
El rechinido de metal a las seis de la mañana se te mete hasta los huesos, más frío que el piso de cemento donde dormí los últimos mil ochocientos días. Me incorporé despacio, sintiendo la piel pegada a las costillas y esa sequedad en la garganta de tanto repetir lo mismo al vacío: “no fui yo”.
Afuera de la celda, el pasillo apestaba a lo de siempre: cloro barato, café quemado y a despedida.
—Mateo —ladró el guardia nuevo, un chavito que ni me volteaba a ver a los ojos—. Ya es hora.
Apreté los puños hasta que sentí que los nudillos se me iban a partir. No quería llorar, no enfrente de ellos. —Antes de que me lleven… —se me quebró la voz, pero tragué saliva—. Déjenme ver a mi hija. Solo quiero hablar con ella.
El custodio más viejo, ese que siempre trae cara de perro, escupió al suelo y se rió. —Los sentenciados no piden gustos, cabrón.
—Tiene ocho años, jefe —le insistí, sintiendo que el aire me faltaba—. No la veo desde hace tres. Es lo único que me queda en esta vida.
La petición fue subiendo, papel tras papel, hasta llegar al escritorio del Coronel Navarro. Un tipo duro, de piel curtida y demasiadas m*ertes en su historial. Pero yo sabía que mi caso le hacía ruido; las pruebas estaban demasiado “planchaditas”, demasiado perfectas. Cuando me miraba, él sabía que mis ojos no eran los de un asesino.
—Traigan a la niña —ordenó al final.
Las horas se hicieron eternas hasta que una camioneta blanca se estacionó afuera. Bajó una trabajadora social y, agarrada de su mano, mi Citlali. Ojos grandes, pelito claro. Caminaba despacito, como si cargara un secreto demasiado pesado para su cuerpecito. Hasta los otros reos se callaron la boca cuando la vieron pasar; se sentía una vibra rara en el aire.
Yo estaba esposado en la sala de visitas. Cuando la vi entrar, algo se me rompió por dentro. —Mi estrella… —alcancé a susurrar.
Citlali no corrió. Se me acercó y me abrazó con una fuerza que no era normal para su edad. El mundo se paró en seco. Entonces, se puso de puntitas y se acercó a mi oreja.
Nadie más escuchó lo que dijo, pero todos vieron cómo se me fue el color de la cara.
PARTE 2: LA VERDAD QUE QUEMA LA SANGRE
Esas cinco palabras. Solo cinco palabras susurradas con una voz de niña que todavía olía a leche tibia y a jabón barato, bastaron para que el universo entero se detuviera. El tiempo, ese verdugo que había estado corriendo en mi contra durante cinco años, de repente se congeló. No escuchaba el zumbido de las lámparas fluorescentes. No escuchaba la respiración pesada del guardia viejo a mis espaldas. Solo sentía el aliento de Citlali en mi oreja y el eco de lo que acababa de decir retumbando en mi cabeza como un disparo de cañón.
Mis rodillas, que habían aguantado palizas, hambre y la humedad de la celda de aislamiento, fallaron. Sentí cómo el piso de linóleo sucio se me venía encima, pero no caí. Me sostuve del borde de la mesa de metal atornillada al suelo, mis dedos blancos de tanto apretar, los nudillos a punto de estallar.
—¿Qué…? —fue lo único que pudo salir de mi garganta. Una pregunta ahogada, rasposa, que sonó más a súplica que a duda.
Citlali se separó apenas unos centímetros. Sus ojos, esos ojos enormes que eran idénticos a los de su madre, me miraban con una seriedad que ningún niño de ocho años debería tener. No había miedo en ella. Había una certeza aterradora.
—Lo tengo, papá —repitió, esta vez mirándome de frente, asegurándose de que le leyera los labios—. En la mochila rosa. La que mamá escondió antes de que se la llevaran. Nadie buscó ahí.
El aire se me escapó de los pulmones. La mochila rosa.
De golpe, los recuerdos me golpearon como una ola de agua helada. La noche del arresto. Las sirenas, las luces rojas y azules pintando las paredes de nuestra casita de interés social. Los gritos. Yo, tirado en el piso con una bota en la nuca, viendo de reojo cómo mi esposa lloraba. Y en medio de todo ese caos, la mochila de la escuela de Citlali, tirada en un rincón, debajo de una pila de ropa sucia que los peritos patearon sin revisar. “Pruebas impecables”, había dicho el expediente. “Testigos perfectos”. Claro que eran perfectos. Porque lo que realmente pasó estaba guardado en una memoria USB dentro de un estuche de lápices de Hello Kitty, en una mochila que nadie se molestó en abrir porque solo buscaban armas y drogas para plantarme.
Mi corazón empezó a latir tan rápido que me dolía el pecho. Pum, pum, pum. Un tambor de guerra.
—¡Hey! ¡Sepárense! —el grito del guardia viejo rompió la burbuja. Su mano callosa y pesada me agarró del hombro, clavándome los dedos en la clavícula—. Se acabó el numerito sentimental. Vámonos, Cárdenas.
Pero yo ya no era el mismo hombre que había entrado a esa sala arrastrando los pies. Hace un minuto, yo era un muerto caminando. Un bulto de carne esperando el piquete final. Ahora… ahora tenía fuego en las venas.
Me sacudí el agarre con una violencia que sorprendió al custodio. —¡No me toques! —rugí. El sonido salió gutural, animal.
El guardia joven, el chavito nuevo, dio un paso atrás, llevando la mano instintivamente a la macana que colgaba de su cinturón. El viejo, en cambio, se puso rojo de furia. —¡¿Te quieres poner pendejo ahorita?! —bramó, sacando las esposas de su cinturón—. ¡Te vas a ir por las buenas o te llevamos arrastrando, hijo de tu…!
—¡Espere! —Gritó Citlali.
La niña no se movió. No se encogió. Se plantó entre el guardia y yo, extendiendo sus bracitos como si fueran un escudo de acero. —Tienen que escuchar. Tienen que llamar al jefe. Al de traje.
El guardia viejo soltó una carcajada seca, sin humor. —¿Al Coronel? Mira, escuincla, tu papá ya tuvo su despedida. Ahora lárgate con la de trabajo social antes de que…
—¡Llámenlo! —Grité yo, con una desesperación que raspaba. Me giré hacia el espejo de una sola vía que cubría toda una pared de la sala. Sabía que estaban ahí. Siempre están ahí. Observando. Grabando. Comiendo donas mientras ven cómo se destroza una vida—. ¡Navarro! ¡Yo sé que estás ahí! ¡Navarro, escucha a la niña!
El guardia viejo perdió la paciencia. Me lanzó un golpe al estómago con la macana, seco, preciso. El aire se me salió de golpe y me doblé, cayendo de rodillas. El dolor fue agudo, cegador, pero no me importó. El dolor físico era un chiste comparado con la agonía de saber la verdad y no poder gritarla.
—¡Papá! —Citlali trató de agacharse, pero la trabajadora social, que hasta ese momento había estado petrificada en la esquina, corrió a jalarla.
—¡No! ¡Suéltame! —pataleaba mi hija—. ¡Él no lo hizo! ¡El Tío Beto! ¡Fue el Tío Beto!
El nombre quedó flotando en el aire viciado de la sala.
Beto. Mi compadre. El padrino de Citlali. El hombre que había llorado en mi juicio, jurando que yo era un buen hombre, mientras por debajo de la mesa cobraba el cheque por el que me vendió. La traición siempre viene de quien te abraza, dicen en el barrio. Y vaya que era cierto.
Desde el suelo, tosiendo y tratando de recuperar el aliento, levanté la vista hacia el espejo. —¡Navarro! —grité de nuevo, con hilos de saliva colgando de mi boca—. ¡Tiene la prueba! ¡Tiene la grabación! ¡Si me matan ahora, van a matar a un inocente y todo va a salir en las noticias mañana! ¡Lo tiene todo!
El guardia viejo levantó la macana para darme otro golpe, esta vez en la cabeza para callarme de una buena vez. Cerré los ojos, esperando el impacto.
—¡Alto!
La voz sonó amplificada por los altavoces de la sala. Una voz grave, cansada, con ese tono de autoridad que solo tienen los que están acostumbrados a mandar sobre la vida y la muerte.
La puerta lateral se abrió con un zumbido eléctrico.
El Coronel Navarro entró. No traía prisa. Caminaba con esa calma pesada de los hombres viejos que cargan demasiados fantasmas. Su uniforme estaba impecable, pero su cara… su cara era un mapa de arrugas y fatiga. Se quitó los lentes oscuros y me miró. No con odio. No con lástima. Con curiosidad. Esa maldita curiosidad que yo sabía que le había estado carcomiendo la conciencia desde que leyó mi expediente.
—Déjenlo —ordenó Navarro, con voz suave.
El guardia viejo se quedó con la macana en el aire, confundido. —Pero mi Coronel, el protocolo… ya estamos sobre el tiempo. El médico ya está preparando la inyección en el módulo 4.
—Dije que lo dejen —repitió Navarro, sin levantar la voz, pero con un filo que cortaba—. Levántate, Cárdenas.
Me puse de pie tambaleándome, usando la silla para apoyarme. Me limpié la boca con el dorso de la mano esposada. Miré a Citlali. Ella estaba respirando agitada, con el pelito revuelto, pero me sostuvo la mirada. Asintió, una sola vez. Confía.
Navarro se acercó a la niña. Se puso en cuclillas, algo que hizo crujir sus rodillas, para quedar a su altura. —A ver, mija —le dijo, con un tono que intentaba ser amable pero que sonaba oxidado—. ¿Qué es eso que estás gritando? ¿Qué sabes tú de Beto?
Citlali no se amedrentó. Metió la mano en el bolsillo de su vestidito rosa. Los guardias se tensaron, llevando las manos a sus armas. Navarro levantó una mano para calmarlos.
Mi hija sacó algo pequeño. No era una USB, ni un teléfono. Era un papel arrugado, doblado mil veces. Una nota de remisión vieja, de esas amarillas que te dan en las casas de empeño del centro.
—Mi mamá me dijo que si algo le pasaba, nunca perdiera esto —dijo Citlali, extendiéndole el papel—. Dijo que el teléfono estaba empeñado. Que ahí estaba el video de la fiesta. Donde el Tío Beto habla con los policías.
Navarro tomó el papel con delicadeza, como si fuera una bomba a punto de estallar. Lo desdobló. Sus ojos recorrieron las letras borrosas.
—Fecha… hace cinco años —murmuró Navarro para sí mismo—. Dos días después del crimen. Un celular Samsung. Empeñado por… Roberto “Beto” Salinas.
Levantó la vista y me miró. Luego miró al guardia viejo. —Traigan a Cárdenas a mi oficina. Ahora.
—¿Señor? —el guardia viejo estaba incrédulo—. La ejecución es en veinte minutos. El fiscal está en camino. Los medios están afuera. No podemos detener esto por un papelito de empeño.
Navarro se enderezó. Parecía haber crecido diez centímetros. —Soy el director de este penal y en este penal se hace lo que yo digo. Si hay una duda, aunque sea del tamaño de un grano de arena, no voy a firmar esa orden de muerte. Llévenlo a mi oficina. Y manden una patrulla a esa casa de empeño. ¡Ya!
—¡Pero Coronel! —insistió el guardia, casi escupiendo—. ¡Es irregular! ¡Si esto es una trampa de estos delincuentes para ganar tiempo…!
—¡Cállese, Ramírez! —gritó Navarro, y el eco retumbó en las paredes—. ¿Usted va a cargar con el muerto si resulta que la niña dice la verdad? ¿Usted le va a explicar a la prensa que matamos a un inocente porque le dio flojera revisar una prueba?
El guardia bajó la cabeza, derrotado, pero con la mandíbula tensa de coraje. —Como ordene.
Navarro se giró hacia la trabajadora social. —Llévese a la niña a la sala de espera. Que le den un jugo, algo de comer. Y que nadie, escúcheme bien, nadie hable con ella hasta que yo lo ordene.
Citlali me miró mientras se la llevaban. —Te lo dije, papá —me susurró, aunque esta vez estaba lejos—. Ya es hora.
Cuando la puerta se cerró tras ella, sentí que las piernas me fallaban de nuevo. Pero esta vez, el guardia joven me sostuvo antes de caer. —Aguanta, carnal —me dijo en voz baja, casi imperceptible—. Aguanta.
Me arrastraron por los pasillos, pero ya no era el camino al matadero. Era otro camino. El pasillo olía distinto ahora. Ya no olía a despedida. Olía a miedo. Al miedo de ellos. Al miedo de que el sistema perfecto tuviera una grieta.
Me sentaron en la oficina de Navarro. Aire acondicionado. Una bandera de México en la esquina. Fotos de sus nietos en el escritorio. Me quitaron las esposas de las manos, pero me las dejaron en los pies. Navarro se sentó frente a mí, encendió un cigarro y me ofreció uno. Me temblaban tanto las manos que tardé tres intentos en prenderlo.
—Tienes diez minutos, Cárdenas —dijo, echando el humo hacia el techo—. La patrulla va a tardar veinte en ir y venir. Si ese teléfono no existe, o si no sirve, o si no hay nada en él… a las siete en punto te pongo la inyección yo mismo. ¿Entendido?
Asentí, sintiendo el humo rasparme la garganta seca. —Existe, Coronel. Si mi hija lo dice, existe.
—Más te vale. Porque acabas de armar un desmadre que me puede costar el puesto. ¿Quién es Beto?
—Era mi hermano. No de sangre, pero de vida —empecé a hablar, y las palabras salieron como un torrente, atropelladas—. Crecimos juntos en la colonia. Él me consiguió el trabajo en el almacén. Él estaba ahí la noche que… la noche que mataron al velador. Él dijo que se había ido temprano. Pero Citlali… Citlali siempre juega con los teléfonos. Le gustaba grabarnos.
Navarro me miraba fijamente, analizando cada gesto, cada tic nervioso. —¿Y por qué no hablaste antes?
—¡Porque no sabía! —grité, golpeando el escritorio—. ¡Yo pensé que había sido un asalto! ¡Yo pensé que me habían agarrado de chivo expiatorio los judiciales para cerrar el caso rápido! ¡Nunca pensé que Beto…!
La voz se me quebró. Llorar por tu propia muerte es una cosa. Llorar por la traición de tu hermano es otra muy distinta. Duele más profundo. Quema.
El teléfono del escritorio sonó. Un timbrazo antiguo, estridente.
Navarro y yo nos quedamos congelados mirando el aparato. Era la línea directa. Podía ser el Gobernador preguntando por qué no se había ejecutado la sentencia. O podía ser la patrulla.
Navarro levantó la bocina lentamente. —Navarro hablando.
Silencio. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y el latido de mi corazón en mis oídos.
—Ajá… —dijo Navarro. Su cara era inexpresiva, una máscara de piedra—. Sí, es el modelo. ¿Tiene carga? Bien. Conéctenlo. Quiero que me describan qué hay en la galería.
Me incliné hacia adelante, sintiendo que la vida se me iba en ese hilo telefónico.
—Un video… —repitió Navarro, mirando un punto fijo en la pared—. Fecha… hora… ¿Se ve la cara?
Silencio largo. Eterno. Vi cómo la mano de Navarro, la que sostenía el cigarro, temblaba ligeramente. Solo un poco. Pero lo vi.
—¿Se escucha el audio? —preguntó.
Escuchó por unos segundos más. Luego, lentamente, colgó el teléfono. Aplastó el cigarro en el cenicero con fuerza, rompiéndolo.
Se levantó y caminó hacia la ventana que daba al patio del penal. Se quedó ahí, de espaldas a mí, mirando hacia la nada.
—¿Coronel? —pregunté, con un hilo de voz.
Navarro se giró. Su expresión había cambiado. Ya no era el director duro. Parecía… asqueado.
—Guardia —gritó hacia la puerta.
El guardia viejo entró de inmediato, con la mano en la pistola. —¿Listo, jefe? ¿Lo llevamos?
Navarro negó con la cabeza lentamente. —No. Llévelo de regreso a su celda. Pero no a la de aislamiento. Póngalo en la zona de resguardo. Y quiero dos hombres cuidando su puerta las 24 horas. Que nadie se le acerque. Ni otros reos, ni custodios, ni el diablo.
—Pero… la ejecución…
—Se cancela —dijo Navarro, tajante—. Y comunícame con la Fiscalía General. Diles que tenemos una prueba nueva. Y diles que giren una orden de aprehensión inmediata contra Roberto Salinas.
Me dejé caer en el respaldo de la silla. Las lágrimas, ahora sí, brotaron sin control. No de tristeza. De alivio. Un alivio tan grande que dolía.
—¿Qué había en el video? —pregunté, mientras el guardia me levantaba para llevarme.
Navarro me miró a los ojos. —Tu “hermano” Beto. Negociando con el comandante de la judicial. Entregándole el arma. Y riéndose. Riéndose de cómo te iban a cargar el muertito a ti porque eras “el más pendejo del grupo”.
Sentí una mezcla de odio y victoria. Beto se había reído. Pero ahora, gracias a una niña de ocho años y una mochila rosa, el que iba a reír al último no iba a ser él.
—Cárdenas —me llamó Navarro antes de que saliera.
Me volví. —Tienes una hija muy valiente. Más valiente que tú y que yo juntos. Cuídala.
Cuando salí al pasillo, el olor a cloro y café viejo seguía ahí. Pero ya no olía a despedida. Olía a justicia. Olía a una segunda oportunidad. Y por primera vez en cinco años, cuando escuché el chirrido de los candados, no sonó como un final. Sonó como el principio.
El camino de regreso a la celda fue borroso. Mi mente estaba en otro lado, reconstruyendo los pedazos de mi vida. Pensando en Beto. ¿Cómo pudo? Comíamos del mismo plato. Le presté dinero cuando su mamá enfermó. Cargué su ataúd cuando murió su padre. Y él… él me vendió por unos pesos y su libertad. La rabia me calentaba la sangre, pero la imagen de Citlali, firme como un soldado frente a esos monstruos, me enfriaba. Ella me había salvado. Mi estrellita.
Al llegar a la zona de resguardo, el ambiente era distinto. Los otros presos me miraban, pero ya no con esa indiferencia de siempre. El chisme vuela en la cárcel más rápido que el viento. Ya sabían que la ejecución se había parado. Ya sabían que algo grande había pasado.
—¡Ese Mateo! —gritó el “Tuercas” desde su celda—. ¡Dicen que la libraste, cabrón! ¡Dicen que tu chilpa es una chingona!
Sonreí. Una sonrisa débil, cansada, pero real. —Sí, Tuercas. Es una chingona.
Me senté en el catre. Ya no era la plancha de cemento fría de la celda de la muerte. Esta tenía una cobija que no picaba tanto. Miré hacia la pequeña ventana en lo alto de la pared. Un rayo de sol entraba, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire.
Pensé en el tiempo. Cinco años. Sesenta meses. Mil ochocientos veinticinco días. Todo lo que me perdí. Los primeros dientes que se le cayeron a Citlali. Sus festivales de la escuela. Sus cumpleaños. Las noches de fiebre. Todo eso me lo robaron. Me lo robó Beto. Me lo robó el sistema. Y eso no me lo devuelve nadie. Ni la libertad, ni el dinero, ni la justicia. Eso ya se fue.
Pero estoy vivo.
Cerré los ojos y escuché mi propia respiración. Inhala. Exhala. Estoy vivo.
De repente, un pensamiento me asaltó. Beto. Él estaba libre. Y si la policía iba por él, él iba a saber quién lo delató. Iba a saber que fue Citlali.
El pánico me invadió de nuevo, frío y pegajoso. —¡Guardia! —grité, corriendo a los barrotes—. ¡Guardia!
El chavito, el guardia joven, se acercó. —¿Qué traes, Cárdenas? Bájale a tu relajo.
—Mi hija… —dije, agarrando los barrotes con desesperación—. Beto… él sabe dónde vive. Si se entera de que ella tiene el video… ¡tienen que protegerla!
El guardia me miró con lástima. —Tranquilo. Navarro ya mandó una unidad a la casa de la trabajadora social. La niña no va a regresar a tu casa. Se va a quedar bajo custodia hasta que agarren a ese tal Beto.
Respiré un poco, pero el miedo seguía ahí, latente. Conocía a Beto. Era un cobarde, y los cobardes son los más peligrosos cuando se sienten acorralados.
Las horas siguientes fueron una tortura psicológica. Cada ruido, cada voz, cada paso en el pasillo me hacía saltar. ¿Ya lo agarraron? ¿Se escapó? ¿Le hizo algo a la niña?
Al mediodía, la puerta de la celda se abrió de nuevo. Navarro estaba ahí. Se veía aún más cansado que antes, si eso era posible. —Vente, Cárdenas.
—¿Qué pasó? —pregunté, poniéndome de pie de un salto.
—Lo tenemos. Lo agarraron en la central de autobuses, tratando de subirse a un camión para el norte. Chilló como una rata en cuanto vio las patrullas.
Sentí que las rodillas se me doblaban de nuevo, pero esta vez de puro agotamiento emocional. Se acabó. La pesadilla se acabó.
—¿Y mi hija? —pregunté.
—Está bien. Está abajo, en mi oficina. Dice que no se va a ir hasta que te vea sin las esposas.
Navarro hizo una pausa y me miró seriamente. —Tengo que decirte algo, Mateo. El proceso legal para que salgas va a tardar unos días. Papeleo, el juez tiene que anular la sentencia, todo ese circo burocrático. Pero… —sacó una llave de su bolsillo y me quitó las esposas de los pies—. Ya no eres un condenado a muerte. Eres un hombre esperando su libertad.
Caminamos hacia su oficina. Esta vez, no sentí las miradas de los guardias. No sentí el peso de los muros. Solo sentía la urgencia de ver a mi niña.
Cuando entré a la oficina, ahí estaba. Sentada en el sillón grande de piel, con un jugo de cajita en la mano y las piernas colgando sin tocar el suelo. Cuando me vio, soltó el jugo y corrió hacia mí.
Esta vez, no hubo esposas que nos separaran. La levanté en brazos, enterrando mi cara en su cuello, oliendo su aroma a niña, a vida, a esperanza. Lloré como no había llorado en cinco años. Lloré todo el miedo, toda la rabia, toda la soledad.
—Ya está, papá —me decía ella, acariciándome el pelo, como si ella fuera la adulta y yo el niño—. Ya pasó.
Nos quedamos así un largo rato, hasta que Navarro carraspeó incómodo. —Bueno, mucha telenovela por hoy. Cárdenas, tienes que regresar a tu celda. Pero te prometo que esta semana duermes en tu casa.
Bajé a Citlali, pero no la solté de la mano. —Gracias, Coronel —le dije. Y lo decía en serio. En un mundo de corrupción y mierda, ese viejo había decidido hacer lo correcto.
—No me des las gracias —gruñó él—. Solo asegúrate de no volver a pisar este lugar nunca más. Y cómprale una mochila nueva a la niña. Esa rosa ya está muy vieja.
Sonreí. —Le voy a comprar diez mochilas.
Mientras el guardia me llevaba de regreso, miré atrás una última vez. Citlali me saludaba con la mano, con esa media sonrisa valiente que había heredado de su madre. Sabía que el camino todavía iba a ser duro. Tenía que reconstruir mi vida desde cero. Tenía que enfrentar a Beto en un juzgado. Tenía que aprender a vivir fuera de estas cuatro paredes.
Pero mientras caminaba por ese pasillo que ya no olía a muerte, supe que todo iba a estar bien. Porque tenía algo que ninguna celda, ningún juez y ninguna traición me podían quitar. Tenía la verdad. Y tenía a mi estrella.
El sonido del metal chirriando ya no me daba miedo. Ahora sonaba a música. La música de la libertad que estaba a la vuelta de la esquina. Y me juré a mí mismo, ahí, en medio de ese pasillo carcelario, que nunca, nunca más, dejaría que nadie me separara de ella. Ni por un minuto. Ni por todo el oro del mundo.
Porque al final del día, los milagros no bajan del cielo con alas y luces brillantes. A veces, los milagros vienen en camión, de la mano de una trabajadora social, con un vestido rosa y una verdad guardada en el bolsillo.
Y ese milagro, ese pequeño gran milagro, se llamaba Citlali.
PARTE 3: EL PESO DE LA LIBERTAD Y LA SOMBRA DEL AYER
Los siguientes tres días no fueron vida, fueron un limbo. Una especie de purgatorio con sábanas más limpias y sin la amenaza de una aguja en la vena, pero purgatorio al fin. Navarro había cumplido su palabra de ponerme en resguardo, pero el tiempo en la cárcel tiene una consistencia diferente, como si estuviera hecho de chapopote, espeso y pegajoso.
Me pasaba las horas mirando el techo, contando las grietas, tratando de convencer a mi cerebro de que no estaba soñando. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Beto. No la cara del Beto que vi en mi imaginación riéndose en el video, sino la cara del compadre que se sentaba en mi sala los domingos a ver el fútbol, tragando cervezas y gritando goles. Recordaba cómo cargaba a Citlali de bebé, diciéndome: “No te preocupes, carnal, esta niña va a tener dos papás que la cuiden”. La bilis me subía por la garganta cada vez que ese recuerdo cruzaba mi mente. Me había vendido. Me había robado cinco años. Me había robado la despedida de mi esposa. Y lo peor, lo que más me ardía en las entrañas, es que casi me roba el futuro de mi hija.
El “Tuercas” tenía razón, el chisme volaba. Aunque estaba aislado, escuchaba los rumores pasados a gritos de celda a celda. Decían que a Beto lo habían agarrado con las manos en la masa, que el video era tan claro que ni el mejor abogado del diablo lo salvaba. Decían que Navarro andaba como león enjaulado, limpiando la casa, corriendo custodios coludidos. Pero yo solo quería una cosa: que la puerta se abriera y no se volviera a cerrar.
Finalmente, el martes por la mañana, el chirrido llegó. Pero esta vez no era a las seis de la mañana, ni traía ese aire de muerte. Eran las diez. El sol entraba fuerte por la ventanita.
—Cárdenas —dijo el guardia joven, el chavito. Ya no me hablaba golpeado. Me hablaba como se le habla a un igual—. Llegó la boleta. Vámonos.
Me levanté. No tenía nada que empacar. Mis pertenencias de la celda eran basura: un cepillo de dientes gastado, unas cartas viejas que ya me sabía de memoria y un rosario de plástico. Lo dejé todo ahí. No quería llevarme ni una pizca de polvo de ese lugar.
El camino hacia la salida fue eterno. Cada paso resonaba en el pasillo de concreto como un tambor. Pasamos por el módulo de ingreso, luego por el patio central. Sentía las miradas de los otros. Cientos de ojos clavados en mi espalda. Algunos con envidia, otros con respeto. “Ahí va el resucitado”, escuché que murmuraba uno. Y sí, eso era. Un Lázaro mexicano que salía de la tumba no por milagro divino, sino por la terquedad de una niña y una mochila rosa.
En la oficina de egresos me entregaron mis cosas. Las que traía el día que me detuvieron hace cinco años. Una bolsa de plástico amarilla, sellada al calor, con mi nombre escrito con plumón negro permanente.
El encargado rompió el plástico y el olor me golpeó. Olía a humedad, a viejo, pero también olía a mi otra vida. Saqué los pantalones de mezclilla. Estaban tiesos. La playera, que alguna vez fue negra, ahora se veía grisácea. Y mis botas de trabajo.
—Cámbiate —me dijo el encargado, señalando un baño.
Me miré al espejo del baño mientras me vestía. El hombre que me devolvía la mirada no era el mismo que usó esa ropa por última vez. Los pantalones me nadaban. Había perdido tanto peso que tuve que apretar el cinturón hasta el último agujero, y aun así me quedaba flojo. La playera colgaba de mis hombros huesudos. Parecía un niño disfrazado de adulto. O un espantapájaros.
Me lavé la cara con agua fría, tratando de quitarme la mugre del penal, pero sabía que esa mugre no se quita con jabón. Se quita viviendo.
Cuando salí, Navarro estaba ahí. Sin el uniforme de gala. Traía una guayabera blanca y se veía menos imponente, más humano. —Aquí está tu carta de liberación, Mateo —me dijo, extendiéndome un folder manila—. Antecedentes penales borrados. Disculpa pública del Estado en trámite. Y un cheque de indemnización que, te soy honesto, va a tardar meses en llegar, pero va a llegar.
Tomé el folder. Mis manos temblaban. —Gracias, Coronel.
Él negó con la cabeza, encendiendo un cigarro. —No me agradezcas. Solo vete. Y llévate esto —metió la mano en su bolsillo y sacó un billete de quinientos pesos—. Para el taxi. Y para los tacos. Porque me imagino que te mueres de hambre.
Sonreí. La primera sonrisa genuina en un lustro. —Se me antojan unos al pastor, con mucha piña.
—Ándale pues. Lárgate antes de que me arrepienta —bromeó, aunque sus ojos decían otra cosa. Decían “perdón”.
El guardia joven me acompañó hasta el portón final. El grande. El de metal verde que separaba el infierno del resto del mundo. —Suerte, Cárdenas —me dijo, y me dio un apretón de manos firme—. Cuida a la chamaca.
La puerta pequeña, la peatonal, se abrió.
El golpe de luz fue brutal. Tuve que cerrar los ojos y cubrirme la cara con el antebrazo. El ruido de la calle me invadió de golpe: cláxones, motores, voces, música de cumbia a lo lejos. El aire olía a smog, a aceite quemado y a tacos de canasta, y les juro por Dios que nunca nada había olido tan delicioso.
Pero lo que dominó todo fue el grito. —¡Papá!
Abrí los ojos, parpadeando contra el sol del mediodía.
Ahí estaba. Al pie de la banqueta, ignorando a la barrera de reporteros que se habían aglomerado como buitres esperando la nota roja. Citlali. Con un vestido azul esta vez, y tenis blancos. A su lado estaba la trabajadora social y, para mi sorpresa, mi cuñada, la hermana de mi esposa, llorando a moco tendido.
Citlali corrió. Rompió la línea de seguridad imaginaria y se lanzó contra mí. Yo caí de rodillas al concreto caliente de la banqueta para recibirla. El impacto de su cuerpo contra el mío fue la medicina que necesitaba. La abracé, enterrando la nariz en su cabello. Olía a shampoo de manzanilla. A libertad.
—Lo logramos, papá —sollozaba ella en mi cuello—. Lo logramos.
—Sí, mi amor. Lo logramos —le contesté, y mis lágrimas mojaron su vestido.
Los flashes de las cámaras estallaban a nuestro alrededor. Los micrófonos se acercaban como lanzas. —¡Señor Cárdenas! ¿Qué se siente ser libre? —¡Mateo! ¿Qué le dice a la justicia mexicana? —¡Una palabra sobre Beto Salinas!
Me puse de pie, cargando a Citlali. No la solté. Me giré hacia la prensa. Sentí una rabia vieja subirme, pero la controlé. Miré a una cámara de televisión, fijamente. —Solo voy a decir una cosa —dije, y mi voz salió ronca, pero firme, resonando en la calle—. La verdad siempre sale. Tarde, pero sale. Y si no fuera por mi hija, hoy estarían enterrando a un inocente. Así que no me pregunten a mí. Pregúntenle al sistema por qué una niña de ocho años tuvo que hacer su trabajo.
Me di la vuelta y caminé hacia donde estaba mi cuñada, Rosa. Ella me abrazó fuerte. —Perdóname, Mateo —lloraba—. Perdóname por dudar. Beto… él nos envolvió a todos. Nos juró por la memoria de mi hermana que tú eras culpable.
Le acaricié la espalda. —Ya pasó, Rosa. Ya pasó. Vámonos a casa.
Subimos al tsuru viejo de Rosa. Citlali se sentó en mis piernas, aferrada a mi camisa como si fuera una garrapata. No quería soltarme, y yo tampoco quería que lo hiciera.
El trayecto por la ciudad fue alucinante. Veía por la ventana como un turista en mi propia tierra. Los edificios, los puentes, los grafitis. Todo había cambiado y a la vez todo seguía igual. La gente caminaba apresurada, mirando sus celulares, ajenos a que yo, Mateo Cárdenas, acababa de volver de entre los muertos.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó Rosa, mirándome por el retrovisor.
—A comer —dije sin dudarlo—. A los tacos del “Chato”. Si todavía existen.
—Ahí siguen —sonrió Rosa—. Y siguen igual de buenos.
Llegamos a la taquería. Era un puesto de lámina en una esquina, con el trompo de carne girando y escurriendo grasa gloriosa. Bajamos. La gente comía parada, con el plato en una mano y el refresco en la otra. El olor a cilantro, cebolla y salsa roja me mareó de felicidad.
Pedí cinco. Con todo. Y una Coca-Cola de vidrio, bien fría.
El primer mordisco fue casi religioso. El sabor de la carne adobada, la piña dulce, el picante de la salsa… cerré los ojos y gemí de placer. Citlali me miraba comer con una sonrisa enorme, aunque ella solo pidió una quesadilla. —¿Están buenos, pa?
—Saben a gloria, hija. Saben a gloria.
Comí como un animal, recuperando en media hora las calorías que no consumí en un lustro. Pero mientras comía, noté algo. La gente del barrio empezaba a reconocerme. El taquero se me quedó viendo con la boca abierta, el cuchillo suspendido en el aire.
—¿Mateo? —preguntó el Chato, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Mateo Cárdenas? ¡No mames! ¡Si dijeron en las noticias que…!
—Que era inocente, Chato —lo interrumpí, tragando el bocado—. Soy inocente.
El Chato salió de su puesto y me dio un abrazo que olía a carne y carbón. —¡Cabrón! ¡Yo siempre lo dije! ¡Yo le decía a la raza, el Mateo no mata ni una mosca! ¡Invítale lo que quiera, muchachos! ¡La cuenta corre por la casa!
La gente empezó a acercarse. Vecinos que habían bajado la mirada cuando me llevaban esposado hace cinco años, ahora me palmeaban la espalda. “Qué bueno que saliste”, “Dios es grande”, “Ese pinche Beto se va a podrir”. La hipocresía humana es curiosa, pero en ese momento, decidí no juzgarlos. El miedo hace que la gente crea lo que sea para sentirse segura. Beto les había vendido una mentira cómoda, y ellos la compraron.
Después de comer, fuimos a lo que quedaba de mi casa.
Esa fue la parte más difícil. Rosa tenía las llaves. La casa había estado cerrada tres años, desde que mi esposa falleció y Citlali se fue a vivir con Rosa (antes de que el estado interviniera y la pusiera en el sistema temporalmente mientras se resolvía lo de la custodia, esa burocracia maldita que casi me deja sin verla).
Al abrir la puerta, el olor a encierro y polvo me recibió. Estaba oscuro. Las ventanas tenían periódicos pegados.
Entré despacio. Los muebles estaban cubiertos con sábanas viejas, como fantasmas de una vida pasada. Caminé hacia la sala. Ahí estaba el sillón donde veía la tele. La mesa donde comíamos. Y en la pared, una foto de nuestra boda. Mi esposa, Elena, sonriendo con esa luz que tenía, y yo, joven y sin canas, abrazándola.
Me acerqué a la foto y pasé el dedo por el cristal polvoriento. —Ya estoy aquí, vieja —susurré—. Ya regresé.
Sentí la mano de Citlali apretando la mía. —Mamá me dijo que ibas a volver —dijo ella, muy bajito—. Cuando se puso malita, me dijo: “Tu papá va a volver, Citlali. Tienes que ser fuerte y guardar el secreto hasta que sea el momento. Él va a volver”.
Me arrodillé frente a ella y la miré a los ojos. Esos ojos que habían visto demasiadas cosas para su edad. —Tu mamá era una santa, mi amor. Y tú… tú eres mi héroe. Oye, ¿y la mochila?
Citlali señaló hacia la entrada. Rosa traía la mochila rosa en la mano. Estaba deshilachada, sucia, con el cierre medio roto. La famosa mochila que había tumbado al sistema.
—Esa mochila ya dio todo lo que tenía que dar —dije, poniéndome de pie—. Navarro me dijo que te comprara una nueva. ¿Qué dices? ¿Vamos mañana?
—¡Sí! —gritó ella, saltando—. ¡Quiero una de superhéroes!
—De lo que tú quieras, mi vida. De lo que tú quieras.
Esa noche, nos quedamos en casa de Rosa porque la mía necesitaba una limpieza industrial. Me costó trabajo dormir. La cama era suave, demasiado suave. El silencio era absoluto, sin gritos, sin portazos, sin el ronquido de cien hombres hacinados. Me levanté a las tres de la mañana y salí al patio.
Miré el cielo. En la ciudad de México casi no se ven estrellas por la contaminación, pero esa noche, juro que vi una. Brillaba fuerte, solitaria.
—Gracias, Elena —dije al aire—. Gracias por dejarme el mapa para salir del laberinto.
Al día siguiente, la realidad me golpeó de otra forma. Tenía que ir a la fiscalía a firmar papeles, pero antes, tenía una parada obligatoria.
—Llévame a casa de Beto —le dije a Rosa mientras desayunábamos.
Rosa se atragantó con el café. —¿Qué? ¿Estás loco, Mateo? Beto está en el reclusorio, pero su familia… sus hermanos son bravos. No te metas en broncas.
—No voy a buscar pleito —dije tranquilo, terminándome mi pan de dulce—. Solo necesito cerrar el ciclo. Necesito ver a su mamá. A Doña Chole. Ella no tiene la culpa de haber parido a un alacrán.
Rosa refunfuñó, pero me llevó. Citlali quería ir, pero la dejé con una vecina. Esto era algo que tenía que hacer solo.
La casa de Beto estaba a tres cuadras de la mía. Antes, yo entraba ahí como si fuera mi casa. Ahora, se sentía como territorio enemigo. Había una cinta amarilla de policía en la puerta, pero estaba rota.
Toqué el timbre. Tardaron en abrir.
Finalmente, salió Doña Chole. Se veía acabada. Había envejecido veinte años en estos cinco. Tenía los ojos hinchados de llorar. Cuando me vio, se llevó las manos a la boca y soltó un sollozo que me partió el alma.
—¡Mateo! —gimió—. ¡Ay, Mateo, hijo mío!
Se dejó caer de rodillas en el umbral. Yo, que pensaba que iba a sentir rencor, que iba a llegar a gritarle, sentí todo lo contrario. Sentí pena. Me agaché y la levanté. Era una viejita frágil, temblando de vergüenza.
—Perdónanos, Mateo —lloraba ella, aferrada a mi camisa—. Yo no sabía… te lo juro por la Virgencita que yo no sabía lo que hizo ese desgraciado. Él me decía que tú habías cambiado, que la cárcel te volvió loco… ¡Ay, Dios mío, qué vergüenza!
—Levántese, Doña Chole —le dije suavemente—. Usted no hizo nada. Usted siempre fue buena conmigo.
—¡Es un monstruo! —gritaba ella—. ¡La policía vino, se llevaron todo! ¡Dicen que vendía droga, que estaba metido con los carteles! ¡Yo no crié a ese animal, Mateo, yo no lo crié así!
La abracé mientras ella lloraba la pérdida de su hijo, una pérdida diferente a la mía, pero pérdida al final. Su hijo estaba vivo, pero muerto para ella. El mío, mi “hermano”, había muerto el día que decidió traicionarme.
—Solo quería decirle que no le guardo rencor a usted, Doña Chole —le dije mirándola a los ojos—. Ni a su familia. Lo que haga Beto es cuenta de Beto. Pero dígale… si algún día lo va a visitar… dígale que lo perdono.
Doña Chole me miró sorprendida. —¿Qué?
—Dígale que lo perdono. No porque se lo merezca. Sino porque no voy a cargar con su veneno el resto de mi vida. Yo tengo una hija que criar. No tengo tiempo para odiar.
Me di la media vuelta y caminé hacia el coche. Sentí que me quitaba una mochila de piedras de la espalda. El odio pesa, cabrón. Pesa más que el cemento. Y yo ya no quería cargar nada.
Esa tarde, cumplí mi promesa. Fuimos al mercado del centro. El ruido, los colores, los gritos de “¡pásele, marchanta!”, todo era música para mis oídos.
Citlali caminaba de mi mano, saltando los charcos. —¡Mira papá, esa! —señaló un puesto de mochilas.
Había de todo. De princesas, de caricaturas, de colores neón. Pero ella se fue directo a una azul marino, con un estampado de estrellas y planetas que brillaban en la oscuridad.
—¿Esa te gusta? —le pregunté—. ¿No quieres una rosa?
Ella negó con la cabeza muy seria. —No. La rosa era para guardar secretos. Esta es para ir a la escuela. Y me gustan las estrellas. Como tú me dices.
—”Mi estrella” —susurré, recordando el momento en la cárcel.
Compramos la mochila. Y los cuadernos. Y los lápices. Gasté casi todo el dinero que me dio Navarro, pero me valía madres. Ver a mi hija estrenar cosas para la escuela, cosas que yo le compré con mi libertad, no tenía precio.
De regreso, nos sentamos en una banca del parque. Citlali abrió su mochila nueva y metió sus cosas con cuidado. —Papá —dijo de repente, sin mirarme.
—¿Qué pasó, hija?
—¿Ya no te vas a ir, verdad?
Se me hizo un nudo en la garganta. Sabía que el miedo seguía ahí. El trauma no se borra con unos tacos y una mochila nueva. Iba a tomar tiempo. Iba a tomar muchas noches de asegurarle que la puerta estaba cerrada con llave y que yo estaba del lado de adentro.
La abracé de lado, pegándola a mi costilla. —Nunca, mi amor. Nunca. Me vas a tener que aguantar hasta que seas viejita y me tengas que cambiar los pañales a mí.
Ella se rió. Una risa limpia, cristalina. —¡Guácala!
—Es la verdad. Oye, Citlali…
—¿Mande?
—¿Qué sentiste? —le pregunté, necesitaba saberlo—. ¿Qué sentiste cuando entraste ahí, con los guardias y todo eso? ¿No te dio miedo?
Ella se quedó pensando un momento, balanceando los pies. —Sí, me dio miedo. Mucho. El señor guardia feo tenía cara de malo. Y el lugar olía feo. Pero…
—¿Pero qué?
—Pero me acordé de lo que me dijo mi mamá. Me dijo que la verdad es como el sol. Que a veces las nubes la tapan, y se pone todo gris y frío. Pero que el sol siempre está ahí, atrás de las nubes. Y que si soplamos fuerte, las nubes se van.
Me quedé callado, admirando la sabiduría simple de esa niña. —Pues soplaste muy fuerte, hija. Soplaste como un huracán.
Nos quedamos ahí hasta que atardeció. El cielo se puso naranja y morado, colores que en la cárcel solo te imaginas.
La vida no iba a ser fácil. Tenía que buscar trabajo y con antecedentes penales (aunque borrados, la mancha social queda) iba a estar cabrón. La casa se caía a pedazos. El dinero faltaba. Pero mientras veía a Citlali jugar con el cierre de su mochila de estrellas, supe que ya tenía lo más importante.
Había recuperado mi nombre. Había recuperado mi vida. Pero sobre todo, había recuperado el derecho de ser el padre de la niña más valiente de México.
Me levanté de la banca y le tendí la mano. —Vámonos a casa, Estrella. Hay que preparar el uniforme para mañana.
Ella tomó mi mano. Su manita pequeña en mi mano callosa y cicatrizada. El encaje perfecto. —Vámonos, papá.
Caminamos juntos alejándonos del parque, mezclándonos con la gente, dos siluetas normales en una ciudad enorme. Ya no éramos la noticia viral. Ya no éramos “el condenado y la niña”. Éramos solo Mateo y Citlali, yendo a casa. Y eso, mis amigos, eso era el verdadero milagro.
La libertad no es solo que te abran la reja. La libertad es poder caminar de la mano de quien amas, sin miedo a que el reloj marque las seis.
PARTE FINAL: CICATRICES QUE BRILLAN EN LA OSCURIDAD
Esa primera noche en nuestra casa, la de verdad, no la prestada de Rosa, fue una batalla campal contra el silencio. Uno pensaría que después de cinco años durmiendo entre ronquidos, gritos de celadores y el sonido metálico de las rejas, el silencio sería un regalo de Dios. Pero no. El silencio en una casa que lleva tres años abandonada pesa más que una losa de concreto. Pesa porque está lleno de ausencias.
Acosté a Citlali en su cuarto. Su camita olía a humedad, así que sacamos el colchón a la sala y armamos un “fuerte” con sábanas viejas, como hacíamos cuando era bebé y se iba la luz en la colonia. Ella se quedó dormida en dos minutos, abrazada a su mochila nueva de estrellas como si fuera un salvavidas. Yo me quedé ahí, sentado en el suelo, vigilando su sueño, con la espalda recargada en el sillón polvoriento.
No pude cerrar el ojo. Cada vez que el refrigerador viejo arrancaba con un zumbido asmático, yo daba un brinco. Mi cuerpo estaba libre, pero mis nervios seguían en el penal. Me levanté como a las cuatro de la mañana y me puse a caminar por la casa. Pasé los dedos por la mesa de la cocina, levantando una capa de polvo gris. Abrí la alacena: vacía, solo unas latas oxidadas de atún que caducaron en el 2021.
Fue en ese momento, con la luz grisácea del amanecer entrando por las ventanas tapizadas de periódico, que me cayó el veinte de verdad. La euforia de la salida, los tacos, las fotos con la prensa… todo eso fue la espuma. Ahora tocaba beberse el caldo, y el caldo estaba frío. Tenía una casa que se caía a pedazos, una hija que mantener, un hueco en el alma del tamaño de mi esposa Elena, y en la bolsa solo me quedaban trescientos pesos de los quinientos que me dio Navarro.
—A darle, Mateo. A darle que es mole de olla —me dije a mí mismo, en voz baja, para no despertar a la niña.
Agarré una escoba vieja que estaba en el patio y empecé a barrer. Barrí con rabia. Barrí como si quisiera sacar no solo la tierra, sino los cinco años de maldita injusticia. Saqué costales de basura, arañas, papeles viejos. Tallé el piso hasta que me dolieron las rodillas. Cuando Citlali despertó a las ocho, la casa olía a jabón zote y a sudor, pero ya no olía a muerte.
—Huele a limpio, pa —me dijo, tallándose los ojos.
—Y se va a ver mejor, mi amor. Vas a ver.
Esos primeros días fueron de pura talacha. Pero la talacha cuesta dinero, y el dinero no crece en las macetas. La indemnización del gobierno, como bien dijo Navarro, era un sueño guajiro que iba a tardar meses, si es que llegaba. Tenía que buscar chamba. Y rápido.
Aquí es donde la realidad te da la segunda cachetada.
Salí el lunes temprano, con mi camisa menos arrugada y las botas boleadas. Fui a la zona industrial, donde antes me conocían. Fui a los talleres, a las bodegas.
—¿Qué onda, Don Pepe? —saludé al capataz de la bodega donde trabajaba antes—. Soy yo, el Mateo.
Don Pepe, un señor bigotón que antes me invitaba las caguamas, se puso nervioso. Se secó el sudor de la frente y no me sostuvo la mirada. —Híjole, Mateo… qué gusto verte libre, mano. De veras. Pero ahorita… ahorita la cosa está bien floja. Hubo recorte de personal, ya sabes, la crisis.
—Nomás necesito una oportunidad, Pepe. De lo que sea. De cargador, de velador, barriendo…
—No puedo, Mateo. El patrón… ya sabes cómo es. Vio las noticias y dice que… que es mucha bronca. Que “mala imagen”. Perdóname, carnal.
Así me la pasé una semana entera. “No hay vacantes”. “Nosotros te llamamos”. “Ah, ¿tú eres el de la tele? Sí, está cabrón tu caso, pero aquí no contratamos ex-convictos, aunque digan que eres inocente, el papelito mancha”.
La mancha social. Esa no se borra con un decreto del juez. Para el mundo, yo seguía siendo “el que estuvo en la cárcel”. La duda siempre queda sembrada. “¿Y si sí hizo algo?”, “¿Y si se volvió loco ahí adentro?”.
Llegué el viernes a la casa con los pies deshechos y el ánimo por los suelos. Citlali estaba haciendo la tarea en la mesa de la cocina. Cuando me vio entrar, cerró su cuaderno rápido, como escondiendo algo.
—¿Qué pasó, hija? ¿Qué escondes?
—Nada, pa.
—A ver —le dije, tratando de sonar suave a pesar de mi frustración.
Ella me enseñó el cuaderno. Era un dibujo. Éramos nosotros dos, y arriba, en el cielo, una mujer con alas. Elena. Y abajo, escrito con letras rojas grandes: “SE RENTA”.
—¿Qué es esto, mi amor?
—Es que… oí a la vecina decir que no tienes trabajo —dijo Citlali, con la voz temblorosa—. Y pensé que si rentamos mi cuarto, yo puedo dormir contigo en la sala y así tenemos dinero para comer.
Se me rompió el corazón en mil pedazos, y luego esos pedazos se volvieron a romper. Me agaché y la abracé fuerte, conteniendo las ganas de llorar. No podía dejar que ella cargara con mis broncas económicas. Ya había cargado suficiente con mi libertad.
—No, mi vida. No vamos a rentar nada. Esta es tu casa. Y tu cuarto es tu castillo. Tu papá va a conseguir lana, te lo prometo. Mañana mismo consigo. Aunque sea vendiendo chicles, pero no nos va a faltar nada.
Esa noche, no dormí rezando. Dormí planeando. Si no me daban trabajo por las buenas, me lo iba a inventar.
Al día siguiente, sábado, me levanté a las cuatro. Fui a la central de abastos. No a pedir empleo, sino a ofrecer mis brazos. Me paré donde llegan los camiones de fruta.
—¡Quién quiere descarga! —grité—. ¡Le bajo el camión en una hora, barato y bien hecho!
Un trailero me miró de arriba abajo. —¿Tú solo? Son tres toneladas de naranja, flaco.
—Pruébeme, jefe. Si no acabo en una hora, no me paga.
Me miró burlón. —Órale pues. Cien pesos la tonelada.
Me puse a cargar. Mis músculos, atrofiados por el encierro y la mala comida del penal, gritaban de dolor a los veinte minutos. Sentía que la espalda se me partía. El sudor me entraba en los ojos. Pero cada caja de naranjas que levantaba era un litro de leche para Citlali. Cada costal era el pago de la luz. Pensaba en Beto, en su traición, y usaba esa rabia como gasolina. Pensaba en Elena, y usaba su recuerdo como fuerza.
Terminé en cincuenta minutos. El trailero se quedó de a seis. —Te la rifaste, cabrón —me dijo, y me dio quinientos pesos—. Ten, pa’ los chescos. Mañana llega otro viaje, si quieres venir.
—Aquí estaré, jefe.
Llegué a la casa sucio, apestando a cítricos y sudor, pero con quinientos pesos en la bolsa y un pollo rostizado bajo el brazo. Comimos como reyes. Citlali me contaba de la escuela, de que ya tenía una amiga nueva que no le preguntaba por la cárcel. Yo la escuchaba y pensaba: “Esto es. Esto es la vida”.
Pero faltaba algo. Algo muy importante. Una cita que había pospuesto por miedo, por dolor, por cobardía.
El domingo compramos un ramo de cempasúchil y unas rosas blancas. Nos subimos al pesero rumbo al panteón municipal de San Lorenzo.
El camino fue silencioso. Citlali iba agarrada de mi mano tan fuerte que me cortaba la circulación. Ella había estado ahí, en el entierro, sola con Rosa. Yo no. Yo me enteré de la muerte de mi esposa por un telegrama frío que me entregó un guardia tres días después. No pude despedirme. No pude verla. Ese dolor se me había enquistado en el pecho como un tumor maligno.
Llegamos. El panteón estaba lleno de gente, música de norteño a lo lejos, familias limpiando tumbas. Buscamos la sección 4, fila J.
Ahí estaba. Una tumba sencilla, de cemento gris, un poco cuarteada por el sol. La cruz de herrería tenía la pintura descascarada.
ELENA MARTÍNEZ DE CÁRDENAS 1988 – 2023 “Amada madre y esposa”
Me quedé parado frente a la lápida y sentí que las piernas se me hacían de trapo. Todo el aire se salió del mundo. Citlali, con esa intuición de mujer adulta que la vida le obligó a desarrollar, soltó mi mano y se puso a quitar las hierbas secas de alrededor.
—Hola, mami —dijo ella con naturalidad—. Ya trajimos a papá. Te dije que iba a venir.
Yo caí de rodillas. No me importó el lodo, ni la gente que pasaba. Puse la frente contra el cemento frío de la tumba. Y entonces sí, solté todo. Lloré los cinco años. Lloré la impotencia de no haber estado ahí para sostener su mano cuando se fue. Lloré la rabia de que ella muriera pensando que yo estaba preso, sufriendo por mí.
—Perdóname, Elena… —sollozaba, golpeando suavemente la tierra—. Perdóname, mi amor. No llegué a tiempo. Te dejé sola. Perdóname.
Sentí unos bracitos rodearme el cuello. —Ella no está enojada, pa —me susurró Citlali al oído—. Ella sabía. Ella siempre supo que eras bueno. Por eso guardó la mochila.
Nos quedamos ahí horas. Limpiamos la tumba. Le pusimos las flores. Le conté a la piedra fría todo lo que había pasado. Le prometí que iba a cuidar a nuestra estrella hasta el último día de mi vida. Y cuando nos fuimos, cuando el sol empezaba a caer y el panteón se pintaba de dorado, sentí algo extraño. Sentí paz. No esa paz de resignación, sino la paz de quien ha saldado una deuda con el alma.
La vida siguió su curso, lenta pero firme.
A las tres semanas, me llegó un citatorio. No para mí, sino para testificar. El juicio de Roberto “Beto” Salinas.
Rosa me dijo que no fuera. Que mandara una declaración escrita. Que para qué revolver el estómago. Pero yo tenía que ir. Necesitaba verle la cara. No por venganza, sino para comprobar que él ya no tenía poder sobre mí.
Llegué al juzgado con mi mejor ropa (que seguía siendo humilde, pero limpia). La sala estaba llena. Cuando los custodios metieron a Beto, se hizo un silencio sepulcral.
Lo vi. Ya no era el Beto fanfarrón que invitaba las rondas en la cantina. Estaba flaco, pálido, con ojeras moradas. Llevaba el uniforme beige que yo conocía tan bien. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, él bajó la mirada. No pudo sostenérmela. En ese momento, supe que yo había ganado. No solo la libertad física, sino la moral. Él, aunque saliera libre en veinte años, iba a vivir preso en su propia cobardía. Yo, en cambio, era libre de verdad.
Declaré tranquilo. Conté la verdad sin adornos. Cuando el fiscal puso el video de la mochila rosa, la sala se estremeció. Verlo ahí, en la pantalla gigante, riéndose mientras vendía a su mejor amigo, fue duro. Pero ya no me dolió. Era como ver una película de alguien más.
Al salir del juzgado, los reporteros me esperaban otra vez. Pero yo ya no quería ser noticia. —Sin comentarios, chavos. Todo está dicho. Ahora, si me disculpan, tengo que ir a recoger a mi hija a la escuela.
Y esa fue mi mayor victoria: volver a la rutina.
Los meses pasaron. Conseguí un trabajo más estable en un taller mecánico. El dueño, un viejo gruñón llamado Don Lalo, me dio la oportunidad no por lástima, sino porque vio cómo le arreglé el carburador a su camioneta en diez minutos en la calle.
—Tienes buenas manos, muchacho —me dijo—. Y se ve que tienes hambre. Vente mañana.
Con el primer sueldo fijo, compramos pintura. Citlali escogió el color: “Amarillo sol”, dijo. —Para que la casa siempre esté brillando, aunque esté nublado.
Un sábado, armamos la “fiesta de la pintura”. Rosa vino con comida. El “Chato” de los tacos mandó dos kilos de carne. Y para mi sorpresa, llegaron varios vecinos. Doña Mari, la de la tienda. El señor de los periódicos. Incluso el guardia joven del penal, el chavito, apareció vestido de civil con un six de refrescos.
—Vine a ver cómo quedó la libertad, Cárdenas —me dijo, dándome la mano.
Pintamos, comimos, reímos. La casa, que meses antes parecía una tumba abandonada, ahora vibraba con música y carcajadas. Vi a Citlali correr por el patio con otros niños, con la cara manchada de pintura amarilla, riéndose a carcajadas. Y ahí, recargado en el marco de la puerta recién pintada, con una cerveza fría en la mano y rodeado de gente que, a pesar de todo, no me había dejado solo, entendí lo que es la reinserción. No te la da el gobierno. Te la da tu gente. Te la da el amor.
Pero la prueba de fuego llegó un año después.
Era el festival del Día de las Madres en la escuela de Citlali.
Ese día siempre había sido difícil para ella. Rosa me contaba que Citlali solía inventar que estaba enferma para no ir y ver a todos los niños bailando con sus mamás.
—¿Quieres ir, hija? —le pregunté una semana antes—. Si no quieres, nos vamos al cine o al parque. No es a fuerza.
Ella me miró con esos ojos grandes y decididos. —Sí quiero ir, pa. Pero tienes que ir tú.
—Claro que voy a ir. En primera fila.
Llegó el día. El patio de la escuela estaba a reventar de señoras con abanicos, flores y cámaras. Yo era uno de los pocos papás ahí, sentado en medio de un mar de madres. Me sentía bicho raro, la verdad. Sentía las miradas curiosas. “Ese es el viudo”, “Ese es el que salió de la cárcel”.
Pero entonces, salió el grupo de tercero B.
Empezó la música. “Señora, señora…”. La canción clásica que te saca la lágrima aunque no quieras. Los niños cantaban desafinados pero con el corazón. Y ahí estaba mi Citlali, al frente. Buscándome con la mirada entre la multitud.
Cuando me vio, su cara se iluminó. Cantó más fuerte. Y en la parte que dice “y para no hacerte tanto daño… te fuiste volando al cielo”, ella levantó la mano y señaló hacia arriba, y luego me señaló a mí y se puso la mano en el corazón.
No fui el único que lloró. Vi a varias mamás a mi alrededor sacando el pañuelo, mirándome ya no con morbo, sino con respeto. Al terminar el baile, Citlali rompió la formación y corrió hacia mí.
—¡Papá! —me abrazó frente a todos—. ¡Te salió bien padre el peinado!
La levanté en brazos y la giré en el aire. —Lo hiciste hermoso, mi estrella. Tu mamá te vio desde arriba y está aplaudiendo más fuerte que nadie.
Salimos de la escuela caminando despacio. Ya no teníamos prisa. El tiempo ya no era mi enemigo.
—Oye, pa —me dijo mientras nos comíamos un helado.
—Dime.
—¿Te acuerdas de la mochila rosa?
—Cómo olvidarla. La tenemos guardada en el ropero, como un tesoro.
—Sí, pero… estaba pensando. Ya no la necesitamos ahí guardada. Ya cumplió.
Me detuve. —¿Y qué quieres hacer con ella?
—Dársela a alguien que necesite guardar cosas importantes. O que necesite un milagro.
Sonreí. Esa niña tenía el corazón más grande que la Ciudad de México. —Me parece una excelente idea. ¿A quién?
—Al albergue. Al de los niños que sus papás no están.
Y así lo hicimos. Llevamos la mochila, lavada y remendada, al albergue infantil. Dentro, Citlali metió una notita escrita con su letra redonda: “Esta mochila es mágica. Guarda la verdad y te hace valiente. Úsala bien. Att: Citlali”.
Al salir del albergue, el cielo de la tarde nos regaló un atardecer espectacular, de esos que pintan las nubes de fuego.
Han pasado ya dos años desde que salí. La indemnización finalmente llegó, no fue una millonada, pero alcanzó para arreglar el techo, cambiar la tubería y abrir un pequeño tallercito propio en el garaje de la casa: “Taller Mecánico Cárdenas”. Me va bien. No soy rico, pero duermo tranquilo.
Beto fue sentenciado a treinta años. Nunca he ido a verlo. Doña Chole viene a veces a comer; Citlali le dice “abuela Chole” y eso parece darle un poco de paz a la vieja. Hemos aprendido a perdonar, no por ellos, sino por nosotros. El rencor es un veneno que te tomas tú esperando que se muera el otro, y yo ya perdí mucho tiempo muriendo. Ahora me toca vivir.
Todas las noches, antes de dormir, voy al cuarto de Citlali. Ella ya tiene diez años, está creciendo rápido, estirándose hacia el sol. Le doy un beso en la frente.
—Buenas noches, estrella —le digo.
—Buenas noches, papá. Oye…
—¿Qué?
—Gracias por volver.
—Gracias a ti por traerme de vuelta.
Cierro la puerta, dejando una rendija abierta para que entre la luz del pasillo. Me voy a mi cuarto, me acuesto en mi cama y miro el techo. Ya no cuento grietas. Cuento bendiciones.
La vida me golpeó duro. Me tiró a la lona, me pisoteó y me escupió. Pero se le olvidó un detalle: yo tenía una esquina. Tenía a una niña de ocho años con un vestido rosa y una verdad en el bolsillo. Y mientras tenga eso, mientras tenga su mano en la mía, que venga lo que quiera. Que venga el mundo entero. Aquí los esperamos, de pie, con la frente en alto y el corazón blindado.
Porque aprendí que la libertad no es un lugar. No es estar afuera de una reja. La libertad es mirar a los ojos a tu hija y saber que, pase lo que pase, nadie te puede quitar lo que eres.
Soy Mateo Cárdenas. Soy inocente. Y soy el papá de Citlali. Y con eso, me basta y me sobra para ser el hombre más rico del mundo.