Acepté un viaje al Panteón de San Gregorio en la madrugada y fue el peor error de mi vida: ella nunca bajó del auto, pero dejó algo aterrador.

Todavía me tiemblan las manos mientras escribo esto, no he podido soltar el celular ni dejar de mirar hacia la calle oscura desde mi ventana. Juro por la Virgen que esto es real. Soy Beto, llevo años ruleteando en la ciudad, pero lo que me pasó anoche me va a perseguir por el resto de mis días.

Eran las 2:00 AM, esa hora en la que la CDMX parece otra, silenciosa y traicionera. Me cayó un viaje cerca de la zona de canales, por Xochimilco. Acepté sin pensar. Al llegar, subió una chica joven, muy pálida. Lo que me extrañó de inmediato fue su ropa: traía un vestido blanco, pero se veía antiguo, como de una fiesta de XV años vieja, de esas fotos color sepia que guardan las abuelas.

—Al panteón de San Gregorio, por favor —me dijo con una voz tan suave que apenas la escuché sobre el motor.

Arrancamos. De pronto, sentí que la temperatura bajaba de golpe. Hacía un frío horrible dentro del coche, un frío que te cala los huesos, y eso que yo traía la calefacción prendida al máximo. Intenté romper el hielo, más por miedo que por amabilidad, quería escuchar su voz para asegurarme de que todo estaba bien.

—¿Viene de una fiesta, señorita? —le pregunté mirando por el retrovisor.

Ella se quedó mirando a la nada antes de responder. —Vengo de visitar a mi mamá… Pero ya se me hizo tarde para regresar a mi casa.

Su tono me heló la sangre. Miré por el espejo otra vez. Ella iba pegada a la ventana, con una tristeza que pesaba en el aire. Lo raro es que su reflejo se veía borroso, como si el espejo estuviera sucio, pero no lo estaba.

Llegamos al panteón de San Gregorio. El lugar estaba cerrado, oscuro, cubierto de neblina pura. Me orillé y me giré para decirle que ahí la dejaba.

—Señorita, está cerrado. ¿Aquí la dejo?.

Nadie respondió. El silencio fue total. Volteé completamente hacia el asiento trasero… y el corazón se me detuvo.

El asiento estaba vacío.

No se escuchó la puerta abrirse en ningún momento. No había nadie en la calle, ni un alma. Encendí la luz interior, buscando una explicación lógica, pensando que se había bajado corriendo sin pagar. Pero no.

Lo único que había atrás era una mancha de humedad en el asiento, justo donde ella iba sentada.

Me bajé del carro asustado, con las piernas como gelatina, alumbrando con mi celular hacia la reja del cementerio. Y FUE AHÍ CUANDO VI LO QUE ME HIZO ARRANCAR EL COCHE COMO LOCO…

¡¿QUÉ CLASE DE MENSAJE ERA ESE?!

LA PASAJERA DE XOCHIMILCO: PARTE 2 – EL OLOR A NARDO Y LA PROMESA ROTA

(Narrado por Beto)

Me quedé paralizado frente a esa reja oxidada. El frío de Xochimilco a esa hora no es normal, te entra por los pies y se te sube hasta la nuca, pero lo que sentí en ese momento no era frío de clima. Era ese frío de muerte que te avisa que te metiste donde no debías.

Mi celular alumbraba la corona de flores. Las flores no eran de plástico, eran naturales. Nardos y rosas blancas. Frescas. Todavía tenían gotitas de agua, como si las hubieran comprado hace un par de horas. Pero lo que me hizo soltar el teléfono y dar dos pasos hacia atrás, casi tropezando con mis propios pies, fue la foto.

En el centro de la corona, plastificada para que la lluvia no la deshiciera, estaba la foto de una chica. No se parecía a ella. ERA ELLA.

La misma piel pálida que brillaba raro bajo la luz de los faros de la calle. Los mismos ojos grandes y tristes que me habían mirado por el retrovisor hacía apenas veinte minutos. Y el vestido… Dios mío, el vestido. En la foto, ella posaba sonriendo junto a un pastel de quinceañera, con ese vestido blanco de encaje antiguo, de esos ampones que se usaban hace años, no los modernos de ahora. La cinta que cruzaba la corona terminaba de rematarme: “Felices XV años, hija. Te extrañamos. 2009 – 2024”.

Mi mente intentó buscar una explicación lógica, porque uno siempre quiere creer que está loco antes de aceptar que vio un fantasma. Pensé: “A lo mejor es su hermana gemela”, “A lo mejor es una broma pesada para asustar a los Uber”. Pero entonces recordé la mancha.

La mancha de humedad en mi asiento trasero.

Recogí el celular del suelo con la mano temblando tanto que casi se me vuelve a caer. Alumbré hacia la calle. Nada. Solo niebla espesa, esa neblina de los canales que huele a lodo y a hierba podrida. Los perros de alguna casa cercana empezaron a aullar, pero no ladraban como cuando ven a un ratero; aullaban largo y triste, como cuando ven algo que los humanos no podemos ver.

Corrí hacia el coche. Sentía que si me quedaba un segundo más ahí parado, algo me iba a agarrar del hombro. Me subí y puse los seguros de golpe. Mis manos sudaban tanto que la llave se me resbaló dos veces antes de poder meterla en el contacto.

—¡Arranca, chingada madre, arranca! —le grité al tablero.

El motor tosió. Se ahogaba. Nunca me falla el carro, le acabo de hacer la afinación, pero en ese momento, justo frente al panteón de San Gregorio, el coche decidió que no quería prender.

Miré por el retrovisor instintivamente. Y te juro, por la vida de mis hijos, que el olor cambió. Ya no olía a mi aromatizante de “Carro Nuevo”. Olía a flores. Olía a panteón. Un olor dulce, empalagoso, a nardo y a tierra mojada. Era tan fuerte que me dieron ganas de vomitar.

El coche por fin arrancó con un rugido. No esperé ni un segundo. Metí primera y salí quemando llanta, patinando en la terracería húmeda hasta que las llantas agarraron asfalto.

No paré. Me pasé dos altos y un tope que casi me vuela la suspensión. Iba rezando el Padre Nuestro en voz alta, pero se me olvidaban las palabras, las mezclaba con groserías por el miedo. “Padre nuestro que estás en el cielo… no mames, no mames, ¿qué fue eso?… santificado sea tu nombre…”.

Mientras manejaba de regreso hacia el centro, por la carretera vieja a Xochimilco, no podía dejar de mirar el asiento de atrás por el espejo. Cada sombra que pasaba por las ventanas me parecía verla a ella. Sentía que en cualquier momento iba a volver a aparecer ahí sentada, diciéndome con esa voz suavecita: “Me llevas de regreso…”.

Llegué a mi casa en la colonia Obrera casi a las 3:30 AM. Nunca me había sentido tan aliviado de ver el portón despintado de mi vecindad. Metí el coche, apagué el motor y me quedé ahí sentado, agarrado al volante, tratando de controlar la respiración. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho.

Antes de bajarme, encendí la luz interior del auto una última vez. Tenía que estar seguro.

La mancha seguía ahí. En la tapicería gris. Pero ahora que la veía bien, no era solo agua. El agua se seca, o se expande. Esto era… distinto. La tela se veía oscura, pesada. Toqué la mancha con la punta del dedo. Estaba helada. Mucho más fría que el resto del coche. Y olía. Me llevé el dedo a la nariz y el olor a flores muertas se me metió hasta el cerebro. Me limpié frenéticamente en el pantalón, asqueado.

Entré a mi departamento caminando de puntitas, no quería despertar a mi esposa ni a los niños. Pero en la cocina, la luz estaba prendida.

Ahí estaba mi abuela. Doña Chayo.

Mi abuela es de esas señoras que ya no hacen. Nació en un pueblo de Oaxaca y dice que ella “cura de espanto”. Siempre tiene sus veladoras prendidas y huele a ruda. Estaba sentada en la mesa, con su rebozo puesto, desgranando unos chiles secos, como si fueran las 3 de la tarde y no la madrugada.

Cuando me vio entrar, dejó los chiles. No me dijo “hola” ni me preguntó cómo me fue. Se me quedó viendo fijo a los ojos, con esa mirada negra y profunda que tienen las viejitas sabias.

—Hueles a muerto, mijo —me dijo. Así, seco. Sin rodeos.

Sentí que se me doblaban las rodillas. Me dejé caer en una silla frente a ella y, sin querer, se me salieron las lágrimas. No de tristeza, sino de esa descarga de adrenalina que te da cuando ya estás a salvo.

—Abuela… me pasó algo bien culero —le dije con la voz quebrada.

Ella se levantó, fue a su alacena y sacó una botella de mezcal y un huevo de gallina. Me sirvió un caballito.

—Tómatelo de golpe. Para que se te baje el susto. Y cuéntame. Pero no me mientas en nada. Los muertos no perdonan las mentiras.

Le conté todo. Desde que la chica me hizo la parada, su vestido de quinceañera viejo , lo pálida que estaba, el frío que hacía en el coche. Le conté lo que me dijo: “Vengo de visitar a mi mamá, pero ya se me hizo tarde”. Y le conté del final. La corona en la reja. La foto.

Mi abuela escuchaba en silencio, asintiendo despacio. Cuando le dije lo de la mancha de humedad en el asiento, cerró los ojos y se persignó.

—Ay, muchacho. Te agarraron de puente —murmuró ella.

—¿De puente? ¿Cómo que de puente, abuela?

—Esa niña no sabe que está muerta, o no quiere aceptarlo. Mi abuela se acercó y me puso una mano en la frente. Su mano estaba caliente—. Fue un alma en pena que solo quería volver a su lugar de descanso. Pero hay algo más, Beto. No solo quería que la llevaras. Quería que la vieras.

—¿Por qué yo? Había mil taxis pasando antes.

—Porque tú traes la luz baja hoy. Andas preocupado por dinero, andas cansado. Los muertos huelen la debilidad, se meten por las grietas de tu cansancio. Ella necesitaba a alguien que la escuchara para poder llegar a donde está su cuerpo. Pero mijo… si dejó la marca en tu carro, es porque no se bajó del todo.

Eso me heló la sangre otra vez. —¿Cómo que no se bajó? Si el coche estaba vacío.

—El cuerpo se baja, pero la pena se queda. La humedad esa es llanto de muerto. Es tristeza condensada. Si no limpias ese carro, te va a salar. Te va a traer accidentes.

Mi abuela agarró el huevo y empezó a pasármelo por todo el cuerpo, rezando oraciones que mezclaban español con palabras en zapoteco que yo no entendía. Sentí cómo el huevo se ponía pesado en su mano, como si se estuviera cociendo por dentro. Cuando terminó, rompió el huevo en un vaso de agua.

Lo que salió no fue una yema normal. El agua se puso turbia, como con telarañas blancas, y la yema tenía un punto negro en el medio, como un ojo mirándome.

—Está muy cargado —dijo mi abuela tirando eso al desagüe sin mirarlo dos veces—. Mañana temprano, antes de que salga el sol, tienes que ir a lavar ese carro. Pero no con jabón. Vas a usar agua con sal de grano, vinagre y ruda. Y tienes que decirle: “Ya llegaste, ya descansa. No eres de aquí, vete con Dios”. Tienes que hablarle fuerte, Beto. Si te da miedo, ella se queda.

No pude dormir esa noche. Me acosté al lado de mi esposa, que dormía tranquila, y cada vez que cerraba los ojos veía la cara de la chica en la foto de la corona. ELLA..

A la mañana siguiente, me levanté con el sol. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Hice lo que dijo mi abuela. Preparé la cubeta con el vinagre y la ruda.

Bajé al estacionamiento. El coche se veía normal por fuera, un sedán gris lleno de polvo de la ciudad. Pero cuando abrí la puerta trasera…

El olor seguía ahí. Menos fuerte que en la noche, pero ahí estaba. Y la mancha… la mancha en el asiento había cambiado.

Ya no era solo una mancha de humedad amorfa. Ahora que le daba la luz del día, se veían contornos. Parecía la forma de unas piernas y la parte baja de un vestido amplio, marcados en la tela como si alguien se hubiera sentado con la ropa empapada en aceite.

Empecé a tallar. Tallé con fuerza, con rabia. —¡Ya llegaste! —decía yo, sintiéndome estúpido hablando solo en el estacionamiento—. ¡Ya descansa! ¡Vete con Dios, niña! ¡Aquí no cabes!

Mientras tallaba, algo brilló en la alfombra del piso, justo debajo del asiento del conductor, donde pone los pies el pasajero de atrás.

Dejé el trapo y lo recogí.

Era una medallita. Pequeña, de plata, pero muy vieja y ennegrecida. Tenía una virgen de Guadalupe por un lado, y por el otro tenía grabado un nombre y una fecha, apenas legibles por el óxido y la mugre.

Me la acerqué a los ojos. Decía: “Mariana. XV. 15-05-2009”.

Se me cayó el alma a los pies. La fecha coincidía con lo que decía la corona: “2009 – 2024”. O sea, hace 15 años fueron sus quince años. Ella murió joven. O quizás murió el día de su fiesta.

Guardé la medalla en mi bolsa, quemándome la piel a través de la tela. Terminé de limpiar el coche como pude, dejé las ventanas abiertas para que se oreara y subí a casa. Necesitaba saber. La curiosidad es el peor defecto del mexicano, somos chismosos hasta con la muerte.

Prendí la computadora y me puse a buscar. “Accidente Xochimilco 2009 quinceañera”, “Muerte niña vestido blanco San Gregorio”, “Crimen Xochimilco mayo 2009”.

Google me escupió varios resultados. Noticias viejas, blogs de nota roja de esos que ya nadie lee. Pero en la tercera página, encontré una nota del periódico “El Gráfico”, con fecha del 16 de mayo de 2009.

El titular decía: “TRAGEDIA EN XOCHIMILCO: QUINCEAÑERA MUERE AL CAER TRAJINERA”.

Abrí la nota. Sentí que el aire de la habitación se ponía frío otra vez.

“La noche de ayer, la celebración de los XV años de la joven Mariana N., vecina del barrio de San Gregorio, terminó en desgracia. Según testigos, la joven resbaló de una trajinera durante la fiesta y cayó a los canales. Debido a la oscuridad y al pesado vestido que portaba, no pudo salir a flote. Su cuerpo fue recuperado horas más tarde, cerca del embarcadero…”.

Y ahí estaba la foto. La misma foto de la corona. La misma chica que subió a mi taxi.

Leí más abajo. “La madre de la víctima, inconsolable, declaró que su hija solo quería bailar el vals. Fue enterrada en el panteón civil de San Gregorio con su vestido de fiesta, como era su deseo”.

Me recargué en la silla, temblando. Ella me había dicho: “Vengo de visitar a mi mamá”. Pero la nota decía que la mamá seguía viva, o al menos lo estaba en ese entonces. Quizás… quizás la mamá vivía cerca de donde la recogí. Quizás la “fiesta” de la que venía no era una fiesta real, sino el recuerdo de su fiesta.

Mi abuela entró al cuarto en ese momento. Me vio la cara y vio la pantalla de la compu. —Ya sabes quién es —dijo. —Se llamaba Mariana, abuela. Se ahogó hace 15 años. —El agua guarda memorias, mijo. Y Xochimilco es pura agua y memoria. Esa niña no descansa porque murió con pendientes. Murió el día que debía ser el más feliz de su vida. Se quedó atorada en ese día.

—¿Y qué hago con esto? —Saqué la medalla del bolsillo y se la enseñé.

Mi abuela dio un paso atrás, asustada por primera vez. —¡Virgen Santísima! ¿Te trajiste algo de ella? —Estaba en el coche. Se le debió caer. —¡No, pendejo! —me gritó mi abuela, y nunca me dice groserías—. ¡Los muertos no tiran cosas por accidente! Si te dejó eso, es porque te está pagando el viaje… o te está pidiendo otro favor.

—¿Qué favor? Ya la llevé al panteón. —No. La llevaste a la puerta. Pero si te dejó su medalla, es porque quiere que se la entregues a alguien. A su mamá.

—Estás loca, abuela. ¿Cómo voy a ir a buscar a una señora que perdió a su hija hace 15 años y decirle “Tenga, me la dio su hija fantasma anoche”? Me van a linchar.

—Si no lo haces, ella va a regresar por su medalla. Y esta vez no se va a sentar atrás, Beto. Se te va a aparecer en tu cuarto. Se te va a aparecer en los sueños de tus hijos. Esa medalla es su vínculo con este mundo. Tienes que devolverla o deshacerte de ella en tierra santa.

En ese momento, mi celular sonó. Brinqué del susto. Era una notificación de la aplicación de Uber.

“Objeto olvidado reportado”.

Me quedé helado. Abrí la notificación. “Un usuario ha reportado que olvidó un objeto en tu vehículo en tu viaje reciente”.

Miré el viaje. Era el viaje de las 2:00 AM. El viaje de Xochimilco. El viaje que no cobré porque la pasajera desapareció.

Pero, ¿cómo? Si no había nadie. Si nadie pagó. ¿Quién reportó el objeto?

El nombre del usuario en la app no decía “Mariana”. Decía “Esperanza”.

—Abuela… —le dije mostrándole el teléfono—. Alguien está reclamando la medalla. —¿Quién? —Dice “Esperanza”. —Debe ser la madre. La madre la está buscando. O la madre la invocó.

El mensaje en la app se actualizó con un texto del usuario: “Por favor, conductor. Mi hija perdió su medalla anoche en su coche. Es lo único que me queda de ella. Sé que usted la trajo. La estoy esperando donde la recogió. Por favor, devuélvamela”.

Se me erizó la piel hasta el último pelo del cuerpo. El mensaje decía “anoche”. Como si la chica hubiera estado viva anoche. Como si fuera una pasajera normal. Pero yo sabía que no. Yo vi la tumba. Yo vi la fecha de 2009.

—No voy a ir —dije tajante—. No vuelvo a manejar de noche y menos para allá. —Tienes que ir —dijo mi abuela—. Si te está escribiendo, es porque el vínculo ya está hecho. Tienes que cerrar el ciclo, Beto. Si no vas, esa “Esperanza” te va a venir a buscar aquí. Y créeme, una madre que busca a su hija muerta tiene más fuerza que el mismo diablo.

Miré la hora. Eran las 6:00 PM. Ya empezaba a oscurecer. El invierno en la ciudad hace que la noche caiga rápido.

Tenía dos opciones: tirar la medalla a la basura y hacerme el loco, o ir a Xochimilco a ver quién diablos era “Esperanza” y por qué decía que su hija estuvo en mi coche anoche.

La advertencia de mi abuela resonaba en mi cabeza: “Si no vas, ella regresa”. Y luego pensé en mis hijos durmiendo en la otra habitación. Si esa cosa, esa energía, se metía a mi casa…

Agarré las llaves del coche. Agarré la medalla. —Voy a ir. Pero dame agua bendita o algo, abuela. —Llévate mi rosario. Y no te bajes del coche si no es necesario. Y pase lo que pase, Beto, no aceptes nada de comer ni de beber de esa gente.

Salí de la casa. El coche, aunque lo había lavado, seguía oliendo un poco a nardo. Me persigné y arranqué hacia el sur. Hacia Xochimilco otra vez.

El tráfico estaba pesado en Tlalpan, lo cual me dio tiempo de pensar. ¿Y si era una trampa? En México te asaltan de mil formas. ¿Y si usan la historia de la niña muerta para atraer taxistas y robarles el coche? Pero, ¿cómo explicar lo de la desaparición en el asiento trasero? ¿La mancha? ¿La foto en el panteón? Ningún ladrón monta un escenario tan complejo.

Llegué al punto de recogida original. Era una callejuela cerca del embarcadero de Nativitas. Casas humildes, algunas a medio construir, mucha vegetación.

La app me marcaba que el usuario estaba ahí.

Me orillé. Bajé el vidrio apenas unos centímetros.

De una casa con portón negro salió una señora. Mayor, canosa, vestida de luto riguroso, aunque hubieran pasado 15 años. Se parecía un poco a la chica. Tenía los mismos ojos tristes.

Se acercó al coche. Yo tenía la mano en la palanca de velocidades, listo para huir.

—¿Usted es el chofer? —preguntó. Su voz era idéntica a la de la chica. Suave, rota. —Sí, señora. Soy Beto. —Gracias por venir. Mi hija… mi hija me dijo que dejó su medalla con usted.

Sentí un golpe en el estómago. —Señora… con todo respeto. ¿Su hija? —Sí, Mariana. Ella vino anoche a verme. Era su cumpleaños, ¿sabe? Siempre viene en su cumpleaños. Pero a veces… a veces se pierde en el camino de regreso.

La señora hablaba con una naturalidad que me aterraba más que cualquier grito. Para ella, que su hija muerta tomara un Uber era algo… ¿normal?

—Señora, yo… yo la llevé al panteón. Pero cuando llegamos, no había nadie. —Lo sé. Ella no puede entrar sola si está cerrada la reja. Necesita que le abran. Por eso regresó la medalla. Sin la medalla no descansa.

La señora extendió la mano. Una mano arrugada y temblorosa. —Por favor, joven. Démela. Ella está inquieta. La escucho llorar en la casa.

Yo no escuchaba nada más que el viento en los árboles y los perros ladrando a lo lejos. Saqué la medalla del bolsillo. Estaba ardiendo. Literalmente caliente al tacto.

—Tenga —se la pasé por la rendija de la ventana, cuidando de no tocar la mano de la señora.

En cuanto la señora tocó la medalla, el aire cambió. El frío que sentía se fue de golpe. El olor a nardo dentro del coche desapareció como si alguien hubiera apagado un interruptor.

La señora apretó la medalla contra su pecho y sonrió. Pero no fue una sonrisa bonita. Fue una sonrisa de alivio doloroso.

—Gracias, Beto. Ella dice que gracias. Que usted maneja con cuidado. Que le gustó la música que traía.

Yo no traía música. El radio venía apagado.

—Que Dios la bendiga, señora —dije, y subí el vidrio rápido.

—Espere —dijo ella, pegando la mano al cristal—. Tenga, por la molestia.

Sacó un billete de 200 pesos de su delantal y lo atoró en el limpiaparabrisas antes de que yo pudiera decir que no.

Arranqué. Me fui de ahí volando. No miré atrás.

Manejé hasta una gasolinera en Periférico, ya en zona iluminada y con gente. Me bajé, compré una Coca-Cola para el azúcar y traté de calmarme.

Fue entonces cuando vi el billete en el parabrisas.

Salí a quitarlo. No quería dinero de esa gente. Lo iba a tirar a la basura.

Lo tomé en mis manos. Era un billete de 200 pesos… pero era de los viejos. De los verdes con la cara de Sor Juana, de esos que dejaron de circular hace años. Estaba nuevo, crujiente.

Y olía a nardo.

Me subí al coche, arranqué y me fui a mi casa. Hoy no voy a trabajar. Mañana voy a vender el coche. No me importa cuánto me den. Ese coche ya no es mío. Ese coche se quedó con algo de ella.

Mi abuela tenía razón: “Fue un alma en pena que solo quería volver a su lugar de descanso”. Pero se equivocó en algo. No solo quería volver. Quería que alguien supiera que sigue aquí. Que no se ha ido del todo.

Si ustedes son Uber, Didi, o taxistas… y andan por Xochimilco en la madrugada. Si ven a una chica de vestido blanco antiguo. No se paren. Sigan derecho. Y recen por ella. Porque si se sube… tal vez a ustedes no les deje solo una mancha de humedad. Tal vez decida que ustedes son su nuevo viaje eterno.

LA PASAJERA DE XOCHIMILCO: PARTE 3 – LA SOMBRA EN EL ESPEJO Y EL MERCADO DE SONORA

(Narrado por Beto)

Pensé que devolver la medalla sería el final. Pensé que el billete antiguo de 200 pesos era solo una curiosidad macabra, un “souvenir” del otro mundo que guardaría en un cajón y del que me reiría en unos años, borracho en alguna cantina. Qué pendejo fui. En México, la muerte no se conforma con un “gracias”. La muerte, cuando se le abre la puerta, mete el pie para que no la puedas cerrar.

Llegué a mi casa esa noche sintiendo que me había quitado un peso de encima. Me bañé con agua hirviendo, tallándome hasta que la piel se me puso roja, queriendo quitarme el olor a nardo y a humedad de Xochimilco. Mi esposa, Laura, ya estaba dormida, y mis dos hijos, Santi y Sofi, soñaban en su cuarto. Me tomé un par de tequilas para no pensar y caí rendido.

Pero el horror no esperó a que saliera el sol. Empezó en mis sueños.

Soñé con agua. No agua limpia, no agua de mar. Soñé con el agua negra, espesa y aceitosa de los canales. Yo no estaba en mi cama; estaba sumergido, tratando de nadar hacia arriba, pero algo me jalaba de los tobillos. No eran manos, eran raíces. Raíces de ahuehuete que se enredaban en mis piernas como serpientes. Y abajo, en el fondo del lodo, veía su cara. La cara de Mariana. Pero no estaba triste como en el taxi. Estaba furiosa. Tenía la boca abierta en un grito silencioso que sacaba burbujas de aire, y sus ojos estaban blancos, vueltos hacia atrás.

Desperté gritando, empapado en sudor frío. Laura se despertó asustada. —¿Beto? ¿Qué tienes? ¿Estás bien? —Nada, nada… una pesadilla —mentí, tratando de controlar el temblor de mis manos.

Miré el reloj. Eran las 3:33 AM. La hora del muerto.

Me levanté para ir al baño y echarme agua en la cara. Al pasar por el pasillo, sentí esa corriente de aire helado otra vez. Esa que no viene de ninguna ventana abierta. Me detuve frente al cuarto de los niños. La puerta estaba entreabierta.

Y ahí fue cuando lo escuché.

Sofi, mi hija de seis años, estaba hablando. Susurrando, más bien. —Sí… mi papá es bueno… sí, él te trajo…

Me quedé helado, pegado al marco de la puerta. Entré despacio. Sofi estaba sentada en su cama, mirando hacia la esquina oscura del cuarto, donde está el armario.

—Sofi, mi amor… ¿con quién hablas? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta. Ella volteó a verme, con sus ojitos inocentes brillando en la penumbra. —Con la amiga, papi. —¿Cuál amiga, hija? —La de blanco. La que está mojada. Dice que gracias por llevarla, pero que se le olvidó decirte algo.

Sentí que el piso se me abría. Prendí la luz de golpe. No había nadie en la esquina. Solo el armario cerrado y los juguetes tirados. —Sofi, no juegues así. Aquí no hay nadie. —Ya se fue —dijo ella tranquila, acomodándose para dormir—. Se metió en el ropero. Dijo que tenía frío.

Corrí al armario y lo abrí de par en par. Nada. Solo la ropa de los niños. Pero al fondo, en el piso de madera, había un pequeño charco de agua. Y olía. Olía a lodo podrido y a flores dulces.

Esa noche ya no dormí. Me senté en la sala con un bat de béisbol, como si pudiera agarrar a batazos a un fantasma, vigilando la puerta de mis hijos.

LA VENTA DEL AUTO

A la mañana siguiente, sábado, tomé la decisión. Ese coche se iba. Me valía madre si perdía dinero. Ese Nissan Versa estaba maldito.

Le dije a Laura que iba a ir al tianguis de autos de Venta de Carpio, allá por Ecatepec, que es donde se mueve todo rápido. No le dije la verdad completa, solo que el coche me estaba dando lata mecánica y quería cambiarlo antes de que me dejara tirado. Ella me creyó, aunque me veía raro por las ojeras que traía.

Manejar hasta allá fue un suplicio. El coche se sentía pesado, como si trajera a cinco personas gordas atrás. En el radio, aunque lo apagara, se escuchaba estática, y entre el ruido blanco, a veces me parecía oír un vals. Tan-ta-ta-tan… El vals de las mariposas.

Llegué al tianguis. El sol estaba a plomo, un calor seco y polvoriento. Había cientos de coyotes (vendedores) gritando, música de banda a todo volumen, olor a tacos de carnitas y escape de motor. Me estacioné y le puse el signo de precios en el parabrisas: “$130,000 – A TRATAR – URGE”.

No pasó mucho tiempo. El coche se veía bien por fuera. Se acercó un tipo, un chavo como de unos 25 años, con gorra y tatuajes, buscando nave para trabajarla de Uber precisamente.

—¿Qué onda, jefe? ¿Cuánto es lo menos? —me preguntó, pateando las llantas. —Dame 120 y es tuyo ahorita. Papeles en regla, todo pagado. —Se ve chido. ¿Lo puedo calar? —Súbete.

El chavo se subió al asiento del conductor. Yo me iba a subir de copiloto, pero en cuanto él cerró la puerta, su cara cambió. Dejó de sonreír. Se puso pálido.

—Oiga, jefe… ¿trae el aire prendido? —No, está apagado. —Pinche frío, ¿no? —Se frotó los brazos—. Y huele raro… como a gas o algo.

El chavo intentó prender el coche. El motor rugió al primer llavazo, pero inmediatamente, los seguros de las cuatro puertas se bajaron solos. Clack.

—Ah, caray. ¿Trae seguro automático? —preguntó el chavo nervioso. —Sí, sí, es eléctrico —mentí, aunque yo sabía que ese coche no hacía eso al encender.

De repente, el estéreo se prendió solo. No en una estación de radio. No en estática. Empezó a sonar una canción a todo volumen. No era reggaetón ni banda. Era una grabación vieja, distorsionada. Se escuchaba una voz de mujer llorando y de fondo, música de fiesta lejana.

¡Ayúdenme! ¡Me hundo! ¡Mamá!

El grito salió de las bocinas tan fuerte que retumbó en los vidrios. El chavo gritó: —¡No mames! ¿Qué pedo con tu estéreo? ¡Abre la puerta!

Intentó abrir. La puerta estaba trabada. Jalaba la manija y no abría. Yo, desde afuera, jalaba la manija y tampoco. Estaba bloqueada mecánicamente. El chavo empezó a golpear el vidrio, desesperado. —¡Sácame de aquí, pinche loco! ¡Abre!

Adentro del coche, vi cómo el vapor empezaba a empañar los vidrios desde adentro, como si alguien estuviera respirando fuerte. En el asiento trasero, vi formarse una silueta en el vapor del vidrio. Una mano pequeña se marcó en el cristal.

—¡Virgen Santa! —grité. Saqué mi llave y traté de abrir desde afuera manualmente. La llave no giraba.

La gente del tianguis se empezó a acercar. —¿Qué pasa? ¿Se quedó encerrado? —¡Rompe el vidrio, güey! —gritó alguien.

Agarré una piedra del suelo y, con toda mi fuerza, le di al vidrio del copiloto. El cristal estalló en mil pedazos. El chavo salió por la ventana, cortándose los brazos, pálido como un papel, casi llorando.

—¡Estás enfermo, cabrón! —me gritó mientras se alejaba corriendo—. ¡Quédatela tu chingadera! ¡Ahí hay algo! ¡Ahí hay alguien atrás!

La gente me miraba con miedo. Nadie se acercó más. El coche, ahora con el vidrio roto, se quedó en silencio. El motor se apagó solo.

Me subí al coche, temblando de rabia y miedo. —¡¿Qué quieres?! —le grité al espejo retrovisor—. ¡Ya hice lo que pediste! ¡Ya le di la medalla a tu madre! ¡Déjame en paz, maldita sea!

En el asiento trasero, sobre la tapicería, apareció una nueva mancha de agua. Esta vez no era una mancha sin forma. Eran letras. Trazadas con agua. Decía: NO ES ELLA.

LA REVELACIÓN DE DOÑA CHAYO

Regresé a la casa de mi abuela a toda velocidad. El mensaje en el asiento me daba vueltas en la cabeza. “NO ES ELLA”. ¿A qué se refería? ¿La señora a la que le di la medalla no era su mamá? ¿O la medalla no era lo que ella quería?

Llegué a la vecindad en la Obrera. Mi abuela estaba barriendo la entrada con hierbas, como si me estuviera esperando. —Ya sabía que ibas a volver —dijo sin mirarme—. Traes una sombra pegada que te tapa hasta el sol.

—Abuela, esto se puso peor. El coche atacó a un chavo. Y mi hija… mi hija la vio en la casa. Y dejó un mensaje: dice “No es ella”.

Mi abuela soltó la escoba y me agarró del brazo con una fuerza sorprendente para su edad. —¡¿Entró a tu casa?! ¡¿Habló con la niña?! —Sí, abuela. Dijo que tenía frío. —¡Idiota! —me dio una cachetada. Me dolió, pero me la merecía—. Te dije que te cuidaras. Abriste la puerta. Ahora ya no es solo un alma en pena, Beto. Ahora es un eggun obsesionado. Se quiere quedar. Quiere vida. Y los niños son pura vida.

Me arrastró adentro de su casa. Su altar estaba lleno de veladoras negras y moradas. —Si dice “No es ella”, significa que la mujer que viste no es su madre. O al menos, no la madre que ella busca. —Pero se parecían. Y la señora sabía de la medalla.

Mi abuela sacó un mazo de cartas españolas y las tiró sobre la mesa. —Vamos a ver qué dicen.

Las cartas cayeron desordenadas. Espadas. Muchas espadas. Y el caballo de copas invertido. —Traición —murmuró mi abuela—. Engaño. Muerte oculta. Señaló una carta: El Diablo. —Beto, esa mujer a la que fuiste a ver… ¿te dio algo? —Me dio 200 pesos. —¿Te los gastaste? —No, los traigo en la cartera. Es un billete viejo.

Mi abuela palideció. —¡Sácalo! ¡Sácalo ahorita mismo pero no lo toques con la mano pelona! ¡Usa unas pinzas!

Saqué la cartera y con unas pinzas de cocina que me pasó, extraje el billete de Sor Juana. Mi abuela acercó una vela al billete. —Vamos a ver qué es en realidad.

En cuanto el fuego tocó el papel, el billete no se quemó normal. No hizo ceniza gris. Empezó a chillar. Un chillido agudo, como de ratón aplastado. Y el humo que salía era negro y espeso, con un olor a azufre y cabello quemado que nos hizo toser. El billete se consumió, pero dejó en la mesa una mancha grasienta que parecía sangre coagulada.

—Eso no era dinero —dijo mi abuela persignándose—. Eso era un “pago de tierra”. Brujería. Esa mujer te compró, Beto. Al aceptar el dinero, aceptaste el trato. Le vendiste tu tranquilidad y la de tu familia a cambio de llevarte la carga que ella tenía.

—¿Qué? ¿Quién es esa vieja entonces? —No sé, pero no es una madre llorando. Es alguien que sabe usar a los muertos. Probablemente esa niña, Mariana, no se fue porque esa vieja la tiene amarrada. Y al darle la medalla, le devolviste el candado para que la siga teniendo presa. Por eso la niña está enojada. Por eso te dice “No es ella”. Porque esa mujer no es su madre… es su dueña.

Sentí náuseas. Había entregado a la chica a su verdugo. Y por eso ahora la chica me perseguía, no para hacerme daño, sino pidiendo ayuda de la única forma violenta que conoce un espíritu desesperado.

—Tenemos que ir al Mercado de Sonora —dijo mi abuela tajante—. Yo sé curar espanto y hacer limpias, pero esto… esto es magia negra de Xochimilco. Esos brujos de las chinampas son bravos. Necesitamos algo fuerte. Necesitamos hablar con el Padrino.

EL MERCADO DE SONORA

El Mercado de Sonora es un lugar donde conviven Dios y el Diablo en los mismos pasillos. Venden juguetes para niños en un lado y animales para sacrificio en el otro. Hierbas, polvos, santos, la Santa Muerte, todo mezclado en un olor penetrante a copal, salvia y sufrimiento animal.

Fuimos el domingo temprano. Mi abuela me llevó por los pasillos estrechos, ignorando a los vendedores que nos ofrecían “amarres para el amor” o “levanta negocios”. Llegamos al fondo, a la zona donde casi no hay luz y los locales tienen cortinas de cuentas.

Entramos a un local pequeño. Olía a tabaco fuerte. Había un altar inmenso a la Santa Muerte, vestida de negro, y al lado, figuras de Elegguá y santos de la santería.

Un hombre gordo, calvo y con collares de cuentas de colores (elekes) nos recibió. Era el Padrino Lucio. —Doña Chayo… hace años que no te veía por acá —dijo con voz rasposa. —Lucio, mi nieto se metió en un pedo grande. Se trajo un muerto de Xochimilco y le aceptó dinero a una bruja.

Lucio me miró. Sus ojos eran amarillos, como de gato. Se rió. —Te ves jodido, muchacho. Traes a la niña montada en la espalda. ¿No sientes que te pesan los hombros? —Me duele todo —admití.

—A ver, cuéntame de la mujer. La de la casa. Le describí a “Esperanza”. La casa cerca del embarcadero Nativitas. El billete.

Lucio dejó de reírse. Se puso serio. —Nativitas… cerca del callejón de las Flores. ¿La casa tiene un portón negro con símbolos de lunas oxidadas? —Creo que sí.

Lucio escupió al suelo. —Esa no es Esperanza. Esa mujer se llama Doña Matilde. Es una nahuala. Una bruja de las viejas. La gente dice que ella controla las almas de los ahogados para que le sirvan. Dicen que ella provocó el accidente de la trajinera en 2009.

—¿Qué? ¿Por qué? —Porque necesitaba juventud. Esa mujer tiene como 90 años pero se ve de 60. Roba años de vida. La niña Mariana… ella iba a cumplir 15. La edad perfecta. Sangre de doncella, dirían los libros viejos. Matilde hizo que la trajinera se volteara. Y se quedó con el alma de la niña atrapada en la medalla.

—Pero la niña tenía la medalla en mi coche… —¡Exacto! —Lucio golpeó la mesa—. La niña logró escapar esa noche. Quizás la bruja se descuidó, quizás la medalla se rompió del altar. La niña corrió, se subió a tu taxi, quería ir al panteón para esconderse en tierra santa, donde la bruja no puede tocarla. Pero tú… —me señaló con un dedo acusador— tú fuiste y se la devolviste. Le devolviste a la presa al carcelero. Y encima, cobraste por ello.

Me sentí la peor basura del mundo. —¿Cómo lo arreglo? Mi hija está en peligro. —Esa bruja ya probó tu energía. Ahora quiere a tu hija. Las niñas se cambian por niñas. Quiere soltar a Mariana porque ya está muy “gastada” y agarrar a tu hija Sofi que está fresquita.

Mi abuela se llevó las manos a la boca. —¡Sobre mi cadáver! —Probablemente así sea, Chayo, si no nos apuramos —dijo Lucio—. Esto no se arregla con huevitos y ruda. Esto es guerra. Tienen que ir a Xochimilco otra vez. —¡Ni madres! —grité—. Yo no vuelvo allá. —Tienes que ir —dijo Lucio sacando un machete oxidado de abajo de la mesa y un frasco con un líquido negro—. Tienes que entrar a la casa de la bruja. Tienes que encontrar el altar donde tiene amarrada a Mariana. Y tienes que romperlo. Tienes que quemar la medalla y la foto original. Solo así liberas a la muerta y rompes el contrato sobre tu hija.

—¿Y si me mata? —Si no vas, tu hija Sofi va a amanecer muerta mañana, ahogada en su propia saliva o en la tina del baño. Tú eliges.

La imagen de Sofi muerta me dio el valor que no tenía. —¿Qué necesito? —Te voy a preparar. No vas a ir solo. Yo voy con ustedes. Pero necesitamos llegar antes de que anochezca por completo. A las 12 de la noche, la bruja hace sus rituales. Si nos agarra la medianoche ahí adentro, no salimos.

Lucio nos preparó unos amuletos. “Resguardos” hechos con piel de coyote, tierra de panteón y azufre. Me hizo tragar un trago de aguardiente con pólvora “para darle valor al corazón”.

Nos subimos a mi camioneta (una pickup vieja que tenía mi abuela, porque el Versa ni de chiste lo usábamos). Lucio, mi abuela y yo. Parecíamos un comando suicida espiritual.

EL REGRESO A NATIVITAS

Llegamos a Xochimilco cuando el sol se estaba poniendo. El cielo estaba rojo sangre, reflejándose en los canales. El ambiente se sentía pesado, como si el aire fuera agua.

Estacionamos lejos de la casa para no hacer ruido. Caminamos por las calles de tierra. —Recuerden —susurró Lucio—. No miren a los ojos a nadie. Si escuchan que los llaman por su nombre, no voltean.

Llegamos a la casa del portón negro. Ahora que me fijaba bien, la casa daba miedo. Las paredes estaban cubiertas de enredaderas secas, espinosas. No se escuchaban pájaros cerca.

—Está protegida —dijo Lucio tocando el portón. Retiró la mano rápido, como si le hubiera dado toques—. Tiene barreras. —¿Cómo entramos? —Con permiso del muerto. —Lucio sacó una botella de ron y sopló el líquido sobre la cerradura—. ¡Abre camino, Elegguá! ¡Por aquí pasa la justicia!

El portón hizo un ruido metálico, clack, y se abrió solo, rechinando.

Entramos a un patio descuidado. Había muñecas viejas colgadas de los árboles, balanceándose con el viento. Les faltaban ojos o brazos. —Son los trofeos —murmuró mi abuela con asco.

La puerta de la casa estaba abierta. De adentro salía una luz tenue, de velas, y ese maldito olor a nardos, pero mezclado con algo podrido, como carne descompuesta.

Entramos. La sala estaba vacía de muebles, pero llena de altares. Había fotos de mucha gente. Niños, ancianos, jóvenes. Y en el centro, un altar mayor. Ahí estaba la foto de Mariana. Y la medalla, colgada sobre un cráneo humano. El cráneo era pequeño. De una niña.

—¡Es aquí! —dijo Lucio—. ¡Rápido! ¡Busquen el fuego!

Me acerqué al altar para agarrar la medalla. De repente, una voz sonó detrás de nosotros. No era la voz suave de la señora que me atendió la otra noche. Era una voz gutural, profunda, que parecía venir de varios gargantas a la vez.

¿Vinieron a devolver el dinero? Ya no hay devoluciones.

Nos giramos. Ahí estaba “Esperanza”. Pero ya no se veía como una señora triste. Estaba parada en el marco de una puerta interior. Sus ojos eran completamente negros. Su piel colgaba un poco de su cara, como si le quedara grande. Y detrás de ella… sombras. Sombras altas y oscuras que se movían por las paredes.

—¡Doña Matilde! —gritó Lucio levantando su bastón de santero—. ¡Se te acabó el tiempo! ¡Suelta a la niña!

La bruja se rió. Abrió la boca y su mandíbula se desencajó, cayendo antinaturalmente baja. —La niña es mía. Y ahora… el chofer también. Me hacía falta un guardián para la puerta.

Las sombras se despegaron de la pared y se lanzaron hacia nosotros. Mi abuela empezó a rezar a gritos, lanzando agua bendita que chisporroteaba como ácido al tocar el suelo. Lucio se enfrentó a una de las sombras, golpeándola con su bastón, y vi chispas azules saltar.

—¡Beto! ¡El altar! ¡Quema la foto! —me gritó Lucio mientras forcejeaba con algo invisible que lo estaba asfixiando.

Corrí hacia el altar. Sentí manos frías que me agarraban los tobillos, jalándome. Eran manos de niños, manos pequeñas y azules que salían del suelo de tierra de la habitación. —¡Papá! —escuché la voz de Sofi en mi cabeza. No, no en mi cabeza. Sonaba en la habitación. —¡Papá, ayúdame!

La bruja estaba imitando la voz de mi hija para distraerme. —¡No es real! —me grité a mí mismo.

Llegué al altar. Agarré la medalla. Quemaba como hierro al rojo vivo. La piel de mi mano siseó, pero no la solté. Agarré la foto de Mariana. —¡Perdóname, Mariana! —grité—. ¡Vete a la luz!

Acerqué la foto a una de las veladoras negras del altar. La foto no quería prender. El papel parecía húmedo. La bruja soltó un alarido inhumano y se lanzó sobre mí. Se movía rápido, como una araña, a cuatro patas.

—¡NOOOO!

Justo antes de que me alcanzara, saqué mi encendedor Zippo del bolsillo (siempre traigo uno, vicio de fumador). Lo prendí y le eché el líquido del frasco que me dio Lucio a la foto y al cráneo.

El fuego estalló. Una llamarada verde y azul subió hasta el techo. El cráneo estalló en pedazos. La bruja se detuvo en seco, gritando como si la estuvieran quemando a ella. Se agarró la cara y su piel empezó a humear.

—¡Maldito! ¡Maldito seas!

El suelo tembló. Las ventanas de la casa explotaron hacia adentro. Un viento huracanado entró en la sala, apagando todas las velas menos el fuego del altar que consumía la foto de Mariana.

Y entonces, en medio del fuego, la vi. Vi a Mariana. Pero no la versión de terror. La vi como en la foto, bonita, con su vestido blanco brillante. Me miró, sonrió con paz, y asintió. Luego, se desvaneció en humo blanco.

La bruja cayó al suelo, convertida en un bulto de ropa vieja y huesos secos. Las sombras desaparecieron. El silencio volvió a la casa. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el crepitar del fuego.

—Se acabó —dijo Lucio, limpiándose la sangre de la nariz—. Se rompió el pacto.

Salimos de ahí cargando a mi abuela que se había desmayado del esfuerzo. Quemamos llanta en la camioneta hasta salir de Xochimilco.

Al llegar a casa, corrí al cuarto de mis hijos. Sofi dormía tranquila. El armario estaba seco. Ya no olía a humedad.

Pero la historia no termina aquí. Porque en México, cuando matas a una bruja… sus deudas no se borran, se heredan.

A la mañana siguiente, fui a ver el Versa para venderlo al deshuesadero. Ya no quería saber nada de él. Cuando abrí la cajuela para sacar mi llanta de refacción y mi gato… encontré algo que me heló la sangre.

En la cajuela, donde no debería haber nada más que herramienta… había una muñeca. Una muñeca vieja, de porcelana, vestida de novia. Tenía una nota clavada con un alfiler en el pecho.

La nota no estaba escrita con tinta. Estaba escrita con sangre seca. Y decía: “Una vida por otra. Mariana se fue. Pero tú me debes una. Nos vemos pronto, Beto.”

Y abajo de la nota… había una foto. Una foto de mi hija Sofi, tomada desde la ventana de su escuela. Una foto tomada HOY.

Esto apenas empieza.

LA PASAJERA DE XOCHIMILCO: PARTE FINAL – EL PAGO DE SANGRE Y EL FUEGO EN LA CHINAMPA

(Narrado por Beto)

Me quedé mirando la foto de mi hija Sofi en la cajuela de ese maldito Versa. Mis manos temblaban tanto que sentía que los huesos se me iban a salir de la piel. El sol de la mañana me pegaba en la nuca, pero yo sentía un frío glacial, ese frío de morgue que ya se había vuelto mi sombra.

“Nos vemos pronto, Beto.”

Rompí la nota con rabia. Cerré la cajuela de un golpe tan fuerte que la lámina se abolló. No iba a vender el coche. No podía venderlo. Si lo vendía, perdía el rastro. Si lo vendía, le pasaba la maldición a otro, y esa bruja o lo que quedara de ella seguiría cazando a mi niña.

Subí a mi departamento corriendo, saltándome los escalones de dos en dos. Entré azotando la puerta. Laura estaba en la cocina preparando el desayuno, ajena a que nuestra vida pendía de un hilo. —¡Empaca! —le grité, jadeando. —¿Qué? Beto, ¿qué te pasa? Estás pálido. —¡Que empaques, chingada madre! ¡Agarra a los niños, agarra ropa para dos días y vete a casa de tu hermana en Toluca! ¡Ahorita!

Sofi salió de su cuarto tallándose los ojos, con su pijama de unicornios. Verla me partió el alma. Tan chiquita, tan inocente, y una bestia del inframundo la quería usar de repuesto. —Papi, ¿por qué gritas? —preguntó con miedo. Me hinqué frente a ella y la abracé. La abracé tan fuerte que se quejó. —Perdóname, mi amor. Perdóname. Me quité el rosario de mi abuela que traía puesto y se lo puse a ella. —No te quites esto por nada del mundo, Sofi. Ni para bañarte. ¿Me oyes? —Sí, papi.

Saqué a mi familia de la casa en menos de diez minutos. Laura lloraba, exigía explicaciones, pero yo no podía decirle: “Una bruja muerta quiere el alma de nuestra hija”. Solo le dije que me había metido en problemas con unos prestamistas pesados y que nos iban a venir a cobrar. Eso en México es tan terrorífico como los fantasmas, así que me creyó y corrió.

Cuando vi el taxi (uno de sitio seguro, no de app) alejarse con ellos, me sentí solo. Completamente solo en la inmensidad de la Ciudad de México. Pero no tenía tiempo para el miedo. Tenía que terminar esto.

EL CONSEJO DE GUERRA

Fui directo al Mercado de Sonora otra vez. No esperé a mi abuela. Necesitaba hablar con Lucio a solas primero. Llegué a su local, empujando a la gente, ignorando los olores y el ruido. Lucio estaba fumando un puro, echando humo a su figura de la Santa Muerte. Cuando me vio entrar, no se sorprendió. —Ya viste la cajuela —dijo, sin voltear a verme. —Tú sabías. Sabías que no se iba a acabar quemando la foto. —Sabía que Doña Matilde no trabajaba sola —Lucio se giró. Su cara estaba seria, sudorosa—. Matilde era la cabeza, pero el cuerpo sigue vivo. Ella tenía un pacto con los Nahuales de los canales. Al matarla, rompimos el equilibrio. Ahora ellos quieren cobrar. Y el precio es tu sangre… o la de tu descendencia.

—No voy a dejar que toquen a Sofi. Prefiero morirme yo. —Eso es exactamente lo que vamos a intentar evitar, pero no te voy a mentir, muchacho: las probabilidades están de la chingada.

Mi abuela llegó en ese momento. Venía con una bolsa de mandado, pero no traía comida. Traía frascos, hierbas frescas que olían a monte, y una gallina negra viva atada de las patas. —No vas a ir solo, cabrón —me dijo mi abuela, dándome un zape en la nuca—. Tú empezaste esto por buen samaritano, pero nosotros lo vamos a terminar por familia.

Lucio desplegó un mapa viejo de Xochimilco sobre la mesa. No era un mapa turístico. Era un mapa hidrográfico antiguo, marcado con cruces rojas y símbolos extraños. —La casa de Nativitas era solo la fachada —explicó Lucio, señalando un punto profundo en la zona de lagunas, lejos de los embarcaderos turísticos—. El verdadero poder de Matilde viene de aquí. La “Chinampa del Ahogado”. Es una isla artificial que no aparece en Google Maps. Ahí es donde ella enterraba los ombligos de los niños que robaba. Ahí es donde está su Tona, su animal protector.

—¿Y qué tenemos que hacer? —Tenemos que ir ahí esta noche. Tenemos que llevar el Versa. —¿El coche? ¿Para qué? —Porque el coche es el vínculo. El coche es la “carroza fúnebre” que ella eligió. La esencia de Mariana y la marca de la bruja están impregnadas en el metal. Vamos a usar el coche como cebo. Lo vamos a llenar de pólvora y ofrendas. Lo vamos a llevar hasta la orilla más cercana y… bueno, ya verás.

LA PREPARACIÓN DEL CEBO

Pasamos la tarde convirtiendo mi taxi en una bomba espiritual. Lucio pintó símbolos de protección (firmas de Palo Mayombe) en las ventanas con una mezcla de cascarilla y pintura blanca. Mi abuela llenó la cajuela y el asiento trasero con romero, pirul, y litros de alcohol industrial. Colocamos la muñeca que encontré en la cajuela en el asiento del copiloto, atada con una cinta roja.

—Esto va a engañar a los espíritus —dijo Lucio—. Van a creer que la ofrenda (tu hija) va en el coche. —¿Y yo dónde voy? —Tú vas manejando, pendejo. Hasta el último momento.

Se me heló la sangre. —¿Tengo que manejar esa madre hasta allá? —Si no lo manejas tú, no vienen. Tú eres el que tiene la deuda. Tienes que llevarles el pago a la puerta.

Compré dos garrafones de gasolina. Saqué todos mis ahorros del banco, lo poco que tenía, para pagarle a Lucio los materiales. Él no quería cobrarme, pero mi abuela insistió: “El trabajo regalado no sirve, se tiene que pagar con sudor o dinero”.

A las 10:00 PM, la caravana salió hacia el sur. Yo iba manejando el Versa maldito. Mi abuela y Lucio iban atrás en la camioneta pickup. El viaje fue una tortura psicológica. El coche se comportaba como una bestia herida. El volante se jaloneaba hacia la izquierda, queriendo chocar contra los muros de contención. Las luces del tablero parpadeaban formando patrones. El radio se encendía solo con estática y susurros. “Ven… ven… te esperamos…”.

Yo iba rezando, agarrado al volante con los nudillos blancos. —Tú eres una máquina —le decía al coche—. Eres fierro y plástico. Yo soy el que manda.

Pero por el retrovisor, veía cosas. Veía sombras sentadas en el asiento de atrás. No una chica de blanco esta vez. Veía cosas oscuras, peludas, con ojos rojos brillantes que desaparecían cuando volteaba rápido. Eran los nahuales. Me venían escoltando.

LA BOCA DEL LOBO

Llegamos a una zona de Xochimilco que yo no conocía. Lejos de las luces, lejos de la fiesta. Era una zona de terracería, pegada a un canal negro y pestilente. La niebla era tan espesa que los faros del coche apenas alumbraban dos metros adelante.

Nos detuvimos en un claro cerca del agua. Bajé del coche temblando. El silencio era absoluto. No había grillos, no había perros. Solo el sonido del agua chapoteando suavemente contra la orilla fangosa.

Lucio y mi abuela bajaron de la camioneta. Lucio traía su machete y una botella de aguardiente. Mi abuela traía un manojo de ocote (madera para prender fuego) y la gallina negra.

—Aquí es —susurró Lucio—. Este es el cruce. De aquí salen las trajineras de los muertos.

De entre la niebla, apareció una figura. Me sobresalté y agarré una llave de cruz que traía en la mano. Pero era un hombre. Un viejo lanchero, con la piel curtida como cuero y un sombrero de paja deshecho. Estaba parado en una trajinera negra, sin nombre, sin flores, sin adornos. Solo madera podrida.

—Los estaba esperando —dijo el viejo con una voz que sonaba a piedras rodando—. El Patrón dice que traen el pago. Lucio se adelantó. —Traemos el pago, Don Goyo. Pero queremos cruzar a la Chinampa del Ahogado. El viejo escupió al agua. —Nadie va allá y regresa. Pero si traen fuego, yo los llevo.

Subimos las cosas a la trajinera. Lucio me indicó que tenía que subir el coche. —¿Cómo voy a subir el coche a una trajinera? —No a esta. A la plataforma de carga.

Había una especie de chalana (balsa plana) amarrada a la orilla. Con unas tablas viejas, y rezando para no voltearme, logré subir el Versa a la plataforma. El coche pesaba, la madera crujía, pero aguantó.

Amarramos la chalana a la trajinera del viejo Don Goyo. Empezamos a navegar hacia la oscuridad.

El viaje por los canales fue lo más aterrador que he vivido. El agua estaba viva. Veía manos pálidas que salían de la superficie y arañaban la madera de la balsa donde iba mi coche. Escuchaba risas de niños debajo del agua. —No mires al agua —me ordenó mi abuela—. Si miras tu reflejo, te jalan.

Lucio iba en la proa, fumando tabaco y escupiendo ron al aire, cantando en un idioma africano para abrir camino. “Oggun shoro shoro, eyebale kawo…”.

De repente, la niebla se abrió. Frente a nosotros, en medio de la laguna negra, había una isla. La “Chinampa del Ahogado”. No era tierra normal. Los árboles estaban torcidos, negros, sin hojas. Y de las ramas… colgaban cientos, miles de muñecas. Pero no como en la isla turística. Estas muñecas eran recientes. Muñecas de plástico, Barbies sucias, peluches desgarrados. Y entre las muñecas… huesos. Huesos de animales y, estoy seguro, huesos que no eran de animales.

En el centro de la isla, había una choza de adobe y carrizo. Y frente a la choza, un fuego verde ardía sin leña.

—Llegamos —dijo Don Goyo—. Yo aquí los espero. No piso esa tierra ni por todo el oro del mundo.

LA BATALLA FINAL

Bajamos la plataforma hasta la orilla lodosa. Me subí al Versa. —Beto —me dijo Lucio acercándose a la ventanilla—. Escucha bien. Vas a arrancar el coche. Vas a acelerar hacia la choza. Cuando estés a punto de chocar, te avientas. ¿Entendiste? Te avientas. No te quedes a ver el golpe. Nosotros nos encargamos del resto.

Asentí, tragando saliva. Lucio roció el coche con gasolina por última vez. Mi abuela me dio un beso en la frente y me puso una cruz de ceniza. —Que la Virgen te cubra con su manto.

Arranqué el motor. El Versa rugió. Esta vez no se ahogó. Parecía ansioso. Parecía que el coche también quería morir.

Lucio y mi abuela se quedaron atrás, empezando un cántico fuerte, golpeando el suelo con el machete y un bastón. —¡SALGAN! —gritó Lucio—. ¡AQUÍ ESTÁ SU CARNE!

La puerta de la choza se abrió de golpe. Y salieron. No eran personas. Eran tres perros enormes, negros, del tamaño de becerros. Pero tenían manos en lugar de patas delanteras. Y sus caras… sus caras tenían rasgos humanos retorcidos. Eran nahuales. Los guardianes de Matilde.

Detrás de ellos, una sombra se levantó del fuego verde. Una columna de humo denso que tomó la forma de la anciana, pero gigante, de tres metros de altura. —¡TRAIDOR! —retumbó la voz en mi cabeza.

Aceleré. Metí el pie a fondo. Las llantas patinaron en el lodo y luego agarraron tracción. El coche salió disparado hacia la choza. Los perros-nahuales corrieron hacia mí. Uno saltó sobre el cofre. Vi su cara a través del parabrisas. Tenía los ojos de un hombre loco y colmillos amarillos. Golpeó el cristal, rompiéndolo. Su garra trató de agarrarme la cara.

—¡Muérete! —grité, y di un volantazo para sacudírmelo. El bicho cayó y las llantas traseras le pasaron por encima con un crujido asqueroso.

La sombra gigante de la bruja se interpuso en mi camino. Estaba a veinte metros de la choza. Quince metros. Diez metros.

La temperatura dentro del coche subió a mil grados. Sentía que me quemaba vivo. Escuchaba los gritos de Sofi, de Laura, de mi madre muerta. “Frena, Beto. Frena y te damos oro. Frena y te damos vida eterna”. Eran mentiras. Puras mentiras del diablo.

Cinco metros. Abrí la puerta. —¡POR MI HIJA! —grité.

Me lancé del coche en movimiento. Caí en el lodo, rodando. Sentí que algo se me rompía en el hombro, pero la adrenalina no me dejó sentir dolor. El Versa siguió su camino, como una flecha de metal y furia. Chocó contra la columna de humo y se estrelló de lleno contra la choza de adobe.

¡BOOM!

El impacto fue brutal. Pero la explosión que siguió fue peor. Los garrafones de gasolina, el alcohol, las hierbas… todo prendió al instante. Una bola de fuego naranja y azul iluminó la noche de Xochimilco como si fuera mediodía.

Escuché alaridos. Gritos que no eran de este mundo. La sombra de la bruja se retorcía en el fuego. El coche ardía en el centro de la estructura, y me pareció ver, por un segundo, a alguien sentado en el asiento de atrás, entre las llamas. Era una silueta blanca. Mariana. Pero esta vez no estaba triste. Estaba saludando. Se estaba despidiendo. La chica fantasma se estaba llevando a la bruja al infierno con ella. El coche era su prisión, pero ahora era su arma.

Los otros dos nahuales intentaron huir del fuego, pero Lucio estaba ahí. Lo vi decapitar a uno con su machete de un solo tajo limpio. El cuerpo del animal se convirtió en polvo al tocar el suelo. Mi abuela arrojó la gallina negra al fuego (ya sacrificada) gritando: —¡PAGO SALDADO! ¡SANGRE POR SANGRE!

La choza se derrumbó. El fuego consumió todo. Las muñecas en los árboles empezaron a derretirse, goteando plástico como lágrimas negras.

Me quedé tirado en el lodo, mirando las llamas, hasta que Lucio me levantó. —Vámonos, muchacho. Antes de que el agua suba. La isla se está hundiendo.

Y era verdad. La tierra bajo nuestros pies se estaba haciendo líquida. La chinampa, sin la magia negra que la sostenía, se estaba deshaciendo. Corrimos a la trajinera. Don Goyo remó como si el diablo nos persiguiera (y literalmente, así era). Mientras nos alejábamos, vi cómo la isla entera, con mi coche ardiendo y los restos de la brujería, se hundía lentamente en el agua negra de los canales. El agua se tragó el fuego con un siseo gigante. Y luego… silencio. Solo niebla.

EPÍLOGO: LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Han pasado seis meses desde esa noche.

Tengo una cicatriz fea en el hombro donde caí, y a veces, cuando llueve, me duele. Los doctores dicen que es reumatismo, yo digo que es el recuerdo.

Nunca volví a manejar un taxi. Ni Uber, ni Didi, ni nada. Ahora trabajo en una bodega de la Central de Abastos, cargando cajas. Es una chinga, me duele la espalda, gano menos lana, pero duermo tranquilo.

Sofi está bien. Al principio tenía pesadillas, pero mi abuela le hizo varias limpias y poco a poco se le olvidó la “amiga de blanco”. Ahora solo le preocupa que se le caigan los dientes de leche. Laura nunca supo la verdad completa. Cree que me robaron el coche y lo quemaron unos narcos. Mejor que crea eso. La verdad es demasiado pesada para cargarla.

Pero hay cosas que no se van. A veces, cuando camino por la calle y pasa un Nissan Versa gris, me da un vuelco el corazón. A veces, cuando hay neblina en la ciudad, me llega ese olor… olor a nardos y a agua podrida.

Y la otra noche… la otra noche encontré algo en mi chamarra vieja. Metí la mano al bolsillo buscando monedas, y mis dedos tocaron algo frío. Saqué la mano. Era una moneda de 10 pesos. Normal. Pero al lado de la moneda, había un pétalo. Un pétalo blanco, fresco, de nardo. Y en el reverso de la moneda, alguien había rascado con una navaja una palabra diminuta: “GRACIAS”.

Se me salió una lágrima. No de miedo. De tristeza. Mariana por fin descansó. O eso quiero creer. Pero Xochimilco sigue ahí. Y los canales son viejos, más viejos que la ciudad, más viejos que nosotros. Y tienen hambre.

Si algún día andan por el sur de la CDMX, de noche, y ven a una chica sola esperando transporte… no se paren. No es por ser culeros. Es por sobrevivencia. Porque hay viajes que, una vez que los aceptas, nunca terminan. El taxímetro sigue corriendo, aunque tú ya estés bajo tierra.

Y si de casualidad se suben a un taxi y huele a flores cuando no debería… bájense. Bájense y corran. Porque tal vez, solo tal vez, ese chofer no está solo. Y tal vez, el asiento de atrás está reservado para alguien que lleva mucho tiempo esperando volver a casa.

(FIN)

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Encontré a esta mujer congelada en la calle protegiendo a un gatito, pero las últimas palabras que me susurró antes de djar este mundo revelaron el secreto más oscuro y pligroso de todo mi pueblo.

El frío en la Sierra Norte no te avisa, te muerde. Aquí en mi pueblo, el aire no sopla, corta como si trajera navajas escondidas entre la…

¿Alguna vez has sentido que el hambre de tu familia te obliga a perder la dignidad frente a quienes lo tienen absolutamente todo? Esta es la noche en que fui humillada por intentar rescatar un triste plato de sobras frías que iban directo a la basura, todo mientras un extraño en las sombras observaba en silencio cada uno de mis movimientos sin que yo tuviera la menor idea.

“¿Te parece normal esto, llevarte la comida como si esto fuera tu casa?”. La voz de Sergio, el gerente, cortó el aire pesado de la cocina como…

Mis manos temblaban con desesperación al guardar ese pequeño trozo de carne para mi hermanito, sabiendo perfectamente que en mi casa solo había una triste sopa de agua con arroz. Lo que nunca imaginé fue que el gerente cruel me atraparía en el acto, tiraría la comida a la basura frente a mis propios ojos y que mi destino cambiaría radicalmente gracias a la presencia de un misterioso hombre en el fondo del restaurante.

“¿Te parece normal esto, llevarte la comida como si esto fuera tu casa?”. La voz de Sergio, el gerente, cortó el aire pesado de la cocina como…

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