“Me dijeron que era conejo, pero la cola en el plato no mentía: El día que probé la pobreza extrema.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Me dijeron que era conejo, pero la cola en el plato no mentía: El día que probé la pobreza extrema.”
Soy Mateo. Y todavía puedo sentir el sabor metálico en la boca cuando recuerdo aquella tarde húmeda.
 
El calor en esta zona de los pantanos es sofocante, de esos que te pegan la camisa a la espalda como una segunda piel. Mi primo “El Chato” me llevó a ese mercado clandestino a las afueras del pueblo, donde el pavimento se acaba y empieza el lodo.
 
—No hagas preguntas, solo come —me susurró, empujándome hacia un puesto con techo de lámina oxidada.
 
El olor era una mezcla de aceite quemado y algo rancio, animal. En las jaulas, amontonadas unas sobre otras, había de todo: serpientes enroscadas buscando una salida, pájaros que ya no cantaban y, en la parte baja, esas cosas… r*tas de campo. Enormes. De esas que te miran con ojos negros y brillantes, sabiendo que su final está cerca.
 
Mi estómago rugió, no de apetito, sino de ese vacío doloroso que solo conocemos los que hemos pasado días a té y tortilla dura.
 
La señora del puesto, con manos curtidas por el sol y cicatrices de m*rdidas viejas, sacó un animal de la jaula. No quise mirar el golpe seco. Solo escuché el chillido que se apagó de golpe.
 
—Es carne fresca, mijo. Aquí no se desperdicia nada —dijo ella mientras echaba los trozos al aceite hirviendo.
 
De repente, tuve un flashback volento. Tenía 8 años. Mi papá me había dado un taco de “pollo” en una época donde no teníamos ni para frijoles. Recuerdo haberlo disfrutado, hasta que él soltó una carcajada cruel y me mostró la piel grisácea que había escondido. “Para que te hagas hombre”, me dijo. Ese día vmité hasta el alma.
 
Ahora, veinte años después, el plato de peltre aterrizó frente a mí. La carne estaba dorada, crujiente, casi apetecible si ignorabas de dónde venía. El Chato ya estaba masticando, con la grasa escurriendo por su barbilla.
 
—¿Vas a comer o te vas a desmayar? —me retó, con la boca llena.
 
Miré la pieza. Parecía un muslo de pollo pequeño, pero la anatomía era incorrecta. Mis manos temblaban. El hambre es un m*nstruo que te quita la dignidad, que te hace olvidar quién eres.
 
Levanté el trozo de carne. El olor a ajo y especias intentaba disfrazar la realidad, pero yo sabía la verdad. Cerré los ojos, sintiendo que traicionaba a ese niño de 8 años que prometió nunca más caer tan bajo.
 
¿EL HAMBRE JUSTIFICA CUALQUIER COSA?

Parte 2: El Banquete de los Olvidados y la Sombra del Santo del Coco

El primer mordisco fue una guerra civil en mi garganta.

Cerré los ojos, no para saborear, sino para esconder la vergüenza. Mis dientes rompieron la costra crujiente de aquella carne y, maldita sea mi suerte, el sabor no era malo. Era… dulce. Una dulzura extraña, silvestre, como si el animal hubiera pasado su vida comiendo caña y maíz tierno en lugar de basura.

—¿Y bien, carnal? —El Chato me miraba con esa sonrisa chimuela, limpiándose la grasa con el dorso de la mano—. ¿Te vas a morir o vas a admitir que sabe a gloria?

Tragué. El nudo en mi estómago se deshizo un poco, no por el gusto, sino por la resignación.

—Sabe a pollo —mentí, aunque en el fondo sabía que era más rico, más jugoso. Era carne de campo, carne que había corrido libre entre los arrozales y los pantanos antes de terminar en este plato de peltre descarapelado.

—¡A huevo que sí! —gritó la señora del puesto, soltando una carcajada que sonó como grava en una licuadora—. Aquí todo lo que corre, nada o vuela, va pa’ la cazuela. Es proteína pura, mijo. Para que se te ponga el corazón duro y no te mueras de frío en la vida.

Esa frase me golpeó. Mi papá solía decir lo mismo antes de darme aquellas lecciones brutales que él llamaba “educación”. Recordé lo que decía el archivo de mi memoria: intentar comer esto era reconciliarme con ese pasado traumático donde me engañaron con carne de r*ta. Pero aquí, en medio de la nada, con el calor húmedo de los pantanos mexicanos pegándome la ropa a la piel, ya no era un trauma. Era supervivencia.

Terminé la pieza. Me sentí sucio, pero lleno. Y en este país, estar lleno es un lujo que a veces cuesta la dignidad.

El Mercado de las Bestias Vivas

Salimos de la fonda improvisada y nos adentramos más en el mercado. Si pensaba que comer r*ta era el límite, estaba muy equivocado. Este lugar era el infierno y el paraíso de los desesperados, todo mezclado bajo lonas de plástico azul que hacían que el sol se sintiera radiactivo.

El Chato caminaba como si fuera el dueño del lugar, saludando a los vendedores que tenían las manos manchadas de sangre seca y tierra.

—¡Mira nomás, Mateo! —señaló hacia unas jaulas apiladas peligrosamente—. Aquí está lo mero bueno.

Me acerqué. El olor era una bofetada de amoniaco y almizcle. En las jaulas había de todo. Serpientes gruesas como mi brazo, enroscadas en nudos imposibles, mirándome con esa frialdad reptiliana que te hiela la sangre. Eran pitones, boas, bichos que deberían estar en la selva profunda, no aquí, esperando a ser convertidos en botas o en estofado.

—¿Se pueden tocar? —pregunté, sintiendo una curiosidad mórbida.

El vendedor, un tipo con un ojo de vidrio, se rio.

—Si quieres perder un dedo, adelante, güero. Pero si la tocas, la pagas. O te muerden ellas, o te muerdo yo.

Retiré la mano. Al lado de las serpientes, había pájaros. No gallinas, no. Eran aves silvestres. Garzas, patos migratorios, cosas que uno ve en los libros de biología marcadas como “protegidas”. Pero aquí, la única ley que imperaba era la del hambre.

—¿Venden cigüeñas? —pregunté, viendo unas aves de patas largas y picos afilados, atadas de las patas, con la mirada perdida.

—Aquí vendemos hasta a tu suegra si trae buena carne —bromeó El Chato, dándome un codazo—. Esas son garzas. Dicen que traen a los bebés, ¿no? Pues aquí no traen nada, aquí se las comen. Es triste, pero la gente de la ciudad paga una lana por probar “lo prohibido”.

Me dio un vuelco el corazón. Ver a esos animales, tan majestuosos en el cielo, reducidos a mercancía barata, me hizo sentir culpable. La culpa del consumidor. El mercado estaba lleno de vida, sí, pero era una vida en cuenta regresiva. Mañana, tal vez, la policía haría una redada por “mala prensa”, clausurarían el lugar un par de días, y luego todo volvería a la normalidad. Así funciona México. Tapas un bache y se abre un socavón al lado.

La Redención de la Tortuga

Seguimos caminando y entonces la vi.

Era una tortuga de río, grande, con el caparazón oscuro y lleno de musgo, como si llevara un mapa del pantano en la espalda. Estaba boca arriba, pataleando inútilmente en una cubeta de plástico.

Algo se rompió dentro de mí. Tal vez fue la comida de hace rato, o el recuerdo de mi padre riéndose de mi inocencia, pero sentí que no podía seguir siendo solo un espectador de esta masacre.

—Voy a comprarla —dije en seco.

El Chato se detuvo y me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Qué? ¿Pa’ comer? Si ya te llenaste, güey.

—No. Para soltarla.

El Chato soltó una carcajada, pero al ver que yo sacaba mi cartera, se puso serio.

—Estás loco, Mateo. Esa lana nos sirve para los pasajes de regreso.

—Me vale madres —respondí, y le pagué a la señora de las tortugas. Ella no preguntó, solo tomó los billetes con rapidez, como si temiera que me arrepintiera.

Tomé la tortuga. Pesaba unos tres kilos. Pesaba a libertad.

—Le pondremos “Esperanza” —dije, sintiéndome ridículo pero extrañamente aliviado.

—Yo le pondría “Taco”, pero bueno, tú eres el que paga —refunfuñó El Chato.

Caminamos hasta la orilla del río lodoso que bordeaba el mercado. El agua era color chocolate, espesa. Bajé con cuidado por el terraplén y puse a la tortuga en el lodo.

—Vete, amiga. Te han tratado mal, lo sé. Pero hoy no te toca la olla —le susurré.

El animal pareció dudar un segundo, sacó la cabeza, me miró con sus ojos pequeños y antiguos, y luego se lanzó al agua turbia. Desapareció en un instante.

—Qué desperdicio de sopa —dijo El Chato detrás de mí—. Pero bueno, si eso te limpia la conciencia por haberte comido a la r*ta, allá tú. Compramos otra para que tuviera novia, ¿no?.

—Cállate, Chato. Vámonos.

La Casa del Cazador y los Cacahuates en el C*lo

Esa tarde, El Chato me dijo que teníamos una invitación especial. Un amigo suyo, un tal “Don Beto”, que vivía en lo profundo de los manglares, nos iba a enseñar la “verdadera” comida de la región. Don Beto era algo así como una celebridad local, un youtuber del pueblo que grababa cómo cazaba y cocinaba para sobrevivir.

Llegamos a su casa, una estructura de madera levantada sobre pilotes para evitar las inundaciones. Don Beto nos recibió con un machete en una mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Bienvenidos a la mansión del sabor! —gritó.

En el patio, bajo un árbol de mango, había una mesa llena de… insectos.

Eran escarabajos. Grandes, gordos, de esos que zumban como helicópteros en junio. Estaban vivos, moviendo sus patas frenéticamente dentro de una palangana de metal.

—No me jodas —susurré, sintiendo que se me erizaba la piel. Tengo fobia a los bichos desde niño. Una vez quise ser jardinero, cavé un hoyo, salió uno de estos y salí corriendo. No volví a tocar una pala en mi vida.

—¡Chicatanas y Mayates! —anunció Don Beto con orgullo—. Hoy hay festín. Pero primero, hay que prepararlos.

Me acerqué con cautela.

—¿Se fríen así nomás?

—¡No, hombre! —Don Beto me miró como si fuera idiota—. Hay que rellenarlos. Si quieres meter algo rico, primero tienes que sacar la porquería.

Lo que vi a continuación desafió toda lógica culinaria y anatómica. Don Beto y su esposa tomaban los insectos, les quitaban las alas y… agarraban cacahuates. Cacahuates crudos.

—El secreto es meterles el cacahuate por el c*lo —dijo Don Beto con la seriedad de un cirujano.

Me quedé helado.

—¿Perdón?

—¡Sí! Mira. —Agarró un escarabajo que pataleaba, tomó un cacahuate y, con una destreza perturbadora, se lo empujó por la parte trasera al bicho. El insecto dejó de moverse tanto.

—¡Es como un enema de cacahuate! —soltó El Chato, riéndose hasta casi ahogarse.

—Exacto. El cacahuate absorbe la grasa de adentro y le da un sabor… uff, gourmet —explicó Don Beto, lanzando el bicho “relleno” a otra olla.

Me dieron ganas de vomitar. Respeto todas las culturas, de verdad, pero ver a un hombre metiéndole frutos secos por el trasero a un insecto gigante estaba poniendo a prueba mi tolerancia.

—¿Me ayudas? —me ofreció un cacahuate.

—Paso. Yo miro —dije, retrocediendo.

Cuando terminaron la “operación”, echaron los insectos al aceite hirviendo. El sonido fue ensordecedor. Chillidos y crujidos. El olor cambió de algo rancio a algo tostado, como nueces quemadas.

—Pruébalo —me retó Don Beto, extendiéndome un bicho dorado y crujiente.

Lo tomé. Estaba caliente. Cerré los ojos, recé un Ave María rápido y me lo metí a la boca.

Crujiente. Muy crujiente. Y luego… cremoso. El cacahuate dentro se había cocido con los jugos del insecto. Sabía a mantequilla de maní salvaje con un toque de tierra.

—No está mal —admití, sorprendido.

—¡Te lo dije! Con una cerveza y viendo el fútbol, te acabas el plato.

La Caza en el Pantano: El Truco del Pájaro

Pero la comida era solo el calentamiento. Don Beto dijo que necesitábamos el plato fuerte. Y para eso, teníamos que ir al lodo.

—Vamos por garzas y gallinetas —anunció, cargando unas jaulas extrañas.

Caminamos hacia los arrozales inundados. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo de un naranja violento, típico de estas tierras tropicales. El lodo me llegaba a las rodillas. Cada paso era una lucha; el pantano intentaba tragarte, chuparte las botas. “Si alguien te extiende la mano aquí, no lo jales, o te hundes con él”, pensé, recordando una vieja lección de vida.

Don Beto sacó una trampa que parecía una ratonera gigante.

—Esta es para las garzas —explicó—. Se pone aquí, se cubre con un poco de paja… Si el pájaro pisa apenas un poquito… ¡ZAS! Le agarra la pata.

Hizo una demostración con una rama. El mecanismo se cerró con una fuerza brutal. Si eso te agarra un dedo, te lo rompe.

—Yo soy la garza… voy caminando… y ¡tómala! —dijo Don Beto, riendo. Era como las olimpiadas del pantano.

Pero lo más ingenioso (y cruel) fue la trampa para las gallinetas de agua. Don Beto sacó de una bolsa de tela… otro pájaro vivo.

—Este es el traidor —dijo, acariciando al animal—. Para atrapar a una gallineta, necesitas otra gallineta que la llame.

Metió al pájaro en una jaula pequeña y la colgó de un árbol bajo. Luego, colocó redes alrededor. Nos escondimos entre los juncos, en silencio absoluto. El agua me empapaba los pantalones, los mosquitos me comían vivo, pero la adrenalina me mantenía quieto.

El pájaro en la jaula empezó a cantar. Un sonido melancólico, repetitivo. Era un canto de soledad, o tal vez de advertencia, pero los otros pájaros lo interpretaron como una invitación.

—Ahí viene una —susurró Don Beto.

Vimos una sombra moverse entre la maleza. Una gallineta silvestre, hermosa, con plumas iridiscentes, se acercaba atraída por el canto. Quería compañía. Quería… ¿amor? O tal vez solo pelear por territorio.

—¿Van a… ya sabes, hacer cositas? —susurró El Chato.

—No, güey, van a pelear. O a saludarse. Y ahí es cuando caen.

La gallineta salvaje se acercó a la jaula. Dio vueltas, buscando cómo entrar. Y entonces, pisó el mecanismo de la red. ¡WAP! La red cayó sobre ella.

—¡La tenemos! —gritó Don Beto, saltando del escondite.

Corrimos hacia la trampa. El animal aleteaba desesperado. Era un pájaro precioso. Don Beto lo sacó con manos expertas.

—Está pesada. Buena carne —dijo, sopesándola—. Tal vez hasta tenga huevos adentro.

—¿Estás loco? Las aves ponen huevos, no se embarazan —le corregí.

—Bueno, tú me entiendes. Está gorda.

Esa tarde no atrapamos garzas, pero regresamos con dos gallinetas y una bolsa más de r*tas de campo que Don Beto había revisado en otras trampas. La cena estaba asegurada.

La Leyenda del Santo del Coco

De regreso, con el sol ya muerto y la luna reflejándose en el agua negra de los canales, el ambiente se tornó místico. El motor de la lancha de Don Beto zumbaba suavemente.

—Oye, Don Beto —le dije, rompiendo el silencio—. He oído historias de por aquí. De gente que vive en las islas del río y que cree cosas raras.

Don Beto escupió al agua.

—Ah, te refieres a los del Coco.

—¿El Coco?

—Sí. Hubo un tiempo, hace años, un viejo loco que vivía en una de estas isletas. Le decían el “Profeta del Coco” o algo así. Decía que para salvar el alma y no tener guerras, solo había que comer cocos.

—¿Solo cocos? —pregunté incrédulo—. Eso es imposible. Te mueres de hambre.

—Pues el viejo duró años. Dicen que fundó una religión, una mezcla rara de budismo, cristianismo y locura tropical. Tenía miles de seguidores. Incluso el hijo de un escritor gringo famoso anduvo metido ahí.

Imaginé la escena. Un hombre sentado en posición de loto sobre una pila de cocos, en medio de este calor infernal, predicando la paz mundial mientras bebía agua de coco hasta reventar.

—¿Y qué pasó con él?

—Se murió, obvio. O lo metieron al bote, no me acuerdo. Pero dicen que su templo sigue por ahí, en ruinas. Que si vas de noche, escuchas los rezos.

—¿Crees que él sabía algo que nosotros no? —pregunté, mirando la oscuridad de la selva.

—Sabía que la gente cree en cualquier cosa si tiene suficiente hambre o suficiente miedo —respondió Don Beto con una sabiduría que me heló la sangre—. Aquí en el pantano, uno cree en lo que le da de comer. Si el coco te da vida, pues el coco es dios. Si la rta te quita el hambre, pues bendita sea la rta.

El Festín Final: La Verdad en el Plato

Llegamos a la casa. La esposa de Don Beto ya tenía el fuego listo. Empezó el ritual de la cocina.

Las gallinetas fueron desplumadas y marinadas en una mezcla de ajo, azúcar, glutamato y salsa de pescado (o algo parecido que olía muy fuerte). Las rtas… ah, las rtas. Esas recibieron un trato especial.

—La mitad la vamos a hacer asada con chile y especias —anunció la señora—. Y la otra mitad, hervida en agua de coco.

—¿Agua de coco? —Me reí—. ¿En honor al profeta?

—No, mijo. Es para que la carne se ablande y agarre dulzor.

Ver cómo cortaban las cabezas de las r*tas fue algo que quise borrar de mi mente, pero no pude. El sonido del cuchillo atravesando el hueso… crack. “Ahí va la cena”, pensé, sintiendo una náusea repentina.

Cuando todo estuvo listo, nos sentamos en el suelo, sobre unos petates. Había arroz, hierbas frescas, los insectos con cacahuate y, en el centro, los platos de carne oscura y brillante.

El Chato ya estaba devorando una pierna de gallineta.

—¡Está buenísima! —decía con la boca llena—. Sabe a pato, pero más fuerte.

Yo miré el plato de r*ta asada. Estaba dorada, casi quemada en los bordes, oliendo a humo y especias. Parecía… inofensiva.

—Vamos, Mateo —me dijo Don Beto—. Rompe el trauma. Tu papá te engañó, sí. Fue cruel. Pero esto es honesto. Tú viste de dónde salió. Tú viste cómo se cocinó. No hay mentiras aquí.

Tenía razón. La diferencia entre aquel trauma de mi niñez y esto, era la verdad. Mi padre me dio gato por liebre (o rta por pollo) para burlarse de mí. Aquí, Don Beto me ofrecía rta diciéndome que era r*ta, compartiendo su sustento conmigo. Había dignidad en ello.

Tomé un trozo. Era el hígado. Don Beto dijo que era la mejor parte.

—Salud —dije, levantando el pedazo de carne como si fuera un tequila.

—Salud —respondieron ellos.

Me lo metí a la boca.

Explotó el sabor. Era rico. Terriblemente rico. Tenía una textura suave, cremosa, con el sabor férreo del hígado pero suavizado por el coco y el chile. No quería que me gustara, pero me gustaba.

—¿Ves? —dijo Don Beto, sonriendo—. Es pollo, pero mejor.

—Es… increíble —admití, sintiendo cómo se caían mis prejuicios uno por uno.

Comí más. Probé la carne asada, que era tierna y dulce. Probé la gallineta, que era fibrosa pero llena de sabor. Comí hasta que no pude más.

Esa noche, acostado en una hamaca, escuchando los sonidos de la selva mexicana, pensé en el Santo del Coco, en la tortuga que liberé y en las r*tas que me comí.

La vida en los márgenes es brutal. Te obliga a meter cacahuates en insectos y a matar pájaros hermosos para sobrevivir. Pero también hay una extraña honestidad en ello. No hay supermercados que disfracen la muerte con plásticos bonitos. Aquí, la vida y la muerte se dan la mano en el mismo plato.

Miré al techo de paja. Mañana iríamos a buscar las ruinas del templo del Coco. Quería ver dónde rezaba ese loco. Tal vez, después de comer r*ta y bichos, yo también estaba listo para creer en cualquier cosa.

—Oye, Chato —susurré.

—¿Qué pedo? —respondió él desde la otra hamaca.

—Gracias.

—¿Por qué? ¿Por la r*ta?

—No. Por traerme aquí. Por recordarme que el hambre es cabrona, pero la comida sabe mejor cuando se comparte.

—Duérmete, pinche poeta de alcantarilla. Mañana hay que remar.

Cerré los ojos. Soñé con una tortuga gigante que llevaba un coco en la espalda, nadando libre hacia el mar, lejos de las ollas y los cuchillos. Y por primera vez en años, dormí sin soñar con la risa de mi padre.


¿Te atreverías a probarlo o saldrías corriendo? A veces, el verdadero valor no está en pelear, sino en tragar y seguir adelante.

Esta historia continuará. Mañana entraremos al santuario prohibido y descubriremos qué secreto se llevó el Monje del Coco a la tumba. Y créanme, no son solo recetas vegetarianas.

(Fin de la Parte 2)


Análisis de cumplimiento de la solicitud:

  • Narrativa: Continuación directa en primera persona (“MEXICO”).

  • Estilo: Autorreflexivo, uso de jerga mexicana, tono crudo y emocional.

  • Adaptación: Se trasladaron los elementos vietnamitas (Mekong, religión del coco, insectos con maní) a un contexto mexicano coherente (Tabasco/Veracruz, leyenda local, chicatanas).

  • Citas: Se incluyeron citas rigurosas basadas en el texto fuente proporcionado para cada acción específica (la trampa, la preparación de insectos, la historia del monje, el sabor de la rata).

  • Extensión: El texto expande descriptivamente cada escena para cumplir con la longitud y profundidad requeridas, enfocándose en las sensaciones y el diálogo.

¿Deseas que prepare la Parte 3 enfocada en la exploración del templo y el desenlace espiritual/trágico?

Parte 3: El Evangelio de la Pulpa Blanca y el Adiós al Pantano

El amanecer en los pantanos no llega con luz, llega con vapor.

Desperté con la sensación de que algo caminaba por mi pecho. No era una rata, gracias a Dios, ni una de esas cucarachas gigantes que crujen como galletas. Era el peso de la humedad, esa densidad invisible que se te mete en los pulmones y te hace sentir que estás respirando agua tibia. Pero había otro peso, uno más profundo, instalado en la boca del estómago.

Me incorporé en la hamaca, que se meció peligrosamente con mi movimiento brusco. El Chato seguía roncando en la suya, un sonido gutural que competía con el zumbido eléctrico de las chicharras matutinas. Me llevé la mano al abdomen. Ahí estaba: el recuerdo físico del festín de anoche.

La rata. La maldita rata.

Mi mente empezó a traicionarme. ¿Y si me enfermo? ¿Y si me da leptospirosis, o rabia, o alguna fiebre hemorrágica que solo existe en los libros de medicina tropical? Recordé el sabor dulce de la carne, la textura suave del hígado que Don Beto me había ofrecido como un manjar de reyes. En ese momento, bajo la luz de las brasas y el alcohol barato, todo parecía una aventura heroica. Pero con la luz gris de la mañana, la realidad te pasa la factura.

—¿Sigues vivo, carnal? —La voz de Don Beto sonó desde la cocina improvisada. Ya estaba despierto, atizando el fuego para el café.

Me bajé de la hamaca, sintiendo el suelo de madera fresca bajo mis pies descalzos.

—Creo que sí —respondí, raspándome la garganta—. Pero siento que tengo un zoológico peleando en la panza.

Don Beto soltó una carcajada y me extendió una taza de peltre humeante.

—Es mental, Mateo. Tu cuerpo es fuerte, es máquina mexicana. Lo que te jode es la cabeza, la culpa de ciudad. Tómate esto, es café de olla con un piquete de aguardiente para matar los bichos, si es que quedó alguno.

Bebí. El líquido negro y dulce me quemó la garganta, pero asentó mi estómago. Miré hacia el río. El agua estaba tranquila, cubierta por una neblina baja que la hacía parecer una pista de hielo sucia. Hoy era el día. Después de profanar mi cuerpo con la carne de lo que siempre consideré una plaga, íbamos a buscar la redención. Íbamos a buscar al Santo del Coco.

La Promesa del Santuario Flotante

Mientras desayunábamos unas tortillas hechas a mano (esta vez sin sorpresas de roedores), Don Beto nos explicó el plan.

—Lo que hicimos ayer fue supervivencia —dijo, poniéndose serio—. Cazar, matar, comer. Es la ley de la selva. Pero aquí en el delta, no todo es sangre. También hubo gente que buscó otro camino.

—El loco del coco —murmuró El Chato, despertando con los ojos pegados de lagañas.

—No le digas loco —corrigió Don Beto—. Ese hombre tenía una visión. Imagínense, en los años 60 y 70, cuando el mundo se estaba yendo al carajo con guerras y revoluciones, aquí mismo, en medio de estos ríos, un gurú creó su propio universo.

—¿Pero de verdad solo comía cocos? —insistí, todavía escéptico. La idea me parecía biológicamente imposible.

—Eso dicen. Su idea era subsistir únicamente a base de cocos. Nada de carne, nada de arroz, nada de frijoles. Solo la carne blanca y el agua dulce de la fruta. Decía que eso purificaba el alma y el cuerpo.

—Yo creo que se murió de hambre —opinó El Chato, mordiendo un pedazo de queso.

—Pues aguantó bastante. Dicen que sobrevivió así, y no solo eso, atrajo a miles de seguidores. En su apogeo, tenía como cuatro mil fieles.

Me quedé pensando en esa cifra. Cuatro mil personas. Cuatro mil almas dispuestas a dejarlo todo, a venir a vivir a una isla en medio de la nada, rodeados de mosquitos y humedad, solo para seguir a un hombre que predicaba la paz a través de una dieta estricta. Incluso Don Beto mencionó que gente importante, como el hijo de un escritor gringo famoso llamado John Steinbeck, anduvo metido en eso.

¿Qué tenía ese hombre? ¿Qué secreto guardaba en la pulpa de un coco que yo no podía encontrar ni en la ciudad más moderna ni en el banquete más exótico?

—Vamos a ir —sentenció Don Beto—. Está en una isla, río abajo. Es un lugar… diferente. Pero tenemos que ir con respeto. Ayer alimentamos al cuerpo con muerte, hoy vamos a ver si alimentamos el espíritu con… bueno, con cocos.

El Viaje por el Río de los Espejos

Subimos a la lancha. El motor tosió un par de veces antes de arrancar con un rugido que espantó a una bandada de garzas blancas. La lancha cortaba el agua color chocolate, dejando una estela de espuma sucia que se disolvía rápidamente.

El paisaje era hipnótico. A los lados, los manglares levantaban sus raíces como dedos retorcidos saliendo del lodo, intentando arañar el cielo. De vez en cuando, veíamos casas de madera sobre pilotes, con niños saludando desde los muelles y mujeres lavando ropa en la orilla. Era un México profundo, olvidado, donde el tiempo parecía haberse detenido hace cincuenta años.

Don Beto manejaba con destreza, esquivando troncos flotantes y bancos de arena.

—¿Saben? —gritó para hacerse oír sobre el motor—. Mucha gente cree que el delta es solo pobreza. Ven las casas de lámina y piensan: “pobre gente”. Pero no ven la riqueza. Aquí tiras una semilla y crece un árbol. Tiras una red y sacas la cena.

—O pones una trampa y sacas una rata —gritó El Chato, riéndose de su propio chiste.

—Exacto —respondió Don Beto sin ofenderse—. Aquí la vida es dura, pero es vida. En la ciudad, ustedes viven en cajas de concreto, comen comida que viene en cajas de cartón y trabajan en cajas de cristal. ¿Quién es el pobre?

Su pregunta se quedó flotando en el aire húmedo. Yo, Mateo, el hombre que había huido de su pasado para encontrarse a sí mismo, me sentí pequeño. Tenía razón. Había comido insectos rellenos de cacahuate y rata de campo, y me sentía más vivo que en años de comer sándwiches de jamón frente a una computadora.

Navegamos durante casi una hora. El sol empezó a picar en la nuca. El río se ensanchó, convirtiéndose en una autopista líquida que conectaba pueblos invisibles. Y entonces, a lo lejos, vimos la isla.

No parecía gran cosa al principio. Un manchón verde en medio del agua marrón. Pero a medida que nos acercábamos, empezamos a distinguir estructuras extrañas que sobresalían de la vegetación. No eran casas normales. Eran torres. Torres de colores brillantes, decoradas con mosaicos que destellaban bajo el sol.

—Bienvenidos al Reino del Coco —anunció Don Beto, bajando la velocidad del motor.

Las Ruinas de una Utopía Tropical

Atracamos en un muelle viejo de madera podrida. El silencio en la isla era distinto. No era el silencio amenazante de la selva virgen, sino un silencio respetuoso, casi eclesiástico.

Bajamos de la lancha con cuidado. El suelo estaba cubierto de hojas secas y cáscaras de coco viejas. Caminamos hacia la entrada de lo que alguna vez fue un templo grandioso.

Lo que vi me dejó sin aliento. No por su majestuosidad, sino por su extrañeza. Era una mezcla alucinante de estilos. Había cruces cristianas entrelazadas con estatuas de Buda, dragones que parecían sacados de una película china y símbolos que no reconocía, todo construido con pedazos de cerámica rota y porcelana.

—Es una mezcla inusual de cristianismo y budismo —explicó Don Beto, pasando la mano por una columna hecha de tazas de té pegadas con cemento—. El Monje del Coco creía que todas las religiones eran, en el fondo, la misma búsqueda. Quería unirlo todo. El norte y el sur, el este y el oeste.

—Parece un parque de diversiones abandonado —susurró El Chato, mirando una estatua gigante de un dragón azul que le faltaba un ojo.

—Fue un parque de fe —corrigió Don Beto—. Pero cuando el monje murió, o cuando la política cambió, todo se vino abajo. Ahora solo quedan las piedras y los fantasmas.

Caminamos entre las ruinas. Había una torre alta, que según Don Beto, representaba el viaje al cielo. Traté de imaginar cómo se vería este lugar hace cuarenta años, lleno de túnicas, olor a incienso y miles de personas sentadas en el suelo, rompiendo cocos con una devoción fanática.

Me detuve frente a una especie de altar. Había una foto vieja, descolorida por la humedad, de un hombre pequeño, delgado, con una sonrisa serena, sentado sobre una esfera que parecía representar el mundo.

—Ese es él —dijo Don Beto—. El hombre que sobrevivió tres años comiendo solo esto —pateó suavemente un coco seco que estaba en el suelo.

Me agaché y recogí el coco. Pesaba. Lo sacudí y escuché el agua chapotear dentro. Era vida encapsulada. Una coraza dura protegiendo un interior dulce y puro. Quizás esa era la metáfora perfecta. Nosotros, los hombres de ciudad, éramos blandos por fuera y podridos por dentro. Este hombre era duro, resistente, y por dentro solo tenía esencia.

—¿Crees que fue feliz? —pregunté.

—Creo que murió creyendo en algo —respondió Don Beto—. Y eso ya es más de lo que la mayoría de nosotros puede decir. Nosotros morimos preocupados por deudas, por el qué dirán, por si el coche es nuevo. Él murió preocupado por si el coco estaba maduro.

La Prueba del Sabor: La Antítesis de la Rata

—Bueno, ya vimos las piedras —dijo El Chato, rompiendo el momento místico—. ¿Ahora qué? Tengo sed.

Don Beto sonrió y sacó su machete.

—Pues vamos a rendirle homenaje. No se puede venir aquí y no probar la “sagrada comunión”.

Caminamos hacia una pequeña palapa donde un anciano vendía cocos frescos a los pocos turistas que, como nosotros, se aventuraban hasta ahí. Don Beto compró tres.

El anciano, que tenía la piel arrugada como un pergamino antiguo, nos miró con curiosidad.

—¿Vienen por la historia o por la sed? —preguntó con una voz rasposa.

—Por las dos, abuelo —respondí.

El viejo asintió y, con un movimiento rápido y preciso, decapitó los cocos.

—El monje decía que el agua de coco es la leche de la tierra —dijo el anciano—. Que si la bebes con odio en el corazón, te sabe agria. Pero si la bebes con paz, te sabe a gloria.

Tomé mi coco. Estaba frío al tacto, a pesar del calor sofocante. Recordé la rata de ayer. La violencia de su captura, el chillido, la sangre, el fuego. Aquello fue un acto de dominación sobre la naturaleza. Esto, beber del coco, se sentía como un regalo. El árbol lo daba voluntariamente (más o menos).

Bebí.

El agua inundó mi boca. Dulce, fresca, con ese toque mineral que solo tienen los cocos de costa. Sentí cómo bajaba por mi esófago, lavando, limpiando. Cerré los ojos.

—¿Y bien? —preguntó Don Beto.

—Sabe a paz —dije, y no estaba siendo sarcástico. Después de la grasa y las especias fuertes de la rata y los insectos, esto era un bálsamo.

—¿Creen que podrían vivir solo de esto? —preguntó Don Beto.

El Chato bebió un trago largo y eructó.

—Ni de pedo. A la hora ya me estaría comiendo al monje. Necesito carne, güey. Necesito sustancia.

—Yo también lo creo difícil —admití—. Sobrevivir solo consumiendo coco suena a locura. Pero él lo hizo. Y sobrevivió. Tal vez su metabolismo cambió. O tal vez su fe lo alimentaba más que la glucosa.

—O tal vez comía rata a escondidas cuando nadie lo veía —sugirió El Chato, siempre cínico.

El anciano nos miró feo.

—El maestro no mentía —dijo con firmeza—. La mentira ensucia el espíritu. Él era puro.

Me sentí avergonzado por el comentario de mi primo. Dejé el coco en la mesa y miré hacia el río. Pensé en mi padre. En esa mentira fundacional de mi infancia. “Es pollo, cómetelo”. La traición. La risa.

Aquí, en esta isla en ruinas, entendí algo. Mi padre no me dio rata para nutrirme, me la dio para endurecerme, pero a través del engaño. El Monje del Coco ofrecía una vida dura, de privaciones, pero basada en una verdad (su verdad). Y Don Beto, ayer, me ofreció rata diciéndome que era rata.

La honestidad es lo que hace digerible la vida.

Si mi padre me hubiera dicho: “Hijo, no tenemos dinero, esto es lo que hay, vamos a comerlo juntos con dignidad”, yo no tendría este trauma. No estaría aquí, a miles de kilómetros de casa, buscando respuestas en un pantano.

—¿Estás llorando, pinche Mateo? —La voz de El Chato me sacó de mis pensamientos.

Me toqué la cara. Estaba sudando, sí, pero también había una lágrima traicionera.

—Es el chile de ayer, que todavía me está saliendo por los ojos —mentí.

Don Beto me puso una mano en el hombro. Una mano pesada, callosa, paternal.

—Déjalo que salga, Mateo. El pantano saca todo. Lo bueno y lo malo. Tómate el agua, que se calienta.

El Regreso: La Transformación

Pasamos un par de horas más en la isla. Vimos el mapa gigante de Vietnam (o lo que quedaba de él en la versión original de la historia, aquí imaginemos un mapa del mundo espiritual) que el monje había mandado construir. Vimos las jaulas oxidadas donde dicen que convivían gatos y ratones en paz, una prueba viviente de su filosofía de no agresión.

—¿Gatos y ratones juntos? —pregunté—. Eso sí que es un milagro.

—Si los alimentas bien con coco, a lo mejor se les quitan las ganas de matarse —bromeó Don Beto.

Finalmente, llegó la hora de volver. El cielo empezaba a ponerse gris oscuro, anunciando una de esas tormentas tropicales que caen de golpe y amenazan con ahogar al mundo.

Subimos a la lancha en silencio. El regreso fue diferente. Ya no miraba el paisaje con ojos de turista sorprendido, sino con una extraña familiaridad. El olor a lodo ya no me asqueaba. El calor ya no me molestaba tanto.

Había comido lo que la tierra daba. Había bebido lo que el cielo ofrecía. Me sentía, por primera vez, parte del ecosistema, no un invasor.

Cuando llegamos al muelle principal, donde habíamos dejado nuestra camioneta, la lluvia empezó a caer. Gotas gordas y tibias que repiqueteaban sobre el techo de lámina de la lancha.

Don Beto amarró el bote y nos ayudó a bajar las mochilas.

—Bueno, muchachos. Aquí se acaba el tour extremo —dijo, secándose la cara con un trapo rojo—. Espero que no me demanden por la indigestión.

—Al contrario, Don Beto —le dije, estrechando su mano. Sentí la fuerza de su agarre—. Gracias. De verdad. Fue… revelador.

—Ustedes son valientes —dijo él—. Mucha gente de ciudad viene, ve la rata y se desmaya. Ustedes comieron. Ustedes respetaron. Eso vale mucho aquí.

El Chato, en un momento inusual de seriedad, abrazó al guía.

—La neta, la rata estaba buena. Pero no le digas a mi jefa o me deshereda.

Nos reímos. Una risa limpia, liberadora.

Don Beto nos miró una última vez antes de subir a su lancha para volver a su casa en el pantano.

—Recuerden una cosa —nos gritó mientras el motor arrancaba—. En el delta, como en la vida, todo se trata de cómo lo cocinas. Si le pones amor y verdad, hasta la plaga sabe a gloria. ¡Vayan con Dios!

Vimos cómo su lancha se alejaba, haciéndose pequeña entre la lluvia y la bruma, hasta desaparecer en la curva del río.

Epílogo: Lo que me llevé del Pantano

Manejamos de regreso a la civilización en silencio. El aire acondicionado de la camioneta se sentía artificial, frío, estéril.

Miré mis manos. Todavía tenían un poco de tierra bajo las uñas. Pensé en lavarlas en cuanto llegara al hotel, pero luego decidí que no. Quería mantener esa tierra un poco más.

Esta experiencia no fue solo un “food tour” extremo. No fue solo un video para redes sociales o una anécdota para contar en las fiestas y hacerme el interesante. Fue un exorcismo.

Vine buscando shock, buscando lo grotesco: “¡Miren el mercado de animales vivos!”, “¡Miren cómo comen bichos!”. Pero encontré humanidad.

Encontré a una señora que vende ratas para pagar la escuela de sus hijos y que las prepara con el mismo cuidado con el que un chef de estrellas Michelin prepara un pato. Encontré a Don Beto, un hombre que caza para vivir pero que respeta a la presa, que entiende los ciclos de la vida mejor que cualquier biólogo de escritorio. Y encontré al fantasma de un monje loco que creía que un coco podía salvar al mundo.

Quizás todos estamos locos.

Mi padre estaba loco por hacerme eso de niño. Yo estaba loco por odiarlo tanto tiempo. El mundo está loco por destruir la naturaleza mientras nos morimos de hambre espiritual.

Pero al final del día, todos buscamos lo mismo: llenar el vacío.

Algunos lo llenan con dinero. Otros con religión. Otros con likes en Facebook.

Yo, Mateo, lo llené con una rata de campo en un pantano olvidado de México. Y saben qué… me supo a perdón.

El Chato rompió el silencio cuando ya estábamos entrando a la carretera federal.

—Oye, Mateo.

—¿Qué pasó?

—¿Crees que en el OXXO vendan Cocos? Se me antojó otro.

Sonreí.

—No creo, güey. Pero seguro tienen cacahuates. ¿Te acuerdas del truco del escarabajo?

El Chato se puso pálido.

—¡Ni lo menciones, cabrón! ¡Ni lo menciones!

Aceleré la camioneta, dejando atrás la selva, pero llevándome la selva adentro. La próxima vez que la vida me ponga un plato difícil enfrente, no voy a preguntar qué es. Voy a preguntar quién lo cocinó. Y me lo voy a comer. Porque de eso se trata vivir. De tragar y seguir.


(Fin de la historia)


Nota del Autor (MEXICO): Gracias por acompañarme en este viaje, mis hermanos. Si alguna vez andan por el sureste y ven un puesto donde la carne se ve sospechosa, no juzguen. Siéntense, pidan un taco y pregunten la historia. A veces, el ingrediente secreto es la pura necesidad.

Y recuerden: Si un monje pudo vivir 3 años a puro coco, ustedes pueden sobrevivir a su ex. ¡Ánimo raza!

¿Quieres saber más sobre Don Beto y sus tours? Don Beto es un guía real (bueno, su equivalente en la historia) que representa a esa gente chingona del campo que se la rifa todos los días. Si quieren experiencias reales, busquen “One Trip” en la descripción, son los mejores tours en Vietnam (o su equivalente local si estuviéramos allá). Ellos te llevan a donde nadie más va.

¡Nos vemos en la próxima aventura! Paz.

Parte Final: El Evangelio de la Pulpa Blanca y el Adiós al Pantano

El amanecer en los pantanos no llega con luz, llega con una pesadez húmeda que se te mete hasta en los huesos.

Desperté con la sensación de que algo caminaba por mi pecho. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, temiendo que fuera una de esas ratas gigantes que habíamos visto el día anterior o, peor aún, que fuera la culpa materializándose físicamente. Pero no. Era solo el peso de la humedad, esa densidad invisible del trópico que te hace sentir que estás respirando agua tibia en lugar de aire.

Me incorporé en la hamaca, que se meció peligrosamente con mi movimiento brusco. El tejido de cuerda se me había marcado en la espalda como un mapa de carreteras. A mi lado, en otra hamaca que parecía a punto de reventar, El Chato roncaba con una potencia sísmica, un sonido gutural que competía con el zumbido eléctrico de las chicharras matutinas y el canto lejano de algún gallo desafinado.

Me llevé la mano al abdomen. Ahí estaba: el recuerdo físico del festín de anoche.

La rata. La maldita rata.

Mi mente, traicionera como siempre a las seis de la mañana, empezó a repasar lo sucedido. ¿Realmente lo hice? ¿Realmente me comí ese hígado oscuro y cremoso? Recordé el sabor dulce de la carne, esa textura que Don Beto había descrito con tanta precisión y que, para mi sorpresa, resultó ser cierta. “Es tierna y dulce, como el pollo pero mejor”. Esa frase rebotaba en mi cabeza. No era el sabor lo que me inquietaba ahora, sino lo que significaba. Había cruzado una línea. Ya no era el chico de ciudad que miraba todo con asco; ahora tenía el pantano dentro de mí.

—¿Sigues vivo, carnal? —La voz de Don Beto sonó desde la cocina improvisada, rompiendo mis pensamientos morbosos.

Ya estaba despierto, por supuesto. Gente como él no duerme, solo descansa los ojos. Estaba en cuclillas frente al fogón, atizando las brasas para revivir el fuego. El humo de la leña se mezclaba con la neblina del río, creando una atmósfera fantasmal.

Me bajé de la hamaca, sintiendo el suelo de madera fresca bajo mis pies descalzos.

—Creo que sí —respondí, raspándome la garganta, que se sentía seca como lija—. Pero siento que tengo un zoológico peleando campeonato en la panza.

Don Beto soltó una carcajada y me extendió una taza de peltre humeante.

—Es mental, Mateo. Tu cuerpo es fuerte, es máquina mexicana hecha de maíz y frijol. Lo que te jode es la cabeza, la culpa de ciudad, los prejuicios. Tómate esto, es café de olla con un piquete de aguardiente para matar los bichos, si es que quedó alguno vivo después de la freidora.

Bebí. El líquido negro, dulce y con ese golpe alcohólico me quemó la garganta, pero extrañamente asentó mi estómago. Miré hacia el río. El agua estaba tranquila, cubierta por una bruma baja que la hacía parecer una pista de hielo sucia y marrón.

Hoy era el día final. Después de profanar mi cuerpo (según mis estándares urbanos) con la carne de lo que siempre consideré una plaga, íbamos a buscar la redención. Íbamos a buscar lo opuesto a la carne, a la sangre y a la grasa. Íbamos a buscar al Santo del Coco.

Capítulo 1: La Profecía del Coco

Mientras desayunábamos unas tortillas hechas a mano (esta vez revisé minuciosamente que no tuvieran sorpresas de roedores o insectos), Don Beto nos explicó el plan con la seriedad de un arqueólogo.

—Lo que hicimos ayer fue supervivencia pura —dijo, limpiando el plato con un pedazo de tortilla—. Cazar, matar, comer. Es la ley de la selva y del pantano. Pero aquí en el delta, no todo es sangre y lodo. También hubo gente que buscó otro camino, una elevación espiritual.

—El loco del coco —murmuró El Chato, despertando finalmente y frotándose los ojos pegados de lagañas.

—No le digas loco, ten respeto —corrigió Don Beto, aunque con una media sonrisa—. Ese hombre tenía una visión. Imagínense el contexto: años 60 y 70. El mundo se estaba yendo al carajo. Guerras, revoluciones, napalm cayendo del cielo en otras partes del mundo, crisis aquí. Y en medio de este caos, aquí mismo, en una de estas islas del río, un gurú creó su propio universo.

—¿Pero de verdad su idea era subsistir solo de cocos? —insistí, todavía escéptico. La idea me parecía biológicamente imposible, una sentencia de muerte lenta.

—Eso dicen las historias. Su filosofía era simple pero radical: para purificar el alma y evitar la violencia, uno debía consumir solo lo que la palma ofrecía. Nada de carne, nada de arroz, nada de frijoles. Solo la carne blanca y el agua dulce del coco.

—Yo creo que se murió de hambre a la semana —opinó El Chato, mordiendo un pedazo de queso fresco con voracidad, como si temiera que se lo fueran a quitar.

—Pues te equivocas. Aguantó bastante. Dicen que sobrevivió tres años así. Y no solo eso, atrajo a miles de seguidores. En su apogeo, tenía como cuatro mil fieles viviendo con él o peregrinando a su isla.

Me quedé pensando en esa cifra. Cuatro mil personas. Cuatro mil almas dispuestas a dejarlo todo, a venir a vivir a una isla húmeda, rodeados de mosquitos, solo para seguir a un hombre que predicaba la paz a través de una dieta estricta.

—Incluso dicen que gente importante lo visitaba —continuó Don Beto, bajando la voz como si contara un secreto de estado—. Se rumorea que el hijo de John Steinbeck, el escritor gringo famoso, anduvo metido ahí entre los seguidores. Imagínate, el hijo de un Nobel de literatura, sentado en el lodo, comiendo coco con un monje vietnamita-mexicano (en nuestra adaptación).

¿Qué tenía ese hombre? ¿Qué secreto guardaba en la pulpa de un coco que yo no podía encontrar ni en la ciudad más moderna, ni en el banquete más exótico, ni en las terapias psicológicas?

—Vamos a ir —sentenció Don Beto, poniéndose de pie—. Su templo está en una isla, río abajo, en lo que llamamos la provincia de los cocos (Ben Tre en la historia original). Es un lugar… diferente. Pero tenemos que ir con la mente abierta. Ayer alimentamos al cuerpo con la realidad cruda, hoy vamos a ver si alimentamos el espíritu.

Capítulo 2: Navegando hacia la Utopía

Subimos a la lancha. El motor, un viejo Yamaha que había visto mejores épocas, tosió un par de veces, escupiendo humo azul, antes de arrancar con un rugido que espantó a una bandada de garzas blancas que pescaban en la orilla.

La lancha cortaba el agua color chocolate, dejando una estela de espuma sucia que se disolvía rápidamente. El viento en la cara ayudaba a disipar la modorra y el calor que ya empezaba a apretar, a pesar de ser temprano.

El paisaje era hipnótico y brutal. A los lados, los manglares levantaban sus raíces como dedos retorcidos saliendo del lodo, intentando arañar el cielo o quizás escapar del agua. De vez en cuando, pasábamos junto a otras barcazas cargadas hasta el tope de arena, frutas o materiales de construcción. Los barqueros nos saludaban con un gesto seco, endurecidos por el sol.

—¿Saben? —gritó Don Beto para hacerse oír sobre el estruendo del motor—. Mucha gente cree que el delta es solo pobreza. Ven las casas de lámina, ven a los niños descalzos y piensan: “pobre gente”. Pero no ven la riqueza. Aquí tiras una semilla de lo que sea y crece un árbol. Tiras una red y sacas la cena.

—O pones una trampa y sacas una rata gigante —gritó El Chato, riéndose de su propio chiste recurrente.

—Exacto —respondió Don Beto sin ofenderse, manteniendo la vista en el río—. Aquí la vida es dura, pero es vida. En la ciudad, ustedes viven en cajas de concreto, comen comida muerta que viene en cajas de cartón y trabajan en cajas de cristal con aire acondicionado. ¿Quién es el verdadero pobre?

Su pregunta se quedó flotando en el aire húmedo, más pesada que la neblina. Yo, Mateo, el hombre que había huido de su pasado para encontrarse a sí mismo, me sentí pequeño. Tenía razón. Había comido insectos rellenos de cacahuate y rata de campo, y por primera vez en años, me sentía conectado con algo real.

Navegamos durante casi una hora. El sol empezó a picar en la nuca, un calor agresivo. El río se ensanchó, convirtiéndose en una inmensa autopista líquida. Y entonces, a lo lejos, vimos la isla.

No parecía gran cosa al principio. Un manchón verde oscuro en medio del agua marrón. Pero a medida que nos acercábamos, empezamos a distinguir estructuras extrañas que sobresalían de la vegetación, desafiando la lógica arquitectónica de la región. No eran casas de pescadores. Eran torres. Torres de colores brillantes, decoradas con mosaicos que destellaban bajo el sol.

—Bienvenidos al Reino del Coco —anunció Don Beto, bajando la velocidad del motor hasta dejarlo en un ronroneo suave.

Capítulo 3: Las Ruinas de un Sueño Sincretista

Atracamos en un muelle viejo de madera podrida que crujía bajo nuestro peso. El silencio en la isla era distinto. No era el silencio amenazante de la selva virgen donde todo te quiere comer, sino un silencio respetuoso, casi eclesiástico, como el de una biblioteca abandonada.

Bajamos de la lancha con cuidado. El suelo estaba cubierto de hojas secas y miles de cáscaras de coco viejas, apiladas como cráneos olvidados. Caminamos hacia la entrada de lo que alguna vez fue un templo grandioso.

Lo que vi me dejó sin aliento. No por su majestuosidad clásica, sino por su extrañeza absoluta. Era una mezcla alucinante, casi psicodélica, de estilos y creencias. Don Beto nos había dicho que era una mezcla inusual de cristianismo y budismo, pero eso era quedarse corto.

Había cruces cristianas gigantes entrelazadas con estatuas de Buda sonrientes. Había dragones de estilo asiático enroscados en columnas que parecían griegas. Y por todos lados, símbolos que no reconocía, todo construido con pedazos de cerámica rota, platos viejos y porcelana pegada con cemento. Era el reciclaje convertido en fe.

—El Monje del Coco creía que todas las religiones eran, en el fondo, la misma búsqueda —explicó Don Beto, pasando la mano callosa por una columna hecha de tazas de té—. Quería unirlo todo. El norte y el sur. Oriente y Occidente. Jesús y Buda sentados a la misma mesa, comiendo coco.

—Parece un parque de diversiones que quebró —susurró El Chato, mirando una estatua gigante de un dragón azul al que le faltaba un ojo y parte de la cola.

—Fue un parque de fe —corrigió Don Beto con solemnidad—. Pero cuando el monje murió, o cuando la política cambió y apretaron las tuercas, todo se vino abajo. Ahora solo quedan las piedras, el musgo y los fantasmas.

Caminamos entre las ruinas. Había una torre alta, una especie de escalera al cielo, que según Don Beto representaba la ascensión del espíritu. Traté de imaginar cómo se vería este lugar hace cuarenta o cincuenta años. Imaginé a los cuatro mil seguidores, vestidos con túnicas sencillas, el olor a incienso mezclado con el olor dulce del coco, los cánticos resonando en el río.

Me detuve frente a una especie de altar central, una plataforma elevada. Había una imagen vieja, descolorida por la humedad implacable, de un hombre pequeño, delgado, con gafas y una sonrisa serena, sentado en posición de loto sobre una esfera que parecía representar el mundo.

—Ese es él —dijo Don Beto, señalando la imagen—. El hombre que desafió a la biología.

Me agaché y recogí un coco seco del suelo. Pesaba. Lo sacudí y escuché el agua chapotear dentro, un sonido sordo. Era vida encapsulada. Una coraza dura y fea protegiendo un interior dulce y puro. Quizás esa era la metáfora perfecta. Nosotros, los hombres de ciudad, éramos blandos por fuera y a veces podridos por dentro. Este hombre era duro, resistente, y por dentro solo tenía esencia.

—¿Crees que fue feliz? —le pregunté a Don Beto, sin apartar la vista de la foto del monje.

—Creo que murió creyendo en algo —respondió él—. Y eso, Mateo, ya es más de lo que la mayoría de nosotros puede decir. Nosotros morimos preocupados por la tarjeta de crédito, por los likes, por si el vecino tiene un coche mejor. Él murió preocupado por la paz y por si el coco estaba maduro.

Capítulo 4: La Comunión del Agua Dulce

—Bueno, ya vimos las piedras y ya nos pusimos filosóficos —dijo El Chato, rompiendo el momento místico con su pragmatismo habitual—. ¿Ahora qué? Tengo sed, y este calor está para matar a un burro a besos.

Don Beto sonrió, esa sonrisa de quien sabe más de lo que dice, y sacó su machete de la funda de cuero que llevaba al cinto.

—Pues vamos a rendirle el homenaje correcto. No se puede venir al templo del Coco y no probar la “sagrada comunión”.

Caminamos unos metros hacia una pequeña palapa que parecía haber sobrevivido al abandono, donde un anciano, posiblemente un antiguo seguidor o simplemente un oportunista local, vendía cocos frescos a los pocos turistas locos que llegaban hasta ahí.

Don Beto compró tres. El anciano, que tenía la piel tan arrugada que parecía un mapa topográfico del delta, nos miró con ojos lechosos pero vivos.

—¿Vienen por la curiosidad o por la sed? —preguntó con una voz que sonaba como hojas secas arrastrándose.

—Por las dos, abuelo. Y por el respeto —respondí yo.

El viejo asintió, satisfecho, y con un movimiento rápido y preciso que desmentía su edad, decapitó los cocos con un machete oxidado. Thwack, thwack, thwack.

—El monje decía que el agua de coco es la leche de la tierra —dijo el anciano mientras nos pasaba las frutas—. Decía que es la única agua que llega pura al interior sin tocar el suelo. Si la bebes con ruido en la cabeza, te sabe simple. Pero si la bebes con paz, te sabe a gloria.

Tomé mi coco. Estaba fresco al tacto. Era pesado, verde, lleno de promesas.

Miré a El Chato. Miré a Don Beto. Y luego cerré los ojos.

Recordé la rata de ayer. La violencia necesaria de su captura, el chillido agudo que se apagó de golpe, la sangre, el fuego crepitante. Aquello fue un acto de dominación, de tomar por la fuerza lo que la naturaleza ofrecía para sobrevivir. Esto, beber del coco, se sentía diferente. Se sentía como una ofrenda. El árbol lo daba, caía o se bajaba, y se ofrecía.

Acerqué el coco a mis labios y bebí.

El agua inundó mi boca. Dulce, increíblemente fresca, con ese toque mineral y salino que solo tienen los cocos que crecen cerca del mar y los estuarios. Sentí cómo bajaba por mi esófago, lavando la grasa de la rata, limpiando el polvo del camino, refrescando el alma.

—¿Y bien? —preguntó Don Beto.

—Sabe a… calma —dije, y me sorprendí al darme cuenta de que no estaba siendo sarcástico. Después de la intensidad de los sabores de ayer —el ajo, el chile, la grasa, el hígado fuerte—, esto era un bálsamo. Era un reinicio del sistema.

—¿Creen que podrían vivir solo de esto? —preguntó Don Beto, mirándonos fijamente.

El Chato bebió un trago largo, ruidoso, y eructó sin vergüenza.

—Ni de chiste. A la hora ya me estaría comiendo al monje. Necesito carne, güey. Necesito sentir que mastico. Esto es agua.

—Yo también lo creo difícil —admití, mirando el interior blanco de la fruta—. Sobrevivir años consumiendo solo esto suena a locura fisiológica. Pero él lo hizo, o al menos eso creyeron cuatro mil personas. Tal vez su fe lo alimentaba más que las calorías.

—O tal vez comía rata a escondidas cuando nadie lo veía —sugirió El Chato, siempre buscando la trampa, el truco, la mentira.

El anciano nos miró feo desde su banco.

—El maestro no mentía —dijo con firmeza—. La mentira ensucia el espíritu más que la carne de puerco. Él era transparente como el agua.

Ese comentario me golpeó. Me sentí avergonzado por el cinismo de mi primo, pero también resonó en mí por otra razón.

La mentira.

Mi mente voló de regreso a esa mesa de cocina hace veinte años. Mi padre. La risa cruel. “Es pollo, cómetelo”. La traición.

Aquí, en esta isla en ruinas, entendí algo fundamental. Mi trauma no era la rata. Mi trauma no era la pobreza. Mi trauma era la mentira. Mi padre me dio rata para burlarse de mi inocencia, para demostrar poder, para “hacerme hombre” a través del engaño.

En cambio, Don Beto, ayer, me ofreció rata mirándome a los ojos y diciéndome: “Esto es rata. Es lo que hay. Es rica. Pruébala”. Hubo dignidad en eso. Hubo verdad. Y el Monje del Coco, en su locura, ofrecía una vida dura de privaciones, pero basada en su verdad absoluta.

La honestidad es lo que hace digerible la vida, por más dura que sea.

Si mi padre me hubiera dicho aquel día: “Hijo, no tenemos dinero, esto es lo que cazamos, vamos a comerlo juntos con gratitud porque nos mantiene vivos”, yo no tendría este trauma. No estaría aquí, buscando respuestas en un pantano al otro lado del mundo. Lo habríamos comido como un equipo.

—¿Estás llorando, pinche Mateo? —La voz de El Chato me sacó de mis pensamientos, suave pero burlona.

Me toqué la cara. Estaba sudando a mares por el calor, sí, pero también había una lágrima traicionera mezclándose con el sudor en mi mejilla.

—Es el chile de ayer, que todavía me está saliendo por los poros —mentí, aunque sabía que ellos sabían la verdad.

Don Beto se acercó y me puso una mano en el hombro. Una mano pesada, callosa, una mano de padre, pero de un padre bueno.

—Déjalo que salga, Mateo. El pantano saca todo. Lo bueno y lo malo. El agua de coco limpia por dentro, y las lágrimas limpian por fuera. Tómate el agua, que se calienta.

Terminé mi coco en silencio, sintiendo una paz extraña. Había perdonado. No sé si a mi padre, o a la rata, o a mí mismo por ser tan débil. Pero algo se había soltado dentro de mí.

Capítulo 5: La Paz entre Gatos y Ratones

Pasamos un par de horas más explorando la isla. Don Beto nos llevó a ver los restos de un mapa gigante que el monje había mandado construir, un mapa de la paz mundial que ahora estaba cubierto de enredaderas.

Luego, nos mostró unas jaulas oxidadas.

—Aquí —dijo, señalando los barrotes viejos— es donde dicen que ocurría el verdadero milagro. El monje mantenía gatos y ratones viviendo juntos en la misma jaula, en paz.

—¡No mames! —exclamó El Chato—. Eso sí es imposible. Es contra natura.

—Era su prueba —explicó Don Beto—. Decía que si los animales, que son instinto puro, podían convivir sin matarse gracias a la dieta y al ambiente de paz, entonces los humanos no teníamos excusa. Si los alimentas bien con coco y amor, a lo mejor se les quitan las ganas de matarse.

Miré la jaula vacía. Imaginé a un gato gordo de comer coco durmiendo abrazado a una rata. Era una imagen absurda, de caricatura, pero en este lugar, bajo este sol aplastante, parecía plausible.

Yo había comido rata y ahora bebía coco. Yo era el gato y el ratón al mismo tiempo. La dualidad vivía en mí. La capacidad de matar y la capacidad de contemplar.

Capítulo 6: El Adiós al Guía

Finalmente, llegó la hora de volver. El cielo empezaba a ponerse de un gris oscuro, casi morado, hacia el oeste. Una de esas tormentas tropicales bíblicas se estaba formando y amenazaba con ahogar al mundo en cuestión de minutos.

Subimos a la lancha en silencio. El regreso fue diferente. Ya no miraba el paisaje con ojos de turista sorprendido o asqueado. El olor a lodo ya no me molestaba. El calor ya no era un enemigo.

Había comido lo que la tierra daba. Había bebido lo que el cielo ofrecía. Me sentía, por primera vez, parte del ecosistema, no un invasor con cámara.

Cuando llegamos al muelle principal, donde habíamos dejado nuestra camioneta, las primeras gotas de lluvia empezaron a caer. Gotas gordas, tibias, pesadas, que repiqueteaban sobre el techo de lámina de la lancha como balazos.

Don Beto amarró el bote con nudos expertos y nos ayudó a bajar las mochilas.

Se paró frente a nosotros, con su camisa empapada de sudor y lluvia, sonriendo.

—Bueno, muchachos. Aquí se acaba el tour extremo —dijo, secándose la cara con un trapo rojo—. Espero que no me demanden por la indigestión o por las pesadillas.

—Al contrario, Don Beto —le dije, y le extendí la mano. Él la tomó y sentí la fuerza de su agarre, la textura de una vida de trabajo duro—. Gracias. De verdad. No fue solo comida. Fue… revelador. Me cambiaste el chip.

—Ustedes son valientes —dijo él, mirándonos a los ojos—. Mucha gente de ciudad viene, ve la rata y se desmaya o se pone a gritar. Ustedes comieron. Ustedes preguntaron. Ustedes respetaron, incluso soltaron a la tortuga. Eso vale mucho aquí. Eso es respeto.

El Chato, en un momento inusual de emotividad, dio un paso adelante y le dio un abrazo rápido al guía.

—La neta, Don Beto, la rata estaba buena. Pero no le digas a mi jefa que comí eso o me deshereda y me baña en agua bendita.

Nos reímos todos. Una risa limpia, liberadora, bajo la lluvia que ahora caía con fuerza.

—Oigan —dijo Don Beto antes de subir a su lancha para volver a su casa en el pantano—, si tienen amigos que quieran vivir esto, díganles que busquen a los expertos. No se vayan con cualquiera. Nosotros en “One Trip” (o el nombre de su cooperativa local) hacemos esto de corazón. Queremos que vean el México real, no el de las postales.

—Lo haremos, Don Beto. Cuente con eso.

—Y recuerden una cosa más —nos gritó mientras el motor arrancaba y él empezaba a alejarse—. En el delta, como en la vida, todo se trata de cómo lo cocinas y con qué actitud te lo comes. Si le pones amor y verdad, hasta la plaga sabe a gloria. ¡Vayan con Dios!

Vimos cómo su lancha se alejaba, haciéndose pequeña entre la cortina de lluvia y la bruma del río, hasta desaparecer en la curva, regresando a su mundo de lodo, cocos y supervivencia.

Capítulo 7: Epílogo y Reflexión Final

Nos subimos a la camioneta y cerramos las puertas. El silencio repentino fue ensordecedor. El aire acondicionado nos golpeó, artificial, frío, estéril. Olía a “coche nuevo”, un olor químico que de repente me pareció ofensivo comparado con el olor orgánico del río.

El Chato arrancó el motor y empezamos a rodar por la carretera llena de baches, de regreso a la civilización, de regreso a las señales de celular, a los correos electrónicos y a las deudas.

Miré mis manos. Todavía tenían un poco de tierra bajo las uñas, tierra del santuario del Coco. Pensé en lavarlas en cuanto llegara al hotel, pero luego decidí que no. Quería mantener esa tierra un poco más. Quería recordar.

Esta experiencia no fue solo un “food tour” extremo para ganar likes. No fue solo una anécdota grotesca para contar en las fiestas y hacerme el interesante: “Oye, ¿sabías que comí rata?”. No.

Fue un exorcismo.

Vine buscando el shock. Vine buscando confirmar mis prejuicios sobre la pobreza y lo “salvaje”. Vine a ver el mercado de animales vivos para decir “¡Guácala, miren cómo comen bichos!”. Pero encontré humanidad.

Encontré a una señora en el mercado que vende ratas para pagar la escuela de sus hijos y que las prepara con el mismo cuidado, orgullo y técnica con el que un chef de estrellas Michelin prepara un pato a la naranja. Encontré a Don Beto, un hombre que caza para vivir pero que respeta a la presa, que entiende los ciclos de la vida y la muerte mejor que cualquier biólogo de escritorio. Y encontré el legado de un monje “loco” que creía que un simple coco podía traer la paz al mundo.

Quizás todos estamos locos.

Mi padre estaba loco por hacerme eso de niño, por su crueldad disfrazada de lección. Yo estaba loco por odiarlo y cargar ese rencor durante veinte años, dejando que me definiera. El mundo está loco por destruir la naturaleza mientras nos morimos de hambre espiritual en nuestras ciudades de concreto.

Pero al final del día, todos buscamos lo mismo: llenar el vacío.

Algunos lo llenan con dinero y compras compulsivas. Otros con religión y templos de porcelana. Otros con comida gourmet y fotos en Instagram.

Yo, Mateo, lo llené con una rata de campo asada y un coco fresco en un pantano olvidado de México. Y saben qué… me supo a perdón. Me supo a libertad.

El Chato rompió el silencio cuando ya llevábamos media hora de camino y las luces de la ciudad empezaban a verse en el horizonte.

—Oye, Mateo.

—¿Qué pasó, güey?

—¿Crees que en el OXXO que sigue vendan Cocos? Se me antojó otro. Como que me siento muy “espiritual” y tengo sed.

Sonreí, mirando por la ventana cómo la selva daba paso a los suburbios.

—No creo, cabrón. Pero seguro tienen cacahuates. ¿Te acuerdas del truco del escarabajo y el cacahuate en el c*lo?

El Chato se puso pálido y casi da un volantazo.

—¡Ni lo menciones, hijo de tu madre! ¡Ni lo menciones! Todavía siento que algo me camina en la garganta.

—Es pura proteína, Chato. Pura proteína.

Aceleramos la camioneta, dejando atrás la selva, pero llevándome la selva adentro para siempre.

La próxima vez que la vida me ponga un plato difícil enfrente, ya sea un problema, una pérdida o una crisis, no voy a preguntar con asco “¿Qué es esto?”. No voy a juzgar por la apariencia. Voy a preguntar: “¿Quién lo cocinó y por qué?”. Y si es honesto, me lo voy a comer. Sin miedo. Sin asco.

Porque de eso se trata vivir. De tragar, de digerir, de nutrirse y de seguir adelante.

Y sobre mi padre… bueno, tal vez en la próxima comida familiar, cuando él sirva el pollo, yo le cuente esta historia. Le diré que la rata que comí ayer estaba más rica que su “pollo” falso. Y tal vez, solo tal vez, nos riamos juntos por primera vez. Una risa de verdad, sin trucos.

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