
Me llamo Mateo. Tenía 14 años, pero la calle te hace sentir de 100. Estaba flaco como un hueso y mis labios estaban partidos por el frío de la ciudad.
Llevaba dos días sin probar bocado. Mi “casa” eran los cartones detrás de los contenedores del hospital privado, ahí donde las paredes cortan el viento helado. A veces las enfermeras me pasaban un bolillo a escondidas; otras veces, los guardias me sacaban a patadas. Pero ese día… ese día la lluvia caía como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos.
Yo estaba parado cerca de las puertas automáticas, escurriendo agua sucia, temblando. No estaba pidiendo monedas. Nunca me gustó pedir. Solo miraba a la gente entrar y salir, bien vestida, calientita, con cosas que yo nunca había tenido.
De repente, el ambiente cambió. A través del cristal de una habitación, vi el movimiento. Doctores en silencio. Un bebé en la cama, conectado a mil tubos. Era Santi, el hijo de Don Roberto, ese empresario que sale en las noticias.
El jefe de médicos se quitó los guantes despacio, con esa cara de “ya no hay nada que hacer”. Dijo lo que nadie quiere oír: “Lo siento”.
Don Roberto, con su traje de miles de pesos, se fue al suelo. Se hincó y pegó la frente al piso frío. Meses antes había enterrado a su esposa y ahora se le iba su hijo. Un enfermero se acercó para apagar las máquinas.
Fue ahí cuando entré. Nadie notó al niño de la calle al principio.
Pero yo vi lo que ellos no. La boca del bebé tuvo un espasmo. Mi corazón empezó a latir a mil por hora contra mis costillas.
—No se ha ido —dije, con la voz rasposa.
El silencio en la habitación fue total.
—¡Saquen a este niño de aquí! —gritó alguien. El enfermero estiró la mano para desconectar todo.
—¡NO! —grité.
No lo pensé. El instinto me ganó. Corrí, empujé a los de seguridad y agarré al bebé, arrancándole los tubos. Las alarmas empezaron a chillar. Los doctores me gritaban cosas horribles. “¡Estás loco!”, “¡Lo vas a m*tar!”.
Pero yo solo corrí hacia el lavabo, cargando a Santi como mi mamá cargaba a mi hermanita antes de que ella también fa**ciera.
Abrí la llave. El agua cayó de golpe.
LO QUE HICE A CONTINUACIÓN FUE UNA LOCURA, PERO ERA SU ÚNICA OPORTUNIDAD… ¿FUNCIONARÍA?!
PART 2: LA VERDAD DETRÁS DEL RESCATE
El chorro de agua salió disparado, helado, golpeando la piel pálida del pequeño Santi. No fue un goteo suave, fue un golpe de realidad, un choque térmico brutal. En ese instante, sentí como si el tiempo se congelara, más frío que el agua misma.
Los gritos a mis espaldas eran ensordecedores. Sentí las manos de los guardias de seguridad jalándome de la sudadera, desgarrando la tela vieja que apenas me cubría. Eran garras intentando alejarme, intentando castigarme por mi atrevimiento.
—¡Suéltalo, maldito escuincle! —bramó uno de los doctores, con la cara roja de ira.
Pero yo no solté al bebé. Mis dedos, mugrosos y llenos de callos, se aferraron a su cuerpecito resbaladizo con una fuerza que no sabía que tenía. No era fuerza física, era desesperación pura. Era la fuerza de la memoria, el recuerdo de mi jefa, mi mamá, haciendo lo mismo conmigo cuando la fiebre me quemaba el cerebro hace años en nuestra casita de lámina.
—¡Respira, carnalito, respira! —le susurré al oído al bebé, ignorando los golpes que empezaba a recibir en las costillas—. ¡No te vayas con mi mamá todavía, no es tu turno, güey!
El agua fría empapaba mi pecho y el del niño. Los monitores seguían pitando esa línea plana y odiosa, ese sonido que te taladra el alma: tiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
Y entonces, sucedió.
Fue un sonido pequeño al principio. Como el crujido de una hoja seca cuando la pisas. Un gorgoteo. El pecho de Santi, que segundos antes estaba inmóvil como una piedra, dio una sacudida violenta. Un espasmo.
—Gaaah… —El sonido salió de su garganta, mezclado con agua y flema.
Y luego, el grito. Un llanto potente, agudo, desgarrador. El llanto de la vida reclamando su lugar.
¡WAAAAAAAAAAA!
El silencio que siguió en la habitación fue más pesado que los gritos anteriores. Los guardias se quedaron petrificados, con las manos todavía sobre mis hombros, pero sin jalar. El doctor, el jefe, el que había declarado la hora de la muerte, abrió los ojos como platos, tanto que pensé que se le iban a salir.
Yo cerré la llave del agua. Mis piernas temblaban tanto que sentía que eran de gelatina. Me giré despacio, con el bebé llorando a todo pulmón en mis brazos, escurriendo agua sobre el piso de linóleo impecable.
—Está vivo —dije. Mi voz sonó pequeña, rota.
Don Roberto, el hombre de hierro, el empresario intocable que hacía cinco minutos estaba besando el suelo derrotado, levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados de sangre por el llanto, el maquillaje de la televisión corrido, la corbata desecha. Me miró a mí, el niño de la calle, el “nadie”, sosteniendo a su heredero.
—¿Santi? —susurró, como si tuviera miedo de que fuera una alucinación.
Pero antes de que pudiera acercarse, la realidad del hospital se impuso. El protocolo. Las reglas. El miedo.
—¡Quítenle al niño! —ordenó el jefe de médicos, saliendo de su estupor—. ¡Puede tener una infección! ¡Ese vagabundo está sucio!
En un segundo, me arrancaron al bebé. No peleé. Ya había hecho mi chamba. Sentí cómo me lo quitaban y, casi al mismo tiempo, sentí el golpe seco de una macana en mis rodillas.
—¡Al suelo! —gritó el guardia de seguridad, un tipo grandote que olía a tabaco y loción barata—. ¡Al suelo, ratero!
Caí de rodillas. El dolor fue agudo, pero no me importó. Lo único que importaba era que el llanto de Santi seguía llenando la habitación. Los médicos se arremolinaron alrededor del bebé, conectando cables, escuchando el corazón, gritando órdenes de epinefrina y oxígeno. Ya no me miraban a mí. Yo volvía a ser invisible. O peor, volvía a ser una molestia.
Me esposaron. Las esposas de metal mordieron mis muñecas flacas, justo sobre los huesos. Me arrastraron fuera de la habitación como si fuera una bolsa de basura que se rompió y manchó la alfombra.
Mientras me sacaban, alcancé a ver a Don Roberto. Estaba de pie junto a la cama, tocando la manita de su hijo. No me vio salir. Nadie me vio.
Me llevaron por los pasillos blancos y brillantes, esos donde la gente “decente” camina con sus problemas de gente rica. Yo iba con la cabeza gacha, chorreando agua de lluvia y agua del lavabo, dejando un rastro de lodo de mis tenis rotos. La gente se apartaba con asco. Una señora tapó los ojos de su hija para que no me viera. “No mires, mi amor, es un vándalo”, le dijo.
Me aventaron en un cuartito de seguridad en el sótano. Olía a humedad y a café viejo. No había ventanas, solo una mesa de metal y una silla atornillada al piso. Me sentaron de un empujón y me dejaron ahí, esposado a la silla.
—Ahí te quedas hasta que llegue la patrulla, escuincle —dijo el guardia, sobándose la mano donde yo lo había empujado antes—. Te metiste en un broncón. Allanamiento, agresión, poner en riesgo a un paciente… te vas a podrir en la correccional.
La puerta se cerró con un golpe seco. Clac.
Me quedé solo.
El frío empezó a calarme de verdad. La adrenalina se estaba bajando y ahora solo sentía el hambre de dos días y el temblor de mi cuerpo mojado. Me abracé a mí mismo lo mejor que pude con las manos encadenadas.
Cerré los ojos y, en la oscuridad de mi mente, no vi el hospital. Vi mi casa. Bueno, lo que solía ser mi casa antes de que todo se fuera al carajo.
Recordé a mi jefa, Elena. Era una mujer chiquita, pero brava como ella sola. Trabajaba lavando ajeno y vendiendo tamales los fines de semana. Siempre olía a masa y a suavizante de telas. Me acordé de la noche en que mi hermanita, Lupita, se puso mala.
No teníamos dinero para doctores. El centro de salud estaba cerrado y no teníamos ni para el taxi al hospital general. Lupita ardía en fiebre. Sus ojitos se le iban para atrás. Yo estaba asustado, llorando en un rincón.
—¡Trae agua, Mateo! ¡Corre! —me gritó mi mamá esa noche.
Yo corrí al tambo de agua que teníamos en el patio. El agua estaba helada porque era diciembre. Llené una cubeta y se la llevé. Mi mamá no lo dudó. Metió a Lupita en una tina y le echó el agua encima. Lupita gritó, lloró, pero a los pocos minutos, su respiración se calmó. El color volvió a sus mejillas.
—El agua fría despierta al cuerpo, mijo —me dijo mi mamá esa noche, mientras secaba a mi hermana con una toalla vieja—. Cuando la muerte te quiere llevar por calentura o porque el corazón se duerme, a veces hay que darle un susto al cuerpo para que recuerde que tiene que vivir. Es el choque, Mateo. El choque te trae de vuelta.
Esa lección se me quedó grabada a fuego. “El choque te trae de vuelta”.
Lupita murió dos años después, pero no de fiebre. Fue una neumonía mal cuidada lo que se la llevó, y ahí ni el agua ni los rezos sirvieron. Mi mamá se fue de tristeza al poco tiempo. Y yo… yo me quedé solo en este mundo, aprendiendo que la calle es dura y que nadie te va a salvar si no te salvas tú mismo.
Pasaron las horas en ese cuarto de seguridad. Mi estómago rugía, un dolor sordo y constante al que ya me había acostumbrado. Me preguntaba qué harían conmigo. ¿Cárcel? ¿Un reformatorio? Tal vez me darían una paliza y me tirarían en algún baldío lejos de la ciudad. Era lo usual. A los nadie como yo no se nos hace justicia, se nos barre.
De repente, la cerradura giró.
Me tensé, esperando a la policía. Esperando los golpes.
Pero la puerta se abrió y no entraron uniformes azules. Entró un traje gris, impecable, aunque ahora estaba arrugado y manchado de agua en las rodillas.
Era Don Roberto.
El guardia de seguridad estaba detrás de él, con cara de preocupación.
—Señor, no es recomendable que entre… este chico es peligroso, está loco —decía el guardia.
—Déjanos solos —dijo Don Roberto. Su voz era ronca, pero tenía una autoridad que hizo que el guardia cerrara la boca y se retirara, cerrando la puerta tras de sí.
Nos quedamos solos. El hombre más rico de la ciudad y el niño más pobre del barrio.
Él se quedó parado cerca de la puerta, mirándome. Me analizó de arriba a abajo. Vio mis tenis con agujeros por donde se asomaban mis dedos sucios. Vio mis pantalones que me quedaban cortos. Vio mis manos, esas manos negras de mugre que habían tocado a su hijo inmaculado.
Yo bajé la mirada. Me dio vergüenza. No sé por qué, pero siempre me daba vergüenza que me vieran así de cerca.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. No sonaba enojado. Sonaba… cansado. Curioso.
—Mateo —respondí, mirando a la mesa.
—Mateo —repitió, probando el nombre en su boca—. Mateo, ¿tienes idea de lo que hiciste allá arriba?
Levanté la vista. Sentí un chispazo de miedo.
—No quería lastimarlo, jefe. Se lo juro por mi madre santa que está en el cielo. Yo solo… yo vi que se movía. Los doctores no vieron, ellos estaban viendo sus aparatos, pero yo vi su boca. Hizo así… —hice un gesto con la boca—. Y me acordé de mi jefa. Me acordé del agua.
Don Roberto se acercó un paso. Arrastró la otra silla y se sentó frente a mí. Estaba tan cerca que podía oler su colonia, una mezcla de madera y algo caro, aunque debajo de eso olía a sudor frío, el olor del miedo que acababa de pasar.
—Los doctores dicen que fue un reflejo —dijo él, mirándome fijo a los ojos—. Dicen que el agua fría activó un “reflejo de inmersión” o algo así. Que su corazón se había detenido por una arritmia y el choque térmico lo reinició. Dicen que es un milagro médico. Pero dicen que tú contaminaste el área estéril.
Me encogí de hombros.
—Yo no sé de esas palabras, señor. Yo solo sé que el niño quería vivir. Se le veía en la cara. Y los de bata blanca ya se habían rendido. Se rinden muy rápido cuando las máquinas dicen que ya no hay nada. En la calle uno no se puede rendir así de fácil. Si te rindes, te mueres.
Don Roberto se quedó callado un largo rato. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez. Se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos con fuerza.
—Casi lo pierdo —susurró, más para él que para mí—. Es lo único que me queda de ella. De mi esposa. Ella murió dándole a luz. Si Santi se iba… yo no tenía por qué seguir aquí.
Hubo un silencio pesado. Yo sabía lo que era eso. Ese agujero en el pecho cuando se te va la gente que quieres.
—Yo también perdí a los míos —dije suavemente—. Duele un chingo, ¿verdad? Como si te arrancaran un pedazo de carne viva.
Él asintió, sorprendido por mi franqueza. Me miró las manos otra vez. Esas manos sucias sobre la mesa de metal.
—Entraste ahí, sabiendo que te iban a golpear, que te iban a meter a la cárcel… ¿Por qué? No eres nadie para nosotros. No me conoces.
—Porque un niño es un niño, señor —contesté, sintiendo un nudo en la garganta—. Y porque nadie merece morir rodeado de gente que ya se dio por vencida. Él necesitaba a alguien que creyera que podía aguantar un round más. Y pues… yo pasaba por ahí.
Don Roberto metió la mano en el bolsillo interior de su saco. Sacó una cartera de piel que se veía más cara que toda mi vida. Sacó un fajo de billetes. Eran de quinientos, de mil. Había muchísimos.
Los puso sobre la mesa.
—Toma —dijo—. Aquí hay suficiente para que comas un año. Para que te compres ropa. Vete lejos. No quiero que la policía te procese, voy a retirar los cargos. Pero toma esto y vete. Es… es el pago por salvarlo.
Miré el dinero. Nunca había visto tanta lana junta. Podía comprarme unos tenis nuevos. Podía comer tacos de los buenos, no de los que tiraban. Podía pagar un cuarto en un hotelucho y dormir en una cama de verdad.
Pero algo me revolvió el estómago. Sentí un calor en la cara.
Empujé el dinero de regreso hacia él con mis manos esposadas.
—No quiero su dinero, señor.
Don Roberto se quedó pasmado.
—¿Qué? ¿Es poco? Puedo darte más. Puedo…
—No es eso —lo interrumpí—. No lo hice por la lana. Si agarro eso, voy a seguir siendo el vagabundo que tuvo suerte un día. Me lo voy a gastar y en un mes voy a estar igual, pidiendo sobras detrás de su hospital. Y usted va a sentir que ya pagó su deuda y se va a olvidar de mí.
Me enderecé en la silla, tratando de tener un poco de dignidad a pesar de la mugre.
—Yo no quiero limosna. Yo quiero una oportunidad.
El empresario me miró con otros ojos. Ya no veía al niño de la calle. Veía a alguien más.
—¿Una oportunidad? —preguntó.
—Deme chamba —dije firme—. No sé leer muy bien, dejé la escuela cuando mi jefa se enfermó. Pero aprendo rápido. Soy fuerte. Cargo cosas. Limpio pisos. Lo que sea. No quiero que me regale nada. Quiero ganármelo. Quiero que cuando su hijo crezca, yo pueda decirle que no solo le salvé la vida, sino que hice algo con la mía.
Don Roberto se quedó en silencio, analizando mis palabras. Recogió el dinero lentamente y lo guardó. Se levantó de la silla y caminó un poco por el cuarto pequeño, como un león enjaulado. Luego se detuvo y me miró.
—Tienes agallas, Mateo. Tienes más agallas que toda mi junta directiva junta.
Sacó unas llaves de su bolsillo y se acercó a mí. Pensé que me iba a pegar, pero se inclinó y, con una llave pequeña que traía en el llavero, abrió las esposas.
Mis manos cayeron libres. Me sobé las muñecas rojas.
—Santi va a estar en terapia intensiva unas semanas —dijo Don Roberto—. Voy a necesitar a alguien de confianza que vigile la puerta. Alguien que no deje que los doctores se rindan si las máquinas vuelven a pitar. Alguien que tenga los ojos bien abiertos.
Me miró fijamente.
—¿Crees que puedas bañarte, ponerte ropa limpia y estar aquí mañana a las 7 am?
Sentí que el corazón me iba a estallar. ¿Me estaba ofreciendo trabajo? ¿A mí?
—No tengo ropa limpia, señor —admití, bajando la voz.
Él sacó un solo billete del fajo y me lo puso en la mano.
—Cómprate algo decente. Báñate en los vestidores del personal, le diré al guardia que te deje pasar. Mañana empezamos. No como vagabundo. Como parte de mi equipo de seguridad personal. Pero escúchame bien, Mateo… —su voz se puso seria, muy seria—. Si me fallas, si tocas algo que no es tuyo, si vuelves a las andadas… te hundo.
Asentí con la cabeza, tragando saliva.
—No le voy a fallar, jefe. Se lo juro por mi madre.
—No me jures —dijo seco—. Demuéstramelo.
Se dio la media vuelta y abrió la puerta.
—Vámonos. Te invito a cenar algo antes de que te vayas a bañar. No puedo tener a mi gente trabajando con el estómago vacío.
Salí de ese cuarto detrás de él. Los guardias nos miraron pasar con la boca abierta. El mismo guardia que me había golpeado intentó decir algo, pero Don Roberto lo calló con una sola mirada fulminante.
Caminamos hacia la cafetería del hospital. Yo iba sucio, apestoso, pero caminaba con la cabeza en alto por primera vez en años.
Mientras comía la primera hamburguesa caliente que había probado en mi vida, pensaba en Santi, allá arriba, luchando por respirar. Pensaba en el agua fría. Pensaba en cómo la vida da vueltas. Un minuto estás invisible en la lluvia, y al siguiente, estás sentado con el dueño del edificio.
Pero no me engañaba. Sabía que esto apenas empezaba. El mundo de los ricos es complicado, lleno de trampas, más peligrosas que las de la calle. Pero yo tenía algo que ellos no. Yo tenía hambre. Hambre de vivir. Y esa hambre, como el agua fría, es lo que te mantiene despierto cuando todos los demás se duermen.
Miré mis manos mientras sostenía la hamburguesa. Seguían teniendo cicatrices, seguían siendo rasposas. Pero ya no temblaban.
Santi iba a vivir. Y yo también.
La lluvia seguía cayendo afuera, golpeando los cristales. Pero ya no me mojaba. Por primera vez en mucho tiempo, estaba del lado seco del vidrio. Y juré, por la memoria de Lupita y de mi jefa, que haría que valiera la pena cada maldito segundo de esta nueva oportunidad.
—Gracias —le dije a Don Roberto, con la boca medio llena.
Él ni me miró, seguía revisando algo en su celular, pero vi una pequeña sonrisa, muy leve, en la comisura de sus labios.
—Come y calla, Mateo. Mañana hay mucha chamba.
Y así, con el estómago lleno y una promesa en el aire, mi vida dejó de ser una línea plana para empezar a latir de nuevo.
Tiiiiiiii… Pum-pum. Pum-pum.
Esta es la historia de cómo un cubetazo de realidad nos salvó a los dos. Pero lo que vino después… ah, raza, lo que vino después fue todavía más cabrón. Porque salvar al niño fue la parte fácil. Lidiar con la envidia, con los parientes buitres que querían la herencia y con mi propio pasado que no me quería soltar… eso, eso fue la verdadera prueba de fuego.
Pero esa… esa es historia para otro día. Por ahora, sepan esto: Los milagros existen, pero a veces vienen disfrazados de un niño mugroso y un chorro de agua helada.
PART 3: EL PRECIO DE LA CAMISA LIMPIA Y LOS BUITRES DE ZAPATOS ITALIANOS
El agua caliente es una cosa que la gente normal da por hecho. Abren la llave y sale, así nomás, como magia. Pero para alguien como yo, que llevaba meses lavándose a jicarazos con agua helada de los baños públicos o esperando a que la lluvia hiciera el trabajo sucio, sentir el agua caliente cayendo sobre mi espalda fue casi religioso.
Estaba en los vestidores del personal, tal como me dijo Don Roberto. El cuarto olía a cloro y a ese jabón rosa líquido que usan en todos lados. Me quedé parado bajo el chorro por lo que parecieron horas. Vi cómo el agua negra se iba por el desagüe, llevándose la mugre de las calles, el polvo de los escapes de los camiones, y la sangre seca de mis propias costras. Me tallé con una esponja que encontré ahí, me tallé hasta que la piel se me puso roja, casi en carne viva. Quería arrancarme no solo la suciedad, sino la sensación de ser “menos”. Quería quitarme el olor a pobreza que se te mete en los poros y que hace que la gente arrugue la nariz cuando pasas cerca.
Mientras el vapor llenaba el cubículo, mi mente regresó al momento en la habitación. El chorro de agua fría sobre Santi. Mi jefa diciéndome que el choque te trae de vuelta. Yo había usado el frío para salvarlo a él, y ahora usaba el calor para salvarme a mí. Era irónico, ¿no? La vida es una rueda de la fortuna bien rara.
Cuando cerré la llave, el silencio del vestidor me pegó duro. Me miré en el espejo empañado. Apenas me reconocí. El chico que me devolvía la mirada seguía estando flaco, se le marcaban las costillas como las teclas de una marimba vieja, y tenía ojeras moradas que parecían tatuadas. Pero ya no tenía esa capa gris en la cara. Mis ojos, aunque cansados, brillaban diferente. Brillaban con algo que no había sentido en mucho tiempo: propósito. Ya no era solo sobrevivir por sobrevivir; ahora tenía una misión. “Vigila la puerta”, me había dicho el patrón. “No dejes que se rindan”.
Me sequé con una toalla áspera y me puse la ropa que había comprado en el supermercado de 24 horas que estaba a dos cuadras. No era gran cosa, porque aunque Don Roberto me había dado un billete grande, me dio miedo gastarlo todo y que pensaran que me lo había robado. Me compré unos pantalones de mezclilla oscuros, una playera blanca de algodón y una camisa de manga larga a cuadros, de esas que usan los señores que trabajan en la obra cuando quieren verse arreglados el domingo. También unos tenis, los más baratos que encontré, pero que no tenían agujeros en la suela.
Al abrocharme los botones de la camisa, sentí que me estaba poniendo un disfraz. Una armadura. “No como vagabundo”, había dicho él. “Como parte de mi equipo”. Me ajusté el cinturón, me peiné el cabello mojado hacia atrás con los dedos y respiré hondo.
—Órale, Mateo —me dije al espejo—. No la vayas a cagar. Esto no es un juego.
Salí del vestidor a eso de las 6:45 AM. El hospital a esa hora tiene un ritmo extraño. Es cuando cambian los turnos. Las enfermeras de la noche salen con cara de zombis y las de la mañana entran con su café en la mano, oliendo a perfume fresco. Yo caminaba por el pasillo principal, intentando no encorvarme, intentando caminar como si fuera dueño del piso que pisaba.
Pero el miedo es canijo. Cuando llegué al control de seguridad para subir al piso de Terapia Intensiva, ahí estaba él. El guardia grandote. El que me había macaneado las rodillas. El que me había dicho que me iba a podrir en la correccional.
Me vio acercarme y se le tensó la mandíbula. Su mano se fue directo a la macana en su cinto.
—¿Qué haces aquí otra vez, pinche rata? —me soltó en voz baja, para no hacer escándalo—. ¿No tuviste suficiente ayer? Lárgate antes de que te saque a rastras.
Sentí el impulso de correr. Era el instinto de la calle: ver a la autoridad y huir. Pero mis pies se plantaron en el suelo. Recordé las palabras de Don Roberto. Recordé que él había retirado los cargos.
Saqué del bolsillo de mi pantalón nuevo una tarjeta magnética provisional que me había dado la asistente de Don Roberto la noche anterior, después de la hamburguesa.
—Vengo a trabajar —le dije. Mi voz salió más firme de lo que esperaba. Le sostuve la mirada. No con reto, sino con calma.
El guardia miró la tarjeta, luego me miró a mí, luego otra vez a la tarjeta. Era un pase de “Seguridad Privada / Visitante Especial”. Se puso rojo del coraje. Sabía que no podía tocarme. Sabía que si el mero mero me había dado eso, él no era nadie para impedirme el paso.
—El Jefe está loco —masculló entre dientes, escupiendo las palabras—. Meter a un delincuente a cuidar a su hijo… se va a arrepentir.
—A lo mejor —contesté, pasando la tarjeta por el lector. La luz cambió de rojo a verde con un bip satisfactorio—. Pero mientras tanto, con permiso.
Pasé los torniquetes. Sentí su mirada clavada en mi nuca como un puñal, pero no volteé. Esa fue mi primera victoria del día. No fue con golpes, ni con gritos. Fue con un pedazo de plástico y un baño de agua caliente.
Subí al elevador. Piso 4. Terapia Intensiva Pediátrica.
El ambiente ahí arriba era diferente. No había ruido. El aire acondicionado estaba tan fuerte que me calaba los huesos, pero agradecí la camisa de manga larga. Todo era blanco, azul pálido y metal cromado. Se oían los pitidos rítmicos de las máquinas, como un corazón electrónico gigante que mantenía vivos a todos esos niños.
Caminé hasta la habitación 402. Ahí estaba Don Roberto, sentado en un sillón incómodo, con la misma ropa de ayer, arrugada. Se veía más viejo a la luz de la mañana. Tenía la cabeza apoyada en la mano, dormitando.
Y en la cuna térmica, estaba Santi.
Me acerqué despacio, casi de puntitas. Se veía tan chiquito entre tanto cable y tubo. Tenía venoclisis en los bracitos, un tubo en la boca, parches en el pecho. Pero el monitor ya no hacía tiiiiiiii. Ahora hacía bip… bip… bip. Lento, pero constante.
Don Roberto se despertó de golpe al sentir mi presencia. Se enderezó rápido, limpiándose la baba de la comisura de la boca. Me miró, parpadeando, tratando de enfocar.
—¿Mateo? —preguntó, con la voz pastosa.
—Presente, patrón —dije, parándome firme—. Las siete en punto.
Él me escaneó con la mirada. Vio la ropa limpia, el cabello peinado. Asintió, y vi cómo sus hombros se relajaban un poco.
—Te ves… decente —dijo. Para él eso era un gran halago—. ¿Comiste?
—Sí, señor. Me eché unos tamales afuera antes de entrar.
—Bien. Escucha. Tengo que ir a la oficina. La empresa está un caos, las acciones bajaron cuando se supo lo de ayer. Tengo que ir a calmar a los inversionistas y a firmar papeles. No quiero irme, pero si no voy, perdemos todo.
Se levantó y se alisó el saco arrugado. Se acercó a la cuna y le dio un beso en la frente al bebé a través de un espacio en la incubadora.
—Te quedas aquí —me instruyó, señalando una silla junto a la puerta—. Nadie entra si no es médico o enfermera. Y si entra un médico que no sea el Dr. Salgado o su equipo, me llamas. Te di un celular anoche, ¿lo traes?
—Aquí está —palmeé mi otro bolsillo. Un celular viejito pero con saldo que me había dado su asistente.
—Y lo más importante, Mateo… —Don Roberto se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Sus ojos grises eran intensos—. Mi familia va a venir.
—¿Su familia? —pregunté, confundido.
—Mis hermanos. Mis cuñados. Se enteraron de lo que pasó. Van a venir a “ver cómo está el niño”. Pero no vienen a eso. Vienen a ver si ya se murió para ver qué les toca.
Sentí un escalofrío. En la calle, uno sabe que los peores enemigos a veces no son los extraños, sino la propia sangre. Había visto chavos pelearse a navajazos con sus primos por una botella de pegamento. Pero no me imaginaba que la gente de lana fuera igual.
—¿Qué hago si vienen? —pregunté.
—No los dejas entrar. Punto. Me llamas. Diles que es orden directa mía. No me importa quiénes sean, no me importa si te gritan, si te amenazan con despedirte. Tú trabajas para mí, no para ellos. ¿Entendido?
—Entendido, jefe. No pasa nadie.
Don Roberto asintió, tomó su maletín y salió de la habitación. Me quedé solo con Santi y las máquinas.
Me senté en la silla. Era cómoda, acolchada. Demasiado cómoda. Me daba miedo dormirme, así que me senté en la orilla, con la espalda recta.
Pasaron dos horas. Las enfermeras entraban y salían. Al principio me miraban feo, susurrando entre ellas. “Es el vagabundo”, decían. “Mira cómo lo vistieron, parece muñeco de ventrílocuo”. Me ardían las orejas, pero me aguanté. Yo no estaba ahí para caerles bien. Estaba ahí para que Santi siguiera haciendo bip… bip.
A eso de las 10 de la mañana, llegó el primer buitre.
Lo olí antes de verlo. Una loción cara, pero de esas que pican en la nariz, demasiado dulce. Escuché el taconeo de unos zapatos de suela dura en el pasillo.
Apareció en el umbral de la puerta. Era un hombre alto, flaco, con un traje azul marino que se veía más caro que el hospital entero. Tenía el cabello engominado y un reloj de oro en la muñeca que brillaba con la luz de los flourescentes. Tenía una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Sus ojos eran fríos, calculadores, como los de una víbora buscando ratones.
—Buenos días —dijo, intentando entrar como si fuera su casa.
Me levanté de un salto y me puse en medio de la puerta.
—Disculpe, señor. No se puede pasar.
El tipo se detuvo en seco. Me miró como si fuera una mancha de mostaza en su corbata de seda.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, con un tono de asco divertido—. ¿El nuevo conserje? Quítate, niño. Vengo a ver a mi sobrino.
—Soy seguridad privada de Don Roberto —dije, inflando el pecho lo más que pude—. Y el patrón dejó dicho que no entra nadie sin su permiso.
El hombre soltó una carcajada seca.
—¿Seguridad? ¡Por favor! Si se te nota el código postal en la cara, chamaco. —Dio un paso adelante, intentando empujarme con el hombro—. Soy Esteban, el hermano de Roberto. Hazte a un lado o hago que te corran ahorita mismo.
Era el Tío Esteban. El hermano.
No me moví. Mis pies se aferraron al piso encerado.
—Puede ser el Papa si quiere, señor Esteban. Pero Don Roberto dijo que nadie pasa. Si quiere entrar, háblele a él.
La sonrisa de Esteban desapareció. Se le pusieron los ojos duros. Se acercó tanto que su nariz casi tocaba la mía.
—Mira, pinche naco —susurró, y ahí salió su verdadera voz, la que no usa en las fiestas de sociedad—. No tienes idea de con quién te estás metiendo. Ese niño de ahí adentro es mi sangre. Tú eres un gato recogido de la basura. ¿Cuánto te paga mi hermano? ¿El salario mínimo? Yo te puedo dar diez veces eso ahorita mismo si te vas a comprar un refresco y me dejas cinco minutos a solas con el bebé.
Ahí estaba. La oferta. El soborno.
Recordé el fajo de billetes que rechacé ayer. Recordé por qué lo rechacé. Porque quería una oportunidad, no limosna. Y porque algo en mi tripa me decía que este tipo no quería entrar a rezar por el bebé.
Miré hacia la incubadora. Santi seguía luchando. Ese bebé había aguantado un paro cardíaco. Yo no me iba a doblar por un tipo con traje bonito.
—No quiero su lana —le contesté, mirándolo directo a los ojos de víbora—. Y si da un paso más, voy a gritar tan fuerte que van a venir hasta los de la morgue. Y le voy a decir a todo mundo que usted me quiso sobornar para hacerle algo al niño.
Esteban se quedó pasmado. No esperaba que el “gato” tuviera garras.
—¿Me estás amenazando, imbécil?
—No, señor. Le estoy avisando.
La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo. Esteban apretó los puños. Pensé que me iba a soltar un golpe. Yo ya estaba calculando dónde esquivar y cómo meterle una patada en la espinilla. En la calle aprendes que los tipos de traje no saben pelear, solo saben mandar a otros a que peguen por ellos.
Pero antes de que volara el primer trancazo, se escuchó una voz a nuestras espaldas.
—¿Hay algún problema aquí, Licenciado?
Era el Dr. Salgado, el jefe de médicos. Venía con dos enfermeras. Aunque el doctor no me quería mucho por lo del “área estéril”, tampoco parecía muy feliz de ver a Esteban.
Esteban cambió la cara en un segundo. Volvió la sonrisa falsa, la postura relajada. Un actor de primera.
—Doctor Salgado, qué gusto. No, ningún problema. Solo le explicaba a este… jovencito… que soy el tío del paciente y quería verlo un momento. Pero parece que mi hermano contrató a un perro guardián muy celoso.
El Dr. Salgado me miró. Luego miró a Esteban.
—El Sr. Roberto fue muy claro con las instrucciones, Licenciado Esteban. Visitas restringidas. Absolutamente restringidas. El estado del bebé es crítico pero estable. Cualquier alteración podría ser fatal.
—Solo quería verlo, Doctor. Es mi familia.
—Lo entiendo. Pero tendrá que esperar a que el padre autorice. Y le sugiero que baje la voz, estamos en Terapia Intensiva.
Esteban se acomodó el saco, visiblemente molesto, pero derrotado por el momento. Me lanzó una última mirada, una mirada que prometía venganza.
—Está bien. Esperaré a Roberto. Pero tú —me señaló con un dedo manicurado—, tú no vas a durar aquí. Disfruta tu uniforme mientras puedas.
Se dio la media vuelta y se fue taconeando por el pasillo.
Solté el aire que no sabía que estaba aguantando. Me temblaban las piernas otra vez, pero no de frío, sino de la adrenalina.
El Dr. Salgado se acercó a mí. Me miró con curiosidad, como si fuera un bicho raro bajo un microscopio.
—Hiciste bien —dijo seco—. Ese hombre… digamos que no es la mejor compañía para el niño.
—No lo dejé pasar —dije, todavía a la defensiva.
—Ya lo vi. —El doctor suspiró—. Mira, muchacho… Mateo, ¿verdad?
—Sí.
—Lo que hiciste ayer… fue una locura. Una irresponsabilidad médica tremenda. Pudiste haberlo matado.
Bajé la cabeza. Ya venía el regaño.
—Pero… —continuó el doctor, y su tono se suavizó un poco—, no lo mataste. Lo trajiste de vuelta. Llevo treinta años en medicina y nunca había visto algo así. No sé si fue suerte, intervención divina o ese “choque” del que hablas. Pero el niño está vivo. Y mientras yo sea su médico, voy a hacer todo lo posible para que siga así. Así que si tú vas a ser el perro guardián, asegúrate de morder si es necesario. Esa familia… son complicados.
Asentí, sorprendido.
—No voy a dejar que nadie lo toque, Doc.
El doctor asintió levemente y entró a revisar a Santi.
Me volví a sentar. Saqué el celular y le mandé un mensaje a Don Roberto, tardándome un siglo porque no estaba acostumbrado a escribir en pantalla táctil y mis dedos eran torpes.
“Vino su ermano. El Estevan. No lo dege pasar. Se enogo pero ya se fue. Aqui sigo al tiro. Mateo.”
La respuesta llegó dos minutos después.
“Bien hecho, Mateo. Voy para allá en una hora. Pide comida si tienes hambre. Cárgalo a la cuenta de la habitación.”
Sonreí. No por la comida, sino por el “Bien hecho”.
Pero la paz duró poco. Porque lo que yo no sabía es que Esteban no se había ido a su casa. Se había ido a la cafetería a hacer llamadas. Y los buitres, cuando no pueden comer solos, llaman a la manada.
A eso de las tres de la tarde, cuando el sol pegaba fuerte en las ventanas del pasillo, llegaron más. No solo Esteban. Venía una mujer con un abrigo de piel (¡en pleno calor!), y otro hombre más joven que parecía modelo de revista. Eran la tía Claudia y el primo Junior.
Se pararon frente a mí como una barrera de arrogancia.
—Quítate —dijo la mujer, sin siquiera decir buenos días.
—No se puede pasar —repetí mi mantra.
—¡Es ridículo! —chilló ella—. ¡Roberto no nos contesta el teléfono! ¡Tenemos derecho a ver al niño! ¡Somos sus únicos parientes!
Empezaron a hacer ruido. Mucho ruido. Las enfermeras salieron a chistarles, pero a ellos no les importaba. Querían hacer un escándalo. Querían provocarme.
—¡Seguro este delincuente le hizo algo a mi hermano! —gritó el tal Junior, señalándome—. ¡Mírenlo! ¡Es un marihuano de la calle! ¡Seguro tiene a Roberto drogado o amenazado!
La gente en la sala de espera empezó a mirar. Sentí el calor subirme a la cara. La vergüenza de ser quien era. Por más ropa limpia que trajera, ellos veían mi pasado. Veían mi mugre.
—¡Llamen a la policía! —gritó Esteban, apareciendo detrás de ellos—. ¡Este tipo es peligroso!
Y entonces, sucedió algo que me hizo dudar de todo.
Junior se abalanzó sobre mí. No para pegarme, sino para empujarme hacia la puerta y abrirla.
Reaccioné por instinto. Le agarré la muñeca y le hice una llave que me había enseñado un ex-policía que vivía en la calle con nosotros. Le torcí el brazo a la espalda y lo empujé contra la pared.
—¡Quieto! —grité.
—¡¡ME ESTÁ AGREDIENDO!! —aulló Junior como si lo estuviera matando—. ¡¡AUXILIO!!
Los guardias del hospital, los de verdad, llegaron corriendo. Eran tres. Y entre ellos venía el “Gorila” de la mañana.
—¡Sueltalo! —me gritaron, sacando las macanas.
—¡Él me atacó! —me defendí, pero sabía que se veía mal. Un chico con pinta de barrio torciéndole el brazo a un “niño bien”.
—¡Sáquenlo de aquí! —ordenó Esteban con una sonrisa triunfal.
El Gorila me agarró del cuello de la camisa nueva y me jaló hacia atrás, casi ahorcándome. Me estamparon contra el piso.
—¡Te dije que te ibas a arrepentir! —me susurró el Gorila en la oreja mientras me ponía la rodilla en la espalda.
Vi cómo Esteban abría la puerta de la habitación 402. Vi cómo entraba, con esa sonrisa de depredador. Iba directo hacia Santi.
—¡NO! —grité, forcejeando bajo el peso de los guardias—. ¡NO LO DEJEN ENTRAR! ¡PATRÓN! ¡DON ROBERTO!
Sentí la impotencia más grande de mi vida. Había fallado. Me habían ganado por ser más listos, más ricos, más mentirosos. Esteban estaba dentro. Estaba solo con el bebé.
Y entonces, se oyó un estruendo.
No fue un disparo. Fue una voz.
—¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO AQUÍ?!
Todos se congelaron. Los guardias dejaron de presionarme. Esteban se quedó petrificado con la mano en la perilla de la puerta, a medio entrar.
Al final del pasillo estaba Don Roberto. Pero no venía solo. Venía con dos policías ministeriales y un notario público.
Caminó hacia nosotros con pasos largos y pesados. Su cara era una tormenta.
—Suéltalo —le ordenó al guardia que me tenía en el piso. El guardia me soltó como si quemara.
Me levanté, tosiendo, acomodándome la ropa desajustada. Me dolía todo, pero me puse de pie.
Don Roberto llegó hasta Esteban, que había salido de la habitación con cara de “yo no fui”.
—Roberto, hermano, qué bueno que llegas —empezó a decir Esteban—. Este… animal… agredió a Junior. Estábamos preocupados por ti y por el bebé, y él…
¡PLAF!
El sonido de la cachetada resonó en todo el piso. Don Roberto le había cruzado la cara a su hermano con la mano abierta. Fue un golpe seco, lleno de furia contenida.
Esteban se llevó la mano a la mejilla, con los ojos desorbitados. Nadie respiraba.
—Te dije que no te quería cerca —dijo Don Roberto, con una voz tan baja que daba más miedo que si hubiera gritado—. Te dije que si te acercabas a mi hijo después de lo que dijiste en la junta directiva, te iba a destruir.
—Yo solo… —balbuceó Esteban.
—Tú dijiste que sería “lo mejor” si Santi no despertaba —lo interrumpió Roberto, y vi lágrimas de rabia en sus ojos—. Lo dijiste pensando que no te escuchaba. Dijiste que así la fusión de la empresa sería más fácil sin herederos molestos.
Un jadeo colectivo recorrió el pasillo. La tía Claudia se tapó la boca. Junior se quedó pegado a la pared.
Don Roberto se giró hacia los policías.
—Oficiales, quiero una orden de restricción inmediata contra estos tres individuos. Si se acercan a menos de cien metros de este hospital o de mi casa, quiero que los arresten. Y llévense a este —señaló a Esteban— por intento de intrusión en un área médica restringida y alteración del orden. Tengo testigos.
Señaló al Dr. Salgado, que asintió gravemente. Y luego me señaló a mí.
—Y mi jefe de seguridad también es testigo.
Todos me miraron. Yo, Mateo, el niño de la calle, ahora era “Jefe de Seguridad”.
Los policías se llevaron a Esteban, que gritaba amenazas y maldiciones. La tía y el primo se escabulleron detrás de ellos como ratas asustadas.
Cuando el pasillo quedó en silencio otra vez, Don Roberto se aflojó la corbata. Parecía que le habían quitado diez años de encima, pero también parecía agotado.
Se acercó a mí. Me vio el moretón que se me empezaba a formar en el pómulo donde pegué contra el suelo. Vio mi camisa nueva arrugada y medio desabotonada.
—Te dije que no los dejaras entrar —dijo serio.
—Y no entraron, jefe —le contesté, sobandome el brazo—. Bueno, entró un pie, pero lo sacamos.
Don Roberto me miró por unos segundos, y luego, soltó una risa. Una risa corta, nerviosa, pero real.
—Tienes razón, Mateo. No entraron.
Me puso una mano en el hombro. Una mano pesada, paternal.
—Perdón por lo de los guardias. Voy a tener una plática muy seria con la empresa de seguridad del hospital. A partir de hoy, tú respondes solo a mí. Y vas a necesitar ayuda. No puedes estar aquí 24 horas.
—Yo aguanto, jefe. En la calle uno aprende a no dormir.
—No. Eres un niño, Mateo. Aunque la vida te haya obligado a ser hombre antes de tiempo. Necesitas dormir, comer y… estudiar.
—¿Estudiar? —arrugué la cara—. No, eso no es lo mío. Yo sirvo para los trancazos y para vigilar.
—Ya veremos —dijo él—. Por lo pronto, ve a lavarte la cara. Tienes sangre en el labio. Y arréglate esa camisa. Pareces un peleador callejero.
—Pues… es lo que soy, ¿no?
Don Roberto negó con la cabeza mientras abría la puerta de la habitación para entrar con su hijo.
—No. Ya no. Ahora eres el guardián de Santi. Y los guardianes se lavan la cara después de la batalla.
Me quedé ahí parado, viendo cómo se cerraba la puerta. Me toqué el labio y vi la sangre en mi dedo. Me dolía el cuerpo, tenía hambre otra vez y estaba cansado como nunca. Pero por primera vez en mi vida, sentía que estaba en el lugar correcto.
Fui al baño a lavarme. Me miré al espejo otra vez. El moretón se iba a poner feo. Pero sonreí.
—Órale, Mateo —me dije—. Primer día y ya le partiste la madre al sistema. A ver qué trae el segundo.
Pero lo que yo no sabía era que el “sistema” no se queda quieto. Esteban no se iba a quedar con la cachetada. Y la calle… la calle tampoco olvida a los suyos. Mis amigos de allá abajo, los que se quedaron en el frío, pronto iban a necesitarme. Y yo iba a tener que elegir entre mi nueva vida de sábanas limpias y la lealtad a la raza que me vio crecer.
Porque uno puede salir del barrio, pero sacar al barrio de uno… eso está en chino. Y cuando el pasado toca a la puerta, no pide permiso como los parientes ricos. Ese entra pateando la puerta.
Regresé a mi silla, me senté, y clavé los ojos en el pasillo.
—Vengan —susurré—. Aquí los espero.
Y así terminó mi primer día de trabajo. Con un ojo morado, el estómago lleno y un bebé vivo a mi espalda. No estaba nada mal para un nadie. Nada mal.
PART FINAL: LA SANGRE LLAMA, PERO EL BARRIO RESPALDA: EL ÚLTIMO ROUND
Los días siguientes fueron una mezcla rara de sueño y realidad, como cuando te da fiebre y no sabes si estás despierto o dormido. El hospital se convirtió en mi cantón, mi fortaleza y, a veces, mi cárcel de oro.
Don Roberto cumplió su palabra, y de qué manera. No solo me dio chamba, me dio un lugar. Me habilitaron un cuartito que antes usaban para guardar triques de limpieza en el mismo piso cuatro. Pusieron un catre, una mesita y una lámpara. Para mí, que estaba acostumbrado a dormir con una piedra de almohada y cartones de cobija, aquello era mejor que la suite presidencial del hotel más lujoso de Reforma. Pero el lujo, raza, tiene un precio, y el precio es la soledad y la culpa.
Mientras Santi, el “Bebé Milagro” como le decían las enfermeras chismosas, iba agarrando color y fuerza, yo libraba mi propia batalla en silencio. Me daban de comer tres veces al día en la cafetería. Carne, verduras, postre. Al principio me atascaba como pelón de hospicio, pero luego, al tercer bocado, se me hacía un nudo en la garganta. Pensaba en el “Tuercas”, en la “Flaca”, en el “Moco”. Mis valedores. Los que se quedaron allá abajo, donde la lluvia no es romántica, sino una maldición que te moja hasta los huesos. ¿Estarían comiendo? ¿Estarían vivos?
Me sentía como un traidor con la panza llena. El síndrome del sobreviviente, le dicen los psicólogos, pero en el barrio le decimos simplemente “sentirse gacho”.
La rutina se estableció rápido. Por las mañanas, cuando Don Roberto se iba a la empresa a pelear con los tiburones de corbata, yo me plantaba en la puerta de la 402. Me convertí en una estatua de bronce, inmóvil, con los ojos clavados en el pasillo. Las enfermeras ya no me miraban con asco, ahora me saludaban con un “Buenos días, joven Mateo”. Joven Mateo. Se oía chistoso, como si fuera alguien importante. Incluso el Dr. Salgado, que al principio me quería correr, a veces me traía un café y se quedaba platicando conmigo sobre cómo iba la recuperación de Santi.
—Tienes buen ojo, muchacho —me dijo una tarde mientras revisaba los monitores—. Notas cambios en el ritmo respiratorio antes de que suenen las alarmas. Eso no se aprende en la facultad.
—En la calle uno aprende a escuchar, Doc —le contesté—. Si no escuchas los pasos del que te quiere asaltar, o la respiración del perro que te va a morder, no amaneces.
Pero la paz es traicionera. Es como el mar antes del tsunami. Se retira despacito para luego caerte encima con todo.
A las dos semanas, sucedió lo que me temía. El pasado tocó a la puerta, y no fue por la entrada principal.
Era un martes lluvioso, de esos que te ponen triste nomás de ver por la ventana. Me tocó bajar al sótano, al área de carga y descarga, porque Don Roberto había pedido unos equipos especiales para cuando Santi saliera, y yo, necio, quería supervisar que nadie metiera mano negra. Ahí, entre camiones de reparto y olor a diesel, vi una sombra que conocía.
Estaba agazapado detrás de unos contenedores de basura, temblando.
—¿Tuercas? —susurré, acercándome con cuidado, con la mano lista por si era una trampa.
La figura se giró. Era él. Mi carnalito. Tenía la cara llena de mugre y un labio partido. Cuando me vio, con mi ropa limpia, mis tenis sin agujeros y mi radio en el cinto, sus ojos se abrieron como platos.
—¿Mateo? —preguntó con voz rasposa—. ¿Neta eres tú, güey? Pensamos que te habían quebrado o que estabas en el bote.
—Aquí ando, carnal. Trabajando —le dije, y sentí esa punzada de vergüenza otra vez—. ¿Qué haces aquí? Te van a sacar a patadas los guardias.
El Tuercas se acercó, cojeando. Me agarró del brazo con sus manos frías.
—No vine a pedir limosna, Mateo. Vine a buscarte. La cosa está caliente en el barrio.
—¿Qué pasó?
—Unos batos… gente pesada, no los mariguanos de siempre. Llegaron preguntando por “el chavo que se metió al hospital”. Traen foto tuya, cabrón. Están ofreciendo lana a quien diga dónde estás y cómo entrar acá sin que los vean.
Se me heló la sangre. Esteban. Tenía que ser él. Ese buitre no se iba a quedar con la cachetada que le dio su hermano. Si no podía entrar por la puerta grande con abogados, iba a entrar por la coladera con malandros.
—¿Quiénes son? —pregunté, apretando los dientes.
—Son del “Sapo”. Ya sabes, los que controlan la zona sur. Gente mala, Mateo. De la que te desaparece y no te encuentran ni con ouija. Le dieron una calentadita al Moco para que hablara, pero el güey aguantó vara. Yo me vine corriendo para avisarte.
Saqué mi cartera. La cartera de piel que Don Roberto me había regalado. Saqué todo lo que traía, como dos mil pesos que había ahorrado de mi primera paga. Se los puse en la mano al Tuercas.
—Toma, güey. Llévate al Moco y a la Flaca. Váyanse a otro lado unos días. Que no los encuentren.
—No quiero tu lana, Mateo… —empezó a decir, orgulloso a pesar del hambre.
—¡Agárrala, no seas necio! —le grité bajito—. Es por su bien. Y dile a la raza que se cuide. Que esto se va a poner feo.
El Tuercas guardó el dinero, me dio un abrazo rápido que olió a humedad y a hermandad, y se esfumó en la lluvia. Me quedé ahí parado, con el corazón latiendo a mil por hora. Ya no era solo yo. Ahora mis amigos estaban en peligro por mi culpa. Y Santi… Santi era el blanco.
Subí corriendo al cuarto piso. Tenía que decirle a Don Roberto. Pero cuando llegué, la asistente me dijo que el patrón había tenido que viajar de emergencia a Monterrey. Un problema con una planta. No regresaba hasta mañana.
Estaba solo. Solo contra el mundo, otra vez.
Esa noche, el hospital se sentía diferente. Las sombras parecían más largas. Cada ruido del elevador me hacía saltar. Le pedí al Dr. Salgado que restringiera el acceso al piso totalmente, que ni los repartidores de comida subieran. El doctor me vio tan alterado que me hizo caso sin chistar.
A las 3:00 AM, el infierno se desató.
Primero se fue la luz. Todo el edificio se quedó a oscuras. Segundos después, entraron los generadores de emergencia, pero solo iluminaban lo básico: los pasillos con una luz roja tétrica y los equipos vitales. El aire acondicionado se apagó y un silencio pesado cayó sobre el piso.
—¡Código Rojo! —gritó alguien por el radio—. ¡Falla eléctrica general! ¡Posible sabotaje en la subestación!
Yo sabía que no era una falla. Era la señal.
Corrí a la habitación 402. La puerta estaba cerrada. Entré y vi que los monitores de Santi seguían funcionando gracias a las baterías de respaldo, pero solo durarían unas horas.
—¡Mateo! —era una de las enfermeras, Lupita (tocaya de mi hermana), que estaba de guardia—. ¿Qué pasa?
—Cierre la puerta con seguro, Lupita. Y ponga la cama de Santi lejos de la ventana.
—Pero…
—¡Hágalo! —ordené con una voz que no admitía discusión.
Salí al pasillo. Escuché ruidos en las escaleras de emergencia. Golpes secos. Pasos pesados. No venían por el elevador, sabían que con los generadores no funcionaban. Venían subiendo a pie. Cuatro pisos.
Me quité el radio del cinto. Pesaba bastante. Agarré un extintor que estaba en la pared. Me escondí en un hueco cerca de las puertas de la escalera.
La puerta de emergencia se abrió de un golpe. Entraron tres tipos. Iban vestidos de negro, con pasamontañas y tubos de metal en las manos. No eran policías. Eran los perros de presa del Sapo.
—¿Cuál es el cuarto? —preguntó uno, con voz ronca.
—El 402, al fondo. El patrón dijo que quiere al niño y al escuincle que lo cuida. Rápido, antes de que llegue la tira.
El corazón se me quería salir del pecho. Eran tres hombres adultos, armados y peligrosos. Yo era un niño flaco con un extintor. Pero ellos no sabían algo: yo estaba peleando en mi terreno. Y yo tenía algo que perder.
Cuando pasaron frente a mi escondite, salí como un demonio. Accioné el extintor directo en la cara del primero. El polvo químico blanco salió a presión, cegándolo y haciéndolo toser como loco.
—¡Ahhh! ¡Mis ojos! —gritó, soltando el tubo y llevándose las manos a la cara.
Aproveché la confusión y le reventé el extintor en la cabeza al segundo tipo. Sonó como una campana: ¡CLANG!. El tipo cayó redondo al suelo, noqueado.
Pero el tercero, el más grande, reaccionó rápido. Me soltó una patada en el estómago que me sacó todo el aire. Sentí como si un caballo me hubiera pateado. Caí de espaldas, patinando en el piso pulido.
—¡Maldita rata! —gruñó el tipo, sacando una navaja. La luz roja de emergencia hizo brillar el filo. Se veía aterrador.
Me intenté levantar, pero no tenía aire. El dolor en el abdomen era insoportable. El tipo se me vino encima. Me agarró del cuello de la camisa y me levantó como si fuera un muñeco de trapo.
—Te voy a abrir en canal, escuincle —me escupió en la cara.
Cerré los ojos, esperando el filo. Pensé en mi jefa. En mi hermanita. “Ya voy con ustedes”, pensé.
Pero entonces, recordé el agua. El choque.
No podía irme. Santi estaba solo a unos metros. Si yo caía, él seguía.
Con la poca fuerza que me quedaba, hice lo único que se me ocurrió. No traté de quitarle el cuchillo. Le metí los dedos en los ojos con todas mis fuerzas. No fue una técnica de pelea, fue desesperación animal.
El tipo aulló de dolor y me soltó. Cayó de rodillas, tapándose la cara.
Recuperé el aire con un jadeo agónico. Vi el tubo de metal que se le había caído al primer tipo. Lo agarré. Pesaba.
El tipo de la navaja se estaba levantando, ciego de furia, tirando tajos al aire.
—¡Te voy a matar! —gritaba.
—¡Vente! —le grité yo, con lágrimas en los ojos por el dolor y la rabia—. ¡Vente si eres tan macho! ¡Aquí nadie toca a ese niño!
El tipo se lanzó hacia mi voz. Yo esquivé el navajazo por un pelo; sentí el frío del metal pasar cerca de mi oreja. Y con toda la fuerza que me daban mis años de hambre, de frío, de humillaciones, le bajé el tubo en la pierna.
El crujido del hueso se escuchó más fuerte que los pitidos de los monitores. El tipo cayó al suelo, gritando y retorciéndose.
Me quedé ahí, de pie, jadeando, con el tubo en la mano, rodeado de tres hombres derrotados. El pasillo estaba lleno de polvo de extintor, parecía niebla.
En ese momento se abrieron las puertas del otro lado del pasillo. Entraron los guardias del hospital (los nuevos, no los corruptos) y varios policías con armas largas.
—¡Al suelo! ¡Suelten las armas! —gritaron.
Yo solté el tubo. Levanté las manos.
—Soy yo… soy Mateo… soy seguridad… —balbuceé antes de que las piernas me fallaran y todo se volviera negro.
Desperté dos días después.
No estaba en un cuarto de limpieza. Estaba en una habitación privada, una suite de lujo del hospital. Las sábanas eran de seda, o algo así de suave. Me dolía todo el cuerpo, especialmente las costillas y la cara, pero estaba vivo.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue a Don Roberto sentado a mi lado. Se veía fatal. Tenía barba de tres días y los ojos rojos. Cuando vio que desperté, saltó de la silla.
—¡Mateo! —dijo, y su voz se quebró—. Gracias a Dios. Pensé que… los doctores dijeron que tenías conmoción y dos costillas rotas.
—¿Y Santi? —fue lo primero que pregunté. Mi voz sonaba como si hubiera tragado vidrio.
Don Roberto sonrió. Una sonrisa de verdad, amplia, luminosa.
—Está perfecto. Ni se enteró. Durmió todo el escándalo. Lupita no dejó que nadie entrara.
Suspiré aliviado y me dejé caer en la almohada.
—¿Qué pasó con los malos?
La cara de Don Roberto se endureció.
—Cantaron, Mateo. Cantaron como pajaritos en cuanto la policía los apretó. El “Sapo” los mandó, pero ¿adivina quién le pagó al Sapo?
—Esteban —dije, sin sorpresa.
—Esteban —confirmó él—. Lo arrestaron ayer en el aeropuerto, tratando de huir a Miami. Se acabó, Mateo. Él, la tía Claudia, Junior… todos están siendo investigados por conspiración, intento de homicidio y fraude. Se van a podrir en la cárcel. Esta vez no hay abogados que los salven.
Me quedé callado, procesando todo. Se había acabado. Los buitres estaban enjaulados.
—Oye… —dijo Don Roberto, rascándose la nuca un poco incómodo—. Hay alguien más que quiere verte. Sé que no son “visitas autorizadas”, pero… creo que te lo ganaste.
Hizo una señal hacia la puerta.
Entró el Tuercas. Y detrás de él, la Flaca y el Moco. Venían limpios (bueno, más o menos), peinados y con ropa nueva que se notaba que Don Roberto les había comprado. Traían una caja de galletas y unos globos.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Pinche Mateo! —dijo el Tuercas, corriendo a abrazarme con cuidado—. ¡Eres un héroe, güey! ¡Saliste en las noticias!
—¿En las noticias? —pregunté, espantado.
—Sí —dijo Don Roberto, prendiendo la tele que estaba en la pared—. Mira.
En la pantalla estaba la foto de mi credencial de seguridad (donde salía con cara de susto) y un titular enorme: “EL ÁNGEL GUARDIÁN DE LA CALLE: Joven ex-vagabundo salva al heredero millonario de un comando armado”.
—Todo México habla de ti —dijo Don Roberto—. Y de cómo el sistema te falló y aun así tú no nos fallaste a nosotros.
Miré a mis amigos. Estaban comiendo galletas y tomando refresco del frigobar. Se veían felices. A salvo.
—¿Y ahora qué? —le pregunté al patrón.
—Ahora… —Don Roberto se sentó en la orilla de la cama—. Ahora te vas a recuperar. Y luego, vamos a cumplir esa promesa de estudiar. Pero no solo tú.
Señaló a mis amigos.
—He decidido abrir una fundación. “Fundación Mateo”. Para chavos como tú, como ellos. Vamos a dar becas, vivienda, trabajo. Quiero que tú la dirijas… bueno, cuando termines la prepa, claro.
No supe qué decir. Se me hizo un nudo en la garganta tan grande que no pasaba ni el aire. ¿Yo? ¿Director? ¿Fundación?
—Pero primero —siguió Don Roberto—, hay un trámite legal que quiero discutir contigo. Sé que ya estás grande, que tienes 15 años casi, pero… hablé con el juez. Como tu tutor legal temporal, he solicitado la adopción permanente. Si tú quieres.
El silencio en la habitación fue total. El Tuercas dejó de masticar la galleta. La Flaca se tapó la boca.
—¿Adopción? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Ser su hijo? ¿De verdad?
—Santi necesita un hermano mayor —dijo él, con los ojos brillosos—. Y yo… yo necesito un hijo que me enseñe lo que es la verdadera valentía. No quiero reemplazar a nadie, Mateo. Sé que tienes a tu mamá en el cielo. Pero aquí en la tierra, me gustaría ser tu papá.
Miré a mis amigos. El Tuercas me hizo una señal con el pulgar arriba y una sonrisa de oreja a oreja. “Dile que sí, güey”, articuló con los labios.
Miré a Don Roberto. Ya no veía al millonario del traje. Veía a un hombre solo que me había dado la mano cuando nadie más lo hizo.
—Sí, jefe… digo… sí, papá —dije, y me solté a llorar como niño chiquito.
Él me abrazó. Fue un abrazo fuerte, cálido. Un abrazo de familia.
EPÍLOGO: 15 AÑOS DESPUÉS
El auditorio de la universidad estaba a reventar. Gente de traje, estudiantes, prensa.
—Y ahora, con ustedes, el graduado con honores de la Facultad de Derecho y Director de Operaciones de Grupo Empresarial Roberto, el Licenciado Mateo… —el presentador hizo una pausa dramática— …Mateo Roberto de la Cruz.
Subí al estrado. El traje me quedaba a la medida, zapatos italianos (pero cómodos), corbata de seda. Pero debajo de la camisa, todavía llevaba la cicatriz en las costillas y las marcas de la vida en la piel.
Tomé el micrófono. Busqué entre el público.
En primera fila estaba mi papá, Don Roberto, ya con el pelo blanco pero con la misma mirada orgullosa. A su lado, un joven de 16 años, alto y fuerte: Santi. Mi hermano. El que una vez cupo en mis manos sucias.
Y más atrás, en una sección especial, estaba mi otra familia. El Tuercas, que ahora era jefe de mecánica de la flotilla de la empresa. La Flaca, que era enfermera jefa en el hospital. El Moco, que trabajaba en la fundación rescatando chavos.
Respiré hondo. El aire acondicionado estaba frío, pero ya no me calaba.
—Mucha gente me pregunta cuál es el secreto del éxito —empecé a decir, y mi voz resonó en el auditorio en silencio—. Me preguntan cómo pasé de dormir detrás de un contenedor de basura a estar parado aquí hoy.
Hice una pausa. Me acordé de la lluvia. Del frío. Del miedo.
—La respuesta es simple —dije, sonriendo—. A veces, la vida se te muere en los brazos. Se te apaga. Y tú tienes dos opciones: te rindes y dejas que se vaya, o le echas un cubetazo de agua fría para despertarla.
Hubo risas entre el público.
—Yo aprendí que no importa de dónde vienes, si hueles a mugre o a perfume caro. Lo que importa es lo que haces cuando las máquinas pitan la línea plana. Lo que importa es si tienes el coraje de meter las manos al fuego, o al agua helada, por alguien más.
Miré a Santi. Él me guiñó un ojo.
—Dicen que el dinero no compra la felicidad —continué—. Y es cierto. Pero la lealtad… la lealtad de la raza, el amor de una familia que tú eliges y que te elige a ti, eso… eso no tiene precio. Eso es el verdadero milagro.
Levanté mi título hacia el techo, hacia donde sabía que mi jefa y mi hermana Lupita me estaban viendo.
—¡Esto va por ustedes, jefecita! —grité, rompiendo el protocolo.
El aplauso fue ensordecedor. Sentí que el pecho me estallaba, pero esta vez no de dolor, sino de pura gratitud.
Al bajar del escenario, mi papá me abrazó.
—Felicidades, hijo.
—Gracias, pa.
Santi se acercó y me dio un golpe en el hombro.
—Te pusiste sentimental, carnal. Casi lloro.
—Cállate, escuincle. O te meto al lavabo con agua fría otra vez —le bromeé.
Nos reímos. Los tres.
Salimos del auditorio hacia el sol brillante de la tarde. Ya no llovía. Hacía años que en mi vida ya no llovía adentro, solo afuera.
Me subí a mi coche, miré por el retrovisor y vi mis ojos. Esos mismos ojos que una vez vieron la muerte detrás de un cristal. Ahora veían futuro.
Arranqué el motor. Tenía una junta en la fundación. Había un nuevo chico que habían encontrado durmiendo en el parque. Decían que era bravo, que no se dejaba ayudar.
Sonreí. Ya sabía yo cómo tratar con esos.
—Aguanta vara, chavo —pensé—. Ya voy para allá. Y llevo agua fría y una camisa limpia.
Porque la misión nunca termina. Solo cambia de manos. Y mientras haya un Mateo en la calle, habrá esperanza.
Así es esto, raza. Al mal tiempo, buena cara, y al corazón parado, un choque de vida.
FIN.