El diagnóstico fue claro: con terapia podía vivir sin dolor, pero jamás volvería a competir. Para Don Esteban, eso fue suficiente para firmar su sentencia. “¿Cuánto cuesta?”, preguntó, y al escuchar el precio, prefirió borrarlo del mapa. Lo abandonaron a su suerte, con el tendón destrozado y el corazón roto, esperando que la naturaleza hiciera el resto. Pero esa mañana, el silencio del arroyo se rompió. No eran botas de vaquero las que se acercaban, eran mis tenis gastados. Y yo no sé de millones, pero sé de lealtad.

Eran las cinco y media de la mañana y el frío calaba hasta los huesos aquí en la orilla del pueblo. Yo iba bajando hacia el arroyo, con el balde golpeándome la pierna, todavía medio dormida. No se escuchaba nada, solo el viento moviendo las ramas secas. Pero algo no cuadraba.

En el lodo había huellas de llantas anchas, de camión pesado. Y más allá, donde el terreno se pone feo y desolado, vi un bulto negro, enorme.

Me acerqué despacio. El corazón se me subió a la garganta cuando vi el vapor saliendo de su nariz. Estaba vivo.

Lo reconocí de inmediato, aunque estaba cubierto de polvo y vergüenza. Era Centella. El orgullo de Don Esteban Valverde. El mismo animal que apenas unos días atrás hacía que la gente se levantara de sus asientos gritando de emoción. Todos en el pueblo sabíamos lo que había pasado: el resbalón en la última curva, el silencio espantoso cuando cayó, la pata doblada.

Me quedé parada, viendo cómo intentaba levantar la cabeza al escuchar mis pasos.

Don Esteban… ese hombre tiene el corazón como una piedra. Se decía en el pueblo que en la clínica, cuando el veterinario le dijo que el caballo podía vivir y caminar sin dolor pero no volver a correr , él ni siquiera preguntó cómo se sentía el animal. Solo le importó que la rehabilitación costaba mucho dinero y tiempo. Para él, lo que no deja lana, estorba. “Como un auto sin motor”, dicen que dijo.

Así que mandó a sus hombres de confianza a tirarlo en la madrugada, lejos de sus tierras inmaculadas. Lo sacaron como quien saca un mueble roto a la banqueta.

Centella me miró. No había furia en sus ojos. Había algo peor: expectativa. Estaba esperando a que el camión regresara, o quizás esperando el final. Tenía las patas metidas en el agua helada y el cuerpo temblando de dolor. Dio un resoplido suave cuando di un paso más.

—Tranquilo —le susurré, dejando el balde en el suelo—. No te voy a dejar aquí.

No tengo establo. No tengo un peso en la bolsa. En mi casa a veces apenas sale para comer, mucho menos para mantener a un purasangre de carrera que necesita medicinas. Pero me agaché frente a él y le toqué el cuello. Estaba helado.

Él intentó moverse, arrastrando la pata mala, y soltó un gemido que me partió el alma. Sabía que si Don Esteban se enteraba de que su “problema” seguía respirando, se iba a armar un lío tremendo. Pero en ese momento, con sus ojos negros fijos en los míos, tomé una decisión estúpida y peligrosa.

EL PESO DE UNA VIDA Y EL MIEDO EN LA NUCA

Esa decisión, “estúpida y peligrosa” como me dije a mí misma, pesaba más que el propio caballo. No sé cuánto tiempo me quedé ahí parada, con el agua helada del arroyo filtrándose por mis zapatos viejos, mirando a Centella. Él ya no intentaba levantarse. Había dejado caer la cabeza sobre el lodo, respirando con un ritmo entrecortado que sacaba nubecitas de vapor en el aire frío de la madrugada.

—A ver, grandulón… —susurré, y mi voz sonó ridículamente pequeña en medio de ese terreno baldío—. Tenemos que movernos. Si te quedas aquí, te mueres. Y si te encuentran aquí, nos matan a los dos.

Intenté tirar de él. Qué ilusa. Era una montaña de músculo y hueso, un animal de quinientos kilos que se sentía como plomo puro. Le pasé los brazos por el cuello, empujé, jalé, le rogué. Nada. Centella solo abrió un ojo, ese ojo negro y profundo, y soltó un bufido que me salpicó la cara. No era rebeldía; era impotencia. La pata delantera, la que se le había doblado en la carrera, estaba hinchada, palpitando, caliente al tacto a pesar del frío del ambiente.

Me senté de golpe en el pasto seco, sintiendo cómo la desesperación me subía por la garganta. ¿Qué carajos estaba pensando? Yo, Marisol, que apenas tenía para pagar la luz, queriendo salvar al descarte de Don Esteban Valverde.

Pero entonces recordé la mirada de los hombres que lo bajaron. “Como un mueble viejo”. Recordé la soberbia de Don Esteban, pensando que con dinero se arregla o se borra todo. Y me dio un coraje de esos que te calientan la sangre. No. Ni madres. No se iba a morir aquí solo.

Sabía que no podía hacerlo sola. Necesitaba ayuda, y necesitaba una camioneta. Pero pedir ayuda significaba contar el secreto, y contar el secreto era ponerle una diana en la espalda a quien me ayudara.

Me levanté, me sacudí el polvo de las rodillas y le acaricié la frente al caballo. —No te muevas —le dije, como si pudiera irse a algún lado—. Ya vengo. Aguanta, por favor. Aguanta un poquito más.

Corrí. Corrí como si me persiguiera el diablo, subiendo la cuesta desde el arroyo hacia las primeras casas del pueblo. El sol apenas empezaba a pintar de naranja los cerros, pero el pueblo seguía dormido. Mis pasos retumbaban en la tierra compacta. Solo había una persona tan loca o tan mensa como para seguirme la corriente en esto: el Flaco.

Ramiro, el “Flaco”, vivía a tres cuadras de mi casa. Tenía una Ford del 79 que hacía más ruido que una matraca y que se caía a pedazos, pero andaba. Golpeé la lámina de su portón con el puño cerrado.

—¡Flaco! ¡Abre, chingada madre! ¡Es urgente!

Escuché los perros ladrar, luego unos pasos arrastrados y el rechinar del cerrojo. Ramiro salió con los ojos pegados de lagañas, en camiseta de tirantes y con cara de querer matarme.

—¿Qué traes, Marisol? ¿Sabes la hora que es? —gruñó, tallándose la cara. —Necesito la troca. Y te necesito a ti. Ahora. —No mames, ¿a esta hora? ¿Pa’ qué? ¿Te vas a mudar o qué? —No hay tiempo de explicar. Es de vida o muerte, Flaco. Te lo juro por mi jefa.

Me vio los ojos. Supo que no estaba jugando. El Flaco y yo crecimos juntos; él sabía cuándo estaba bromeando y cuándo estaba a punto de colapsar. Sin decir palabra, se dio la vuelta, agarró las llaves que estaban colgadas en un clavo y se puso una chamarra de mezclilla.

—Súbete —dijo seco.

El camino de regreso al arroyo fue un suplicio. La camioneta brincaba en cada bache y yo sentía que cada segundo que pasaba era una oportunidad para que alguien viera a Centella, o peor, para que él se rindiera y dejara de respirar.

Cuando llegamos y el Flaco vio lo que había en la orilla del agua, frenó en seco. Se quedó mudo. Se bajó de la camioneta, se quitó la gorra y se rascó la cabeza.

—Marisol… —su voz era un susurro asustado—. Ese es el caballo de Valverde. Es Centella. —Era —corregí—. Lo tiraron anoche. Lo dejaron para que se muriera. —¡Estás loca! —gritó, manoteando al aire—. ¡Ese viejo nos va a colgar de los huevos si nos ve con su caballo! Bueno, a mí de los huevos y a ti te va a correr del pueblo. ¿No sabes quién es? Ese cabrón compra policías como quien compra tortillas. —¡Lo iban a dejar morir, Flaco! ¡Míralo! —señalé al caballo, que había levantado la cabeza al oír el motor—. Está vivo. Respira. Me vale madre quién sea el dueño. Ahorita no tiene dueño. Es basura para él. ¿Vamos a dejar que se muera aquí, con frío y dolor, nomás porque le tenemos miedo a un viejo rico?

El Flaco miró al caballo. Luego me miró a mí. Luego miró a la camioneta. Soltó una maldición larga y florida, de esas que nombran a toda la corte celestial.

—Si nos cachan, yo no te conozco —dijo, pero ya estaba caminando hacia la caja de la camioneta para bajar unas tablas viejas y unas cuerdas.

Lo que siguió fue la hora más difícil de mi vida. No sé cómo explicártelo para que sientas lo que sentimos. Intentar subir a un caballo herido a una camioneta sin rampa hidráulica, solo con fuerza bruta, palanca y desesperación, es una labor titánica.

Centella estaba asustado. Cuando intentamos moverlo, relinchó de dolor. El sonido fue agudo, lastimero, como un grito humano. —¡Shhh, cállate, güey, que nos van a oír! —le decía el Flaco, sudando la gota gorda a pesar del frío.

Tuvimos que improvisar. El Flaco metió la camioneta de reversa hasta que las llantas traseras casi tocaban el agua, aprovechando un desnivel del terreno para que la caja quedara más baja. Usamos las tablas como rampa. Pero el problema era que Centella no podía apoyar la pata.

—Tú jala del bozal, yo lo empujo de las ancas —ordenó el Flaco. —¡Le va a doler! —¡Más le va a doler morirse aquí! ¡Jálale!

Lo intentamos una, dos, tres veces. El caballo resbalaba en el lodo. Nosotros resbalábamos. Yo terminé cubierta de barro hasta las pestañas. Centella estaba agotado, sus costados subían y bajaban rapidísimo. En sus ojos vi esa neblina gris de quien está a punto de tirar la toalla.

—Una más —le dije al oído, pegando mi frente a su hocico húmedo—. Por favor, campeón. Una más. Tú eras el rey de la pista, carajo. No te me rajes ahora.

No sé si me entendió o si fue puro instinto de supervivencia, pero en el cuarto intento, Centella sacó fuerzas de donde no las tenía. Hizo un esfuerzo brutal, apoyándose en las tres patas sanas, soltando un gemido ronco que me hizo llorar, y se impulsó hacia arriba. El Flaco empujaba con el hombro, rojo del esfuerzo, gritando groserías para darse fuerza.

Cuando por fin estuvo arriba, en la caja de madera de la Ford, se dejó caer de golpe. La suspensión de la camioneta gimió bajo el peso. El Flaco y yo nos dejamos caer al suelo, jadeando, con el corazón a mil por hora.

—Ya está —dijo el Flaco, escupiendo al suelo—. Ya está arriba el pinche problema. ¿Y ahora qué? No podemos llevarlo al veterinario del pueblo. Es compadre de Don Esteban. Le va a ir con el chisme en caliente.

Tenía razón. Llevarlo a una clínica era entregarlo. Y entregarlo era sentenciarlo, porque Don Esteban ya había decidido que no valía la pena gastar en él. Si se enteraba de que sobrevivió, capaz que él mismo le metía un tiro para no lidiar con la vergüenza de su error.

—A mi casa —dije. —¿A tu casa? Marisol, vives en una casita de infonavit con un patio de tierra de dos por dos. ¿Dónde vas a meter a un caballo de carreras? —Atrás. En el cuarto de lámina que dejó mi papá. Nadie entra ahí. Está techado. Es lo único que tenemos.

El viaje fue lento. El Flaco manejaba con un cuidado que nunca le había visto, esquivando cada bache para no sacudir a Centella. Yo iba atrás, en la caja, acariciándole la cabeza al caballo, susurrándole cosas sin sentido para calmarlo. La gente del pueblo empezaba a salir. Veía a las señoras barriendo sus banquetas, a los niños yendo a la escuela. Me tuve que tapar con una lona vieja junto al caballo para que no nos vieran. Sentía cada mirada como una aguja. Si alguien veía un casco, una cola, si alguien preguntaba… todo se acababa.

Llegamos a mi casa por el callejón de atrás. Metimos la camioneta de reversa hasta casi tumbar el portón de alambre. Bajarlo fue otro calvario, pero al menos ya estábamos en terreno seguro. O eso creía.

Cuando por fin dejamos a Centella en el cuarto de lámina, sobre un montón de paja vieja y cobijas que saqué de mi ropero, el Flaco se tuvo que ir. —Tengo que ir a jalar, Marisol. Si llego tarde al taller me corren. Oye… —se detuvo en la puerta, mirándome serio—. Esto es una locura. Ese animal necesita medicinas, vendas, comida especial. Eso cuesta un chingo de feria. Y tú… bueno, tú sabes cómo andamos.

—Ya veré qué hago —le dije, aunque por dentro me estaba muriendo de miedo. —Cuídate. Y que no te vean.

Me quedé sola con él. El cuarto olía a humedad y a polvo, pero ahora también olía a animal, a sudor de caballo y a sangre seca. La luz del sol entraba por las rendijas de la lámina, creando rayas brillantes en el aire.

Me acerqué a examinar la pata. No soy veterinaria, pero he visto suficientes animales en el campo para saber cuando algo está muy mal. La rodilla estaba inflamada al doble de su tamaño normal. Estaba caliente, ardiendo. El tendón se sentía como una cuerda de violín a punto de reventar, o tal vez ya reventada.

Centella me miraba. Ya no había miedo, solo un cansancio infinito. —Tengo hambre —le dije, como si me entendiera—. Y tú también debes tener sed.

Le traje agua en el balde. Bebió con desesperación, haciendo ruidos fuertes, salpicando todo. Se acabó dos baldes enteros. Luego se quedó quieto, mirándome.

Fue en ese momento, en el silencio de la mañana, cuando la realidad me cayó encima como un balde de agua fría. ¿Qué iba a hacer? El Flaco tenía razón. Un caballo come mucho. Un caballo enfermo necesita antibióticos, desinflamatorios. Yo tenía doscientos pesos en la bolsa para la semana.

Salí de casa y fui a la farmacia de similares. Compré lo que pude: vendas elásticas, alcohol, y unas pastillas para el dolor y la inflamación de humanos, rezando para que sirvieran igual en un caballo. La cajera me vio raro cuando pedí cinco cajas de ibuprofeno. —¿Para qué tanto, mija? —preguntó, masticando chicle. —Es… para mi abuela. Le dan muchas reumas —mentí, sintiendo que la cara me ardía.

De regreso, pasé por la tienda de Don Chucho. Había un grupo de hombres tomando coca-cola y platicando recargados en una camioneta. Me detuve en seco al escuchar el apellido “Valverde”.

—…pues sí, dicen que se quebró todito. Don Esteban estaba que echaba lumbre —decía uno de sombrero. —Lástima de animal. Dicen que valía más que todas nuestras casas juntas. —Pues ya no vale nada. Lo mandó matar, ¿no? —Eso dicen. Que se lo llevaron al rastro o por ahí al monte. Mejor así, pa’ que no sufra.

Sentí un escalofrío. “Lo mandó matar”. La versión oficial era que ya estaba muerto. Eso me daba una ventaja, pero también aumentaba el peligro. Si aparecía vivo, yo no era una salvadora; era una ladrona. Había robado propiedad de Don Esteban, o peor, había desafiado su voluntad. En este pueblo, desafiar al patrón es pecado capital.

Llegué a casa cerrando el portón con triple candado. Corrí al cuarto de lámina. Centella seguía ahí, echado, pero ahora intentaba lamerse la pata herida.

Me pasé la tarde entera improvisando. Molí las pastillas y se las di mezcladas con un poco de melaza que tenía guardada. Limpié la zona con agua y jabón neutro, con una suavidad que no sabía que tenía en las manos. Él respingaba cada vez que lo tocaba, sus músculos temblaban bajo mi mano, pero no intentó patearme. Creo que entendía. De alguna forma, entendía que esas manos torpes eran lo único que tenía entre él y la muerte.

Le puse las vendas, apretando lo suficiente para dar soporte pero sin cortar la circulación. Improvisé una férula con unos pedazos de tubo de PVC que corté a la mitad y forré con trapos viejos. Quedó feo, tosco, pero firme.

Cuando terminé, ya estaba oscureciendo. Me senté a su lado, recargada en la pared de lámina. El cansancio me pesaba en los párpados. No había comido nada en todo el día, pero no tenía hambre.

Centella giró el cuello y me empujó suavemente con el hocico en el hombro. Un empujoncito. Como diciendo “hey, sigo aquí”. Le acaricié la nariz, esa piel de terciopelo suave que contrastaba tanto con la rudeza de su situación.

—¿Cómo te vamos a llamar? —le susurré—. Centella no. Centella era el campeón, el que ganaba dinero, el trofeo. Ese ya se murió para ellos. Tú eres el que sobrevivió. El que aguantó.

Pensé en nombres. Nombres fuertes. Pero ninguno le quedaba. Él solo me miraba con esos ojos grandes y tristes.

Esa noche no dormí en mi cama. Me traje una cobija y me acosté en la paja, a unos metros de él. Cada vez que él se movía, yo despertaba. Cada vez que suspiraba, yo contenía el aliento.

A eso de las tres de la mañana, la fiebre le pegó. Su cuerpo empezó a irradiar calor como un horno. Sudaba a chorros, empapando las vendas limpias. Empezó a respirar rápido, muy rápido. Sus ojos se pusieron vidriosos y empezó a patalear, gimiendo.

El pánico me invadió. —¡No, no, no! —le gritaba bajito, poniéndole trapos mojados en la cabeza—. ¡No te me vayas! ¡Aguanta!

No sabía qué hacer. No tenía más medicina. No podía llamar a nadie. Me sentí la persona más inútil del mundo. Lloré. Lloré de impotencia, de miedo, de rabia contra Don Esteban, contra la pobreza, contra la vida que es tan injusta con los que no pueden defenderse.

Lo abracé. Me abracé a su cuello enorme y sudoroso. —Por favor… —sollozaba—. Quédate. Te prometo que te voy a cuidar. Te prometo que nadie te va a volver a lastimar. Pero quédate.

Le canté. Le canté canciones de cuna que mi mamá me cantaba cuando era niña, canciones viejas y desentonadas. Mi voz temblaba, pero no paré. Le hablé de todo y de nada. Le conté de mi vida, de lo sola que me sentía a veces, de cómo todos me decían que no iba a llegar a nada. Le conté que yo también me sentía a veces como algo roto que nadie quiere.

Poco a poco, mientras el amanecer empezaba a aclarar las rendijas de la lámina, su respiración se fue calmando. La fiebre no se fue, pero bajó. Dejó de patalear. Se quedó quieto, agotado, con la cabeza apoyada en mi regazo.

Cuando salió el sol, yo estaba despierta, con los ojos hinchados y el cuerpo adolorido por dormir en el suelo. Pero él seguía respirando.

Me levanté para cambiarle el agua. Al regresar, vi algo que me detuvo en la puerta. Centella estaba intentando levantarse. No para huir. No por miedo. Se estaba levantando para alcanzar el balde de agua. Temblaba. Sus patas traseras resbalaban en la paja. La pata delantera vendada apenas rozaba el suelo. —¡Espera! —quise gritar, pero me callé para no asustarlo.

Lo vi luchar. Vi cómo apretaba los dientes, cómo tensaba cada músculo de su cuerpo negro. Y lo vi ponerse de pie. Tambaleante, chueco, apoyándose en la pared, pero de pie. Me miró. Y juro por mi vida que hubo un cambio en su mirada. Ya no era la mirada de la víctima que espera el golpe. Era otra cosa. Era orgullo.

Ahí supe que el problema no había hecho más que empezar. Ahora tenía que mantenerlo vivo, alimentarlo, curarlo y esconderlo, todo sin un peso en la bolsa y con el hombre más poderoso del pueblo creyendo que estaba muerto.

Salí al patio. El sol me dio en la cara. Me sentía distinta. Ya no era la Marisol que bajaba al arroyo con miedo. Ahora tenía una misión.

Pero el destino es cabrón y le gusta jugar chueco. Justo cuando estaba cerrando la puerta del cuarto de lámina, escuché un motor conocido en la calle. Me asomé por una rendija del portón. Era una camioneta blanca, lujosa, con vidrios polarizados. Pasó despacio frente a mi casa. Muy despacio. Era la camioneta de los capataces de Don Esteban. El corazón se me paró. ¿Habían visto las huellas de la camioneta del Flaco en el arroyo? ¿Alguien nos vio anoche?

La camioneta se detuvo unos metros más adelante. Bajó el vidrio. Un hombre con lentes oscuros miró hacia mi portón. Se quedó mirando unos segundos eternos, como olfateando el aire. Luego subió el vidrio y arrancó despacio.

Me recargue en el portón, temblando. Esto no era un juego. No era una película de Disney. Me había metido en la boca del lobo, y tenía al lobo respirándome en la nuca.

Entré corriendo a la casa y conté mis monedas. Ciento ochenta pesos. Necesitaba avena. Necesitaba alfalfa. Y necesitaba una coartada. Miré mis manos, sucias de tierra y sangre de caballo. —Pues órale —me dije en voz alta—. A ver de qué cuero salen más correas.

Ese día aprendí que el miedo no te quita el hambre, y mucho menos se la quita a un caballo de media tonelada. Tenía que salir a buscar dinero. Tenía que trabajar el doble. Lavar ajeno, vender tamales, lo que fuera.

Centella relinchó bajito desde el cuarto. Un sonido suave, casi un saludo. Sonreí, por primera vez en dos días. Ya no estaba sola. Y mientras él siguiera peleando, yo también iba a pelear. Que venga Don Esteban si quiere. Aquí lo espero. Pero a este caballo no me lo toca nadie.

La guerra había empezado, y mi única arma era un frasco de pastillas baratas y una terquedad que ni yo sabía que tenía.

NOMBRE DEL CONTENIDO: LA GUERRA SILENCIOSA Y EL RUGIDO DE LA BESTIA

Los días que siguieron a la aparición de la camioneta blanca se convirtieron en una neblina espesa de paranoia y sudor frío. Si antes vivía con miedo, ahora vivía con el terror respirándome en la nuca, como si una sombra gigante estuviera parada justo detrás de mí, esperando el momento exacto para tragarme entera.

Esa mañana, después de que la lujosa camioneta de los capataces de Don Esteban se alejó, me quedé pegada al portón de lámina oxidada, espiando por la rendija hasta que mis ojos empezaron a lagrimear por el esfuerzo. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentía que se escuchaba hasta la calle. ¿Qué habían visto? ¿Habían notado las huellas de lodo fresco que dejó la camioneta del Flaco? ¿O solo era la rutina de los poderosos, pasearse por el pueblo para recordarnos a todos quién es el dueño de la tierra que pisamos?

Regresé al patio trasero corriendo, tropezándome con mis propios pies. El cuarto de lámina donde escondía a Centella se sentía de repente demasiado frágil, demasiado transparente. Unas simples paredes de metal viejo y agujereado eran lo único que separaba a mi “problema” de una bala en la frente.

Centella estaba de pie. Ya no era ese bulto negro y moribundo que encontramos en el arroyo. Aunque seguía apoyando todo su peso en tres patas, manteniendo la extremidad herida en el aire con un temblor constante, sus orejas se movieron hacia mí cuando entré.

—Casi nos cachan, grandulón —le susurré, dejándome caer en una silla de plástico rota que tenía ahí—. Casi se nos acaba el corrido.

Él resopló, soltando ese vapor caliente por la nariz que olía a heno y a vida. Me miró con esos ojos oscuros que, como me había parecido ver antes, ya no tenían miedo, sino una especie de curiosidad digna.

Sabía que tenía que borrar cualquier rastro. Salí a la calle con una escoba y una cubeta de agua. Me puse a tallar la banqueta y la entrada del portón como una poseída. “Si alguien pregunta, se me tiró el agua sucia”, ensayé mentalmente. Tallé hasta que mis manos se pusieron rojas y la piel de mis dedos se arrugó. Borré las marcas de los neumáticos, borré el lodo que había caído de la caja de la camioneta, borré hasta mi propia sombra si hubiera podido.

Pero el miedo no era el único enemigo. El hambre era el otro, y ese mordía más fuerte.

Mis ahorros, esos ciento ochenta pesos que conté temblando en la cocina, desaparecieron en dos días. Un caballo, aunque esté enfermo y quieto, come como si tuviera un agujero negro en el estómago. La avena es cara. La alfalfa fresca, esa que necesitaba para que recuperara fuerzas, era un lujo que yo no me podía dar ni para mí misma.

Empecé a racionar mi propia comida. Dejé de comprar leche. Dejé de comprar carne. Comía tortillas duras con sal y salsa de botella, y todo lo que sobraba, cada peso, iba para el fondo de “Operación Centella”.

Me convertí en una máquina de trabajar. En las mañanas, antes de que saliera el sol, iba al mercado de abastos a ayudar a descargar camiones de fruta. Me pagaban una miseria y me dejaban llevarme la fruta golpeada que no podían vender. Las manzanas magulladas y las zanahorias rotas eran un banquete para el caballo. Yo me comía lo que él dejaba.

A media mañana, me iba a lavar ropa ajena. Tallaba pantalones de mezclilla de obreros llenos de grasa y camisas de señores que olían a loción barata, imaginando que cada prenda limpia era una venda más, una pastilla más para el dolor.

Por las tardes, vendía tamales que hacía con la masa más barata que encontraba. Recorría las calles gritando “¡Tamales, calientitos!”, con la garganta seca y los pies palpitando, pero con la mente fija en una sola cosa: llegar a casa, abrir el candado y ver que él seguía ahí.

El Flaco vino a verme al quinto día. Entró por el callejón, mirando a todos lados como si estuviera traficando uranio. —Te ves de la chingada, Marisol —me dijo, sin rodeos, mientras me veía mezclar las pastillas de ibuprofeno molidas con un poco de melaza. —Gracias por el piropo, Flaco. Tú tampoco eres un galán de telenovela. —Es en serio, mujer. Estás en los huesos. Tienes ojeras que te llegan al suelo. ¿Estás comiendo? —Sí como —mentí, dándole la espalda para acariciar el cuello de Centella—. Como lo que hay.

El Flaco se acercó al caballo. Centella, que al principio desconfiaba de todo lo que tuviera dos piernas, ya reconocía al Flaco. Quizás recordaba que él fue quien lo empujó a la camioneta para salvarlo. Le permitió que le tocara la frente. —Ha mejorado un chingo —admitió el Flaco, sorprendido—. La hinchazón bajó. —Sí. El vendaje y el reposo están funcionando. Y las pastillas de mi “abuela” —dije con una risa amarga —. Pero el tendón… el tendón es lo que me preocupa. Sigue muy rígido. Necesita caminar un poco, pero no puedo sacarlo. Si lo saco, lo ven. —Ni se te ocurra sacarlo —susurró el Flaco, bajando la voz—. En el taller se escuchan cosas. Sentí ese frío en el estómago otra vez. —¿Qué cosas? —Don Esteban anda encabronado. No por el caballo, ese ya lo dio por muerto. Anda encabronado porque alguien le rayó la pintura a su camioneta nueva y anda buscando culpables hasta debajo de las piedras. Anda de un humor que si le pides la hora te mete un tiro. Y sus capataces… esos andan husmeando. Dicen que vieron movimiento raro por el arroyo esa noche. No saben qué fue, piensan que a lo mejor fuimos nosotros tirando basura o robando algo, pero andan preguntando.

Me quedé helada. —¿Saben que fuimos nosotros? —Saben que una camioneta vieja andaba por ahí. No hay muchas Ford del 79 que suenen como matraca en este pueblo. —Flaco… perdóname. Te metí en un pedo enorme. —Ya estamos en el baile, Marisol. Ahora hay que bailar. Pero ten cuidado. Si esos güeyes se asoman por la barda… —Nadie se asoma. Tengo todo tapado con lonas.

El Flaco sacó un billete de doscientos pesos arrugado de su bolsillo y me lo puso en la mano. —Toma. —No, Flaco, no puedo… —Cállate y agárralo. Es pa’ la avena. O pa’ que te compres unos tacos, que te me vas a desmayar y entonces sí, ¿quién cuida al bicho este?

Acepté el dinero con un nudo en la garganta. En este pueblo, donde la gente se mata por un pedazo de tierra, la lealtad del Flaco valía más que todo el oro de Don Esteban Valverde.

Pasaron dos semanas. Dos semanas eternas. Centella se transformó. Con la buena comida (mejor que la mía) y los cuidados obsesivos, su pelaje negro, que estaba opaco y lleno de polvo, empezó a brillar otra vez. No era el brillo de concurso, era un brillo más rústico, más real. Sus ojos se limpiaron de esa neblina de dolor. Empezó a relinchar bajito cuando me escuchaba llegar. Un sonido corto, grave: “Mmmm-jmjm”. Era nuestra clave secreta.

Le hablaba todo el tiempo. Le conté de mi papá, que se murió trabajando en el norte para mandarnos dinero que nunca fue suficiente. Le conté de cómo mi mamá se fue apagando de tristeza hasta que también me dejó sola en esta casa de Infonavit. —Tú y yo somos iguales, negro —le decía mientras le cepillaba las crines con un cepillo viejo de mi pelo—. Nos quedamos solos y a nadie le importó. Pero mira, aquí seguimos. Dando lata.

Él me empujaba con el hocico, buscando zanahorias en mis bolsillos. Ya apoyaba la pata. Cojeaba, sí, y mucho, pero ya no la arrastraba. El tendón, aunque engrosado y cicatrizado de forma fea, estaba aguantando el peso.

Pero la burbuja tenía que reventar. La suerte en la pobreza es como el agua en las manos: se escurre rápido.

Fue un martes. El calor estaba insoportable, de esos calores secos que levantan tolvaneras en las calles sin pavimentar. Yo estaba en el patio, cambiando el vendaje. El olor a medicina y a estiércol era fuerte, aunque yo limpiaba el cuarto dos veces al día. De repente, escuché voces en la calle. Voces de niños. —¡Se los juro! ¡Se escucha como un monstruo! —Estás loco, Beto. Ahí vive la loca de Marisol. No tiene ni perro. —¡Que sí! ¡Mi mamá dice que huele a granja! ¡Vamos a ver!

Me paralicé. Niños. Los niños son peores que el FBI. Se meten en todos lados, ven todo, cuentan todo. Escuché el sonido metálico de alguien trepándose a la barda perimetral. Mi barda no era alta, apenas dos metros de block mal pegado. —¡Bájense de ahí, escuincles! —grité, saliendo del cuarto de lámina y cerrando la puerta de golpe tras de mí.

Arriba de la barda, dos cabezas despeinadas se asomaban. Eran los hijos de la señora Lupe, la vecina chismosa de la esquina. —¿Qué traes ahí, Marisol? —preguntó el más grande, con esa insolencia de quien se sabe intocable—. Huele a caca de vaca. —Es… es abono. Estoy haciendo una composta para vender tierra —improvisé, sintiendo el sudor correr por mi espalda—. ¡Bájense o le digo a su mamá! —¡Mi mamá dice que tienes un animal encerrado! ¡Queremos ver!

En ese preciso instante, como si el destino me odiara, Centella relinchó. Y no fue el relincho bajito y cómplice de siempre. Fue un relincho fuerte, potente, aburrido del encierro. Un sonido inconfundible de caballo. Los niños abrieron los ojos como platos. —¡No manches! ¡Es un caballo! —gritó el pequeño. —¡Tiene un caballo! ¡Marisol se robó un caballo!

Saltaron hacia la calle y corrieron gritando la noticia como si fuera el evangelio. —¡Marisol tiene un caballo! ¡Marisol tiene un caballo!

Me quedé parada en medio del patio, con las vendas sucias en la mano, sintiendo cómo el mundo se me venía encima. Se acabó. En menos de diez minutos, todo el barrio lo sabría. Y en este pueblo, lo que sabe el barrio, lo sabe Don Esteban antes del anochecer.

Corrí hacia el cuarto. Centella me miró, moviendo las orejas. —La cagamos, amigo —le dije, y la voz se me quebró—. La cagamos bien y bonito. No había a dónde ir. No podía sacarlo a plena luz del día. No tenía camioneta. El Flaco estaba trabajando. Cerré el portón con llave. Puse una silla contra la puerta de la casa. Y me senté a esperar.

La espera fue una tortura china. Cada coche que pasaba me hacía saltar. Cada voz en la calle me parecía la voz del capataz. Pasó una hora. Dos. Empezó a atardecer. El cielo se puso morado, como un moretón gigante.

Entonces llegó. No fue la policía. No fue el Flaco. Fue el sonido de un motor diésel potente, ronroneando como un gato grande y peligroso justo frente a mi portón. Y luego, el silencio. Golpearon la lámina. Tres golpes secos, autoritarios. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

—¡Abre, Marisol! Sabemos que estás ahí. Era la voz de Rigo, el capataz principal de Don Esteban. Un tipo que disfrutaba pateando perros callejeros y que llevaba la pistola fajada al cinto como si fuera un adorno más.

No contesté. Me fui al cuarto de lámina y agarré lo primero que vi como arma: un trinche viejo y oxidado que usaba para mover la paja sucia. —¡Marisol! —gritó Rigo de nuevo—. No te hagas pendeja. Los chamacos dicen que tienes un caballo aquí. El patrón quiere saber qué chingados está pasando. Abre o tiramos el portón.

Mi corazón latía tan rápido que me dolía el pecho. Miré a Centella. Él sintió mi miedo. Se puso inquieto, moviéndose de un lado a otro en el espacio reducido, golpeando el suelo con sus cascos. —¡Ahí está! —gritó alguien más afuera al escuchar los cascos—. ¡Se oye el animal! ¡Tira esa madre, Rigo!

Escuché el crujido del metal. Estaban forzando la chapa. —¡No entren! —grité con todas mis fuerzas, saliendo al patio—. ¡Es propiedad privada! —¡Propiedad privada mis huevos! —respondió la voz de Rigo—. Tú tienes propiedad robada ahí adentro.

El portón cedió. La cadena, vieja y oxidada, se rompió con un chasquido seco. Las hojas de lámina se abrieron chirriando. Entraron tres hombres. Rigo iba al frente, con sus botas de piel de avestruz y su camisa desabotonada. Detrás de él, dos peones con cara de pocos amigos. Y detrás de ellos, bajando de la camioneta blanca con una calma escalofriante, venía Don Esteban Valverde.

El hombre caminaba despacio, apoyándose en un bastón con empuñadura de plata, aunque no lo necesitaba. Era pura vanidad. Vestía impecable, con su sombrero tejano blanco inmaculado, contrastando con la mugre de mi patio. Rigo se hizo a un lado. —Ahí está la ladrona, patrón.

Don Esteban me miró. Sus ojos eran fríos, grises, como monedas viejas. No había odio en su mirada, solo un desprecio absoluto, como si estuviera viendo una cucaracha que se atrevió a cruzar su cocina. —Marisol, ¿verdad? —dijo con voz suave, casi amable. Esa voz daba más miedo que los gritos de Rigo—. Hija del difunto Pedro. Tu padre era un buen peón. Obediente. Apreté el trinche con las manos sudadas. —¿Qué quiere? —solté, y me sorprendí de que mi voz no temblara tanto. —Quiero ver lo que tienes ahí atrás —señaló con el bastón hacia el cuarto de lámina—. Dicen que tienes un caballo. Y resulta que a mí se me “perdió” uno hace unas semanas.

—Usted no perdió nada —dije, dando un paso al frente—. Usted lo tiró. Lo mandó tirar como basura. El ambiente se tensó. Los peones se miraron entre ellos. Nadie le hablaba así a Don Esteban. El patrón soltó una risita seca. —Las cosas se tiran cuando ya no sirven, niña. Y si yo tiro algo, sigue siendo mío hasta que se pudra. Ábreme ese cuarto.

—No. Rigo dio un paso adelante, llevándose la mano al cinto. —¿Qué dijiste, pinche vieja loca? —¡Dije que no! —levanté el trinche, apuntando al pecho de Rigo—. ¡No van a entrar!

Don Esteban levantó una mano para detener a su perro de ataque. —Tranquilo, Rigo. No hace falta violencia con las damas. Caminó hacia mí, ignorando el trinche como si fuera un juguete. Se detuvo a dos metros. Olía a tabaco caro y a loción. —Marisol, piensa bien lo que haces. Te estás buscando un problema que no vas a poder aguantar. Ese caballo es un purasangre de linaje. Vale miles de dólares. Si está vivo, es mío. Si está muerto, el cuerpo es mío. Tú solo eres una niña jugando a ser veterinaria. ¿Qué vas a hacer? ¿Picarme con ese fierro oxidado? Te vas a ir a la cárcel, y el caballo va a terminar donde debía estar desde el principio: en un hoyo.

Sus palabras eran veneno puro. Lógicas, crueles y aplastantes. Me sentí pequeña. Me sentí ridícula con mi trinche y mi ropa sucia. Pero entonces, Centella salió.

La puerta del cuarto de lámina estaba apenas emparejada. El caballo, curioso o protector, empujó la madera con el hocico y salió al patio. El silencio que se hizo fue absoluto.

Ahí estaba. Delgado, sí. Con una férula hecha de tubos de PVC y trapos viejos en la pata. Sucio de paja. Pero estaba de pie. El sol de la tarde le pegó en el pelaje negro, y por un segundo, pareció una estatua de obsidiana. Levantó la cabeza, miró a los hombres, y luego me miró a mí. Caminó cojeando hasta ponerse a mi lado, y recargó su cabeza en mi hombro.

Don Esteban se quitó los lentes oscuros. Sus ojos recorrieron al animal de arriba a abajo con una precisión de experto. Vio la pata. Vio el vendaje casero. Vio la actitud del animal. —Imposible… —murmuró—. El tendón estaba destrozado. El veterinario dijo que no caminaría.

—El veterinario dijo que con tiempo y paciencia viviría —le respondí, sintiendo cómo el calor de Centella me daba fuerza—. Pero usted no quiso darle tiempo. Para usted, todo lo que no deja dinero es un estorbo.

Don Esteban se acercó al caballo. Centella echó las orejas hacia atrás y enseñó los dientes. El animal recordaba. Sabía quién era ese hombre. Sabía que ese hombre era el dueño del dolor. Don Esteban retrocedió un paso, sorprendido. Sus propios caballos nunca lo rechazaban, porque les tenían terror. Pero Centella ya no le tenía miedo.

—Está arruinado de todas formas —dijo Don Esteban, recuperando la compostura, aunque su voz sonaba menos segura—. Jamás volverá a correr. Es un inútil. —Para usted es un inútil —le dije, mirándolo a los ojos—. Para mí es un ser vivo. —Es mi propiedad —insistió, endureciendo el tono—. Rigo, sube al caballo a la camioneta. Nos lo llevamos. —¡No! —grité. —¡Muévete! —Rigo me empujó fuerte. Caí al suelo, soltando el trinche. Me raspé las manos y las rodillas.

Rigo agarró a Centella del bozal improvisado. —¡Vámonos, bestia! —le jaló con fuerza. Lo que pasó después fue tan rápido que apenas lo vi. Centella no se dejó jalar. En lugar de eso, giró el cuerpo y soltó una patada con las patas traseras. No le dio a Rigo de lleno, pero pasó lo suficientemente cerca para que el aire lo hiciera retroceder asustado. El caballo se paró frente a mí, que estaba en el suelo. Bajó la cabeza y me cubrió. Se interpuso entre los hombres y yo.

Los peones sacaron navajas. Rigo desenfundó la pistola. —¡Te voy a matar, caballo hijo de tu…! —¡ALTO! —el grito de Don Esteban fue un trueno.

Todo se congeló. Rigo tenía el arma apuntando a la cabeza de Centella. Yo estaba llorando en el suelo, abrazada a la pata sana del caballo. Don Esteban miraba la escena. Miraba a su “mueble viejo” defendiendo a una chica muerta de hambre. Miraba la lealtad que nunca, ni con todos sus millones, había logrado comprar.

Hubo un silencio largo, pesado, donde solo se escuchaba mi respiración agitada y el zumbido de las moscas. La gente del barrio había empezado a salir. Doña Lupe, los niños, el de la tienda. Se estaban amontonando en la entrada del portón abierto. Eran testigos. Docenas de ojos mirando al hombre más rico del pueblo amenazando a una muchacha y a un caballo tullido.

Don Esteban miró a la gente. Miró a Rigo con la pistola. Miró al caballo que lo desafiaba con una dignidad que él había perdido hace mucho. Sabía que si disparaba ahí, frente a todos, se convertiría en un monstruo. Y a Don Esteban le importaba su imagen casi tanto como su dinero.

Hizo una mueca de asco. Se ajustó el sombrero. —Guarda eso, Rigo —ordenó, sin dejar de mirar al caballo. —Pero patrón… es suyo. —Dije que guardes eso.

Se acercó a mí. Yo seguía en el suelo, protegiendo a Centella. —Te lo regalo —dijo Don Esteban, escupiendo las palabras con desdén—. Quédate con la basura. De todos modos, ese animal ya no sirve para nada más que para comer dinero. Va a ser tu ruina, niña. Te va a comer viva. Y cuando se te muera de hambre o de infección, no vengas a llorar a mi puerta.

Se dio la media vuelta. —Vámonos. Aquí huele a miseria.

Rigo enfundó la pistola, me lanzó una mirada de odio puro y escupió al suelo antes de seguir a su patrón. Se subieron a la camioneta blanca. Los peones cerraron las puertas. El motor rugió y se fueron levantando una nube de polvo que nos hizo toser a todos.

Me quedé ahí, tirada en la tierra, abrazada a las patas de Centella. La gente del barrio empezó a murmurar, algunos se acercaron, pero yo no escuchaba nada. Solo escuchaba el corazón del caballo latiendo contra mi oído. Fuerte. Constante. Vivo.

El Flaco llegó corriendo cinco minutos después, pálido como un fantasma, con una llave inglesa en la mano. —¡Marisol! ¡Me dijeron que…! —se detuvo al verme llorando en el suelo junto al caballo—. ¿Qué pasó? ¿Se lo llevaron?

Levanté la cara, llena de lágrimas y tierra y moco. —No, Flaco —sonreí, y debí parecer una loca—. Me lo regaló. Dijo que es mío.

El Flaco soltó la llave y se dejó caer sentado a mi lado. —No mames… —suspiró—. No mames, Marisol. Estás bien loca.

Esa noche, no hubo fiesta. No hubo celebración. Hubo silencio y agotamiento. Pero fue un silencio distinto. Ya no había miedo al camión de la madrugada. Ya no había que esconderse. Le quité la férula de PVC para revisarle la pata. Estaba mejor. Mucho mejor. —Ya no eres Centella —le dije bajito, mientras él comía sus zanahorias con calma—. Ese nombre es de un caballo que corre por dinero. Tú corres por otra cosa. O mejor dicho, tú te plantas por otra cosa.

Pensé en el nombre perfecto. Un nombre que no tenía nada que ver con tormentas ni velocidad. —Te vas a llamar Santo. Porque me hiciste el milagro de no morirte, y el milagro de que no me mataran.

Santo me miró y siguió comiendo. Le valía gorro el nombre. Él sabía quién era. Pero la victoria tenía un sabor agridulce. Don Esteban tenía razón en una cosa: mantenerlo iba a ser mi ruina si no hacía algo. Ya no tenía que esconderlo, pero ahora tenía que mantenerlo de verdad. Y con mis bolsillos vacíos y el pueblo entero sabiendo mi historia, la verdadera lucha apenas comenzaba.

Me acosté en la paja, agotada hasta el tuétano. —Descansa, Santo —susurré—. Mañana vemos cómo le hacemos. Pero de aquí no nos mueve nadie.

Cerré los ojos, y por primera vez en semanas, dormí sin soñar con camionetas blancas ni caminos oscuros. Dormí sabiendo que al despertar, él seguiría ahí. Y eso, por ahora, era suficiente.

NOMBRE DEL CONTENIDO: CICATRICES QUE BRILLAN Y EL VALOR DE LO ROTO

La mañana siguiente a la confrontación con Don Esteban no tuvo nada de glorioso. No hubo trompetas ni un sol brillando más bonito. Hubo dolor de espalda, hambre y una realidad que pesaba más que un costal de cemento.

Desperté en el suelo, sobre la paja, con el cuerpo entumido. Santo estaba de pie, dormitando, con la pata trasera descansando, esa postura típica de los caballos que aprendí a reconocer como señal de que, por lo menos en ese momento, no se sentía en peligro de muerte.

Me levanté sacudiéndome el polvo y salí al patio. La luz del día era cruel; iluminaba cada grieta de mi casa, cada mancha de humedad en la pared, cada rincón donde la pobreza se acumulaba. Y ahí, en medio de esa miseria, estaba mi “premio”: un animal de quinientos kilos que comía como lima nueva y que requieria más cuidados que un recién nacido.

Las palabras de Don Esteban resonaban en mi cabeza como una maldición gitana: “Va a ser tu ruina, niña”.

Me toqué el bolsillo. Ciento cincuenta pesos. Eso era todo lo que me separaba del abismo. Salí a la calle y el barrio se sentía diferente. La gente me miraba. No como antes, que me veían como “la hija del difunto Pedro”, la invisible, la que lava ropa ajena. Ahora me miraban con una mezcla extraña de respeto y lástima.

—Buenos días, Marisol —me saludó Doña Lupe desde su ventana. Me detuve en seco. Doña Lupe nunca me saludaba. Solo me criticaba si barría mal la banqueta. —Buenos días —respondí, desconfiada. —Estuvo fuerte lo de ayer, ¿eh? —dijo, recargando sus brazos gordos en el alféizar—. Ese viejo se cree dueño del aire. Qué bueno que le paraste los tacos. Aunque… —hizo una pausa y bajó la voz— dicen que estás loca. Que cómo vas a mantener a esa bestia.

No le contesté. No tenía fuerzas para explicarle que no era una bestia, que era Santo, y que mantenerlo no era una opción, era una obligación moral que me había echado encima yo solita.

Caminé hasta la tienda. Compré un kilo de arroz y medio de frijol. Lo más barato. Y pregunté si tenían zanahorias pasadas. Don Chucho, el tendero, me miró por encima de sus lentes. —¿Pa’l caballo? —Sí, Don Chucho. Se agachó detrás del mostrador y sacó una bolsa de plástico con zanahorias negras, aguadas, y unas manzanas que ya nadie compraría. —Llévatelas. Iba a tirarlas a la basura. Pero Marisol… —me detuvo cuando agarré la bolsa—. Ten cuidado. Don Esteban no perdona que lo humillen. A lo mejor ya no viene él, pero te va a cerrar las puertas. Nadie va a querer darte trabajo si saben que el patrón te trae entre ojos.

Sentí un nudo en el estómago. Tenía razón. “La ruina” no era solo el costo de la comida del caballo; era el bloqueo social. En un pueblo chico, el miedo al cacique es más contagioso que la gripe.

Regresé a casa y me puse a trabajar. No podía darme el lujo de tener miedo. Limpié la herida de Santo. La costra se veía fea, gruesa y oscura, pero ya no supuraba. La inflamación había bajado considerablemente, dejando ver la deformidad que le quedaría para siempre. Su rodilla se veía abultada, el tendón engrosado como una soga vieja. —Vas a quedar chueco, mi rey —le dije, pasándole un trapo húmedo por el cuello—. Pero vas a caminar. Y vas a caminar con la frente en alto, que es lo que importa.

Él me empujó suavemente con la nariz, buscando las zanahorias podridas que le había traído. Se las comió con gusto, tronando los dientes. Para él, eso era un banquete. Para mí, era un recordatorio de que mi refrigerador estaba vacío.

Esa semana fue un infierno. Como predijo Don Chucho, el trabajo empezó a escasear. Fui a la casa de la señora de la colonia rica donde lavaba los jueves. La empleada doméstica salió y me dijo, sin mirarme a los ojos, que la señora ya no necesitaba mis servicios. Fui al mercado de abastos a cargar cajas. El capataz me dijo que ya estaban completos. —Pero si siempre les falta gente —le reclamé. —Hoy no, Marisol. Vete a tu casa. Y dile a tu caballo que coma aire.

Me di cuenta de que la sombra de Don Esteban era larga. No necesitaba mandar matones; solo necesitaba que la gente supiera que yo era persona non grata. El hambre empezó a ser mi compañera constante. Comía una vez al día: arroz con frijoles. Todo lo demás se convertía en avena, en desinflamatorios genéricos, en alcohol y gasas. Adelgacé. La ropa me empezó a bailar. Mis manos se llenaron de callos y cortes. Pero cada vez que llegaba a casa y Santo me recibía con ese relincho bajito, ese “mmm-jmjm” que vibraba en su pecho, sentía que valía la pena.

El Flaco fue mi salvavidas. Llegaba en las noches, a escondidas, con bolsas de tacos que “le sobraron” (aunque yo sabía que los compraba para mí) o con pacas de alfalfa que “se cayeron” de algún camión. —Te estás matando, mujer —me dijo una noche, mientras veíamos a Santo comer—. Mírate. Eres puro hueso y ojos. —Estoy bien, Flaco. —No, no estás bien. Y el caballo… pues sí, se ve mejor. Ya camina. Pero ¿hasta cuándo? ¿Qué vas a hacer cuando se me acabe la suerte con las pacas? ¿Cuando se te acaben los frijoles? —No sé. Algo saldrá. —Eres terca como una mula, Marisol. —Como un caballo —corregí, sonriendo débilmente.

Pero el punto de quiebre no fue el hambre. Fue la soledad. O eso creía yo, hasta que la soledad se rompió de la forma más inesperada.

Una tarde, mientras estaba limpiando el patio (que ahora olía permanentemente a establo), escuché ruidos en el portón. No golpes, sino rasguños. Abrí con cuidado, trinche en mano. Eran los niños. Los mismos escuincles que me habían delatado. Beto y su pandilla. Me preparé para gritarles, para correrlos. —¿Qué quieren? ¿Vienen a ver si ya me morí de hambre? Beto, el más grande, se quitó la gorra, nervioso. —No… es que… queríamos ver al caballo. —No es un circo. Váyanse. —Trajimos esto —dijo el más pequeño, extendiendo una mano mugrosa. Tenía tres manzanas rojas, brillantes. Robadas, seguramente, o sacadas de su casa a escondidas.

Me quedé paralizada. Miré las manzanas. Miré a los niños. —¿Para él? —Sí. ¿Podemos pasar? Prometemos no hacer ruido. Mi mamá dice que es un monstruo, pero yo quiero ver si es cierto.

Abrí el portón. —Pasen. Pero despacito. Y si lo asustan, los saco a patadas.

Entraron caminando de puntitas, como si entraran a una iglesia. Cuando vieron a Santo, se quedaron mudos. El caballo estaba echado, descansando. Al ver a los extraños, levantó la cabeza y resopló. Los niños dieron un salto atrás. —Tranquilos —les dije—. No hace nada. Solo es grande. Santo se levantó. Lo hizo despacio, cuidando su pata mala, pero con una majestad que llenó el patio. Se acercó a los niños, estirando el cuello, olfateando el aire. Olfateó las manzanas. Beto extendió la mano, temblando. Santo tomó la manzana con sus labios suaves, con una delicadeza increíble para un animal de su tamaño. —¡Me comió de la mano! —susurró el niño, con los ojos iluminados—. ¡Sentí sus bigotes!

Esa tarde, mi patio se llenó de risas contenidas. Los niños le acariciaron el cuello, le vieron la cicatriz (“¡Parece de guerra!”, dijo uno), le pusieron nombres de superhéroes. Y Santo… Santo, el caballo de carreras diseñado para la velocidad y la furia, se convirtió en una niñera gigante. Se dejaba tocar. Bajaba la cabeza para estar a su altura. Sus ojos, antes llenos de pánico, ahora tenían una calma profunda, casi humana.

Al día siguiente, los niños volvieron. Y trajeron a otros. Y trajeron más comida: pan duro, cáscaras de sandía, un poco de paja que le robaron al tío de alguien. Y con los niños, llegaron las madres. Primero, Doña Lupe. —Vine por el Beto, que se la pasa aquí metido —dijo, asomándose—. Oye… se ve menos flaco el animal. —Se llama Santo, Doña Lupe. —Pues Santo será. Oye, me sobró un pozole de ayer. ¿Quieres un plato? Te ves anémica.

Y así, poco a poco, la “ruina” de Don Esteban se convirtió en el proyecto del barrio. La gente empezó a ver en Santo algo más que un caballo roto. Veían un acto de rebeldía. Veían que alguien, una de los suyos, le había dicho “no” al poderoso y había sobrevivido. Alimentar a Santo se volvió una forma silenciosa de protestar. El carnicero me guardaba los huesos para caldo (para mí) y las hojas de elote (para él). La señora de las tortillas me regalaba la masa que se quedaba pegada en la máquina. No era mucho. Seguíamos siendo pobres. Seguía habiendo días en que mi estómago rugía más fuerte que el viento. Pero ya no estaba sola.

Santo siguió mejorando. Su cojera nunca desapareció del todo. Al caminar, daba un pequeño cabeceo, un recordatorio constante de su lesión. Pero podía trotar. Un trote suave, rítmico, aunque un poco disparejo. Un día, decidí que era hora de salir. Habían pasado tres meses. El encierro no era vida para un caballo. —Vamos a dar una vuelta, Santo —le dije, poniéndole un bozal que el Flaco me había conseguido (quién sabe de dónde).

Abrí el portón de par en par. El sol de la tarde nos recibió. Salí caminando, con la cuerda en la mano. Santo me seguía. Al principio, se asustó con los coches, con los perros que ladraban. Se tensó, listo para huir. —Shhh, tranquilo. Yo te cuido. Caminamos por la calle principal del barrio. La gente salía de sus casas para vernos. No era el desfile de un campeón. No había trofeos. Era una chica flaca con ropa desgastada, guiando a un caballo negro con una cicatriz horrible en la pata delantera. Pero caminábamos con la cabeza en alto.

Pasamos frente a la tienda de Don Chucho. —¡Eso es todo, Marisol! —gritó el viejo—. ¡Qué chulo se ve el condenado! Pasamos frente a la casa de Doña Lupe. Ella salió secándose las manos en el delantal y sonrió. Llegamos al parque, un pedazo de tierra con dos columpios oxidados. Ahí, dejé que Santo pastara un poco de la hierba seca que crecía en las orillas. Se acercó un señor mayor, Don Anselmo, que usaba silla de ruedas desde hacía años. Se quedó mirando al caballo. Santo dejó de comer y se acercó a la silla. Don Anselmo se asustó un poco, pero no se movió. El caballo bajó la cabeza y le puso el hocico en las manos paralizadas del señor. Sopló su aliento caliente sobre la piel arrugada. Don Anselmo empezó a llorar. —Huele… huele a rancho —murmuró el señor—. Huele a cuando yo podía caminar. Santo se quedó ahí, quieto, absorbiendo la tristeza del hombre, transformándola en paz.

En ese momento entendí cuál era el propósito de Santo. Don Esteban tenía razón: ya no servía para correr. Ya no servía para ganar apuestas. Pero servía para sanar. Había conocido el dolor tan profundamente, el abandono tan de cerca, que ahora tenía una empatía que ningún animal “sano” y perfecto podría tener. Entendía a los rotos, porque él era uno de ellos.

Con el tiempo, mi casa se convirtió en una especie de consultorio extraño. Venían niños con problemas, niños que no hablaban, niños violentos. Se sentaban en la paja y le hablaban al caballo. Y Santo los escuchaba. Venían viejos olvidados por sus familias, solo para tocarle el lomo y sentir el calor de otro ser vivo. No cobraba. ¿Cómo iba a cobrar por un milagro? Pero la gente dejaba monedas. Dejaba comida. Dejaba ropa. “Pa’ la avena del Santo”, decían.

El Flaco y yo arreglamos el cuarto de lámina. Le pusimos un techo mejor para que no se goteara. Una tarde, el Flaco llegó con una noticia. —¿Adivina qué? —¿Qué? —Don Esteban se fue. —¿Cómo que se fue? —Se fue a la ciudad. Dicen que anda enfermo del hígado. O de coraje, que es lo mismo. Vendió parte de las tierras y se largó. Dejó a Rigo a cargo, pero sin el patrón, Rigo es nomás un perro sin dientes.

Sentí un alivio inmenso, pero también una extraña falta de emoción. Don Esteban ya no importaba. Había dejado de ser el villano de mi historia para convertirse solo en un recuerdo amargo, en el catalizador que me obligó a cambiar mi vida.

La prueba final llegó un año después. Era la feria del pueblo. Siempre hacían una cabalgata. Cientos de jinetes con sus mejores caballos, sus monturas de plata, sus sombreros finos. Música de banda, alcohol, ruido. Yo nunca participaba. No tenía caballo (bueno, antes no tenía) y no tenía dinero para esas presunciones. Pero ese año, el Flaco me insistió. —Sácalo, Marisol. Que lo vean. Que vean que no se murió. Que vean que está más vivo que sus pencos de exhibición. —No tengo montura, Flaco. Y Santo no aguanta el peso de un jinete por mucho tiempo. Su pata… —No lo montes. Llévalo caminando. A tu lado. Como compañera, no como dueña.

Lo pensé mucho. Era arriesgado. Mucha gente, mucho ruido. Pero miré a Santo. Estaba fuerte. Su pelaje negro brillaba como el petróleo. La cicatriz en su pata era blanca, visible, pero ya no era una herida; era una condecoración. —Vamos pues.

El día de la cabalgata, me puse mi mejor camisa (una blanca, planchada hasta que brillaba) y mis jeans limpios. Cepillé a Santo hasta que me dolieron los brazos. Le trencé la crin. No le puse adornos, ni moños de colores. Solo su belleza negra y cruda.

Cuando llegamos a la avenida principal, la cabalgata ya iba a empezar. Había caballos bailadores, caballos españoles, cuartos de milla musculosos. Jinetes borrachos presumiendo sus espuelas de oro. Nosotros nos formamos al final. La “barredora”, le dicen. La gente en las banquetas veía pasar a los caballos finos y aplaudía. Pero cuando pasamos nosotros… Primero hubo murmullos. —¿Ese no es…? —¡Sí, es el de Marisol! —¡Es el caballo muerto!

El murmullo se convirtió en una ola. Santo caminaba a mi lado, sin cuerda tensa. Iba suelto, siguiéndome el paso. Su cojera leve le daba un ritmo particular, un vaivén que parecía decir “aquí sigo, aquí sigo”. No se asustó con la banda. No se asustó con los cohetes. Iba concentrado en mí, y yo en él.

Y entonces, alguien aplaudió. No fue un aplauso de cortesía. Fue un aplauso fuerte, de esos que duelen en las manos. Fue Don Anselmo, desde su silla de ruedas en la banqueta. Y luego Doña Lupe. Y luego los niños. Y luego todo el maldito pueblo.

El aplauso creció hasta tapar la música de la banda. Los jinetes de adelante volteaban, confundidos, viendo cómo la gente ignoraba sus caballos de miles de dólares para aplaudirle a una chica pobre y a un caballo tullido. Lloré. Caminé llorando, con la cara empapada, pero sonriendo como una idiota. Acaricié el cuello de Santo mientras caminábamos. —¿Oyes eso, grandulón? —le dije entre sollozos—. Eso no es por dinero. Eso no es por apuestas. Eso es por ti. Porque te levantaste.

Ese día entendí que Don Esteban se equivocó en todo. Dijo que un caballo que no corre es como un auto sin motor. Que no sirve. Pero Santo tenía el motor más grande del mundo: tenía corazón. Y dijo que sería mi ruina. Se equivocó. Santo no fue mi ruina. Fue mi salvación. Me enseñó que se puede estar roto y seguir de pie. Me enseñó que el valor de una vida no se mide en lo que puede producir, sino en lo que puede inspirar. Me enseñó que, a veces, hay que perderlo todo para encontrar lo que realmente importa.

Hoy, mi casa sigue siendo humilde. Sigo lavando ropa ajena de vez en cuando, y el Flaco y yo juntamos fierro viejo para vender. No somos ricos. Nunca lo seremos. Pero en las tardes, cuando cae el sol y el cielo de México se pinta de rojo y naranja, me siento en la paja junto a mi amigo. Él apoya su cabeza en mis rodillas. Yo le cuento mi día. Y cuando lo veo respirar tranquilo, sin dolor, sé que soy la mujer más rica del mundo.

Porque tengo algo que Don Esteban, con todos sus millones y sus tierras y su poder, nunca pudo comprar y nunca podrá entender: Tengo paz. Y tengo un amigo que volvería del infierno solo por escuchar mi voz.

Esa es nuestra historia. No la de un campeón que gana trofeos. Sino la de dos sobrevivientes que se encontraron en la basura y decidieron que, si el mundo no los quería, ellos construirían su propio mundo. Y vaya que es un mundo bonito.

—¿Verdad, Santo? Él suelta un bufido y me empuja con el hocico. Sí. Es un mundo a toda madre.

FIN

BTV

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