
A mediados de diciembre, el cielo sobre la Sierra se puso del color de un moretón feo, de esos que avisan que viene dolor. Yo estaba afuera de mi jacal, ajustando la correa del ventilador con esa maldita temblorina en la mano derecha que no me deja en paz desde el accidente con el gas.
De pronto, escuché ese zumbido eléctrico, demasiado limpio para el monte. Era Carlos, el vecino de la ciudad, llegando en su camioneta azul último modelo. Se bajó impecable, con esa ropa de marca que jamás ha tocado el lodo ni la grasa.
Se me quedó viendo mientras apilaba mi leña. Soltó una risita burlona al ver mis herramientas oxidadas y checó su reloj inteligente.
—Don Elías —me dijo con ese tono de quien le explica algo a un niño—, mi casa ya predijo el frente frío. Va a ajustar la temperatura al grado exacto sin que yo mueva un dedo. La automatización eliminó la necesidad de la intuición humana, ¿sabe? Usted trabaja demasiado.
Me quedé callado, escondiendo mi mano temblorosa en la bolsa del pantalón. Sombra, mi Pastor Alemán, se puso entre los dos. No le ladró. Solo se le erizó el pelo del lomo y clavó la vista en el horizonte, hacia el norte.
El perro sentía lo que el reloj de Carlos no podía: la presión bajando de golpe, un peso en el aire que olía a peligro. Carlos se subió a su camioneta, confiado en que su dinero y sus códigos lo protegerían del invierno.
Pero yo sabía algo que él no. Sabía que cuando la red eléctrica cayera y las pantallas se fueran a negro, lo único que importaría sería el vínculo entre un hombre roto y un perro que sabe escuchar el silencio. Y esa noche, el silencio gritó.
¿ESTABAN LISTOS PARA LO QUE LA NATURALEZA LES TENÍA PREPARADO?
PARTE 2: EL ATAÚD DE CRISTAL Y LA PROMESA DE SOMBRA
La noche no cayó sobre la Sierra; se desplomó como un costal de cemento, pesado y definitivo. No era esa oscuridad tranquila a la que uno se acostumbra cuando vive lejos del alumbrado público, esa oscuridad amable que deja ver las estrellas y deja que los grillos canten su serenata. No. Esta era una oscuridad densa, sólida, una boca de lobo que se tragaba hasta el último rayo de luna. El viento, que horas antes había sido un susurro molesto, ahora aullaba con la furia de la Llorona buscando a sus hijos, golpeando las láminas de mi techo con una violencia que me hacía dudar si mi viejo jacal aguantaría el embate.
Yo estaba sentado en mi sillón de siempre, ese que tiene la forma de mi espalda grabada en el cojín vencido, con una taza de café de olla humeando entre las manos. Mis manos… maldita sea, mis manos. La derecha, la traidora, la que tiembla sin pedir permiso, estaba peor que nunca. El frío se le mete a uno en los huesos, pero cuando tienes tornillos y placas de metal donde debería haber hueso sano, el frío no es temperatura; es un cuchillo. Es un recordatorio constante de aquel día en la mina, del gas, del fuego, de los gritos que todavía escucho cuando el silencio se hace demasiado largo.
Sombra estaba echado a mis pies, pero no dormía. Ese perro tiene el alma vieja. No sé qué vida tuvo antes de que lo encontrara en la carretera, flaco y lleno de sarna, pero sé que ha visto cosas. Sus orejas triangulares giraban como radares, captando sonidos que mis oídos viejos ya no registran. De vez en cuando soltaba un gemido bajo, un sonido que vibraba en su pecho y subía por mis piernas, contagiándome su ansiedad.
—Quieto, Sombra —murmuré, dándole un sorbo al café. El piloncillo y la canela me calentaron la garganta, pero no lograron quitarme el frío del estómago. Ese frío no era del clima; era presentimiento.
Me levanté arrastrando los pies, sintiendo el crujido de mis rodillas, y me acerqué a la pequeña ventana que da hacia el norte, hacia la propiedad de Carlos. Limpié el vaho del vidrio con la manga de mi chamarra y miré hacia afuera.
Allí estaba. La “Casa del Futuro”, como él la llamaba con esa arrogancia de quien cree que el dinero puede comprarle el respeto a la naturaleza. Brillaba como una nave espacial en medio del monte. Luces LED azules delineaban el camino de entrada, y a través de los ventanales enormes de piso a techo —un error garrafal en esta zona, si me preguntan a mí— se veía el interior cálido y perfecto. Podía imaginarlo ahí dentro, en camiseta, bebiendo algún vino caro, revisando sus acciones en la bolsa o viendo alguna serie en su pantalla gigante, completamente ajeno a la bestia que estaba arañando sus muros.
La automatización. La inteligencia artificial. “Don Elías, usted trabaja demasiado”. Sus palabras resonaban en mi cabeza, burlonas. Tal vez tenía razón. Tal vez soy un viejo terco aferrado a métodos obsoletos. Yo corto mi leña, yo cargo mi agua, yo reviso mis generadores de gasolina. Me canso, sudo, me duelen las articulaciones. Pero hay una verdad que la gente de ciudad olvida: la comodidad te vuelve débil. La comodidad te quita los callos, no solo de las manos, sino del espíritu. Y cuando la comodidad falla, cuando el sistema se rompe, no queda nada más que un niño asustado en el cuerpo de un adulto.
Volví al sillón y le eché otro leño a la estufa. La madera de encino tronó al contacto con las brasas, soltando ese aroma ahumado que es el perfume de mi vida. Aquí adentro, en mi “cueva” llena de herramientas oxidadas y recuerdos empolvados, la temperatura era agradable. No necesitaba un termostato digital. Mi piel me decía si hacía falta más leña. Mi instinto me decía si la chimenea tiraba bien.
Fue entonces cuando sucedió.
Primero fue un parpadeo. Las luces de la casa de Carlos, allá a lo lejos, titilaron como una vela agonizante. Luego, regresaron con fuerza, para volver a morir un segundo después. Y finalmente, la oscuridad absoluta.
La nave espacial se apagó. El resplandor azul que contaminaba mi vista del monte desapareció de golpe, dejando solo la silueta negra y angulosa de su mansión recortada contra el cielo plomizo.
—Ahí está —dije en voz alta. Sombra levantó la cabeza y me miró con sus ojos color ámbar—. Se les acabó la magia, amigo.
La red eléctrica de la región es vieja, inestable. Con una tormenta así, era cuestión de tiempo. Yo lo sabía. Cualquiera con dos dedos de frente y diez años viviendo en la Sierra lo sabía. Pero Carlos no. Carlos confiaba en que la compañía de luz le daría prioridad, o tal vez pensaba que sus paneles solares lo salvarían. Pobre iluso. Con tres días de nubes negras y nieve cubriendo las celdas, los paneles son tan útiles como espejos decorativos. Y sus baterías de respaldo… esas cosas duran horas, no días, y menos si intentas calentar una casa de cristal de quinientos metros cuadrados a veintidós grados constantes mientras afuera estamos a diez bajo cero.
Me quedé esperando. Sabía que los primeros minutos no serían pánico. Sería molestia. “Maldita CFE”, estaría diciendo. “Seguro regresa en cinco minutos”. Estaría buscando su teléfono para tuitear su indignación, para llamar a algún servicio al cliente que no contestaría.
Pasó una hora. El viento recrudeció. Ahora no solo golpeaba; empujaba. Mi cabaña crujía, quejándose, pero aguantando. Está hecha de adobe grueso, piedra y madera curada. Está hecha para respirar con la montaña, no para imponerse a ella.
Sombra se levantó de golpe y corrió hacia la puerta. Empezó a rascar la madera, soltando ladridos cortos y agudos.
—¿Qué traes? —le pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Ya se fue la luz, ya lo vimos. Échate.
Pero el perro no me hizo caso. Empezó a dar vueltas en círculo, gimiendo, regresando a la puerta, mirándome, mirando la puerta. Sombra nunca hace eso. Es un animal disciplinado. Si está así, es porque algo está muy mal.
Me acerqué a él y puse mi mano buena sobre su cabeza. Estaba temblando. No de frío, sino de pura tensión eléctrica.
—¿Qué oyes, muchacho? ¿Qué es?
Entonces, entre el aullido del viento, lo escuché yo también. O creí escucharlo. Era un sonido mecánico, repetitivo, feo. Como un claxon. O una alarma.
Me puse la chamarra, tomé mi linterna de mano —la vieja, la pesada, la que usa baterías tamaño D y sirve también como garrote si hace falta— y abrí la puerta apenas una rendija.
El frío me golpeó la cara como un puñetazo de hielo. El aire me robó el aliento y me llenó los pulmones de agujas. Entrecerré los ojos contra la aguanieve que caía horizontalmente.
Allá abajo, en la casa de Carlos, no había luz. Pero se escuchaba la alarma de seguridad. Una sirena ahogada, muriendo por falta de batería, sonando triste y patética en medio de la tormenta. Y algo más. Unos destellos débiles. Alguien estaba moviendo una lámpara dentro de la casa, desesperadamente.
Cerré la puerta de un golpe y puse el cerrojo. Mi corazón latía rápido, golpeando mis costillas doloridas.
—No es mi problema —dije, más para mí que para el perro—. Se lo advertí. Se burló de mí. Dijo que yo era obsoleto. Que se caliente con sus algoritmos.
Regresé a la estufa. Me serví más café, aunque ya estaba tibio. Me senté. Intenté leer el periódico de ayer, pero las letras bailaban.
“La automatización eliminó la necesidad de la intuición humana”. La frase me daba vueltas en la cabeza. Me imaginé a Carlos, con su ropa de diseñador, dándose cuenta de que su ropa térmica “inteligente” necesita recargarse para calentar. Me imaginé a su esposa, una mujer delgada y pálida que siempre miraba todo con asco, tratando de encontrar una cobija en una casa minimalista donde no hay cobijas porque “el sistema de climatización es perfecto”.
Y luego pensé en el niño.
Tenían un hijo. Un huerco de unos seis o siete años. Lo había visto correr por el jardín en verano, persiguiendo mariposas con una tablet en la mano, tratando de tomarles fotos en lugar de atraparlas. Un niño.
Miré mi mano temblorosa. Los temblores eran fuertes ahora. La rabia y la culpa se mezclaban en mi sangre.
—¡Maldita sea! —grité, tirando la taza al suelo. La cerámica se rompió en mil pedazos y el café manchó el tapete de lana.
Sombra ladró, un ladrido fuerte, de aprobación. Como diciendo: “Ya era hora, viejo necio”.
No podía dejarlos ahí. No soy un santo, y Dios sabe que me caen mal los riquillos que vienen a invadir mi sierra, pero soy un hombre. Y en la montaña, la única ley que vale más que la gravedad es la solidaridad. Si alguien se está congelando, lo ayudas. Aunque sea un imbécil. Especialmente si es un imbécil que tiene a un niño bajo su cuidado.
El problema era cómo llegar. La distancia entre mi jacal y su casa son apenas unos trescientos metros, pero con esta tormenta, esos trescientos metros son la muerte. El terreno es irregular, hay barrancos, y con la nieve cubriendo los agujeros y el hielo convirtiendo las rocas en jabón, un paso en falso significa una pierna rota. Y una pierna rota allá afuera, solo, significa morir congelado en menos de una hora.
Empecé a vestirme para la guerra. No la guerra contra hombres, sino contra los elementos.
Me quité la ropa de casa y empecé con las capas. Primero, la ropa interior larga de lana merina, esa que pica un poco pero guarda el calor incluso si se moja. Luego, camisa de franela gruesa. Pantalones de lona reforzados con aceite. Dos pares de calcetines. Mis botas de montaña, viejas pero engrasadas hasta la saciedad, impermeables y con suela de tractor.
Busqué en el baúl de madera al pie de mi cama. Saqué el pasamontañas que usaba en la mina. Saqué los guantes de cuero forrados de borrego.
—Sombra, ven acá —llamé al perro.
Fui al cuarto de herramientas y descolgué su pechera de trabajo. Sombra se quedó quieto, solemne, mientras le ajustaba las correas. Sabía que esto no era un paseo. Le colgué dos alforjas pequeñas a los costados. En una metí un termo con caldo caliente, chocolate en barra y un pequeño botiquín. En la otra, una botella de tequila barato —bueno para desinfectar y para dar valor— y unas bengalas de carretera.
Tomé mi cuerda de rescate, cincuenta metros de nylon trenzado que aguanta media tonelada. Me la crucé al pecho como una bandolera. Tomé el piolet, esa herramienta que parece un pico pequeño y que la gente cree que es exagerada hasta que tienen que clavar algo en el hielo para no resbalar hacia el abismo.
Finalmente, agarré mi radio de onda corta. Lo encendí. Solo estática. El mundo estaba mudo. Estábamos solos.
—Muy bien, compañero —le dije a Sombra, agachándome para quedar a su altura. Su aliento cálido me dio en la cara—. Vamos a hacer una estupidez. Vamos a ir a buscar a los vecinos. Tú vas adelante, pero no te alejes más de dos metros. Si te digo alto, te clavas al suelo. ¿Entendido?
Sombra me lamió la barbilla, justo en la cicatriz de la barba. Entendido.
Abrí la puerta de nuevo. Esta vez no retrocedí. Me incliné hacia adelante, bajando el centro de gravedad, y salí a la noche blanca.
El viento intentó tirarme de inmediato. Tuve que clavar las botas en la nieve y agarrarme del marco de la puerta para cerrarla. Una vez afuera, el ruido era ensordecedor. No se podía pensar. Solo se podía reaccionar.
Encendí la linterna. El haz de luz apenas cortaba la neblina blanca unos metros. La nieve no caía; volaba paralela al suelo, golpeando como perdigones.
—¡Busca! —grité, señalando hacia la casa de Carlos.
Sombra bajó la cabeza, pegando el hocico a la nieve, y comenzó a avanzar. Yo iba detrás, pisando donde él pisaba, confiando ciegamente en sus patas. Mi mano derecha temblaba violentamente dentro del guante, pero me obligué a cerrar el puño alrededor del mango del piolet hasta que los nudillos me dolieron.
Avanzamos despacio. Cada paso era una batalla. La nieve ya nos llegaba a media pantorrilla. En los lugares donde el viento formaba dunas, nos llegaba a la rodilla.
De repente, Sombra se detuvo en seco. Se giró hacia mí y ladró, pero el viento se llevó el sonido. Me señaló algo a la derecha.
Alumbre hacia allá. Era el cerco perimetral de la casa de Carlos. Un muro de piedra elegante con rejas de hierro forjado. Pero algo estaba mal. Un árbol enorme, un pino viejo que yo le había dicho que cortara porque estaba podrido, había cedido ante el peso de la nieve y el viento. Había caído justo sobre el muro y sobre…
Dios mío.
Había caído sobre la caseta de los generadores.
Me acerqué lo más rápido que pude, resbalando y maldiciendo. El pino había aplastado la estructura de aluminio como si fuera una lata de refresco. Ahí estaban sus baterías de respaldo, sus inversores solares, su cerebro “inteligente”. Todo destrozado, lanzando chispas que morían instantáneamente en la nieve.
Por eso se había ido la luz tan rápido. No fue solo la red. Fue el árbol. La naturaleza literalmente había aplastado su tecnología.
Esto cambiaba las cosas. Sin respaldo, esa casa de cristal se enfriaría en cuestión de horas. Y peor aún: las cerraduras electrónicas.
Carlos me había presumido sus cerraduras biométricas. “Huella digital y reconocimiento facial, Don Elías. Imposible de forzar”. Sí, e imposible de abrir si no hay electricidad y el mecanismo está congelado.
Llegamos a la puerta principal. Era una placa enorme de madera fina, barnizada, sin manija visible, solo un panel de vidrio negro al lado.
Golpeé la puerta con el puño. Nada. El viento se comía mis golpes.
Golpeé con el mango del piolet. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
—¡CARLOS! —grité con todo lo que me daban los pulmones—. ¡ABRE!
Nada.
Pegué la cara al vidrio lateral. Estaba oscuro adentro, pero vi una luz tenue. Alguien venía corriendo con una linterna de celular.
Era él. Lo vi a través del cristal. Llevaba puesta una chamarra de esquí, pero se le veía temblando. Tenía los ojos desorbitados. Detrás de él venía su esposa, envuelta en lo que parecía una cortina o un tapete caro.
Carlos llegó a la puerta y empezó a manotear el panel de control. Lo vi gritar algo, pero no lo escuché. Ponía su dedo, ponía su cara. Nada. El panel estaba muerto.
Me hizo señas desesperadas. Señalaba la puerta, luego se agarraba la cabeza. Estaban encerrados. Su fortaleza de seguridad se había convertido en su prisión.
Me acerqué al vidrio y le grité, silabeando exageradamente:
—¡LA… VENTANA! ¡ROMPE… LA… VENTANA!
Carlos negó con la cabeza frenéticamente. Me señaló el vidrio y golpeó con los nudillos. Vidrio templado. Doble panel. Antirrobo. Antihuracán. Hecho para que nadie entrara. Y ahora, para que nadie saliera.
Me sentí invadido por una ironía tan amarga que casi me río. Habían construido una caja fuerte para vivir y ahora se iban a morir dentro de ella.
—¡Hazte para atrás! —le grité, haciéndole señas con la mano para que se alejaran.
Carlos no entendía. Me miraba con cara de idiota.
—¡QUÍTATE! —rugí, y levanté el piolet amenazadoramente.
Ahí sí entendió. Agarró a su mujer y retrocedieron hacia la oscuridad del pasillo.
Miré mi mano derecha. Temblaba. Maldita sea, cómo temblaba. Si fallaba el golpe, el piolet rebotaría y me daría en la cara. O peor, se me caería de las manos entumidas.
Respiré hondo, tragando aire helado. Cerré los ojos un segundo. Visualicé la roca en la mina. Visualicé el punto exacto donde debía golpear para que la veta se abriera. No es fuerza, Elías. Es precisión. Es maña.
Abrí los ojos. Apreté los dientes.
—¡Vamos! —gruñí.
Lancé el golpe. El pico de acero endurecido del piolet impactó justo en la esquina inferior del ventanal, el punto más débil de cualquier vidrio templado.
CRACK.
El sonido fue seco, como un disparo. Una telaraña blanca se expandió instantáneamente por todo el panel gigante, brillando bajo la luz de mi linterna. Pero no cayó. El laminado de seguridad lo mantenía unido.
—¡Maldita porquería! —grité.
Volví a golpear. Y otra vez. Y otra vez. Mi hombro ardía. Mi mano temblorosa enviaba corrientazos de dolor hasta mi cuello. Pero la rabia me daba gasolina. Rabia contra la tormenta, rabia contra la estupidez humana, rabia contra mi propia vejez.
Al quinto golpe, el centro cedió. Empujé con la bota y el panel entero se vino abajo con un estruendo de cristales rotos cayendo sobre el piso de mármol.
El aire caliente del interior (lo poco que quedaba) salió disparado hacia afuera, y el viento helado entró como un invasor conquistando un castillo.
Entré por el hueco, pisando vidrios. Sombra entró detrás de mí de un salto, sacudiéndose la nieve del lomo.
Carlos estaba ahí, paralizado. Su cara era una máscara de terror. Su esposa lloraba en silencio, abrazándose a sí misma.
—¡Don Elías! —gritó Carlos, con la voz quebrada. Ya no había tono condescendiente. Ya no había “usted trabaja demasiado”. Solo había miedo—. ¡El sistema… todo falló! ¡No podemos salir! ¡Las puertas están bloqueadas electrónicamente!
Lo alumbré a la cara. Estaba pálido, con los labios azules.
—¿Dónde está el niño? —pregunté, sin rodeos.
—Arriba… en su cuarto… tiene mucho frío, no deja de llorar… intentamos prender la calefacción desde el celular pero no hay señal, no hay…
Lo agarré de la solapa de su chamarra cara y lo sacudí.
—¡Cállate! ¡Deja de hablar de tus aparatos! ¡Escúchame bien! Esta casa es un refrigerador. En dos horas van a estar en hipotermia severa. Tienen que venir conmigo.
La mujer, que hasta ese momento parecía catatónica, reaccionó.
—¿Salir? —sollozó—. ¡Pero está horrible allá afuera! ¡Nos vamos a morir!
—Se van a morir si se quedan aquí, señora —le dije con voz dura, la voz que usaba cuando era capataz en la mina—. Mi jacal es feo y viejo, pero tiene fuego. Tiene muros de adobe que guardan el calor. Y tiene comida caliente. Aquí solo tienen hielo y muebles bonitos.
Carlos miró a su alrededor, a su mansión inútil. Luego me miró a mí. A mi ropa sucia, a mi mano temblorosa, a mi perro callejero. Y vi en sus ojos el momento exacto en que su orgullo se rompió.
—¿Qué hacemos? —preguntó, sumiso.
—Busquen al niño. Agarren las cobijas más gruesas que tengan. No ropa, cobijas. Envuélvanse como tamales. Y muévanse rápido. Sombra no tiene paciencia.
Corrieron escaleras arriba. Yo me quedé ahí, en medio de su sala de estar de concepto abierto, sintiendo cómo la nieve empezaba a acumularse sobre sus alfombras persas. Miré una escultura moderna de metal cromado que debió costar más que mi casa entera. Ahora solo servía para reflejar la luz de mi linterna y recordarme lo frágil que es todo esto.
Bajaron cinco minutos después. Carlos cargaba al niño en brazos. El pequeño estaba envuelto en un edredón de plumas, solo se le veían los ojos asustados. La mujer traía una colcha gruesa sobre la cabeza.
—Aten esto a sus cinturas —les ordené, sacando la cuerda de rescate—. Carlos, tú te atas a mí. Tu esposa se ata a ti. Yo voy primero, Sombra abre camino. Nadie se suelta. Si uno cae, caemos todos. ¿Entendieron?
Asintieron. Les temblaban las manos tanto como a mí, pero por miedo.
Salimos por el agujero de la ventana. El regreso fue un infierno. El viento nos pegaba de frente ahora. Teníamos que avanzar inclinados, casi a gatas en algunos tramos.
A mitad de camino, la mujer tropezó y cayó de rodillas. Gritó, pero el viento se tragó su voz. La cuerda se tensó, tirándome hacia atrás. Clavé el piolet en el suelo y aguanté el tirón. Mi espalda gritó de dolor.
—¡Levántate! —le gritó Carlos, jalándola—. ¡Vamos!
Sombra regresó, ladrándole a la mujer en la cara, empujándola con el hocico. No la estaba atacando; la estaba pastoreando. La obligaba a moverse, a no rendirse al sueño dulce y mortal de la congelación.
Llegamos a mi jacal casi arrastrándonos. Cuando abrí la puerta y entramos, el calor nos golpeó como un abrazo de madre. Olía a leña, a café, a perro mojado y a vida.
Cerré la puerta y pasé el cerrojo. El silencio relativo fue una bendición.
Carlos soltó al niño en mi sillón y se dejó caer al suelo, jadeando. La mujer se quitó la colcha y empezó a frotar los brazos del niño.
Yo no dije nada. Fui a la cocina, serví tres tazas de café de olla (tenía unas tazas despostilladas que guardaba para las visitas que nunca llegaban) y saqué la botella de tequila. Les eché un chorro generoso a las dos tazas de los adultos.
Les entregué las tazas. Carlos tomó la suya con las dos manos, temblando tanto que derramó un poco. Le dio un trago largo, hizo una mueca por lo fuerte del alcohol y el café negro, y luego suspiró. Un suspiro largo, profundo, que le salió del alma.
Me miró. Sus ojos estaban rojos, llorosos. Ya no era el ingeniero prepotente. Era un hombre que acababa de verle la cara a la muerte y había sobrevivido gracias a un viejo y a un perro.
—Gracias… —susurró—. Don Elías… yo… no sé qué decir.
Me senté en mi silla de madera, frente a ellos. Sombra se echó junto a la estufa, suspirando contento, y empezó a lamerse las patas heladas.
—No diga nada, vecino —le contesté, acariciando mi mano derecha, que por fin, al calor del fuego, empezaba a calmarse—. Mejor beba. La noche es larga y el gas se acaba, pero la leña… la leña sobra.
Me quedé mirándolos. El niño ya se estaba quedando dormido, con las mejillas sonrosadas por el calor. La mujer recargó la cabeza en el hombro de Carlos.
Pensé en la tecnología. En cómo nos venden la idea de que podemos controlar el mundo con un clic. Pero el mundo es salvaje, es antiguo y no tiene dueño. Y cuando el mundo decide rugir, no hay algoritmo que te salve. Solo te salva lo que es real: el fuego, la lana, el valor y la mano de otro ser humano.
Afuera, la tormenta seguía golpeando, furiosa por haber perdido a sus presas. Pero aquí adentro, en mi jacal humilde y obsoleto, estábamos vivos.
Y eso, pensé mientras le daba un trago a mi café, es la única tecnología que importa.
PARTE 3: EL AMANECER DE LOS HUMILDES Y EL PESO DE LA CENIZA
No sé en qué momento el aullido del viento dejó de ser un grito de guerra para convertirse en un lamento cansado, pero cuando abrí los ojos, el silencio pesaba más que la nieve. Mi viejo reloj de pared, ese que marca las horas con un tic-tac que suena a latido de corazón enfermo, señalaba las seis de la mañana.
No me había movido de la silla de madera en toda la noche. El cuerpo se me había entumido, adoptando la forma rígida del respaldo, y mi mano derecha, la de los tornillos y la vergüenza, palpitaba con un ritmo sordo, como si el metal adentro estuviera reaccionando al magnetismo de la tormenta que pasaba.
Delante de mí, la escena parecía un cuadro pintado por alguien que quisiera explicar la ironía de la vida moderna. En el suelo de tierra apisonada de mi jacal, sobre mis tapetes de lana tejidos a mano por artesanos de Saltillo —esos que Carlos alguna vez miró con curiosidad antropológica pero sin respeto—, dormía la familia del “futuro”.
Carlos, el ingeniero de los algoritmos y la domótica, estaba hecho un ovillo, abrazando sus rodillas, con la boca entreabierta y un hilo de baba cayéndole sobre la camisa de diseñador, ahora arrugada y manchada de hollín. Su esposa, cuyo nombre descubrí entre sollozos era Sofía, dormía con la cabeza apoyada en el flanco de Sombra.
Sí, mi perro, mi Sombra, el animal que jamás deja que un extraño lo toque, se había convertido en la almohada y el calefactor de la mujer que probablemente hubiera llamado a la perrera si lo hubiera visto cerca de su jardín inglés. El perro no se movía, apenas respiraba rítmicamente, consciente de su misión sagrada de mantener el calor en esos cuerpos frágiles. Y en medio de los dos, el niño, Luisito, dormía plácidamente bajo mi cobija más gruesa, esa de cuadros rojos y negros que huele a tabaco y a encierro, ajeno a que su patrimonio de cristal se había hecho añicos unas horas antes.
Me levanté despacio, haciendo tronar las rodillas. El dolor es mi viejo amigo, así que no le hice caso. Me acerqué a la estufa de leña. Las brasas aún brillaban, rojas y vivas, como ojos de demonios atrapados bajo la ceniza. Le eché un par de leños de mezquite. La madera estaba seca y prendió rápido, tronando alegremente, llenando la habitación de ese olor dulce y picante que te recuerda que estás vivo.
Fui a la pequeña cocina. No tengo cafetera italiana, ni cápsulas de aluminio que contaminan el mundo. Tengo una olla de peltre despostillada. Eché agua de la garrafa, un trozo de piloncillo y una vara de canela. Mientras esperaba que hirviera, me asomé por la rendija de la ventana, la única que no estaba tapada por la escarcha.
Lo que vi afuera me robó el aliento, y miren que a mi edad ya pocas cosas me sorprenden.
El mundo había desaparecido. Ya no había camino, no había cercas, no había matorrales. Todo era una sábana blanca, inmaculada y terrible, que cubría la Sierra hasta donde alcanzaba la vista. El sol apenas empezaba a despuntar detrás de los picos, pintando la nieve de un tono violeta y naranja que lastimaba los ojos. Era hermoso. Era una belleza asesina.
Y allá abajo, a unos trescientos metros que ahora parecían trescientos kilómetros, estaba la ruina.
La casa de Carlos. Su fortaleza. Su “Smart Home”. Parecía el esqueleto de una bestia prehistórica devorada por hormigas blancas. El techo de la cochera había colapsado sobre el Tesla y la camioneta. Los ventanales rotos eran bocas negras y chimuelas por donde la nieve había entrado hasta la cocina. Ya no brillaba. Ya no era una nave espacial. Era basura cara. Un monumento a la arrogancia humana desmantelado por una simple nevada norteña.
—Dios santo… —escuché un susurro a mis espaldas.
Me giré. Carlos estaba de pie, tambaleándose un poco. Tenía los ojos hinchados y el cabello revuelto. Se había acercado a la otra ventana y miraba lo mismo que yo.
No le dije nada. ¿Qué le vas a decir a un hombre que está viendo su vida convertida en escombros? Me limité a servir el café en dos tazas de barro.
—Tenga —le dije, extendiéndole una.
Carlos la tomó con ambas manos, como si fuera un cáliz sagrado. Sus manos ya no temblaban por el frío, sino por la realidad.
—Se acabó todo, Don Elías —murmuró, sin quitar la vista de la ventana—. El seguro… no sé si cubra esto. Las cláusulas de desastre natural… la estructura… todo era importado.
—El seguro no cubre la estupidez, vecino —solté. No quería ser cruel, pero la verdad en el norte se sirve cruda—. Pero la casa son piedras y vidrio. Eso se levanta. Usted está aquí, parado, bebiendo café de olla. Su mujer respira. Su hijo sueña. Eso es lo que no tiene precio.
Carlos me miró. Por primera vez vi en sus ojos algo que no era cálculo ni suficiencia. Vi vergüenza. Una vergüenza profunda, de esas que te arden en la cara.
—Me burlé de usted —dijo, bajando la cabeza—. Ayer… le dije que era obsoleto. Le dije que su leña era sucia.
—Y lo es —le contesté, tomando un sorbo de mi café—. Ensucia las paredes, te llena los pulmones de humo si no tienes cuidado, y hay que pararse a cortarla aunque te duela la espalda. Pero calienta, Carlos. Calienta cuando los cables fallan.
—Soy un idiota —sentenció, y se dejó caer en una de las sillas del comedor. Se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar. No era un llanto ruidoso, era ese llanto seco de los hombres que nunca se han permitido ser débiles.
Dejé que llorara. A los hombres nos hace falta llorar más seguido. Nos enseñan que hay que ser de piedra, pero hasta las piedras se parten con el hielo. Me puse a preparar el desayuno. No tenía huevos Benedictinos ni jugos verdes. Tenía huevos de mis gallinas (que gracias a Dios estaban en el corral techado, bien abrigadas), frijoles negros refritos con manteca de puerco y tortillas de harina hechas a mano que guardaba en un trapo bordado.
El olor a comida despertó al resto.
Sofía se incorporó despacio. Al ver a Sombra pegado a ella, se quedó quieta un segundo, con miedo. El perro levantó la cabeza, la miró con esos ojos ámbar que parecen leerte el alma, y le dio un lengüetazo rápido en la mano antes de levantarse y estirarse, haciendo crujir su columna vertebral.
—Buenos días —dijo ella, con la voz pastosa. Se arregló el cabello instintivamente, un gesto de vanidad que me pareció ridículo y conmovedor a la vez.
—Ahí hay agua en la palangana para que se laven la cara —señalé con la barbilla hacia una esquina—. El baño es la caseta de afuera, pero con este frío, mejor usen la bacinica que está detrás del biombo. No es el Ritz, pero funciona.
Sofía miró a Carlos, que se limpiaba las lágrimas apresuradamente. Ella entendió todo sin decir una palabra. Se levantó, fue hacia él y le puso una mano en el hombro. Ese gesto, simple y silencioso, valía más que todas las joyas que seguramente guardaba en su caja fuerte congelada.
El niño, Luisito, se sentó en el suelo, frotándose los ojos.
—Mamá, tengo hambre —dijo, con esa honestidad brutal de los niños—. Y hace frío, pero huele rico.
—Vente, huerco —le dije, poniéndole un plato de peltre en la mesa—. Siéntate. Aquí se come lo que hay y se agradece lo que se tiene.
El desayuno fue una ceremonia extraña. Cuatro personas que no tenían nada en común, unidas por el miedo y las tortillas de harina. Comieron con desesperación. Vi a Carlos, el hombre que probablemente analizaba las calorías de cada bocado, empujar un pedazo de tortilla dentro de los frijoles con manteca y comérselo cerrando los ojos de placer. El hambre es el mejor condimento, decían mis abuelos.
Cuando terminamos, el sol ya estaba alto. La luz entraba por las ventanas con una claridad insultante. Era hora de enfrentar el día.
—Bueno —dije, limpiando el plato con el último pedazo de tortilla—. La tormenta pasó, pero el frío se queda. Estamos a menos diez grados. No va a haber luz en días, quizás semanas. Los postes de la carretera deben estar en el suelo.
—¿Tenemos señal de celular? —preguntó Sofía, sacando su teléfono del bolsillo. Estaba muerto.
—Aunque tuviera batería, señora, las antenas funcionan con electricidad. Estamos solos.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Carlos, ya con un tono más práctico, aunque todavía con miedo en la voz.
—Sobrevivir, vecino. Y trabajar. Aquí el que no trabaja, no se calienta.
Me puse de pie y fui al cuarto de herramientas. Saqué otra hacha, una más ligera que la mía, pero con buen filo. También saqué una pala de nieve y unas escobas de vara.
—Carlos, usted viene conmigo —le ordené, lanzándole unos guantes de carnaza viejos—. Vamos a tener que cortar más leña. La que tengo adentro no nos dura dos días con la estufa a todo lo que da. Y hay que despejar la entrada y revisar los generadores de gasolina.
—Yo… yo nunca he cortado leña —confesó, mirando el hacha como si fuera un artefacto alienígena.
—Pues hoy aprende. Es fácil. Es física. Usted es ingeniero, ¿no? Calcule el ángulo, use la gravedad. Y no se corte un pie.
—¿Y nosotras? —preguntó Sofía, abrazando al niño.
—Usted, señora, si quiere ser útil, ayúdeme a desgranar el maíz que está en los costales de allá. Y revise las cobijas, si alguna está húmeda, póngala cerca del fuego pero no tanto que se queme. Luisito, tú encárgate de que Sombra no se aburra. Tírale esa pelota de trapo.
Salimos al aire helado. El contraste térmico fue un golpe, pero ya no se sentía mortal como en la noche. El cielo era de un azul profundo, casi irreal. El aire estaba tan limpio que dolía respirarlo.
Caminamos hacia la leñera trasera. La nieve nos llegaba a las rodillas. Carlos caminaba torpemente, resbalando. Sus botas de diseñador no tenían agarre. Tuve que sostenerlo del brazo un par de veces con mi mano buena.
—Mire —le dije, señalando un tronco de encino seco—. Esto es madera dura. Arde lento y caliente. Pero es difícil de partir si no le tiene respeto.
Puse un tronco sobre el tajo. Levanté mi hacha, la vieja, la pesada. Sentí el dolor en mi mano derecha, el metal vibrando, pero mi memoria muscular tomó el control. Dejé caer el hacha. ¡CRACK! El tronco se partió en dos mitades perfectas, oliendo a savia y tiempo.
—Inténtelo —le dije, poniendo otro tronco.
Carlos levantó el hacha. Lo hizo con miedo, tensando los hombros. Bajó el golpe. El hacha rebotó inofensivamente en la corteza y casi se le escapa de las manos.
—No, no, no. Está peleando con la madera. No pelee. Use el peso de la cabeza del hacha. Deje que la herramienta haga el trabajo. Usted solo guíela.
Estuvimos ahí una hora. Al principio, Carlos era un desastre. Sudaba a pesar del frío, jadeaba, maldecía en voz baja. Pero poco a poco, empezó a entender. Empezó a dejar de pensar en algoritmos y a sentir el peso del acero. Cuando logró partir su primer tronco limpio, vi una sonrisa en su cara. No una sonrisa de foto de perfil de LinkedIn, sino una sonrisa real, animal, de satisfacción primitiva.
—Se siente… bien —dijo, respirando agitado, viendo el vapor salir de su boca.
—Se siente honesto —corregí—. Cada leño que corta es una hora de calor para su hijo. Eso es más real que cualquier número en una cuenta de banco.
Mientras apilábamos la leña cortada, Carlos se detuvo y miró hacia su casa destruida de nuevo.
—Don Elías… —empezó, dudoso—. ¿Por qué nos ayudó? Fui un pendejo con usted. Fui arrogante. Me burlé de su vida. Cualquiera me hubiera dejado congelarme para darme una lección.
Me apoyé en el mango de mi hacha y miré hacia el horizonte, donde un águila real trazaba círculos en el cielo buscando alguna presa que hubiera sobrevivido a la helada.
—Mire, Carlos. En la ciudad, ustedes tienen el lujo de odiarse. Tienen muros, tienen abogados, tienen policías. Aquí arriba, en la Sierra, el odio es un peso que no puedes cargar cuando hay que subir la cuesta. Si yo lo dejaba morir, el fantasma de su hijo me iba a perseguir cada vez que el viento soplara en las noches. Y además… —hice una pausa y me toqué la mano derecha, la del guante—. Yo sé lo que es estar atrapado. Sé lo que es gritar y que nadie te escuche.
—¿Lo de la mina? —preguntó con cautela.
—Pasta de Conchos, hace muchos años. No esa vez famosa, otra antes, más pequeña, que no salió en las noticias. Se derrumbó una galería. Quedamos tres atrapados. Dos murieron. Yo aguanté tres días en la oscuridad, con la mano aplastada bajo una roca, bebiendo agua que escurría del techo.
Carlos palideció.
—Nadie venía —continué, mi voz se endureció al recordar—. La empresa decía que era inseguro bajar. Los ingenieros, gente con títulos como el suyo, decían que los cálculos indicaban que ya estábamos muertos. Pero un grupo de mineros viejos, de esos que ya estaban jubilados, se metieron por un ducto de ventilación abandonado. Sin permiso, sin equipo moderno. Solo con picos y huevos. Me sacaron.
Me quité el guante derecho. Mostré la mano. Los dedos están chuecos, las cicatrices cruzan la piel como mapas de carreteras viejas. Tiembla siempre, como si todavía tuviera miedo.
—Me sacaron porque para ellos, la vida de un compadre valía más que el protocolo de seguridad. Así que no me venga con agradecimientos, Carlos. Solo estoy devolviendo el favor que el universo me hizo hace treinta años. Se llama cadena de favores, o karma, o como quiera llamarle su gente de yoga. Aquí le llamamos ser gente.
Carlos no dijo nada. Se quitó su propio guante y, con una solemnidad que no esperaba, estrechó mi mano deforme. Su apretón fue firme. Ya no había lástima en su tacto, había respeto.
—Gracias por ser gente, Don Elías.
Regresamos al jacal cargados de leña. Al entrar, la escena había cambiado. Sofía estaba sentada en el suelo con el niño, desgranando maíz. Tenía las manos llenas de polvo blanco y una mazorca en la mano. Se reía de algo que decía Luisito.
—¡Papá! —gritó el niño al vernos—. ¡Mira! El señor Elías tiene un gato escondido.
Me reí.
—No es un gato, chamaco. Es un tlacuache que vive en el tapanco. Se llama Eustaquio y si no lo molestas, él no te molesta. Se come las arañas.
La mañana pasó entre tareas. Revisamos el generador. Logré hacerlo arrancar para cargar unas lámparas y, milagrosamente, el radio de onda corta empezó a captar señal más clara.
—…Atención, atención a todas las comunidades de la Sierra de Arteaga y Santiago. Se reportan temperaturas históricas. La carretera 57 está cerrada en el tramo de Los Chorros por cristalización. El ejército está implementando el plan DN-III-E. Se pide a la población mantener la calma y no salir si no es necesario…
La voz del locutor sonaba lejana, mezclada con estática, pero era la voz de la civilización.
—No van a llegar hoy —dije, apagando el radio para ahorrar batería—. Con la carretera cerrada, las máquinas tardarán dos días en subir hasta acá.
—Dos días… —suspiró Sofía. Pero ya no había pánico en su voz. Había resignación.
—Tenemos comida —dije—. Tenemos leña. Tenemos techo. He pasado semanas peores aislado aquí arriba. Lo único que me preocupa es el agua. Las tuberías deben estar reventadas. Hay que derretir nieve.
Y así, la familia moderna aprendió la lección más antigua de la humanidad: el agua no sale de la pared, el agua cuesta trabajo.
Pasamos la tarde derritiendo nieve en ollas grandes sobre la estufa. Fue un proceso lento. Llenar una cubeta de agua potable requería cinco cubetas de nieve. Carlos y Sofía trabajaron codo a codo, turnándose para salir a palear nieve limpia y meterla a la casa. Los vi trabajar juntos por primera vez. Sin teléfonos, sin distracciones. Se hablaban, se coordinaban.
—Cuidado, que está caliente esa olla —le decía él.
—Pásame el trapo, no seas atrabancado —le contestaba ella.
Parecían más pareja ahora, con las caras sucias y el pelo revuelto, que cuando llegaron en su camioneta de lujo.
Al caer la noche, el viento volvió a soplar, pero ya no era la tormenta. Era solo el viento normal de la montaña, frío y constante. Cenamos otra vez frijoles, ahora acompañados de un poco de machaca que tenía guardada.
Después de cenar, saqué una botella de sotol. Es más fuerte que el tequila, sabe a tierra y a desierto.
—Esto es para los valientes —dije, sirviendo tres vasitos. Incluso a Sofía le di uno.
Brindamos en silencio. El calor del alcohol nos relajó los músculos adoloridos.
Luisito ya dormía, abrazado a Sombra. El perro, traidor, parecía haber adoptado al niño. Permitía que el pequeño le jalara las orejas y le usara la panza de tambor.
—Don Elías —dijo Sofía, jugando con su vasito—. Cuando todo esto pase… cuando volvamos a la ciudad…
—No prometa nada, señora —la interrumpí suavemente—. La gente de ciudad siempre promete cosas cuando tiene miedo o cuando está agradecida. “Vendremos a visitarlo”, “le traeremos un regalo”. Luego bajan, se conectan a su internet, el tráfico los atrapa, las deudas los llaman, y se olvidan del viejo del monte. Es normal. No me ofendo.
—No —dijo ella, con firmeza, mirándome a los ojos. Tenía los ojos claros, del color de la miel, y brillaban a la luz de las velas—. Esta vez no. Esa casa… esa casa de allá enfrente, ya no la quiero. Era fría incluso antes de que se congelara. Era un museo, no un hogar. Vamos a venderla. O a reconstruirla, pero diferente. Con piedra. Con madera. Con chimenea.
Carlos asintió, mirando el fuego.
—Tiene razón. Estábamos jugando a ser dioses, queriendo controlar el clima con una app. Me olvidé de que aquí, nosotros somos los invitados. La montaña es la dueña.
—La montaña no tiene dueños, Carlos —corregí—. La montaña nos presta un pedacito de tierra por un ratito. Si la tratas bien, te deja vivir. Si la insultas, te sacude como a una pulga.
El silencio se hizo cómodo. No había necesidad de llenar el espacio con palabras vacías.
De repente, Sombra levantó la cabeza y gruñó suavemente hacia la puerta.
Me tensé. Mi mano fue instintivamente hacia el piolet que tenía recargado en la pared.
—¿Qué pasa? —susurró Carlos, alarmado.
—Shhh.
Escuché. Motores. Motores pesados, diésel. Rugiendo a lo lejos, peleando contra la nieve. Y luces. Un resplandor amarillo barrió la ventana.
Me levanté y abrí la puerta. El aire frío entró, pero esta vez traía el sonido inconfundible de maquinaria pesada.
A lo lejos, por el camino principal, venía un Unimog del ejército, un camión monstruo capaz de trepar paredes, seguido de una máquina quitanieves.
—Llegaron —dije.
Carlos y Sofía corrieron a la puerta. Se abrazaron al ver las luces. Gritaron y agitaron los brazos, aunque los soldados no podían verlos todavía.
—¡Estamos aquí! ¡Aquí!
Yo me quedé atrás, en el marco de la puerta, con Sombra a mi lado. Sentí una punzada extraña en el pecho. Alivio, sí. Pero también una pizca de soledad anticipada. Mi jacal volvería a estar vacío. El silencio volvería a ser mi único compañero.
El camión se detuvo frente a mi entrada, iluminando todo con sus faros potentes. Bajaron tres soldados con uniformes de camuflaje invernal y cascos.
—¡Buenas noches! ¿Se encuentran bien? —gritó el oficial al mando.
—¡Sí! —respondió Carlos, corriendo hacia ellos, hundiéndose en la nieve pero sin importarle—. ¡Estamos todos bien! ¡Gracias a él!
Señaló hacia mí.
El oficial se acercó, caminando con dificultad. Me miró, miró mi jacal humilde, miró a la familia de ciudad vestida con harapos y mantas.
—Señor —me saludó el soldado, llevándose la mano a la sien—. ¿Es usted Don Elías Mondragón?
—El mismo —respondí.
—Teníamos reporte de personas atrapadas en la zona residencial. No pensamos encontrarlos aquí. Buen trabajo, señor.
Ayudaron a la familia a subir al camión. Tenían mantas térmicas, termos con chocolate caliente militar, médicos.
Carlos subió a Luisito y ayudó a Sofía. Antes de subir él, se detuvo. Caminó de regreso hacia mí. Los soldados lo miraban con impaciencia, pero él los ignoró.
Se paró frente a mí. Sacó algo de su bolsillo. Era su reloj inteligente. Ese que valía más que mi camioneta. Estaba apagado, muerto, inútil.
—Téngalo —me dijo, poniéndolo en mi mano buena—. No sirve para nada ahorita. Pero véndalo. Saque el oro que tiene adentro. Compre… no sé, compre más leña. O mejor, compre ese generador solar que me dijo que no fallaba.
—No quiero su basura cara, Carlos —le dije, intentando devolvérselo.
—No es basura, Don Elías. Es un recordatorio. Para que se acuerde de que usted le ganó a la máquina. Por favor. Acéptelo.
Cerré la mano sobre el reloj. Pesaba.
—Váyase ya, que el niño tiene frío.
Carlos me dio un abrazo. Un abrazo torpe, rápido, pero fuerte.
—Volveré —dijo—. Y traeré tequila del bueno. No esa gasolina que nos dio anoche.
Se subió al camión. El motor rugió, escupiendo humo negro. El vehículo dio la vuelta con dificultad y empezó a descender por el camino que la quitanieves había abierto.
Me quedé ahí parado hasta que las luces rojas traseras desaparecieron en la curva. Sombra se sentó a mi lado y soltó un aullido largo, despidiéndose de sus nuevos amigos.
—Se fueron, Sombra —le dije, rascándole detrás de las orejas—. Se fueron a su mundo de asfalto y prisas.
Entré al jacal. Se sentía enorme ahora. Vacío. Las tazas sucias estaban en la mesa. Las cobijas revueltas en el suelo. El olor a perfume caro de Sofía todavía flotaba en el aire, mezclándose con el humo de la leña.
Me senté en mi silla. Mi mano derecha empezó a temblar de nuevo. La adrenalina se había ido y el dolor regresaba.
Miré el reloj inteligente en mi otra mano. Lo puse sobre la mesa, junto a mi vieja linterna de baterías D. La tecnología y la maña. El futuro y el pasado.
Me levanté y eché el último leño a la estufa. El fuego crepitó, agradecido.
Me serví el último trago de sotol.
—Salud, Carlos —murmuré a la soledad—. Ojalá aprendas que el fuego no se compra, se hace.
Me acerqué a la ventana una última vez. La casa de cristal seguía allá abajo, oscura, rota, vencida. Pero la nieve había dejado de caer. El cielo estaba lleno de estrellas, brillantes, frías, eternas. Esas estrellas que solo se ven cuando se apagan las luces falsas de los hombres.
Sombra suspiró y se echó a dormir en su tapete, cerrando los ojos con la tranquilidad de quien sabe que hizo su trabajo.
Yo me quedé despierto un rato más, escuchando el silencio, ese silencio hermoso y terrible de la Sierra, sabiendo que mañana, cuando saliera el sol, tendría mucho trabajo que hacer. Pero por hoy, estábamos vivos. Y eso, como dicen en mi pueblo, ya es ganancia.
PARTE FINAL: LA MEMORIA DEL HIELO Y EL RENACER DE LA PIEDRA
Los faros rojos del camión militar se desvanecieron en la curva, tragados por la oscuridad y la nieve, dejando tras de sí un silencio que zumbaba en los oídos. No era el silencio pacífico de antes, ese que uno busca cuando sube a la Sierra para escapar del ruido de los escapes y las sirenas; era un silencio hueco, como el que queda en una casa después de un velorio, cuando los dolientes se han ido y solo quedan las sillas vacías y el olor a cera quemada.
Me quedé parado en el umbral de mi puerta, con el frío mordiéndome la cara, mirando hacia la nada. Sombra, mi fiel pastor alemán, se restregó contra mi pierna buena, soltando un gemido bajo que no era de dolor, sino de confusión. Él también sentía la ausencia. En menos de veinticuatro horas, mi jacal, mi santuario de soledad, se había llenado de voces, de miedos ajenos, de risas infantiles y de ese olor dulzón a perfume caro que todavía flotaba en el aire, peleando contra el aroma honesto de la leña de mezquite.
—Ya se fueron, amigo —le murmuré al perro, cerrando la puerta con el cerrojo de hierro forjado—. Se fueron a su mundo de asfalto.
Entré y el vacío me golpeó. Las tazas de barro seguían en la mesa, con los restos de café secándose en el fondo. Las cobijas, esas que guardaban el calor de cuerpos que no estaban acostumbrados al invierno, yacían hechas un lío en el suelo. Me senté en mi silla, la de siempre, y mi mano derecha, la de los dedos chuecos y el metal adentro, empezó a palpitar con violencia. La adrenalina es una droga poderosa, te hace sentir joven y fuerte mientras dura el peligro, pero cuando se va, te cobra la factura con intereses. Y esa noche, la factura era alta.
Miré el reloj inteligente de Carlos sobre la mesa. Una pantalla negra, muerta, un pedazo de vidrio y silicio que valía más que todo lo que yo poseía, pero que no había servido para calentar una sola taza de agua. Lo empujé con desdén hacia un lado. No era un trofeo; era una lápida.
Los días siguientes fueron una prueba de resistencia distinta. La tormenta pasó, pero dejó la Sierra herida. La nieve, que al principio parecía una sábana blanca e inocente, se convirtió en una trampa de hielo sucio. No hubo luz eléctrica durante dos semanas. El silencio de la radio de onda corta se rompía a veces con noticias desalentadoras: gente que no tuvo la suerte de tener una estufa de leña, ganado congelado en los potreros, techos de lámina vencidos por el peso. Yo escuchaba, bebía mi café y acariciaba a Sombra, agradeciendo a la vieja mina por haberme enseñado que la oscuridad no mata, lo que mata es el pánico.
Durante esas semanas, me dediqué a observar la casa de enfrente. La “Smart Home”. Con la luz del día y el deshielo lento, la ruina se veía aún más patética. Los ventanales rotos parecían ojos vacíos llorando lágrimas de agua sucia. El techo de la cochera seguía aplastando los vehículos de lujo, que ahora, cubiertos de ramas y lodo, parecían fósiles de una era tecnológica fallida. Vi llegar a los ajustadores de seguros, hombres de ciudad con zapatos inadecuados que resbalaban en el fango, tomando fotos con sus tablets y moviendo la cabeza con desaprobación. Nadie se acercó a mi jacal. Para ellos, yo solo era parte del paisaje, un viejo loco en una choza que no valía la pena asegurar.
Y luego, llegó la primavera.
En la Sierra, la primavera no llega con flores delicadas; llega con violencia. El hielo se rompe, los arroyos secos se convierten en torrentes de agua marrón que arrastran piedras y troncos, y la tierra despierta hambrienta. El verde brota entre las rocas con una fuerza que da miedo.
Una tarde de abril, cuando el sol ya calentaba lo suficiente para trabajar en mangas de camisa, escuché un motor. No era el zumbido eléctrico de antes, ni el rugido diésel del ejército. Era un motor de gasolina, un V8, tosiendo un poco al subir la cuesta empinada.
Sombra ladró, pero no con agresividad, sino con esa curiosidad de perro que reconoce un ritmo familiar. Me asomé. Una camioneta Ford vieja, de esas cuadradas de los noventa, color rojo óxido, se estacionó frente a la ruina de la casa de cristal.
Se bajó un hombre. Llevaba botas de trabajo, pantalones de mezclilla gastados y una camisa de franela a cuadros. Traía barba de varias semanas y una gorra de béisbol. Me tomó un momento reconocerlo. Era Carlos.
No el Carlos de la ropa de marca inmaculada y el tono condescendiente. Era un Carlos más delgado, más quemado por el sol, con las manos metidas en los bolsillos de una forma que me recordaba a mí mismo.
Cruzó el camino de tierra que nos separaba. Sombra corrió a su encuentro. Pensé que le ladraría, pero el perro, traidor como siempre, le movió la cola y dejó que el hombre le rascara la cabeza.
—Buenas tardes, Don Elías —dijo Carlos, deteniéndose a unos metros de mi cerca de alambre de púas.
—Buenas tardes —respondí, sin soltar la azada con la que estaba limpiando la mala hierba—. Pensé que no volvería. La gente de ciudad suele tener mala memoria.
Carlos sonrió, una sonrisa torcida, sin la arrogancia de antes.
—Le prometí tequila del bueno —dijo, levantando una botella de Don Julio 70 que traía en la otra mano—. Y le prometí que no sería gasolina como su sotol.
Solté una carcajada seca.
—Pásale, pues. El sotol mata las bacterias, pero el tequila alegra el espíritu.
Nos sentamos en el porche de mi jacal, en dos sillas de mimbre que rechinaban. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de colores que ninguna pantalla 4K podría imitar. Carlos sirvió dos vasos. Bebimos en silencio el primer trago. Quemaba rico, bajaba suave.
—¿Cómo están Sofía y el huerco? —pregunté, rompiendo el hielo.
—Bien. Luisito pregunta por Sombra todos los días —dijo Carlos, mirando al perro que dormitaba a nuestros pies—. Sofía… Sofía cambió. Después de esa noche, algo se le rompió adentro, pero para bien. Vendió la mitad de su ropa. Dice que le pesaba. Estamos… estamos mejor. Más reales.
—El miedo acomoda las prioridades, vecino.
Carlos asintió y señaló con el vaso hacia las ruinas de su casa enfrente.
—El seguro declaró pérdida total. Estructuralmente inservible. Dijeron que los materiales no eran aptos para el clima extremo, que la cimentación se vio comprometida por el congelamiento del suelo.
—Se lo dije —murmuré—. Pero nadie escucha a los viejos hasta que el techo se les cae encima.
—Lo sé. Por eso estoy aquí.
Me giré para mirarlo. Tenía esa mirada de determinación que había visto cuando partió su primer leño aquella mañana.
—No voy a vender el terreno, Don Elías. Me gusta la vista. Me gusta el aire. Y me gusta saber que si todo se va al carajo, tengo un vecino que sabe usar un piolet. Voy a reconstruir.
—¿Otra caja de zapatos de cristal? —pregunté con sorna—. Porque si es así, avíseme para ir juntando leña desde ahorita para el próximo invierno.
—No —negó con la cabeza—. Quiero construir una casa. Una casa de verdad. Piedra. Adobe. Madera. Techos inclinados para la nieve. Una chimenea que funcione, no una de gas decorativa. Quiero… quiero que usted me ayude.
Me quedé callado. Miré mis manos. La derecha seguía chueca, seguía temblando, pero seguía siendo fuerte. Yo había sido capataz. Sabía de estructuras, de cargas, de resistencia de materiales. Pero sobre todo, sabía de la Sierra.
—Yo cobro caro, ingeniero —le dije, probándolo—. Y no acepto relojes inteligentes ni transferencias electrónicas.
Carlos se metió la mano al bolsillo de la camisa y sacó una libreta pequeña y un lápiz.
—No espero que lo haga gratis. Pero necesito que me enseñe. No quiero contratar a una constructora que venga y monte todo en dos semanas. Quiero hacerlo yo. Bueno, contratar gente local, albañiles de aquí, pero quiero entender cómo se pone cada piedra. Quiero saber por qué el adobe guarda el calor. Quiero ganarme el derecho a vivir aquí.
Esa frase me llegó. “Ganarse el derecho”. En la montaña, nada es gratis. Ni el agua, ni el calor, ni la vida. Todo se paga con sudor o con sangre.
—Está bien —dije, terminando mi tequila—. Pero vamos a dejar una cosa clara. Aquí yo soy el capataz. Usted puede tener todos los títulos de ingeniería que quiera, pero aquí arriba, su título no sirve para espantar a los osos ni para mezclar la cal. Si yo digo que una piedra va ahí, va ahí. Si digo que paramos porque viene lluvia, paramos. ¿Trato?
Carlos extendió la mano.
—Trato hecho, capataz.
Lo que siguió fue un verano y un otoño que recordaré mientras tenga memoria. La construcción de la nueva casa no fue rápida. Fue lenta, ruidosa y llena de polvo. Contratamos a tres muchachos del pueblo de San Antonio, gente recia, de esa que carga bultos de cemento como si fueran almohadas.
Ver a Carlos intentar seguirles el ritmo fue, al principio, motivo de comedia. Terminaba los días con las manos llenas de ampollas, la espalda quemada por el sol y caminando como si le hubieran dado una paliza. Pero no se rajó. Nunca se rajó.
Sofía y Luisito subían los fines de semana. La mujer que había llegado envuelta en abrigos de piel sintética ahora traía botas de lluvia y ayudaba a preparar la mezcla o a traer agua. Luisito se convirtió en la sombra de Sombra. Ver al niño correr entre los montones de arena y piedra, sucio de pies a cabeza, gritando de alegría, me devolvió algo que yo creía muerto: la esperanza en la siguiente generación.
Hubo un día, a mediados de agosto, en que estábamos levantando el muro principal, el que daría la cara al viento del norte. Era un muro doble de piedra brasa, con cámara de aire en medio para aislar.
Carlos estaba intentando acomodar una piedra grande, irregular. La giraba, la empujaba, pero no asentaba bien. Se estaba frustrando.
—No la fuerce —le grité desde el andamio—. La piedra tiene su lado, igual que la gente. Búsquele la cara. Si no quiere entrar, es porque no pertenece ahí. Busque otra.
Carlos se detuvo, respiró hondo, se secó el sudor de la frente con el antebrazo y miró la piedra. La dejó a un lado y tomó otra más pequeña, más plana. Esa entró perfecta, clack, como si hubiera estado esperando mil años para ocupar ese lugar.
Me miró y sonrió. Ya no era la sonrisa de satisfacción primitiva de aquel día de la leña; era una sonrisa de entendimiento. Estaba aprendiendo el lenguaje de las cosas simples.
Para octubre, la casa estaba techada. No era una mansión. Era una casa sólida, baja, pegada al suelo como un animal agazapado. Tenía ventanas, sí, pero de tamaño decente, con contraventanas de madera gruesa para cerrar cuando el cielo se pusiera negro.
La inauguración no fue una fiesta de cóctel con canapés. Fue una carne asada en el patio, con los albañiles, su familias, Carlos, Sofía, Luisito y yo. Hubo música norteña, hubo cerveza fría y hubo historias.
Ya entrada la noche, cuando los albañiles se habían ido y Luisito dormía en su nuevo cuarto (esta vez bajo un techo de vigas de madera y no de plafón falso), Carlos y yo nos quedamos frente a la chimenea. El fuego rugía dentro, un monstruo domesticado que calentaba la sala de estar empedrada.
—Gracias, Elías —me dijo. Ya no me decía “Don”, y eso me gustaba más. El respeto estaba en el tono, no en el título.
—No me agradezca. La casa la levantó usted. Yo solo le grité para que no la cagara.
Carlos se rio y miró el fuego.
—¿Sabe? Aquella noche… la noche de la tormenta. Cuando estábamos en su jacal. Me sentí más inútil que nunca en mi vida. Todo lo que creía que me daba valor, mi dinero, mi puesto, mi tecnología… todo se desvaneció. Me di cuenta de que era un niño jugando a ser hombre.
—Todos somos niños cuando la naturaleza se enoja, Carlos. La diferencia es que algunos aprenden a no llorar y a buscar abrigo. Usted aprendió.
—Tengo algo para usted —dijo, levantándose.
Fue a un mueble de madera rústica y sacó una caja pequeña. Me la entregó.
La abrí. Adentro había una navaja. Pero no cualquier navaja. Era una Case de hueso, de esas gringas antiguas, con el acero de damasco. Una herramienta para toda la vida.
—Vi que la suya ya estaba muy gastada —dijo, señalando mi bolsillo donde siempre cargaba mi vieja navaja de muelle vencido—. Y… mandé a grabar algo en la hoja.
Saqué la navaja y la acerqué a la luz del fuego. En la hoja, con letras minúsculas pero claras, decía: “Al que sabe escuchar el silencio”.
Sentí un nudo en la garganta. Soy un viejo duro, curtido por el carbón y la soledad, pero hay gestos que te doblan.
—Está bonita —dije, con la voz ronca, probando el filo con el pulgar—. Corta hasta el aire.
—Es suya. Y… el reloj. El reloj inteligente. ¿Qué hizo con él?
Sonreí.
—Venga, le enseño.
Salimos al porche. La noche estaba fresca, anunciando que el invierno venía de nuevo, pero esta vez no había miedo. Caminamos hasta la entrada de mi propiedad, donde empieza el camino vecinal.
Ahí, clavado en el poste principal de la cerca, un poste de mezquite viejo y torcido, estaba el reloj. Lo había clavado con un clavo de ferrocarril atravesando la pantalla y el chasis de titanio. Estaba oxidado, roto, muerto.
—Ahí se queda —le dije, alumbrándolo con mi linterna—. Como un espantapájaros. Para que cuando venga la muerte o la soberbia a tocar a mi puerta, vean eso y sepan que aquí no compramos espejitos. Que aquí el tiempo se mide con el sol, no con baterías.
Carlos miró el reloj crucificado y luego me miró a mí. Asintió solemnemente.
—Un buen recordatorio.
El invierno llegó dos semanas después. Una nevada fuerte, no tanto como la de la tormenta histórica, pero suficiente para cubrir todo de blanco.
Esa noche, estaba yo en mi jacal, leyendo un libro viejo. Sombra dormía a mis pies. De pronto, escuché un sonido familiar.
Tic… Tic… Tic…
No era mi reloj de pared.
Me levanté y me asomé a la ventana. Al otro lado del camino, en la casa de piedra de Carlos, vi humo saliendo de la chimenea. Una columna gris y densa que subía recta hacia el cielo estrellado. Y vi una luz en la ventana. No una luz azul fría de LED. Una luz cálida, anaranjada.
Y entonces lo vi. Carlos salió a su porche. Llevaba una chamarra gruesa. Levantó la mano y saludó hacia mi casa, aunque probablemente no podía verme en la oscuridad. Pero sabía que yo estaba ahí.
Levanté la mano y saludé de vuelta.
Sombra se levantó, se puso las patas en el alféizar de la ventana y miró también. Ladró una vez. Un ladrido corto y seco.
—Sí, muchacho —le dije, rascándole el lomo—. Ya no estamos solos. Pero esta vez… esta vez es buena compañía.
Regresé a mi silla. Mi mano derecha temblaba un poco, por el frío, pero ya no me dolía tanto. Tal vez era el tequila, tal vez era la edad, o tal vez era saber que al otro lado del camino había alguien que entendía que el fuego no se compra, se hace.
Me serví un último café de olla, miré las brasas de mi estufa y pensé en la ironía de la vida. Ellos vinieron buscando el futuro y encontraron el pasado. Yo me estaba preparando para morir solo y encontré una familia. La montaña nos rompió a todos, es cierto, pero como dicen los japoneses de esas vasijas rotas que pegan con oro: a veces, lo que se rompe y se repara es más fuerte y más hermoso que lo que nunca sufrió un rasguño.
Cerré los ojos, escuchando el viento cantar afuera, sabiendo que mi jacal aguantaría, que la casa de enfrente aguantaría, y que cuando el sol saliera mañana, habría nieve que palear, leña que cortar y café que compartir. Y eso, para un viejo minero que alguna vez estuvo enterrado tres días en la oscuridad, era suficiente. Era todo.
El eco de la montaña ya no me devolvía mi propia voz solitaria. Ahora me devolvía el sonido de la vida, tenaz y terca, aferrándose a la piedra bajo la nieve.
—Descansa, Sombra —susurré, apagando la lámpara de petróleo.
El perro suspiró en la oscuridad, un sonido de paz absoluta.
Y así, bajo el manto de estrellas frías y eternas, el viejo y el perro durmieron, mientras afuera, el mundo seguía girando, indiferente a nosotros, pero ya no ajeno. Porque ahora, éramos parte de él. Éramos piedra. Éramos raíz. Éramos gente.
FIN.