Mis hermanos y yo buscábamos quien nos ayudara a levantar el rancho, pero terminamos protegiendo a cuatro hermanas idénticas de un hombre poderoso que jura que le pertenecen. Ahora, mi casa es una fortaleza.

El problema comenzó en el momento en que esa vieja camioneta de pasajeros entró rugiendo a nuestro rancho, levantando una nube de polvo rojo tan espesa que se tragó todo el camino. Mis tres hermanos y yo nos quedamos parados hombro con hombro en el pórtico, con esos nervios apretados en el estómago que sienten los hombres cuando saben que su vida está a punto de cambiar para siempre.

Soy Beto, el mayor. A mis 30 años, cargo con el peso de este rancho sobre la espalda. Fue mi idea escribir a la agencia en la capital; necesitábamos mujeres que pudieran construir un hogar y darnos un futuro. Pero viendo llegar ese vehículo, sentí que había cometido el error más grande de mi vida.

A mi lado, Fito, el encantador, se movía inquieto, jalándose el cuello de la camisa como si el sol del norte hubiera duplicado su calor. Omar, el estudioso, apretaba un libro bajo el brazo, temiendo que su prometida viera nuestro tosco rancho y diera media vuelta. Y Rafa, el más chico, casi rebotaba de esperanza, soñando con una sonrisa suave.

El motor se apagó con un gemido pesado. El chofer gritó: “¡Entrega especial para los Dalton!”.

—¡Cuatro de ellas! —murmuré, frunciendo el ceño. Solo esperábamos tres hoy; la mía no debía llegar hasta el mes siguiente.

Di un paso para reclamar, pero la puerta se abrió. Bajó la primera, dulce y suave, tal como Rafa la soñó. Luego otra, elegante y curiosa, que dejó a Omar sin aliento. La tercera bajó con pasos firmes y mirada de halcón, y vi a Fito sonreír.

Pero entonces, una cuarta figura apareció en la puerta.

Era la mayor. Tenía el cabello oscuro y se mantenía erguida, como una mujer que ha cargado más de lo que le toca pero se niega a doblarse. Me miró directo a los ojos, desafiante. Cuando se alinearon, la verdad nos golpeó: tenían los mismos pómulos, el mismo orgullo silencioso. Eran hermanas.

—Señorita —dije, encontrando mi voz—, hubo un malentendido. Esperábamos tres mujeres, no…

—No hay malentendido —me cortó ella con calma—. Soy Elena. Ellas son mis hermanas. Vimos la oportunidad de permanecer juntas y la tomamos.

Traté de protestar, pero ella me lanzó una mirada tan cansada y honesta que me congeló.

—Solo necesitamos tiempo —susurró, y vi el miedo real detrás de su valentía. Estaban huyendo de algo, o de alguien.

Miré sus pocas maletas. Toda su vida empacada en unos cuantos baúles. Sabía que aceptar esto era buscarme problemas, pero no soy hombre de echar a nadie a la calle.

—Bajen las cosas —ordené, sintiendo un peso nuevo en el pecho—. Hablaremos luego.

No sabía entonces que el diablo venía pisándoles los talones y que pronto tendría que defender mi casa con algo más que palabras.

¿QUIERES SABER QUÉ OCURRIÓ CUANDO LLEGÓ EL HOMBRE QUE LAS PERSEGUÍA?

PARTE 2: LA LLEGADA DE LAS CUATRO: UNA CASA LLENA DE SECRETOS Y SUSPIROS

La puerta de la casa grande se cerró detrás de nosotros, pero el silencio que siguió fue más pesado que los costales de alimento que cargo cada mañana. Éramos ocho personas paradas en la sala principal, un espacio que hasta hace unas horas olía a tabaco viejo, cuero y soledad de hombres solteros. Ahora, con esas cuatro mujeres ahí, el aire se sentía eléctrico, cargado de un perfume floral que chocaba violentamente con nuestro olor a sudor y campo.

—No tenemos cuartos para todas —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Me quité el sombrero, pasándome la mano por el cabello, sintiendo la mirada de Elena clavada en mi nuca como un picahielo.

Mis hermanos parecían haber perdido la capacidad del habla. Rafa, el menor, miraba a la chica de ojos dulces —la que bajó primero— como si acabara de ver a la Virgen de Guadalupe en persona. Ella, tímida, abrazaba su bolso contra el pecho, devolviéndole una mirada fugaz antes de bajar los ojos al suelo de madera gastada.

—Nos acomodaremos —dijo Elena, dando un paso al frente. Su voz no pedía permiso, informaba. Era una voz acostumbrada a resolver desastres—. Mis hermanas y yo podemos compartir la habitación que sea. No somos exigentes. Solo necesitamos un techo y… seguridad.

Esa última palabra flotó en el aire. Seguridad.

—Aquí no hay lujos, señorita —intervino Omar, ajustándose los lentes, tratando de recuperar su compostura de hombre letrado frente a la segunda hermana, la de porte elegante—. Esto es un rancho de trabajo. El pueblo más cercano está a cuarenta minutos de terracería y la señal de celular va y viene cuando le da la gana al viento.

La hermana elegante, a la que luego conocería como Isabel, recorrió la sala con la vista. Sus ojos se detuvieron en los escasos libros de Omar apilados en una mesa rancia. No hubo burla en su mirada, sino una especie de alivio curioso.

—La soledad nos viene bien —dijo Isabel, con una voz suave pero firme—. Y el trabajo no nos asusta.

—Hablen por ustedes —resopló la tercera, la que tenía fuego en los ojos. Cruzó los brazos sobre el pecho, desafiando a Fito con la mirada. Fito, que nunca se quedaba callado, sonrió de medio lado, esa sonrisa de sinvergüenza que solía derretir a las muchachas del pueblo.

—Pues aquí hay mucha chamba para quien quiera entrarle, güera —le soltó Fito, probándola.

—No soy “güera”, soy Lucía —respondió ella, seca—. Y apuesto a que aguanto más jornada que tú con esas botas boleadas de domingo.

Fito soltó una carcajada, sorprendido y encantado. Ahí supe que mi hermano estaba perdido. Esa mujer lo iba a traer cortito, y por primera vez, sentí una punzada de miedo no por la seguridad del rancho, sino por los corazones de mis hermanos. Eran buenos hombres, pero ingenuos. Estas mujeres… estas mujeres traían armadura bajo la ropa.

—Basta —ordené, recuperando el mando—. Rafa, lleva a las señoritas al cuarto de huéspedes. Van a tener que dormir dos en la cama y dos en catres por ahora. Fito, ve al granero y trae los catres de campaña. Omar, ayúdame a mover los muebles.

Elena no se movió mientras sus hermanas obedecían. Se quedó ahí, parada frente a mí, mientras el alboroto de las maletas y los pasos llenaba la casa.

—Necesitamos hablar de dinero —dijo ella en voz baja, para que los demás no oyeran—. Sé que la agencia cobró por tres. Yo soy la cuarta. No tengo para pagar mi estancia, pero sé trabajar. Sé cocinar, coser, administrar y curar heridas. No seré una carga.

La miré detenidamente. Tenía ojeras profundas que el maquillaje barato no lograba esconder. Sus manos, aunque cuidadas, tenían callos pequeños en las palmas. Manos de quien ha tenido que aferrarse a algo para no caer.

—No quiero tu dinero, Elena —le dije, usando su nombre por primera vez. Se sintió extraño en mi lengua, demasiado íntimo—. Pero quiero la verdad. Dijiste que necesitaban tiempo. ¿Tiempo para qué? ¿Quién las busca?

Ella tensó la mandíbula. Un destello de terror puro cruzó sus ojos oscuros, pero lo aplastó en un segundo.

—Un hombre que no acepta un “no” por respuesta —dijo, críptica—. Un hombre con poder en el sur. Pero aquí… aquí nadie sabe quiénes somos. Si nos deja quedarnos, le prometo que trabajaremos hasta pagar cada centavo de lo que comamos. Solo le pido… le ruego, que no haga preguntas que no pueda contestar.

Quise presionarla. Mi instinto me gritaba que las subiera a la camioneta y las dejara en la estación de autobuses más cercana. Mi rancho ya tenía suficientes problemas con la sequía y las deudas como para sumarle una vendetta ajena. Pero entonces recordé la mirada de Rafa, la sonrisa estúpida de Fito, y la curiosidad de Omar. Y, maldita sea mi suerte, vi el temblor casi imperceptible en las manos de Elena.

—Tienen un mes —sentencié, duro—. Un mes de prueba. Si veo una sola señal de problemas, si veo un coche extraño rondando, se van. ¿Entendido?

Ella asintió, soltando el aire que había estado conteniendo.

—Entendido, patrón.

Ese “patrón” me supo a vinagre, pero no dije nada. Me di la vuelta y salí al pórtico, necesitaba aire. Necesitaba pensar en qué demonios me había metido.

LA PRIMERA NOCHE: SUSURROS EN LA OSCURIDAD

La cena fue el evento más incómodo en la historia de la familia Dalton.

Habitualmente, nuestras cenas eran rápidas: frijoles, carne seca, tortillas frías y hablar de vacas, cercas o el precio del forraje. Comíamos directo de la olla a veces, de pie o sentados donde cayera.

Esa noche, sin embargo, la mesa estaba puesta.

Sofía —la dulce— había encontrado unos manteles que ni yo sabía que mi madre había guardado en el fondo de algún cajón antes de morir. Había flores silvestres en un frasco de mermelada vacío al centro de la mesa. Y el olor… Dios, el olor a fideo seco y salsa de molcajete recién hecha me hizo salivar desde el pasillo.

Nos sentamos los cuatro hombres a un lado y las cuatro mujeres al otro, como si fuera un duelo del viejo oeste.

Rafa no podía comer. Se pasaba el rato pasándole las tortillas a Sofía, sirviéndole agua, ofreciéndole la sal antes de que ella la pidiera. Sofía sonreía, ruborizada, y comía con bocados pequeños, como pajarito.

—Está muy bueno el guiso —dijo Omar, rompiendo el silencio, mirando a Isabel—. ¿Usted lo preparó?

—Lo hicimos entre todas —respondió Isabel con elegancia, limpiándose la comisura de los labios—. Pero la sazón es de Elena. Ella aprendió de nuestra abuela en Michoacán.

—Michoacán… —murmuré, probando el dato. Estaban lejos de casa. Muy lejos.

—Es tierra caliente —dijo Fito, guiñándole un ojo a Lucía—. Con razón tienen el carácter fuerte.

Lucía rodó los ojos, pero vi que escondía una sonrisa mordiendo su tortilla.

—Y ustedes, ¿siempre han vivido aquí solos? —preguntó Elena, ignorando el coqueteo de los demás y dirigiéndose a mí. Ella siempre iba al grano.

—Desde que murieron nuestros padres, hace diez años —respondí—. Yo tenía veinte. Tuvimos que aprender a la mala.

—Se nota —dijo ella, mirando alrededor de la casa, notando las grietas en el yeso, las cortinas descoloridas y el polvo acumulado en las esquinas altas—. A esta casa le falta mano de mujer. Se siente… triste.

—Se siente como una casa de trabajo —repliqué a la defensiva—. No tenemos tiempo para adornos.

—El cuidado no es adorno, Beto —dijo ella suavemente. Fue la primera vez que usó mi nombre. Sonó diferente a como lo decían mis hermanos. Sonó a reto y a comprensión al mismo tiempo—. Es dignidad.

Me quedé callado, concentrándome en mi plato. Tenía razón, y eso me molestaba más que si me hubiera insultado.

Esa noche, acostado en mi cama, escuchaba los ruidos de la casa vieja. Las vigas crujían como siempre, el viento silbaba por las ventanas mal selladas. Pero había sonidos nuevos. Susurros en la habitación de al lado. El sonido de agua corriendo. Pasos ligeros.

Me levanté a las tres de la mañana, incapaz de dormir. Mi mente daba vueltas sobre las finanzas. Cuatro bocas más. Cuatro mujeres que no sabían lo duro que era el norte. ¿Qué íbamos a hacer si se enfermaban? ¿Si se cansaban? Y peor aún… ¿qué iba a hacer yo con el hombre que las perseguía?

Salí al pórtico con mi rifle, una costumbre vieja de cuando los coyotes bajaban a buscar a los becerros. Me senté en la mecedora, con el arma sobre las piernas, mirando la oscuridad del desierto.

—¿Tampoco puede dormir?

Salté, agarrando el rifle por instinto. Elena estaba parada en la puerta mosquitera, envuelta en un rebozo oscuro sobre su camisón. Se veía fantasmagórica bajo la luz de la luna llena.

—No deberías andar sigilosa por una casa ajena —le regañé, bajando el arma—. Aquí se dispara primero y se pregunta después.

—Lo tendré en cuenta —dijo ella, abriendo la puerta y saliendo al frío de la madrugada. Se abrazó a sí misma—. ¿Es siempre así de grande el cielo aquí?

—Siempre. Te hace sentir pequeño, ¿verdad?

—Me hace sentir expuesta —confesó ella, mirando las estrellas—. Donde vivíamos, los árboles tapaban el cielo. Aquí no hay dónde esconderse.

—Esa es la ventaja —dije, mirándola de reojo—. Si alguien viene, lo ves a kilómetros de distancia. El polvo lo delata.

Ella se giró hacia mí, apoyándose en el barandal de madera. El viento le movió el cabello, y por un momento, vi a la mujer detrás de la protectora. Vi la tristeza infinita en su rostro.

—¿Por qué aceptó? —preguntó—. Podría habernos corrido. Nadie lo hubiera culpado.

—Mis hermanos —dije simple—. Hace años que no veía a Rafa sonreír así. Y a Fito… le hacía falta alguien que le parara el carro. Omar necesita alguien con quien hablar que no sea un libro.

—¿Y usted? —preguntó ella, directa—. ¿Qué necesita Beto?

La pregunta me golpeó en el pecho. ¿Qué necesitaba yo? Descanso. Paz. Dejar de preocuparme un solo maldito día. Pero no le iba a decir eso a una extraña.

—Yo necesito que el rancho produzca —dije secamente—. Y necesito que mañana, a las cinco, estén listas. Si se quedan, trabajan. Aquí no hay reinas.

—Estaremos listas —prometió ella. Y luego, antes de entrar, añadió—: Gracias, Beto. Buenas noches.

Me quedé solo en el pórtico, con el olor a su perfume todavía flotando en el aire frío, preguntándome si acababa de firmar mi sentencia de muerte o si, por primera vez en diez años, algo bueno estaba pasando en este lugar olvidado de Dios.

DÍAS DE FUEGO Y ESPINAS

La primera semana fue un infierno, pero no del tipo que yo esperaba.

Pensé que se quejarían. Pensé que llorarían cuando se les rompieran las uñas o cuando el sol del mediodía les quemara la piel. Me equivoqué.

Esas mujeres eran de roble.

Rafa y Sofía se encargaron del huerto y los animales pequeños. Yo solía pensar que el huerto trasero estaba muerto, tierra estéril donde solo crecían hierbas malas. A los tres días, Sofía lo tenía limpio. A la semana, había brotes verdes. Rafa la seguía como un perrito faldero, cargando las cubetas de agua, arreglando la cerca para que las liebres no entraran. Los escuchaba reírse mientras trabajaban. Una risa limpia, inocente. Sofía tenía una mano mágica con las gallinas; hasta el gallo viejo que picaba a todos se dejaba agarrar por ella. Rafa me dijo una noche, con los ojos brillantes: “Hermano, ella canta cuando riega las plantas. Nunca había oído nada tan bonito”.

Omar e Isabel eran otro cantar. Isabel no era de ensuciarse las manos con tierra, pero tenía una mente afilada como navaja. El segundo día, encontró el libro de contabilidad del rancho sobre mi escritorio. Me puse furioso cuando la vi revisándolo. —¡Nadie te dio permiso de tocar eso! —le grité. Ella no se inmutó. Se ajustó los lentes (que había sacado de quién sabe dónde) y me señaló una columna. —Estás perdiendo dinero en el forraje, Beto. El proveedor te está cobrando un 15% más que el precio de mercado del pueblo vecino. Y tus cuentas de la venta de ganado del mes pasado no cuadran, te faltan trescientos pesos. Me quedé mudo. Omar, desde la esquina, sonreía orgulloso. —Ella estudió administración, Beto —dijo él—. Déjala que nos ayude. Es más lista que nosotros dos juntos. Desde ese día, Isabel tomó el control de la casa y los números. La oficina, que antes era un chiquero de papeles, se convirtió en un centro de operaciones. Y Omar… Omar encontró a alguien que había leído los mismos libros que él. Los veía en las tardes, sentados en el pórtico, debatiendo sobre historia o política mientras desgranaban maíz.

Fito y Lucía eran la guerra. Literalmente. Lucía insistió en ayudar con el ganado. Fito se rió y le dio el caballo más manso. Ella lo miró con desprecio, se fue al corral y sacó a “Diablo”, un potro que apenas estábamos domando. —¡No! —gritó Fito corriendo hacia ella—. ¡Te va a matar! Lucía ya estaba arriba. El caballo reparó, bufó, saltó. Ella se aferró a las crines, apretó las piernas y le habló al oído al animal con una furia y una dulzura extrañas. El caballo se calmó. Cuando bajó, llena de polvo y sudor, le tiró las riendas a Fito. —El caballo no es malo —dijo, sacudiéndose los pantalones—. Solo necesita mano firme, no que le tengan miedo. Fito se quedó con la boca abierta. Desde ese momento, la tensión entre ellos era tan fuerte que saltaban chispas. Se peleaban por todo: por cómo reparar la cerca, por qué ruta tomar para el pastoreo. Pero vi cómo Fito la miraba cuando ella no se daba cuenta. La miraba con respeto. Y con un hambre que me preocupaba.

¿Y yo? Yo tenía a Elena. Y Elena era mi dolor de cabeza. Ella quería hacer todo. Limpiaba la casa, cocinaba, lavaba la ropa ajena, y encima quería ayudarme a reparar el granero. —No necesito tu ayuda —le decía yo, subido en la escalera, martillando una viga podrida. —No seas necio —decía ella desde abajo, pasándome los clavos—. Si te caes, ¿quién me va a proteger de los coyotes? —Sé cuidarme solo. —Nadie se cuida solo, Beto. Eso es una mentira que se dicen los hombres para sentirse fuertes. Teníamos estas discusiones a diario. Pero poco a poco, empezamos a desarrollar un ritmo. Ella sabía cuándo alcanzarme el agua sin que yo la pidiera. Yo empecé a dejar mis botas sucias afuera para no ensuciarle el piso que acababa de trapear. Una tarde, mientras arreglábamos el motor de la bomba de agua, me corté la mano. Un tajo feo con un metal oxidado. Sangraba mucho. —¡Déjame ver! —ordenó ella, tomando mi mano entre las suyas sin asco. Sacó un pañuelo de su bolsillo y me hizo un torniquete experto. —Necesita puntos —dijo, examinando la herida—. Tengo aguja e hilo en mi costurero. Y alcohol. —No voy a dejar que me cosas como a un calcetín —gruñí. —Cállate y camina —me ordenó. Sentados en la cocina, con la luz de la tarde entrando dorada por la ventana, ella me cosió la mano. Sus dedos eran firmes pero suaves. Sentí su respiración cerca de mi brazo. Olía a jabón y a tortillas. —¿Dónde aprendiste esto? —pregunté, tratando de ignorar el dolor y la cercanía de su cuerpo. —La vida te enseña —dijo ella sin levantar la vista—. Mi padre… él se metía en peleas. Yo tenía que curarlo para que mamá no se diera cuenta. —¿Tu padre vive? Ella se detuvo un segundo. La aguja quedó suspendida en el aire. —Murió hace un año. Nos dejó solas. Y con deudas. Deudas con la gente equivocada. Ahí estaba. La primera pieza del rompecabezas. —¿El hombre que las busca… es por una deuda? Ella terminó el último punto y cortó el hilo con los dientes. —Ojalá fuera solo dinero, Beto —me miró a los ojos, y vi una tristeza tan profunda que me dieron ganas de abrazarla—. Él quiere cobrar la deuda con nosotras. Conmigo, principalmente. Quería… quería hacerme su mujer a la fuerza. Y repartir a mis hermanas entre sus hombres como si fueran ganado. Sentí una furia fría subirme por la espalda. Apreté el puño sano sobre la mesa. —Eso no va a pasar —dije, y mi voz sonó como un gruñido—. No mientras estén bajo mi techo. Elena me puso una mano en el hombro. Su tacto quemaba. —Es un hombre poderoso, Beto. Tiene gente, camionetas, armas. Tú solo tienes un rifle viejo y tres hermanos que nunca han disparado a nada más grande que un conejo. —No me conoces, Elena. No sabes de lo que soy capaz por defender lo que es mío. Ella retiró la mano lentamente, ruborizada por la implicación de mis palabras. —¿Somos tuyas? —preguntó en un susurro. —Son mi responsabilidad —corregí rápido, carraspeando—. Mientras vivan aquí.

LA VISITA INESPERADA

Pasaron tres semanas. El rancho estaba cambiando. Las ventanas brillaban, la comida era caliente, y mis hermanos andaban rasurados y con camisas limpias. Había risas en la cena. Había vida.

Pero la sombra seguía ahí.

Un martes, cerca del mediodía, estaba con Fito y Lucía reparando la cerca norte, la que da a la carretera principal. El sol caía a plomo. De repente, vimos una camioneta negra, polarizada, avanzando lento por la carretera. No era de ningún vecino. Las camionetas de aquí son viejas, ruidosas y están llenas de polvo. Esta brillaba como un escarabajo negro.

Lucía se congeló. Soltó las pinzas de alambre y se puso pálida como un papel. —Es él —susurró—. O uno de sus hombres. Fito reaccionó al instante. Se puso delante de ella, tapándola con su cuerpo. —Vete al arroyo —le ordenó Fito, con una voz seria que nunca le había escuchado—. Escóndete entre los carrizos. ¡Corre! Lucía no discutió. Salió corriendo agachada hacia la hondonada.

La camioneta se detuvo a unos metros de nosotros. Bajó el vidrio del copiloto. Un tipo con gafas oscuras y una cicatriz en la mejilla nos miró. —Buenas tardes, amigos —dijo. Su acento no era del norte. Era del sur, arrastrado y pesado. —Buenas —respondí secamente, con la mano cerca de mi cuchillo al cinto. —Andamos buscando a unas muchachas. Cuatro hermanas. Se dice que vinieron para estos rumbos en un camión de pasajeros. ¿Han visto algo? Sentí el sudor frío bajándome por la espalda. Miré a Fito. Estaba tenso como un arco, pero mantenía la cara de póker. —Aquí no viene nadie —dije, escupiendo al suelo—. Solo coyotes y cobradores. Y no queremos a ninguno de los dos. El tipo se rió. Una risa seca. —Qué simpático el ranchero. Miren bien, amigos. Si las ven, hay recompensa. Y si las esconden… hay problemas. Se quedó mirándonos unos segundos eternos, tratando de leer algo en nuestras caras. Yo mantuve la mirada, sosteniendo el odio y el miedo en equilibrio. —Que les vaya bien —dije. El tipo subió el vidrio y la camioneta arrancó, levantando polvo.

Esperamos hasta que desapareció en el horizonte. Fito se dejó caer al suelo, temblando. —Están cerca, Beto. Saben que están por aquí. Fui a buscar a Lucía al arroyo. La encontré hecha bolita entre las hierbas, llorando en silencio. Cuando me vio, se levantó y me apuntó con una piedra, como si fuera un arma, hasta que me reconoció. —Ya se fueron —le dije suavemente. Ella se derrumbó en mis brazos. Era la primera vez que tocaba a una de las hermanas que no fuera Elena. Temblaba como un pajarito. —Tenemos que irnos —sollozó—. Los vamos a matar a todos si nos quedamos. —No —dije, levantándola—. Vamos a casa. Tenemos que prepararnos.

EL CONSEJO DE GUERRA

Esa noche no hubo cena alegre. Reuní a todos en la sala. Cerré las cortinas y puse la tranca en la puerta. Les conté lo de la camioneta. El silencio fue sepulcral. Sofía empezó a llorar bajito y Rafa la abrazó, mirándome con desesperación. —Nos vamos mañana —dijo Elena, poniéndose de pie. Su cara era una máscara de dolor—. No voy a permitir que les hagan daño por nuestra culpa. Empaquen, hermanas.

—¡Siéntate! —gritó Omar. Todos nos sorprendimos. Omar nunca gritaba—. No se van a ir a ningún lado. Si salen a la carretera, las van a cazar como a conejos. ¿Crees que esa camioneta se fue? Deben estar vigilando los caminos. —Tiene razón —dijo Fito, limpiando su revólver viejo con un trapo—. Si salen, están muertas. Y peor que muertas.

Elena nos miró a todos, uno por uno. —¿Y qué proponen? ¿Qué nos quedemos aquí a esperar a que vengan y quemen su rancho? —Que nos quedemos y peleemos —dije yo.

Me levanté y fui al armario de armas. Saqué la escopeta de mi padre, el rifle de cacería y dos pistolas viejas. Las puse sobre la mesa. —Este es nuestro hogar —dije, mirando a mis hermanos y a las mujeres que, en solo tres semanas, le habían dado sentido a estas cuatro paredes—. Y ustedes ahora son parte de este hogar. En el norte, la familia no se abandona.

Isabel se levantó y tomó una de las pistolas. La sopesó en su mano con una naturalidad que me asustó. —Yo sé disparar —dijo tranquila—. Nuestro padre nos enseñó antes de morir. Sabía que este día llegaría. Lucía se secó las lágrimas y tomó el rifle. —Yo tengo mejor puntería que tú, Fito —dijo con una media sonrisa triste. —Eso ya lo veremos —respondió él, chocando su hombro con el de ella.

Miré a Elena. Ella estaba llorando, pero no de miedo. Lloraba de gratitud. —Beto… nos van a matar. —Entonces moriremos defendiendo lo que vale la pena —le dije, acercándome a ella. Le tomé la cara con mis manos callosas. Su piel era suave y caliente—. Elena, no voy a dejar que te lleven. Primero me tienen que pasar por encima.

Ella se inclinó hacia mi mano y cerró los ojos. —Eres un tonto, Beto Daltón. —Soy un hombre enamorado de un problema —respondí, y la besé.

Fue un beso torpe, desesperado, con sabor a sal y a miedo. Pero fue el beso que selló nuestro destino. Cuando nos separamos, mis hermanos nos miraban. Nadie dijo nada, pero todos entendieron.

—Bien —dije, recuperando el aliento y el mando—. Este es el plan. Omar, tú e Isabel revisen las provisiones. Necesitamos agua y comida para resistir un asedio si es necesario. Fito, tú y Lucía van a reforzar las ventanas y las puertas traseras. Rafa, tú y Sofía preparen el sótano de las tormentas, por si tenemos que esconderlas ahí. Yo y Elena vamos a patrullar el perímetro y a poner trampas.

—¿Trampas? —preguntó Sofía asustada. —Trampas —confirmé—. Si quieren entrar a este rancho, van a tener que sangrar para lograrlo.

LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA

Pasaron dos días más de silencio tenso. El rancho se convirtió en una fortaleza. Nadie dormía más de dos horas seguidas.

El tercer día, al atardecer, el cielo se puso de un rojo sangre, como si presagiara lo que venía. Estaba en el techo de la casa con los binoculares, vigilando el camino. Elena subió con dos tazas de café. Se sentó a mi lado en las tejas calientes. —¿Crees que vengan hoy? —preguntó. —Es noche sin luna —dije—. Si yo fuera ellos, vendría hoy. Les gusta la oscuridad.

Bebimos el café en silencio, viendo cómo el sol se moría en el horizonte. —Si salimos de esta… —empezó ella. —Cuando salgamos de esta —corregí. —Cuando salgamos de esta… me gustaría plantar un jardín aquí enfrente. Rosas. Y bugambilias. Para tapar un poco el polvo. —Me gustan las bugambilias —dije—. Crecen con poca agua y tienen espinas. Como nosotros.

De repente, vi el polvo. No era una camioneta. Eran tres. Venían rápido, sin luces, cortando el desierto como tiburones en el agua. El corazón se me detuvo un segundo y luego arrancó a galope.

—Elena —dije, bajando los binoculares—. Ve abajo. Diles que ya vienen. Apaguen todas las luces. Que Rafa lleve a Sofía al sótano. Tú toma la escopeta y cuida la retaguardia. Ella me agarró del brazo. —Ten cuidado, Beto. —Ve —le ordené.

Ella bajó corriendo. Escuché sus gritos de advertencia abajo. “¡Ya vienen! ¡A sus puestos!”. Me quedé en el techo un momento más, cargando mi rifle. Tres camionetas. Al menos doce hombres. Nosotros éramos cuatro granjeros y cuatro mujeres valientes. Las matemáticas no estaban a nuestro favor, pero nosotros teníamos algo que ellos no: teníamos algo que perder. Ellos peleaban por dinero y lujuria. Nosotros peleábamos por amor y por vida.

La primera camioneta rompió la cerca de madera de la entrada con un crujido estruendoso que resonó en todo el valle. Las luces de los faros se encendieron de golpe, iluminando la fachada de la casa. Escuché una voz amplificada por un altavoz.

—¡Salgan, ratitas! ¡Sabemos que están ahí! ¡Entréguenlas y nadie tiene que morir hoy!

Apunté con mi rifle hacia el conductor de la primera camioneta. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire seco de mi tierra. —Bienvenidos al infierno —susurré.

Y jalé el gatillo.

El parabrisas de la camioneta estalló. El caos se desató. La batalla por el Rancho Daltón había comenzado. Y yo sabía que, pasara lo que pasara, si moría esa noche, moriría como un hombre completo. Porque por fin tenía algo por lo que valía la pena morir.

PARTE 3: EL ASEDIO DE SANGRE Y LA NOCHE INTERMINABLE EN EL RANCHO DALTON

El estallido del parabrisas de la primera camioneta no fue el final de la tensión, sino el inicio de una sinfonía de horror que jamás imaginé escuchar en las tierras que mi padre me dejó. El vidrio no cayó como lluvia, sino que explotó hacia afuera y hacia adentro, acompañado de un grito ahogado que fue devorado instantáneamente por el rugido de los motores y el primer trueno de respuesta.

Me tiré al suelo de las tejas calientes del techo, rodando hacia la protección de la chimenea de piedra apenas una fracción de segundo antes de que el aire donde había estado mi cabeza fuera ocupado por una ráfaga de plomo. Las balas mordieron el adobe y la madera vieja de mi casa, levantando astillas que se clavaron en mi mejilla como agujas de fuego.

—¡Abajo! —grité, aunque Elena ya no estaba en el techo conmigo; había bajado a cumplir mis órdenes. Estaba solo allá arriba, con el cielo sin luna como único testigo y el rifle de cacería apretado contra mi pecho, sudando frío a pesar del calor retenido por la cantera.

Abajo, el infierno se desató. Esos hombres no eran pandilleros de esquina; sabían lo que hacían. Las tres camionetas se abrieron en abanico. La que tenía el parabrisas roto se echó en reversa, chocando contra un mezquite, mientras hombres armados saltaban de las cajas de las otras dos, buscando cobertura detrás de los neumáticos y los troncos secos.

Desde mi posición, cargué de nuevo. El cerrojo del rifle hizo ese sonido metálico, clack-clack, que tantas veces había escuchado cazando venados, pero que ahora sonaba a sentencia de muerte. Busqué un objetivo. Un destello de boca de cañón cerca del granero. Respiré, contuve el aire, y disparé. No supe si le di, pero el disparo los obligó a agachar la cabeza.

—¡Beto! —la voz de Fito subió desde la ventana del primer piso. Sonaba eufórico y aterrado a la vez—. ¡Están tratando de rodearnos por el corral de las chivas!

—¡No dejes que se acerquen a la casa! —bramé, asomándome apenas para soltar otro disparo a ciegas para mantenerlos a raya—. ¡Lucía, mantén los ojos abiertos!

Recordé las palabras de Lucía horas antes: “Tengo mejor puntería que tú”. Rogué al cielo que no fuera solo bravuconería de mujer orgullosa. De repente, el sonido seco y rítmico del rifle que le había dado a Lucía resonó desde la planta baja. Fue un disparo limpio, seguido de un grito de dolor allá afuera en la oscuridad.

—¡Le di! —gritó ella, con una mezcla de triunfo y horror en la voz—. ¡Le di en la pierna!

—¡No te confíes! —le gritó Fito, seguido de dos disparos rápidos de su revólver.

Me deslicé por el techo hasta la claraboya que daba al pasillo de la planta alta y me dejé caer adentro, aterrizando con un golpe sordo sobre la madera. Necesitaba ver cómo estaban los demás. La casa estaba a oscuras, tal como ordené, pero los destellos de los disparos de afuera iluminaban la sala como relámpagos de una tormenta seca.

En la sala, encontré a Omar e Isabel. Estaban agazapados detrás del sofá pesado de cuero, que habían volteado para usar de barricada. Omar tenía una de las pistolas viejas en la mano, y temblaba tanto que el cañón repiqueteaba contra el suelo. Isabel, en cambio, estaba a su lado, con la otra pistola, pálida como un fantasma, pero con los ojos fijos en la puerta principal.

—Están disparando a las ventanas —dijo Isabel, su voz carente de emoción, puramente analítica—. Están probando nuestra resistencia. Quieren que gastemos munición.

—No disparen a menos que vean una sombra tratando de entrar —les ordené, gateando hacia ellos—. Omar, escúchame. —Le agarré el hombro y él saltó—. Respira. Si entran, tú eres la última línea de defensa para las mujeres. ¿Entiendes? Tienes que dejar de temblar.

—No… no puedo, Beto —tartamudeó, ajustándose los lentes con la mano libre. —Nunca he disparado a un hombre. He leído sobre guerras, pero esto… esto huele a pólvora y a miedo.

—Isabel —miré a la hermana elegante, la que había tomado el control de los libros de contabilidad —. Si él se congela, tú tomas el arma.

Ella asintió, una sola vez, seca. —Mi padre nos enseñó. No fallaré.

Dejé la sala y corrí agachado hacia la cocina, que daba al patio trasero. Ahí estaba Elena. Había arrastrado la mesa pesada de roble contra la puerta trasera y estaba apostada en una rendija de la ventana, con la escopeta de mi padre apoyada en el alféizar.

—¿Estás bien? —pregunté, acercándome a ella. Ella se giró. En la penumbra, sus ojos brillaban con esa fiereza que había visto el primer día. —Están callados atrás —susurró—. Demasiado callados. Creo que están planeando algo.

—Es una táctica —dije, revisando que la puerta estuviera bien atrancada—. Hacen ruido enfrente para que descuidemos la espalda.

En ese momento, un estruendo sacudió la casa. No fue un disparo. Fue algo más pesado golpeando la pared lateral, cerca de donde estaba el comedor. El polvo del techo cayó sobre nosotros como harina vieja.

—¿Qué fue eso? —preguntó Elena, apretando la escopeta.

—Un marro. O están tratando de tirar la pared —dije—. ¡Fito! ¡Informe!

—¡Están en el porche lateral! —gritó Fito desde la otra habitación—. ¡Están rompiendo las tablas!

Corrí hacia allá, con Elena pisándome los talones. Al entrar al comedor, vi astillas volando. Alguien estaba golpeando las tablas que Fito y Lucía habían clavado en las ventanas. Veía las siluetas de dos hombres a través de las rendijas, iluminados por las luces de sus propias camionetas.

—¡A un lado! —le grité a Lucía, que estaba tratando de apuntar a través de las tablas.

Me lancé al suelo y disparé a través de la madera, a la altura de las rodillas. El rifle pateó fuerte contra mi hombro. Escuché alaridos y maldiciones. El golpeteo se detuvo y escuché pasos corriendo, alejándose de la casa.

—¡Cobardes! —gritó Lucía, con el pecho agitado, el cabello revuelto pegado a la frente por el sudor. Fito la miraba con la boca abierta, la misma expresión que tuvo cuando la vio domar al caballo “Diablo”.

—No son cobardes, Lucía —dije, poniéndome de pie y recargando—. Son listos. Están buscando puntos débiles. Y acaban de encontrar uno. Esas ventanas no aguantarán otro asalto.

De repente, el tiroteo cesó. El silencio cayó sobre el rancho como una manta pesada y asfixiante. Era peor que el ruido. En el ruido sabes dónde está la muerte; en el silencio, la muerte está en todas partes.

—¿Por qué pararon? —preguntó Omar desde la sala, su voz temblorosa resonando en el pasillo.

—Están recargando —dijo Isabel—. O están escuchando.

Me acerqué a la ventana rota del frente, pisando cristales. Me pegué a la pared y miré de reojo. Las luces de las camionetas se habían apagado. Todo era negrura, salvo por las estrellas indiferentes allá arriba.

—¡Dalton! —la voz del hombre del altavoz volvió a sonar. Ahora sonaba más enojada, menos burlona—. ¡Te acabas de ganar un boleto al panteón, ranchero! ¡Mataste a uno de mis primos!

Sentí un nudo en el estómago. Había matado a un hombre. No era la primera vez que quitaba una vida —había sacrificado ganado enfermo, coyotes, víboras—, pero un hombre… la sensación era un peso frío en el alma. Pero luego recordé la amenaza de Elena: repartir a mis hermanas como ganado. El peso desapareció, reemplazado por acero.

—¡Lárguense y nadie más tiene que morir! —grité de vuelta, mi voz rasgando la noche—. ¡Aquí no hay nada para ustedes!

—¡Entrégame a Elena y a las muchachas! —respondió la voz—. ¡Sabemos que están ahí! ¡Esos culos son míos, yo pagué por las deudas de su padre!

Sentí a Elena tensarse a mi lado. Puse mi mano sobre su brazo. Estaba temblando, no de miedo, sino de rabia.

—¡Aquí no se debe nada! —respondí—. ¡Y en esta tierra, el que entra sin invitación, sale con los pies por delante!

Una risa áspera respondió desde la oscuridad. —Muy valiente, ranchero. A ver si eres igual de valiente cuando tu casa se convierta en una hoguera.

—Fuego —susurró Beto para sí mismo—. Van a usar fuego.

Me giré hacia mis hermanos y las hermanas. Sus caras, manchadas de hollín y miedo, me miraban esperando una solución. Yo era el mayor. Yo era el “patrón”. Tenía que tener una respuesta.

—Escuchen todos —dije en voz baja pero urgente—. Van a intentar quemarnos. Necesitamos agua. Todas las cubetas, las ollas, lo que sea. Rafa…

Me detuve. No había visto a Rafa.

—¿Dónde está Rafa? —pregunté, sintiendo el pánico subir por mi garganta.

—Está en el sótano con Sofía —dijo Elena—. Tú les dijiste que fueran allá.

—¡Sácalos! —ordené—. Si prenden fuego a la casa y ellos están abajo, el humo los va a asfixiar antes de que se quemen. ¡Tráelos aquí, ahora!

Elena corrió hacia la puerta del sótano en la cocina. Mientras tanto, escuché el sonido inconfundible de líquido chapoteando contra las paredes exteriores. Olía a gasolina. El hedor químico penetró las ventanas rotas, mezclándose con el olor a pólvora.

—¡Gasolina! —gritó Fito—. ¡Están rociando el porche!

—¡Omar, Isabel, a la cocina por agua! —grite—. ¡Fito, Lucía, cúbranme! Voy a salir.

—¡Estás loco! —gritó Lucía, agarrándome del brazo—. ¡Te van a acribillar!

—Si prenden esa gasolina, nos morimos todos, Lucía —le dije, soltándome de su agarre—. Tengo que evitar que tiren el cerillo.

Abrí la puerta principal de una patada y salí al pórtico, agachado, rifle en mano. El olor a gasolina era mareante. Vi una sombra corriendo hacia la camioneta, y otra sombra más cerca, agazapada detrás del pilar de madera, tratando de encender un trapo en una botella.

Disparé.

La botella estalló en la mano del tipo antes de que pudiera lanzarla. El hombre gritó, envuelto en una llamarada repentina cuando el combustible en su ropa se prendió. Corrió hacia la oscuridad como una antorcha humana, iluminando el patio con su agonía.

Pero no fui el único que disparó.

Sentí un golpe en el muslo, como si alguien me hubiera dado un batazo con todas sus fuerzas. Mi pierna cedió y caí de rodillas en el piso de madera empapado de gasolina.

—¡Beto! —escuché el grito de Elena.

Traté de levantarme, pero la pierna no me respondía. El dolor llegó un segundo después, agudo, caliente, desgarrador. Me arrastré hacia atrás, hacia la puerta abierta. Las balas zumbaban a mi alrededor, mordiendo la madera, rompiendo los maceteros de barro.

Unas manos fuertes me agarraron del chaleco y me jalaron hacia adentro. Eran Fito y Omar. Me arrastraron por el piso de la sala, dejando un rastro de sangre oscura sobre la madera que mi madre solía encerar.

—¡Cierra la puerta! —gritó Fito, pateándola hasta que se cerró de golpe y poniendo la tranca.

Me apoyaron contra la pared del pasillo. Elena estaba ahí en un instante, con su costurero y toallas limpias, como si hubiera estado esperando este momento.

—Te dieron —dijo ella, su voz temblando por primera vez. Sus manos volaron sobre mi pierna, cortando la mezclilla con unas tijeras.

—Es solo un rozón —mentí, apretando los dientes para no gritar.

—No es un rozón, la bala entró —dijo ella, presionando una toalla sobre la herida. El blanco de la tela se volvió rojo en un instante—. Salió por el otro lado, gracias a Dios, no tocó hueso. Pero estás perdiendo mucha sangre.

Miré a mi alrededor. La situación era desesperada. Yo estaba herido. Teníamos gasolina en el porche esperando una chispa. Mis hermanos estaban aterrados. Y afuera, al menos diez hombres querían matarnos.

Entonces vi a Rafa. Había subido del sótano con Sofía. El chico tenía los ojos desorbitados, pero sostenía la mano de Sofía con fuerza. Y Sofía… la dulce Sofía, tenía una mirada extraña. No de miedo, sino de una calma sobrenatural.

—Ellos no van a entrar —dijo Sofía suavemente.

—Sofía, por favor… —empezó Rafa.

—No van a entrar —repitió ella. Soltó la mano de Rafa y caminó hacia la sala, hacia el piano viejo y desafinado que nadie tocaba desde hacía años.

—¿Qué haces? —preguntó Omar, atónito.

Sofía se sentó al piano. Sus dedos tocaron las teclas. Y empezó a tocar. No era una canción triste. Era un himno. Un himno de iglesia, fuerte, resonante. Y empezó a cantar. Su voz, clara y potente, llenó la casa, superando el zumbido de mis oídos y el miedo que nos paralizaba.

Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo…

Afuera, hubo un momento de confusión. Los disparos se volvieron esporádicos. Quizás pensaron que nos habíamos vuelto locos. Quizás la pureza de esa voz los detuvo un segundo.

Ese segundo fue todo lo que necesitábamos.

—¡Fito, Omar! —gruñí, tratando de ponerme de pie con ayuda de Elena—. Escúchenme bien. Ellos creen que estamos heridos y asustados. Creen que nos vamos a rendir.

—Estamos heridos y asustados, hermano —dijo Fito, mirando mi pierna sangrante.

—Pero no nos vamos a rendir —dije, mirando a Elena a los ojos. Ella asintió, apretando el vendaje—. Vamos a usar su propio juego contra ellos. Fito, toma las botellas de alcohol del gabinete. Lucía, trae trapos. Vamos a hacer nuestros propios cócteles.

—¿Vamos a quemar el rancho? —preguntó Omar, horrorizado.f

—No —dije, una sonrisa torva cruzando mi cara dolorida—. Vamos a iluminar la noche. Si quieren oscuridad, les vamos a dar luz. Mucha luz.

Preparamos cinco bombas molotov caseras en cuestión de minutos. El canto de Sofía seguía resonando, dándonos un ritmo, una cadencia para trabajar. Era surrealista. Balas y salmos. Sangre y música.

—Fito, tú tienes el mejor brazo —dije—. Vas a subir al techo. Lucía te cubre. Tienes que lanzar esas botellas detrás de sus camionetas, a los matorrales secos.

—¿Quieres prender el monte? —preguntó Fito.

—Quiero crear un muro de fuego detrás de ellos —expliqué—. Si el viento sopla como siempre a esta hora, el humo se les va a ir encima. No van a poder ver, no van a poder respirar. Y van a tener miedo de que sus camionetas exploten.

—Es una locura —dijo Isabel, limpiándose los lentes—. Pero es una locura tácticamente brillante.

Fito tomó las botellas. Lucía cargó el rifle. —Cuídate, sinvergüenza —le dijo ella a Fito. —Si bajo de esta, me vas a tener que dar un beso, güera —respondió él, con esa sonrisa de lado que ni la muerte podía borrar. —Sube y lanza eso, y veremos —dijo ella, empujándolo hacia las escaleras.

Escuchamos los pasos de Fito en el techo, rápidos y ligeros. Luego, el sonido de Lucía disparando cobertura. Uno, dos, tres disparos. —¡Ahora! —gritó Fito desde arriba.

Escuchamos el sonido de vidrio rompiéndose a lo lejos, una, dos, tres veces. Unos segundos después, un resplandor anaranjado comenzó a crecer afuera. El pasto seco del desierto, sediento por la sequía, prendió como pólvora. El fuego creció rápido, lamiendo la parte trasera de las camionetas negras.

Los gritos de afuera cambiaron de tono. De amenazas pasaron a órdenes confusas. —¡El fuego! ¡Muevan las camionetas! ¡Se van a quemar!

El humo comenzó a rodearlos. El plan estaba funcionando. El caos se apoderó de los atacantes. Las luces de las camionetas se encendieron, los motores rugieron. Estaban rompiendo la formación.

—¡Es nuestra oportunidad! —dije, cojeando hacia la ventana—. ¡Omar, Isabel, disparen a las llantas! ¡Que no se lleven las camionetas tan fácil!

Omar, el hombre que temblaba, se apoyó en el marco de la ventana, respiró hondo como le había dicho Isabel, y disparó. Una, dos veces. Vimos una de las camionetas inclinarse bruscamente cuando el neumático delantero estalló.

—¡Le di! —gritó Omar, con una voz que no reconocí. Era la voz de un hombre que acaba de descubrir que es capaz de defenderse.

El líder, el de la voz del altavoz, debió darse cuenta de que la situación se le iba de las manos. El fuego amenazaba con encerrarlos a ellos también. —¡Retirada! —gritó el altavoz—. ¡Vámonos! ¡Esto no se acaba aquí, Dalton! ¡Volveremos!

Las dos camionetas intactas giraron en “U”, levantando tierra y ceniza, y salieron disparadas hacia la carretera. La tercera, la de la llanta ponchada, trató de seguirlos, avanzando a tumbos, sacando chispas del rin contra las piedras.

Fito bajó del techo, cubierto de hollín, con una sonrisa triunfal. Lucía lo recibió al pie de la escalera y, sin decir una palabra, lo abrazó fuerte, enterrando la cara en su pecho. Fito se quedó quieto un segundo, sorprendido, y luego la rodeó con sus brazos.

El fuego en los matorrales crepitaba, pero el viento del norte, nuestro aliado de siempre, empezó a empujar las llamas lejos de la casa, hacia el arroyo seco donde se extinguirían solas.

El silencio volvió. Pero esta vez no era un silencio pesado. Era el silencio del alivio. Sofía dejó de tocar el piano. Sus manos cayeron sobre su regazo y empezó a llorar, ahora sí, dejando salir todo el miedo. Rafa corrió hacia ella y la abrazó, besándole el cabello, susurrándole que era la mujer más valiente del mundo.

Yo me dejé resbalar por la pared hasta sentarme en el suelo. La pierna me ardía como si tuviera un fierro de marcar ganado pegado a la piel. Elena se arrodilló a mi lado. —Se fueron —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Los hiciste huir.

—Nosotros —corregí, tomándole la mano—. Nosotros los hicimos huir.

Miré a mi alrededor. La sala estaba destrozada. Había agujeros de bala en las paredes, vidrios por todos lados, el olor a gasolina y pólvora impregnándolo todo. Pero estábamos vivos. Los ocho.

Isabel se acercó con Omar. Ella tenía un corte en la mejilla por un vidrio volador, pero se veía entera. —Tenemos que llamar a la policía ahora —dijo ella, pragmática como siempre—. Ya no es solo una amenaza. Es intento de homicidio múltiple.

—La policía del pueblo tarda una hora en llegar —dije, haciendo una mueca de dolor—. Y eso si no están comprados por ese tipo. Pero tienes razón. Omar, intenta con la radio de onda corta. A ver si agarras señal con los federales en la autopista.

—Lo haré —dijo Omar, caminando hacia el despacho con una nueva determinación en su paso.

Fito y Lucía se acercaron. Fito cojeaba un poco, probablemente se torció el tobillo bajando del techo, pero lucía orgulloso. —¿Cómo está la pierna, hermano? —preguntó.

—He tenido peores rasguños con el alambre de púas —mentí de nuevo, aunque empezaba a sentirme mareado por la pérdida de sangre—. Buen brazo, Fito.

—Buena puntería, Lucía —respondió él, mirando a la mujer a su lado. Ella le sostuvo la mirada, y vi algo nuevo ahí. Ya no era solo desafío. Era complicidad. Camaradería de trinchera.

Elena me apretó la mano. —No cantes victoria todavía, Beto —susurró cerca de mi oído—. Dijo que volverían. Ese hombre… ese hombre no olvida las humillaciones.

—Que vuelva —dije, sintiendo cómo el cansancio me arrastraba hacia la oscuridad—. La próxima vez, no encontrará a cuatro granjeros y cuatro chicas de ciudad. Encontrará a un ejército.

Cerré los ojos un momento, escuchando la voz de Omar en la radio tratando de contactar ayuda. Sentí la cabeza de Elena apoyarse en mi hombro. Olía a humo, pero debajo de eso, seguía oliendo a flores. La batalla había terminado por esta noche. Pero la guerra por el Rancho Dalton, y por estas cuatro mujeres que habían puesto nuestro mundo de cabeza, apenas comenzaba.

Sabía que mi vida anterior, la vida de soledad y trabajo tranquilo, había muerto esa noche junto con el hombre que se quemó en el patio. Ahora era un hombre con algo que proteger. Y Dios se apiade del que intentara quitármelo de nuevo.

La madrugada nos encontró despiertos. El sol salió tímido sobre el desierto, iluminando las cicatrices de la batalla. Las camionetas habían dejado surcos profundos en la tierra. Había casquillos de bala brillando como monedas de oro falso por todo el patio. La mancha negra donde cayó el hombre quemado era un recordatorio macabro de lo cerca que estuvimos del fin.

Me apoyé en el marco de la puerta, con la pierna vendada y un bastón improvisado que Fito me hizo. Miré a mis hermanos y a las hermanas. Estaban agotados, sucios, heridos. Pero estaban de pie.

—¿Y ahora qué? —preguntó Rafa, mirando el horizonte.

Miré a Elena. Ella estaba barriendo los vidrios de la entrada, decidida a no dejar que el caos gobernara su nuevo hogar ni un minuto más.

—Ahora —dije, y todos se giraron a verme—, ahora limpiamos. Curamos las heridas. Y nos preparamos. Porque esto ya no es solo un rancho. Es un fuerte. Y nosotros somos la guarnición.

Elena se detuvo, se apoyó en la escoba y me sonrió. Una sonrisa cansada, pero genuina. —A trabajar, entonces, patrón.

Ese “patrón” ya no sonó a vinagre. Sonó a respeto. Sonó a cariño. Sonó a una promesa de futuro en medio de las ruinas. Y por primera vez en mi vida, no me importó el dolor, ni las deudas, ni el miedo. Solo me importó que estábamos juntos. Y que estábamos vivos.

PARTE FINAL: LA COSECHA DEL AMOR Y EL RENACER DEL RANCHO DALTON

El sol del norte no pide permiso para salir; irrumpe. Y esa mañana, tras la noche más larga de nuestras vidas, la luz del desierto reveló la verdad cruda de nuestra batalla. No había gloria cinematográfica, solo cansancio, olor a humo frío y la certeza de que, aunque habíamos ganado el asalto, la guerra por nuestra paz apenas estaba comenzando.

Me apoyé pesadamente en el bastón improvisado que Fito me había fabricado con una rama de mezquite y cinta de aislar. Mi pierna palpitaba con un ritmo sordo y caliente, un recordatorio constante de que la bala había atravesado carne y músculo. Pero el dolor físico era lo de menos; lo que realmente pesaba era la responsabilidad. Miré a mi alrededor. Mis hermanos, esos huercos a los que había criado casi como un padre, dormitaban en los sillones de la sala destrozada, con las armas todavía abrazadas contra el pecho.

Elena estaba en la cocina. La escuchaba mover las ollas con ese tintineo doméstico que, extrañamente, me daba más paz que el silencio. Cojeé hasta allá, arrastrando la bota izquierda.

—Deberías estar acostado, Beto —dijo ella sin voltear. Estaba preparando café de olla, y el aroma a canela y piloncillo peleaba valientemente contra el hedor a pólvora quemada que impregnaba las paredes.

—Si me acuesto, no me levanto —respondí, dejándome caer en una silla que milagrosamente no tenía agujeros de bala—. Y hay mucho que hacer.

Elena se giró y me sirvió una taza de peltre humeante. Tenía los ojos hinchados y rasguños en los brazos, pero se veía hermosa. No esa belleza de revista que se deslava con el agua, sino esa belleza de la tierra, resistente y profunda.

—Ya curé a Fito del tobillo —me informó, sentándose frente a mí—. Omar tiene unos cortes feos por los vidrios, pero Isabel se los vendó. Y Rafa… bueno, Rafa no se ha separado de Sofía ni un segundo. Creo que el susto los pegó con pegamento fuerte.

Tomé un sorbo de café. Me quemó la lengua, pero me despertó el alma. —¿Y tú? —pregunté, mirándola a los ojos—. ¿Cómo estás tú?

Elena suspiró y miró sus manos callosas sobre la mesa. —Tengo miedo, Beto. No por mí. Tengo miedo de haber traído la desgracia a tu casa. Mira cómo quedó todo… las ventanas rotas, la madera quemada, la sangre en el piso que tu madre enceraba. Esto no es justo para ustedes.

Estiré mi mano y tomé la suya. Su piel estaba áspera, viva. —La casa se arregla, Elena. La madera se cambia, los vidrios se reponen. Pero lo que defendimos anoche… eso no tiene precio. Ustedes no trajeron desgracia. Trajeron vida. Antes de que llegaran, este lugar era solo un sitio donde trabajábamos para morirnos de viejos. Ahora es un hogar.

Ella apretó mi mano y vi una lágrima correr por su mejilla sucia de hollín. —Omar contactó a los federales en la madrugada —dijo ella, cambiando el tema para no quebrarse—. Dicen que vienen en camino. Pero sabes cómo son las cosas en México. Pueden tardar horas, o días. O pueden no llegar nunca.

—Llegarán —dije con convicción—. Pero no los vamos a esperar sentados.

EL EJÉRCITO DEL NORTE

La ayuda no llegó con sirenas y luces estroboscópicas. Llegó con el rugido de motores diésel y el ladrido de perros ganaderos.

Cerca de las diez de la mañana, cuando estábamos terminando de sacar los escombros del pórtico, vimos una columna de polvo en el horizonte. Fito, que estaba en el techo reparando tejas a pesar de su tobillo vendado, gritó la alarma.

—¡Vienen más! ¡Son como cinco camionetas!

Lucía corrió por el rifle. Yo me levanté con dificultad, maldiciendo mi pierna inútil. Elena se puso a mi lado, pasándome la escopeta. —Si volvieron, esta vez no se van a ir —dijo ella con una frialdad que me heló la sangre.

Esperamos en el pórtico, armados y desgastados, listos para morir si era necesario. Pero cuando las camionetas se acercaron, no eran las Suburban negras y lujosas de los sicarios. Eran Fords y Chevrolets de los setenta y ochenta, oxidadas, despintadas, cargadas de pacas de heno y herramientas.

—Es Don Anselmo —dijo Omar, ajustándose los lentes y bajando la pistola—. Y los hijos de Doña Cata. Y los hermanos Reyes.

Eran nuestros vecinos. Gente que vivía a kilómetros de distancia, con la que a veces solo nos veíamos en la misa del pueblo o en la ganadera local. Las camionetas se detuvieron y bajaron hombres grandes, con sombreros manchados de sudor y manos como palas. Bajaron mujeres con ollas de comida y botiquines.

Don Anselmo, un viejo de setenta años que todavía domaba potros, se acercó a la cerca rota. Escupió tabaco al suelo y me miró. —Vimos el humo anoche, Beto —dijo con su voz rasposa—. Y escuchamos los tiros. El viento trae el chisme rápido en el desierto. ¿Están todos bien?

—Estamos vivos, Don Anselmo —respondí, bajando el arma—. Tuvimos… visitantes no deseados.

El viejo asintió, mirando los casquillos en el suelo y la mancha negra donde cayó el atacante. —Se dice en el pueblo que andaba gente fuereña preguntando por unas muchachas. Gente pesada.

—Esa gente ya no va a preguntar más —intervino Fito, cojeando hasta nosotros—. Les dimos una lección de hospitalidad norteña.

Los vecinos soltaron unas risas secas, de esas que solo entienden los que viven en tierra dura. —Pues venimos a echar la mano —dijo uno de los hermanos Reyes—. Trajimos madera, clavos y un par de rifles extra, por si las moscas regresan. Aquí en el norte no dejamos a la raza sola.

Sentí un nudo en la garganta. Había pasado diez años aislado, pensando que tenía que cargar el mundo yo solo. Y resulta que el mundo estaba ahí, esperando a que yo lo dejara entrar. —Pásenle —dije, y mi voz se quebró un poco—. Bienvenidos al Rancho Dalton.

Ese día, el rancho se transformó en un hervidero de actividad. Las mujeres del pueblo rodearon a Elena y a sus hermanas. Al principio hubo miradas curiosas, evaluando a las “novias por correo”. Pero cuando vieron a Lucía cargando tablas como un hombre, a Isabel organizando la cocina con eficiencia militar y a Sofía curando a un perro herido con una dulzura infinita, las barreras se rompieron. Las adoptaron. Para la tarde, ya les estaban enseñando los secretos de la salsa de chile piquín y cómo almidonar las camisas para que el polvo no se les pegue.

LA LEY Y EL ORDEN

La Guardia Nacional llegó al atardecer. Dos camiones blindados y una patrulla de la fiscalía federal. Omar tenía razón; su llamada por la radio de onda corta había llegado a oídos correctos, saltándose a la policía municipal corrupta.

El comandante, un tipo joven y serio de la Ciudad de México, tomó nuestras declaraciones. Se sorprendió al ver el estado del rancho y la defensa que habíamos montado. —Tuvieron suerte —nos dijo, revisando los casquillos—. El tipo que los atacó… lo tenemos identificado. “El Alacrán”. Un cacique de Michoacán con orden de aprehensión por secuestro y extorsión.

—¿Y dónde está? —preguntó Elena, con la voz tensa.

—Sus hombres lo sacaron herido —dijo el comandante—. Encontramos una de las camionetas abandonada a veinte kilómetros, con sangre en el asiento del copiloto. Parece que uno de ustedes tiene muy buena puntería.

Todos miramos a Omar. Él se sonrojó hasta la raíz del pelo. —Fue suerte —murmuró. —No fue suerte, hermano —le dijo Isabel, poniéndole una mano en el hombro—. Fue coraje.

El comandante nos informó que habían montado retenes en todas las salidas del estado. —No creo que vuelva, señorita —le dijo a Elena—. Perdió hombres, perdió vehículos y ahora sabe que el gobierno federal está involucrado. Las ratas como él huyen cuando se prende la luz. Lo agarraremos pronto.

Cuando las patrullas se fueron, dejando a dos oficiales de guardia en la entrada por precaución, sentí que por fin podía respirar. La amenaza inmediata se había disuelto. El monstruo no estaba muerto, pero estaba herido y huyendo. Ya no éramos presas.

CORAZONES EN RECONSTRUCCIÓN

Las semanas siguientes fueron de una intensidad diferente. Ya no luchábamos por sobrevivir, sino por construir. Y en esa construcción, los cimientos más fuertes no fueron de ladrillo, sino de amor.

Rafa y Sofía fueron los primeros en hacerlo oficial. Una tarde, encontré a Rafa en el huerto, que ahora estaba floreciendo gracias a la mano de Sofía. Estaba arrodillado entre las calabazas, no trabajando, sino sosteniendo un anillo. Bueno, no era un anillo. Era una tuerca de bronce pulida hasta brillar como oro, amarrada con un hilo rojo. —No tengo para un diamante, Sofí —le decía él, con la voz temblorosa—. Pero te prometo que nunca te va a faltar comida, ni techo, ni alguien que te adore. Sofía lloraba y reía al mismo tiempo. Se puso la tuerca en el dedo y lo besó. —No quiero diamantes, Rafa. Quiero raíces. Y tú eres mi tierra. Cuando nos dijeron en la cena, todos celebramos con mezcal. Rafa parecía haber crecido diez centímetros de puro orgullo.

Fito y Lucía eran un caso aparte. Su romance era una batalla constante, un estira y afloja lleno de chispas. Lucía se había adueñado de los caballos. Era mejor jinete que cualquiera de nosotros, y Fito lo sabía. Lo veía mirarla desde la cerca, con una mezcla de deseo y admiración que no podía ocultar. Un día, los vi discutiendo en el granero. —¡Te dije que esa yegua está preñada, no la montes! —le gritaba Fito. —¡Sé lo que hago, vaquero de ciudad! —le respondía ella—. Solo la estoy paseando para que no se entuma. —Eres terca como una mula, Lucía. —Y tú eres un mandón insoportable, Rodolfo. Se quedaron callados, respirando agitados, a centímetros el uno del otro. Y entonces, como si un imán gigante los jalara, se besaron. No fue un beso dulce. Fue un beso de hambre, de pasión contenida, de dos tormentas chocando. Cuando salieron del granero, tenían paja en el pelo y la ropa desacomodada, pero caminaban tomados de la mano. Fito me guiñó un ojo al pasar. —Creo que ya la domé, hermano —me susurró. —Me parece que la que te puso el freno fue ella a ti —me reí.

Omar e Isabel construyeron un imperio de papel y planes. Isabel tomó las riendas administrativas del rancho por completo. Negoció nuevos precios con los forrajeros, organizó las cuentas y hasta encontró un programa de gobierno para subsidios agrícolas que no sabíamos que existía. Omar floreció. Dejó de ser el hermano tímido escondido tras los libros. Con Isabel a su lado, encontró su voz. Pasaban las noches en el despacho, rodeados de mapas y calculadoras, planeando el futuro. —Vamos a poner paneles solares —me dijo Omar una noche—. Isabel hizo los cálculos. En tres años se pagan solos y dejamos de depender de la luz del pueblo. Y queremos empezar a producir queso. Isabel dice que la leche de nuestras vacas tiene la calidad perfecta. Los veía trabajar juntos, hombro con hombro, dos intelectuales encontrando la poesía en los números y el progreso. Su amor era tranquilo, cerebral, sólido como el concreto.

¿Y yo? Yo tenía a Elena. Nuestra relación fue la más lenta, la más cautelosa. Ambos éramos los mayores, los responsables, los que cargaban el peso del mundo. Nos costaba soltar el control. Mi pierna tardó dos meses en sanar por completo. Durante ese tiempo, Elena fue mi enfermera, mi mano derecha y mi conciencia. Una noche, estaba sentado en el pórtico ya reparado. Había luna llena, iluminando el desierto con una luz plateada que hacía que los cactus parecieran esculturas. Elena salió con dos cervezas. Se sentó en la mecedora de al lado. —El abogado llamó hoy —dijo ella—. Los papeles de la boda civil están listos. Según el contrato de la agencia, tenemos que casarnos antes de los tres meses o nos regresan. Bebí un trago de cerveza, sintiendo el frío del vidrio en mi mano. —El contrato me importa un comino, Elena. Ella me miró, ladeando la cabeza. —¿Entonces? —Entonces… no quiero que te cases conmigo por un papel. O por seguridad. O por agradecimiento porque no dejé que te llevaran. Elena dejó su cerveza en el suelo y se levantó. Se puso frente a mí, tapándome la vista de la luna. —Beto Dalton, eres el hombre más ciego que he conocido. —¿Por qué? —Porque no te das cuenta de que no me quedo por el contrato. Podría haberme ido cuando llegó la Guardia Nacional. Podría haberme llevado a mis hermanas a otro estado. Pero me quedé. —¿Por qué te quedaste? —pregunté, mi voz apenas un susurro. Ella se inclinó y puso sus manos en mi cara. —Porque me enamoré de tus manos ásperas. De tu necedad de proteger a todo el mundo. De cómo miras el horizonte como si fueras dueño del amanecer. Me quedé porque tú eres mi hogar, Beto. Me levanté, ignorando el dolor fantasma en mi pierna, y la abracé. La besé con todo el tiempo del mundo, sin prisas, sin disparos, sin miedo. —Te quiero, Elena —le dije contra su pelo—. Y te prometo que voy a pasar el resto de mi vida tratando de merecerte. —Ya me mereces, tonto —rio ella—. Ahora bésame otra vez y vamos a decirle a tus hermanos que preparen la boda cuádruple.

LA BODA DEL AÑO

Si pensaron que la batalla fue un evento, la boda fue un fenómeno natural. No nos casamos en la iglesia del pueblo. Nos casamos en el rancho, en el mismo patio donde habíamos derramado sangre, ahora cubierto de mesas con manteles blancos, papel picado de colores y flores. Tantas flores que el olor a desierto desapareció por un día.

Vino todo el pueblo. Vinieron los vecinos que nos ayudaron, el comandante de la Guardia Nacional (que resultó ser buen bailarín), y hasta el cura accedió a venir a oficiar la misa al aire libre.

Ver a mis hermanos en el altar improvisado, limpios, nerviosos y felices, fue el momento más orgulloso de mi vida. Rafa lloraba abiertamente cuando vio venir a Sofía. Ella vestía un traje sencillo de manta blanca, con una corona de flores silvestres. Parecía un ángel. Fito no dejaba de sonreír, moviéndose inquieto, hasta que vio a Lucía. Ella no llevaba un vestido tradicional; llevaba un traje de charra blanco, entallado, elegante y fuerte, tal como era ella. Fito casi se desmaya de la impresión. Omar se ajustaba la corbata cada cinco segundos. Isabel caminó hacia él con un vestido elegante, de corte moderno, caminando con la seguridad de una reina que va a coronarse.

Y luego vi a Elena. Llevaba el vestido de novia de mi madre, que habíamos encontrado en el baúl. Lo había arreglado y ajustado. Le quedaba perfecto. Caminaba hacia mí no con la mirada baja de una novia tímida, sino con la frente en alto, mirándome directo a los ojos, con esa complicidad que habíamos forjado en el fuego.

El cura habló de amor, de paciencia y de familia. Pero yo solo podía pensar en lo irónica que es la vida. Pedimos tres esposas por correo para salvar el rancho. Llegaron cuatro. Y no solo salvaron el rancho; nos salvaron a nosotros. Nos salvaron de la soledad, de la amargura, de una vida gris.

Cuando dijimos “acepto”, el grito de júbilo de los invitados espantó a los zopilotes a kilómetros a la redonda. La fiesta duró tres días. Hubo barbacoa, mole, cerveza por barriles y música de banda que retumbó en las montañas. Vi a Fito bailar zapateado con Lucía hasta que rompieron las suelas de las botas. Vi a Omar e Isabel sentados conversando con los ganaderos más viejos, ganándose su respeto. Vi a Rafa y Sofía cantando juntos en el escenario, una canción de amor que hizo llorar a las señoras más duras.

Y yo bailé con Elena. Bailamos despacio, bajo las mismas estrellas que una vez nos hicieron sentir pequeños y expuestos, pero que ahora nos cobijaban. —¿Eres feliz, Patrón? —me preguntó ella al oído. —Soy el hombre más rico del mundo, Señora Dalton —le respondí.

EPÍLOGO: UN AÑO DESPUÉS

Estoy sentado en el pórtico de nuevo. Es temprano, el sol apenas está pintando de naranja los cerros. El rancho ha cambiado. Los paneles solares brillan en el techo del granero. El huerto de Rafa es una jungla verde que nos da comida para vender en el mercado del pueblo. El ganado está gordo y sano, cuidado por la mano experta de Lucía y Fito.

Tengo un papel en la mano. Es una carta del juzgado federal. “El Alacrán” fue sentenciado a cincuenta años de prisión. Lo agarraron en la frontera, tratando de huir. La pesadilla se acabó oficialmente. Quemé la carta en el cenicero; no quiero que ese nombre vuelva a ensuciar mi casa.

Escucho un llanto adentro. Un llanto fuerte, exigente, de pulmones sanos. Sonrío. Rafa y Sofía tuvieron gemelos hace dos meses. La casa, que antes era silenciosa como una tumba, ahora está llena de pañales, juguetes y gritos. Y para colmo, Elena me dijo ayer, con una sonrisa misteriosa, que empiece a tallar una cuna nueva, porque la vamos a necesitar para el invierno.

Me levanto y camino hacia el barandal. Miro mis tierras. Ya no veo polvo y sequía. Veo futuro. Veo a mis sobrinos corriendo por ahí en unos años. Veo a mis hermanos convertidos en hombres de bien. Veo a mi esposa, la mujer que llegó con una maleta y un secreto, y que se convirtió en la columna vertebral de mi existencia.

Dicen que en el norte la tierra es dura y que solo crecen espinas. Es mentira. Si la riegas con sudor, con sangre y, sobre todo, con amor verdadero, florece hasta el jardín más imposible.

La camioneta del correo se acerca levantando polvo a lo lejos. El cartero toca el claxon. Antes, ese sonido me ponía nervioso. Hoy, solo me da curiosidad. Entro a la casa. El olor a desayuno —huevos con machaca y tortillas de harina recién hechas— me recibe. —¡Ya está el café, Beto! —grita Elena desde la cocina. —¡Ya voy, mi amor! —respondo.

Cierro la puerta mosquitera detrás de mí. El desierto se queda afuera. Adentro, está mi vida. Y es una vida buena. Una vida a todo dar.

FIN.

Related Posts

They left a Marine’s son broken in a hospital bed and thought no one would notice. Today, eighty-two brothers and I rode to Roosevelt High to remind them that the boy wasn’t alone. The silence when we cut our engines was louder than any scream, and when the State Troopers rolled past us to arrest the real criminals, the students finally cheered.

A biker gang leader named Jackson “Reaper” Tate leads eighty-three riders to Roosevelt High School to confront the corrupt school administration. The School Board President’s son severely…

They tell you to drive safe, obey the speed limits, and trust the law, but when your sixteen-year-old daughter whispers “Daddy, I’m scared” through a screen, the only law that matters is how fast you can get to 5th Street before a stranger in a hoodie turns your entire universe into a tragedy.

Part 1: The Text That Stopped My Heart It was 9:00 PM on a Tuesday. The house was quiet, the kind of quiet you take for granted…

I received the text message that every father has nightmares about, and in that split second, the civilized man I spent forty years building vanished, replaced by something ancient, primal, and ready to tear the world apart to keep his baby girl safe from the monster closing in on her in the dark.

Part 1: The Text That Stopped My Heart It was 9:00 PM on a Tuesday. The house was quiet, the kind of quiet you take for granted…

He Was Bleeding Internally and hallucinating from a Skull Fracture, Yet He Still Managed to Hotwire a Bike and Ride Through the Night While Security Searched the Hospital, All Because a Bald Little Girl in a Pink Dress Was Waiting for Him to Show Up Like He Promised He Would Two Months Ago.

Former Marine Marcus Webb, suffering from a severe traumatic brain injury after a car crash, escapes from the ICU in the middle of the night. Despite his…

They Say No Good Deed Goes Unpunished. Mine Got Me Adopted By The Toughest MC In The City.

Leo Martinez, an invisible scholarship student struggling with poverty, saves Mia Chun, a mysterious transfer student, during a drive-by shoting at a local burger joint. Leo takes…

Ella pensó que iba a morir de frío esa noche porque nadie le abría, sin saber que detrás de la puerta más vieja del valle vivía un hombre que ya no tenía nada que perder y que estaba dispuesto a todo por defenderlas.

El viento aullaba esa noche en la sierra como un animal herido, arrastrando el polvo y el frío que cala hasta los huesos. Yo estaba sentado en…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *