“Me ofrecieron pagar la operación de mi madre a cambio de ser su ‘muñeco de pruebas’ en autos de lujo, pero cuando me encerraron en un tanque blindado y vi que preparaban los detonadores, supe que mi vida valía menos que sus visitas en redes sociales.”

El olor a gasolina quemada se me quedó impregnado en la garganta, una mezcla de aceite viejo y miedo. Me llamo Beto, y acepté este trabajo porque la necesidad tiene cara de hereje y los medicamentos de mi jefa no se pagan con aire.

—¡Súbete de una vez, cabr*n! —me gritó el productor, un tipo flaco con lentes oscuros que no dejaba de mirar su celular.

Todo empezó con una humillación. Me hicieron conducir una carcacha que costaba literalmente un dólar, una verdadera cubeta de óxido que olía a humo. El motor tosió como si se fuera a morir, igual que mis esperanzas, pero logré arrancarlo. Ellos se reían, grababan con sus cámaras 4K mientras yo rezaba para que los frenos funcionaran. “Es basura, no vale la pena meterle dinero”, decían, sin saber que mi propio auto estaba en peores condiciones.

Pero la risa se acabó pronto. Al menos para mí.

Nos movimos a la siguiente locación. Un monstruo negro, inmenso. Un tanque Rezvani de 300,000 dólares que supuestamente es el auto más seguro del planeta.

—Es como un tanque, grado militar —dijo el influencer, el chico rico que financiaba este circo, golpeando el cofre con los nudillos.

Me explicaron las características: ventanas a prueba de balas de este grosor y un blindaje a prueba de expl*sivos. Todo sonaba muy técnico, muy seguro, hasta que vi lo que hicieron con el auto de prueba anterior. Habían detonado una carga y vi, con mis propios ojos, cómo los maniquíes salieron volando por los aires envueltos en fuego. Los muñecos de plástico quedaron deshechos.

—Bien, Beto. Te toca —dijo el chico, con una sonrisa que me heló la sangre—. Vamos a probar el marco a prueba de expl*sivos contigo adentro.

Mis manos temblaban tanto que apenas pude abrir la puerta. Me senté en el cuero frío. El silencio dentro de esa cabina era sepulcral. A través del cristal blindado, los vi correr hacia el búnker de seguridad. Me quedé solo.

—¿Estás listo? —sonó la radio—. Tres… dos…

Cerré los ojos y pensé en mi madre. Si esto salía mal, ni todo el dinero del mundo serviría. Sentí una vibración en el suelo, como si la tierra misma quisiera escupirme.

¿ESTO ES LO QUE VALE LA VIDA DE UN POBRE PARA SU ENTRETENIMIENTO?

PARTE 2: EL PRECIO DE MI VIDA EN KILÓMETROS POR HORA

El tiempo se detiene de una manera curiosa cuando crees que vas a morir. Dicen que ves pasar tu vida frente a tus ojos, pero yo no vi mi vida. Vi la cara de mi jefa, doña Carmen, sentada en la silla de ruedas que rechina, preguntándome si ya había conseguido para las medicinas de la presión. Vi la grieta en el techo de mi cuarto que llevo prometiendo arreglar desde hace dos años. Y luego, vi el flashazo.

El estruendo del silencio

—¡Tres… dos… uno! —gritó la voz por la radio, distorsionada por la estática.

Cerré los ojos con tanta fuerza que vi estrellas antes de que sucediera nada. El sonido no fue un “bum” de película. Fue un golpe seco, brutal, como si un gigante hubiese dado un martillazo justo encima de mi cabeza. El aire se comprimió dentro de la cabina del Rezvani. Sentí la vibración recorrerme los dientes, sacudiéndome el esqueleto, y por un microsegundo, el terror absoluto de que el blindaje hubiera fallado me paralizó el corazón.

El vehículo dio un salto. Literalmente sentí cómo las cuatro llantas se despegaban del suelo y volvían a caer pesadamente, sacudiéndome como a un muñeco de trapo. El olor a pólvora y tierra quemada se filtró casi de inmediato, a pesar de los sellos herméticos.

Me toqué el pecho, los brazos, la cara. ¿Estaba entero? Mis manos temblaban incontrolablemente. Abrí los ojos. Humo. Había humo gris rodeando el coche, lamiendo las ventanas blindadas que, milagrosamente, no se habían hecho añicos. Solo vi una abolladura, un golpe blanco en el cristal reforzado justo a la altura de mi cabeza. Si ese cristal hubiera sido normal, ahorita estarían recogiendo mis pedazos con una pala.

—¡Corten! ¡Corten! —escuché gritar afuera.

La puerta del conductor se abrió de golpe. No fue para preguntarme si estaba vivo. No fue para ver si el “humano de prueba” necesitaba un paramédico.

—¡Las barras! ¡Chequen las barras de chocolate! —gritó el influencer, el tal Jimmy, empujándome ligeramente hacia un lado para asomarse al asiento del copiloto donde habían puesto esa caja de chocolates de su marca.

Me quedé helado, con el cinturón de seguridad todavía clavándose en mi clavícula. Yo estaba hiperventilando, tragando aire como pez fuera del agua, y este güey estaba preocupado por su dulce.

—¡Sobrevivieron! —exclamó triunfante, levantando la caja hacia la cámara—. ¡Si buscan un auto que aguante una bomba para proteger su chocolate, este es el indicado!.

Chandler, uno de sus amigos, se reía nerviosamente. Yo me desabroché el cinturón con dedos torpes. Mis piernas se sentían de gelatina al bajar. Pisé la tierra chamuscada. Me sentía mareado, no por la explosión, sino por la realidad que me golpeaba más fuerte que la onda expansiva: para ellos, mi integridad física valía menos que una golosina viral.

—Oye, carnal, ¿estás bien? —me preguntó uno de los camarógrafos, un tipo que se veía tan cansado como yo, pero que no soltaba su equipo de diez mil dólares. —Sí —mentí. Tenía ganas de vomitar—. Solo… necesito un minuto. —No hay tiempo, Beto. El sol está bajando y tenemos que probar el anfibio. Muévete.

Náuseas en tierra y mar

Me subieron a una camioneta de producción. Nadie hablaba conmigo, hablaban sobre mí o alrededor de mí. “La luz está perfecta”, “El dron 4 ya tiene batería”, “¿Dónde está la hielera con las bebidas?”. Yo solo miraba mis botas de trabajo, manchadas de polvo, pensando en que por este día me iban a pagar lo que gano en tres meses de albañil. Aguanta, Beto. Es por la jefa.

Llegamos a un lago privado. El agua se veía oscura y fría. Ahí estaba el siguiente capricho: un auto azul, descapotable, que parecía un coche deportivo normal, pero con una “trompa” extraña.

—500,000 dólares —dijo el productor, leyéndome la cartilla—. Medio millón de verdes. Es un auto barco.

—¿Barco? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago. No sé nadar. Crecí en Iztapalapa, mi relación con el agua es que a veces falta en la colonia, no que me meto a nadar en ella.

—Sí, güey. Lo manejas en la tierra, entras al agua, aprietas un botón y pum, eres capitán de navío.

Me explicaron que Karl, uno de los chicos del equipo, lo probaría primero. Gracias a Dios. Me quedé en la orilla viendo cómo el tal Karl aceleraba hacia el lago. “Esto no se siente bien”, gritaba él mientras el auto golpeaba el agua. Yo contuve el aliento, esperando ver cómo el coche de medio millón se iba al fondo como una piedra. Pero no. Flotó.

—¡Estamos flotando! —gritó Karl, y el motor cambió de sonido. De un rugido de carretera pasó a un zumbido de propela.

Lo vi hacer donas en el agua, creando un remolino. Se veía irreal. Un coche deportivo girando en medio de un lago como si fuera un juguete de bañera. Se reían, gritaban, celebraban. Jimmy, el jefe, se quedó en la orilla diciendo que se mareaba en los barcos. Míralo, pensé, él se marea y se queda en tierra. Yo me mareo y me aguanto porque no tengo opción.

—Te toca, Beto —me dijo el coordinador—. Súbete con Nolan. Van a echar carreras.

Tragué saliva. Me subí al asiento del copiloto de otro modelo similar, uno rojo. No había chaleco salvavidas a la vista. “¿Es seguro?”, quise preguntar, pero la cámara ya estaba rodando.

—¡Dale! —gritó Nolan.

Entramos al agua. La sensación es antinatural. Tu cerebro te grita que frenes, que te vas a ahogar, que los coches no nadan. El agua salpicó el parabrisas y por un segundo vi todo negro. Sentí cómo las llantas perdían tracción y el coche se mecía violentamente. Luego, el “bip” del sistema activándose. Empezamos a navegar.

—¡Vamos a ganarles! —aullaba Nolan, pisando el acelerador a fondo.

El coche cortaba el agua a una velocidad estúpida. El viento me golpeaba la cara, secándome el sudor frío. Miré hacia abajo, por la puerta baja del descapotable. El agua oscura pasaba zumbando a centímetros de mi codo. Si esto se volcaba, yo me iba directo al fondo. No sé cómo desabrochar un cinturón bajo el agua. No sé cómo romper una ventana si el sistema eléctrico falla.

—¡Mira eso, los estamos destruyendo! —gritaba Nolan, ajeno a mi pánico.

Ganamos la carrera. O eso creo. Solo sé que cuando las llantas tocaron tierra firme otra vez y el coche trepó la orilla goteando lodo y algas, sentí que volvía a nacer.

—¡Celebremos con Feastables! —dijo Nolan, sacando otra barra de chocolate de la guantera.

Me ofreció un pedazo. Lo tomé porque me temblaban las manos y necesitaba azúcar, no porque quisiera celebrar su estúpido chocolate. Masticar ese dulce se sintió como tragar arena. Estaba rico, sí, pero me sabía a humillación.

El cielo no es el límite, es el presupuesto

Pensé que lo del agua era lo peor. Qué iluso fui.

Nos movimos a una pista de aterrizaje privada. El sol ya estaba bajando, tiñendo el cielo de naranja y morado, colores bonitos si no estuvieras a punto de tener un infarto.

—El siguiente en la lista literalmente puede volar —anunció Jimmy a la cámara, con esa energía inagotable que solo da el tener millones en el banco.

Un coche extraño estaba estacionado en la pista. Tenía una hélice gigante en la parte trasera y unas alas plegadas a los costados que parecían de insecto. Costaba 600,000 dólares.

—Yo le tengo miedo a las alturas, así que no me subiré —dijo Jimmy, lavándose las manos otra vez.

Claro. El patrón no se arriesga. El patrón paga para que otros se arriesguen.

—Beto, vas para arriba.

Miré el coche. Parecía frágil. Una cáscara de huevo con motor.

—¿Es legal esta madre? —se me escapó decir. —Completamente legal en las calles y llega a 8,000 pies de altura —me respondió un técnico mientras revisaba la hélice.

Me sentaron atrás. Karl y Nolan iban adelante. El motor arrancó con un ruido ensordecedor. La hélice trasera empezó a girar y sentí el empuje. Esto no era un avión, era un coche malformado. Empezamos a rodar por la pista. Las alas se desplegaron lentamente, crujiendo.

—¡Aquí vamos! —gritó Karl.

Sentí el vacío en el estómago cuando las ruedas dejaron el suelo. No fue suave como en un avión comercial. Fue brusco. El viento nos sacudía. Miré por la ventanilla y vi el suelo alejarse. Los coches de lujo allá abajo se veían como Hot Wheels. La gente se veía como hormigas.

Estábamos volando en un coche. A 600 metros de altura.

—¡Esto es una locura! —gritaba Karl por los auriculares—. ¡Jimmy nos está siguiendo en una avioneta!.

Miré hacia un lado y, efectivamente, una avioneta volaba en paralelo a nosotros. Jimmy nos saludaba desde la ventana. Todo era un show. Un espectáculo coreografiado. Yo estaba ahí arriba, rezando a la Virgen de Guadalupe, agarrado del asiento con los nudillos blancos, mientras ellos grababan contenido para YouTube.

Desde allá arriba, México se veía diferente. No se veían los baches, ni la basura en las esquinas, ni las casas sin terminar con varillas oxidadas. Todo se veía ordenado, bonito. Entendí entonces por qué a los ricos les gusta volar: porque desde las alturas, la pobreza no se nota. La miseria se vuelve paisaje.

—Prepárense para aterrizar —dijo el piloto.

El descenso fue peor que la subida. El coche-avión cayó como una piedra controlada. Cuando las ruedas chirriaron contra el asfalto, solté el aire que ni sabía que estaba reteniendo.

—Por 600 mil dólares, es una ganga —dijo alguien cuando bajamos.

Una ganga. Con eso se pavimentaría toda mi colonia. Con eso mi jefa tendría enfermeras privadas el resto de su vida. Una ganga.

La sinfonía de los millones quemados

Ya era de noche cuando llegamos a la siguiente locación: un circuito de carreras profesional, iluminado con reflectores tan potentes que parecía de día.

—Ahora vamos con los pesos pesados —dijo Jimmy—. Coches de un millón de dólares. Y no trajimos uno, trajimos diez.

Ahí estaban. Ferraris, Lamborghinis edición especial, McLarens. Brillaban bajo las luces como joyas prohibidas. El sonido de los motores en ralentí era una música agresiva, un ronroneo de bestias enjauladas.

—Tienen la pista para ustedes solos. Escojan el que quieran —les dijo a sus amigos.

Se comportaron como niños en dulcería. Corrieron, se empujaron, discutieron quién se quedaba con cuál. Yo me quedé parado, esperando instrucciones.

—Tú vienes conmigo en este —me señaló Nolan. Un Ferrari rojo que parecía una nave espacial.

Me costó trabajo entrar. Esos coches no están hechos para gente que come tacos y trabaja con el cuerpo. Son estrechos, incómodos, diseñados para gente flaca y rica. Me hundí en el asiento de cubo.

—Técnicamente aquí es legal mensajear y manejar porque es propiedad privada —bromeó Nolan mientras sacaba su celular. —Por favor no —supliqué en voz baja. —Es broma, güey. ¡Agárrate!

Aceleró. Mi cabeza se pegó al respaldo. La fuerza G me aplastó el pecho. En la curva, sentí que mis órganos se movían de lugar. Nolan se reía como un desquiciado.

—¡Me siento como en Rápido y Furioso! —gritaba.

Para él era una película. Para mí era una tortura. El coche derrapaba, chillando. El olor a llanta quemada era penetrante. Cada vez que hacía una “dona”, yo veía el mundo girar y sentía las náuseas subir por mi garganta.

Pensé en cuánto costaban esas llantas que estaban deshaciendo en el asfalto. Probablemente, un juego de neumáticos costaba más que mi casa. Estaban quemando dinero. Literalmente vaporizaban riqueza en forma de humo blanco y caucho, solo por la anécdota, solo por el video.

—Hay algo muy masculino en manejar coches ruidosos y caros —dijo Nolan, soltando el volante por un segundo para hacer un gesto.

Yo no me sentía masculino. Me sentía mareado y pequeño. Me sentía como un accesorio más en el coche, como el aromatizante o la alfombra.

El futuro sabe a tubo de escape

Cuando por fin pararon de jugar a los pilotos de carreras, Jimmy nos llamó para ver “el futuro”.

—Este es un prototipo de 2 millones de dólares —nos presentó un coche plateado, futurista, que parecía salido de una película de ciencia ficción de los años 80.

Era un coche de hidrógeno.

—Lo más loco es que este coche exhala agua potable —dijo Jimmy emocionado—. Literalmente puedes beber lo que sale del escape.

Se agachó, puso un vaso en el tubo de escape y esperó a que salieran unas gotas de agua tibia. Se lo tomó.

—Sabe a agua —dijo, encogiéndose de hombros.

Me ofrecieron probar. Me negué. Ya tengo suficiente con el agua del grifo de la ciudad como para andar tomando orina de robot.

Pero lo más surrealista no fue el coche. Fue cuando, en medio de la conducción de este prototipo único en el mundo (que por cierto, tenía puertas que tardaban años en cerrar y se sentía súper frágil ), Jimmy sacó un teléfono.

—Y hablando de tecnología, miren este Samsung Galaxy Z Flip 5 —dijo, cambiando el tono de voz a “modo vendedor”.

Íbamos en un coche experimental de 2 millones de dólares, rodando por una carretera pública donde la gente nos grababa, y él se puso a hablar de cómo el teléfono se doblaba a la mitad.

—Miren, cabe en mi bolsillo. Puedo ver un video mío arriba y Google abajo —explicaba.

Yo lo miraba fascinado y horrorizado. El nivel de comercialización de la existencia era absoluto. No importaba la maravilla tecnológica del coche de hidrógeno, lo importante era vender el teléfono. Incluso mencionó que el S23 Ultra era la cámara oficial del canal.

Me sentí cansado. Cansado de tanto consumo. Cansado de que todo tuviera un precio, un link en la descripción, un código de descuento. Yo solo quería llegar a casa, quitarme las botas y ver la tele vieja que tengo en la sala, esa que no se dobla ni tiene 4K, pero que no me pide que compre nada.

—Oye, esa señora nos está grabando —dijo Jimmy, señalando a una peatón.

Sí, nos grababa. Y probablemente pensaba: “mira a esos idiotas ricos”. Y por primera vez en el día, le di la razón a alguien.

Diamantes y lágrimas

El acto final. La joya de la corona.

—10 millones de dólares —anunció Jimmy. Su voz tenía un tono reverencial que no había usado ni con el tanque ni con el avión.

El Koenigsegg Vader. Un nombre que suena a villano de película, y el coche se veía como tal. Negro, bajo, agresivo. Fibra de carbono por todos lados.

—Es el único en existencia. Tiene diamantes triturados reales mezclados en la pintura —explicó.

Me acerqué a verlo. La pintura brillaba con un destello extraño bajo los reflectores. Diamantes. Había polvo de diamantes en la carrocería de un coche. Pensé en las minas, pensé en la gente que se mata trabajando para sacar esas piedras, y ahora estaban aquí, sirviendo de maquillaje para un juguete de 10 millones. Era obsceno. Era hermoso y terriblemente obsceno.

—Las aseguradoras solo dejan que el dueño lo maneje, así que él nos va a dar el tour —dijo Jimmy.

El dueño era un tipo serio, que miraba su coche como si fuera su hijo. Nos subimos. Bueno, se subió Jimmy primero. Yo me quedé afuera observando. El coche despegó.

No arrancó, despegó. El sonido de ese motor V8 doble turbo no era ruido, era un desgarro en la realidad. Desapareció en la recta en un parpadeo.

Cuando regresaron, Jimmy, que ha manejado todo tipo de locuras, se veía pálido. —Hice llorar a un hombre adulto —dijo el dueño, riendo. —Casi me hago en los pantalones —admitió Jimmy—. Es como una montaña rusa. Mi corazón está a mil.

Luego me tocó a mí dar una vuelta, pero no en el de 10 millones (demasiado riesgo para el seguro subir al “extra”), sino en otro Koenigsegg “más barato” (solo 3 millones, una baratija, ¿verdad?).

El conductor pisó el acelerador. No puedo describir la velocidad con palabras. Es violencia. Tu cuerpo no está hecho para moverse así. Sentí que los ojos se me iban a la nuca. El paisaje se volvió un borrón de colores. No podía respirar. Era una presión en el pecho que me recordaba a la angustia de las deudas, pero física, inmediata, aplastante.

—¡500 libras menos que un Lamborghini! —gritaba el conductor sobre el rugido del motor, presumiendo la fibra de carbono.

A mí qué carajos me importan las libras. Yo solo quería que parara. Quería bajarme. Quería sentir tierra firme y estática bajo mis pies.

Cuando el coche se detuvo, tuve que quedarme sentado un momento. Las piernas no me respondían.

—¡Eso fue increíble! —gritó Jimmy, cerrando el video—. ¡Suscríbanse!

El final del turno

El rodaje terminó. Las luces se apagaron. Los coches millonarios fueron cargados en camiones cerrados, tratados con más delicadeza que a los bebés. El equipo empezó a recoger cables y cámaras.

Me acerqué al productor para cobrar. —Buen trabajo, Beto. Aguantaste vara —me dijo, extendiéndome un sobre.

Lo abrí discretamente. Eran billetes, un buen fajo. Lo conté mentalmente. Suficiente para la operación de la jefa. Suficiente para tapar la gotera. Suficiente para comer carne un par de meses.

Miré hacia el estacionamiento donde estaba mi coche. Un Tsuru 2001, con la pintura quemada por el sol, una abolladura en la puerta trasera y el mofle amarrado con alambre. Ese día había estado en vehículos que sumaban más de 250 millones de dólares. Había volado, navegado y resistido una explosión. Había tocado pintura de diamantes.

Caminé hacia mi Tsuru. Me senté en el asiento de tela rasgada que olía a mi propio sudor y a tabaco viejo. Metí la llave, esa llave gastada que a veces se traba. El motor arrancó al segundo intento, con un carraspeo asmático. Ruuun-clac-clac-clac.

Acaricié el volante de plástico desgastado. —Vámonos a casa, viejo —le susurré.

Mientras salía del circuito, vi a Jimmy y a sus amigos subiéndose a una camioneta blindada de lujo, riendo, revisando sus celulares, seguramente viendo cuántos likes llevaría el video mañana. Ellos vivían en el futuro, en el exceso, en la nube.

Yo metí segunda y el Tsuru tosió. Salí a la carretera oscura, esquivando baches, de regreso a la realidad. A mi realidad. Donde los coches no vuelan, donde el agua no se bebe del escape, y donde un dólar no es un chiste para un video, sino lo que completa para el kilo de tortillas.

Aceleré. Mi coche no llegaba a 100 kilómetros por hora sin temblar, pero me llevaba a donde me esperaban. Y eso, pensé mientras dejaba atrás las luces del circuito, eso no hay dinero en el mundo que lo pague.

Pero el miedo… el miedo de ver la muerte en forma de botón rojo dentro de un tanque, eso se me iba a quedar grabado para siempre. Toqué el sobre en mi bolsillo. Valió la pena, jefa. Valió la pena.

PARTE 3: EL SILENCIO DESPUÉS DEL RUGIDO

Capítulo 1: El eco de los millones

Cuando el último camión de la producción cruzó la reja de salida, el silencio cayó sobre la pista privada como una losa de concreto. No era un silencio pacífico; era el tipo de silencio que te zumba en los oídos después de haber estado expuesto a un ruido infernal. Mis oídos seguían registrando el eco fantasma del Koenigsegg Vader, ese aullido mecánico de diez millones de dólares que parecía rasgar el aire mismo.

Me quedé ahí, parado junto a mi Tsuru, con la mano todavía dentro del bolsillo del pantalón, apretando el sobre con el pago. Sentía el papel húmedo por el sudor de mi palma. Era dinero, sí. Buena lana. Quizás más de lo que había visto junto en mucho tiempo. Pero comparado con lo que acababa de presenciar, con la obscenidad de gastos que se esfumaron en una tarde de “creación de contenido”, ese sobre se sentía patéticamente delgado.

El guardia de seguridad de la entrada, un señor mayor con un uniforme que le quedaba grande, se me acercó. —Ya van a cerrar, joven. Tiene que sacar su nave.

“Su nave”. Miré mi coche. El cofre despintado, el faro izquierdo pegado con cinta canela, las llantas lisas que pedían a gritos un cambio desde el año pasado. Horas antes, había estado sentado en asientos de cuero cosidos a mano por artesanos italianos, rodeado de fibra de carbono y pantallas táctiles. Ahora, mi realidad era este pedazo de metal que olía a aceite quemado y resignación.

—Ya voy, jefe —le contesté, arrastrando las palabras.

Me subí al Tsuru. El asiento se hundió de ese modo familiar e incómodo que ya tenía moldeada la forma de mi espalda cansada. Al girar la llave, el motor no rugió; tosió. Cof, cof, brrum. Un sonido asmático y triste. Encendí las luces y, por supuesto, una estaba más tenue que la otra.

Salí del complejo privado. La transición fue brutal. Pasé del asfalto perfecto, liso y negro de la pista de carreras, a la carretera federal llena de baches, topes sin pintar y perros callejeros cruzando en la oscuridad.

Mientras conducía, mi mente no podía dejar de reproducir las imágenes del día. Veía los maniquíes volando por los aires tras la explosión del Rezvani. Recordaba el olor a pólvora y el miedo real, físico, de pensar que iba a morir aplastado dentro de esa caja fuerte con ruedas. Y todo, ¿para qué? ¿Para vender chocolates? ¿Para que un niño en su iPad se ría cinco minutos mientras caga?

Metí la mano a la guantera buscando un cigarro suelto y mis dedos rozaron algo. La barra de Feastables que me había dado Nolan. La saqué. Estaba derretida, deforme dentro de su empaque brillante. La “mejor chocolate del planeta”, decían. Ahora era una plasta tibia. La aventé al asiento del copiloto con desprecio.

Capítulo 2: La carretera de los olvidados

El camino de regreso a Iztapalapa es largo. Tienes tiempo para pensar, o para amargarte, que viene siendo lo mismo. La ciudad de México de noche es un monstruo de mil cabezas. Luces infinitas, cláxones, sirenas a lo lejos.

En un semáforo en rojo, se me emparejó un Mustang nuevo. El conductor, un chavo que no pasaba de los veintitantos, tenía la música a todo volumen. Reguetón. Me miró desde su altura, vio mi coche viejo, hizo una mueca de asco y aceleró en cuanto cambió la luz, dejándome en una nube de humo.

Me dio risa. Una risa seca, amarga. Pobre imbécil, pensé. Tú te crees mucho con tu Mustang de agencia. Yo hoy volé. Yo hoy navegué en un coche. Yo hoy sentí lo que es que un motor de hidrógeno escupa agua potable.

Pero la risa se me murió en la garganta. Porque la verdad es que ese “mirrey” del Mustang se iba a dormir a una cama limpia, en una casa segura. Y yo, el hombre que había tocado el cielo a 8,000 pies de altura, regresaba a un techo que goteaba.

La experiencia del día no me había empoderado; me había roto. Me había enseñado que existe otro mundo. Un mundo donde 100,000 dólares es “dinero de bolsillo” para destrozar un auto por diversión. Un mundo donde se puede dejar las llaves pegadas en un Lamborghini porque, ¿qué más da? Si se lo roban, compran otro.

Esa indiferencia hacia el valor de las cosas es lo que me dolía. Yo he visto a mi madre lavar ropa ajena para ahorrar cinco pesos. He visto a mis vecinos pelearse por un lugar en la fila de la lechería Liconsa. Y estos tipos… estos tipos juegan a los carritos chocones con vehículos que cuestan más que el presupuesto anual de mi colonia.

De repente, el Tsuru dio un tirón violento. El motor tartamudeó y se apagó. —¡No, no, no! —golpeé el volante—. ¡Ahora no, chingada madre!

Me orillé como pude, aprovechando el vuelo que llevaba el coche. Quedé varado en una zona oscura, cerca de un bajo puente que apestaba a orines y basura.

Me bajé. Abrí el cofre. No veía nada, así que saqué mi celular. La pantalla estaba estrellada, pero la linterna funcionaba. El vapor me golpeó la cara. Una manguera reventada. —Claro —murmuré—. Por supuesto.

Ahí estaba yo. El mismo hombre que horas antes estaba probando la tecnología más avanzada del mundo, el “futuro” de los autos de hidrógeno, ahora estaba parado en la orilla de la carretera, intentando arreglar una manguera vieja con un pedazo de cámara de llanta y unas pinzas oxidadas.

La ironía era tan pesada que casi podía masticarla.

Mientras peleaba con la abrazadera caliente, escuché pasos. Me tensé. En esta zona, de noche, si escuchas pasos y no ves a nadie, ya valiste. Agarré la llave de cruz. Mi corazón empezó a latir rápido, ese mismo latido que sentí cuando dijeron “Tres, dos, uno” antes de la explosión. Pero esto no era un set de grabación. Aquí no había paramédicos ni equipo de seguridad. Aquí estaba solo.

—¿Todo bien, pareja? —una voz ronca salió de la sombra. Dos tipos. Mal encarados. Ropa holgada. —Todo bien —dije, tratando de que no me temblara la voz—. Solo se calentó. —¿No traes una moneda que nos prestes? Para el taco.

El código universal del asalto suave. “Préstame una moneda”. Apreté la llave de cruz. Pensé en el sobre en mi bolsillo. El dinero de la operación de mi jefa. Todo lo que había aguantado hoy: el miedo, la humillación, el mareo, el riesgo de morir quemado o ahogado… todo era para proteger ese sobre. —No traigo nada, carnal. Vengo de la obra.

El tipo se acercó más. La luz de un camión que pasaba iluminó algo metálico en su cintura. —No te hagas pendejo. Esa nave se ve jodida, pero tú traes botas nuevas.

Mis botas. Me las habían dado en la producción porque las mías estaban rotas y no querían que salieran “garras” en el video. —Son prestadas —dije.

Hubo un silencio tenso. El tipo me miró a los ojos. Yo sostuve la mirada. No por valiente, sino por desesperación. No me vas a quitar el dinero de mi madre, pensé. Primero me matas aquí mismo. Tal vez vio eso en mis ojos. Tal vez vio que yo era un animal acorralado dispuesto a morder. O tal vez simplemente decidió que no valía la pena el esfuerzo por un conductor de Tsuru.

—Cámara pues. Con cuidado, maistro.

Se dieron la vuelta y se fueron. Solté el aire. Mis rodillas chocaron una contra la otra. Terminé de amarrar la manguera con manos temblorosas, eché el agua que traía en una botella de refresco vieja, y me largué de ahí.

Capítulo 3: El santuario de la pobreza

Llegué a la colonia pasadas las diez de la noche. Aquí el aire huele distinto. Huele a puesto de tacos de suadero, a coladera destapada y a familia. Estacioné el coche frente al zaguán de lámina. Le puse el bastón de seguridad al volante y la cadena a la reja. Medidas ridículas para un coche que nadie querría, pero es la costumbre.

Entré a la casa. Mi “cantón”. Las paredes descarapeladas me saludaron. El foco de la sala parpadeaba. En la mesa de centro, que en realidad es una caja de madera con un mantel de plástico, estaban las medicinas de mi jefa. Cajas vacías.

—¿Beto? —su voz vino desde el cuarto del fondo. Sonaba débil, rasposa. —Sí, jefa. Ya llegué.

Entré a su cuarto. Estaba acostada, tapada con tres cobijas aunque no hacía tanto frío. La tele estaba prendida en un canal de novelas, dando la única luz a la habitación.

—¿Cómo te fue, mijo? ¿Sí te pagaron? Me senté a la orilla de la cama. Le tomé la mano. Su piel se sentía como papel de china, frágil y seca. —Sí, ma. Me fue bien. Fue… un día raro. —¿Trabajaste mucho? —No tienes idea. Manejé unos coches, ma… que ni en sueños te imaginas. Unos que vuelan. Ella sonrió, pensando que bromeaba. —Ay, mijo, tú y tus cuentos. Ya descansa. Te ves muy traqueteado. Tienes los ojos rojos.

Saqué el sobre. Lo puse sobre su buró, al lado de la imagen de San Judas Tadeo. —Aquí está, jefa. Mañana mismo vamos con el doctor especialista. El de la clínica privada. Nada de esperar en el Seguro Social. Ella miró el sobre, luego a mí. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Es mucho, verdad? ¿No hiciste nada malo, Beto? —No, ma. Solo… dejé que me usaran de muñeco de pruebas un rato. Nada ilegal. Solo un poco loco.

No le conté del tanque. No le conté que casi me ahogo en el coche barco. No le conté que un tipo llamado Jimmy casi me mata del susto con una explosión solo para ver si unos chocolates sobrevivían. Para ella, solo fui a trabajar. Y es mejor así.

Me fui a la cocina a buscar algo de cenar. Abrí el refri. Medio limón, un envase de yogurt con salsa verde adentro y unas tortillas duras. Me calenté las tortillas en la estufa. Me hice un taco de sal. Mientras comía, parado en la oscuridad de mi cocina, pensé en el buffet que tenían en el set de grabación. Fruta picada, carnes frías, quesos importados, bebidas energéticas de todos los colores. Yo no había comido nada de eso porque me daba pena acercarme a la mesa de los “talentos”.

Me metí la mano al bolsillo y saqué la barra de Feastables derretida. La abrí. El chocolate estaba pegado al envoltorio. Lo chupé. Estaba dulce. Empalagoso. Sabía a dinero. Sabía a la mentira que nos venden. “El mejor chocolate del planeta”. No. El mejor sabor del planeta es saber que mañana mi madre tiene doctor. Ese es el verdadero sabor del éxito. Aunque para conseguirlo haya tenido que vender mi dignidad por unos cuantos miles de pesos y unos minutos en un video de YouTube.

Capítulo 4: La viralidad no paga la renta

Pasaron dos semanas. La vida volvió a su ritmo gris. Despertar a las 5 AM, agarrar el Tsuru (que ya había arreglado bien), ir a la obra, cargar bultos de cemento, regresar, cuidar a la jefa.

La operación de mi madre salió bien. El dinero del video cubrió los honorarios del cirujano y los medicamentos del primer mes. Pero el dinero se acaba rápido cuando eres pobre. Las deudas son como la humedad, siempre encuentran por dónde filtrarse.

Un martes, en el descanso de la obra, el “Charnas”, uno de los albañiles más jóvenes, llegó corriendo con su celular en la mano. —¡No mames, Beto! ¡No mames! —¿Qué traes, cabrón? —¡Eres tú! ¡Te lo juro por mi santa madre que eres tú!

Me puso el celular en la cara. YouTube. Un video con una miniatura chillante, llena de flechas rojas y caras de sorpresa con la boca abierta. Título: “¡Auto de $1 vs Auto de $100,000,000!”. Vistas: 45 millones en 24 horas.

—A ver —le quité el teléfono.

Le di play. Ahí estaba la música frenética, los cortes rápidos. Ahí estaba el coche de un dólar. Ahí estaba el Tesla que se maneja solo. Y luego, el tanque. Vi mi cara en la pantalla. Se veía pálida, sudorosa. —Miren la cara de este sujeto, ¡está aterrorizado! —decía la voz en off de Jimmy, y luego habían puesto un efecto de sonido de caricatura, un “Gulp”.

Mis compañeros de obra se carcajearon. —¡Mira nada más, Beto! ¡Te cagaste de miedo! —¡Sales volando, güey!

En la edición, todo se veía divertido. No se sentía el miedo. La explosión se veía espectacular, con cámara lenta y fuego en alta definición. No pusieron la parte donde me costó respirar después del golpe. Solo pusieron mi cara de susto y luego el corte a los chocolates intactos. ¡Los Feastables sobrevivieron! —celebraba Jimmy en el video.

Seguí viendo. El coche barco. Ahí estaba yo, agarrado del marco de la puerta como si mi vida dependiera de ello (porque así era). ¡Estamos destruyéndolo! —gritaba Nolan en el video. Y luego, un acercamiento a mi cara otra vez, con un filtro que me hacía ver los ojos más grandes. Comentarios abajo del video: “Jajaja el señor del tanque se ve que rezó tres padres nuestros” – 15K likes. “¿Quién es ese tipo? Se ve súper humilde al lado de los coches” – 5K likes. “Jimmy es un dios, regala un coche al señor” – 200 likes.

Le devolví el teléfono al Charnas. —Soy famoso, güey —dije, con sarcasmo. —Oye, ¿y te dieron una lana o qué? ¿Te regalaron el Lambo? —preguntó otro. —Me pagaron el día —dije secamente. —Chale. Yo pensé que te iban a hacer millonario. En esos videos siempre regalan islas y aviones.

Regresé a mezclar la cal. Eso es lo que la gente no entiende. Para el espectador, el video es una fantasía donde todo es posible. Donde el dinero es infinito y la generosidad es el rey. Pero detrás de la cámara, cuando se apaga el “Rec”, la jerarquía sigue intacta. El rico se sube a su camioneta blindada y el pobre se regresa en microbús.

Esa noche, leí más comentarios. Había miles. “Qué valor de los que se suben a probar” “El chocolate es lo mejor” “Quiero un auto que vuele”

Nadie preguntaba si los “maniquíes humanos” estábamos bien. Nadie preguntaba cuánto nos pagaron por arriesgar el pellejo. Éramos props. Utilería con pulso. Pero hubo un comentario que me llamó la atención. Estaba enterrado entre miles de emojis de fuego. “Ese señor se parece a mi tío que trabaja de mecánico. La gente rica juega con la vida de los demás como si fuera Mario Kart. Qué triste”. Ese comentario tenía 3 likes.

Le di like. Fueron 4.

Capítulo 5: El valor real de un dólar

Pasaron los meses. El video llegó a 100 millones de vistas. Mi “fama” en la obra duró dos días y luego a nadie le importó. Mi madre siguió su tratamiento.

Un día, el Tsuru finalmente murió. La transmisión tronó. Arreglarlo costaba más que el coche mismo. Me acordé del principio del video, del coche de un dólar. —Es prácticamente inútil. No puedo meterle tiempo ni dinero a esta cosa —había dicho el dueño anterior en el video.

Ahora yo estaba en esa posición. Mi coche era basura. Tuve que venderlo al fierro viejo. Me dieron 1,500 pesos. Caminé de regreso a casa con los billetes en la mano. 1,500 pesos. Eso era lo que valía mi fiel compañero de 10 años. En el video, Jimmy había gastado más que eso solo en la gasolina para llenar el tanque del Koenigsegg una vez.

Me paré en una tienda de conveniencia. En el mostrador, al lado de la caja, había un exhibidor nuevo, brillante y colorido. FEASTABLES. Las barras de chocolate de MrBeast. Ahí estaban. 80 pesos cada una. Miré los 1,500 pesos en mi mano. Podría comprarme casi 20 barras. Podría “celebrar el triunfo” como ellos.

La cajera me miró. —¿Va a llevar algo, señor?

Miré el chocolate. Recordé el sabor empalagoso. Recordé el miedo. Recordé a mi madre sana gracias a ese miedo. Tomé una botella de agua y un mazapán de 5 pesos. —Solo esto, señorita.

Salí a la calle. El sol pegaba fuerte. Tenía que caminar hasta la parada del camión. Iba a ser un viaje largo e incómodo, apretado entre gente sudorosa, cuidando mi cartera. Pero estaba bien. Porque mientras caminaba, me di cuenta de algo. Esos coches de 100 millones, esos aviones, esos barcos… están vacíos. Son cáscaras brillantes para llenar un vacío que no se llena con nada. Jimmy, Nolan, Karl… ellos necesitan el ruido, la velocidad, el peligro controlado, los millones de likes para sentir algo. Necesitan superar el video anterior, necesitan que el siguiente coche cueste 200 millones, o que explote más fuerte, porque si no, se aburren. Son adictos a la intensidad.

Yo no. Yo sentí la mano de mi madre apretando la mía cuando salió del doctor. Yo sentí el alivio real, profundo, de saber que ella iba a estar bien un tiempo más. Yo tengo algo que ellos, con todos sus millones, quizás nunca entiendan del todo: tengo algo por lo que vale la pena aguantar el miedo. Tengo un “por qué”.

Ellos tienen el precio. Yo tengo el valor.

Llegué a la parada. El camión venía atascado, echando humo negro, rugiendo como una bestia herida. No era un Lamborghini. No tenía diamantes en la pintura. Pero cuando se detuvo y las puertas se abrieron, me subí agradecido. Pagué mi pasaje. Me fui de pie, agarrado del tubo, meciéndome con el movimiento de la ciudad. Saqué mi celular, busqué el video una última vez. “Xe hơi $1 vs $100,000,000”. Lo borré de mi historial.

Guardé el teléfono y miré por la ventana. La ciudad pasaba, caótica, sucia, viva. Esta es mi pista de carreras. Y aquí, sobrevivir un día más, esa es la verdadera victoria.

PARTE 4: EL COSTO DE LA ETERNIDAD EN UN MUNDO DE QUINCE SEGUNDOS

Capítulo 1: La Resaca del Algoritmo

Dicen que la fama es como una borrachera de tequila barato: al principio te prende, te sientes el rey del mundo, pero al día siguiente te despiertas con dolor de cabeza, la boca seca y sin saber dónde dejaste la cartera. Para mí, la fama duró lo que dura un scroll en la pantalla de un celular.

Pasaron tres meses desde el rodaje. El video de “$1 vs $100,000,000” se convirtió en el video más visto del año. Mi cara, esa mueca de terror puro cuando el tanque Rezvani saltó por la explosión, se volvió un sticker de WhatsApp. Me llegaba al teléfono en el grupo de la familia, en el grupo de la chamba, hasta mi sobrinito me lo mandaba.

—Mira, tío, eres un meme —me dijo una tarde, mostrándome una imagen donde habían puesto mi cara asustada sobre el cuerpo de un portero de fútbol fallando un penal. —Qué chistoso —le contesté, sopeando un pan dulce en mi café negro.

La gente piensa que porque saliste en un video con 200 millones de vistas, tu vida cambia mágicamente. Creen que el algoritmo te deposita dinero en la cuenta por cada like. La realidad es mucho más seca. El dinero que me pagaron en el sobre aquel día se esfumó. Se fue en las consultas del especialista de mi jefa, en los medicamentos de patente que el Seguro no tenía, en pagar la luz que debía, y en comprar una bomba de agua nueva porque la vieja se quemó.

El dinero de los ricos es líquido; fluye, se mueve, se multiplica. El dinero de los pobres es vapor; apenas lo tocas, se evapora.

Regresé a la obra. Ya no era “el señor del video”. Volví a ser Beto. El que carga los bultos de cemento, el que mezcla la arena, el que llega temprano para apartar lugar en el microbús. Pero algo había cambiado dentro de mí. Ya no veía el mundo igual.

Antes, cuando veía pasar un Mercedes o un BMW por la avenida, pensaba: “Órale, qué nave”. Sentía una mezcla de admiración y deseo. Ahora, cuando veía esos coches, solo podía pensar en lo frágiles que son. Sabía que bajo esa pintura brillante había plásticos que crujen, sensores que fallan y dueños que probablemente no saben cambiar una llanta.

El encanto se había roto. Había visto al Mago de Oz detrás de la cortina, y el mago era solo un youtuber con déficit de atención y una chequera ilimitada.

Una tarde, saliendo de la chamba, me topé con un puesto de revistas. Ahí estaba, en la portada de una revista de chismes, una foto pequeña de Jimmy. El titular decía: “El Rey de YouTube regala una isla”. Me quedé mirando la foto. Jimmy sonreía con esa boca abierta, exagerada, que ponen todos ahora. Sus ojos, sin embargo, se veían vacíos. Compré un cigarro suelto y seguí caminando. —Quédatela, güey —murmuré al aire—. Quédate tu isla. Yo tengo que llegar a cenar.

Capítulo 2: El Laberinto de Azulejos Blancos

La verdadera prueba de fuego no fue el tanque blindado. La verdadera prueba llegó en noviembre. Mi jefa recayó. No fue la presión esta vez. Fue algo en los riñones. El cuerpo cobra factura por años de trabajo duro y mala alimentación.

La llevé al hospital público. A ese edificio enorme y gris que huele a cloro y desesperanza. El dinero del video ya no existía. No había para clínica privada. Entramos a Urgencias. Había gente sentada en el suelo. Señoras con cobijas, niños llorando, viejitos con la mirada perdida esperando una ficha. —Siéntese aquí, jefa —le dije, acomodándola en una silla de plástico rota que conseguí peleándome con la mirada de otro tipo.

Esperamos seis horas. Seis horas viendo pasar camillas. Seis horas escuchando toses y lamentos. En esas seis horas, tuve mucho tiempo para pensar en el Koenigsegg de 10 millones de dólares con diamantes en la pintura. Pensé en cómo, con lo que costaba una sola llanta de ese coche, se podrían comprar camas nuevas para todo este piso. Pensé en el sistema de escape del coche de hidrógeno que producía agua potable, mientras veía a una señora pedirle agua al guardia de seguridad y este le decía que el garrafón estaba vacío.

La rabia me empezó a subir por el cuello. No era envidia. Era una furia sorda, impotente. ¿Cómo podíamos vivir en un mundo donde se queman millones por diversión en un canal de internet, mientras mi madre tenía que esperar seis horas doblada de dolor para que un médico cansado le diera una pastilla?

Saqué mi celular. Tenía ganas de escribirle a alguien. ¿A quién? ¿A la producción? “Oye, Jimmy. Soy Beto. El que casi explotas. Mi jefa se está muriendo en una sala de espera. ¿No te sobra un Tesla que pueda vender?”. Escribí el mensaje. Mis dedos temblaban. Lo leí. Sonaba patético. Sonaba a mendigo. Borré el mensaje. Tengo orgullo. Es lo único que tengo. Y si mi madre me enseñó algo, es que la dignidad no se vende, ni siquiera cuando tienes el agua al cuello.

Finalmente nos atendieron. El doctor, un chavo joven con ojeras de mapache, fue amable. —Necesita diálisis, señor. Y la máquina está saturada. Tienen que ponerse en lista de espera o buscarla por fuera.

Salí del hospital con la receta en la mano y el alma en los pies. Buscarla por fuera. Eso significaba dinero. Mucho dinero. Caminé hacia la parada del metro. Era de noche. La ciudad brillaba a lo lejos. Los rascacielos de Reforma se veían imponentes, iluminados como árboles de Navidad. Allá estaba el dinero. Allá estaban los Ferraris y los “mirreyes”. Aquí abajo, en la banqueta rota, estábamos nosotros.

De repente, vi un anuncio espectacular enorme sobre la avenida. Era un anuncio de Samsung. El teléfono que se dobla. El Galaxy Z Flip. En el anuncio, una chica guapa y feliz sostenía el teléfono. Recordé a Jimmy en el coche de 2 millones de dólares: “Y mientras manejamos, quiero hablarles del nuevo Samsung…”. Sentí una náusea violenta. Ese teléfono costaba más que tres sesiones de diálisis. Escupí en el suelo. —Maldito plástico —dije—. Maldito mundo de plástico.

Capítulo 3: El Renacimiento del Fierro

Tenía que moverme. La depresión es un lujo que los pobres no nos podemos dar. Si te deprimes, no comes. Necesitaba transporte. Sin el Tsuru, me gastaba mucho en pasajes y perdía horas en el transporte público, horas que necesitaba para cuidar a mi jefa o buscar chambitas extra.

Un compadre de la obra, el “Tuercas”, me dijo que su cuñado vendía una camioneta. —Es una Fordcita vieja, Beto. Del 94. Está fea como pegarle a Dios, pero el motor jala. Fui a verla. Era color óxido, con manchas de lo que alguna vez fue pintura verde. La batea estaba picada. El asiento del conductor tenía los resortes de fuera. —¿Cuánto? —pregunté. —Dame diez mil varos y es tuya.

Diez mil. Tenía ocho mil guardados debajo del colchón, de lo que sobró de la venta del Tsuru y unos ahorros. —Te doy ocho ahorita y te pinto la fachada de tu casa el domingo. El cuñado lo pensó, escupió al suelo y me dio la mano. —Trato hecho. Pero si se te queda tirada, no me conoces.

Me subí a la Ford. Olía a gasolina cruda y a perro mojado. Metí la llave. Giré. El motor rugió. No fue el rugido elegante y afinado de un Lamborghini. Fue un rugido ronco, grave, inestable. Un rugido de bestia vieja que se niega a morir. GROAR-pof-pof-GROAR. Sonreí. Esta era una máquina honesta. No tenía piloto automático. No tenía pantallas. Si querías frenar, tenías que pisar con huevos. Si querías dar vuelta, tenías que pelearte con la dirección hidráulica que ya no era tan hidráulica.

Le puse nombre. “La Bestia”. No “El Tanque”. No “El Vader”. La Bestia. Porque para sobrevivir en Iztapalapa, tienes que ser una bestia.

Ese fin de semana, me dediqué a ella. No tenía dinero para mecánicos, pero tenía manos y YouTube (sí, la ironía). Busqué tutoriales. “Cómo limpiar carburador Ford 94”. “Cómo cambiar chicote de acelerador”. Me pasé el domingo entero lleno de grasa hasta los codos. Mis vecinos pasaban y se burlaban. —Esa madre ya no camina, Beto. Mejor véndela al kilo.

Yo no les hacía caso. Estaba limpiando las bujías cuando recordé al equipo de mecánicos de Koenigsegg. Tipos con guantes blancos, computadoras, herramientas láser. Yo tenía una llave inglesa y un pedazo de lija. Pero cuando terminé, cuando ajusté el tiempo del motor a puro oído, y la camioneta se mantuvo encendida sin temblar… sentí una satisfacción que no sentí ni volando a 8,000 pies. Esto era mío. Nadie me lo prestó. Nadie me estaba grabando. Era mi esfuerzo, mi mugre, mi triunfo.

Esa noche, subí a mi jefa a la camioneta (con ayuda de un banquito porque estaba alta). —Vamos a dar la vuelta, ma. —Ay, hijo, está muy fea —dijo ella, riéndose. —Está fea pero es fiel, jefa. Como yo.

La llevé a comer unos tacos. El viento entraba por las ventanas que no subían bien. Ella iba agarrada del tablero, pero iba sonriendo. En ese momento, esa Ford del 94 valía más que el Bugatti de cualquier jeque árabe. Porque esa Ford llevaba a mi madre a cenar, y el Bugatti solo sirve para estar estacionado en un museo o en un video de TikTok.

Capítulo 4: El Choque de Dos Mundos

La vida tiene un sentido del humor muy negro. Meses después, conseguí una chamba grande. Una remodelación en Santa Fe. Santa Fe es esa parte de la Ciudad de México que quiere ser Houston o Miami. Edificios de cristal, centros comerciales gigantes, y ni una sola banqueta para caminar. Es la tierra de los “mirreyes”.

Iba yo en “La Bestia”, cargado con escaleras y botes de pintura. Entrar a Santa Fe con esa camioneta era como entrar a una cena de gala en calzones. Los guardias de seguridad de las plumas me miraban con desconfianza. Los valet parking me hacían señas para que no me acercara a los coches de lujo.

Estaba parado en un semáforo, rodeado de Porsches y Audis. De repente, vi humo. No era mi camioneta. Era un coche deportivo, bajo, rojo. Un McLaren, creo. Estaba parado dos autos adelante de mí. Salía humo blanco del cofre. El tráfico se detuvo. Los cláxones empezaron a sonar. En Santa Fe, la gente no tiene paciencia; su tiempo vale dólares.

Se bajó el conductor del McLaren. Era un chavo. Camisa desabotonada, lentes de sol, mocasines sin calcetines. Estaba gritándole al teléfono. —¡No sé qué le pasa, güey! ¡Simplemente se paró! ¡Mándame a alguien ya! Pateó la llanta del coche. Mala idea. Es fibra de carbono, o plástico caro. Se escuchó un “crack”. El chavo se agarró la cabeza.

Yo estaba viendo la escena desde mi cabina alta. Podría haberme quedado ahí. Podría haber disfrutado del espectáculo. “Mira al rico sufrir”, podría haber pensado. Pero soy mecánico de barrio. Y soy mexicano. Si ves a alguien tirado, ayudas. Aunque sea un pendejo.

Me bajé de la camioneta. Llevaba mi overol manchado de pintura y mis botas viejas. Caminé entre los coches de lujo. La gente me miraba como si fuera un bicho raro. Llegué hasta el McLaren. —¿Qué pasó, jefe? —le pregunté. El chavo me miró con asco al principio. Luego con desesperación. —Esta chingadera no prende. Y tengo una junta en diez minutos. —A ver, abre el cofre. O bueno, la cajuela, porque estos traen el motor atrás, ¿no?

El chavo ni siquiera sabía dónde estaba la palanca para abrir el motor. Tuve que buscarla yo. Abrí la tapa. El calor me golpeó. No necesité un escáner láser. Mis ojos vieron el problema en tres segundos. Una banda se había zafado. Probablemente un tensor defectuoso o mal puesto. —Es la banda, joven. Se le botó. Por eso no carga el alternador y se calentó. —¿Y eso qué? ¿Lo puedes arreglar? Te pago. ¿Cuánto quieres? Mil, dos mil pesos. Arréglalo ya.

Su tono me molestó. “Arréglalo ya”. Como si yo fuera una aplicación de su celular. Lo miré a los ojos. —No traigo la herramienta para esto, jefe. Estos coches usan tornillos especiales. Y la banda se ve mordida. —¡Puta madre! —gritó, golpeando el techo del auto—. ¡Es nuevo! ¡Me costó cinco millones!

Ahí estaba la cifra otra vez. Cinco millones. En ese momento, pasó algo curioso. El chavo se recargó en su coche de cinco millones y se puso a llorar. No era un llanto de tristeza profunda. Era un llanto de frustración, de berrinche. De niño al que se le rompió el juguete. —Mi papá me va a matar —sollozó—. Es de él.

Me le quedé viendo. De repente, ya no vi a un “mirrey” prepotente. Vi a un niño asustado. Igual que yo estaba asustado dentro del tanque cuando iban a detonar la bomba. El miedo nos iguala a todos. El miedo huele igual en un McLaren que en un Tsuru.

—Tranquilo, carnal —le dije, cambiándome el tono—. No se murió nadie. Es fierro. El fierro se arregla o se compra. Saqué un trapo de mi bolsa y se lo di. (Estaba un poco sucio de grasa, pero era lo que había). —Límpiate los mocos. Ahorita empujamos esta madre a la orilla para que no estorbe y le pides un Uber. —¿Me ayudas a empujar? —preguntó, incrédulo. —Pues sí, güey. Solo no puedo. Pesa un chingo aunque sea de fibra.

Y ahí estábamos. Beto, el albañil de Iztapalapa, y Santiago (así se llamaba), el junior de Santa Fe. Empujando un McLaren de cinco millones bajo el sol del mediodía, mientras los demás ricos nos pitaban y nos mentaban la madre por bloquear el carril. Empujamos hasta la banqueta. El chavo estaba sudando. Su camisa de seda estaba pegada a la espalda. —Gracias, neta —me dijo. Sacó su cartera. Era de piel, fina. Sacó todos los billetes que traía. Eran como tres mil pesos. —Ten. Por el paro.

Miré el dinero. Me servía. Mucho. Eran dos semanas de comida. Pero recordé el sobre de Jimmy. Recordé cómo me sentí usado. Esto era diferente. Esto era ayuda en el camino. Tomé solo un billete de 500. —Con esto para los refrescos, joven. Guárdese lo demás para la grúa, que le va a salir cara.

El chavo me miró sorprendido. —¿Seguro? —Seguro. Y un consejo: aprenda a cambiar una llanta. Uno nunca sabe cuándo se le va a acabar la señal del celular.

Me di la vuelta y regresé a mi camioneta vieja. Mientras me alejaba, vi que el chavo le tomaba una foto a su coche humeante. Seguramente para Instagram. “Aquí sufriendo, #BadDay #McLarenDown”. Sonreí. No tienen remedio. Todo es contenido.

Capítulo 5: El Sabor del Chocolate Real

Unos meses después, era el cumpleaños de mi jefa. Quería hacerle algo especial. Ya estaba mejor de salud. La diálisis funcionaba. Habíamos pasado el susto. Fui al mercado. Compré pollo, mole en pasta del bueno (del que pica), arroz y tortillas hechas a mano. En el camino de regreso, pasé por el Oxxo a comprar una Coca-Cola (el vicio es el vicio).

Y ahí, en el mostrador, seguían las barras de Feastables. Ya estaban en oferta. “2×1”. Parece que el hype había pasado. La gente ya había visto el video y había pasado a la siguiente moda. El chocolate “revolucionario” ahora estaba acumulando polvo al lado de los chicles.

Agarré dos barras. Llegué a la casa. Preparamos la comida. Invité al Charnas y a su esposa. Invité a mi vecina doña Lupe. Éramos seis personas apretadas en mi cocina pequeña. El mole olía a gloria. Las tortillas estaban calientes. Había risas. El Charnas estaba contando un chiste colorado y mi jefa se reía tapándose la boca.

—Bueno, hora del postre —dije. Saqué las barras de Feastables. Las partí en pedacitos pequeños para que alcanzara para todos. —¿Qué es esto? —preguntó doña Lupe—. ¿Chocolate gringo? —Es el chocolate del video, Lupe. El que sobrevivió a la bomba —dijo mi jefa, presumiendo. —A ver…

Todos probaron un pedacito. Hubo un silencio. —Pues… sabe a chocolate —dijo el Charnas, encogiéndose de hombros—. Está bueno, pero me gusta más el Carlos V. —Está muy dulce —dijo doña Lupe. —A mí sí me gustó —dijo mi sobrinito, lamiéndose los dedos.

Yo me comí mi pedazo. Cerré los ojos y traté de encontrarle el sabor a los 100 millones de dólares. Traté de encontrarle el sabor a la fama, a los aviones, a los barcos. Pero solo me supo a azúcar y cacao. Y entonces, probé un poco de mole que había quedado en mi plato. Ese sabor… especias, chile, chocolate amargo, ajonjolí, el sazón de mi madre… ese sabor tenía historia. Tenía alma. El chocolate de MrBeast estaba diseñado por algoritmos para gustarle a la mayor cantidad de gente posible. Era perfecto y aburrido. El mole de mi jefa era imperfecto, picaba, te manchaba la camisa, pero te hacía sentir vivo.

Me di cuenta entonces de que había estado buscando el valor en el lugar equivocado. El valor no está en el precio de la etiqueta. El Rezvani de 300 mil dólares no valía nada si no tenía a quién proteger. El Koenigsegg de 10 millones era inútil en el tráfico de la Ciudad de México. Pero esta mesa… esta mesa con mantel de plástico, rodeada de la gente que me quería no por mis vistas en YouTube, sino por quién soy… esta mesa no tenía precio.

Capítulo 6: Epílogo – La Última Carrera

Ha pasado un año desde el video. A veces, YouTube me recomienda videos de Jimmy. “Destruí un tren de mil millones”. “Sobreviví 7 días en el espacio”. “Compré un país entero”. Ya no los veo. Me dan flojera. Me parece repetitivo. Siempre es más dinero, más ruido, más gritos. Es una carrera hacia la nada. ¿Qué sigue después de comprar un país? ¿Comprar la luna? ¿Comprar a Dios?

Yo sigo aquí. En la tierra. La Ford 94 sigue jalando. Ya le arreglé los asientos. Le puse un radio que sí sirve. Ayer, iba manejando por la carretera libre a Cuernavaca. Iba a hacer un trabajo allá. La carretera tiene curvas peligrosas. El paisaje es verde, lleno de pinos. Iba escuchando a José Alfredo Jiménez a todo volumen. Bajé la ventana. El aire fresco me pegó en la cara. No iba a 300 kilómetros por hora. Iba a 80. Pero me sentía libre.

De repente, un Ferrari me rebasó a toda velocidad. Un borrón rojo. El rugido de su motor hizo vibrar mi camioneta. Lo vi alejarse, perdiéndose en la curva, arriesgando la vida para llegar cinco minutos antes a quién sabe dónde. —Córrale, compa —le dije en voz baja—. Córrale. Que la muerte nos alcanza a todos, vayas en Ferrari o en guajolotero.

Seguí mi camino. Despacio. Disfrutando el paisaje. Me acordé de lo que dijo Jimmy al final del video: “¡Suscríbanse para más locuras!”. No, gracias. Yo ya tuve suficiente locura. Yo me suscribo a esto. A la vida real. A las manos sucias de trabajo honesto. Al beso de mi madre en la frente. Al motor viejo que nunca se rinde.

Dicen que el dinero no compra la felicidad. Es mentira, sí la compra, o al menos la renta por un rato. El dinero compró la salud de mi jefa, y por eso estaré eternamente agradecido con ese loco gringo y sus autos. No le escupo a la mano que me dio de comer. Pero hay algo que el dinero no puede comprar: la paz de saber que eres suficiente.

Llegué a la cima de la montaña. Había un mirador. Me orillé. Me bajé de la camioneta y miré el valle. Se veía inmenso. Saqué mi celular. No para grabar una historia. No para tomar una foto. Solo para ver la hora. Eran las 6 de la tarde. Hora de llamar a la jefa para decirle que llegué bien.

Marqué. —¿Bueno? —contestó ella. —Ya llegué, ma. Todo bien. —Qué bueno, hijo. Te guardo cena. —Sí, ma. Gracias.

Colgué. Miré al horizonte. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de naranja y morado, igual que aquel día en la pista de aterrizaje con el coche volador. Pero esta vez, mis pies estaban en la tierra. Y esta vez, el espectáculo no era para una cámara. Era solo para mí.

Respiré hondo. El aire olía a pino y a tierra mojada. Me subí a mi Ford. Metí primera. Y seguí manejando hacia adelante, hacia mi propia vida, que tal vez solo vale unos centavos para el mundo, pero para mí… para mí es la única que importa.

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