
Son las 6 de la tarde de un viernes aquí en la casa, llueve un poco y tengo el boleto de avión en la mano, pero les escribo esto porque los planes cambiaron.
Les tengo que contar qué pasa.
Tengo a mi gorda, la “Chata”, que lleva dos años luchando con un tumor que le crece lento en el pecho; ya casi cumple 14 años. La recogí de un terreno baldío por aquí cerca cuando era una cachorrita. Yo tenía 21 años, me sentía muy hombrecito, pero ella era mi niña.
La Chata es una pitbull. La encontré con una soga enterrada en el cuello y mordidas por todo el cuerpo, hasta en las orejas. Era de esos perros que los desgraciados usan para que los perros de p*lea practiquen y se sientan bravos.
En casi 14 años, jamás la he visto tirar una mordida ni gruñirle a nadie; por eso la agarraron de bajada esos infelices, porque ella es pura paz. Ella ha sido lo único constante en mi vida de adulto, esa es la neta. Nos hemos mudado de cantón un buen de veces, hemos tenido roomies y novias que van y vienen, pero al final del día, siempre hemos sido solo ella y yo.
Ella dormía conmigo, con su cabezota en mi almohada. Y cuando yo andaba bajoneado, cuando sentía que el corazón se me quebraba o que no valía madre, ella se me pegaba al pecho y me ponía su pata encima, como abrazándome. Con los años, dejé que ella me cuidara a mí.
El problema es que esta vez, al regresar de la chamba, la vi diferente. Ya no quiere ni salir a la calle a dar la vuelta. Tiene una enfermedad que hace que cualquier estrés la ponga mal, su cuerpo no aguanta el pánico. Y yo tengo este viaje a Sudamérica programado.
La veo ahí echada y sé que se acerca el momento en que dejará de ser mi perro para volverse parte del viento y de la tierra. Me da pavor irme. Si me subo a ese avión, siento en las entrañas que se va a ir mientras no estoy, y no me perdonaría perder el honor de estar ahí, de cantarle bajito para que se duerma tranquila.
A veces me tardo 20 minutos en escoger qué trusas ponerme, neta. Pero esta decisión fue de golpe.
Miré la maleta, miré a la Chata respirando con trabajo…
CONTENIDO DE LA PARTE 2: LA TENSIÓN, LA RENUNCIA Y EL PESO DEL SILENCIO
Cierro la maleta, pero no para irme. La cierro para quitarla de en medio, para aventarla al rincón más oscuro del cuarto, donde no me estorbe, donde no me recuerde la vida que se supone que debería estar viviendo ahorita mismo. El sonido del cierre metálico rasgando el silencio del cuarto suena como un disparo sordo, definitivo. Afuera, la lluvia sigue golpeando la lámina de asbesto del vecino y el concreto del patio, ese sonido constante, monótono, que en México conocemos tan bien; esa lluvia que no limpia, nomás moja y levanta el olor a tierra mojada y a coladera tapada. Pero aquí adentro, el aire pesa. Pesa un chingo.
Me quedo parado a la mitad del cuarto, con las manos temblandome un poco, no de frío, sino de esa adrenalina rancia que te queda después de tomar una decisión de la que no hay vuelta atrás. Miro el reloj. Faltan tres horas para el vuelo. Si saliera ahorita, corriendo, agarrando un Uber y rezándole a todos los santos para que no haya tráfico en el Viaducto, tal vez llegaría. Tal vez. Pero mis pies parecen de plomo, clavados en el mosaico frío del piso.
Mi celular empieza a vibrar en la mesa de noche. La pantalla se ilumina y veo el nombre: “Beto Manager”. No contesto. Dejo que vibre, que zumbe contra la madera barata, como una mosca atrapada. Sé lo que me va a decir. Sé que ya está en el aeropuerto, documentando las cajas de equipo, nervioso, checando el reloj, pensando que seguro me quedé dormido o que hay un choque en la avenida. No sabe que estoy aquí, parado frente a mi cama, viendo cómo a mi perra le cuesta trabajo inflar los pulmones.
La Chata está echada en su tapete, ese que ya huele a ella, a pelo viejo, a galleta y a medicina. No se ha movido desde que llegué. Su respiración es un silbido ronco, un ritmo irregular que me parte la madre cada vez que se detiene por un microsegundo de más. Uno… dos… tres… y luego suelta el aire, un suspiro largo y pesado que mueve sus costillas marcadas. Esas costillas que antes eran puro músculo, puro poder de pitbull, y que ahora se sienten frágiles, como varitas secas bajo una piel que le queda grande.
El celular deja de sonar y empieza otra vez. Beto es insistente. Es su chamba serlo. Tengo que contestar. Tengo que enfrentar la música, aunque no sea la que íbamos a tocar en Sudamérica.
Deslizo el dedo por la pantalla y me llevo el teléfono a la oreja. —¿Bueno? —¡Carlos, cabrón! ¿Dónde estás, güey? —La voz de Beto es un grito histérico, se escucha el ruido de fondo del aeropuerto, los anuncios por altavoz, el caos—. Ya van a cerrar el mostrador, no mames. Te dije que llegaras tres horas antes. ¿Estás en el tráfico? Dime que estás cerca.
Respiro hondo. El aire huele a Vick VapoRub y a la humedad de la casa cerrada. —No voy a ir, Beto. Silencio. Un silencio absoluto del otro lado de la línea, tanto que pienso que se cortó la llamada. —¿Cómo? —pregunta, bajando la voz, como si no hubiera entendido el idioma—. ¿De qué hablas? ¿Te pasó algo? ¿Chocaste? —No. Estoy en mi casa. —¿Y qué haces en tu casa, pendejo? ¡Tenemos una gira! ¡Están los boletos vendidos, la gente esperando! No me salgas con tus mamadas de artista torturado ahorita. ¡Muévete! Si agarras un taxi ahorita… —Beto, escúchame —lo interrumpo, tratando de que mi voz no se quiebre, tratando de sonar firme, como el hombre que se supone que soy—. Es la Chata. Está muy mal.
Escucho un resoplido del otro lado. Ese sonido de incredulidad y frustración que hace la gente que no entiende, la gente que ve el mundo en números y contratos. —¿La perra? —pregunta, y puedo escuchar cómo se lleva la mano a la frente—. ¿Me estás diciendo que vas a cancelar la gira más importante de tu carrera… por la perra? Carlos, no me jodas. Llévala al veterinario, págale a alguien para que la cuide. Te presto lana si quieres para que la internen en el mejor hospital de la ciudad, pero tú tienes que subirte a ese avión.
Miro a la Chata. En ese momento, ella abre los ojos. Esos ojos que antes eran color miel brillante, llenos de chispa, listos para atrapar una pelota o para perseguir una mosca, ahora tienen una nube gris, una catarata de cansancio. Me mira sin levantar la cabeza, solo mueve las pupilas hacia mí. Sabe. Juro por mi vida que sabe que estamos hablando de ella. Sabe que hay una tensión en el aire, y su cola hace un intento patético de moverse, un tap-tap muy débil contra el suelo. Ese sonido, ese golpeteo sordo, es más fuerte que cualquier grito de Beto.
—No es dinero, güey —le digo, susurrando, porque no quiero que ella piense que estoy enojado—. Se está muriendo, Beto. Tiene un tumor en el pecho que ya no la deja ni respirar bien, y el Addison la tiene sin fuerzas. Si me voy dos semanas… si me voy, se va a morir sola. O con un extraño. Y no voy a permitir eso.
—Carlos, es un animal —dice Beto, ya no enojado, sino con ese tono condescendiente que me purga, como si le explicara a un niño por qué no puede comer dulces antes de la cena—. Los perros se mueren, güey. Es el ciclo de la vida. Te vas a arrepentir. Vas a tirar todo a la basura: la lana, los contactos, la reputación. ¿Sabes la multa que nos van a meter por incumplimiento de contrato? Vamos a quedar vetados, cabrón. Nadie nos va a volver a contratar.
Siento un calor subirme por el cuello. La ira. Una ira vieja, ancestral. La ira de tener que justificar el amor ante gente que solo entiende de utilidades. —Me vale madre la multa —le suelto, y siento cómo las palabras raspan al salir—. Vende mi equipo, vende la camioneta si hace falta. Pero no voy a ir. No la voy a dejar sola en la oscuridad para ir a tocar canciones alegres mientras ella se apaga. ¿Entiendes? Ella no es “un animal”, Beto. Ella es… ella es lo único que me ha mantenido vivo cuando ni yo mismo quería estarlo.
Beto se queda callado unos segundos. —Estás cometiendo el error de tu vida, Carlos. —No —le contesto, y por primera vez en toda la tarde, siento una paz extraña, sólida—. El error sería irme. Que les vaya bien.
Cuelgo. El teléfono se siente caliente en mi mano. Lo aviento a la cama, junto a la maleta cerrada. Se acabó. Ya no hay vuelta atrás. Acabo de incendiar mi carrera con un cerillo y gasolina, y lo único que siento es… alivio. Un alivio inmenso, pesado, como cuando te quitas unas botas que te aprietan después de caminar todo el día.
Me hinco en el suelo, junto a ella. El piso está frío, pero no me importa. Me acerco a su cara. Su aliento es fuerte, un olor ferroso, a sangre vieja y a enfermedad, ese olor que tienen los seres vivos cuando se empiezan a descomponer por dentro antes de morir. Pero para mí, es el olor más familiar del mundo. Es el olor de mi vida. —Ya está, gorda —le susurro, acariciándole la cabeza, justo detrás de las orejas, donde le gusta, donde la piel es suavecita como terciopelo—. No me voy a ir. Aquí me quedo. Tú y yo, como siempre.
Ella suelta otro suspiro, pero esta vez suena diferente. Menos tenso. Cierra los ojos y recarga todo su peso en mi mano. Siente que la ansiedad se me fue, y como ella es un espejo de mis emociones, también se relaja.
Me levanto, las rodillas me truenan. Tengo que hacer cosas. La vida sigue, aunque el mundo de afuera se haya detenido. Tengo que ser práctico. No soy un médico, no puedo curarla, pero soy su humano, su “papá”, y mi trabajo ahora es hacer que este final sea lo menos culero posible.
Voy a la cocina. Es una cocina pequeña, con azulejos que alguna vez fueron blancos y ahora son color crema por el tiempo y la grasa. Abro el refri. La luz parpadea un poco. Saco los filetes de tilapia que compré ayer. Estaban destinados a ser mi cena rápida antes de irme al aeropuerto, pero ahora tienen un propósito más noble. Prendo la estufa. El click-click-click del encendedor automático y luego el whoosh de la flama azul. Pongo el sartén. Nada de aceite, nada de especias. Solo el pescado y un poco de agua para que se cueza al vapor, suave, fácil de digerir.
Mientras veo cómo el pescado cambia de color, de rosa translúcido a blanco opaco, mi mente viaja hacia atrás. No puedo evitarlo. Estoy en esta cocina, pero también estoy hace catorce años, en ese terreno baldío detrás de la planta de luz, allá por Ecatepec, donde vivía antes.
Recuerdo la lluvia de ese día también. Una tormenta de esas que inundan las calles y hacen que las coladeras boten agua negra. Yo iba caminando, tapándome con una chamarra de mezclilla que no servía para nada, mentando madres porque se me había ido el último camión. Y entonces la vi. O más bien, la escuché. Era un gemido. No un ladrido, un gemido agudo, desesperado, casi humano. Me acerqué a un montón de basura, llantas viejas y bolsas de cemento endurecido. Y ahí estaba. Una bola de lodo y sangre.
Al principio pensé que estaba muerta. Tenía una cuerda de nilon amarilla, de esas gruesas, enterrada en la carne del cuello. La piel había crecido alrededor de la soga, infectada, supurando. Estaba en los huesos. Y tenía marcas… Dios, las marcas. Mordidas circulares en las patas, rasguños profundos en el lomo. Le faltaba un pedazo de oreja izquierda, la herida aún estaba fresca y roja. Me acerqué con miedo. No miedo de que me mordiera, sino miedo de ver tanta crueldad junta en un cuerpo tan pequeño. “Hey…”, le dije. Ella levantó la cabeza. Temblaba. No de frío, sino de terror absoluto. Se orinó ahí mismo, sin poder levantarse. Sus ojos me miraron y no vi agresividad. Vi resignación. Estaba esperando el golpe. Estaba esperando que yo fuera otro de los monstruos que la usaban para entrenar a sus bestias.
Me quité la chamarra mojada y, con un cuidado que no sabía que tenía, la envolví. Pesaba menos que un gato. Sentí su corazón latir contra mis costillas, pum-pum-pum, rapidísimo, como un colibrí atrapado. —Tranquila —le dije, y me acuerdo que empecé a llorar ahí mismo, bajo la lluvia, abrazando a esa perra desconocida—. Ya nadie te va a hacer daño. Te lo prometo, cabrona, nadie te vuelve a tocar.
Esa promesa me ha guiado catorce años. La llevé a mi cuarto de azotea. Pasé semanas curándole el cuello con agua oxigenada y pomadas baratas porque no tenía para el veterinario. Le daba de comer en la boca, pedacito por pedacito. La primera vez que movió la cola, casi un mes después, sentí que me había ganado la lotería. Fue un movimiento tímido, dudoso, pero fue el inicio de todo. Ella me enseñó a confiar. Si ella, que había vivido el infierno en la tierra, podía volver a mover la cola y lamer una mano humana, ¿quién era yo para andar de amargado por la vida porque una morra me dejó o porque no tenía varo? Ella me salvó. Literalmente. Hubo noches, años después, cuando la depresión me pegaba duro, cuando me quedaba viendo el techo pensando en si valía la pena seguir, y ella venía, ponía su cabeza pesada en mi pecho y me obligaba a acariciarla. Su peso me anclaba a la tierra. Me obligaba a estar presente. “Aquí estoy”, me decía con su mirada. “No te vayas tú tampoco”.
Y ahora… el olor a pescado cocido me trae de vuelta al presente. Apago la estufa. Desmenuzo el pescado con los dedos, cuidando que no vaya ni una sola espina. Está caliente, me quemo las yemas de los dedos, pero me vale. Lo pongo en su plato de cerámica, ese que dice “Mascota Consentida” y que está despostillado de la orilla.
Camino de regreso al cuarto. —Mira lo que te traje, Chata —le digo con voz cantadita, esa voz ridícula que todos los dueños de perros usamos. Ella levanta la nariz. El olfato es lo último que pierden. Intenta levantarse. Sus patas traseras resbalan en el mosaico. Se le abren como patas de rana y veo la frustración en su cara. —No, no, quieta ahí, yo te lo llevo —me apresuro a ponerle el plato enfrente.
Ella come. Come despacio, lamiendo más que masticando. Cada bocado es un triunfo. Yo me siento a su lado, observando cada movimiento de su garganta al tragar. Me fijo en las canas de su hocico. Antes era negra como la noche, ahora es casi blanca de la cara, como si le hubieran echado azúcar glass. La enfermedad de Addison es una maldita bomba de tiempo. Sus glándulas suprarrenales no funcionan. No produce cortisol. Para un perro normal, un susto es solo un susto. Para la Chata, un susto, un estrés, una tristeza fuerte, puede provocarle un shock y matarla. Su cuerpo no sabe cómo manejar la crisis. Por eso las inyecciones mensuales, por eso las pastillas diarias de prednisona que la han hecho hincharse y tener sed todo el tiempo. Y ahora, el tumor. Ese bulto duro en el pecho que descubrí hace dos meses mientras le rascaba la panza. El veterinario fue claro: “A su edad, y con el Addison, operar es sentenciarla en la mesa. Mejor dale calidad de vida, Carlos. Dale amor hasta que ella diga basta”.
Hasta que ella diga basta. ¿Y si ya está diciendo basta y yo no quiero escuchar? Ese pensamiento me taladra la cabeza. ¿La estoy reteniendo por ella o por mí? Ella termina de comer. Deja un poco en el plato, algo que nunca hacía antes. Me lame la mano, su lengua rasposa y caliente limpiando los restos de pescado de mis dedos. Es un beso de agradecimiento. —De nada, mi amor —le digo.
La tarde empieza a caer y la luz del cuarto se vuelve naranja y luego gris. No prendo la luz. Nos quedamos en la penumbra. Se empieza a escuchar el ruido de la gente que llega de trabajar, los camiones frenando en la esquina, el de los tamales oaxaqueños pasando con su grabación eterna. La vida sigue allá afuera, indiferente a nuestra tragedia minúscula.
De repente, la Chata se pone inquieta. Intenta acomodarse y no puede. Se levanta, da dos vueltas sobre su eje, y se vuelve a dejar caer, soltando un gemido bajo. —¿Qué pasa? ¿Te duele? Me acerco. Su panza está haciendo ruidos raros. El tumor le oprime. Le cuesta encontrar una posición donde no le moleste. Empiezo mi guardia. Esto es lo que nadie te dice de tener un perro viejo y enfermo. No son solo los momentos tiernos de despedida. Es la vigilia. Es convertirte en enfermero. Es limpiar vómito a las 3 de la mañana. Es aprender a leer el dolor en un ser que no habla.
Me acomodo en el suelo, pegado a su espalda. Le paso el brazo por encima, con cuidado de no apretarle el pecho. Siento su calor. Está un poco más caliente de lo normal. ¿Tendrá fiebre? La angustia me pica en la garganta. —Aquí estoy —repito, como un mantra—. Aquí estoy.
Ella se calma un poco con mi contacto. Su respiración se acompasa con la mía. Me pongo a pensar en el viaje. Ahorita estaría pasando seguridad. Quitándome el cinturón y los zapatos. Comprando una botella de agua carísima. Subiendo al avión. La emoción del despegue. La promesa de escenarios, de aplausos, de mujeres, de mezcal en bares extranjeros. Cierro los ojos e imagino todo eso. Y luego siento el pelo rasposo de la Chata bajo mi barbilla. Y la imagen del viaje se disuelve como humo. No hay comparación. No hay maldita comparación. ¿Qué es un aplauso comparado con esto? ¿Qué es el éxito comparado con la lealtad absoluta de un ser que te ha visto en tus peores momentos y te sigue viendo como si fueras un dios?
La Chata empieza a soñar. Sus patas se mueven espasmódicamente, como si estuviera corriendo. Ladra bajito, un wuff-wuff ahogado, con la boca cerrada. ¿Qué sueña? ¿Sueña con el día que la encontré? ¿Sueña con los gatos que nunca alcanzó? ¿O sueña que vuelve a ser joven y fuerte? Me da miedo que se despierte y se de cuenta de que ya no puede correr.
Pasen las horas. La casa está completamente a oscuras. Solo entra la luz amarilla de la lámpara de la calle por la ventana, dibujando sombras largas en el piso. Me duele la cadera de estar en el suelo, pero no me muevo. Tengo miedo de que si me muevo, ella piense que me voy. Tengo miedo de romper este momento. El silencio de la casa se vuelve pesado. Empiezo a pensar en el “después”. Miro el rincón donde está su correa. El plato de agua. La pelota de tenis vieja y pelona debajo del sillón. ¿Qué voy a hacer con todo eso cuando ella no esté? ¿Cómo se llena el vacío que deja un perro? Es un vacío físico, espacial. Ocupan un lugar en la casa, pero ocupan un lugar gigante en la rutina. ¿A quién voy a saludar cuando llegue? ¿Quién me va a obligar a levantarme los domingos?
Siento una lágrima correr por mi nariz y caer al suelo. Y luego otra. Estoy llorando en silencio, apretando los dientes. No quiero que se muera. Es un pensamiento infantil, egoísta y estúpido. Todos nos morimos. Pero me rebelo contra la idea. —No te vayas, gorda —susurro, sabiendo que es inútil—. Aguanta un poco más.
Ella despierta de golpe. Levanta la cabeza, desorientada. Tose. Es una tos seca, fea, como si tuviera algo atorado. Se levanta con urgencia. Sé lo que viene. Me levanto rápido y abro la puerta del patio. Ella sale, trastabillando. La lluvia ha parado, pero el suelo está mojado. La veo encorvarse en la oscuridad del patio. Hace sus necesidades con esfuerzo. Me duele verla así, tan vulnerable, cuando ella siempre fue tan digna, tan fuerte. Cuando regresa, camina muy lento. Se detiene en el umbral de la puerta y me mira. En esa mirada, bajo la luz amarilla del patio, veo algo nuevo. Ya no es solo cansancio. Es despedida. Es una mirada que dice: “Estoy cansada, papá. Ya me quiero ir a descansar de verdad”.
Se me hiela la sangre. No es que ella no sepa que va a morir. Es que yo no quería aceptarlo. Entra y se echa en su lugar, pero esta vez no se hace “rolito”. Se echa de lado, estirada, jadeando un poco aunque no ha hecho ejercicio. Me siento otra vez a su lado. Saco mi celular del bolsillo. Veo las notificaciones. Mensajes de Beto. Mensajes de los músicos. “¿Qué pasó?”, “¿Es neta?”, “Güey, contesta”. Apago el celular. Lo apago por completo. Pantalla negra. El mundo exterior ha dejado de existir.
Solo existimos nosotros dos en esta habitación. Me acuerdo de lo que decía la carta de Fiona Apple, esa que leí hace tiempo y que se me quedó grabada. “Ella es mi mejor amiga, mi madre, mi hija, mi protectora”. Sí. Eso es. La Chata ha sido la única mujer que nunca me ha pedido que cambie, que nunca me ha juzgado por no tener dinero o por estar triste. Ella me ha amado por el simple hecho de existir. Ese tipo de amor es un milagro. Y los milagros hay que honrarlos.
Le acaricio el pecho, justo donde está el tumor. Siento la masa dura bajo mis dedos. Es el enemigo. Es la muerte tocando la puerta. Pero también es parte de ella ahora. —Está bien, Chata —le digo, y esta vez trato de que mi voz suene segura, para convencerla a ella y convencerme a mí—. Está bien si estás cansada. No tienes que ser fuerte por mí. Ya fuiste fuerte mucho tiempo.
Ella suspira. Un suspiro largo, profundo, que hace vibrar su garganta. Parece que me entiende. La tensión en su cuerpo disminuye un poco. Me doy cuenta de que ella estaba esperando mi permiso. Estaba aguantando, luchando contra el dolor y el cansancio, porque sabe que yo la necesito. Porque su trabajo siempre ha sido cuidarme. Qué ironía más cruel. Su lealtad es lo que la mantiene sufriendo.
—Ya no tienes que cuidarme —le susurro al oído, pegando mi frente a la suya—. Ya estoy grande. Ya puedo solo. Gracias, mi niña. Gracias por salvarme. Decir esas palabras es como arrancarme un pedazo de piel. Arde. Duele como el infierno. Pero es necesario. Tengo que liberarla. Si la amo de verdad, tengo que dejarla ir. Tengo que poner su paz por encima de mi necesidad de tenerla aquí.
La noche avanza. La madrugada llega con ese frío que cala los huesos. Me tapo con una cobija vieja que tengo en el sillón y la tapo a ella también. Nos quedamos ahí, hechos un nudo de hombre y perro. Escucho su corazón. Pum… pum… pum… Cada latido es un regalo. Cada latido es un “todavía no”. Pero sé que el “ya casi” está a la vuelta de la esquina.
Mañana… mañana será otro día. Mañana tendré que llamar al veterinario para que venga a la casa. No la voy a llevar a una clínica fría con mesa de metal. Si se tiene que ir, se va a ir aquí, en su tapete, oliendo a su casa, escuchando mi voz, sintiendo mi mano. Será la decisión más difícil de mi vida. Más difícil que cancelar el viaje. Más difícil que cualquier cosa que haya hecho. Tener el poder de decidir cuándo termina una vida es una responsabilidad demasiado grande para un ser humano. Nos queda grande el papel de Dios. Pero se lo debo. Le debo una salida digna. Sin dolor. Sin miedo. Igual que le prometí esa noche en el terreno baldío: “Nadie te va a hacer daño”. El dolor ahora es el daño. Y yo soy el único que puede detenerlo.
Miro sus patas, esas patas que tienen cicatrices viejas de su vida anterior. Me pregunto si sabrá cuánto la quise. Si sabrá que ella fue lo mejor que me pasó. Espero que sí. Cierro los ojos, pero no duermo. Me quedo escuchando su respiración, memorizando el ritmo, grabándolo en mi cerebro para cuando ya no esté. Es la música más triste y más hermosa del mundo.
CONTENIDO DE LA PARTE 3: EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL PUENTE DE CRISTAL
La luz de la mañana entra sin pedir permiso. Es una luz blanca, cruda, de esas que no tienen nada de poético, una luz que resalta el polvo que flota en el aire y las manchas de humedad en la pared. Odio esta luz. Quisiera que siguiera siendo de noche, que el tiempo se hubiera congelado en esa burbuja oscura donde solo existíamos la Chata y yo, respirando al mismo ritmo. Pero el sol sale, indiferente, cruel en su puntualidad.
Escucho el sonido de la ciudad despertando. El camión del gas gritando su tonada incomprensible, el rechinar de la cortina metálica de la tiendita de la esquina, los cláxones lejanos en la avenida. Todo sigue. El mundo entero sigue girando como si nada estuviera pasando, y eso me da un coraje que me quema la boca del estómago. ¿Cómo se atreven a seguir sus vidas? ¿Cómo se atreve el vecino a poner cumbias a todo volumen cuando mi universo se está desmoronando aquí adentro?
La Chata sigue dormida, o eso quiero creer. Su respiración es más superficial ahora, más rápida, como si estuviera corriendo un maratón en sus sueños, pero su cuerpo no se mueve. Está quieta, demasiado quieta. Me levanto con cuidado, mis articulaciones truenan como ramas secas después de pasar la noche en el suelo frío. Me duele la espalda, me duele el cuello, pero ese dolor físico es una distracción bienvenida, un ancla que me recuerda que sigo vivo.
Voy al baño. Me miro en el espejo y no reconozco al tipo que me devuelve la mirada. Tengo los ojos hinchados, rojos, con unas ojeras que parecen moretones. La barba de dos días me hace ver descuidado, sucio. “Este es el rostro de la derrota”, pienso. O tal vez es el rostro de la verdad. Me lavo la cara con agua fría, tratando de despertar, de quitarme la capa de tristeza que se me pegó a la piel como cochambre.
Regreso al cuarto. La Chata ha abierto los ojos. No levanta la cabeza. Solo me sigue con la mirada. Sus ojos, esos que ayer tenían una nube gris, hoy parecen de vidrio. Están opacos, lejanos. Ya no me miran a mí, miran a través de mí, hacia algo que yo no puedo ver. —Buenos días, gorda —le digo, forzando una sonrisa que siento como una mueca de payaso triste. Ella intenta mover la cola. Apenas es una vibración, un espasmo muscular en la base de su columna. No tiene fuerzas ni para saludarme.
Es hora. Lo sé. Ella lo sabe. Las paredes lo saben. No puedo prolongar esto. Sería sadismo disfrazado de esperanza. Recordé lo que me dijo el veterinario: “Dale amor hasta que ella diga basta”. Y esa mirada de anoche, esa mirada de “papá, ya me quiero ir”, fue su grito silencioso. Ya dijo basta. Ahora me toca a mí tener los huevos para escucharla.
Busco el teléfono del Dr. Romo. Mis dedos tiemblan tanto que me equivoco dos veces al marcar. Siento que el celular pesa una tonelada. Es el objeto más pesado del mundo en este momento. —¿Bueno? —la voz del doctor suena fresca, profesional, ajena a mi drama. —Doc… soy Carlos. El dueño de la Chata. Hay una pausa. El Dr. Romo es un buen tipo, un señor de esos de antes, que tratan a los perros como pacientes y no como mercancía. Él sabe. —Carlos. ¿Cómo amaneció? Intento hablar, pero se me cierra la garganta. Tengo que carraspear, tragar saliva, tragarme el dolor para que salga la voz. —Mal, doc. Ya… ya no se levanta. Y le cuesta respirar. Creo que… creo que ya es hora. Decirlo en voz alta lo hace real. Convierte el pensamiento en un hecho. “Ya es hora”. Tres palabras que borran el futuro. —Entiendo, hijo —su tono cambia, se vuelve suave, respetuoso—. ¿Quieres traerla al consultorio o prefieres que vaya yo? —Venga usted, por favor. No la quiero mover. No quiero que su último recuerdo sea la mesa fría o el olor a desinfectante. Que sea aquí, en su casa. —Está bien. Termino unas consultas y paso para allá. ¿Te parece bien a la una? —Sí. A la una.
Cuelgo. Miro el reloj. Son las nueve de la mañana. Cuatro horas. Tengo cuatro horas de vida con ella. Cuatro horas para resumir catorce años de amor, de lealtad, de historia. Es un tiempo ridículo, insultante. ¿Cómo metes una vida entera en doscientos cuarenta minutos?
Me siento a su lado otra vez. No voy a desperdiciar ni un segundo cocinando o limpiando. Eso ya no importa. —Tenemos visita al rato, gorda —le miento piadosamente—. Va a venir el doc a darte algo para que se te quite el dolor. Para que duermas rico. Ella suspira. Creo que entiende la palabra “dormir”. Siempre fue su verbo favorito después de “comer”.
Decido que estas últimas horas tienen que ser de paz. Nada de llantos histéricos. Ella odia cuando lloro, se pone nerviosa, intenta consolarme. Hoy no. Hoy yo soy el fuerte. Hoy yo soy su roca, como ella fue la mía tantas veces. Pongo música bajita. No pongo mis canciones, ni rock, ni nada estruendoso. Pongo música clásica, piano suave. Recuerdo que cuando componía, ella se quedaba dormida bajo el piano. Le gustaba esa vibración.
Me acuesto frente a ella, cara a cara. Empiezo a hablarle. Le cuento nuestra historia, como si ella no la hubiera vivido conmigo. Necesito contarla para no olvidarla, para grabarla en el aire de este cuarto. —¿Te acuerdas cuando llegaste, Chata? Eras una cosita de nada, toda miedosa. Te daba miedo hasta tu propia sombra. Me costó un huevo que confiaras en mí. Le acaricio la cicatriz de la oreja, ese pedazo que le falta y que siempre le dio un aire de pirata ruda, aunque fuera un pan de Dios. —Y luego, ¿te acuerdas de la primera vez que fuimos a la playa? —Me río, y una lágrima se me escapa, traicionera—. Te comiste la arena, pendeja. Y luego le ladrabas a las olas porque te mojaban las patas. Corriste como loca ese día. Eras tan rápida… nadie te alcanzaba.
Ella cierra los ojos mientras le hablo. Su respiración se calma un poco con mi voz. —Y esa vez que me terminaron… ¿te acuerdas de Mariana? Esa morra que me rompió el corazón. Me pasé tres días en la cama, sin bañarme, hecho un trapo. Y tú no te fuiste. Me lamías la cara para que me levantara. Me trajiste tu pelota llena de babas y me la pusiste en la cara. Me obligaste a salir al parque. Me salvaste de ahogarme en mi propia mierda, Chata. Siempre me salvaste.
El tiempo pasa de una forma extraña. A veces los minutos se arrastran, pegajosos y lentos, y otras veces vuelan. Las nueve se convierten en las diez. Las diez en las once. A las once y media, ella intenta vomitar. Solo saca bilis y espuma. Se angustia, me mira con pánico porque se ensució. Ella siempre fue muy limpia. —No pasa nada, mi amor, no pasa nada —le digo rápido, limpiando con una toalla vieja sin darle importancia—. Ahorita lo arreglamos. La limpio con toallitas húmedas. Le beso la frente. —Ya casi, gorda. Ya casi viene la ayuda.
El tumor en su pecho se siente enorme. Es un bulto duro, caliente, una invasión ajena en su cuerpo perfecto. Lo odio con toda mi alma. Odio a la biología, odio a las células que decidieron rebelarse, odio al tiempo. Pero la acaricio alrededor, con suavidad. De repente, me entra el pánico. El miedo real. ¿Qué voy a hacer cuando se pare su corazón? ¿Qué voy a hacer con el cuerpo? ¿Qué voy a hacer con el silencio que va a dejar? Siento que me falta el aire. Me levanto y camino en círculos por el cuarto, jalándome el pelo. “No te rompas”, me ordeno. “No te rompas ahorita. Tienes toda la vida para estar roto. Ahorita ella te necesita entero”.
Respiro. Inhalo en cuatro tiempos, exhalo en cuatro. Una técnica que aprendí para los nervios antes de subir al escenario. Ahora la uso para no gritar. Vuelvo a ella. —Gracias —le digo, y esta vez mi voz suena solemne, como en una iglesia—. Gracias por elegirme. Podías haber sido de cualquiera, pero te quedaste conmigo. Gracias por cuidarme la espalda. Gracias por no juzgarme cuando llegaba borracho o cuando no tenía ni para las croquetas buenas. Gracias por ser mi familia.
Son las doce cuarenta y cinco. Escucho un coche detenerse afuera. El sonido de un motor que se apaga. Una puerta que se cierra. El corazón se me sale del pecho. Pum-pum-pum-pum. Es el final. El verdugo ha llegado, disfrazado de salvador. Suena el timbre. Ese sonido eléctrico y chillón nunca me había parecido tan aterrador. La Chata levanta la cabeza un poco. Ladra una vez, muy bajito, un woof sordo. Su último trabajo: avisarme que alguien llegó. —Ya voy, Chata. Es el doc.
Abro la puerta. El Dr. Romo está ahí, con su maletín negro y una cara de compasión que casi me hace derrumbarme. —Hola, Carlos. —Pase, doc. Entramos al cuarto. El olor a enfermedad es fuerte, pero el doctor ni se inmuta. Se hinca junto a ella de inmediato. —Hola, preciosa —le dice, acariciándole el lomo con manos expertas—. ¿Cómo te sientes, eh? Ya estás cansada, ¿verdad? La Chata le lame la mano. Increíble. Hasta en su lecho de muerte, es amable. El doctor la revisa rápido. Checa sus encías, escucha su corazón. Me mira y asiente levemente. Confirma lo que ya sabíamos. Su cuerpo se está apagando. El Addison y el cáncer ganaron la guerra.
—Carlos, te voy a explicar lo que vamos a hacer —dice el doctor, con voz tranquila—. Primero le voy a poner un sedante. Es solo un piquete en la pierna. Eso la va a relajar completamente, le va a quitar cualquier dolor o ansiedad. Se va a quedar dormida, muy profunda. Asiento. No confío en mi voz. —Cuando ya esté dormida, le pondremos la inyección final en la vena. Eso detendrá su corazón. No va a sentir nada. Absolutamente nada. Es como apagar la luz. Se va a ir soñando. —Está bien —susurro.
El doctor prepara la primera jeringa. Me siento junto a la cabeza de la Chata. La tomo entre mis manos. Pego mi frente a la suya. —Aquí estoy, mi niña. Aquí estoy. No tengas miedo. Siente el piquete y se estremece un poquito, pero no se queja. —Listo —dice el doctor—. Ahora esperamos unos minutos.
Esos minutos son los más sagrados de mi vida. Siento cómo su cuerpo, que había estado tenso por el dolor durante semanas, se empieza a aflojar. Sus músculos se sueltan. Su respiración se vuelve lenta, profunda, rítmica. Me mira una última vez. Sus ojos ya no tienen miedo. Tienen paz. Y amor. Un chingo de amor. Se le cierran los párpados. Su cabeza se hace pesada en mis manos. —Ya está dormida —dice el doctor en voz baja—. Ya no le duele nada, Carlos. Rompo a llorar. No puedo evitarlo. Lloro en silencio, mojándole el pelo con mis lágrimas. —Te amo, Chata. Te amo, gorda. Vete tranquila. Busca a los otros perros. Corre mucho. Espérame allá, cabrona. No te vayas a ir sin mí.
El doctor busca la vena en su pata delantera. Ha adelgazado tanto que la encuentra rápido. —¿Estás listo, Carlos? Nunca se está listo. Jamás. Pero asiento. —Sí. Déjala descansar.
Veo el líquido entrar en su cuerpo. Es transparente. Parece agua. Agua que trae la muerte. Sigo hablándole al oído, susurrándole cosas bonitas, promesas de que nos volveremos a ver. —Buen viaje, mi amor. Buen viaje. Eres la mejor perra del mundo. La mejor. Siento el momento exacto. Siento un pequeño espasmo, como un suspiro final que recorre todo su cuerpo y sale por su nariz. Y luego… la quietud absoluta. Esa quietud es inconfundible. Ya no es sueño. Es la ausencia. El doctor pone el estetoscopio en su pecho. Escucha durante unos segundos eternos. Se lo quita y me pone una mano en el hombro. —Ya se fue, Carlos. Se fue muy tranquila.
El mundo se detiene. Me abrazo a su cuerpo inerte. Todavía está caliente. Todavía huele a ella. Pero ella ya no está. Grito. Es un grito que sale de las entrañas, un aullido animal que rasga mi garganta. Grito por el dolor, por la soledad, por la injusticia de que vivan tan poco. Grito porque me duele el pecho físicamente, como si me hubieran arrancado el corazón de un tajo. El doctor se queda callado, respetando mi duelo. Sabe que no hay palabras.
Me quedo ahí, tirado en el suelo, abrazando a mi perra muerta, durante lo que parecen horas. Pienso en el avión que ya despegó hacia Sudamérica. Pienso en los escenarios, en las luces. Todo me parece basura. Cenizas. No cambiaría este momento por nada. No cambiaría el dolor de estar aquí por la alegría de estar allá. Porque este dolor es el precio del amor. Y lo pago con gusto. Me quedé. Cumplí mi promesa. “Nadie te va a hacer daño”. La muerte no le hizo daño. La muerte la liberó. El daño hubiera sido dejarla sola.
Finalmente, me incorporo. Me siento vacío. Hueco. El doctor me ayuda a envolverla en su cobija favorita. —¿Tienes pensado qué hacer con ella? —pregunta suavemente. —La voy a cremar. Quiero tener sus cenizas conmigo. —Yo me encargo de llevarla, si quieres. Te entregan la urna en unos días. —No. —La respuesta es instintiva—. Yo la llevo. No quiero que se vaya en la cajuela de nadie. Yo la llevo.
Cargo el bulto. Pesa. Pesa como pesan los muertos, un peso muerto que tira hacia la tierra. Salimos de la casa. El sol está en lo más alto. Quema. Meto a la Chata en el asiento del copiloto de mi coche viejo. La acomodo como si fuera dormida. Le pongo el cinturón de seguridad, un acto reflejo absurdo y tierno a la vez. Regreso a cerrar la casa. El cuarto se ve diferente. El tapete está vacío. El plato de agua sigue lleno. El silencio es ensordecedor. Ya no hay jadeos. Ya no hay ronquidos. Ya no hay uñas contra el mosaico. Es el silencio más fuerte que he escuchado en mi vida.
Me subo al coche. Arranco. Miro el bulto a mi lado. —Vámonos, Chata. Un último paseo.
Manejo por la ciudad. Veo a la gente caminar, reír, comer tacos en la calle. La vida insultante que sigue. Pero algo ha cambiado en mí. Siento una tristeza infinita, sí. Pero debajo de esa tristeza, hay algo más. Dignidad. Me siento un hombre. No el “hombrecito” que era a los 21 cuando la encontré. Un hombre de verdad. El hombre que sabe lo que importa. El hombre que eligió el amor sobre el éxito. El hombre que sostuvo la pata de su mejor amiga mientras cruzaba el puente hacia la oscuridad.
Llego al crematorio. Es un lugar pequeño, con un jardín bonito. Entrego a la Chata. Me despido una vez más. Le doy un beso en la nariz fría y seca. —Espérame —le susurro.
Cuando salgo, ya es tarde. El cielo se está poniendo naranja, igual que ayer cuando tomé la decisión. Saco mi celular. Lo prendo. Cientos de mensajes. Llamadas perdidas. El caos del mundo digital. Entro a Facebook. Escribo un estado. No para justificarme, sino para contar la verdad. Empiezo a escribir:
“Son las 6 de la tarde de un viernes…”
Y entonces entiendo. La carta de Fiona Apple. La historia que leí. Ahora es mi historia. No soy una estrella de rock en Sudamérica. Soy Carlos. El papá de la Chata. Y esta noche, voy a cenar solo en mi casa vacía. Voy a llorar hasta quedarme seco. Pero voy a dormir con la conciencia tranquila. Porque estuve ahí. Porque no la dejé. Porque el amor, el pinche amor verdadero, duele un chingo, pero es lo único que nos salva de ser unos miserables.
Miro al cielo. Ya salió la primera estrella. —Ahí estás —digo, sonriendo entre lágrimas—. Brilla fuerte, gorda. Brilla un chingo.
CONTENIDO DE LA PARTE 4: EL ECO EN LA CASA VACÍA Y EL RENACER
Me quedo ahí parado en la banqueta un buen rato, con el cuello torcido mirando esa estrella solitaria. La gente pasa a mi lado. Unos chavos pasan riéndose, con caguamas en la mano, rumbo a alguna fiesta. Una señora viene arrastrando un carrito de mandado que rechina. Nadie se fija en el loco que le habla al cielo. Y está bien. En este momento, soy invisible para el mundo, y el mundo es invisible para mí. Solo existe esa luz lejana parpadeando en la inmensidad negra de la contaminación y las nubes de la Ciudad de México.
Finalmente, el frío me empieza a calar. No es el frío del clima, es ese frío interno que te da cuando te baja la adrenalina y te das cuenta de que te quedaste solo. Bajo la cabeza, me limpio los mocos con la manga de la sudadera —un gesto de niño chiquito que no me importa hacer— y me doy la vuelta para entrar a la casa.
La llave entra en la cerradura. Click, clack. El sonido de siempre. Pero cuando empujo la puerta y entro, el silencio me recibe como una bofetada. No es un silencio normal. No es el silencio de cuando estás solo un rato. Es un silencio denso, pesado, casi sólido. Es la ausencia de sonido, pero amplificada. Falta el click-click-click de sus uñas en el mosaico recibiéndome. Falta el resoplido que hacía cuando me veía, ese sonido de “ah, ya llegaste, humano”. Falta el golpe rítmico de su cola contra el mueble de la entrada.
Cierro la puerta y me recargo en ella. La casa huele a ella. Huele a perro, a medicina, a ese olor dulzón y ferroso del final, pero también huele a vida. Años de vida impregnados en los sillones, en las cortinas. Prendo la luz de la sala. Ahí está su tapete. Vacío. Ahí está su plato de agua. Lleno. Una burbuja solitaria flota en la superficie, estática. Ahí está su correa colgada en el perchero, esa correa roja, mordida de la orilla, que ya no va a sujetar nada.
Siento que las piernas se me doblan. Me dejo caer ahí mismo, en la entrada, sentado en el piso. Y entonces, la realidad me cae encima como una losa de concreto. Ya no está. No es que esté en el veterinario. No es que se haya quedado dormida en el otro cuarto. Es que ya no existe en este plano. Esa masa de músculos, pelo, calor y amor incondicional se ha convertido en ceniza, en recuerdo, en nada.
Saco el celular del bolsillo. La pantalla brilla en la penumbra. Hace unas horas, en un arranque de honestidad brutal, publiqué ese texto. No sé por qué lo hice. Quizás porque necesitaba gritarle al mundo que mi decisión no fue una locura, sino un acto de amor. O quizás porque quería que alguien, quien fuera, fuera testigo de su existencia. Desbloqueo el teléfono. Se traba. La aplicación de Facebook se congela. ¿Qué pedo? Reinicio la app. Tarda en cargar. Y cuando lo hace, los números me golpean la cara.
54,000 reacciones. 12,000 compartidos. 8,000 comentarios.
En tres horas.
El texto se hizo viral. Empiezo a leer, con los ojos nublados. No son mensajes de mis amigos. Son desconocidos. Gente de Monterrey, de Chiapas, de Argentina, de España. Leo uno al azar: “Carlos, no te conozco, pero estoy llorando en mi oficina. Yo perdí a mi Rocky hace un año y daría mi vida por haber tenido 5 minutos más con él. Hiciste lo correcto, carnal. Un abrazo hasta el cielo para tu Chata.”
Leo otro: “Nadie entiende lo que es amar a un perro hasta que le toca despedirlo. Mandé a la chingada un trabajo por cuidar a mi gata con cáncer. No me arrepiento. Eres un chingón.”
Y otro más, de una chava que pone una foto de una pitbull viejita: “Esta es Lulú. Tiene 13 años. Leí tu carta y fui corriendo a abrazarla. Gracias por recordarnos lo que importa.”
Me quedo leyendo. Uno tras otro. Historias de dolor, de amor, de pérdida. Fotos de perros muertos, de perros vivos, de altares. De repente, no me siento tan solo en esta sala vacía. Siento una conexión extraña, invisible, con miles de personas que están sintiendo lo mismo que yo. Mi dolor individual se ha disuelto en un océano de dolor colectivo. Resulta que mi “locura” de cancelar la gira no era tan loca. Resulta que el mundo está lleno de gente que entiende que el amor no se negocia con contratos.
El teléfono empieza a sonar. Es una llamada. “Beto Manager”. Respiro hondo. No quiero hablar con él. No quiero escuchar regaños ni cifras de pérdidas. Pero veo el nombre y pienso: “Ya qué más da”. Contesto. —¿Bueno? —mi voz suena ronca, rasposa, como si hubiera tragado vidrio. —Güey… —La voz de Beto suena diferente. Ya no está histérico. Suena… ¿asustado? ¿Impresionado?—. Carlos, no mames. —Beto, si vas a empezar con la cantaleta de la demanda y el dinero, ahórratelo. Mañana hablamos. Hoy no. —No, no, espérate. Cállate y escúchame. —Hace una pausa—. ¿Ya viste tus redes? —Sí. —Carlos, esto es una locura. El promotor de Sudamérica me habló. Estaba encabronadísimo hace rato, quería demandarnos hasta los calzones. Pero vio el post. Su esposa vio el post y se puso a llorar. El tipo me dijo que… que lo entienden. Que van a reprogramar para el próximo año. Que no hay multa. Me quedo callado. El cinismo de la industria a veces me sorprende, pero esta vez, la humanidad se filtró por las grietas. —¿Neta? —Neta, cabrón. Y no solo eso. Las reproducciones de tus rolas en Spotify subieron un 400% en las últimas dos horas. Todo el mundo quiere saber quién es el güey que mandó todo al diablo por su perro. Eres tendencia en Twitter. #TodosSomosCarlos, #PorLaChata… son trending topic.
Suelto una risa amarga. Una risa corta, seca. —Qué ironía, ¿no, Beto? Tuve que perder lo que más amaba para que la gente me escuchara. —Pues sí, güey. La vida es rara. Pero… —Beto carraspea, se le oye la voz quebrada—. Oye, Carlos. —¿Qué? —Lo siento. Neta. Leí lo que pusiste. Yo… no sabía que estaba tan mal. Pensé que era drama tuyo. Perdóname por ser un idiota. Esa disculpa vale más que cualquier contrato. —Está bien, Beto. No hay pedo. Gracias por arreglar lo del promotor. —Descansa, carnal. Tómate el tiempo que necesites.
Cuelgo. Aviento el celular al sillón. La fama viral me vale madre. Los trending topics me valen madre. Nada de eso me va a devolver el calor de su cuerpo junto al mío. Me levanto y voy a la cocina. Tengo hambre, pero es un hambre física, mecánica, desconectada del antojo. Veo el sartén con los restos de tilapia que le cociné ayer. Ver ese sartén sucio me rompe más que ver el tapete vacío. Ahí está la evidencia de mi último acto de amor. Los trocitos de pescado que desmenucé con mis dedos quemados. Agarro el sartén y, por primera vez desde que llegué del crematorio, me rompo de verdad. Me recargo en la tarja de los trastes y lloro a gritos. Lloro porque ya no tengo a quién cocinarle. Lloro porque mi rutina de catorce años se acabó de golpe. Lloro porque soy un hombre de 35 años, tatuado, barbón, que se siente como un niño perdido en la feria.
La noche pasa lento. Muy lento. Intento dormir en mi cama, pero no puedo. El espacio a mi lado, el hueco donde ella dormía, se siente helado. Estiro la mano inconscientemente buscando su pelo, y toco la sábana fría. El choque térmico me despierta. Termino agarrando su cobija, esa que huele a ella, y me voy al sillón de la sala. Me envuelvo en su olor. Es un masoquismo necesario. Necesito olerla para poder cerrar los ojos. Sueño cosas raras. Sueño que estoy en el aeropuerto, pero los aviones son pájaros gigantes. Sueño que la Chata corre por una playa infinita, pero cuando le chiflo, no voltea. Se sigue corriendo hasta que se hace un punto en el horizonte. Me despierto sobresaltado a las 6 de la mañana. Por inercia, bajo los pies al suelo y busco mis tenis. “Tengo que sacarla a mear”, piensa mi cerebro reptiliano antes de que mi cerebro consciente se active. Me pongo un tenis. Y me detengo. La realidad me golpea otra vez. No hay nadie a quien sacar. Me quedo con un tenis puesto y el otro en la mano, sentado en la orilla del sillón, viendo cómo entra la luz gris de la mañana por la ventana. Este es el momento más difícil: la mañana siguiente. El día uno del resto de mi vida sin ella.
Decido que no me voy a quedar tirado. Ella no era una perra huevona, era activa, alegre. No le gustaría verme hecho un bulto. Me termino de poner los tenis. Agarro su correa. No sé por qué. Siento que necesito llevar algo en la mano. Salgo a la calle. Hago el mismo recorrido de siempre. Camino hacia el parque de la colonia. El aire está fresco. Hay otros dueños de perros. Veo a Don Pepe, el señor que vende periódicos y que siempre saludaba a la Chata. Veo a la señora de los dos pugs que siempre le ladraban y a los que la Chata ignoraba olímpicamente. Camino solo. Me siento desnudo sin ella al lado. Mi mano izquierda, la que sujetaba la correa, se siente ligera, inútil. Don Pepe me ve. Sonríe y busca con la mirada hacia abajo, esperando ver a la gorda. Su sonrisa se borra cuando ve que vengo solo. Se me acerca. —¿Y la Chata, joven Carlos? Trago saliva. Aquí vamos. La primera vez que tengo que decirlo en voz alta a un extraño. —Se me fue ayer, Don Pepe. El señor, un hombre de campo, de manos callosas y piel curtida, se quita la gorra. Un gesto de respeto antiguo. —Ay, caray. Lo siento mucho, hijo. Era una perra muy noble. Muy buena. —Sí, lo era. —Ya descansó. Ya andaba cansadita, ¿verdad? —Sí, ya. —Ánimo. Los perros son ángeles que nos prestan un ratito pa’ que aprendamos a querer. Luego los llaman de regreso. Asiento, incapaz de hablar. Sigo caminando. Llego al parque. Me siento en la banca de siempre. Miro el pasto donde ella se revolcaba. Casi puedo ver el fantasma de su cuerpo aplastando la hierba. Cierro los ojos y respiro. “Los perros son ángeles que nos prestan”. Tal vez Don Pepe tiene razón. Tal vez mi misión no era “tener” un perro, sino aprender todo lo que ella vino a enseñarme. Paciencia. Lealtad. Vivir el momento. Amor sin condiciones. Si aprendí todo eso, entonces su vida no fue en vano. Y mi dolor es solo el costo de la maestría.
Regreso a la casa con una determinación nueva. Hoy voy a limpiar. No para borrarla, sino para honrarla. Recojo sus juguetes. La pelota pelona, el hueso de hule mordisqueado, el peluche de ardilla sin ojos. Busco una caja de cartón bonita, una que tenía guardada de unos zapatos. Meto todo ahí. Con cuidado. Como si fueran reliquias sagradas. Lavo su plato de agua y su plato de comida. Los seco. Los meto en la caja. Doblo su cobija, pero no la lavo. Quiero conservar su olor un poco más. Llevo la caja a la repisa más alta del librero. Ahí se va a quedar. Es su altar.
Pasan tres días. El lunes voy por sus cenizas. El crematorio me entrega una cajita de madera tallada. Es pequeña. Pesa sorprendentemente poco. ¿Cómo es posible que tanto amor, tanta fuerza, tanta personalidad quepa en una cajita de un kilo? La abrazo contra mi pecho todo el camino de regreso. Cuando llego a la casa, pongo la urna en la repisa, junto a la caja con sus cosas. Pongo una foto que le tomé hace años, cuando estaba sana y fuerte, sonriendo con esa bocota de pitbull que parecía que se iba a comer al mundo a besos. Le prendo una veladora blanca. —Ya llegaste a casa, gorda.
Esa noche, agarro la guitarra. Hace meses que no componía nada. La gira, los ensayos, el estrés de la industria me habían secado. Solo tocaba por inercia, por chamba. Pero hoy, el silencio de la casa me pide música. Empiezo a rasguear. Acordes menores. Tristes, pero dulces. Empiezo a tararear. No busco una letra complicada. No busco rimas perfectas. Busco verdad. “No me esperaste en la puerta hoy, y el eco de tus pasos ya no está. Cambié el aplauso por tu último adiós, y volvería a hacerlo, una y mil veces más.”
La canción sale sola. Fluye como el agua. Es una canción sencilla, acústica, cruda. La grabo con el celular. Ahí mismo, en la sala, con la luz de la veladora iluminando la urna. Sin producción. Sin autotune. Sin filtros. Mi voz se quiebra al final. Se escucha mi respiración entrecortada. La subo a Facebook. Solo pongo: “Para la Chata. Gracias a todos por sus palabras”.
Me voy a dormir. Por primera vez en cuatro noches, duermo de un tirón. Sueño con ella. Pero no es un sueño triste. Sueño que estoy en el terreno baldío donde la encontré. Pero ya no es un basurero. Es un campo verde, lleno de flores amarillas. La veo a lo lejos. Está joven, fuerte, brillante. Su pelo negro brilla como el azabache bajo el sol. Me ve. No corre hacia mí. Se queda parada, moviendo la cola, mirándome con esa cara de “todo está bien”. Me ladra una vez. Woof. Y se da la vuelta para perseguir una mariposa. Me despierto con una sensación de paz en el pecho. Me dio permiso. Me dijo que está bien. Que ella sigue su camino y yo debo seguir el mío.
Pasan las semanas. La vida retoma su curso, pero yo ya no soy el mismo. La canción que subí se volvió un himno. La gente la canta en TikTok, suben videos con sus mascotas. Beto me dice que tenemos que grabarla profesionalmente. Le digo que sí, pero con una condición: todas las regalías van a ir a refugios de perros. Beto, para mi sorpresa, acepta sin chistar. “Va, carnal. Lo que tú digas”.
He cambiado. Antes, mi prioridad era ser el más chingón, tocar en los festivales más grandes, tener la camioneta más nueva. Ahora, cuando me subo al escenario (porque reprogramamos la gira y ya estoy tocando de nuevo), lo hago diferente. Ya no toco para que me admiren. Toco para conectar. En cada concierto, antes de tocar la canción de la Chata, le dedico un momento a la gente. —Esta canción no es mía —les digo al micrófono, con las luces del estadio dándome en la cara—. Es de todos los que han amado y han perdido. Es para los que se quedan en casa cuidando a los suyos. Es para los que entienden que el éxito no vale nada si llegas a una casa vacía y no tienes quien te mueva la cola.
La gente prende las luces de sus celulares. Miles de luces. Parecen estrellas. Y mientras canto, miro hacia arriba, más allá de los reflectores, hacia la oscuridad del cielo. Busco su estrella. Sé que me está escuchando. Sé que, donde quiera que esté, está moviendo la cola a ritmo de mi guitarra.
Un día, caminando por la calle, veo a un perro callejero. Es un perro flaco, sarnoso, miedoso. Un perro color café, corriente, de esos que nadie voltea a ver. Está buscando comida en una bolsa de basura rota afuera de una taquería. La gente pasa y le hace el fuchi. Un mesero sale y le echa agua para espantarlo. El perro corre, con la cola entre las patas, cojeando. Se me rompe el corazón. Es la misma escena. El mismo miedo. Me detengo. Mi cerebro me dice: “No, Carlos. Todavía duele mucho. No estás listo”. Pero mi corazón, ese corazón que la Chata reparó y agrandó, me dice otra cosa. Me dice: “Hónrala”. ¿Cuál es la mejor manera de honrar a un perro que te salvó la vida? Salvando a otro.
Sigo al perro. Se mete en un callejón oscuro. Me acerco despacio. Me hinco, igual que hace catorce años. El perro me gruñe. Tiene miedo. —Tranquilo, carnal —le digo suavemente—. No te voy a hacer nada. Saco de mi mochila la mitad de una torta que traía para comer. Se la aviento. El perro la huele, desconfiado, y luego se la traga de un bocado. Me mira. Sus ojos no son los de la Chata. Son otros ojos. Otra historia. Otro dolor. Pero es la misma necesidad de amor. Estiro la mano. El perro duda. Tiembla. Pero da un paso hacia mí. Y luego otro. Hasta que su nariz húmeda toca mis dedos. Sonrío. No, este perro no va a reemplazar a la Chata. Nadie la va a reemplazar nunca. Ella fue el amor de mi vida. Pero el amor no es un tanque de gasolina que se acaba. El amor es un músculo. Y gracias a ella, mi músculo está fuerte. —Vente —le digo al perro—. Vamos a casa. Te voy a presentar a alguien. Vas a ver su foto en la sala. Ella fue la patrona de la casa. Y te va a caer bien.
Me levanto. El perro me sigue, tímido pero esperanzado. Caminamos juntos bajo la luz naranja del atardecer de la Ciudad de México. La lluvia empieza a caer, suavecita, limpiando el smog, limpiando las banquetas. Miro al cielo una vez más. —Gracias, gorda —susurro—. Gracias por enseñarme el camino.
Ya no tengo miedo al futuro. Ya no tengo miedo a la soledad. Porque sé que, al final del día, lo único que nos llevamos es lo que dimos. Y yo le di todo. Y ella me dio más. Ese es el trato. El pacto sagrado entre perro y humano. Un puente de cristal que cruza la muerte y que nadie, nunca, puede romper.
Llego a mi puerta. Abro. Invito al perro nuevo a pasar. —Pásale. Bienvenido. El perro entra, olfatea. Se detiene frente a la repisa donde está la urna. Se queda viendo la foto de la Chata un momento. Y juro, por mi madre que lo juro, que mueve la cola un poquito. Como saludando. Como pidiendo permiso.
Cierro la puerta. La casa ya no se siente vacía. La vida sigue. El amor sigue. Y la Chata… la Chata vive en cada latido de mi pecho, en cada acorde de mi guitarra y en la mirada de este nuevo amigo que acaba de encontrar un hogar.
Brilla fuerte, gorda. Tu luz se quedó aquí abajo.
(Fin de la historia)
Nombre del Contenido de la Parte Final: EL ECO QUE SE CONVIERTE EN CANCIÓN Y EL LEGADO DEL AMOR