Todos en el batallón me dieron la espalda y me llamaron traidora, condenándome a pudrirme en una celda federal, pero nadie contaba con que mi única petición final sería ver a mi compañero canino K9, quien al entrar no me saludó con cariño, sino con una señal de alerta que cambiaría la historia militar para siempre.

Me llamo Elena. Fui Capitana, fui operativa de fuerzas especiales y fui una heroína para mi país. Hoy, solo soy un número más en un uniforme gris, esperando el traslado a una zona de máxima seguridad de donde sé que no saldré con vida.

Llevo años gritando mi inocencia, repitiendo que yo no le quité la vida al Teniente Chávez en aquel operativo fallido en la sierra. Pero nadie me creyó. Las pruebas decían que fui yo. Mi carrera se borró, mis amigos desaparecieron y mi familia dejó de visitarme. La soledad en una celda de 2×2 te rompe la mente.

Mañana es el día final. Se acaba todo.

Cuando el director del penal me preguntó cuál era mi última voluntad, esperaban que pidiera un sacerdote o una llamada. Se quedaron mudos cuando dije: “Quiero ver a Sombra”.

Sombra. Mi Pastor Belga Malinois. Mi compañero de mil batallas, el único que estuvo conmigo esa noche maldita entre los disparos y la confusión. Los guardias se rieron, dijeron que era ridículo traer a un perro viejo al penal. Pero es mi derecho.

Hace una hora, la puerta de acero se abrió.

El aire se sentía pesado, olía a humedad y a miedo. Mis manos temblaban esposadas a la mesa metálica. Cuando Sombra entró con su nuevo manejador, mi corazón se detuvo. Ya se le notaban los años, tenía el hocico gris y caminaba más lento.

—Hola, amigo —susurré, esperando que corriera hacia mí, que me lamiera las manos como cuando regresábamos de misión.

Pero Sombra no corrió. Se detuvo en seco.

El cuarto se quedó en silencio total. Sombra me miró a los ojos, pero no había alegría. Había reconocimiento. De repente, soltó un gruñido bajo, profundo, de esos que te vibran en el pecho.

—¡Controlen a ese animal! —gritó un guardia, llevando la mano a su arma.

Sombra ignoró la orden. Empezó a rodearme, olfateando el aire con desesperación, pegando su nariz a mi uniforme. No me estaba saludando… me estaba escaneando. Se detuvo justo detrás de mí, a la altura de mi omóplato izquierdo.

Su respiración se aceleró. Y entonces, ladró.

No fue un ladrido normal. Fue EL ladrido. Seco. Fuerte. La señal de “alerta de trauma” que usábamos en combate para localizar heridos graves.

—¿Qué le pasa? —preguntó el director, nervioso.

El nuevo manejador de Sombra se puso pálido. Se acercó a mí lentamente y me levantó la camisola por la espalda.

—Señor Director… tiene que ver esto —dijo con la voz temblorosa—. Sombra no está atacando. Está marcando una herida.

Sentí un frío recorrer mi espalda. ¿Herida? Yo no recordaba ninguna herida. Pero Sombra nunca se equivocaba.

¿QUÉ FUE LO QUE VIO MI PERRO QUE NADIE MÁS HABÍA NOTADO EN AÑOS Y QUE PODÍA CAMBIARLO TODO?!

PARTE 2: LA EVIDENCIA BAJO LA PIEL Y EL SILENCIO DE LA SIERRA

El tiempo en la cárcel no se mide en horas ni en minutos, se mide en latidos de miedo y en gotas de sudor frío. Pero en ese instante, en esa sala de visitas con las paredes despintadas y el olor a humedad penetrando hasta los huesos, el tiempo se detuvo por completo.

Sentía la nariz húmeda de Sombra pegada a mi espalda, justo sobre el omóplato izquierdo, y su respiración agitada vibrando contra mi columna vertebral. No se movía. Estaba clavado ahí, como una estatua de bronce, emitiendo ese gruñido bajo que solo los que hemos estado en la línea de fuego conocemos: la señal de que algo está mal, muy mal.

El silencio en la habitación era tan pesado que podía escuchar el zumbido eléctrico de la lámpara fluorescente que parpadeaba sobre nosotros.

—¿Qué está diciendo, soldado? —la voz del director del penal, el Licenciado Montiel, rompió el hielo. Era un hombre bajo, calvo y con un traje que le quedaba grande, un burócrata que nunca había pisado el lodo de la sierra, pero que tenía el poder de firmar mi traslado al infierno.

El nuevo manejador de Sombra, un cabo joven al que yo no conocía, tragó saliva. Se veía nervioso. Sabía quién era yo. Para los nuevos reclutas, yo era la “Capitana Traidora”, la que había vendido a su pelotón. Pero también sabía quién era Sombra, y en el mundo de los binomios caninos, el perro no miente. El perro no sabe de política, ni de sobornos, ni de expedientes fabricados. El perro solo sabe de hechos.

—Señor Director… —repitió el cabo, retirando la mano con cuidado de mi espalda pero sin bajarle la camisola—. Sombra marcó un punto de impacto. No es una agresión. Es… es marcaje de localización de objeto extraño o herida abierta. Pero…

—¿Pero qué? —ladró Montiel, impaciente, secándose el sudor de la frente con un pañuelo arrugado.

—Pero la Capitana no tiene ninguna herida visible, señor. Al menos no una reciente. La piel está cerrada. Pero hay algo ahí. Mire la reacción del perro. No se quiere apartar.

Intenté girar la cabeza, pero las esposas me limitaban el movimiento. Sentía un ardor repentino en esa zona, como si la atención de todos hubiera despertado un dolor fantasma que mi cerebro había decidido bloquear durante tres años.

—¿De qué chingados hablan? —solté, con la voz ronca por la falta de uso y la sed—. No tengo nada ahí. En el examen médico de ingreso dijeron que estaba limpia. El expediente dice que salí ilesa del operativo. Eso fue lo que usaron para condenarme, ¿no? Que Chávez estaba hecho pedazos y yo no tenía ni un rasguño.

El director se acercó, venciendo su miedo al perro. Sombra le enseñó los dientes, un aviso rápido, pero se mantuvo en posición.

—Cabo, controle al animal y apártelo. Voy a examinar a la interna.

—Sombra, juss —ordenó el cabo en alemán, el idioma de comando.

Sombra dudó. Por primera vez en su vida, mi perro dudó una orden directa. Me miró con esos ojos color ámbar que tantas veces fueron mi única luz en la oscuridad. Soltó un gemido lastimero, de esos que te rompen el alma, y retrocedió dos pasos, sentándose en guardia, sin quitarme la vista de encima.

El director se colocó detrás de mí. Sentí sus dedos fríos y torpes tocando mi espalda, justo donde Sombra había marcado.

—Hay… hay una protuberancia aquí —murmuró Montiel, más para sí mismo que para los demás—. Es pequeña. Dura. Parece un quiste, pero… la piel alrededor tiene una decoloración extraña. Como una cicatriz muy vieja, muy fina. Casi invisible.

—Yo no tengo cicatrices ahí —insistí, empezando a sentir una oleada de pánico. Mi mente, entrenada para mantener la calma bajo fuego, empezaba a fallar. Los recuerdos de aquella noche en la sierra de Guerrero eran un rompecabezas incompleto, borrosos por la conmoción y, según mis abogados, por el trauma.

—Guardias —ordenó el director, enderezándose y recuperando su tono de autoridad—. Cancelen el traslado.

Un murmullo recorrió la sala. Los dos custodios que estaban junto a la puerta se miraron entre sí. Uno de ellos, un tipo apodado “El Tuercas”, conocido por hacerle el trabajo sucio a los narcos dentro del penal, dio un paso al frente.

—Señor Director, con todo respeto, la orden de traslado viene de arriba. De la Fiscalía General. El convoy ya está en camino. Si no la subimos a ese camión en una hora, nos vamos a meter en una bronca muy cabrona.

—¡Me vale madres la Fiscalía ahorita! —gritó Montiel, sorprendiéndonos a todos—. Este perro acaba de detectar algo que tres médicos legistas y dos auditorías forenses pasaron por alto. Si hay algo en el cuerpo de esta mujer que no está en el expediente, y la trasladamos, y luego resulta que es evidencia… el que se va a refundir en el bote soy yo por negligencia.

Montiel me miró a los ojos. Por primera vez en años, no vi desprecio en la mirada de una autoridad. Vi curiosidad. Y miedo.

—Llévenla a la enfermería. Ahora mismo. Quiero una radiografía y una ecografía de esa zona. Y quiero al perro ahí.

—¿El perro? —preguntó “El Tuercas”, incrédulo.

—El perro es el que encontró esto. El perro se queda como testigo de cadena de custodia hasta que sepamos qué demonios es. Si intentan sacar al perro, el cabo tiene orden de soltarlo. ¿Entendido?

El cabo asintió, llevándose la mano a la correa de Sombra con firmeza. “El Tuercas” apretó la mandíbula, pero se hizo a un lado.

El camino a la enfermería fue un borrón. Me llevaban casi a rastras, con Sombra trotando a mi lado, sus garras haciendo clic-clic-clic sobre el piso de linóleo barato del pasillo central. Los otros reos golpeaban los barrotes al vernos pasar, gritando obscenidades, pero yo solo podía concentrarme en el ardor en mi espalda.

¿Qué tenía ahí?

Mi mente viajó de golpe tres años atrás. La Sierra Madre del Sur. Operativo “Víbora Negra”.

Recuerdo el calor. Ese calor húmedo y pegajoso que te hace sentir que respiras sopa. Estábamos persiguiendo a “El Carnicero”, un líder regional que había emboscado a una patrulla de la Guardia Nacional. El Teniente Chávez iba a la cabeza. Yo iba cubriendo la retaguardia con Sombra.

Todo se fue al diablo en cuestión de segundos.

No hubo disparos de advertencia. Fue una explosión. Un RPG que pegó en un árbol encima de nosotros, lloviendo astillas y fuego. Luego, el tableteo inconfundible de las AK-47. Nos tenían rodeados. Eran demasiados.

—¡Elena! ¡Flanquea por la izquierda! —gritó Chávez. Fue lo último que le escuché decir.

Recuerdo correr. Recuerdo a Sombra derribando a un sicario que me salía al paso. Recuerdo el sonido de las balas zumbando como abejas furiosas. Y luego… oscuridad.

Desperté en el hospital militar, dos días después. Esposada a la cama. Me dijeron que me habían encontrado vagando a dos kilómetros del sitio, desorientada, con el arma de Chávez en mi mochila y residuos de pólvora en las manos. Me dijeron que Chávez tenía tres disparos en la espalda, calibre 9mm. Mi calibre.

Me dijeron que lo había matado por la espalda para robarle el dinero del decomiso que, supuestamente, llevábamos. Una mentira. Nunca hubo dinero. Pero nadie me creyó porque yo no recordaba nada. Mi memoria tenía un agujero negro de cuatro horas.

—Capitana, siéntese aquí.

La voz del médico del penal me trajo al presente. Era el Dr. Arreola, un tipo viejo, cansado de coser puñaladas y tratar sobredosis. Me senté en la camilla de metal, fría como el hielo.

—Quítenle las esposas para que pueda quitarse la camisola —ordenó el doctor.

—No se puede, protocolo de seguridad —replicó “El Tuercas”, que nos había seguido y estaba parado en la puerta como un buitre.

—¡Quíteselas o no puedo trabajar! —gritó el médico—. ¿A dónde va a ir? ¿A través de la pared? Además, tengo a un perro de ataque aquí que me mira como si yo fuera un bistec.

A regañadientes, me liberaron las manos. Mis muñecas estaban en carne viva por el roce del metal. Me quité la camisola gris con dificultad, quedando en una camiseta blanca de tirantes.

Sombra se sentó junto a la camilla, poniendo su cabeza sobre mi rodilla. Acaricié su cabeza, enredando mis dedos en su pelo áspero. Era mi única ancla a la realidad.

—A ver, veamos qué vio el chucho —dijo Arreola, poniéndose los guantes de látex.

Pasó sus dedos por mi espalda. Cuando tocó el punto, solté un gemido involuntario. Dolía. Dolía mucho más que antes.

—Interesante —murmuró—. A simple vista no se ve nada. Una pequeña mancha blanca, parece tejido cicatricial antiguo, muy bien curado. Como si hubiera sido cerrado por un cirujano plástico, no por un médico de combate.

—¿Qué significa eso? —preguntó Montiel, que observaba desde la esquina.

—Significa que alguien abrió, metió o sacó algo, y luego cerró con una técnica impecable para que no se notara. Voy a hacer una incisión.

—¡Sin anestesia! —gritó “El Tuercas”—. No hay autorización para gastar insumos en esta rea.

—¡Es anestesia local, imbécil, no le voy a poner anestesia general! —el doctor ya estaba harto—. Y si no le gusta, sálgase de mi enfermería.

Sentí el piquete de la aguja con la lidocaína. Sombra se tensó, pero le susurré: “Quieto, Sombra. Bleib“. Se relajó un poco, confiando en mí.

El doctor tomó un bisturí. Sentí la presión, el corte, la sangre caliente corriendo por mi piel, pero no dolor. El sonido metálico de las pinzas hurgando dentro de mi carne fue lo que me dio náuseas.

—Está profundo… —dijo Arreola, concentrado—. Está alojado justo entre el músculo y el hueso del omóplato. El cuerpo ha creado una cápsula de calcio alrededor. Por eso no lo sentías, Elena. El cuerpo lo aisló. Pero el perro… el perro olió la infección leve o quizás el metal.

—¿Metal? —pregunté.

—Ya casi… lo tengo.

Hubo un sonido húmedo, un tirón que sentí hasta el cuello, y luego el tintineo de algo cayendo en la bandeja de acero inoxidable.

Todos nos inclinamos para ver.

No era un chip. No era una tarjeta de memoria.

Era una bala.

Pero no cualquier bala. Estaba deformada por el impacto, pero se distinguía perfectamente. No era el plomo cobrizo de las balas normales. Tenía un núcleo oscuro y una punta que, a pesar del impacto, conservaba un color verdoso extraño.

—¿Qué chingados es eso? —preguntó el director Montiel, acercándose tanto que sus lentes se empañaron.

El doctor Arreola tomó la bala con las pinzas y la levantó a la luz.

—Esto… esto no es munición estándar del ejército —dijo, frunciendo el ceño—. Y definitivamente no es de narcos. Los narcos usan balas blindadas o de punta hueca baratas. Esto es… polímero de alta densidad con núcleo de tungsteno. Munición experimental.

El cuarto se quedó en silencio. Yo miraba esa cosa pequeña y deforme que había estado viviendo dentro de mí durante tres años. Y de repente, el velo de mi memoria se rompió.

FLASHBACK

La explosión me tira al suelo. El zumbido en mis oídos. Veo a Chávez disparando. Pero no dispara hacia la selva. Dispara hacia atrás. Hacia el equipo de apoyo que acababa de llegar en el segundo helicóptero.

—¡Son ellos! ¡Elena, son ellos! —grita Chávez.

Veo a un hombre bajar del helicóptero. No lleva uniforme estándar. Lleva equipo táctico negro sin insignias. Levanta un rifle que no reconozco. Apunta a Chávez. Chávez cae.

Yo levanto mi arma. El hombre de negro gira hacia mí. Veo el fogonazo. Siento el golpe en la espalda como si me hubiera pateado un caballo. Caigo de cara al lodo. No puedo moverme. Escucho botas acercándose.

—¿Está muerta? —pregunta una voz.

—No sé. El tiro fue limpio.

—Cárguenla. El jefe la quiere viva para que sea el chivo expiatorio. Límpienle la herida, que parezca que no pasó nada. Usen el sellador dérmico del kit americano. Que no quede rastro.

Siento una aguja. Todo se vuelve negro.

FIN DEL FLASHBACK

Regresé a la enfermería del penal con un grito ahogado. Todo encajaba. La falta de herida. El olvido (me habían drogado). La acusación perfecta.

—Esa bala… —dije, temblando, con las lágrimas corriendo por mis mejillas sucias—. Esa bala no es de los narcos. Es de los “Grupos de Limpieza”. Mercenarios contratados por…

No terminé la frase. La puerta de la enfermería se abrió de golpe.

No era un médico. No era un guardia cualquiera. Era el Comandante de Custodia, el jefe directo de “El Tuercas”, acompañado por tres hombres armados con armas largas.

—Se acabó el show —dijo el Comandante, un hombre con cicatrices de acné y ojos vacíos—. Director Montiel, se le requiere en la administración. Hay una llamada del Gobernador. Nosotros nos encargamos de la rea y del perro.

—Todavía no termino —dijo el doctor Arreola, poniéndose frente a mí—. Tengo que suturar y documentar la evidencia.

—Dije que se acabó —el Comandante cargó su arma—. Entrégueme eso.

Se refería a la bala en la bandeja.

Sombra se levantó. Ya no gruñía. Ahora estaba en silencio total. El pelo de su lomo estaba erizado como una cresta de dinosaurio. Sus músculos estaban tensos, listos para estallar.

—Director… —supliqué, mirando a Montiel. Sabía que si esos hombres se llevaban la bala y a mí, nunca llegaría al penal de máxima seguridad. Me “suicidarían” en el camino y Sombra… a Sombra lo matarían ahí mismo.

Montiel miró la bala. Miró a los hombres armados. Miró mi expediente sobre la mesa. Sudaba a mares. Era un burócrata, un cobarde, un hombre que vivía de las mordidas y de mirar hacia otro lado.

Pero luego miró a Sombra. Y algo en la dignidad de ese perro viejo defendiendo a su dueña pareció tocarle una fibra que creía muerta.

Montiel tomó la bandeja con la bala rápidamente y se la metió en el bolsillo interior del saco.

—Tiene razón, Comandante —dijo Montiel, con la voz temblorosa pero firme—. Vaya a la administración. Yo lo alcanzo. Pero la evidencia se queda conmigo. Es protocolo. Cadena de custodia personal del Director en casos de hallazgos extraordinarios. Artículo 45 del reglamento interno.

El Comandante entrecerró los ojos.

—Se está equivocando, Licenciado. Esa bala es peligrosa. Quema las manos.

—Más peligroso es ignorar un procedimiento federal cuando hay cámaras grabando —mintió Montiel. No había cámaras en la enfermería. O si las había, seguro ya las habían apagado. Pero el blofeo funcionó por un segundo.

—Llévense a la perra —ordenó el Comandante a sus hombres, refiriéndose a mí.

—¡Y maten al perro! —añadió “El Tuercas”, sacando su macana.

Fue el error más grande de su vida.

Cuando “El Tuercas” levantó el brazo para golpearme, Sombra no esperó mi orden. Fue un rayo café y negro. Saltó sobre la camilla, usándola de trampolín, y se lanzó directo a la garganta del guardia.

El grito de terror resonó en todo el bloque médico.

—¡Sombra, Fass! (¡Ataca!) —grité, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Era pelear o morir.

El caos se desató. El Comandante intentó apuntar, pero yo, con la adrenalina borrando el dolor de la cirugía en carne viva, pateé la bandeja de instrumentos quirúrgicos hacia él. Los bisturís y tijeras volaron por el aire, distrayéndolo.

Me lancé fuera de la camilla, rodando por el suelo para cubrirme detrás de un escritorio metálico.

—¡Fuego! —gritó alguien.

Un disparo impactó en el gabinete de medicinas, haciendo estallar frascos de vidrio. El olor a alcohol y éter llenó el aire.

Sombra había soltado a “El Tuercas”, quien se retorcía en el suelo sangrando, y ahora mantenía a raya a los otros dos guardias, ladrando y lanzando mordidas al aire, protegiendo mi posición. Era un torbellino de dientes y furia. A pesar de su edad, la memoria muscular de un perro de fuerzas especiales es impecable.

—¡Alto! ¡Alto o disparo a matar a todos! —la voz de Montiel sonó sorprendentemente fuerte. Tenía una pistola pequeña en la mano, su arma personal que nunca usaba. Apuntaba al Comandante.

—¿Te volviste loco, Montiel? —gruñó el Comandante—. Estás defendiendo a una asesina.

—Estoy defendiendo la verdad —dijo Montiel, jadeando—. Y estoy defendiendo a mi perro.

—¿Tu perro?

—Sí. Acabo de decomisarlo. Ahora es propiedad de la Dirección del Penal. Si le disparas a propiedad federal, te hundo, cabrón. Te juro que te hundo. Tengo la bala. Y tengo el teléfono descolgado transmitiendo al conmutador central.

Era mentira. El teléfono estaba en su base. Pero la duda en los ojos del Comandante fue suficiente.

El sonido de sirenas empezó a escucharse afuera. No sirenas de ambulancia. Sirenas de convoy militar.

—El traslado… —dijo el Comandante, bajando el arma lentamente—. Llegaron por ella.

—Perfecto —dijo Montiel—. Entonces que se la lleven. Pero no tú. Se la entregaré personalmente al General a cargo del convoy. Y le entregaré esto también —se palmeó el bolsillo donde tenía la bala—. Y le contaré cómo tu gente intentó manipular una escena médica.

El Comandante nos miró con odio puro. Escupió al suelo, cerca de mis pies descalzos.

—Esto no se queda así, Elena. Allá afuera no vas a tener al perro. Y esa bala no va a llegar al laboratorio.

Dio media vuelta y salió, seguido por sus guardias arrastrando al herido.

Me quedé en el suelo, temblando, con la espalda ardiendo y la sangre manchando mi camiseta. Sombra corrió hacia mí inmediatamente. Me lamió la cara, limpiándome las lágrimas y el sudor, revisando si estaba herida.

—Lo hiciste bien, chico. Lo hiciste muy bien —le susurré, abrazándolo con todas mis fuerzas. Olía a perro viejo, a champú barato del penal y a pólvora. El mejor olor del mundo.

El doctor Arreola salió de debajo de su escritorio, pálido como un papel.

—Tengo… tengo que suturar eso antes de que te vayas —dijo con voz temblorosa—. Se va a infectar.

Mientras el doctor me cosía la espalda apresuradamente, miré al Director Montiel. Estaba recargado contra la puerta, con la pistola colgando de su mano, mirando la nada.

—¿Por qué? —le pregunté.

Montiel me miró. Ya no parecía un burócrata. Parecía un hombre que acababa de despertar de una pesadilla larga.

—Tengo una hija, Capitana. Quiere ser veterinaria. Si ella supiera que dejé que mataran a un perro que solo decía la verdad… nunca me perdonaría. Además… —sacó la bala de su bolsillo y la observó con fascinación morbosa—, siempre supe que había algo podrido en tu caso. Nunca imaginé que la podredumbre estuviera literalmente dentro de ti.

Se escucharon botas militares pesadas en el pasillo. Voces firmes. El Ejército de verdad había llegado.

—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté, sintiendo que el destino volvía a girar.

—Esa bala es prueba de que hubo un tercer tirador —dijo Montiel—. Es prueba de que te dispararon con munición que no existe oficialmente. Si logramos que esto llegue a un juez honesto, el caso se reabre. Se anula la sentencia.

—¿Y si no hay jueces honestos?

Montiel sonrió tristemente.

—Entonces tendrás que hacer lo que mejor sabes hacer, Capitana. Sobrevivir. Pero ya no estás sola.

Señaló a Sombra.

La puerta se abrió. Un Coronel del Ejército entró, mirando la escena: la sangre, los vidrios rotos, el perro en guardia.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó el Coronel.

Me levanté, con la ayuda del doctor. Me dolía todo el cuerpo, pero me sentía más fuerte que en los últimos tres años. Tenía la verdad. La tenía en una bolsa de evidencia en la mano de Montiel. Y tenía a mi compañero.

—Señor —dije, cuadrándome lo mejor que pude con las esposas puestas—. Solicito permiso para declarar sobre nueva evidencia en el caso 45-B. Y solicito… solicito que mi binomio canino me acompañe en el traslado por razones de seguridad médica.

El Coronel miró a Sombra, luego miró la herida suturada en mi espalda y finalmente a Montiel, quien asintió solemnemente.

—Concedido, Capitana —dijo el Coronel, rompiendo el protocolo—. Suban al camión. Tenemos un largo camino.

Mientras caminaba hacia la salida, con Sombra pegado a mi pierna, supe que la guerra no había terminado. Apenas empezaba. Pero ahora, los cazadores se convertirían en la presa. Esa bala en mi espalda no era solo plomo; era la llave de una conspiración que llegaba a lo más alto del gobierno. Y yo estaba dispuesta a incendiarlo todo para que la verdad saliera a la luz.

Sombra ladró una vez, corto y alegre, al sentir el aire fresco del patio.

—Vamos, amigo —le dije—. Tenemos trabajo que hacer.

PARTE 3: EL CONVOY DE LA MUERTE Y LA LEALTAD DE ACERO

El aire fuera de la enfermería tenía un sabor distinto. A pesar de estar todavía dentro de los muros perimetrales del penal, se sentía una corriente eléctrica diferente, una mezcla de ozono, diésel quemado y esa tensión estática que precede a las tormentas violentas.

Caminé hacia el patio de carga, con cada paso enviando una punzada eléctrica desde mis omóplatos recién suturados hasta la base de mi cráneo. El dolor era un recordatorio constante: estaba viva, y tenía una bala de polímero guardada en el bolsillo de un director de prisión arrepentido que, por primera vez en su vida, había decidido no ser un cobarde.

A mi lado, Sombra marcaba el paso con una precisión militar que intimidaba. Ya no era el perro viejo que dormitaba en la celda; su postura había cambiado. Caminaba en “fuss” (junto), con la cabeza alta, las orejas girando como radares parabólicos captando cada susurro, cada cerrojo deslizándose, cada respiración nerviosa de los custodios que nos observaban desde las torres. Ellos habían visto, o escuchado, lo que le hizo a “El Tuercas”, y el miedo en sus ojos era palpable. Un perro que ataca a un guardia es una sentencia de muerte, pero un perro que camina al lado de un Coronel del Ejército es una incógnita que nadie quería despejar.

El convoy nos esperaba. No eran las camionetas habituales de traslado de reos, esas jaulas oxidadas donde te sacuden como ganado. Eran tres vehículos tácticos blindados Sandcat, pintados con el camuflaje pixelado de la SEDENA (Secretaría de la Defensa Nacional). Monstruos de acero diseñados para resistir minas y emboscadas.

El Coronel se detuvo frente a la puerta trasera del vehículo central. Se giró hacia mí, y por primera vez pude verle la cara a la luz del sol de la tarde. Era un hombre de unos cincuenta años, con la piel curtida por el sol del desierto de Sonora y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. No llevaba nombre en el uniforme, solo las insignias de su rango.

—Suba, Capitana —dijo, seco. No “reclusa”, no “interna”. Capitana.

—Mi perro va conmigo —dije, no como una petición, sino como una declaración de principios. Después de lo que pasó en la enfermería, donde Sombra me salvó de una ejecución sumaria, no iba a permitir que nos separaran ni un centímetro.

El Coronel miró a Sombra. El perro le devolvió la mirada, firme, sin agresividad pero sin sumisión.

—El perro sube —asintió el Coronel—. Pero si se pone nervioso y muerde a uno de mis hombres, lo bajo a plomazos. ¿Entendido?

—Si sus hombres no intentan matarme, él no intentará matarlos a ellos. Es un trato justo.

Subí al blindado con dificultad. Las esposas seguían en mis muñecas, aunque ahora las llevaba al frente por orden del médico. El interior del vehículo estaba en penumbra, iluminado apenas por las luces rojas del tablero táctico. Había cuatro soldados dentro, sentados en las bancas laterales, con los rifles de asalto FX-05 Xiuhcoatl cruzados sobre el pecho. Todos llevaban pasamontañas. Nadie habló cuando entré.

Sombra saltó ágilmente y se colocó a mis pies, en el espacio estrecho entre mis botas y las del soldado de enfrente. Puso su barbilla sobre mi empeine, un gesto que servía doble propósito: consolarme y detectar si mi pulso se aceleraba por el miedo.

El motor rugió, una bestia diésel despertando, y sentí la vibración en los dientes. La puerta pesada se cerró, sellándonos del mundo exterior.

—En marcha —ordenó el Coronel por la radio desde el asiento del copiloto.

El convoy arrancó. Sentí el tirón inercial cuando dejamos atrás la prisión. Por la pequeña ventanilla blindada, vi pasar los muros de concreto, las torres de vigilancia y, finalmente, la pluma de acceso. Atrás quedaba el Director Montiel, solo contra el sistema, con la única prueba física de mi inocencia. Recé mentalmente a San Judas Tadeo para que ese hombre tuviera el valor de esconder esa bala donde nadie la encontrara. Si él caía, mi única esperanza se desvanecía.

Llevábamos veinte minutos de carretera cuando el silencio se volvió insoportable. Solo se escuchaba el zumbido de los neumáticos todoterreno sobre el asfalto caliente y la estática intermitente de la radio encriptada.

Miré al soldado frente a mí. Era joven, apenas un niño, quizás de la misma edad que los reclutas que entrené hace años. Sus ojos, lo único visible tras el pasamontañas, se desviaban constantemente hacia Sombra.

—No muerde si no le das motivos —dije, rompiendo el silencio.

El soldado se sobresaltó, apretando el agarre de su rifle.

—Dicen que es un demonio, mi Capitana —murmuró, olvidando el protocolo de no hablar con el prisionero—. Dicen que casi le arranca la yugular al Tuercas.

—El Tuercas iba a golpearme mientras me cosían una herida en carne viva —respondí, sintiendo el ardor en la espalda—. Sombra solo hizo su trabajo. Proteger al binomio.

El Coronel se giró desde el asiento delantero.

—Suficiente charla.

Hubo una pausa. El vehículo tomó una curva cerrada, y pude intuir por la inclinación que estábamos subiendo a la autopista federal.

—¿A dónde me llevan, Coronel? —pregunté—. El traslado original era al penal de máxima seguridad del Altiplano. Pero esta ruta… esta ruta va hacia el norte.

El Coronel me miró a través del espejo retrovisor. Sus ojos eran ilegibles.

—Las órdenes cambiaron, Capitana Elena. El incidente en la enfermería… complicó las cosas. La Fiscalía quiere su cabeza. Dicen que usted organizó un motín, que tomó rehenes y que hirió a personal penitenciario.

—¡Eso es mentira! —grité, y Sombra soltó un gruñido bajo—. Usted vio lo que pasó. Usted vio la bala. El Director Montiel se lo explicó.

—Yo vi un desmadre —dijo el Coronel con frialdad—. Y vi a un director de penal asustado tratando de salvar su pellejo. Pero también vi la herida en su espalda. Y vi esa bala extraña.

Se quitó la gorra y se pasó la mano por el cabello corto, canoso.

—Conocí a Chávez —dijo de repente.

El nombre me golpeó como un puñetazo. El Teniente Chávez. Mi Teniente. El hombre al que me acusaban de haber traicionado y asesinado por la espalda.

—Era un buen hombre —continuó el Coronel—. Terco como una mula, pero derecho. Cuando leí el informe que decía que usted lo había matado para robarse un dinero inexistente… no me cuadró. Chávez confiaba en usted con su vida. Siempre decía que “La Capitana y su perro son los únicos ojos que necesito en la espalda”.

Sentí un nudo en la garganta. Las lágrimas amenazaban con salir, pero me las tragué. Los soldados no lloran, y menos frente a otros soldados que quizás tengan órdenes de matarte.

—Yo no lo maté, Coronel. Me tendieron una trampa. Esa bala que sacaron de mi espalda… es de tungsteno. Munición de contratistas privados. Había un tercer equipo en la sierra ese día.

—Lo sé —dijo el Coronel, y su voz bajó un tono, volviéndose casi un susurro—. O al menos, lo sospecho. Por eso no vamos al Altiplano.

—¿Qué?

—Si la llevo al Altiplano, estará muerta antes del amanecer. Ese lugar está podrido. Los mismos que contrataron a los mercenarios que le dispararon tienen gente adentro. Su “suicidio” ya está pagado.

El corazón me latía desbocado.

—Entonces… ¿a dónde vamos?

—Campo Militar Número 1. A la zona de inteligencia. Tengo un General allá que todavía cree en el honor y en la bandera. Si logramos que un perito balístico militar analice esa bala… quizás tengamos una oportunidad.

—Pero la bala la tiene Montiel —dije, angustiada.

—Montiel me la dio —dijo el Coronel, sacando una pequeña bolsa de evidencia de su chaleco táctico. Ahí estaba. La pequeña pieza de metal deforme y verdosa —. Me la dio cuando nos dimos la mano antes de subir. Me dijo: “Llévesela, Coronel. Yo no voy a durar mucho aquí. Ellos vendrán por mí esta noche”.

Cerré los ojos, sintiendo una mezcla de alivio y terror. Montiel se había sacrificado para darnos una oportunidad. Sabía que “El Comandante” y sus hombres no le perdonarían la humillación ni la traición.

De repente, Sombra se puso rígido.

No fue un movimiento gradual. Fue instantáneo. Se levantó sobre sus cuatro patas, ignorando el movimiento del vehículo, y pegó la nariz a la rendija de ventilación lateral. Sus orejas se pegaron a su cráneo. El pelo de su lomo se erizó violentamente.

—¡ALERTA! —grité, interpretando la señal de mi perro antes de que mi cerebro procesara nada más.

—¿Qué pasa? —preguntó el soldado joven.iro.

—¡Sombra marca amenaza inminente! —bramé—. ¡No es miedo, es agresión! ¡Algo viene!

En ese segundo, el mundo estalló.

No escuché la explosión primero. Sentí la onda expansiva levantar el vehículo blindado de cinco toneladas como si fuera un juguete de plástico. El Sandcat se inclinó violentamente hacia la derecha. El sonido llegó después: un trueno ensordecedor que hizo vibrar mis muelas.

—¡RPG! ¡RPG A LAS TRES! —gritó el conductor, luchando con el volante.

El vehículo cayó de golpe sobre sus ruedas, rebotando brutalmente. Mi cabeza golpeó contra la pared lateral, y vi estrellas. Sombra rodó por el suelo, pero se recuperó en una fracción de segundo, ladrando con una furia primitiva.

—¡Contacto frente! ¡Emboscada! —la radio cobró vida con gritos desesperados. —¡Vehículo Alfa neutralizado! ¡Están bloqueando el puente!

El Sandcat frenó en seco, lanzándonos a todos hacia adelante. Las balas empezaron a repiquetear contra el blindaje exterior. No era el sonido de las AK-47 de los narcos. Era un sonido más rápido, más rítmico. Rifles de asalto de alto calibre. SCAR-H o similares.

—¡Bajen! ¡Bajen! —ordenó el Coronel, pateando la puerta trasera—. ¡Estamos en la “kill zone”! ¡Si nos quedamos aquí somos ataúdes con ruedas!

La puerta se abrió y el caos entró de golpe. Humo negro, olor a caucho quemado y el estruendo del combate. El vehículo que iba delante de nosotros estaba en llamas, una bola de fuego que iluminaba la tarde gris.

El soldado joven saltó primero. Apenas sus botas tocaron el asfalto, su cabeza estalló en una nube roja. Cayó como un muñeco de trapo.

—¡Francotirador! —grité, tirándome al suelo del vehículo y jalando a Sombra conmigo.

El Coronel estaba devolviendo el fuego desde la cabina delantera, disparando a través del parabrisas astillado.

—¡Capitana! —gritó—. ¡Tome el arma del chico! ¡Ahora!

No lo pensé. El instinto tomó el control. Me arrastré hacia el cuerpo del soldado caído, ignorando la sangre, y agarré su FX-05. Revisé el cargador. Lleno. Quité el seguro.

—Sombra, Aus (fuera) —ordené.

Pero no salimos por la puerta trasera. Eso era un suicidio.

—¡La escotilla! —le grité al otro soldado que quedaba vivo dentro, un sargento corpulento que estaba pálido pero entero.

El sargento empujó la escotilla superior. Me impulsé hacia arriba, asomando apenas los ojos.

El panorama era desolador. Estábamos en un tramo elevado de la autopista, rodeados de cerros. Tres camionetas negras bloqueaban el paso al frente, y dos más cerraban la retirada. Hombres vestidos completamente de negro, con equipo táctico de primera generación y máscaras balísticas, avanzaban hacia nosotros con una coordinación letal. Eran ellos. Los “Limpiadores”. Los mismos que me dispararon en la sierra.

No venían a capturar. Venían a borrar.

Apunté a uno de los hombres que avanzaba por el flanco izquierdo. Respiré, contuve el aire, y apreté el gatillo. El rifle pateó contra mi hombro herido, arrancándome un grito de dolor, pero la bala dio en el blanco. El mercenario cayó.

—¡Cubran el flanco derecho! —gritó el Coronel, que había logrado salir de la cabina y se cubría tras la rueda delantera.

Sombra estaba inquieto, dando vueltas dentro del vehículo. Quería salir a pelear.

—¡Todavía no, amigo! —le dije—. ¡Espera!

Las balas perforantes empezaron a atravesar el blindaje ligero de las puertas. El sargento cayó con un disparo en el pecho, gorgoteando sangre.

Quedábamos el Coronel, el conductor y yo. Y Sombra.

—¡Tenemos que salir de la carretera! —gritó el Coronel—. ¡Hay que bajar al barranco! ¡El terreno nos dará cobertura!

—¡Están flanqueando! —respondí, disparando una ráfaga de cobertura.

De repente, una granada de humo aterrizó cerca de nosotros. Gas lacrimógeno mezclado con algo más. Empecé a toser, los ojos me ardían.

—¡Máscaras! —intenté gritar, pero no tenía máscara.

Sombra estornudó violentamente y empezó a rascarse el hocico.

—¡Vamos! ¡Ahora!

El Coronel corrió hacia la barandilla de contención de la autopista. Yo lo seguí, disparando a ciegas hacia las figuras negras entre el humo. El conductor intentó seguirnos, pero una ráfaga lo cortó a la mitad.

Llegamos al borde. Abajo había una pendiente pronunciada, llena de matorrales espinosos y rocas, que bajaba hacia un lecho de río seco.

—¡Salte! —me ordenó el Coronel.

—¡Sombra, Hopp! —grité la orden de salto.

Sombra no dudó. Saltó sobre la barandilla metálica hacia el vacío. Yo me lancé detrás de él.

La caída fue brutal. Rodé por la tierra, golpeándome contra piedras y ramas que rasgaban mi uniforme y mi piel. Sentí que se abrían un par de puntos de la sutura en mi espalda, y la sangre caliente empapó mi camiseta de nuevo.

Me detuve al chocar contra el tronco de un mezquite. El aire se me salió de los pulmones. Arriba, en la carretera, se escuchaban gritos y disparos esporádicos. Nos estaban buscando.

—¿Coronel? —susurré, tratando de orientarme.

—Aquí… —la voz venía de unos metros a mi izquierda.

Me arrastré hacia él. El Coronel estaba sentado, recargado en una roca, apretándose el muslo. La sangre brotaba entre sus dedos. Le habían dado. Una arteria femoral, quizás.

—Mierda… —jadeó—. Me dieron, Capitana.

—Déjeme ver.

—No hay tiempo. Tienes que irte. Ellos bajarán a “limpiar” en cualquier momento. Tienen visión térmica.

Me entregó la bolsa con la bala. Sus manos temblaban.

—Toma esto. Vete al norte. Busca al General Cienfuegos en el Campo 1. Dile… dile que el Coronel Rivas cumplió su deber hasta el final.

—No lo voy a dejar aquí —dije, revisando su herida. Era fea, pero si aplicaba un torniquete…

—¡Elena! —me agarró del brazo con una fuerza sorprendente—. No soy un héroe. Soy un soldado viejo que está cansado. Si te quedas arrastrándome, nos matan a los dos. Y esa bala desaparece. Y Chávez habrá muerto en vano. Y tu perro… tu perro terminará disecado en la sala de trofeos de algún narco-político.

Miré a Sombra. Estaba agazapado entre los arbustos, invisible en la penumbra creciente del atardecer, mirando hacia arriba, hacia la carretera. Gruñía en silencio, enseñando los dientes.

—Vete —insistió el Coronel—. Es una orden.

Miré la bala en mi mano. Luego miré al Coronel. Y luego, hice lo único que podía hacer.

—Al diablo con las órdenes, señor. En mi pelotón nadie se queda atrás.

Me quité el cinturón del uniforme y se lo amarré alrededor del muslo, apretando hasta que gritó de dolor y el sangrado se detuvo.

—Sombra, Hier (aquí) —llamé a mi perro en un susurro.

Sombra vino a mi lado.

—Escucha bien, amigo. Vamos a jugar al “Fantasma”. Nadie nos ve. Nadie nos oye.

Levanté al Coronel, pasándome su brazo por mis hombros. Pesaba una tonelada. Mis piernas temblaban, mi espalda ardía como si me hubieran puesto un hierro al rojo vivo, y estaba desarmada salvo por el rifle con medio cargador.

—Vamos a bajar al río —dije—. El agua o el lodo enmascararán el rastro térmico si nos cubrimos. Y tú, Sombra… tú eres la retaguardia. Si alguien se acerca a menos de diez metros… mátalo en silencio.

Sombra me entendió. Lo vi en sus ojos. Esa conexión telepática que desarrollas después de años de dormir espalda con espalda. Se colocó detrás de nosotros, desapareciendo entre las sombras.

Empezamos el descenso infernal. Cada paso era una tortura. Arriba, escuché el zumbido de un dron. Estaban usando tecnología punta. Esto no era una persecución policial; era una cacería humana de alta tecnología.

Caminamos, o más bien nos arrastramos, durante horas. La noche cayó sobre la sierra, fría y despiadada. El Coronel perdía la consciencia por momentos, delirando sobre batallas pasadas.

Llegamos al lecho del río seco. Había algunas pozas de agua estancada.

—Al lodo —dije, y empujé al Coronel a una poza de barro apestoso.

—¿Qué haces? —balbuceó.

—Camuflaje térmico, señor. Como en la película, pero huele peor.

Nos cubrimos de barro frío. Me dolía hasta el alma. Me acurruqué junto a una raíz gigante de un árbol caído, jalando al Coronel conmigo.

Sombra llegó un momento después. Él también se había revolcado en el lodo por instinto. Se acurrucó a mi lado, dándome calor.

—¿Crees que nos vieron? —preguntó el Coronel, con la voz muy débil.

—No lo sé. Pero si bajan… se van a llevar una sorpresa.

Pasaron las horas. El frío calaba los huesos. Mi mente empezó a divagar.

Recordé el día que conocí a Sombra. Era un cachorro desgarbado de seis meses que habían rechazado del programa policial por ser “demasiado agresivo con la comida”. Yo acababa de entrar a fuerzas especiales, siendo la única mujer en mi unidad, y nadie quería trabajar conmigo. Éramos los dos rechazados. Los dos sobrantes.

Me pasé semanas durmiendo en su jaula para que se acostumbrara a mi olor. Me mordió tres veces. Yo le gruñí de vuelta otras tantas. Hasta que una noche de tormenta, simplemente puso su cabeza en mi regazo y suspiró. Desde ese día, fuimos uno solo. Él era mi sombra, y yo era su luz.

Un crujido de ramas me trajo de vuelta al presente.

Sombra levantó la cabeza. No gruñó. Solo tensó los músculos.

Alguien venía bajando por el cauce del río.

Eran tres. Los veía a través de las gafas de visión nocturna que le había quitado al Coronel. Avanzaban en formación de cuña, escaneando con sus armas. Los rayos láser infrarrojos cortaban la oscuridad, invisibles para el ojo humano pero visibles a través del visor.

Estaban a cincuenta metros.

Cuarenta.

Treinta.

El Coronel estaba inconsciente. No podía pelear. Yo tenía doce balas en el cargador. Eran tres objetivos con blindaje corporal completo. Las matemáticas no estaban a mi favor.

Pero tenía a Sombra. Y en la oscuridad, un Malinois es más letal que una bala.

Me quité el visor y se lo puse suavemente al Coronel para que no se rompiera. Acaricié la oreja de Sombra y le susurré la palabra que nunca quieres usar, la palabra que desata la bestia completa, sin restricciones, sin prisioneros.

—Sombra… Drauf (Acábalos).

Sombra desapareció en la noche. No hizo ruido. Ni siquiera se escucharon sus patas sobre las piedras. Era un fantasma hecho de dientes y músculos.

Conté los segundos. Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Un grito ahogado rompió el silencio, seguido inmediatamente por el sonido húmedo de algo desgarrándose y el clatter de un rifle cayendo al suelo.

—¡Contacto! ¡Abajo! —gritó uno de los mercenarios.

Dispararon a ciegas hacia donde había sonado el grito. Los fogonazos iluminaron la noche por milisegundos.

En uno de esos destellos, vi una sombra negra saltando desde una roca alta directamente sobre el segundo hombre. El impacto lo tiró al suelo como si lo hubiera atropellado un tren. El hombre gritaba, tratando de quitarse al perro de encima, pero Sombra iba directo a las uniones del blindaje: cuello, axilas, ingles.

El tercer hombre giró, tratando de apuntar a su compañero para dispararle al perro.

Esa fue mi oportunidad.

Me levanté del lodo, apunté mi rifle, exhalé y disparé.

Dos tiros al pecho. El blindaje aguantó, pero el impacto lo desequilibró. El tercer tiro fue a la cabeza. Cayó.

Sombra ya había terminado con el segundo hombre. El primero, al que había emboscado en silencio, no se movía.

El silencio volvió al barranco. Solo se escuchaba la respiración agitada de Sombra y el zumbido de los insectos nocturnos.

Me acerqué con el arma en alto, revisando los cuerpos. Estaban muertos. Confirmado.

Llamé a Sombra. Vino hacia mí, con el hocico manchado de sangre oscura. Me lamió la mano, moviendo la cola ligeramente. Para él, esto era el trabajo. Había protegido a la manada.

—Buen chico. Eres el mejor chico del mundo —le dije, revisándolo en busca de heridas. Tenía un corte superficial en el flanco, probablemente de un cuchillo, pero nada grave.

Revisé a los mercenarios. No llevaban identificaciones. Pero en el brazo del líder, debajo del velcro de la bandera mexicana falsa, había un tatuaje. Un escorpión negro estilizado.

Sentí un escalofrío. Conocía ese símbolo. No eran mercenarios cualquiera. Eran ex-fuerzas especiales. “Los Escorpiones”. Una unidad de élite que desapareció hace años y se rumoraba que trabajaba para el mejor postor en el gobierno.

Registré sus bolsillos. Encontré un radio satelital, municiones, agua y un mapa digital.

Encendí el mapa. Tenía una ruta marcada. No hacia el Campo Militar 1. Sino hacia una pista de aterrizaje clandestina a veinte kilómetros de aquí.

Y había una nota en la pantalla: “Objetivo: Recuperar el paquete (Bala). Eliminar al portador. Sin testigos.”

Regresé a donde estaba el Coronel. Seguía vivo, pero su respiración era superficial.

—Señor —le di unas palmadas en la cara—. Tenemos que movernos. Conseguí transporte… o al menos, la ubicación de uno.

El Coronel abrió los ojos con dificultad.

—¿Están… muertos?

—Sombra cenó fuerte esta noche, señor.

El Coronel soltó una risa que terminó en tos.

—Ese perro… merece una medalla.

—Merece un bistec de dos kilos. Pero por ahora, tendrá que conformarse con sobrevivir.

Ayudé al Coronel a levantarse. Estábamos solos en medio de la nada, perseguidos por una unidad fantasma, heridos, cansados y sucios. Pero teníamos armas, teníamos un mapa y, lo más importante, nos teníamos el uno al otro.

Miré al cielo. La luna empezaba a salir entre las nubes.

—La noche es nuestra, Capitana —murmuró el Coronel.

—Sí, señor. Y Sombra es el dueño de la noche.

Empezamos a caminar hacia el norte, siguiendo el cauce del río, alejándonos de la carretera donde ardían los restos de nuestra vida anterior. La cacería había cambiado de rumbo. Ya no huíamos. Ahora íbamos a buscar respuestas, y pobre del que se cruzara en el camino de una Capitana traicionada y su Pastor Belga.

A lo lejos, el aullido de un coyote resonó en la sierra. Sombra se detuvo, levantó la cabeza y respondió con un aullido propio, largo, profundo y desafiante. No era un lamento. Era una advertencia.

Aquí estamos. Vengan por nosotros.

PARTE FINAL: EL JUICIO DE LOS LOBOS Y EL AMANECER DE LA VERDAD

La sierra de noche no es silenciosa; es un coro de susurros que te advierten o te condenan. Caminábamos, o más bien nos arrastramos, bajo un manto de estrellas que parecían indiferentes a nuestra miseria. Cada paso era una negociación con el dolor. El Coronel Rivas, colgado de mi hombro, pesaba más con cada metro que avanzábamos, su respiración se volvía un rasguño húmedo y errático que me helaba la sangre. Había perdido mucha sangre por la herida en la arteria femoral , y aunque el torniquete improvisado con mi cinturón había detenido la hemorragia masiva, la debilidad lo estaba consumiendo.

—Déjame aquí, Capitana… —murmuró por décima vez, con la voz pastosa—. Ya no siento los pies. Solo soy un costal de papas que te va a hacer que te maten.

—Cállese, Coronel. Usted no se queda. En mi guardia nadie se queda —le respondí, apretando los dientes para no gritar cuando una rama me azotó la cara—. Además, Sombra no permitiría que dejáramos a un miembro de la manada atrás. ¿Verdad, chico?

Sombra, mi Pastor Belga, iba unos diez metros adelante. Era una silueta negra recortada contra la vegetación grisácea. Se movía con esa fluidez depredadora que había perfeccionado en años de servicio. De vez en cuando se detenía, levantaba una pata delantera y olfateaba el aire, girando esas orejas parabólicas hacia el norte, hacia donde el mapa digital de los mercenarios indicaba que estaba nuestra única salida: la pista clandestina.

La adrenalina del combate en el lecho del río se estaba disipando, dejando paso a un agotamiento profundo, de ese que te llega hasta el tuétano. Mi espalda, donde el médico del penal había extraído esa maldita bala de tungsteno, ardía como si tuviera brasas incrustadas bajo la piel. Sentía cómo algunos puntos de sutura se habían abierto durante la caída al barranco, y la camiseta se me pegaba al cuerpo con una mezcla de sudor frío y sangre seca.

Pero no podíamos parar. “Los Escorpiones” no eran amateurs. Eran la élite podrida, hombres entrenados con mis impuestos y corrompidos por la avaricia de alguien con mucho poder. Sabía que si esos tres que abatimos en el río no se reportaban pronto, enviarían a todo el nido a cazarnos.

—¿Cuánto falta? —preguntó Rivas, tropezando con una raíz. Lo sostuve con fuerza, casi cargándolo en peso muerto.

Miré el dispositivo GPS que le habíamos quitado al líder de los mercenarios. La pantalla brillaba con una luz azul tenue que me lastimaba los ojos adaptados a la oscuridad.

—Tres kilómetros, señor. Solo tres malditos kilómetros para llegar a la pista. Ahí debe haber un avión, un helicóptero, o al menos una radio con alcance para contactar al General Cienfuegos.

—Cienfuegos… —el Coronel soltó una risa amarga—. Ojalá el viejo siga siendo de los buenos. En estos tiempos, Elena, ya no se sabe quién firma la nómina y quién firma la sentencia de muerte.

—Él es derecho. Usted me lo dijo. Y si no lo es… bueno, entonces Sombra y yo tendremos que limpiar la casa completa.

Seguimos avanzando. El terreno empezó a nivelarse. Los árboles cerrados de la sierra dieron paso a matorrales más bajos y zonas de pastizal seco. Estábamos llegando a una meseta.

Sombra se detuvo en seco. No gruñó. Se agazapó hasta que su vientre tocó la tierra. Esa era la señal de “contacto visual”.

—Abajo —susurré, ayudando al Coronel a acomodarse detrás de unas rocas volcánicas.

Me arrastré hasta la posición de Sombra. Acaricié su lomo erizado para hacerle saber que estaba ahí. Él me lamió la mano brevemente, sin apartar la vista del frente.

Ahí estaba. La pista clandestina.

No era una simple franja de tierra aplanada para avionetas cessna cargadas de hierba. Esto era una instalación profesional. Había luces de balizaje portátiles delineando una pista de asfalto de al menos mil metros. Había un hangar de estructura metálica, generadores eléctricos zumbando suavemente y, lo más preocupante, movimiento. Mucho movimiento.

—¿Qué ves? —preguntó el Coronel desde las sombras, con la voz cada vez más débil.

Saqué el rifle FX-05 que le había quitado al soldado caído y usé la mira óptica para explorar.

—Es una base de operaciones avanzada, Coronel. Tienen tres camionetas blindadas idénticas a las que nos emboscaron. Hay… uno, dos… cinco hombres visibles patrullando el perímetro. Y en la pista… no me lo va a creer.

—¿Qué hay en la pista, Elena?

—Un King Air 350. Motores encendidos. Y un helicóptero Black Hawk pintado de negro mate, sin matrículas. Están esperando algo. O a alguien.

—Están esperando la confirmación de nuestra muerte para largarse —dijo Rivas—. O están esperando evacuar al VIP que vino a supervisar el trabajo sucio.

—Esa bala… —toqué el bolsillo donde guardaba la evidencia de tungsteno —. Quieren esto. Saben que si esto llega a un laboratorio de la SEDENA, se les cae el teatro. Esa bala conecta a los mercenarios con el presupuesto federal de defensa. Es la prueba de que el ataque a mi pelotón hace tres años no fue fuego amigo ni narcos, fue una operación de limpieza interna.

—Tenemos que subir a ese avión, Capitana. Es la única forma de salir de aquí antes de que amanezca. Si nos quedamos en la sierra con mi pierna así, estoy muerto para el mediodía.

Analicé la situación. Éramos dos contra un pelotón completo. Yo estaba herida, él estaba incapacitado, y tenía medio cargador de munición. Las matemáticas seguían siendo una perra desgraciada. Pero tenía un factor X. Un factor de cuarenta kilos de músculo, dientes y lealtad inquebrantable.

—Sombra —le susurré, tomándole la cabeza con ambas manos y mirándolo a los ojos ámbar—. Vamos a hacer una locura, amigo. Necesito que seas un fantasma. Necesito caos.

Sombra inclinó la cabeza, entendiendo el tono. No necesitaba palabras complejas. Necesitaba un objetivo.

Voraus (Adelante) —le señalé los generadores de luz al otro lado de la pista—. Revier (Busca y ladra). Quiero que piensen que los ataca un batallón entero desde el este.

Sombra me miró una última vez, como si me preguntara si estaba segura de enviarlo solo a la boca del lobo. Le di un beso rápido en la frente.

—Ve. Te veo en el avión.

El perro desapareció en la oscuridad, rodeando el perímetro de la base con una velocidad silenciosa.

Me giré hacia el Coronel.

—Señor, ¿puede disparar?

—Si me apoyas el arma en una roca y no me pides que corra maratones… puedo meterle una bala entre los ojos a un cristiano a cien metros.

—Bien. Usted me cubre desde aquí. Cuando se apaguen las luces, yo entro por el oeste. El objetivo es el helicóptero. Es más rápido y tiene armamento.

—Elena… —me detuvo Rivas—. Si esto sale mal…

—No va a salir mal. Porque estamos muy encabronados, mi Coronel. Y un mexicano encabronado es peligroso, pero una mujer mexicana a la que le quitaron su vida, su honor y su perro… esa es imparable.

Esperamos. Los minutos se sentían como horas. Veía a los guardias caminando aburridos, fumando cigarros, confiados en su superioridad tecnológica. No sabían que la muerte los estaba acechando a cuatro patas.

De repente, el caos.

Sombra no solo ladró. Atacó los cables del generador principal. Hubo un chispazo azul enorme, seguido de un estruendo cuando el generador reventó. La mitad de la base se quedó a oscuras. Inmediatamente, Sombra empezó a ladrar desde tres puntos diferentes, moviéndose tan rápido que parecía que había diez perros rodeándolos.

—¡Contacto perímetro este! ¡Están atacando! —gritaron los mercenarios, corriendo hacia donde sonaban los ladridos y los disparos de los guardias nerviosos que disparaban a las sombras.

—¡Ahora! —me grité a mí misma.

Me lancé corriendo hacia la pista, aprovechando la confusión. Mis botas golpeaban el asfalto. El dolor de mi espalda era agudo, punzante, pero mi mente lo archivó en la carpeta de “preocuparse después”.

Llegué a la primera camioneta blindada y la usé de cobertura. Estaba a cincuenta metros del Black Hawk. Los rotores giraban lentamente, listos para el despegue. El piloto estaba en la cabina, mirando hacia el tiroteo en el este, distraído.

Levanté el rifle. Respiré. Apunté.

Pero antes de que pudiera disparar, la puerta lateral del helicóptero se abrió y bajó alguien. No era un mercenario. Llevaba traje. Un traje gris impecable, corbata de seda, zapatos lustrados que brillaban ridículamente en medio de la tierra y el aceite.

Me quedé helada. Lo conocía.

Era el Licenciado Barroso. El Subsecretario de Seguridad Pública. El hombre que había firmado mi orden de aprehensión hace tres años. El hombre que salía en la televisión hablando de “limpiar las instituciones”.

Él era el jefe de “Los Escorpiones”.

—¡Sáquenme de aquí, inútiles! —gritaba Barroso al piloto, con su voz chillona de rata acorralada—. ¡Despeguen ya!

—¡No podemos, señor! ¡Tenemos fuego en el perímetro! —respondió el piloto.

—¡Me vale madre! ¡Despega!

La ira me inundó. Una ira caliente, volcánica. Ese hombre me había robado tres años de vida. Había mandado matar a Chávez. Había ordenado mi muerte hoy.

Salí de mi cobertura.

—¡BARROSO! —grité con toda la fuerza de mis pulmones.

El hombre se giró, sorprendido. Me vio parada ahí, en medio de la pista, con el uniforme de rea ensangrentado, el rifle en el hombro y la mirada del diablo.

—¿Elena? —murmuró, incrédulo—. ¿Cómo…?

—¡Al suelo! —le ordené.

Pero Barroso no se tiró al suelo. Sacó una pistola dorada de su saco, una de esas armas de narco que usan más para presumir que para matar.

—¡Mátenla! —gritó, disparando torpemente hacia mí.

La bala pegó en el asfalto a dos metros de mis pies.

Los mercenarios que quedaban cerca del helicóptero giraron sus armas hacia mí. Iba a morir. No tenía cobertura. Eran tres contra uno a campo abierto.

Cerré los ojos un milisegundo, lista para el impacto.

BANG. BANG.

Dos disparos secos resonaron desde las rocas lejanas. El Coronel Rivas.

Uno de los mercenarios cayó con un agujero en el pecho. El otro se agachó.

Y entonces, vi la mancha negra cruzar la pista como un misil. Sombra había dejado de jugar con los guardias del perímetro y venía al rescate de su alfa.

—¡Sombra, Packen! (¡Agarra!) —grité, señalando al mercenario que quedaba en pie.

Sombra saltó. Fue un salto de tres metros, una demostración de física imposible impulsada por pura furia. Sus mandíbulas se cerraron sobre el brazo armado del mercenario. El crujido de huesos se escuchó por encima del ruido de los motores. El hombre gritó y soltó el arma.

Me acerqué corriendo mientras Sombra mantenía al hombre en el suelo. Barroso intentaba subir de nuevo al helicóptero, gateando como un gusano.

Llegué hasta él y le puse la bota en la espalda, aplastándolo contra el piso metálico de la aeronave.

—Se acabó la fiesta, Licenciado —le dije, poniendo el cañón caliente de mi rifle en su nuca.

—Elena… espera… podemos negociar —lloriqueaba Barroso, con la cara pegada al metal—. Tengo dinero. Mucho dinero. Cuentas en Suiza. Puedo hacerte desaparecer. Puedo darte una vida nueva.

—Ya tengo una vida —le escupí—. Y voy a usarla para verte pudrirte en una celda más pequeña que la mía.

—¡Piloto! —grité hacia la cabina—. ¡Apaga los motores y pon las manos sobre la cabeza o te juro que vacío el cargador a través del fuselaje!

El piloto, viendo a su jefe capturado y a un perro endemoniado masticando a su escolta, levantó las manos. Los motores empezaron a desacelerar con un gemido descendente.

El silencio volvió a la pista, roto solo por los quejidos de los heridos y los ladridos lejanos de los guardias que aún buscaban fantasmas en el monte.

—¡Coronel! —grité por la radio que le había quitado a Barroso—. ¡La zona está fría! ¡Venga para acá!

No hubo respuesta.

—¿Coronel?

Sentí un frío en el estómago que no tenía nada que ver con la temperatura de la sierra.

—Sombra, Bleib (Quieto). Cuida a estos basuras. Si se mueven, cómelos.

Corrí de regreso hacia las rocas donde había dejado a Rivas. Corrí ignorando el dolor, ignorando el cansancio.

Lo encontré recargado sobre la roca, con el rifle todavía apuntando hacia la pista. Sus ojos estaban abiertos, mirando fijamente hacia donde yo había estado parada. Tenía una sonrisa leve en los labios.

—¡Coronel! —me arrodillé a su lado, buscándole el pulso en el cuello.

Estaba débil. Filiforme. Casi imperceptible. El esfuerzo de los disparos, la adrenalina, había acelerado la pérdida de sangre. El torniquete ya no era suficiente.

—Buen tiro… Capitana… —susurró, sin mover los ojos—. Le diste… al jefe…

—Usted me salvó la vida, señor. Ahora le toca a usted aguantar. Tenemos un helicóptero. Vamos a salir de aquí.

Cargué al Coronel Rivas. No sé de dónde saqué la fuerza. Quizás fue la desesperación, o quizás fue la rabia. Lo llevé hasta la pista, paso a paso, bajo la mirada aterrorizada de Barroso y la vigilancia atenta de Sombra.

Subí a Rivas al Black Hawk.

—¡Tú! —le grité al piloto—. ¡Vas a volar directo al Campo Militar Número 1. Si te desvías un grado, mi perro te arranca la garganta en pleno vuelo. ¿Entendido?

—Sí… sí, señora.

—No soy señora. Soy Capitana.

Amarramos a Barroso y a los mercenarios supervivientes con precintos de plástico. Subí a Sombra. El perro se echó junto al Coronel, lamiéndole la mano fría, intentando darle calor con su cuerpo.

Despegamos. Ver la sierra alejarse bajo nosotros fue una sensación irreal. Esas montañas que casi nos matan ahora se veían pequeñas, insignificantes.

Tomé la radio del helicóptero. Frecuencia de emergencia militar.

—Mayday, Mayday. Aquí Capitana Elena García, clave operativa Sierra-Victor-Cuatro. Solicito enlace prioritario con el General de División Cienfuegos. Tengo bajo custodia al Subsecretario Barroso y evidencia física de alta traición. Llevo un oficial herido en estado crítico.

Hubo un silencio de estática. Luego, una voz grave y autoritaria.

—Aquí General Cienfuegos. Identifíquese con código de autenticación. Se le reportó muerta en traslado, Capitana.

—No estaba muerta, mi General. Estaba de parranda con unos amigos del gobierno —dije, mirando a Barroso que temblaba en el suelo—. Código de autenticación: Lealtad-Sangre-Acero-99.

—Código confirmado. —La voz del General cambió, ahora sonaba urgente—. ¿Cuál es su posición?

—Aproximación vector norte. Llego en cuarenta minutos. General… necesito un equipo médico en la pista. Y necesito a la Policía Militar para arrestar a un pez gordo. Y le advierto… si veo a alguien de la Guardia Nacional o de la Fiscalía esperándome, abro fuego. Solo confío en usted.

—Entendido, hija. La pista es tuya. Te estamos esperando.

El aterrizaje en el Campo Militar Número 1 fue de película. Reflectores, vehículos blindados rodeando la pista, ambulancias con las torretas encendidas.

En cuanto los patines del helicóptero tocaron el concreto, las puertas se abrieron.

Los médicos subieron corriendo.

—¡Aquí! —grité, señalando a Rivas—. ¡Arteria femoral! ¡Ha perdido dos litros, mínimo!

Mientras bajaban al Coronel en una camilla, él me agarró la mano con una fuerza sorprendente para un hombre que se estaba yendo.

—La bala… —susurró.

Saqué la bolsa de evidencia de mi bolsillo. Estaba manchada de mi sangre y de la suya. Se la puse en la mano.

—No, señor. Usted la entrega. Usted es el héroe de esta historia. Yo solo soy la escolta.

Rivas sonrió y soltó mi mano mientras se lo llevaban corriendo hacia la ambulancia.

Bajé del helicóptero. Sombra bajó de un salto y se colocó a mi lado, en posición de guardia perfecta. Estaba sucio, con sangre seca en el hocico y barro hasta en las orejas, pero nunca se había visto tan majestuoso.

El General Cienfuegos se acercó. Era un hombre alto, con el uniforme lleno de medallas, pero con la mirada de un abuelo preocupado.

—Capitana —dijo, saludando militarmente.

Me cuadré, a pesar de las esposas que aún colgaban de mi cinturón (me las había quitado de las muñecas en el helicóptero con la llave que le quité a Barroso).

—Misión cumplida, mi General. El paquete ha sido entregado. La amenaza ha sido neutralizada.

Cienfuegos miró a Barroso, a quien dos policías militares bajaban a empujones del helicóptero.

—¿Es cierto lo que dice, Barroso? —preguntó Cienfuegos con asco—. ¿Usted vendió a nuestros soldados por dinero?

—¡Quiero un abogado! —chilló Barroso—. ¡Esto es un secuestro! ¡Esa mujer está loca!

—Esa mujer es la mejor oficial que ha parido este ejército —dijo Cienfuegos—. Y usted va a tener mucho tiempo para hablar con abogados. Llévenselo al calabozo de máxima seguridad. Y que nadie se le acerque sin mi autorización escrita.

Cienfuegos se giró hacia mí. Vio mi uniforme destrozado, la sangre en mi espalda, el cansancio infinito en mis ojos. Luego miró a Sombra.

—Ese perro tiene cara de haber mordido a medio mundo hoy.

—Solo a los malos, mi General. Tiene un radar moral muy fino.

—Vamos a la enfermería, Elena. Tienes que curarte esa espalda. Y alguien tiene que quitarte esas esposas. Ya no las necesitas.

—¿Soy libre?

—Con la bala que trae Rivas y el testimonio de Barroso… eres más que libre. Eres una heroína. Te van a devolver tu rango. Te van a dar medallas. Te van a dar lo que pidas.

Miré a Sombra. Se había sentado y me miraba, moviendo la cola, esperando la siguiente orden.

—Solo quiero una cosa, General.

—¿Qué?

—Quiero la jubilación anticipada de Sombra. Con honores. Y quiero que me den su custodia permanente. Ya peleó suficientes guerras. Nos merecemos descansar.

Cienfuegos asintió, con una sonrisa leve.

—Hecho.

EPÍLOGO: TRES MESES DESPUÉS

El sol de la tarde en Veracruz es diferente al de la sierra. Es cálido, salado, sanador.

Estoy sentada en el porche de una casa pequeña frente al mar. Tengo una cicatriz fea en la espalda que me recuerda cada día lo que sobreviví, y otra en el alma que tardará más en cerrar. Pero estoy viva.

El Coronel Rivas sobrevivió. Perdió la pierna izquierda por la gangrena, pero dice que es un precio pequeño por haber tumbado a la red de corrupción más grande de la década. Ahora da clases de ética en el Colegio Militar. Hablamos por teléfono todos los domingos.

El Licenciado Barroso y sus “Escorpiones” están en el Altiplano, en las celdas que me tenían reservadas a mí. La justicia tarda, y a veces cojea, pero cuando llega con colmillos, muerde fuerte.

Miro hacia la playa.

Ahí está Sombra.

Ya no lleva chaleco táctico. Ya no está escaneando el perímetro en busca de amenazas. Está persiguiendo una pelota de tenis que le lancé hace un momento. Corre por la arena, ladrando con una alegría pura, infantil, que nunca le había visto. Se mete al agua, pelea con las olas, y regresa corriendo hacia mí, sacudiéndose y empapándome de agua salada.

—¡Quieto, cochino! —me río, protegiéndome la cara.

Sombra se sienta frente a mí. Deja caer la pelota a mis pies. Me mira con esos ojos ámbar que lo han visto todo. Ya no hay guerra en ellos. Solo hay paz. Y amor.

Me agacho y lo abrazo, hundiendo mi cara en su cuello húmedo.

—Lo logramos, amigo —le susurro al oído—. Somos libres.

Sombra suspira, apoya su cabeza en mi hombro y cierra los ojos, disfrutando de la brisa del mar.

Dicen que los perros militares son armas. Herramientas. Equipo. Se equivocan. Son la parte más humana que nos queda cuando el mundo se vuelve inhumano. Sombra no solo salvó mi vida en esa celda, ni en la carretera, ni en la sierra. Sombra salvó mi humanidad.

Y mientras él esté a mi lado, sé que ninguna sombra será lo suficientemente oscura para apagar nuestra luz.

FIN.

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