El olor a cloro y alcohol clínico del Hospital General siempre me ha revuelto el estómago, pero esa noche ni siquiera podía pensar en eso. Eran pasadas las doce de la madrugada y yo sostenía a mi pequeña Mía contra mi pecho. Mi niña de apenas cuatro años ardía en fiebre, vomitando sin parar, y yo había gastado mis últimos doscientos pesos en un taxi desde Iztapalapa rogándole al chofer que volara.
Cuando por fin la enfermera dijo mi nombre, me temblaban las piernas de puro cansancio y miedo. Venía de un turno agotador limpiando pisos en un hotel, y lo único que me importaba era el rostro sudoroso de mi hija. Caminé por ese pasillo de baldosas blancas y abrí la puerta del consultorio número siete.
El médico estaba de espaldas revisando un expediente en el monitor. “Buenas noches. Pasen y tomen asiento, por favor”, dijo con una voz masculina, profunda y cálida.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones de golpe. Esa voz… la conocía mejor que la mía propia. Era la misma voz que me atormentaba en mis pesadillas y me abrazaba en mis sueños desde hacía cinco años, cuando me entregaron unas cenizas tras aquel maldito accidente automovilístico.
El médico se giró y sus ojos verdes chocaron con los míos. Era Santiago. Estaba ahí, vivo, respirando, con una bata blanca y el estetoscopio al cuello. El amor de mi vida, el padre de la criatura que agonizaba en mis brazos. Quise gritar, pero la voz se me atascó en la garganta. Sin embargo, lo que terminó de romperme el alma fue que me miró con simple curiosidad profesional; para él, yo era una completa extraña.
“Señora, ¿se encuentra bien?”, preguntó preocupado por mi palidez, dando un paso hacia nosotras. Al intentar tomar a la niña, sus manos rozaron mis brazos y vi cómo una descarga eléctrica pareció atravesarlo. Retrocedió de inmediato parpadeando rápido, llevándose una mano al pecho, respirando muy agitado.
“Disculpe… ¿nos conocemos?”, murmuró escudriñando mi rostro con una intensidad que quemaba. “Siento que la he visto antes. Algo en usted me… me duele”.
“No. No nos conocemos, doctor”, le mentí con la voz quebrada, retrocediendo hacia la puerta por puro instinto de supervivencia.
En ese momento exacto, la puerta del consultorio a mis espaldas se abrió de golpe.
Parte 2
La puerta de madera descarapelada chocó contra la pared con un sonido seco. El golpe me hizo dar un respingo, apretando todavía más a Mía contra mi pecho. El olor a cloro clínico y alcohol parecía haberse vuelto más espeso de repente.