Dicen que uno no escoge dónde nace, pero sí dónde muere, o al menos eso pensaba yo mientras contaba los g*lpes contra la pared de lámina como si fueran las campanadas de un reloj maldito. En mi pueblo, San Isidro, la gente es experta en hacerse de la vista gorda, en decir “no te metas” mientras una niña se hace chiquita para desaparecer. Yo no sabía que un vaso de agua y un hombre al que todos llamaban “loco” iban a ser mi única salida del infierno. A veces, la ayuda viene de quien menos esperas, y el monstruo vive en tu propia casa.

Me llamo Lucía y mi casa tiene paredes de lámina que retumban cuando gritan. Nunca aprendí a leer el reloj, pero aprendí a contar el tiempo de otra forma: sabía exactamente cuántos g*lpes cabían en una tarde antes de que todo se quedara en ese silencio que asusta más que el ruido. A veces eran tres, a veces diez, dependiendo de cuánto hubiera tomado mi mamá “para aguantar la vida”, aunque lo único que aguantaba era su coraje contra mí.

Aquí en San Isidro de la Sierra, en lo alto de Oaxaca, la gente tiene un don para mirar hacia otro lado. No es que sean malos, es que tienen miedo. “No te metas, son cosas de familia”, dicen, y con esa frase me volvieron invisible. Yo era la niña flaca que usaba suéter en pleno agosto para tapar las marcas, la que caminaba pegada a la pared.

Esa tarde estaba nublada. Salí de la tiendita con un pan duro en una bolsa rota. Iba descalza porque mis huaraches se habían reventado en la subida, pero no me importaba. Caminaba lento, muy lento. No por cansancio, sino por estrategia: cada paso despacio era un minuto menos en el infierno de mi casa.

Fue ahí cuando lo vi. Mateo Salazar. En el pueblo le decían “El Raro”, “El del monte”. Vivía solo allá arriba, entre los pinos, y bajaba nomás por sal o medicina, huyendo del mundo.

Del susto me tropecé. Caí de rodillas y el pan salió volando. Cerré los ojos esperando el grito, el g*lpe, pero no llegó nada. Mateo se acercó despacito, como quien se arrima a un perro aporreado para no asustarlo.

Sacó una cantimplora vieja. —Agua —dijo. Su voz sonaba seca, como madera raspada.

Dudé. En mi mundo, dudar es sobrevivir. Vi sus manos llenas de tierra y resina, uñas negras de trabajo, pero no les vi temblor de maldad. Acepté. Bebí a traguitos cortos, lista para echarme a correr si hacía falta.

Él no me preguntó “¿quién te pegó?”. No jugó al héroe. Vio mis moretones viejos y nuevos, vio cómo encogía los hombros esperando el impacto, y entendió todo lo que el pueblo fingía no ver.

Señaló hacia arriba, donde se pierden los pinos. —Vivo allá —dijo—. Si un día… necesitas agua otra vez… pasa.

“Pasa”. Una palabra tan simple. Como si pedir ayuda no fuera un pecado mortal. Agarré mi pan y seguí caminando, pero el corazón me latía más fuerte que nunca. Sabía que al llegar a casa, esa noche los g*lpes iban a ser peores, porque mi mamá ya había empezado a beber.

Llegué a la puerta. Escuché el primer grito desde adentro. Apreté el pan contra mi pecho y miré hacia el monte, acordándome de la voz de Mateo. Tenía que tomar una decisión, y tenía que ser esa misma noche…

Parte 2: La Sombra en la Vereda

Empujé la puerta de madera hinchada por la humedad y el rechinido de las bisagras oxidadas sonó como un disparo en la oscuridad. El aire adentro de la casa estaba viciado, pesado, una mezcla rancia de frijoles quemados, sudor viejo y ese olor penetrante y dulzón del aguardiente de caña que mi madre compraba a granel en bidones de plástico.

—¿Dónde chingados estabas? —la voz de Rosa no salió de su garganta, sino de un lugar más profundo y podrido, arrastrando las vocales.

Estaba sentada en la única silla buena que teníamos, con la mirada perdida en la nada y una botella a medio terminar bailando en su mano. La luz de la bombilla pelada, colgando de un cable lleno de moscas, le hacía sombras en la cara que la hacían parecer una calavera. No era mi madre. Hacía mucho tiempo que esa mujer de la foto que yo guardaba en mi mochila se había ido, dejando en su lugar a este fantasma furioso que solo sabía morder.

—Fui por pan —susurré. Mi voz era un hilo, un ratón tratando de no despertar al gato.

—¿Pan? —soltó una carcajada seca, sin alegría—. ¿Con qué dinero, si aquí no hay ni para caerse muerto? Seguro andabas de piruja, igualita a tu padre.

Ese era el guion de siempre. Primero los reclamos, luego los insultos a un hombre que yo ni recordaba, y al final, el estallido. Apreté la bolsa con el pan contra mi pecho, sintiendo las migajas a través del plástico. Mis rodillas temblaban, no solo por el miedo, sino por el esfuerzo de mantenerme de pie después de la caminata y la tensión.

Ella se levantó. La silla raspó el piso de cemento agrietado. Dio un paso y se tambaleó. Yo di un paso atrás, pegando la espalda a la pared de lámina. El frío del metal me traspasó la ropa, pero no me moví. Si corría era peor. Si lloraba era peor.

—Dame eso —exigió, extendiendo una mano huesuda.

Le entregué el pan. Ella lo miró con asco, como si fuera una piedra, y lo aventó al rincón donde se acumulaba la basura.

—¡Llegas tarde! ¡Tengo hambre y tú andas paseando! —gritó, y el primer golpe llegó antes de que pudiera cubrirme.

Fue una cachetada con la mano abierta, pero con la fuerza de un odio acumulado por años. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca casi al instante. Mi cabeza rebotó contra la lámina. Pum. Un golpe. Pum. El eco afuera. Me hice bolita, deslizándome hasta el suelo, protegiéndome la cabeza con los brazos.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritaba ella, jalándome del cabello.

Pero yo no la miraba. Yo tenía los ojos cerrados apretados, viendo luces de colores en mi oscuridad, y en mi mente, como una película rayada, repetía la imagen de esa tarde. Las manos grandes y sucias de Mateo. La cantimplora. “Pasa”.

No sé cuánto duró. Nunca se sabe. El tiempo en el infierno es elástico; un minuto puede durar un siglo. De repente, el ruido cesó. Solo quedó su respiración agitada, como de animal cansado. Se dejó caer en el catre que rechinó bajo su peso y empezó a sollozar. Esos llantos eran la segunda parte del ritual. “Ay, mi niña, perdóname”, “es que la vida es muy dura”, “no sé qué me pasa”.

Pero esa noche, sus disculpas no me llegaron. Se quedaron flotando en el aire viciado. Yo seguía en el suelo, hecha un ovillo, pero algo dentro de mí se había roto. No era un hueso. Era esa cuerda invisible que me ataba a la esperanza de que ella cambiara.

Esperé. Esperé a que los sollozos se convirtieran en respiraciones profundas y luego en ronquidos. El sueño de la borrachera es pesado, profundo como la muerte. Cuando estuve segura de que no se despertaría, me desenrosqué lentamente. Me dolía todo. El pómulo me punzaba al ritmo de mi corazón y tenía el labio partido, pero el dolor físico era algo que sabía manejar. Lo que me asustaba era el frío que sentía en el pecho, un frío de decisión.

Me levanté sin hacer ruido, mis pies descalzos conocían cada grieta del suelo para no tropezar. Fui al rincón donde tenía mi mochila escolar. No tenía mucho. Metí el cuaderno doblado, el lápiz mordido y la foto vieja. Busqué mi otro suéter, uno gris lleno de agujeros, y me lo puse encima del que ya traía. Agarré el pan que ella había tirado. Lo limpié un poco con la manga; el polvo no mata, el hambre sí.

Me paré frente al catre un segundo. La miré. Dormía con la boca abierta, una mujer consumida por la sierra y el olvido. Quise sentir pena, quise sentir amor, pero solo sentí urgencia.

Abrí la puerta. El aire de la noche entró de golpe, limpio, oliendo a pino y tierra mojada. Era un olor a libertad, pero también a peligro. En San Isidro, la noche no es de nadie, o es de las cosas que no tienen nombre. Los perros ladraban a lo lejos, en la parte baja del pueblo, avisándose unos a otros que la oscuridad estaba llena de ojos.

Salí y cerré la puerta con cuidado. El clic de la chapa fue mi despedida.

No bajé hacia el pueblo. Abajo estaba la profe Lupita, sí, pero también estaba el chisme, la policía que no hacía nada, los vecinos que devolverían a “la niña de Rosa” a su casa porque “es su madre y tiene derechos”. No, abajo no había salida.

Miré hacia arriba. Hacia donde las sombras de los pinos se tragaban la poca luz de la luna que se filtraba entre las nubes. El monte. El territorio de los venados, de los coyotes y de Mateo.

Empecé a caminar.

El camino que había recorrido en la tarde se veía distinto de noche. Las piedras parecían cráneos y las ramas de los arbustos eran manos tratando de agarrarme los tobillos. Mis pies descalzos sufrían. Cada piedra afilada era un recordatorio de mi fragilidad, pero el dolor me mantenía despierta, me mantenía alerta.

La subida era empinada. Mi respiración se mezclaba con el viento. Jad, jad, jad. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Tenía miedo, un miedo atroz. Miedo a los nahuales de los que hablaban los viejos, miedo a pisar una víbora, pero sobre todo, miedo a que amaneciera y yo siguiera allí, visible, alcanzable.

A mitad del camino, tuve que parar. Me recargué en un tronco de encino, temblando. El sudor frío me pegaba la ropa al cuerpo. “¿Qué estás haciendo, Lucía?”, me dije. “Estás loca. Él es un extraño. A lo mejor te mata. A lo mejor te echa a los perros”.

La duda, esa vieja amiga, me mordió la nuca. Podía regresar. Podía volver a acostarme en mi rincón antes de que mamá despertara. Mañana sería otro día, tal vez ella estaría de buenas, tal vez me haría unas tortillas a mano como cuando yo era chiquita.

Pero entonces me toqué la cara. El pómulo hinchado estaba caliente. Recordé su mirada vacía. “No”, susurré al viento. “No voy a volver”.

Seguí subiendo. La vereda se hacía más angosta, apenas una cicatriz en la montaña. La vegetación cambiaba; los matorrales secos daban paso a los pinos gigantes, esos árboles antiguos que crujen como si estuvieran platicando entre ellos.

Vi una luz.

Era pequeña, temblorosa, un punto naranja en medio de un mar de tinta negra. La cabaña.

Me acerqué con el sigilo que se aprende cuando uno no quiere ser visto en su propia casa. La construcción era de madera, no de lámina como la mía. Troncos gruesos, encimados uno sobre otro, con musgo creciendo en las juntas. Salía humo de una chimenea de piedra. Olía a leña de encino quemándose, un olor que reconforta.

Me quedé parada a unos metros de la puerta, escondida detrás de un matorral. ¿Qué hacía? ¿Tocaba? ¿Gritaba?

De repente, la puerta se abrió. No toqué, no hice ruido, pero se abrió. Mateo salió. Llevaba una lámpara de petróleo en la mano. La levantó a la altura de su cara. La luz iluminó sus rasgos duros, las arrugas profundas como surcos de arado, la barba entrecana y descuidada.

No miró a los lados buscando. Miró directo a donde yo estaba, como si pudiera ver a través de las ramas, o como si hubiera estado esperando.

—Hace frío para estar jugando a las escondidas —dijo. Su voz seguía siendo esa madera raspada, sin emoción, pero sin amenaza.

Salí del matorral, temblando como una hoja. La luz de la lámpara me deslumbró un poco. Me abracé a mí misma, tratando de cubrir los agujeros de mi suéter, tratando de tapar la vergüenza de mi pobreza y mis golpes.

Él bajó la lámpara para no lastimarme los ojos. Vio mi cara. Vio la sangre seca en la comisura de mi labio. No hizo ningún gesto de lástima, y se lo agradecí. La lástima me hubiera hecho llorar, y yo ya no quería llorar.

—La puerta está abierta —dijo, y se dio la vuelta entrando a la cabaña.

Me quedé un segundo más afuera, sintiendo el viento helado de la sierra cortándome la piel. Era el último momento para arrepentirse. Di un paso. Luego otro. Y crucé el umbral.

Adentro era otro mundo.

No había luz eléctrica, solo el resplandor cálido del fuego en la chimenea y un par de lámparas de aceite colgadas en las vigas. Las paredes estaban cubiertas de herramientas: serruchos, cinceles, gubias, todas ordenadas con una precisión maniática. Había figuras de madera por todos lados. Animales. Venados que parecían estar a punto de saltar, águilas con las alas abiertas, rostros de ancianos que parecían respirar.

Mateo estaba junto al fuego. Había una olla de barro sobre las brasas.

—Siéntate —señaló un banco de madera tosca cerca del calor.

Obedecí. Mis pies, al sentir el calor del fuego, empezaron a picar, esa sensación de la sangre regresando a donde no debía haberse ido.

Él sirvió café en un jarro de barro. Me lo extendió.

—Tiene canela —dijo—. Y piloncillo. Te va a quitar el susto.

Tomé el jarro con las dos manos, dejando que el calor pasara a mis palmas entumidas. El vapor me golpeó la cara y, por primera vez en toda la noche, sentí que los hombros se me bajaban unos centímetros. Bebí un sorbo. Quemaba, pero era un quemar rico, dulce.

Mateo se sentó en otro banco, frente a mí, pero a una distancia prudente. Agarró un pedazo de madera y una navaja pequeña. Empezó a tallar. Shh, shh, shh. El sonido rítmico de la navaja cortando la madera llenó el silencio.

—No voy a preguntarte qué pasó —dijo sin levantar la vista de su trabajo—. Las caras hinchadas cuentan sus propias historias.

Yo miraba el fuego. Las llamas bailaban, lamiendo la leña.

—Me escapé —dije. Mi voz sonó extraña en esa cabaña, ronca.

—Ya veo.

—No tengo a dónde ir.

Mateo sopló sobre la madera para quitar las virutas.

—El monte es grande —dijo—. Pero en la noche es traicionero. Aquí nadie te va a buscar hoy. Mañana veremos.

—No quiero volver —solté, y las palabras salieron con una fuerza que me sorprendió—. Si vuelvo, me mata. O la mato yo.

Mateo detuvo la navaja. Levantó la vista y me miró a los ojos. Sus ojos eran oscuros, casi negros, pero tenían un brillo de inteligencia, de alguien que ha visto mucho y hablado poco.

—Matar es fácil, chamaca —dijo muy serio—. Vivir con eso es lo cabrón. No quieras cargar piedras que no te tocan.

Se levantó y fue hacia un rincón de la cabaña. Trajo una cobija gruesa, de lana, de esas que pican pero calientan hasta el alma, y un petate que desenrolló cerca del fuego.

—Duerme. Los problemas se ven menos feos con la panza llena y el cuerpo descansado. Ahí en la olla hay frijoles si quieres.

Se volvió a sentar y siguió tallando.

Comí los frijoles directo de la olla, con una cuchara de madera. Sabían a gloria. Sabían a humo y a sal. Luego me acosté en el petate, envolviéndome en la cobija como un taco.

Pensé que no podría dormir. Pensé que estaría vigilándolo con un ojo abierto, esperando a que se volviera loco o intentara algo. Pero el sonido de la navaja shh, shh, shh y el crepitar del fuego eran hipnóticos. Por primera vez en años, no había gritos. No había música de cantina a lo lejos. No había miedo a la puerta abriéndose.

Me desperté gritando.

—¡No! ¡No, por favor!

Estaba sentada en el petate, sudando, con el corazón galopando. Había soñado que la puerta de la cabaña se caía a hachazos y mi madre entraba, gigante como un monstruo, con los ojos rojos.

Mateo estaba ahí. No se había movido, o quizá ya se había levantado. Estaba colando café. La luz de la mañana entraba por una ventana pequeña, iluminando el polvo que flotaba en el aire.

—Tranquila —dijo, sin voltear—. Fue el “muerto”. Aquí en la altura los sueños pesan más.

Me toqué la cara. El dolor seguía ahí, recordándome que no todo había sido una pesadilla.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—La hora de que el sol pegue en los pinos. Aquí no usamos reloj.

Me levanté, avergonzada por el grito. Doblé la cobija con cuidado.

—Tengo que irme —dije, aunque era mentira. No tenía a dónde ir.

Mateo me sirvió una taza de café y me señaló la mesa. Había tortillas recién hechas, gorditas y humeantes.

—¿A dónde vas a ir descalza? —preguntó, señalando mis pies.

Miré hacia abajo. Mis pies estaban sucios, llenos de cortadas pequeñas y moretones. Daban pena.

—No sé.

—Si bajas al pueblo, te van a ver. Si te ven, le avisan a tu madre. Si le avisan a tu madre, te regresa. ¿Es eso lo que quieres?

Negué con la cabeza frenéticamente.

—Entonces siéntate y come.

Durante el desayuno, me atreví a mirar la cabaña con más detalle. No era la casa de un loco. Era la casa de un hombre solo. Todo estaba limpio. No había fotos, ni recuerdos, ni adornos que no fueran de madera. Era como si él hubiera nacido de los árboles.

—¿Por qué vive aquí solo? —pregunté. La curiosidad de niña le ganaba al miedo.

Mateo masticó despacio su tortilla.

—Porque abajo hay mucho ruido. La gente habla mucho y dice poco. Aquí arriba, los pinos no mienten.

—Dicen que usted es malo —solté. A veces mi boca iba más rápido que mi cerebro.

Él sonrió, una sonrisa torcida que apenas se notaba bajo la barba.

—Dicen muchas cosas. También dicen que la Llorona sale en el río. La gente inventa cuentos para no aburrirse o para asustar a los niños y que no suban al monte a molestar.

Terminamos de comer en silencio. Él se levantó y agarró un par de botas viejas de un rincón. Eran enormes, de cuero gastado.

—Pruébatelas. Te van a quedar como lanchas, pero es mejor que andar a raíz.

Me las puse. Me llegaban casi a la rodilla y pesaban como plomo, pero sentí una protección que nunca había tenido mis huaraches de plástico.

—Ven —dijo.

Salimos de la cabaña. El sol de la mañana era brillante, picaba en la piel. El aire era tan puro que dolía respirarlo. Desde ahí arriba, San Isidro se veía chiquito, inofensivo. Las casas eran manchitas de colores, la iglesia una cajita blanca. Podía ver mi casa, allá en la orilla, un cuadro gris de lámina. Se veía tan pequeña… ¿Cómo algo tan pequeño podía contener tanto dolor?

—Desde aquí se ven los problemas del tamaño que son —dijo Mateo, parándose a mi lado—. Chiquitos.

—Mi mamá debe estar buscándome —dije, sintiendo un nudo en la panza.

—A lo mejor. O a lo mejor sigue dormida. El chupe borra la memoria.

Caminamos hacia la parte trasera de la cabaña. Había un pequeño taller al aire libre, techado solo con unas láminas transparentes. El suelo estaba cubierto de aserrín. Olía increíblemente bien, a cedro y resina.

—¿Sabes hacer algo además de aguantar golpes? —preguntó de repente.

La pregunta fue brutal, directa. Me dolió más que una bofetada. Bajé la cabeza.

—Sé lavar, sé barrer, sé hacer tortillas…

—Esas son cosas de servidumbre. Yo pregunto si sabes hacer algo con las manos. ¿Crear algo?

Negué con la cabeza.

Mateo agarró un trozo de madera pequeño, un descarte. Me lo dio. Luego me dio un pedazo de lija.

—Líjalo. Quítale las astillas. Haz que quede suave como nalga de bebé.

—¿Para qué?

—Para que tu cabeza se ocupe en tus manos y no en tus miedos. Ándale.

Me senté en un tronco y empecé a lijar. Al principio lo hacía rápido, con rabia, pensando en mi madre, en la injusticia, en mis zapatos rotos. Pero poco a poco, el ritmo del lijado me fue atrapando. Ver cómo la madera pasaba de ser áspera y sucia a ser suave y clara era… mágico.

Pasaron las horas. El sol se movió en el cielo. Mateo trabajaba en una puerta grande, tallando flores en el marco. No hablábamos, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio compartido.

De repente, escuchamos ladridos.

No eran los perros del pueblo. Eran ladridos cercanos, agresivos, subiendo por la vereda.

Mateo se detuvo en seco. Levantó la cabeza como un venado detectando al cazador.

—Quédate aquí —ordenó en voz baja pero firme—. No salgas.

Se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia la parte delantera de la cabaña, hacia el camino.

Yo solté la madera y la lija. El corazón se me disparó de nuevo. Me asomé con cuidado por la esquina de la casa.

Abajo, en el sendero, venían dos hombres. Uno era Don Chucho, el tendero, un hombre gordo y chismoso. El otro… el otro era un policía municipal, con su uniforme deslavado y una macana en la mano.

Me tapé la boca para no gritar. Me habían encontrado.

—¡Buenas tardes, Mateo! —gritó Don Chucho, jadeando por la subida—. ¡Qué milagro verlo!

Mateo se paró en medio del camino, cruzado de brazos. Una muralla humana.

—¿Qué se les ofrece? —su voz era seca, cortante.

—Pues nada, venimos molestando —dijo el policía, tratando de sonar autoritario pero mirando nervioso hacia los lados—. Dicen allá abajo que se perdió una niña. La hija de la Rosa.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —Mateo ni parpadeó.

—Pues… —Don Chucho se secó el sudor de la frente con un pañuelo sucio—. Ya ve cómo es la gente. Dicen que la vieron subir para acá ayer en la tarde. Y como usted vive solo y… pues ya sabe, uno tiene que preguntar.

Sentí que las piernas se me doblaban. Me imaginé bajando con ellos, esposada, arrastrada de vuelta a la casa de lámina, entregada a mi madre como un costal de papas.

—Aquí no hay niños —dijo Mateo. No gritó, no se enojó. Lo dijo con una calma que daba miedo—. Aquí solo habemos yo y el monte.

—Déjenos echar un ojo, nomás para que la Rosa se quede tranquila —insistió el policía, dando un paso adelante.

Mateo no se movió, pero su postura cambió. Se tensó. Sus manos se cerraron en puños a los costados.

—Esto es propiedad privada. Y yo no invito a nadie. Si quieren entrar, traigan una orden del juez de Oaxaca. Si no, den la vuelta y váyanse por donde vinieron.

El policía dudó. Sabía, como todos en el pueblo, que Mateo no era alguien con quien uno quisiera pelear a mano limpia. Además, subir hasta allá por una niña pobre que seguramente solo se había ido con el novio (eso pensarían ellos) era mucho trabajo.

—No se ponga así, Mateo —dijo Don Chucho, nervioso—. Nomás cumplimos. Si ve algo, nos avisa, ¿eh? La Rosa anda como loca gritando que usted se la robó.

—Que Rosa deje de chupar y cuide a sus hijos, así no se le pierden —escupió Mateo.

Los hombres se miraron entre ellos. El policía escupió al suelo, murmuró algo sobre “pinche viejo loco” y se dio la vuelta.

—Vámonos, Chucho. Aquí no hay nada. Seguro la chamaca se fue al río.

Esperé hasta que sus voces se perdieron curva abajo. Mateo se quedó parado ahí, vigilando, hasta que el silencio del monte volvió a ser absoluto.

Luego regresó al taller. Me miró. Yo estaba pálida, recargada en la pared.

—Ya se fueron —dijo.

—Van a volver —susurré—. Mi mamá no va a parar.

—Tu mamá va a buscar a quién culpar, no a ti. Ahorita el culpable soy yo. Eso te da tiempo.

—¿Por qué me ayudó? —le pregunté. No entendía. En mi mundo, nadie arriesga el pellejo por nadie gratis.

Mateo agarró su cincel de nuevo.

—Porque una vez yo fui como tú —dijo bajito, casi para sí mismo—. Y nadie me abrió la puerta.

Esa frase se me quedó clavada. “Yo fui como tú”. Miré sus manos fuertes, sus hombros anchos. ¿Mateo había sido un niño golpeado? ¿Un niño invisible?

Esa tarde, el cielo se puso gris otra vez. Empezó a lloviznar, esa lluvia finita de la sierra que llaman “chipi-chipi”. Nos metimos a la cabaña.

Mateo encendió una lámpara de petróleo y la puso en la mesa. Sacó un cuaderno viejo de un cajón. No era un cuaderno escolar como el mío, era una libreta de tapas duras, de cuero.

—Dices que sabes leer —dijo.

—Sí. La profe Lupita dice que leo bien.

—Lee esto.

Me pasó el cuaderno. Lo abrí con cuidado. Las páginas estaban amarillentas. Estaba lleno de dibujos. Dibujos de pájaros, de plantas, de insectos. Y al lado de cada dibujo, había letras escritas con una caligrafía apretada, elegante, antigua.

“Pinus oaxacana. Árbol de corteza gruesa. Su resina cura las heridas si se mezcla con miel…”

Miré a Mateo con los ojos abiertos como platos.

—¿Usted escribió esto?

—Leer y escribir es lo único que nadie te puede quitar, Lucía. Te pueden quitar el pan, te pueden quitar los zapatos, te pueden quitar hasta la casa. Pero lo que metes aquí —se tocó la sien con un dedo lleno de aserrín—, eso se queda contigo hasta que te mueras.

Me pasé la tarde leyendo su cuaderno. Descubrí que Mateo sabía los nombres de todas las plantas, que sabía qué hongos se comían y cuáles te mataban. Descubrí que el “loco del monte” era más sabio que la profe Lupita y el cura juntos.

Pero la noche llegó de nuevo. Y con la oscuridad, volvieron los fantasmas.

Estábamos cenando (otra vez frijoles y tortillas, pero me sabían a banquete) cuando escuchamos algo. No eran perros. No eran voces.

Era un grito. Lejano, desgarrador.

—¡LUCÍAAAAAA!

Se me heló la sangre. Era ella. Era Rosa.

Mateo dejó la cuchara en la mesa. Se levantó y apagó la lámpara de un soplido, dejándonos solo con la luz del fuego.

—Está lejos —susurró—. Abajo, en la entrada de la vereda. No puede subir de noche, está demasiado borracha. Se mataría.

—Me está llamando… —empecé a llorar, un llanto silencioso que me quemaba la garganta—. Tengo que ir. Si no voy, va a venir.

Mateo me agarró de los hombros. Sus manos eran pesadas, firmes. Me sacudió un poco.

—Escúchame bien, niña. Ese grito no es de amor. Es de posesión. Ella no quiere a su hija, quiere a su costal de boxeo. Si bajas ahorita, pierdes. Y si pierdes hoy, a lo mejor no cuentas el cuento mañana.

—Pero es mi mamá…

—Madre es la que cuida. La que te rompe los huesos no es madre, es verdugo. Tienes que decidir, Lucía. Aquí y ahora. ¿Eres víctima o eres sobreviviente? Porque las víctimas bajan la cabeza y regresan al matadero. Los sobrevivientes aguantan el miedo y se quedan arriba.

El grito sonó otra vez, más largo, más lastimero. Parecía el aullido de un animal herido. Me tapé los oídos con las manos. “Lucíaaaaa”. El nombre que ella me había puesto, el nombre que ella escupía con odio.

Miré a Mateo. Miré el fuego. Miré el cuaderno de dibujos en la mesa.

Me sequé las lágrimas con la manga del suéter prestado.

—No voy a bajar —dije. Y al decirlo, sentí que algo moría en mí, pero algo nuevo nacía.

Mateo asintió. Soltó mis hombros.

—Bien. Entonces prepárate. Porque mañana, cuando se le pase la borrachera, no va a venir sola. Va a venir con todo el pueblo. Y tenemos que estar listos.

Esa noche no dormí en el petate. Dormí sentada, recargada en la pared, abrazada a las botas viejas, viendo la puerta. Sabía que la guerra apenas empezaba. Sabía que San Isidro no perdonaba a los que se salían del corral. Pero por primera vez en mi vida, no estaba sola. Tenía un aliado, tenía unas botas grandes, y tenía una verdad: yo no era invisible.

Afuera, la lluvia arreció, borrando las huellas del camino, como si la montaña misma quisiera protegernos, dándonos una noche más de tregua antes de la tormenta final.

Parte 3: El Juicio del Monte

La lluvia de la noche anterior había dejado el monte oliendo a tierra mojada y a resina fresca, ese olor que te limpia los pulmones aunque tengas el alma sucia de miedo. Amaneció con una calma mentirosa. El sol salió tímido, filtrándose entre las ramas de los ocotes como si pidiera permiso, pintando de dorado las gotas de agua que colgaban de las agujas de los pinos.

Mateo ya estaba despierto cuando abrí los ojos. Lo vi afilando un hacha grande en la piedra de esmeril que tenía afuera. Ras, ras, ras. El sonido era rítmico, hipnótico, pero también violento. Me enderecé en el petate, con el cuerpo engarrotado por haber dormido sentada contra la pared. Las botas viejas seguían abrazadas a mi pecho, como si fueran mi único escudo contra lo que venía.

—Levántate, chamaca —dijo sin voltear, como si tuviera ojos en la nuca—. El café está listo. Y hoy vas a necesitar que la sangre te corra caliente.

Me levanté. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío de tierra apisonada y sentí un calambre en el estómago. No era hambre. Era el presentimiento. Ese nudo que se te hace en la tripa cuando sabes que el cielo se va a caer y no tienes paraguas.

Me serví café. La taza de peltre me temblaba en las manos. Mateo entró, dejó el hacha recargada junto a la puerta —no escondida, sino visible, como una advertencia silenciosa— y me miró. Sus ojos negros, profundos como pozos de agua estancada, me escanearon.

—No tiembles —ordenó. No era un regaño, era una instrucción técnica, como cuando me enseñó a lijar—. El miedo huele. Y esa gente de abajo tiene nariz de perro corriente. Si huelen tu miedo, te muerden. Si huelen tu coraje, ladran pero no se acercan.

—Van a venir todos, ¿verdad? —pregunté. Mi voz sonaba chiquita, ridícula en medio de tanta inmensidad.

—Van a venir los que no tienen nada mejor que hacer. Los chismosos, los amargados, los que necesitan ver la desgracia ajena para sentir que su vida no es tan miserable. Y tu madre, claro. Ella va a venir al frente, cargando su cruz de mentiras.

Bebí un sorbo largo. El café negro y dulce me quemó la garganta, despertándome del todo.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.

Mateo se sentó frente a mí y sacó su navaja. Empezó a limpiarse las uñas, con una calma que me desesperaba y me tranquilizaba al mismo tiempo.

—Nosotros, nada. Ellos son los que van a hacer el circo. Nosotros nomás somos el público que decide si aplaude o si cierra el telón. Pero escúchame bien, Lucía: pase lo que pase, no salgas hasta que yo te diga. Aunque escuches gritos, aunque escuches que rompen cosas. Tu fuerza está en que no te vean hasta que sea el momento. Eres la carta oculta.

Asentí, aunque por dentro me estaba deshaciendo.

Las horas pasaron lentas, pegajosas. El sol subió hasta el cenit y el calor empezó a levantar el vapor de la tierra. Mateo se puso a trabajar en el marco de la puerta, tallando flores, como si fuera un día cualquiera. Yo me quedé adentro, espiando por las rendijas de la madera, con el corazón martillándome las costillas.

Entonces los oí.

Primero fue un murmullo, como el zumbido de un enjambre de avispas enojadas. Luego, el sonido de botas pisando ramas secas. Y finalmente, las voces. Voces de hombres, voces de mujeres. Y por encima de todas, la voz de ella.

—¡Es aquí! ¡Aquí tiene a mi niña ese desgraciado!

Sentí que se me bajaba la presión. Me recargué en la pared, respirando por la boca. Ya estaban aquí. La “gente buena” de San Isidro.

Me asomé por una grieta más grande. Eran muchos. Más de los que imaginé. Estaba Don Chucho, sudando manteca; el policía municipal de ayer, ahora acompañado por otro más joven que jugaba nerviosamente con su macana; la señora Gertrudis, la rezandera del pueblo, con su rebozo negro y su cara de juicio final; y un montón de hombres que yo había visto en la cantina, hombres que se pasaban la vida mirando el fondo de una botella y que ahora venían a jugar a los justicieros.

Y al frente, Rosa.

Mi madre.

Llevaba un vestido negro que yo no le conocía, seguramente prestado. Se había peinado el cabello en un chongo apretado y no llevaba maquillaje, para que se le notaran bien las ojeras. Caminaba cojeando un poco, una actuación perfecta de la madre sufrida que ha caminado leguas buscando a su cría. Si no la conociera, si no supiera cómo se transformaba su cara cuando tenía la botella en la mano, yo misma le hubiera creído.

Se detuvieron en el límite donde el bosque se convertía en el patio limpio de Mateo. Nadie se atrevió a pisar el aserrín dorado que cubría el suelo del taller.

Mateo dejó el formón sobre la mesa de trabajo. Se sacudió las manos con lentitud, se dio la media vuelta y los encaró. No dijo nada. Su silencio pesaba más que los gritos de ellos. Era una montaña frente a un hormiguero.

—¡Ahí está! —chilló Rosa, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Ahí está el robachicos! ¡El viejo brujo!

El murmullo del enjambre subió de tono. “Desgraciado”, “Abusador”, “Sáquenlo”.

El policía viejo, el de ayer, dio un paso al frente, inflado de una autoridad que no tenía.

—Mateo Salazar —dijo, tratando de engrosar la voz—. Tenemos una denuncia formal. La señora Rosa reclama a su hija. Entréguenosla por las buenas y no habrá problemas.

Mateo se cruzó de brazos. Sus bíceps, curtidos por años de hacha y madera, se marcaron bajo la camisa vieja.

—Aquí no hay nada que sea de ella —dijo Mateo. Su voz retumbó, seca y dura—. Lo que ella reclama lo perdió hace mucho, en el fondo de un vaso.

El pueblo jadeó. En San Isidro nadie le hablaba así a una madre, aunque fuera la peor madre del mundo. “Madre es madre”, decían, como si parir te diera permiso de matar en vida.

Rosa se tiró al suelo de rodillas. Fue un movimiento teatral, ensayado. Levantó las manos al cielo.

—¡Virgen Santísima, escúchalo! —lloró, y sus lágrimas parecían reales—. ¡Me insulta! ¡Me quita a mi hija y me insulta! ¡Yo soy una madre decente, trabajadora! ¡Él la tiene ahí, drogada seguro, o haciéndole cochinadas!

Esa última palabra encendió la mecha. Los hombres de la cantina se empujaron unos a otros. Uno de ellos, el “Tuerto” López, agarró una piedra.

—¡Saca a la niña, cabrón! —gritó el Tuerto—. ¡O te quemamos el jacal contigo adentro!

—¡Sí! ¡Quémenlo! —gritaron otros.

El miedo me mordió la garganta. Iban a matarlo. Por mi culpa. Por haberme dado un pan y un poco de agua, iban a matar al único hombre bueno que había conocido. Miré las botas viejas que Mateo me había dado. Eran enormes, toscas, pero eran fuertes. Me las puse. Me apreté las agujetas hasta que me cortaron la circulación. Me puse el suéter gris lleno de agujeros.

Me sequé las lágrimas. Víctima o sobreviviente, había dicho él.

Afuera, la cosa se ponía fea. El policía joven había sacado la macana. Don Chucho azuzaba a la gente.

—¡Entren! ¡Saquen a la niña! —gritaba el tendero—. ¡Es un peligro para el pueblo!

Mateo agarró el hacha. No la levantó, solo la sostuvo por el mango, dejando que el filo descansara en el suelo. El brillo del metal hizo que los valientes dieran un paso atrás.

—El primero que cruce la línea del aserrín se va sin pies —dijo Mateo. No estaba gritando. Lo dijo como quien avisa que va a llover.

—¡Es un salvaje! —gritó la señora Gertrudis—. ¡Es el diablo!

—¡Mateo! —intervino el policía viejo, sudando a chorros—. No complique las cosas. Si la niña está ahí, tiene que salir. La ley es la ley. La patria potestad es de la madre.

—La ley de los hombres se queda allá abajo, donde se compra con dinero y mezcal —respondió Mateo—. Aquí arriba rige la ley del monte. Y el monte protege a los débiles de los depredadores.

—¡Yo no soy ningún depredador! —aulló Rosa, levantándose con la cara roja de ira, olvidando por un segundo su papel de víctima—. ¡Esa mocosa es mía! ¡Yo la parí! ¡Yo la mantengo! ¡Es una malagradecida, igual que su padre!

—¿La mantienes? —Mateo soltó una risa corta, sin humor—. La mantienes muerta de hambre. La mantienes llena de moretones. La mantienes con el alma en un hilo.

—¡Mentira! —Rosa miró a la multitud, buscando apoyo—. ¡Dígales, Don Chucho! ¿Acaso no le compro sus cosas?

—Pues… a veces fiado, Rosa, pero sí… —balbuceó el tendero.

Fue entonces cuando escuché otra voz. Una voz que no esperaba.

—¡Ya basta!

La multitud se abrió un poco. Venía subiendo, jadeando, con su falda de flores y sus zapatos bajos llenos de lodo. Era la profe Lupita.

Sentí un vuelco en el pecho. ¿Venía a llevarme también? ¿Venía a decir que yo tenía que regresar a la escuela, a la casa, al infierno?

Lupita se paró junto al policía, pero miraba a Rosa con una mezcla de tristeza y rabia.

—Lupita, dígale a este animal que me devuelva a mi hija —suplicó Rosa, intentando agarrar la mano de la maestra.

Lupita se soltó con un movimiento brusco.

—No seas cínica, Rosa —dijo la maestra. Su voz, que en el salón siempre era suave, ahora sonaba a acero—. Llevo tres años viendo llegar a Lucía con ropa de manga larga en verano. Llevo tres años viéndola robarse las sobras del recreo de sus compañeros porque no lleva ni un taco. Llevo tres años curándole las heridas que tú dices que se hace “jugando”.

Un silencio pesado cayó sobre el claro. El chisme es una cosa, pero que la maestra del pueblo, la autoridad moral de los niños, hablara así, era otra muy distinta.

—¡Tú también estás contra mí! —gritó Rosa, acorralada—. ¡Seguro este viejo te paga algo! ¡Son amantes!

La multitud murmuró, confundida. La acusación era ridícula, pero el veneno de Rosa era rápido.

—¡Sáquenla! —gritó el Tuerto otra vez, aprovechando la confusión—. ¡A la chingada con los cuentos!

El grupo avanzó. Mateo tensó los músculos. Iba a correr sangre.

No podía permitirlo.

Empujé la puerta. Las bisagras rechinaron, ese sonido de disparo que conocía tan bien.

—¡ALTO!

Mi grito salió rasposo, agudo, pero con una fuerza que no sabía que tenía.

Todos se congelaron. Se giraron hacia la cabaña.

Salí.

Mis botas enormes golpearon la madera del porche. Toc, toc. El sonido de mis pasos era pesado, firme. Me paré junto a Mateo. Él no me miró, pero sentí cómo su cuerpo se relajaba un milímetro, protegiéndome con su sombra.

La multitud se quedó callada. Me veían. Pero no veían a la Lucía de siempre.

No veían a la niña que caminaba pegada a la pared. No veían a la sombra que se escondía en el salón. Veían a una niña con la cara lavada, aunque el pómulo seguía morado y el labio partido. Veían a una niña con un suéter remendado pero limpio. Y, sobre todo, veían mis ojos. Ya no miraba al suelo.

Los miraba a ellos. Uno por uno.

Miré a Don Chucho, que bajó la vista avergonzado. Miré a la señora Gertrudis, que apretó su rosario. Miré al policía.

Y miré a Rosa.

Ella se quedó con la boca abierta. Por un momento, vi el miedo en sus ojos. Miedo de que yo hablara. Miedo de que su fantasma se volviera real.

—¡Hijita! —intentó recuperar el control, corriendo hacia mí con los brazos abiertos—. ¡Mi amor! ¡Ven con mamá! ¡Te vamos a llevar a casa!

Di un paso al frente, poniéndome delante de Mateo. Levanté la mano, palma abierta.

—No te acerques —dije.

Rosa se frenó en seco, como si hubiera chocado con una pared de vidrio.

—¿Qué dices? Soy tu madre…

—No —mi voz no tembló. Estaba fría, como el agua de la cantimplora de Mateo—. Tú eres la señora que vive en la casa donde me pegan.

El pueblo contuvo la respiración.

—¡Lucía! ¡Estás loca! ¡Te lavaron el cerebro! —Rosa miró a la gente, desesperada—. ¿Lo ven? ¡La embrujó! ¡Mi hija no habla así!

—Tu hija no habla porque tiene miedo de que la mates —dije, y cada palabra era una piedra que soltaba de mi mochila—. Enséñales, Rosa. Enséñales tus manos.

—¿Qué?

—Enséñales tus manos. A ver si todavía tienen mi sangre de anoche. O a ver si ya te la lavaste con aguardiente.

Rosa escondió las manos instintivamente detrás de su espalda. Fue un gesto pequeño, pero todos lo vieron. Fue la confesión.

Me bajé el cuello del suéter. Mostré las marcas viejas, las amarillas y las verdes que adornaban mi clavícula. Me subí la manga del brazo derecho. Mostré la cicatriz de la vez que me aventó la plancha caliente.

—Esto no me lo hizo el monte —dije, girándome para que todos vieran—. Esto no me lo hizo Mateo. Esto me lo hiciste tú, porque se te acabó el dinero para la botella.

La profe Lupita sollozó, tapándose la boca. El policía joven bajó la macana, horrorizado. Los hombres de la cantina, incluso el Tuerto, miraron al suelo, pateando piedritas, incómodos. Una cosa es saber que “a la Rosa se le pasa la mano” y otra muy distinta es ver el mapa del dolor dibujado en la piel de una niña de diez años.

—Es por tu bien… es para educarte… —balbuceó Rosa, retrocediendo. Ya no era la madre sufrida. Ahora era solo una mujer patética, descubierta, desnuda ante los ojos de sus vecinos.

—No quiero tu educación —dije—. Y no quiero tu casa.

—¡Tienes que venir! —chilló ella, pero ya sin fuerza, era el chillido de una rata acorralada—. ¡El juez! ¡La policía! ¡Es menor de edad!

Mateo dio un paso adelante. Puso su mano grande y pesada sobre mi hombro. No pesaba. Se sentía como un techo, como un refugio.

—La niña ha hablado —dijo Mateo—. Y aquí, la verdad pesa más que los papeles.

El policía viejo se quitó la gorra y se rascó la cabeza calva. Miró a Rosa, miró al pueblo que ya empezaba a murmurar contra ella (“mira nomás qué bestia”, “pobrecita niña”, “con razón gritaba tanto anoche”), y tomó una decisión. En los pueblos, la justicia a veces es lenta, pero cuando el viento cambia, cambia de golpe.

—Señora Rosa —dijo el policía—, creo que lo mejor es que se vaya a descansar. Anda muy alterada.

—¡Pero mi hija!

—Su hija está bien —intervino la profe Lupita, caminando hasta ponerse del otro lado de mí, flanqueándome—. Yo me hago responsable de verificar que esté bien cuidada aquí. Vendré diario si hace falta. Pero esa niña no baja hoy a esa casa. No en ese estado.

Rosa miró a su alrededor. Buscó un aliado. Pero Don Chucho ya se estaba haciendo el loco mirando los pinos. La señora Gertrudis se estaba persignando, pero alejándose de ella. El Tuerto ya había tirado la piedra.

Se había quedado sola. Sola con su botella invisible y su culpa.

Su cara se transformó. La máscara de dolor se cayó y quedó la mueca de odio puro, esa que yo veía todas las noches antes de cerrar los ojos.

—¡Quédense con ella! —escupió, lanzando veneno—. ¡Trágatela! ¡Es una inútil! ¡Igualita a su padre, que me dejó por otra! ¡Ojalá se mueran los dos allá arriba y se los coman los coyotes!

Se dio la vuelta, tropezando con sus propios pies, y empezó a bajar la vereda, soltando maldiciones que rebotaban en los troncos de los árboles. Nadie la siguió. Nadie la ayudó. Se fue haciendo pequeña, una mancha negra que el monte se tragaba poco a poco.

El silencio que quedó fue absoluto. Solo el viento moviendo las ramas de los pinos. Shhh, shhh.

El policía se aclaró la garganta.

—Bueno… pues… entonces ahí nos avisa cualquier cosa, Mateo. Maestra, le encargo el reporte.

—Vámonos —dijo Don Chucho a los demás—. Aquí no hay nada que ver.

La multitud se empezó a dispersar, lenta, como agua sucia que se va por la coladera. Algunos me miraban con curiosidad, otros con lástima, pero ya nadie me miraba con indiferencia. Habían visto. Y lo que se ve, no se puede desver.

Me quedé parada ahí, temblando, hasta que el último de ellos desapareció en la curva del camino. Solo quedó la profe Lupita. Se acercó a mí y me dio un abrazo rápido, apretado.

—Voy a bajar al municipio a levantar un acta, Lucía —me susurró—. No vas a volver con ella. Te lo prometo. Aunque tenga que mover cielo y tierra.

—Gracias, profe —dije.

Ella miró a Mateo. Él asintió levemente, un saludo de respeto entre dos guerreros que acaban de ganar una batalla en el mismo bando. Lupita se fue, bajando con paso firme.

Me quedé a solas con Mateo.

Las piernas me fallaron de repente. La adrenalina se esfumó y dejó un vacío donde solo cabía el cansancio de mil años. Me senté en el escalón del porche, escondiendo la cara entre las rodillas.

Sentí que Mateo se sentaba a mi lado. No dijo “bien hecho”. No dijo “eres valiente”.

Sacó una naranja de su bolsillo y la empezó a pelar con la navaja. El olor cítrico inundó el aire, borrando el olor a sudor y miedo que había dejado la gente.

Me pasó un gajo.

—Come —dijo—. La verdad da hambre.

Mordí la naranja. El jugo dulce me llenó la boca. Y entonces, lloré.

Pero no fue el llanto de siempre. No fue el llanto ahogado, silencioso, para que nadie me oyera. Fue un llanto a gritos, un llanto feo, con mocos y gemidos. Lloré por la niña que fui. Lloré por la madre que nunca tuve. Lloré porque era libre, y la libertad asusta tanto como la jaula cuando no sabes volar.

Mateo no me calló. Se quedó ahí, comiendo su naranja, dejando que yo sacara todo el veneno.

Nombre del contenido: Parte 4: Raíces en la Piedra

El llanto se me acabó, pero no como se acaba el agua de un río en sequía, sino como se apaga una tormenta que ha dejado todo limpio. Me quedé ahí, sentada en el escalón de madera, con el sabor dulce de la naranja en la boca y los ojos hinchados, mirando cómo el sol terminaba de comerse la neblina que cubría el valle. Mateo no me apresuró. Se quedó a mi lado, tallando la cáscara de la naranja en tiritas finas, haciendo figuras efímeras que luego tiraba al suelo para que se las comieran las hormigas.

—¿Te sientes más ligera? —preguntó después de un rato, cuando mi respiración ya no tenía ese hipo doloroso del llanto.

—Me siento vacía —confesé. Y era verdad. Me habían sacado el miedo, pero también me habían sacado la costumbre. ¿Qué hace uno cuando ya no tiene que estar alerta? ¿En qué se ocupa la mente cuando no está calculando la distancia de un golpe?

—El vacío es bueno —dijo él, limpiando su navaja en la pierna del pantalón—. El vacío es espacio. Ahora puedes llenarlo con cosas que sirvan. Con aserrín, con letras, con comida caliente.

Me levanté. Me dolían las piernas de la tensión, pero mis botas, esas lanchas de cuero viejo, se sentían más mías que nunca.

Los días siguientes fueron raros. El tiempo en la cabaña no se medía con relojes, sino con la luz y el hambre. Aprendí que el sol pega en la piedra grande a la hora de almorzar, y que cuando los grillos empiezan a chillar, es hora de meter la leña para que no se humedezca con el sereno.

Pero la paz es tramposa. A veces, en medio de la tranquilidad, me asaltaba el pánico. Escuchaba una rama crujir y pensaba que era Rosa subiendo con un machete. Veía una sombra y pensaba que era el Tuerto. Mateo se daba cuenta. No me decía “cálmate”, porque eso no sirve. Me daba ocupación.

—Lija esto —me decía, aventándome un trozo de cedro—. Y no pares hasta que brille.

Y yo lijaba. Lijaba con furia, lijaba con miedo, y poco a poco, el movimiento repetitivo de mis manos calmaba el galope de mi corazón.

Al tercer día, subió la profe Lupita.

No venía sola. Traía a un hombre de traje, que sudaba la gota gorda subiendo la vereda, y a una mujer con una carpeta bajo el brazo. Sentí que se me helaba la sangre. Me escondí detrás de Mateo, que estaba cepillando una tabla larga.

—Buenas tardes, Mateo —saludó Lupita. Se veía cansada, con ojeras profundas, pero sonreía.

—Buenas —respondió él, sin soltar el cepillo.

—Él es el Licenciado Ramírez, del DIF estatal, y ella es la trabajadora social, la señorita Claudia.

La palabra “DIF” me sonó a cárcel. Había escuchado historias. Niños que se llevaban a la capital, a casas grandes donde dormían veinte en un cuarto y nadie te quería. Me aferré a la camisa de Mateo.

—Venimos a ver a la niña —dijo la trabajadora social, mirándome con ojos clínicos, como si fuera una vaca que van a comprar.

Mateo dejó la herramienta. Puso su mano en mi cabeza.

—Aquí está. No se ha movido.

—Tenemos que evaluar la situación —dijo el licenciado, aflojándose la corbata—. La madre, la señora Rosa, ha sido declarada no apta temporalmente, debido a… bueno, a los testimonios y su estado de alcoholismo crónico. Pero la niña no puede quedarse aquí nomás porque sí. Usted no es familiar. Esto es irregular.

—Lo irregular es que una niña tenga cicatrices de quemaduras y nadie haya hecho nada en tres años —dijo Mateo, con esa voz que retumbaba en el pecho—. ¿Dónde estaban sus papeles y sus leyes cuando ella comía pan duro?

El licenciado se puso rojo.

—Entendemos la molestia, señor Salazar. Pero el protocolo indica que debe ser trasladada a un albergue en Oaxaca mientras se resuelve la tutela.

—¡No! —grité. Salí de detrás de Mateo. —¡No me voy! ¡No quiero ir a ningún albergue!

—Lucía, es por tu bien… —empezó la señorita Claudia, con esa voz dulce que usan los adultos cuando te van a joder.

—¡No! —Mis botas golpearon el suelo—. Aquí estoy bien. Aquí como. Aquí no me pegan. Si me llevan, me escapo. Me escapo y me pierdo en el monte y nunca me van a encontrar.

Lupita intervino. Se puso en medio.

—Licenciado, por favor. Mírela. En tres días ha comido mejor que en toda su vida. Sacarla de aquí ahora sería otro trauma. Yo me he comprometido a supervisar. Vengo diario. Le traigo sus tareas. Mateo… el señor Salazar es un hombre de bien, aunque sea un poco huraño.

Mateo gruñó ante lo de “huraño”, pero no dijo nada.

El licenciado miró la cabaña, miró el fuego encendido, miró mi cara limpia (aunque moreteada) y suspiró. Odiaba subir cerros. Odiaba el calor. Y si se llevaba a la niña a la fuerza, iba a tener que lidiar con los gritos y el papeleo extra.

—Está bien —dijo, sacando un pañuelo para secarse el cuello—. Vamos a otorgar una custodia provisional “in situ”, bajo la supervisión de la maestra Guadalupe. Pero tiene que firmar papeles, señor Salazar. Muchos papeles. Y tiene que comprometerse a que la niña baje a la escuela. No puede tenerla aquí como salvaje.

—Bajará —dijo Mateo—. Cuando se le curen los pies y el alma. La escuela no se va a ir.

Firmaron los papeles en la mesa de madera donde comíamos. Mateo firmó con una letra picuda, antigua, elegante. Yo puse mi huella y mi firma temblorosa. Cuando se fueron, sentí que me quitaban una mochila de piedras de la espalda.

—¿Escuchaste? —me dijo Mateo cuando volvimos a estar solos—. Tienes que ir a la escuela.

—No quiero bajar. Se van a burlar. Me van a mirar.

—Que miren —dijo él, volviendo a su tabla—. El que mira aprende. Y si se burlan, es porque tienen miedo. Tú ya sabes enfrentar monstruos de verdad, Lucía. Unos chamacos mocosos no son nada.

Pasó una semana. Luego dos. Mis moretones pasaron de morado a verde, de verde a amarillo, y luego desaparecieron, dejando solo el recuerdo en la piel. Mi labio sanó. Empecé a ganar peso. Las tortillas de mano y los frijoles con epazote de Mateo hacían milagros.

Pero lo que más me curaba era la madera.

Mateo dejó de ponerme a lijar y empezó a enseñarme a usar las gubias.

—La madera tiene veta —me explicaba, tomando mi mano para guiar el filo sobre un trozo de pino—. Es como la gente. Si vas a favor de la veta, es suave, se deja trabajar. Si vas en contra, se astilla, se rompe, se pone necia. Tienes que leerla antes de cortarla.

Aprendí a leer la madera. Aprendí que el ocote huele a trementina y es duro, bueno para vigas. Aprendí que el cedro es noble y huele a perfume de iglesia. Aprendí que el encino es terco como una mula, pero aguanta lo que sea.

—Quiero hacer un coyote —le dije una tarde.

—¿Por qué un coyote? —preguntó él.

—Porque el coyote anda solo. Y es listo. Y nadie lo quiere, pero él sigue ahí.

Mateo sonrió, esa media sonrisa que apenas se le veía entre la barba canosa.

—Órale pues. Agarra ese trozo de copal. Es suave para empezar.

Me pasé días tallando. Me corté los dedos un par de veces. Mateo no me regañaba, solo me pasaba el alcohol y una venda limpia.

—La sangre es parte del oficio —decía—. Si no le dejas un poco de ti a la madera, no cobra vida. Es el precio.

Mientras tallábamos, él hablaba. Poco a poco, como quien suelta agua de una presa para que no reviente, me contó su historia. Me contó que él no era de San Isidro. Que había llegado hace treinta años, huyendo de la ciudad, huyendo de un recuerdo. Había tenido esposa. Había tenido un hijo. Un accidente de camión se los llevó a los dos. Él se quedó vivo de milagro, pero muerto por dentro. Subió al monte para morirse solo, pero el monte es caprichoso y le enseñó a vivir otra vez.

—Yo también estaba roto, Lucía —me dijo una noche, mirando el fuego—. Pensé que ya no servía para nada más que para hacer leña. Pero luego te das cuenta de que un árbol caído puede dar vida a hongos, a insectos, puede volverse tierra buena.

—¿Yo soy un árbol caído? —pregunté.

—No. Tú eres un brote que salió en medio de las piedras. Esos son los más fuertes.

Al mes, tuve que bajar.

Lupita insistió. El licenciado iba a volver y si no me veían en la escuela, me llevaban.

La noche anterior no dormí. Me probé el uniforme que Lupita me había traído. Me quedaba un poco grande, pero estaba limpio, planchado. Mateo me había boleado las botas escolares (que Lupita también consiguió, porque mis lanchas viejas no eran para la escuela).

—Te ves bien —dijo Mateo en la mañana, mientras me tomaba el café. Me había hecho trenzas. Sus manos enormes eran sorprendentemente delicadas para peinar.

—Tengo miedo —admití.

—Llévate esto.

Me dio algo pequeño, envuelto en un trapo. Lo abrí. Era una figura de madera tallada, chiquita, perfecta. Era un colibrí.

—El colibrí es guerrero —dijo—. Aunque lo veas chiquito y bonito, es bravo. Pelea con águilas si le tocan el nido. Métetelo en la bolsa. Si te da miedo, tócalo.

Bajamos juntos. Mateo se puso una camisa limpia y bajó conmigo hasta la entrada de la escuela. No había bajado al centro del pueblo en años. La gente se paraba a vernos. Las señoras del mercado dejaban de tortear, los hombres dejaban de cargar cajas. El “Loco del Monte” y la “Niña de Rosa”. Éramos el espectáculo.

Pero Mateo caminaba con la cabeza alta, saludando con un leve asentimiento. Y yo, imitando su paso, levanté la barbilla.

En la puerta de la escuela, me soltó la mano.

—A la una vengo por ti. Si alguien te molesta, te acuerdas del colibrí.

Entré. El patio estaba lleno de gritos y correteos. Cuando me vieron, se hizo un silencio incómodo. Los mismos niños que antes me ignoraban o me robaban la torta, ahora me miraban con respeto, o con curiosidad morbosa.

—¿Es cierto que vives con el brujo? —me preguntó Beto, el grandulón del salón, a la hora del recreo.

Toqué el colibrí en mi bolsillo. Sentí la madera suave.

—No es brujo —dije, mirándolo a los ojos—. Es artesano. Y me enseña a usar el hacha. ¿Tú sabes usar un hacha, Beto?

Beto se puso rojo y negó con la cabeza.

—Ah —dije, y le di una mordida a mi torta de frijoles con queso que Mateo me había preparado. Nadie me la intentó quitar.

Ese día, al salir, vi a Rosa.

Estaba sentada en la banqueta, afuera de la cantina “El Último Trago”. Estaba flaca, más flaca que antes. Tenía la ropa sucia y el pelo enmarañado. Sostenía un vaso de plástico y hablaba sola.

Me detuve. Mateo estaba a unos metros, esperándome, pero vio que me paré y no se movió, dejándome decidir.

Rosa levantó la vista y me vio. Sus ojos estaban amarillos, vidriosos. Tardó un momento en reconocerme.

—Lucía… —graznó. Su voz no tenía fuerza. No tenía odio. Solo tenía miseria.

—Hola, Rosa —dije. No le dije “mamá”.

—Ven… dame para un taco… tengo hambre… —extendió la mano, esa mano que tantas veces me había marcado la cara. Ahora temblaba como una hoja seca.

Sentí una punzada en el pecho. No era amor. No era odio. Era lástima. Una lástima profunda y fría.

Busqué en mi mochila. Tenía una naranja que me había sobrado del recreo. Me acerqué, pero no tanto como para que me tocara. Puse la naranja en su mano.

—Come —dije—. La verdad da hambre.

Ella miró la naranja como si fuera una joya extraña. Empezó a llorar, un llanto de borracha, baboso y ruidoso.

—Mala hija… me abandonaste…

Me di la media vuelta.

—Adiós, Rosa —dije. Y caminé hacia Mateo.

Él me recibió con una mirada de orgullo. No dijimos nada. Empezamos a subir la cuesta, de regreso a casa, dejando atrás el pueblo, la cantina y los fantasmas.

Pasaron los meses. Llegó octubre, y con él, el viento frío que anuncia a los muertos. El monte se llenó de flores amarillas, el cempasúchil silvestre que crece donde le da la gana.

—Vamos a poner altar —dijo Mateo.

Limpiamos una mesa en el rincón. Pusimos papel picado que yo misma corté con las tijeras. Pusimos copal en un sahumador de barro. El olor inundó la cabaña, uniéndose para siempre en mi memoria al olor de la madera.

—¿A quién le ponemos? —pregunté.

—A los que nos faltan —dijo él.

Mateo puso una foto vieja, en blanco y negro, de una mujer joven y un niño sonriendo. Su esposa y su hijo. La limpió con su manga antes de colocarla entre las flores.

Yo saqué mi foto. La única que tenía. La de mi madre joven, antes de que el alcohol se la bebiera a ella. La puse en el altar.

—¿Por qué la pones? —preguntó Mateo—. Ella sigue viva.

—Esa mujer de la foto está muerta —dije—. La que está abajo es otra persona. Yo le lloro a la que pudo ser y no fue.

Mateo asintió y puso una calaverita de azúcar al lado de la foto.

—Y también pongo altar para la Lucía de antes —añadí, poniendo mi figura de coyote, la primera que tallé, que me había quedado chueca y orejona—. Para que descanse en paz y no me venga a asustar en la noche.

Esa noche, comimos pan de muerto y chocolate de agua. Nos sentamos en el porche, envueltos en cobijas, viendo las luces del pueblo abajo y las estrellas arriba.

—¿Te vas a quedar, verdad? —preguntó Mateo de repente. Nunca me lo había preguntado así.

—¿A dónde voy a ir? —dije—. Mis raíces ya agarraron aquí. En la piedra.

—Las raíces en la piedra son las más difíciles —dijo él—, pero una vez que agarran, ni el huracán las mueve.

—¿Usted me va a enseñar a hacer muebles grandes? —cambié de tema, porque se me estaba haciendo un nudo en la garganta.

—Te voy a enseñar a hacer lo que quieras. Puertas, mesas, violines si se te antoja. Tienes manos buenas, Lucía. Manos que escuchan.

—Quiero hacer una puerta nueva para la cabaña —dije—. Una que no rechine. Una que tenga flores y coyotes y colibríes.

—Pues mañana empezamos. Hay un tablón de encino que lleva secándose cinco años. Te estaba esperando.

Me recargué en su hombro. Él pasó su brazo por encima de mí, pesado, protector.

Abajo, en San Isidro, la vida seguía su curso de chismes y miserias. Rosa seguiría bebiendo hasta que el hígado le reventara. El Tuerto seguiría buscando pleito. Don Chucho seguiría vendiendo fiado. Pero allá arriba, entre los pinos y la neblina, el tiempo era nuestro.

Yo ya no era la niña invisible. Yo era Lucía, la aprendiz de carpintero, la hija del monte. Tenía cicatrices, sí. Llevaba el mapa de mi dolor en la piel y en la memoria. Pero como decía Mateo, la madera con nudos es la más bonita, porque cuenta una historia que la madera lisa no tiene.

Cerré los ojos y respiré hondo. Olía a copal, a pino, a naranja y a leña quemada. Olía a hogar.

—Buenas noches, papá Mateo —susurré, tan bajito que pensé que no me oiría.

Sentí cómo se tensaba un segundo, y luego se relajaba, suspirando largo.

—Buenas noches, hija. Descansa. Mañana hay que darle duro al encino.

Y por primera vez en toda mi vida, me dormí sin soñar con monstruos. Soñé con un árbol gigante, con raíces de plata que rompían la piedra y subían hasta tocar las nubes, y en la rama más alta, había una niña riéndose a carcajadas, sin miedo a caer, porque sabía que si caía, el monte la atraparía.

FIN

BTV

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I Invited His Whole Class, But Silence Was the Only Guest. My Son Asked, “Mom, Why Don’t They Like Me?” Before I Could Answer, the Police Arrived. (A raw look at the cruelty of childhood rejection and the incredible, tear-jerking surprise from the local precinct that saved a 7-year-old’s birthday.)

The Silence Was Deafening. Then Came the Sirens. 💔🚓🎂 Part 1 My name is Sarah, and today was supposed to be the highlight of my year. It…

The Empty Chair at the Table: Why 20 RSVP’s Turned into 20 Heartbreaks, and the Unexpected Flashing Blue Lights That Changed Everything for My Little Boy. (This story isn’t just about a failed party; it’s about the moment a mother’s heart shattered and the heroes who put it back together.)

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