
—¡Fíjate por dónde caminas, gata igualada! —me gritó Karla, pateando la cubeta de agua sucia que se derramó sobre mis tenis rotos.
Bajé la mirada, sintiendo cómo me ardían las mejillas. No podía contestarle. No cuando mi vida dependía de los pesos que pagaban en esta mansión.
—Lo siento, señora. No la vi —murmuré, arrodillándome para secar el piso de mármol con mis manos temblorosas.
Necesitaba esta chamba. Mi enfermedad había avanzado y las medicinas eran impagables. Mi madre me había conseguido este puesto de “ratoncita gris” porque la paga era buena, aunque el trato fuera inhumano.
Pero el destino tiene un sentido del humor muy cruel.
Mientras exprimía el trapo, unos zapatos de vestir impecables se detuvieron frente a mi cara. El aroma… ese perfume amaderado me golpeó como un fantasma del pasado. Se me heló la sangre.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz grave que reconocería hasta en el otro mundo.
Levanté la vista lentamente, rezando para que fuera una alucinación por la fiebre. Pero no. Ahí estaba José. Más alto, más fuerte, vestido como un empresario exitoso. El mismo hombre al que, cinco años atrás, le destrocé el corazón diciéndole que tenía otro novio para que me odiara y se fuera lejos.
Lo hice porque lo amaba. Porque me estaba m*riendo y él merecía una esposa sana, no una carga.
—¿Lupita? —su expresión cambió de la autoridad al asco puro en un segundo—. ¿Qué demonios haces en mi casa?.
—Amor, ¿conoces a la nueva sirvienta? —intervino Karla, colgándose de su brazo y mostrándome una sonrisa venenosa—. Es la ex de la que me hablaste, ¿verdad? La traidora.
José me miró con un rencor que me cortó la respiración.
—Ella no es nada. Solo una mentirosa que fingió amarme —dijo fríamente, sin saber que cada palabra suya me dolía más que mi propia enfermedad—. Estás despedida. ¡Lárgate de mi vista antes de que te saque la seguridad!.
—¡No, por favor! —supliqué, aferrándome al marco de la puerta—. De verdad necesito el trabajo, señor… José. Haré lo que sea, no tengo a dónde ir.
En ese momento, Pablo, el jefe de seguridad que minutos antes había intentado propasarse conmigo en el pasillo, se acercó con una sonrisa burlona.
—Patrón, si la mugrosa necesita tanto el dinero, deje que se quede. Nos servirá para limpiar el desastre de la fiesta de mañana —dijo Pablo, cruzando miradas cómplices con Karla.
Algo en la mirada de ellos dos me dio mala espina. No sabía qué tramaban, pero José aceptó a regañadientes, sentenciándome a la peor tortura: ver al amor de mi vida casarse con otra, mientras yo le servía el vino.
LO QUE NO SABÍA ERA QUE ESA NOCHE ESCUCHARÍA UNA CONVERSACIÓN QUE PONDRÍA EN PELIGRO LA VIDA DE JOSÉ… ¿PODRÉ SALVARLO AUNQUE ME ODIE?
PARTE 2:
La lluvia en la ciudad no es como la lluvia en el rancho. Allá, en San Pedro, cuando llueve huele a tierra mojada, a vida, a promesa de que la milpa va a levantar. Aquí no. Aquí el agua huele a aceite, a basura, a prisa. Me golpeaba la cara mientras caminaba sin rumbo por esa avenida llena de luces que lastimaban la vista, arrastrando mi maleta que, curiosamente, pesaba menos que mi alma.
Llevaba caminando quizás una hora, o tal vez diez minutos, el tiempo se vuelve chicle cuando uno tiene el corazón hecho pedazos. Me paré debajo del toldo de una tienda de conveniencia cerrada para recuperar el aliento. Me dolían las rodillas; esa reuma maldita que me recuerda cada invierno que ya no soy el roble de antes. Me senté sobre la maleta, sin importarme si me veía como un pordiosero. Total, para mi hijo, eso es lo que soy.
Cerré los ojos y, por un momento, el ruido de los cláxones y las sirenas desapareció. Me vi hace veinte años.
Recordé el día que Carlos se fue a la universidad. Estábamos en la cocina, esa cocina de humo donde mi vieja, la Lupe (que en paz descanse), hacía los mejores frijoles de la olla del mundo. Carlos tenía dieciocho años y una carta de aceptación en la mano. Estaba feliz, pero también tenía miedo.
—Papá, es muy caro —me dijo ese día, bajando la cabeza—. La inscripción, la renta en la capital, los libros… Mejor me quedo a ayudarte con la siembra.
Yo me limpié las manos llenas de grasa del tractor en un trapo y le puse la mano en el hombro.
—Ni maizes, mijo —le dije firme—. Usted nació pa’ más. Usted tiene cabeza pa’ los números, no pa’ estarle adivinando al clima si va a llover o no. Su madre y yo nos vamos a apretar el cinturón.
Y vaya que nos lo apretamos. Ese año vendimos la mitad del ganado. Al siguiente, hipotequé la parcela buena, la que estaba pegada al río. Cuando Lupe enfermó, no había dinero para especialistas caros porque todo se iba en la colegiatura de Carlos, en su computadora, en sus trajes para las prácticas.
—No le digas a Carlos que estoy mal —me pedía Lupe, ya flaquita en la cama, con la piel amarilla—. Si sabe, se va a querer regresar y va a dejar la escuela. Déjalo que termine, Rogelio. Prométeme que lo vas a hacer un licenciado.
Se lo prometí. Y cuando ella murió, Carlos apenas vino al velorio dos días porque tenía exámenes finales. Yo me tragué mis lágrimas solo, frente a la tumba de mi vieja, diciéndole: “Cumplí, vieja. Nuestro muchacho va a ser alguien”.
Abrí los ojos de golpe. Un carro pasó rápido y me salpicó agua sucia en los pantalones. “Alguien”. Sí, se convirtió en alguien. En alguien que no conozco.
Me levanté con dificultad. El frío me estaba calando hasta los huesos. Tenía que buscar dónde pasar la noche. No tenía mucho dinero en la bolsa. Apenas unos doscientos pesos arrugados que guardaba “por si las moscas”. Carlos nunca me daba efectivo; decía que no lo necesitaba, que en la casa tenía todo.
Caminé hacia un parque que se veía a lo lejos. Había visto gente durmiendo ahí en las bancas. Nunca pensé que yo sería uno de ellos. Yo, Rogelio Martínez, que llegué a tener veinte cabezas de ganado y daba trabajo a los peones en la temporada de cosecha.
Me acomodé en una banca de metal, dura y helada. Puse la maleta de almohada, abrazando mi chamarra. El estómago me rugió. No había cenado. En la casa de Carlos, la cena era a las 8, pero la discusión empezó a las 7:30.
La discusión… Todo empezó por un florero. Un maldito florero de cristal que costaba lo que yo ganaba en tres meses de jornal. Estaba limpiando un poco, queriendo ser útil, porque Lorena siempre se quejaba de que yo “ensuciaba visualmente” la sala. Pasé el trapo y, por mis manos torpes, el florero resbaló. Se hizo añicos.
Lorena entró gritando como si hubiera matado a alguien. —¡Eres un inútil! —me gritó, con la cara roja—. ¡Todo lo que tocas lo rompes! ¡Igual que arruinas nuestra imagen!
Carlos llegó justo en ese momento. Pensé que me defendería. Pensé que diría: “Tranquila, amor, es un accidente, es mi papá”. Pero no. Carlos miró los vidrios, miró a su esposa histérica y luego me miró a mí con cansancio. —Papá, ¿por qué no te estás quieto en tu cuarto? —me dijo.
Esa frase me dolió más que cualquier insulto. “¿Por qué no te estás quieto?”. Como si fuera un perro latoso. Como si no fuera yo quien le enseñó a caminar, quien lo cargó en hombros cuando se cansaba, quien le enseñó a ser hombre.
Ahí, en esa banca del parque, empecé a llorar. No a gritos, sino en silencio, como lloramos los hombres de campo, pa’ adentro, para no molestar. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia en mi cara.
—¿Jefe? ¿Está bien?
Escuché una voz. Me sobresalté y busqué mi navaja vieja en el bolsillo, esa que siempre cargo, aunque esté desafilada. Era un muchacho. Flaco, con la ropa más sucia que la mía, con tatuajes en el cuello y una gorra calada hasta las cejas. Un “malandro”, hubiera pensado Lorena y hubiera llamado a la policía.
—No tengo dinero —dije rápido, apretando la navaja.
El muchacho se rio, pero no fue una risa fea. —Tranquilo, don. No le quiero robar. Es que lo vi temblando mucho. Tenga.
Me extendió un vaso de unicel humeante. Olía a café de olla y canela. —Es café. Me lo regalaron en el Oxxo porque ayudé a sacar la basura. Tómelo, le va a quitar el frío.
Dudé. Pero el olor era tan bueno… Acepté el vaso. Mis manos chocaron con las de él; sus manos estaban rasposas y sucias, igual que las mías solían estar después de la jornada.
—Gracias, hijo —murmuré. Bebí un sorbo. Estaba hirviendo, pero me revivió.
El muchacho se sentó en la otra orilla de la banca. Sacó un cigarro medio arrugado y lo prendió. —¿Lo corrieron o se fue? —preguntó, mirando el humo.
—Me corrieron —admití. Qué vergüenza decir eso en voz alta—. Mi propio hijo.
El muchacho asintió, como si fuera la cosa más normal del mundo. —Pasa. A mí me corrió mi jefa porque dice que soy una mala influencia pa’ mis carnales. Y pus sí, la neta sí ando en malos pasos a veces, pero… se siente gacho.
—Yo no ando en malos pasos —dije, defendiendo mi honor—. Yo le di todo. Vendí mi vida para que él tuviera la suya. Y ahora le estorbo.
—La gente olvida rápido, don. Cuando suben la escalera, se les olvida quién les sostuvo la base para que no se cayeran.
Esa frase, dicha por un muchacho de la calle, tenía más sabiduría que todos los libros que mi hijo tenía en su biblioteca de caoba.
Pasamos un rato en silencio. El café se acabó. —No se puede quedar aquí, don —dijo el muchacho, tirando la colilla—. La patrulla pasa al rato y si lo ven, se lo llevan o le quitan sus cosas. Acá a la vuelta hay un albergue. Es de unas monjitas. No es el Ritz, pero hay catre y no llueve adentro.
—No quiero caridad —dije, el orgullo otra vez estorbando.
—No es caridad, es paro. Vamos, yo lo llevo. Me llamo Toño, por cierto.
—Rogelio.
Me levanté. Toño intentó agarrar mi maleta para ayudarme. —Yo puedo —dije. —Ya sé que puede, don. Pero déjeme ayudarle. A mí no me pesa.
Caminamos unas cuadras. El muchacho iba platicando cosas sin sentido, tratando de distraerme. Que si el Cruz Azul iba a ganar, que si los tacos de la esquina eran de perro. Yo solo asentía. Llegamos a una casa grande con una cruz en la puerta. Toño tocó el timbre.
Salió una monja chaparrita, ya mayor. —¿Otra vez tú, Toño? Ya te dije que llegaste tarde para la cena. —No es pa’ mí, Madre. Es pa’l don. Se quedó en la calle hoy. Mírelo, está empapado.
La monja me miró. Sus ojos eran escáneres que detectaban la verdad. Vio mi ropa, mi maleta, mi postura derrotada. Abrió la reja. —Pásale, buen hombre. ¿Cómo te llamas? —Rogelio, madre. —Pásale, Rogelio. Hay sopa caliente todavía. Y tú, Toño, lárgate a dormir a tu casa, que tu mamá ha venido a preguntar por ti tres veces.
Toño sonrió. —Dígale que ando haciendo obras de caridad pa’ ganarme el cielo. Órale, don Rogelio. No se deje. La vida da muchas vueltas. Hoy estamos abajo, mañana quién sabe.
Toño se fue corriendo bajo la lluvia. Yo entré. El lugar olía a limpio, a jabón y a frijoles. Me senté en una mesa larga de madera. Había otros hombres ahí. Algunos muy viejos, otros más jóvenes. Nadie preguntaba nada. Todos respetaban el silencio del otro.
Esa noche, acostado en un catre que rechinaba, mirando un techo desconocido, pensé en llamar a Carlos. Pensé en pedirle perdón por romper el florero, en decirle que me portaría bien, que no saldría de mi cuarto. Pero luego recordé la cara de Lorena. Y la mirada de Carlos. No. Prefiero este catre duro que la cama suave en una casa donde soy un fantasma.
Me dormí rezando. No pedí dinero, ni casa. Pedí fuerza. “Virgencita, dame fuerza pa’ no guardar rencor. Porque el rencor envenena más que la mordida de una víbora”.
A la mañana siguiente, el sol salió. Siempre sale, aunque uno crea que la noche es eterna. Me despertó el ruido de ollas. Me levanté, tendí mi cama (costumbre militar de mi padre) y fui a la cocina. —Buenos días, madre. ¿En qué le ayudo? —pregunté.
La monja me miró sorprendida. —Los huéspedes no tienen que trabajar, Rogelio. —El trabajo no mata a nadie, madre. La ociosidad sí. Déjeme lavar los trastes o barrer. Necesito sentir que sirvo para algo.
Y así pasaron los primeros días. Yo barría, trapeaba, ayudaba a pelar papas. Me sentía útil. Y ahí conocí historias peores que la mía. Conocí a Don Jacinto, que sus hijos le robaron la firma para quitarle la casa y luego lo botaron. Conocí a Pedro, que perdió todo en el vicio.
Al tercer día, decidí que no podía vivir de a gratis. Salí a la calle a buscar chamba. ¿Pero quién le da trabajo a un viejo de 70 años? Fui a una obra de construcción. —No, jefe, aquí se necesita fuerza. Usted se nos infarta cargando un bulto de cemento —me dijo el capataz, aunque lo dijo con respeto.
Fui a un mercado a pedir para cargar bolsas. —Ya tenemos a los chalanes, don. Hágase a un lado.
Caminé y caminé. Mis botas, ya viejas, empezaron a pedir tregua. Me senté en una banqueta, afuera de un taller mecánico. Olía a grasa y gasolina. Ese olor me recordó a mi tractor. Me quedé mirando cómo un muchacho joven batallaba con el carburador de una camioneta Ford vieja, de esas del 79. El muchacho sudaba y maldecía.
—Esa madre no va a quedar si le sigues moviendo al esprea de aire —dije en voz alta, sin querer.
El muchacho levantó la cabeza, todo manchado de grasa. —¿Y usted qué sabe, don? —Sé que esa troca está ahogada. Y sé que si no le calibras bien el flotador, vas a estar ahí todo el día. Yo tuve una igualita treinta años. La desarmaba y armaba con los ojos cerrados.
El muchacho me miró desafiante. —A ver, pues. Si es tan chingón, véngase.
Me levanté. Me dolía la espalda, pero cuando agarré el desarmador, mis manos recordaron todo. El metal, la grasa, el “clic” exacto de las piezas. En veinte minutos, la camioneta estaba ronroneando como gatito.
El dueño del taller, un señor gordo con bigote de morsa, salió de la oficina al oír el motor. —¡Milagro! Llevas dos días con esa chingadera, Beto. —No fui yo, patrón. Fue el don aquí presente —dijo el muchacho, señalándome.
El dueño me miró de arriba abajo. —¿Le sabes a la mecánica, abuelo? —Le sé a lo que tiene motor y ruedas. Tractores, camionetas viejas, bombas de agua. De lo moderno, con computadoras y sensores, ahí sí le fallo. Pero los fierros viejos hablan si uno los sabe escuchar.
El dueño se rascó la cabeza. —Tengo el patio lleno de carcachas que estos chamacos de hoy no saben arreglar porque no traen escáner. Si quieres, vente mañana. Te pago por destajo. Lo que arregles, nos vamos a medias.
Sentí que el corazón me volvía a latir. —Mañana no. Ahorita mismo empiezo. Solo… solo si me puede adelantar algo pa’ comprarme una torta, que traigo las tripas pegadas al espinazo.
El dueño sonrió y sacó un billete de cien pesos. —Tráete dos, una pa’ ti y una pa’ mí. Bienvenido, abuelo.
Ese día trabajé hasta que oscureció. Regresé al albergue con el cuerpo molido, más sucio que nunca, pero con dinero en la bolsa ganado con mi sudor, no regalado por mi hijo. Cuando me acosté, pensé en Carlos. ¿Me estaría buscando? ¿Estaría preocupado?
La respuesta llegó una semana después.
Estaba yo debajo de un camión de volteo en el taller, cuando escuché una voz conocida. Me heló la sangre. —Busco un radiador para un BMW, me dijeron que aquí conseguían piezas usadas de importación.
Era Carlos.
Salí de debajo del camión, limpiándome las manos en una estopa. Me puse de pie. Él estaba ahí, impoluto, con su traje gris y sus zapatos brillantes en medio de la tierra y el aceite.
Me vio. Abrió los ojos como platos. Se puso pálido. —¿Papá?
Los otros mecánicos se detuvieron a mirar. Beto, el muchacho que me retó el primer día y que ahora me decía “Maestro”, se acercó con una llave inglesa en la mano, como protegiéndome.
—¿Qué haces aquí, papá? —preguntó Carlos, bajando la voz, mirando a los lados avergonzado de que lo vieran en ese lugar hablando con un mecánico viejo—. ¡Te he estado buscando! Bueno… pensé que te habías regresado al pueblo. ¡Mira cómo estás! Estás todo sucio. Qué vergüenza.
—Vergüenza es robar, Carlos —dije tranquilo. Mi voz sonaba fuerte, segura. Ya no era el viejo arrimado de su sala—. Yo estoy trabajando.
—¡Vámonos! —dijo él, intentando agarrarme del brazo—. Súbete al coche. Lorena está muy enojada, dice que si los vecinos se enteran que andas de vagabundo van a hablar mal de nosotros. Vamos, te conseguí un lugar en un asilo en Cuernavaca. Es barato, pero limpio.
Me solté de su agarre con un movimiento brusco. —No. —¿Cómo que no? Papá, no seas necio. No puedes vivir así. Eres un anciano. —Soy un hombre, Carlos. Y soy un hombre que se vale por sí mismo. En tu casa me sentía como un mueble viejo. Aquí… aquí soy el Maestro Rogelio. Aquí la gente me respeta por lo que sé hacer, no por lo que tengo en el banco.
Carlos se puso rojo. —¡Es ridículo! ¿Prefieres estar aquí oliendo a grasa que en una casa decente? —Prefiero oler a grasa y tener dignidad, que oler a tu perfume caro y no tener alma.
El dueño del taller salió. —¿Algún problema, Rogelio? —Ninguno, patrón. Este señor ya se iba. Se equivocó de lugar. Aquí reparamos cosas que tienen arreglo. Lo de él… eso ya no tiene remedio.
Carlos me miró con una mezcla de furia y tristeza. Tal vez, por un segundo, recordó al padre que lo cargaba en hombros. Pero el momento pasó. Sacó su cartera. —Ten —me extendió unos billetes—. Por lo menos para que comas bien.
Miré el dinero. Eran mil pesos. —Guárdatelos —le dije—. Cómprale otro florero a tu mujer. O mejor, ahórralos. Porque un día, Carlos, un día vas a ser viejo. Y ojalá, mijo, ojalá que tus hijos no te traten como tú me trataste a mí. Porque el karma es canijo y cobra con intereses.
Carlos se quedó con la mano extendida. El aire pesaba. Se dio la media vuelta, se subió a su coche de lujo y arrancó rechinando llantas.
Lo vi irse. Beto se acercó y me puso una mano en el hombro. —¿Ese era su hijo, Maestro? —No, hijo —respondí, volviendo a meterme debajo del camión—. Ese era un extraño. Mi hijo… mi hijo se quedó en el rancho hace muchos años. Ese de ahí es solo un licenciado pobre, tan pobre que solo tiene dinero.
Agarré la llave de tuercas. —Pásame la del 14, Beto. Hay que terminar esto antes de que llueva.
Y seguí trabajando. Con las manos sucias, la espalda adolorida, pero el corazón libre. Porque aprendí que la familia no siempre es la sangre. Familia es el que te da la mano cuando estás en el suelo, como Toño, como las monjitas, como estos mecánicos mugrosos que ahora me invitan las cocas.
No sé cuánto tiempo me quede de vida. Pero sé que lo viviré de pie. Porque soy Rogelio Martínez, y yo no me rompo, nomás me oxido un poquito.
PARTE 3: EL GIRO DE LA TUERCA
El peso de los fierros y la soledad acompañada
Dicen que el tiempo cura todo, pero yo digo que el tiempo es más como una lija de agua: va puliendo la superficie, quitando lo rasposo del dolor, pero la marca en la madera ahí se queda pa’ siempre. Habían pasado ya seis meses desde que mi hijo Carlos me quiso aventar un fajo de billetes para comprar su conciencia, y seis meses desde que yo decidí que mi dignidad valía más que su lástima.
Mi vida en el taller “El Pistón de Oro” ya tenía su ritmo. No era vida de rico, ni de lejos. Vivía en un cuartito que Don Chuy, el dueño del taller, me rentaba en la parte de atrás del terreno. Era un cuarto de lámina y bloque, frío en invierno y un horno en primavera, pero era mío. Nadie me decía que estorbaba. Nadie me torcía la boca por comer mis frijoles con cuchara o por sorber el café.
Mis mañanas empezaban a las cinco. La costumbre del rancho no se quita ni viviendo en la selva de asfalto. Me levantaba, prendía mi parrilla eléctrica para calentar agua y me rasuraba con agua fría frente a un espejito roto que colgué en un clavo. A esa hora, la ciudad de México todavía está medio dormida, aunque nunca se calla del todo. Se oyen los camiones lejanos, los perros callejeros peleando por bolsas de basura y el silbato del camotero que a veces pasa rezagado.
A las siete ya estaba abriendo el zaguán del taller. Me gustaba ser el primero. Me gustaba el olor a aceite quemado, a estopa vieja y a metal frío. Para muchos eso huele a suciedad; para mí, huele a honestidad. Los fierros no mienten. Si un pistón está roto, está roto. No te dice que te quiere y luego te apuñala por la espalda. Los fierros son leales.
Beto, el muchacho que al principio me quería picar la cresta y ahora era como mi sombra, llegaba a las siete y media, siempre con una torta de tamal en la mano y los ojos lagañosos.
—¡Buenos días, Maestro Rogelio! —me gritaba desde la entrada—. ¿Ya está lista la cafetera?
—Ya, chamaco. Y lávate las manos que hoy nos toca bajar la caja de velocidades de la Cheyenne del compadre Pancho. Esa madre pesa más que un matrimonio mal avenido.
Nos reíamos. La risa en el taller es diferente a la risa en las fiestas de sociedad de mi hijo. Aquí nos reímos de nuestras desgracias, del “albur”, de la vida que nos trata a patadas pero no nos tumba.
Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas. El cuerpo me estaba pasando factura. Setenta años no se fuman en pipa, y menos setenta años de trabajo duro. Había días en que la espalda baja me punzaba como si me hubieran clavado un picahielos. Las manos se me entumían con el frío de la mañana, los dedos se me ponían rígidos como garra de pájaro y tardaba un buen rato en poder agarrar bien la llave de tuercas.
Pero me aguantaba. Me tragaba el dolor con un par de aspirinas y un trago de café negro. Porque el miedo a no servir, el miedo a volver a ser el “viejo inútil” que Lorena decía, era más fuerte que cualquier dolor de huesos.
Una tarde de noviembre, de esas grises y pesadas donde el esmog baja y te aprieta el pecho, estaba yo debajo de un Tsuru blanco que traía una fuga de aceite endemoniada. Estaba haciendo fuerza para aflojar el tornillo del cárter, que algún animal había apretado como si fuera la bóveda de un banco.
—¡Afloja, condenado! —gruñí, haciendo palanca con todo mi cuerpo.
De repente, sentí un estallido de luz blanca detrás de los ojos. El ruido del taller —la radio con cumbias a todo volumen, el taladro neumático, los gritos de Don Chuy— se fue alejando, como si me estuviera hundiendo en un pozo de agua profunda. El pecho me dolió, un dolor seco, agudo.
Solté la llave. Escuché el metal caer al suelo: Clang. Y luego, nada.
La familia que uno elige
Desperté por el olor. No a aceite, sino a alcohol y a ese desinfectante barato que usan en los hospitales de gobierno. Abrí los ojos y vi un techo despellejado, con una lámpara que parpadeaba.
—¡Ya despertó el abuelo! —escuché una voz familiar.
Giré la cabeza, mareado. Ahí estaba Beto. Tenía la cara manchada de grasa todavía, y en las manos retorcía su gorra de béisbol. Junto a él estaba Toño, el muchacho de la calle que me llevó al albergue la primera noche, y Don Chuy, con su bigote de morsa y cara de preocupación.
—¿Qué pasó? —pregunté, tratando de incorporarme. Sentí un tubo en la nariz y una aguja en el brazo.
—Se nos desconchinfló, Maestro —dijo Beto, con la voz temblorosa—. Estaba abajo del Tsuru y nomás vimos que salieron sus patas pa’ un lado y ya no contestaba. Pensamos que se nos había ido con San Pedro.
—Fue la presión, Rogelio —dijo Don Chuy, acercándose—. El doctor dice que traías la presión por las nubes y que el esfuerzo te dio un bajón de azúcar y un pre-infarto. Dice que tu corazón está cansado.
Me dejé caer en la almohada, que estaba dura como piedra. —Ya valió —murmuré, sintiendo que las lágrimas me picaban los ojos—. Ya no voy a poder trabajar. Ya no sirvo.
El miedo me invadió. Si no trabajaba, no pagaba la renta. Si no pagaba la renta, a la calle. Y en la calle, con este corazón remendado, no duraría ni dos noches.
—No diga pendejadas, Don Rogelio —interrumpió Toño, que se había colado a la sala de urgencias quién sabe cómo—. Usted sirve más que muchos enteros.
—Toño tiene razón —dijo Don Chuy, poniéndose serio—. Mira, Rogelio. En el taller no te vamos a dejar tirado. Eres el mejor mecánico que he tenido en años. Esos chamacos inútiles —señaló a Beto— no saben ni carburar un vocho si tú no les dices cómo.
—Pero ya no puedo cargar cosas pesadas, patrón.
—Pos no cargues —respondió Don Chuy—. Tú vas a ser el jefe de piso. Tú les dices qué hacer, tú diagnosticas, tú cobras y tú supervisas que estos burros no dejen tornillos sobrando. Te voy a pagar lo mismo. Bueno, un poquito menos porque no vas a meter mano, pero te va a alcanzar.
Miré a esos tres hombres. Uno era un patrón tacaño que peleaba cada peso, otro un chalán que apenas sabía leer y escribir, y el otro un niño de la calle que vivía de limpiar parabrisas. Ninguno llevaba mi sangre. Ninguno tenía mi apellido. Y sin embargo, ahí estaban, perdiendo su día de trabajo, velando mi sueño en una sala de urgencias atascada de gente enferma.
Me acordé de Carlos. De su traje impecable. De su “papá, hueles a viejo”.
—Gracias —dije, y la voz se me quebró. No pude decir más.
Estuve tres días internado. En esos tres días, nunca estuve solo. Beto se turnaba con Toño para traerme gelatina y platicarme chismes del taller. Incluso las monjitas del albergue vinieron a rezarme un rosario, lo cual puso muy nerviosa a la enfermera jefa.
Salí del hospital más flaco y más lento, pero con el corazón lleno, no de salud, sino de certeza. Sabía que no estaba solo.
El invierno del descontento
Pasaron los meses. Llegó diciembre. La Ciudad de México se llenó de luces, de nochebuenas en los camellones y de ese frío que cala hasta el tuétano. En el taller pusimos un arbolito de Navidad hecho con latas de aceite vacías y una serie de luces que parpadeaba cuando quería.
Yo ya no me metía debajo de los coches. Ahora andaba con una bata azul que decía “Jefe de Taller” (un regalo de Beto) y traía una tablita con hojas para anotar los fallos. Me sentía importante. Me sentía respetado.
Una tarde, estábamos comiendo tacos de canasta sentados en botes de pintura, viendo las noticias en una televisión vieja que teníamos colgada en la esquina.
—…y en otras noticias, escándalo financiero sacude a una de las constructoras más importantes del país —decía la presentadora, una mujer rubia muy seria—. Grupo Inmobiliario C&L enfrenta demandas por fraude, lavado de dinero y uso de materiales de baja calidad en edificios de lujo. Se ha girado orden de aprehensión contra los socios mayoritarios…
Yo estaba masticando un taco de chicharrón, pero me detuve. En la pantalla, aparecieron imágenes de oficinas siendo cateadas por la policía. Y luego, una foto. La foto de Carlos. Y la foto de Lorena.
—¡Ah, jijo! —exclamó Beto, con la boca llena de salsa verde—. Ese vato se parece al que vino aquella vez en el BMW, ¿no, Maestro? El que lo quería llevar al asilo.
Sentí que la sangre se me iba a los talones. Me acerqué a la tele. Ahí estaba. Mi hijo. Pero no se veía arrogante como la última vez. En la foto, que parecía tomada saliendo de algún juzgado o ministerio público, se veía aterrado. Tenía ojeras. Se veía… viejo.
—Se le acusa a Carlos Martínez y a su esposa Lorena de desfalco por más de cincuenta millones de pesos —continuó la reportera—. Al parecer, utilizaban empresas fantasma para desviar fondos de inversionistas. Se reporta que sus propiedades han sido embargadas y sus cuentas congeladas.
El taco me supo a ceniza. Solté el plato. —Es mi hijo —susurré.
Don Chuy apagó la tele. Se hizo un silencio pesado en el taller, solo roto por el compresor de aire que se prendió de golpe.
—Lo siento mucho, Rogelio —dijo Don Chuy.
Yo me senté en mi banco. Sentía una mezcla de cosas que no sé ni cómo explicar. Por un lado, una voz oscura dentro de mí, tal vez el diablo, me decía: “Se lo merece. Eso es el karma. Por tratarte como basura, ahora es basura él”. Pero por otro lado, era mi Carlitos. El niño que lloraba cuando se le rompía su papalote. El muchacho por el que vendí mis vacas.
—El dinero es cabrón —dijo Toño, que estaba barriendo—. Te sube rápido, pero te deja caer sin paracaídas.
Esa noche no pude dormir. Escuchaba el viento golpear la lámina de mi cuarto y pensaba en dónde estaría él. ¿En la cárcel? ¿Huyendo? ¿Lorena seguiría con él o, como las ratas, habría saltado del barco en cuanto se empezó a hundir?
Pasaron dos semanas. La noticia se enfrió, como todo en este país donde pasa una tragedia nueva cada día. Yo seguí trabajando, pero andaba distraído. Se me olvidaba anotar placas, confundía las llaves. Beto lo notó, pero no dijo nada, solo corregía mis errores en silencio. Buen muchacho.
El regreso del hijo pródigo
Era el 24 de diciembre. En el taller íbamos a cerrar temprano. Don Chuy había traído un pavo (bueno, un pollo grande) y sidra para brindar antes de irnos cada quien a su lado. El ambiente era festivo, pero yo sentía una tristeza honda, de esas que duelen en el pecho.
Estaba bajando la cortina metálica del taller, listo para irme a mi cuartito a pasar la Nochebuena solo, escuchando la radio, cuando vi una figura parada en la acera de enfrente, bajo la luz amarillenta de un farol.
Lloviznaba. Esa llovizna molesta de la ciudad, fría y sucia. La figura cruzó la calle. Caminaba arrastrando los pies. No traía paraguas.
Cuando estuvo cerca, casi no lo reconocí. Llevaba un abrigo que alguna vez fue caro, pero ahora estaba sucio y arrugado. No traía corbata. Tenía barba de varios días, canosa. Los zapatos italianos estaban llenos de lodo.
Se paró frente a mí. Yo tenía la mano en el candado de la cortina.
—Papá —dijo. Su voz era un hilo.
Me quedé quieto. El corazón me latía fuerte, amenazando con darme otro susto como el de noviembre. —Carlos —respondí, seco.
Él levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados. —¿Puedo… puedo pasar?
Miré hacia adentro. Beto y Don Chuy ya se habían ido por la puerta trasera. Estábamos solos. Abrí el candado y levanté la cortina un poco. —Pásale.
Entró. Miró el taller con sus coches desarmados, sus manchas de grasa en el suelo, sus calendarios de mujeres en bikini en las paredes. Ya no había asco en su mirada. Había hambre. Y frío.
Le señalé un banco de madera. —Siéntate. ¿Quieres café? —Sí, por favor.
Le serví en una taza despostillada. Sus manos temblaban tanto que derramó un poco al agarrarla. Bebió con desesperación, quemándose la lengua, pero no le importó.
—Lorena se fue —dijo de repente, sin que yo preguntara—. Se fue a Miami con sus papás en cuanto congelaron las cuentas. Me dejó, papá. Me dijo que ella no se casó para ser pobre. Que le daba asco verme así.
Yo me recargué en la mesa de trabajo, cruzando los brazos. —El dinero atrae muchas moscas, mijo. Pero cuando se acaba la mierda, las moscas vuelan a otro lado.
Carlos soltó una risa amarga que terminó en sollozo. —Lo perdí todo. La casa, los coches, el prestigio. Tengo una orden de aprehensión, pero mi abogado dice que si pago una fianza puedo llevar el proceso en libertad… pero no tengo para la fianza. No tengo ni para comer hoy. Llevo dos noches durmiendo en la terminal de autobuses.
Me miró. Una mirada que me partió el alma. Era la mirada de un perro apaleado. —Perdóname, papá. Fui una mierda. Fui… no tengo nombre. Te corrí. Te humillé. Y tú… tú tenías razón. Todo lo que tengo es falso.
Se cubrió la cara con las manos y lloró. Lloró con ese llanto feo de los hombres que nunca lloran, con gemidos roncos, moco y baba.
Yo lo vi. Pude haberle dicho: “Te lo dije”. Pude haberle cerrado la puerta y decirle que se fuera a buscar a su suegros ricos. Pude haber disfrutado mi venganza. Pero miré mis manos. Manos de trabajador. Manos que construyen, no que destruyen. Y recordé a Lupe. Su madre. ¿Qué me diría ella si viera que dejo a nuestro hijo en la calle en Nochebuena?
Me acerqué a él. Le puse la mano en el hombro. El abrigo estaba mojado. —Levántate —le dije.
Él me miró, asustado. —¿Me vas a correr? —Levántate, cabrón —dije más fuerte.
Se puso de pie, tambaleándose. —Vamos a mi cuarto. No es el Sheraton, y la cama huele a humedad, pero hay techo. Y tengo unos tamales que me regaló la señora de la fonda.
Carlos me abrazó. Se aferró a mí como un náufrago. Yo me quedé rígido un segundo, pero luego, mis brazos viejos, esos que cargaron bultos de cemento y costales de maíz, lo rodearon. Olía mal. Olía a sudor de miedo y a calle. Pero debajo de ese olor, seguía siendo mi hijo.
La escuela de la vida (o cómo arreglar un motor y un alma)
Esa noche cenamos tamales de rajas y tomamos ponche. Carlos durmió en mi cama y yo me acomodé en un catre plegable. Durmió 14 horas seguidas.
Al día siguiente, 25 de diciembre, lo desperté temprano. —Órale. Arriba.
Carlos se talló los ojos. —¿Qué pasa? ¿A dónde vamos? —Tú a ningún lado. Yo voy a misa. Tú te quedas aquí y limpias este chiquero. Quiero el piso barrido y trapeado para cuando regrese.
—¿Yo? —preguntó, ofendido por inercia—. Papá, yo soy licen… —Tú eres un prófugo sin un peso en la bolsa —lo corté en seco—. Aquí el que no trabaja, no traga. Esa fue la ley en el rancho y es la ley aquí. Si quieres quedarte, te vas a ganar el pan. Se acabaron los licenciados. Aquí vas a aprender a ser hombre de verdad.
Carlos bajó la cabeza. —Está bien.
Cuando regresé, el cuarto estaba limpio. Mal barrido, pero limpio.
Al día siguiente, hablé con Don Chuy. —Patrón, necesito un favor. Mi hijo… necesita chamba. Don Chuy levantó una ceja. —¿El “licenciado”? ¿El que te corrió? No me digas que lo vas a traer aquí. —Todos merecemos una segunda oportunidad, Don Chuy. Además, le sale barato. Solo dele pa’ los pasajes y la comida. Yo me encargo de que desquite.
Don Chuy refunfuñó, pero aceptó. —Pero a la primera que se ponga sus moños de grandeza, lo saco a patadas, Rogelio. Te lo advierto.
Y así empezó el calvario de Carlos, que fue su salvación. El primer día, le di un overol que le quedaba grande y estaba lleno de manchas viejas. —Póntelo. Vas a empezar lavando piezas. —Pero papá, yo sé de finanzas, podría ayudar con la contabilidad del taller… —¡Ni madres! —grité—. Tú no tocas dinero. Tú tocas grasa. Necesitas ensuciarte las manos para limpiar tu cabeza. Agarra esa cubeta de gasolina y ese cepillo de dientes y límpiame ese carburador hasta que brille.
Carlos vomitó dos veces ese día por el olor a gasolina y solvente. Beto se burlaba de él. —¡Échale ganas, Lic! ¡Si no queda limpio no hay torta!
Yo veía a mi hijo sufrir. Veía cómo se le ampollaban las manos suaves de oficinista. Veía cómo le dolía la espalda. Y me dolía a mí también, pero me aguanté. Tenía que romperse para volverse a armar. Como un hueso mal soldado, había que quebrarlo para que pegara derecho.
Pasaron las semanas. Enero, febrero. Poco a poco, las quejas de Carlos disminuyeron. Empezó a entender la lógica de la mecánica. —Papá, ya entendí por qué fallaba la bomba de agua de la Ford —me dijo un día, con la cara manchada de tizne pero con una sonrisa genuina—. El empaque estaba mordido.
—Eso es, mijo. Hay que fijarse en los detalles.
Una tarde, llegó un cliente prepotente. Un tipo con un Audi que nos gritaba porque no teníamos su coche listo. —¡Son unos inútiles! —nos gritaba—. ¡No saben con quién se meten!
Yo vi cómo Carlos se tensaba. Se levantó de donde estaba lavando llantas. Se acercó al tipo. Pensé que lo iba a golpear o que se iba a poner a discutir de leyes.
Pero Carlos se paró frente a él, tranquilo, limpiándose las manos en un trapo. —Señor —dijo Carlos con voz firme pero calmada—. El Maestro Rogelio y los muchachos están trabajando lo más rápido posible. Su coche tenía un daño mayor en la transmisión que no se veía a simple vista. Si quiere un trabajo mal hecho, se lo entregamos ahorita y se le descompone en la esquina. Si quiere un trabajo bien hecho, se espera y nos habla con respeto. Porque aquí nadie es su criado.
El tipo se quedó mudo. Carlos tenía una autoridad natural, pero ahora no era arrogancia. Era dignidad. El cliente bajó la guardia. —Está bien. ¿Cuándo queda? —Mañana a las cinco. —Gracias.
Cuando el tipo se fue, Beto soltó un chiflido. —¡Esoo, Lic! ¡Ya le salen espolones al gallo!
Yo sonreí. Ahí estaba. Ese era el hombre que yo quería criar.
El saldo final
Ha pasado un año desde aquella Navidad. Las cosas han cambiado mucho. Carlos arregló sus problemas legales. Resultó que él no firmó los fraudes, fue su socio y Lorena quienes orquestaron lo más pesado. Él solo fue omiso, pendejo, como él mismo dice. Tuvo que pagar multas, perdió su licencia para ejercer por un tiempo y quedó en bancarrota, pero no pisó la cárcel.
Lorena nunca volvió. Dicen que ya anda con un gringo en Miami. A Carlos ya no le importa.
Hoy es domingo. Estamos en el taller, pero no trabajando. Pusimos un asador en el patio. Don Chuy trajo carne, Toño trajo las tortillas (ya dejó la calle, ahora trabaja de mensajero en una moto que le ayudamos a arreglar) y Beto puso la música.
Carlos está en la parrilla, volteando la carne. Ya no usa trajes. Trae unos jeans gastados y una playera negra. Se ve más fuerte. Se ve feliz.
Me acerco a él con una cerveza en la mano. —¿Cómo va eso, mijo? —Ya casi queda, papá. Término medio, como te gusta, aunque te hacen daño los dientes.
Nos reímos. —Oye, papá —me dice, poniéndose serio un momento—. Me ofrecieron un trabajo ayer. En un despacho contable. Empezar desde abajo, pero en oficina. Aire acondicionado, escritorio…
Sentí un hueco en el estómago. Sabía que este día llegaría. Él no es mecánico, su mundo son los números. —¿Y qué vas a hacer? —pregunté, tratando de que no se me notara la tristeza.
Carlos volteó la carne. El humo olía delicioso. —Les dije que no. —¿Cómo que no? ¿Estás loco? Es lo tuyo. —No, papá. Ya no. Hablé con Don Chuy. Me propuso algo. Él ya se quiere retirar. Quiere que yo administre el taller. Dice que con mis números y tu experiencia técnica, podemos hacer crecer esto. Podemos abrir otra sucursal. Podemos dar trabajo a chavos como Toño y Beto.
Me quedé mudo. —¿Quieres… quieres quedarte aquí? ¿Entre la grasa? —Quiero quedarme donde está mi familia, papá —me miró a los ojos. Esos ojos que son los mismos de su madre—. Además, alguien tiene que cuidarte, viejo necio. Si no estoy yo, capaz que te cae otro Tsuru encima.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero de los buenos. De esos que se desatan con un trago de cerveza y un abrazo. Le di una palmada en la espalda. —Pues apúrate con la carne, socio. Que el hambre no espera.
Miro alrededor. Veo a Beto bromeando con Toño. Veo a Don Chuy riéndose. Veo a mi hijo, mi verdadero hijo, no el fantasma que vivía en la mansión. Perdí mis tierras, perdí mi casa, perdí a mi esposa. Me quedé en la calle con una maleta vieja. Y sin embargo, aquí, comiendo carne asada en un patio sucio de aceite, me siento el hombre más rico de México.
Porque la vida me enseñó a la mala que el éxito no es qué tan alto llegas, sino quién te ayuda a levantarte cuando te caes. Y que nunca es tarde para arreglar algo que parece roto, ya sea un motor viejo del 79, o la relación con un hijo.
Como decimos los mecánicos: Todo tiene arreglo, menos la muerte. Y mientras estemos vivos, aquí seguimos, dando batalla, con las manos sucias y la frente en alto.
PARTE FINAL: EL LEGADO DE LOS MARTÍNEZ (VERSIÓN EXTENDIDA)
(Narrada por Don Rogelio, con un Epílogo de Carlos)
I. La Sinfonía de los Fierros: Cinco Años Después
Si alguien me hubiera dicho hace cinco años, en aquellas noches largas donde mi única cobija era el periódico y mi techo las estrellas contaminadas de la ciudad, que hoy estaría sentado en una silla ergonómica (que, la verdad, me sigue pareciendo incómoda comparada con un buen tronco), firmando la nómina de veinte familias, le habría dicho que estaba borracho de mezcal adulterado o simplemente loco de remate.
Pero así es la vida, da más vueltas que una llanta mal balanceada en carretera de terracería. Y aquí estamos.
Han pasado cinco años. Un lustro, dirían los letrados. Cinco años desde aquella Navidad fría y lluviosa en que mi hijo Carlos regresó, derrotado, con el orgullo hecho pedazos y el alma en los tobillos, para renacer entre la grasa, el aceite quemado y el sonido de las llaves de tuercas.
El taller “El Pistón de Oro” ya no es ese cuartucho oscuro y mal ventilado donde mi compadre Don Chuy (que en paz descanse y de Dios goce) guardaba sus triques y sus calendarios de mujeres encueradas. No, señor. Ahora abarcamos tres lotes completos de la cuadra. Tiramos las paredes viejas, echamos colado nuevo y levantamos una nave industrial que da gusto verla. El letrero de la entrada, pintado a mano por un rotulista de la vieja escuela —porque insistí en que fuera a mano y no esas lonas impresas que se destiñen con el sol—, reza con letras doradas y bordes rojos: “Centro de Servicio Automotriz y Escuela de Oficios Martínez & Asociados”.
Don Chuy se nos fue hace dos años. Le dio un infarto fulminante un domingo, mientras veía el clásico América-Chivas y se comía unos sopes de chicharrón. Murió haciendo lo que le gustaba: enojarse con el árbitro. En su testamento, escrito en una hoja de cuaderno cuadriculado y manchada de mole, nos dejó su parte del negocio. “Para los únicos locos que aguantaron mi mal genio y mis gritos”, decía el papel. Lloramos su partida, pero brindamos con tequila en su honor, porque así se despide a los hombres de bien.
Carlos ha hecho maravillas con el lugar. No les voy a mentir, al principio nos dábamos unos agarrones que parecían peleas de gallos. Él, con su cabeza llena de números y modernidad, quería meter computadoras para todo. Quería inventarios digitales, citas por aplicación en el celular, facturación electrónica al instante. —Papá —me decía, con esa paciencia que fue cultivando poco a poco—, el oído detecta la falla, eso nadie te lo quita, pero la computadora administra la pieza. Si no sabemos cuánto gastamos en tornillos, no sabemos cuánto ganamos. Si no nos modernizamos, nos comen los tiburones de las agencias grandes.
Yo rezongaba. Le decía que el coche se escucha con el corazón, que los fierros te hablan si pones la oreja en el cofre. Pero tenía razón el muchacho. Ahora somos una mezcla rara, un híbrido como esos coches nuevos de gasolina y electricidad. Tenemos los escáneres más modernos que parecen tablets de la NASA para diagnosticar los coches del año, esos que si les soplas fuerte se desprograman. Pero al fondo, en la zona que bautizamos como la “Fosa de los Milagros”, seguimos estando los de la vieja guardia. Ahí, yo y un par de mecánicos veteranos, el “Tuercas” y don Anselmo, arreglamos esas carcachas, esas camionetas de redilas y esos vochos guerreros que en la agencia ya no quieren ni tocar porque dicen que son chatarra. Nosotros les damos vida.
II. Sembrando en el Asfalto: La Escuela de Oficios
Pero lo más bonito de todo este alboroto no es el dinero. Gracias a Dios, las deudas se pagaron, la hipoteca es historia y ya no tronamos los dedos a fin de mes. Pero lo que realmente me infla el pecho de orgullo, más que cualquier camioneta del año, es la “Escuela”.
Fue idea de Carlos y de Toño. ¿Se acuerdan de Toño? El muchacho de la calle que me regaló un café aquella primera noche de mi desierro. Ya no es un niño. Ahora es un hombre derecho, jefe de hojalatería y pintura. Un día se me acercó, limpiándose las manos llenas de pintura primer gris. —Don Rogelio —me dijo—, allá afuera, en el barrio, hay un chingo de chavos como yo era antes. No son malos, jefe. Nomás están solos. Tienen hambre y tienen rabia. Si no les enseñamos a agarrar una llave inglesa o una pistola de pintura, van a terminar agarrando una pistola de verdad pa’ asaltar.
Esas palabras se me clavaron. Hablé con Carlos esa misma noche. —Hagámoslo —dijo mi hijo sin dudar—. Tenemos el espacio y tenemos el conocimiento. Es hora de devolver un poco de lo que la vida nos dio.
Y así empezamos. El programa “Segunda Oportunidad”. Cada seis meses aceptamos a una generación de diez muchachos y muchachas (porque las mujeres también son re-buenas pa’ la mecánica, tienen manos más finas para los detalles) que vienen de los barrios bravos, de los tutelares o de la calle. No les cobramos un peso. Al contrario, les damos una beca para sus pasajes y su comida. La única condición es sagrada: tienen que terminar la secundaria abierta, no pueden llegar drogados y tienen que llegar puntuales. Un minuto tarde y se regresan a su casa.
Yo me encargo de la “Mecánica Básica y Teoría de la Vida”. Les enseño cómo funciona un motor de combustión interna, pero también les enseño a no ser pendejos. Les enseño que un trabajo mal hecho es una mancha en tu apellido. Les enseño que la honestidad paga más a la larga que cualquier transa rápida. Carlos, por su lado, les da clases de administración, atención al cliente y ética. Ver a mi hijo, el que antes despreciaba a la gente pobre, sentado con paciencia explicándole a un muchacho tatuado cómo hacer un presupuesto justo, es algo que me cura todas las heridas del pasado.
Recuerdo mucho a Kevin, un muchacho flaco, “crikoso” le decían, que llegó temblando en la segunda generación. A la semana, le caché guardándose una matraca cromada en la mochila. Los otros mecánicos querían llamar a la policía. Yo lo detuve. Lo llevé a la oficina. —¿Por qué robas, mijo? —le pregunté. Kevin lloró. Me dijo que su mamá estaba enferma y no tenían para la medicina. En lugar de correrlo, le compramos la medicina. Pero le dije: “Esta medicina no es regalada, Kevin. La vas a pagar con horas extra lavando el piso del taller hasta que brille como espejo”. Kevin no solo pagó. Kevin se convirtió en el mejor especialista en frenos que tenemos. Hoy es un hombre casado, limpio, que llega los domingos a saludarme con su esposa. Esa es la mejor cosecha que he levantado en mi vida. Mejor que el maíz de temporal, mejor que el sorgo. Estamos sembrando futuro en medio del asfalto.
III. El Fantasma de Tacones Altos
La vida tiene formas curiosas de ponerte a prueba cuando piensas que ya pasaste todos los exámenes. Un martes de abril, de esos días en que el calor de la Ciudad de México se encierra y el esmog hace que el cielo se vea gris rata, llegó una camioneta al taller. No era cualquier coche. Era una Mercedes Benz clase G, negra, blindada, brillante como si la acabaran de sacar de la caja.
El taller se detuvo. Los muchachos dejaron de martillar. Beto bajó el volumen de la cumbia. Bajó un chofer de traje y le abrió la puerta trasera a una mujer. Bajó primero un zapato de tacón de aguja, rojo sangre. Luego bajó ella. Iba vestida de blanco impecable, un traje sastre que costaba más que todas las herramientas del taller juntas. Lentes oscuros enormes que le tapaban media cara.
Yo estaba en la recepción, revisando una factura de aceites que no me cuadraba. Al verla entrar, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Aunque los años habían pasado y el bisturí del cirujano había tratado de estirar lo inestirable, reconocí ese gesto. Esa forma de caminar como si el suelo no la mereciera. Era Lorena.
Se quitó los lentes al entrar. Miró el lugar con curiosidad. Ya no con el asco visible de hace cinco años, pero sí con esa distancia antropológica de quien visita un zoológico o un mercado de artesanías. —Buenas tardes —dijo. Su voz seguía siendo esa melodía melosa y falsa que alguna vez me engañó, pensando que era una buena mujer para mi hijo. —Buenas tardes, señora —respondí seco, sin levantarme de mi silla de madera. Seguí mirando mis papeles.
Ella se acercó al mostrador. Entrecerró los ojos, mirándome fijamente. —¿Rogelio? —preguntó, con un tono de incredulidad—. ¡Vaya! Te ves… diferente. —Más viejo, querrá decir —contesté sin mirarla. —No… te ves más repuesto. Más fuerte. Pensé que… bueno, oí rumores de que estabas muy mal. —La mala hierba nunca muere, Lorena. Y el trabajo conserva mejor que las cremas esas caras. ¿Qué se le ofrece?
Ella soltó una risita nerviosa. —Sigues teniendo ese carácter “rustico”, Rogelio. Busco a Carlos. Me dijeron que… que aquí lo podía encontrar. La verdad, cuando me dijeron que tenía un taller mecánico, pensé que era una broma de mal gusto. O que estaba en la ruina total. Pero veo… —miró alrededor, viendo la nave industrial, los elevadores hidráulicos, la gente trabajando con uniformes limpios— veo que no es un tallercito cualquiera.
En ese momento, se abrió la puerta de la oficina de gerencia, la que tiene vidrios ahumados. Salió Carlos. Pero no salió el Carlos que ella recordaba. No salió el licenaciadito de piel pálida, traje gris y hombros caídos por el estrés de aparentar. Salió un hombre. Mi hijo estaba robusto, con los brazos marcados por cargar piezas y ayudar en el patio. Tenía la piel bronceada por el sol, porque le gusta salir a supervisar las reparaciones. Vestía una camisa tipo polo negra con el logo del taller bordado en el pecho, unos jeans Levis bien puestos y botas industriales. Se veía pleno. Se veía dueño de su suelo.
Se detuvo en seco al verla. —Lorena.
Ella sonrió. Fue la sonrisa de “aquí viene mi presa”. Se acomodó el cabello. —Hola, Carlos. Tanto tiempo. Se acercó para darle un beso en la mejilla, invadiendo su espacio, dejando una estela de perfume caro que olía a flores muertas. Carlos no retrocedió, pero le extendió la mano formalmente, poniendo una barrera invisible entre los dos. —Buenas tardes, Lorena.
Ella se quedó desconcertada, con el beso en el aire, pero le estrechó la mano. Su mano cuidada contra la mano callosa de mi hijo. —¿A qué debo el honor de tu visita? —preguntó él, con un tono profesional.
—Bueno, estoy de paso en la ciudad —dijo ella, recuperando la compostura—. Mi… mi actual esposo y yo estamos expandiendo negocios aquí en la capital. Pasé por nuestra antigua casa en Las Lomas… qué recuerdos, ¿no? Y me enteré de todo lo que pasó después de que nos… separamos. Y oí que te habías vuelto empresario del ramo automotriz.
Carlos asintió levemente. —Así es. —Veo que te ha ido bien. A tu manera, claro. Es un poco… sucio el ambiente, ¿no? Mucho ruido. Pero se ve que hay dinero.
—Nos va muy bien, gracias —dijo Carlos, ignorando la puya—. Tenemos mucho trabajo.
Lorena jugó con el broche de oro de su bolso. —Carlos, seré directa. Tú sabes que soy mujer de negocios. La empresa de mi esposo tiene una flotilla de vehículos ejecutivos y de escoltas. Son más de cincuenta unidades, puras marcas premium. Estamos buscando quién les dé servicio de mantenimiento y reparación. Las agencias nos roban y tardan mucho. Pensé en ti. Se acercó un paso más, bajando la voz a un susurro cómplice. —Sería un contrato millonario, Carlos. Millonario en dólares. Claro, tendríamos que vernos para cenar, tú y yo solos, para… platicar los detalles finos. Los porcentajes. Recordar viejos tiempos. Quizás hay cosas que dejamos pendientes.
Se hizo un silencio en la recepción. Solo se oía el zumbido lejano de un taladro neumático. Yo miré a mi hijo. Sabía lo que significaba ese dinero. Podríamos abrir otra sucursal. Podríamos renovar toda la maquinaria. Era la tentación vestida de blanco. Pero también vi la mirada de Lorena. No era una mirada de negocios. Era la vanidad herida. No soportaba ver que el juguete que ella tiró a la basura porque “ya no servía”, ahora estaba brillando y funcionando mejor que nunca. Quería probarse a sí misma que todavía tenía poder sobre él, que podía chasquear los dedos y tenerlo de vuelta.
Carlos sonrió. Pero no fue una sonrisa de sumisión. Fue una sonrisa tranquila, sin rencor, la sonrisa de quien ya no tiene hambre de migajas. —Te agradezco la oferta, Lorena. De verdad, gracias por pensar en nosotros. Pero no podemos aceptarla.
Lorena parpadeó, incrédula. Se le cayó la máscara por un segundo. —¿Qué? ¿Estás loco? ¿Escuchaste lo que dije? Es un contrato de mantenimiento integral. Es muchísimo dinero. Te estoy haciendo un favor, Carlos.
—Lo sé —respondió él, con una calma que me llenó de orgullo—. Pero ahorita estamos a tope de capacidad. Y la verdad, nuestra prioridad y nuestro compromiso están con nuestros clientes de barrio, con las flotillas de las PyMES locales que han confiado en nosotros desde el día uno, y con la Escuela de los muchachos. Atender tu flotilla ejecutiva requeriría una atención “preferencial” y una exigencia de tiempos que no estamos dispuestos a dar si eso significa descuidar a los que nos hicieron crecer.
—Pero Carlos… todo es negociable. Podemos hablar de tarifas más altas. —No es una negociación, Lorena. Es una decisión de principios. Y en cuanto a la cena… me temo que no podré. Mi esposa me espera a las ocho. Hoy celebramos nuestro aniversario.
Lorena se puso pálida, como si le hubieran dado una bofetada con guante blanco. —¿Te… te casaste? —Sí. Hace tres meses. Con Marisol. —¿Marisol? ¿Quién es? ¿Alguna socialité que no conozco? Carlos soltó una carcajada honesta. —No, para nada. Marisol es la doctora de la farmacia de la esquina. Una mujer maravillosa, sencilla, que ama el olor a grasa tanto como yo, y que cuando llego sucio del trabajo, me abraza en lugar de mandarme a bañar al patio.
Lorena apretó los labios hasta que se le pusieron blancos. Se puso sus lentes oscuros rápidamente para ocultar la derrota en sus ojos. —Bueno. Tú te lo pierdes. Siempre fuiste un conformista, Carlos. Un mediocre que se conforma con poco. —Y tú siempre fuiste ambiciosa, Lorena. Espero que esa ambición te mantenga calientita en las noches frías. Que te vaya bien.
Ella dio la media vuelta, sus tacones resonaron con furia en el piso de concreto, y salió sin despedirse. Subió a su camioneta blindada y se perdió en el tráfico.
Carlos suspiró profundamente y se recargó en el mostrador, como si hubiera descargado un bulto de cemento. Me miró, buscando aprobación. —¿Hice bien, papá? —me preguntó, con ese tono de niño chiquito que nunca se le quitó. Yo me levanté y le apreté el hombro con mi mano buena. —Hiciste lo mejor, mijo. Lo mejor. El dinero que viene de gente así, sale caro. Pero oye… ¿cuál aniversario? Si apenas llevan tres meses de casados tú y la doctora. Carlos me guiñó el ojo, travieso. —Cumplimos tres meses hoy, papá. Es aniversario de mes. Hay que celebrar todo. La vida es corta y Marisol hizo mole.
IV. El Llamado de la Tierra y la Raíz
“La vida es corta”, dijo. Y mi cuerpo, que es sabio aunque esté viejo, se encargó de recordármelo ese invierno.
Empezó con una tos. Una tos seca, perra, que no me dejaba dormir. Luego vino el cansancio. No el cansancio rico de después de trabajar, sino una fatiga profunda, como si la batería interna ya no retuviera la carga. Subir las escaleras a la oficina me costaba un mundo. Me faltaba el aire.
Carlos, que no se le escapa una, me llevó casi a rastras con un especialista en neumología, uno de los buenos. El doctor vio las radiografías y movió la cabeza. —Sus pulmones están muy gastados, Don Rogelio. Son años de polvo en el campo, los pesticidas de antes, luego los solventes del taller, el humo de los escapes y la edad… Es una enfermedad pulmonar crónica. Necesita bajar el ritmo drásticamente. Necesita salir de esta ciudad. Necesita aire puro o se nos va a apagar muy rápido.
Carlos se tomó el diagnóstico como una orden militar. Esa misma noche, cenando en su casa (una casa modesta pero bonita, llena de plantas que cuida Marisol), puso unos papeles sobre la mesa. —Te vas a retirar, papá. —¡Ni madres! —salté, golpeando la mesa—. Si me siento en una mecedora me oxido. Yo soy hombre de trabajo. —No dije que te vas a sentar a ver la tele. Dije que te vas a retirar de la Ciudad de México. Fírmale aquí.
—¿Qué es esto? ¿Me vas a mandar a un asilo en Cuernavaca otra vez? —bromeé, aunque el recuerdo todavía dolía un poquito. —Léelo, viejo necio.
Me puse los lentes de lectura que colgaban de mi cuello. Mis ojos recorrieron el papel legal. “Escritura Pública número tal… Predio rústico denominado La Esperanza, Municipio de San Pedro… Propietario: Rogelio Martínez.”
Se me nubló la vista. Las letras bailaron en el agua de mis lágrimas. —¿Qué… qué hiciste, Carlos? —Recuperé la parcela, papá —dijo él, con la voz entrecortada—. La que está pegada al río. La buena. La que hipotecaste y perdiste para pagarme la carrera que desperdicié tantos años. Busqué al dueño actual, un ganadero necio de la región, y le estuve insistiendo un año hasta que le hice una oferta que no pudo rechazar con las ganancias del taller. Es tuya otra vez. Es nuestra.
Lloré. Lloré como no lloraba desde que enterré a mi Lupe. Lloré de vergüenza, de agradecimiento, de amor. —Pero… ¿y el taller? ¿Quién va a regañar a los chalanes? —El taller camina solo, papá. Beto es un gerente operativo excelente, tú mismo lo entrenaste. Yo puedo ir y venir los fines de semana, y manejar las cosas administrativas desde allá con internet. Pero tú… tú te regresas a casa. Te construí una casita ahí. No es una mansión, es de adobe y teja como te gustan, pero tiene un porche enorme para que veas los atardeceres y respires aire limpio. Te vas a casa, papá.
V. El Último Viaje y el Olor a Ahuehuete
El regreso a San Pedro fue una fiesta para mi alma. Cargamos la Ford 79, esa camioneta bicolor que arreglé el primer día en el taller y que Carlos restauró pieza por pieza para mí. Iba llena de cajas, de herramientas, de regalos para los viejos compadres del pueblo.
Manejamos las cinco horas con la radio puesta, cantando canciones de José Alfredo Jiménez. La camioneta ronroneaba en la carretera, devorando kilómetros de asfalto. Cuando vi el letrero oxidado que decía “Bienvenidos a San Pedro”, sentí que el alma me regresaba al cuerpo de golpe. Bajé el vidrio. El aire me golpeó la cara. El olor… Dios mío, el olor. Ese olor a tierra mojada, a leña de encino quemada en los fogones, a estiércol de vaca y a hierba fresca. Para la gente de ciudad eso es peste; para mí, es el perfume más fino del mundo. Es olor a vida.
La casa que Carlos mandó construir era hermosa en su sencillez. Justo frente al río, donde los ahuehuetes viejos, esos árboles gigantes que parecen abuelos vegetales, dan una sombra fresca y eterna. —Aquí vas a estar bien, papá —me dijo Carlos, bajando mi vieja maleta de lona. La misma maleta con la que salí expulsado de su mansión, ahora regresaba llena de ropa nueva y de dignidad.
Los siguientes dos años fueron, sin duda, los más pacíficos y felices de mi existencia. Mis pulmones estaban cansados, sí, pero mi corazón estaba lleno. Me levantaba temprano, no porque tuviera que checar tarjeta, sino porque quería ver salir el sol sobre la milpa. Tenía un huerto pequeño: jitomates gordos y rojos, chiles serranos que picaban como demonios, calabazas y cilantro. Compré unas gallinas ponedoras y un par de chivos traviesos, “pa’ que no esté tan silencio el patio y tengan con quién platicar”, le decía a Marisol.
Carlos, Marisol y mi nieto —sí, me hicieron el milagro de hacerme abuelo de un chamaco robusto y gritón al que le pusieron Rogelio— venían cada quince días sin falta. Ver a mi nieto, el “Rogelito”, correr por el surco, llenándose de lodo hasta las orejas, persiguiendo lagartijas y cayéndose al río, era mi medicina. Yo me sentaba en mi mecedora de madera en el porche, viéndolos. Veía a Carlos enseñándole al niño a sembrar, con paciencia, con amor. Y pensaba que la vida, al final, es justa. Cobra caro, sí, pero paga sus deudas con intereses si uno tiene la paciencia de aguantar la tormenta.
Yo sabía que me estaba apagando. No necesitaba doctor para saberlo. Lo sentía en el aire que cada vez me costaba más jalar. Lo sentía en las siestas que pasaron de ser de media hora a ser de dos horas. Mis manos temblaban un poco más. Pero no tenía miedo. Ya no. Había cumplido mi misión en esta tierra. Mi hijo era un hombre de bien, un hombre útil, un buen esposo y un gran padre. Mi tierra era mía otra vez, lista para heredarla al nieto. Y mi conciencia estaba tan limpia como el agua del manantial.
Una tarde de domingo, a finales de octubre, el aire ya calaba un poco frío, anunciando el Día de Muertos. Estábamos todos en el porche. Habíamos comido barbacoa de hoyo que preparó un vecino. El sol se estaba metiendo, pintando el cielo de esos colores que solo existen en el campo mexicano: naranja fuego, morado intenso y un rosa suave.
Carlos estaba sentado en el escalón de concreto, limpiando sus botas de trabajo con un trapo. —Papá —me dijo, sin voltear, con la voz suave. —Dime, mijo. —Gracias. —¿Por qué, mijo? ¿Por la barbacoa? —No. Gracias por no rendirte conmigo. Por esa noche de Navidad que me abriste la cortina del taller. Sé que no merecía entrar. Fui una basura contigo. —Los hijos siempre merecen entrar, Carlos. A veces hay que dejarlos afuera un rato, en el frío, para que valoren el calor de adentro. Pero la puerta de un padre nunca se cierra con llave, solo se empareja.
Hubo un silencio cómodo, solo roto por el canto de los grillos que empezaban su sinfonía nocturna. —Quiero pedirte un favor, papá —dijo él, y noté que se le quebraba la voz. —Dime. —Cuando… cuando ya no estés. Quiero que sepas que el taller seguirá llamándose “Martínez”. Y que la Escuela seguirá becando chavos. Ese es tu legado. No las tierras, no el dinero. Sino las manos que enseñaste a trabajar y las vidas que cambiaste. Te prometo que Kevin, Toño, Beto y todos los que vengan, tendrán un futuro.
Sonreí. Sentí una paz inmensa, como si me quitaran un chaleco de plomo de encima. Cerré los ojos para disfrutar la brisa fresca que movía las hojas de los ahuehuetes. —Eso es lo único que quería escuchar, mijo. Ahora déjame descansar un ratito, que la barbacoa me dio el mal del puerco y quiero soñar bonito.
Me acomodé en la mecedora. Escuché la risa de mi nieto persiguiendo a una gallina que cacareaba escandalosa. Escuché el río correr, el agua golpeando las piedras con suavidad eterna. Escuché a Carlos platicando con Marisol en voz baja, planeando la semana. Y poco a poco, el sonido del río se hizo más fuerte. Más envolvente. Dejó de ser agua y se convirtió en luz. El dolor del pecho desapareció. El cansancio se esfumó. Me sentí ligero, como el humo de leña que sube de la cocina hacia el cielo estrellado.
Entonces la vi. Ahí estaba Lupe. Mi Lupe. Estaba parada junto al tronco del ahuehuete más grande. No estaba enferma ni amarilla como cuando murió. Estaba joven, chula, con sus trenzas negras y ese vestido de flores que usaba los domingos. Me sonreía. Me extendió la mano. —Vente, viejo —me dijo, con esa voz que no escuchaba hace veinte años—. Ya trabajaste mucho. Ya sufriste lo que tenías que sufrir. Ya descansaste. Vente a cenar, que te hice los frijoles que te gustan.
Me levanté de la mecedora (o eso sentí). Ya no me dolían las rodillas. Caminé hacia ella. Le tomé la mano. Estaba calientita. Y me fui con ella, caminando por la orilla del río, hacia donde el sol nunca se pone.
EPÍLOGO: Misión Cumplida (Narrado por Carlos)
Enterramos a mi padre tres días después, bajo la sombra del ahuehuete grande, junto al río, justo al lado de la tumba de mi madre. Ahora están juntos, cuidando la milpa desde abajo.
No fue un funeral triste. Don Rogelio me hizo prometerle que no quería lloriqueos ni gente vestida de negro dando lástima. “Quiero música, quiero mezcal y quiero anécdotas”, me dijo. Y así fue. Fue una celebración de vida. Vino todo el pueblo. Pero lo más impresionante fue ver llegar la caravana desde la Ciudad de México. Llegó un autobús rentado. De él bajaron Don Beto (que ahora es el gerente general y mi mano derecha), bajó Toño con su esposa y sus dos hijos, bajó Kevin, y bajaron más de cincuenta muchachos y muchachas, egresados de la Escuela de Oficios. Todos venían con sus overoles de trabajo, limpios, planchados.
Hicieron una guardia de honor alrededor del féretro. Parecía un ejército de paz. Los vecinos contaban historias: “Don Rogelio me arregló el tractor y no me cobró”, “Don Rogelio me prestó para las semillas”. Toño tomó la palabra, con los ojos llenos de lágrimas pero la voz firme: —Don Rogelio no me dio dinero. Me dio algo más valioso. Me dio un oficio y me devolvió la dignidad. Por él, soy hombre.
Cuando llegó el momento de bajar el ataúd a la tierra, no hubo el típico minuto de silencio. Los muchachos del taller corrieron a sus camionetas y coches estacionados en el camino. —¡Prendan motores! —gritó Beto. Y al unísono, veinte motores rugieron. Motores V8, motores de 4 cilindros, diésel y gasolina. Un rugido potente, vibrante, que hizo temblar el suelo y espantó a los pájaros. Era el aplauso que a él le gustaba. Música de pistones y bielas. Olor a gasolina. El himno del trabajo.
Me quedé al final, cuando el sol ya se había ocultado y la gente se había ido a la casa a comer el mole que preparó Marisol. Me paré frente a la tumba, con la tierra fresca y llena de flores de cempasúchil. Tenía su sombrero en mis manos. Ese sombrero Stetson viejo, manchado de sudor en la toquilla y con manchas de grasa en el ala, que valía para mí más que cualquier corona de oro o cualquier título universitario.
—Misión cumplida, jefe —susurré al viento.
Me puse el sombrero. Me quedaba un poco grande, pero sentí que me abrazaba la cabeza. Sentí su peso, su protección. Miré mis manos a la luz de la luna. Ya no eran las manos suaves y manicuradas del “licenciado” que firmaba fraudes sin leer para comprarse relojes caros. Eran manos rasposas. Tenía una cicatriz de quemadura en el dedo gordo, las uñas cortas y con ese borde negro de grasa que nunca se quita del todo por más que te talles. Eran manos de mecánico. Manos de padre. Manos de hijo agradecido.
Sonó mi celular en el bolsillo. Era Beto, llamando desde la carretera de regreso. —Jefe, perdón que moleste. Tenemos un problema con una transmisión de un camión escolar de una fundación. Urge que quede para mañana temprano porque tienen excursión los niños, y los chavos nuevos no le hallan al fallo electrónico.
Sonreí. Sentí la adrenalina familiar. —No se preocupen, Beto. Ya voy para allá. Espérenme. Preparen el café de olla y saquen la herramienta pesada. Esta noche no dormimos hasta que ese camión arranque.
Colgué. Miré por última vez el río plateado, toqué la cruz de madera de mi padre y caminé hacia la Ford 79. La vida sigue. Los motores se descomponen y hay que arreglarlos. La gente se rompe y hay que repararla con paciencia y oficio. Ese es el trabajo de los Martínez. Y mientras haya un coche varado en el camino o un alma perdida buscando rumbo, el taller El Pistón de Oro seguirá abierto.
Subí a la camioneta. Giré la llave. El motor rugió fuerte, vital, poderoso. —Vámonos, papá —dije en voz alta—. Que hay mucha chamba.
Metí primera y arranqué, levantando polvo, hacia el futuro.
FIN.