Me llamo Lupita y esta es la noche en que mi corazón se rompió en mil pedazos, pero también la noche en que abrí los ojos. 👀💔
Mis manos temblaban mientras me miraba en el espejo. Por primera vez en años, no me sentía como el “fenómeno” del que todos se burlaban en la prepa. Mi amiga Liz me había ayudado con el maquillaje, tratando de disimular las marcas que el fuego dejó en mi piel hace tiempo.
—Te ves hermosa, Lupita. Si él no te valora, se las verá conmigo —me dijo ella, dándome ese empujoncito que tanto necesitaba.
Beto, el capitán del equipo de fútbol, el chavo más fresa y popular de la escuela, me había invitado a cenar. A mí. A la chica que usa sombreros y bufandas hasta en verano para que nadie vea su rostro. Durante las últimas semanas, habíamos pasado horas estudiando juntos. Él reprobaba matemáticas y yo, bueno, los números son lo único que no me juzgan.

Pensé que habíamos conectado. Hablábamos de videojuegos, nos reíamos… Me hizo creer que veía más allá de mi apariencia. Me dijo: “Lo que importa es lo de adentro”. Qué gran mentira. 🥺
Llegué al restaurante. Era uno de esos lugares caros en Polanco, con luces tenues y gente bonita. Mi corazón latía a mil por hora. A lo lejos, lo vi sentado en una mesa. Me acerqué con una sonrisa tímida, sintiéndome por un segundo como una chica normal llegando a su primera cita.
—Hola, Beto —dije, con la voz entrecortada por la emoción.
Él levantó la vista. Pero no estaba solo.
De la nada, Sofía, la chica más popular y cruel de la escuela, apareció a su lado, riéndose y colgándose de su brazo como si fuera un trofeo. Beto cambió su expresión amable por una mueca de asco que me heló la sangre.
—¿Qué haces aquí? —soltó él, con un tono frío y cortante, como si no me conociera.
—Pero… tú me enviaste los mensajes. Nuestra cita… —balbuceé, sintiendo cómo todos en el restaurante empezaban a voltear.
Sofía soltó una carcajada chillona que retumbó en mis oídos.
—¿Cita? Ay, ternurita. ¿De verdad creíste que Beto saldría con un a*efesio como tú? —dijo ella, mirándome de arriba abajo con desprecio.
Beto ni siquiera me defendió. Se echó hacia atrás en su silla, con esa arrogancia insoportable.
—Mira, Lupita, ya pasé el examen gracias a ti. Ya no te necesito. Así que hazme un favor y lárgate antes de que nos hagas vomitar con tu cara. 🤢✋
Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Las lágrimas empezaron a correr, arruinando el maquillaje que tanto nos costó aplicar. Quería que la tierra me tragara. Di la media vuelta para correr, chocando con los meseros, cegada por la humillación, cuando de repente alguien me tomó del brazo con suavidad y dijo las palabras que cambiarían todo esa noche…
¿QUIÉN FUE LA PERSONA QUE SE LEVANTÓ PARA DEFENDERME Y CALLARLE LA BOCA A ESE PAR DE PATANES? 😱🔥
PARTE 2: EL RENACER DE LA MARIPOSA Y EL KARMA INSTANTÁNEO
Me quedé helada. Mis pies parecían de plomo, clavados en el piso de loseta de aquel restaurante fifí. Las risas de Sofía y la mirada de asco de Beto se repetían en mi cabeza como un disco rayado. “Lárgate antes de que nos hagas vomitar”, había dicho él. Esas palabras dolían más que el fuego que hace años marcó mi piel. Sentí que me faltaba el aire, que las paredes se cerraban sobre mí. Quería desaparecer, volverme invisible, como siempre había intentado ser con mis gorros y bufandas.
Pero entonces, esa mano firme pero suave en mi brazo me detuvo.
Giré el rostro, esperando ver a un gerente corriéndome por “asustar a la clientela”, pero me encontré con unos ojos amables y familiares. Era el chico que había visto el otro día, el único que no se burló de mí cuando se me cayó el pin de Zelda en el pasillo.
—¿Estás bien? —me preguntó, con una voz profunda que transmitía una calma que yo no tenía.
—Yo… solo quiero irme —susurré, con la voz quebrada.
Él no me soltó. En cambio, levantó la vista y clavó sus ojos en la mesa de Beto. Su expresión cambió de amabilidad a una furia contenida.
—Oye, Beto —dijo él, lo suficientemente alto para que las mesas cercanas escucharan—. ¿De verdad eres tan poco hombre?
Beto, que estaba a punto de brindar con Sofía, soltó una carcajada nerviosa.
—¿Y tú quién eres, el mesero? —Beto intentó hacerse el gracioso—. Llévatela, compadre. Me haces un favor. Ya cumplió su propósito, ya pasé mate. La basura a su lugar.
Sofía se tapó la boca fingiendo asombro, pero sus ojos brillaban con malicia.
—Ay, no, qué oso. ¿Es tu novio, monstruito? Tal para cual —dijo ella.
El chico a mi lado apretó la mandíbula. Por un segundo pensé que iba a saltar sobre la mesa y soltarle un golpe a Beto, y honestamente, una parte de mí lo deseaba. Pero hizo algo mejor. Respiró hondo, me miró y me dijo:
—Vámonos, Lupita. Este lugar apesta a gente podrida. No mereces respirar el mismo aire que ellos.
Me guio hacia la salida con la cabeza en alto, protegiéndome de las miradas curiosas de los demás comensales. Al cruzar la puerta giratoria y sentir el aire fresco de la noche en la CDMX, mis piernas finalmente cedieron. Me senté en una banca de la banqueta y rompí a llorar. No era un llanto bonito de película; eran sollozos ahogados, feos, llenos de años de frustración.
—Perdón… perdón… —decía yo entre lágrimas, tapándome la cara con las manos, avergonzada de que él me viera así.
Él se sentó a mi lado, guardando una distancia respetuosa.
—¿Por qué pides perdón? —preguntó suavemente—. Los que deberían estar pidiendo perdón de rodillas son ese par de idiotas. Lo que te hicieron fue una bajeza.
—Es que soy una tonta —sollocé—. Creí que… de verdad creí que alguien como él podría ver más allá de esto. —Señalé mis cicatrices—. Me dijo que le gustaba mi cerebro, que le gustaba cómo era yo… Pero solo quería pasar el semestre.
Él suspiró y sacó un pañuelo de tela de su bolsillo.
—Ten. Y escúchame bien, Lupita. Beto es un imbécil que no sabe distinguir un diamante de un pedazo de vidrio. Tú vales mucho más que una calificación en álgebra.
Me limpié las lágrimas y lo miré bien por primera vez. Llevaba el uniforme del restaurante, pero se lo había desabotonado un poco.
—Soy Andrés, por cierto —me sonrió, y esa sonrisa iluminó la noche—. Y sigo pensando que tu pin de Breath of the Wild es lo más cool que he visto en la prepa.
—Gracias, Andrés —dije, sintiendo un poquito de calor en el pecho—. Perdón por arruinarte el turno.
—Nah, ya iba de salida. De hecho… —se levantó y sacó unas llaves—. ¿Te llevo a tu casa? Mi coche no es un Ferrari, pero te aseguro que es más seguro que ir sola.
Esa noche, Andrés me llevó a casa. En el trayecto, no hablamos de mis cicatrices ni de la humillación. Hablamos de videojuegos, de música, de lo difícil que es encontrar buenos tacos al pastor en esta zona. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí escuchada, no observada.
Cuando llegué a casa, mi realidad me golpeó de nuevo. Me miré al espejo del baño y me quité el maquillaje con rabia. Ahí estaban las marcas, el recordatorio constante del accidente. “Fenómeno”, “Monstruo”, “Cara de pizza”. Todos los apodos que había escuchado desde la primaria resonaban en mi mente.
—Quiero dejar de odiar lo que veo —susurré al reflejo—. Quiero amarme.
Esa noche tomé una decisión. No por Beto. No por Sofía. Sino por mí.
A la mañana siguiente, busqué a mis papás en la cocina.
—Mamá, papá… ¿se acuerdan de ese programa de cirugía reconstructiva del que me hablaron? El experimental… —dije, con la voz temblorosa pero decidida.
Mi mamá dejó la taza de café y se acercó a abrazarme.
—Claro que sí, mi vida. ¿Quieres aplicar?.
—Sí. Y quiero hacerlo ya. No quiero esconderme más.
Las semanas siguientes fueron un torbellino. Resultó que era candidata perfecta. La cirugía fue complicada y la recuperación, dolorosa. Hubo días en los que sentía que la cara me ardía como si estuviera en llamas otra vez. Tenía que estar vendada, comer con popote, y la incertidumbre me mataba. ¿Y si quedaba igual? ¿Y si quedaba peor?
Durante ese tiempo, Andrés fue mi salvavidas. No podía visitarme mucho por las reglas del hospital y mi recuperación en casa, pero me mandaba mensajes todos los días. Memes, recomendaciones de juegos, chistes malos que me hacían reír aunque me doliera la cara.
“Oye, ¿sabías que el pez borrón vive a 4000 pies bajo el mar? Aún así es más guapo que Beto”, me escribió una vez. Me hizo reír tanto que casi se me suelta un punto.
Llegó el día de quitarme los vendajes. El doctor fue retirando las gasas capa por capa. Yo tenía los ojos cerrados, el corazón latiendo a mil. Cuando finalmente me dijo “Abre los ojos, Lupita”, tuve miedo.
Abrí los ojos y miré el espejo de mano que me ofrecía.
No era “perfecta” según los estándares de revista. Aún había ligeras marcas, texturas en la piel que contaban mi historia. Pero ya no había deformidad. Mis facciones estaban allí, mis ojos brillaban, mi sonrisa podía formarse completa. Por primera vez, vi a Lupita. No a la “víctima”, no a la “quemada”. Vi a una chica bonita.
—Es… es increíble —lloré, pero esta vez de felicidad.
—Lo que necesitabas no era solo cirugía, era confianza —dijo mi mamá, llorando conmigo.
Las vacaciones de Semana Santa terminaron y llegó el momento de volver a la escuela. Me sentía como una guerrera poniéndose su armadura, pero esta vez mi armadura no era un gorro ni una bufanda gigante. Era un vestido sencillo, mi cabello suelto y una capa ligera de maquillaje que resaltaba mis ojos, no para esconder, sino para adornar.
Al entrar al estacionamiento de la prepa, sentí las miradas. El silencio se hizo pesado. Caminé por el pasillo principal y escuché los susurros.
—¿Quién es ella? —No manches, ¿es la nueva? —Está cañona…
Llegué a mi casillero. A lo lejos, vi al grupito de siempre: Beto y sus clones del equipo de fútbol.
—Güey, checa eso —dijo Toño, el amigo incondicional (y lambiscón) de Beto—. ¿Quién es esa muñeca?.
Beto se giró, ajustándose su chamarra de capitán como si fuera el rey del mundo. Me miró y se bajó los lentes oscuros.
—Uff… no sé quién sea, pero esa chava es un 10 seguro. No, un 11.
Caminé directamente hacia ellos. No por venganza, sino porque mi salón estaba en esa dirección. Al pasar a su lado, Beto se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso con esa sonrisa de “todas mueren por mí”.
—Hola, guapa. Creo que no nos han presentado. Soy Beto, capitán del equipo. ¿Eres nueva o te caíste del cielo? —soltó su frase ligadora barata.
Me detuve y lo miré fijamente a los ojos. Sonreí, una sonrisa fría.
—Hola, Beto. No soy nueva. De hecho, me conoces muy bien. Soy Lupita.
La cara de Beto se transformó. Fue como ver un video en cámara lenta. Sus ojos se abrieron como platos, su mandíbula cayó al suelo. Dio un paso atrás, casi tropezando.
—¿Lupita? ¿La… la de la bufanda? —tartamudeó, pálido como un papel.
—La misma. La “circo de fenómenos”, ¿te acuerdas?.
Un murmullo recorrió el pasillo. Todos estaban atentos.
Beto intentó recomponerse. Se pasó la mano por el cabello, nervioso, mirando a sus amigos que estaban igual de impactados. Su cerebro de patán empezó a trabajar rápido: “La chica fea ahora está buena”.
—Oye, Lupita… ¡Wow! Es que… no te reconocí. Quedaste… quedaste increíble. ¿Te hiciste algo en el pelo? —dijo, riendo estúpidamente.
—Reconstructiva. Pero sabes qué, Beto, lo mejor no fue lo que arreglaron por fuera, sino lo que sané por dentro.
Beto dio un paso adelante, invadiendo mi espacio personal, bajando la voz para intentar ser “encantador”.
—Oye, sé que empezamos con el pie izquierdo… Lo de la otra noche fue… una broma, ya sabes, cosas de chavos. Sofía es súper celosa y me obligó a decir esas cosas. Pero la neta, siempre me latiste. Tienes una vibra súper especial.
¿Pueden creer el descaro? Hace unas semanas yo le daba asco, y ahora que mi cara encajaba en sus estándares, “siempre le latí”.
—¿Una broma? —pregunté, alzando una ceja—. Me humillaste frente a todo el restaurante. Me dijiste que te daba asco.
—¡Estaba actuando! —insistió él, desesperado—. Mira, ¿cómo hago para que me perdones? ¿Te invito a salir? Una cita de verdad, tú y yo. Sin tareas, sin Sofía. Te llevo al cine, a cenar… a donde quieras, preciosa.
En ese momento, Sofía apareció por el pasillo. Vio a Beto casi rogándome y se acercó furiosa.
—¿Beto? ¿Qué haces hablando con esta…? —Se detuvo al verme bien. La envidia le cruzó la cara—. ¿Te operaste? Pues aunque la mona se vista de seda…
—Cállate, Sofía —la interrumpió Beto, sin ni siquiera mirarla—. Vete a clase, estoy hablando con Lupita.
Sofía se quedó con la boca abierta, humillada por su propio novio en público. El karma empezaba a trabajar.
Volví mi mirada a Beto.
—¿Sabes, Beto? Eres increíble —dije suavemente.
Él sonrió, creyendo que ya había ganado.
—Lo sé, nena. Entonces, ¿paso por ti a las 8?
—Eres increíblemente hueco —terminé la frase, borrando mi sonrisa—. Crees que porque ahora me veo “bien” según tu escala superficial, ¿tengo amnesia? Mi cara cambió, Beto, pero mi memoria no. Y mi dignidad tampoco.
—Vamos, no te hagas la difícil. Soy el capitán del equipo. Cualquier chava mataría por salir conmigo —dijo, poniéndose agresivo al ser rechazado.
—Pues yo no soy cualquier chava. Y honestamente, mi escala no baja tanto como para salir contigo. Además… ya estoy saliendo con alguien.
Beto soltó una carcajada burlona.
—¿Tú? ¿Con quién? ¿Con el conserje? Por favor, Lupita, nadie en esta escuela está a mi nivel.
—Tienes razón, nadie está a tu nivel. Él está muy por encima.
En ese momento, un coche deportivo negro, impecable, se detuvo frente a la entrada de la escuela. La puerta del conductor se abrió y bajó Andrés. Pero no llevaba el uniforme de mesero. Iba vestido casual pero elegante, con una chamarra de cuero y unos lentes de sol que se quitó al verme. Se veía guapísimo.
Caminó hacia nosotros con una seguridad que dejó callados a todos.
—¿Problemas aquí, amor? —me preguntó, poniéndose a mi lado y pasándome el brazo por los hombros.
Beto se puso rojo de la ira.
—¿Tú? ¿El mesero? —escupió con desprecio—. ¿Qué haces aquí, muerto de hambre? ¿Vienes a traerme mi sándwich?
Andrés sonrió, una sonrisa tranquila pero peligrosa.
—Hola, hermanito —dijo Andrés.
El silencio en el pasillo fue absoluto. Se podía escuchar caer un alfiler.
—¿Qué? —pregunté yo, confundida.
Beto palideció aún más.
—Andrés… ¿qué haces aquí? Papá dijo que estabas en la universidad en el extranjero…
—Regresé hace unas semanas. Quería trabajar un poco, empezar desde abajo, ya sabes, aprender el valor del dinero, algo que a ti te hace mucha falta —dijo Andrés, mirándolo con decepción—. Por eso estaba trabajando en el restaurante de papá. Sí, ese restaurante donde llevaste a Lupita para humillarla.
—Espera… —intervine yo, atando cabos—. ¿El restaurante es de su familia?
—Sí —me explicó Andrés—. Y vi todo. Y no solo yo. Papá vio las grabaciones de seguridad. Vio cómo trataste a esta chica maravillosa que, por cierto, fue la única razón por la que no reprobaste el año.
Beto empezó a sudar frío.
—Andrés, por favor, no le digas a papá… Fue una estupidez, yo…
—Demasiado tarde, campeón —dijo Andrés—. Papá está furioso. Dice que está harto de recibir llamadas de la escuela por tu conducta. Y después de ver cómo tratas a las mujeres… bueno, digamos que se acabaron tus privilegios.
—¿Qué? ¡No puede hacerme esto! ¡Soy el capitán! ¡Necesito el coche! —gritó Beto como un niño berrinchudo.
—El coche se queda. Las tarjetas de crédito se cancelan. Y te vas a despedir del fútbol hasta que tus calificaciones suban por mérito propio, no usando a la gente —sentenció Andrés—. Estás castigado por el resto del año.
Beto miró a su alrededor. Todos se estaban riendo o grabando con sus celulares. Su reputación de “intocable” se desmoronaba en segundos. Sofía, viendo que el barco se hundía, se alejó disimuladamente, dejándolo solo.
—Y una cosa más —dijo Andrés, acercándose a su hermano—. Si te vuelves a acercar a Lupita, o a cualquier otra persona para burlarte, te las verás conmigo. ¿Entendido?
Beto bajó la cabeza, derrotado.
—Sí… entendido.
Andrés se giró hacia mí, y su expresión se suavizó al instante.
—¿Nos vamos? Tenemos una partida de Zelda pendiente y unos tacos que nos esperan.
Yo sonreí, sintiendo una ligereza que no había sentido en años. Miré a Beto una última vez. Ya no veía a un monstruo que me daba miedo, solo veía a un niño triste y vacío.
—Adiós, Beto. Ojalá algún día te arregles lo de adentro, porque eso no se opera —le dije.
Subí al coche con Andrés. Mientras nos alejábamos de la escuela, le tomé la mano.
—Oye —le dije—, no sabía que eras millonario.
Él se rió y me apretó la mano.
—El dinero es de mis papás. Yo soy solo un nerd al que le gustas mucho. ¿Eso es un problema?.
—Para nada —respondí, recargando mi cabeza en su hombro—. Como muchas chicas listas, resulta que pienso que los nerds son muy sexys.
Miré por la ventana, viendo mi reflejo en el retrovisor. Las cicatrices de mi pasado seguían siendo parte de mi historia, pero ya no dictaban mi futuro. Había encontrado a alguien que me quería por lo que soy, pero lo más importante, me había encontrado a mí misma. Y esa, amigos, es la verdadera victoria.
El karma tarda, pero llega. Y a veces, llega en un coche deportivo con el amor de tu vida al volante. ❤️🔥
PARTE 3: LA CORONA NO BRILLA TANTO COMO LA VERDAD
El motor del coche deportivo de Andrés ronroneaba suavemente, pero mi corazón hacía más ruido que un mariachi en plena fiesta. Dejamos atrás la escuela, los chismes y la cara de pasmado de Beto. Mientras avanzábamos por las calles de la ciudad, veía las luces pasar como estrellas fugaces. Me sentía en una película, pero una donde por fin yo era la protagonista y no la extra que nadie quiere ver.
—¿Te molesta si hacemos una parada técnica antes de dejarte en tu casa? —preguntó Andrés, bajando un poco el volumen de la música.
—Depende —le contesté, haciéndome la misteriosa, aunque por dentro me moría por pasar más tiempo con él—. ¿A dónde me vas a llevar? ¿A otro restaurante de lujo para que me vean feo por no saber usar los cubiertos?
Andrés soltó una carcajada que me vibró en los huesos.
—¡Para nada! Te dije que íbamos por tacos. Y yo cumplo mis promesas. Conozco un puesto por Narvarte que, te lo juro por mi abuelita, tiene el mejor pastor del universo. Nada de manteles largos, aquí se come parado y con refresco de vidrio.
Sonreí. Ahí estaba la diferencia. Beto me había llevado a un lugar fresa para presumirme como un accesorio o, peor, para humillarme. Andrés me llevaba a comer tacos porque quería compartir conmigo algo que realmente disfrutaba.
Llegamos al puesto. El olor a carne adobada, piña y cilantro me inundó el olfato y me hizo rugir el estómago. Bajamos del coche y, claro, la gente se nos quedaba viendo. No todos los días ves a un chavo bajarse de un carrazo vestido de marca para pedir cinco con todo en un puesto callejero.
—¡Don Chuy! —saludó Andrés al taquero como si fuera su tío—. Écheme dos órdenes de pastor y dos gringas para la señorita, por favor.
Nos quedamos ahí, parados en la banqueta, con el plato de plástico cubierto con una bolsa.
—Oye, Andrés… —dije, mientras le ponía salsa verde a mi taco—. Tengo que preguntarte algo. ¿Por qué yo?
Él dejó de masticar y me miró seriamente, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de papel.
—¿Cómo que por qué tú?
—Sí. O sea… mírame. Sí, me operaron, ya no tengo las cicatrices tan marcadas, me veo “bien”. Pero tú… tú eres guapo, eres rico, eres listo. Podrías tener a la chava que quisieras. ¿Por qué fijarte en la chica que hasta hace un mes todos llamaban “monstruo”?
Andrés dejó su plato en la barra y se giró hacia mí. Sus ojos oscuros me miraron con una intensidad que me puso la piel chinita.
—Lupita, ¿te acuerdas del primer día que te vi? Estabas en la biblioteca, ayudando a un niño de primero a recoger sus libros que se le habían caído. Nadie más lo ayudó. Todos pasaron de largo. Tú te agachaste, le sonreíste y le dijiste que no pasaba nada. En ese momento no vi tus cicatrices. Vi tu luz.
Sentí un nudo en la garganta.
—Además —continuó—, me encanta que seas una nerd de Zelda. Eso suma como mil puntos. Pero hablando en serio, la belleza física es… es como este coche. Está padre, brilla, llama la atención. Pero si el motor no sirve, el coche es basura. Tú tienes el mejor motor que he conocido. Tienes un corazón enorme, eres valiente y, a pesar de todo lo que te hicieron, no te volviste cruel como ellos. Eso es lo que me gusta.
No supe qué decir, así que hice lo único que se me ocurrió: me acerqué y le di un beso en la mejilla, justo cerca de la oreja. Él se puso rojo, rojo como la salsa de mis tacos, y eso me hizo sentir poderosa.
—Gracias, Andrés —susurré.
Esa noche, cuando llegué a mi casa, no pude dormir. Me pasé horas mirando el techo, repasando cada palabra, cada gesto. Por primera vez en mi vida, no tenía miedo del mañana.
LA REINA DE LA JUNGLA DE ASFALTO
Al día siguiente, la escuela era un territorio diferente. Si antes yo era invisible o un blanco de burlas, ahora era el centro de atención. Al cruzar la entrada principal, sentí las miradas clavadas en mí, pero esta vez eran diferentes. Había curiosidad, admiración y, en algunos casos, envidia pura.
Mi amiga Liz corrió hacia mí en cuanto me vio y casi me tumba de un abrazo.
—¡Güey! ¡No manches! —gritó emocionada—. ¡Eres leyenda! ¡El video de ayer en el estacionamiento ya tiene miles de vistas en los grupos de la escuela! ¡Destruiste a Beto! ¡Lo hiciste pedazos sin siquiera levantar la voz!
—Bájale, Liz —me reí, aunque me sentía orgullosa—. Solo le dije la verdad.
—¡La verdad y media! Oye, pero cuéntamelo todo. ¿Qué onda con el hermano guapo? ¿Andrés? ¿Son novios? ¿Se van a casar? ¿Me vas a invitar a la boda en su mansión?
—Tranquila, tranquila. Estamos… saliendo. Es un chavo increíble.
Mientras caminábamos hacia el salón, noté algo patético. Chavas que nunca en la vida me habían dirigido la palabra, esas que se cambiaban de lugar si yo me sentaba cerca, ahora me saludaban.
—¡Hola, Lupita! ¡Qué lindo te quedó el pelo! —Lupita, amé tu outfit. Deberíamos ir por un café saliendo. —Oye, Lu, ¿me pasas los apuntes de Química? Eres súper lista.
Me daban ganas de vomitar. Era tanta hipocresía junta que el aire se sentía pesado. ¿Ahora sí les caía bien? ¿Ahora que mi cara estaba “arreglada” y que andaba con el chavo rico, ya era digna de su amistad?
—Son unas interesadas —susurró Liz al oído—. Ni les hagas caso.
—No te preocupes —le contesté—. Sé quiénes son mis verdaderos amigos. Tú estuviste cuando yo no era “nadie”. Eso no se olvida.
Entramos al salón y ahí estaba él. Beto. Pero ya no era el rey del mundo. Estaba sentado en una banca del fondo, solo. Sus amigos del equipo de fútbol estaban en otra esquina, hablando entre ellos y, por lo que alcancé a escuchar, burlándose de que a Beto le habían quitado el coche y lo mandaban en camión.
Beto levantó la vista y me vio. Hubo un segundo de conexión visual. Esperé ver odio, pero vi algo más triste: vergüenza. Sin embargo, en cuanto vio que yo lo miraba, su orgullo de macho herido salió a flote. Frunció el ceño y desvió la mirada hacia la ventana, apretando los puños. Sabía que esto no se iba a quedar así. Un tipo como Beto no acepta la derrota tan fácil.
EL PLAN DE LA VÍBORA
A la hora del receso, fui al baño. Estaba retocándome el brillo labial frente al espejo cuando la puerta se abrió de golpe. Por el reflejo vi entrar a Sofía. Venía sola, lo cual era raro, porque siempre andaba con su séquito de clones.
Se paró a mi lado y sacó su maquillaje. El silencio era incómodo, tenso, como cuando sabes que va a llover pero todavía no cae la tormenta.
—Felicidades —dijo de repente, con un tono tan falso que casi me da risa.
—¿Por qué? —pregunté sin mirarla.
—Por tu… transformación. Y por tu nuevo novio. Quién lo diría, la mosca muerta resultó ser una trepadora experta.
Cerré mi labial con calma y me giré para verla de frente.
—Mira, Sofía, no tengo tiempo para tus dramas de telenovela barata. Si tienes algo que decir, dilo y ya.
Ella soltó una risita nerviosa y me miró con veneno.
—Solo te digo que tengas cuidado. Andrés puede estar jugando contigo ahorita porque eres la “novedad”, el proyecto de caridad del mes. Pero chavos como él, de familias bien… al final siempre vuelven con gente de su nivel. Gente como yo. No te emociones, cenicienta, que el reloj va a marcar las doce y te vas a quedar con tus trapos viejos otra vez.
—Prefiero mis “trapos viejos” y mi dignidad, que ser una muñeca de plástico vacía como tú —le contesté—. Y por cierto, Andrés detesta a la gente superficial. Así que, si yo fuera tú, no gastaría mi tiempo intentando impresionarlo.
Salí del baño dejándola con la palabra en la boca, roja de coraje. Pero sus palabras, aunque intenté ignorarlas, se me quedaron clavadas como una espina pequeña. ¿Y si tenía razón? ¿Y si yo solo era una fase para Andrés? La inseguridad es una vieja amiga que cuesta mucho trabajo correr de la casa.
LA VENGANZA SE SIRVE FRÍA (O ESO CREÍAN)
Pasaron un par de semanas. La escuela anunció el “Baile de Primavera”. Era el evento del año. Todo el mundo hablaba de vestidos, de parejas, de quién iba a ser el Rey y la Reina del baile.
Andrés, siendo tan lindo como siempre, me lo pidió de una forma espectacular. Llenó mi casillero de origamis (figuras de papel) en forma de flores y dejó una nota que decía: “Sé que esto es cursi, pero un caballero no deja ir a la princesa sola al baile. ¿Me harías el honor?”.
Obviamente dije que sí. Estaba flotando en una nube.
Pero mientras yo vivía mi sueño, las sombras se movían. Me enteré después, por rumores de pasillo, que Beto estaba planeando algo. No podía soportar que su hermano “nerd” y su ex-víctima fueran la pareja del momento mientras él era el hazmerreír que llegaba en transporte público.
El día del baile llegó. Mi mamá y Liz me ayudaron a arreglarme. Compramos un vestido color azul noche, sencillo pero elegante, que hacía resaltar mi piel. Me peinaron con ondas suaves. Cuando me vi al espejo, ya no busqué cicatrices. Busqué mi sonrisa.
Andrés pasó por mí (en su coche, claro, que ya había recuperado de su papá tras demostrar que estaba trabajando duro). Se veía como un príncipe de cuento moderno con su traje oscuro.
—Wow… —fue lo único que dijo al verme bajar las escaleras.
—Tú tampoco te ves nada mal, guapo —le guiñé un ojo.
Llegamos al gimnasio de la escuela, que estaba transformado con luces, telas y música a todo volumen. La vibra era increíble. Bailamos, nos reímos, nos tomamos fotos en la cabina. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.
A mitad de la noche, la música se detuvo. El director subió al escenario para anunciar a los ganadores de la Rey y Reina del baile.
—Y bien, chavos, ha sido una noche increíble —dijo el director por el micrófono—. Pero llegó el momento que todos esperan. Los votos han sido contados.
Miré a mi alrededor. Sofía estaba en primera fila, con su vestido rojo brillante, segura de que iba a ganar. Beto estaba en una esquina, cerca de la cabina de sonido, con una sonrisa maliciosa que me dio mala espina.
—La Reina del Baile de Primavera es… —el director hizo una pausa dramática—. ¡Lupita!
El gimnasio estalló en aplausos. Yo me quedé paralizada. ¿Yo? ¿La ex-rara? ¿Reina? Andrés me empujó suavemente hacia el escenario.
—¡Ve! ¡Te lo mereces! —me animó.
Subí las escaleras temblando. El director me puso la corona de plástico y me dio un ramo de flores. Sofía, abajo, parecía que iba a explotar.
—Y el Rey es… ¡Andrés!
Más aplausos. Andrés subió y se paró a mi lado, tomándome de la mano. Era el momento cumbre. Pero entonces, sucedió.
Un rechinido horrible salió de las bocinas. El proyector gigante que estaba detrás de nosotros, que se usaba para mostrar fotos del baile, parpadeó. De repente, la imagen cambió.
Ya no eran fotos de la fiesta.
En la pantalla gigante, apareció una foto mía. Pero no una foto actual. Era una foto robada del expediente de la enfermería de hace dos años, justo después de mi accidente. Mi cara estaba hinchada, roja, llena de vendajes y quemaduras vivas. Era una imagen cruda, dolorosa.
Luego apareció otra. Un meme mal hecho que decía: “Aunque se vista de seda, MONSTRUO se queda”. Y otra más: una foto mía de antes de la cirugía comparada con Freddy Krueger.
El gimnasio se quedó en silencio total. Un silencio sepulcral.
Miré la pantalla y sentí que el piso se abría. El dolor, la vergüenza, el trauma… todo regresó de golpe. Escuché una risa solitaria y cruel desde la esquina. Era Beto. Estaba junto a la cabina de sonido, riéndose como un loco, señalándome.
—¡Ahí está su reina! —gritó Beto, con la voz llena de odio—. ¡Mírenla bien! ¡Es un fenómeno! ¡Todo eso es plástico! ¡Sigue siendo la misma adefesio por dentro!
Andrés soltó mi mano y vi cómo se transformaba. Iba a bajar a matar a su hermano. Lo vi en sus ojos. Iba a haber sangre.
Pero yo lo detuve. Lo agarré del brazo con fuerza.
—No —le dije.
—Lupita, voy a romperle la cara —gruñó Andrés, temblando de furia.
—No. Eso es lo que él quiere. Quiere que pierdas el control. Quiere arrastrarnos a su nivel de porquería. Déjamelo a mí.
Me solté de Andrés y di un paso al frente, hacia el micrófono. Mis manos temblaban, mis piernas eran gelatina, pero mi voz… mi voz salió firme, sacando fuerza de no sé dónde. Quizás de todas esas noches que lloré hasta dormirme.
—Pueden apagar eso, por favor —pedí tranquilamente al chico de las luces. La pantalla se fue a negro.
El silencio seguía ahí. Cientos de ojos mirándome.
—Beto tiene razón en una cosa —dije, y mi voz resonó en todo el gimnasio—. Esas fotos… esa soy yo. O al menos, esa fui yo.
Busqué a Beto con la mirada. Él dejó de reírse, confundido porque yo no estaba llorando ni corriendo.
—Sí, tuve un accidente. Sí, me quemé. Sí, mi cara quedó marcada. Y sí, dolió. Dolió muchísimo. Pero no solo dolió el fuego. Dolió más ver cómo gente como tú, Beto, se sentía con el derecho de tratarme como basura solo porque no me veía “bonita”.
Empecé a caminar por el escenario, sintiéndome cada vez más grande.
—Me operé, sí. Me arreglaron la piel. Pero las cicatrices de verdad, las que importan, no están en la cara. Están en el alma. Y esas cicatrices me enseñaron a ser fuerte. Me enseñaron a ser amable, porque sé lo que se siente que te traten mal.
Me quité la corona de plástico de la cabeza y la miré.
—Beto quería humillarme mostrando mi pasado. Quería que todos vieran mis heridas para que se rieran. Pero ¿saben qué veo yo en esas fotos? Veo a una sobreviviente. Veo a una niña que aguantó burlas, dolor y soledad, y que todavía está aquí, de pie.
Levanté la vista hacia el público. Vi a Liz llorando. Vi a chavos que ni conocía asintiendo.
—La verdadera fealdad no es tener cicatrices, o granos, o no usar ropa de marca. La verdadera fealdad es ser cruel. Es disfrutar del dolor ajeno. Es intentar apagar la luz de alguien más para que la tuya brille un poquito.
Señalé a Beto directamente. El foco de luz lo iluminó. Se veía pequeño, patético, sudando frío.
—Beto, tú tienes la cara perfecta. Eres el capitán. Eres “popular”. Pero por dentro… por dentro estás más podrido de lo que mi cara jamás estuvo. Y me das lástima. Porque yo me pude operar las cicatrices, pero no existe cirugía para arreglar un corazón podrido como el tuyo.
Hubo un segundo de silencio. Y luego, alguien empezó a aplaudir. Fue Liz. Luego Andrés. Luego el equipo de fútbol. Luego todo el maldito gimnasio.
El aplauso se convirtió en una ovación. Gritos de “¡Lupita! ¡Lupita!”.
Beto retrocedió, asustado por la reacción. Sus propios amigos, Toño y los demás, se alejaron de él, negando con la cabeza.
—Te pasaste, güey —le dijo Toño—. Eso no se hace. Ya no eres mi brother.
Sofía, viendo que Beto era ahora la persona más odiada de la escuela, también se alejó. Beto se quedó completamente solo en esa esquina oscura. El director se acercó a él con dos guardias de seguridad.
—Señor James —dijo el director, furioso—, acompáñenos a la oficina. Y llame a sus padres. Creo que esta fue su última noche en esta escuela.
Mientras se llevaban a Beto, Andrés me abrazó en el escenario. Me levantó en el aire y me dio un beso, ahí, delante de todos, sin importarle nada.
—Eres la mujer más valiente que conozco —me dijo al oído—. Te amo.
—Yo también te amo, mi nerd favorito.
EPÍLOGO: EL VERDADERO FINAL FELIZ
Han pasado seis meses desde esa noche. Las cosas han cambiado mucho, y para bien.
A Beto lo expulsaron de la prepa. Sus papás, avergonzados y furiosos, cumplieron su amenaza. Lo mandaron a una escuela militarizada en el norte del país, sin coche, sin dinero y sin lujos. Me cuentan que allá no le va muy bien con su actitud de “mirrey”, y que está aprendiendo a la mala lo que es el respeto. Espero que aprenda. De verdad lo espero.
Sofía intentó ser mi “amiga” después del baile, pero la corté por lo sano. No necesito gente tóxica en mi vida. Ahora tengo un grupo de amigos real, encabezado por Liz y Andrés, donde nos reímos de tonterías y nos apoyamos en los exámenes.
Yo sigo siendo la misma Lupita. A veces, cuando hace mucho frío, mis cicatrices me duelen un poquito, recordándome lo que viví. Pero ya no me escondo. Ya no uso el cabello en la cara. Me inscribí en el club de debate (descubrí que soy buena hablando en público después de mi discurso) y estoy pensando en estudiar Psicología para ayudar a chavos que han pasado por bullying.
Y Andrés… bueno, Andrés sigue siendo mi sueño hecho realidad. No porque sea rico, ni por su coche, ni porque me compre cosas. Sino porque el otro día, cuando me dio gripe y tenía la nariz roja y los ojos llorosos, me miró y me dijo que me veía hermosa.
Aprendí que la vida te puede golpear fuerte. Te puede quemar. Te puede tirar al suelo y patearte cuando estás abajo. Pero tú decides si te quedas ahí tirada o te levantas.
Yo decidí levantarme. Y no solo me levanté… aprendí a volar.
Así que, si estás leyendo esto y sientes que no encajas, que eres “raro”, o que el mundo está en tu contra porque no te ves como los de Instagram… recuerda mi historia. Recuerda que las mariposas tienen que pasar por la oscuridad del capullo antes de tener alas.
Tu momento va a llegar. Y cuando llegue, asegúrate de brillar tan fuerte que dejes ciegos a los que dudaron de ti.
Porque al final del día, la cara bonita se arruga, el cuerpo cambia, la popularidad se acaba. Pero un espíritu inquebrantable… eso, mis amigos, eso es eterno.
Gracias por leerme. Y recuerden: sean amables, porque nunca saben qué batalla está librando la persona de al lado.
PARTE 4: EL LEGADO DE LAS CICATRICES: MÁS ALLÁ DEL FINAL FELIZ
Muchos creen que las historias terminan con el beso bajo la lluvia, o en este caso, con la ovación en el gimnasio de la prepa y el villano recibiendo su merecido. Creen que ahí se acaba la película, salen los créditos y todos viven felices para siempre comiendo perdices (o tacos al pastor, en mi caso). Pero la vida real no tiene créditos finales. La vida sigue, y a veces, lo que pasa después del “final feliz” es donde realmente se demuestra de qué estamos hechos.
Han pasado cinco años desde aquella noche del Baile de Primavera. Cinco años desde que tomé el micrófono con las manos temblorosas y decidí que mi voz valía más que mi miedo. Y déjenme decirles: la vida universitaria y la vida adulta son bestias muy diferentes a la preparatoria.
Hoy quiero contarles lo que nadie te dice sobre el “vivieron felices para siempre”: que el trabajo interno nunca termina, que el perdón es más difícil que la venganza, y que a veces, la vida te pone pruebas justo cuando crees que ya pasaste el examen final.
CAPÍTULO 1: EL VÉRTIGO DE LA LIBERTAD
Recuerdo perfectamente el día de mi graduación de la prepa. El calor bajo la toga era insoportable, típico de un junio en la Ciudad de México. Mi mamá no paraba de llorar y de tomar fotos con su celular, gritando “¡Esa es mi hija!” cada cinco segundos, haciéndome pasar el oso de mi vida, pero yo sonreía.
Cuando mencionaron mi nombre para subir por el diploma, no hubo burlas. Hubo aplausos. No fui la más popular, ni la que tenía más seguidores en Instagram, pero me gané algo más valioso: respeto.
Sin embargo, al salir de la burbuja de la escuela, me enfrenté a un monstruo nuevo: el mundo real.
Entré a estudiar Psicología en la UNAM. Ciudad Universitaria es inmensa, un mundo aparte. El primer día, me sentí pequeña otra vez. Ya no era “Lupita, la reina del baile que venció al bully”. Aquí era solo un número de cuenta más entre miles de estudiantes.
Y, seamos honestos, las inseguridades son como esa humedad en la pared que, aunque la pintes, si no arreglas la tubería, vuelve a salir.
Recuerdo mi primera semana en la facultad. Estaba en la cafetería y sentí que alguien me miraba fijamente. Mi instinto automático fue bajar la cabeza, cubrirme el lado de la cara donde alguna vez estuvieron las cicatrices más profundas. Aunque la cirugía había hecho maravillas, mi piel tenía textura, una historia grabada que el maquillaje no borraba al 100% bajo la luz dura del sol.
—¿Te pasa algo? —me preguntó Andrés ese día cuando pasó por mí.
Él había entrado a estudiar Arquitectura en una universidad privada, pero siempre se escapaba para comer tortas de chilaquiles conmigo en las “islas” de CU.
—Nada… es solo que… aquí nadie me conoce. Aquí no saben mi historia. Solo ven a la chica con la “marca” en la cara —le confesé, sintiendo ese viejo fantasma del miedo.
Andrés dejó su torta y me tomó las manos. Esas manos que siempre me habían sostenido.
—Lupita, tu historia no es tu escudo. Tu historia es tu motor. No necesitas que sepan quién fuiste, necesitas mostrarles quién eres. Además, ¿ya viste lo guapa que te ves cuando te enojas?
Me hizo reír. Siempre lograba hacerme reír. Pero tenía razón. La validación externa, esa que obtuve en el baile, es efímera. La seguridad tenía que venir de mí, todos los días, frente al espejo, sin aplausos de fondo.
Fue ahí donde entendí que la verdadera “cirugía” exitosa ocurre cada mañana cuando decides quererte a pesar de todo.
CAPÍTULO 2: EL REENCUENTRO INESPERADO
Dicen que el mundo es un pañuelo, y en México, parece que es una servilleta de taquería: pequeño y grasoso.
Sucedió durante mi tercer año de carrera. Yo estaba trabajando medio tiempo como mesera en un café hipster en la colonia Roma para sacar algo de lana extra, porque aunque Andrés siempre se ofrecía a pagar todo, yo quería mi independencia. Mi papá me enseñó que el dinero propio sabe mejor.
Era un martes lluvioso y el café estaba casi vacío. La campanita de la puerta sonó y entró un hombre empapado, sacudiendo un paraguas roto. Llevaba un uniforme de repartidor de comida por aplicación, con el casco de moto bajo el brazo.
—Buenas tardes, ¿me podría dar un vaso de agua, por favor? Y si se puede, ¿me deja cargar mi cel cinco minutos? Se me murió la pila y no puedo cerrar el pedido —dijo el hombre, sin levantar la vista, concentrado en secarse.
—Claro que sí, ahorita le traigo —dije, dándome la vuelta hacia la barra.
Algo en esa voz me hizo cosquillas en la nuca. Una voz que yo conocía, aunque sonaba diferente: más ronca, más cansada, sin ese tono de arrogancia que solía tener.
Serví el agua y regresé. Cuando puse el vaso en la mesa, el hombre levantó la vista para agradecerme.
Nuestras miradas chocaron. El tiempo se detuvo, como en las películas, pero sin música romántica. Solo el sonido de la lluvia y la máquina de café.
Era Beto.
Pero no era el “Beto, capitán del equipo”. Se veía demacrado. Tenía ojeras profundas, la barba de tres días y se veía más delgado. Ya no vestía ropa de marca, sino un pantalón de mezclilla desgastado y la chamarra impermeable con el logo de la empresa de reparto.
—¿Lupita? —preguntó, casi en un susurro. Su cara se puso pálida, como si hubiera visto un fantasma.
—Hola, Beto —respondí, sorprendentemente tranquila. Mi corazón no se aceleró por miedo. Sentí… curiosidad.
Él bajó la mirada rápidamente, avergonzado. Intentó tomar sus cosas para irse.
—Perdón, no sabía que trabajabas aquí. Ya me voy, no quiero molestar.
—Espera —le dije impulsivamente—. Siéntate. Carga tu teléfono. La lluvia está muy fuerte.
Él dudó, pero se volvió a sentar. Parecía un perro callejero pateado, esperando otro golpe. Le serví un café americano y me senté enfrente de él, aprovechando que mi jefe estaba en la bodega.
—¿Cómo has estado? —le pregunté. No con sarcasmo, sino de verdad.
Beto soltó una risa amarga y le dio un trago al café, quemándose un poco la lengua.
—¿Cómo me veo? —respondió, señalando su uniforme—. Digamos que la vida me cobró la factura, y con intereses moratorios.
Me contó su historia. Después de que lo expulsaron de la prepa, sus papás cumplieron su amenaza. Lo mandaron al norte, a una escuela estricta. Pero el verdadero golpe vino después. Su papá tuvo un problema financiero fuerte, un fraude en la empresa, y perdieron casi todo. Beto tuvo que regresar a la ciudad, pero ya no había mansión, ni coches del año, ni “amigos” que le celebraran sus chistes crueles.
—Sofía me bloqueó en cuanto se enteró de que ya no había dinero —me contó, mirando el vapor de su taza—. Toño y los demás del equipo ni me saludan si me ven en la calle. Tuve que empezar a trabajar para pagarme una carrera técnica nocturna. Reparto comida en el día y estudio en la noche.
Lo miraba y no sentía lástima. Sentía algo parecido a la justicia, pero una justicia triste.
—¿Y el fútbol? —pregunté.
—Lo dejé. No tengo tiempo. Y honestamente… —me miró a los ojos, y por primera vez vi honestidad en él—. Creo que nunca fui tan bueno. Solo era bueno intimidando a los demás para que me pasaran el balón.
Hubo un silencio largo.
—Lupita… —empezó a decir, con la voz quebrada—. Sé que pedir perdón cinco años después no sirve de mucho. Sé que fui una basura contigo. Te hice sentir menos para yo sentirme más. Y ahora que estoy del otro lado, ahora que soy yo al que miran feo cuando entro a un restaurante “fresa” a recoger un pedido… entiendo lo que se siente. Entiendo lo que te hice.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No eran lágrimas de teatro. Eran lágrimas de un hombre que ha tocado fondo.
—Lo siento. De verdad, lo siento mucho.
Respiré hondo. Recordé todas las veces que lloré por su culpa. Recordé la humillación en el restaurante. Podría haberle echado en cara mi éxito. Podría haberle dicho: “Mírame ahora, yo estoy en la universidad, tengo novio, soy feliz y tú eres un repartidor”. Podría haberlo aplastado.
Pero recordé lo que le dije en el gimnasio: La verdadera fealdad es ser cruel.
Si yo lo humillaba ahora, me convertiría en él.
—Te perdono, Beto —le dije suavemente.
Él levantó la cabeza, sorprendido.
—¿En serio? Después de todo…
—Sí. Porque el rencor es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Y yo ya no quiero veneno en mi vida. Además… —sonreí levemente— parece que la vida ya te enseñó la lección que necesitabas. No necesito añadirle más peso a tu espalda.
Beto se limpió los ojos con el dorso de la mano.
—Gracias, Lupita. De verdad. Eres… eres mucha mujer. Andrés tiene suerte.
—Lo sé —respondí riendo—. Pero tú también puedes cambiar, Beto. Estás trabajando, estás estudiando. Eso es más valioso que ser el capitán del equipo con el dinero de papi. Ahora te estás ganando tus propias cosas. Échale ganas.
Su celular vibró. Tenía batería suficiente.
—Tengo que irme. El pedido me espera.
Se levantó, se puso el casco y, antes de salir, me dejó las monedas que traía de propina en la mesa.
—No es mucho, pero es tuyo. Gracias por el café… y por no escupirme en la cara.
Lo vi irse en su motoneta bajo la lluvia. Me sentí ligera. Ese día, cerré el capítulo de la preparatoria para siempre. No porque lo olvidara, sino porque lo sané.
CAPÍTULO 3: EL PROYECTO “ESPEJOS ROTOS”
Ese encuentro con Beto me cambió. Me di cuenta de que todos tienen cicatrices. Las mías eran visibles, las de él eran invisibles (y autoinfligidas, claro), pero al final, todos estamos rotos de alguna forma.
Decidí que mi carrera de Psicología no se quedaría solo en los libros. Quería hacer algo más. Algo real.
Hablé con Andrés esa noche. Él ya estaba trabajando en un despacho de arquitectos importante, diseñando casas sustentables.
—Amor, quiero empezar un proyecto —le dije mientras cenábamos tacos (nuestra tradición sagrada).
—Suéltalo. Sabes que soy tu fan número uno —respondió él.
—Quiero crear una fundación. O un taller. Algo para chavos y chavas que han sufrido bullying por su apariencia. Quiero enseñarles lo que tú y mi mamá me enseñaron: que la belleza es actitud.
—¡Me encanta! —dijo Andrés, sacando una servilleta para dibujar—. Mira, podemos diseñar un logo… podemos buscar patrocinadores. Mi papá seguro le entra con donación, todavía se siente culpable por lo imbécil que fue su otro hijo.
Así nació “Espejos Rotos”. Al principio era solo una página de Facebook e Instagram donde compartía mi historia y consejos. “Mexicanizaba” la psicología para que fuera digerible: menos términos clínicos aburridos y más “neta”, más “amiga date cuenta”.
Pero algo pasó. El video de mi discurso en el baile (que alguien había subido a YouTube años atrás) se volvió viral otra vez. De repente, tenía miles de seguidores. Me llegaban mensajes de niñas de Oaxaca, de Monterrey, de Chiapas, contándome sus historias.
“Lupita, tengo vitiligo y me dicen vaca”. “Lupita, perdí un ojo en un accidente y uso parche, nadie quiere ser mi amigo”. “Lupita, soy gordita y me escondo en el baño en el receso”.
Cada mensaje era una puñalada en el corazón, pero también una llamada a la acción.
Empecé a dar conferencias en secundarias y prepas. Al principio me moría de miedo. ¿Quién iba a querer escuchar a una estudiante de psicología de 22 años? Pero cuando me subía al escenario y empezaba a hablar sin filtros, conectaba.
Les decía: “Mírenme. Fui el monstruo. Fui la burla. Y aquí estoy. Si yo pude, ustedes también. Manden a volar a los haters, porque la gente que critica es porque no tiene nada interesante que ofrecer”.
CAPÍTULO 4: LA PRUEBA FINAL
Pero la prueba más grande no fue Beto, ni la viralidad. Fue Mariana.
Hace un año, fui a dar una charla a una secundaria técnica en Iztapalapa. El ambiente era pesado. Los maestros me advirtieron que había mucho bullying en esa generación.
Al terminar la conferencia, mientras recogía mis cosas, una prefecta se me acercó.
—Disculpe, licenciada Lupita… hay una niña que no quiso entrar al auditorio. Se quedó escondida en las gradas del patio. Creo que le serviría mucho hablar con usted.
Salí al patio. El sol pegaba fuerte. En un rincón, bajo la sombra de unas escaleras de concreto, había una bolita humana. Una chica con el uniforme de deportes, abrazando sus rodillas, con la cabeza escondida.
Me acerqué despacio.
—¿Te estás escondiendo de la clase de mate o de la vida? —pregunté, sentándome en el escalón de abajo, no muy cerca para no invadirla.
La chica levantó la cabeza un poco. Tenía el cabello negro y largo, peinado de tal forma que le cubría casi toda la cara, al estilo de “El Aro”.
—Vete —dijo agresivamente—. No quiero sermones.
—No soy cura para dar sermones. Soy Lupita. Y me gustan tus tenis, están bien chidos.
Ella miró sus tenis viejos y sucios.
—Son horribles. Como yo.
—A ver… —le dije—. ¿Por qué dices eso?
Con un movimiento brusco, se apartó el cabello de la cara.
Tenía una marca de nacimiento enorme, una mancha color vino (hemangioma) que le cubría desde la frente hasta la mejilla izquierda y parte del labio. Era muy visible.
—¿Ves? —me retó, con los ojos llenos de lágrimas y furia—. Soy un fenómeno. Me dicen “Manchitas”, “Dálmata”, “Zombie”. Nadie se quiere sentar conmigo. Dicen que es contagioso.
Sentí un deja vu tan fuerte que casi me marea. Esa era yo. Esa era la Lupita de 16 años llena de odio y dolor.
—¿Sabes qué veo yo? —le pregunté.
—Sí, una mancha asquerosa.
—No. Veo un mapa.
—¿Qué? —me miró confundida.
—Sí, parece un mapa de una isla del tesoro. O una galaxia. Es único. Nadie más tiene eso. Es tu firma.
Mariana soltó un bufido.
—Eso dices porque tú eres bonita. Mírate, estás perfecta. Tú no entiendes.
Sonreí y saqué mi celular. Busqué la foto. No la foto del baile, sino la foto del hospital. La que Beto proyectó para humillarme.
—Mira —le mostré la pantalla—. Esta soy yo a tu edad.
Mariana abrió los ojos como platos. Tomó el celular y acercó la imagen.
—¿Eres tú? —preguntó incrédula.
—Sí. Me quemé en un incendio. Mi cara era un rompecabezas mal armado. Me operaron, sí, pero las marcas siguen ahí si te acercas mucho. Y el dolor… el dolor me lo acuerdo perfecto. Sé lo que se siente querer ser invisible. Sé lo que se siente desear arrancarte la piel.
Mariana empezó a llorar, pero ya no con rabia, sino con alivio.
—¿Y cómo le hiciste? —preguntó entre sollozos—. ¿Cómo hiciste para que dejara de doler?
Me acerqué y le puse la mano en el hombro.
—No deja de doler de un día para otro, Mariana. Pero tienes que entender algo: ellos se burlan porque tienen miedo. Tienen miedo de lo diferente. Tú eres valiente solo por levantarte y venir a la escuela todos los días con esa carga. Eso te hace una guerrera. Y las guerreras no bajan la cabeza.
Saqué de mi bolsa un pin. No era de Zelda, era el logo de mi fundación: un espejo roto del que salían flores.
—Te regalo esto. Es para que recuerdes que, aunque nos rompan, podemos florecer en las grietas.
Mariana tomó el pin y lo apretó en su mano.
—¿Crees que algún día tenga novio? —preguntó con esa inocencia que te rompe el alma.
—Te aseguro que sí. Y no cualquier novio. Uno que valga la pena. Uno que vea la galaxia en tu cara y no solo la mancha. Pero primero, Mariana, tienes que ser tu propia novia. Tienes que invitarte tú sola a ser feliz.
Nos quedamos hablando una hora. Al final, Mariana se acomodó el cabello, pero esta vez, dejó un poco más descubierta su cara. No fue un cambio mágico, pero fue un paso.
Al salir de la escuela, Andrés me estaba esperando en el coche. Me vio los ojos rojos de haber llorado con Mariana.
—¿Día difícil? —preguntó, abriéndome la puerta.
—Día necesario —respondí.
CAPÍTULO 5: EL FUTURO NO ESTÁ ESCRITO, SE CONSTRUYE
Hoy, estoy terminando mi maestría. “Espejos Rotos” es una asociación civil real. Tenemos psicólogos voluntarios, talleres de maquillaje correctivo (y de “no me importa el maquillaje”), y un club de videojuegos, porque sí, ser nerd cura el alma.
Andrés y yo nos vamos a casar el próximo año. No, no será una boda de cuento de hadas de revista. Será una boda en un jardín en Coyoacán, con tacos, esquites, mucha música de banda y cumbia, y gente que nos quiere de verdad.
Liz será mi dama de honor, obviamente. Y adivinen quién diseñó las invitaciones… Mariana, la chica de la secundaria, que resultó ser una artista gráfica increíble y ahora es una de mis mejores amigas a pesar de la diferencia de edad.
A veces me pregunto qué hubiera pasado si no hubiera tenido ese accidente. Si hubiera sido una chica “normal”, bonita desde siempre, popular. Tal vez sería como Sofía (que, por cierto, se casó con un tipo rico que la trata mal, según los chismes). Tal vez sería superficial. Tal vez nunca hubiera conocido a Andrés porque no hubiera valorado su corazón, solo su apariencia.
Mis cicatrices me quitaron mucho, es cierto. Me quitaron años de tranquilidad, me quitaron la “normalidad”. Pero me dieron algo mejor: me dieron visión. Me dieron la capacidad de ver el alma de las personas antes que sus caras. Me dieron la fuerza para levantar a otros.
Así que, si estás leyendo esto hasta el final, te quiero decir algo importante.
No importa si tienes cicatrices, si eres gordito, flaco, alto, bajo, moreno, güero, rico o pobre. No importa si te rompieron el corazón o si sientes que el mundo se te cae encima.
Tú eres el protagonista de tu película. No dejes que nadie, absolutamente nadie, te diga que eres un extra. Si no te gusta el guion que te están dando, agárralo, rómpelo y escribe uno nuevo. Uno donde tú ganas. Uno donde tú te amas.
El karma existe, sí. Beto lo aprendió. Pero el amor propio es más poderoso que cualquier karma.
Mi nombre es Lupita. Fui la chica quemada. Fui la chica del gorro. Fui el monstruo. Hoy soy psicóloga, soy activista, soy futura esposa y, sobre todo, soy feliz.
Y mis cicatrices… mis cicatrices son mi mapa del tesoro. Son la prueba de que el fuego no me consumió; el fuego me forjó.
Gracias por acompañarme en este viaje. Ahora, salgan ahí afuera y sean increíblemente hermosos, exactamente como son. ¡Ánimo, raza! Que la vida es corta y hay muchos tacos que comer.