Tengo 80 años, mi memoria se apaga, y hoy decidí pedirle matrimonio a la hermosa mujer que me visita a diario.

Me llamo Roberto, y en la bolsa derecha de mi pantalón de vestir, un anillo de oro me quema la pierna como si fuera una brasa hirviendo. Tengo miedo. Tengo, según mis cálculos, diez minutos antes de que el valor se me escape o, peor aún, antes de que mi memoria me traicione y vuelva esa maldita niebla que me borra todo.

Estoy sentado en la sala común de la casa de reposo. Aquí huele a Fabuloso de lavanda y a café de olla recién hecho, ese olor a limpio que trata de disfrazar la soledad de los que estamos aquí. Me toco la corbata. Me la acomodo una y otra vez. Como si un nudo bien hecho pudiera amarrar los recuerdos que se me escapan del alma.

Lupita, la enfermera, me dijo hace rato mientras me ayudaba con el saco: “Ay, Don Robert, se ve usted como todo un galán de la Época de Oro”. Yo no sé qué fui antes. A veces creo que fui ingeniero, porque me calman las líneas rectas, pero hoy solo soy un viejo que espera.

A ella.

Siempre llega a las tres en punto. Esa puntualidad es lo único seguro que me queda en la vida. Es la mujer más hermosa que han visto mis ojos, aunque los años le hayan dibujado arruguitas finas, como una red de encaje, alrededor de su mirada. Huele a domingo, a ropa limpia secada al sol de mediodía.

¿Por qué una mujer así, tan elegante, viene a ver a un anciano como yo que ya tiembla al levantar la taza de café?. No lo sé, pero ella me escucha. Siempre me trae una concha de vainilla o algo dulce, y nunca me regaña cuando tiro las migajas en mi camisa.

Pero hoy es diferente. Hoy tengo una misión. Esta mañana encontré el anillo en mi mesita de noche. Al verlo, sentí un chispazo en el pecho. No puedo dejar que se vaya hoy sin decírselo. A mi edad, el tiempo ya no corre como un río; es un charco lodosos que se seca bajo el sol.

Se abre la puerta. El corazón me da un vuelco que casi me saca el aire. Ahí está. Lleva su abrigo beige y esa sonrisa que me sostiene cuando el mundo se me desmorona.

—Buenas tardes, Roberto —me dice con esa voz suavecita, jalando la silla.

Nos quedamos en silencio un momento. Le miro las manos. No trae anillo. ¿Será viuda? Esa idea me duele, pero también me da una esperanza que me avergüenza admitir.

Es ahora o nunca. Meto la mano a la bolsa. El metal está tibio. Siento que me falta el aire, como cuando te metes al mar en Veracruz y el agua está helada.

—¿Puedo… puedo decirte algo? —le pregunto, y la voz se me quiebra como cristal.

Ella deja su pan dulce y me clava esos ojos profundos, llenos de secretos.

—Claro, Roberto.

Saco el anillo y lo pongo sobre el mantel de plástico. Brilla poquito bajo la luz blanca del asilo. Ella se queda paralizada. Veo cómo le empiezan a temblar los labios.

—Sé que ya no soy un buen partido —le digo, sintiendo que las lágrimas me ganan—. Se me olvidan las cosas. A veces no sé ni qué día es. Pero sé que cuando estás aquí, me siento completo.

Le tomo la mano. Su piel se siente tan conocida, como si mis manos la recordaran mejor que mi cerebro.

—NO QUIERO QUE TE VAYAS MAÑANA SIN SABER LO QUE SIENTO POR TI, ¿ME HARÍAS EL HONOR…?

La sala se queda en silencio total. Hasta el reloj de pared parece que dejó de hacer tictac. Ella estira la mano hacia el anillo, temblando igual que yo, y lo que sucede a continuación me parte el alma en mil pedazos…

PARTE 2: LA PROMESA OLVIDADA Y EL PESO DE LA NIEBLA

Sus ojos no brillaron como yo esperaba. No hubo ese destello de sorpresa juvenil, ni el rubor en las mejillas que imaginé durante mis noches de insomnio, ensayando este momento frente al espejo manchado del baño compartido. Lo que vi en sus ojos, esos ojos profundos que tanto me obsesionan, fue un dolor tan agudo y tan antiguo que sentí como si me hubieran dado una pedrada en el centro del pecho.

Ella se quedó mirando el anillo. Ese arito de oro sencillo, que me costó tanto esconder de las enfermeras, descansaba sobre el mantel de plástico barato entre nosotros. Una lágrima, pesada y lenta, rodó por su mejilla, trazando el camino de sus arrugas hasta caer justo al lado de la pieza de joyería.

—Roberto… —susurró. Su voz no era de rechazo, era de una tristeza infinita, una lástima que me hizo sentir pequeño, como un niño regañado.

—¿No te gusta? —pregunté, y mi voz salió chillona, asustada. El miedo me empezó a trepar por la espalda. ¿Me había equivocado? ¿Acaso ella estaba casada con otro? ¿Había insultado su honor? Mi mente, esa traicionera que a veces funciona y a veces no, empezó a dar vueltas como un rehilete en día de viento. —Mira, sé que no es la gran cosa. No es un diamante de esos que salen en las telenovelas que ve Lupita en la tarde. Pero es oro, te lo juro. Es oro bueno.

Ella extendió su mano, esa mano llena de manchas de la edad y venas azules que parecen ríos en un mapa, y tocó el anillo con la punta del dedo índice, con una delicadeza reverencial.

—Lo sé, Roberto —dijo ella, y al levantar la vista, me encontré con una mirada que me desarmó—. Sé que es oro bueno. Es de 14 kilates. Lo compramos en el Monte de Piedad del centro, hace cincuenta y tres años.

El mundo se detuvo.

No, no se detuvo. Se rompió. Como cuando se cae un vaso de vidrio al suelo de loseta y se hace añicos que saltan por todos lados.

—¿Cómo dices? —balbuceé, sintiendo que el aire del cuarto se volvía denso, irrespirable. El olor a Fabuloso de lavanda se me hizo insoportable de repente.

—Lee la inscripción, Roberto. Por favor.

Me temblaban tanto las manos que casi tiro el anillo al suelo. Me ajusté los lentes, esos que siempre traigo sucios, y acerqué el metal a mis ojos, entrecerrándolos para enfocar. Ahí, en la cara interna del anillo, gastada por el roce de la piel durante décadas, apenas legible pero indudablemente real, estaba grabada una fecha y dos iniciales.

R y C. 14 de febrero de 1971.

Sentí un vértigo atroz. La sala común del asilo empezó a girar. Las enfermeras al fondo, el señor que grita por su sopa, la televisión encendida… todo se volvió un borrón.

—C… Carmen —dije. El nombre salió de mis labios no como una pregunta, sino como un vómito de realidad. Como una llave oxidada que de repente abre una puerta que llevaba años cerrada con tranca.

Ella sollozó. Fue un sonido ahogado, tapándose la boca con la mano.

—Sí, mi viejo. Soy yo. Soy Carmen.

La niebla en mi cabeza, esa maldita niebla blanca y espesa que me roba los días, se abrió de golpe. No fue suave, fue violento. Fue como si me hubieran arrancado una venda de los ojos a la fuerza. Y de repente, los recuerdos me golpearon todos juntos, como una ola gigante en la costa de Acapulco que te revuelca hasta dejarte sin aire.

El Recuerdo: La Plaza y el Vestido Azul

La vi. No a la anciana que tenía enfrente, sino a ella. A mi Carmen de veinte años. Fue en la Alameda. Dios mío, ¿cómo pude olvidar la Alameda? Era domingo. Yo traía mi único traje bueno, el azul marino que brillaba un poco en los codos por el desgaste, y mis zapatos boleados hasta que parecían espejos. Había música de organillero. El sol pegaba fuerte, pero bajo la sombra de los álamos se estaba fresco.

Ella iba caminando con su hermana. Llevaba un vestido de flores azules y el pelo suelto, negro como la noche cerrada, cayéndole sobre los hombros. Yo era un muchacho flaco, “un alambre”, me decía mi madre, pero tenía el valor de quien no tiene nada que perder. Me acerqué. Le compré un algodón de azúcar. Ella se rió porque se me pegó un pedazo en el bigote que apenas me estaba dejando crecer para verme más hombre.

Esa risa.

Miré a la mujer frente a mí en el asilo. Esa risa era la misma que ahora se escondía detrás de sus lágrimas.

—Carmen… —repetí, y esta vez el dolor fue tan grande que tuve que agarrarme de la mesa para no caerme de la silla—. Perdóname. Por el amor de Dios, perdóname.

Ella se levantó, rodeó la mesa y me abrazó. Hundí mi cara en su abrigo beige. Olía a ella. Olía a nuestro hogar. A la casa en la colonia Roma que rentamos cuando nos casamos, esa que tenía goteras pero donde fuimos tan felices. Olía al jabón Zote con el que lavaba mi ropa de trabajo. Olía al mole que preparaba en mi cumpleaños.

—No hay nada que perdonar, Roberto —me dijo al oído, acariciándome la cabeza calva como si fuera un niño chiquito—. Es la enfermedad, mi cielo. No eres tú. Es la enfermedad.

—¡No! —grité, golpeando la mesa con el puño débilmente. Algunos ancianos voltearon a ver, pero no me importó—. ¡Soy yo! ¡Soy yo el que te olvida! ¿Cómo puedo olvidarte a ti? Si eres lo único que vale la pena en mi vida. ¡Maldita sea mi suerte!

Lloré. Lloré como no había llorado desde que murió mi padre. Lloré de rabia, de impotencia. Porque el anillo que tenía en la bolsa no era un regalo nuevo. Era SU anillo. El que yo le había quitado de su buró días antes, en un momento de confusión, pensando que era mío, o que lo había encontrado, o quién sabe qué diablos pensó mi cerebro podrido.

Ella me lo había dejado llevar. Seguramente se dio cuenta de que lo tomé. Seguramente vio cómo lo escondí como un tesoro. Y no me dijo nada. Me dejó tener mi fantasía. Me dejó creer que era un galán cortejando a una desconocida, cuando en realidad estaba cortejando a la mujer que me ha lavado los calzones, me ha curado las fiebres y me ha dado tres hijos durante medio siglo.

Tres hijos.

De golpe, sus caras aparecieron en mi mente. Roberto Jr., el que se fue al norte y ya casi no llama. Lucía, la que nos dio los nietos y que siempre se pelea con su marido. Y Miguel… mi Miguelito. El que se nos fue en el accidente de la moto.

Ese dolor, el de Miguel, estaba ahí, agazapado. Ese nunca se olvida del todo, aunque la mente se borre. Es un dolor que vive en los huesos.

Me separé de ella para mirarla a la cara. Le tomé el rostro entre mis manos temblorosas.

—Carmen, ¿cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté, mirando las paredes color crema del asilo.

—Dos años, Roberto. Dos años.

—¿Y vienes todos los días?

—Todos los días, a las tres. Solo falto si me enfermo muy fuerte, y aun así, intento venir.

Sentí una vergüenza que me quemaba más que el anillo en la bolsa. Esta mujer, esta santa, toma el camión, o el metro, con sus rodillas malas (porque me acordé de que le duelen las rodillas cuando llueve), cruza la ciudad, ¿solo para venir a ver a un viejo que a veces ni siquiera sabe quién es ella?

—¿Por qué? —le pregunté. La voz se me salía en hilos—. ¿Por qué vienes si a veces te trato como a una extraña? ¿Por qué no me dejas aquí y te buscas una vida tranquila? Ya cumpliste, mujer. Ya me cuidaste mucho.

Carmen sonrió. Tomó el anillo de la mesa y, con una naturalidad que me partió el alma, se lo colocó en el dedo anular. Entró perfecto, dejando ver la marca blanca en la piel donde había estado durante cincuenta años.

—Porque tú hiciste una promesa, Roberto. Y yo hice otra. “En la salud y en la enfermedad”, ¿te acuerdas? Lo dijimos frente al altar de la Iglesia de San Hipólito. Y además… —hizo una pausa y me apretó la mano—, porque hay días, como hoy, en los que vuelves. Hay días en los que la niebla se levanta un ratito y tengo a mi esposo de vuelta. Y por esos diez minutos, o una hora, vale la pena las veintitrés horas restantes de soledad.

Me quedé mudo. Miré mis manos arrugadas sobre las suyas. Pensé en la vida que tuvimos.

El Flashback: La Lucha y la Construcción

Me acordé de cuando nos corrieron del departamento en el 85, después del temblor. El miedo. Dormir en la calle dos días. Tú no te rajaste, Carmen. Me decías: “Mientras estemos vivos, Roberto, lo demás son cosas”. Y levantamos otra casa. Ladrillo a ladrillo. Yo trabajando doble turno en el taxi y tú cosiendo ajeno hasta que se te cansaban los ojos.

Me acordé de las navidades. Tú hacías esos romeritos que a mí no me gustaban tanto pero me los comía porque te quedaban sabrosos de puro amor que les ponías. La casa llena de gente. La música de la Sonora Santanera a todo volumen. Yo sacándote a bailar en la sala, apartando los sillones. Tú riéndote porque te pisaba.

—Siempre fuiste pata dura para el baile, Roberto —dijo ella de repente, como si me leyera el pensamiento.

La miré, asustado.

—¿Lo dije en voz alta?

—Sí, viejo. Dijiste que yo me reía porque me pisabas.

—Es que es verdad. Nunca tuve ritmo. Pero tú… tú flotabas, Carmen.

Ella se rió, y esa risa barrió un poco de la tristeza de la sala.

—Tú tampoco eras tan malo. Nada más que querías guiar y a veces no escuchabas la música. Como en la vida, Roberto. Siempre terco, siempre queriendo resolver todo tú solo.

Se hizo un silencio cómodo. De esos que solo se tienen con alguien a quien conoces más que a ti mismo. Comimos la concha de vainilla. Ella partió un pedazo y me lo dio en la boca, porque mis manos seguían temblando mucho. El sabor dulce, la textura del azúcar, me trajo más recuerdos. Desayunos de domingo. Café con leche.

Pero entonces, sentí algo.

Fue sutil al principio. Como cuando se empieza a meter el sol y las sombras se alargan en el patio. Una pequeña confusión.

Miré la ventana. ¿Qué hora era? ¿Por qué estaba yo aquí? Miré a la mujer frente a mí. Carmen. Sí, es Carmen. Mi esposa. Pero… ¿dónde estamos?

—Carmen —dije, y noté que mi voz cambiaba. El pánico volvió, pero más sordo, más lento—. ¿Dónde están los niños?

Su sonrisa flaqueó un instante, pero la recuperó rápido. Es una guerrera, mi vieja.

—Están trabajando, Roberto. Ya son grandes. Tienen sus vidas.

—Ah, sí. Claro. El trabajo. —Asentí, tratando de parecer que entendía, pero los nombres de los niños se me estaban empezando a desdibujar. ¿Cómo se llamaba el mayor? ¿Rogelio? ¿Ricardo? No… Roberto. Sí, Roberto, como yo.

El miedo a olvidar es peor que el miedo a morir. Morir es soltar, es descansar. Olvidar es aferrarse a arena que se te escurre entre los dedos. Es ver cómo se apagan las luces de tu casa una por una hasta que te quedas a oscuras en una habitación que no reconoces.

—Escúchame, Roberto —dijo Carmen, inclinándose hacia mí. Su tono se volvió urgente, intenso—. Sé que te estás cansando. Lo veo en tus ojos. La niebla está bajando otra vez.

—No, no… estoy bien. Solo… solo necesito un café más fuerte.

—No pelees, mi amor. Escúchame bien mientras me entiendes. —Me agarró la cara con fuerza, obligándome a mirarla—. Te amo. Eres el amor de mi vida. No importa si mañana no te acuerdas de esto. Yo me acuerdo por los dos. ¿Me oyes? Yo guardo los recuerdos. Tú descansa. Tú solo déjate querer.

—Pero no quiero olvidar que te pedí matrimonio hoy… otra vez —dije, sintiendo que las lágrimas volvían—. Quería… quería que fuera especial.

—Fue especial, tonto. Fue lo más hermoso que me ha pasado en años. Me volviste a elegir. Aún sin saber quién era, tu corazón me reconoció. ¿No te das cuenta? Tu cabeza falla, pero tu corazón no. Tu corazón sabe que soy tuya.

Quise contestarle algo bonito, algo de poeta, pero las palabras se me atoraron. Sentí un cansancio brutal, como si hubiera cargado bultos de cemento todo el día. Mis párpados pesaban toneladas.

—Tengo sueño, Carmen.

—Lo sé. Ya va a ser hora de tu siesta.

—No te vayas.

—No me voy. Me quedo aquí hasta que te duermas. Y mañana vuelvo a las tres.

—¿A las tres?

—A las tres en punto. Con tu concha de vainilla.

Me recargué en el respaldo de la silla. La imagen de Carmen empezó a perder nitidez. No porque yo quisiera, sino porque mi cerebro estaba bajando el telón. Pero antes de que todo se fuera a negro, antes de que volviera a ser solo un viejo confundido en un asilo esperando a una visita misteriosa, me aferré a una última certeza.

Miré su mano sobre la mesa. El anillo de oro brillaba. Ya no estaba en mi bolsa quemándome la pierna. Estaba donde pertenecía.

—Carmen… —susurré con los ojos ya cerrados.

—Dime, viejo.

—Estás bien guapa hoy. Ese abrigo te queda re bien.

La escuché reírse bajito, un sonido que me arrulló.

—Duérmete, Roberto. Duérmete.

El Despertar (Horas después)

Abrí los ojos. La luz de la tarde entraba naranja por la ventana. Me sentía extraño. La boca seca. Miré a mi alrededor. La sala estaba casi vacía. Solo quedaban un par de enfermeras limpiando. Me toqué la bolsa del pantalón. Vacía. Sentí un hueco en el estómago. ¿Qué tenía yo ahí? Estaba seguro de que tenía algo importante. Algo valioso. Me busqué en la otra bolsa. Nada. Solo un pañuelo usado. Me entró la angustia. ¡Me robaron! Seguro alguien me robó mientras dormía. Aquí no se puede confiar en nadie.

—¿Lupita? —llamé a la enfermera.

—¿Qué pasó, Don Robert? ¿Ya despertó?

—Oiga, ¿no vio… no vio algo mío? Creo que perdí algo.

Lupita se acercó sonriendo con ternura.

—¿Qué cosa, Don Robert?

—No sé… algo. Sentía que tenía un pendiente muy grande hoy. Una misión.

Lupita me acomodó el cuello de la camisa.

—Ya la cumplió, Don Robert. No se preocupe. Vino su esposa. Estuvo con usted toda la tarde.

—¿Mi esposa? —Fruncí el ceño. La palabra me sonaba lejana, como eco de una cueva. Traté de buscar una cara, un nombre, pero solo encontré sombras.

—Sí, la Señora Carmen. La del abrigo beige.

De repente, un flashazo. Un olor a ropa limpia secada al sol. Una sonrisa. Un anillo brillando en un dedo que no era el mío. No recordaba la conversación. No recordaba qué le dije. Pero recordaba una sensación. Paz. Sentía una paz inmensa en el pecho, donde antes había miedo. Me relajé en la silla.

—Ah… la señora bonita —dije, sonriendo sin saber bien por qué—. Qué bueno. Es muy amable esa señora. Siempre me trae pan dulce.

—Sí, Don Robert. Lo quiere mucho.

—Oiga Lupita…

—Dígame.

—Si viene mañana… ¿me avisa? Quiero estar arreglado. Creo… creo que me gusta esa señora.

Lupita se rió y me dio unas palmaditas en el hombro.

—Claro que sí, Don Robert. Mañana a las tres. Aquí va a estar. Ella siempre vuelve.

Me quedé mirando la ventana, viendo cómo el sol se escondía detrás de los edificios grises de la ciudad. No sé quién soy a veces. No sé qué hice con mi vida. Pero sé que mañana, a las tres, tengo una cita. Y esa esperanza, esa pequeña chispa en medio de la oscuridad, es suficiente para pasar la noche.

La niebla está aquí, sí. Me rodea. Me cubre. Pero por alguna razón, hoy no me da frío. Hoy la niebla se siente calientita, como el abrazo de una mujer que te dice que todo va a estar bien, aunque el mundo se esté cayendo a pedazos.

Me toqué el pecho. El corazón latía tranquilo. R y C. No sé qué significa, pero suena a música. Cierro los ojos. Mañana será otro día. Y mañana, si Dios quiere, la volveré a conocer por primera vez.

PARTE 3: EL ECO DE UN VALS EN EL PASILLO DE LA NOCHE.

La paz que sentí al atardecer, esa cobija calientita que me dejó la visita de la señora bonita, no duró toda la noche. La noche en este lugar es un animal distinto. Es un coyote que acecha. Cuando se apagan las luces del pasillo y solo queda el zumbido del refrigerador de las medicinas y los ronquidos de don Anselmo en la cama de al lado, la niebla de mi cabeza se vuelve humo negro.

Me desperté de golpe. Sudando. Con el corazón galopando como caballo desbocado en el Hipódromo de las Américas.

Estaba oscuro. No reconocía el techo. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estas sábanas raspan? Mi mano, por puro instinto, voló hacia la mesita de noche buscando el vaso de agua que Carmen siempre me deja, ese vaso de veladora con la imagen de San Judas Tadeo.

Tiré algo. Sonó a plástico hueco. No era vidrio.

—¿Carmen? —llamé. Mi voz salió rasposa, vieja.

Nadie contestó. Solo el silencio pesado de un lugar que huele a medicina y a soledad. Me senté en la cama, sintiendo cómo me rechinaban las rodillas. “Híjole, Roberto”, me dije, “¿en qué lío te metiste ahora?”. La confusión es un mareo que no se te quita sentándote. Es como estar borracho sin haber probado ni una gota de tequila.

Me toqué la bolsa del pantalón de la pijama. Vacía. Me toqué el pecho. Nada.

—El dinero… —susurré. Una idea paranoica se me clavó en el cerebro—. ¡La cuenta del día! ¡Me robaron la cuenta del taxi!

De repente, ya no tenía ochenta años. Tenía cuarenta. Estaba en mi Vocho verde, ese que cuidaba más que a mis propios ojos. Alguien se había subido en la colonia Doctores y me había bajado la lana. Tenía que llegar a casa. Carmen me estaba esperando para cenar. Si no llegaba con el dinero, ¿cómo íbamos a pagar la luz?

Me levanté. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío de loseta. Tengo que salir de aquí. Tengo que buscar mi carro.

Salí al pasillo. Las luces de emergencia pintaban todo de un verde enfermo. Caminé arrastrando los pies, cuidando que no me viera “el patrón”. En mi cabeza, el asilo se convirtió en un laberinto de calles del Centro Histórico a las tres de la mañana.

Pasé por la habitación 104. Escuché un quejido. —Ya voy, jefa, ya voy… —murmuré, pensando que era mi madre llamándome desde el cuarto de atrás de la vecindad. Pero mi madre lleva muerta treinta años. Ese dato flotó en mi mente y luego se reventó como burbuja de jabón.

Seguí caminando. Necesitaba encontrar la salida. Necesitaba encontrar a Carmen. Ella sabría dónde dejé el taxi. Ella siempre sabe dónde dejo las llaves, dónde dejo la cabeza.

Llegué a una ventana grande que da al jardín. La luna estaba llena, redonda y blanca como una tortilla de harina recién hecha. Me recargué en el vidrio frío. Y ahí, viendo mi reflejo —un viejo encorvado, con el pelo alborotado y la pijama de botones chuecos—, me golpeó una tristeza tan honda que me dobló las piernas.

No estaba buscando el taxi. Estaba buscando algo más valioso.

—El anillo —dije en voz alta.

El recuerdo del día anterior me llegó en fragmentos, como pedazos de una película mal cortada. Un anillo de oro. Una mesa con mantel de plástico. Una mujer con abrigo beige llorando.

¿Se lo di? ¿Me lo robaron? ¿Lo perdí? El pánico me empezó a cerrar la garganta. Ese anillo era todo. Era mi boleto de regreso a la vida. Si no tenía el anillo, no tenía misión. Y un hombre sin misión es solo un bulto que respira.

Empecé a tantearme los bolsillos otra vez, frenético. Me revisé hasta los calcetines imaginarios. Nada. —¡Me lo robaron! —grité. El miedo se convirtió en rabia—. ¡Ladrones! ¡Bola de sinvergüenzas!

Se encendió una luz al final del pasillo. Pasos rápidos. Zapatos de goma chillando contra el piso. No era Lupita. Era la enfermera de la noche, una muchacha robusta con cara de pocos amigos que siempre huele a cigarro.

—¿Qué pasa, Don Roberto? ¿Por qué está gritando a estas horas? —Me habló fuerte, como si estuviera sordo. A veces me hago el sordo para no oír pendejadas, pero esta vez la oí clarito.

—¡Mi anillo! —le reclamé, apuntándole con un dedo tembloroso—. ¡Tenía un anillo de oro aquí! ¡Para mi prometida! Y ya no está. Ustedes me lo quitaron mientras dormía.

La enfermera suspiró. Ese suspiro de cansancio que tienen todos los que nos cuidan. Como si fuéramos muebles pesados que hay que mover de un lado a otro.

—Nadie le robó nada, abuelo. Váyase a dormir. Mañana lo busca.

—¡No! —Me planté firme, aunque las piernas me temblaban como gelatina—. No me voy a dormir. Tengo que encontrarlo. Ella viene mañana. Viene a las tres. Si no tengo el anillo, ¿qué le voy a dar? Me va a dejar. Se va a ir con otro que sí tenga memoria, que sí tenga dinero.

La muchacha me agarró del brazo. No fue brusca, pero tampoco fue suave. —Don Roberto, por favor. Va a despertar a los demás. Su esposa tiene el anillo.

Me detuve en seco. —¿Mi qué?

—Su esposa. La señora Carmen. Ella se lo llevó puesto ayer. ¿No se acuerda? Usted se lo dio. Hubo chilladera y todo. Lupita me contó el chisme en el cambio de turno.

—¿Esposa? —La palabra rebotó en mi cabeza.

—Sí, la señora bonita del abrigo beige. Esa es su esposa. Llevan casados un chingo de años. Ándele, camine.

Me dejé llevar de regreso a la cama. Pero mi mente se quedó atorada en esa palabra. Esposa. Me acosté y me tapé hasta la nariz. La enfermera apagó la luz.

En la oscuridad, traté de armar el rompecabezas. Si ella es mi esposa… ¿por qué le pedí matrimonio? ¿Estoy loco? Sí, Roberto. Estás loco. O estás roto. O las dos cosas.

Pero entonces, en medio del silencio, cerré los ojos y traté de invocarla. No su cara de ahora, sino la sensación de ella. Y apareció. No fue una imagen visual. Fue un recuerdo de la piel. Sentí el peso de su cabeza en mi hombro en un viaje en camión a Cuernavaca. Sentí el calor de su mano apretando la mía cuando nació nuestro primer hijo, Roberto Jr., y yo estaba tan nervioso que casi me desmayo en la sala de espera del Seguro Social. Sentí el sabor de sus labios, que saben a café y a canela.

—Carmen… —susurré a la almohada.

Y de repente, el miedo al robo desapareció. Si ella tiene el anillo, entonces el anillo está seguro. Es como si estuviera en la caja fuerte del Banco de México. Ella cuida todo. Ella cuida mis recuerdos, mis camisas, mis hijos… y ahora, mi anillo.

La angustia se transformó en una espera ansiosa. Mañana viene. La enfermera dijo que viene. Tengo una cita. Tengo una esposa que es mi novia. Qué cosa tan rara. Qué cosa tan bonita.

Me quedé dormido arrullado por esa idea, repitiendo el nombre como un rezo: Carmen, Carmen, Carmen… hasta que el sueño me llevó a un lugar donde no había niebla, solo un jardín lleno de jacarandas en flor.

El amanecer en el asilo entra con olor a cloro y a avena caliente. Abrí los ojos y por un segundo, solo por un segundo, no supe quién era. Fui un extraño en un cuerpo prestado. Miré mis manos arrugadas y pensé: “¿De quién son estas garras?”. Pero luego vi la foto en la mesita. Una foto en blanco y negro de una pareja joven partiendo un pastel de bodas.

El muchacho flaco del bigote ridículo soy yo. La muchacha de los ojos de estrella es ella.

—Hoy viene —dije. Fue lo primero que salió de mi boca antes siquiera de dar los buenos días.

Lupita entró con su carrito de medicinas, cantando una canción de Juan Gabriel. —¡Buenos días, alegría! ¿Cómo amaneció el galán del asilo? —gritó con esa energía que a veces me aturde y a veces me salva.

—Tengo que rasurarme, Lupita —le dije, sentándome en la cama con más energía de la habitual.

—Uy, ¿y eso? Si hoy no es domingo.

—Hoy tengo una cita. A las tres.

Lupita sonrió y dejó las pastillas en la mesa. —Ah, verdad. La cita con la dueña de sus quincenas. Está bien, Don Robert. Después del desayuno le ayudo con la rasuradora, para que quede rechinando de limpio.

El desayuno me supo a gloria, aunque solo eran huevos revueltos con frijoles aguados. Comí rápido. Tenía prisa. El tiempo en el asilo suele ser chicle, se estira y no se rompe, pero hoy sentía que las manecillas del reloj corrían en mi contra.

Me pasé la mañana en un estado de nerviosismo eléctrico. Caminaba de un lado a otro de la sala común. —Siéntese, Don Roberto, me marea —me decía Doña Esther, que siempre está tejiendo cosas que nunca termina.

—No puedo, Esther. Estoy esperando.

—¿A quién? ¿Al Papa?

—A mi mujer. Viene a verme. Y le voy a… —Me detuve. ¿Qué le iba a hacer? ¿Pedirle matrimonio otra vez? No, eso ya lo hice. Me lo dijo la enfermera nocturna. Entonces, ¿qué sigue?

Me quedé pensando en medio del pasillo. Si ya le di el anillo… ¿ahora qué somos? La lógica se me escapaba, pero el sentimiento permanecía. Hoy es el día después del “Sí”. En los tiempos de antes, después del compromiso, venía el cortejo formal. Las visitas en la sala de su casa con la suegra vigilando. Las salidas al cine tomados de la mano.

—Le voy a invitar un helado —decidí. Aunque aquí no venden helados. Bueno, le invitaré mi gelatina de la comida. Es de limón. A ella le gusta el limón.

Llegó la hora del baño. Me dejé tallar la espalda sin quejarme del agua tibia. Me dejé poner la loción de Sanborns que me regaló mi hija Lucía la navidad pasada y que guardo para ocasiones especiales. Huele a madera y a señor decente. Me puse mi camisa azul cielo. La que tiene el cuello un poco gastado pero está bien planchada.

—¡Qué guapo, Don Robert! —me chuleó Lupita mientras me peinaba los cuatro pelos que me quedan con harta vaselina—. Huele a puro peligro.

Me miré en el espejo. Todavía veo al viejo. Las bolsas bajo los ojos, la piel que cuelga en el cuello como guajolote. Pero en los ojos… en los ojos hay un brillo. “No se te olvide, Roberto”, me dije al espejo. “A las tres. Ella viene a las tres”.

Me fui a sentar a la misma mesa de ayer. La que está cerca de la entrada. Eran las 2:15 PM. Faltaba mucho. O poco. Mi noción del tiempo es traicionera.

Saqué un pañuelo y limpié la mesa. Había migajas del desayuno de alguien más. No podía recibirla así. Tenía que estar impecable. Me puse a vigilar la puerta. Cada vez que se abría, mi corazón daba un salto mortal. Entró un proveedor con cajas de pañales. Nada. Entró el doctor con su bata blanca. Nada. Entró la hija de la señora Martha, una mujer gorda que habla a gritos. Nada.

2:45 PM. El miedo empezó a asomar su cabeza fea otra vez. ¿Y si no viene? ¿Y si ayer soñé todo? ¿Y si se arrepintió de decirme que sí? “Ya estás viejo, Roberto. Eres una carga”, me susurró una voz maliciosa en mi oído izquierdo. “Mira cómo te tiemblan las manos. Mira cómo se te olvida hasta cómo amarrarte las agujetas. ¿Para qué quiere una mujer como ella a un estorbo como tú?”.

Sentí ganas de llorar. La inseguridad es el peor fantasma de la vejez. Te hace sentir niño y anciano al mismo tiempo, inútil en ambos extremos.

—No —dije bajito, apretando los puños sobre mis rodillas—. Ella prometió. Ella dijo “en la salud y en la enfermedad”. Y Carmen… Carmen no dice mentiras. Carmen es ley.

Recordé algo más. Un fragmento de vida que salió del fondo del baúl. El hospital. Hace años. Muchos años. Yo estaba en una camilla. Había tenido un accidente con el taxi. Un borracho se me cerró en Viaducto. Me rompí tres costillas y una pierna. Me desperté adolorido, drogado por los calmantes. Y ahí estaba ella. Dormida en una silla de plástico incómoda, con la cabeza recargada en mi cama, sosteniendo mi mano. No se había ido a su casa. Tenía ojeras, estaba despeinada, pero no me soltaba. Ella nunca me suelta.

Respiré hondo. El olor a lavanda del piso me ayudó a centrarme. Ella va a venir.

2:58 PM. El reloj de pared sonaba como martillazos. Tic. Tac. Tic. Tac. Me alisé la camisa por décima vez. Me acomodé los lentes. Me aseguré de tener la servilleta lista para limpiarle las migajas si comíamos pan.

3:00 PM. La manecilla llegó al doce. La puerta no se abrió. Un sudor frío me recorrió la espalda. Un minuto pasó. 3:01 PM. El pánico. Se le hizo tarde. Le pasó algo. El tráfico. El metro se descompuso. O peor… ya no quiere venir.

Y entonces, la manilla de la puerta giró. El rechinar de las bisagras sonó a música celestial.

Entró. Traía el mismo abrigo beige. Pero hoy traía algo diferente. Traía una flor en la mano. Una rosa roja envuelta en papel celofán. Y en sus labios, traía pintada una sonrisa roja, de ese color que usaba cuando íbamos a los bailes del Salón Los Ángeles.

Se veía hermosa. Se veía como un milagro caminando sobre zapatos ortopédicos.

Me levanté. Me costó trabajo, pero me levanté. Un caballero se pone de pie cuando entra una dama. Ella me buscó con la mirada. Sus ojos barrieron la sala llena de viejos dormidos y enfermeras ocupadas, y cuando me encontraron, se iluminaron. Ese brillo. Ese sí era el brillo que yo buscaba ayer. No de sorpresa, sino de reconocimiento. De pertenencia.

Caminó hacia mí. Yo sentí que el piso flotaba.

—Buenas tardes, galán —me dijo al llegar, y su voz me acarició las orejas mejor que cualquier música.

—Buenas tardes… —Se me olvidó su nombre por un segundo. El pánico quiso entrar, pero lo detuve. No importa el nombre. Importa quién es—. Buenas tardes, mi amor.

Ella se detuvo. Los ojos se le aguaron un poquito. —Te acordaste —susurró.

—Me acordé de que tenía una cita —le dije, y le ofrecí la silla—. Y me acordé de que eres la mujer más bonita de la colonia Roma.

Ella soltó una carcajada suave y se sentó. Puso la rosa en la mesa, al lado del salero.

—Te traje esto, Roberto. Pasé al mercado de Jamaica antes de venir.

—¿Para mí? —Me toqué el pecho, incrédulo. A los hombres casi nunca nos regalan flores.

—Sí. Para celebrar.

—¿Qué celebramos?

Ella se quitó el guante de lana de la mano izquierda. Y ahí estaba. El anillo. Mi anillo. Brillaba más que ayer. Parecía que lo había pulido.

—Celebramos que ayer me pediste que me quedara contigo —dijo ella, poniendo su mano sobre la mía—. Y celebramos que hoy, aquí estamos los dos. Vivos. Juntos.

Me quedé mirando el anillo en su dedo. Se veía tan natural. Como si hubiera nacido ahí. Y de repente, la niebla se abrió otra vez. No tan violenta como ayer, sino suave, como cuando sale el sol después de la lluvia.

—Carmen —dije, firme.

—Mande, viejo.

—¿Te acuerdas de Miguelito?

El aire cambió. La sonrisa de ella se congeló un poquito, pero no se rompió. Se volvió melancólica. —Claro que me acuerdo, Roberto. Todos los días.

—Soñé con él anoche. Soñé que estaba chiquito y que le estaba enseñando a andar en bicicleta en el Parque México. Él tenía miedo de que le quitara las rueditas. Y yo le decía: “No tengas miedo, mijo. Aquí está tu papá. Yo te agarro”.

Carmen me apretó la mano tan fuerte que me dolió un poco, pero fue un dolor bueno. —Fue un buen padre, Roberto. Fuiste el mejor papá para él.

—Lo extraño, Carmen. Duele mucho aquí —me toqué el esternón—. A veces no sé por qué me duele el pecho, y luego me acuerdo de que él ya no está. Y siento que me ahogo.

Ella se levantó, rodeó la mesa otra vez y me abrazó por la espalda, rodeándome el cuello con sus brazos. Recargó su mejilla en mi cabeza calva.

—Lo sé, mi vida. Lo sé. Pero él nos ve. Y él estaría re contento de ver que su papá todavía se pone guapo y se echa loción para ver a su mamá.

Me eché a reír. Una risa que salió mezclada con llanto, una cosa rara que te limpia el alma. —¿Huelo mucho a Sanborns?

—Hueles a ti, Roberto. Hueles a mi viejo.

Nos quedamos así un rato. No sé cuánto. En este lugar el tiempo no importa. Importan los latidos. Sentí su calor. Sentí su fuerza. Ella es mi columna vertebral. Yo soy un edificio viejo con grietas, y ella son los andamios que evitan que me derrumbe.

—Oye, Carmen —le dije, girando un poco la cabeza para verla.

—Dime.

—Ayer te prometí algo, ¿verdad?

—Sí.

—Pero no tengo dinero para la boda. Ni para la fiesta. Y el traje azul ya no me queda, estoy muy panzón.

Ella se separó y se sentó frente a mí otra vez, tomándome las manos. —No necesitamos fiesta, Roberto. Ya tuvimos la fiesta. Ya tuvimos el baile. Ya tuvimos los hijos, los nietos, las deudas, las peleas, las reconciliaciones. Ya tuvimos todo.

—¿Entonces?

—Entonces, esto de ahora… esto es el postre, Roberto. Es disfrutar lo que queda, poquito o mucho. Es venir aquí, comernos una concha, platicar cinco minutos o dos horas, y saber que no estamos solos. Eso es el matrimonio ahora.

Me quedé pensando en sus palabras. El postre. Me gusta el postre. Siempre fui dulcero.

Lupita pasó por ahí con una charola de gelatinas. —¡Don Robert! ¡Doña Carmen! ¿Quieren su postre? Hoy hay de limón y de fresa.

Miré a Carmen. Ella me guiñó el ojo. —Pide tú, viejo.

—Dos de limón, Lupita. Por favor. A mi prometida le gusta el limón.

Lupita nos dejó las gelatinas temblorosas en vasitos de plástico. Carmen tomó su cuchara y yo tomé la mía. Me temblaba la mano, como siempre. La gelatina se me caía un poco antes de llegar a la boca. Carmen no me dijo nada. No me corrigió. No me limpió como si fuera un bebé. Simplemente esperó a que yo comiera, con paciencia infinita.

Y mientras comíamos en silencio, en medio del ruido de la televisión y los gritos de los otros residentes, sentí una claridad absoluta. Tal vez en una hora se me olvide su nombre otra vez. Tal vez mañana me despierte asustado buscando el taxi. Tal vez algún día la mire y no sepa quién es la señora del abrigo beige. Pero hoy, en este momento, con el sabor ácido del limón en la boca y la visión de ese anillo de oro en su dedo… sé quién soy.

Soy Roberto. Soy taxista. Soy padre de tres hijos, uno en el cielo y dos en la tierra. Y soy el hombre que ama a esta mujer.

—Está buena la gelatina —dije.

—Está deliciosa, Roberto —contestó ella.

—Oye…

—¿Qué?

—Mañana… ¿vienes?

Ella sonrió, y juro por la Virgen de Guadalupe que esa sonrisa iluminó todo el asilo. —Mañana a las tres, Roberto. Aquí voy a estar.

—¿Promesa?

—Promesa.

—Bueno. Entonces aquí te espero. No se te olvide traer pan.

—No se me olvida.

Y así, con una promesa sencilla y un vaso de gelatina, mi mundo volvió a tener sentido. La niebla sigue ahí, en las orillas, esperando para entrar. Pero mientras ella esté aquí, mientras ella sostenga mi mano y lleve mi anillo, tengo un faro. Y con un faro, ningún barco se pierde del todo, por muy oscura que sea la noche.

Me incliné hacia ella, confidencial. —Oye, Carmen… creo que le gustas al viejito de la mesa de allá, no deja de mirarte.

Ella soltó una carcajada sonora que hizo voltear a todos. —¡Ay, Roberto! ¡Ese es un espejo! Te estás viendo a ti mismo.

Me ajusté los lentes y miré bien. Ah, caray. Sí soy yo. Me reí con ella. Nos reímos juntos hasta que nos dolió la panza. Y en ese momento, no hubo Alzheimer, no hubo vejez, no hubo asilo. Solo hubo dos muchachos enamorados, riéndose de la vida, sentados en una banca de la Alameda un domingo por la tarde, con toda la eternidad por delante.

PARTE FINAL: EL ÚLTIMO VIAJE DEL TAXISTA Y LA PASAJERA ETERNA.

La despedida de ese día no fue un adiós, fue un “hasta al rato”, aunque ese “rato” en mi cabeza pudiera durar un siglo o un parpadeo. Cuando Carmen se levantó de la silla, alisándose el abrigo beige que ya empezaba a mostrar el cansancio de las telas que han vivido muchas batallas, sentí un tirón en el ombligo, como cuando bajas muy rápido una pendiente en la carretera a Toluca.

—Ya me voy, Roberto —dijo ella, tomando su bolsa.

—¿Tan pronto? —pregunté, aferrándome a la orilla de la mesa. La tarde se estaba poniendo morada afuera, de ese color que tienen las jacarandas cuando caen al suelo y las pisa la gente.

—Ya va a oscurecer, viejo. Y sabes que no me gusta andar sola en el metro de noche.

—Ah, sí. El metro. —Asentí, aunque por un momento imaginé que ella se iba en una carroza de caballos. Mi mente hace eso ahora, mezcla el siglo veinte con el veintiuno y a veces hasta con tiempos que ni viví—. Vete con cuidado, Carmen. Oye… ¿tienes para el pasaje?

Metí la mano a la bolsa, buscando monedas que ya no tengo desde hace años. Ella sonrió, esa sonrisa paciente que debe tener la Virgen cuando escucha nuestras plegarias repetidas.

—Sí tengo, Roberto. Tú descansa.

Me dio un beso en la frente. Un beso seco, tibio, que se sintió como un sello de garantía. “Propiedad de Carmen”, debería decir mi frente. Mientras la veía alejarse por el pasillo, con su paso lento y digno, sentí que la niebla, esa que había mantenido a raya con gelatinas de limón y promesas de amor, empezaba a lamer mis tobillos otra vez.

Esa noche, el coyote no aulló. Esa noche, el sueño fue pesado, sin sueños, un hueco negro donde no existía ni el taxista ni el esposo, solo un cuerpo cansado respirando en la oscuridad de la habitación 104.

La Temporada de las Lluvias Internas

Pasaron los días. O tal vez fueron meses. El tiempo en el asilo es una gelatina que no cuaja; se mueve, tiembla, pero no tiene forma. Hubo días buenos, claro. Días en los que Lupita, la enfermera, ponía mambos de Pérez Prado en la grabadora vieja de la estación de enfermería y yo movía los pies bajo la sábana, sintiendo el ritmo en los huesos viejos.

—¡Eso, Don Robert! ¡Muévale, muévale! —gritaba ella, aplaudiendo.

Y yo me reía, y por un instante sabía que me llamaba Roberto y que me gustaba bailar, aunque fuera “pata dura”.

Pero luego vinieron las lluvias. No las de afuera, aunque también llovió mucho ese año y las goteras del asilo hacían música en cubetas de plástico por los pasillos. Hablo de las lluvias de adentro. La niebla se hizo espesa. Ya no era humo, era agua. Me sentía sumergido en una alberca honda, escuchando las voces de los demás distorsionadas, lejanas.

Carmen seguía viniendo. Siempre a las tres. Pero hubo una tarde, una tarde gris y fría, en la que la miré sentada frente a mí y sentí un terror absoluto.

—¿Quién es usted? —le pregunté, echándome para atrás en la silla, asustado—. ¿Por qué me mira tanto?

Ella dejó de tejer. Estaba haciéndome una bufanda azul. Sus manos se detuvieron en el aire, agujas de metal brillando bajo la luz fluorescente. Sus ojos se llenaron de esa tristeza antigua, pero no lloró. Ya casi no lloraba frente a mí. Se había vuelto de piedra y amor, una mezcla dura y suave a la vez.

—Soy Carmen, Roberto.

—No conozco a ninguna Carmen —mentí, o tal vez dije mi verdad de ese momento—. Yo estoy esperando a mi mamá. Me dijo que vendría por mí a la salida de la escuela. Ya se tardó. Tengo hambre.

—Tu mamá ya no está, Roberto. Tú eres un hombre grande. Mírate las manos.

Me miré las manos. Arrugadas, manchadas, temblorosas. —Estas no son mis manos —grite, y la angustia me subió por la garganta como bilis—. ¡Me pusieron las manos de un viejo! ¡Quítenmelas! ¡Quiero mis manos!

Empecé a golpearme las manos contra la mesa, desesperado por quitarme ese disfraz de anciano. Carmen soltó el tejido y se abalanzó sobre mí. No para detenerme con fuerza bruta, sino para cubrir mis manos con las suyas.

—¡Shh, shh, tranquilo! —me canturreó—. Aquí estoy. Aquí estoy. No veas las manos. Mírame a mí. Mírame a los ojos.

La miré. En el fondo de sus pupilas oscuras, vi un reflejo. No vi al niño que esperaba a su mamá, ni al viejo loco. Vi a un hombre amado. Y eso me calmó, aunque no supiera quién era ella. Si esa señora me miraba con tanto cariño, entonces yo no podía estar en peligro.

—Tengo miedo, señora —susurré, empezando a llorar bajito.

—Lo sé, corazón. Lo sé. Pero yo te cuido. Mientras yo esté aquí, nada malo te va a pasar.

—¿Usted me conoce?

—Te conozco mejor que nadie en el mundo. Sé que te gusta el café con dos de azúcar. Sé que le vas al Atlante aunque siempre pierda. Sé que te da miedo la oscuridad y que te gusta dormir del lado de la pared.

—¿Le voy al Atlante? —pregunté, incrédulo. Eso sonaba a algo que haría un tonto.

Ella se rió, y la risa rompió el hechizo del miedo. —Sí, mi vida. Siempre fuiste un hombre de fe.

Esa tarde no comimos pan. Ella solo me sostuvo la mano hasta que me quedé dormido en la silla, agotado por la batalla contra mis propios demonios. Cuando desperté, ella ya no estaba, pero en mi regazo había una bufanda azul, suavecita, que olía a ella. Me la puse, aunque hacía calor. Era mi armadura.

El Altar de los Olvidos

Llegó noviembre. Lo supe porque el asilo se llenó de olor a cempasúchil, esa flor naranja que huele a tierra mojada y a cementerio. Lupita y las otras enfermeras armaron un altar grande en la sala común. Pusieron papel picado de colores que se movía con el viento, calaveritas de azúcar y fotos de los viejitos que se habían ido ese año (“se nos adelantaron”, decía don Anselmo, persignándose).

Me llevaron en silla de ruedas a ver el altar. Ya casi no caminaba. Mis piernas, que antes pisaban el acelerador y el freno durante doce horas seguidas en el tráfico de la Ciudad de México, se habían olvidado de cómo sostener mi peso.

Me estacionaron frente a la ofrenda. Mis ojos, cansados, vagaron por las luces de las veladoras hasta detenerse en una foto pequeña, en una esquina del altar. Era un muchacho. Joven. Guapo. Con el pelo negro y rebelde, montado en una motocicleta.

Sentí un golpe en el pecho. Un golpe físico, como si me hubieran dado un puñetazo.

—Miguel… —La palabra salió de mi boca sin pedir permiso.

Carmen estaba a mi lado, sentada en una silla plegable. Me agarró el brazo. —Sí, Roberto. Es Miguelito.

—¿Por qué está ahí? —pregunté, con la voz rota—. Ese lugar es para los muertos. Miguelito está trabajando. Se fue al norte, ¿no? No… ese fue el otro. Miguelito… Miguelito…

El recuerdo del accidente trató de emerger. El sonido de metal retorciéndose. La llamada telefónica a las tres de la mañana que ningún padre quiere recibir. El féretro blanco. El dolor era tan grande que mi mente, en un acto de misericordia, lo bloqueó.

—No está muerto —dije, terco—. Él va a venir. Me prometió que íbamos a ir al fútbol.

Carmen se levantó y se puso frente a mí. Me acarició la mejilla, que ya estaba rasposa porque ese día no me había dejado rasurar.

—Roberto, escúchame. Miguelito nos está esperando. Allá donde no duele nada. Donde no se olvidan las cosas.

—¿Me está esperando?

—Sí. Está apartando lugar. Como cuando ibas al cine con los niños y te metías primero para apartar las butacas. Él se adelantó para apartarnos las butacas buenas, las de en medio.

La imagen me consoló. Mi hijo, mi muchacho, guardándome un asiento en el cine más grande del mundo. —Ah, bueno —dije, tranquilizándome—. Que pida palomitas.

—Claro que sí, viejo. Con mucha salsa, como te gustan.

Ese día, Carmen sacó de su bolsa un pan de muerto. Pequeño, azucarado. Partió un pedazo y me lo dio en la boca. El sabor a azahar y mantequilla me trajo recuerdos de infancias que quizás no fueron mías, pero que sentí propias. Comimos pan de muerto frente a la foto de nuestro hijo, celebrando la vida y la muerte, en ese extraño limbo mexicano donde los que se van nunca se van del todo, siempre y cuando alguien se acuerde de ponerles un vaso de agua y un pan.

Yo ya no me acuerdo de muchas cosas, pero Carmen se acuerda por los dos. Ella es la guardiana de la memoria. Ella mantiene viva la llama de la veladora.

El Taxista Cuelga las Llaves

El invierno llegó duro. La tos se me metió en el pecho y se instaló ahí como un inquilino molesto que no paga renta. Me pasaron a una habitación individual, “para que descanse mejor”, dijo el doctor, pero yo sabía que era porque ya estaba en las últimas vueltas del taxímetro.

La cama se convirtió en mi mundo. El techo blanco, con una mancha de humedad que parecía un conejo, era mi paisaje diario. A veces, en la fiebre, volvía a manejar. Sentía el volante de baquelita dura del Vocho bajo mis manos. Escuchaba el claxon de los camiones. “Pásele, pásele, lugares a Indios Verdes”. Veía las luces de neón de la Avenida Insurgentes reflejadas en el asfalto mojado. —¿A dónde, joven? —preguntaba al aire. —Al cielo, jefe —me contestaba una voz imaginaria. —Uy, joven, eso está muy lejos. No me va a alcanzar la gasolina.

Lupita entraba a limpiarme el sudor. —Ya está delirando otra vez mi Don Robert —decía con cariño—. Descanse, que no tiene que llevar a nadie. Ya terminó su turno.

Pero mi turno no terminaba hasta que ella llegara. Carmen. Ahora venía dos veces al día. En la mañana y en la tarde. Se veía más flaca, más cansada. Su abrigo beige ya le quedaba un poco grande. Pero su sonrisa… ah, esa sonrisa seguía intacta, pintada de rojo valiente.

Un día, ya no pude abrir los ojos. Los párpados me pesaban toneladas. Pero oía. Oía todo con una claridad espantosa. Oía el zumbido de una mosca. Oía la respiración agitada de Carmen a mi lado. Oía el roce de las cuentas de su rosario.

—Dios te salve, María, llena eres de gracia…

Sentí su mano buscando la mía bajo las sábanas. Mi mano ya no servía para nada, era un manojo de huesos fríos, pero ella la tomó como si fuera un lingote de oro. Apreté. Quise apretar fuerte, para decirle “Aquí estoy, vieja, no me he ido”, pero creo que solo moví un dedo. Ella lo notó.

—Aquí estoy, Roberto —me susurró al oído. Su aliento olía a café—. No tengas miedo.

No tenía miedo. Curiosamente, el miedo se había ido junto con la memoria. Solo quedaba una paz inmensa, y una curiosidad de niño. Quería decirle algo. Quería decirle la frase completa. Esa que ensayé tanto con el anillo. “Cásate conmigo otra vez”. “Te amo”. “Gracias por los romeritos”. Pero las palabras se habían atascado en algún lugar entre mi cerebro y mi lengua.

Hice un esfuerzo sobrehumano. Abrí los ojos. Solo una rendija. La vi borrosa. Una mancha de luz dorada y beige. Vi el anillo. Brillaba en su dedo. Eso era todo lo que necesitaba ver. El anillo estaba ahí. La promesa estaba cumplida.

—C… Car… —grazné.

Ella acercó su cara a la mía. Sentí sus lágrimas caer en mi piel. Estaban calientes. —Dime, mi amor. Dime.

—Ta… taxi… —susurré. No era lo que quería decir, pero fue lo que salió. Mi mente de taxista hasta el final.

Ella entendió. Ella siempre entiende, incluso cuando digo disparates. Se rió entre sollozos y me besó la mejilla. —Ya está listo el taxi, Roberto. Ya está lavado y encerado. Tiene el tanque lleno. Ya puedes irte a descansar. Miguelito te está esperando para abrirte la puerta.

El taxi está listo. Sí. Eso suena bien. Ya no tengo que preocuparme por la cuenta del día. Ya pagué todas las cuentas. Pagué con olvidos, con dolor, pero también con mucho amor.

Cerré los ojos otra vez. La mano de Carmen seguía en la mía. Un ancla. Sentí que el cuarto empezaba a moverse. No como un temblor, sino como un vehículo arrancando suavemente. Primera velocidad. Segunda. El motor ronronea. Vamos subiendo por una avenida larga, llena de luz, sin tráfico, sin baches, sin policías mordelones.

A lo lejos, veo a alguien. Un muchacho con una moto. Me está haciendo señas. Es Miguel. Y junto a él… junto a él hay una versión joven de Carmen, con el vestido azul de flores de aquel domingo en la Alameda. Pero sé que la Carmen real, la viejita valiente, se queda aquí un ratito más, cuidando mi cuerpo, cuidando mi historia.

La mano de Carmen se fue soltando poco a poco, o tal vez fui yo el que soltó. Pero antes de irme del todo, antes de convertirme en puro recuerdo, tuve un último pensamiento claro, nítido y perfecto: Tuve suerte. Caray, qué suerte tuve. Se le olvidaron muchas cosas a mi cabeza, pero a mi corazón nunca se le olvidó a quién pertenecía.

El taxímetro se apagó. Bandera bajada. Servicio completado.

Epílogo: La Heredera de la Memoria

(Narra Carmen)

El silencio en la habitación se hizo absoluto. Fue un silencio respetuoso, como cuando termina una canción bonita y nadie quiere aplaudir para no romper la magia. Sentí cómo su mano se aflojaba entre las mías. Su pecho dejó de subir y bajar. Ese pecho donde recargué mi cabeza tantas noches, donde lloré mis penas y reí mis alegrías, se quedó quieto.

—Adiós, mi viejo —susurré. No hubo gritos, no hubo drama. Roberto odiaba los dramas. Decía que para dramas ya teníamos las telenovelas.

Me quedé sentada ahí un buen rato. Mirando su cara. Ya no tenía las arrugas de preocupación, ni el ceño fruncido de cuando trataba de recordar algo y no podía. Se veía tranquilo. Se veía como el Roberto de antes, el que soñaba con ser ingeniero.

Lupita entró despacito. Vio la escena y se tapó la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Se nos fue, Doña Carmen?

—Se nos fue, hija. Ya está descansando.

Lupita se acercó y me abrazó. Lloramos juntas, la esposa y la enfermera, las dos mujeres que lo cuidamos hasta el final. —Era un buen hombre, Doña Carmen. Todo un caballero.

—El mejor, Lupita. El mejor.

Me levanté con dificultad. Las rodillas me dolían más que nunca, pero tenía que ser fuerte. Había trámites que hacer. Había que llamar a mis hijos. Había que escoger el ataúd. La vida de los que nos quedamos es pura burocracia y dolor.

Antes de salir, miré la mesita de noche. Ahí estaba el vaso de veladora con San Judas Tadeo. Ahí estaba la foto de nuestra boda. Y ahí estaba la rosa seca que le traje aquel día, el día que me pidió matrimonio por segunda vez.

Tomé la rosa. Estaba quebradiza, pero todavía olía un poquito. Me miré la mano izquierda. El anillo de oro brillaba bajo la luz fría del hospital. R y C. 14 de febrero de 1971.

Mucha gente me decía: “¿Por qué vas todos los días, Carmen? Si ya ni te conoce. Te estás matando sola”. No entienden. El amor no es un examen de memoria. El amor no es que él sepa mi nombre. El amor es que yo sé el suyo. Fui todos los días porque yo era su memoria externa. Yo era su disco duro. Mientras yo recordara que nos besamos bajo la lluvia en el Zócalo, ese beso existía. Mientras yo recordara cómo cargaba a los niños dormidos desde el coche hasta sus camas, ese padre existía. Mientras yo recordara su risa, él estaba vivo.

Ahora me toca la parte más difícil. Recordar sola. Pero no tengo miedo. Porque sé que algún día, cuando me toque a mí subirme a ese taxi, él va a estar al volante. Va a voltear, con su bigote bien recortado y su gorra de lado, y me va a decir: —¿A dónde, preciosa? Y yo le voy a decir: —A casa, Roberto. Llévame a casa.

Salí de la habitación 104. Caminé por el pasillo largo del asilo. Afuera ya era de noche. Hacía frío. Me cerré el abrigo beige. Saqué mi monedero para contar el cambio para el camión. La vida sigue. El tráfico sigue. La ciudad sigue rugiendo. Pero yo llevo un secreto en el dedo anular y una certeza en el alma. El olvido no ganó. Al final, ganó el amor. Ganamos nosotros, viejo.

Caminé hacia la salida, y por un momento, juraría que olí a loción de Sanborns y escuché un susurro en el viento: “Gracias por la gelatina, Carmen. Estaba re buena”.

Sonreí a la noche. —De nada, mi amor. De nada.

FIN.

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