“Tengo 74 años y vivo solo. Creyeron que les r*baba su basura, hasta que un accidente en la banqueta reveló mi secreto.”

—¡Aléjese de los botes, Don Rogelio! —el suspiro del policía sonaba a hartazgo. Ya era la tercera vez en el mes que venían a mi casa.

La luz de la linterna me pegó directo en los ojos, cegándome por completo. Apenas pude sostener el cuadro de la bicicleta vieja que había sacado del contenedor. Mis manos, llenas de grasa y torcidas por la artritis, temblaban un poco.

Detrás del oficial, en la banqueta, estaba Don Arturo. Había salido en bata, señalándome con un dedo acusador como si yo fuera un criminal.

—¡Está r*bando mi basura otra vez! —gritó, con esa voz que usan los que se creen dueños de la calle—. ¡Da miedo! ¡No quiero a ese viejito tocando mis cosas!.

No dije nada. Bajé la cabeza, solté la bici y me regresé cojeando a mi cochera oscura.

Para ellos, solo soy el viejo raro de la camioneta del 98. El que vive solo. El “tacaño”. Pero lo que no saben es que fui mecánico 40 años. Me decían “Manos Finas”. Y aunque mis dedos ya duelen, mis ojos sí sirven.

Veo lo que pasa en este barrio.

Escucho a través de las paredes de papel. Escucho a la pareja joven peleando por las deudas de Coppel. Escucho a la mamá soltera contando monedas para el gas.

Vivimos en un mundo de “tira y compra”, pero aquí la lana no alcanza. Se rompe un fusible y lo tiran. Se oxida una cadena y la tiran.

Esa noche, Don Arturo tiró la bici de su hijo porque la cadena estaba dura. Una bici nueva cuesta lo que una semana entera de despensa. Yo lo escuché decirle a su esposa: “No hay para otra, que se aguante”.

Así que esperé a que se durmieran. Saqué la bici. La metí a mi taller.

Me tardé tres noches. Tallé el óxido, engrasé, enderecé. Y cuando la dejé de vuelta en su puerta, como nueva, nadie supo que fui yo.

Pero la semana pasada pegó el frente frío. De esos que calan hasta los huesos.

Vi una estufita eléctrica en la basura de los Salgado. Tenía el cable pelado, era un peligro de incendio, pero sabía que ellos estaban eligiendo entre quemarse o congelarse.

La rescaté. La reparé en mi cochera helada. Cuando las resistencias prendieron color naranja, sentí que mi corazón también se calentaba.

La envolví en plástico y salí a la calle para devolvérsela en secreto. Pero la banqueta estaba congelada.

Mi bota patinó. Caí seco. Escuché el crujido de mi cadera contra el concreto.

El dolor me nubló la vista. Me quedé tirado en el hielo, sin poder moverme, pensando: “Ya estuvo. Aquí quedó el viejito de la basura”.

Entonces, se encendió la luz del porche de los Salgado.

¿DESCUBRIRÁN POR FIN LA VERDAD O ME DEJARÁN AHÍ TIRADO?

PARTE 2: EL TALLER DE LOS CORAZONES ROTOS

La luz del porche me cayó encima como un reflector de interrogatorio, pero esta vez no había policías ni gritos, solo el zumbido eléctrico de la lámpara y el vapor de mi propia respiración escapando hacia la noche helada. El dolor en la cadera era un perro rabioso mordiéndome el costado, un dolor agudo, caliente, que contrastaba con el frío del concreto que me estaba chupando la vida a través de la chamarra vieja.

—¿Quién anda ahí? —la voz de Doña Marta salió temblorosa. Escuché el rechinar de la puerta de mosquitero al abrirse.

Cerré los ojos con fuerza. “Trágame tierra”, pensé. “Que me trague el pavimento ahorita mismo”. La vergüenza me dolía más que el hueso roto. No quería que me vieran así: tirado, vencido, como una cucaracha patas arriba. Yo, que siempre fui Don Rogelio, el que no pide nada, el que se aguanta. Ahora iba a ser el viejo ridículo que se mata solo en la banqueta ajena.

—¡Ay, Dios mío! ¡Es Don Rogelio! —el grito de Marta rompió el silencio de la calle.

Escuché sus pasos rápidos, el chancleteo de sus pantuflas contra el hielo. Sentí sus manos, calientes y preocupadas, tocando mi hombro.

—¡Ramiro! ¡Ramiro, corre! —le gritó a su esposo hacia adentro de la casa—. ¡El vecino se cayó! ¡Está tirado!

En segundos, Ramiro Salgado estaba ahí también. El hombre olía a cansancio y a tabaco barato, pero sus brazos eran fuertes cuando intentó ayudarme a sentar.

—¡No, no! —gemí, y el sonido salió de mi garganta como un chillido oxidado—. No me muevan… creo que… creo que me rompí algo.

Ramiro se detuvo en seco. —No lo toques, Marta, no lo muevas —dijo él, con la voz grave—. Voy a llamar a la ambulancia.

Mientras él corría adentro por el celular, Marta se quedó hincada a mi lado en el hielo. No le importó ensuciarse las rodillas de su pantalón de pijama. Y entonces, lo vio. Sus ojos se desviaron de mi cara arrugada hacia el bulto que había soltado al caer. El plástico se había abierto un poco con el golpe, revelando la estufita naranja.

El silencio que siguió fue más pesado que la helada. Vi cómo su mirada viajaba de la estufa a mi cara, y luego a la clavija. Esa clavija negra, robusta, de uso rudo, que yo le había puesto porque la original estaba quemada. No era una clavija de tienda; era una que yo tenía guardada en mi caja de herramientas desde el 98, con una marca de pintura roja que solo yo reconocería.

—Don Rogelio… —susurró ella. Su voz se quebró—. Esa es… esa es la estufa que tiramos ayer.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca como lija. —El cable estaba pelado, hija —logré decir, con voz rasposa—. Iban a provocar un corto. Solo… solo quería que no pasaran frío.

Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. No eran lágrimas de pena, eran de esas que salen cuando uno se da cuenta de algo tan grande que no cabe en el pecho. —Usted… ¿usted la sacó para arreglarla?

—No sirve de nada si se congelan —rezongué, intentando mantener la dignidad a pesar de estar tirado en el suelo—. Ya prende. Calienta bonito.

Marta se cubrió la boca con las manos y soltó un sollozo ahogado. En ese momento, Ramiro salió de la casa con una cobija gruesa, de esas de tigre que todos tenemos, y me la echó encima con una delicadeza que no le conocía.

—Ya viene la Cruz Roja, Don —me dijo Ramiro. Luego vio a su esposa llorando y vio la estufa. Marta lo miró y, sin decir una palabra, solo asintió hacia el aparato. Ramiro entendió. Vi cómo se le transformaba la cara. Ese hombre, que siempre andaba con el ceño fruncido por la falta de dinero y el estrés de la falta de chamba, de repente se veía como un niño regañado. —Perdónenos, Don Rogelio —dijo Ramiro, con la voz ronca—. Nosotros pensando que… bueno, la gente habla tanta tontería.

—No se preocupe —murmuré, cerrando los ojos porque el dolor empezaba a marearme—. Lo que la gente habla se lo lleva el viento. Lo que importa es que no pasen frío.

La sirena de la ambulancia se escuchó a lo lejos, acercándose como un lamento. Las luces rojas empezaron a rebotar en las fachadas de las casas, despertando a la cuadra entera. Vi cómo se prendían las luces en la casa de la esquina. La casa de Don Arturo. Vi la silueta del vecino gruñón asomarse por la ventana. “Que mire”, pensé, sintiendo cómo el frío me adormecía las piernas. “Que mire bien el viejo chismoso”.


El hospital olía a lo de siempre: a cloro barato, a alcohol y a tristeza acumulada. Me tuvieron en una camilla en el pasillo durante horas antes de pasarme a un cuarto. Es lo que tiene el Seguro; uno aprende a esperar o se muere esperando. Me operaron al día siguiente. Clavos, placas, tornillos. Me sentía como uno de esos motores viejos que reconstruía, lleno de remiendos para aguantar otros cien mil kilómetros.

Los días en el hospital fueron lentos y blancos. Lo peor no era el dolor, ni la comida que sabía a cartón mojado. Lo peor era el miedo. Acostado en esa cama, mirando las manchas de humedad en el techo, mi mente se iba a los lugares oscuros. Pensaba en mi casa sola. En mi taller lleno de polvo. ¿Quién iba a regar mis macetas? ¿Quién iba a cuidar que no se metieran los gatos callejeros a la cochera? Pero más que eso, pensaba en el futuro. “Ya valió”, me decía a mí mismo. “Un viejo de 74 años con la cadera rota no sirve pa’ nada. Me van a querer mandar al asilo. Me van a decir que soy un peligro para mí mismo”.

La soledad en un hospital es canija. Ves a las familias de los otros pacientes llegar con tortas, con tamales a escondidas, riéndose bajito. Yo no tenía hijos. Mi Carmen se me fue hace diez años y se llevó la mitad de mi alma con ella. Solo me quedaba mi sobrino, Beto, pero él vivía al otro lado de la ciudad y tenía su propia vida, sus propias broncas.

Sin embargo, al tercer día, pasó algo raro. Llegó Beto. Pero no venía solo con su cara de preocupación habitual. Traía una bolsa de plástico grande y una sonrisa nerviosa.

—Tío, no vas a creer lo que está pasando en el barrio —me dijo mientras se sentaba en la silla de plástico incómoda junto a mi cama.

—¿Qué? ¿Ya se metieron a robar a la casa? —pregunté, intentando incorporarme, pero el dolor me sentó de golpe.

—No, hombre, qué va. Al contrario. Tío… te has vuelto famoso.

Lo miré con desconfianza. —¿De qué hablas, muchacho?

Beto sacó su celular y me enseñó una foto. Era una foto de mi casa. Pero no se veía sola. Había gente afuera. —Doña Marta, la vecina de enfrente, le contó a todo el mundo lo de la estufa —explicó Beto—. Le dijo a la de la tienda, y la de la tienda le dijo a la del puesto de gorditas, y ya sabes cómo es el chisme aquí. Corre más rápido que la luz. Pero esta vez… el chisme fue bueno.

Beto hizo una pausa, como saboreando el momento. —Empezaron a salir cosas, tío. La señora del 32 dijo que una vez se le descompuso la licuadora y apareció arreglada en su puerta. El chavo de los periódicos dijo que su diablito de carga tenía una rueda nueva que él no le puso. Y luego… luego pasó lo de Don Arturo.

Se me tensó la mandíbula al oír ese nombre. —¿Qué dijo ese viejo amargado? ¿Que soy un ratero estropeado?

—No, tío. Escucha. Resulta que cuando te llevó la ambulancia, Don Arturo salió a ver qué pasaba. Vio la estufa. Vio cómo la señora Marta lloraba abrazada al aparato. Y se enteró de todo. Se enteró de que tú no te robabas la basura para venderla por kilo. Se enteró de que la bici de su hijo… esa que el niño trae ahorita para arriba y para abajo… fuiste tú.

Beto suspiró y sacó de la bolsa de plástico un tupper. Lo abrió y el olor inundó el cuarto estéril del hospital: Caldo de pollo. Con garbanzos, arroz y su ramita de hierbabuena. Olor a casa. Olor a gloria.

—Me lo mandó la esposa de Don Arturo —dijo Beto, empujándome el tupper—. Dijo que es para que agarres fuerzas. Y que perdones a su marido, que es un… bueno, usó una palabra que no puedo decir aquí, pero te imaginas.

Probé el caldo. Estaba tibio todavía. Me supo a perdón. Me supo a que tal vez, solo tal vez, no estaba tan solo como pensaba. —¿Y mi casa? —pregunté después de unos tragos, limpiándome la boca con el dorso de la mano llena de vías intravenosas—. ¿Está bien cerrada?

Beto se rió. Una risa franca. —Tío, tu casa es el lugar más vigilado de México ahorita. Los vecinos se turnan. Don Ramiro barre la banqueta. El hijo de Arturo riega las plantas. Nadie se acerca a esa cochera si no es para dejar algo.

—¿Dejar algo? ¿Cómo que dejar algo?

—Ya verás, tío. Ya verás cuando salgas. Tú nomás ponte fuerte.

Pasaron dos semanas. Dos semanas eternas de terapias físicas donde sudaba la gota gorda para dar dos pasos con la andadera. “Vamos, Don Rogelio, usted puede”, me decían las enfermeras. Y yo apretaba los dientes y pensaba en mi taller. Pensaba en el olor a aceite 40, en el sonido de la matraca apretando una tuerca, en la satisfacción de escuchar un motor arrancar parejito. Yo no soy un mueble viejo que se tira. Yo todavía tengo reparación.

El día que me dieron de alta, el cielo estaba gris, de ese gris plomizo que anuncia más frío, pero yo sentía calor por dentro. Beto pasó por mí en su vocho amarillo que sonaba como cafetera vieja. —Ese escape trae fuga —le dije apenas me subí. —Ya sé, tío, ya sé. Ya que estés bien me lo checas —me guiñó el ojo.

El camino al barrio se me hizo corto y largo a la vez. Tenía miedo. ¿Y si solo fue emoción del momento? ¿Y si ahora que regresaba todo volvía a ser igual? ¿El viejo loco de la basura?

Doblamos la esquina de mi calle. Mi corazón empezó a bombear fuerte, como pistón a altas revoluciones.

—Beto… bájale a la velocidad —le pedí.

Ahí estaba mi casa. Mi pequeña fortaleza de estuco despintado. Pero no estaba igual. La banqueta estaba limpia, barrida impecablemente. Y en la entrada de la cochera… Dios mío.

No era basura. Era una fila. Una fila ordenada, casi militar, de objetos. Parecía una sala de espera de hospital, pero de cosas.

Vi una plancha de vapor con el cable mordido. Vi un ventilador de pedestal sin aspas. Vi una silla de madera con una pata rota amarrada con mecate. Vi un carrito de control remoto triste, sin control. Vi una licuadora Osterizer de las clásicas, de esas que pesan una tonelada, sin el vaso.

Beto estacionó el vocho y me ayudó a bajar. Me apoyé en mi bastón nuevo, de cuatro patas, y caminé despacio hacia la entrada. Cada objeto tenía algo pegado. Papelitos de cuaderno, post-its, pedazos de cartón de caja de cereal.

Me acerqué a leer el primero, pegado en un microondas viejo. La letra era temblorosa, de gente mayor. “Don Rogelio, este micro nomás da vueltas pero no calienta. Es lo único que tengo para calentar mis tortillas. Si tiene tiempo, ahí se lo encargo. No hay prisa. Le rezo un Padre Nuestro para que se mejore. – Doña Chonita, la del 14”.

Avancé un paso más. Una nota en tinta rosa pegada en una muñeca que le faltaba un brazo. “Señor Rogelio, mi muñeca se lastimó como usted. ¿La puede curar? Dice mi mamá que usted es doctor de juguetes. Te quiero. – Sofi (5 años)”.

Sentí un nudo en la garganta del tamaño de una tuerca de camión. Mis ojos se nublaron. Seguí leyendo. “Don Rogelio, aquí le dejo mi radio. Se le fue la voz. Quiero escuchar las noticias. Le pago con unos tamales de rajas que le van a encantar. Bienvenido a casa”.

Y entonces, llegué al centro de la fila. Había una podadora de pasto. Una máquina grande, roja, pero vieja y descuidada. Tenía una nota grande, escrita en papel bond blanco, con letra firme pero apresurada.

“Don Rogelio: Fui un idiota. Un ciego y un idiota. Juzgué el libro por la portada y la basura por el empaque. Gracias por arreglar la bici de mi hijo. No tenía derecho a tocarla, pero gracias a Dios lo hizo, porque ver la cara de mi chamaco feliz no tiene precio. Esta podadora no prende desde hace dos años. Iba a tirarla y comprar una nueva a crédito, pero ya entendí la lección. Cuando usted se sienta listo, y solo si usted quiere, ¿me enseña a arreglarla? Yo pongo las refacciones y las cervezas. Y si no quiere verme ni en pintura, lo entiendo. Pero por favor, acepte mis disculpas. Atentamente: Arturo, el vecino bocón de la esquina.”

Me quedé ahí parado, leyendo la nota una y otra vez. El viento frío me movía el pelo ralo, pero no sentía frío. De repente, escuché aplausos. Levanté la vista. En las puertas de las casas, en las ventanas, en las banquetas de enfrente. Estaban ahí. Estaba Marta y Ramiro, sonriendo. Estaba la señora de la tienda. Estaba el chico de los periódicos. Y estaba Arturo, parado en su cochera, con las manos en los bolsillos, mirándome con una mezcla de vergüenza y esperanza.

Levanté mi mano, esa mano llena de manchas de la edad y cicatrices de mil batallas con el metal, y saludé. Arturo sacó la mano del bolsillo y me saludó de vuelta, tímido.

Beto me puso la mano en el hombro. —¿Qué onda, tío? ¿Mucho trabajo?

Me limpié una lágrima traicionera con el puño de la chamarra. —Sí, mijo… —dije, y mi voz sonó fuerte, segura, como hacía años no sonaba—. Parece que el taller “Manos Finas” va a tener que reabrir antes de tiempo. Ayúdame a meter esa podadora primero. Ese motor tiene remedio, nomás está ahogado.

Esa tarde no descansé. Me senté en mi banco de trabajo, con la pierna estirada, y empecé a diagnosticar la plancha de Doña Chonita. Mientras desarmaba la carcasa, me di cuenta de algo importante.

Vivimos en una cultura que nos dice que todo es desechable. Se rompe el celular, compra otro. Se rompe la relación, búscate otra. Se rompe el viejo, mándalo al asilo.

Pero están equivocados. No estamos rotos. Solo estamos desconectados. Solo nos falta mantenimiento. Un poco de grasa en los engranajes, un poco de soldadura en los cables del alma. A veces, lo que parece basura es solo algo que nadie ha tenido la paciencia de entender.

Yo no soy un héroe. No soy rico. Sigo contando las monedas para la luz y sigo tronando los dedos cuando llega el recibo del agua. Pero ahora, cuando salgo a las 2 de la madrugada a mi cochera, ya no es para esconderme. Prendo la luz. Dejo la puerta abierta. Y el sonido de mis herramientas golpeando el metal es la música que arrulla al barrio.

Soy Rogelio. Tengo 74 años. Tengo la cadera remendada y las manos chuecas. Y soy el mecánico de este vecindario. Aquí nada se tira. Aquí todo tiene una segunda oportunidad. Incluso yo.

Me giré hacia la puerta de la cochera porque sentí una sombra. Era Arturo. Traía un six de cervezas en una mano y una caja de herramientas nuevecita en la otra. —Buenas noches, maestro —dijo, quedito, como pidiendo permiso para entrar a un templo. —Pásale, Arturo —le dije, señalando el banco desocupado—. Pásale, que esa podadora no se va a arreglar sola y ya vi que traes el carburador hecho un asco.

Él sonrió, entró y cerró el frío afuera. Nos pusimos a trabajar.

Y así, entre fierros viejos y aceite quemado, el barrio empezó a sanar. Porque al final del día, arreglar cosas es fácil. Lo difícil es arreglar la confianza, y esa noche, apretando tornillos juntos, empezamos la reparación más importante de todas.

PARTE 3: EL LEGADO DE LAS MANOS SUCIAS

Han pasado seis meses desde que mi cochera dejó de ser mi cueva para convertirse en la sala de urgencias más concurrida de la colonia. Seis meses desde que la cadera me tronó contra el pavimento y, de paso, rompió el cascarón de soledad en el que me había metido.

La rutina ahora es otra. Ya no me levanto con ese silencio pesado que se te mete en los oídos cuando vives solo. Ahora, a las siete de la mañana, el aroma a café de olla inunda la cocina, no porque yo lo ponga, sino porque Beto, mi sobrino, se ha tomado muy en serio eso de que “necesito supervisión”. Aunque yo sé que viene más por las gorditas de nata que prepara Doña Marta que por checarme la presión.

Pero el cambio más grande llega a las ocho en punto.

Escucho el motor de un sedán del año estacionarse afuera. Es un carro gris, aburrido, de esos que manejan los licenciados. Se baja Arturo. Ya no trae la bata de dormir con la que me gritaba, ni el dedo acusador. Ahora trae unos pantalones de mezclilla que se nota que compró apenas, porque todavía se ven tiesos, y una playera de algodón que dice “Staff”.

—¡Buenos días, Maestro! —grita desde la entrada, cargando una caja de pan dulce de la panadería “La Esperanza” y un termo gigante.

—Bájale al volumen, Arturo, que vas a despertar al velador —le contesto desde mi banco, limpiando con un trapo una matraca grasosa.

Arturo entra. Se ve raro entre mis fierros viejos. Él es un hombre de oficina, de aire acondicionado y teclados suaves. Sus manos, al principio, eran lisas, rositas, manos de quien nunca ha tenido que pelearse con un tornillo oxidado. Ahora, seis meses después, ya trae un par de callos en la palma y las uñas siempre un poquito negras. Me da gusto verlo así. Significa que está aprendiendo.

—Hoy tenemos casa llena, Don Rogelio —dice, dejando el pan sobre la mesa y poniéndose un mandil de cuero que le queda un poco grande—. La señora del 14 trajo su ventilador, dice que hace un ruido como de “gato atropellado”. Y el muchacho de la carnicería dejó la sierra eléctrica, dice que ya no corta ni el aire.

Sonrío. —Pues órale, a darle que es mole de olla. Tú agarras el ventilador, yo checo la sierra. Acuérdate: primero escucha, luego desarmas. El aparato te dice qué le duele si te callas la boca un rato.

Arturo asiente, solemne. Esa es la lección que más le ha costado. Él venía de un mundo donde todo es “para ayer”, donde si algo falla se tira y se compra el modelo nuevo a meses sin intereses. Aquí no. Aquí hay que tenerle paciencia al fierro. Hay que sobarlo, hay que entender por qué se cansó.

Mientras lo veo luchar quitando la rejilla del ventilador, pienso en lo curioso que es la vida. Hace medio año, este hombre me veía como un “viejito ratero”. Me tenía asco. Y ahora, es mi mano derecha. Bueno, mi mano izquierda, porque todavía es medio torpe, pero le echa ganas.

La verdad es que el taller “Manos Finas” ya no es solo mío. Es del barrio. La fila de objetos que vi aquella mañana que regresé del hospital no se ha acabado; nomás se transforma. A veces pienso que la gente no trae cosas a arreglar por necesidad, sino por pretexto.

Vienen, dejan una licuadora que solo necesita un empaque nuevo, y se quedan dos horas platicando. Se sientan en los botes de pintura vacíos que habilitamos como bancos. Me cuentan que al hijo lo corrieron de la prepa. Me cuentan que el marido anda bebiendo otra vez. Me cuentan que la pensión no llega. Y yo escucho. Mis manos arreglan el motor, pero mis oídos arreglan, o al menos alivian, un poquito el alma.

—Oiga, Don Rogelio —me dice Arturo, sacándome de mis pensamientos. Está sudando, y eso que apenas son las nueve—. Este tornillo está barrido. No sale. Ya le eché aflojatodo y nada. ¿Lo rompo?

Me levanto despacito. La cadera ya no duele como perro rabioso, pero sí como perro viejo que muerde cuando cambia el clima. Camino hacia él, apoyándome en mi bastón de cuatro patas.

—A ver, quítate —le digo, pero sin regañar—. No seas atrabancado. Si lo rompes, echas a perder la carcasa y entonces sí, ventilador muerto.

Tomo el desarmador. Mis dedos, chuecos por la artritis, encuentran su posición natural en el mango de la herramienta. Es memoria muscular. —Mira, Arturo. No es fuerza. Es maña. Le das un golpecito seco primero, pa’ que despierte. Así. —¡Pum! Le doy con el mango. —Y luego, presionas fuerte hacia abajo mientras giras despacio. Como si estuvieras abriendo una caja fuerte, no un frasco de mayonesa.

El tornillo cede con un crick satisfactorio. Arturo me mira como si acabara de hacer magia. —No sé cómo le hace, Maestro. Yo siento que tengo manos de mantequilla.

—Tienes manos de impaciente, que es peor —le digo, regresándole el desarmador—. Pero vas mejorando. La semana pasada hubieras aventado el ventilador contra la pared.

Nos reímos. El ambiente en la cochera es ligero, huele a grasa, a café y a camaradería. Pero esa paz estaba a punto de ponerse a prueba con el reto más grande que nos había tocado hasta ahora.

Fue un martes. Lo recuerdo bien porque los martes pasa el de la basura y siempre me da un vuelco el corazón al ver el camión, recordando mis noches de “pesca” clandestina. Llegó Doña Chonita. La misma que me dejó la nota en el microondas aquella vez. Pero ahora no traía un electrodoméstico pequeño. Traía una cara de angustia que le colgaba hasta el suelo. Detrás de ella venían sus dos hijos, cargando a duras penas una pieza de metal enorme, pesada, llena de rodillos y cadenas.

—Don Rogelio… —dijo Chonita, y se le quebró la voz—. Se murió.

—¿Quién se murió, Chona? —pregunté espantado, persignándome.

—La máquina, Don Rogelio. La tortilladora. El corazón de mi negocio.

Sentí un escalofrío. En este barrio, la tortillería de Doña Chonita no es un negocio; es una institución. De ahí comen tres generaciones. Si esa máquina se para, no solo no hay tortillas calientes para la comida; no hay ingreso para la familia de Chona, ni para las dos muchachas que le ayudan a despachar.

—¿Qué le pasó? —pregunté, acercándome al monstruo de metal que habían depositado en el centro de mi cochera.

—Tronó —dijo uno de los hijos, limpiándose el sudor—. Estaba sacando la masa y de repente se oyó como un balazo, y luego puro humo negro. El técnico de la marca vino hace rato. Dice que se quemó el motor central y que se rompió el eje de transmisión.

—¿Y luego? —preguntó Arturo, metiéndose en la plática.

—Dijo que ya es modelo viejo. Que ya no hay refacciones. Que necesito comprar una nueva. —Chonita se soltó a llorar—. Una nueva cuesta ochenta mil pesos, Don Rogelio. Yo no tengo ni diez mil ahorrados. Si no la arreglo, cierro.

El silencio en la cochera se puso denso. Ochenta mil pesos. Eso es una fortuna en nuestra colonia. Es la diferencia entre comer y no comer. Arturo y yo nos miramos. Él tenía los ojos abiertos, espantado por la cifra. Yo miré la máquina. Era una Celorio vieja, de esas guerreras de los años 80. Fierro colado, nada de plástico.

—Déjenmela —dije.

—Don Rogelio, el técnico dijo que es basura… —sollozó Chonita.

—El técnico es un vendedor con uniforme, Chona —la interrumpí, con ese tono que usaba cuando regañaba a los ayudantes en el taller hace treinta años—. A ver, muchachos, ayúdenme a subirla a la mesa de trabajo reforzada. Arturo, trae la lámpara grande y saca el juego de llaves inglesas, las grandes.

Cuando Chonita y sus hijos se fueron, con una velita de esperanza prendida en los ojos, Arturo me miró preocupado. —Maestro… ¿neta la vamos a armar? Yo no sé nada de máquinas industriales. Y usted… bueno, su espalda.

—Mi espalda aguanta, Arturo. Lo que no aguanta es ver a la Chona perder su patrimonio por una pieza rota. Además, tú vas a ser mis brazos esta vez. Yo voy a ser el cerebro. ¿Jalas o te rajas?

Arturo se ajustó el mandil. Se vio nervioso, pero decidido. —Jalo, Don Rogelio. Jalo.

Fueron tres días de infierno. Desarmar esa bestia fue como pelear con un dinosaurio. Cada tuerca estaba soldada por años de masa y calor. Tuvimos que usar soplete, aflojatodo industrial y mucha, mucha palanca. El diagnóstico fue peor de lo que pensábamos. El eje no solo estaba roto; estaba pulverizado en una sección. Y el embobinado del motor estaba negro, achicharrado.

—No hay manera de conseguir este eje —dijo Arturo al segundo día, revisando en su celular—. Busqué en Mercado Libre, en eBay, en huesarios industriales. Nada. Tenía razón el técnico.

Yo estaba sentado, masajeándome la pierna. El frío del suelo me estaba cobrando factura. Me dolía hasta el alma, pero no podía decirle a Arturo. Si yo flaqueaba, él se caía. —No busques la pieza, Arturo. Créala.

—¿Qué?

—No vamos a encontrar un eje original. Pero podemos adaptar uno. ¿Te acuerdas de la flecha de la camioneta Ford que trajo el del gas la semana pasada? La que cambiamos porque estaba “chueca”?

—Sí… está en el montón de chatarra.

—Tráela. Vamos a ver si el diámetro coincide. Y si no, la llevamos con el Torno de Don Pepe para que la rebaje.

Los ojos de Arturo brillaron. Esa es la chispa del mecánico: la creatividad de la pobreza. Cuando no tienes para comprar, tienes que inventar. Fuimos al torno. Don Pepe nos cobró barato porque era para la Chona. Regresamos con un eje adaptado, una “mexicanada” dirían los puristas, pero una obra de arte para nosotros.

El problema real fue el motor. Rebobinar un motor de ese tamaño es trabajo de chinos. Hay que tener paciencia de santo y vista de águila. Y mis ojos, aunque “todavía sirven”, ya se cansan. Y mis manos tiemblan.

—Arturo, vas a tener que hacerlo tú —le dije, poniéndole el rollo de alambre de cobre enfrente.

—¡No manchen, Don Rogelio! Si lo hago mal, hace corto y quemamos la instalación de la Chona.

—Pues no lo hagas mal. Mira, yo te guío. Vuelta por vuelta. No tengas miedo. El miedo es el que hace que te tiemble la mano.

Pasamos la noche en vela. Yo sentado en mi banco, con los ojos rojos de sueño, dictando instrucciones. —Cuidado ahí, no tenses tanto… eso, suave… ahora cruza… Arturo sudaba la gota gorda. Se quitó la camisa, se puso una toalla en el cuello. Parecía un cirujano operando a corazón abierto. A las cuatro de la mañana, Arturo dejó caer las pinzas. —Acabé.

El motor se veía decente. No perfecto, pero decente. —Vamos a probarlo en vacío —dije. Conectamos la corriente. Arturo cerró los ojos. Yo contuve la respiración. Bajó el switch. Zumbido. Un zumbido constante, fuerte, pero estable. El eje giraba sin bailar.

—¡Jala! —gritó Arturo, saltando como niño chiquito—. ¡Jala, Maestro!

Nos abrazamos. Olíamos a sudor, a grasa y a encierro, pero fue el abrazo más sincero que he dado en años. Arturo, el vecino “fresa”, el que me juzgaba, estaba ahí, celebrando que habíamos revivido un pedazo de fierro.

Pero la victoria nos duró poco. Al intentar montar el motor de regreso en la estructura, mi cuerpo dijo “basta”. Hicimos fuerza para levantarlo. Sentí un piquete caliente en el pecho y luego todo se puso negro por un segundo. Se me doblaron las piernas.

—¡Don Rogelio!

Desperté en el suelo. Otra vez en el suelo, carajo. Qué costumbre tan fea estoy agarrando. Arturo estaba pálido, abanicándome con un cartón. Beto estaba entrando corriendo por la puerta (seguro Arturo le llamó).

—Estoy bien, estoy bien —dije, tratando de levantarme, pero no tenía fuerzas.

—Ni madres que está bien —dijo Arturo, y por primera vez lo escuché decir una grosería con ganas—. Está hirviendo en fiebre, Don. Y se puso pálido como papel. Beto, ayúdame a subirlo al carro, vamos al hospital.

—¡No! —grité, sacando fuerzas de la terquedad—. ¡No voy a ningún hospital! Es cansancio, nada más. Y el azúcar que se me bajó. Denme una Coca y un gansito y se me pasa.

—Tío, por favor… —suplicó Beto.

—Escúchenme bien. —Los miré a los dos—. Si me llevan al hospital, me van a dejar internado tres días. Y la Chona necesita su máquina mañana. Si no abren mañana, pierden el contrato con los restaurantes de la zona.

Arturo se quedó callado. Sabía que tenía razón. —Hagamos un trato —dijo Arturo, muy serio—. Usted se va a su cama ahorita mismo. Beto se queda a cuidarlo. Yo termino de armar la máquina.

—Tú solo no vas a poder, Arturo. Es mucho peso.

—Entonces llamo refuerzos. Pero usted no toca un tornillo más hoy. ¿Trato?

Lo miré a los ojos. Ya no vi duda. Vi determinación. Ese hombre ya no era un aprendiz. —Trato. Pero si oigo un ruido raro, bajo en calzones a arreglarlo.

Me llevaron a mi cuarto. Me tomé mis medicinas y caí rendido. Pero no pude dormir profundo. Entre sueños, escuchaba ruidos en la cochera. No era solo Arturo. Escuchaba la voz de Ramiro Salgado. Escuchaba las risas del hijo de Arturo. Escuchaba murmullos, golpes metálicos, y el arrastrar de herramientas.

Me desperté cuando el sol ya estaba alto. Me sentía atropellado, pero la fiebre había bajado. Me puse mis huaraches y salí despacito al patio. Lo que vi me dejó mudo.

La máquina de tortillas estaba armada. Brillaba de limpia. Y alrededor de ella, dormidos en sillas, en el suelo, sobre cartones, estaba mi “equipo”. Arturo dormía con la cabeza recargada en la mesa de trabajo. Ramiro Salgado roncaba en una silla de playa. Hasta el hijo de Arturo, el de la bicicleta que arreglé, estaba dormido en el asiento del vocho de Beto. Y en la cocina, Doña Marta y la esposa de Arturo estaban preparando café en silencio.

Arturo abrió un ojo cuando escuchó mi bastón. Se levantó de un salto, tallándose la cara. —Maestro… ¿cómo sigue?

—Mejor que ustedes, por lo que veo —sonreí—. ¿Jaló?

Arturo sonrió. Una sonrisa de oreja a oreja. —No la hemos prendido con masa. Lo estábamos esperando. Doña Chona llega en diez minutos con la masa.

Poco a poco, todos se fueron despertando. El taller parecía campamento de refugiados, pero con un ambiente de fiesta. Doña Chonita llegó con sus hijos y dos cubetas de masa de maíz nixtamalizado. —¿Están listos? —preguntó, con las manos juntas, rezando.

Me acerqué a la máquina. La revisé. Los tornillos estaban apretados al llegue correcto. La banda tenía la tensión justa. El cableado estaba peinado y aislado con cinta de la buena. Miré a Arturo y le cedí el lugar frente al interruptor. —Es todo tuyo, compañero. Tú la curaste.

Arturo tragó saliva. Su mano tembló un poquito, pero Ramiro le dio una palmada en la espalda. —Dale, vecino. Sin miedo.

Arturo accionó la palanca. El motor rugió. No tosió, no carraspeó. Rugió con potencia. Los rodillos empezaron a girar. —¡Echen la masa! —gritó Arturo, emocionado.

El hijo de Chona vació la cubeta en la tolva. Todos contuvimos el aliento. La masa bajó, pasó por los rodillos cortadores… Y entonces, el sonido más hermoso del mundo para un mexicano hambriento: Clap… clap… clap… Las tortillas empezaron a caer en la banda transportadora, perfectamente redondas, humeantes, cociditas.

—¡Salió! —gritó Doña Marta. Chonita se abrazó a la máquina (con cuidado de no quemarse) y luego se abrazó a Arturo. —¡Gracias, gracias, gracias! —lloraba.

Arturo me miró por encima del hombro de Chonita. Tenía los ojos vidriosos. Yo solo levanté el pulgar. “Manos Finas”, pensé. Ese muchacho tiene manos finas y corazón grande.

Esa tarde, hubo fiesta en la calle. No planeada, de esas que salen solas. Doña Chona regaló kilos de tortillas. Doña Marta hizo guisado de chicharrón en salsa verde. Arturo puso las cocas y las cervezas. Sacaron bocinas. Alguien puso cumbias.

Yo me senté en mi silla de siempre, en la entrada de la cochera, viendo el borlote. Me sentía cansado, sí. Mis huesos viejos me recordaban que ya no tengo veinte años. Pero miraba a mi alrededor. Miraba la bicicleta del hijo de Arturo recargada en la pared, esa que yo rescaté de la basura. Miraba la estufita de los Salgado que ahora seguramente estaba guardada esperando el invierno, pero que sirvió para unirnos. Miraba a Arturo explicándole a otro vecino cómo funciona un carburador, moviendo las manos igualito que yo.

Me di cuenta de que mi miedo en el hospital era una tontería. Pensaba que si ya no servía para trabajar, me tirarían a la basura. Pero en este barrio, aprendimos la lección más importante.

Aquí no se tira nada. Si algo se rompe, se arregla. Si alguien se cae, se levanta. Si alguien está solo, se le acompaña.

Se acercó Arturo con dos tacos de chicharrón y una cerveza. Se sentó en el suelo, a mi lado, sin importarle ensuciarse los pantalones de marca. —Oiga, Don Rogelio —me dijo, mordiéndole al taco—. Estaba pensando… esa lavadora que trajeron ayer, la Whirlpool… creo que es la transmisión, pero nunca he abierto una de esas. ¿Cree que mañana me pueda enseñar?

Le di un trago a mi cerveza. Estaba bien fría. —Mañana es domingo, Arturo. Los domingos se descansa.

—Ándele, Don. Nomás un ratito. Es que la señora dice que tiene un montonal de ropa sucia de sus chamacos.

Suspiré, pero por dentro me reía. Ya le había picado el gusanito. Ya no había vuelta atrás. —Está bueno. Pero tú invitas la barbacoa en la mañana.

—Hecho.

Nos quedamos ahí, viendo cómo el sol se metía detrás de los tinacos de las casas. El taller de “Los Corazones Rotos” ahora tenía sucursal. Y lo más importante, tenía relevo. Ya no me preocupa qué pasará cuando mis manos dejen de responder o cuando mis ojos se apaguen. Porque dejé mi mejor reparación en las manos de Arturo, y en el corazón de esta cuadra.

Soy Rogelio. Fui el viejo loco de la basura. Fui el mecánico solitario. Ahora soy el Maestro. Y mi taller siempre está abierto. Porque mientras haya algo roto, habrá una excusa para juntarnos, para platicar, y para recordarnos que, con un poco de paciencia y cariño, todo… absolutamente todo, tiene arreglo.

Aquí tienes la conclusión de la historia, escrita en primera persona con el estilo, modismos y extensión solicitados.

PARTE FINAL: MAÑANA SIEMPRE HAY ARREGLO

El tiempo tiene una forma curiosa de pasar cuando uno está ocupado. Antes, mis días se median en los suspiros que daba sentado frente a la televisión apagada, esperando a que anocheciera para salir a mi ronda de basura. Ahora, el tiempo se mide en proyectos, en kilos de soldadura, en litros de café y en las carcajadas que rebotan en las paredes de mi cochera.

Han pasado ya dos años desde aquella noche en que la tortilladora de Doña Chonita volvió a la vida. Dos años que parecen veinte por todo lo que hemos vivido. Si alguien me hubiera dicho a mis setenta y cuatro que a los setenta y seis iba a ser el director no oficial de una escuela de oficios callejera, me hubiera reído en su cara hasta que se me saliera la dentadura. Pero aquí estamos.

El letrero cuelga orgulloso sobre la entrada de la cochera. No es un letrero de neón ni una lona impresa en Office Depot. Es una tabla de madera gruesa, de esas que aguantan tormentas, lijada y barnizada por el hijo de Arturo, y pintada con letras chuecas pero coloridas por los niños de la cuadra: “TALLER COMUNITARIO: MANOS FINAS Y AMIGOS”.

Abajo, en letras más chiquitas, alguien (sospecho que fue Doña Marta) le agregó: “Aquí se arreglan cosas y se curan penas”.

Hoy es sábado. Los sábados son sagrados en el barrio. No porque no se trabaje, sino porque se trabaja en bola. Desde temprano, la calle frente a mi casa se cierra con unos botes naranjas que nos “prestó” un primo del de los periódicos que trabaja en Obras Públicas. Ya no pasan carros. La calle se vuelve peatonal, se vuelve nuestra.

Salgo al porche con mi taza de peltre humeando. El frío de la mañana todavía cala, pero ya no me congela los huesos como antes. Quizás es porque traigo una chamarra nueva, un regalo de Navidad de los vecinos, forrada con borrega por dentro. O quizás es porque ya no siento ese frío interno, ese que da la soledad.

—¡Buenos días, Abuelo Rogelio! —me grita Sofi, la niña de la muñeca rota, que ahora ya tiene siete años y le faltan los dos dientes de enfrente.

—Buenos días, chaparra. ¿Qué traes ahí? —le pregunto, señalando la caja de cartón que arrastra.

—Es el tostador de mi tía Lupe. Dice que avienta el pan como si fuera misil.

Suelto una risotada. —Ah, caray. Pues pásaselo al equipo de “Electrodomésticos Menores”. A ver si el Arturo ya llegó, que se me hace que se le pegaron las sábanas.

Pero Arturo ya está ahí. Siempre está ahí. Es increíble ver la transformación de ese hombre. Si ustedes lo vieran ahorita, no creerían que es el mismo licenciado estirado que me gritaba en bata. Trae unos pantalones de mezclilla llenos de manchas de aceite que ya no se quitan ni con cloro, unas botas de casquillo que le regalé en su cumpleaños y, lo más importante, trae una paciencia que yo creo que ni él sabía que tenía.

Está rodeado de cuatro adolescentes. Son los “chavos banda” de la otra cuadra, esos a los que la gente les sacaba la vuelta porque se la pasaban grafiteando y buscando pleito. Ahora, están ahí, con la cabeza metida en el motor de un Tsuru viejo que estamos restaurando para rifarlo en la kermés de la iglesia.

—A ver, Kevin, fíjate bien —le dice Arturo, con voz calmada, señalando el distribuidor—. Si conectas los cables en desorden, el motor va a toser peor que fumador de dos cajetillas. Tienes que seguir el orden de encendido. Uno, tres, cuatro, dos. Repítelo.

—Uno, tres, cuatro, dos —repite el muchacho, limpiándose la grasa de la frente con el antebrazo, dejando una mancha negra que luce como pintura de guerra.

Me siento en mi silla de siempre, la del cojín ortopédico. Ya no meto tanto las manos como antes. La artritis ha avanzado, es una enemiga silenciosa que no descansa, y hay días en que mis dedos parecen garras de pájaro que no quieren obedecer. Pero mis ojos… mis ojos siguen siendo el escáner de calidad.

—Ese carburador está entrando aire, muchachos —les grito desde mi trono—. Escuchen el silbido. Fiuuu, fiuuu. Tienen que cambiar la junta de la base.

Arturo levanta la cabeza y me sonríe. —Oído de tísico, Maestro. Ya escucharon al jefe. A desmontar otra vez.

La mañana transcurre entre el sonido de las matracas, las cumbias que pone el vecino de enfrente y el olor a carbón que empieza a salir del anafre de Doña Chonita. Porque eso sí, aquí el que trabaja no pasa hambre. Chonita se ha auto-nombrado la proveedora oficial de calorías del taller. Gorditas, tacos de canasta, quesadillas de flor de calabaza; lo que sobre de su venta de la mañana, termina en la mesa plegable de mi cochera.

Pero hoy no es un sábado cualquiera. Hoy se siente una vibra diferente en el aire. Hay nerviosismo. Hay expectativa. Llevamos tres meses trabajando en “El Gran Proyecto”.

Todo empezó porque el parque de la colonia, ese pedazo de tierra seca con dos columpios oxidados al final de la calle, estaba en tinieblas. El municipio vino, puso unas lámparas solares chinas de esas baratas, y a la semana ya no servían. La oscuridad trajo problemas: parejitas haciendo cosas que no deben, gente tirando basura, inseguridad.

En una de nuestras juntas vecinales (que ahora hacemos en mi cochera con café y pan), Ramiro Salgado levantó la mano. —Oigan, pues si ya arreglamos licuadoras, lavadoras y hasta el Tsuru… ¿por qué no arreglamos el parque?

Se hizo un silencio. Arreglar un parque sonaba a palabras mayores. —¿Y con qué dinero, Ramiro? —preguntó Arturo, siempre el realista—. Necesitamos postes, cableado, focos de los buenos. Eso es lana que no tenemos.

Yo estaba limando una llave cuando se me prendió el foco. O más bien, se me vino a la mente el montón de chatarra que teníamos acumulado en el patio trasero de mi casa y en las azoteas de los vecinos. —No necesitamos comprar nada nuevo —dije, y todos voltearon a verme—. Vivimos en la era del desperdicio, muchachos. ¿Cuántas baterías de carro viejas nos han traído que todavía aguantan media vida? ¿Cuántos alternadores de coche tenemos ahí arrumbados? ¿Cuántos tubos de PVC sobraron de cuando arreglaron el drenaje?

Arturo me miró, entornando los ojos, calculando. Ya pensaba como ingeniero de la calle. —Usted dice… ¿hacer un sistema eólico?

—O mecánico —respondí—. Algo que los chamacos puedan usar. Que jueguen y generen luz.

Así nació la idea de “Los Giratorios de Luz”. El plan era una locura: construir unos rehiletes gigantes y unos sube-y-baja conectados a alternadores de coche, que cargaran un banco de baterías durante el día (con ayuda de unos paneles solares viejos que donó una fábrica que cerró), para iluminar el parque en la noche.

Llevamos doce sábados soldando, cortando, pintando y peleándonos con la física. Y hoy… hoy es la instalación.

—¡Don Rogelio, ya llegó la camioneta de Don Pepe! —grita Beto, mi sobrino, que se ha vuelto el gerente de logística del taller.

Salgo a la banqueta. Don Pepe, el del torno, viene llegando en su camioneta de redilas. Atrás trae las estructuras. Son tubos de fierro viejo, soldados y pintados de colores brillantes: amarillo, azul, rojo. Se ven toscos, se ven pesados, pero se ven hermosos porque cada soldadura tiene el sudor de un vecino.

—¡Vámonos, tropa! —grita Arturo, aplaudiendo para llamar la atención de todos—. ¡Dejen ese Tsuru, ahorita lo terminamos! ¡Todos al parque!

La procesión es digna de ver. Adelante va la camioneta con las estructuras. Atrás vamos nosotros. Arturo y Beto cargando las cajas de herramientas. Los chavos banda cargando los rollos de cable y las baterías recuperadas (que pesamos y rellenamos con ácido nuevo nosotros mismos). Doña Marta y Chonita con las hieleras de agua de jamaica. Los niños corriendo con las palas y los picos. Y yo… yo voy al final, caminando despacio con mi bastón, pero con el pecho inflado como pavo real.

Llegamos al parque. El sol del mediodía cae a plomo, pero a nadie le importa. —A ver, Ramiro, tú y los muchachos empiecen a cavar los hoyos para las bases —ordena Arturo, desplegando un plano dibujado en una cartulina—. Tienen que tener al menos cincuenta centímetros de profundidad o se nos cae el changarro con el primer ventarrón.

Yo me siento en una banca de concreto bajo la única sombra de un árbol mezquite medio seco. Desde ahí superviso. Es mi función. Soy el control de calidad, el Pepe Grillo de la mecánica.

—¡Ese cemento está muy aguado! —les grito cuando veo que están haciendo la mezcla—. ¡Échenle más grava, que amarre!

El trabajo es duro. Veo a Arturo con el pico, rompiendo la tierra seca y dura del norte. Lo veo sudar, jadear, pero no para. Me acuerdo de la primera vez que lo vi en mi cochera, hace años, quejándose de que me iba a denunciar. “Míralo ahora”, pienso. “Está construyendo su propio barrio”.

Se me acerca el hijo de Arturo, el pequeño Luis. Ya tiene doce años. Trae una llave inglesa en la mano. —Oiga, Don Rogelio… —¿Qué pasó, mijo? —Mi papá dice que cuando sea grande voy a ser ingeniero mecatrónico. ¿Usted cree que sí pueda? Lo miro. Tiene grasa en la nariz y las manos raspadas. —Mijo, tú ya eres ingeniero. Nomás te falta el título. Lo que estás haciendo hoy, conectar ese circuito, entender cómo la energía mecánica se vuelve eléctrica… eso no te lo enseñan en los libros con tanta claridad como te lo enseña el callo en la mano. Al niño le brillan los ojos y se va corriendo a ayudar a su papá.

La tarde cae y el cielo se pinta de naranja y morado. Esos atardeceres de mi tierra que parecen incendios en el cielo. Las estructuras están montadas. Los rehiletes giran con el viento suave. Los sube-y-baja están conectados al sistema de engranajes que rescatamos de unas lavadoras viejas. Falta la prueba de fuego.

El sistema es sencillo: los niños juegan, los ejes giran, los alternadores cargan las baterías, y cuando un sensor de fotocelda (que sacamos de una lámpara de jardín rota) detecta oscuridad, se prenden los focos LED (que sacamos de unas tiras de iluminación navideña y faros de niebla).

Todo es basura. Todo es desecho. Pero ahí está, parado y pintado, esperando su momento de gloria.

—Ya está oscureciendo —dice Ramiro, limpiándose las manos en el pantalón—. ¿Creen que jale? —Tiene que jalar —dice Arturo, aunque noto el temblor en su voz—. Revisamos el voltaje tres veces.

La oscuridad empieza a tragarse el parque. Las sombras de los árboles se alargan. Nos quedamos en silencio. Un silencio expectante, sagrado. Hasta los grillos parecen callarse para ver qué pasa. Un minuto. Dos minutos. Nada.

Siento un hueco en el estómago. Escucho un murmullo de decepción entre los vecinos que se han acercado a ver. —A lo mejor la fotocelda está sucia —dice Beto, acercándose a revisarla. —A lo mejor conectamos mal el negativo —susurra Kevin.

Yo me levanto de la banca. Me cuesta trabajo, las rodillas me truenan. Me acerco a la caja de control, una caja metálica que antes era un gabinete de medidor de luz. Saco mi desarmador pequeño, el que siempre traigo en la bolsa de la camisa, cerca del corazón. Abro la tapa. Mis ojos viejos, acostumbrados a trabajar en la penumbra, ven el problema de inmediato. Un pequeño cable, el de tierra de la fotocelda, está haciendo falso contacto. Se soltó con la vibración de la instalación.

—Nadie respira —digo en voz baja. Con la punta del desarmador, empujo el cablecito a su lugar y aprieto el tornillo prisionero. Media vuelta. Click.

En ese instante, como si Dios hubiera chasqueado los dedos, el parque se inunda de luz. No es una luz amarilla y triste. Es una luz blanca, potente, brillante. Los faros LED, montados en la parte alta de los rehiletes, iluminan la cancha de fútbol, los columpios, las bancas.

—¡AHHHH! —el grito es unísono. Es un grito de gol en la final del mundial. Los niños corren a los sube-y-baja. Empiezan a subir y bajar como locos. —¡Miren, miren! —grita Luis—. ¡El amperímetro sube! ¡Estamos generando luz!

La gente aplaude. Se abrazan. Veo a Arturo abrazando a su esposa, levantándola del suelo. Veo a Chonita repartiendo tamales como si no hubiera un mañana. Veo a los chavos banda chocando las manos con los señores mayores.

Y yo… yo me quedo parado junto a la caja de control, acariciando la tapa metálica. Siento una mano en mi hombro. Es Arturo. Tiene los ojos llenos de lágrimas, reflejando las luces que acabamos de encender. —Lo hicimos, Maestro. —No, Arturo —le corrijo, señalando a la multitud—. Ellos lo hicieron. Nosotros nomás apretamos los tornillos.

Esa noche no regresé temprano a casa. Me quedé sentado en el parque, viendo cómo la vida regresaba a ese lugar que antes estaba muerto. Vi parejas caminando de la mano bajo la luz que salió de nuestra basura. Vi niños jugando fútbol sin miedo a pisar vidrios o a que les saliera alguien de la oscuridad.

Me puse a pensar en Carmen, mi vieja. “Mira nomás, viejo terco”, me imaginé que me decía. “Tanto que te quejabas de que ya no servías, y mira el relajo que armaste”. Miré al cielo, más allá de los focos LED, hacia las estrellas de verdad. —Ahí la llevamos, vieja —susurré—. Ahí la llevamos.

Las semanas siguientes fueron más tranquilas. El taller seguía operando, pero yo empecé a notar algo. Me cansaba más rápido. Antes aguantaba hasta las diez de la noche; ahora a las siete mis ojos se cierran solos. Mis manos, mis fieles compañeras, a veces se quedan trabadas en una posición y tengo que masajearlas con aceite caliente para que reaccionen.

No me asusta. Es el desgaste natural de la máquina. Como mecánico, sé que todas las piezas tienen una vida útil. Puedes rectificar el motor, cambiar los empaques, poner aceite nuevo… pero al final, el metal se fatiga. Y eso está bien. Lo importante es haber funcionado bien mientras duró la carrera.

Un martes por la tarde, estaba solo en la cochera. Arturo se había ido temprano porque era aniversario con su esposa. Beto estaba en sus clases. Estaba organizando mi caja de herramientas especial. Esa caja de madera vieja donde guardo mis tesoros: la llave 10mm que nunca se pierde, el calibrador de mi abuelo, el multímetro analógico que nunca falla.

Escuché pasos. Levanté la vista. Era Arturo. Había regresado. —¿Qué pasó? ¿Te corrieron de tu casa o qué? —bromeé. Arturo no se rió. Entró despacio, con las manos en los bolsillos. Se veía serio, pero en paz. —Se me olvidó decirle algo, Don Rogelio.

Se sentó en el banco frente a mí. —¿Qué rompiste ahora? —pregunté, haciéndome el enojado. —Nada. Solo… quería darle las gracias. —Uy, qué formal. Ya me las diste, muchacho. Ya hasta hicimos un parque. —No, Don. Gracias de verdad. —Arturo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas—. Usted no sabe, pero antes de todo esto… antes de que usted se cayera y yo viera la estufa… yo estaba muy mal. Me quedé callado, escuchando. —Estaba endeudado hasta el cuello —continuó—. Sentía que mi vida era pura apariencia. Compraba cosas para sentirme mejor, pero al día siguiente me sentía igual de vacío. Mi hijo no me hablaba. Mi esposa y yo éramos dos extraños viviendo en la misma casa. Yo era basura, Don Rogelio. Basura brillante, pero basura.

Tragué saliva. Nunca me había hablado así. —Y usted… usted me recogió. —Se le quebró la voz, pero no lloró—. Usted me enseñó que no importa qué tan oxidado estés, si te tienes paciencia y te quitas el miedo, puedes volver a funcionar. Usted no solo arregló mi bici o la máquina de Chona. Usted arregló a mi familia.

Sentí un nudo en la garganta del tamaño de un pistón. —Arturo… —empecé a decir, pero él me interrumpió. —Déjeme terminar, porque si no lo digo ahorita, no lo voy a decir nunca. Sé que usted se cansa. Sé que le duelen las manos. Lo veo cuando cree que nadie lo ve. Me miró directo a los ojos. —Quiero que sepa que el taller no se va a cerrar. Nunca. El día que usted… el día que usted decida retirarse a descansar, yo voy a seguir. Y Luis va a seguir. Y los chavos banda van a seguir. El legado de las “Manos Finas” se queda aquí.

Me quedé mirando mis manos. Esas manos llenas de manchas, cicatrices, uñas chuecas y piel curtida. Siempre pensé que mis manos estaban sucias. Que eran manos de pobre, manos de obrero, manos que la gente “de bien” no quería tocar. Pero Arturo las miraba como si fueran de oro.

Me levanté despacito, abrí mi caja de madera y saqué algo que tenía guardado desde hace mucho. Era mi matraca de trinquete, marca Craftsman, hecha en Estados Unidos en los años 60. Cromada, pesada, indestructible. La herramienta que ha estado conmigo en cada reparación importante de mi vida.

—Ten —le dije, extendiéndosela. Arturo la miró como si le estuviera dando el Santo Grial. —Don Rogelio… no puedo… esa es su favorita. —Exacto. Por eso te la doy. Una herramienta no sirve si está guardada en una caja. Tiene que estar en manos que trabajen. Y tus manos, Arturo… —le tomé la mano derecha y le puse la matraca en la palma, cerrando sus dedos sobre el metal frío—… tus manos ya son finas. Ya saben escuchar al fierro.

Arturo apretó la herramienta. Asintió, incapaz de hablar. —Ahora vete con tu mujer, que te va a matar si llegas tarde a la cena —le dije, dándole una palmada en la espalda para romper el momento sentimental antes de que yo me pusiera a llorar como magdalena.

Él sonrió, se levantó y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se volteó. —Buenas noches, Maestro. —Buenas noches, compañero.

Me quedé solo en la cochera. Pero ya no se sentía vacía. Las paredes estaban llenas de herramientas colgadas, cada una con su silueta pintada para que los niños supieran dónde van. Había fotos pegadas en el tablero: la foto de la inauguración del parque, la foto de la primera comunión de Sofi, la foto de Chonita abrazada a su tortilladora.

Apagué la luz principal. Solo quedó prendida la pequeña lámpara de mi mesa de trabajo, creando un círculo cálido en medio de la oscuridad. Caminé hacia la puerta para cerrar. Miré hacia la calle. Vi las luces del parque a lo lejos, brillando firmes. Vi la bicicleta de un vecino recargada en un poste, esperando turno para mañana. Vi una bolsa de basura en la esquina. Antes, hubiera corrido a ver qué tenía adentro. Ahora, sonreí. Ya no necesito hurgar en la basura. Ya encontré lo que buscaba. Encontré que la verdadera reparación no es cambiar piezas. Es cambiar la forma en que miramos lo que está roto.

Vivimos en un mundo que nos dice que cuando algo falla, ya no sirve. Que cuando alguien envejece, estorba. Que cuando cometes un error, eres desechable. Pero aquí, en mi barrio, en mi taller, sabemos la verdad. Sabemos que el óxido se lija. Que los cables se soldan. Que los huesos sueldan. Y que los corazones, por más rotos que estén, siempre, siempre tienen arreglo si hay alguien dispuesto a ensuciarse las manos para repararlos.

Soy Rogelio. Tengo 76 años. Soy mecánico. Soy vecino. Soy amigo. Y mientras me quede un soplo de aliento, aquí estaré. Con la puerta abierta y la grasa lista. Porque en esta vida, nada es basura. Todo es un proyecto esperando su segunda oportunidad.

Cerré el portón de la cochera. El chirrido de las bisagras sonó como música. —Mañana —me dije a mí mismo mientras apagaba la última luz—. Mañana le echamos aceite a esa bisagra.

Me fui a dormir, y por primera vez en cuarenta años, no soñé con máquinas rotas. Soñé con un parque lleno de luz. Y dormí como un bebé, sabiendo que, pase lo que pase, el taller se queda en buenas manos.

Fin

BTV

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