
Me quedé parado en el marco de la puerta, con la gorra estrujada entre mis manos sucias de grasa y cemento. El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir por la garganta. Tenía cincuenta años, manos grandes y una mirada que siempre buscaba el suelo para no tener que explicar mi ignorancia.
Era un aula olvidada en el barrio, un cuarto que no salía en ningún horario oficial, pero que siempre tenía la luz encendida a la misma hora. Adentro no había pupitres bonitos, cada mesa era distinta; algunas cojeaban y otras tenían nombres grabados a navaja, como cicatrices de otros tiempos.
—Pásale, aquí nadie llega tarde —dijo una voz suave pero firme.
Era Doña Rosa. Tenía setenta y tres años y no era maestra titulada; se había pasado la vida limpiando oficinas y criando hijos ajenos. Pero tenía esa paciencia de quien sabe que nadie aprende si el lugar no te sostiene el alma.
Yo quise dar media vuelta. Sentí ese calor horrible en la nuca, esa vergüenza vieja que me había acompañado toda la vida.
—Yo no sirvo para esto, madre —le solté, con la voz ronca, antes de siquiera sentarme—. Ya lo intenté muchas veces y nomás no me entra.
Rosa no me regañó. No me preguntó por qué un viejo como yo estaba ahí. Simplemente, puso un sobre sobre la mesa. No era un libro de texto, era un papel real.
—Léeme a quién va dirigida esta carta —me pidió, mirándome a los ojos.
Mis manos temblaban. Era una notificación del ayuntamiento, de esas que yo siempre tiraba a la basura sin abrir porque me daba pavor no entender qué me querían quitar. Las letras parecían hormigas negras corriendo por el papel. Me equivoqué. Me trabé. Sudé frío.
—Aprender es poder entender lo que te habla —me dijo ella, sin prisas—. Lo demás viene después.
Tragué saliva. Sentí que si fallaba ahora, fallaba para siempre. Levanté la vista y vi que ella no me tenía lástima, me tenía fe. Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
¿CÓMO LE DICES A ALGUIEN QUE TE ENSEÑE A SER PERSONA OTRA VEZ?
LA ESCUELA DE LOS OLVIDADOS: APRENDIENDO A LEER LA VIDA
Ese “A… mí” se quedó colgando en el aire viciado del aula como si fuera la sentencia de un juez, pero uno que por primera vez no me condenaba, sino que me daba la llave de la celda. Me quedé mirando el papel, esa notificación del ayuntamiento que llevaba días quemándome el bolsillo, y sentí un mareo raro. No era el mareo del hambre, ni el de la cruda, ni el de cuando te levantas muy rápido después de estar agachado poniendo losetas bajo el sol. Era el vértigo de entender. Por primera vez en cincuenta años, esas patas de araña negras sobre el papel blanco no eran enemigos. Eran mi nombre. Eran yo.
Doña Rosa no dijo nada. No aplaudió, no hizo fiesta. Solo asintió levemente con esa cabeza suya cubierta de canas, como quien confirma que mañana va a salir el sol. Una certeza tranquila. Retiró el sobre con suavidad y puso su mano sobre la mía. Su piel era papel de arroz, delgadita y frágil, pero debajo había unos huesos duros, de esos que se hacen fuertes a base de fregar suelos y cargar cubetas toda una vida.
—Ya viste que no muerden —me dijo, y una sonrisa chimuela se le escapó por la comisura de los labios—. Mañana le seguimos con lo que dice adentro. Ahorita ya vete a descansar, Julián.
Salí de esa aula flotando. Afuera, el barrio seguía igual de jodido que siempre. Los perros ladraban a las sombras, el olor a coladera se mezclaba con el de los tacos de suadero de la esquina, y las sirenas de las patrullas aullaban a lo lejos. Pero yo sentía que caminaba por otro mundo. Apreté el sobre en mi mano dentro de la chamarra. Ya no era basura. Era mío.
Esa noche no pude dormir. Cerraba los ojos y veía letras bailando. La ‘J’ era un gancho, la ‘u’ un columpio, la ‘l’ un poste de luz, la ‘i’ un soldado con casco, la ‘a’ una panza embarazada, la ‘n’ un puente. Mi nombre. Julián. Me lo repetía en la oscuridad de mi cuarto, en ese catre que rechinaba con cada vuelta que daba. “Julián”. Dejé de ser “el chalán”, “el maistro”, “el ese”. Era Julián, y estaba escrito en un papel oficial.
Al día siguiente, el miedo regresó. Ese miedo maldito que se te mete en los huesos. ¿Y si fue suerte? ¿Y si hoy regreso y no entiendo ni jota? Estuve a punto de no ir. Me quedé en la obra un rato más, limpiando las llanas y las espátulas con una lentitud desesperante, nomás haciendo tiempo para que se me pasara la hora. Pero mis pies, que a veces parecen más listos que mi cabeza, me llevaron solos.
Cuando llegué, la luz ya estaba encendida. Esa luz amarilla, medio parpadeante, que salía de la ventana del aula olvidada, era como un faro en medio de un mar de concreto oscuro. Entré con la cabeza gacha, como pidiendo perdón por existir.
Ahí estaban los otros. No éramos muchos, pero éramos los que teníamos que ser. Con el tiempo, fui conociendo sus historias, no porque nos las contáramos con lujo de detalle, sino porque la desgracia y la vergüenza tienen un olor que uno reconoce en sus iguales.
Estaba el chavo, le decíamos “El Flaco”. Un morro de unos dieciséis años que repetía curso tras curso en la escuela oficial. Los maestros decían que era tonto, que no le subía el agua al tinaco. Él se sentaba en la esquina, encogido, como si esperara un golpe. Decía que las letras no se le quedaban quietas, que brincaban. Doña Rosa, con esa paciencia infinita, le decía: “Pues si brincan, bailamos con ellas, mijo. No las corretees, espéralas”. Y le ponía una regla debajo de cada renglón para que las letras no tuvieran a dónde huir.
Estaba Doña Lupe, la mujer que escondía las gafas. Una señora elegante, de esas que siempre traen el suéter bien puesto aunque haga calor. Se había quedado viuda y se dio cuenta de que su marido le resolvía todo. No sabía leer los estados de cuenta, no sabía qué decían los papeles del seguro. Vivía aterrorizada de que sus hijos se enteraran de que la madre perfecta no sabía juntar la m con la a. Llegaba mirando a todos lados, se ponía las gafas rápido solo cuando ya estaba sentada, y las guardaba en el bolso al primer ruido, roja de vergüenza.
Y estaba yo. El hombre de las manos grandes que no sabía firmar.
Rosa no usaba el “Mi mamá me mima”. Decía que eso era para niños que tienen tiempo de jugar. Nosotros no teníamos tiempo. Nosotros teníamos urgencias.
—A ver, Julián —me decía una noche, poniéndome enfrente una caja de pastillas—. ¿Qué dice aquí? Tuve que tomarme una porque me dolía la rodilla, pero no sé si me va a dar sueño.
Yo sabía que ella sabía leerlo perfectamente. Pero me hacía sentir útil. Me hacía sentir que ella me necesitaba a mí tanto como yo a ella.
Agarré la caja. Mis dedos callosos torpemente seguían las letras minúsculas.
—Di… Di… Diclo… fe… na… co —balbuceé, sudando la gota gorda. —¡Eso! —celebraba ella—. ¿Y abajo? —Tomar… una… ca… da… ocho… horas. —¿Ves? Ya me salvaste de intoxicarme.
Esas pequeñas victorias eran gasolina pura. Empezamos a llevar nuestras propias cosas. Dejamos de ser alumnos pasivos para traer nuestros propios monstruos al aula y matarlos ahí, entre todos, bajo la luz de ese tubo fluorescente que zumbaba.
Una noche, El Flaco trajo una nota del colegio. Estaba arrugada, hecha bolita en el fondo de su mochila. Rosa se la alisó con la mano. —Léela tú, hijo —le dijo. El chico se puso pálido. Empezó a tartamudear. —”Estimados… padres… su hijo… no… pres… ta… atención…” Se le quebró la voz. Rosa le levantó la barbilla. —Sigue. Lo importante no es lo que dicen ellos. Lo importante es que tú sepas qué dicen para que no te cuenteen. Terminó de leer la nota. Era un reporte terrible. Pero cuando terminó, el Flaco respiró hondo. Ya sabía lo que decía. El monstruo ya no estaba en la oscuridad, estaba ahí, sobre la mesa coja, y era solo papel y tinta.
Yo llevé una receta de mi jefa, mi madre, que en paz descanse. Ella cocinaba un mole que era la envidia del barrio, pero murió cuando yo era joven y nunca supe cómo lo hacía. Un día, moviendo cajas, encontré un papelito grasiento con su letra. Yo nunca había podido descifrarlo. Esa noche, con la ayuda de Rosa, recuperé a mi madre. —”Tres… chiles… mulatos… tostar… sin… quemar…” Leí la receta en voz alta y se me hizo un nudo en la garganta. Doña Lupe se limpió una lágrima disimuladamente. En esa aula no solo aprendíamos a leer; aprendíamos a recuperar lo que creíamos perdido.
Pero no todo era miel sobre hojuelas. Había noches malditas. Noches en las que el cansancio del trabajo me ganaba y las letras se volvían borrosas. Noches en las que me sentía tan bruto, tan animal, que aventaba el lápiz contra la mesa y me levantaba para irme. —¡No sirvo! —gritaba, golpeando la mesa con mi puño de albañil, haciendo saltar las astillas—. ¡Tengo la cabeza dura como piedra, Rosa! ¡Déjame en paz!
Ella nunca se asustaba. Se quedaba sentada, con sus manos cruzadas sobre su regazo, esperando a que se me bajara el coraje. —La piedra también sirve para construir, Julián —decía con esa voz que te calmaba aunque no quisieras—. Si la cabeza es dura, es porque protege cosas buenas. Siéntate. Inténtalo otra vez.
Y yo me sentaba. Porque afuera, en la calle, nadie me tenía paciencia. Afuera, si te equivocabas, te corrían, te insultaban o te robaban. Aquí, equivocarse era parte del trato.
Con el paso de los meses, el aula se convirtió en nuestra trinchera. Rosa las acomodaba con paciencia, movía las mesas para que nos viéramos las caras. Sabía que la vergüenza se cura mejor en compañía. Empezamos a ser una familia rara. Doña Lupe me traía tortas que le sobraban de la cena. Yo le arreglé una pata a la mesa que usaba el Flaco. El Flaco nos contaba chistes que leía en las revistas de historietas que empezaba a comprar.
Y luego estaba el tema de la clandestinidad. Sabíamos que no debíamos estar ahí. El aula no figuraba en el horario. Era un espacio fantasma. Una madrugada, nos cayó la ley. O bueno, la directora. Estábamos leyendo una carta antigua que había traído Rosa, una carta de amor de su juventud, cuando se abrió la puerta de golpe . La directora era una mujer alta, con cara de oler caca todo el tiempo. Nos miró con los ojos abiertos como platos. Vio al albañil sucio, al chico repetidor, a la señora de sociedad escondida y a la vieja limpiadora al frente. —Esa aula no está en uso —dijo, con tono de regaño, como si nos hubiera cachado robando gises.
Se hizo un silencio sepulcral. Yo apreté los puños. Sentí que nos iban a echar, que se acababa el sueño. Doña Lupe se tapó la cara. El Flaco se encogió. Pero Rosa se levantó. Despacio, apoyándose en el escritorio. No bajó la mirada. —Nunca lo estuvo —respondió Rosa, con una dignidad que llenó el cuarto hasta el techo—. Por eso sirve..
La directora parpadeó. Miró la pizarra vacía, miró nuestros cuadernos abiertos, nuestros lápices mordidos. Miró la luz que habíamos encendido nosotros. Algo pasó en su cara. Quizás recordó por qué se había hecho maestra antes de llenarse de burocracia. Quizás vio que ahí, en ese cuarto ilegal, se estaba haciendo más educación que en todo el resto de la escuela durante el día. No discutieron. La directora dio media vuelta y cerró la puerta con suavidad. —Buenas noches —murmuró antes de irse. La luz siguió encendiéndose cada noche. Nos sentimos invencibles. Habíamos defendido nuestro territorio.
Pero el tiempo no perdona, carnal. Y la vida, cuando es dura, te cobra factura. Empezamos a notar que Rosa llegaba más cansada. A veces se le iba el aire mientras explicaba la diferencia entre la ‘b’ y la ‘v’. Se sentaba más tiempo. Su letra en el papel, esa letra firme aprendida cuando escribir era respeto, empezó a temblar un poquito. —Es el frío, mijo —me decía cuando yo le preguntaba—. Los huesos viejos se quejan.
Pero no era el frío. Un invierno, el viento soplaba fuerte, de ese que se mete por las rendijas y te cala hasta el alma. Llegué al aula frotándome las manos, con ganas de leer un periódico que había encontrado en el metro. La puerta estaba cerrada. La luz estaba apagada.
Me quedé parado ahí, en el pasillo oscuro. Pensé que había llegado muy temprano. Esperé. Llegó Doña Lupe, luego el Flaco. Nos miramos. Nadie decía nada, pero todos pensábamos lo mismo. Rosa nunca faltaba. Rosa era como el reloj, como el amanecer. Esperamos una hora. Dos. El frío nos entumía los pies, pero el miedo nos entumía el corazón. —A lo mejor se enfermó —dijo el Flaco con voz chiquita. —Sí, seguro es una gripa —dijo Doña Lupe, pero se notaba que no se lo creía.
Al día siguiente tampoco llegó. Ni al otro. El aula quedó oscura. Nos reunimos fuera, inseguros, como niños sin recreo. Nos sentíamos huérfanos. Sin Rosa, ¿qué éramos? Solo un albañil, una viuda y un burro. Sin ella, la magia se sentía frágil. —Vámonos —dijo Doña Lupe al tercer día, llorando—. Ya no va a venir. Se acabó. —Espérese —dije yo.
No sé de dónde me salió el valor. Quizás fue de todas esas palabras que ya sabía leer. “Fuerza”. “Valor”. “Dignidad”. Me acerqué a la puerta. Giré la perilla. Estaba abierta. Siempre había estado abierta, solo que esperábamos que ella prendiera la luz. Entré. El aire olía a encierro y a polvo. Caminé en la oscuridad, esquivando las mesas chuecas que me sabía de memoria. Encontré el interruptor. Click. La luz parpadeó, zumbó y se encendió.
Me di la vuelta y miré a mis compañeros en el pasillo. —Pásenle —les dije. Mi voz sonó ronca, pero firme. Se sentaron. En los mismos lugares de siempre. Julián abrió la puerta. Encendió la luz. Se sentaron. No sabían enseñar. Yo no sabía cómo explicarle al Flaco los diptongos, ni cómo ayudar a Doña Lupe con la acentuación. Pero sabíamos acompañar.
Sobre la mesa del frente, donde se sentaba Rosa, había una libreta. Era una libreta sencilla, de esas de espiral metálico. Me acerqué con respeto, como si fuera un objeto sagrado. La abrí. Estaba llena de notas sobre nosotros. “Julián hoy leyó su primera frase completa. Tiene miedo, pero sus manos son fuertes”. “Lupe ya no esconde tanto las gafas. Se ríe más”. “El chico necesita que le digan que es listo. Lo es”.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Ella nos veía. Nos veía de verdad. No como alumnos, sino como personas rotas que se estaban pegando pedacito a pedacito. En la última página había escrito algo con letra grande, un poco temblorosa, como si supiera que era lo último que iba a escribir:
“Cuando alguien aprende a leer, no aprende letras. Aprende que no necesita que otros hablen por él.”.
Leí la frase en voz alta. Me costó. La voz se me quebraba. Pero la leí clara y fuerte. Lupe lloraba abiertamente. El Flaco miraba la pizarra como si viera a Rosa ahí parada. —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó el Flaco.
Miré la libreta. Miré el aula. Miré mis manos, que ya no solo servían para cargar bultos, sino para sostener historias. —Seguimos —dije—. Ella no nos enseñó para que paráramos aquí.
Y así lo hicimos. Yo tomé el lugar de Rosa. No porque supiera más, ¡qué va! Apenas iba un paso adelante de los nuevos que empezaron a llegar. Pero alguien tenía que encender la luz. Llegó un señor que vendía tamales y no sabía sacar cuentas. Llegó una muchacha que quería leer las cartas que le mandaba su novio desde el norte. Llegó un abuelo que quería leerle cuentos a sus nietos antes de morir.
Yo no soy maestro. Yo soy albañil. Pero les digo lo mismo que me decía Rosa: “Aquí nadie llega tarde. Llega cuando puede”. Usamos los mismos métodos. Recibos de luz, cartas viejas, instrucciones de medicinas. Papeles reales para problemas reales.
Ha pasado tiempo. Ya no me da vergüenza mis manos sucias. Ahora, cuando llego a casa y me lavo la grasa, agarro un libro. A veces leo despacito, sigo moviendo los labios, sigo usando el dedo para no perderme. Pero leo. Leo lo que quiero. Leo lo que firmo. Leo el mundo. Y cada noche, cuando voy a apagar la luz del aula, siento que Rosa está ahí, en el rincón, sonriendo con esa sonrisa chimuela, diciéndome: “Bien hecho, Julián. Bien hecho”.
Desde entonces, el aula sigue abierta. No hay lista. No pasamos asistencia porque aquí el que viene es porque lo necesita de verdad. No hay diplomas. ¿Para qué queremos un papel colgado en la pared si lo que queremos es libertad en la cabeza? Solo personas que entran con vergüenza, agachando la cabeza, escondiendo las manos. Y salen con algo nuevo. No salen sabios. No salen ricos. Pero salen con la certeza de que nunca fue tarde… solo hacía falta un lugar donde no doliera intentarlo.
A veces me quedo solo un rato después de que todos se van. Me siento en la mesa de Rosa. Paso la mano por la madera gastada. Pienso en cuánta gente anda por ahí, por las calles de México, con la cabeza gacha, creyendo que son tontos, creyendo que no valen, solo porque nadie tuvo la paciencia de sentarse con ellos y decirles: “A ver, carnal, esto es una A, y es tuya”.
El analfabetismo no es solo no saber letras. Es una jaula. Es una venda en los ojos. Es depender de que el del banco no sea un tranza, de que el patrón te pague lo justo, de que el político cumpla lo que dice el cartel. Rosa no nos enseñó a leer libros. Nos enseñó a leer la vida. Nos dio las llaves de la jaula y nos dijo: “Órale, vuelen”.
Y aquí seguimos volando, bajito, a ras de suelo, pero volando al fin. Con nuestras alas remendadas y nuestras letras chuecas. Pero nuestras. Nadie nos las quita. Porque como decía la nota de Rosa: ya no necesitamos que nadie hable por nosotros. Ahora tenemos voz. Y aunque a veces tartamudeamos, es nuestra voz. Y eso, compadre, eso vale más que todo el oro del mundo.
La luz del aula de la escuela nocturna del barrio sigue encendida. Si pasas por ahí y la ves, no toques. Entra. No importa la hora. No importa si tienes ochenta años o si traes las manos sucias. Si tienes ganas de saber qué dice ese papel que traes en la bolsa, entra. Aquí te esperamos. Aquí sostenemos. Aquí nadie llega tarde.
La oscuridad de afuera está cabrona, pero mientras mantengamos este foco prendido, la ignorancia no nos va a ganar. Se los juro por Doña Rosa, que en paz descanse, y por este libro que ahora puedo leer yo solito.
NOMBRE DEL CONTENIDO DE LA PARTE 3: EL PESO DE LA TIZA Y LA RESISTENCIA DE LOS MUROS
No tienen idea de lo que pesa una llave hasta que esa llave abre la única puerta de esperanza que tiene tu gente. La llave del aula no era grande, era una de esas chiquitas, medio oxidadas, que parecen de candado de bicicleta, pero cuando me la metía en el bolsillo del pantalón de mezclilla, sentía que cargaba con una viga de acero.
Habían pasado ya seis meses desde que Doña Rosa se nos fue. Seis meses desde que el aula se quedó huérfana y yo, un albañil con las manos llenas de cicatrices y la espalda molida, cometí la locura de decir: “Seguimos”. Al principio, pensé que sería cuestión de unas semanas, que alguien “de verdad” llegaría. Un maestro, un licenciado, alguien que oliera a libro nuevo y no a mezcla y sudor como yo. Pero en este barrio, si uno no se rasca con sus propias uñas, la comezón se te hace llaga. Nadie vino. Solo nosotros.
Cada noche, después de terminar la jornada en la obra, me lavaba la cara en un bote con agua fría para espabilarme. Me tallaba los brazos con estropajo para quitarme la cal, aunque el cansancio se me quedaba pegado en los huesos. Caminaba hacia la escuela sintiendo ese cosquilleo en la panza, el mismo miedo que sentí la primera vez que entré, pero ahora mezclado con una responsabilidad que me apretaba el pecho.
El aula ya no era solo un cuarto. Se había convertido en una especie de trinchera sagrada. La luz, esa luz amarilla y zumbona que nosotros mismos encendíamos, atraía a las almas más rotas del barrio como polillas al fuego.
Recuerdo perfectamente la noche que llegó Don Efrén. Era el señor de los tamales que mencioné antes. Un hombre bajito, con bigote de aguacero y un delantal que siempre olía a masa y salsa verde. Entró quitándose el sombrero, dando vueltas al borde con nerviosismo.
—Buenas noches, maestro —me dijo.
Me giré, buscando a quién le hablaba, hasta que caí en cuenta de que me lo decía a mí. Sentí que la cara me ardía.
—No me diga maestro, Don Efrén —le contesté rápido, sacudiendo la mano—. Yo soy Julián, el que le pone la mezcla a los ladrillos allá en la construcción de la avenida. Aquí todos somos alumnos.
—Pos será el sereno, Don Julián, pero me dijeron que usted enseña los números —dijo él, con la voz quebrada—. Y yo necesito… necesito que no me hagan pendejo.
Esa frase retumbó en las paredes despintadas. Era la misma rabia que yo tenía antes, la misma impotencia de depender de que el mundo fuera honesto, cuando sabemos que el mundo rara vez lo es.
Nos sentamos. Don Efrén sacó una libreta grasienta donde apuntaba sus ventas con palitos y bolitas. Me explicó su problema: su proveedor de manteca y hojas le estaba cobrando de más, pero él no sabía cómo demostrarlo porque no sabía sumar las fracciones de los kilos ni multiplicar los centavos.
—Mire —le dije, sacando un puño de frijoles crudos que guardábamos en un frasco de mayonesa lavado—. Olvide los números escritos por ahorita. Vamos a hacer de cuenta que estos frijoles son sus pesos.
Estuvimos horas. El Flaco, que antes se sentía el más tonto del mundo, se acercó a ayudar. Resulta que el Flaco era una bala para las cuentas mentales, aunque no supiera escribir bien “hipotenusa”. —Mire, Don, si cada frijol vale diez, aquí tiene tres montoncitos… —explicaba el chico con una paciencia que yo sabía que había aprendido de Rosa.
Ver al Flaco enseñando fue como ver un milagro. El chico que se encogía esperando un golpe ahora estaba erguido, con el pecho inflado, explicándole a un señor de sesenta años cómo defender su dinero. En ese momento entendí que Rosa tenía razón: no estábamos aprendiendo letras, estábamos aprendiendo a no dejarnos.
Pero no todo eran victorias bonitas. La realidad nos golpeaba seguido y nos golpeaba duro.
Llegó la temporada de lluvias. Y cuando llueve en el barrio, no llueve agua, llueve angustia. Las calles se convierten en ríos de lodo, las coladeras se tapan con la basura que el camión nunca se lleva, y los techos de lámina empiezan a llorar goteras.
El aula, siendo un cuarto olvidado y fuera de registro, tenía el mantenimiento de una ruina. Una noche de tormenta, estábamos leyendo una carta que había traído Marisol, la muchacha del novio en el Norte. La lluvia golpeaba el cristal de la ventana como si quisiera romperlo para entrar. De repente, escuchamos un ploc-ploc constante.
Miré hacia el techo. Una mancha de humedad oscura se estaba expandiendo justo encima de donde guardábamos nuestro tesoro: la caja con los “libros” (recibos, periódicos viejos, manuales).
—¡Los papeles! —gritó Doña Lupe.
Saltamos todos. Yo, con mis reflejos de albañil, moví la mesa pesada de un jalón. El Flaco corrió por una cubeta que usábamos para la basura. Apenas la pusimos, un chorro de agua sucia cayó del techo.
Esa noche no hubo clase. Hubo talacha. Nos pasamos dos horas moviendo mesas, poniendo trapos, rescatando lo poco que teníamos. El agua se colaba por las paredes, la pintura se inflaba como piel quemada. El olor a humedad se nos metía en la nariz.
Me senté en el suelo, mojado y derrotado. Miré el techo que se caía a pedazos. —No vamos a poder seguir así —murmuré—. Si esto se moja más, se va a caer el plafón. Y no tenemos dinero para arreglarlo.
El silencio que siguió fue pesado. Éramos pobres. Doña Lupe vivía de la pensión mínima, el Flaco no trabajaba, Don Efrén vivía al día, y yo… bueno, yo estiraba la quincena hasta que se rompía.
—Yo puedo traer un poco de impermeabilizante que sobró en mi casa —dijo Don Efrén de repente. —Yo tengo unos plásticos grandes —dijo Marisol. —Yo no tengo nada —dijo el Flaco, bajando la cabeza—, pero me puedo subir al techo. No peso nada, no lo voy a romper.
Los miré. Estaban dispuestos a remendar el edificio con basura y voluntad, igual que se estaban remendando ellos mismos. —Mañana es domingo —dije—. Yo traigo la herramienta. Si no nos llueve, lo arreglamos.
Y así fue como el domingo, en lugar de descansar mis huesos molidos, me encontré trepado en la azotea de la escuela junto con el Flaco y Don Efrén. Doña Lupe y Marisol estaban abajo, pasando cubetas con mezcla que yo había preparado con un bulto de cemento que “me encontré” (o sea, que compré con lo de mis pasajes) en la obra.
Desde arriba, el barrio se veía distinto. Se veía gris, interminable, lleno de tinacos negros y antenas chuecas. Pero justo ahí, en ese pedacito de techo que estábamos parchando, había risas. El Flaco contaba chistes malos, Don Efrén nos contaba historias de cuando vendía tamales afuera del Estadio Azteca. Trabajamos hasta que se puso el sol. Mis manos, que ya eran duras, terminaron destrozadas. Pero el techo quedó sellado. No quedó bonito, quedó lleno de parches de diferentes colores, pero quedó firme.
—Igual que nosotros —dijo Doña Lupe cuando bajamos, sirviéndonos unos vasos de agua de jamaica que había preparado—. Todo parchados, pero no nos entra el agua.
Esa reparación nos dio un sentido de propiedad que no teníamos antes. Antes, el aula era un lugar prestado por el destino. Ahora, el aula era nuestra porque la habíamos sudado. Ya no éramos intrusos en la escuela nocturna; éramos los dueños de ese rincón.
Pero el desafío más grande no vino del clima, ni de las letras difíciles. Vino, como siempre, de la gente que cree que el orden es más importante que la justicia.
Un par de meses después, regresó la directora. Pero esta vez no venía sola. Venía con un hombre de traje, con una carpeta bajo el brazo y cara de no haber pisado lodo en su vida. Era algún inspector de zona o algo así.
Estábamos en plena lección. Yo estaba en el pizarrón, intentando explicar la diferencia entre “hay”, “ahí” y “ay”. Esas tres palabras malditas que siempre me costaron trabajo. —”Ahí” es de lugar —decía yo, señalando una esquina—. “Hay” es de tener, como cuando hay frijoles. Y “ay”… “ay” es lo que gritas cuando te pegas en el dedo chiquito del pie.
La clase se rió. En eso, la puerta se abrió sin tocar. El silencio cayó como una guillotina.
—Buenas noches —dijo la directora, pero su voz sonaba nerviosa, no arrogante como la otra vez. —Buenas noches —contesté, dejando la tiza en el riel. Me limpié las manos en el pantalón, instintivamente avergonzado de mi suciedad frente al traje del señor.
El inspector paseó la mirada por el aula. Miró las mesas disparejas, las manchas de humedad en la pared recién secas, el foco que parpadeaba. Miró a mis alumnos: viejos, jóvenes, pobres. Arrugó la nariz.
—Tengo un reporte de uso indebido de instalaciones —dijo el hombre, con esa voz nasal que tienen los burócratas—. Este espacio no está habilitado para docencia nocturna. No cumple con las normativas de protección civil, ni de iluminación, ni pedagógicas. Además… —me miró de arriba abajo—, ¿quién es el titular responsable? ¿Usted tiene cédula profesional?
Sentí que el suelo se abría. La palabra “cédula” me golpeó más fuerte que un ladrillo. Yo no tenía ni la primaria terminada legalmente. —No, señor —dije, bajando la voz—. No soy maestro titulado. Soy… soy el que ayuda.
—Entonces esto es irregular. Tienen que desalojar. Mañana mandaré a poner los sellos de clausura. Es por su seguridad.
“Por su seguridad”. Qué frase tan bonita para decir “porque no me importan”. El Flaco se levantó de golpe. —¡No nos puede sacar! —gritó—. ¡Aquí es donde aprendemos!
—Siéntate, joven —dijo el inspector sin mirarlo—. Las reglas son las reglas. Si quieren estudiar, inscríbanse en el sistema de educación para adultos del INEA. Hay sedes en… —miró su reloj— en el centro.
En el centro. A dos horas de camión. A dos horas y cuarenta pesos de pasaje que nadie aquí tenía. La directora miraba al suelo. Sabía que ella no podía hacer nada. El sistema la aplastaba a ella también.
El inspector dio media vuelta para irse, satisfecho con su pequeña demostración de poder. Y entonces, pasó algo que nunca voy a olvidar. Doña Lupe, la mujer que escondía las gafas por vergüenza, la que temblaba si alguien la miraba feo, se puso de pie. Se acomodó el suéter, se puso sus gafas con una calma impresionante y sacó de su bolso un papel. Era la Constitución. O bueno, una copia de esas baratas que venden en los puestos de periódicos. La habíamos estado leyendo las últimas semanas porque ella quería saber cuáles eran sus derechos como viuda.
—Señor —dijo Doña Lupe. Su voz temblaba, pero no se rompió. El inspector se detuvo, molesto. —¿Sí, señora? —Artículo tercero —dijo ella, abriendo el librito con manos firmes—. “Toda persona tiene derecho a la educación… El Estado impartirá y garantizará la educación inicial, preescolar, primaria, secundaria, media superior y superior”.
El inspector resopló. —Señora, conozco la ley. Pero esto no es una escuela registrada. —Aquí dice que la educación debe ser inclusiva —siguió ella, ignorándolo, leyendo con una fluidez que me hizo querer llorar—. Dice que será democrática, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.
Levantó la vista del papel. Sus ojos brillaban detrás de los cristales. —Nosotros somos el pueblo, señor. Y nos estamos mejorando. Si usted nos cierra la puerta, no está aplicando la ley. La está violando. Porque nos está quitando el único lugar donde este “constante mejoramiento” sucede de verdad en este barrio.
El aula se quedó muda. El Flaco tenía la boca abierta. Yo estaba petrificado. Doña Lupe, la que no sabía leer un estado de cuenta, acababa de darle una lección de civismo a un funcionario.
El inspector se puso rojo. Abrió la boca para decir algo sobre normativas y oficios, pero miró a su alrededor. Vio a Don Efrén con los puños apretados sobre la mesa. Vio a Marisol con su carta en la mano. Me vio a mí, bloqueando el pizarrón como un escudo. Y vio a Doña Lupe, armada con la Constitución de diez pesos.
Sabía que podía echarnos. Tenía el poder. Pero también sabía que, si lo hacía, iba a tener que cargar con la mirada de esa anciana en su conciencia (si es que tenía). O peor, que Doña Lupe era capaz de ir a armar un escándalo a la delegación con esa nueva voz que había encontrado.
—Voy a… —carraspeó el inspector—. Voy a revisar si se puede tramitar un permiso temporal de “círculo de estudio comunitario”. Pero necesitan un responsable.
Todos me miraron. Yo me encogí. —Él no tiene título —insistió el inspector.
—Yo firmo —dijo la directora. Levantamos la vista. La mujer estaba en la puerta, aún mirando al suelo, pero había hablado claro. —Yo meto los papeles como extensión de actividades extracurriculares —dijo, levantando la vista y mirando al inspector—. Yo me hago responsable pedagógica. Julián… el señor Julián, es el facilitador operativo.
El inspector la miró feo, pero asintió. No quería pleito. Quería irse a cenar. —Tienen un mes para regularizar los papeles. Y arreglen ese foco, por favor.
Cuando se fueron, el grito que pegamos se debió haber escuchado hasta el centro. Nos abrazamos. Doña Lupe lloraba y reía al mismo tiempo. —¡Le leí la cartilla, Julián! ¡Le leí la cartilla! —decía, abrazándome. —Se la leyó rebién, Doña Lupe —le dije, con un nudo en la garganta—. Mejor que cualquier abogado.
Esa noche, no estudiamos más letras. Esa noche celebramos. Don Efrén salió corriendo y regresó con una olla de tamales que le habían sobrado. Hicimos un festín ahí mismo, sobre las mesas rayadas. Comimos tamales de dulce y de rajas, brindamos con refresco tibio.
Mientras los veía reír, me di cuenta de algo profundo. Doña Rosa me había dejado una libreta con una frase: “Aprende que no necesita que otros hablen por él”. Hoy, Doña Lupe había encarnado esa frase. Ya no necesitaba que su marido (que en paz descanse) o sus hijos hablaran por ella. Ella tenía su voz.
Y yo… yo ya no era solo el albañil que cargaba bultos. Yo era el facilitador. El guardián. Miré mis manos. Seguían siendo toscas, llenas de callos y con uñas negras por el trabajo. Pero ya no me daban vergüenza. Esas manos habían construido casas y ahora estaban ayudando a construir ciudadanos.
Meses después, el aula seguía abierta. La directora cumplió su palabra (quizás por culpa, quizás por admiración) y nos consiguió el permiso. Incluso nos mandaron unas sillas nuevas, de esas de plástico que se rompen si las miras feo, pero eran nuevas.
Nuevos alumnos seguían llegando. Un día llegó un chico con tatuajes hasta en el cuello, con esa mirada dura de quien ha visto demasiada muerte. Todos se tensaron. Pensaron que venía a robar. Se paró en la puerta, igual que yo aquella primera vez. —¿Aquí es donde enseñan a leer? —preguntó con voz rasposa. —Aquí es —dije yo, acercándome sin miedo—. Pásale, carnal. Aquí nadie llega tarde.
El chico se sentó. Sacó un papel arrugado. Era una carta de un juzgado. Quería saber si iba a ir a la cárcel o si le daban otra oportunidad. Nos sentamos a leerla. Juntos.
A veces, cuando estoy muy cansado, pienso en dejarlo. Pienso en que ya estoy viejo, que necesito descansar. Pero luego veo al Flaco, que ya está leyendo libros de aventuras y dice que quiere ser escritor de cómics. Veo a Don Efrén, que ya no deja que nadie le robe ni un centavo. Veo a Doña Lupe, que camina por el barrio con la cabeza alta.
Y sé que no puedo dejarlo. Porque esta aula es más que una escuela. Es un hospital para el alma. Es el único lugar donde la gente como nosotros, los olvidados, los invisibles, descubrimos que existimos.
La letra de Rosa en la libreta a veces se me borra de la mente, pero su lección no. “Lo demás viene después”. Y vaya que vino. Vino la dignidad. Vino el orgullo. Vino la comunidad.
Yo soy Julián. Tengo cincuenta y tantos años. Soy albañil de día y maestro de la vida de noche. No tengo título, ni diploma, ni voy a salir en los libros de historia. Pero cada vez que uno de mis alumnos junta la M con la A y se le iluminan los ojos al decir “MAMÁ”, yo siento que me gano el cielo.
La luz sigue encendida. Y mientras yo tenga aliento, y mientras haya alguien ahí afuera con miedo a entrar, esa puerta no se va a cerrar. Nunca. Esa es mi chamba ahora. Y es la mejor chamba del mundo.
NOMBRE DEL CONTENIDO DE LA PARTE FINAL: LA HERENCIA DE LA LUZ Y EL ÚLTIMO PASO
Han pasado cinco años desde aquella noche en que Doña Lupe le leyó la Constitución al inspector y salvó nuestra pequeña trinchera. Cinco años que se sienten como cinco vidas. Si me hubieran dicho a mí, a Julián, el albañil que escondía las manos por vergüenza, que un día iba a estar aquí parado, viendo lo que estoy viendo, les habría dicho que estaban locos de remate.
El aula ha cambiado, pero la esencia sigue siendo la misma. Las paredes ya no tienen manchas de humedad; las pintamos de un azul cielo brillante con pintura que sobró de una obra grande en Polanco. El Flaco, que ahora ya no es tan flaco y se hace llamar “Beto” (su nombre real, que recuperó junto con su confianza), pintó un mural en la pared del fondo. No es una obra de arte de museo, pero para nosotros es mejor. Es un árbol enorme, con raíces profundas que salen de libros abiertos, y en cada rama hay un nombre. “Rosa”, en la rama más alta. “Julián”, “Lupe”, “Efrén”, “Marisol”… y docenas de nombres más de todos los que han pasado por aquí.
Hoy es una noche especial. No es una clase normal. Hoy se cierra un ciclo, y se abre otro que me tiene con el corazón estrujado, mitad de alegría, mitad de miedo, igualito a cuando aprendí mi primera palabra.
Estoy sentado en la silla del facilitador (ya me acostumbré a la palabreja, aunque mis compadres en la obra me siguen diciendo “el Profe” de puro vacile). Veo llegar a los nuevos. Ya no soy solo yo quien los recibe. Ahora tengo ayudantes.
Doña Lupe, a sus setenta y tantos años, ya no viene como alumna. Viene como la encargada de la “biblioteca”. Es un estante de metal que conseguimos en un fierro viejo, lleno de libros donados. Tiene de todo: desde enciclopedias viejas hasta novelas de vaqueros, pasando por manuales de mecánica y libros de cocina. Doña Lupe lleva el registro en un cuaderno impecable. Nadie se lleva un libro sin que ella lo anote, y ay de aquel que lo devuelva maltratado, porque se enfrenta a la furia de la mujer que derrotó a la burocracia.
Don Efrén sigue vendiendo tamales, pero ahora tiene un carrito nuevo, rotulado con letras grandes y claras: “TAMALES EFRÉN: EL SABOR DE LA TRADICIÓN”. Él mismo escribió el rótulo. Ya no le roban. De hecho, ahora ayuda a otros comerciantes del mercado a sacar sus cuentas los sábados en la tarde, aquí mismo en el aula. Se ha vuelto el contador del pueblo, el defensor de los pesos y los centavos de la gente honrada.
Y el Flaco… Beto. Ese muchacho es mi orgullo más grande. Terminó la secundaria abierta. Luego la prepa. Ahora está estudiando diseño gráfico en una escuela técnica. Dice que quiere hacer cómics para que los chavos del barrio lean sin aburrirse. A veces viene y se sienta al fondo, dibujando en su restirador portátil mientras yo explico las vocales a los nuevos.
Pero esta noche es diferente porque yo tengo un anuncio que dar. Un anuncio que me ha costado noches de insomnio decidir.
Me pongo de pie. El rechinido de la silla hace que todos callen. Hay como veinte personas hoy. Ojos cansados, manos trabajadoras, ropa humilde. El mismo cuadro de siempre, la misma necesidad de luz.
—Buenas noches a todos —digo. Mi voz ya no tiembla. Es una voz vieja, rasposa por el polvo de cemento y los años, pero firme. —Buenas noches, Don Julián —responden en coro.
Carraspeo. Siento que me sudan las manos, como aquella primera vez que Doña Rosa me puso el sobre enfrente. —Hoy no vamos a ver el libro de texto —les digo—. Hoy quiero contarles una historia. La historia de cómo llegamos aquí.
Les cuento todo. Les hablo de Rosa, la limpiadora que fundó este refugio. Les hablo de mi vergüenza, de mi miedo a ser “el burro”. Les hablo de la noche de la lluvia, del inspector, de la Constitución. Me escuchan en silencio absoluto. Algunos de los nuevos abren los ojos como platos. No sabían que este lugar tan firme nació de puras sobras y coraje.
—Les cuento esto —continuó, sintiendo un nudo en la garganta— porque uno tiene que saber de dónde viene para saber a dónde va. Y yo… yo ya voy de salida.
Un murmullo recorre el salón. Doña Lupe deja caer su pluma. Beto levanta la vista de su dibujo. —¿Cómo que de salida, Julián? —pregunta Efrén, frunciendo el ceño—. ¿Se nos va a enfermar? —No, no —sonrío—. Estoy sano, gracias a Dios y a que no como tanta grasa. Pero estoy cansado, compadre. Los huesos ya me piden tregua. Y además… —miro hacia la puerta—, creo que el aula necesita sangre nueva.
Nadie dice nada. El miedo a quedar huérfanos otra vez flota en el aire. Es el mismo miedo que sentimos cuando murió Rosa. Pero yo me preparé para esto. No voy a cometer el error de irme sin dejar la luz prendida.
—No se asusten —les digo, levantando las manos—. No voy a cerrar. ¿Se acuerdan de Marisol?
Todos asienten. Marisol, la chica que leía las cartas de su novio. Se fue al norte hace tres años a buscarlo. Muchos pensamos que no volveríamos a saber de ella, que se la había tragado el desierto o el olvido. La puerta se abre. Entra una mujer joven, de unos treinta años. Trae pantalones de vestir y una blusa sencilla. Se ve diferente, más segura, más mujer. Pero tiene la misma mirada noble.
—Buenas noches —dice ella.
Se hace un silencio de asombro. —Marisol regresó la semana pasada —explico—. No encontró a su novio. Las cosas allá son duras, más de lo que dicen. Pero encontró otra cosa. Encontró trabajo en una biblioteca comunitaria en Los Ángeles. Allá aprendió a organizar grupos, a enseñar inglés a los paisanos… y a enseñar a leer.
Marisol camina hacia el frente. Se para a mi lado. Me toma del brazo con cariño. —Don Julián me escribió —dice ella, sacando una carta del bolsillo. Una carta escrita con mi letra, esa letra que Rosa me enseñó—. Me dijo que el aula necesitaba relevo. Y yo… yo necesitaba volver a casa.
Miro a mis alumnos. Veo que el miedo se transforma en curiosidad, y luego en aceptación. Marisol es una de nosotros. Salió de estas mismas sillas cojas. Conoce el dolor de no entender. —Ella va a ser la nueva facilitadora —anuncio—. Pero no va a estar sola. Beto va a dar talleres de dibujo los viernes. Efrén va a seguir con las matemáticas los sábados. Y Lupe… bueno, Lupe es la dueña de los libros.
—¿Y usted, Don Julián? —pregunta una señora nueva, una que vende flores y trae las manos teñidas de verde.
Sonrío. Esa es la mejor parte. —Yo voy a hacer lo que debí hacer hace mucho tiempo. Me voy a sentar ahí —señalo una silla vacía en la primera fila—. Voy a aprender a escribir cuentos. Quiero escribir la historia de mi barrio. Ya sé leer, ya sé escribir recados… pero ahora quiero escribir bonito. Quiero ser alumno otra vez.
El aplauso estalla. No es un aplauso de protocolo. Es un aplauso de familia. Doña Lupe se acerca y me da un abrazo que me truena la espalda. Efrén me da palmadas en el hombro. Beto me sonríe con los ojos aguados.
La transición no fue fácil, claro. Las siguientes semanas fueron de pasar la estafeta. Enseñarle a Marisol dónde estaba la llave de paso del agua, cómo mañosear el interruptor de la luz para que no zumbe tanto, a quién pedirle fiado el material en la papelería de la esquina. Pero verla dar clase es un regalo. Tiene paciencia, tiene técnica, y tiene esa frescura que yo ya estaba perdiendo. Trajo una computadora vieja que le regalaron y ahora les enseña a los chavos a usar el teclado.
Mi primera noche como alumno “oficial” fue extraña. Sentarme del otro lado, ver el pizarrón desde abajo. Sentí de nuevo esa humildad necesaria. Marisol estaba explicando la poesía. —La poesía no es solo para los enamorados —decía—. La poesía es para cuando las palabras normales no alcanzan para explicar lo que sentimos.
Nos puso a escribir un poema corto. Yo agarré mi lápiz. Miré mi cuaderno. Pensé en mis manos de albañil, en el cemento, en Rosa, en el aula. Y escribí:
Mis manos son de piedra, pero mi letra es de agua. La piedra construye la casa, el agua lava la herida. Aquí aprendí que no soy muro, soy puerta y soy salida.
Cuando lo leí en voz alta, hubo un silencio bonito. De esos que no incomodan. —Eso es poesía, Don Julián —dijo Marisol suavemente.
La vida siguió. El barrio siguió siendo ruidoso y complicado. Siguieron subiendo los precios, siguió habiendo inseguridad. Pero el aula se mantuvo como ese punto de luz inamovible. Un día, me llegó una invitación. Era de la delegación. Un evento oficial para el “Día de la Alfabetización”. Querían darle un reconocimiento al “Círculo de Estudios Doña Rosa” (así le pusimos oficialmente, aunque para nosotros siempre será “El Aula”).
Yo no quería ir. Esos eventos de políticos me dan roncha. Pero Marisol y Lupe insistieron. —Tenemos que ir, Julián. Para que vean que existimos. Para que nos den más sillas, o mejor luz.
Así que fui. Me puse mi único traje, el que usé para la boda de mi sobrina hace quince años. Me apretaba un poco de la panza, pero aguanté la respiración. Llegamos al auditorio. Había gente importante, maestros de carrera, funcionarios. Nos sentaron hasta atrás, claro. Empezaron los discursos. Palabras largas, estadísticas aburridas, promesas vacías. Yo me estaba quedando dormido. De repente, escuché el nombre. —Y un reconocimiento especial a la labor comunitaria del Círculo de Estudios Doña Rosa, de la colonia San Miguel. Recibe: Julián Méndez.
Me levanté. Mis piernas temblaban más que el día que enfrenté al inspector. Caminé por el pasillo. Sentía las miradas de todos. “Miren a ese viejo, ¿qué hace aquí?”, pensaba yo que decían. Subí al estrado. El alcalde me dio un diploma enmarcado y me dio la mano. Estaba fría y sudorosa, no como las manos de mis compañeros. Me acercaron el micrófono. —Unas palabras, señor Méndez —dijo el maestro de ceremonias.
Yo no llevaba nada preparado. Miré el auditorio lleno. Las luces me cegaban un poco. Pensé en decir “gracias” y bajarme corriendo. Pero luego pensé en Rosa. Pensé en el Flaco. Pensé en el chico tatuado que ahora trabajaba en una imprenta. Pensé en que tenía una voz y tenía que usarla.
Me aclaré la garganta. —Buenas noches —dije. Mi voz retumbó en las bocinas—. Yo no soy maestro. Soy albañil. Construyo paredes para que la gente no tenga frío. Pero en el aula… en el aula tiramos las paredes que tenemos en la cabeza.
Hubo un silencio tenso. No esperaban eso. —La ignorancia no es ser tonto —continué, agarrando confianza—. La ignorancia es estar solo. Es creer que uno no vale. En mi barrio hay mucha gente que sabe trabajar, pero no sabe defenderse. Nosotros no enseñamos solo el abecedario. Enseñamos que la ‘A’ es de ‘Amigo’, que la ‘D’ es de ‘Dignidad’. Levanté el diploma. —Este papel está bonito. Lo vamos a colgar. Pero el verdadero premio no es este. El premio es ver a una madre leer la receta de la medicina de su hijo. El premio es ver a un viejo firmar su cheque de pensión sin que le tiemble el pulso. El premio es que ya no necesitamos que nadie nos traduzca el mundo. Respiré hondo. —Dedico esto a Rosa, que limpiaba pisos y nos limpió el alma. Y a todos los que se atreven a entrar por esa puerta vieja aunque se mueran de vergüenza. Porque aprender a leer de viejo es de valientes. Muchas gracias.
Cuando terminé, hubo un segundo de silencio total. Y luego, el aplauso. No fue un aplauso cortés como los anteriores. Fue un aplauso fuerte, real. Vi gente de pie. Vi al inspector aquel, el que nos quiso cerrar, aplaudiendo en una esquina con cara de arrepentido.
Bajé del escenario y mis compañeros me abrazaron. Marisol lloraba. Doña Lupe me limpiaba el saco como si tuviera polvo. —¡Eso, carnal! —me dijo Beto—. ¡Se la rifó!
Ese día entendí que nuestra lucha había trascendido el barrio. Nos habíamos vuelto visibles. Y con la visibilidad, vinieron cosas buenas. Nos donaron computadoras de verdad. Nos arreglaron el techo profesionalmente (aunque yo extrañaba un poco mis parches chuecos). Pero lo más importante no cambió. El aula sigue abierta cada noche.
Ahora que soy viejo de verdad, paso mis tardes sentado en la banca de afuera, antes de que empiece la clase. Veo pasar a la gente. Veo a los chavos con sus celulares, veo a las señoras con el mandado. Y a veces, veo a alguien detenerse. Alguien que mira la luz encendida con esa mezcla de curiosidad y miedo que conozco tan bien. Alguien que se alisa la ropa, que aprieta un papel arrugado en el bolsillo, que duda.
Entonces, me levanto. Mis rodillas truenan, pero mi sonrisa está lista. Me acerco despacito, para no asustar. —Buenas noches —les digo. Ellos me miran, nerviosos. —¿Aquí enseñan? —preguntan casi siempre.
Y yo les doy la respuesta que me salvó la vida, la respuesta que es la herencia más grande que tengo, más que cualquier casa que haya construido. —Sí, aquí es. Pásale. Aquí nadie llega tarde. Llega cuando puede.
Les abro la puerta. Entran a la luz. Y yo me quedo afuera un ratito más, mirando las estrellas sobre el cielo de México, dando gracias. Porque al final, la vida es eso. No se trata de cuántas palabras sabes leer. Se trata de cuántas puertas estás dispuesto a abrir para los demás.
El aula de los olvidados ya no es de olvidados. Es el aula de los encontrados. Y mientras haya una noche oscura, nosotros seremos el cerillo que enciende la vela. Esa es mi historia. La historia de Julián, el que aprendió a leer para poder escribir su propio destino. Y si tú, que estás leyendo esto, sientes que ya se te pasó el tren… hazme caso. El tren no se pasa. El tren te espera en la estación hasta que tú te decides a subir. La puerta está abierta. La luz está encendida. Te estamos esperando.