Nadie iba a ayudarla en medio de esa tierra olvidada, y aunque yo llevaba años evitando problemas, el sonido de su voz quebrada me hizo levantar el rifle contra esos tres cobardes.

El olor a queroseno ardiente me golpeó la cara antes de que pudiera frenar al caballo. Llevaba tres largos años vagando solo por las tierras ásperas de Chihuahua, tragando polvo desde que enterré a mi esposa Aurelia junto a un álamo seco. No buscaba a nadie, mi caballo gris y yo solo queríamos que la distancia nos borrara despacio de este mundo. Pero entonces vi esa columna de humo negro, espeso y violento, subiendo al cielo como un grito.

Me acerqué despacio, amarré a mi caballo y me escondí detrás de unas piedras. Lo que vi me revolvió las tripas. Tres infelices con sombreros anchos y rifles cruzados en los brazos estaban parados frente a una vieja cabaña de troncos envuelta en llamas. Se reían. Se estaban riendo a carcajadas mientras una mujer tosía y golpeaba la puerta desde adentro, rogando con una voz rota y llena de ceniza que la sacaran, que se estaba quemando.

Uno de ellos hasta pateó la tierra, escupió al suelo y le gritó que ya casi se acababa todo, esperando con toda la calma del mundo a que el fuego terminara el trabajo que ellos mismos habían empezado.

Yo ya no sentía nada por la vida; mi cantimplora, un poco de cecina y mi viejo rifle eran lo único que cargaba. Pero al escuchar el llanto desesperado de esa mujer, un impulso viejo, primitivo y más fuerte que mi propio cansancio de vivir se me despertó de golpe en el pecho.

Revisé la recámara de mi rifle, salí de entre las rocas y caminé hacia ellos con pasos lentos. El primero me vio de reojo y me gritó que me largara, que eso no era asunto mío. El segundo desgraciado ya estaba bajando la mano hacia su revólver, advirtiéndome lo mismo.

Me frené a unos veinte metros, levanté mi rifle lentamente y le apunté directo al pecho al que había hablado. El aire se sintió pesado, ahogado por el humo y el crujir de la madera, mientras mis manos temblaban de puro coraje y la mujer adentro soltaba un último grito.

Parte 2

El vato al que le estaba apuntando directo al pecho se me quedó viendo. Me barrió con la mirada, desde mis botas gastadas hasta mi cara quemada por el sol, dándose cuenta de que yo solo era un hombre apache viudo y cansado. Esbozó una sonrisa chueca, de esas que ponen los cabrones cuando creen que tienen el mundo agarrado a manos llenas. A su espalda, las llamas seguían lamiendo la madera de la cabaña con un hambre feroz.

—¿Tú y cuántos más, pinche viejo? —escupió el infeliz, sin siquiera intentar bajar el cañón de su rifle—. Lárgate antes de que te echemos al fuego con la perra esa.

El segundo hombre, el que ya tenía la mano en el revólver, no esperó a que yo respondiera. Desenfundó rápido. Pero en el desierto del norte de México, a veces el destino llega montado a caballo, y el mío me había enseñado a no dudar.

Apreté el gatillo.

El retroceso de mi viejo rifle me golpeó el hombro con fuerza familiar. El disparo sonó como un trueno seco que partió la tarde en dos. El cabrón que había hablado cayó de rodillas, agarrándose el pecho, con los ojos pelados de sorpresa antes de irse de boca contra la tierra suelta.

El del revólver soltó un tiro que me zumbó cerca de la oreja. Me tiré al suelo, rodando detrás de una carreta podrida que estaba tirada cerca de la entrada. El tercer hombre, que hasta entonces se había estado riendo de los gritos de la mujer, empezó a soltar plomo a lo pendejo contra mi escondite. La madera astillada me salpicaba la cara.

—¡Hijo de tu chingada madre! —gritaba uno de ellos.

Yo no sentía miedo. Llevaba tres años cabalgando solo por las tierras ásperas entre Sonora y Chihuahua, sintiendo que estaba muerto por dentro desde que enterré a mi esposa, Aurelia. La verdad es que una bala me hubiera hecho un favor. Pero el llanto de la mujer que estaba atrapada adentro, tosiendo y gritando con una voz rota que parecía hecha de ceniza, me amarraba a este mundo.

Cargué la recámara de nuevo. Me asomé un segundo, vi la sombra del segundo hombre moviéndose para flanquearme, y le solté un tiro que le destrozó la pierna. Cayó gritando como un animal herido. El tercero, al ver a sus dos compañeros tirados sangrando, se acobardó. Tiró el rifle al suelo, levantó las manos y salió corriendo hacia los matorrales, perdiéndose en la hondonada donde antes habían vivido otros colonos.

No me molesté en seguirlo. Me levanté sacudiéndome el polvo y corrí hacia la puerta de la cabaña en llamas. El calor era un infierno que me quemaba las pestañas.

—¡Hazte para atrás! —grité con todas mis fuerzas, esperando que me escuchara sobre el ruido del fuego.

Agarré vuelo y le metí una patada con la suela de la bota justo cerca de la chapa. La madera, ya debilitada por el fuego, cedió al segundo golpe con un crujido sordo. El humo espeso y negro salió de golpe, asfixiándome. Entré a ciegas, tapándome la boca con el brazo.

La vi tirada en una esquina del piso de tierra, hecha un ovillo, tosiendo pedazos de vida. Tenía el pelo chamuscado y la ropa manchada de hollín. La agarré por los brazos. Pesaba casi nada, como si el fuego ya le hubiera robado la mitad del alma.

—Ya te tengo, muchacha. Ya te tengo —le dije al oído, jalándola hacia la salida.

Cuando salimos al aire frío del atardecer, caímos los dos de rodillas. Ella respiraba con dificultad, temblando de pies a cabeza. Tenía los ojos muy abiertos, inyectados en sangre por el humo, y se me quedó viendo como si yo fuera un fantasma.

—Me… me iban a quemar viva —balbuceó, agarrándose de mi camisa con unas manos llenas de ceniza y mugre.

—Ya no —le respondí, secamente.

Fui por mi caballo, un mustang gris de lomo firme que aguardaba tranquilo a unos metros. Agarré mi cantimplora de cuero y le di a beber agua poco a poco. Luego le lavé un poco la cara. Tenía una herida profunda en la frente, de algún golpe que le habían dado antes de encerrarla.

No podíamos quedarnos ahí. El humo espeso subía al cielo como un grito, y ese cabrón que había escapado no tardaría en traer a más gente.

—¿Puedes montar? —le pregunté.

Ella asintió, aunque vi cómo se mordía el labio del dolor cuando la ayudé a subir a la silla. Yo tomé las riendas y caminé jalando al caballo. Nos alejamos de la cabaña, que a nuestras espaldas terminaba de colapsar en una lluvia de chispas anaranjadas.

Caminamos durante horas. La noche en el desierto cayó pesada, fría, de esas que te calan los huesos. Yo no tenía rumbo, solo distancia, pero ahora cargaba con una vida ajena. Encontramos un refugio temporal debajo de unas rocas, en una zona de cañadas secas. Bajé a la mujer, que estaba medio inconsciente. Le armé un lecho con unas cobijas viejas que llevaba en las alforjas y encendí una fogata muy pequeña, tapada con piedras para que nadie viera la luz.

Me senté frente al fuego, cortando pedazos de cecina con mi cuchillo. La miré dormir a tirones, quejándose en sueños. Su cara me recordaba demasiado a la de Aurelia en sus últimos días de fiebre. Sentí ese nudo en la garganta que llevaba tres años tragándome. Me pasé la mano por la cara, tratando de borrarme los recuerdos. Yo había aprendido a hablar solo lo necesario y a no volver la vista atrás, pero esa noche el pasado me estaba respirando en la nuca.

Al amanecer, ella despertó. Me miró con desconfianza al principio, pero luego la memoria del fuego le regresó a los ojos y su semblante se suavizó.

—Soy Elena —me dijo, con la voz todavía rasposa.

—Mateo Cruz —respondí, ofreciéndole un pedazo de carne seca.

Comió con desesperación. Mientras masticaba, el silencio entre los dos se volvió denso. Yo no quería preguntar, porque hacer preguntas significa involucrarse, y yo ya no esperaba nada de la vida. Pero ella necesitaba soltar el veneno.

—Querían las escrituras —soltó de repente, mirando las brasas muertas—. Mi esposo falleció el año pasado. Nos dejó un rancho cerca de la frontera. Unas tierras que dicen que tienen agua por debajo. Esos hombres… trabajan para un cacique de Sonora. Llevaban meses presionándome para vender a precio de nada. Me negué.

Se le quebró la voz. Se abrazó las rodillas, encogiéndose, tratando de hacerse pequeña.

—Ayer entraron a la fuerza. Me golpearon, me amarraron y me tiraron en esa vieja cabaña. Dijeron que, si no había dueña, no habría problema con las tierras.

Se quedó callada, y el peso de su historia cayó entre los dos como una piedra. Yo saqué mi cuchillo del cinturón y me puse a limpiar la tierra de la hoja.

—Te van a seguir buscando —le dije por fin.

—Lo sé. —Me miró con una mezcla de miedo y una resignación dolorosa—. Y a ti también, Mateo. Mataste a uno de sus hombres. Dejaste cojo a otro. No te van a perdonar eso. Deberías dejarme en el próximo pueblo y seguir tu camino.

Me le quedé viendo. Recordé el álamo seco junto al río que ya no corría, donde estaba enterrada mi Aurelia. Recordé lo que se siente que te arranquen de tajo lo único bueno que tienes en este maldito mundo. Yo no tenía nada más. Nada menos.

—Mi camino no lleva a ninguna parte, Elena.

Recogimos las cosas. La subí de nuevo al mustang y seguimos avanzando hacia el sur, buscando las rutas menos transitadas, lejos de los caminos de terracería donde las trocas de esos infelices pudieran alcanzarnos. Durante los siguientes tres días, el desierto fue nuestro único testigo. El polvo se nos metía en los poros, la sed nos quemaba los labios.

Poco a poco, Elena se fue recuperando. Empezó a caminar a mi lado durante las madrugadas para no cansar al caballo. Hablábamos poco, pero había un entendimiento silencioso entre los dos. Éramos dos almas rotas caminando por un purgatorio de arena y mezquites.

Al cuarto día, llegamos a un pequeño caserío abandonado cerca de un barranco. Las paredes de adobe estaban cayéndose a pedazos y el viento aullaba entre los techos de lámina oxidada. Decidimos pasar la noche ahí para resguardarnos del viento frío.

Mientras Elena preparaba un poco de café en una lata sobre el fuego, yo estaba afuera vigilando, limpiando el polvo de la recámara de mi rifle viejo. Fue entonces cuando escuché el motor.

No era el viento. Era el zumbido ahogado de una camioneta acercándose a baja velocidad, con las luces apagadas, intentando no hacer ruido.

Entré rápido al cuarto. Pateé tierra sobre la fogata para apagarla.

—¿Qué pasa? —susurró ella, poniéndose de pie de un salto.

—Nos encontraron.

Me asomé por la rendija de la ventana de madera podrida. Una troca negra se detuvo a unos cien metros. De ella bajaron cuatro hombres. Traían armas largas. La luna apenas y alumbraba, pero alcancé a ver que uno de ellos caminaba rengueando de una pierna. Era el cabrón al que le había disparado días atrás. Habían seguido nuestras huellas en la tierra.

—Escúchame bien —le dije a Elena, agarrándola por los hombros en la oscuridad. Sus ojos brillaban de pánico—. Vas a salir por la puerta de atrás. Hay un sendero que baja por el barranco. Toma al mustang y vete. No te detengas hasta que veas las luces de la carretera federal.

—¿Y tú? —Me agarró las manos con fuerza, clavándome las uñas—. ¡Te van a matar, Mateo! ¡Son cuatro!

—Aurelia me lleva esperando tres años. Ya es hora de que deje de hacerla esperar.

—¡No! No mames, Mateo, no puedes… no por mí. No me dejes sola otra vez con esta culpa.

Verla llorar de rabia y desesperación me partió lo poco de humanidad que me quedaba en el pecho. Pero ya estaba decidido. Mi vida se había acabado hacía mucho; la suya apenas estaba peleando por empezar.

—Vete, Elena. Es mi última palabra.

La empujé suavemente hacia la parte trasera de la casa. Escuché los pasos pesados de los hombres pisando la grava seca afuera.

—Salgan de ahí, hijos de la chingada. Sabemos que están adentro —gritó una voz áspera—. ¡Entrégame a la morra, viejo cabrón, y te damos una muerte rápida!

Elena soltó un sollozo ahogado. Me miró por última vez, asintió con la cabeza temblando y se escabulló por la puerta trasera. Escuché el relincho suave del caballo alejándose.

Tomé un respiro profundo. El olor a polvo y madera vieja me llenó los pulmones. Revisé mi rifle. Tres balas. Solo tres. Saqué mi cuchillo y lo puse sobre una mesa rota a mi lado.

—¡Aquí estoy, pendejos! —grité de vuelta, rompiendo el vidrio de la ventana con la culata del rifle.

No esperaron. Empezaron a rociar la casa a balazos. Los pedazos de adobe y yeso salieron volando por todas partes. Me tiré al piso, cubriéndome la cabeza mientras el ruido ensordecedor me taladraba los oídos.

Cuando hicieron una pausa para recargar, me asomé y disparé. Mi bala le dio en el pecho a uno que estaba intentando acercarse por la izquierda. Cayó seco. Me quedaban dos tiros.

—¡Hijo de puta! —bramó el que estaba cojo—. ¡Quémenlo adentro, igual que íbamos a hacer con la perra!

Sentí un escalofrío. Vi por la ventana cómo otro de los hombres encendía un trapo empapado en gasolina atado a una botella. Antes de que pudiera lanzarlo, me apoyé en el marco de la ventana y apreté el gatillo. La bala atravesó el cuello del hombre, y la botella cayó de sus manos, rompiéndose y envolviéndolo en llamas a él mismo. Sus gritos rasgaron la noche del desierto, horrendos y desesperados.

Me quedaba un tiro. Y todavía quedaban dos hombres, incluyendo al del revólver que venía cojeando, lleno de odio puro.

Me arrastré hacia la otra habitación. La puerta principal se abrió de una patada. El hombre cojo entró cojeando pesadamente, apuntando su revólver hacia las sombras. Su respiración era pesada.

—Te voy a despellejar vivo, indio cabrón… —susurró.

Salí de mi escondite y le apunté directo a la cara. Él me vio y levantó su arma al mismo tiempo.

Disparamos los dos.

Sentí como si un martillo al rojo vivo me hubiera golpeado el costado derecho del estómago. El impacto me tiró de espaldas contra la pared de adobe. Mi rifle se me resbaló de las manos.

Levanté la vista, parpadeando para quitarme el sudor y el dolor de los ojos. El hombre estaba tirado en el suelo, con un hoyo en la frente. Muerto.

Me agarré el costado. La sangre caliente y espesa me empapaba la camisa y se me escurría entre los dedos. Me dolía como si me estuvieran quemando desde adentro. Escuché pasos detrás de mí. El último hombre, el que había tirado la botella. No, ese estaba quemándose afuera. Era el conductor de la troca.

Me di la vuelta a duras penas. El hombre estaba parado en el umbral, temblando, viendo a sus tres compañeros muertos. Me miró a mí, tirado y desangrándome, y luego miró mi cuchillo sobre la mesa.

Hizo un ademán de agarrar su pistola. Yo me apoyé contra la pared, tosiendo sangre, y lo miré fijamente a los ojos. No había miedo en los míos. Solo vacío.

El hombre lo supo. Supo que, si daba un paso más, de alguna manera yo me lo iba a llevar conmigo al infierno. Retrocedió lentamente, bajó el arma, se dio la media vuelta y salió corriendo hacia la camioneta. Escuché el motor arrancar y los neumáticos patinar en la tierra suelta mientras huía despavorido.

Se hizo el silencio. Un silencio absoluto, pesado, roto solo por el crepitar lejano del hombre que seguía ardiendo afuera.

Me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentado en el piso de tierra. La herida en mi vientre latía al ritmo de mi corazón, cada vez más lento. Saqué mi cantimplora de cuero, pero me di cuenta de que se la había dado a Elena. Sonreí amargamente.

Cerré los ojos. El cansancio de vivir se fue desvaneciendo poco a poco. De repente, ya no sentía el frío del norte de México, ni el olor a pólvora. Sentí la brisa de un río que hace mucho había dejado de correr. Y ahí, bajo la sombra de un álamo, vi a mi Aurelia, esperándome con esa sonrisa suave que me había robado el alma hace tanto tiempo.

Había valido la pena.

FIN

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