Mi mamá.

Ella seguía en el piso 4. No podía casarme sin decirle. Sería una traición imperdonable. Pero decirle que me iba a casar con una paciente terminal que conocí hace 4 días… bueno, eso podría causarle un infarto.

Bajé a la 412. Tomé aire. Entré.

—Hola, má. —Hijo, qué bueno que vienes. Ya me van a dar de alta mañana. ¿Me llevas a la casa? —Sí, má. Pero… antes tengo que contarte algo. Y necesito que me escuches sin gritar, porque estamos en un hospital. —¿Qué hiciste? ¿Chocaste el coche? —No. Me voy a casar. Mañana. Aquí arriba.

Mi mamá soltó la cuchara de la gelatina. Se quedó petrificada. —¿Qué? ¿Con quién? ¿Estás drogado, Mateo? ¿Quién te dio qué? —No estoy drogado. Es… es la chica del cuarto equivocado. La de los girasoles. —¿La muchacha que se está muriendo? ¿La que me contaste que estaba sola? —Sí. Ella. —¡Mateo Ramírez! ¡Te volviste loco! ¡Cómo te vas a casar con una desconocida! ¡Vas a sufrir! ¡Vas a enviudar en dos días! ¿Qué necesidad tienes de buscarte ese dolor?

Me acerqué a su cama y le tomé las manos. —Mamá, tú siempre me enseñaste que hay que hacer lo correcto. Que hay que ayudar al que no tiene a nadie. Ella está sola, má. Su marido la tiró como basura porque se enfermó. Yo no puedo dejar que se vaya así. La amo. No me preguntes cómo ni por qué, pero la amo. Y quiero darle esa alegría antes de que se vaya. Necesito tu bendición. O por lo menos, necesito que no me juzgues.

Mi mamá me miró a los ojos. Vio las lágrimas que se me agolpaban. Ella es una mujer dura, de rancho, pero tiene un corazón de oro. Se le llenaron los ojos de lágrimas también.

—Eres igualito a tu abuelo —dijo, sorbiendo la nariz—. Terco como una mula y con el corazón de pollo. Está bien, hijo. Si eso es lo que tu alma te pide… hazlo. Pero preséntamela primero. No voy a dejar que mi hijo se case con alguien que no conozco. —No puede bajar, má. —Pues pídeme una silla de ruedas. Yo subo.

La mañana siguiente fue un caos hermoso. Carmela cumplió su palabra. El juez, un señor bajito y sudoroso con un traje que le quedaba grande, llegó a las 11:00 AM refunfuñando porque odiaba los hospitales. —A ver, rápido, que tengo que ir a comer —decía.

Vestí a Sofía. No con la bata del IMSS. Fui a una tienda de ropa usada y encontré un vestido blanco de algodón, sencillo, fresco. Le quedaba un poco grande porque estaba muy flaca, pero con unos seguritos lo ajusté. Una de las enfermeras le maquilló un poco las ojeras y le puso rubor. Le pusieron una corona de flores hecha con los girasoles.

Se veía hermosa. Dolorosamente hermosa.

Llevé a mi mamá en silla de ruedas. Cuando entró al cuarto y vio a Sofía, se hizo un silencio. Mi mamá la escaneó de arriba a abajo. Vio la enfermedad, sí, pero también vio la mirada de adoración que Sofía tenía puesta en mí.

—Hola, señora —dijo Sofía, nerviosa—. Perdón por robarle a su hijo y sus girasoles.

Mi mamá se levantó de la silla con dificultad (apenas la habían operado de la cadera, era una necia también) y se acercó a la cama. Le acarició la cara a Sofía.

—Nadie roba lo que se da con el corazón, mija. Bienvenida a la familia, aunque sea por un ratito.

Nos soltamos a llorar todos. Hasta el juez se limpió una lágrima con su pañuelo sucio.

—Bueno, bueno, ya mucho drama —dijo el juez—. Vamos a darle legalidad a esto.

La ceremonia fue breve. El cuarto 512, ese lugar que olía a muerte y abandono, se transformó. Las enfermeras habían colgado guantes inflados como globos. Había luz entrando por la ventana.

—Mateo Ramírez, ¿aceptas a Sofía Méndez como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad…?

Me detuve en esa frase. “En la enfermedad”. —Especialmente en la enfermedad —dije, mirándola a los ojos—. Acepto. Hasta el último segundo. Acepto.

—Sofía Méndez, ¿aceptas a Mateo…? —Acepto —dijo ella, con una voz más fuerte que la de los últimos días.

—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Me incliné con cuidado. Nuestros labios se tocaron. Fue un beso suave, con sabor a medicina y a lágrimas saladas, pero fue el beso más dulce de mi vida. Los camilleros aplaudieron. Mi mamá lloraba a moco tendido abrazada a Carmela.

Firmamos el acta. Ahí estaba. Papelito habla. Ya no era Sofía la sola. Era Sofía Ramírez. Mi esposa.

El juez se fue. Las enfermeras volvieron a sus rondas, aunque nos dejaron un pastelito de la cafetería de contrabando. Nos quedamos solos.

Sofía miraba su dedo, donde la tuerca brillaba junto a su nueva argolla de matrimonio (una sencilla de plata que compré esa mañana en el mercado).

—Ya estás atrapado —me dijo, recargando su cabeza en mi hombro. —Ya estamos —respondí, acariciando su cabello corto.

—Mateo… —¿Mande? —Gracias por salvarme. No del cáncer. Sino del olvido. Ahora… ahora ya no tengo miedo de irme. Porque sé que alguien se va a acordar de mí.

—No hables de irte todavía. Hoy es nuestra noche de bodas. Vamos a ver una maratón de películas y vamos a comer gelatina de limón.

Ella sonrió y cerró los ojos, agotada por el esfuerzo del día. Se durmió agarrada de mi mano. Yo me quedé ahí, viéndola respirar, contando cada subida y bajada de su pecho como una victoria.

Pero la felicidad en los hospitales es prestada. Es un crédito con intereses muy altos.

Tres días después de la boda, la realidad vino a cobrar la factura. Sofía despertó con un dolor que ni la morfina podía tocar. Su respiración se volvió errática. Los doctores entraban y salían con caras largas. El cáncer, ese monstruo silencioso, se había cansado de darnos tregua. Había decidido que la luna de miel había terminado.

El doctor canoso me llamó al pasillo esa tarde. —Mateo, tenemos que hablar. Ya no hay nada médico que podamos hacer. Sus riñones están fallando. Es cuestión de horas. Tal vez un día. Tienes que prepararte.

Sentí que el piso se abría. Había jugado a ser el héroe, a ganarle tiempo al tiempo, pero el tiempo es un casino: la casa siempre gana.

Entré al cuarto. Sofía estaba despierta, pero su mirada estaba vidriosa, perdida en algún punto del techo. Me senté a su lado. Ella giró la cabeza con un esfuerzo inmenso.

—Mateo… —susurró. Apenas se le entendía. —Aquí estoy, mi amor. Aquí estoy. —Saca… saca la nota. —¿Qué nota? —La del… post-it. La que traes en tu cartera. Sé que la guardaste.

Sí. Tenía el maldito post-it de su ex en mi cartera. Lo había recuperado de sus cosas personales que la enfermera me dio. Lo saqué. Ese pedazo de papel amarillo neón que representaba toda la crueldad del mundo.

—Quémalo —dijo ella. —Aquí no se puede prender fuego, nos activan los aspersores… —Hazlo —insistió con una fuerza que no sé de dónde sacó—. Necesito verlo arder para poder irme.

Miré alrededor. Carmela estaba en la puerta, vigilando. Me hizo un guiño y cerró la puerta, dándonos privacidad y bloqueando la vista al detector de humo.

Saqué mi encendedor. Acerqué la llama al papel. “Me casé contigo, no con tu cáncer”. Vi cómo esas palabras se ennegrecían, se retorcían y se convertían en ceniza. Sostuve el papel hasta que casi me quemó los dedos y dejé caer las cenizas en el vaso de agua vacío.

Sofía suspiró. Un suspiro largo, profundo, de liberación absoluta. —Ya está —murmuró—. Ya se fue. Solo quedamos nosotros.

Me subí a la cama con ella, importándome poco las reglas. La abracé por la espalda, envolviéndola con mi cuerpo, tratando de pasarle mi calor, mi vida, mi fuerza. —Cuéntame… —pidió ella—. Cuéntame de las auroras boreales. Llévame ahí.

Cerré los ojos, conteniendo las lágrimas para que mi voz no temblara. —Imagina que hace frío —empecé a narrar, pegado a su oído—. Un frío limpio, que huele a nieve y pino. Estamos en una cabaña de madera. Tú tienes un abrigo grueso y guantes de lana. Salimos al balcón. El cielo es negro, lleno de estrellas, más estrellas de las que has visto nunca. Y de repente… empieza. Una luz verde, como una serpiente mágica, empieza a bailar en el cielo. Se mueve suave, cambiando a morado, a rosa. Ilumina tu cara. Y tú sonríes. Sonríes porque sabes que es un regalo del universo solo para ti.

Sentí cómo su cuerpo se relajaba contra el mío. Su respiración se fue haciendo más lenta, más espaciada. —Es… hermoso… —susurró. Fue su última palabra.

Seguí hablándole de las luces, de la nieve, de nuestro futuro imaginario, mientras sentía cómo su corazón, ese corazón valiente que había amado en tiempo récord, daba sus últimos latidos contra mi pecho. Uno. Dos. Tres… Y luego, silencio.

El monitor cardiaco soltó un pitido continuo, agudo, interminable. Pero no la solté. No grité. No llamé a la enfermera de inmediato. Me quedé ahí, abrazando a mi esposa, permitiéndole cruzar ese umbral en mis brazos, rodeada de amor, con la imagen de las auroras boreales en su mente y no la soledad de un cuarto frío.

Había cumplido mi pacto. Ella no se fue sola. Se fue amada. Se fue siendo Sofía Ramírez.

Me quedé ahí cinco minutos más, en ese silencio sagrado, antes de levantarme para enfrentar al mundo como un hombre nuevo. Un hombre roto, sí, pero un hombre que sabía que el amor, incluso el que dura unos días, es lo único que vale la pena en esta vida maldita y maravillosa.

Salí al pasillo. Carmela me vio y supo. Se persignó. Caminé hacia la ventana del pasillo que daba a la calle. El sol se estaba poniendo sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranja y morado, casi como una aurora boreal chilanga.

Saqué mi celular. Tenía un mensaje de texto. Era de un número desconocido. Lo abrí. “Hola, soy Luis. Me enteré que Sofía está grave. ¿Sabes si dejó algún testamento o si hay deudas que me quieran cobrar? Solo para saber.”

Leí el mensaje. Sentí una calma helada. No sentí rabia. Sentí lástima por él. Él seguía vivo, pero estaba muerto por dentro. Yo estaba viudo, con el corazón destrozado, pero estaba más vivo que nunca.

Bloqueé el número. Guardé el celular. Tenía un funeral que organizar. Un funeral lleno de girasoles. Y tenía una promesa que cumplir: vivir. Vivir por los dos.

PART FINAL: EL ÚLTIMO VIAJE Y EL ECO DE LOS GIRASOLES

El silencio que sigue a la muerte no es realmente silencioso. Es un estruendo blanco, una estática que te llena los oídos y te desconecta del mundo real. Cuando el monitor cardíaco dejó de pitar y las enfermeras entraron para hacer su trabajo —ese trabajo invisible y sagrado de desconectar, limpiar y preparar—, yo me sentí como un espectador en mi propia vida. Como si estuviera viendo una película malísima donde el protagonista soy yo, pero el guion no tiene sentido.

Carmela, la “Jefa”, esa mujer que había sido cómplice de nuestra boda clandestina, se acercó a mí. Ya no tenía su armadura de enfermera gruñona. Tenía los ojos rojos. Me puso una mano en el hombro, una mano pesada y cálida.

—Mijo… tienes que salir un momento. Tenemos que prepararla.

—No la quiero dejar sola —respondí. Mi voz sonaba extraña, hueca, como si viniera desde el fondo de un pozo.

—No está sola —me dijo con una suavidad que me desarmó—. Ya no está en ese cuerpo, Mateo. Ella ya está bailando con las luces que le contaste. Déjanos hacer esto con dignidad para ella. Ve a arreglar los papeles. Yo me quedo aquí vigilando que nadie la trate como un número. Te lo prometo por mi madre.

Salí al pasillo. El mundo seguía girando, lo cual me pareció una falta de respeto monumental. ¿Cómo se atrevía la gente a caminar, a reír, a comer tortas en la sala de espera, cuando el universo acababa de perder a Sofía? Caminé hacia la oficina administrativa arrastrando los pies, sintiendo que traía bloques de cemento amarrados a los tobillos.

El trámite de la muerte en México es un laberinto burocrático diseñado para probar tu paciencia en el peor momento de tu vida. “Acta de defunción”, “certificado médico”, “identificación oficial del finado”, “identificación del cónyuge”.

Cuando entregué mi INE y el acta de matrimonio —esa hoja de papel todavía crujiente que habíamos firmado hacía apenas tres días—, la señorita de la ventanilla me miró raro. Cotejó las fechas. Fecha de matrimonio: hace 72 horas. Fecha de defunción: hoy.

—Fue rápido —dijo ella, sin mala intención, supongo, pero con una torpeza que me dio ganas de romper el vidrio. —Fue una vida entera —le contesté seco—. Solo que comprimida. ¿Dónde firmo?

Pagué lo que tenía que pagar. Firmé donde tenía que firmar. Y luego, tuve que enfrentar el siguiente círculo del infierno: la funeraria.

No tenía mucho dinero. Mis ahorros se habían ido en los gastos de estos días y en los preparativos improvisados. Pero no iba a permitir que la velaran en cualquier lugar. Recordé que Sofía me había dicho que le gustaban los espacios abiertos, no las cajas de zapatos.

Conseguí una sala pequeña en una funeraria decente en la Colonia Roma. Nada lujoso, pero tenía ventanales y pisos de madera. Llamé a mi mamá.

—Ya descansó, má —le dije por el teléfono. Hubo un silencio al otro lado, y luego escuché su llanto. Mi mamá, que apenas la conocía de un día, lloraba como si hubiera perdido a una hija. —Voy para allá, mijo. No te muevas. Llevo café y pan. Y llevo a tus tíos. No vas a estar solo.

Esa noche, el velorio fue surrealista. El ataúd estaba cerrado. Yo decidí eso. Quería recordarla como la vi en nuestra “boda”, con la corona de flores y la sonrisa cansada, no como la había dejado la enfermedad al final. Llené el lugar de girasoles. No compré arreglos fúnebres de esos que parecen coronas de espinas. Fui al mercado de Jamaica a las 4 de la mañana, antes de que abrieran la sala, y compré docenas y docenas de girasoles sueltos. Los puse en jarrones, en el suelo, encima del ataúd. La sala no olía a muerte ni a incienso; olía a campo, a sol, a vida.

Estaba sentado frente al féretro, mirando la madera barnizada, jugando compulsivamente con la tuerca de acero que ahora yo llevaba en mi dedo meñique (porque no me quedaba en otro lado), cuando sentí que el ambiente cambiaba. La temperatura de la sala bajó.

Levanté la vista. En la entrada de la sala, parado como un espantapájaros con un traje caro, estaba él. Luis.

Nadie le había avisado. Supongo que las noticias vuelan, o tal vez vio alguna publicación de algún amigo en común en Facebook, aunque Sofía no tenía redes activas. Se veía incómodo. Miraba a los lados, como buscando una salida de emergencia. Traía un ramo de rosas rojas. Rosas. El cliché más grande del mundo para la mujer que amaba los girasoles.

Me levanté. Mis piernas, que minutos antes no me respondían por el cansancio, se llenaron de una energía eléctrica. No era violencia. Era algo más frío. Era autoridad. Mi mamá se dio cuenta y se paró también, lista para defenderme, pero le hice una seña para que se quedara quieta.

Caminé hacia él. Nos encontramos a medio camino, entre las filas de sillas vacías. Él me miró, evaluándome. Vio mi ropa arrugada, mis ojeras, mi barba de tres días. Seguramente pensó que yo era poca cosa.

—Tú debes ser el… amigo —dijo Luis. Su voz tenía ese tono prepotente de quien está acostumbrado a mandar. —Soy su esposo —corregí, con una calma que me asustó hasta a mí mismo—. Mateo Ramírez, viudo de Sofía.

Luis soltó una risita nerviosa, casi despectiva. —Por favor. Me enteré del circo que armaron en el hospital. Eso no tiene validez real. Yo estuve casado con ella tres años. Tú la conociste hace una semana. —En esa semana hice más por ella que tú en tres años —di un paso adelante, invadiendo su espacio personal—. Y legalmente, mi firma está en el acta de defunción. Mi firma autorizó el servicio. Y mi firma es la única que importa aquí.

Luis apretó la mandíbula. Miró hacia el ataúd. —Solo vine a despedirme. Tengo derecho. Fui su marido. —Perdiste ese derecho el día que dejaste un post-it en la mesa y te llevaste la televisión —le dije en voz baja, para que no escucharan los demás, pero con una intensidad venenosa—. “Me casé contigo, no con tu cáncer”. ¿Te acuerdas? Ella se acordó hasta el último segundo. Quemamos esa nota juntos, Luis. Vi cómo tus palabras se hacían ceniza. Así que no. No tienes derecho. No tienes derecho a verla, no tienes derecho a llorarla y, definitivamente, no tienes derecho a traer esas rosas de gasolinera a mi funeral.

Él se puso rojo. Abrió la boca para decir algo, tal vez para insultarme, tal vez para alegar propiedad sobre algo, pero miró detrás de mí. Ahí estaban mi mamá, mis tíos, dos enfermeras que habían venido (incluida Carmela, que lo miraba con cara de querer inyectarle aire en las venas) y los camilleros. Era un muro de gente que protegía la memoria de Sofía.

—Quédate con tus deudas de conciencia —le dije—. Ella se fue en paz. Se fue amada. Y se fue con mi apellido. Tú aquí eres un fantasma. Vete.

Luis miró alrededor una vez más. Se dio cuenta de que no tenía cabida ahí. Tiró las rosas en un bote de basura cercano con un gesto de berrinche y dio media vuelta. Cuando salió por la puerta, sentí que me quitaban un peso de cien kilos de encima. Me di la vuelta y miré el ataúd rodeado de amarillo.

—Ya está, mi amor —susurré—. Ya se fue la basura.

El día siguiente fue la cremación. Ver cómo el ataúd entraba en el horno fue el momento más difícil. Es el momento definitivo. El “game over” físico. Me entregaron una urna de madera sencilla. La abracé contra mi pecho todo el camino de regreso a mi departamento.

Entrar a mi casa fue un golpe de realidad brutal. Mi departamento de soltero, lleno de cables, consolas y tazas sucias, se sentía ajeno. Puse la urna en la mesita de centro, quité las revistas de videojuegos y puse el vaso de plástico con los girasoles secos que me había traído del hospital.

Me senté en el sofá y, por primera vez en toda la semana, no tuve nada que hacer. No había medicinas que dar, no había doctores con quién pelear, no había trámites. Solo silencio. Y el silencio me aplastó.

Pasé dos semanas en un estado de hibernación. Pedí una licencia no remunerada en el trabajo. No me bañaba. Comía cereal directo de la caja. Me la pasaba viendo las fotos que nos tomamos en esos pocos días. Eran pocas. Unas selfies borrosas en la cama del hospital, una foto de nuestras manos entrelazadas (la tuerca y el anillo de plata), un video corto de ella riéndose porque se le cayó gelatina en la bata.

Repetía ese video mil veces al día. Solo para escuchar su risa. Esa risa rasposa pero genuina.

La depresión es un monstruo curioso. No es tristeza todo el tiempo. A veces es simplemente la ausencia de ganas de existir. Me sentía culpable por estar vivo. ¿Por qué yo sí podía respirar sin dolor y ella no? ¿Por qué yo tenía un futuro y ella se había quedado en los 28 años para siempre?

Una tarde, buscando el cargador de mi celular, encontré la tablet que le había llevado al hospital. La que usamos para ver películas. La encendí. Tenía poca batería. Al desbloquearla, vi que había un archivo de video nuevo en la pantalla de inicio. Se llamaba “Para Mateo (Ábrelo cuando ya no duela tanto)”.

El corazón se me paró. Me temblaban las manos. ¿Cuándo lo grabó? Debió ser en esos momentos en que yo bajaba a comer o a ver a mi mamá. O tal vez le pidió ayuda a Carmela.

Dudé en abrirlo. Decía “cuando ya no duela tanto”. Y a mí me dolía todo, hasta el pelo. Pero la necesidad de verla “nueva”, de ver algo que no había memorizado todavía, fue más fuerte. Le di play.

La imagen se movió un poco. Era un primer plano de su cara en la almohada del hospital. Se veía cansada, pero sus ojos brillaban con esa inteligencia y picardía que me enamoraron.

—Hola, esposo —dijo la Sofía de la pantalla. Sonreí y lloré al mismo tiempo. —Si estás viendo esto, es porque ya me fui. Y conociéndote, seguro estás hecho una piltrafa en tu sofá, comiendo porquerías y sin rasurarte. Te apuesto lo que quieras a que traes esa playera vieja de Star Wars.

Miré mi playera. Traía la playera vieja de Star Wars. Solté una carcajada entre lágrimas.

—Mateo… —su tono se puso serio—. Gracias. No me va a alcanzar la eternidad para agradecerte lo que hiciste. Me devolviste la dignidad. Me hiciste sentir mujer, no paciente. Me hiciste sentir amada cuando yo pensaba que era inamable. Hizo una pausa para tomar aire. Se veía que le costaba hablar. —Pero no quiero que te conviertas en el “viudo eterno”. No quiero que tu vida se detenga porque la mía se acabó. Tienes un corazón demasiado grande para guardarlo en un cajón de luto. Tienes que vivir, Mateo. Tienes que vivir por los dos. Cómete esos tacos que no me dejaron comer. Viaja. Enamórate otra vez, algún día. No pongas esa cara, te estoy dando permiso. Pero solo con una condición: que la próxima vez no sea en un hospital, por favor.

Se rio un poco, y luego se acercó a la cámara. —Y tienes una promesa pendiente. Las auroras boreales. No creas que se me olvidó. Quiero que vayas. No que lo imagines. Quiero que vayas y las veas. Y cuando estés ahí, llévame contigo. Una parte de mí. Espárceme en el viento frío. Quiero ser parte de esas luces. Te amo, Mateo Ramírez. Gracias por ser mi milagro de último minuto. Adiós.

La pantalla se fue a negro. Me quedé mirando mi reflejo oscuro en la tablet. Lloré, pero esta vez fue un llanto diferente. No fue un llanto de desesperación, sino de limpieza. Fue como si lloviera dentro de mí y el agua se llevara la mugre del estancamiento.

Me levanté. Me fui a bañar. Me rasuré la barba de náufrago. Me puse ropa limpia. Agarré la urna. —Prepara tus maletas, Sofía —le dije a la madera—. Nos vamos al norte.

Organizar el viaje no fue fácil. Económicamente, fue un golpe duro, tuve que vender mi coche (al fin y al cabo, odiaba el tráfico de la CDMX) y pedir un préstamo. Pero el dinero es papel; las promesas son de hierro. El destino: Tromsø, Noruega. Me dijeron que era uno de los mejores lugares para verlas.

El viaje fue eterno. Ciudad de México – Frankfurt – Oslo – Tromsø. Llegué a un mundo que no se parecía en nada al mío. Todo era blanco, azul y silencioso. El frío era una bofetada constante que te recordaba que estabas vivo. Me hospedé en un hostal pequeño. No sabía el idioma, pero el inglés de ingeniero me sirvió.

La primera noche, salí a buscar las luces. Nada. Solo nubes y nieve. La segunda noche, contraté un tour para ir más lejos de la ciudad. Nada. La tercera noche, empecé a desesperarme. ¿Y si no salían? ¿Y si fallaba en la última promesa? Me senté en la nieve, abrazando una pequeña porción de las cenizas que había traído en un frasco especial (no me animé a traer toda la urna, por miedo a que la aduana me la quitara, así que traje una parte simbólica).

—No me hagas esto, Sofía —le hablé al cielo oscuro—. Sal. Por favor.

Estaba a punto de rendirme, con los pies congelados a pesar de las botas térmicas, cuando el guía del tour gritó algo en noruego y señaló al cielo.

Al principio fue tenue. Una mancha grisácea que parecía una nube rara. Pero luego, como si alguien hubiera subido el volumen de la realidad, el color estalló. Verde. Un verde eléctrico, vivo, vibrante. La luz empezó a moverse. No era estática. Bailaba. Se retorcía como una serpiente, como un río de energía fluyendo sobre nuestras cabezas. Luego aparecieron tonos violetas y rosados en los bordes.

Era tal cual se lo había descrito en el hospital, pero mil veces más impresionante. Porque esto no era imaginación. Esto era la majestad del universo desplegándose frente a mis ojos insignificantes.

Saqué el frasco. Mis manos temblaban por el frío y la emoción. Lo abrí. El viento soplaba fuerte.

—Aquí estamos, mi amor —grité, aunque el viento se llevaba mis palabras—. Aquí estamos. Mira qué chingón se ve. Esto es para ti.

Lancé las cenizas al aire. El viento las atrapó al instante. No cayeron al suelo. Se elevaron, girando en un remolino invisible, mezclándose con la nieve que empezaba a caer, subiendo hacia la luz verde. Por un segundo, me pareció ver su cara en las formas que hacía el polvo gris contra el cielo nocturno. Me pareció escuchar su risa en el silbido del viento.

Me quedé ahí parado hasta que las luces se desvanecieron y el frío se me hizo insoportable. Pero por dentro, estaba ardiendo. Sentía una paz absoluta. La misión estaba cumplida. El ciclo se había cerrado.

Regresé a México una semana después. No volví a ser el mismo Mateo. Ya no podía ser el “Godínez” que vivía para el fin de semana y se estresaba por un bug en el código. Renuncié a mi trabajo de oficina. Con lo que me quedaba de la liquidación y la venta del coche, empecé un proyecto propio. Desarrollé una app para conectar a pacientes hospitalizados que no tienen familia con voluntarios que quieren hacer compañía. La llamé “Girasol”. No me hizo millonario, pero me dio para vivir y, sobre todo, me dio un propósito.

Carmela se convirtió en mi socia no oficial. Ella me avisaba de los casos más tristes y yo coordinaba quién fuera a leerles, a llevarles música o simplemente a sostenerles la mano. Mi mamá se recuperó totalmente de la cadera y ahora es la voluntaria número uno; hace tamales (de los que no hacen daño) para llevar a las salas de espera.

Han pasado cinco años desde entonces.

A veces, cuando paso por el pasillo de los detergentes en el súper y huelo el aroma a pino barato, me acuerdo del hospital. Me acuerdo del miedo. Me acuerdo del dolor. Pero sobre todo, me acuerdo de ella.

Todavía uso la tuerca en el dedo meñique. Ya está un poco rayada, pero sigue brillando. He salido con un par de chicas. Nada serio todavía. Les cuento la historia eventualmente. Algunas se asustan, piensan que sigo enamorado de un fantasma. Otras lo entienden. Pero yo sé que Sofía no es un fantasma que me asusta. Es la base sobre la que construí mi nueva vida.

El 14 de marzo, el aniversario de cuando entré al cuarto equivocado, siempre hago lo mismo. Compro un ramo gigante de girasoles. Voy al panteón donde enterramos la urna (sí, al final conseguí un nicho bonito, cerca de unos árboles). Me siento ahí, limpio la placa que dice “Sofía Ramírez – Amada esposa y guerrera de la luz”.

Le cuento mi año. Le cuento que el cilantro sigue sabiendo horrible. Le cuento que la app ayudó a que Don Pepe no muriera solo el mes pasado. Le cuento que estoy intentando ser feliz, tal como me lo pidió.

Y aunque ella no contesta, sé que me escucha. Porque cada vez que salgo del panteón y el sol me pega en la cara, siento el mismo calor que sentí cuando ella me sonrió por primera vez.

Ese error de piso no solo salvó dos vidas aquel día. Salvó la suya, porque le dio un final digno de una reina. Y salvó la mía, porque me enseñó que la vida no se mide en años, ni en quincenas, ni en líneas de código. Se mide en los momentos en los que te atreves a amar contra todo pronóstico. Se mide en la capacidad de convertir un cuarto de muerte en un altar de vida.

La gente dice que el amor duele. Y tienen razón. Duele como el infierno cuando se va. Pero el vacío que deja es la prueba de que existió algo gigante. Y yo prefiero mil veces este dolor, este hueco en el pecho que a veces no me deja respirar, a la vida gris y segura que tenía antes de abrir la puerta 512.

Luis sigue vivo, supongo. Oí rumores de que se volvió a casar y se volvió a divorciar. Pobre diablo. Él busca cuerpos sanos. Yo encontré un alma indestructible.

Miro al cielo de la Ciudad de México, que rara vez deja ver las estrellas por el smog. Pero yo sé que están ahí. Y sé que, muy al norte, hay unas luces verdes bailando. —Buenas noches, Sofía —susurro al viento. Y sigo caminando, con un girasol en la mano y una tuerca en el dedo, listo para lo que venga. Porque estoy vivo. Y estar vivo es el único homenaje que vale la pena.

FIN.

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