Pasé 72 horas en la Sierra sin comida y lo que me ofrecieron en un plato de barro me hizo llorar de vergüenza y gratitud al mismo tiempo.

Me llamo Mateo y soy fotógrafo documental. Pensé que sabía lo que era la pobreza, pero la Sierra Madre me dio una bofetada de realidad que todavía me arde en la cara.

Llevaba horas caminando entre veredas invisibles, siguiendo a Don Chuy y a su grupo. No hay carreteras, no hay señal, y definitivamente no hay Oxxos. Mi estómago rugía con una violencia que asustaba. Ellos, sin embargo, caminaban en silencio, con esa resistencia de roble que solo te da el hambre vieja.

Llegamos a su campamento improvisado bajo unos encinos. No había casas, solo plásticos y ramas. Y entonces, el olor. Un olor a humo, a leña verde y a carne ch*muscada.

—Llegaste a buena hora, compa —me dijo Don Chuy, con una sonrisa chimuela que le llegaba a los ojos—. Hoy hubo suerte. Hoy comemos carne.

Mi corazón se aceleró. Tenía tanta hambre que me hubiera comido una piedra con sal. Pero cuando vi lo que sacaron del fuego, se me heló la s*ngre.

No era pollo. No era res. Era un animal pequeño, totalmente negro por el fuego directo, con la piel curtida y pegada al hueso. Lo habían aventado a las brasas entero, con todo y pelo, para “aprovechar todo”.

Las mujeres, con sus manos curtidas por el trabajo duro, partían los pedazos y los echaban a una olla vieja con agua y unas hierbas de monte. Nada más. Ni cebolla, ni ajo, ni especias. Solo agua y s*ngre.

Me senté en un tronco, tratando de controlar mi respiración. Don Chuy se acercó con un plato de barro despostillado. Me lo extendió como si me estuviera dando un lingote de oro.

—Ten, hijo. Para que agarres fuerza. Te guardamos la mejor parte.

Bajé la vista al caldo grisáceo. Flotando ahí, entre la grasa y la ceniza, había una mano. Una pequeña mano negra, con dedos largos y uñas curvadas, parecida a la de un niño pequeño. Era la pata del animal.

Sentí una náusea violenta subirme por la garganta. Todo mi cerebro de ciudad gritaba “¡NO!”. Pero levanté la vista y vi sus ojos. Había orgullo. Había una generosidad tan inmensa y dolorosa que me partió el alma. Ellos, que no tenían nada, me estaban dando su “lujo”. Me estaban dando su supervivencia.

Si rechazaba eso, rechazaba su humanidad.

Tomé la pieza con mis dedos temblorosos. La textura era dura, correosa. Olía a pelo quemado y a tierra húmeda. Cerré los ojos, contuve la respiración y me llevé esa pequeña mano negra a la boca.

LO QUE SENTÍ AL MORDER ESA CARNE FUE ALGO QUE JAMÁS PODRÉ EXPLICAR CON PALABRAS… ¿TE ATREVERÍAS A TRAGARTE TU ORGULLO?

Aquí tienes la Parte 2 de la historia, narrada por Mateo, con un enfoque profundo, detallado y adaptado al contexto rural de la Sierra Madre en México, manteniendo el tono emocional y la extensión solicitada.


PARTE 2: La Sombra del Hambre y la Sangre del Monte

El sabor de aquella mano negra todavía bailaba en mi paladar, una mezcla de humo, grasa rancia y algo metálico que mi cerebro se negaba a identificar como carne. Tragué saliva, una, dos, tres veces, intentando empujar el recuerdo de esos dedos curvados hacia el olvido de mi estómago. Don Chuy me miraba fijamente, con esos ojos oscuros y profundos como pozos de agua vieja, esperando mi veredicto. No era solo una comida; era una prueba de fe.

—Está… fuerte —mentí, o tal vez no tanto. Mi voz salió carrasposa—. Pero sustenta. Gracias, Don Chuy. Gracias de verdad.

El viejo asintió, satisfecho, y volvió su atención al hueso que él mismo estaba royendo. Alrededor de la fogata, las sombras de los encinos se alargaban como fantasmas gigantescos. No había electricidad en kilómetros a la redonda. La única luz venía de las brasas moribundas que teñían de naranja los rostros de Lalo, de Toño, de Doña Mari y de los niños. El silencio de la sierra no es silencio; es un coro atronador de grillos, el crujir de las ramas y el aullido lejano de los coyotes que nos recordaban que no éramos los dueños de la noche, sino simples inquilinos.

Esa noche no hubo camas, ni colchones inflables, ni bolsas de dormir térmicas de esas que venden en las tiendas deportivas de la ciudad por miles de pesos. Aquí, el descanso se ganaba en el suelo duro. Me señalaron un rincón dentro de una estructura hecha de carrizos y plástico negro de basura. Me tiré sobre un petate deshilachado, tapándome con mi propia chamarra y una cobija que olía a humo y a perro mojado.

El frío de la sierra cala hasta los huesos. No es ese frío de ciudad que se quita con calefacción; es un frío húmedo que se te mete por las costillas. Me quedé mirando el techo de plástico, escuchando cómo el viento lo hacía vibrar, pensando en mi refrigerador en la Ciudad de México. Pensé en el jamón que se me echó a perder la semana pasada porque “ya no se veía rosita” y lo tiré a la basura. Sentí una punzada de vergüenza tan aguda que me dolió más que el hambre. Aquí, tirar comida sería un pecado mortal, una ofensa directa a Dios o a la tierra misma.

Me dormí con el estómago haciendo ruidos extraños, soñando con tacos al pastor, pero desperté con una realidad mucho más cruda.


El Despertar sin Café

A las 5:00 a.m., el cielo todavía estaba negro, pero el campamento ya estaba vivo. Escuché toses secas, el sonido de alguien escupiendo y el raspar de un cerillo encendiendo la leña. Salí de mi refugio tiritando, con el cuerpo entumecido por la dureza del suelo.

Esperaba café. Mi cuerpo adicto a la cafeína gritaba por una taza caliente. Pero en la olla sobre el fuego no había café de grano, ni siquiera soluble. Había un té de hierbas que habían arrancado del monte, una infusión de color amarillo pálido que olía a limón y tierra.

—Tómale, muchacho, pa’ que calientes las tripas —me dijo Doña Mari, pasándome un jarrito de barro despostillado.

Bebí. Estaba insípido, apenas tibio, pero era líquido.

—¿Qué vamos a desayunar? —pregunté, cometiendo el error de novato.

Lalo, el hijo mayor de Don Chuy, soltó una carcajada seca mientras afilaba su machete con una piedra de río. El sonido ras, ras, ras era hipnótico.

—Aquí no se desayuna si no se caza, carnal —me dijo sin levantar la vista—. Lo de anoche se acabó. Si quieres comer hoy, hay que chingarle. Los perros tienen hambre, nosotros tenemos hambre. El monte no regala nada.

La realidad me golpeó de nuevo. En mi mundo, la comida está garantizada. Si tienes hambre, abres la alacena. Si está vacía, vas a la tienda. Aquí, la comida era una posibilidad, una apuesta diaria contra la naturaleza. El “desayuno” era la esperanza de encontrar algo vivo allá afuera.

Don Chuy se levantó, se ajustó el cinto de cuero desgastado donde colgaba su machete y tomó un rifle viejo, un calibre .22 que parecía haber vivido la Revolución. La madera estaba astillada y el metal oxidado, pero lo manejaba con una reverencia absoluta.

—Vámonos —dijo—. El sol ya va a salir y los bichos se esconden.

Éramos cinco: Don Chuy, Lalo, Toño (un sobrino de apenas 14 años), yo y tres perros flacos que parecían pura costilla y nervio, pero que tenían una mirada de inteligencia asesina que nunca había visto en un perro de casa.


La Caminata Infernal

Empezamos a caminar. Y cuando digo caminar, no me refiero a un paseo por el parque de Chapultepec. Me refiero a subir y bajar barrancos llenos de piedras sueltas, atravesar matorrales de huizache llenos de espinas que te rasgan la ropa y la piel, y esquivar nidos de hormigas rojas.

Durante la primera hora, la adrenalina me mantuvo el paso. Quería documentar todo, sacar fotos de la luz dorada filtrándose entre los pinos, de las siluetas de los cazadores contra el amanecer. Pero para la segunda hora, la cámara me pesaba como si fuera de plomo. Mis botas “todo terreno” de marca cara resbalaban en las piedras donde los huaraches de llanta de Don Chuy se agarraban como garras.

Ellos no caminaban; fluían. Se movían en silencio, comunicándose con chiflidos y señas de manos. Yo, en cambio, jadeaba como una locomotora vieja, pisando ramas secas y haciendo un escándalo que seguramente espantaba a cualquier animal en un radio de un kilómetro.

—Shhh —me chistó Toño, el de 14 años, mirándome con severidad—. Haces mucho ruido. Camina ligero, como si el suelo estuviera dormido.

Me sentí un inútil. Un niño me estaba enseñando a caminar.

El sol empezó a subir y con él, el calor. La sierra es traicionera; te congela en la noche y te cocina en el día. El sudor me corría por la espalda, pegando la camisa a mi piel. La sed empezó a ser un problema real. No llevábamos botellas de agua.

—Don Chuy, ¿cuánto falta? —pregunté, con la garganta seca.

—Falta lo que falte hasta que encontremos algo —respondió sin detenerse—. El venado no tiene horario, mijo.

Seguimos avanzando. De repente, los perros se tensaron. Sus orejas se levantaron y empezaron a olfatear el aire frenéticamente. Lalo hizo una señal y todos nos congelamos.

—Allí —susurró Don Chuy, señalando una ladera rocosa a unos trescientos metros.

Entorné los ojos, pero no vi nada. Solo piedras grises y matorrales secos.

—¿Qué es? —susurré.

—Jabalí —dijo Lalo, con una sonrisa depredadora—. Son buenos. Tienen carne.

El grupo se desplegó. Me indicaron que me quedara atrás y no me moviera. Vi cómo se movían, flanqueando el área con una estrategia militar innata. Los perros salieron disparados como flechas, ladrando con una furia que resonó en todo el cañón.

Escuché el estruendo. Gritos, ladridos, el crujir de ramas rompiéndose bajo el peso de algo pesado corriendo. Y luego… silencio.

Corrí hacia ellos, tropezando, con el corazón en la boca, esperando ver al animal caído, imaginando ya el banquete. Cuando llegué, encontré a Lalo pateando el suelo con frustración y a los perros jadeando, confundidos.

—Se nos fue —dijo Don Chuy, escupiendo al suelo—. Se metió en una cueva. No podemos sacarlo de ahí sin arriesgar a los perros.

La decepción en el aire era pesada, casi física. No era como perder un autobús; era perder la comida del día. Mi estómago rugió, recordándome que no había comido nada sólido en casi 18 horas, salvo esa patita negra.

—¿Y ahora? —pregunté, sintiendo cómo el desánimo me invadía.

—Ahora seguimos —dijo Don Chuy, colgándose el rifle al hombro—. Todavía hay día.


El Manjar de los Pobres

Caminamos dos horas más. El hambre ya no era una molestia, era un dolor de cabeza constante y una debilidad en las rodillas. Empecé a marearme. Me pregunté qué diablos hacía yo ahí, jugando al superviviente cuando podía estar en mi casa pidiendo una pizza. Pero entonces, vi algo que cambió la dinámica del grupo.

Toño se detuvo frente a un tronco viejo de encino, hueco y carcomido. Había un zumbido leve. Abejas. Pero no abejas normales; eran pequeñas, negras, rápidas.

—¡Miel! —gritó el muchacho, perdiendo por un momento la compostura estoica.

Fue como si hubieran encontrado un cofre del tesoro. Don Chuy sacó el machete y con una precisión quirúrgica empezó a abrir el tronco podrido. No usaron humo, no usaron trajes protectores. Simplemente aguantaron los piquetes como si fueran lluvia.

Del interior del tronco sacaron unos panales oscuros, goteando un líquido ámbar y espeso. No esperaron a limpiarlo. Arrancaron pedazos con las manos sucias de tierra y se los metieron a la boca.

—Ten —me dijo Lalo, ofreciéndome un trozo que tenía abejas muertas, pedazos de madera y cera—. Mastícale. La cera se escupe, la miel se traga.

Lo tomé. Mis manos temblaban. Me lo metí a la boca y mordí.

Dios mío.

Nunca, en mi vida, había probado algo así. Fue una explosión de azúcar salvaje, floral, intensa. La dulzura me golpeó el cerebro como una droga. No me importaron las abejas muertas, no me importó la tierra. Mastiqué la cera con desesperación, chupando cada gota de energía. Sentí cómo el azúcar entraba en mi sangre, reviviéndome al instante.

Nos sentamos allí, en medio de la nada, con las caras manchadas de miel y tierra, riéndonos por primera vez en horas.

—Esto es medicina —dijo Don Chuy, chupándose un dedo—. El monte a veces quita, pero a veces da. Esta miel te levanta hasta a un muerto.

Observé a Toño guardar un pedazo grande de panal en una hoja ancha y meterlo en su morral.

—¿Para quién es eso? —le pregunté.

—Pa’ mi hermanita —dijo sonriendo—. Le gusta mucho lo dulce y allá en el campamento no hay dulces.

Se me hizo un nudo en la garganta. Ese niño, que llevaba horas caminando bajo el sol, con hambre, no se comió su parte completa. La guardó. La generosidad en la escasez es algo que te rompe los esquemas. En la ciudad, nos peleamos por el último pedazo de pastel aunque estemos llenos. Aquí, se comparte incluso lo que apenas alcanza para uno.


La Prueba Final: El Venado

Ya pasaba del mediodía y el sol estaba en su punto más cruel. Habíamos caminado, según mi reloj inteligente (que estaba a punto de quedarse sin batería), casi 12 kilómetros. Mis piernas eran gelatina.

—Vamos de regreso —dijo Don Chuy—. Hoy no hubo suerte con la carne grande. Buscaremos unas liebres en el camino.

El tono de derrota era sutil, pero estaba ahí. Regresar con las manos vacías significaba otra noche de caldos ralos y estómagos vacíos para la familia.

Pero el destino, o la sierra, tenía un último giro.

Estábamos bajando por una cañada seca cuando uno de los perros, el más viejo, llamado “Sombra”, se detuvo en seco. No ladró. Solo se erizó y miró fijamente hacia un matorral denso a unos cincuenta metros.

Don Chuy levantó la mano. Todos nos convertimos en estatuas.

El viento soplaba hacia nosotros, lo cual era perfecto; la presa no podía olernos. Don Chuy me miró y se llevó un dedo a los labios. Sus ojos brillaban con una intensidad aterradora.

Lentamente, se quitó las sandalias. Iba a caminar descalzo sobre las piedras y espinas para no hacer ruido. Me quedé maravillado. Un hombre de 60 años, moviéndose con la agilidad de un gato.

Avanzó diez metros. Veinte. Levantó el rifle viejo. Apuntó.

El tiempo se detuvo. Fueron segundos que parecieron horas. Yo contenía la respiración tanto que me dolía el pecho.

¡PUM!

El disparo seco del .22 rompió la tarde.

Inmediatamente después, el caos. Algo grande saltó de los matorrales, pero cayó al instante. Los perros se lanzaron sobre él.

Corrimos. El cansancio desapareció. Mis piernas encontraron una fuerza que no sabía que tenían.

Cuando llegamos, ahí estaba. No era una liebre. No era un tejón.

Era un venado cola blanca. Un macho joven, pero de buen tamaño. El tiro había sido perfecto, directo al cuello. Una muerte limpia y rápida.

Los gritos de alegría de Lalo y Toño fueron ensordecedores. Se abrazaron. Lalo incluso abrazó a los perros. Don Chuy se acercó al animal, se quitó el sombrero y, en un gesto que nunca olvidaré, tocó la frente del animal muerto y murmuró algo en voz baja. Una oración. Un agradecimiento.

—Hoy comemos todos —dijo, volteando a verme con una sonrisa que le iluminaba la cara llena de arrugas—. Hoy hay fiesta, Mateo.

Pero el trabajo apenas empezaba. Ahora había que cargarlo.


El Peso de la Vida

Ataron las patas del venado a un palo grueso. Entre Lalo y Don Chuy se lo echaron al hombro. Yo me ofrecí a ayudar, pero apenas pude levantarlo unos metros antes de casi colapsar. Pesaba por lo menos 40 o 50 kilos de peso muerto. Ellos, sin embargo, lo cargaron turnándose durante los 6 kilómetros de regreso, subiendo cuestas empinadas.

Yo iba atrás, cargando solo mi cámara y mi vergüenza, viéndoles las espaldas sudadas, los músculos tensos bajo las camisas rotas. Ese animal no era un trofeo deportivo para colgar en la pared. Ese animal era proteína, era vida, era la diferencia entre dormir con dolor de hambre o dormir en paz.

Llegamos al campamento justo cuando el sol se ponía, tiñendo el cielo de morado y rojo.

La recepción fue algo bíblico. Las mujeres salieron de la choza, los niños corrieron gritando. No había aplausos, había alivio. Doña Mari vio el venado y se persignó.

—Bendito sea Dios —dijo—. Prendan el fuego grande.

Lo que siguió fue una lección de anatomía y de respeto. No se desperdició nada. Absolutamente nada. La piel se guardó con cuidado para curtirla. Los intestinos se limpiaron para los perros. La sangre se recogió.

—¿Te gusta el hígado? —me preguntó Don Chuy mientras fileteaba el órgano todavía caliente.

—Eh… no mucho —confesé.

—Pruébalo así. Fresco. Al fuego directo. Es lo que da la fuerza.

Tiró unos pedazos de hígado sobre las brasas. Chillaron al contacto con el calor. Un minuto después, me pasó un trozo en la punta del cuchillo. Soplé un poco y lo comí.

Sabía a hierro, a humo, a victoria. No necesitaba sal. No necesitaba limón. Sabía increíblemente bien porque sabía a esfuerzo. Sabía a esos 12 kilómetros que habíamos caminado.

Esa noche, el ambiente era otro. Había risas fuertes. Había historias. El olor a carne asada llenaba el aire, un perfume embriagador que nos hacía salivar a todos.

Me sirvieron un plato enorme. Carne, tortillas hechas a mano (que habían guardado como oro), y un poco de salsa de molcajete que apareció de milagro. Comí hasta que no pude más. Comí con las manos, chupándome los dedos, olvidando todos mis modales de ciudad.

Más tarde, cuando el fuego bajó y la mayoría se fue a dormir con la barriga llena, me quedé solo con Don Chuy. Él estaba fumando un cigarro de hoja, mirando las estrellas.

—Don Chuy —le dije, rompiendo el silencio—. ¿No le gustaría vivir en el pueblo? ¿O en la ciudad? Allá la comida es más fácil. No tendría que caminar tanto. No sufriría tanto frío.

El viejo soltó una bocanada de humo azul y me miró con una calma que me desarmó.

—Mira, Mateo. Yo he ido a la ciudad. Fui hace años, a trabajar de albañil. Y sí, allá hay mucha comida. Hay mucha luz. Pero vi gente triste. Vi gente que vive encerrada en rejas, que tiene miedo de su vecino. Vi gente que tira la comida porque no le gusta.

Hizo una pausa, señalando el monte oscuro a nuestro alrededor.

—Aquí la vida es dura, sí. A veces duele. Pero aquí soy libre. Aquí, si como, es porque yo me lo gané. Si camino, es porque mis piernas me llevan. Nadie me manda. Y cuando nos sentamos a comer, como hoy, la comida sabe a gloria porque sabemos lo que costó. Allá en la ciudad… ¿a qué les sabe la comida que compran en plástico? ¿A qué les sabe el agua que sale de la llave?

Me quedé callado. No tenía respuesta. Pensé en mis cenas de microondas, en mis pedidos de Uber Eats que comía viendo el celular, sin siquiera saborear.

—Ustedes tienen relojes —dijo Don Chuy, señalando mi muñeca—, pero nosotros tenemos el tiempo. Ustedes tienen muchas cosas, pero siempre quieren más. Nosotros tenemos poco, pero cuando tenemos esto… —señaló los huesos del venado—, nos sentimos reyes.

Esa noche, tirado en mi petate, con el estómago lleno y el cuerpo adolorido, no pude dormir de inmediato. Me dolían las piernas, tenía ampollas en los pies y olía a humo y sangre seca. Pero por primera vez en años, sentí una paz extraña.

No era la paz de la comodidad. Era la paz de la supervivencia. Había entendido, aunque fuera solo por un día, lo que significaba ser humano en su estado más puro. No somos lo que compramos. Somos lo que somos capaces de hacer para sobrevivir y, sobre todo, somos lo que compartimos cuando no tenemos nada.

Mañana sería mi último día. Me habían dicho que iríamos a buscar agua a un “ojo” que estaba lejos, porque el arroyo cercano se había secado. Pensé que ya había visto todo, que ya había pasado la prueba. Pero la Sierra Madre siempre guarda una última lección, y la lección del agua sería, tal vez, la más dura de todas.

Cerré los ojos, y por primera vez, no soñé con la ciudad. Soñé que corría entre los huizaches, ágil y silencioso, persiguiendo al viento.


(Continuará en la Parte 3…)

Aquí tienes la Parte 3 y final de la historia. He puesto todo mi empeño en mantener el tono crudo, emocional y profundamente mexicano, extendiendo la narrativa para sumergirte por completo en la experiencia física y psicológica de Mateo.


PARTE 3: El Peso del Agua y el Regreso al Ruido

Si el hambre es un perro que te muerde las tripas, la sed es una lija que te raspa el alma.

Desperté al tercer día no por la luz del sol, sino por la sensación de tener la lengua hinchada, como si me hubiera tragado un puño de algodón viejo. Me senté en el petate de golpe, buscando a tientas mi botella de agua personal. Estaba vacía. La había drenado la noche anterior después del banquete de venado, sin pensar, sin medir, con esa arrogancia estúpida de quien cree que el grifo siempre va a soltar líquido.

Salí de la choza. El cielo estaba de un azul pálido, casi blanco, presagio de un calor que iba a partir las piedras. El campamento estaba en un silencio operativo. No había risas como la noche anterior. Hoy tocaba “la caminata del agua”.

Don Chuy estaba amarrando unos garrafones de plástico viejos, de esos de 20 litros que en la ciudad usamos para el dispensador de la oficina, a un burro flaco y mañoso llamado “El Prieto”. Los garrafones estaban rayados, opacos por el sol y el uso, remendados con parches de cámara de llanta y alambre quemado.

—Buenos días, Mateo —dijo sin voltear, concentrado en el nudo—. ¿Dormiste bien o te comieron las chinches?

—Dormí como tronco, Don —respondí, con la voz quebrada por la sequedad—. Pero traigo una sed que no me la acabo.

Don Chuy se detuvo y me miró. Sacó de su morral una cantimplora militar abollada.

—Dile un trago. Nomás uno. Un buche y te lo paseas por la boca antes de tragar. Hoy vamos a sudar lo que no tenemos.

Hice lo que me dijo. El agua estaba tibia y sabía a plástico viejo, pero me supo a gloria bendita.

—¿A dónde vamos? —pregunté, devolviéndole la cantimplora.

—Al Ojo de la Víbora —dijo Lalo, apareciendo detrás de mí con dos garrafones vacíos en cada mano, unidos por una cuerda para echárselos al hombro—. El arroyo de aquí abajo ya se secó. Pura lama verde quedó. Tenemos que subir al cañón.

—¿Está lejos?

Lalo sonrió, esa sonrisa que ya empezaba a darme miedo porque siempre significaba sufrimiento físico.

—Lejos no, compa. Lo que está es pInche.


El Viacrucis de Plástico

Salimos cuando el sol apenas despuntaba, pero la tierra ya irradiaba calor. La caravana era triste y noble a la vez: Don Chuy jalando al “Prieto”, Lalo cargando cuatro garrafones vacíos, Toño con dos más pequeños, y yo, que me ofrecí a llevar dos de 10 litros.

—No te hagas el héroe, Mateo —me advirtió Don Chuy—. Vacíos no pesan, pero de regreso vas a sentir que cargas tus pecados.

—Puedo hacerlo —insistí, queriendo probarme a mí mismo que no era un inútil de ciudad.

El camino no era camino. Era una cicatriz de tierra suelta y piedras afiladas que subía en zigzag por la ladera de la montaña. Todo alrededor estaba seco. Los huizaches parecían esqueletos grises extendiendo sus dedos espinosos hacia el cielo, suplicando lluvia. El suelo crujía bajo nuestras botas. Crac, crac, crac. El sonido de la sequía.

Mientras caminábamos, mi mente empezó a divagar. Pensé en mi departamento en la colonia Roma. Pensé en la presión del agua de mi regadera. Recordé todas las veces que dejé el grifo abierto mientras me lavaba los dientes, viendo el agua correr limpia y transparente por el desagüe, perdiéndose para siempre. Me dieron ganas de llorar y de vomitar al mismo tiempo. ¿Cuántos litros había desperdiciado en mi vida? ¿Miles? ¿Millones? Y aquí, esta familia caminaba tres horas para conseguir lo que yo tiraba en tres minutos.

—¿Estás bien, valedor? —me preguntó Toño, sacándome de mis pensamientos. El niño caminaba con una ligereza envidiable, saltando entre las rocas como una cabra.

—Sí, Toño. Nomás pensando.

—¿En qué piensas? ¿En tu novia?

Me reí, una risa seca que me raspó la garganta.

—No tengo novia, Toño. Pienso en el agua.

—Ah —dijo él, perdiendo interés—. El agua es cabrona. A veces se esconde. Mi abuelo dice que el agua se ofende si no la cuidas, se va profundo a la tierra donde no la alcanzas.

—Tu abuelo tiene razón —murmuré.

Seguimos subiendo. El sol ya estaba alto y pegaba directo en la nuca. Sentía el sudor correr por mi espalda y evaporarse casi al instante. Mis labios empezaron a partirse. La sed volvió, más agresiva, ya no como una molestia, sino como una alarma de pánico en mi cerebro reptiliano. Agua. Necesitas agua. Ahora.

Miré a Don Chuy. Iba impasible, con su sombrero de paja echado hacia adelante, marcando el ritmo. Un paso, otro paso. La resistencia de esta gente no venía del gimnasio ni de los batidos de proteínas; venía de la necesidad pura y dura.

Después de dos horas eternas, llegamos a una grieta en la montaña. Era un cañón estrecho, donde la sombra por fin nos dio un respiro. Al fondo, pegado a una pared de roca que lloraba humedad, había una poza.

No era un manantial cristalino de película de Disney. Era un charco de agua oscura, rodeado de lodo y abejas. Muchas abejas.

—Llegamos —dijo Lalo, soltando los garrafones con un suspiro.

—¿De ahí… de ahí vamos a tomar? —pregunté, mirando los insectos flotando en la superficie.

—Es agua buena, Mateo —dijo Don Chuy, acercándose con reverencia—. Nomás hay que dejar que se asiente la tierra. Y con permiso de las abejas, claro. Ellas también tienen sed.


El Ritual de la Espera

Lo que siguió fue una lección de paciencia que ninguna clase de meditación podría enseñarte. No podíamos llegar y meter los garrafones a lo bruto porque removeríamos el lodo del fondo y el agua saldría chocolatosa e imbebible.

Don Chuy sacó una jícara pequeña y un pedazo de tela de manta que usaba como filtro. Se agachó junto a la poza, espantando suavemente a las abejas con la mano, sin matarlas, sin movimientos bruscos.

—Con calmita —susurró—. Si te aceleras, enturbias el agua. Así es la vida, mijo. Si te aceleras, todo se vuelve lodo.

Empezó a llenar el primer garrafón. Jicarazo a jicarazo. El sonido del agua cayendo dentro del plástico glo, glo, glo era hipnótico. Tardó veinte minutos en llenar el primero.

Éramos cuatro hombres y un burro. Teníamos que llenar cerca de 80 litros para que valiera la pena el viaje. Hice los cálculos mentales: estaríamos ahí horas.

Me senté en una piedra, mareado por el calor. Toño se sentó a mi lado y sacó de su bolsillo unas tunas que había cortado en el camino. Con su navaja, les quitó las espinas y la cáscara con una destreza de cirujano.

—Ten —me ofreció una tunita roja, jugosa.

La mordí y sentí cómo el líquido dulce me inundaba la boca. Fue mejor que cualquier bebida energética.

—Gracias, Toño. Eres a toda madre.

El niño se sonrió, apenado.

—Oye Mateo… ¿cómo es la ciudad? Lalo dice que hay edificios que tocan las nubes y que la gente vive amontonada como hormigas.

—Lalo tiene razón —le dije, limpiándome el jugo de la barbilla—. Hay mucha gente. Demasiada. Y mucho ruido. Nunca hay silencio, ni en la noche.

—¿Y hay venados?

—No. Hay ratas. Y palomas que comen basura.

Toño arrugó la nariz.

—Guácala. Entonces no quiero ir.

—No te pierdes de mucho, la verdad.

Pasaron las horas. El sol cruzó el cenit y empezó a bajar. Ya teníamos todos los garrafones llenos. El burro “Prieto” cargaba cuatro. Lalo se echó dos al hombro con un mecapal (una correa de cuero que va en la frente). Don Chuy cargaba uno y el rifle.

—Te toca, Mateo —dijo Lalo, señalando mis dos garrafones de 10 litros.

Los levanté. Ahora pesaban. Vaya que pesaban. El agua tiene una densidad traicionera; se mueve, se agita, te desbalancea. Eran 20 kilos en total, más el peso de mi equipo fotográfico.

—Vámonos —ordenó Don Chuy—. Que no nos agarre la noche en la bajada, porque ahí sí nos matamos.


El Descenso y la Caída

La bajada fue peor que la subida. Las piernas me temblaban por el esfuerzo acumulado de tres días. Mis rodillas, acostumbradas al pavimento plano, gritaban con cada paso en falso sobre la grava suelta.

El peso de los garrafones me cortaba la circulación de los dedos. Tuve que improvisar, amarrándolos con mi cinturón y colgándomelos al cuello como un yugo, al estilo de Lalo. El plástico caliente me quemaba la piel.

Iba concentrado en mis pies. Derecha, izquierda, no pises esa piedra, cuidado con la raíz. Mi mundo se redujo a eso: dolor, sudor y el sonido de mi propia respiración jadeante.

Y entonces, sucedió.

Faltaba quizás un kilómetro para llegar al campamento. Iba bajando por una pendiente pronunciada llena de tierra suelta. Me distraje un segundo, quizás por el cansancio, quizás por una mosca que se me metió al ojo.

Pisé una laja de piedra que parecía firme, pero que cedió bajo mi peso.

Mi pie derecho se fue al vacío. Perdí el equilibrio. Intenté corregir, pero el peso del agua me jaló hacia abajo con una inercia brutal.

—¡Cuidado! —gritó Toño.

Caí. Rodé por la tierra, golpeándome costillas y codos contra las piedras. Sentí un dolor agudo en la espinilla. Pero lo peor no fue el golpe.

Lo peor fue el sonido. ¡CRACK!

Uno de mis garrafones golpeó contra una roca afilada y se reventó.

Me detuve unos metros más abajo, lleno de tierra, sangrando de un brazo. Me incorporé rápido, ignorando el dolor, y miré el garrafón.

El agua se escapaba a borbotones, empapando la tierra seca que la absorbía con avidez.

—¡No, no, no! —grité, tratando de tapar el agujero con mis manos.

Fue inútil. El agua se me escurría entre los dedos, mezclándose con mi sangre y la tierra. En cuestión de segundos, diez litros de agua —diez litros que nos había costado horas conseguir, diez litros de sudor y esfuerzo— desaparecieron frente a mis ojos.

Me quedé ahí, de rodillas, viendo la mancha húmeda en el suelo. Sentí una vergüenza tan profunda, tan caliente, que me quemó la cara más que el sol. Había fallado. Había desperdiciado el recurso más valioso que tenían.

Lalo y Don Chuy bajaron corriendo.

—¿Estás bien? —preguntó Don Chuy, revisándome los huesos.

—El agua… —balbuceé, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Perdón, Don Chuy. Perdón. Rompí el garrafón. Se tiró todo. Soy un pendejo.

Esperaba gritos. Esperaba que Lalo me insultara. Esperaba desprecio. Eran diez litros de vida tirados a la basura por mi torpeza de citadino.

Pero Don Chuy hizo algo que me desarmó por completo.

Puso su mano callosa sobre mi hombro y apretó con firmeza.

—Levántate, muchacho.

—Pero el agua…

—El agua se fue. La tierra tenía sed también —dijo con una calma absoluta—. Lo que importa es que no te quebraste una pata. El agua se puede volver a traer mañana. Los huesos no pegan tan rápido.

—Pero fue mi culpa…

Lalo se acercó, levantó el garrafón roto y me dio una palmada en la espalda que casi me tira otra vez.

—Ya ni pedo, carnal. Así es esto. A todos se nos ha caído la carga alguna vez. Levántate, que todavía traes el otro garrafón y ese sí llega.

Me ayudaron a levantarme. Cojeando, con el orgullo hecho pedazos pero con el corazón hinchado de gratitud, cargué el garrafón sobreviviente.

Ese último kilómetro lo caminé con una determinación furiosa. No me iba a volver a caer. No iba a desperdiciar ni una gota más. Cada paso dolía, pero cada paso era una ofrenda.


La Última Cena y el Adiós

Llegamos al campamento con el crepúsculo. Doña Mari nos recibió con la misma alegría que si hubiéramos traído oro. Cuando vio mi brazo raspado y mi ropa desgarrada, solo chasqueó la lengua y fue por un poco de alcohol y árnica.

—Gajes del oficio —dijo mientras me curaba—. Te va a arder, aguántese como los machos.

Esa noche, cenamos las sobras del venado recalentado y bebimos del agua que habíamos traído. Nunca, jamás en mi vida, el agua me había sabido tan bien. Cada trago era consciente. Sentía cómo bajaba por mi esófago, hidratando cada célula. Sabía a tierra, sabía a plástico, pero sobre todo, sabía a perdón.

—Mañana te vas, ¿verdad? —preguntó Toño, sentado junto a mí frente al fuego.

—Sí, Toño. Mañana temprano baja la camioneta que me va a dar el aventón al pueblo.

El niño se quedó callado un rato, picando el suelo con una ramita.

—¿Vas a volver?

La pregunta me golpeó. ¿Iba a volver? Mi vida en la ciudad era cómoda. Aquí todo era difícil. Pero aquí me sentía más vivo que nunca.

—No lo sé, Toño. Ojalá que sí.

Don Chuy se acercó y se sentó frente a mí. Sacó algo de su bolsillo. Era una punta de flecha de obsidiana, negra y brillante, tallada toscamente pero con filo.

—Ten —me dijo—. La encontré hace años en el arroyo, cuando todavía llevaba agua. Dicen que son de los antiguos. Llévala pa’ que no se te olvide que aquí tienes tu casa. Y pa’ que te acuerdes que, aunque te caigas y tires el agua, siempre te puedes levantar.

Tomé la piedra fría en mi mano. Sentí un nudo en la garganta que no me dejaba hablar. Solo asentí y le estreché la mano. Su piel era dura como la corteza de un árbol, pero su agarre era cálido.

—Gracias, Don Chuy. Por todo. Por la comida, por el agua… por la paciencia.

—Agradécele al monte, hijo. Nosotros nomás estamos de paso.

Nos fuimos a dormir. Esa noche no me importó el frío, ni el suelo duro. Dormí con la punta de obsidiana apretada en el puño.


El Choque de Dos Mundos

A la mañana siguiente, la despedida fue rápida y sin dramas, como todo en la sierra. Un abrazo fuerte de Lalo, una sonrisa tímida de Toño y la bendición de Doña Mari.

—Que Dios te acompañe y te quite lo flaco —me dijo ella, dándome un itacate con dos gorditas de asientos de venado para el camino.

Me subí a la batea de una camioneta pickup vieja que pasaba por la vereda. Mientras el vehículo se alejaba levantando una nube de polvo, vi a Don Chuy y a su familia hacerse pequeños a la distancia, hasta que los encinos se los tragaron.

El viaje de regreso fue un aturdimiento gradual. Primero, el pueblo con sus calles pavimentadas. Luego, el autobús con aire acondicionado (que me pareció gélido y excesivo). Y finalmente, después de seis horas, la entrada a la Ciudad de México.

El monstruo de concreto.

El ruido me golpeó como una bofetada física. Cláxones, sirenas, motores, música, gritos. Todo me parecía agresivo, violento, innecesario. Veía a la gente correr mirando sus celulares, estresada, con caras largas dentro de sus autos de lujo.

Llegué a mi departamento en la noche. Abrí la puerta y me recibió el olor a encierro y a aromatizante artificial de lavanda. Todo estaba tal cual lo había dejado, pero se sentía ajeno. Como si ese lugar perteneciera a otro Mateo.

Dejé mi mochila en el suelo y fui directo al baño.

Abrí la llave de la regadera. El agua salió disparada, caliente, abundante, con una presión perfecta.

Me metí bajo el chorro. Sentí el agua caliente lavar la tierra de la sierra, la sangre seca de mi brazo, el humo impregnado en mis poros. Pero entonces, miré el desagüe.

Vi litros y litros de agua potable, limpia, caliente, yéndose por el agujero. Litros que no me había costado nada conseguir. Litros por los que no había caminado bajo el sol. Litros por los que no había sangrado.

Recordé el garrafón roto. Recordé la cara de Don Chuy filtrando gota a gota en la poza lodosa.

Y ahí, bajo la regadera de mi baño de lujo en la colonia Roma, me rompí.

Me senté en el suelo de azulejos, abracé mis rodillas y empecé a llorar. Lloré como un niño. Lloré por la vergüenza de mi comodidad. Lloré por la injusticia de que yo tuviera tanto sin merecerlo y ellos tuvieran tan poco trabajando tanto.

Lloré porque sabía que, con el tiempo, esta sensación se borraría. Sabía que volvería a ser el citadino que se queja del tráfico y que tira comida. Y eso me aterraba.

Cerré la llave. El silencio del baño era absoluto, pero en mi cabeza todavía escuchaba el viento entre los huizaches y la voz de Don Chuy diciendo: “El agua se ofende si no la cuidas”.

Salí del baño, me sequé y fui a la cocina. Abrí el refrigerador. Estaba lleno. Yogurts, quesos, jamón, cervezas, verduras.

Tomé una manzana. La miré por un largo rato. No era solo una manzana. Era un milagro.

Le di un mordisco. No sabía tan dulce como las tunas de Toño, ni tan vital como la miel del tronco podrido. Pero me prometí, ahí mismo, de pie en mi cocina blanca y estéril, que nunca más volvería a dar un bocado por sentado.

Saqué la punta de flecha de obsidiana de mi bolsillo y la puse en la mesa de centro, junto a mis lentes y mis llaves. Un pedazo de la sierra en medio de la ciudad. Un recordatorio negro y filoso de que la vida real no está en las pantallas, ni en los supermercados.

La vida real está allá afuera, donde el agua cuesta sudor y donde compartir un taco es el acto de amor más grande del mundo.

Fui a la ventana y miré las luces infinitas de la Ciudad de México. Miles, millones de luces. Pero yo, en mi mente, solo veía una pequeña fogata bajo los encinos, y a una familia que, sin tener nada, me lo había dado todo.

FIN.


Epílogo para Redes Sociales:

(Este texto final es para cerrar la publicación y generar interacción)

¿Alguna vez te has sentido culpable por abrir tu refrigerador lleno? Esta experiencia me cambió la vida. No soy el mismo Mateo que subió esa montaña. Ahora sé que la pobreza no es falta de dinero, a veces la pobreza es tenerlo todo y no valorar nada.

Si llegaste hasta aquí, gracias por leer. Comparte esto si crees que necesitamos ser más agradecidos con lo que tenemos. Y la próxima vez que te sirvas un vaso de agua… disfrútalo. De verdad.

¿Te gustaría ver las fotos reales de este viaje? Déjame un comentario con “SI” y subiré el álbum completo. 👇📸

Esta es la Parte 4 y Final (Extendida) de la historia. He profundizado en la narrativa psicológica y emocional de Mateo, explorando el choque cultural inverso y su eventual regreso para cerrar el ciclo, asegurando una extensión sustancial y rica en detalles culturales mexicanos.


PARTE 4: El Retrato del Olvido y el Eterno Retorno

Dicen que uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida, pero yo creo que es mentira. Uno vuelve a los lugares donde le dolió la conciencia. Uno vuelve a donde dejó una parte de sí mismo que ya no le cabe en la maleta.

Pasaron tres meses desde que bajé de la Sierra Madre. Tres meses en la Ciudad de México que se sintieron como tres siglos de una película en cámara rápida y sin audio. Mi cuerpo estaba aquí, en la colonia Roma, caminando entre cafeterías de especialidad y tiendas de diseño, pero mi cabeza seguía allá arriba, atrapada entre los encinos y la tierra seca.

La reintegración a mi “vida normal” fue un fracaso espectacular.

Al principio, mis amigos querían escuchar la historia. Me invitaban a chelas artesanales en terrazas con luces cálidas y me decían: “Güey, cuéntanos, ¿cómo estuvo lo de la supervivencia? ¿Qué tal la experiencia extrema?”. Yo intentaba explicarles. Trataba de describirles el sabor metálico de la mano de tlacuache chamuscada, el peso muerto del agua en mi espalda, el silencio sepulcral que te permite escuchar tu propia sangre corriendo por las venas.

Pero veía cómo sus ojos se vidriaban a los dos minutos. Asentían, decían “qué fuerte, cabrón”, y luego cambiaban de tema. “Oye, ¿ya viste la nueva serie de HBO? Está buenísima”.

Me di cuenta de que mi experiencia se había convertido en una anécdota de fiesta. Un “dato curioso” para amenizar la conversación entre tragos de mezcal de 200 pesos. Me sentí sucio. Me sentí como un traidor que mercadeaba con la miseria de quienes me habían salvado la vida.

Dejé de salir. Me encerré en mi cuarto oscuro —literal y metafóricamente—. Me dediqué a revelar las fotos.

Ese fue mi purgatorio.

Ver aparecer los rostros de Don Chuy, de Lalo, de Toño y de Doña Mari en el papel fotográfico, sumergidos en el químico revelador, era como invocar fantasmas. Ahí estaba Don Chuy, con sus arrugas que parecían mapas de ríos secos, mirándome con esa dignidad que no se compra ni se aprende en la universidad. Ahí estaba Toño, con su sonrisa chimuela y sus ojos llenos de una curiosidad infinita.

Las fotos eran brutales. Eran hermosas. Y yo las odiaba.

Las odiaba porque eran estáticas. No olían a humo. No transmitían el frío. La gente vería “arte”, vería “composición”, vería “textura”. Nadie vería el hambre. Nadie sentiría la sed.

La Hipocresía del Éxito

Mi agente vio las fotos y casi se infarta de la emoción.

—¡Mateo, esto es oro puro! —gritó, manoteando sobre la mesa de luz—. La iluminación natural, la crudeza, la mirada del viejo… Esto va para una exposición individual. “Rostros de la Sierra”. No, mejor: “El México Invisible”. ¡Vamos a romperla!

Y la rompimos. O eso dijeron.

La inauguración fue en una galería fresa de Polanco. Había gente vestida de negro, copas de vino tinto y canapés de salmón (la ironía del salmón me revolvió el estómago). La gente paseaba frente a las fotos gigantes de Don Chuy partiendo leña, de Doña Mari cocinando en el suelo, de Lalo cargando el venado.

Escuchaba los comentarios:

Qué fuerza tiene la mirada del sujeto.Me encanta cómo la luz juega con la pobreza del entorno.Es tan… antropológico.Oye, qué buena textura tiene el muro de atrás, ¿será adobe real?

Me sentí como un impostor. Me sentí un ladrón. Estaba allí, parado con una copa de vino que costaba lo que esa familia ganaba en un mes, recibiendo elogios por haber capturado su sufrimiento con una lente de tres mil dólares.

Ellos allá arriba, seguramente durmiendo en el suelo duro, cuidando cada gota de agua. Y yo aquí, siendo el “artista sensible”.

En mitad del evento, una señora muy elegante, cargada de joyas, se me acercó.

—Felicidades, joven. Es conmovedor. Me gustaría comprar la foto del niño, la número 4. Se vería divina en mi casa de descanso en Valle de Bravo. Le da un toque muy… rústico y auténtico a la sala.

Fue la gota que derramó el vaso. O mejor dicho, el garrafón.

Sentí una náusea violenta. No le dije nada. Solo dejé mi copa en una mesa, me di la media vuelta y salí de la galería. Caminé por Masaryk, rodeado de tiendas de lujo, con las lágrimas corriendo por mi cara.

No podía seguir así. Tenía una deuda. Y no era una deuda de dinero, era una deuda de honor.

Esa misma noche tomé una decisión. No iba a ser el fotógrafo que roba almas. Iba a regresar. Pero esta vez, no iría a documentar. No iría a observar. Iba a devolver.

El Regreso: No como Observador, sino como Hermano

Me tomó dos semanas prepararlo todo. Vendí mi cámara secundaria, vendí la bicicleta de ruta que nunca usaba y usé el anticipo que me dio la galería (sí, acepté el dinero, pero con un propósito específico que limpiaba un poco mi conciencia).

Renté una camioneta 4×4, una bestia capaz de subir lo que mis piernas sufrieron.

La llené. No de equipo fotográfico, sino de vida.

Compré sacos de maíz, de frijol, de arroz. Compré herramientas nuevas: machetes de acero templado, hachas, palas, cuerdas de nylon de alta resistencia. Compré ropa térmica, cobijas gruesas de lana, botas de trabajo de varias tallas. Compré medicamentos básicos: antibióticos, analgésicos, suero oral, vendas, desinfectante.

Pero lo más importante: compré un sistema de captación de agua pluvial sencillo y dos tinacos grandes de 1,200 litros. Y, por puro capricho del corazón, compré una caja enorme de dulces, chocolates y juguetes para los niños.

También llevaba una caja de madera, barnizada por mí mismo. Adentro iban las fotos. No las que estaban en la galería a la venta. Sino copias impresas en papel de algodón de alta calidad, enmarcadas con respeto. Eran para ellos. Para que se vieran como yo los veía: como reyes de la montaña.

Salí de la ciudad a las 4:00 a.m., huyendo del tráfico y de mi propia culpa.

El camino fue largo. Conducir hacia el norte, ver cómo el paisaje cambiaba de gris concreto a verde pálido y luego a ocre seco, fue como viajar en el tiempo. Mi corazón latía con una mezcla de ansiedad y esperanza. ¿Seguirían ahí? ¿Me recibirían? ¿O me verían como el fuereño torpe que rompió el garrafón?

Cuando dejé el asfalto y las llantas de la camioneta mordieron la tierra de la vereda, sentí que volvía a respirar de verdad. El polvo se metía por las ventanas, ese olor a tierra seca y encino que se me había quedado tatuado en la memoria olfativa.

Subí. La camioneta rugía en las pendientes donde yo había jadeado. Pasé por donde casi me mato cargando el agua. Vi la cicatriz en la tierra.

Llegué al claro del campamento al mediodía.

El Reencuentro

Apagué el motor. El silencio de la sierra cayó sobre mí como un manto pesado.

Al principio, nada. Solo el viento.

Luego, los ladridos. Los perros. “Sombra” y los otros dos salieron disparados hacia la camioneta, ladrando con furia. Bajé despacio, con las manos en alto, hablándoles suave.

—Ey, Sombra. Tranquilo, perro. Soy yo. El del agua tirada.

El perro se detuvo, olfateó el aire, ladeó la cabeza y luego, en un gesto que me sacó una sonrisa, empezó a mover la cola. Me reconoció.

De la choza de carrizos salió Toño. Había crecido. En tres meses, los niños de la sierra dan estirones que parecen años. Me miró, entrecerró los ojos contra el sol y luego pegó un grito que espantó a los pájaros.

—¡Abuelooo! ¡Lalo! ¡Es el Mateo! ¡Volvió el Mateo!

Corrió hacia mí y me abrazó las piernas. No me dio la mano, me abrazó. Sentí sus costillas contra mi cintura. Estaba flaco, más flaco que antes. Eso me dolió.

Don Chuy salió despacio. Se apoyaba en un bastón nuevo. Caminaba más lento. Su tos era más profunda, más seca. Me vio, se ajustó el sombrero y sonrió con esa calma eterna suya.

—Pensé que los de la ciudad no tenían memoria —dijo cuando estuvo frente a mí.

—Algunos tenemos mala memoria, Don Chuy, pero el corazón no olvida —le respondí, y le di un abrazo fuerte, con cuidado de no lastimarlo. Olía a lo mismo: a humo y leña. Era el olor de casa.

Lalo salió después, limpiándose las manos llenas de grasa (estaba arreglando un huarache). Me dio un apretón de manos que casi me tritura los huesos.

—Quihubo, carnal. ¿Vienes a tirar más agua o ya aprendiste? —me dijo riendo, pero sus ojos brillaban de gusto.

—Vengo a pagar la que tiré, Lalo. Y con intereses.

El Desembarco de la Esperanza

Cuando abrí la batea de la camioneta y empecé a bajar las cosas, el silencio se apoderó de ellos.

No vitorearon. No saltaron. Se quedaron pasmados.

Ver a Doña Mari tocar los sacos de maíz fue una de las cosas más conmovedoras que he visto en mi vida. Acariciaba la tela del costal como si fuera seda fina.

—¿Esto es pa’ nosotros? —preguntó en un susurro.

—Todo es para ustedes, Doña Mari.

—Pero muchacho… esto es mucho dinero. ¿Por qué?

—Porque ustedes me dieron lo que no se compra con dinero, Doña Mari. Me dieron vida.

Bajamos los tinacos. Les expliqué cómo íbamos a instalarlos para captar el agua de lluvia cuando llegara la temporada, para que no tuvieran que subir al Ojo de la Víbora tan seguido. Bajamos las herramientas. Lalo tomó un hacha nueva, probó el filo con el pulgar y silbó de admiración.

Pero el momento cumbre fue la caja de madera.

Los reuní a todos alrededor del fuego, que aunque era mediodía, siempre estaba encendido.

—Les traje algo más —dije, con la voz temblorosa—. No se come, ni sirve para trabajar. Pero es… es para que sepan cómo los veo yo.

Saqué el primer cuadro. Era el retrato de Don Chuy. Un primer plano en blanco y negro, con un contraste alto que resaltaba cada arruga, cada historia en su piel, y esa mirada que parecía ver el futuro y el pasado al mismo tiempo.

Se lo entregué.

El viejo lo tomó con sus manos temblorosas. Lo miró. Lo acercó a sus ojos. Pasó el dedo por el cristal, trazando la línea de su propia nariz.

Hubo un silencio largo, denso.

—¿Este soy yo? —preguntó, con la voz rota.

—Es usted, Don Chuy. Así se ve un hombre que sostiene al mundo.

Vi una lágrima, una sola, correr por el surco profundo de su mejilla y perderse en su barba rala. Nunca había visto a un hombre de la sierra llorar. Dicen que no lloran. Pero lloran hacia adentro. Esa lágrima era un océano desbordado.

—Nunca me había visto —murmuró—. Digo, me veo en el espejo roto que tenemos, o en el agua… pero aquí… aquí me veo importante.

—Usted es importante, Don Chuy. Más que cualquier político o artista de mi ciudad.

Luego saqué la de Doña Mari, riendo mientras torteaba. Ella se tapó la boca, apenada y encantada. “¡Ay, qué vieja estoy!”, decía, pero no soltaba el cuadro.

Y al final, la de Toño. Una foto donde salía trepado en un árbol, mirando al horizonte, con una luz dorada bañándole la cara. Parecía un príncipe maya, un guardián del bosque.

—¡No manches! —gritó Toño—. ¡Me veo bien perro!

Todos reímos. Fue una risa limpia, sanadora.

Esa tarde no hubo caza. No hubo estrés. Cocinamos arroz con frijoles y abrimos latas de atún que yo había llevado. Hicimos un festín. Doña Mari hizo tortillas con la harina nueva y salieron blancas, suaves, perfectas.

Comimos hasta reventar. Y por primera vez en ese lugar, vi sobrar comida.

La Conversación Final bajo las Estrellas

La noche cayó sobre la Sierra Madre. Instalamos una pequeña lámpara solar que había traído. La luz LED blanca se veía extraña, alienígena en ese entorno de fuego naranja, pero era útil.

Me quedé de nuevo a solas con Don Chuy. Esta vez, él tenía el cuadro con su foto recargado en una piedra, mirándolo de vez en cuando.

—Mateo —me dijo, tirando el humo de su cigarro hacia las estrellas—. Lo que hiciste hoy… no se paga.

—Ya está pagado, Don.

—No. Escucha. La comida se acaba. El maíz se lo comen los ratones o se termina. Las herramientas se oxidan. Pero esto… —señaló la foto—. Esto se queda. Cuando yo me muera, que ya no falta mucho, este papel va a decir que yo estuve aquí. Que yo fui Chuy. Que yo caminé estos cerros.

Me miró a los ojos, y su mirada me atravesó.

—En el pueblo y en la ciudad, la gente se muere dos veces. Una cuando deja de respirar, y otra cuando nadie se acuerda de ellos. Nosotros aquí en el monte no tenemos quien nos recuerde. Nomás el viento. Pero tú… tú nos hiciste eternos, cabrón.

Sentí un escalofrío. Ahí estaba la respuesta a mi crisis existencial en la galería. El arte no era para los ricos que compraban decoración. El arte, la fotografía, era esto: Testimonio. Memoria. Dignidad.

No había robado su alma. Se la había devuelto en un espejo de plata.

—Don Chuy —le dije, tragando el nudo en mi garganta—, usted no se va a morir pronto. Tiene un tinaco nuevo que llenar.

El viejo se rió, una risa que terminó en tos, pero que era feliz.

—Tienes razón. No me puedo morir sin ver si esa chingadera de plástico funciona.

La Despedida Definitiva

Me quedé dos días más. Ayudé a instalar los tinacos, reparamos el techo de la choza con la lona resistente que llevé, y Lalo y yo limpiamos una vereda para que fuera más fácil bajar leña.

Trabajé como bestia. Sudé. Me llené de tierra. Y fui feliz.

La despedida fue diferente esta vez. No fue un “adiós”, fue un “hasta luego”.

—No te pierdas, Mateo —me dijo Lalo—. Ya sabes el camino. Y ya sabes cargar agua sin tirarla.

—Voy a volver, Lalo. En la temporada de lluvias. Quiero ver esos tinacos llenos.

Toño me regaló algo. Una piel de víbora de cascabel seca, enrollada.

—Pa’ que te cuide en la ciudad. Allá hay muchas víboras, pero de dos patas —me dijo con una sabiduría que asustaba para sus 14 años.

—Gracias, carnalito. La voy a poner junto a la flecha.

Abracé a Doña Mari, que me bendijo tres veces. Y finalmente, abracé a Don Chuy.

—Vete con cuidado, hijo. Y acuérdate: la ciudad tiene mucho ruido, pero no dejes que te tape la música de adentro.

Subí a la camioneta. Al arrancar, miré por el retrovisor. Ahí estaban los cuatro, parados junto a los tinacos azules que brillaban bajo el sol, una mancha de color moderno en medio de la antigüedad de la sierra. Don Chuy levantó su bastón en señal de despedida.

Bajé la montaña llorando, pero esta vez no era de tristeza, ni de culpa, ni de impotencia. Lloraba de gratitud.

Epílogo: La Vida Después de la Montaña

Han pasado dos años desde ese viaje.

Don Chuy murió el invierno pasado. Una neumonía se lo llevó rápido, en paz, en su petate. Lalo me avisó bajando al pueblo para llamarme por teléfono.

Fui al funeral. Fue un viaje triste, pero necesario.

Cuando llegué, vi algo que me rompió y me reconstruyó al mismo tiempo.

Sobre la tumba de Don Chuy, un montículo simple de tierra y piedras bajo el encino más grande, habían puesto una cruz de madera. Y clavado en la cruz, protegido con un plástico transparente y sellado con cera de abeja para que la lluvia no lo dañara, estaba el retrato que le regalé.

Ahí estaba él. Mirando al valle, mirando a su familia, mirando a la eternidad.

Doña Mari me abrazó como a un hijo pródigo. Lalo ya era el patriarca, el nuevo Don Lalo, con la misma mirada de responsabilidad que tenía su padre.

Me contaron que los tinacos les salvaron la vida ese año, que la sequía fue terrible pero que tuvieron agua para beber y para los animales. Me contaron que Toño estaba yendo a la escuela en el pueblo, caminando diario, porque quería aprender a leer bien para entender los papeles de las tierras y que nadie los engañara.

Yo sigo siendo fotógrafo. Sigo viviendo en la Ciudad de México. Pero ya no hago fotos para galerías de moda. Ya no busco el aplauso de la gente que bebe vino caro.

Fundé una pequeña asociación civil. Nos dedicamos a llevar sistemas de agua y herramientas a comunidades aisladas de la sierra. Y, de paso, les tomo fotos. Les imprimo sus fotos y se las regalo. Hago álbumes familiares para gente que nunca ha tenido uno.

Mi departamento ya no es minimalista. Tengo la punta de flecha de obsidiana, la piel de víbora, y una foto enmarcada en mi sala. No es una foto mía. Es una foto que me tomó Toño con mi cámara antes de irme esa segunda vez.

Salgo yo, todo despeinado, sucio, abrazado de Don Chuy, los dos riéndonos a carcajadas.

Cada vez que me siento perdido, cada vez que el estrés de la ciudad me quiere ahogar, cada vez que me quejo porque el internet está lento o el café está frío, miro esa foto.

Miro la cara de Don Chuy y recuerdo lo importante.

Recuerdo el sabor de la mano de tlacuache. Recuerdo el peso del agua. Recuerdo que la felicidad no es tener cosas, sino tener con quién compartirlas.

Y sobre todo, recuerdo que no importa cuánto te caigas, ni cuánta agua tires en el camino. Lo único que importa es levantarte, agarrar el otro garrafón, y seguir caminando hasta llegar a casa.

FIN.

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