Lo que la lluvia no pudo lavar esa noche El miedo tiene un sabor metálico, como a sangre y lluvia sucia. Lo probé esa madrugada cuando me vi rodeada por esos tipos. Pensé en mi familia, en que no llegaría a casa. Pero en este país surrealista, la ayuda llega de donde menos esperas. Me salvó un hombre al que la sociedad llama “vagabundo”, un desecho. Pero mientras nos escondíamos temblando en ese edificio abandonado, descubrí el secreto que escondía bajo su abrigo viejo. No era un indigente cualquiera; era un hermano de sangre azul que la vida tiró a la calle, y esa noche, decidió ser policía una vez más.

Nunca imaginé que el olor a humedad y basura vieja sería lo que me salvaría la vida.

Soy Valeria. Llevo cinco años en la corporación, patrullando las calles, creyendo que me las sé de todas todas. He lidiado con borrachos, con raterillos de celular y pleitos de vecindad. Pensé que tenía callo. Pero el barrio tiene reglas que no vienen en el manual, y esa noche, la lluvia me jugó chueco.

El agua caía como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos, lavando las banquetas pero dejando esa vibra pesada, de pecado, que se siente en la nuca. Me metí en un callejón sin salida, un error de novata o de confiada. De pronto, el sonido de la lluvia se perdió bajo el rugido de varios motores. Eran ellos.

Motos. Muchas.

Las luces de los faros rebotaban en los charcos y me cegaban. Sabía quiénes eran; esas bandas no se andan con juegos y yo estaba sola, regalada en su territorio. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta. El pánico es frío, compas, te congela la espalda cuando sabes que ya valió.

Intenté echar mano al radio, pero ni señal había. Estaba acorralada.

De la nada, sentí un jalón fuerte. Una mano áspera y sucia me tapó la boca antes de que pudiera gritar. Mi entrenamiento me dijo “defiéndete”, “patea”, “dispara”. Iba a darle un codazo con todo lo que tenía, pensando que era uno de ellos, cuando sentí su aliento cerca de mi oreja.

—No hables, o nos matan a los dos —susurró.

No era una voz de amenaza. Era una voz firme, tranquila, de alguien que sabe mantener la calma cuando todo se está yendo al carajo.

—Te estoy salvando la vida, oficial. Este lugar está muy caliente para usted sola. Venga conmigo.

Me quedé helada. No por el miedo, sino por el tono. Me arrastró hacia la oscuridad de un edificio en obra negra, lejos de las luces de las motos que pasaban chicoleando a metros de nosotros.

Ahí, entre escombros y goteras, pude verlo bien por primera vez. Ropa desgastada, olor a calle, barba de meses… parecía uno de tantos indigentes que ignoramos todos los días. Pero sus ojos… sus ojos no eran de vagabundo. Me miraban evaluando la situación, checando salidas, calculando riesgos.

—¿Por qué? —le pregunté temblando, más por la adrenalina que por el frío—. ¿Por qué se arriesgó por mí?.

El hombre se acomodó el abrigo roído, juntó las manos con una calma que me dio escalofríos y me soltó la verdad que me dejó sin aire:

—Porque yo también portaba esa placa, compañera.

PARTE 2: LA LARGA NOCHE EN EL PURGATORIO DE CONCRETO

Esa frase se quedó flotando en el aire viciado del edificio, pesada como una lápida: «Porque yo también portaba esa placa, compañera».

Me quedé mirándolo, tratando de encontrar en ese rostro curtido por el sol y la mugre algún rastro de lo que decía ser. Afuera, la lluvia seguía golpeando con furia, pero adentro, el silencio que se formó entre nosotros era más ruidoso que los truenos. Mi cerebro de policía, ese que te entrenan para desconfiar hasta de tu propia sombra, buscaba la mentira. Buscaba el fallo en su historia. Porque, seamos honestos, en Bagsmundo cualquiera te inventa un cuento chino para sacarte un billete o para que bajes la guardia y te metan un fierro en las costillas.

Pero había algo en su postura. No era la postura de un teporocho que se doblaba ante el frío. Estaba en cuclillas, con la espalda recta, los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en la entrada del edificio, vigilando. Esa posición… esa maldita posición de «espera táctica». La conocía. La había visto mil veces en los vestidores de la comisaría, en los veteranos que se fumaban un cigarro antes de salir a partirse la madre.

—No mames… —se me escapó, un susurro que apenas raspó mi garganta seca.

El hombre no volteó. Simplemente levantó un dedo sucio, con la uña negra de tierra, y se lo llevó a los labios.

—Shhh. Aguanta, pareja. Todavía están oliendo el rastro —murmuró. Su acento era chilango, de barrio, pero tenía esa cadencia seca y autoritaria que solo te da el haber dado órdenes.

El sonido de las motos afuera cambió. Ya no pasaban de largo zumbando como abejas encabronadas. Ahora estaban rodando lento, acelerando y desacelerando. Brrr… brrr…. Estaban peinando la zona. Los «Halcones de la 57», pensé. Esos cabrones no perdonan. Si me encontraban ahí, sola, sin radio y con el uniforme empapado, no iba a salir en las noticias de mañana. Iba a salir en una bolsa negra tres días después, flotando en el canal de aguas negras.

El hombre —mi salvador, mi duda, mi misterio— se movió con un sigilo que daba miedo. Sus botas, unas cosas viejas que pedían clemencia, apenas hacían ruido sobre el piso lleno de escombros y vidrios rotos. Se acercó a una columna de concreto descarapelado y me hizo una seña con la cabeza para que me pegara a la pared.

Me arrastré hasta ahí. Me dolía todo. La caída, el forcejeo, el frío que se me metía por el chaleco antibalas. Me senté a su lado, hombro con hombro. Olía fuerte. Olía a sudor viejo, a ropa que no ha visto jabón en meses, a alcohol barato y a humedad. Pero, curiosamente, en ese momento, ese olor me dio más seguridad que el perfume caro de cualquier político que sale en la tele prometiendo seguridad.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó, sin dejar de mirar hacia la oscuridad del pasillo. —Valeria —respondí, temblando. Los dientes me castañeaban y no podía controlarlo. —Valeria… —repitió, como si estuviera probando el nombre—. Yo soy Julián. O lo que queda de él.

Julián sacó del bolsillo de su abrigo una cajetilla de cigarros toda aplastada. Sacó uno que estaba medio chueco y se lo puso en la boca, pero no lo prendió. Solo lo masticaba con ansiedad.

—Escucha bien, Valeria. Esos güeyes no se van a ir rápido. Les tocaste el orgullo o viste algo que no debías. Están «calientes». ¿Traes tu «fusca»?

Asentí y llevé la mano a mi fornitura. Ahí estaba mi Glock. Pesada, fría. La saqué un poco de la funda.

—Bien —dijo él, mirando el arma de reojo con una mezcla de nostalgia y repulsión—. Pero no la uses a menos que yo te diga. Si disparas aquí adentro, el eco les va a decir exactamente dónde estamos. Y no traes suficientes balas para todos los que traen afuera. Esto no es una película gringa, mija. Aquí si te quedas sin parque, te carga el payaso.

—¿Usted… de verdad era policía? —No pude aguantarme. Necesitaba saber. Necesitaba entender por qué un hombre que sabe moverse tácticamente vive entre ratas.

Julián soltó una risa corta, seca, sin alegría. —Era. Hace mucho tiempo, cuando tú seguramente todavía andabas con uniforme de secundaria. Fui comandante en la Judicial. De los que sí chambeaban, no de los que se sentaban a cobrar plaza. Pero el sistema… —hizo una pausa y escupió al suelo— el sistema tiene dientes, morra. Y si no te alineas, te mastica.

Afuera, una luz potente barrió la entrada del edificio abandonado. Un reflector. Nos quedamos petrificados. La luz blanca cortó la oscuridad, iluminando el polvo que flotaba en el aire, revelando las varillas oxidadas que colgaban del techo como costillas de un esqueleto gigante. La luz pasó a centímetros de nuestras botas.

Contuve la respiración. Sentí cómo Julián se tensaba a mi lado, sus músculos poniéndose duros como piedras bajo esas capas de ropa vieja. Su mano derecha se deslizó discretamente hacia su bota, y vi el brillo opaco de un cuchillo. No era un cuchillo táctico reglamentario; era un pedazo de metal afilado artesanalmente, con el mango envuelto en cinta de aislar. Un arma de presidio, o de callejero.

—Están buscando entradas a pie —susurró apenas moviendo los labios—. Van a mandar a los «perros» primero. Los novatos. Para que si hay plomo, se lo coman ellos.

—¿Qué hacemos? —le pregunté. Mi voz sonaba patética en mis propios oídos. Se suponía que yo era la autoridad ahí, pero me sentía como una niña perdida. —Nos movemos. Arriba. El segundo piso tiene una salida hacia los techos de las vecindades. Pero hay que hacerlo suave. Como si fueras humo, Valeria. ¿Te acuerdas de cómo caminar sin hacer ruido o ya se te olvidó con tanta patrulla y tanta sirena?

Me picó el orgullo. Me enderecé un poco. —No se me ha olvidado nada —le contesté, apretando la mandíbula. —Eso espero. Porque si pisas un vidrio, nos matan. Ámonos.

Se levantó como un resorte, agazapado. Lo seguí. El edificio era un laberinto de sombras. Cada paso era una apuesta. El suelo estaba lleno de trampas: jeringas usadas, pedazos de tablaroca, charcos de agua podrida que goteaban de los pisos superiores. Julián se movía con una memoria muscular impresionante. Sabía dónde pisar. Me señalaba el suelo con la mano, guiándome.

Subimos unas escaleras que no tenían barandal. El viento soplaba fuerte ahí, silbando entre los huecos de las ventanas sin vidrio. Abajo, en la calle, pude ver el operativo de la banda. Eran al menos veinte motocicletas. Habían bloqueado las dos salidas del callejón. Estaban revisando los contenedores de basura, pateando puertas. Vi a uno de ellos golpear a un teporocho que estaba durmiendo en una banqueta, preguntándole a gritos si había visto a la “pinche tira”.

Se me revolvió el estómago. Esa rabia impotente que te da cuando ves la injusticia y no puedes hacer nada. —Déjalo, no lo veas —me dijo Julián, jalándome del brazo—. No puedes salvar a todo el mundo, Valeria. Hoy te toca salvar el pellejo tú.

Llegamos al segundo piso. Aquí el ambiente era diferente. Había grafitis de la Santa Muerte en las paredes, veladoras ya consumidas y un colchón viejo en una esquina. Era el refugio de alguien. Quizás el de él.

—Siéntate ahí —me ordenó, señalando una caja de plástico volteada. Me dejé caer. Las piernas me temblaban por el esfuerzo y la tensión. Julián se acercó a una de las ventanas rotas y se asomó con precaución, usando un pedazo de espejo roto para mirar hacia abajo sin sacar la cabeza. Trucos de la vieja escuela.

—Se están poniendo nerviosos —dijo—. No les gusta estar tanto tiempo parados en un solo lugar. La policía de verdad, tus compañeros, no deben tardar en recibir el reporte de los vecinos por el ruido. Si aguantamos veinte minutos más, se largan.

Se giró hacia mí y se sentó en el suelo, recargando la espalda en la pared contraria. Sacó una botella de plástico con agua que se veía dudosa, le dio un trago y me la ofreció. —Tómalé. Hidrátate. El miedo seca la boca.

Dudé un segundo. Miré la boquilla de la botella. Luego miré sus ojos. Había una dignidad en su gesto que me hizo sentir estúpida por dudar. Agarré la botella y bebí. El agua sabía a tierra, pero me supo a gloria.

—Gracias —le dije, devolviéndole la botella. —No hay de qué.

Hubo un silencio largo. Solo se escuchaba la lluvia, que empezaba a bajar de intensidad, convirtiéndose en esa llovizna molesta, el “chipi-chipi” que te cala más que el aguacero.

—¿Por qué te saliste? —le pregunté. Sabía que no debía, que era terreno pantanoso, pero la curiosidad era más fuerte. Julián suspiró. Se pasó la mano por la barba canosa y miró hacia el techo lleno de moho.

—No me salí, mija. Me sacaron. Me pusieron un “cuatro”. —Su voz se volvió rasposa, cargada de piedras—. Hubo un secuestro hace diez años. De la hija de un empresario pesado. Yo llevaba la investigación. Encontré a los culpables, pero resulta que los culpables eran “sobrinos” de alguien muy arriba en la corporación. Me dijeron que le bajara de huevos, que dejara el caso.

Hizo una pausa, como si recordar le doliera físicamente.

—Y yo, de pendejo e idealista, como tú ahorita, dije que no. Que la ley es la ley. —Soltó una risa amarga—. A la semana siguiente, aparecieron drogas en mi casillero y un dinero que nunca había visto en mi cuenta. Me acusaron de estar coludido con el cártel contrario. Me quitaron la placa, me quitaron la pensión, mi mujer me dejó porque no aguantó la vergüenza… y aquí estoy. El “Capitán Basura”, cuidando un edificio que se cae a pedazos.

Me quedé callada. La historia me sonaba demasiado familiar. Esos rumores siempre corren por los pasillos, pero uno prefiere no creerlos para poder seguir trabajando. Verlo ahí, en carne y hueso, ver el resultado de la honestidad en un sistema podrido, me dio un golpe de realidad brutal.

—Lo siento… —balbuceé. —No lo sientas. Ya pasó. La calle te enseña cosas que la academia no. Aquí aprendes quién es leal de verdad. Aquí un perro callejero es más fiel que un comandante general.

De repente, un ruido abajo nos cortó la plática. Pasos. Pasos pesados subiendo la escalera.

Julián se puso de pie en un microsegundo. Sus ojos cambiaron. Ya no había nostalgia, solo alerta. —Ya subieron. Se cansaron de buscar abajo. —¿Son ellos? —pregunté, desenfundando mi arma ahora sí por completo. —Sí. Escucha las botas. Tienen casquillos. Son botas de motociclista. Vienen dos, tal vez tres.

Miró alrededor del cuarto. Era una ratonera. Si entraban, no teníamos salida más que la ventana, y era una caída de cinco metros hacia un callejón cerrado.

—Escóndete detrás de esa columna —me ordenó, señalando un pilar grueso en medio del cuarto—. Yo los voy a distraer. —¡Estás loco! —le susurré agresivamente—. No te voy a dejar solo. Soy la policía aquí, yo tengo el arma. —Tú tienes el arma, pero yo tengo el terreno, niña. ¡Hazme caso, chingada madre! —me soltó con una autoridad que me hizo obedecer al instante. Me escondí detrás del concreto, con el corazón queriéndome salir por la boca.

Julián se quedó en medio de la habitación, en las sombras, pero visible si alguien entraba con linterna. Agarró una botella de vidrio vacía del suelo y se preparó.

Los pasos llegaron al descanso de la escalera. Vimos el haz de luz de una linterna rebotar en las paredes del pasillo. —¡Eh! ¡Sale, pinche vago! ¡Sabemos que estás aquí! —gritó una voz ronca.

Era uno de los líderes. Lo reconocí por la voz. “El Tuercas”, un tipo violento que tenía orden de aprehensión por homicidio.

Julián no se movió. Era una estatua. La luz de la linterna entró al cuarto. “El Tuercas” entró con una pistola en la mano, seguido de otro tipo con un bat de béisbol. —¡Órale, cabrón! ¿Viste a una vieja policía? Una chaparrita, pelo negro. ¡Habla o te reviento!

La luz dio de lleno en la cara de Julián. Él levantó las manos despacio, haciéndose el borracho, el desorientado. Actuando el papel que la sociedad le había asignado. —¿Eh? ¿Qué…? No hay nadie, jefe… solo yo y mis ratas… —dijo arrastrando las palabras, fingiendo estar pedo.

—No te hagas pendejo —El Tuercas se acercó y le soltó un cachazo con la pistola en la frente. ¡Crack! El sonido del metal contra el hueso me hizo estremecer. Julián cayó al suelo, llevándose la mano a la cabeza. Sangre fresca empezó a brotar entre sus dedos.

—¡Te pregunté que si la viste! —gritó el delincuente, apuntándole a la cabeza.

Yo estaba a tres metros. Tenía un ángulo limpio. Podía disparar. Pero si lo hacía, los otros veinte de abajo subirían en segundos. Mi mente iba a mil por hora. Reglas de enfrentamiento. Legítima defensa. Superioridad numérica.

Julián, desde el suelo, me miró. Fue una mirada de una fracción de segundo, directa a mis ojos escondidos en la penumbra. Me estaba diciendo: «Espera».

—Sí… sí… —gimió Julián—. Una vieja… corrió pa’ arriba… pa’ la azotea… iba sangrando…

El Tuercas sonrió, mostrando unos dientes amarillos. —Eso es todo, pinche mugroso. Vámonos, está acorralada en el techo.

Hizo una seña a su compañero y se dieron la vuelta para salir hacia las escaleras que llevaban al tercer piso. Pasaron a un metro de mí. Contuve la respiración tanto que me dolieron los pulmones. El olor a gasolina y violencia que despedían era insoportable.

En cuanto sus pasos se alejaron escaleras arriba, Julián se levantó. Ya no había actuación. Se limpió la sangre de la frente con la manga sucia y escupió un coágulo.

—Ahora. Vámonos —susurró. —¡Te pegaron! —le dije, acercándome para ver la herida. Era un corte feo en la ceja. —No es la primera vez ni será la última. Es superficial. Pero ganamos tiempo. Van a tardar cinco minutos en darse cuenta de que la azotea está vacía y que la puerta de arriba está soldada. Para entonces, nosotros ya estaremos cruzando la calle.

Me tomó de la mano. Su mano estaba fría, pero su agarre era firme. Me llevó hacia la parte trasera del cuarto, donde había un hueco en la pared tapado con una lona vieja. —Por aquí.

Quitó la lona y vi una escalera de mano improvisada, hecha con maderas y cuerdas, que bajaba por el exterior del edificio hacia un patio trasero lleno de chatarra. —Baja tú primero. Rápido.

Empecé a bajar. La madera crujía bajo mi peso. La lluvia me resbalaba por la cara, mezclándose con mis lágrimas de frustración y miedo. ¿En qué me metí?, pensaba. ¿Cómo carajos voy a explicar esto en el reporte?

Toqué suelo firme. Julián bajó detrás de mí con una agilidad sorprendente para su edad y condición. En cuanto tocó el suelo, me jaló hacia un montón de autos viejos apilados. —Cuerpo a tierra. Gateando.

Nos arrastramos por el lodo, bajo los chasises de coches oxidados. El agua fría se me metía por el cuello, empapando el uniforme, pegándome la tela a la piel. Mis rodillas raspaban contra piedras y vidrios, pero no me importaba. Solo quería salir de ahí.

Escuchamos gritos arriba, en el edificio. —¡Aquí no hay ni madres! ¡Ese viejo nos mintió! ¡Bájenlo y mátenlo!

—Se les acabó la paciencia —dijo Julián—. Corre.

Salimos del patio de chatarra hacia un callejón lateral. Julián cojeaba un poco, pero no bajaba el ritmo. Corrimos dos, tres cuadras. El sonido de las motos empezó a sonar de nuevo, rugiendo con rabia, pero esta vez se escuchaba más lejos. Los habíamos despistado.

Nos detuvimos bajo el toldo de una tiendita cerrada, con la cortina de acero bajada. Me recargué en la pared, jadeando, tratando de meter aire a mis pulmones que ardían. Julián se dobló, apoyando las manos en las rodillas, escupiendo más sangre.

—¿Estás bien? —le pregunté entre jadeos. Se enderezó y me miró. La sangre le bajaba por la mitad de la cara, dándole un aspecto terrorífico, como un fantasma vengador. —Estoy vivo, pareja. Eso en mi libro cuenta como estar bien.

Me quedé mirándolo. La adrenalina empezaba a bajar y llegaba el temblor posterior al susto. —Me salvaste la vida. Dos veces —dije. —Es mi trabajo. O lo era. —Sacó un trapo sucio y se presionó la herida de la cabeza—. Además, no podía dejar que una compañera cayera en manos de esos animales. Sé lo que hacen.

—Tengo que llevarte a un hospital. Esa herida necesita puntos. Julián soltó una carcajada amarga. —¿Al hospital? ¿Yo? Mija, si entro a un hospital así como me veo, me dejan morir en la sala de espera o llaman a la patrulla para que me saquen por vago. No tengo seguro, no tengo INE, no tengo nada. Yo no existo, Valeria.

Esa frase me dolió más que cualquier golpe. Yo no existo. Un hombre que dio su vida, su carrera, su integridad, y ahora era invisible. Un fantasma en su propia ciudad.

—Entonces ven conmigo —le dije, sin pensarlo—. Te llevo a mi casa. O a donde sea. Pero no te voy a dejar aquí tirado sangrando.

Julián me miró con intensidad. Sus ojos oscuros, profundos, parecían leer mi alma. —No puedes hacer eso. Si te ven conmigo, te manchas. Tu carrera, tu reputación… van a decir que andas con un teporocho. O peor, si alguien me reconoce, van a decir que andas con un “traidor”. Tienes futuro, muchacha. No lo tires a la basura por un viejo fantasma.

—Me vale madre mi reputación —le solté, y me sorprendí de la firmeza de mi voz—. Tú te jugaste el pellejo por mí. Ahora me toca a mí. Es código, ¿no? 10-53, oficial caído o en peligro. Necesitas ayuda.

Julián se quedó callado unos segundos. La lluvia había parado por completo. El silencio de la madrugada en Bagsmundo era denso. A lo lejos se escuchaba una sirena de patrulla, acercándose. —Ahí vienen los tuyos —dijo él, señalando con la cabeza hacia la avenida—. Vete. Sal y diles lo que pasó. Di que te escapaste sola. Que fuiste chingona. Te van a dar una medalla.

—No. —Valeria, entiende… —¡He dicho que no! —Le agarré el brazo, manchando mi uniforme con su sangre y su mugre—. No te voy a dejar. Si te quedas aquí, “El Tuercas” te va a encontrar. Y te va a matar por haberles mentido. Ya no estás seguro en ese edificio. Quemaste tu refugio por mí.

Julián bajó la mirada. Sabía que tenía razón. Ya no podía volver a su agujero. Ahora era un vagabundo con precio sobre su cabeza. —Eres terca como una mula, igualita a mí cuando era joven —murmuró, y por primera vez vi una leve sonrisa debajo de esa barba enmarañada.

—Vámonos antes de que llegue la patrulla —le dije—. Conozco un lugar cerca. Un consultorio de un doctor que no hace preguntas. Es mi primo. Él te puede coser.

Julián asintió lentamente, rendido. —Está bueno. Tú ganas. Pero conste que te lo advertí. Juntarte conmigo es mala suerte. —Ya tuve mucha mala suerte esta noche. Un poco más no me va a matar.

Empezamos a caminar, pegados a las paredes, evitando la luz de las farolas. Yo, la oficial Valeria Méndez, caminando hombro con hombro con el paria de la ciudad. Mientras avanzábamos, me di cuenta de algo. Ya no me importaba el olor a humedad. Ya no me importaba la mugre. Ese hombre, ese “vagabundo”, tenía más honor en su dedo meñique que toda la comandancia junta.

Y tenía razón en una cosa: el sistema tiene dientes. Pero esa noche, nosotros le habíamos mordido la mano de vuelta.

Caminamos unas cinco cuadras hasta salir de la zona caliente. Mi primo tenía su consultorio en la parte trasera de una farmacia de barrio, de esas que venden genéricos y refrescos. Toqué la cortina metálica con un patrón rítmico que usábamos desde niños. Toc-toc… toc-toc-toc.

Esperamos. —¿Segura que es de confianza? —preguntó Julián, mirando a todos lados, paranoico. —Es familia. Y me debe lana. Va a abrir.

La cortina se levantó a medias. La cara de mi primo Lalo, con los ojos hinchados de sueño y los lentes chuecos, apareció al ras del suelo. —¿Valeria? ¿Qué pedo? Son las 3 de la mañana… —Abre, Lalo. Es emergencia. Traigo un herido.

Lalo subió la cortina. Cuando nos vio, se quedó pasmado. Yo, con el uniforme hecho un asco, llena de lodo y sangre. Y a mi lado, un tipo que parecía salido de una película de terror, con la cara partida y oliendo a cloaca. —No manches, prima… ¿Qué te pasó? ¿Y quién es este señor?

—Larga historia. ¿Nos vas a dejar pasar o nos quedamos aquí a que nos vean los halcones?

Lalo nos hizo pasar rápido y bajó la cortina de golpe. El sonido del metal cerrándose fue el alivio más grande que había sentido en horas. Estábamos “a salvo”. Entre comillas.

Llevé a Julián a la camilla de exploración. Se sentó con incomodidad, como si tuviera miedo de ensuciar el papel blanco que la cubría. —Perdón por la facha, doc —dijo Julián, tratando de alisarse el abrigo.

Lalo, ya en modo profesional, se puso unos guantes de látex. —No se preocupe, jefe. He visto peores. A ver esa ceja.

Mientras Lalo lo curaba, yo me dejé caer en una silla de plástico. El cuerpo me pesaba una tonelada. Saqué mi celular. Tenía diez llamadas perdidas de mi comandante y cinco de mi mamá. No quise contestar. ¿Qué les iba a decir?

Miré a Julián. Lalo le estaba inyectando anestesia local en la ceja y él ni parpadeaba. Estaba hecho de otra madera. —Oye —le dije—. Nunca me dijiste tu apellido.

Julián abrió un ojo (el que no tenía sangre) y me miró. —Hernández. Julián Hernández. —Mucho gusto, oficial Hernández —le dije con respeto genuino.

Él soltó un bufido. —Ex-oficial. Ahora solo soy “El Chivo”. Así me dicen en la calle. —Pues para mí eres el oficial Hernández. Y me vas a contar toda la verdad. De pe a pa. Quiero saber quién te puso el cuatro. Quiero saber nombres.

Julián se tensó. Lalo detuvo la aguja un momento. —No le muevas al avispero, Valeria. Ya salimos vivos hoy. Déjalo así. —No. —Me levanté, sintiendo cómo la ira me calentaba la sangre otra vez—. Esas bandas… los que me atacaron… operan con demasiada libertad. Y tú dices que te sacaron por investigar a gente de arriba. Si ato cabos… todo es la misma porquería.

Me acerqué a la camilla. —Esos motociclistas no solo son rateros, ¿verdad? Son los que mueven la merca para alguien más. Para los mismos que te jodieron a ti.

Julián cerró los ojos mientras Lalo daba la primera puntada. —Eres lista. Demasiado lista para tu propio bien. Sí. Son los perros de presa del Cártel de la Unión. Y tienen protección oficial. —¿De quién? —Del Comandante Rivas.

Sentí como si me hubieran echado un balde de agua helada. Rivas. Mi jefe directo. El hombre que me firmaba los permisos, el que me daba palmadas en la espalda y me decía “buen trabajo, hija”.

—No puede ser… —susurré, negando con la cabeza. —¿Por qué crees que estabas sola en ese callejón? —dijo Julián con voz suave pero letal—. ¿Por qué crees que no tenías señal de radio? ¿Tú crees en las casualidades, Valeria? Porque yo no. Te mandaron al matadero. Alguien quería darte un susto o quitarte de en medio. ¿Qué viste? ¿Qué informe entregaste esta semana?

Mi mente viajó al pasado reciente. Hace dos días. Había detenido a un muchachito con una mochila llena de dinero en efectivo y unos radios de frecuencia policial. Lo llevé a la comisaría. Rivas se hizo cargo personalmente. Me dijo: “Yo me encargo, Méndez, vete a descansar”. Al día siguiente, el muchachito ya no estaba en los separos. Rivas me dijo que lo habían soltado por falta de pruebas y error en el debido proceso.

—El dinero… —murmuré—. Detuve a un “mula” con lana. Rivas lo soltó. —Ahí está —dijo Julián—. Te metiste con la nómina, mija. Y Rivas no perdona que le toquen la cartera. Hoy te mandaron a patrullar esa zona para que “Los Halcones” te dieran una lección. Si sobrevivías, aprendías a no meterte. Si te mataban… bueno, “heroína caída en cumplimiento del deber”.

Me tuve que agarrar del respaldo de la silla para no caerme. Todo mi mundo, mis cinco años de servicio, mi fe en la institución… todo se desmoronaba en ese consultorio de farmacia, bajo la luz de un tubo fluorescente que parpadeaba.

Julián vio mi cara de devastación. A pesar de que le estaban cosiendo la cara, estiró la mano y me tocó el brazo. —Bienvenida a la realidad, compañera. Duele, ¿verdad?

Asentí, con lágrimas de rabia en los ojos. —¿Qué voy a hacer? No puedo volver ahí. Me van a matar. —Tienes dos opciones —dijo Julián, con esa voz de mando regresando a él—. Huyes. Te vas a otro estado, cambias de chamba, te olvidas de la placa. Vives tranquila pero con miedo. —¿Y la otra? —O te quedas. Y peleas. Pero no peleas como policía. Peleas como yo. Desde las sombras. Sin reglas. Les damos donde les duele.

Lalo terminó de coser. Cortó el hilo y le puso una gasa. —Ya quedó, jefe. Va a quedar cicatriz, pero le da carácter.

Julián se sentó en la camilla, se tocó el vendaje y luego me miró fijamente. Sus ojos brillaban con una luz nueva. Ya no era el vagabundo derrotado. Era el cazador que ha encontrado una nueva presa… y un nuevo aliado.

—Yo tengo información que he guardado por años. Sé dónde guardan sus cosas, sé sus rutas. Pero no tengo los medios, ni el cuerpo, ni el acceso para hacer nada. Tú… tú estás adentro. Tú tienes la placa. Eres mis ojos y mis manos. Yo soy tu cerebro y tu experiencia.

Se levantó y se paró frente a mí. A pesar de la ropa sucia, se veía imponente. —Juntos podemos tumbar a Rivas. Podemos limpiar un poco de esta mierda. Pero es peligroso. Si nos agarran, no va a haber piedad. Nos van a hacer pedacitos. ¿Le entras?

Miré mi uniforme sucio. Miré mi reflejo en el vidrio de un gabinete de medicinas. Vi a una mujer asustada, sí, pero también vi a una mujer encabronada. Y una mujer mexicana encabronada es lo más peligroso que existe en este mundo.

Me quité la placa del pecho. La sostuve en mi mano, sintiendo el peso del metal. Luego la volví a colocar, pero esta vez, sentí que significaba algo diferente. Ya no era lealtad a Rivas o a la corporación. Era lealtad a la gente. A la verdad.

—Le entro —dije, dándole la mano. Julián me estrechó la mano. Su agarre fue fuerte, rasposo, real. —Pues fierro, pariente. Mañana empieza la guerra. Pero primero… —se tocó el estómago que le rugió ruidosamente—… ¿tu primo no tendrá unos tacos o algo? Me estoy muriendo de hambre.

Lalo se rió, rompiendo la tensión. —Tengo unas tortas de jamón en el refri y coca-cola. —Con eso se arma —dijo Julián, sonriendo por primera vez con los dientes.

Mientras comíamos esas tortas frías a las 4 de la mañana, supe que mi vida había cambiado para siempre. Ya no era solo la oficial Méndez. Ahora era la cómplice del Ángel de los Callejones. Y Bagsmundo no sabía lo que le esperaba.

Pero justo cuando creía que podíamos descansar, el teléfono de la farmacia sonó. Un timbre estridente que nos heló la sangre. Nadie llama a una farmacia de barrio a las 4 AM. Lalo contestó temeroso. —¿Bueno?… Sí… Sí, es aquí… Se puso pálido. Me pasó el teléfono con mano temblorosa. —Es para ti, Valeria. —¿Quién es? —pregunté, sintiendo un hueco en el estómago. —No dijo su nombre. Solo dijo: “Dile a tu prima que sabemos que está ahí. Y que cuide a su nuevo amigo”.

Se me cayó la torta de la mano. Colgué el teléfono sin contestar. Julián me miró, ya con el cuchillo en la mano otra vez. —¿Qué pasó? —Saben que estamos aquí.

El sonido de un motor de motocicleta se escuchó justo afuera de la cortina metálica. Solo uno. Acelerando en seco. Vrum… Vrum… Y luego, algo golpeó la cortina. Un golpe metálico, seco. Y silencio.

Nos quedamos inmóviles. Julián se acercó a la cortina despacio. Levantó apenas unos centímetros para ver. —Se fueron —dijo—. Pero dejaron un regalo.

Salió y regresó con un sobre manila manchado de aceite de motor. Lo tiró sobre la camilla. —Esto no es un ataque —dijo Julián, abriendo el sobre—. Es una invitación.

Dentro del sobre había una foto. Una foto mía, saliendo de mi casa esa misma mañana. Y una bala. Una sola bala calibre .45 con mi nombre rayado en el plomo.

—La guerra empezó antes de lo que pensábamos —dijo Julián, guardándose la bala en el bolsillo—. Vámonos, Lalo ya no está seguro aquí tampoco.

La noche apenas comenzaba de verdad. Y yo, Valeria Méndez, acababa de firmar mi sentencia de muerte… o mi pase a la leyenda.

PARTE 3: LA DANZA CON LA MUERTE EN EL VIENTRE DE LA BESTIA

El silencio que siguió al golpe de la bala contra la cortina metálica no fue de paz, fue ese silencio que precede a la detonación de una bomba. Mis oídos zumbaban, no por el ruido, sino por la adrenalina que me inundaba el cerebro. Tenía la bala calibre .45 en el bolsillo, pesada como un yunque, y la imagen de mi propia casa en esa foto seguía quemándome la retina. Ya no era una amenaza abstracta; habían cruzado la línea sagrada. Se habían metido con mi familia, con mi refugio, y ahora, con mi sangre.

—¡Lalo, muévete, carajo! —le grité a mi primo, sacándolo de su estupor. Él seguía mirando el teléfono como si fuera una serpiente venenosa. —Valeria… saben dónde vivo… saben que estás aquí… —tartamudeó, con los ojos llenos de lágrimas de pánico puro. Ese miedo que huele a orina y sudor frío. —Por eso mismo nos largamos. ¡Ya! —Julián ya estaba en acción. No perdió ni un segundo en lamentos. Agarró una mochila de emergencias que Lalo tenía en una esquina y empezó a meter alcohol, gasas, antibióticos y analgésicos. Sus movimientos eran rápidos, precisos, ignorando el dolor de la herida recién cosida en su ceja.

—¿A dónde vamos? —preguntó Lalo, temblando mientras buscaba las llaves de su coche. —Tú no vas a ningún lado con nosotros —lo cortó Julián con voz seca—. Si te vienes, te matan. Si te quedas, te matan. Tienes que desaparecer, doc. ¿Tienes familia fuera de Bagsmundo? ¿En provincia? —En… en Puebla. Una tía. —Pues felicidades, te acabas de ganar unas vacaciones sorpresa en Puebla. Agarra tu coche, no pares en ninguna gasolinera hasta que pases la caseta, y tira ese celular a la chingada ahorita mismo.

Le arrebaté el teléfono a Lalo y lo lancé contra el suelo de mosaico. La pantalla se hizo añicos. —¡Valeria! —gritó él. —Es un rastreador, pendejo. Rivas tiene acceso a la geolocalización en tiempo real. Si lo traes prendido, somos un punto rojo en su mapa. —Lo abracé fuerte, un abrazo rápido y desesperado—. Perdóname, Lalo. Te metí en esto. Pero te juro por mi vida que lo voy a arreglar. Ahora, vete. ¡Corre!

Lalo asintió, pálido como un papel, y salió por la puerta trasera hacia el callejón donde tenía su Tsuru viejo. Escuchamos el motor arrancar y las llantas rechinar. Una preocupación menos, o eso quería creer.

Ahora quedábamos nosotros. El ángel caído y la policía renegada. Julián me miró. La mitad de su cara era un mapa de violencia, con el vendaje blanco manchado y la barba grisácea. —¿Y nosotros qué, pareja? —preguntó, probándome. —Nosotros vamos a cazar —respondí, sintiendo cómo mi voz cambiaba. Ya no era la voz de la oficial Méndez que pedía permiso para ir al baño. Era una voz más ronca, más oscura. —Esa es la actitud. Pero para cazar al lobo, primero tienes que volverte invisible. Y en esta ciudad, solo los muertos y los olvidados son invisibles. Vámonos al inframundo.

Salimos de la farmacia dejando la cortina medio abierta. Ya no importaba. Caminamos rápido, pegados a las sombras, evitando las avenidas principales donde las patrullas —mis “compañeros”— seguramente ya estarían buscándonos con la descripción del “vagabundo y la oficial traidora”.

La lluvia había parado, pero el frío de la madrugada en Bagsmundo calaba hasta los huesos. Es ese frío húmedo que se mezcla con el smog y se te mete en los pulmones. Caminamos por calles que creía conocer, pero Julián me guiaba por un mapa diferente. Pasamos por vecindades que olían a thinner y desesperanza, cruzamos terrenos baldíos donde jaurías de perros nos ladraban con los ojos brillantes en la oscuridad.

—¿A dónde vamos, Julián? —le pregunté después de media hora de caminata forzada. Me dolían los pies con las botas tácticas mojadas. —A la estación fantasma. —¿De qué hablas? No hay estaciones fantasma en la línea del metro. —Eso es lo que dice el mapa oficial, mija. Pero la ciudad tiene cicatrices que el gobierno tapa con concreto. Hay una línea que empezaron a construir en los ochenta y cancelaron porque se “acabó el presupuesto”. Ya sabes, se robaron la lana. Quedó un túnel a medio hacer, conectado al drenaje profundo. Ahí es donde vive la corte de los milagros.

Llegamos a una alcantarilla en un callejón ciego, detrás de un mercado que olía a fruta podrida y pescado seco. Julián se agachó y, con un esfuerzo que le hizo gruñir de dolor, levantó la tapa de hierro colado. —Las damas primero —dijo, señalando el agujero negro. El olor que subió de ahí me golpeó como un puñetazo. Metano, mierda, humedad y algo más… algo dulce y nauseabundo. —No mames, Julián. ¿Ahí? —¿Prefieres que Rivas te encuentre y te haga tragarte esa bala con tu nombre? No dije nada más. Bajé por los escalones de metal oxidado.

La oscuridad era total hasta que Julián bajó y encendió una linterna pequeña que sacó de su mochila de “tesoros”. El haz de luz reveló un túnel de concreto inmenso, mucho más grande que el drenaje normal. Caminamos por una orilla elevada, mientras un hilo de agua negra corría por el centro.

Lo que vi después me dejó sin habla. No estábamos solos. A lo largo del túnel, en los huecos y nichos de las paredes, había gente. Familias enteras. Ancianos envueltos en cobijas de tigre, niños jugando con botellas de plástico, hombres cocinando en latas con fuego de alcohol. Era una ciudad debajo de la ciudad. —Bienvenidos a “La Grieta” —murmuró Julián. La gente saludaba a Julián con respeto. —¿Qué transa, Chivo? —le decían. —Todo suave, carnales —respondía él, chocando puños sucios.

Aquí, Julián no era un vagabundo; era un rey. Un patriarca. Me di cuenta de que su “miseria” era también su armadura. El sistema los había olvidado, y en ese olvido, habían encontrado libertad. Pero yo me sentía una intrusa. Mi uniforme, aunque sucio y roto, brillaba como un neón de “PELIGRO”. Sentía las miradas de desconfianza clavadas en mi espalda. —Tranquila —me susurró Julián—. Estás conmigo. Nadie te va a tocar. Pero quítate la camisola. El azul aquí trae malos recuerdos.

Me quité la camisola con los parches de la policía y me quedé en la playera térmica negra. Me sentí un poco más ligera, como si me quitara una piel que ya no me quedaba.

Llegamos a un recoveco más profundo, cerrado con una reja improvisada. Julián abrió un candado y entramos. Era su “oficina”. Un catre, una mesa hecha con cajas de huacales, y paredes cubiertas de recortes de periódico pegados con cinta. —Siéntate. Tenemos que planear el golpe. Se sentó frente a mí y sacó la bala del bolsillo, poniéndola sobre la mesa como un tótem macabro. —Rivas cree que tiene el control porque tiene la placa y las armas. Pero Rivas tiene un punto débil. Su ego. —¿Y eso de qué nos sirve? —pregunté, frustrada—. Él tiene a todo el cártel de La Unión respaldándolo. —El ego lo hace descuidado. Guarda trofeos. Siempre lo ha hecho. Cuando éramos compañeros… —se detuvo, y vi una sombra de dolor cruzar su cara—. Sí, fuimos compañeros, Valeria. Rivas y yo salimos de la misma generación de la Academia. Éramos como hermanos.

Esa revelación me golpeó más fuerte que cualquier cachazo. —¿Rivas era tu pareja? —El mejor. Hasta que probó el dinero fácil. Empezó con mordidas pequeñas, “para la gasolina”, decía. Luego protegiendo tienditas. Luego… bueno, ya viste en qué acabó. El caso es que Rivas lleva una bitácora. Un “Libro Negro”. Anota cada pago, cada favor, cada muerto. Es su seguro de vida por si el Cártel decide cortarle el cuello. Si cae él, caen todos. —¿Y tú sabes dónde está ese libro? —Lo sabía hace diez años. Lo guardaba en un lugar que consideraba “sagrado”. Su primer gran decomiso. Un Mustang 69 que incautamos a un narco junior y que nunca reportó. Lo tiene guardado en el “Corralón del Diablo”, en Iztapalapa. Es un depósito vehicular que controla la mafia. Ahí van a parar los coches que nadie reclama… y los que tienen sangre.

—Un Mustang en un corralón lleno de chatarra… han pasado diez años, Julián. Ese coche ya debe ser un cubo de metal compactado. —No. Rivas paga la “renta” de ese espacio. Es su bóveda personal. Si conseguimos ese libro, tenemos los nombres de los políticos, los jueces y los mandos que están en la nómina. Con eso no solo tumbamos a Rivas; quemamos todo el maldito árbol genealógico de la corrupción. —Suena a misión suicida. Entrar a un corralón controlado por el narco, buscar un coche específico y salir vivos. —Es una misión suicida —sonrió Julián, y por primera vez vi al policía joven que debió ser—. Pero ya estamos muertos, ¿no? Tú tienes tu bala y yo soy un fantasma. No tenemos nada que perder.

Descansamos un par de horas. No pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Rivas sonriendo, y luego transformándose en la cara de “El Tuercas” apuntándome. Escuchaba los sonidos de “La Grieta”: toses, llantos de bebés, el goteo incesante del agua negra. Pensé en mi vida anterior, hace apenas 24 horas. Mis preocupaciones eran pagar la renta, si mi uniforme estaba planchado, si iba a tener libre el fin de semana. Qué ingenua era. Esa Valeria había muerto en el callejón bajo la lluvia.

A las 5:00 AM, Julián me despertó. —Es hora. El cambio de turno de los guardias del corralón es a las 6:00. Es nuestra ventana.

Nos preparamos. Julián me dio una sudadera vieja con capucha para tapar mi playera táctica. Él se afiló el cuchillo una vez más contra el concreto. —¿Estás lista para cruzar la línea, oficial Méndez? —me preguntó. Miré mi Glock. Me quedaban dos cargadores. 30 balas. —Estoy lista, comandante Hernández —le respondí. Él asintió, aceptando el rango que le devolvía.

Salimos de “La Grieta” por una salida diferente, emergiendo cerca de Iztapalapa, donde el amanecer pintaba el cielo de un color gris y morado, sucio como la conciencia de esta ciudad. Tomamos un microbús, pagando con monedas que Julián sacó de sus “ahorros”. La gente nos miraba feo, se apartaban. Olíamos a drenaje. Pero nadie nos retó. La miseria tiene un campo de fuerza; la gente prefiere no verla para no contagiarse.

El “Corralón del Diablo” era una extensión inmensa de tierra bardeada con muros de tres metros y alambre de púas. Desde afuera, se veían montañas de coches apilados como cadáveres oxidados. —La entrada principal tiene guardias armados —dijo Julián, observando desde detrás de un puesto de tacos vacío—. Pero la barda norte da a un canal seco. Por ahí entramos.

Nos movimos rápido. Julián, a pesar de su cojera y sus años, se movía como un gato callejero. Saltamos la barda ayudándonos mutuamente. Caímos sobre el pasto seco del interior. El lugar era un laberinto de metal retorcido. Filas y filas de autos chocados, quemados, baleados. Cada coche era una tragedia, una historia de muerte en la Ciudad de México. Caminamos agazapados entre los pasillos de chatarra. —Busca la sección “E”. Ahí guardan los “especiales” —susurró Julián.

El corazón me latía en los oídos. Thump-thump, thump-thump. De pronto, escuchamos voces. Risas. —¡Eh, Pancho! ¿Trajiste las chelas? Dos guardias caminaban por el pasillo transversal, a unos diez metros. Llevaban rifles de asalto AR-15 colgados al hombro de manera descuidada. No eran policías; eran sicarios con uniforme de seguridad privada.

Nos congelamos. Me pegué al chasis de una camioneta Suburban baleada. Julián se metió debajo de un Tsuru. Los guardias pasaron. El olor a tabaco barato nos llegó con el viento. —Dicen que el Patrón anda bien encabronado. Que se le peló una pinche vieja policía anoche —dijo uno. —Jaja, pinche vieja loca. Ya aparecerá. O la harán aparecer en cachitos.

Apreté el mango de mi pistola hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Hablaban de mí. La realidad de ser una presa me revolvió el estómago. Esperamos a que se alejaran. —Siguen hablando, siguen distraídos —susurró Julián—. Vamos.

Llegamos a la Sección E. Aquí los coches estaban cubiertos con lonas, protegidos del sol y la lluvia. Eran coches de lujo: BMWs, Mercedes, Camaros. Todos incautados, todos esperando a ser “liberados” por la mafia o vendidos por partes. —Ahí está —señaló Julián. Al fondo, bajo una lona gris llena de polvo, se adivinaba la silueta inconfundible de un muscle car. Nos acercamos. Julián levantó la lona. Ahí estaba. Un Ford Mustang 1969, color negro mate. Una belleza siniestra en medio de la basura. —La joya de la corona —dijo Julián—. Rivas amaba este coche más que a su madre.

—¿Dónde está el libro? —pregunté, vigilando el perímetro. —Si Rivas no ha cambiado sus mañas… —Julián sacó su cuchillo y forcejeó la cerradura de la cajuela. No abrió. —Está trabada. —Hazte a un lado. Le di un golpe seco con la culata de mi arma al cilindro de la chapa. Nada. —¡No hagas ruido! —me siseó Julián. Intentó de nuevo con el cuchillo, manipulando el mecanismo con paciencia de cerrajero. Click. La cajuela se abrió con un chirrido oxidado que sonó como un grito en el silencio del corralón.

Miramos adentro. Estaba vacía. Solo había una llanta de refacción y un gato hidráulico. —¡No está! —exclamé, sintiendo que el mundo se me caía encima. —Espera… —Julián empezó a golpear el fondo de la cajuela con los nudillos. Toc-toc. Sonido hueco. —Doble fondo.

Arrancó la alfombra de la cajuela. Debajo había una placa de metal atornillada malamente. —Préstame tu navaja —le pedí. Entre los dos, usando el cuchillo como palanca, levantamos la placa. Mis uñas se rompieron, mis dedos sangraron, pero la adrenalina anestesiaba todo. Debajo de la placa, envuelto en plástico grueso, había un cuaderno de piel negra y una memoria USB. —¡Bingo! —Julián agarró el paquete con manos temblorosas. Sus ojos brillaron con una mezcla de triunfo y terror—. Aquí está tu sentencia, Rivas.

En ese momento, el sonido inconfundible de un cerrojo cortando cartucho sonó detrás de nosotros. —Bonito coche, ¿no? Lástima que ya no lo van a poder manejar.

Nos giramos lentamente. Ahí, parado a cinco metros, estaba Rivas. Mi comandante. Impecable en su uniforme, con su placa brillando bajo el sol de la mañana. Pero no estaba solo. A su lado estaba “El Tuercas” y otros cuatro sicarios apuntándonos con armas largas.

—Valeria, Valeria… —dijo Rivas, negando con la cabeza como un padre decepcionado—. Te dije que te fueras a descansar. ¿Por qué tenías que rascarle a los huevos al tigre? —Comandante… —dije, sintiendo la traición como un ácido en la boca—. Usted juró proteger a la ciudadanía. —Y la protejo. Mantengo el orden. Alguien tiene que controlar a las bestias, y para eso, hay que ensuciarse las manos. Tú eras buena, Méndez. Tenías futuro. Pero elegiste juntarte con la basura. —Miró a Julián con desprecio—. Hola, Julián. Veo que sigues vivo. Eres como una cucaracha, cabrón.

—Y tú sigues siendo una puta barata con placa, Rivas —escupió Julián, parándose frente a mí para cubrirme. Rivas se rió. —Siempre tan poético. Mátenlos. Pero despacio. Quiero que griten.

El tiempo se detuvo. Fue ese instante de claridad absoluta que dicen que tienes antes de morir. Vi los dedos de los sicarios tensarse en los gatillos. Vi a Julián, desarmado, con solo un cuchillo y un cuaderno en la mano. Vi mi pistola en mi mano derecha. No había salida. No había plan B. Solo instinto.

—¡AL SUELO! —gritó Julián, y me empujó con una fuerza brutal hacia un lado, detrás del Mustang. Al mismo tiempo, él se lanzó hacia el frente, hacia Rivas, rugiendo como un animal herido. Los disparos estallaron. Bang! Bang! Bang! ratatatata! El sonido fue ensordecedor. Las balas repiquetearon en la lámina del Mustang, sacando chispas y pedazos de metal.

Caí al suelo duro, rodando. —¡Julián! —grité. Vi a Julián correr en zigzag, esquivando las primeras ráfagas por puro milagro o por esa suerte del diablo que tienen los locos. Se abalanzó sobre “El Tuercas”, clavándole el cuchillo en el cuello antes de que el sicario pudiera disparar. El chorro de sangre arterial bañó a Rivas, cegándolo momentáneamente.

Julián usó el cuerpo del Tuercas como escudo humano mientras los otros sicarios abrían fuego. El cuerpo del pandillero se sacudió violentamente con los impactos que eran para Julián. Yo reaccioné. Mi entrenamiento se activó en piloto automático. Me asomé por detrás de la llanta del Mustang. Apunté. Respiré. Disparé. Bang. Bang. Uno de los sicarios cayó con un tiro en la pierna y otro en el pecho. Chaleco. Pero el impacto lo tiró.

—¡Cúbrete, Valeria! —gritó Julián, tirando el cadáver y rodando hacia una pila de llantas. Estábamos separados. Rivas se limpiaba la sangre de la cara, gritando órdenes. —¡Rodeenlos! ¡Granadas! ¡Quiero que exploten!

Esto era la guerra. Ya no era un arresto. Miré a Julián. Estaba jadeando, con sangre nueva en el costado. Le habían dado. —¡Julián! —le grité. Él me miró y me lanzó el “Libro Negro”. El cuaderno voló por el aire, girando en cámara lenta. Lo atrapé contra mi pecho. —¡Vete! —me gritó—. ¡Yo los detengo! ¡Saca esa madre de aquí!

—¡No! —Lloré de rabia—. ¡No te voy a dejar! —¡Tienes la prueba! ¡Si morimos los dos, Rivas gana! ¡Vete, chingada madre! ¡Haz que valga la pena!

Julián se levantó. No para huir, sino para atacar. Agarró la pistola del sicario muerto, una 9mm. —¡Rivas! —rugió Julián, poniéndose de pie en medio del fuego cruzado, expuesto, suicida, glorioso—. ¡Ven por mí, culero! ¡Termina lo que empezaste hace diez años!

Empezó a disparar hacia Rivas, obligándolos a todos a cubrirse. Julián era un demonio, una fuerza de la naturaleza desatada. —¡Corre, Valeria! —fue lo último que le escuché gritar.

Vi cómo una bala le impactaba en el hombro, haciéndolo girar, pero él siguió disparando. Otra en la pierna. Cayó de rodillas, pero no soltó el arma. Estaba comprando segundos con su propia carne. Segundos para mí. Segundos para la verdad.

El dolor de dejarlo ahí fue peor que si me hubieran arrancado el corazón con las manos. Pero entendí su sacrificio. Él ya no tenía nada que perder, excepto su legado. Y su legado era ese libro en mis manos. Me di la vuelta y corrí. Corrí hacia la barda norte. Escuchaba los disparos a mis espaldas. Escuchaba los gritos de Julián insultando a Rivas. Y luego… un disparo seco. Y silencio.

No me detuve. Salté la barda rasgándome la piel, caí al canal y seguí corriendo hasta que mis pulmones ardieron como fuego y mis piernas fallaron. Caí de rodillas en el lodo del canal, abrazando el libro negro contra mi pecho, sollozando, gritando en silencio hacia el cielo gris de Bagsmundo.

Julián había caído. El Ángel de los Callejones había dado su último vuelo para salvarme. Abrí el cuaderno con manos temblorosas, manchadas de lodo y sangre. Ahí estaban. Nombres, fechas, cuentas bancarias. Fotos. Y en la última página, una anotación reciente: “Valeria Méndez. Eliminar. Demasiado curiosa. Fecha: Hoy”.

Cerré el libro. Me sequé las lágrimas. Ya no había espacio para la tristeza. Solo había un hueco frío y negro donde antes estaba mi miedo. Me levanté del lodo. Rivas pensaba que había ganado. Pensaba que había matado al testigo y que yo huiría como una rata asustada. Pero Rivas se equivocaba. Julián me había dado el arma más poderosa de todas. Y yo no iba a huir.

Miré hacia la ciudad, hacia los rascacielos que se veían a lo lejos, donde la gente decente empezaba su día sin saber la sangre que costaba su seguridad. —Esto no se acaba aquí, Rivas —dije al viento, con una voz que ya no reconocía como mía—. Hoy no murió solo un vagabundo. Hoy murió la oficial Méndez. Y lo que nació en su lugar… eso te va a cazar hasta en el infierno.

Me guardé el libro en la cintura, apreté mi pistola vacía y empecé a caminar. No hacia la salida de la ciudad. Hacia el centro. Iba a buscar a la prensa. Iba a buscar a los pocos buenos que quedaban. O iba a quemarlo todo. Pero la historia de Julián se iba a contar. Lo juraba por mi vida.

PARTE FINAL: EL RENACER ENTRE CENIZAS Y VERDAD

Caminé. Caminé hasta que el lodo del canal se secó en mis pantalones y se convirtió en una costra gris que me raspaba la piel a cada paso. Caminé con la pistola vacía fajada en la cintura, quemándome la cadera como si todavía estuviera disparando, y con el libro negro pegado al pecho, debajo de la sudadera mugrosa.

La ciudad despertaba a mi alrededor. Bagsmundo no se detiene por nadie, ni siquiera por los héroes que mueren en el anonimato entre chatarra oxidada. Vi pasar los camiones llenos de gente con cara de sueño, los vendedores de tamales instalando sus puestos con ese vapor que huele a maíz y a consuelo, los niños con sus uniformes impolutos yendo a la escuela. Todos ellos viviendo en una realidad frágil, sostenida por alfileres, sin saber que debajo de sus pies, en el drenaje y en los corralones, se libraba una guerra por sus almas.

Yo era un fantasma caminando entre ellos. Nadie me miraba a los ojos. La gente en esta ciudad tiene un radar para la desgracia; si ven a alguien sucio, con la mirada perdida y manchado de sangre seca, miran hacia otro lado. Mejor no saber. Mejor no involucrarse. Esa indiferencia, que antes me daba coraje, ahora era mi camuflaje perfecto.

Me detuve en un teléfono público que milagrosamente servía. No tenía monedas, pero Julián me había enseñado el truco de golpear el cajetín en el ángulo correcto. Funcionó. El tono de marcado sonó como música celestial.

Mis dedos temblaban al marcar. No llamé a mi madre. No llamé a la base. Llamé al único número que Julián había garabateado en la contraportada del libro, debajo de un nombre: “Licenciado Cárdenas – Prensa Libre”.

—¿Sí? —contestó una voz ronca, de fumador empedernido. —Tengo el libro —dije. Mi voz sonaba como si viniera de ultratumba, rasposa por el humo y los gritos. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado. —¿Quién habla? —Soy la que salió viva del corralón. Soy la compañera del Chivo. —Dios santo… —El tono del periodista cambió de inmediato. Ya no era cansancio, era urgencia pura—. ¿Lo tienes? ¿Físicamente? —Lo tengo en mis manos. Y tengo nombres. Tengo fotos. Tengo la fecha de mi propia ejecución. —Escúchame bien, muchacha. No vayas a tu casa. No vayas a la fiscalía. Rivas tiene ojos en todos lados. Si entras a un edificio de gobierno, no sales. —Lo sé. Ya intentaron matarme dos veces en 24 horas. No soy pendeja. —Vete al Zócalo. Mézclate con la gente. Hay una protesta de maestros hoy a mediodía. Es el lugar más público y vigilado por cámaras internacionales ahora mismo. Te veo en las escaleras del metro, salida a Catedral. Voy con camisa blanca y chaleco de prensa. No confíes en nadie más.

Colgué.

El viaje al centro fue una odisea. Me colé en el metro saltándome los torniquetes, aprovechando el tumulto de la hora pico. El vagón iba a reventar. Olor a humanidad comprimida, a desodorante barato y garnacha. Me apretujaron contra la puerta. Sentí el libro presionando mis costillas, recordándome el peso de lo que cargaba. No era solo papel y tinta; era la vida de Julián. Era su sangre derramada en ese suelo de tierra negra.

Cerré los ojos y lo vi de nuevo. Viendo cómo se levantaba en medio de las balas, cómo rugía el nombre de Rivas, cómo se convertía en leyenda. «Haz que valga la pena», me había dicho. Esas palabras retumbaban en mi cabeza al ritmo del traqueteo del vagón naranja. Tu-tuc, tu-tuc. Valdrá la pena, Julián. Te lo juro.

Llegué al Zócalo. El sol estaba en lo alto, cayendo a plomo sobre la plancha de concreto. Había miles de personas. Maestros con pancartas, turistas sacándose fotos, vendedores de banderas. El ruido era ensordecedor: consignas por megáfono, tambores, gritos. Perfecto.

Me senté en las escaleras del metro, con la capucha puesta, observando. Pasaron diez, veinte minutos. Cada policía que veía me hacía saltar el corazón. Veía el uniforme azul y sentía náuseas. Ese uniforme que yo había portado con tanto orgullo, ahora me parecía el disfraz de los verdugos. Rivas había manchado la placa, pero Julián la había limpiado con su sacrificio. La verdadera policía no es la que lleva charola; es la que se juega el pellejo por el otro.

Entonces lo vi. Un hombre de unos cincuenta años, con chaleco caqui que decía “PRENSA”, mirando nerviosamente su reloj. Se secaba el sudor de la frente con un pañuelo.

Me acerqué por detrás. —No voltees —le susurré. El hombre se tensó, pero obedeció. —¿Eres tú? —Soy Valeria. —Siguen buscando por toda la zona sur. Dicen que mataste a un comandante y a tres civiles. Te están pintando como una psicópata armada y peligrosa. —El comandante era el líder del cártel. Y los civiles eran sicarios. —Eso lo sé yo y lo sabes tú. Pero la narrativa la tienen ellos. Hasta ahora. ¿Traes el material?

Le pasé el libro discretamente, metiéndolo en su morral de cuero sin que nadie se diera cuenta. —Ahí está todo. La memoria USB también. Hay videos. Audios. Y la lista de nómina. Rivas no está solo. Hay diputados, hay jueces… —Esto es dinamita pura, Valeria. Si publico esto, va a arder Troya. —Que arda —dije con frialdad—. Que se queme todo hasta los cimientos. Solo así podemos construir algo que no apeste a podrido.

El periodista me miró a los ojos por primera vez. Vio el cansancio, la mugre, pero también la determinación de acero. —¿Qué vas a hacer tú? Tengo un contacto en una ONG. Pueden sacarte del país hoy mismo. Asilo político en Canadá o Europa. Lo pensé un momento. La idea de irme, de desaparecer en un lugar donde la lluvia no huela a sangre, era tentadora. Podría empezar de cero. Ser mesera, bibliotecaria, cualquier cosa menos policía. Olvidar a Rivas, olvidar el miedo.

Pero luego pensé en Julián. Él pudo haberse ido. Pudo haber seguido viviendo en su agujero, invisible y “seguro”. Pero eligió pelear. Eligió volver a ser oficial Hernández por una noche.

—No me voy a ir —dije—. Esta es mi ciudad. Estas son mis calles. Si me voy, ellos ganan. —Te van a cazar, Valeria. Rivas puede caer, pero la organización es una hidra. Cortas una cabeza y salen dos. —Pues les cortaremos las dos. Y las que sigan. Ya no estoy sola.

El periodista asintió, con un respeto profundo. Cerró su morral y me dio una tarjeta y un fajo de billetes. —Por si cambias de opinión. Y para que comas algo caliente. La nota sale en una hora en digital y mañana en primera plana nacional. Prepárate. El avispero se va a alborotar. —Gracias, Licenciado.

Él se fue, perdiéndose entre la multitud. Yo me quedé ahí un momento más, viendo la bandera monumental ondear en el centro de la plaza. Verde, blanco y rojo. Sentí un nudo en la garganta. No de tristeza, sino de un amor dolido por esta tierra que te da tanto y te quita todo al mismo tiempo.

Fui a un café internet en una callejuela de Donceles. Con el dinero del periodista compré una gorra nueva, unos lentes oscuros y una chamarra barata en un puesto ambulante. Me metí al baño del café y me lavé. El agua salía café al principio, llevándose la tierra del “Corralón del Diablo” y la sangre seca de mi compañero. Me miré al espejo. Tenía ojeras profundas, rasguños en las mejillas y el labio partido. Pero mis ojos… mis ojos eran diferentes. Ya no había ingenuidad. Esa “Valeria novata” había muerto. La mujer que me devolvía la mirada era una sobreviviente.

Me senté en una computadora y esperé. A la hora exacta, el portal de Prensa Libre actualizó su portada.

EL LIBRO NEGRO DE LA CORRUPCIÓN: Cae el mito de la seguridad en Bagsmundo. Exclusiva: La bitácora secreta del Comandante Rivas revela nexos con el Cártel de La Unión y altos funcionarios. Un tiroteo en Iztapalapa deja al descubierto una red de impunidad. Un ex-oficial olvidado da la vida para sacar la verdad a la luz.

Ahí estaba. La foto del Mustang. La foto de las páginas del libro. Y una foto antigua de Julián, de cuando era joven y portaba el uniforme con orgullo, rescatada de algún archivo olvidado. El titular le hacía justicia. Ya no era “El Chivo”, el vagabundo. Era el Héroe.

Leí la nota con el corazón latiéndome a mil. Detallaba todo. Los sobornos, los asesinatos encubiertos, la protección a las tienditas. Y mencionaba mi nombre: “La oficial Valeria Méndez, actualmente prófuga y perseguida por la misma corporación que juró defender, fue quien entregó la evidencia clave tras sobrevivir a una emboscada ordenada por sus superiores”.

Salí del café internet. En los puestos de periódicos, la gente ya empezaba a murmurar. Los voceadores gritaban la noticia. —¡Lleve la verdad! ¡Cae Rivas! ¡Escándalo en la policía!

Caminé hacia una tienda de electrónica. En las televisiones del aparador, estaban transmitiendo en vivo. “…fuerte operativo de la Marina en las oficinas centrales de la policía. Se reporta la detención del Comandante Rivas y cinco de sus lugartenientes. Al parecer, intentaban destruir evidencia…”

Lo vi. Vi a Rivas esposado, con la cabeza gacha, siendo empujado hacia un camión blindado por marinos enmascarados. Ya no se veía tan arrogante. Ya no tenía esa sonrisa de suficiencia con la que me había dicho que él “controlaba a las bestias”. Ahora él era la bestia enjaulada.

Sentí una satisfacción fría, pero no alegría. El costo había sido demasiado alto. Me toqué el bolsillo donde guardaba la bala con mi nombre. La saqué y la miré una última vez. Brillaba bajo la luz del sol de la tarde. —Ya no me asustas —le susurré al metal. Me acerqué a una alcantarilla y dejé caer la bala. Se fue a la oscuridad, al drenaje, al reino donde Julián había sido rey.

No regresé a mi departamento. Sabía que estaría vigilado o saqueado. Fui a la vecindad donde vivía mi tía, en una colonia popular pero tranquila. Ella no hizo preguntas. Solo me vio, me abrazó y me preparó un caldo de pollo. Dormí 14 horas seguidas. Sin sueños. Sin pesadillas. Solo el descanso del guerrero.

A los tres días, recibí un mensaje en un teléfono desechable que había comprado. Era Lalo. “Estoy bien. Vi las noticias. Eres una chingona, prima. Gracias”. Sonreí. Al menos a él lo había salvado.

Pero mi misión no había terminado. Rivas estaba preso, sí, pero el juicio sería largo y peligroso. Y sus socios en la calle seguirían buscando venganza. Yo no podía volver a ser policía oficial. Esa puerta se había cerrado para siempre. Me habían boletinado, suspendido y seguramente me enfrentarían a procesos administrativos eternos.

Pero había descubierto algo importante en “La Grieta”. Hay otra ciudad debajo de la ciudad. Hay gente buena que vive en las sombras, desprotegida, olvidada por el sistema, presa de los lobos. Y esa gente necesita un ángel. O un demonio que pelee por ellos.

Pasaron las semanas. La ciudad de Bagsmundo seguía su ritmo frenético. Nuevos escándalos tapaban a los viejos. La gente olvidaba rápido. Pero en los barrios bajos, en los callejones oscuros, se empezó a correr un rumor. Decían que había alguien nuevo cuidando las calles. No vestía uniforme. No pedía mordida. Decían que aparecía cuando las cosas se ponían feas, cuando los asaltantes creían que tenían la victoria asegurada. Una sombra rápida, experta en combate cuerpo a cuerpo, que dejaba a los malandros amarrados y golpeados para que la patrulla los recogiera.

Una noche, regresé al edificio abandonado donde conocí a Julián. Al lugar donde todo empezó. Todavía estaba la cinta amarilla de “Prohibido el Paso” que la policía había puesto tras el primer ataque, pero ya estaba rota y vieja. Subí al segundo piso. Al cuarto donde Julián me curó el miedo con un trago de agua sucia. Ahí estaba su colchón viejo. Sus veladoras gastadas. Me senté en su caja de plástico. Encendí una veladora nueva que traía conmigo. La llama iluminó los grafitis de la pared. Saqué un plumón negro y escribí en el concreto, justo donde él solía sentarse a vigilar:

AQUÍ VIVIÓ EL COMANDANTE JULIÁN HERNÁNDEZ. HÉROE. COMPAÑERO. LEAL HASTA LA MUERTE. SU GUARDIA TERMINÓ, PERO LA NUESTRA APENAS EMPIEZA.

Me quedé un rato en silencio, escuchando la ciudad. Los cláxones lejanos, las sirenas, música de banda sonando en algún estéreo a todo volumen. Sentí una presencia. No era fantasmal, era una sensación de paz. Como si él estuviera ahí, asintiendo, aprobando.

Me levanté. Me ajusté la chamarra de cuero que ahora usaba. Me acomodé las botas. Ya no tenía placa, pero tenía un propósito. Julián me había dicho: “Peleas como yo. Desde las sombras. Sin reglas”. Y eso haría. Sería la pesadilla de los que se creen intocables. Sería la protectora de los que “no existen”.

Salí del edificio. La noche estaba fresca. Una mujer gritó en el callejón de al lado. Un grito de auxilio, agudo, aterrorizado. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. La adrenalina, esa vieja amiga, volvió a correr por mis venas. Sonreí. —Aguanta, pareja. Ya voy —susurré al viento.

Corrí hacia el grito, fundiéndome con la oscuridad. Soy Valeria Méndez. Fui oficial. Fui víctima. Fui testigo. Ahora soy la heredera del Ángel de los Callejones. Y en mi guardia, nadie pelea solo.

FIN

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