“No son muebles viejos, son mis compañeros”: El rescate en el corralón que hizo llorar a todo México.

El calor en Sonora no perdona, pero ese día, lo que me quemaba por dentro no era el sol, era la rabia.

Recibí la llamada anónima tres horas antes. Una voz nerviosa, seguramente alguien de adentro que no quería mancharse las manos, me lo soltó de golpe: “Van a subastar a los binomios hoy, Daniel. Si no se venden, los van a procesar“.

¿Procesar? Esa es la palabra cobarde que usan los burócratas para no decir m*tar.

Frené mi camioneta frente al viejo corralón municipal, a 20 kilómetros de Hermosillo. El lugar apestaba a aceite quemado y abandono. A través de la malla ciclónica oxidada, los vi. No eran perros callejeros; eran Pastores Belgas y Alemanes, veteranos de la guerra contra el n*rco, perros que habían detectado bombas y salvado vidas.

Pero ahí, en esas jaulas sucias, no parecían guerreros. Parecían fantasmas.

Caminé entre las filas. Había civiles revisándoles los dientes como si estuvieran comprando una troca usada. “¿Qué pedigrí tiene?”, preguntó un tipo de traje. Nadie preguntaba a cuántos oficiales habían protegido. Nadie preguntaba por sus manejadores.

—¡Oiga! —me gritó un oficial joven en la entrada—. Si no viene a la subasta, no puede estar aquí.

Lo ignoré y seguí caminando hasta que mis piernas se congelaron. En la última jaula de la segunda fila, un Malinois casi negro me miraba fijamente. Tenía una cicatriz en el hombro y le faltaba un pedazo de oreja.

El corazón se me detuvo. Era Kaos. El perro de Aarón. El perro de mi carnal, mi mejor amigo, el que estuvo con él la noche que perdió la vida en aquel operativo.

Kaos se pegó a los barrotes y soltó un gemido que me partió el alma. No era miedo, era reconocimiento. Sabía quién era yo.

—Usted no tiene autorización —una voz prepotente sonó a mis espaldas. Era el Licenciado Ortega, de Servicios Administrativos. Un tipo que solo ve números y jamás ha pisado la calle.

—Estos perros tienen reportes de servicio impecables, Ortega —le dije, apretando los puños—. Hace seis meses eran aptos. ¿Por qué los venden como chatarra?

—Reorganización presupuestal, Cruz. Son activos depreciados —respondió con frialdad, ajustándose la corbata—. Si no tienes dinero para pujar, lárgate. La subasta empieza en cinco minutos.

El sonido del micrófono chilló en el aire: “Señores, empezamos. Lote número uno, precio base $200 pesos…”.

Miré a Kaos. Miré a Ortega. Y supe que ese día yo no iba a obedecer ninguna orden.

¿HASTA DÓNDE LLEGARÍAS POR CUMPLIR UNA PROMESA A UN AMIGO QUE YA NO ESTÁ?

PARTE 2: LA SUBASTA DE ALMAS Y EL PRECIO DE LA LEALTAD

El chillido del micrófono se me clavó en los oídos como un piolet, pero fue el número lo que me revolvió el estómago. Doscientos pesos. Eso era lo que valía para el gobierno del estado la vida de un héroe. Menos de lo que cuesta un cartón de cervezas en un depósito, menos que una recarga de saldo, menos que una entrada al cine. Doscientos pesos por un animal que había olfateado explosivos para que niños pudieran caminar seguros a la escuela, por bestias nobles que se habían metido en túneles donde ni el diablo se atrevía a entrar.

Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el sol de Sonora me taladraba la nuca, pero el frío que sentía en el pecho no tenía nada que ver con el clima. Era ese frío viejo y conocido, el mismo que sentí cuando vi el cuerpo de Aarón tendido en el asfalto hace tres años.

—¡Doscientos cincuenta por el lote uno! —gritó un hombre gordo, con una camisa de resaque manchada de salsa y sudor, levantando una mano mugrienta.

Miré hacia la jaula número uno. Era “Roco”, un Pastor Alemán de siete años. Lo conocía. Roco había perdido la mitad de la cola en una redada en Culiacán. Ahora, estaba ahí, con la cabeza baja, la lengua de fuera por la sed, mirando al suelo como si supiera que su dignidad estaba siendo rematada al mejor postor.

—¡Trescientos! —replicó otro sujeto, un tipo flaco con aspecto de halcón, de esos que rondan las esquinas reportando movimientos.

—Vendido en trescientos pesos al caballero de la gorra roja —anunció Ortega con esa voz monótona y desalmada, golpeando una mesa plegable con un martillo de juez que parecía de juguete.

Sentí náuseas. Trescientos pesos. Roco fue sacado de su jaula con una cuerda de tendedero amarrada al cuello, arrastrado por el tipo flaco que lo miraba no como a un ser vivo, sino como a una herramienta para intimidar vecinos o cuidar un terreno baldío lleno de autopartes robadas. El perro ni siquiera opuso resistencia; el espíritu se le había quebrado mucho antes de llegar a este corralón.

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi pantalón de mezclilla hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Tenía seis mil pesos en la cartera. Era todo lo que había podido sacar del cajero de emergencia y lo que tenía guardado para la colegiatura de mi hija. Mi esposa me iba a m*tar si se enteraba, pero en ese momento, la voz de mi mujer era un eco lejano. Lo único que escuchaba era el jadeo de los perros y el latido acelerado de mi propio corazón.

Avancé entre la gente, empujando hombros sudorosos. La multitud era una mezcla grotesca. Había familias pobres buscando una mascota barata, sí, pero la mayoría eran hombres con miradas turbias. Vi a un par de tipos que olían a peleas de perros clandestinas; analizaban la musculatura de los animales, buscando cicatrices, midiendo la mordida. Para ellos, estos veteranos no eran mascotas, eran carne de cañón para el espectáculo sádico del fin de semana.

—Disculpe, compa, con permiso —dije, abriéndome paso a la fuerza hasta quedar en primera fila, justo frente a la mesa de Ortega.

El Licenciado Ortega me miró por encima de sus lentes baratos. Me reconoció, claro que sí. Yo fui instructor en la academia antes de retirarme por la lesión en la rodilla. Él sabía quién era yo, y sabía que yo sabía de sus tranzas.

—Lote número dos —anunció Ortega, ignorando mi mirada de odio—. Hembra, Pastor Belga, cinco años. Retirada por displasia leve. Precio base: doscientos pesos.

Era “Sombra”. Una perra experta en búsqueda y rescate. Ella había encontrado a tres personas vivas bajo los escombros en el sismo del 17. Tres personas que hoy respiran gracias a su nariz. Y ahí estaba Ortega, vendiéndola como si fuera una licuadora defectuosa.

—Quinientos —grité. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

La gente se giró a mirarme. Ortega frunció el ceño.

—El señor ofrece quinientos —dijo con desdén—. ¿Alguien da más?

Hubo un silencio. Los compradores de peleas no querían una perra con displasia. Los que buscaban guardianes la veían muy vieja.

—A la una… a las dos… Vendida al señor Cruz.

Me acerqué, saqué un billete de quinientos y lo azoté contra la mesa.

—Quiero los papeles —le exigí—. Y quiero agua para ella, ahora.

—Los papeles se entregan al final, Cruz. Llévatela y deja de estorbar —masculló Ortega, guardándose el billete en una caja de metal.

Fui hacia la jaula de Sombra. Cuando abrí el cerrojo oxidado, ella no salió corriendo. Se acercó despacio y me lamió la mano. Me reconoció. “Tranquila, mami, tranquila”, le susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz. La saqué y la amarré junto a mi pierna con mi propio cinturón, porque no traía correa.

Pero Sombra no era mi objetivo principal. Mi misión, mi obsesión, estaba en la jaula catorce.

El tiempo se estiró como chicle bajo el sol. Lote tres, lote cuatro, lote cinco… Fui testigo de cómo se llevaban a “Tango”, a “Bala”, a “Nerón”. Cada golpe del martillo era un clavo en mi conciencia. Quería comprarlos a todos. Quería gritarles que eran unos malditos, quería tirar la malla ciclónica y dejar que los perros corrieran libres hacia el desierto. Pero tenía que ser estratégico. Si gastaba mi dinero ahora, no tendría con qué pelear por Kaos.

Y Kaos… Kaos era diferente.

Mientras esperaban el siguiente lote, mi mente viajó de golpe al pasado. No podía evitarlo. El olor a tierra seca y la tensión me transportaron a aquella noche en la sierra.

Flashback

—¡No te separes, cabrón! —me gritó Aarón, su voz apenas audible sobre el estruendo de los AK-47 que repiqueteaban contra nuestra patrulla blindada.

Estábamos emboscados. Eran las tres de la mañana en un camino de terracería olvidado por Dios. Solo éramos nosotros dos y Kaos. El perro no ladraba. Los perros de intervención no ladran cuando hay plomo en el aire; se transforman en sombras letales. Kaos estaba agazapado en el asiento trasero, con los ojos inyectados en adrenalina, esperando la orden.

—Están flanqueando por la derecha —dije, recargando mi arma con manos temblorosas—. Son demasiados, Aarón. Tenemos que pedir apoyo aéreo o no salimos de esta.

—Ya pedí, pero van a tardar veinte minutos —respondió Aarón, secándose el sudor de la frente con la manga del uniforme—. No tenemos veinte minutos, Dani.

Una granada casera detonó a unos diez metros, sacudiendo la camioneta como si fuera una sonaja. El polvo nos llenó la boca.

—Voy a salir a cubrirte —dijo Aarón de repente, con esa mirada loca que ponía cuando decidía hacer una estupidez heroica—. Tú agarra la radio y no dejes de chingar hasta que manden el pájaro. Kaos, ¡Juss! (Atento).

—¡No, espérate! —grité, pero fue tarde.

Aarón abrió la puerta y rodó hacia una zanja. Kaos salió disparado detrás de él, una mancha negra y veloz.

Lo que siguió fue un caos borroso. Disparos, gritos, y luego, ese sonido seco y terrible de una bala impactando en carne.

—¡Aarón!

Lo vi caer. No cayó como en las películas. Se desplomó como un costal de cemento. Y entonces vi a Kaos. El perro no huyó. Se paró sobre el cuerpo de su manejador, mostrando los colmillos, hecho una furia, desafiando a las balas que levantaban tierra a su alrededor. Un sicario intentó acercarse para rematar a Aarón, y Kaos se le fue a la yugular. El grito del agresor se ahogó en sangre.

Pero eran demasiados. Vi cómo uno le apuntaba al perro. Disparé, derribando al tirador, pero una bala rozó el hombro de Kaos. El perro chilló, pero no se movió de encima de Aarón. Se quedó ahí, sangrando, protegiendo a su humano hasta que llegaron los refuerzos.

Cuando los paramédicos subieron a Aarón a la camilla, ya se había ido. Kaos tuvo que ser sedado porque no dejaba que nadie más tocara el cuerpo. Antes de que se llevaran a mi amigo, me acerqué. Le cerré los ojos a Aarón y, con las manos llenas de la sangre de mi hermano, miré al perro dormido.

—Te lo juro, carnal —susurré al viento—. No lo voy a dejar solo.

Fin del Flashback

—¡Lote número catorce! —la voz de Ortega me trajo de vuelta al infierno presente.

Me enderecé. Sombra se pegó a mi pierna, sintiendo mi tensión.

—Macho, Pastor Belga Malinois, cuatro años. Agresivo. No apto para familias. Se recomienda para seguridad industrial o guardia perimetral estricta.

Miré hacia la jaula. Kaos estaba de pie. A diferencia de los otros perros, él no estaba derrotado. Estaba enojado. Sus ojos ámbar escaneaban a la multitud con una inteligencia que daba miedo. Me vio. Sus orejas se giraron levemente hacia mí. No movió la cola. Kaos no regalaba afecto, regalaba lealtad, y esa había que ganársela.

—Precio base: quinientos pesos —dijo Ortega. Subió el precio. Sabía que este perro era una máquina.

—¡Mil pesos! —grité de inmediato, levantando la mano. Quería acabar con esto rápido. Intimidar a los otros compradores.

Ortega sonrió. Esa sonrisa de reptil que huele la desesperación.

—El señor Cruz ofrece mil. ¿Alguien da mil quinientos?

Un silencio tenso.

—¡Dos mil! —gritó una voz rasposa desde el fondo.

Me giré. Era un tipo que no había visto antes. Llevaba botas de piel de avestruz, jeans de marca apretados y una camisa de seda con estampado de versace que gritaba “narcocultura” a kilómetros. Tenía un palillo en la boca y dos guardaespaldas armados (discretamente, pero se notaban los bultos en la cintura) a sus lados.

El estómago se me fue a los pies. Ese tipo no quería a Kaos para cuidar una bodega. Lo quería para cruzarlo, para sacar crías agresivas, o peor, para usarlo de “sparring” con otros perros hasta m*tarlo.

—Dos mil quinientos —dije, sintiendo cómo el sudor me corría por la espalda.

—Tres mil —replicó el tipo del palillo, sin siquiera mirarme, revisando sus uñas.

—Tres mil quinientos.

—Cuatro mil.

La gente empezó a murmurar. Esto ya no era una subasta de descarte; era un duelo.

—Cuatro mil quinientos —dije. Me quedaban mil pesos. Si pasaba de cinco mil quinientos, estaba muerto.

El tipo del palillo se quitó los lentes oscuros. Tenía ojos inexpresivos, muertos. Me miró de arriba abajo, evaluando mi ropa desgastada, mi camioneta vieja al fondo, mi desesperación.

—Seis mil —dijo con calma.

El mundo se detuvo. Seis mil. No tenía seis mil. Tenía cinco mil quinientos y el dinero de la gasolina.

—Seis mil a la una… —canturreó Ortega, disfrutando el espectáculo.

Me busqué los bolsillos. Nada. Saqué mi reloj, un viejo Casio que había sobrevivido a tres huracanes.

—¡Doy cinco mil quinientos y este reloj! —grité, quitándomelo de la muñeca—. ¡Es original, vale dos mil varos!

La multitud se rió. El tipo del palillo soltó una carcajada seca.

—Aquí solo aceptamos efectivo, Cruz. No somos casa de empeño —se burló Ortega—. Seis mil a las dos…

—¡Espera! —grité, dando un paso adelante. Sombra ladró—. ¡Ortega, por favor! ¡Ese perro salvó a Aarón! ¡Tú conocías a Aarón! ¡Estuvo en la fiesta de tu hija!

La mención de Aarón borró la sonrisa de algunos presentes, pero no la de Ortega. El dinero y el poder borran la memoria más rápido que el Alzheimer.

—Los negocios son los negocios, Daniel. No seas sentimental.

—Siete mil —dijo el tipo del palillo, solo para joder. Para demostrar que le sobraba lo que a mí me faltaba.

—Siete mil a la una… a las dos… y a las tres. Vendido al caballero del fondo. Pase a pagar a la caja.

El martillazo sonó como un disparo.

Sentí que las rodillas me fallaban. No. No podía ser. Le había fallado. Le había fallado a Aarón. Otra vez.

Vi cómo uno de los guardaespaldas del tipo se acercaba a la jaula de Kaos con una vara de metal con un lazo en la punta, de esas que usan los perreros para someter a las bestias.

—¡No usen eso! —les grité—. ¡Él camina con correa! ¡No es un animal salvaje!

—Cállese, viejo —me empujó el guardaespaldas. Era un chamaco de veinte años con más soberbia que cerebro.

Kaos, al ver la vara, reaccionó. Se lanzó contra la reja, mordiendo el metal, ladrando con una furia que hizo retroceder a la gente tres pasos.

—Pinche perro loco —dijo el narquillo—. A ver si no hay que darle un tiro antes de subirlo.

Esa frase. “Darle un tiro”.

Algo se rompió dentro de mí. La “civilidad” se esfumó. El ex policía respetuoso de la ley desapareció. Solo quedó el Daniel que había sobrevivido a la sierra, el Daniel que había jurado proteger el legado de su hermano.

Miré a Sombra, atada a mi pierna. Ella estaba tensa, lista.

—Ortega —dije, bajando la voz, tan bajo que solo él pudo escucharme en medio del escándalo de los ladridos de Kaos—. Te voy a dar una última oportunidad. Cancela la venta. Dámelo a mí. Te firmo un pagaré, te dejo la camioneta, lo que quieras.

Ortega se rió en mi cara.

—Estás loco, Cruz. Lárgate antes de que llame a la municipal para que te saquen a patadas. Ya perdiste.

Miré alrededor. Cuatro policías municipales en las esquinas, aburridos, mirando sus celulares. El tipo del palillo y sus dos gorilas. Ortega y su secretaria. Y yo. Yo y una perra coja.

Calculé las distancias. El corralón tenía una salida trasera, un portón de malla que estaba medio abierto para que entrara el aire. Estaba a unos treinta metros de la jaula de Kaos.

El guardaespaldas estaba forcejeando con el cerrojo de la jaula de Kaos. El perro estaba listo para morder la primera mano que entrara. Si ese idiota metía la mano, Kaos se la iba a arrancar, y entonces sí, lo m*tarían ahí mismo frente a todos.

No tenía opción.

Me agaché fingiendo acomodar la “correa” de Sombra. Busqué en el suelo y encontré una piedra del tamaño de una pelota de béisbol, pesada, con bordes filosos.

—Lo siento, Sombra —le susurré—. Vamos a tener que correr.

Me enderecé de golpe y, con un movimiento fluido que mi cuerpo recordaba de mis días de pitcher en la liga llanera, lancé la piedra con todas mis fuerzas. No hacia las personas. La lancé hacia el transformador de luz que estaba en el poste, justo encima de la mesa de Ortega.

El estruendo fue magnífico. ¡PUM! Chispas, humo, y un zumbido eléctrico que hizo que todos se agacharan instintivamente.

Aproveché la confusión.

—¡Sombra, Fuss! (Junto) —ordené.

Corrí hacia la jaula de Kaos. El guardaespaldas estaba en el suelo, asustado por las chispas que caían. Lo aparté de una patada en las costillas que lo dejó sin aire.

—¡Kaos, Platz! (Abajo) —grité.

El perro obedeció al instante. Me reconoció la voz de mando. La voz de la manada.

Abrí el cerrojo. Kaos salió disparado, pero no para huir. Se paró a mi lado, pegando su hombro contra mi pierna, igual que lo hacía con Aarón. Ahora tenía dos perros. Dos guerreros.

—¡Hey! ¡Detengan a ese loco! —gritó Ortega, recuperándose del susto.

El tipo del palillo sacó una pistola. Una escuadra cromada, muy bonita, muy ilegal.

—Ese perro es mío, cabrón —dijo, apuntándome a la cabeza.

Todo se detuvo. El silencio volvió a caer sobre el corralón, solo roto por el zumbido del transformador moribundo.

Estaba a diez metros de la salida. Tenía una pistola apuntándome. Tenía dos perros dispuestos a morir por mí. Y tenía una rabia que podía incendiar todo Sonora.

Miré al narco a los ojos.

—Si disparas —le dije con una calma que no sentía—, mis perros te van a comer la garganta antes de que toques el suelo. Y créeme, güey… ellos no fallan.

Kaos gruñó. Un sonido profundo, gutural, que vibró en el suelo. Sombra, a pesar de su displasia, enseñó los dientes.

El tipo dudó. Un segundo.

Ese segundo fue todo lo que necesité.

—¡Kaos, Sombra, Attacke! (Ataque) —no les ordené morder, les ordené crear distracción.

Kaos saltó, no hacia el hombre, sino hacia el brazo armado. El tipo disparó al aire del susto. La gente gritó y empezó a correr en estampida. El caos total.

—¡Vámonos! —grité, silbando para llamarlos de vuelta.

Corrí hacia el portón trasero. Mis pulmones ardían. Escuché gritos, órdenes confusas, y más disparos al aire. Salté la valla perimetral, cayendo mal sobre mi rodilla mala, pero la adrenalina era un analgésico poderoso. Sombra pasó por un hueco en la malla. Kaos saltó la cerca de dos metros como si tuviera resortes en las patas.

Llegamos a la parte trasera del corralón, donde había dejado la camioneta estacionada por si acaso. Mis manos temblaban tanto que se me cayeron las llaves.

—¡Maldita sea! —bramé, buscándolas en la tierra.

Escuché pasos corriendo hacia nosotros. Botas pesadas.

—¡Ahí están! ¡Tírenle a las llantas!

Encontré las llaves. Abrí la puerta del copiloto.

—¡Arriba! —les ordené.

Kaos y Sombra saltaron al interior de la vieja Ford Lobo. Yo me subí al asiento del conductor, encendí el motor que rugió como un león viejo y metí primera.

Una bala rompió el cristal trasero, llenando la cabina de vidrios.

—¡Agárrense! —grité, pisando el acelerador a fondo.

La camioneta derrapó en la tierra suelta, levantando una nube de polvo que nos sirvió de cortina de humo. Salí al camino principal, esquivando baches, con el corazón a mil por hora.

Miré por el retrovisor. Nadie nos seguía todavía, pero sabía que lo harían. Ortega tenía mis datos. El narco tenía mi cara grabada. Y yo acababa de robar propiedad estatal y asaltar a un funcionario.

Mi vida, tal como la conocía, se había terminado en esos cinco minutos.

Manejé durante una hora sin rumbo fijo, internándome en las brechas del desierto, lejos de la carretera federal. Cuando estuve seguro de que no había moros en la costa, detuve la camioneta bajo la sombra de un mezquite gigante.

El silencio del desierto nos envolvió.

Me giré para ver a mis copidotos. Sombra estaba jadeando en el asiento, lamiéndose una pata. Kaos… Kaos estaba sentado, mirándome.

Me acerqué a él. Tenía la mirada de Aarón. Juro por Dios que tenía la mirada de Aarón.

Le acaricié la cabeza, justo detrás de esa oreja mocha. El perro cerró los ojos y soltó un suspiro largo, recargando su cabeza pesada en mi pecho. Empecé a llorar. Lloré como no había llorado en el funeral. Lloré por la rabia, por el miedo, por los tres años de extrañar a mi amigo, por la injusticia de este país que devora a sus hijos y vende a sus héroes.

—Ya estás a salvo, Kaos —le dije entre sollozos—. Ya estás con la familia, cabrón.

Pero la paz duró poco. Mi celular vibró.

Era un número desconocido.

Dudé, pero contesté.

—¿Bueno?

—Daniel Cruz —dijo una voz distorsionada, metálica—. Acabas de cometer el error más grande de tu perra vida. Ese animal no era para peleas. Ese perro traía algo en el estómago. Algo que nos pertenece. Y lo queremos de vuelta.

Se me heló la sangre.

—¿De qué hablas?

—Tienes dos horas para entregarlo en el kilómetro 40. Si no, vamos a visitar a tu esposa y a tu hija. Sabemos dónde viven. Sabemos a qué escuela va la niña.

La llamada se cortó.

Miré a Kaos. Él me miró de vuelta, inclinando la cabeza.

No solo había rescatado a un perro. Había robado, sin saberlo, algo mucho más peligroso. Y ahora, los demonios venían por nosotros.

Arranqué la camioneta. No iba a ir al kilómetro 40. Iba a ir a la guerra.

PARTE 3: LA CACERÍA DEL LOBO Y EL SECRETO EN LAS ENTRAÑAS

La pantalla del celular se fue a negro, pero la amenaza seguía brillando en mi mente como un neón de cantina barata: “Sabemos a qué escuela va la niña”.

Arrojé el teléfono al asiento del copiloto como si fuera una brasa ardiendo. El viejo motor V8 de la Ford Lobo rugía bajo mis pies, una bestia mecánica que tosía humo y aceite, pero que avanzaba con la terquedad de quien no tiene nada que perder. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que sentía cómo el cuero desgastado se me incrustaba en las palmas.

No iba al kilómetro 40. Claro que no. Ir a donde te cita el enemigo es suicidio, es la primera regla que te enseñan en la academia antes de que el sistema te corrompa o te escupa: nunca entres en la zona de aniquilación del oponente. Si querían guerra, la tendrían, pero sería en mi terreno, bajo mis reglas y con mis tiempos.

Miré por el espejo retrovisor. Una nube de polvo ocre se levantaba detrás de nosotros, borrando el camino, borrando el pasado inmediato del corralón, borrando al Daniel Cruz que intentaba ser un ciudadano decente. Ese hombre se había quedado atrás, junto con la reja oxidada y los casquillos percutidos. El que conducía ahora era otro. Era el “Comandante Cruz”, el que sobrevivió a la limpieza del 2011, el que había cargado el ataúd de su mejor amigo.

—Tranquilos —les dije a los perros, aunque la voz me temblaba.

Kaos seguía con la cabeza recargada en mi muslo derecho. Sentía su calor a través de la mezclilla. No era un calor normal; el perro estaba hirviendo. Su respiración era pesada, rítmica pero forzada. “Trae algo en el estómago”, había dicho la voz distorsionada. La frase me taladraba el cerebro. ¿Qué clase de monstruosidad le habían hecho? ¿Drogas? ¿Un localizador? ¿Explosivos? La sola idea me revolvió las tripas más que el miedo a morir. Habían abierto a un héroe de guerra para convertirlo en una mula de carga.

Sombra, en el asiento del copiloto, gimió bajito. La pobre estaba asustada, confundida por los disparos y el olor a adrenalina agria que yo emanaba. Le acaricié el lomo con la mano derecha sin soltar el volante.

—Aguanta, mami. Ya casi llegamos a un lugar seguro.

Pero, ¿dónde era seguro? En México, la seguridad es un mito, un cuento que nos contamos para poder dormir. Si el cartel tenía mi número, tenían mi dirección. Si tenían mi dirección, Elena y Sofía eran blancos móviles.

Frené de golpe en una brecha seca, levantando más polvo. Necesitaba pensar. Necesitaba enfriar la cabeza antes de cometer un error fatal. El sol estaba en su punto más alto, cayendo a plomo sobre el desierto de Sonora, haciendo que el aire vibrara sobre el cofre de la camioneta.

Lo primero era la familia.

Tomé el celular de nuevo. Mis dedos, torpes por el temblor residual de la adrenalina, buscaron el número de Elena. “Mi vida”, decía la pantalla. Dudé un segundo. Si llamaba, ¿podrían rastrearme? Probablemente. Pero no tenía opción. Tenía que sacarlas de ahí.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Cada segundo era una eternidad, un latigazo de ansiedad.

—¿Bueno? —la voz de Elena sonó tranquila, cotidiana. Estaba en su descanso en el hospital, seguramente tomando un café, ajena a que nuestro mundo acababa de implosionar.

—Elena, escúchame bien y no grites —mi voz salió ronca, autoritaria, el tono que usaba en los operativos—. Necesito que salgas del hospital ahora mismo. Ya. Deja todo.

—Daniel, ¿qué pasa? ¿Estás bien? Te oyes raro… —su tono cambió instantáneamente de la calma a la alerta. Ella conocía ese tono. No lo había escuchado en tres años, pero lo conocía.

—No hay tiempo. Código Azul Profundo, Elena. Código Azul Profundo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, cargado de terror. “Azul Profundo” era nuestra palabra de seguridad. La habíamos acordado años atrás, cuando la guerra contra el n*rco estaba en su apogeo y yo recibía coronas fúnebres en la puerta de la casa. Significaba: “Nuestras vidas corren peligro inminente, no preguntes, solo huye”. Esperaba no tener que usarla nunca.

—Voy por Sofía —dijo ella. Su voz ya no temblaba. Se había puesto en modo supervivencia. Dios, cómo amaba a esa mujer.

—No. No vayas a la escuela —la interrumpí, sintiendo un nudo en la garganta—. Ellos saben dónde estudia. Si vas, te pueden estar esperando.

—¡Entonces qué hago, Daniel! ¡No voy a dejar a mi hija! —gritó, y escuché el pánico rompiendo su compostura.

—Escúchame —le ordené, cerrando los ojos—. Manda a tu hermana. Que Laura la recoja. Que diga que tuviste un accidente leve y que la lleve a su casa en Obregón. Que no pasen por la nuestra. Tú toma un taxi, no tu coche. Vete directo a la central de autobuses y compra un boleto a cualquier lado, pero bájate en la primera parada y espera instrucciones. Tira tu chip. Compra uno de prepago en el Oxxo.

—Daniel… ¿qué hiciste? —preguntó, con un hilo de voz.

—Lo correcto, Elena. Hice lo correcto por primera vez en años. Te amo. Hazlo ya.

Colgué. Me sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho. Las había puesto en la línea de fuego. Por salvar a un perro, había condenado a mi familia a la fuga. La culpa me golpeó como un mazo, pero la convertí en combustible. Ya no había vuelta atrás. Si me detenía a llorar, nos m*taban a todos.

Arranqué la camioneta otra vez. Tenía que revisar si traía “cola”.

Conduje por la brecha, alejándome de la carretera principal. Mis ojos iban del camino al espejo, buscando cualquier destello de cromo, cualquier vehículo que mantuviera la distancia. Nada por ahora. Pero sabía que los halcones estaban en todas partes. Un niño en una bicicleta, un vendedor de naranjas en el cruce, cualquiera podía ser los ojos del cartel.

Decidí ir a “El Purgatorio”.

Así le decíamos al taller del “Tío Chepe”. No era mi tío de sangre, pero como si lo fuera. Un viejo mecánico que había arreglado patrullas para la federal durante veinte años y que sabía que, a veces, los vehículos necesitaban desaparecer o cambiar de piel sin preguntas. Estaba en medio de la nada, en un ejido abandonado a cuarenta kilómetros de Hermosillo.

El viaje fue una tortura psicológica. Cada bache me hacía pensar en lo que traía Kaos en el estómago. El perro seguía jadeando. En un momento, intentó vomitar, pero solo echó baba blanca y espumosa.

—Aguanta, campeón. Ya te voy a sacar esa porquería —le prometí, acariciando su nuca.

Llegamos a El Purgatorio media hora después. Era un galerón de lámina rodeado de chatarra, esqueletos de coches devorados por el sol y el óxido. Un cementerio de máquinas.

Toqué el claxon con un patrón específico: dos cortos, uno largo.

El portón de lámina se abrió chirriando. Entré rápido y esperé a que se cerrara detrás de mí antes de apagar el motor. El silencio que siguió fue sepulcral.

Chepe salió de debajo de un camión torton. Estaba lleno de grasa hasta las cejas, con su eterno overol azul que ya era más negro que azul. Tenía una llave de cruz en la mano y una escopeta recortada recargada en un tambo de aceite cercano.

—Vienes caliente, Cruz —dijo, sin saludar, escupiendo un gargajo de tabaco al suelo—. Se oye el zumbido de la chota y de los malandros hasta acá.

—Más caliente que el infierno, Chepe —bajé de la camioneta. Mis piernas se sentían de hule—. Necesito herramientas. Y necesito un veterinario que no haga preguntas.

Chepe me miró, luego miró a la cabina de la Lobo donde Kaos y Sombra asomaban las cabezas. Frunció el ceño al ver a los animales.

—¿Te robaste el zoológico o qué pedo?

—Son binomios, Chepe. Iban a m*tarlos. Y este… —señalé a Kaos— trae algo adentro que quieren los dueños de la plaza.

El viejo mecánico soltó un silbido largo. Se limpió las manos en un trapo sucio y negó con la cabeza.

—Siempre te gustó patear el avispero, muchacho. El veterinario está cabrón, el único que conozco que se avienta esos jales está en Sinaloa. Aquí vas a tener que hacerlo tú o dejar que el perro se muera.

Sentí un frío recorrer mi espina dorsal. Yo no era médico. Sabía primeros auxilios tácticos, sabía suturar una herida de bala en combate, sabía poner un torniquete. Pero, ¿operar?

—No se va a morir —dije, más para mí que para él.

—Bájalos. Tengo agua fresca y algo de carne seca —dijo Chepe, dándose la vuelta—. Voy a cerrar todo. Si vienen, aquí los recibimos con plomo.

Bajé a los perros. Sombra caminó cojeando hacia la sombra (valga la redundancia cruel) de una pila de llantas. Kaos, en cambio, se mantuvo pegado a mí. Su lealtad era conmovedora y aterradora a la vez. A pesar del dolor que debía estar sintiendo, seguía en modo guardia.

Me arrodillé frente a él.

—A ver, Kaos. Déjame ver —le hablé suave, tomándole el hocico.

El perro se dejó manipular. Sus ojos ámbar me miraban con una confianza absoluta que me partía el alma. Revisé su abdomen. Estaba distendido, duro al tacto. Pasé mis dedos por la piel, buscando. Y ahí estaba.

En el costado derecho, bajo las costillas, sentí el relieve de una cicatriz reciente. Estaba mal curada, inflamada, cubierta apenas por el pelo que empezaba a crecer. No habían usado puntos quirúrgicos profesionales; parecía que lo habían cosido con hilo de pescar o con una engrapadora cutánea barata.

La rabia me cegó por un momento. Imaginé a esos bastardos sujetando al perro, cortándolo sin anestesia suficiente, metiéndole quién sabe qué porquería y cerrándolo para venderlo en la subasta como si fuera un envase retornable.

—Hijos de su p*ta madre —mascullé.

—¿Qué encontraste? —preguntó Chepe, acercándose con una botella de agua y un cuchillo de monte afilado como bisturí.

—Lo abrieron, Chepe. Hace poco. Menos de una semana.

—Pues hay que abrirlo otra vez —dijo el viejo, entregándome el cuchillo—. Si es droga y se le revienta una bolsa, se te muere en cinco minutos. Si es un GPS, ya saben que estamos aquí.

Tenía razón. Si era un rastreador, cada segundo que pasaba era un segundo menos de vida.

—Necesito alcohol, gasas, hilo, lo que tengas. Y lidocaína. Tienes que tener lidocaína para tus reumas, viejo.

Chepe asintió y corrió a su pequeña oficina. Regresó con un botiquín de emergencia que parecía de la segunda guerra mundial, pero tenía lo básico.

—Sujétalo —le dije.

—¿Yo? Este perro me arranca la mano si lo toco mal.

—No lo hará. Es un profesional. Kaos, Platz. ¡Quieto!

El perro se tumbó de lado sobre una lona limpia que pusimos en el suelo. Respiraba agitado. Sabía que le íbamos a hacer daño, pero confiaba en mí. “Por favor, Dios, que no se me muera aquí”, recé, aunque hacía años que no creía en Dios.

Limpié la zona con alcohol. Kaos se estremeció. Inyecté la lidocaína alrededor de la cicatriz vieja. Esperé unos minutos, acariciándole la cabeza, susurrándole cosas sin sentido, hablándole de Aarón.

—Aarón te quería un chingo, cabrón. Eras su orgullo. No te vas a ir con él todavía. Tienes que cuidarme a mí, ¿ok? Estamos juntos en este desmadre.

Cuando la piel pareció insensible, tomé el cuchillo. Mis manos, que minutos antes temblaban por la ira, se volvieron firmes. Memoria muscular. Respiré hondo y corté los puntos viejos.

Salió un poco de sangre oscura y pus. Infección. Maldita sea.

Abrí la incisión con cuidado, separando el tejido. El olor era fuerte. Metí dos dedos, explorando la cavidad con un cuidado extremo. Sentí el músculo, los órganos palpitantes y… algo duro. Un objeto extraño, envuelto en plástico grueso.

—Ahí está —dije, sudando frío.

Con unas pinzas mecánicas desinfectadas con fuego, sujeté el extremo del objeto y tiré suavemente. Kaos soltó un quejido que me desgarró, intentó levantar la cabeza, pero Chepe lo mantuvo abajo, hablándole recio.

—¡Quieto, firulais, quieto!

El objeto salió con un sonido húmedo y desagradable. Era un cilindro metálico, de unos diez centímetros de largo, envuelto en cinta de aislar negra y luego en plástico al vacío. No era droga. Pesaba demasiado para ser droga.

Dejé caer el cilindro en una bandeja de metal. Inmediatamente, me concentré en el perro. Limpié la herida lo mejor que pude con solución salina, metí unos antibióticos en polvo que Chepe tenía para el ganado (era lo que había) y comencé a coser.

Cada puntada era una promesa: “Te voy a vengar”.

Cuando terminé, Kaos estaba exhausto, pero vivo. Le inyecté un analgésico y lo cubrí con una manta.

—Buen chico. Eres un guerrero de acero —le dije, besándole la frente sudorosa.

Me puse de pie y me acerqué al cilindro. Chepe ya lo estaba mirando con curiosidad, con la escopeta lista por si el cilindro decidía explotar.

—¿Qué chingados es eso, Cruz?

Tomé un trapo y limpié la sangre y los fluidos del paquete. Corté el plástico con cuidado. Adentro había un tubo de metal cepillado con una entrada USB en un extremo y un pequeño lector biométrico en el otro.

—Es una “llave fría” —dije, reconociendo el dispositivo. Había visto unos parecidos en la unidad de inteligencia financiera, hace años.

—¿Y eso con qué se come?

—Es almacenamiento encriptado de alto nivel. Aquí no hay fotos de la abuela, Chepe. Aquí hay nóminas, rutas, cuentas bancarias, nombres de políticos comprados… Esto es el libro de contabilidad de alguien muy pesado.

Chepe palideció bajo la grasa de su cara.

—Madre santísima. Con razón te querían m*tar en el kilómetro 40. Cruz, tienes una bomba nuclear en la mano. Si el cartel pierde esto, se les cae el negocio o se les viene la DEA encima. Van a quemar todo el estado para recuperarlo.

Miré el dispositivo. Luego miré a Kaos, dormitando bajo el efecto de la anestesia. Habían usado a un ser vivo, a un héroe, como caja fuerte desechable. Lo habían condenado a morir lentamente por una infección o a ser destripado cuando “recuperaran el activo”. La crueldad era tan pragmática, tan empresarial, que me dio asco.

—Pues que vengan —dije, guardando el dispositivo en mi bolsillo—. Que vengan y traten de quitarme la “bomba”.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Chepe, preocupado—. No puedes quedarte aquí. Si traían rastreador, ya vienen en camino.

Revisé el cilindro otra vez. No tenía luz parpadeante.

—Esto no emite señal. Pero seguro el perro traía un chip subcutáneo normal, de los de veterinaria, y lo están rastreando con eso si tienen acceso a la base de datos municipal. Ortega… ese maldito burócrata les dio el acceso.

Fui hacia Kaos y pasé el escáner de chips que Chepe usaba para identificar caballos robados (sí, Chepe tenía de todo). Bip. En el cuello.

—Lo tienen ubicado —confirmé.

—Sácaselo y tíralo al monte —sugirió Chepe.

—No —sonreí, una sonrisa fea, sin alegría—. Si se lo quito, sabrán que sé. Si dejo de moverme, sabrán que estoy aquí. Necesito tiempo para que mi familia se aleje más. Necesito que crean que sigo siendo una presa estúpida.

Miré la hora. Habían pasado cuarenta minutos desde la llamada. Quedaba una hora y veinte para el plazo del “kilómetro 40”, pero como no fui, seguro adelantarían el ataque.

—Chepe, necesito tu troca vieja. La Chevrolet que no usas.

—Está desbielada, Cruz.

—No necesito que corra. Necesito que ruede unos kilómetros. Y necesito que me prestes tus fierros. Todo lo que tengas.

Chepe me miró a los ojos. Vio que no había forma de disuadirme. Suspiró y caminó hacia un armario de metal cerrado con tres candados.

—Tengo un AR-15 con dos cargadores, una 38 súper y un par de granadas de humo que me “encontré” hace años. Y cartuchos de escopeta, un chingo.

—Saca todo. Hoy es día de fiesta.

Pasamos los siguientes veinte minutos preparando la trampa. Era una locura. Éramos un ex policía cojo y un mecánico viejo contra un ejército de sicarios. Pero teníamos ventaja: el terreno y la sorpresa.

Subí a Kaos y a Sombra a mi Ford Lobo.

—Chepe, llévate mi camioneta. Saca a los perros de aquí. Escóndelos en la cueva del Cañón del Zorro. Ya sabes dónde.

—¿Y tú? —preguntó el viejo, subiendo a la cabina de mi camioneta.

—Yo me quedo con el chip —dije, sacando un bisturí—. Le voy a quitar el chip a Kaos ahorita mismo. Tú te llevas a los perros “limpios”. Yo me quedo con el chip y con la “llave fría”. Me voy a mover en tu carcacha hacia el norte, para despistarlos.

—Te van a alcanzar, Cruz. Esa Chevrolet no levanta más de ochenta.

—Esa es la idea. Quiero que me alcancen. Pero no donde ellos quieran.

Hice la microcirugía en el cuello de Kaos en segundos. Era solo un grano de arroz bajo la piel. Lo puse en mi bolsillo.

—Cuida a mis perros, Chepe. Si no regreso… búscale un hogar a Sombra. Y a Kaos… a Kaos dile que fue un honor servir con él.

El viejo asintió, con los ojos vidriosos. Arrancó mi Lobo y salió del taller por la puerta trasera, levantando polvo, llevándose a mis únicos aliados leales. Me quedé solo en el taller silencioso.

Solo con el chip, la memoria USB y un arsenal oxidado sobre la mesa de trabajo.

Me senté en un banco de metal y comencé a limpiar el AR-15. Desarmé el cerrojo, lubriqué las piezas. El olor a aceite de armas me tranquilizó. Click, clack. El sonido del metal encajando era música.

Revisé la 38 súper. Nueve tiros más uno en la recámara. Seguro puesto.

Tomé el celular. Tenía un mensaje de Elena: “Vamos en camino. Sofía está conmigo. Te amo. Cuídate”.

Rompí el celular y tiré los pedazos en un bote de ácido para baterías. Ya no había comunicación. Ahora era solo instinto.

Subí a la vieja Chevrolet de Chepe. El asiento olía a perro mojado y tabaco rancio. Arranqué. El motor tosió, pero encendió.

Salí del taller, pero no hacia el norte como le dije a Chepe. Fui hacia el sur, de regreso hacia el corralón, pero tomando una ruta que pasaba por el viejo puente de tren abandonado. Un cuello de botella. El lugar perfecto para una emboscada.

Puse el chip de rastreo en el tablero, pegado con cinta.

—Vengan por mí, cabrones —murmuré—. Vengan por su USB.

Mientras conducía, la mente se me aclaró. Ya no sentía miedo. Sentía una claridad helada. Sabía que probablemente iba a morir esa tarde. Las estadísticas no estaban a mi favor. Un hombre solo contra un cartel. Pero si moría, me llevaría a tantos como pudiera por delante. Y, lo más importante, Kaos viviría. Aarón no me perdonaría si dejaba morir a su perro, pero entendería si yo moría peleando.

Vi una polvareda a lo lejos, en el horizonte. Dos camionetas Suburban negras venían cortando camino por la terracería, moviéndose rápido, agresivas.

Sonreí. Habían mordido el anzuelo.

Aceleré la carcacha. El puente estaba a dos kilómetros. Tenía que llegar antes que ellos, bloquear la entrada y convertirme en una torre de defensa.

—Aquí Comandante Cruz —dije al aire, como si estuviera reportando a la central—. Iniciando enfrentamiento. Situación: crítica. Apoyo: ninguno. Moral: alta.

Pisé el acelerador a fondo. El viento caliente me golpeaba la cara a través de la ventanilla rota. Era un buen día para morir, pero un mejor día para m*tar demonios.

Llegué al puente. Frené cruzando la camioneta a lo ancho del camino, bloqueando el paso. Bajé con el rifle en la mano y la pistola en la cintura. Me parapeté detrás del bloque del motor de la Chevrolet.

Las Suburban se acercaban. Podía ver el brillo del sol en sus parabrisas. Podía ver los cañones de las armas asomando por las ventanillas.

Respiré hondo. El primer disparo siempre es el más importante.

Esperé. 300 metros. 200 metros. 150 metros.

—¡Por Aarón! —grité, y apreté el gatillo.

El estruendo del AR-15 rompió la paz del desierto. El parabrisas de la primera camioneta estalló. La Suburban dio un volantazo, perdiendo el control momentáneamente.

La guerra había comenzado. Y yo era el perro guardián que les iba a arrancar la garganta.

PARTE FINAL: EL ÚLTIMO AULLIDO Y LA SANGRE EN EL DESIERTO

El sonido de la camioneta Suburban perdiendo el control fue una sinfonía de metal retorcido y cristales rotos que resonó en el cañón como un trueno artificial. La vi volcarse sobre su costado derecho, levantando una cortina de polvo que se mezcló con el vapor del radiador reventado. No hubo tiempo para celebrar el tiro perfecto. La segunda camioneta, un monstruo blindado de color negro mate, frenó en seco a unos cincuenta metros, derrapando con una precisión militar para usar el vehículo volcado como cobertura.

—¡Contacto! ¡Contacto al frente! —escuché los gritos, voces distorsionadas por la adrenalina y el odio.

Me agaché detrás del bloque del motor de la vieja Chevrolet. Las balas empezaron a zumbar sobre mi cabeza como abejas furiosas. Pingan, pingan, pingan. Golpeaban la lámina oxidada, arrancando chispas y pedazos de pintura vieja. El olor a pólvora quemada llenó mis fosas nasales, ese perfume metálico y seco que me transportó de inmediato a los días en la sierra, a las emboscadas en Michoacán, a la noche que perdí a Aarón.

Pero esta vez no había refuerzos. No había “pájaro” en el aire. Solo estaba yo, un policía lisiado con un rifle prestado, defendiendo un puente olvidado por Dios.

Conté mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro fusiles disparando a la vez. Eran cuernos de chivo (AK-47) y R-15. Ritmo sostenido. Fuego de supresión. Querían mantenerme agachado mientras flanqueaban. Pero el puente jugaba a mi favor; era un cuello de botella. No podían flanquearme sin caer al vacío o exponerse en el centro de las vías oxidadas.

—¡Salgan, cabrones! —grité, no para que me escucharan, sino para liberar la presión en mi pecho.

Me asomé por el hueco de la rueda delantera. Vi movimiento. Dos sombras tácticas corriendo agachadas hacia los pilares del puente. Respiré. El mundo se ralentizó. Mi dedo índice acarició el gatillo del AR-15 de Chepe.

Bang. Bang.

Dos disparos controlados. Uno de los sicarios cayó rodando, agarrándose la pierna. El otro se tiró al suelo, buscando refugio detrás de los rieles.

—¡Le dieron al “Tuercas”! —gritó alguien—. ¡Mátenlo! ¡Revienten a ese perro!

La respuesta fue una lluvia de plomo. El parabrisas de la Chevrolet estalló sobre mí, llenándome el cabello de vidrio molido. Me cubrí la cara con el antebrazo, sintiendo cómo los fragmentos me cortaban la piel. La sangre caliente empezó a correr por mi frente, cegándome el ojo izquierdo.

—Mierda… —me limpié con la manga, manchando la tela de rojo.

Revisé el cargador. Me quedaban veinte tiros. Tenía otro cargador lleno en el bolsillo y la pistola .38 Súper fajada en la cintura. Era poco. Muy poco para la fiesta que se estaba armando.

El tiroteo cesó de repente. Ese silencio era peor que el ruido. Significaba que estaban comunicándose, coordinándose. O peor, que estaban preparando algo pesado.

—¡Oye, tú! ¡El del puente! —una voz potente, arrogante, resonó desde la segunda camioneta. La reconocí al instante. Era el tipo de la subasta, el de la camisa Versace y los zapatos de avestruz.

No contesté. Cambié de posición, arrastrándome por el suelo sucio de aceite hasta el otro lado de la camioneta. Nunca dispares dos veces desde el mismo lugar. Regla de oro.

—¡Sabemos quién eres, Cruz! —continuó la voz—. ¡Sabemos que tienes la “llave”! ¡Y sabemos que tu familia está corriendo como ratas!

La mención de Elena y Sofía me hizo apretar los dientes hasta que la mandíbula me dolió. Quería levantarme y vaciarle el cargador, pero eso era lo que él quería. Que perdiera la cabeza.

—¡Entréganos el dispositivo y te mueres rápido! —gritó el narco—. ¡Si nos haces batallar, te voy a despellejar vivo y voy a hacer que tus perros se coman tus tripas!

Miré el bolsillo de mi pantalón. Ahí estaba la memoria USB, el pequeño cilindro metálico que valía más que todas nuestras vidas juntas. Nombres, cuentas, la podredumbre del sistema. Tenía el poder de destruir imperios criminales en mi mano, y por eso, iban a destruir mi mundo para recuperarlo.

—¡Vengan por ella, culeros! —les grité con todas mis fuerzas, mi voz rebotando en las paredes del cañón—. ¡Pero van a tener que pasar sobre mi cadáver!

—¡Pues que así sea! —respondió el líder.

Escuché el sonido inconfundible de un lanzagranadas M203 cerrándose. Tunk.

—¡Muévete! —me gritó mi instinto.

Me lancé fuera de la cobertura de la Chevrolet justo cuando la granada impactó.

¡BOOM!

La explosión levantó la camioneta de Chepe como si fuera un juguete de plástico. El calor de la onda expansiva me golpeó la espalda, lanzándome por el aire. Aterricé duramente sobre los rieles de madera podrida, el aire escapando de mis pulmones en un gemido doloroso.

El mundo se volvió un pitido agudo. Mis oídos zumbaban. Todo daba vueltas. Intenté levantarme, pero mi pierna mala, la de la rodilla destrozada, falló. Me arrastré, tosiendo humo negro. La Chevrolet estaba en llamas, convertida en una pira funeraria que bloqueaba la visión, pero que ya no servía de refugio.

—¡Avancen! ¡Está aturdido!

Vi las siluetas a través del humo y las llamas. Eran cuatro. Venían caminando con confianza, con los rifles en alto, listos para el tiro de gracia. Eran depredadores oliendo la sangre.

Me incorporé a duras penas, apoyándome en una viga del puente. Levanté el rifle. Mis manos temblaban incontrolablemente por la conmoción. Apunté al primero.

Click.

Maldición. El arma se había encasquillado con la caída o la tierra.

Solté el rifle y saqué la .38 Súper. Nueve tiros. Cuatro objetivos. Matemáticas de la muerte.

—Ahí está —dijo uno de los sicarios, un tipo enorme con chaleco táctico, apuntándome a la cabeza.

Estaba a diez metros. Podía verle los ojos vacíos, sin alma.

—Se acabó, policía —dijo, sonriendo.

Cerré los ojos un instante. Pensé en Elena. Pensé en Aarón. “Perdón, hermano. No pude”.

Pero el disparo nunca llegó.

En su lugar, escuché un rugido. No de un motor, ni de una explosión. Fue un rugido animal, primario, salvaje. Un sonido que helaba la sangre y que yo conocía mejor que nadie.

Una mancha negra saltó desde el techo de la camioneta en llamas, atravesando el fuego como un demonio salido del averno.

—¡¡GAAARRGH!!

Kaos.

El perro impactó contra el pecho del sicario gigante con la fuerza de un misil. Los colmillos se cerraron sobre la garganta del hombre antes de que tocara el suelo. El sonido de la tráquea rompiéndose fue seco y brutal.

—¡¿Qué chingados?! —gritaron los otros.

—¡Kaos! —grité, con la voz quebrada por la incredulidad y el terror. ¿Cómo? ¿Por qué estaba aquí? Se suponía que iba con Chepe hacia la sierra.

Pero no había tiempo para preguntas. La aparición del perro rompió la formación táctica de los sicarios. El pánico es contagioso. Ver a un compañero ser devorado por una bestia que no teme al fuego sacude a cualquiera.

Aproveché su distracción.

Bang. Bang. Bang.

La .38 Súper escupió fuego. Derribé al segundo hombre, un tiro limpio en el pecho. El tercero giró su arma hacia Kaos, que ya estaba buscando su siguiente presa.

—¡No! —bramé, saliendo de mi cobertura.

Disparé mientras cojeaba hacia ellos. La bala le dio al sicario en el hombro, desviando su puntería. Su ráfaga de ametralladora golpeó el suelo, levantando astillas de madera alrededor del perro.

Kaos no se detuvo. Con la agilidad de un lobo, cambió de dirección y se lanzó a las piernas del cuarto hombre, arrastrándolo al suelo. Los gritos de dolor del sicario se mezclaron con los gruñidos feroces del Malinois.

Quedaba uno. El líder. El tipo de Versace.

Estaba detrás de la segunda Suburban, la que no había volcado. Me vio acercarme, cojeando, sangrando, con la pistola humeante en la mano y un perro asesino destrozando a sus hombres.

Su rostro pasó de la arrogancia al terror puro. Subió a la camioneta e intentó arrancar.

—¡Sombra, Fass! (¡Agarra!) —escuché un grito a mis espaldas.

Me giré. Ahí estaba. La Ford Lobo de Chepe (mi camioneta original) venía a toda velocidad por las vías del tren, saltando sobre los durmientes, conducida por un loco. Chepe. Y en la ventana del copiloto, Sombra, la perra con displasia, ladraba con una furia que desafiaba su dolor.

Chepe frenó la camioneta derrapando, bloqueando la salida de la Suburban del líder.

—¡Nadie se va de aquí sin pagar la cuenta! —gritó el viejo mecánico, sacando su escopeta recortada por la ventana.

El líder estaba atrapado. Entre el fuego, el precipicio, un viejo armado y un ex policía con un perro del infierno.

Bajó de la camioneta, usando la puerta como escudo. Tenía una pistola dorada en la mano y a una mujer agarrada del pelo.

Me helé. No era una mujer cualquiera. Era una chica joven, no más de veinte años, con uniforme de enfermera. La había sacado de la camioneta volcada. Seguramente la traían secuestrada o era parte de su “personal”.

—¡Aléjense o la mato! —chilló, con la voz aguda por el miedo—. ¡Juro que la mato!

Kaos estaba a mi lado ahora. Jadeaba, con el hocico manchado de sangre enemiga. Su costado, donde yo lo había operado horas antes, manchaba el vendaje improvisado. Se estaba abriendo la herida. Pero él no mostraba dolor. Estaba en posición de ataque, el pelo del lomo erizado, los ojos fijos en la garganta del líder.

—Suéltala —dije, avanzando despacio. Mi pistola apuntaba a su cabeza, pero el blanco era difícil. Se movía mucho, usando a la chica como escudo humano.

—¡Dame la llave! —exigió él—. ¡Dame el maldito USB y me voy!

Metí la mano en mi bolsillo y saqué el cilindro metálico. Brilló bajo el sol implacable de Sonora.

—¿Quieres esto? —le pregunté, mostrando el dispositivo.

—¡Tíralo! ¡Deslízalo hacia acá!

Miré a Chepe. El viejo me apuntaba con la mirada, listo para lo que fuera. Miré a Kaos. El perro esperaba mi orden.

—Está bien —dije.

Lancé el dispositivo. Pero no hacia él. Lo lancé hacia el vacío, por encima del barandal del puente.

El cilindro giró en el aire, brillando una última vez antes de caer al abismo del cañón, cientos de metros hacia abajo, directo al río seco y las rocas.

—¡NO! —gritó el líder, bajando el arma por instinto, mirando con desesperación cómo su fortuna, su seguro de vida, desaparecía.

Fue un error de novato. Un error fatal.

—¡Kaos, Attacke!

El perro fue un rayo. Saltó sobre el capó de la Suburban y se lanzó directo a la cara del hombre. El líder disparó al aire, cayendo hacia atrás bajo el peso del animal. La chica se soltó y corrió hacia nosotros.

—¡Quítamelo! ¡Quítamelo! —aullaba el narco mientras Kaos hacía lo que fue entrenado para hacer: neutralizar la amenaza permanentemente.

Caminé hacia ellos. El líder estaba en el suelo, llorando, con el brazo destrozado y Kaos encima de él, gruñéndole a milímetros de la cara.

—Dile a tus perros que se detengan —gimió el hombre, mirándome con terror.

Me paré sobre él. Mi sombra cubrió su rostro.

—No son mis perros —dije, sintiendo el peso de los años, de la muerte de Aarón, de la injusticia—. Son los perros de la justicia. Y tú estás condenado.

Apunté mi arma. Pero no disparé. No valía la pena mancharme más el alma por basura como esta.

—Kaos, Aus (Suelta) —ordené.

El perro obedeció al instante, aunque a regañadientes. Retrocedió, quedándose sentado a mi lado, vigilante.

—Chepe, átalo —le dije al mecánico—. Se lo vamos a dejar de regalo a la Marina en la carretera. Con un moño.

El viejo bajó de la camioneta con unos cinchos de plástico.

—Eres un pinche loco, Cruz. Un pinche loco —dijo Chepe, pero sonreía.

Me dejé caer sentado en el riel del tren. La adrenalina se estaba yendo y el dolor regresaba con venganza. Mi rodilla, mi cabeza, los cortes. Pero estaba vivo.

Kaos se acercó a mí. Me lamió la sangre de la mano.

—¿Por qué regresaron? —le pregunté al perro, acariciando sus orejas—. Les dije que se fueran.

—No fuimos nosotros —dijo Chepe, terminando de amarrar al narco como si fuera un puerco—. Fue él. Rompió la ventana de la camioneta a cabezazos cuando escuchó los disparos. Se puso como loco. No tuve corazón para dejarlo correr solo, así que di la vuelta. La lealtad de estos animales… no es de este mundo, Cruz.

Miré a Kaos. Su herida sangraba, pero sus ojos brillaban con esa luz ámbar indestructible. Había vuelto al infierno por mí. Me había salvado. Tal como intentó salvar a Aarón. Esta vez, lo había logrado.

—Gracias, carnal —le susurré.

TRES MESES DESPUÉS

El aire en la costa de Baja California es diferente. Huele a sal y a libertad, no a polvo y sangre.

Estaba sentado en la arena, viendo cómo el sol se hundía en el Pacífico, pintando el agua de naranja y violeta. A mi lado, Elena leía un libro bajo una sombrilla. Sofía jugaba en la orilla, persiguiendo las olas, riendo con esa inocencia que pensé que había perdido para siempre.

No fue fácil desaparecer. Tuvimos que quemar nuestras vidas anteriores. La “llave fría” se perdió en el cañón, y con ella, gran parte del interés del cartel en nosotros. Sin el dispositivo, yo era solo un ex policía molesto, no una amenaza existencial. Aun así, nos movimos. Cambiamos de nombres. Empezamos de cero en un pueblo pesquero donde nadie hace preguntas.

—¡Papá! ¡Mira a Kaos! —gritó Sofía.

Miré hacia el agua.

Kaos corría por la playa, persiguiendo una pelota de tenis que Sombra intentaba robarle. Ya no cojeaba. La herida en su costado era solo una línea blanca bajo el pelo oscuro. Se veía fuerte, feliz. Ya no era un arma. Ya no era un número de inventario en una subasta corrupta. Era un perro. Solo un perro jugando en el mar.

Pero cuando silbé, se detuvo en seco. Giró la cabeza y me miró. Sus orejas se levantaron, su postura se tensó por un segundo, listo para la orden, listo para protegernos.

Sonreí y levanté la mano, saludándolo.

—Descansa, soldado —murmuré para mí mismo—. La guerra terminó.

Kaos pareció entender. Relajó los hombros, ladró alegremente y volvió a correr hacia las olas, salpicando agua brillante hacia el cielo.

Sombra, que ya caminaba mejor gracias al clima cálido y los cuidados, se echó a mis pies, suspirando contenta.

Chepe nos visita a veces. Trae noticias del “otro lado”. Dice que el gobierno estatal tuvo una “purga” misteriosa después de que cierta información anónima llegara a la prensa federal (quizás no tiré toda la información al barranco; siempre hay que guardar un as bajo la manga, o una copia de seguridad en la nube antes de destruir el físico). Ortega está en la cárcel por fraude. El cartel está peleando guerras internas.

Pero eso ya no es mi problema.

Mi problema ahora es enseñarle a Sofía a pescar y asegurarme de que el plato de croquetas de mis amigos siempre esté lleno.

Miré mis manos. Todavía tienen cicatrices. Todavía despierto en la noche sudando, buscando el rifle que ya no tengo. Pero luego siento el peso de Kaos subiendo a la cama para dormir a mis pies, y sé que todo valió la pena.

Doscientos pesos. Eso era lo que pedían por ellos.

Yo pagué con mi vida anterior, con mi carrera, con mi casa y con mi sangre.

Y fue la mejor maldita inversión que he hecho en mi vida.

Porque la lealtad no se subasta. La lealtad se gana, se pelea y se defiende hasta el último aliento.

Y mientras tenga a mi manada, soy el hombre más rico del mundo.

FIN.

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