Llevaba tres noches cambiándole trapos manchados a un desconocido que no dejaba de pedirle perdón a los fantasmas. El frío allá afuera en la sierra de Chihuahua calaba hasta los huesos, pero el ambiente adentro de mi cabaña era mil veces más pesado. Su pierna izquierda era un desastre de carne abierta por el ataque, y cada vez que yo le apretaba las vendas, él se retorcía.
Entre delirios de fiebre, Gabriel no paraba de repetir nombres: “Elena… Tomás… Perdónenme”. Y luego soltaba esa frase que me revolvía las tripas: “Yo no estaba allí”. Yo tragaba saliva cada vez que lo escuchaba, porque esa misma culpa me venía tragando viva desde que perdí a mi esposo, Daniel, por no estar a tiempo cuando la fiebre lo atacó hace dos años. Yo le sostenía la cabeza para darle poquitos sorbos de caldo, sintiendo el peso de mis propios muertos.
En la mañana del cuarto día, la fiebre por fin cedió. Desperté en la silla de madera, con el pelo suelto escapándose de mi trenza, y me di cuenta de que él me estaba viendo fijamente. Me dijo con voz rasposa que no debí haberlo salvado. Le contesté que tal vez no, pero lo hice. Justo cuando nuestras miradas se cruzaron, reconociendo el cansancio y las pérdidas del otro… el silencio se rompió. Alguien soltó unos golpes pesados contra la puerta. Yo me tensé al instante y le susurré que no se moviera.
Parte 2
El sonido de los nudillos contra la madera vieja retumbó en las paredes de la cabaña como si fueran martillazos directos a mi cráneo.
—No te muevas —le repetí a Gabriel, apenas moviendo los labios.
Él asintió despacio. Tenía los ojos desorbitados, inyectados de sangre, y el sudor frío le volvía a perlar la frente a pesar de que la fiebre ya había cedido. Su mano, temblorosa, agarró el borde de la cobija con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sabía quiénes eran. No tuve que preguntárselo; el terror puro en su cara me lo dijo todo.
Me levanté de la silla de madera despacio, cuidando de que las patas no rechinaran contra el piso de tierra apisonada. Caminé de puntitas hacia el rincón donde había dejado mi rifle recargado. El metal del cañón estaba helado. Lo agarré con las dos manos, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas con la fuerza de un animal atrapado.
—¡Abre la puerta! —gritó una voz ronca desde afuera, arrastrando las palabras con ese acento golpeado de los que bajan de la sierra alta, de los que no piden permiso para nada.
Me pegué a la pared, justo al lado del marco de la ventana, cuidando que mi sombra no se proyectara hacia afuera. Podía escuchar el crujir de la nieve bajo unas botas pesadas. No era uno solo. Eran al menos tres. El sonido de sus pasos rodeando la cabaña me revolvió el estómago.
—Sabemos que hay alguien adentro. Sale humo de la chimenea —dijo otra voz, más joven pero igual de áspera—. ¡Ábrele, cabrón, o te la tumbamos a plomazos!
Tomé aire. Tenía que sonar firme. Tenía que sonar como una mujer viuda a la que no le importa nada.
—¿Quién es y qué se le perdió en mi propiedad? —grité, intentando que la voz no me temblara.
Hubo un silencio pesado del otro lado. Solo se escuchaba el silbido del viento cortando las ramas de los pinos.
—Señora —contestó el primero, bajando un poco el tono pero sin perder la amenaza—. Andamos buscando a un pendejo que se nos peló anoche. Vimos el rastro de sangre allá en el claro. Las huellas vienen p’acá.
Tragué saliva. La sangre. La nieve estaba empapada cuando arrastré a Gabriel. Seguramente los lobos lidiaron con los restos del caballo, pero mi trineo debió dejar una marca clara hasta mi puerta.
—Aquí no hay nadie más que yo —respondí, aferrando el rifle contra mi pecho—. Ayer en la tarde le di un tiro a un venado, pero se me fue corriendo. Los lobos se lo terminaron tragando, ni pude arrimarme. Si vieron sangre, es de eso. Lárguense de aquí, mi marido está por llegar con leña y trae la escopeta cargada.
Mentiras. Puras mentiras que me sabían a ceniza en la boca. Mi Daniel llevaba dos años enterrado bajo esa misma nieve.
Escuché murmullos afuera. Un roce metálico, como si alguien estuviera cortando cartucho. Cerré los ojos, preparándome para el estallido, pero en su lugar, escuché una risa seca.
—Mire nomás, qué casualidad —dijo el hombre—. Pues dígale a su marido que cuando llegue nos prepare café. Vamos a revisar sus corrales, nomás por no dejar.
Los pasos se alejaron hacia la parte de atrás de la cabaña, donde tenía mis gallinas y el cobertizo de la leña. Solté el aire de golpe, resbalándome por la pared hasta quedar en cuclillas. Me temblaban las rodillas. Miré hacia la cama. Gabriel me observaba con una expresión que me partió el alma. Era una mezcla de vergüenza y desesperación.
—Son ellos —susurró, con la voz rota.
Me acerqué rápido a la cama.
—¿Quiénes son? —le exigí en voz muy baja—. Te saqué de las hocicos de esos animales, llevas tres días sangrando en mi cama, creo que me merezco la verdad.
Gabriel tragó grueso. Se miró las manos manchadas de mugre y sangre seca.
—Son la gente de ‘El Mudo’ Torres. Caciques de allá de Madera. Me venían cazando desde antier.
—¿Qué les hiciste? —pregunté, sintiendo un frío distinto al del invierno metiéndoseme en los huesos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. Era un llanto seco, de alguien que ya lloró todo lo que tenía que llorar.
—Les debía dinero —confesó, apretando los dientes—. Dinero para las medicinas de mi chamaco. Tomás. Tenía los pulmones jodidos. No me querían prestar en ningún lado, así que me metí a trabajar en sus aserraderos clandestinos. Pero no pagaban, Sara. Nomás te endeudaban más. Cuando quise salirme, me dijeron que no. Que yo ya era de ellos.
Me senté en la orilla de la cama. El instinto me decía que agarrara mis cosas y corriera, pero no podía. Ya estaba metida hasta el cuello en esto.
—¿Qué pasó con tu hijo? —pregunté, aunque muy en el fondo presentía la respuesta, recordando los nombres que repetía en sus delirios.
Gabriel sollozó, un sonido patético y ahogado que resonó en la pequeña habitación.
—Fui a la ciudad a buscar a un compadre que me debía un favor. Pensé que con ese dinero podíamos pelarnos. A Elena no le gustaba la idea. Me dijo que no los dejara solos. Pero yo… yo pensé que era rápido. Dos días, máximo.
Se llevó las manos a la cara. Los hombros le temblaban violentamente bajo las cobijas.
—Cuando regresé… la casa estaba quemada —continuó, con la voz reducida a un hilo rasposo—. A Elena la encontraron en el patio. A m’ijo ni siquiera lo dejaron salir del cuarto. Los quemaron vivos, Sara. Los quemaron por mi culpa. Por no estar ahí.
Se me formó un nudo en la garganta tan duro que dolía. “Yo no estaba allí”. Esas eran las palabras que murmuraba ardiendo en fiebre. Las mismas palabras que me repetía yo frente a la tumba de Daniel, maldiciendo el día en que decidí bajar al pueblo por harina en lugar de quedarme a cuidarlo.
—Yo no estaba allí, Sara —repitió Gabriel, mirándome a los ojos con una vulnerabilidad que me desarmó por completo—. Dios sabe que preferiría haberme quemado con ellos. Me escapé, me robé ese caballo para venir a matarlos a todos, pero me emboscaron antes de llegar. Luego mi caballo se asustó con la manada de lobos y me tiró… el resto ya lo sabes.
No supe qué decir. ¿Qué le dices a un hombre que lo ha perdido todo por un error? ¿Qué le dices cuando tú misma cargas con un fantasma idéntico en la espalda? Le puse una mano en el hombro, sintiendo sus huesos marcados bajo la camisa delgada.
—No fue tu culpa —le dije, con la voz ronca—. Tú querías salvarlos.
—¡Pero los dejé! —exclamó en un susurro desesperado—. Igual que un cobarde.
—Las cosas pasan, Gabriel. A veces uno hace lo que cree que es correcto y el mundo de todos modos se va a la chingada. —Apreté su hombro—. Mi esposo, Daniel… él murió de calentura hace dos años. Yo había bajado al pueblo a traer medicinas para un vecino. Me tardé un día de más por la nevada. Cuando volví, él ya estaba delirando. Se murió esa misma noche.
Gabriel me miró, sorprendido. Por primera vez en cuatro días, la tensión entre nosotros no era de desconfianza, sino de puro y doloroso entendimiento.
—Si yo hubiera estado aquí… —murmuré, secándome una lágrima traicionera que se me escapó por la mejilla—. Tal vez le habría bajado la fiebre a tiempo. Tal vez no se habría ahogado en sus propios fluidos. No hay día que no me culpe, Gabriel. No hay madrugada que no me despierte pensando que lo dejé morir solo.
Él levantó su mano temblorosa y, con una torpeza casi infantil, tocó mi muñeca.
—Tú me salvaste a mí, Sara. Te jugaste la vida por un extraño.
—Y tal vez fue una pendejada —respondí, soltando una risa amarga y corta—. Porque ahora estamos los dos encerrados aquí, con tres sicarios revisando mis corrales.
El crujido de la madera afuera nos interrumpió. Los pasos volvían hacia la parte frontal de la cabaña. Me levanté rápido, soltando su mano, y volví a agarrar el rifle. Me pegué a la pared junto a la puerta.
—Señora —gritó el hombre desde afuera—. Su leña está muy bonita, pero no vemos rastro de su marido. Y esas huellas de trineo que entran a su casa están muy marcadas pa’ ser nomás de un venado.
Cerré los ojos. Maldita sea.
—Vamos a hacer una cosa —continuó la voz, ahora más cerca, pegada casi a la madera de la puerta—. Ábranos por las buenas, revisamos, y si no hay nada, nos vamos y aquí no pasó nada. Si no abre, le prendemos fuego a la cabaña con usted adentro. Y a su marido, si es que llega, lo colgamos de aquel pino.
El pánico me subió por la garganta como bilis ácida. Miré a Gabriel. Él ya estaba intentando sentarse en la cama, mordiéndose los labios para no gritar del dolor en la pierna. Hizo un ademán con las manos, señalándome el piso, pidiéndome que me agachara.
—Sara —susurró—. Entrégame.
Negué con la cabeza violentamente.
—¡Estás loco! Te van a matar aquí mismo.
—Es a mí a quien quieren. Tú no tienes por qué morir por mis pendejadas. Déjalos entrar, diles que me encontraste tirado y que me ibas a entregar. Diles que te amenacé.
—¡No voy a hacer eso! —le siseé, sintiendo que la sangre me hervía de coraje. Yo ya había dejado morir a un hombre en esta casa. No iba a dejar que pasara otra vez. No bajo mi techo. No mientras yo estuviera de pie.
—¡Tiene un minuto, señora! —gritaron afuera. Escuché el sonido del chapopote derramándose sobre la madera exterior. Estaban rociando gasolina.
—Gabriel, escúchame bien —le dije, acercándome a la cama y pasándole uno de mis cuchillos de cacería—. Si entran, vas a clavarle esto al primero que se te acerque al cuello. ¿Me oíste? Al cuello. No dudes.
Él agarró el cuchillo. Sus manos temblaban menos ahora. La adrenalina estaba reemplazando al dolor.
Caminé hacia la puerta. Me quité el seguro del rifle.
—¡Voy a abrir! —grité—. ¡No disparen!
Me pegué a la pared, justo del lado donde las bisagras abrían hacia adentro. Agarré el picaporte de hierro helado. Conté hasta tres en mi cabeza.
Uno.
Dos.
Tres.
Tiré de la puerta con todas mis fuerzas y me eché hacia atrás.
El primer hombre entró de golpe, empujando con el hombro, con la pistola desenfundada. Era alto, traía una chamarra de cuero gastada y los ojos muy abiertos. No le di tiempo de reaccionar. Le metí un culatazo con el rifle directo en la nariz. El hueso crujió con un sonido repugnante y el hombre cayó de espaldas, soltando un grito ahogado y tirando su arma al piso de tierra.
El segundo sicario intentó meterse, pero al ver a su compañero en el suelo, levantó su escopeta. No la pensé. Apreté el gatillo de mi rifle. El disparo fue ensordecedor dentro de la cabaña. La bala le dio en el hombro, haciéndolo girar sobre sí mismo antes de caer a la nieve afuera.
El tercer hombre, el de la voz ronca, disparó a ciegas desde afuera. Las balas atravesaron la madera de las ventanas, haciendo estallar los pocos vidrios que quedaban. Me tiré al piso, cubriéndome la cabeza con los brazos mientras la lluvia de astillas me caía encima.
—¡Hija de tu puta madre! —gritó el que estaba afuera.
El hombre al que le había roto la nariz empezó a retorcerse en el suelo, llevándose las manos a la cara ensangrentada. Intentó alcanzar su pistola, pero yo pateé el arma lejos. Antes de que pudiera hacer otra cosa, Gabriel, arrastrando su pierna destrozada, se dejó caer de la cama sobre él. Con una fuerza que no sé de dónde sacó, le clavó el cuchillo de cacería en el costado.
El hombre soltó un alarido gutural y dejó de moverse.
El olor a pólvora, sangre y tierra húmeda inundó la cabaña. Me arrastré por el piso hasta llegar al lado de Gabriel. Estaba pálido, respirando con dificultad, con las manos manchadas del rojo brillante del hombre muerto debajo de él.
—Nos falta uno —le susurré, recargando mi rifle con manos temblorosas. Solo me quedaba un tiro.
El silencio volvió a caer sobre la sierra. Era un silencio denso, pesado, de esos que avisan que algo peor está por venir.
—¡Se los va a cargar la chingada! —gritó el hombre afuera. Su voz ya no sonaba tan segura, sonaba desesperada—. ¡Voy a quemar esta maldita choza con ustedes adentro!
Escuché el sonido de un encendedor. El chasquido de la piedra.
—Sara —dijo Gabriel, agarrándome del brazo con desesperación—. La puerta trasera.
Negué con la cabeza.
—La trabé por fuera en la mañana para que el viento no la abriera. Estamos encerrados.
El olor a gasolina empezó a filtrarse por las rendijas. Si prendía el fuego, la madera seca de las paredes ardería en segundos. No teníamos salida.
—Tienes que dispararle —me dijo Gabriel—. A través de la pared.
—No sé dónde está parado. Si fallo, estamos muertos.
—Yo lo voy a distraer.
Antes de que pudiera detenerlo, Gabriel se arrastró hacia la puerta frontal abierta.
—¡Eh, cabrón! —gritó Gabriel, asomando la mitad del cuerpo hacia afuera—. ¡Aquí estoy! ¡A mí es al que buscas!
—¡Gabriel, no! —grité, intentando jalarlo de la camisa.
El hombre afuera soltó una carcajada enferma.
—¡Hasta que das la cara, perro!
Escuché los pasos del hombre acercándose a la puerta, pisando la nieve con fuerza. Gabriel me miró de reojo y asintió levemente. Era ahora o nunca.
Me asomé apenas unos centímetros por el marco de la puerta. El sicario estaba a tres metros, sosteniendo un trapo en llamas y una pistola apuntando directo a la cabeza de Gabriel.
Levanté el rifle. El cañón temblaba. Mi respiración era errática. Recordé los ojos amarillos de los lobos en la nieve, esperando su momento para matar. Recordé el rostro pálido de Daniel en su ataúd de pino. Recordé que ya no estaba dispuesta a perder a nadie más.
Aguanté la respiración y apreté el gatillo.
El estruendo hizo eco en las montañas. El sicario se quedó congelado por una fracción de segundo. El trapo en llamas cayó de su mano, aterrizando inofensivamente en la nieve húmeda. Llevó ambas manos a su pecho, soltó un quejido sordo, y se desplomó de rodillas antes de caer boca abajo.
El silencio absoluto regresó.
Tiré el rifle vacío al suelo. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sentirlas. Me acerqué a Gabriel. Estaba recargado contra el marco de la puerta, con los ojos cerrados y la respiración agitada. Su pierna vendada estaba sangrando de nuevo, empapando la tela de un rojo fresco.
—Ya pasaron —murmuré, cayendo de rodillas junto a él—. Ya se acabó.
Gabriel abrió los ojos despacio. Me miró fijamente. No había alegría en su rostro, ni alivio. Solo el cansancio extremo de quien ha peleado demasiado tiempo contra sus propios demonios.
—Gracias, Sara —dijo en un susurro.
Con esfuerzo, lo ayudé a levantarse a medias y lo arrastré de vuelta a la cama, lejos de la puerta abierta que dejaba entrar el aire congelado. Cerré la puerta de un golpe, pasé la tranca y me dejé caer en la silla de madera, completamente agotada.
Afuera, la tormenta de nieve volvía a arreciar, borrando las huellas de sangre, enterrando los cuerpos, tapando la maldad que había venido a buscarnos.
Miré a Gabriel. Estaba mirando el techo, con los ojos perdidos pero más serenos que hace unos días. Ya no repetía nombres. Ya no pedía perdón.
Yo miré mis propias manos, manchadas de tierra y sangre. Respiré profundo. El dolor en mi pecho, ese animal agazapado que me recordaba todos los días la muerte de Daniel, seguía ahí. Pero de alguna manera, hoy pesaba menos. Hoy no me había acobardado. Hoy no había llegado tarde.
Hoy, yo sí había estado ahí.
FIN